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lunes, 15 de julio de 2019

Stranger Things 3, sé lo que hicisteis el último verano



"Tú nos dejaste entrar. Y ahora tú nos dejarás quedarnos"




Poco más de año y medio hemos tenido que esperar para volver a la ficticia, y ya icónica, población estadounidense de Hawkins después de aquella excelente Stranger Things 2 que a pesar de parecer un remake a mayor escala de Stranger Things 1 funcionó casi al máximo de sus posibilidades en noviembre de 2017. Netflix vuelve a depositar toda su confianza en uno de sus buques insignia con Stranger Things 3, la, presumiblemente, penúltima temporada de la serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer (Wayward Pines, Hidden). Más allá de la inclusión de algún nuevo fichaje como la actriz Maya Hawke dando vida a Robin, Cary Elwes como el alcalde Larry Kline, Jake Busey en la piel del antipático Bruce o Alec Utgoff interpretando al Doctor Alexei mantenemos el mismo reparto de las dos entregas anteriores. La nueva tanda de ocho episodios fue subida al catálogo de la plataforma de streaming el pasado 4 de julio y nosotros ya hemos podido ver esta muy esperada tercera temporada de las aventuras sobrenaturales de Eleven, Mike, Will, Dustin, Lucas, Max y compañía. Lo cierto es que hemos quedado muy satisfechos a casi todos los niveles porque el producto mantiene casi intacta su calidad, potencia su naturaleza multirreferencial y hace evolucionar a sus personajes. Pero también posee algunas carencias y cae en ciertas decisiones erróneas que más tarde pasaremos a enumerar a la hora de evaluar globalmente un proyecto tan exitoso y disfrutable como este.




Al igual que sucedió en la segunda temporada con respecto a la primera esta Stranger Things 3 toma como punto de inicio los últimos segundos que cerraban a su predecesora y a partir de él los hermanos Duffer y sus colaboradores al guión o la dirección van desarrollando las distintas tramas. En esta ocasión el argumento se localiza en la víspera del 4 de julio de 1985, un año después de los hechos acontecidos en Stranger Things 2, con los protagonistas experimentando sus primeras relaciones amorosas y problemas derivados de la entrada en la adultez, mientras el nuevo centro comercial de la empresa Starcourt se convierte en el epicentro de las aventuras de todos los personajes. Como viene siendo tradición detrás de la idílica estampa de Hawkins las monstruosidades interdimensionales siguen amenazando la vida de los lugareños desde las sombras y los protagonistas deberán enfrentarse nuevamente con ellas para impedir un apocalipsis a escala mundial.




La principal seña de identidad de Stranger Things 3 es su ligereza, mucho más acentuada que en las dos temporadas anteriores. La serie de Matt y Ross Duffer siempre se ha caracterizado por la alternancia de acción, ciencia ficción, terror, drama y comedia. Pero en esta ocasión el humor y un tomo mucho más liviano se apoderan de la mayor parte de la velada sólo cediendo terreno al dramatismo en el último episodio que, eso sí, es el más emocional y melancólico de todo lo que llevamos de serie. Esta predisposición por la aventura continuada, dinámica, fruiciosa no sólo se vertebra por todas las subtramas que dan forma a Stranger Things 3 enriquieciéndolas con matices y referencias, sino que también da al conjunto del proyecto un ritmo endiablado capaz de influir en el ánimo de un espectador que verá volar delante de sus ojos las poco menos de nueve horas que dura la temporada. Aunque es a partir del tercer episodio cuando la historia toma fuerza, desde el minuto uno el tempo narrativo y la realización trabajan en equipo para engancharnos a las aventuras de los habitantes de Hawkins.




Hasta media decena de subtramas se alternan en el discurrir de estos nuevos ocho episodios. Cada una de ellas con su propia autonomía, tono y solidez suficiente para funcionar de manera independiente. Pero el añadido más interesante de las mismas es que todas hacen referencia a algún clásico del terror y la ciencia ficción de los 70, 80 o 90. En este sentido destacan, sobre todo, la trama protagonizada por Billy como multihomenaje a obras como La Invasión de los Ladrones de Cuerpos, The Blob, The Stuff, La Cosa, Cazafantasmas 2 e incluso Hellraiser o la centrada en unos geniales Steve, Erica, Robin y Dustin como si fueran los personajes de una cinta de John Hughes sumergidos en un remake de Amanecer Rojo (Johm Milius, 1984) con sus adolescentes americanos plantando cara a unos, convenientemente, inútiles soldados rusos mientras hacen apología de los parabienes del capitalismo y las maldades del comunismo por medio del personaje de Erica, uno de los más memorables de la temporada gracias a su locuacidad y verborrea.





Desde el punto de vista técnico Matt y Ross Duffer, Shawn Levy y Uta Briesewitz mantienen la puesta en escena, entre cálida y vibrante, habitual de la serie de Netflix. Aunque es en su recta final donde más se acentúa sobrevuela toda la temporada una sabia amalgama entre espectacularidad estilística y minuciosidad emocional en lo referido a las relaciones interpersonales de los personajes que elevan el proyecto como ya sucediera en las dos anteriores temporadas. El recurrente uso del CGI se antoja algo tosco e irregular en los primeros compases de Stranger Things 3, pero va cogiendo fuerza y solidez a lo largo de los capítulos llegando a momentos de brillantez incuestionable con una oda a la “Nueva Carne” cronenbergiana corporeizada en ese amasijo informe y devorador copando gran parte del protagonismo a lo largo de la trama central. Puede que la ya mencionada ligereza y el tono de Serie B imperante en la temporada resten algo de consistencia a la realización, pero el resultado sigue siendo de nota muy alta y con algunos pasajes para el recuerdo.




En cuanto al reparto sigue haciéndose patente la química y complicidad entre los seis actores principales siendo extensible a otros de los secundarios. Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Finn Wolfhard, Caleb McLaughlin, Noah Schnapp y Sadie Sink son el corazón de Stranger Things, pero por suerte funcionan tanto unidos, como por parejas o interactuando con los roles adolescentes o adultos. David Harbour y Winona Ryder siguen siendo una pareja encantadora, Dacre Montgomery gana mucho protagonismo como Billy, la pareja formada por Natalia Dyer y Charlie Heuton pierde algo de relevancia por el, poco disimulado, arrinconamiento del último en cuanto a la escritura (¿castigo por sus problemas personales?) que lo diluye aunque siga teniendo una notoria presencia en pantalla. Al igual que sucedía en Stranger Things 2 varios de los nuevos fichajes son los que más brillan en esta tercera parte. Mención especial para Alec Utgoff, ese Doctor Alexei de mente prodigiosa contrastando con su carácter infantil y matrícula de honor para Maya Hawke, hija de los actores Ethan Hawke y Uma Thurman, enorme como Robin, un personaje del que es imposible no enamorarse, sobre todo cuando forma equipo con Steve, Dustin y Erica.




Pero, desgraciadamente, no todo son alabanzas hacia esta Stranger Things 3 porque con ella se agrava una afección que ya mostró sus primeros síntomas en la segunda temporada. Una vez más nos encontramos con un producto estructural y conceptualmente casi idéntico a sus dos anteriores entregas. Evidentemente el proyecto ofrece las suficientes dosis de calidad en todos sus apartados para que no nos cause molestia el seguir viendo “más de lo mismo”, pero esta tendencia al subrayado y la redundancia parece confirmar que Matt y Ross Duffer, acompañados de sus colaboradores, ya han explotado al máximo una fórmula que no parece dar más de sí. En ese sentido se antoja casi necesaria la decisión, por parte de sus creadores, de acabar la serie en la próxima temporada porque, más allá de ciertos cambios en cuanto a tono y resoluciones argumentales, esta tercera tanda de episodios es, al igual que la segunda, una revisión de aquella Stranger Things 1 de la que sus máximos responsables no quieren alejarse demasiado por si al probar ideas nuevas pierden el favor de la crítica y el público.




Stranger Things 3 es pura diversión, evasión, emoción y fuego de artificio bien facturado. Es imposible no seguir enamorado de los habitantes de Hawkins comandados por esta pandilla de chicos a los que estamos viendo crecer, madurar, cambiar y recibir los primeros golpes de la vida, que en verdad poco tienen que ver con aperturas dimensionales o poderes piscoquinéticos. Mientras tanto ahí siguen Matt y Ross Duffer, facturando la, para un servidor, temporada menos potente de las tres estrenadas hasta ahora, pero poseedora de unas cualidades, una fuerza visual y un ritmo narrativo vigoroso incuestionable. Unos años 80 repletos de referencias variopintas a Regreso al Futuro (Robert Zemeckis 1985), El Día de los Muertos (George A. Romero, 1985) la serie Magnum (1980-1988) o Terminator (James Cameron, 1984), obra maestra a la que dedican no ya un guiño o una subtrama, sino un personaje completo que hará las delicias de los fans. Tras un final que lo cambia todo, y una escena post créditos que nadie debe perderse, ya sólo queda esperar hacia dónde se encaminaran los Duffer con esa Stranger Things 4 que nos despedirá ¿para siempre? de la tan idílica como peligrosa localidad de Hawkins.


lunes, 30 de julio de 2018

Hereditary



Título Original Hereditary (2018)
Director Ari Aster
Guión Ari Aster
Reparto Toni Collette, Gabriel Byrne, Alex Wolff, Milly Shapiro, Ann Dowd




Desde hace tiempo los aficionados al cine de terror nos encontramos una o dos veces al año con un largometraje vendido por ciertos sectores del público y la prensa especializada como la enésima “reinvención del género”. Supuestas obras maestras que por su originalidad, planteamiento y hallazgos visuales o narrativos merecen ese pintoresco y exagerado apelativo que en no pocas ocasiones es concedido con una ligereza del todo contraproducente. Por regla general los resultados no suelen ser para tanto y a veces llegan incluso a decepcionar como le sucedió a un servidor con La Bruja, el debut de Robert Eggers del que hablé por estos lares en su época de estreno. Pero también es cierto que piezas como las adscritas a las sagas Insidious, Expediente Warren (The Conjuring), muestras independientes controvertidas como The Lords of Salem o la más reciente Un Lugar Tranquilo han deparado más de una sorpresa a los amantes de esta clase de celuloide. Desde que tuviera su puesta de largo internacional en el Festival de Sundance del presente año, Hereditary, la ópera prima del cineasta estadounidense Ari Aster, pasó a engrosar las filas de estas supuestas producciones magistrales llegadas para cambiar los preceptos del tipo de films al que se adscriben gracias a la excelente acogida recibida en el certamen creado por Robert Redford y la efectiva publicidad vendiéndola como una película tan terrorífica como insoportable para cierto tipo de espectadores.




Vaya por delante que Hereditary no va a cambiar el futuro del cine de terror, no por su falta de virtudes, que sí las tiene y en grandes cantidades, sino por no descubrir nada nuevo y transitar lugares comunes reconocibles para el fandom tanto en los clásicos, como en muchas de las mejores muestras recientes, del género. De esta manera Ari Aster se alimenta de obras maestras como El Exorcista o La Semilla del Diablo (Rosemary’s Baby) así como de piezas contemporáneas del estilo de Babadook o las ya citadas The Lords of Salem y La Bruja diseñando un producto multirreferencial que a pesar de todo trata de buscar su propia voz. La trama del largometraje está protagonizada por la familia Graham, formada por un matrimonio y dos hijos, tomando como punto de partida el funeral de la abuela materna. Tras la defunción de la anciana iremos descubriendo la personalidad de estas cuatro personas entre las que encontramos a la matriarca Annie (Toni Collete) mujer con problemas psicológicos y aficionada a construir casas de muñecas, Steve (Gabriel Byrne) marido cariñoso y padre abnegado, Peter (Alex Wolff) hijo adolescente con largo historial de desencuentros con su madre y finalmente Charlie (Milly Shapiro) hija pequeña callada, taciturna y sombría, además de la única persona que echa de menos a la fallecida por haber compartido con ella estrechos lazos afectivos.




Más allá de este punto de partida y el perfil de los personajes adjuntado es conveniente no saber nada más de una obra como Hereditary poseedora de algunos giros de guión bestiales, sobre todo el que cambia radicalmente el tono de la propuesta de Ari Aster, tan efectistas como necesarios para que el guionista y director pueda fertilizar el terreno en el que trabajará después del ecuador del metraje. Con respecto a su labor detrás de las cámaras se antoja inconcebible un debutante con su soltura y control férreo de una puesta en escena brillante aprovechando todos los medios audiovisuales a su alcance para dar una factura bordeante en lo virtuoso a su ópera prima. El posicionamiento y los movimientos de la cámara, la cadencia de los encuadres, la pericia a la hora de construir escenas de verdadero terror sin necesidad de recurrir a los inefables jump scares y una utilización virtuosa de las maquetas construidas por Annie con la doble intención de ejecutar algunos planos vibrantes y dar forma a una alegoría que enfatiza los roles de “muñecos controlados por una fuerza mayor” en los que se convierten los protagonistas del largometraje son la demostración clara del talento de un muy prometedor artesano. De esta manera la labor como jefe de ceremonias de Ari Aster se revela como uno de los puntos más fuertes de Hereditary gracias a su talento para diseñar atmósferas transmisoras de genuino pavor sin la necesidad de caer en trucos de barraca de feria o efectismos reprobables.




En cuanto al guión de Hereditary, escrito íntegramente por su también director, ya hemos mencionado su escasa originalidad a la hora de buscar inspiración para construir una historia diferente sin adentrarse en caminos mil veces transitados. Todos los pecados cometidos por Ari Aster a la hora de ejecutar una amalgama de referencias con las que construir su relato sin dejar mucho espacio a la inventiva son perdonados el revelarse esa mixtura de homenajes sólo como la parte de un todo narrativo mucho más cohesionado y profundo con el que consigue equilibrar un cuento de terror mórbido, enfermizo y perverso por medio de la perfecta unión entre los resortes adscritos al género en el que se enmarca el largometraje y el drama más desgarrador encontrando a sus máximos valedores en los personajes que pueblan el mismo. Con más de una semejanza con la ya citada Babadook la ópera prima de Ari Aster utiliza su naturaleza genérica para ejecutar un retrato brillante sobre cómo la pérdida puede destruir desde dentro un núcleo familiar que sólo necesitaba un catalizador para desmoronarse como un castillo de naipes. Por medio de la alegoría y el omnipresente simbolismo el guionista y director recurre a la vertiente sobrenatural de su pieza para sustentar un tratado sobre la depresión y los trastornos mentales digno de elogio y estudio.




Aunque el trabajo de escritura y realización de Ari Aster es uno de los pilares maestros sobre el que se sustenta Hereditary es su reparto el encargado de elevar a la excelencia el conjunto de la obra gracias a su labor delante de las cámaras. Jamás hubiera imaginado un servidor después de haberla visto en decenas de películas que la australiana Toni Collette, no sólo podría dar vida a un papel tan extremo como el de Annie Graham, adentrándose con él en la tragedia más desgarrada aderezada con incómodos pasajes de humor negrísimo, sino ofrecer una mirada tan abrasiva y diabólica como para deparar a más de un espectador impresionable unas cuantas noches de insomnio. No le va a la zaga el animal herido al que da vida un superlativo Alex Wolff elaborando una criatura poliédrica, doliente, abordándola con una profesionalidad intachable y una intensidad no menos cruenta, haciendo saltar chispas en cada encuadre compartido con su progenitora en la ficción. Gabriel Byrne es nuestro ancla con la realidad, el personaje equivalente al raciocinio y la coherencia dentro de Hereditary acometido por el intérprete irlandés con una contención en las antípodas de sus dos citados compañeros de reparto. Finalmente mención especial para Milly Shapiro, actriz adolescente de físico peculiar, padece el Sídrome Treacher Collins, cuyos silencios, miradas y molesto sonido bucal se convierten en el alma de la película gracias a su entrega para ofrecer a la platea el miembro más importante de la familia Graham desde una perspectiva tanto terrenal como sobrenatural.




Hereditary está lejos de ser la “mejor película de terror de todos los tiempos” y ni siquiera alcanza a ser la obra maestra promulgada por unos cuantos, etiqueta esta que ha jugado en contra de sus humildes intenciones como pieza de género. Como producto cinematográfico no ha conectado con el público generalista que la ha recibido entre extrañado, confundido y decepcionado, pero para la prensa especializada y el aficionado al género en el que se enclava se revela brillante en muchos aspectos, suponiendo la recuperación de los mejores preceptos dentro de un celuloide de posesiones, casas encantadas y brujería viviendo actualmente una nueva edad de oro gracias a productoras como A24 o Blumhouse Productions, factorías preocupadas por ofrecer la perfecta combinación entre calidad y comercialidad para saciar el apetito goloso del fandom. El joven Ari Aster ha dado un fuerte puñetazo sobre la mesa con su debut detrás de las cámaras y ya prepara su nuevo proyecto como director, un film titulado Midsommer cuyo rodaje comenzará el ¡próximo mes de agosto centrándose en el folklore escandinavo (como sucedía en The Ritual, otra de las mejores horror movies del 2018) con una pareja de protagonistas viviendo unas peculiares y nada inofensivas vacaciones en Suecia. Esperemos que su olfato para elegir proyectos esté a la altura de su talento como narrador y no caiga en la trampa de convertirse en un engranaje más de la maquinaría hollywoodiense.



jueves, 14 de junio de 2018

Por Trece Razones: Temporada 2, veredicto final



"No conozco una sola mujer que no haya sufrido acoso sexual, abusos o cosas peores. Ni una. Muchas sobreviven. Mi hija no lo hizo y no es su culpa"




Cuando Netflix confirmó la segunda temporada de su exitosa serie Por Trece Razones, inspirada en el best seller escrito por Jay Asher, las dudas con respecto a su argumento aparecieron inmediatamente. El grueso de la novela en la que se basaba el producto había sido trasladado a imagen real prácticamente en su totalidad a lo largo de esa tanda de episodios, de modo que el showunner, Brian Yorkey, y su equipo de guionistas se habían quedado sin material para dar continuidad a la historia de Hannah Baker, Clay Jensen y el resto de alumnos del instituto Liberty High. La solución fue la esperada cuando los ideólogos detrás de la célebre obra confirmaron que seguirían al relato iniciado en el libro homónimo con los mismos personajes, que en esta ocasión deberían enfrentarse al efecto causado por las famosas cintas de cassette en las que la protagonista dio las trece razones que la impulsaron a quitarse la vida ofreciendo a su vez los nombres de los que ella consideraba responsables de su desdicha.





De este modo la segunda temporada de Por Trece Razones, estrenada íntegramente el pasado día 18 de mayo en Netflix, cuenta con casi el mismo reparto que la primera, pero centrándose esta vez en el juicio en el que los padres de Hannah Baker acusan a los responsables del instituto Liberty High de haber hecho oídos sordos a las peticiones de auxilio de su única hija, obligando de esto modo a desfilar por su estrado a todos los alumnos que el personaje de Katherine Langford menciónó en su confesión grabada. A lo largo de trece capítulos distintos compañeros de clase,y algún profesor, darán su propia versión de la relación que mantuvieron con la fallecida, descubrirán pasajes de sus últimos meses de vida que no conocíamos y en ocasiones ofrecerán una perspectiva de aquella chica ejemplar que no coincidirá con la que tenían de ella sus amigos y allegados. Un Clay Jensen obsesionado por los remordimientos de conciencia luchará por limpiar el buen nombre de Hannah y desvelar la identidad de los verdaderos culpables de la miseria de la primogénita de los Baker.




Esta segunda temporada de Por Trece Razones contaba con un importante handicap. El factor sorpresa se perdía por completo y el uso de las cintas de cassette para construir la estructuración narrativa de la serie, a cara por episodio, desaparecía una vez las grabaciones ya no eran de el núcleo del relato, aunque siguen teniendo una relevancia notable en esta etapa de la serie. De manera que los guionistas necesitaban otra excusa argumental para ir deteniéndose uno a uno en todos los personajes de la primera temporada que aquí cobran incluso más importancia para el devenir de acontecimientos que vertebrarán la historia que Brian Yorkey y su séquito quieren narrarnos. Finalmente es un recurso tan, en principio, manido como el del juicio el tablero sobre el que los guionistas irán colocando sus piezas para ir diseccionando la personalidad de sus criaturas y en el proceso construir un relato en el que el drama y la intriga enriquecen el conjunto de una temporada que, contra todo pronóstico, supera en varios aspectos a su predecesora.




El proceso judicial en el que se sustenta la temporada se antoja todo un acierto y gracias a él iremos conociendo cada vez más a los personajes satélite relacionados con la vida y muerte de Hannah Baker. Un servidor es reticente con este subgénero en concreto, porque si bien nos ha ofrecido productos incontestables como Matar a Un Ruiseñor, 12 Hombres Sin Piedad o JFK: Caso Abierto también es un tipo de ficción muy tendente a la demagogia y el sensacionalismo barato, sirvan de ejemplo para esta afirmación films como Tiempo de Matar, Hombres de Honor o la mayoría de series americanas adscritas a esta temática. Por suerte los responsables de Por Trece Razones tratan de eludir clichés y lugares comunes, casi siempre con éxito, consiguiendo que este contexto en el que se desarrollará la segunda tanda de episodios nos permita profundizar en el perfil psicológico de los personajes que orbitan alrededor de la malograda Hannah Baker y el empecinado Clay Jensen.




Mientras vamos descubriendo facetas desconocidas de todos los amigos de Hannah Baker, ahondando en sus virtudes y miserias, intentando descifrar la relevancia que tuvieron en los últimos días de su vida y dilucidando si dicen la verdad los guionistas no sólo se detienen en el impacto que las declaraciones de cada uno de los testigos tienen en su vida personal y en el día a día del Liberty High, también van tejiendo de manera lenta pero gradual varias subtramas perfectamente ensambladas en el esqueleto argumental de la temporada y en las que la venganza y la decisión de tomar la justicia por la propia mano tienen un notable protagonismo. De esta manera Brian Yorkey y compañía amplían el abanico de temas complicados a tratar con la inclusión de la tenencia ilegal de armas de fuego que, por desgracia, tan de actualidad está en Estados Unidos. Pero si hay un tema apuntado en la anterior temporada y que en esta es abordado de manera directa y sin reservas es el de los abusos sexuales, encontrándose ahí los mejores momentos de lo que llevamos de serie.




Esta temporada aprovecha el contexto del juicio y sobre todo a los personajes de Hannah Baker y Jessica Davis para acometer un asunto tan vergonzoso como el intento de ensuciar la imagen pública de las víctimas de abusos sexuales con el fin de exculpar a sus agresores, algo a la orden del día desde hace unos meses tanto en Estados Unidos con todos los escándalos dentro de Hollywood relacionados con la plataforma #MeToo y los múltiples abusos a actrices destapados con el caso Harvey Weinsten como en España con el mediatizado juicio de "La Manada" en el que se buscó demonizar de la manera más rastrera posible a la víctima de una violación en grupo poniendo en entredicho su comportamiento hurgando en sus perfiles en redes sociales. En el episodio final el mensaje en ocasiones llega a bordear en un par de ocasiones la propaganda y el oportunismo, pero lo que se plantea desde la escritura de la serie es tan necesario, su transmisión social se antoja tan indispensable, sobre todo para los adolescentes, que un servidor sólo puede elogiar a sus responsables por la decisión.




En lo referente al reparto la idea de profundizar en la psicología de los personajes gracias a su implicación en el ya citado juicio permite a los actores dar una nueva dimensión a sus interpretaciones añadiendo aristas, detalles y claroscuros al grupo de amigos de Hannah Baker y una vez más no es mi intención destacar a unos intérpretes sobre otros, pero sería injusto no mencionar la excelente labor de Kate Walsh como Olivia Baker y la lucha por la memoria de su hija, la evolución del Zach Dempsey de un cada vez más competente Ross Butler, aunque su futuro en la serie sea actualmente dudoso, y sobre todo un Justin Prentice enorme como Bryce Walker, uno de los roles secundarios más despreciables y odiosos que ha ofrecido la la ficción audiovisual reciente y no precisamente porque veamos en él un monstruo inhumano, sino el reflejo de una generación de adolescentes varones que por su posición social o profesional se creen con el derecho de destruir la vida de los que les rodean, diferenciándose en poco de muchos de los agresores sexuales reales que hemos visto en las noticias nacionales e internacionales de los últimos meses.




Pero una vez más son los dos personajes principales los que mejor parados salen en el cast de Por Trece Razones. Dylan Minnette y Katherin Langford destilaron una remarcable química en la primera temporada y los guionistas han decidido mantener a la actriz australiana convirtiéndola en la conciencia de Clay Jensen para que ambos intérpretes puedan intercambiar así numerosas conversaciones en las que él se sincera de cara al recuerdo de la chica de su vida, ofreciendo un análisis más profundo de sus miedos y anhelos, dejando en el proceso un puñado de escenas que se encuentran entre lo mejor ofrecido por la serie desde su mismo inicio y tomando algunas señas de identidad de la inolvidable A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under) como inspiración. Con respecto Clay y Hannah la secuencia en el episodio final con ambos sentados en el banco y el sencillo, pero esclarecedor, recuerdo que comparten del baile de invierno del año anterior no sólo resume de manera cristalina la relación de la pareja, sino que sintetiza de manera magistral lo que es este juego, unas veces maravilloso y otras retorcido, al que llamamos vida.




Teniéndolo casi todo en contra y con poco a favor la segunda temporada de Por Trece Razones ha superado con nota el examen de dar continuidad con solidez a su predecesora, arriesgándose más a la hora de retratar a sus personajes y reflexionar sobre temas complicados o controvertidos que son mostrados en toda su crudeza (esa ya célebre y descarnada escena en el cuarto de baño ha levantado una considerable polvareda, aunque su violencia está totalmente justificada desde una perspectiva tanto moral como artística) y sin escatimar pasajes desagradables a los espectadores triunfando de pleno con sus planteamientos y aspiraciones como producto audiovisual. El problema ahora reside en la vuelta a la casilla de inicio, intentar dilucidar hacia donde se dirigirán los guionistas en esa tercera tanda de episodios ya confirmada por Netflix ahora que Hannah Baker ha salido totalmente de la ecuación y el cierre de esta temporada no parece dar demasiadas posibilidades argumentales para alargar en demasía el producto. Sólo el tiempo nos dará la respuesta.


jueves, 7 de junio de 2018

Por Trece Razones: Temporada 1, crónica de una muerte anunciada



"Hola, soy Hannah. Hannah Baker. Así es. No toques ni ajustes lo que sea que estés usando para escucharme. Soy yo, en vivo y en estéreo. No daré más pases ni haré bises y, está vez, no aceptaré peticiones. Coge algo para picar y ponte cómodo porque estoy a punto de contarte la historia de mi vida. Precisamente la razón por lo que se terminó. Y si estás escuchando esta cinta… eres uno de los motivos…"




Todos los años la plataforma de streaming Netflix estrena un par de series nuevas que toman una notable repercusión popular llegando alguna de ellas a trascender el medio audiovisual en el que se encuadra. Sucedió con productos como House of Cards, Narcos o Stranger Things, siendo esta última la que más titulares copó después de su exitosa primera temporada. El pasado 2017 le tocó el turno a Por Trece Razones, producción basada en el exitoso best seller literario 13 Reasons Why escrito por el estadounidense Jay Asher, que contó con el respaldo de la cantante Selena Gómez ejerciendo, junto a su madre, de productora ejecutiva del proyecto. A pesar del destacable padrinazgo por parte de la estrella del pop es el dramaturgo Brian Yorkey la verdadera mente detrás de esta traslación a imágenes de la novela del autor de What Light convirtiéndose, al igual que su contrapartida literaria, en todo un triunfo de cara al gran público.




Por Trece Razones toma como punto de partida la llegada de un paquete anónimo a nombre del adolescente Clay Jensen (Dylan Minnette) que resulta contener en su interior siete cintas de cassette grabadas por Hannah Baker (Katherine Langford) una compañera de clase que se suicidó recientemente. A lo largo de esas grabaciones en audio, que han pasado de un amigo a otro a petición de Hannah, esta hablará de las personas a las que culpa de su suicidio y los trece motivos que le impulsaron a cometerlo. A lo largo de este proceso Clay será consciente de hechos que no conocía relacionados con la chica de la que estaba enamorado, conocerá perspectivas diferentes en referencia a situaciones que él percibió como inofensivas, asistirá al calvario que vivió Hannah y descubrirá la identidad de los verdaderos responsables de las desdichas que le incitaron a tomar la drástica decisión de quitarse la vida al no poder soportar la situación social y personal en la que se encontraba.




Vaya por delante que el simple hecho de abordar un tema como el bullying siendo una serie especialmente dirigida al público adolescente ya es una idea digna de elogio cuando este tipo de comportamientos se han convertido en uno de los problemas más destacados de nuestra sociedad. Que un producto catódico comercial perteneciente a la plataforma de streaming más famosa del mundo decida adaptar una obra literaria para convertirla en una serie que plantea ideas y argumentos interesantes sobre temas como el acoso escolar, los abusos sexuales o la marginación social es un necesario paso hacia delante dentro de la ficción de consumo masivo para las nuevas generaciones. El problema radica en que la mayor virtud de Por Trece Razones también se convierte en su mayor defecto, cuando su peculiar y muy acertada narrativa ocasionalmente devora la intencionalidad de la denuncia de su discurso.




La estructuración episódica de esta primera temporada hace que cada entrega equivalga a la cara de una de las siete cintas que Hannah Baker grabó para plantear sus trece razones. Debido a ello cada capítulo supone una parte de esos cassettes que el personaje de Clay Jensen se dedica a escuchar con su walkman. Más allá de algunas licencias dramáticas escasamente realistas (se antoja extraño que el protagonista no ceda ante el cargo de conciencia y busque expresamente la cinta dedicada a su persona para saber qué relevancia tuvo él en la decisión tomada por Hannah o si la tenía) esta decisión tomada por los guionistas comandados por Brian Yorkey, y que ya existía en el libro de Jay Asher, permite enriquecer la narración alternando presente y pasado por medio de flashbacks en los que iremos conociendo gradualmente qué sucedió durante aquellos meses en el instituto Liberty High y cambiando nuestra perspectiva de los personajes presentados en los primeros pasos de la temporada que no son lo que en principio parecían.




Pero, como hemos mencionado con anterioridad, no todo son parabienes con respecto a esta idea a la hora de acometer la historia que vertebra Por Trece Razones. El afán por no recurrir a una narración ortodoxa o lineal, la intención por entregarse a cierta complejidad caprichosa y a un nada disimulado efectismo que en ocasiones busca el impacto y la adhesión gratuita a géneros como la intriga o el thriller para enriquecer artificialmente la naturaleza del producto llegan no sólo a solapar el interesante subtexto que yace bajo la propuesta, sino en ocasiones hasta a exponerlo de manera equivocadamente superficial con el único fin de sorprender y atraer a cierto sector joven de la audiencia que no se sentiría tan identificado con la historia de Hannah Baker si no se recurriera a estos métodos puramente "millenial" con los que llamar su atención. Esto da como resultado la visión tergiversada que algunos adolescentes han asimilado a la hora de evaluar el mensaje de la serie en general y la decisión final de su protagonista en particular.




No hay nada romántico y heróico en la decisión de suicidarse por parte de Hannah Baker, Es cierto que el recurso de las cintas de cassette utilizadas como método de venganza por su parte para señalar a los culpables de su escarnio público tiene algo de idealizador y elegante, pero si alguien piensa que su elección fue correcta y su destino final el acertado está completamente equivocado. En este sentido me gustaría partir una lanza en favor de la serie, porque los guionistas se han ocupado de mostrar los pasajes más duros de la vida de Hannah en toda su crudeza, pero en ninguna circunstancia apoyan la idea del suicidio como una solución para escapar de esa tortura en la que se ve inmersa. De hecho si nos remitimos a la escena climática en la que tiene lugar el acto en concreto este es expuesto en pantalla de manera totalmente visceral, realista, aterradora. No hay belleza en esas imágenes, sólo dolor, muerte y la idea de que el personaje de Katherine Langford no debería haberse rendido ante sus agresores y sus dilemas vitales.




El relato centrado en el suicidio de Hannah Baker y el descubrimiento de lo acontecido en relación con dicho acto por parte de Clay Jensen gracias a las famosas cintas de cassette se antoja cercano e indentificable para distinto tipo de espectadores por varios motivos. Uno de los más importantes es la labor de escritura cuya responsabilidad recae en manos de Brian Yorkey y sus colaboradores, perfilando unos personajes reales, con los que podemos empatizar, en mayor o menor medida, y que a pesar de pertenecer a estereotipos más o menos reconocibles juegan a la ambigüedad con ellos y no sólo resultan competentes desde un punto de vista psicológico, sino que están abordados por un grupo de actores que ejecutan de manera muy adecuada su trabajo. Sería injusto destacar a algún interprete dentro del grupo de adolescentes o la parte del cast formada por los adultos (con gente como Derek Luke, Kate Walsh o Steven Weber) pero es de recibo mencionar la química entre un Dylan Minnette muy entregado a la causa como el protagonista y una angelical y sufrida Katherine Langford que enamora a cada encuadre que repara en su presencia dando vida a Hannah Baker.




Influenciada por la obra de autores como Gus Van Sant o Gregg Araki, no por casualidad este último dirige varios episodios de la temporada, propensos a retratar una etapa como la adolescencia alternando preciosismo y fatalidad en todas sus vertientes, aunque teniendo en cuenta que nos encontramos con un producto mucho más entregado a la comercialidad y a pesar de cometer algunos errores, su retrato de los docentes del Liberty High es un tanto reprobable en líneas generales, Por Trece Razones es una excelente serie merecedora de ser vista aunque sólo sea por el interesante debate al que predispone, pero más allá de eso tiene suficientes hallazgos y virtudes para ser tenida en cuenta. Después de lo planteado en esta primera temporada una segunda se antoja tan innecesaria como casi inviable, pero como era de esperar esta nueva tanda de episodios ya está disponible en Netflix. Una vez visto el primer capítulo sólo puede afirmar que hay ciertas ideas prometedoras y sobre todo una temática que puede dar mucho que hablar debido a varias conexiones con un vergonzoso caso real que durante varios meses ha recibido la atención de los medios de comunicación españoles.




miércoles, 8 de noviembre de 2017

Stranger Things 2, ¿truco o trato?



"Lo que sea que está pasando, está extendiéndose desde este sitio" 




El estreno de la primera temporada de Stranger Things en la plataforma de streaming Netflix el pasado 2016 fue uno de los acontecimientos del año. La serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer se adscribía a la ola imperante de nostalgía por el cine comercial americano de los años 80 y amalgamaba en su impronta referencias que iban desde Los Goonies a La Cosa, pasando por la literatura de Stephen King o las producciones de la Amblin de Steven Spielberg. La historia estaba protagonizada por una pandilla de niños residentes en la ciudad ficticia de Hawkins y el posterior descubrimiento de una organización secreta del gobierno que había utilizado como cobaya humana a una misteriosa pequeña a la que se conoce simplemente por “Eleven”, el número que tiene grabado en su brazo, y que pronto daba muestras de poseer poderes sobrenaturales. El relato de los Duffer funcionaba de manera impecable gracias a la cohesión que daban a su ingente cantidad de referencias ficcionales por medio de un guión muy bien estructurado y un reparto en el que tanto los actores adultos como los infantiles se encontraban en un innegable estado de gracia. Aunque el estreno de Stranger Things fue un enorme éxito, antes del mismo Netflix ya había dado el visto bueno a los hermanos Duffer para empezar a idear una segunda temporada ofreciendo de este modo los responsables de dicha empresa una confianza ciega en el proyecto. Poco más de un año después, el pasado 27 de octubre, la segunda temporada de la serie fue subida íntegramente a la plataforma y después de haberla visto ya podemos dar un veredicto sobre ella.




Con respecto a esta segunda temporada Matt y Ross Duffer no se han complicado la vida y han ido a lo seguro realizando un émulo más que notorio de la primera tanda de episodios, en ocasiones casi antojándose un remake de aquella debido a la reutilización de conceptos, tramas y hasta señas de identidad que fueron celebradas por los fans en 2016 durante el debut de la serie y que aquí vuelven a hacer acto de presencia. En este sentido el producto pierde el encanto del factor sorpresa, la ruptura singular que supuso la producción a la hora de ofrecer una pieza fresca y multiforme que conseguía emulsionar un producto de calidad más allá del contexto espaciotemporal en el que se desarrollaba el relato que en él nos era narrado. Desde esta perspectiva podemos afirmar que no hay nada nuevo en el horizonte, sólo la repetición de una formula exitosa que el año pasado funcionó a las mil maravillas y que tanto los responsables del show como los productores del mismo han tratado de duplicar de la manera más fiel posible. Por suerte donde si han cambiado las cosas notablemente en Stranger Things es en su apartado técnico, que cuenta en esta ocasión con unos medios considerablemente mayores para que los Duffer desplieguen todo su imaginario visual y argumental.




El aumento de presupuesto para esta Stranger Things 2, y que ya se vislumbraba en los trailers promocionales de la temporada, hace que la puesta en escena de los Duffer no se diferencie demasiado de la de cualquier producción cinematográfica hollywoodiense y gracias a ello los hermanos pueden ser mucho más ambiciosos a la hora de dar forma en imágenes lo que previamente habían ideado en papel y esta vez sin las restricciones que tuvieron que acatar durante la primera temporada. Desde la disponibilidad de muchas más localizaciones, pasando por la utilización más asidua de grandes angulares, tomas a vistas de pájaro o planos cenitales y llegando al diseño de unos excelentes efectos especiales en los que destacan un maquillaje concienzudamente elaborado y unos CGI muy superiores a los de la anterior temporada (que tampoco eran desdeñables) y que son ejecutados sabiamente como a la hora de dar vida a D’Artagnan, donde la dosificación del pixel juega a favor de la creación del susodicho y su implicación en la narración. Al igual que en la primera temporada Shawn Levy (Noche en el Museo) y en esta ocasión también Andrew Stanton (John Carter) y Rebecca Thomas (Electric Children) toman el relevo de los Duffer en algunos episodios y manteniendo el look visual impuesto por estos acometen con profesionalidad su labor en la realización.




En esta ocasión es en el guión donde encontramos el mayor fallo de Stranger Things 2 y aunque dicha deficiencia no hiere de muerte al conjunto de la temporada sí se antoja como una inclusión tan innecesaria como evitable. Aunque la historia se toma su tiempo para arrancar mientras trata de contextualizar en qué situación se encuentran los personajes un año después de lo acontecido en la primera temporada los Duffer consiguen captar nuestra atención desde el mismo arranque y a partir de ahí comienzan a construir dos tramas paralelas que en la recta final convergerán en una sola, la primera centrada en todo el grupo de amigos de Hawkins y tomando a Will como epicentro del relato y la segunda centrada en Eleven y su evolución como rol de capital importancia en el programa. Ambas tramas discurren adecuadamente con un desarrollo adecuado y coherente hasta que llegamos al séptimo episodio y la inclusión del grupo de Kali. Presentada en el cold opening del primero episodio, olvidada hasta más de la mitad de la temporada, y recuperada en el capítulo The Lost Sister toda la historia del personaje de Linnea Berthelsen y su grupo de punks delincuentes no sólo rompe el ritmo de lo que hasta ese momento había acontecido, sino que se revela de cara al espectador como una entrega totalmente desubicada en el contexto de la temporada con la única excusa de dar una nueva profundidad a Eleven que podía haber experimentado previamente con un hecho mucho más importante como fue encontrar a su madre.




Una vez más son los personajes y los actores los que consiguen dar alma y corazón a Stranger Things y dicha responsabilidad recae en un reparto cada vez más cohesionado que en esta ocasión se ha visto reforzado por nuevos fichajes que no desentonan con el conjunto del casting. Mientras Gaten Matarazzo, Finn Howard y Caleb McLaughlin mantienen el carisma y la química que ya se dejaban notar en la primera temporada esta vez es Noah Schnapp, que se ausentó casi toda la primera tanda de episodios, el que se desquita dando todo un recital interpretativo como Will. En cuanto a los nuevos fichajes muy bien Sadie Sink como Max, esforzado Dacre Montgomery como Billy, notable Paul Reiser en la piel del Doctor Owens y entrañable Sean Astin como Bob Newby, uno de esos personajes que en principio parece ser algo que finalmente no es. Pero para el que esto firma los dos actores que mejor interactúan en pantalla y que más pasajes memorables comparten son David Harbour y Millie Bobby Brown componiendo una muy creíble relación paternofilial entre Jim Hooper y Eleven en la que ambos actores se marcan un tour de force para quitarse el sombrero y que puede considerarse uno de los mayores aciertos de la temporada. Con respecto al resto mencionar que Winona Ryder está mucho más contenida, y creíble, que en la temporada anterior y que la, muy bien perfilada, relación entre los personajes de unos cómplices Natalia Dyer y Joe Keery deja un poco arrinconado a Charlie Heaton, algo que posiblemente utilicen como excusa los Duffer para eliminar a Jonathan de la serie si no se soluciona lo de su reciente polémica.




Tomando esta vez como referentes producciones adscritas a Steven Spielberg como Encuentros en la Tercera Fase, E.T o Gremlins, convirtiendo en cada vez más obvios sus homenajes a los años 80 (la explicitud con Los Cazafantasmas e incluir en el reparto al protagonista de Los Gooines y al secundario más insufrible de Aliens: El Regreso denota poca sutilidad) y con algunos fallos de guión previamente apuntados Stranger Things 2 consigue superar todos sus obstáculos para mostrarse de cara a los espectadores como un producto tan bueno o incluso mejor que su predecesor. Ya hemos apuntado que Ross y Matt Duffer han utilizado una plantilla para parir un hermano casi gemelo de lo que ya podemos llamar Stranger Things 1, pero la labor de ambos en la escritura y la realización así como la implicación de un reparto al que a estas alturas ya hemos cogido un incalculable cariño consiguen que nos encontremos con una de las propuestas audiovisuales más satisfactorias de un año en el que las series de televisión, o plataformas digitales, nos han ofrecido material de alta calidad como Twin Peaks: The Return, Mindhunter, The Handmaid’s Tale o The Deuce dando claros síntomas de que la ficción estadounidense todavía mantiene una más que notable salud con respecto a ejecutar trabajos que muestren las suficientes inquietudes artísticas como para ser considerados piezas tan edificantes como respetables, aunque en un caso como el de Stranger Things 2 no deje de ser puro entretenimiento con sus altas dosis de nostalgia.



miércoles, 25 de octubre de 2017

La Llamada



Título Original La Llamada (2017)
Director Javier Ambrossi y Javier Calvo
Guión Javier Ambrossi y Javier Calvo, basado en su obra de teatro
Reparto Macarena García, Anna Castillo, Belén Cuesta, Gracia Olayo, Richard Collins-Moore, María Isabel Díaz, Secun De La Rosa, Víctor Elías, Esti Quesada




El génesis de un proyecto como La Llamada es bastante particular. Los actores Javier Ambrossi (Cuéntame Cómo Pasó) y Javier Calvo (Física o Química) trabajaban como camareros en un bar del barrio madrileño de Chueca llamado Válgame Dios y allí mientras servían copas y se lamentaban por no encontrar trabajo como intérpretes decidieron, con la complicidad de las actrices Belén Cuesta y Macarena García (esta última hermana de Ambrossi), escribir una obra de teatro musical sobre fe, amor y amistad que tenía lugar en un campamento llamado “La Brújula” regido por un convento de variopintas monjas. Lo que nació en 2013 como una pequeña obra de teatro de humildes aspiraciones se convirtió al poco tiempo en un éxito que incluso rebasó las barreras españolas atrayendo a todo tipo de espectadores que se quedaron enamorados con la peculiar historia narrada entre canciones Whitney Houston y loas al altísimo a ritmo de reggaeton. El triunfo fue tal que Enrique López Lavigne, máximo responsable detrás de la productora Apache Films, propuso a Ambrossi y Calvo realizar una versión cinematográfica de La Llamada con el mismo reparto de la pieza teatral y el resultado es una de las mejores películas patrias del 2017 que extiende al mundo del séptimo arte la originalidad de la propuesta nacida en las tablas por parte de la pareja de jóvenes guionistas y directores.



De este modo la versión cinematográfica de La Llamada está protagonizada por María (Macarena Gómez) y Susana (Anna Castillo) dos amigas aficionadas a la fiesta y el desfase que están pasando el verano en el campamento segoviano La Brújula bajo la supervisión de un grupo de monjas comandado por la hermana Bernarda (Gracia Olayo) y la hermana Milagros (Belén Cuesta) mano derecha de la primera y consentidora de los excesos de los dos personajes principales. Después de escaparse de madrugada para asistir a un concierto de “electrolatino” y despertarse tarde al día siguiente María y Susana son castigadas por la hermana Bernarda a quedarse solas en el campamento con ella y con Milagros mientras el resto de sus compañeras se van de excursión. Lo que apuntaba a ser un fin de semana aburrido comienza a tornar en un par de jornadas surrealistas cuando a María comience a aparecérsele por las noches un señor vestido con un traje de lentejuelas que le canta canciones de Whitney Houston. Todo apunta a que este individuo es el mismo Dios que ha elegido a María para que cumpla una misión divina que ella no consigue descifrar, pero que trastocará para siempre la apacible y rutinaria vida del campamento La Brújula y sus moradores.




Hacía años que un servidor no encontraba una propuesta tan original, divertida y vitalista dentro del cine español reciente. Todo parte, evidentemente, del guión de Javier Calvo y Javier Ambrossi que nació en las tablas y ha sido adaptado al medio cinematográfico de manera ejemplar. Ambos autores consiguen algo inusual en los tiempos que corren, transmitir un mensaje en favor de la fe y la religiosidad con el que las nuevas generaciones puedan indentificarse eludiendo todo lo de adoctrinador y dogmático que pueda haber en el cristianismo. Los escritores y realizadores afirman que la método más efectivo para que los creyentes puedan llegar a Dios no es por medio del rezo, el recogimiento o el celibato, sino dando rienda suelta al amor, la amistad, el talento y sobre todo la música, sin importar que esta este representada por temas de una diva como Whitney Huston o un corte reaggetonero de Henry Méndez. Sirva como declaración de intenciones la imagen que los guionistas y cineastas dan de Dios con ese Richard Collins Moore (El Segundo Nombre) de potente voz que parece una mezcla de cantante de góspel y decadente showman de Las Vegas que encandila a la platea desde su primera aparición en pantalla.




Pero más allá de que el guión esté perfectamente estructurado, respete la esencia de la obra teatral y ejecute en sesión continua diálogos chispeantes, son las cuatro actrices protagonistas, y el resto de secundarios, las que dan alma y corazón a La Llamada. Desde una Mácarena García de mirada brutalmente sincera a una Anna Castillo alejadísima del papel que le dio la fama (El Olivo) pasando por una deliciosamente llorosa Belén Cuesta y llegando a una pletórica Gracia Olayo en el papel de su vida, todo el peso recae sobre este cuarteto en estado de gracia que después de cuatro años dando vida a sus papeles en las tablas los conocen al milímetro y saben exprimirlos hasta lo indecente com un dechado de naturalidad, carisma, entrañabilidad y magia que les permite cantar, bailar, llorar, reír y que todo se transmita con apabullante facilidad a una patio de butacas que desde el minuto uno de metraje cae rendido ante los encantos de estas mujeres que demuestran que Javier Ambrossi y Javier Calvo poco tienen que envidiar a Pedro Almodóvar (fan declarado de la película, por cierto) como director de actrices a las que explotan al máximo para que ofrezcan su mejor cara a la hora de hacer su labor delante de las cámaras.




Con unos directores debutantes que demuestran una inusual soltura como jefes de orquesta y una labor como guionistas muy remarcable trabajando para crear la sólida estructura en la que sus enormes actrices protagonistas puedan sustentar su excelente trabajo interpretativo La Llamada es una de las propuestas patrias más interesantes y atípicas del 2017. Una pieza recomendable para espectadores de cualquier edad, condición sexual, creencia (e incluso ateos, como el que esto firma) que se revela finalmente como una oda a las ganas de vivir, al carpe diem, a la fe en todas sus formas (no sólo la religiosa) transmitiendo una luminosidad que atraviesa la pantalla gracias a su naturaleza sincera, humilde y cercana como producto de ficción que sin pretensiones ni aspiraciones que fueran más allá de entretener al público desde el teatro o las salas de proyección ha conseguido convertirse en un pequeño fenómeno tan efectivo que ha superado el trasvase de un medio a otro, no sólo manteniéndose fiel a sí mismo, sino también alcanzando nuevas cotas de calidad y magia en su triunfal salto a la pantalla grande con un lema, “lo hacemos y luego ya vemos”, que sintetiza magistralmente el mensaje de una pieza que confirma la buena salud de las nuevas generaciones de cineastas españoles que regularmente se dejan caer por nuestras carteleras.



sábado, 23 de septiembre de 2017

It



Título Original It (2017)
Director Andrés Muschietti
Guión Chase Palmer, Cary Fukunaga, Gary Dauberman, basado en la novela de Stephen King
Reparto Bill Skarsgård, Jaeden Lieberher, Sophia Lillis, Finn Wolfhard, Wyatt Oleff, Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan Grazer, Chosen Jacobs, Nicholas Hamilton, Jake Sim, Logan Thompson, Owen Teague, Jackson Robert Scott, Javier Botet, Stephen Bogaert, Stuart Hughes, Geoffrey Pounsett, Megan Charpentier





En 1986 Stephen King ya era uno de los escritores más exitosos a nivel mundial convirtiendo en best seller prácticamente toda novela que publicaba. Por aquel entonces trabajos como Carrie, El Misterio de Salem's Lot, El Resplandor o Cementerio de Animales ya eran clásicos de la literatura de terror contemporánea, pero sería en aquel año cuando el de Maine editara la que para muchos seguidores de su carrera y entendidos en el medio es su mejor obra. It (Eso) como relato era un proyecto ambicioso en el que se daban la mano todas las virtudes como narrador de King y prácticamente ninguna de sus carencias, creando una historia que contenía no pocas de sus inquietudes personales (la infancia, el alcoholismo, la amistad, la desestructuración del núcleo familiar, el metalenguaje con respecto a la creación literaria) y una clara influencia del "terror cósmico" de H.P. Lovecraft o el goticismo de Edgar Allan Poe. El resultado es una obra maestra y uno de los puntos más altos de la carrera del autor de La Larga Marcha o La Mitad Oscura.




Sólo cuatro años después de la publicación de la novela Warner Bros adquirió los derechos y se puso manos a la obra para adaptarla al medio audiovisual. Después de desechar la idea de llevarla a la pantalla grande por su considerable extensión como obra literaria (superando holgadamente las 1000 páginas) se decidió que una miniserie televisiva de dos episodios de 90 minutos de duración sería la mejor opción para poder trasladar con más fidelidad la palabra escrita a la imagen en movimiento. Con Tommy Lee Wallace (habitual ayudante de dirección de John Carpenter) como realizador, Lawrence D. Cohen (que ya había trasladado una obra de King al celuloide con Carrie y volvería a hacerlo en el futuro con Tommyknockers) al guión, un desdoblado reparto de rostros habituales del tubo catódico de la época y Tim Curry dando vida al payaso Pennywise la versión televisiva de It (Eso) se convirtió en un clásico moderno y la encarnación del actor de Rocky Horror Picture Show o Legend del diabólico clown en una de las que más horas de sueño robó a los niños que, como un servidor, crecieron a caballo entre los 80 y los 90.




La idea de realizar una nueva adaptación de It (Eso), esta vez directamente para la pantalla grande, se llevaba fraguando años, pero no sería hasta 2009 cuando Warner Bros se pusiera oficialmente en marcha para sacarla adelante. Tras varias idas y venidas en 2012 un Cary Fukunaga recién salido, por patas, de True Detective se subió al carro como co guionista y director. Cuando todo parecía preparado para iniciar la producción del largometraje el cineasta de Beasts of No Nation abandonó su puesto por supuestas diferencias con los productores con respecto al tono que debía tener el film. Todo parecía apuntar a que a Warner Bros no le gustaba la excesiva truculencia de la visión de Fukunaga, pero si hacemos caso a información relaciona con el guión que había co escrito con Chase Palmer era una excesiva y constante intención por incluir secuencias de sexo enfermizo y drogadicción, muchas de ellas gratuitas, la que daría al traste con la buena relación entre el director de Jane Eyre y sus jefes que finalmente prescindieron de él aunque permaneciendo su acreditación como co guionista.




Rápidamente Warner Bros buscó sustituto para Cary Fukunaga y fue el argentino András Muschietti el que ocupó la silla del director. Abalado por el buen recibimiento que tuvo su ópera prima Mamá en Estados Unidos (gracias también a la labor de Guillermo del Toro como productor) Muschietti y su hermana Bárbara se subieron al carro de It y con ello comenzó el rodaje de la película que se inició en junio de 2016 y finalizó en septiembre del mismo año. El pasado día 8 la cinta llegó a las carteleras españolas y al igual que en las de el resto de países en los que se ha estrenado fue un enorme éxito de público muy bien recibido también por la prensa especializada que no dudaba en confirmarla como una de las mejores adaptaciones cinematográficas de una novela de Stephen King jamás realizadas. Lo cierto es que no andan nada desencaminados con su afirmación ya que el largometraje de Andres Muschietti es una de las piezas de género más destacables salidas de Hollywood durante el presente 2017.




It sigue los pasos del "Club de los Perdedores"un grupo de amigos adolescentes que estrechan fuertes lazos afectivos durante el verano de 1988 en el pueblo de Derry cuando se enfrentan a una entidad sobrenatural que, tomando la forma de un amenazante payaso llamado Pennywise, los aterra utilizando los miedos más profundos de cada uno de ellos para torturarlos psicológicamente. Más tarde los protagonistas descubrirán que "Eso", como ellos lo llaman, es un ser cuyo origen es más viejo que el mismo hombre despertándose cada 27 años de su letargo para alimentarse matando, o haciendo desaparecer, a los niños de dicha población localizada en el estado de Maine. El Club de los Perdedores unirá fuerzas para enfrentarse a Pennywise poniendo en riesgo sus propias vidas, pero con la firme idea de acabar con la criatura que lleva siglos convirtiendo Derry en una localidad bajo el influjo de una maldición que parece no tener fin y que acabará por eliminar todo rastro de infancia en el lugar.




Esta nueva versión audiovisual de It recurre a una estructura narrativa diferente a las de la novela o la miniserie de 1990 que eran prácticamente idénticas. En esa ocasión no seguimos los pasos de los personajes adultos y por medio de ellos recordamos gracias a flashbacks su adolescencia en Derry y su enfrentamiento con Pennywise, sino que se narra dicha etapa adscrita a 1988 (tanto en el libro como en la mencionada obra para la televisión tenían lugar a finales de los 50 principios de los 60) de manera íntegra para poder dividir con precisión el largometraje en dos capítulos que no interactúan directamente el uno con el otro. De modo que, como acabamos de apuntar, esta primera entrega abarca la etapa de adolescencia de Bill, Beverly, Richie, Eddie, Ben, Stanley y Mike y su enfentamiento con el retorcido personaje al que da vida Bill Skarsgård. En este tablero Andrés Muschietti, sus guionistas y el reparto de actores deberán trabajar para ejecutar sus jugadas y vistos los resultados la partida la han ganado casi con jaque mate en el primer movimiento.




La primera, e icónica, secuencia de Georgie Denbrough con su impermeable amarillo persiguiendo bajo la lluvia el barco de papel que su hermano Billy le ha hecho y que le llevará a la alcantarilla donde encontrará la muerte a manos de Pennywise sirve como carta de presentación de la naturaleza virulenta del film y declaración de principios por parte de Andrés Muschietti. Ver al pequeño niño arrastrase agonizante por el suelo tras haber perdido un brazo mediante una dentellada del siniestro personaje deja claro que esta It para la pantalla grande se va a dejar de sutilezas en cuanto a la violencia explícita y que va a tratar de hacerse grande a la hora de mostrar sin reservas muestras palpables de lo que es "corromper la inocencia" (el uso perverso que se hace a lo largo de todo el metraje del menudo cuerpo del mencionado Georgie, que culminará con su utilización como marioneta en el sótano por parte de Pennywise, transmite una incomodidad considerable a la platea) y profanar la infancia, uno de los temas clave tanto de la novela como de esta versión cinematográfica.




Esta morbidez sirve a Andrés Muschietti para ejecutar no pocas secuencias de terror puro que se revelan como lo mejor de la velada y curiosamente no sólo con la presencia física de Pennywise de por medio. Amparándose en que cada uno de los personajes adolescentes tiene una tipología de miedo diferente los autores del largometraje disparan su imaginación tomando pasajes del libro y otros inventados para regalarnos presencias perturbadoras como la del leproso (nuestro Javier Boter triunfando desde hace años en Hollywood) que acosa a Eddie o la mujer del cuadro de la sinagoga que se aparece a Stanley (personaje que asustó hasta al mismo Stephen King y al que esto firma, persona curtida en mil batallas dentro del género de terror) hasta en dos ocasiones. Todas ejecutadas con una precisión milimétrica por el cineasta argentino que ya se vislumbrara en algunos de los mejores pasajes de su ya mencionada, y muy recuperable, ópera prima Mamá o en el mismo cortometraje que le dio origen a esta.




Pero evidentemente es el enorme Pennywise de Bill Skarsgård el que roba los momentos más inquitantes de It gracias a una enorme labor conjunta a la hora de engendrarlo. El actor de Atomic Blonde o Hemlock Grove sabía que la sombra de la enorme y mítica labor de Tim Curry en la miniserie de 1990 iba a sobrevolar toda su interpretación del personaje y por suerte decidió no reflejarse directamente en ella y dar vida a una encarnación del payaso mucho más visceral y menos teatral, con ninguna concesión al humor y siempre abordándolo como una presencia sobrenatural aterradora. Su enorme trabajo con el lenguaje gestual y corporal, el timbre de voz, la sonrisa diabólica y la espectacular mmuestra de fiereza subrehumana que se produce cuando los departamentos de efectos digitales y maquillaje trabajan como uno sólo, enfatizando siempre el ligero estrabismo que el actor tiene en la realidad hasta límites bestiales, el Pennywise del actor sueco es uno de los mejores hallazgos de la cinta de Andrés Muschietti.




Lo más interesante con respecto al perfil más de género de It es que el terror no sólo se consigue por medio de las escenas de sobresaltos (que las hay y muy efectivas la mayoría de ellas) protagonizadas por Pennywise o las entidades y representaciones físicas a las que da forma, sino también gracias a la excelente y muy retorcida atmósfera que consigue Andres Muschetti gracias a su visión y a la ayuda del destacable diseño de producción y la dirección de fotografía. De este modo el largometraje consigue plasmar con una fidelidad intachable el tono lascivo, lacerante y reptiliano de la novela, algo poco usual relacionado con los films que trasladan la obra de Stephen King al medio audiovisual que independientemente de si nacen en el seno de la pequeña o gran pantalla siempre reducen los niveles de perversión (altos en toda la obra literaria de King) y que en pocas ocasiones ha sido fidedignamente extrapolados al medio audiovisual, curiosamente después de esta It sería sólo Ojos de Fuego (Firestarter),  concretamente por medio del personaje de George C, Scott, la única película que se atrevió a tal "osadía moral" extrañamente más permitida en el papel escrito que en el fotograma proyectado.




Pero si hay algo en lo que prácticamente todo el mundo se ha puesto de acuerdo a la hora de valorar It es en el magnífico acierto de casting que ha supuesto la elección de los actores adolescentes que dan vida al Club de los Perdedores y la profesionalidad y naturalidad con la que abordan sus roles interpretativos. Todos y cada uno de los niños no sólo se sumergen con una eficiencia impropia de su bisoñez en los papeles que deben ejercer, sino que también consiguen aunar la química necesaria como grupo para que al compartir plano ante la cámara parezcan realmente una pandilla de amigos inseparables, con sus subidas y bajadas, que están viviendo el verano de sus vidas. Aunque todos hacen una enorme labor se ven más desdibujados los roles de Stanley y Mike, aunque los actores están a la altura, y destacan Finn Wolfhard (Stranger Things) como Richie (algunos golpes de humor negro que tiene me hicieron llorar de la risa), Jeremy Ray Taylor (True Detective) como Ben y sobre todo una superlativa Sophia Lillis como Beverly a la que le aguarda un prometedor futuro como actriz si sabe elegir sus papeles.




En un año especialmente fertil para las adaptaciones de la literatura de Stephen King al cine con La Torre Oscura en pantalla grande y próximamente Castle Rock en la televisión o El Juego de Gerald y 1922 dentro de la plataforma Netflix It ha conseguido un éxito sin precedentes dentro de este tipo de films que ya es casi un género en sí mismo. La labor de Andrés Muschietti y sus colaboradores ha dado un resultado inmejorable convirtiendo su trabajo en la película de terror más taquillera de todos los tiempos superando hace un par de días a la imbatible El Exorcista (números que por otro lado no todo el mundo da por ciertos) y méritos no le faltan como obra cinematográfica. Ahora sólo queda esperar el montaje del director cuando el film se estrene en formato doméstico y sobre todo estar muy pendiente de la segunda entrega, ya protagonizada por los personajes adultos, en la que un servidor espera ver a Amy Adams en la piel de Beverly en vez de a la favorita Jessica Chastain. Minucias futuras que no empañan el éxito de una obra de género muy estimable que pone de nuevo en la primera línea al autor que me descubrió el placer de la lectura gracias a los terrores primigenios que habitan en una sociedad tan engañósamente idílica como la nuestra.