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lunes, 21 de septiembre de 2020

¡Todos Flotan! Las Pesadillas de Stephen King Vol. II...


Edición Nacional/España Applehead Team Creaciones
Autor Tony Jiménez
Formato Rústica
Páginas 602 páginas
Precio 22,95€

En septiembre de 2019 un servidor reseñó Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989), primera entrega de un ensayo dedicado a desgranar la obra literaria y cinematográfica centrada en el famoso autor nacido en Maine. Publicado por la editorial Applehead Team Creaciones y escrito por el novelista malagueño Tony Jiménez, abarcaba toda la carrera de Stephen King desde sus primeros pasos hasta finales de los años 80. Al término de aquella reseña confirmé que también publicaríamos una dedicada a la segunda y por ahora última parte del ensayo titulada ¡Todos Flotan! Las Pesadillas de Stephen King Vol. II (1990-2019). En esta entrada analizaremos este nuevo episodio en el que no sólo se abordan los veinte años posteriores dedicados a los libros, largometrajes y series televisivas adheridas a la autoría del creador de Carrie o El Misterio de Salem’s Lot, también haremos parada en otros medios en los que Stephen King ha dejado una huella indeleble e incluso en su legado, asumido este por, entre otros, una persona perteneciente a su propia familia.

En la ya citada reseña dedicada a Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989) mencionamos que la lectura de aquel primer ensayo se asemejaba a mantener una distendida, interesante y dinámica conversación con un fan irredento de King cuya misión es, no sólo acercarnos toda su bibliografía y filmografía, sino hacerlo de manera cercana para poner a disposición de todo tipo de lectores la vida y milagros de uno de los autores más importante de la literatura contemporánea. Por un lado ¡Todos Flotan! Las Pesadillas de Stephen King Vol. II (1990-2019) mantiene, e incluso mejora, esa constante establecida en el trabajo anterior, pero por otro Tony Jiménez añade a esta secuela capítulos nuevos que analizan el sello de Stephen King más allá de la página escrita o el fotograma filmado, haciendo que esta entrega se muestre más enriquecedora tanto en contenido como en conceptualidad, exigiendo profundizar más en la evolución de un profesional que en los años 90 sufrió un cambio notable con respecto al tipo de relatos que llevaba a cabo.

Ciertamente repasar el grueso de la obra de Stephen King durante los 90 es harto interesante ya que a lo largo de esos diez años la temática de sus obras cambió sustancialmente alejándose un poco del terror que cimentó su carrera y adentrándose en terrenos más cercanos al drama, la fantasía, la ciencia ficción e incluso la crítica social y política. Aunque, por otro lado, todos ellos han estado presentes, en mayor o menor mediada, en la impronta del novelista desde sus mismos inicios. Tony Jiménez es consciente de ello y en el repaso que realiza a los libros que cimentaron esta etapa de King incide en varias ocasiones en la evolución que supuso de cara a unos lectores que asistiendo a cómo piezas como El Resplandor, Cujo, Cementerio de Animales o Christine, adscritas a parámetros más ortodoxos del terror, dejaban paso a otras como Dolores Claiborne, El Juego de Gerald, Corazones en la Atlántida o las distintas entregas de la saga La Torre Oscura. Por consiguiente la disección de dichos trabajos es más profunda y minuciosa que en la primera parte del ensayo.

Después de un prologo a manos de Raúl Sánchez y una introducción de Luis Martínez Vallés el trabajo es retomado por Tony Jiménez siguiendo la misma estructura que en Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989). Empezando por Las Cuatro Después de Medianoche (1990) y acabando por Elevation (2018) el ensayista recorre poco menos de veinte años de novelas, antologías, publicaciones digitales e incluso ensayos en los que Stephen King desplegó toda su sapiencia narrativa y cultural. También se mantiene la acertada decisión de incluir en los capítulos centrados en relatos que han sido adaptados al medio audiovisual la opinión de Jiménez sobre estos, sumergiéndose en los cambios sufridos durante la segunda mitad de los años 90 cuando dejaron de ser películas estrenadas en el cine a manos de directores consagrados como Stanley Kubrick, Brian de Palma, David Cronenberg y John Carpenter o reivindicables series B ejecutadas por humildes artesanos como Daniel Attias, Lewis Teague, Fritz Kiersch o Ralph S. Singleton a tv movies de bajo presupuesto no demasiado destacadas, a menos que estuvieran facturadas por Mick Garris.

Una vez terminado dicho recorrido la segunda parte del libro supone una agradable sorpresa para el que suscribe, tristemente no demasiado cultivada en los ensayos serializados. Entre la publicación de Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989) y la de ¡Todos Flotan! Las Pesadillas de Stephen King Vol. II (1990-2019) pasaron casi tres años y en ese periodo de tiempo se estrenaron varias adaptaciones cinematográficas y televisivas de novelas de King ya analizadas en el primer trabajo de Tony Jiménez dedicado al marido de Tabitha King. De manera que en este segundo se añaden las opiniones de dichos proyectos entre los que encontramos It: Capítulo 1, la nueva versión de Cementerio de Animales, Los Chicos del Maiz: La Huida o las series La Niebla y Castle Rock, de Spike y Hulu, respectivamente. Con un esfuerzo hercúleo por facturar un producto lo más actualizado posible Tony Jiménez suma las reseñas de dichas traslaciones audiovisuales a las de las más recientes novelas de King intentando abarcar todo el material relacionado con el estadounidense e incluso mostrando un adelanto de la, por aquel entonces, todavía no estrenada It: Capítulo 2.

El tercer capítulo, Cómics y videojuegos, se centra, como su título indica, en las colaboraciones o inspiraciones de King en el arte secuencial y el mundo del entretenimiento virtual. Con los cómics dedicados a su obra sucede como con la mayoría de las películas. Mucha gente asume que él se encuentra detrás del desarrollo y creación de los mismos, cuando son casos aislados en los que eso sucede. Por ello podemos encontrar adaptaciones como la de El Cortador de Césped a manos de Walter Simonson, la de la saga La Torre Oscura en la que Peter David, Jae Lee y Richard Isanove formaban equipo o Apocalipsis (The Stand) donde Robert Aguirre Sacasa y Mike Perkins hacían lo propio. Todas inspiradas en las obras de King, pero sin su intervención directa en ellas. Aunque también otras en las que sí escribía los guiones como el brillante cómic de Creepshow (George A. Romero, 1982) o el segundo arco argumental de American Vampire, la serie del sello Vertigo que co creó junto a Scott Snyder y Rafael Albuquerque con el vampiro Skinner Sweet como uno de sus protagonistas. Estos y otros trabajos son acometidos por Jiménez con abundante información sobre sus ideólogos y las editoriales, estadounidenses y españolas, que los movieron por el mercado.

El último capítulo, Homenajes y Legado, hace un recorrido por todas las referencias a King o su obra en la cultura pop con especial hincapié, como no podía ser menos, en las televisivas acontecidas en Los Simpson y Padre de Familia. También las bandas de rock y metal que han dedicado letras a las criaturas o historias del novelista como Blind Guardian, Demons & Wizards, Black Sabbath o Pennywise y Randall Flagg. Por último los films que han rendido tributo a su universo literario, resaltando aquella obra maestra titulada En la Boca del Miedo (In the Mouth of Madness, John Carpenter, 1995) en la que la impronta del de Maine se fusionaba con la de H.P. Lovecraft. Pero dentro de este último capítulo es de recibo mencionar la decisión de Tony Jiménez por acercarnos a Joe Hill, el segundo hijo de King convertido desde hace años en otro autor de best sellers. El malagueño se adentra en las novelas de Hill como El Traje del Muerto, Fantasmas, Fuego, Cuernos y NOS4A2, los cómics que ha escrito como Locke & Key o The Cape e incluso las adaptaciones cinematográficas y televisivas de los mismos. Un digno heredero del manto de su padre que ya está haciéndose un nombre en el mundo de la letra escrita.

Tras una última reflexión por parte del autor, el epílogo escrito por Asier Menéndez Marín y agradecimientos varios termina ¡Todos Flotan! Las Pesadillas de Stephen King Vol. II (1990-2019), la segunda parte de este ensayo dedicado al autor con el que muchos lectores, un servidor entre ellos, empezamos a introducirnos en el mundo literario y el cine de terror. Cuando acabamos la lectura del trabajo, poco más de seiscientas páginas que no pesan en ningún momento, hemos recorrido una de las etapas más interesantes de la bibliografía de un profesional indispensable para entender la actual narrativa estadounidense y hemos asistido a cómo el medio audiovisual se adapta y retroalimenta para seguir trasladando a imagen real la obra de un escritor que siempre es sinónimo de éxito. Teniendo en cuenta que no hay año en el que Stephen King no publique al menos una novela o las productoras cinematográficas y plataformas de streaming no adapten varios de sus relatos a la pantalla grande o pequeña se antoja lógico que Tony Jiménez tenga la intención de seguir con esta serie de libros indispensables para los fans del maestro del terror. Ahora sólo queda que el malagueño se anime a hacer lo propio con Joe Hill en otra serie de ensayos. Algo que no estaría nada mal.


sábado, 28 de diciembre de 2019

El Resplandor (1997)



Título Original Stephen King's The Shining (1997)
Director Mick Garris
Guión Stephen King, basado en su propia novela
Reparto Steven Weber, Rebecca De Mornay, Courtland Mead, Melvin Van Peebles, Wil Horneff, Elliott Gould, John Durbin, Stanley Anderson, Pat Hingle, Cynthia Garris, Mickey Giacomazzi, Tomas Herrera, Tim Perovich


En el año 1997 el escritor Stephen King y el director Mick Garris ya habían colaborado estrechamente en dos adaptaciones de los textos del autor de Rabia o La Larga Marcha. Primero lo hicieron con Sonámbulos, una novela inacabada de King convertida por él mismo en el guión original sobre el que se sustentó esta cinta de terror centrada en una madre (Alice Krige) y su hijo (Richard Krause) pertenecientes a una estirpe de criaturas con aspecto felino y practicantes de incesto que se alimentaban de la energía vital de los seres humanos, concretamente de la de Tanya (Mädchen Amick). Se trataba de una cinta violenta, alocada y anárquica repleta de cameos de iconos del cine fantástico y de terror (Mark Hammill, Clive Barker, Tobe Hooper, Joe Dante, John Landis) muy denostada en su época, pero con notable encanto. Después aunaron fuerzas en un proyecto mucho más ambicioso como fue llevar a formato televisivo una de las novelas más descomunales del autor de Maine. Apocalipsis (The Stand) conoció una muy digna y competente traslación audiovisual a modo de miniserie de cuatro episodios. Gary Sinise, Molly Ringawald, Ray Walston, Laura San Giacomo, Ruby Dee, Ossie Davis, Miguel Ferrer, Corin Nemec, Matt Frewer, Rob Lowe o un inolvidable Jamey Sheridan en la piel del diabólico Randall Flagg ofrecieron una fiel versión del extenso libro que, una vez más, King se ocupó de adaptar para la pequeña pantalla. De manera que para entonces la relación personal y profesional de ambos autores estaba más que afianzada.




El buen feeling entre la pareja y, sobre todo, lo contento que King quedó con la miniserie de Apocalipsis seguramente fueron los motivos por los que el novelista depositó en Garris la responsabilidad de dirigir otra miniserie para el medio televisivo, en esta ocasión una convertida en deuda pendiente para el marido de Tabitha King. El Resplandor, su famosa novela adaptada, de manera muy sui generis, por el gran Stanley Kubrick y tansformada en un clásico del cine de terror iba a conocer una nueva versión a manos de su propio creador con el respaldo de Warner Bros, poseedora de los derechos del célebre trabajo literario. Jack Nicholson, Shelley Duvall y Danny Lloyd iban a ser sustituidos por Steven Weber (Por Trece Razones) Rebecca de Mornay (Jessica Jones) y Courtlan Mead (Hellraiser 4) a los que sumarían Melvin Van Peebles, Elliot Gould, Pat Hingle, Stanley Anderson o John Durbin entre otros. De todos ellos el trabajo más complicado lo tenía Weber, ya que debía afrontar el desafío de interpretar a un personaje al que en su primera encarnación le dio vida un titán como Jack Nicholson, pero a eso volveremos un poco más tarde.




Uno de los primeros síntomas que convertían esta nueva versión de la famosa novela en una obra en la que King tenía todo el control creativo es que su nombre acompañaba al título de la miniserie. Stephen King’s The Shining se ceñía tanto a lo acontecido en el libro original que hasta el Overlook utilizado en su producción es el Hotel Stanley de Estes Park, Colorado, el auténtico edificio que inspiró a King a la hora de escribir la historia de la famila Torrance y cuya fachada es usada para los planos exteriores de esta nueva El Resplandor. Tomando como partida ese detalle de vital importancia King escribió un guión dividido en tres partes, porque ese era el número de episodios del que constaba la miniserie, en el que recuperaba todo aquello que Stanley Kubrick había desechado para su película de 1980 convirtiendo así esta nueva adaptación en un trabajo escrupulosamente fiel a la palabra escrita, con todo lo bueno y malo que ello implica. Una vez el libreto estaba listo Mick Garris, sus actores y el equipo técnico se pusieron manos a la obra con el rodaje.




La versión de 1997 de El Resplandor es un producto meritorio en no pocos aspectos y eso que fue gestado y estrenado poco antes de que series como Oz o Los Soprano, ambas de HBO y por tanto también de Warner Bros, dieran el pistoletazo de salida a lo que hoy se conoce como la Nueva Edad Dorada de la ficción televisiva estadounidense. Desde el minuto uno se percibe el dinero invertido por los productores para llevar a buen puerto el deseo de Stephen King de realizar la adaptación más fiel posible de su propia novela. Los tres episodios en los que se divide el proyecto suman unas cuatro horas de metraje que en ningún momento se hacen plomizas o aburridas y eso es gracia a la labor de un artesano curtido en mil batallas como Mick Garris. El creador de Masters of Horror nunca ha facturado grandes producciones cinematográficas o televisivas, de hecho en no pocas ocasiones ha bordeado una más que contrastada mediocridad. Pero, de la misma manera que Frank Darabont entiende perfectamente la letra del autor de Maine a la hora de llevarla a la pantalla grande, Garris hace lo propio cuando es el medio televisivo el receptor de dicho material literario.




El director de Piscosis IV: El Comienzo ejecuta una labor encomiable detrás de las cámaras construyendo una clásica historia de casas encantadas apelando acertádamente a los lugares comunes propios del subgénero. La naturaleza sobrenatural del Overlook y los espíritus que en él habitan van haciéndose presentes de manera gradual, con un tempo bien dosificado aunque en ocasiones el director abuse del recurso de mover objetos cuando los personajes han abandonado el encuadre. Garris apela a una puesta en escena elegante y unos movimientos de cámara bien insertados que acrecientan la sensación de amenaza latente en el edificio supuestamente deshabitado. De su labor técnica sólo podemos desacreditar algunos recursos visuales como las apariciones de Tony levitando, que más que aterrar incitan a la risa, o lo obsoletos que han quedado los efectos digitales, ya bastante pobres cuando se estrenó la miniserie, por suerte no muy abundantes a lo largo del metraje. Más allá de eso y teniendo en cuenta las limitaciones conceptuales y narrativas que la pequeña pantalla proporcionaba por aquel entonces a sus autores Garris cumple su cometido de manera harto profesional.




El guión de Stephen King no deja nada en el tintero con respecto a la novela. Aquí profundizamos adecuadamente en los problemas de alcoholismo de Jack Torrance, en su truncada carrera como escritor y los episodios de malos tratos que protagonizó en el pasado volviendo cuando el Overlook comienza a dominar su psique. La mala relación del protagonista con Stuart Ullman, que no quiere a un “borracho” cuidando de su valioso hotel, la importancia capital en la trama de la caldera averiada que finalmente hará explotar el edificio o la relevancia de un personaje como Horace Derwent, el pervertido dueño del hotel, son muchas de las señas de identidad de la novela original que King consideraba necesarias para llevar a cabo una fiel traslación de la misma. Como es lógico hablamos de un producto para la televisión en abierto y por mucho que su calificación moral la convierta en una miniserie dirigida al público adulto esa personalidad sórdida, visceral y enfermiza que rara vez es llevada al medio audiovisual cuando se adaptan los escritos de King tampoco hace acto de presencia aquí aunque Mick Garris no escatima violencia e incluso cierto sadismo a la hora de ejecutar los pasajes en los que Jack Torrance trata de asesinar a su familia.




En cuanto al reparto un servidor opina que Steven Weber compone un Jack Torrance ejemplar, no sólo más cercano al de la novela de King, sino también alejado radicalmente del interpretado por Jack Nicholson en 1980. Evidentemente sería de necios comparar las dotes interpretativas de ambos actores, porque el protagonista de Infiltrados (The Departed) devoraría impunemente a su oponente. Pero es un hecho que la composición de Weber sí muestra de manera clara y gradual la caída en la locura de un buen hombre superado por los acontecimientos y con la sombra del alcoholismo siempre sobrevolándole. Su inmersión en el papel es cada vez más intensa y cuando su personalidad finalmente deriva en un homicida cuya única intención es matar a su mujer y entregar su hijo a los espíritus del Overlook da lo mejor de sí mismo. Para el que suscribe Steven Weber es lo mejor de esta versión de El Resplandor y siempre he lamentado que a un profesional con tanto talento como él nunca le hayan ofrecido un papel protagonista con el que pudiera demostrar su valía. Como muchos otros actores que han interpretado a personajes nacidos de la literatura del autor de La Niebla Weber reincidió apareciendo en las adaptaciones de Desesperación, de nuevo bajo las órdenes de Mick Garris, y en un episodio de la serie de televisión inspirada en la recopilación de relatos Pesadillas y Alucinaciones.




Rebecca De Mornay da la réplica muy dignamente a Steven Weber componiendo una Wendy Torrance que también se acerca a la retratada por Stephen King en la novela original asumiendo un rol mucho más activo a la hora de defender la integridad física y psiológica de su hijo, Danny, frente a los arrebatos parricidas de su esposo. La nota negativa la pone el pequeño Courtland Mead, un repelente niño de voz irritante que a pesar de poner todo su esfuerzo por resultar creíble sólo transmite al espectador una terrible sensación de rechazo que casi nos hace desear su no supervivencia a la encrucijada familiar en la que se ve envuelto. Veteranos como Melvin Van Peebles, Elliot Gould o Pat Hingle o Stanley Anderson entre otros completan un reparto muy competente con caras conocidas del cine y la televisión. Como en otros producciones de Mick Garris, estén o no adaptadas de novelas de King, tenemos varios cameos entre los que podemos distinguir las caras de Sam Raimi, Frank Darabont, los mismos Garris y King o la inconfundible voz de Miguel Ferrer al que los fans irredentos de Twin Peaks siempre recordaremos como el inolvidable agente del FBI Albert Rosenfield.




Como era de esperar la vendetta personal de Stephen King contra Stanley Kubrick se resolvió con una clara victoria de este último, porque como dicta la lógica la versión del director de Senderos de Gloria o Barry Lyndon, a pesar de sus numerosas y molestas licencias con respecto al libro, está a años luz de la ideada por el escritor y su amigo Mick Garris. Con todo un servidor sigue recomendando encarecidamente esta más que competente miniserie de 1997 con la que podemos acercarnos a una perspectiva mucho más fiel a la fuente literaria original aunque su calidad como producto audiovisual no se adentre en ningún momento en los terrenos de lo excepcional y esté rematado con un innecesario y lacrimógeno epílogo. La colaboración entre Stephen King y Mick Garris continuó con nuevas traslaciones de sus textos al medio televisivo como más miniseries y tv movies tomando inspiración en trabajos del autor de Maine como Desesperación, Riding the Bullet o Un Saco de Huesos. Contra todo pronóstico esta no fue la última vez que el cine o la televisión recibieron la visita de algún miembro de la famulia Torrance. Porque en el presente 2019 Mike Flanagan se ocupó de adaptar a la pantalla grande Doctor Sueño, la secuela literaria de El Resplandor publicada por King seis años antes y de ella también hablaremos.


miércoles, 19 de junio de 2019

Narciso Ibáñez Serrador (1935 - 2019)



El pasada día 7 de junio nos enterábamos del fallecimiento de Narciso Ibáñez Serrador, una de las figuras más importantes de la historia televisiva española y artífice de un dúo de obras maestras incontestables con sus dos únicas incursiones en el mundo del largometraje. Apodado cariñosamente “Chicho”, Ibáñez Serrador nació el 4 de julio de 1935 en Montevideo (Uruguay), hijo de los actores Narciso Ibáñez Menta, a la postre uno de los intérpretes fetiche de su carrera para el tubo catódico, y Pepita Serrador. Matrimonio que se divorciaría cuando Chicho sólo contaba con cinco años de edad. Después de vivir en América Latina, al cumplir los doce años se traslada a España, país en el que termina sus estudios. Tras unos años escribiendo radionovelas con el pseudónimo Luis Peñafiel, que le acompañaría durante gran parte de su carrera profesional, dio el salto al medio que más fama le proporcionó.




Sus primeros trabajos en la televisión tuvieron lugar en Argentina, pero el resultado no le satisfizo y decidió volver a su país de adopción. Tras su paso por Estudio 3 y otras series de la época en 1966 se convirtió en el creador, guionista, director y presentador de la mítica serie Historias Para No Dormir con la que daba su visión, entre clásica y contemporánea, del género de terror. En el mismo terreno, indivisible a su carrera profesional, facturaría sus dos únicas películas para la pantalla grande. La Residencia y ¿Quién Puede Matar a Un Niño? son dos obras maestras y clásicos del fantaterror español, adscritas a dos vertientes muy diferentes del género, y ambas con resultados brillantes. La creación de concursos como el célebre Un, Dos, Tres… Responda Otra Vez y en una época más reciente Waku Waku, Hablemos de Sexo o El Semáforo extendieron el legado de un creador de contenidos al que vamos a dedicar un repaso dentro de sus dos facetas más distinguidas.


Narciso Ibáñez Serrador y la Televisión


La carrera televisiva de Narciso Ibáñez Serrador comenzó en España de manera oficial el año 1963 escribiendo algunos capítulos de Estudio 3, adaptados de clásicos literarios, o los guiones de episodios de series como La Historia de San Michele, La Puerta Cerrada o Mañana Puede Ser Verdad. En 1967 llamaría la atención de propios y extraños con Historia de la Frivolidad, un programa ficcionalizado escrito al alimón con Jaime de Armiñán (Mi Querida Señorita) con el que realizaría una sucinta, incisiva y cortante crítica a la censura (de hecho el nombre original del proyecto iba a ser Historia de la Censura) de la época adscrita al puritanismo del régimen franquista. A pesar de sus problemas Historia de la Frivolidad fue emitida con “nocturnidad y alevosía” un madrugada para no hacer demasiado ruido en RTVE y así conseguir entrar en competición para llevarse varios premios internacionales. Algo que consiguió, dando así a Ibáñez Serrador sus primeras alabanzas internacionales por parte de una crítica rendida a sus pies.




Pero sería un año antes, en 1966, cuando Narciso Ibáñez Serrador marcara por primera vez a fuego su nombre en la mente de los espectadores de la época. Historias Para No Dormir fue una serie antológica con la que Chicho quería ofrecer una serialización catódica actualizada y moderna del género de terror. Ejerciendo de anfitrión presentando todos los capítulos, como hacía su admirado Alfred Hitchcock en su propia serie, y tomando las riendas como productor, guionista y director en muchas de las entregas Chicho creó un programa de culto en el que aunó una visión más rompedora del género con resortes más propios del clasicismo propio de Edgar Allan Poe. Contando con su padre, Narciso Ibáñez Menta, en gran parte de los relatos que facturó Historias Para No Dormir se convirtió en un hito de la televisión española quitando el sueño a millones de espectadores con clásicos como La Bodega, La Zarpa, El Pacto, El Aniversario o El Asfalto. Abarcando distintas vertientes dentro del terror y recibiendo numerosos galardones dentro y fuera de nuestras fronteras.




Aunque si hay que adentrarse en la faceta televisiva de Narciso Ibáñez Serrador es obligatorio hace una parada en su labor como creador y director de programas y concursos para la pequeña pantalla. Un, Dos, Tres… Responda Otra Vez fue un show nacido en 1972 en el que los concursantes superaban distinto tipo de pruebas y respondían preguntas hasta conseguir algunos de los premios finales. A lo largo de las distintas etapas del programa que fue presentado por iconos de la programacióm patria como Kiko Ledgard, Maira Gómez Kemp, Jordi Estadella o Miriam Díaz Aroca conocimos a personajes míticos como las famosas azafatas, Don Cicuta o las Tacañonas que iban en contra, o hacían mofa con, los participants. Actores, humoristas y cantantes reconocidos hacían apariciones esporádicas o recurrentes mientras mascotas como Ruperta, Chollo o Botilde se convertían en el interés de los más pequeños de la casa.




No sólo del Un, Dos, Tres… Responda Otra Vez vivía el Chicho creador de contenidos televisivos de entretenimiento. En 1989 estrenaría Waku Waku, concurso centrado en el reino animal focalizando su interés en las especies en peligro de extinción que presentó Consuelo Berlanga. Nueve años después conocería una nueva vida con Nuria Roca delante de las cámaras y consiguiendo un notable éxito. A principios de los 90 Chicho también rompió no pocos tabúes con el primer programa que hablaba abiertamente y sin tapujos de la sexualidad. Hablemos de Sexo estaba presentado por la doctora Elena Ochoa que dio un tono didáctico, serio y responsable a la temática ganándose el favor del público. El Semáforo llegaría a mediados de los 90, con Jordi Estadella como presentador, y con este show en el que “artistas” anónimos podían recibir una ovación o una cacerolada del público por sus actuaciones encontrábamos el punto de calidad más bajo dentro de la obra de Chicho para la pequeña pantalla.




Su última gran aportación llegaría precisamente para la ficción audiovisual en la que era un maestro. Tele 5 y Filmax le contrataron para resucitar el espíritu de Historias Para No Dormir con una serie de películas para televisión en las que contó con algunos de los mejores directores de género de nuestro país. Álex de la Iglesia (La Habitación del Niño), Jaume Balagueró (Para Entrar a Vivir), Enrique Urbizu (Adivina Quién Soy), Mateo Gil (Regreso a Moira), Paco Plaza (Cuento de Navidad) y el mismo Chicho poniéndose por última vez detrás de las cámaras con la fallida La Culpa dieron forma a un interesante experimento que más que una continuación de la célebre serie nacida a mediados de los 60 y finiquitada a principios de los 80 parecía un homenaje al maestro por parte de sus herederos. Una agridulce despedida para la carrera como realizador de Chicho que al menos se vio arropado por la flor y nata del celuloide de género español.


Narciso Ibáñez Serrador y el Cine


Aunque la mayor parte de la carrera de Narciso Ibáñez Serrador se desarrolló en la televisión con series y concursos o programas de todo pelaje (entre los que destacaba el icónico Un, Dos, Tres… Responda Otra Vez) por todos es sabido que también coqueteó con el mudo del largometraje. En ambos casos con resultados asombrosos para un, supuesto, debutante dentro del medio cinematográfico. Años escribiendo y dirigiendo numerosos episodios de su archiconocida Historias Para No Dormir sumados a su profundo conocimiento de la literatura de terror ideada por maestros como Edgar Alan Poe o el celuloide rodado bajo el amparo de titanes como Alfred Hitchcock, habían preparado a Ibáñez Serrador para dar el salto al largometraje. Su primera oportunidad llegó en el año 1969 cuando cayó en sus manos una historia escrita por Juan Tebar cuyos derechos pertenecían a Anabel Films, productora dispuesta a realizar con este proyecto la primera película española rodada en inglés y con un presupuesto bastante holgado para la época.




Por medio de su famoso pseudónimo, Luis Peñafiel, Ibáñez Serrador adaptó el relato de Juan Tebar a guión cinematográfico y se ocupó de la dirección de la que se convertiría en su ópera prima como director para la pantalla grande. La Residencia centra su atención en un reformatorio juvenil de señoritas localizado en Francia durante el año 1890 siguiendo la pista de varios personajes que allí pululan. Se trata de un cuento gótico que no elude sus deudas con los ya citados Poe y Hitchcock, facturado con una elegancia intachable y una puesta en escena capaz de amalgamar el clasicismos más sobrio con pasajes de una violencia que, en cierta manera, podrían haber influido bastante en el subgénero giallo italiano. De hecho se hace ineludible la deuda de la fastuosa Suspiria (Dario Argento, 1977) con el debut de Ibáñez Serrador que nos ocupa.




El film tuvo problemas con la censura por la explicitud de algunas escenas, sirva de ejemplo la famosa de la ducha colectiva, porque más allá de su estética de relato de terror subyacía bajo su superficie una crítica visceral hacia el puritanismo y la represión sexual propia del régimen franquista corporeizada en esas alumnas deseosas de experimentar son sus cuerpos mediante los pocos hombres que regentaban el aislado reformatorio. Pasajes como en los que sugerían comportamientos sadomasoquistas u homosexuales y la brillante secuencia en la que, por medio del montaje paralelo, se daba a entender que las compañeras de la alumna que mantenía relaciones sexuales en clandestinidad experimentaban sus orgasmos debieron levantar ampollas en el panorama cinematográfico de la época. Dentro del reparto debemos destacar, sobre todo, a unas impresionantes Lili Palmer y Mary Maude, como la estricta Madame Fourneau y la enfermiza alumna Irene, respectivamente.




Tuvieron que pasar siete años para que Ibáñez Serrador abandonara, momentaneamente, sus quehaceres catódicos y pudiera facturar su segunda película como director. En el año 1976 y por mediación del productor Manuel Salvador, Chicho rodó una adaptación del libro El Juego de los Niños, escrito por el novelista, periodista y guionista gijonés Juan José Plans. ¿Quién Puede Matar a Un Niño? cultivaba un terror en las antípodas del expuesto en La Residencia, rompedor y revolucionario en no pocos aspectos. Esta historia de dos turistas extranjeros que se enfrentan a una inexplicable plaga de resonancias bíblicas cuando todos los niños de la isla española en la que se alojan deciden eliminar de la manera más salvaje a los adultos del lugar está repleta de virtudes o hallazgos visuales y narrativos.




Partamos de la dificultad que supone transmitir terror a la platea con una historia desarrollada a plena luz del día. Ibáñez Serrador no sólo supera el examen con nota, sino que llega a facturar algunos pasajes capaces de helar la sangre. La agresión fuera de plano al anciano, la peculiar piñata, la sonrisa de la niña después de haber engañado por medio del llanto a su padre o ese hijo nonato agrediendo a su madre desde las mismas entrañas son situaciones difícilmente olvidables para el espectador, sobre todo el que degustó la obra por primera vez durante la infancia o adolescencia. Gracias a la excelente labor del reparto, enormes Lewis Fiander y Prunella Ransome, una excelsa fotografía a manos de un genio como José Luis Alcaine y un mensaje totalmente desesperanzador, deudor del de muchos de los mejores episodios de Historias Para No Dormir, ¿Quién Puede Matar a Un Niño? es una obra de arte que, eso sí, debe ser visionada en v.o.s, porque la doblada elude el desconocimiento del idioma español por parte de los protagonistas, carencia convertida en el epicentro del aislamiento y la incomunicación experimentada por estos.




Poco más podemos decir en una humilde entrada como esta de un genio indispensable como Narciso Ibáñez Serrador. Autor capital del lenguaje audiovisual español al que cineastas patrios como Álex de la Iglesia, Paco Plaza, Jaume Balagueró o J.A. Bayona toman como tutor e influencia directa o nombres importantes del género a nivel internacional como Quentin Tarantino, Edgar Wright o Eli Roth veneran gracias al enorme éxito de sus dos capitales trabajos cinematográficos. Con él desaparece una manera de hacer y entender la ficción de género que no volverá en su más pura esencia, pero de la que permanecen pequeños destellos gracias a sus discípulos y herederos. Aquellos que, al igual que un servidor, nos sentimos tan horrorizados como atraídos por su obra cuando la descubrimos a edad temprana, despertando algo en nosotros que una vez salió de su letargo nunca nos abandonó. Descanse en paz y que la tierra le sea leve, maestro.


sábado, 8 de junio de 2019

Hellboy Animated: Sword of Storms, devil may cry



Título Original Hellboy Animated: Sword of Storms (2006)
Dirección Phil Weinstein, Tad Stones
Guión Tad Stones, Matt Wayne, Mike Mignola, basado en el cómic de este último




Como ya comentamos en la entrada dedicada a reseñarla Hellboy (2004) no fue un gran éxito de taquilla, pero su recaudación suficiente para acercarla a gran parte del público generalista y satisfacer, mayoritariamente, a los fans del cómic de Mike Mignola que acogieron con positividad el proyecto. De esta manera con el paso de los años la primera película protagonizada por Ron Perlman y dirigida por Guillermo del Toro se ganó el favor del fandom y el título de obra de culto. Seguramente esta prematura reivindicación del material supuso el motivo para que los responsables del film de 2004 se asociaran con Starz Media y Film Roman y de manera conjunta diseñaran la primera, de varias, cintas animada para el canal Cartoon Network. Con la idea de mantener esta nueva historia dentro del canon del film en imagen real se solicitaron los servicios de Guillermo del Toro y Mike Mignola como productores creativos y Ron Perlman, Selma Blair y Doug Jones pusieron voz a sus contrapartidas en dibujo animado. El resultado fue Hellboy Animated: Sword of Storms, inicio de una trilogía que, al igual que su hermana mayor, nunca llegaría a culminarse.




Aventurando la decisión que tomarían Guillermo del Toro y Mike Mignola dos años después en Hellboy 2: El Ejército Dorado, Hellboy Animated: Sword of Storms no está inspirada directamente en ningún arco protagonizado por el personaje en los cómics, pero sí parte de una idea original de Mike Mignola. El guionista y director Tad Stones, máximo responsable detrás de la obra, y sus colaboradores en la escritura (Matt Wayne) y la realización (Phil Weinstein) desarrollan una historia localizada, principalmente, en Japón para contar el relato de dos demonios hermanos, Trueno y Relámpago, que después de mantenerse encerrados durante siglos en un pergamino vuelven a nuestra realidad poseyendo el cuerpo de Mitsuyasu Sakai, un profesor experto en folclore nipón. El caso es asignado a los miembros de la Agencia de Ivestigación y Defensa Paranormal (AIDP) y del mismo se ocuparán Hellboy, Abe Sapien y una Liz Sherman cada vez más preocupada por su incapacidad para controlar sus, cada vez más peligrosos, poderes piroquinéticos.




Hellboy Animated: Sword of Storms es un producto fallido desde su misma concepción y estructura, dejando entrever bien pronto sus primeras carencias. Como ya hemos mencionado esta película animada pertenece al mismo universo que el film en imagen real rodado por Guillermo del Toro en 2004, pero como obra unitaria debería recurrir a flashbacks o algún recurso parecido con la intención de contar el origen de su personaje principal y los secundarios más relevantes. Sin pararse sus responsables a pensar que los potenciales espectadores consumidores del film pueden no haber visto su precuela en imagen real localizan la historia en un microcosmos ficcional ya establecido en el que hay que subirse en marcha de manera abrupta y poco orgánica, sólo pudiendo aferrarse al prólogo de pocos segundos localizado antes del título del film, del todo insuficiente. Ciertamente este no es el mayor problema del largometraje, ya que otros más graves imposibilitan el buen discurrir del relato planteado por Mike Mignola, Tad Stones y Matt Wayne por culpa de una contrastada ineficacia a la hora de dar consistencia a la narración y los hechos en ella acontecidos.




Aunque todo lo narrado a lo largo de los 75 minutos de metraje de Hellboy Anitamed: Sword of Storms es deudor del imaginario visual desplegado por Mike Mignola en la cabecera homónima de Dark Horse Comics con un universo repleto de demonios, monstruosidades y demás criaturas sobrenaturales son perceptibles varias carencias a la hora de plantear una historia con verdadero punch para enganchar al espectador y una vez la trama se bifurca en tres la alternancia entre unas y otras termina por menoscabar la solidez expuesta en el prólogo de la cinta, el pasaje más eficiente de la misma. La subtrama focalida en Hellboy se sigue con cierto interés, pero la más endeble de Abe y Liz y sobre todo la disparatada e innecesaria de Kate Corrigan y Russell Thorne, con “momento Disney” de vergüenza ajena, dinamitan la cohesión y la estructura de un producto disperso y redundante. Ni siquiera las secuencias de acción o más dinámicas consiguen ejecutar alguna situación memorable de cara a una platea que recibe el material con indiferencia y, en ocasiones, hasta aburrimiento.




De la animación tampoco podemos sacar demasiado partido. Más allá de su deuda con el amerimanga, las series de superhéroes de DC Comics ideadas por Bruce Timm (Batman, Superman, La Liga de la Justicia) o las nacidas del trazo y la impronta de Genndy Tartakovsky (Samurai Jack) el diseño de personajes y localizaciones de Hellboy Animated: Sword of Storms no se alejan de los de cualquier otra serie animada protótipica de televisión. Con esto no afirmamos que la animación sea reprobable en manera alguna, ya que ha sido ideada dentro de los estándares de calidad mínimos para lucir con elegancia y eficiencia en pantalla, pero salvo en algún momento muy puntual no destaca en ningún momento. A ello habría que sumar una luminosidad y tono alegre que poco o nada tiene que ver con los profundos claroscuros y el tenebrismo goticista del cómic de Mike Mignola, aunque en ese sentido ni siquiera las aproximaciones de Guillermo del Toro o Neil Marhsall, esta última la que estaría más cerca de lograrlo, consiguieron ser 100% fieles con el peculiar y genuino universo secuencial del autor de Drácula de Bram Stoker.




Hellboy Animated: Sword of Storms, que al igual que su continuación nunca vio la luz en nuestro país en formato doméstico o emisión televisiva, supuso un deficiente tanteo de terreno para crear un microcosmos animado protagonizado por Hellboy cuya naturaleza rudimentaria y procedimental asentó unas bases poco sólidas sobre las que seguir construyendo ficción de calidad inspirada en el cómic de Mike Mignola. Un guión endeble, un tratamiento de los personajes demasiado superficial y una realización simplemente cumplidora hicieron el resto para que la primera aventura televisiva de “Anung-Un-Rama” se revelara como un producto bastante intrascedente y olvidable. Por suerte con la siguiente entrega Revolution Studios y Starz Media aprendieron de sus errores y consiguieron facturar un producto mucho más competente, siguiendo el mismo patrón, pero cambiando a varios miembros del equipo técnico y ciñéndose más a la viñetas. A Hellboy Animated: Blood & Iron, estrenada un año después, dedicaremos mejores palabras que a esta “Espada de Tormentas” que no produce más que algún que otro chubasco de escasa importancia.



jueves, 18 de octubre de 2018

Iron Fist: Temporada 2, el legado del dragón



"El Iron Fist no es un arma para ser guardada, sino utilizada"




Después de la segunda temporada de Luke Cage le tocaba a Danny Rand estrenar la continuación de sus aventuras serializadas para la plataforma de streaming Netflix. La primera temporada estrenada en 2017 transmitió a un servidor la indiferencia propia de un producto mediocre incapaz de hacerse grande con unas paupérrimas secuencias de lucha eclipsadas por la subtrama culebronesca de la familia Meachum, tampoco nada del otro mundo, despertando más interés que el personaje protagonista, interpretado con esfuerzo pero nulo carisma por el británico Finn Jones. El pasado 7 de septiembre la nueva tanda de episodios protagonizada por Puño de Hierro era liberada por Netflix, diez episodios contando con el habitual reparto formado por el ya citado actor de Juego de Tronos, Jessica Henwick, Tom Pelphery y Jessica Stroup a los que en esta ocasión se suman Simone Missick recuperando su papel de Misty Knight procedente de la serie centrada en el alter ego civil de Power Man y Alice Eve (Star Trek: En la Oscuridad) dando vida a una María Tifoidea en la que nos detendremos un poco más tarde. Una vez vista la decena de episodios la impresión es bastante más favorable que con los trece anteriores en varios aspectos, pero el resultado sigue sin alcanzar unos niveles de calidad estimables capaces de convertirla en una serie destacable en alguno de sus apartados.




Después de haber sido tildada como la peor serie de la colaboración entre Marvel Television, ABC Studios y Netflix parece que los responsables de la misma (con el nuevo showrunner, M. Raven Metzner, a la cabeza) han tomado nota de los errores de la primera temporada y han intentado subsanarlos, en ocasiones bordeando lo inesperado. El primero, no exento de gravedad, al que han dado solución ha sido el del número de episodios, pasando de los excesivos trece a unos diez más sensatos. Pudiera parecer que eliminar únicamente tres episodios no influyera demasiado con respecto a la duración de la temporada, pero ese trío de horas menos se agradece notablemente, no sólo por reducir de esta manera el relleno de la serie, sino por dar un ritmo mucho más dinámico al proyecto, convirtiéndose en una tanda de capítulos propensa a consumirse con bastante más ligereza si la comparamos con, por poner un ejemplo, la última entrega de Luke Cage cuyo desarrollo en ocasiones se hacia muy cuesta arriba. Por suerte esas diez entregas saben capitalizar la atención del espectador por medio de la acción sin olvidar las tramas secundarias centradas en los hermanos Meachum, roles todavía importantes en el programa, pero en esta ocasión con menos protagonismo




Otra de las asignaturas pendientes con respecto a Iron Fist, algo demencial si tenemos en cuenta la naturaleza tanto de la serie como del cómic en el que se inspira, era la de las desangeladas coreografías de lucha en los combates cuerpo a cuerpo, a años luz de las brillantes vistas en las dos temporadas de Daredevil, impropias de un show con las artes marciales como habilidad máxima de su protagonista. En esta nueva decena de horas centradas en el alter ego superheróico de Danny Rand por fin encontramos secuencias dinámicas a la altura de las consecuencias, con peleas bien encuadradas, sus adecuadas dosis de espectacularidad, unos actores notablemente implicados en su trabajo para no tener que recurrir excesivamente a los especialistas en escenas de riesgo y todo con una puesta en escena adecuada para que cada golpe o llave se vea con claridad cristalina en pantalla. Para dar empaque a dichos pasajes la implicación física de Finn Jones, Sacha Dhawan y sobre todo Jessica Henwick es encomiable demostrando los tres las horas de entrenamiento para lucir sus aptitudes físicas delante de la pantalla siendo, una vez más, la actriz británica de origen chino la más capacitada a la hora de protagonizar acción. En lo referido a esto nos vemos en la obligación de hacer una parada en el más radical cambio llevado acabo en esta nueva temporada de Iron Fist.




Contra todo pronóstico y aún a riesgo de ser una percepción a un nivel personal no necesariamente compartida por el resto de espectadores consumidores de esta segunda temporada de las aventuras de Danny Rand me da la impresión de que los guionistas de la serie han convertido al personaje principal en un “secundario importante” dentro de su propia serie. Pareciera como si la excusa narrativa de los rituales para transmitir los poderes del Iron Fist sirviera como justificación para quitar peso al rol de Finn Jones en favor del de Jessica Henwick, algo ya confirmado en los últimos episodios. Esta decisión podría deberse a un sano intento por dar más peso a los personajes femeninos de las series Marvel/Netflix (ahí tenemos también el peso de María Tifoidea, Misty Knight y Joy Meachum) con vistas a una posible futura serie protagonizada por mujeres, pero a un servidor le da la impresión de haber sido todo orquestado para dejar sutilmente al actor británico en un segundo plano por el desacierto de casting que supuso su elección para el papel a pesar de su, previamente citada, total implicación física a la hora de ejecutar adecuadamente su labor interpretativa, pero ofreciendo unos resultados insuficientes.




En lo referido a la escritura la mayor parte del peso de la trama que vehicula el desarrollo de la temporada recae en la rivalidad entre Danny Rand y Davos sustentada en una relación de complicidad y rechazo cuyo origen se remonta a la infancia de ambos cuando entrenaban para conseguir ser el nuevo Iron Fist en K’un-Lun. El problema es que los dos intérpretes elegidos para dar vida a la pareja de amigos y contrincantes es incapaz de conectar con los espectadores, algo en lo que incidiremos en el siguiente párrafo. Las subtramas centradas en los hermanos Meachum, cada uno de ellos protagonizando la suya propia, no tienen tanta relevancia como en la primera temporada, pero añaden los suficientes alicientes para mostrar la personalidad poliédrica y contradictoria de Joy y la vulnerabilidad de Ward. Gracias al adecuado devenir de acontecimientos y el competente ensamblamiento de los distintos arcos argumentales desarrollándose en paralelo el ritmo de la serie y la alternancia entre acción y pasajes más íntimos se revelan adecuados para no aburrir en ningún momento a un espectador a estas alturas ya acostumbrado a tener que aguantar metraje de más en las series producidas por el tándem Marvel/Netflix.




En cuanto a la labor interpretativa del reparto tenemos luces y sombras siempre dentro de un nivel simplemente aceptable desde una perspectiva global. Aunque Finn Jones sigue intentándolo a estas alturas es generalizada la opinión de que la suya fue una errónea elección de casting, más si cabe cuando la frescura, fuerza y carisma de Jessica Henwick eclipsan cualquier intento por capitalizar los encuadres compartidos por ambos. Jessica Stroup intenta abordar su criatura aplicándole muchos más matices que en anterioridad, consiguiéndolo en gran medida, mientras Tom Pelphrey no ve la necesidad de un esfuerzo excesivo por su parte para confirmarse como el mejor actor de todo el casting, algo ya vislumbrado en la primera temporada. Por desgracia las notas más discordantes las ponen Sacha Dhawan y Alice Eve. El primero por corporeizar la quinta esencia inexpresividad y el anticarisma demostrando que un buen físico no es nada sin unas mínimas aptitudes dramáticas y dando al traste de esta manera a su relación con Danny Rand, tampoco muy sobrado de personalidad, para conseguir una conexión adecuada entre ambos rivales. La segunda por poder hace más bien poco con el personaje puesto en sus manos por los guionistas. Nada de la letal y desdoblada María Tifoidea ideada por Ann Nocenti y John Romita Jr en las páginas de Daredevil, o de alguna de sus destacables encarnaciones posteriores en las viñetas, puede verse en este secundario cuyo única conexión con la Mary Walker original es el nombre y padecer desorden de identidad disociativo, ya que hasta su génesis se aleja totalmente de lo visto en los cómics.




Mientras escribo estas líneas llega a mí la noticia de la cancelación de la serie por parte de Netflix después de la pobre recepción de esta segunda y última temporada. Por un lado lamento la decisión ya que, aún estando lejos de la calidad de productos como Daredevil o Punisher (algo compartido con Luke Cage y Jessica Jones) por fin el programa parecía encontrar el camino adecuado para moldear su propia personalidad aunque fuera sacrificando el protagonismo de su personaje principal. Por otro comprendo que en una época como la nuestra con un amplio abanico de series puestas a nuestra disposición por canales de televisión o plataformas de streaming una serie como esta, titubeante en su primera tanda de episodios y todavía dubitativa en la segunda, no encuentre su lugar en la era de la inmediatez audiovisual y la alta competitividad dentro del medio audiovisual. A pesar de esta decisión por parte de Netflix parece haber intención por parte de Marvel Television de no finiquitar al personaje (algo extensible también a los secundarios) y hacer uso de él en un futuro próximo en alguna de sus otras series hermanas o esa Héroes de Alquiler esperada por muchos fans de tanto de Iron Fist como de Luke Cage. Por ahora todo queda en standby y nuestra próxima parada acontecerá el próximo 18 de octubre con el estreno de la esperada tercera temporada de las aventuras de Matt Murdock de la que también daremos buena cuenta por estos lares a la mayor brevedad posible.




jueves, 7 de junio de 2018

Por Trece Razones: Temporada 1, crónica de una muerte anunciada



"Hola, soy Hannah. Hannah Baker. Así es. No toques ni ajustes lo que sea que estés usando para escucharme. Soy yo, en vivo y en estéreo. No daré más pases ni haré bises y, está vez, no aceptaré peticiones. Coge algo para picar y ponte cómodo porque estoy a punto de contarte la historia de mi vida. Precisamente la razón por lo que se terminó. Y si estás escuchando esta cinta… eres uno de los motivos…"




Todos los años la plataforma de streaming Netflix estrena un par de series nuevas que toman una notable repercusión popular llegando alguna de ellas a trascender el medio audiovisual en el que se encuadra. Sucedió con productos como House of Cards, Narcos o Stranger Things, siendo esta última la que más titulares copó después de su exitosa primera temporada. El pasado 2017 le tocó el turno a Por Trece Razones, producción basada en el exitoso best seller literario 13 Reasons Why escrito por el estadounidense Jay Asher, que contó con el respaldo de la cantante Selena Gómez ejerciendo, junto a su madre, de productora ejecutiva del proyecto. A pesar del destacable padrinazgo por parte de la estrella del pop es el dramaturgo Brian Yorkey la verdadera mente detrás de esta traslación a imágenes de la novela del autor de What Light convirtiéndose, al igual que su contrapartida literaria, en todo un triunfo de cara al gran público.




Por Trece Razones toma como punto de partida la llegada de un paquete anónimo a nombre del adolescente Clay Jensen (Dylan Minnette) que resulta contener en su interior siete cintas de cassette grabadas por Hannah Baker (Katherine Langford) una compañera de clase que se suicidó recientemente. A lo largo de esas grabaciones en audio, que han pasado de un amigo a otro a petición de Hannah, esta hablará de las personas a las que culpa de su suicidio y los trece motivos que le impulsaron a cometerlo. A lo largo de este proceso Clay será consciente de hechos que no conocía relacionados con la chica de la que estaba enamorado, conocerá perspectivas diferentes en referencia a situaciones que él percibió como inofensivas, asistirá al calvario que vivió Hannah y descubrirá la identidad de los verdaderos responsables de las desdichas que le incitaron a tomar la drástica decisión de quitarse la vida al no poder soportar la situación social y personal en la que se encontraba.




Vaya por delante que el simple hecho de abordar un tema como el bullying siendo una serie especialmente dirigida al público adolescente ya es una idea digna de elogio cuando este tipo de comportamientos se han convertido en uno de los problemas más destacados de nuestra sociedad. Que un producto catódico comercial perteneciente a la plataforma de streaming más famosa del mundo decida adaptar una obra literaria para convertirla en una serie que plantea ideas y argumentos interesantes sobre temas como el acoso escolar, los abusos sexuales o la marginación social es un necesario paso hacia delante dentro de la ficción de consumo masivo para las nuevas generaciones. El problema radica en que la mayor virtud de Por Trece Razones también se convierte en su mayor defecto, cuando su peculiar y muy acertada narrativa ocasionalmente devora la intencionalidad de la denuncia de su discurso.




La estructuración episódica de esta primera temporada hace que cada entrega equivalga a la cara de una de las siete cintas que Hannah Baker grabó para plantear sus trece razones. Debido a ello cada capítulo supone una parte de esos cassettes que el personaje de Clay Jensen se dedica a escuchar con su walkman. Más allá de algunas licencias dramáticas escasamente realistas (se antoja extraño que el protagonista no ceda ante el cargo de conciencia y busque expresamente la cinta dedicada a su persona para saber qué relevancia tuvo él en la decisión tomada por Hannah o si la tenía) esta decisión tomada por los guionistas comandados por Brian Yorkey, y que ya existía en el libro de Jay Asher, permite enriquecer la narración alternando presente y pasado por medio de flashbacks en los que iremos conociendo gradualmente qué sucedió durante aquellos meses en el instituto Liberty High y cambiando nuestra perspectiva de los personajes presentados en los primeros pasos de la temporada que no son lo que en principio parecían.




Pero, como hemos mencionado con anterioridad, no todo son parabienes con respecto a esta idea a la hora de acometer la historia que vertebra Por Trece Razones. El afán por no recurrir a una narración ortodoxa o lineal, la intención por entregarse a cierta complejidad caprichosa y a un nada disimulado efectismo que en ocasiones busca el impacto y la adhesión gratuita a géneros como la intriga o el thriller para enriquecer artificialmente la naturaleza del producto llegan no sólo a solapar el interesante subtexto que yace bajo la propuesta, sino en ocasiones hasta a exponerlo de manera equivocadamente superficial con el único fin de sorprender y atraer a cierto sector joven de la audiencia que no se sentiría tan identificado con la historia de Hannah Baker si no se recurriera a estos métodos puramente "millenial" con los que llamar su atención. Esto da como resultado la visión tergiversada que algunos adolescentes han asimilado a la hora de evaluar el mensaje de la serie en general y la decisión final de su protagonista en particular.




No hay nada romántico y heróico en la decisión de suicidarse por parte de Hannah Baker, Es cierto que el recurso de las cintas de cassette utilizadas como método de venganza por su parte para señalar a los culpables de su escarnio público tiene algo de idealizador y elegante, pero si alguien piensa que su elección fue correcta y su destino final el acertado está completamente equivocado. En este sentido me gustaría partir una lanza en favor de la serie, porque los guionistas se han ocupado de mostrar los pasajes más duros de la vida de Hannah en toda su crudeza, pero en ninguna circunstancia apoyan la idea del suicidio como una solución para escapar de esa tortura en la que se ve inmersa. De hecho si nos remitimos a la escena climática en la que tiene lugar el acto en concreto este es expuesto en pantalla de manera totalmente visceral, realista, aterradora. No hay belleza en esas imágenes, sólo dolor, muerte y la idea de que el personaje de Katherine Langford no debería haberse rendido ante sus agresores y sus dilemas vitales.




El relato centrado en el suicidio de Hannah Baker y el descubrimiento de lo acontecido en relación con dicho acto por parte de Clay Jensen gracias a las famosas cintas de cassette se antoja cercano e indentificable para distinto tipo de espectadores por varios motivos. Uno de los más importantes es la labor de escritura cuya responsabilidad recae en manos de Brian Yorkey y sus colaboradores, perfilando unos personajes reales, con los que podemos empatizar, en mayor o menor medida, y que a pesar de pertenecer a estereotipos más o menos reconocibles juegan a la ambigüedad con ellos y no sólo resultan competentes desde un punto de vista psicológico, sino que están abordados por un grupo de actores que ejecutan de manera muy adecuada su trabajo. Sería injusto destacar a algún interprete dentro del grupo de adolescentes o la parte del cast formada por los adultos (con gente como Derek Luke, Kate Walsh o Steven Weber) pero es de recibo mencionar la química entre un Dylan Minnette muy entregado a la causa como el protagonista y una angelical y sufrida Katherine Langford que enamora a cada encuadre que repara en su presencia dando vida a Hannah Baker.




Influenciada por la obra de autores como Gus Van Sant o Gregg Araki, no por casualidad este último dirige varios episodios de la temporada, propensos a retratar una etapa como la adolescencia alternando preciosismo y fatalidad en todas sus vertientes, aunque teniendo en cuenta que nos encontramos con un producto mucho más entregado a la comercialidad y a pesar de cometer algunos errores, su retrato de los docentes del Liberty High es un tanto reprobable en líneas generales, Por Trece Razones es una excelente serie merecedora de ser vista aunque sólo sea por el interesante debate al que predispone, pero más allá de eso tiene suficientes hallazgos y virtudes para ser tenida en cuenta. Después de lo planteado en esta primera temporada una segunda se antoja tan innecesaria como casi inviable, pero como era de esperar esta nueva tanda de episodios ya está disponible en Netflix. Una vez visto el primer capítulo sólo puede afirmar que hay ciertas ideas prometedoras y sobre todo una temática que puede dar mucho que hablar debido a varias conexiones con un vergonzoso caso real que durante varios meses ha recibido la atención de los medios de comunicación españoles.