domingo, 25 de abril de 2021

Una Joven Prometedora, girls just want to have fun

 


Título Original Promising Young Woman (2020)
Director Emerald Fennell
Guión Emerald Fennell
Reparto Carey Mulligan, Bo Burnham, Alison Brie, Connie Britton, Jennifer Coolidge, Adam Brody, Laverne Cox, Clancy Brown, Angela Zhou, Christopher Mintz-Plasse, Alfred Molina, Molly Shannon, Sam Richardson, Steve Monroe, Casey Adams




Llegó, por fin, a las carteleras españolas Una Joven Prometedora Promising Young Woman en su idioma original. La ópera prima detrás de las cámaras de la actriz inglesa Emerald Fennell a la que reconocemos, principalmente, por dar vida a Camilla Parker Bowles en The Crown, la serie de Netflix centrada en Isabel II y la familia real británica. Desde que tuviera su puesta de largo el 20 de enero de 2020 en el Festival de Sundance la polémica y un debate bastante enconado han acompañado al film allí dónde ha sido estrenado, consiguiendo también alabanzas de una prensa especializada que, en líneas generales, se ha rendido ante el debut como realizadora de la intérprete de Call the Midwife aspirando a cinco Oscars en la ceremonia que se celebrará esta misma noche.




Aunque conviene saber poco o nada de Una Joven Prometedora para disfrutar al máximo de su propuesta sí podemos afirmar que supone una elocuente reformulación de los códigos adscritos al subgénero rape and revenge que vivió su época de mayor esplendor durante las décadas de los 70 y 80. Obras como La Última Casa a la Izquierda (Wes Craven, 1972), Lady Snowblood (Shurayuki-hime, Toshiya Fujita, 1973)Thriller - En Grym Film (Bo Arne Vibenius, 1973),  La Violencia del Sexo (I Spit On Your Grave, Meir Zarchi, 1978),  Trampa Para Un Violador (La Casa Sperduta Nel Parco, Ruggero Deodato, 1980) Ángel de Venganza (Ms .45, Abel Ferrara, 1981) entre muchas otras hicieron proliferar este tipo de producciones en distintos continentes ofreciendo variopintas perspectivas de su planteamiento primigenio.




Por medio de una puesta en escena sabiamente manierista, canciones pop insertadas maliciosamente en el metraje y unos colores pastel que parecieran parodiar las típicas comedias románticas estadounidenses Emerald Fennell va mostrando poco a poco sus cartas mediante el personaje de Cassie y su tan particular como personal cruzada. Pero como ya hemos mencionado el film se adscribe de manera nada ortodoxa al rape and revenge acometiendo sus señas de identidad en off, fuera de cámara y eludiendo en casi todo momento mostrar innecesaria violencia física en pantalla, siendo la psicológica la que se apodera de los momentos álgidos del metraje. Ahí es donde Promising Young Woman despliega su artillería sin hacer prisioneros, pero sobre todo componiendo un retrato tan elocuente como nada benévolo de nosotros, los hombres.




Es imposible ser hombre y no ver Una Joven Prometedora sumido en una continua sensación de incomodidad o desasosiego y aquel capaz de negarlo miente impunemente. Porque un servidor y cualquier espectador masculino que se enfrente en la película va a reconocer como propios o ajenos muchos de los comportamientos deleznables que llevan a cabo los roles de Adam Brody, Christopher Mintz-Plasse, Chris Lowell, Max Greenfield o Alfred Molina. Todos ellos configuran un mosaico en el que la cultura de la violación, la cosificación de las mujeres o la deshumanización de las relaciones sentimentales y sexuales golpean a un espectador viendo reflejados en todos ellos el conjunto de una sociedad profundamente patriarcal en la que practicar el coito con una mujer inconsciente por la ingesta masiva de alcohol no estaba mal visto y sí completamente normalizado hasta hace poco tiempo.




Pero Emerald Fennell quiere ir más allá y después de construir minuciosamente una zona de confort entre tanta perversidad explícita e implícita la pisotea para negarnos una vía de escape capaz de darnos la necesaria bocanada de oxígeno dentro de un relato que no por eludir la violencia gráfica en pantalla se hace menos duro de visionar y asimilar. Como hombre no quería admitir ese quiebro desalentador, viéndose venir de lejos, porque tenía la esperanza de que la guionista y directora dejara un haz de luz esperanzador al que aferrarnos, para que lo unido por Paris Hilton no lo separara la fatalidad. Pero su negativa a hacer esa concesión a la platea es bien recibida, porque como espectador el cine que más disfruto es el que me incomoda, el que me remueve la conciencia y me incita a cuestionar conceptos, teorías o valores que daba por sentados. 




Para su primera incursión como directora en el terreno del largometraje Fennell muestra no poca soltura a la hora de utilizar la cámara como un arma capaz de pervertir una estética casi de postal, con leves apuntes estilísticos propios de la publicidad o el videoclip, inoculándole potente veneno en forma de cáustico humor negro remitente a autores como Todd Solondz o un lirismo melancólico que podría hacer suyo el mejor Gregg Araki. En cuanto a su labor con el guión este se muestra tan sólido estructuralmente como orgánico en lo referido al devenir de acontecimientos en el que se ve inmersa la protagonista, sumando al conjunto todos esos apuntes ya mencionados retratándonos como sociedad sin huir del cine de género y asimilando hasta cierta reformulación conceptual del subgénero slasher.




Que Emerald Fennell se dedique profesionalmente a la interpretación la convierte en una impecable directora de actores y esto queda patente en pantalla. Pero no es menos cierto que se rodea de un reparto en el que hasta los miembros del apartado artístico con roles más pequeños se muestran creíbles, completamente implicados y cómplices con la visión de la realizadora. De entre ellos es justo mencionar a una brillante Alison Brie representando a esas mujeres también instigadoras y cómplices de la invisibilidad a la que muchas víctimas de agresiones sexuales se ven avocadas y sobre todo un Bo Burnham pletórico, el único miembro del casting capaz de ponerse a la altura de su protagonista, con la que destila una enorme química en todos los pasajes de la película que comparten juntos.




Pero sí, es cierto aquello que todos proclaman. Es la británica Carey Mulligan como Cassie quien devora el encuadre cada vez que la cámara repara en su presencia. Ya hemos dedicado parabienes a Emerald Fennell como guionista y directora, pero es ineludible que su propuesta quedaría reducida al mínimo exponente si la actriz de Shame o Drive no ejecutara aquí el mejor papel de su nada desdeñable carrera. Mulligan es Promising Young  Woman y sin una profesional tan versátil como ella o carente de su capacidad para llenar de matices un personaje basculante entre una determinación casi sobrehumana y la psicopatía pura esta ópera prima no alcanzaría las cotas de excelencia a las que llega sin apenas esfuerzo. Ojalá la veamos esta noche ganar el Oscar a mejor actriz, pero la Frances McDormand de la necesaria Nomadland va a ser un tótem difícil de derribar.




Podemos debatir sanamente sobre aspectos cinematográficos, como ese último acto moviéndose con cierta temeridad entre la tragedia forzada y la ingenuidad casi idealizada, e incluso de su tono o cómo está abordado el relato desde la escritura. Pero lo que nadie puede negar o eludir es que Promising Young Woman refleja una realidad dolorosamente cercana, actual, inmediata que apela a toda una sociedad, pero sobre todo a los hombres y nuestra relación con las mujeres. Lo hace desde la visión de una directora que ha sabido meter el dedo en una herida que tardará mucho tiempo en cicatrizar, porque hasta hace poco ni sabíamos o queríamos aceptar que lo era. Que una propuesta tan militantemente feminista como esta aspire a cinco Oscars es todo un logro. Que gane alguno más importante que el de mejor guión original o actriz principal una locura que no tendremos la suerte de ver materializada para disgusto de mucha masculinidad frágil, tóxica e hipócrita.




miércoles, 14 de abril de 2021

The Falcon And The Winter Soldier, the stars and stripes forever

 


"Precisamos nuevos héroes. Que sean adecuados para estos tiempos. Los símbolos no son nada sin las mujeres y los hombres que les dan sentido"



Sin mucho tiempo para haber digerido el impacto producido por la sobresaliente WandaVision y todavía con la resaca de la epatante y mastodóntica La Liga de la Justicia de Zack Snyder Disney + y Marvel Studios vuelven con el primer episodio de The Falcon and the Winter Soldier, la serie protagonizada por los alter egos superheróicos de Sam Wilson y James Buchanan “Bucky” Barnes a los que dan vida los actores Anthony Mackie y Sebastian Stan respectivamente. De la escritura y desarrollo de la miniserie se encarga Malcom Spellman (Empire, Hip Hop Uncovered), con el respaldo de Derek Kolstad (John Wick), y de dirigir todos los episodios se responsabiliza la canadiense Kari Skogland (Marvel’s The Punisher, The Walking Dead). El resultado de este episodio piloto es más o menos el esperado sin distanciarse demasiado, por ahora, de lo expuesto en los trailers con poco más de 45 minutos que toman el rol de primera toma de contacto con los espectadores.



Aunque era algo fácil de vaticinar y todo el material promocional apuntaba claramente a ello The Falcon and the Winter Soldier sigue la estela conceptual, visual y narrativa de las dos películas del Capitán América rodadas por los hermanos Anthony y Joe Russo. Esa primera y potente secuencia de acción centrada en el personaje de Anthony Mackie ya nos retrotrae de manera explícita al tono de cine de espionaje high tech de la impresionante Capitán América: El Soldado de Invierno (2014) y la remarcable Capitán América: Civil War, (2016) algo que se confirma con el pasaje dedicado al pasado de Bucky Burns en forma de ensoñación por parte del personaje de Sebastian Stan. Pero, como es lógico, no sólo de este tipo de situaciones vive la serie de Disney + y Marvel Studios, ya que ambos protagonistas comienzan a interactuar con los personajes secundarios que componen su entorno más cercano y de ello surgen situaciones cayendo un poco más en los tópicos dramáticos propios de estas ficciones, siendo los de Falcon bastante más obvios que los de Winter Soldier, posiblemente también porque Stan es un actor bastante más resuelto y versátil que Mackie sabiendo exprimir el material que los guionistas ponen en sus manos.



Un servidor estaba seguro de que después de la originalidad y atípica naturaleza de WandaVision, The Falcon and the Winter Soldier iba a resultar un producto más convencional que, en cierta manera, nos supiera a poco, al menos en sus primeros compases. Pocas quejas por mi parte, ya que el guión de Malcolm Spellman es tan procedimental como efectivo, la realización de Kari Skogland evidencia sus años de directora curtida en series de primer nivel sin mucho que envidiar técnicamente a lo que hicieron los hermanos Russo en las ya citadas El Soldado de Invierno y Civil War, aunque seguramente, y al igual que aquellos, recurriendo mucho a la segunda unidad para rodar las secuencias más dinámicas; mientras los actores cumplen sobradamente con roles que ya conocen perfectamente por llevar interpretándolos durante años. Sólo me deja un poco frío lo estereotipado de algunas subtramas, principalmente la de la hermana de Sam Wilson, que espero no desemboquen en el manido discurso lacrimógeno puramente estadounidense. Ojalá que la llegada del U.S. Agent, Sharon Cater o Zemo y esa amenaza terrorista enmascarada den empaque al proyecto y me hagan tragarme mis palabras en este sentido.



The Star-Spangled Man se titula el segundo episodio de The Falcon And The Winter Soldier y en gran parte se dedica a presentar y desarrollar la personalidad de John Walker aka U.S.Agent, que aquí ocupa el rol del nuevo Capitán América como se nos mostró en el cierre de la primera entrega de la serie. Los conocedores del personaje en los cómics sabemos de qué pie cojea y lo que probablemente acabará haciendo conforme vayan pasando los capítulos, por eso es interesante que en el arranque de este se incida en su psicología, para lo que pueda llegar a convertirse en un potencial villano y enemigo de los protagonistas no caiga en estereotipos manidos, dándole un tratamiento con cierta profundidad. Aunque el casco le queda bastante mal una vez vemos en acción a Wyatt Russell este se apodera del personaje y, aunque a años luz de distancia, es inevitable ver en sus facciones y gestos los ecos del gran Kurt Russell, junto a Goldie Hawn progenitor del actor de la potente Overlord (Julius Avery, 2018) .



Más allá de eso The Falcon and The Winter Soldier sigue la senda abierta por New World Order mamando argumental y técnicamente de las dos producciones de los hermanos Anthony y Joe Russo con el Capitán América de Chris Evans. En ese sentido se mantiene un adecuado equilibrio entre la acción propia del cine de espionaje ejecutado con tanta eficacia como impersonalidad y un drama con muy buenas intenciones, pero no siempre acertado debido a su tendencia al trazo grueso, los lugares comunes y la casi total ausencia de sutilidad. Por un lado el tratamiento de las situaciones de racismo vividas por Sam Wilson son reconocibles y muy cercanas a la realidad, pero están abordadas de manera demasiado obvia y simplista desde el guión. Por otro es el mismo trabajo de los escritores el que fuerza en ocasiones pasajes que bordean la incredulidad ya que Wilson y Barnes deberían darse cuenta de que preservar el legado de amistad y compromiso hacia Steve Rogers puede desembocar en una situación perjudicial para ese país por el que supuestamente darían sus vidas, algo que casi con toda seguridad será el catalizador de lo que pueda llegar a hacer John Walker en próximos episodios.



Por suerte no son pocos los aciertos de The Falcon And The Winter Soldier que la hacen merecedora de nuestra atención, aunque por ahora no sea un producto excelso dentro de su género. Ya hemos podido ver a los protagonistas compartir plano y desarrollar dinámicas en las que el equilibrio entre el drama y la comedia está muy bien medido. Malcolm Spellman y su equipo de guionistas también aciertan a la hora de de no acometer las acciones e intenciones de los “Flag Smashers” desde el maniqueísmo propio de este tipo de producciones estadounidenses, no exponiéndolos en pantalla como un grupo de terroristas descerebrados a los que derrotar y sí como un equipo con una causa que ellos consideran justa y de la que sabremos más dentro de poco. The Star-Spangled Man cierra con Barnes y Wilson preparados para ir a hablar con el Zemo de Daniel Brühl, que si bien fue un villano a la altura en Capitán América: Civil War poco tenía, para un servidor, de su contrapartida en viñetas. Esperemos que su intervención en la serie de Disney + y Marvel Studios me haga cambiar de opinión.



Con Power Broker llegamos al ecuador de esta corta temporada y con él y la aparición del Barón Zemo de Daniel Brühl, del que no sabíamos nada desde la excelente Capitán América: Civil War, se marca un cierto punto de inflexión tonal en el proyecto. Seguimos dentro de los preceptos clásicos del thriller político para todos los públicos, por ello no podemos esperara tampoco una visión arriesgada o verdaderamente militante en un producto propiedad de Disney, pero parece como si el villano creado en las páginas de Captain America #168 (diciembre 1973) por el guionista Tony Isabella y el dibujante Sal Buscema diera un vuelco a la miniserie diseñada por Malcolm Spellman y Kari Skogland. Con este tercer episodio viajamos a Madripoor y The Falcon And The Winter Soldier deriva más que nunca a la buddy movie de tono más ligero y sumando apuntes cómicos con los personajes introduciéndose en un submundo criminal en el que ponen en peligro sus vidas. Que Derek Kolstad, guionista de la saga John Wick, esté detrás del guión del episodio no debería pillarnos por sorpresa.



Como ya apunté al hablar del segundo episodio esperaba que la aparición de Helmut Zemo reparara el fallo cometido con la versión de Daniel Brühl, que aun siendo un villano interesante y coherente con su propia idiosincrasia poco tenía que ver con su contrapartida en las viñetas. Pero en este episodio de The Falcon And The Winter Soldier no sólo no encuentro lo que buscaba, sino que asistimos a cómo el personaje interpretado por el actor de Malditos Bastardos se aleja incluso de lo visto en la ya citada Capitán América: Civil War ofreciendo un rol mucho más liviano, alejado del trasfondo trágico que lo caracterizaba, convirtiéndose casi en una descarga cómica o una especie de forzado sidekick que sólo recuerda al letal villano de las viñetas durante los pocos segundos en los que porta su famosa máscara y entra en acción. Esperemos que en el resto de episodios en los que haga acto de presencia suponga una amenaza para los protagonistas, porque por ahora sabemos que algo trama, pero parece más un “colega por conveniencia” que otra cosa.



Con respecto al guión y el desarrollo de acontecimientos en este capítulo se notan bastantes carencias o ciertas derivas que apuntan malas maneras en cuanto al argumento. Si el plan de Wilson y Barnes de sacar a Zemo de la cárcel porque tiene una pista ya era bastante cuestionable que dejen al barón hacer lo que le plazca, incluyendo cometer delitos y matar personas, sin que haya una sola represalia y fiándose al 100% de sus acciones no tiene pies ni cabeza. Por otro lado lo que puntualmente aporta Sharon Carter a la trama, porque parece que va a tener menos relevancia en la serie de la que aparentaba en un principio, podría haberse resuelto sin su incursión en el proyecto y la pobre excusa de su exilio durante siete años no se sostiene por ninguna parte sabiendo que Steve Rogers, aún en la clandestinidad, no paró de cumplir con su deber. A eso sumemos el primer trazo grueso para que se pierda la, hasta ahora, ambigüedad de los Flags Smashers o por lo menos la de Karli Morgenthau, la insulsa resolución de la llamada de teléfono de la hermana de Sam o la nada creíble escena del chupito con los intestinos de serpiente. Pobre trabajo de escritura por parte de Derek Kolstad en el que es el libreto más pobre de la serie.



Desgraciadamente este giro hacia una vertiente del thriller más dinámica y ligera que pudiera haber hecho ganar enteros al show no se salda con éxito por culpa de un guión inestable, incongruente y con notables carencias referidas a la lógica narrativa más básica. The Falcon And The Winter Soldier sigue siendo un entretenimiento meritorio y por el que merece la pena desperdiciar entre 45 y 50 minutos semanales, pero no está a la altura de lo esperado y por ahora más que una continuación estilística y argumental de sus principales referentes, Capitán América: El Soldado de Invierno y Capitán América: Civil War, pareciera un apéndice o epílogo de los mismos que trata de imitarlos con resultado bastante desigual. Esperemos que esos John Walker y Lemar Hoskins, bastante arrinconados en esta entrega, comiencen a tornar en roles más activos, porque la temporada entre en su segunda mitad y lo que hemos visto hasta el momento no se aleja demasiado de un proyecto cumplidor para pasar el rato que esperemos mejore y no marque el tono a seguir para las próximas series de Disney + y Marvel Studios.



Con respecto al decepcionante episodio anterior este The Whole World is Watching supone una notable subida de calidad revelándose como uno de los mejores, posiblemente el mejor, de lo que llevamos de The Falcon And The Winter Soldier. Sólo el arranque con el flashback en Wakanda en el que Sebastian Stan por fin puede mostrar lo buen actor que es ya supera a todo lo que hemos podido ver hasta el momento de la serie ideada por Disney + y Marvel Studios. Esa secuencia no sólo brilla por su carga framática, derivada por todo lo que sabemos con respecto al personaje desarrollado en Capitán América: El Soldado de Invierno y Capitán América: Civil War, sino por cómo perfila con elegancia y sutilidad la relación previa entre Bucky y Ayo para dar contexto a lo que sucederá después cuando las Dora Milaje entren en acción para dar caza a Helmut Zemo.



Se deja de lado el tono de buddy movie insuflado artificialmente al episodio 3, llegando a adentrarse en terrenos de una comedia totalmente fuera de lugar, y volvemos al espionaje internacional y conspiranoico propio de las ya apeladas incursiones cinematográficas de los hermanos Anthony y Joe Russo protagonizadas por el alter ego superheróico de Steve Rogers. Otro acierto es la vuelta a los claroscuros ideológicos y morales con respecto a los Flags Smashers en general y a Karli Morgenthau después del trazo grueso con el que se trató su subtrama en la entrega previa. Aquí volvemos a encontrar a un grupo de revolucionarios que luchan por una causa noble, pero cuyos métodos expeditivos ponen en entredicho su lucha, como bien hace saber a la líder del grupo un Sam Wilson compartiendo la importancia de la misión en la que se han embarcado, pero no los medios que usan para llevarla a cabo.



Pero en cuanto a definir la psicología de los personajes en esta ocasión debemos destacar al John Walker de un cada vez más creible Wyatt Russell. Después de haber sido arrinconado a un par de escenas poco trascendentes en Power Broker el nuevo Capitán América se apodera del metraje del cuarto episodio gracias a un adecuado desarrollo de su personalidad desembocando en la magnífica recta final con el nacimiento del detestable rol de los cómics al que todos amamos odiar. El hijo de Goldie Hawn y Kurt Russell está siendo el blanco del odio de aquellos que no saben diferenciar la ficción de la realidad, pero por suerte vivir alejado de las redes sociales, su buen humor y ser sabedor de que está haciendo un trabajo notable con esta versión del USAgent son suficientes para que el actor de la recuperable Cold in July (Jim Mickle, 2014) pueda sentirse orgulloso de su labor delante de las cámaras, como nos deja ver ese remarcable clímax final repleto de simbología.



Aunque la remontada de este episodio, el más oscuro de la temporada, insufla nueva vida al proyecto también deja en evidencia la irregular labor de construcción narrativa adherida al proyecto a manos de Malcolm Spellman y Derek Kolstad que, a pesar de todo, sigue arrastrando aquí carencias como situaciones inverosímiles, actos estúpidos por parte de algunos personajes y tópicos manoseados hasta la extenuación propios de la ficción audiovisual protagonizadas por superhéroes. Pero no perdamos la esperanza, ya que tenemos a unos protagonistas que lucen bien en pantalla, un villano en ciernes que puede llegar a ofrecernos buenos momentos más allá de esta serie y un Barón Zemo que, por fin, empieza a comportarse como tal. Sólo dos episodios quedan para que termine The Falcon And The Winter Soldier y aunque siempre se muestra como un producto agradable de ver y con no pocos aciertos finalmente parece no salir del encorsetamiento de su punto de partida, quedándose a años luz de una WandaVision a la que no le llega ni a la suela de los zapatos.



Lamentablemente después de The Whole World Is Watching con Truth se vuelven a confirmar las mayores carencias de un producto como The Falcon And The Winter Solider. El quinto episodio arranca justo donde acabó el anterior, manteniendo la tensión acumulada por los actos homicidas de John Walker y con una espectacular pelea en la que este se enfrenta a los dos protagonistas de la serie. Esa secuencia, magníficamente rodada por una Kari Skogland siempre a la altura que no hubiera desentonado en las películas de los hermanos Anthony y Joe Russo con el Capitán América, pareciera ser el arranque de dos últimos episodios con los que el show experimentara una escalada de fuerza narrativa que supusiera la antesala de un clímax los suficientemente potente para que los espectadores que no estaban del todo convencidos con lo visto hasta ahora, entre los que me incluyo, recuperaran el interés perdido para encarrilar un cierre que nos hiciera olvidar los numerosos fallos del proyecto impulsado por Malcolm Spellman y la ya citada directora de origen canadiense.



Por desgracia todo es un espejismo. Después del prometedor arranque y secuencias interesantes como la de la presentación de Madame Hydra (grande Julia Louis-Dreyfus) o la conversación con Isaiah Bradley el episodio vira hacia un tono ligero e insustancial que muestra, una vez más, las muchas carencias estructurales, conceptuales y narrativas de The Falcon And The Winter Soldier. El coutis interruptus que supone empezar por todo lo alto un capítulo que pareciera volver a los terrenos de las mejores películas protagonizadas por el alter ego de Steve Rogers para acabar desembocando en un melodrama paupérrimo con reminiscencias de ¡Qué Bello es Vivir! ((It’s a Wonderful Life, Frank Capra, 1946) en el que Bucky y Sam conversan de todo lo que está sucediendo con los Flags Smashers y Karli Morgenthau mientras arreglan el barco como si comentaran el partido de fútbol del fin de semana no tiene pies ni cabeza. ¿Por qué son tan abruptas y poco creíbles las transiciones espaciales y temporales en esta serie? ¿Por qué Sarah no pidió ayuda a los vecinos años antes de que lo hiciera su hermano si tenían una deuda con su familia? ¿Por qué los guionistas caen en los tópicos de la forzada relación romántica con hermano celoso? ¿Por qué esta trama innecesaria de colegueo cuando a estas alturas la miniserie debería estar funcionando a todo trapo para darnos un final espectacular?



Y podríamos seguir con las preguntas a decisiones sin sentido. ¿Por qué Sam Wilson es tan estúpido como para no darse cuenta de que el racismo rodea a la gente como él, también en la actualidad, si lleva viéndolo desde el primer episodio? ¿Por qué los guionistas son tan manipuladores y vagos como para utilizar el recurso de que los padres de Lemar Hoskins repitan una y otra vez que se sienten felices debido a que John mató al asesino de su hijo sólo para subrayar de mala manera el sentimiento de culpa de este? ¿Por qué volvemos al trazo grueso a la hora de retratar a una Karli Morgenthau que ahora, de repente, se considera una criminal que manipula armamento a la luz del día y disfruta sometiendo la mente de personas inocentes como una villana de opereta? ¿¿Por qué si le estaban dando tanta importancia a Zemo hacen que se vaya casi sin ninguna repercusión y por la puerta de atrás?? ¿¿Dónde está Sharon Carter???. Si en cuanto al apartado técnico no tengo queja y en lo referido al artístico hay luces y sombras a nivel de escritura esta serie es un caos casi insalvable.



Lo que podía haber sido el arranque de una recta final capaz de reconciliar The Falcon And The Winter Soldier con les espectadores dudosos o desencantados queda en un episodio que aprueba raspado sólo por la primera mitad de sus 61 minutos de metraje. La segunda es la enésima confirmación de que Malcolm Spellman, Derek Kolstad y el resto de guionistas no saben mantener el equilibrio entre los distintos tonos que quieten insuflar a un proyecto que al mostrar un mínimo síntoma de solidez compactando su desarrollo seguidamente sale por la tangente con una cantidad de inverosimilutudes y tópicos manidos hasta la extenuación capaces de crispar a la audiencia más calmada. Después del que la semana pasada había sido el mejor episodio de la miniserie nos encontramos el peor y de esta manera es imposible que Disney + y Marvel Studios puedan ofrecer a sus fans y suscriptores una ficción cohesionada, ya que va dando palos de ciego hacia un final que, visto lo visto, será una lotería en la que casi con toda seguridad nos va a tocar un boleto no premiado.




lunes, 12 de abril de 2021

Otra Ronda (Druk)

 


Título Original Druk (2020)
Director Thomas Vinterberg
Guión Tobias Lindholm, Thomas Vinterberg
Reparto Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang, Lars Ranthe, Susse Wold, Maria Bonnevie, Dorte Højsted, Helene Reingaard Neumann, Martin Greis, Magnus Sjørup, Silas Cornelius Van, Albert Rudbeck Lindhardt, Frederik Winther Rasmussen, Aksel Vedsegaard, Aya Grann, Mercedes Claro Schelin




No formaba parte de mis planes dedicar una reseña a Otra Ronda, Druk en su título original, la nueva película del cineasta danés Thomas Vinterberg, pero como ya sucediera con aquella obra maestra llamada La Caza (Jagten, 2012) lo último del co fundador del movimiento Dogma 95 ha conseguido tocar las teclas precisas para dejar en mí un notoria huella gracias a una propuesta nada sencilla que ya ha sido premiada en no pocos certámenes internacionales y logrado dos nominaciones a los Oscar, que se celebrarán el próximo día 26 de abril, a mejor película de habla no inglesa y mejor director para el mismo Vinterberg. El sábado saliendo del cine me quedó claro que todos esos reconocimientos en distintos festivales son merecidos al encontrarnos ante uno de los largometrajes más estimulantes de la temporada.





"Qué es la juventud? Un sueño. ¿Qué es el amor? El contenido del sueño" es la cita del filósofo y teólogo danés, Søren Kierkegaard, que abre Otra Ronda y la misma será muy importante en lo referente a desentrañar la esencia de la obra. Según el psiquiatra y escritor noruego Finn Skardeurd, el ser humano nace con un déficit de alcohol en sangre del 0,05%, y cubrir ese porcentaje saca la mejor versión de nosotros mismos. A esta teoría se aferran cuatro profesores con crisis de mediana edad para comenzar un experimento sociológico en el que, durante horas de trabajo, ingerirán los vasos necesarios de bebidas espirituosas para cubrir esos números. En principio el resultado para todos ellos será beneficioso, pero no sucederá lo mismo cuando se dispongan a aumentar las cantidades ingeridas.




Tanto el experimento en el que Martin (Mads Mikkelsen), Tommy (Thomas Bo Larsen), Nikolaj (Magnus Millang) y Pete (Lars Ranthe) se embarcan como el mismo alcohol son una excusa, un simple MacGuffin, para que Otra Ronda nos hable de temas más universales y trascendentes que la adicción a la bebida. Con esto no queremos decir que el alcohol no sea uno de los pilares maestros sobre los que Tobias Lindholm y Thomas Vinterberg construyen su historia, exponiendo en pantalla todo lo bueno y lo malo que conlleva vivir en una fiesta etílica durante las 24 horas del día. Pero el mismo es más un catalizador para que el relato tome forma y podamos llegar a conocer en profundidad a estos cuatro amigos hastiados de una vida profesional y personal que los ha reducido al mínimo exponente de sus propias personalidades.




Porque de lo que realmente habla Druk es de la amistad, la soledad, la alienación y de cómo la rutina puede acomodarnos y reducirnos a una mera sombra de lo que una vez fuimos. Pero reflexiona sobre todo acerca de la fugacidad de la juventud, de consumir los mejores años de nuestra vida como si fueran un chupito que después de quemar la garganta deja un regusto agradable y ganas de pedir otra ronda. "La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo, y tu has brillado mucho" decía el Doctor Eldon Tyrell al replicante Roy Batty en la totémica Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y a ello parece aferrarse Thomas Vinterberg para construir su último trabajo. Una elegía a la celebración, al carpe diem de cuatro hombres que encuentran en el exceso y la autodestrucción una vía de escape para volver a ser unos alumnos de instituto recién graduados bañándose en champán a ritmo de What a Life, de Scarlet Pleasure.




A mantener el delicado equilibrio entre la fina comedia que se apodera de la primera mitad del metraje y el drama elegante y nada sensacionalista que abarca la segunda ayudan un cuarteto de actores inmejorable. Cada uno de ellos da vida a un personaje que se enfrenta a su crisis existencial de distinta manera y es un gran acierto que no todos tengan la misma edad, siendo alguno de menor edad que el resto. Thomas Bo Larsen, Magnus Millang y Lars Ranthe basculan con pericia entre lo humorístico y lo trágico componiendo criaturas vulnerables, necesitadas de afecto para salir del hastío vital en el que se ven inmersos. Entre borracheras, resacas, clases de gimnasia o música y exámenes orales los tres amigos ofrecen de cara al espectador composiciones poliédricas que nunca caen el tópicos o los eluden con bastante pericia.




En cuanto al reparto Mads Mikkelsen, como era de esperar, supone una nota aparte. Aunque Otra Ronda es una obra coral Tobias Lindholm y Thomas Vinterberg dedican más tiempo al Martin del actor de Valhalla Rising (2009) o Polar (2019) que al resto de intérpretes y él lo aprovecha al máximo. Aunque siempre ejecuta trabajos remarcables no veíamos al Hannibal televisivo tan excelso desde, precisamente, La Caza y es que la mesura y contención con la que se mueve entre el carisma y el patetismo es digna de elogio. Su sapiencia a la hora de interactuar con el resto de actores, pasajes como el llanto durante la cena en el restaurante, la clase de historia con los tres candidatos políticos, la discusión final con su mujer o ese maravilloso baile final que cierra la obra configuran una labor superlativa en el que es uno de los mejores papeles de su ya dilatada carrera.




Haciendo complicados ejercicios de equilibrismo sobre la delgada línea que separa la glorificación descerebrada del moralismo sermoneador, sin caer nunca de un lado u otro, Thomas Vinterberg y sus colaboradores consiguen con Druk que el espectador salga de su proyección con ganas de exprimir la existencia hasta las últimas consecuencias. En tiempos de pandemia, confinamiento, restricciones y toques de queda la historia hedonista y dolorosa protagonizada por Martin, Tommy, Nikolaj y Pete pareciera hablarnos de un mundo, antojadamente lejano, en el que podíamos abrazarnos, besarnos y exaltar la amistad sin miedo a nada, porque éramos jóvenes y libres. Esperemos que algún día toda esta pesadilla acabe y ya sin ambages de ningún tipo, sin el terror de perjudicar a los que nos rodean, podamos celebrar la vida y todo lo maravilloso y terrible que la misma atesora. 


miércoles, 7 de abril de 2021

La Liga de la Justicia de Zack Snyder, más grande, más largo y sin cortes



Título Original Zack Snyder's Justice League (2021)
Director Zack Snyder
Guión Zack Snyder, Chris Terrio, Will Beall, basado en los personajes de DC Comics
Reparto Ben Affleck, Gal Gadot, Ezra Miller, Jason Momoa, Ray Fisher, Henry Cavill, Amy Adams, Joe Morton, Amber Heard, Jared Leto, J.K. Simmons, Connie Nielsen, Ciarán Hinds, Robin Wright, Diane Lane, Jesse Eisenberg, Joe Manganiello, Jeremy Irons, Willem Dafoe, Ryan Zheng, Ray Porter, David Thewlis, Billy Crudup, Lisa Loven




Después de años de campaña en redes adentrándose en terrenos de la ilusión desbordada por un lado y la toxicidad más incomprensible por otro e incluso de una inusual filtración en HBO Max al reproducir Tom & Jerry (Tim Story, 2021) que, como era de esperar, volvió a servir como excusa para agitar el avispero de las conspiraciones en la sombra contra su visionario director La Liga de la Justicia de Zack Snyder llegaba a la plataforma propiedad de Warner Bros el pasado día 18 de marzo en olor de multitudes virtuales. Ha pasado más de medio mes del estreno del largometraje y todavía hoy se comenta en redes, pero lo que ahora nos ocupa no es el mucho tiempo libre que ciertas personas dedican a un director y un universo ficcional al que se ha otorgado una injustificada y desproporcionada dimensionalidad, sino reseñar la obra cinematográfica en concreto.



Como todos sabemos lo que llegó a los cines en 2017 fue una versión de Justice League de la que Zack Snyder tuvo que desvincularse debido a una tragedia familiar y Warner Bros, en su afán por seguir construyendo chapuceramente su DC Extended Universe, despidió a Snyder y contrató los servicios de un Joss Whedon que en principio iba a colaborar con algunos diálogos del guión viéndose posteriormente implicado en el proyecto para intentar parchearlo de mala manera asumiendo lo que la productora le solicitó y sin poder aportar su propia impronta, en las antípodas de la del autor de 300 o Watchmen, alumbrando un monstruo de frankenstein para salir al paso que redujo una obra de proporciones mastodónticas a una cinta entretenida, muy irregular y excesivamente liviana para salir del paso.



Lo que finalmente ha visto la luz ha sido lo más cercano a la visión que tenía Zack Snyder de lo que iba a ser su Liga de la Justicia, ya que su intención era la de construir una miniserie de cuatro o seis episodios que, ante la negativa de Warner Bros, ha quedado reducida, aunque usar esa expresión en este caso sea un eufemismo, a una película de casi cuatro horas dividida en seis partes. Recuperando el material rodado por el director de Amanecer de los Muertos (2004) que se vio en cines hace cuatro años, el desechado de su montaje inicial que nunca se oficializó, añadiendo un nuevo prólogo rodado para la ocasión y aportando una inyección presupuestaria de 70 millones de dólares lo que puede verse en Zack Snyder’s Justice League es la culminación de su particular mirada hacia personajes nacidos en DC Comics, con todo lo bueno y malo que ello conlleva, que se inició en 2013.



Algo que no se puede negar de ninguna manera es que esta nueva versión de La Liga de la Justicia es un producto 100% Zack Snyder. Desde que El Hombre de Acero llegó a los cines un servidor siempre ha defendido que la visión de los personajes de DC Comics en general y de Superman en general ofrecida por el cineasta estadounidense está muy alejada de lo que los lectores llevamos viendo en viñetas durante décadas. Snyder tiene la idea de que todos los superhéroes deben ser taciturnos, oscuros o de reminiscencias mesiánicas y si ese punto de vista puede funcionar con los personajes de 300, Watchmen e incluso el Batman de Ben Affleck, que hunde sus raíces en el ideado por Frank Miller en El Regreso del Caballero Oscuro, el alter ego extraterrestre de Clark Kent no debería ser pasado por ese tamiz, a menos que lo que quiera adaptar su ideólogo sea el videojuego Injustice o algún elseworld centrado en Hombre del Mañana.



Habiendo razonado esto y siendo consciente de que lo encapsulado en La Liga de la Justicia de Zack Snyder es “su versión” de dichos iconos a un servidor no le queda más remedio que admitir encontrarse con una producción notable en la que su máximo responsable ha depositado toda su profesionalidad y compromiso para ofrecer un espectáculo pirotécnico de primer nivel, siempre dentro de los parámetros establecidos dentro del universo del blockbuster comercial típicamente hollywoodiense. En ese sentido Snyder no hace prisioneros para hiperbolizar, y en ocasiones hasta hipertrofiar, lo que según él debería ser una película de superhéroes inspirada en el mundo del cómic. El resultado será una orgiástica homilía para sus fans más enfervorecidos, una ridiculez para sus detractores más furibundos y un simple entretenimiento, bien o mal rematado, para los que nos encontramos en un término medio.



Desde su magnífico prólogo Zack Snyder da rienda suelta a su pasión por la épica desmesurada siempre sustentada en un acabado visual que para unos es considerado de una belleza superlartiva y para otros de un mal gusto avasallador. Esta será la tónica a lo largo de las cuatro horas de metraje en las que pareciera como si el director quisiera que cada plano, cada encuadre, cada uno de sus famosos ralentís supusieran el momento culminante de la obra. Esta tendencia a epatar visualmente al espectador puede transformar el visionado del film en puro gozo para unos y una tortura para otros, pero ciertamente se adecúa a la historia sobre la que se construye la cinta. Un servidor mentiría si no admitiera que en más de una ocasión alucinó con la composición visual del realizador aprovechando al máximo ese polémico e innecesario formato 4:3 que ha hecho correr ríos de tinta real y digital.



Cada batalla, cada combate cuerpo a cuerpo, cada explosión o tiroteo tiene el sello estilístico de su director, una tendencia a la sobrexplotación que emparenta muchos de los planos más dinámicos a splash pages de dibujantes como Jim Lee, Marc Silvestri o el difunto Michael Turner. El problema es que en ocasiones Snyder se pasa de frenada y lo que comienza siendo grandilocuente y solemne acaba deviniendo en hortera y hasta involuntariamente cómico. Tomemos como ejemplo la famosa escena del rescate de Iris por parte de Barry que desemboca en la escena más sonrrojante de las dos versiones existentes de la película. Una secuencia en la que la reacción inexpresiva de la accidentada, el grimoso momento del pelo y el baile de salchichas al ritmo de Song to the Siren, versión de Rose Betts, convierten todo en un desfile de sinrazones y decisiones rocambolescas que sólo pueden dar pie a la carcajada.




Y aprovechando la escena de marras podemos meternos en lo que son las carencias de la película, que haberlas haylas y algunas menoscaban el buen resultado del conjunto de la obra. Aunque previamente he confirmado asumir y aceptar lo que Zack Snyder ofrece con su propuesta se me hace imposible no arquear la ceja con esa Wonder Woman valkiria salvaje capaz de volar por los aires a un atracador ante la mirada de un grupo de niños o decapitar a un enemigo ya vencido, además de a un Superman matón que se ceba con un Steppenwolf incapaz de defenderse mostrando una versión que poco o nada tiene que ver con el de los cómics siendo hasta la de Whedon de la anterior versión del film mucho más respetuosa a pesar de su penoso no bigote digital. Todo en concomitancia con esa innecesaria manía de asumir que lo violento y oscuro es más adulto añadiendo incluso pasajes ligeramente sangrientos a una película que no los necesita quedando tan impostados como los incluidos en Aves de Presa (Y la Fantabulosa Emancipación de Harley Quinn).




Mejor parados salen Cyborg y Flash. El primero se convierte en el alma de la película y viendo la gran cantidad de metraje y relevancia que se le quitó en la versión de 2017 en parte se comprende el enfado de Ray Fisher. De esa hora y media de metraje inédito muchos minutos están dedicados a dar un trasfondo y unas inquietudes a Victor Stone, que también ve más enriquecida la relación mantenida con su padre Silas Stone (Joe Morton) ofreciendo al espectador un personaje más interesante que el de la anterior Liga de la Justicia. Barry Allen también sale reforzado, ya que si Cyborg se revelaba como el alma del film, el rol de un entregadísimo Ezra Miller es el corazón. Si aceptamos que siga siendo la descarga cómica de la velada, algo que se achacó exclusivamente a Whedon, el héroe creado por Robert Kanigher y Carmine Infantino cobra una nueva dimensión en este montaje y protagoniza la mejor secuencia del mismo, la de su carrera final para manipular el tiempo con ecos al Superman de Richard Donner.



En el apartado técnico encontramos luces y sombras. Poco se puede achacar a la labor de Zack Snyder detrás de las cámaras ya que sigue fiel a sí mismo a su megalómana puesta en escena. Pero sí es cierto que los efectos digitales no siempre están a la altura. Mientras la batalla la alianza unificada, los combates submarinos en Atlantis, las apariciones de Darkseid o el clímax final lucen un meritorio CGI pasajes como el asalto a Temiscira, el rediseño de personajes como Steppenwolf o la armadura de Cyborg cuando la luz se ve reflejada en ella muestran unas carencias que rompen la homogeneidad de la obra. El colmo de esta debilidad asumida por el film llega con el controvertido epílogo en el que Snyder se ve en la obligación de tirar de primeros planos muy cerrados para que no se noten los cromas delatando el nulo diseño de producción y aún así cuando Cyborg se quita la capucha y muestra su cuerpo completo es inevitable sentir un escalofrío subiendo por la espalda.



A colación del epílogo un servidor no puede considerarlo más innecesario. Aunque trata de mantener cierta coherencia con la “kinghtmare” de Batman vs. Superman: El Amanecer de la Justicia el único fin de esta secuencia protagonizada por Batman, Mera, Deathstroke, el ya citado Cyborg, Superman y el insufrible Joker de Jared Leto es dejar una puerta abierta para que los fans más extremistas de Zack Snyder sigan exigiendo a Warner Bros que le dejen hacer más películas con los superhéroes de DC Comics, algo que ha quedado cristalino al convertir la campaña del ReleaseTheSnyderCut en una renovada RestoreTheSnyderverse con la que algunos usuarios de redes sociales, por suerte no todos, ya han protagonizado momentos de mal gusto y desvergüenza. Comportamientos que no benefician en absoluto a un posible regreso del director para seguir con su microcosmos ficcional.



Zack Snyder’s Justice League es un colosal divertimento, la muestra quintaesencial de lo que es el discurso de su director convertido en un elseworld compuesto por seis grapas o prestigios que ponen fin, al menos por ahora, a la trilogía con la que asentó las cuestionables y no muy sólidas bases de ese DCEU con el que Warner Bros sigue sin saber exactamente qué hacer. Sus cuatro horas de desenfreno wagneriano ofrecen los suficientes aciertos para que obviemos algunas carencias que llegan incluso a restar puntos al conjunto, pero nunca a ensombrecer en demasía la experiencia de ver a estas deidades cinematográficas repartir estopa en pantalla a ritmo de Junkie XL y la playlist del Spotify de su director. Aunque reniego de gran parte del movimiento al que ha dado forma e incluso de algunos comportamientos del mismo Snyder me alegra que su película haya salido a la luz y la haya culminado dedicándola a su hija Autumn. No es arte, no es gran cine, pero es entretenimiento puro y en ese sentido no puedo más que quitarme el sombrero.


miércoles, 31 de marzo de 2021

Happy! Temporada 2, pascua de insurrección

 



- ¡Sax, deja de matar gente!
- Venga, Mer, que son nazis




Como era de esperar y aunque por ahora no tiene muchos vínculos directos con él era inevitable que habláramos en este mes dedicado a Grant Morrison del medio audiovisual, principalmente de series, en el que empieza a abrirse camino con adaptaciones de sus obras que por ahora no son muchas, pero poco a poco van aumentando en número gracias a los avispados productores, guionistas y directores que deciden llevarlas a imagen real. La primera de esas dos entradas, de las que se encargará un servidor, estará dedicada a la segunda temporada de Happy! la serie de la plataforma Syfy, con derechos de emisión por parte de Netflix, creada por el guionista y cineasta Brian Taylor (Crank, Gamer, Ghost Rider: Espíritu de Venganza) en colaboración con Grant Morrison, que ejerce también como showrunner. Como recordamos en su momento, y para ello tenéis dos reseñas que hablan sobre ella, Happy! fue una miniserie de cuatro números publicada por Image Comics en 2012 con Grant Morrison a los guiones y Darick Robetson (The Boys, Transmetropolitan) a los lápices. En ella el ex policía reconvertido en asesino a sueldo, Nick Sax, comienza a ver a un pequeño unicornio alado de color azul después de sufrir un infarto. Dicha criatura nació como el amigo imaginario de Haley, una niña secuestrada por un brutal homicida disfrazado de Santa Claus al que Sax se verá obligado a eliminar si quiere salvar la vida de la pequeña cría.





La primera tanda de ocho episodios de Happy! adaptaba, de manera más o menos fiel, el cómic que le servía de inspiración, pero añadía mucho material de cosecha propia por parte de Brian Taylor y Grant Morrison, lo que daba como resultado una primera mitad de temporada muy potente y otra en la que estos añadidos no hacían más que apelar al subrayado y la redundancia, dispersando en demasía la narración. Con todo y siempre afirmando que un reparto en el que actores ejerciendo una labor meritoria como Lili Mirojnick, Ritchie Coster, Patrick Fischler o Bryce Lorenzo quedaban ensombrecidos por el mejor hallazgo de la serie, un Christopher Meloni superlativo inyectando una carismática vis cómicas a Nick Sax que brillaba por su ausencia en las viñetas, La Happy! de Syfy se revelaba como un producto cafre, alocado y muy macarra que funcionaba notablemente bien. El problema es que la segunda temporada sufrió lo que un servidor llama “el mal de Juego de Tronos“, afección que explicaremos a continuación.




Hace un momento mencionábamos que las subtramas ideadas por Taylor y Morrison para la primera temporada eran las menos consistentes y más dispersas, en definitiva las que hacían restar puntos al conjunto de la obra. Pues en esta segunda entrega de diez capítulos esta carencia devora gran parte de lo planteado por la historia debido a que ya no hay cómic que adaptar y todo lo que vemos en pantalla nace de la mente del particular dúo de showrunners. De esta manera en la segunda temporada de Happy! impera mayoritariamente un caos narrativo incapaz de construir un esqueleto argumental coherente, ya que el equipo de guionistas encargado de desarrollar el devenir de acontecimientos no está a la altura intentando domar el caballo desbocado que suponen los diez episodios que cierran la serie. Alguien podría pensar que entre la tendencia a la demencia visual propia del cine de Brian Taylor y la lisergia conceptual de algunas obras de Grant Morrison que la anarquía imperara en esta nueva aventura de Nick Sax sería lo lógico, pero eso es algo que sí funcionaba en la temporada 1, aquí la escritura desemboca en un proyecto irregular bordeante en lo fallido.




Pero es ineludible que también podemos encontrar en esta segunda temporada momentos de puro genio en los que Morrison y Taylor aprovechan esa predisposición a lo cafre y desprejuiciado para escribir y ejecutar visualmente pasajes memorables. El primer episodio se pone a sí mismo el listón demasiado alto con una pletórica secuencia en la que vemos a un grupo de monjas en modo kamikaze volar por los aires en las calles de New York mientras suena de fondo el tema Dominique, de Sor Sonrisa, a todo volumen. Un prólogo que sintetiza el tono de humor negro y salvajismo que destilarán el resto de episodios dentro de una serie que puede callar más de una boca a aquellos que se quejan de la actual “corrección política” como principal impedimento para que se facturen productos semejantes al que nos ocupa. La matanza en el asilo de ancianos con Nick Sax y Meredith McCarty reventando cabezas de nazis de mierda, la pelea del personaje de Christopher Meloni con los presos fugados de la cárcel con esos desopilantes congelados de imagen, Ann Margret como Bebe Debarge, la orgía en el hospital o ese Jeff Goldblum poniendo voz a Dio caen del lado de aciertos del programa.




El problema, como ya apuntábamos anteriormente, es que todo lo relacionado con el programa especial de pascua de Sonny Shine y el chantaje que precede a este con el tema de la cinta de vídeo que haría las delicias culinarias de Armie Hammer, la posesión de Francisco “Blue” Scaramucci por parte de Orcus dentro en la cárcel, la relación de Happy con el resto de amigos imaginarios desembocando en su relación emocional/sexual con Little Bo Peep o la aparición del mismo Christopher Meloni interpretando a su madre menoscaban un producto que debería centrarse más en la relación del protagonista con el personaje que da título a la serie. Por otro lado la inclusión total de la temática sobrenatural en la historia no funciona en un producto que nació como un relato noir hasta arriba de metanfetaminas con puntuales pinceladas de fantasía, principalmente relacionadas con la presencia de Happy, pero al que la inclusión de monstruosidades deformes y deidades centenarias capaces de tomar a personas como huéspedes no le hacen ningún bien. Por desgracia todo este desaguisado de arbitrariedades argumentales entroncan con los ya citados momentos remarcables del proyecto y dan como resultado una temporada que en su mayor parte peca de sobrecargada, farragosa y en ocasiones hasta aburrida, algo imperdonable a un divertimento como el expuesto por Taylor y Morrison.





Por suerte hasta las situaciones más inverosímiles y de menos calidad de la temporada son acometidas por un reparto que sabe entregarse al desenfreno exigido por un producto de esta naturaleza. Un gran Ritchie Coster como Blue/Orcus, un insoportable Christopher Fitzgerald poniendo voz y peculiar físico a Sonny Shine, una prometedora Bryce Lorenzo en la piel de Haley Hensen, Medina Senghore (de)construyendo una alucinada Amanda Hansen o el carisma destilado por la Meredith McCarthy Lili Mirojnick dan empaque a un apartado artístico al que poco reproche podemos hacer. Pero una vez más el el Nick Sax de un desatadísimo Cristopher Meloni el que se roba la velada basa de violencia explícita, diálogos espetados contra el espectador y unos excesos impropios de los personajes a los que interpretó en años ulteriores. Con respecto al actor de Ley y Orden es necesario mencionar la brutal química que comparte con el Happy con voz de un entrañable Patton Oswald y sobre todo con el Smoothie de un magnífico y grimoso Patrick Fkischer, ya que ver a protagonista y villano alegrarse tanto de verse el uno al otro para torturarse mutuamente hasta lo inhumano pareciera una visión paródica de la relación de los personajes principales de aquella obra maestra suercoreana titulada Encontré al Diablo (Kim Jee-woon, 2010).




“La segunda temporada ya está confirmada y ahora veremos que hacen Brian Taylor y Grant Morrison sin material para inspirarse con una idea que no aparenta poder dar mucho más de sí.” Con estas palabras cerraba un servidor hace poco más de tres años la reseña de la primera temporada de Happy! y desgraciadamente la profecía se ha cumplido de principio a fin. No sólo porque se confirma que al no tener como base el cómic para construir la segunda temporada el resultado ha sido mucho menos satisfactorio, sino porque los productores de Syfy después de ver el resultado decidieron no renovar la serie y dejar a Brian Taylor y Grant Morrison si ese juguete con el que, no lo dudemos, se lo estaban pasando muy bien, a veces incluso más que los espectadores. Por suerte en este breve trayecto nos queda una primera temporada muy digna y una segunda inferior y renqueante, pero con algunos momentos para el recuerdo. Afortunadamente aquí no se quedan los coqueteos de Grant Morrison con la ficción televisiva, ya que Doom Patrol adapta su etapa con los personajes de creados por Arnold Drake, Bob Haney o Bruno Premiani, también se ha embarcado en una adaptación de Un Mundo Feliz (Brave New World, Aldous Huxley, 1932), de nuevo con Brian Taylor, que ya cuenta con una temporada y tenemos hasta tres películas animadas inspiradas en sus trabajo en DC Cómics.