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viernes, 19 de julio de 2019

Joe Dante: En el Límite de la Realidad



Edición Nacional/España Applehead Team
Autor Álvaro Pita
Formato Rústica
Páginas 700 páginas
Precio 22,95€


Ahora que la nueva entrega de Stranger Things vuelve a enamorar a millones de espectadores por mediación de la plataforma de streaming Netflix con su revisionismo de los clásicos cinematográficos y televisivos del Hollywood de los años 80 es de recibo hablar de uno de los directores más importantes de aquella época y a cuya filmografía los hermanos Matt y Ross Duffer han hecho no pocas referencias y guiños en estas tres temporadas de la serie. Hablamos como no podía ser menos de Joe Dante, cineasta estadounidense al que debemos cintas de culto como Piraña, Aullidos, Gremlins 1 y 2, El Chip Prodigioso (Innerspace), Exploradores, No Matarás… al Vecino (The Burbs), Matinee, Looney Tunes: De Nuevo en Acción o Pequeños Guerreros. Para acercarnos a su persona en esta ocasión vamos a reseñar Joe Dante: En el Límite de la Realidad, un ensayo sobre su obra y milagros publicado por la editorial Applehead Team y escrito por el crítico, cineasta y filólogo Álvaro Pita (A Coruña, 1979)

Una de las mayores virtudes de Joe Dante: En el Límite de la Realidad, que en otras manos podía haberse convertido en su mayor flaqueza, es que como obra contó con la implicación total del director a la hora de que su autor la escribiera. De esta manera Álvaro Pita consiguió tras incontables horas de entrevistas al biografiado y un enorme trabajo de investigación no sólo dar forma a un repaso extenso y minucioso por toda la filmografía de Dante, sino también marcar las distancias para no dejarse llevar por la mística detrás de un creador cuya trayectoria ha copado enorme protagonismo para los espectadores y cinéfilos que nos criamos con sus films durante los años 70, 80 y 90. Pita es consciente de que su admiración por el protagonista de su libro no debe menoscabar su trabajo como biógrafo o crítico y en ocasiones incluso llegará a mencionar sin cortapisas las carencias de sus largometrajes y a explicitar su opinión sobre los que no son de su agrado.

Una vez tenemos declaraciones en primera persona a manos del cineasta y a un autor con los pies en el suelo lo suficientemente inteligente para no caer en los brazos de la adulación excesiva o la mitificación por el simple hecho de que el objetivo de su trabajo se convierta en el mayor y más estrecho de sus colaboradores el resultado de Joe Dante: En el Límite de la Realidad se adentra en los terrenos de la brillantez gracias al retrato, personal y profesional, ofrecido para que el lector se haga una idea de cuan necesaria e imprescindible es la filmografía de este artesano nacido el 28 de noviembre de 1946, en Morristown, Nueva Jersey. En ese sentido también juega muy a favor de la labor expuesta en el libro su acertada estructuración y la meticulosidad con la que esta es desarrollada a lo largo y ancho de 700 páginas en ningún momento plomizas o farragosas y sí repletas de información valiosa y una narrativa tan elaborada como accesible para el amante del cineasta en particular y el celuloide fantástico y de terror en general.

Joe Dante: En el Límite de la Realidad arranca con un primer capítulo en el que se profundiza en los primeros años de vida del cineasta. Su pasión por el cine, propensión por las publicaciones en papel relacionadas con la fantasía, el terror y el humor, su inclinación por la Serie B y un refinado paladar para el celuloide europeo fueron forjando la personalidad de un artesano de la vieja escuela que, como muchos de sus coetáneos, se formó como profesional bajo el amparo del gran Roger Corman. Dante dio sus primeros pasos en el medio cinematográfico como montador de todo tipo de trabajos, tanto trailers como films, adscritos a la factoría del director de La Pequeña Tienda de los Horrores editando insalubres producciones, en ocasiones amalgamando varias en un mismo producto, por sueldos miserables. Tras esta contextualización espacial y temporal el libro dedica 40 capítulos a desgranar una a una todas las obras audiovisuales del autor, desde The Movie Orgy (1968) hasta Enterrando a la Ex (2014), sin olvidar su paso por la televisión con series como Cuentos Asombrosos, Naked Gun o Masters of Horror entre otras.

Álvaro Pita realiza una pormenorizada disección de todos y cada uno de los productos ficcionales de Dante con declaraciones de este, como bien ya hemos apuntado, de varios de sus colaboradores en distintas épocas y aportando todo tipo de material gráfico. Cada capítulo dedicado a uno de sus films, o episodios en caso de las series de tv, aborda todas las etapas de su producción, incide en su génesis y desarrollo como proyecto, aborda su recepción en cuanto a taquilla y prensa especializada o ahonda en las múltiples lecturas y subtextos que casi siempre acompañan a un Joe Dante con propensión a la crítica social y política como puede verse en Piraña o Aullidos, el humor negro de Gremlins o No Matarás… Al Vecino, su entrega por la ciencia ficción catódica y de Serie B como la de El Chip Prodigioso o Pequeños Guerreros o su pasión por el cartoon y la animación presente en su episodio de En los Límites de la Realidad: La Película y Looney Tunes: De Nuevo en Acción.

Durante este trayecto Pita ofrece su opinión personal de la filmografía de Dante como un profundo admirador, pero con una equidistancia digna de elogio. No duda en destacar las carencias de obras consideradas intocables dentro de la filmografía del director como Aullidos, con las que un servidor puede estar en desacuerdo, pero admitiendo siempre la solidez de sus argumentaciones a la hora de exponerlas. También muestra una especial elegancia y profesionalidad a la hora de preguntar al cineasta por aquellos proyectos con los que no está del todo satisfecho o que no le traen muy buenos recuerdos por culpa de variopintos problemas de producción como sucede con Exploradores o más recientemente con Looney Tunes: De Nuevo en Acción, la obra que debería haberlo devuelto a la primera línea de Hollywood, pero que le produjo más quebraderos de cabeza que otra cosa.

Joe Dante: En el Límite de la Realidad no sólo es una perfecta lectura para la temporada estival veraniega, un viaje a aquel celuloide que nos vio crecer y ayudó a dar nuestros primeros pasos dentro de la cinefilia. También se revela como uno de los ensayos sobre la carrera de un director más completos, trabajados e interesantes que un servidor ha leído en nuestro idioma en mucho tiempo. Applehead Team sigue ampliando su catálogo hablando de ese cine que no abunda en libros de la misma temática adscritos a otras editoriales repleto de productoras, géneros, directores, actores e iconos de nuestra infancia y adolescencia. El libro de Álvaro Pita que nos ocupa es una de las mejores muestras de lo que puede llegar a facturar la editorial andaluza no cejando en su empeño por traernos material original, elaborado y satisfactorio a distintos niveles con el que cubrir el enorme vacío hasta hace poco presente en el panorama nacional en lo referido al cine comercial y de evasión tan revalorizado en la actualidad.


lunes, 15 de julio de 2019

Stranger Things 3, sé lo que hicisteis el último verano



"Tú nos dejaste entrar. Y ahora tú nos dejarás quedarnos"




Poco más de año y medio hemos tenido que esperar para volver a la ficticia, y ya icónica, población estadounidense de Hawkins después de aquella excelente Stranger Things 2 que a pesar de parecer un remake a mayor escala de Stranger Things 1 funcionó casi al máximo de sus posibilidades en noviembre de 2017. Netflix vuelve a depositar toda su confianza en uno de sus buques insignia con Stranger Things 3, la, presumiblemente, penúltima temporada de la serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer (Wayward Pines, Hidden). Más allá de la inclusión de algún nuevo fichaje como la actriz Maya Hawke dando vida a Robin, Cary Elwes como el alcalde Larry Kline, Jake Busey en la piel del antipático Bruce o Alec Utgoff interpretando al Doctor Alexei mantenemos el mismo reparto de las dos entregas anteriores. La nueva tanda de ocho episodios fue subida al catálogo de la plataforma de streaming el pasado 4 de julio y nosotros ya hemos podido ver esta muy esperada tercera temporada de las aventuras sobrenaturales de Eleven, Mike, Will, Dustin, Lucas, Max y compañía. Lo cierto es que hemos quedado muy satisfechos a casi todos los niveles porque el producto mantiene casi intacta su calidad, potencia su naturaleza multirreferencial y hace evolucionar a sus personajes. Pero también posee algunas carencias y cae en ciertas decisiones erróneas que más tarde pasaremos a enumerar a la hora de evaluar globalmente un proyecto tan exitoso y disfrutable como este.




Al igual que sucedió en la segunda temporada con respecto a la primera esta Stranger Things 3 toma como punto de inicio los últimos segundos que cerraban a su predecesora y a partir de él los hermanos Duffer y sus colaboradores al guión o la dirección van desarrollando las distintas tramas. En esta ocasión el argumento se localiza en la víspera del 4 de julio de 1985, un año después de los hechos acontecidos en Stranger Things 2, con los protagonistas experimentando sus primeras relaciones amorosas y problemas derivados de la entrada en la adultez, mientras el nuevo centro comercial de la empresa Starcourt se convierte en el epicentro de las aventuras de todos los personajes. Como viene siendo tradición detrás de la idílica estampa de Hawkins las monstruosidades interdimensionales siguen amenazando la vida de los lugareños desde las sombras y los protagonistas deberán enfrentarse nuevamente con ellas para impedir un apocalipsis a escala mundial.




La principal seña de identidad de Stranger Things 3 es su ligereza, mucho más acentuada que en las dos temporadas anteriores. La serie de Matt y Ross Duffer siempre se ha caracterizado por la alternancia de acción, ciencia ficción, terror, drama y comedia. Pero en esta ocasión el humor y un tomo mucho más liviano se apoderan de la mayor parte de la velada sólo cediendo terreno al dramatismo en el último episodio que, eso sí, es el más emocional y melancólico de todo lo que llevamos de serie. Esta predisposición por la aventura continuada, dinámica, fruiciosa no sólo se vertebra por todas las subtramas que dan forma a Stranger Things 3 enriquieciéndolas con matices y referencias, sino que también da al conjunto del proyecto un ritmo endiablado capaz de influir en el ánimo de un espectador que verá volar delante de sus ojos las poco menos de nueve horas que dura la temporada. Aunque es a partir del tercer episodio cuando la historia toma fuerza, desde el minuto uno el tempo narrativo y la realización trabajan en equipo para engancharnos a las aventuras de los habitantes de Hawkins.




Hasta media decena de subtramas se alternan en el discurrir de estos nuevos ocho episodios. Cada una de ellas con su propia autonomía, tono y solidez suficiente para funcionar de manera independiente. Pero el añadido más interesante de las mismas es que todas hacen referencia a algún clásico del terror y la ciencia ficción de los 70, 80 o 90. En este sentido destacan, sobre todo, la trama protagonizada por Billy como multihomenaje a obras como La Invasión de los Ladrones de Cuerpos, The Blob, The Stuff, La Cosa, Cazafantasmas 2 e incluso Hellraiser o la centrada en unos geniales Steve, Erica, Robin y Dustin como si fueran los personajes de una cinta de John Hughes sumergidos en un remake de Amanecer Rojo (Johm Milius, 1984) con sus adolescentes americanos plantando cara a unos, convenientemente, inútiles soldados rusos mientras hacen apología de los parabienes del capitalismo y las maldades del comunismo por medio del personaje de Erica, uno de los más memorables de la temporada gracias a su locuacidad y verborrea.





Desde el punto de vista técnico Matt y Ross Duffer, Shawn Levy y Uta Briesewitz mantienen la puesta en escena, entre cálida y vibrante, habitual de la serie de Netflix. Aunque es en su recta final donde más se acentúa sobrevuela toda la temporada una sabia amalgama entre espectacularidad estilística y minuciosidad emocional en lo referido a las relaciones interpersonales de los personajes que elevan el proyecto como ya sucediera en las dos anteriores temporadas. El recurrente uso del CGI se antoja algo tosco e irregular en los primeros compases de Stranger Things 3, pero va cogiendo fuerza y solidez a lo largo de los capítulos llegando a momentos de brillantez incuestionable con una oda a la “Nueva Carne” cronenbergiana corporeizada en ese amasijo informe y devorador copando gran parte del protagonismo a lo largo de la trama central. Puede que la ya mencionada ligereza y el tono de Serie B imperante en la temporada resten algo de consistencia a la realización, pero el resultado sigue siendo de nota muy alta y con algunos pasajes para el recuerdo.




En cuanto al reparto sigue haciéndose patente la química y complicidad entre los seis actores principales siendo extensible a otros de los secundarios. Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Finn Wolfhard, Caleb McLaughlin, Noah Schnapp y Sadie Sink son el corazón de Stranger Things, pero por suerte funcionan tanto unidos, como por parejas o interactuando con los roles adolescentes o adultos. David Harbour y Winona Ryder siguen siendo una pareja encantadora, Dacre Montgomery gana mucho protagonismo como Billy, la pareja formada por Natalia Dyer y Charlie Heuton pierde algo de relevancia por el, poco disimulado, arrinconamiento del último en cuanto a la escritura (¿castigo por sus problemas personales?) que lo diluye aunque siga teniendo una notoria presencia en pantalla. Al igual que sucedía en Stranger Things 2 varios de los nuevos fichajes son los que más brillan en esta tercera parte. Mención especial para Alec Utgoff, ese Doctor Alexei de mente prodigiosa contrastando con su carácter infantil y matrícula de honor para Maya Hawke, hija de los actores Ethan Hawke y Uma Thurman, enorme como Robin, un personaje del que es imposible no enamorarse, sobre todo cuando forma equipo con Steve, Dustin y Erica.




Pero, desgraciadamente, no todo son alabanzas hacia esta Stranger Things 3 porque con ella se agrava una afección que ya mostró sus primeros síntomas en la segunda temporada. Una vez más nos encontramos con un producto estructural y conceptualmente casi idéntico a sus dos anteriores entregas. Evidentemente el proyecto ofrece las suficientes dosis de calidad en todos sus apartados para que no nos cause molestia el seguir viendo “más de lo mismo”, pero esta tendencia al subrayado y la redundancia parece confirmar que Matt y Ross Duffer, acompañados de sus colaboradores, ya han explotado al máximo una fórmula que no parece dar más de sí. En ese sentido se antoja casi necesaria la decisión, por parte de sus creadores, de acabar la serie en la próxima temporada porque, más allá de ciertos cambios en cuanto a tono y resoluciones argumentales, esta tercera tanda de episodios es, al igual que la segunda, una revisión de aquella Stranger Things 1 de la que sus máximos responsables no quieren alejarse demasiado por si al probar ideas nuevas pierden el favor de la crítica y el público.




Stranger Things 3 es pura diversión, evasión, emoción y fuego de artificio bien facturado. Es imposible no seguir enamorado de los habitantes de Hawkins comandados por esta pandilla de chicos a los que estamos viendo crecer, madurar, cambiar y recibir los primeros golpes de la vida, que en verdad poco tienen que ver con aperturas dimensionales o poderes piscoquinéticos. Mientras tanto ahí siguen Matt y Ross Duffer, facturando la, para un servidor, temporada menos potente de las tres estrenadas hasta ahora, pero poseedora de unas cualidades, una fuerza visual y un ritmo narrativo vigoroso incuestionable. Unos años 80 repletos de referencias variopintas a Regreso al Futuro (Robert Zemeckis 1985), El Día de los Muertos (George A. Romero, 1985) la serie Magnum (1980-1988) o Terminator (James Cameron, 1984), obra maestra a la que dedican no ya un guiño o una subtrama, sino un personaje completo que hará las delicias de los fans. Tras un final que lo cambia todo, y una escena post créditos que nadie debe perderse, ya sólo queda esperar hacia dónde se encaminaran los Duffer con esa Stranger Things 4 que nos despedirá ¿para siempre? de la tan idílica como peligrosa localidad de Hawkins.


viernes, 20 de abril de 2018

El Corazón del Ángel, ascensor para el cadalso



Título Original Angel Heart (1987)
Director Alan Parker
Guión Alan Parker, basado en la novela de William Hjortsberg
Reparto Mickey Rourke, Robert De Niro, Charlotte Rampling, Lisa Bonet, Brownie McGhee, Stocker Fontelieu




Es curioso cómo el paso del tiempo nos da nuevas y diferentes perspectivas a la hora de valorar la obra de algunos directores. Alan Parker perteneció a esa generación de cineastas británicos curtidos en el mundo de la publicidad durante los años 70 y en la que podemos encontrar nombres como Adrian Lyne, Hugh Hudson o los hermanos Ridley y Tony Scott. Sin contar a estos últimos, que se adaptaron sin ningún problema a la maquinaria hollywoodiense, el resto de ellos tuvieron su época de bonanza en la meca del cine para después ir espaciando cada vez más sus proyectos, volver a su Reino Unido natal o retirase de la dirección. Estos artesanos fueron vilipendiados largo tiempo por la prensa especializada acusados de "estetas" y "videocliperos", pero lo interesante es que ver algunos de los films realizados por ellos, sobre todo en los años 80, en pleno 2018 nos confirma su pertenencia a una raza de profesionales hoy echada irremisiblemente de menos.




Algo de esto acontece cuando poco más de treinta años después de su estreno decidimos revisar un proyecto como El Corazón del Ángel, la adaptación que Alan Parker realizó en 1987 de la novela Fallen Angel de William Hjortsberg, protagonizada por Mickey Rourke, Lisa Bonet, Charlotte Rampling y Robert De Niro. A día de hoy se hace casi impensable que un producto como este se gestara en el seno de Hollywood, que algunos actores de renombre como los que forman parte del reparto se implicaran en su creación, o que los productores Mario Kassar y Andrew Vajna, dueños de la ya extinta Carolco International, convencieran a TriStar Pictures para distribuirla. En el cine estadounidense del siglo XXI tan dado a la autocomplacencia, el artifico, la asepsia y la pulcritud un largometraje con tanta personalidad como Angel Heart se antojaría inconcebible fuera de los círculos del cine independiente. Por este y otros motivos hoy vamos a reivindicar la séptima película de Alan Parker.




Harry Angel (Mickey Rourke) es un decadente detective privado tratando de encontrar trabajo en la New York de 1955. Tras una llamada de teléfono sus servicios serán solicitados por un misterioso personaje llamado Louis Cypher (Robert De Niro) encomendándole encontrar a un cantante de jazz llamado Johnny Favorite, con notable fama antes de la Segunda Guerra Mundial y cuyo paradero se desconoce desde hace doce años. Las pistas que irá encontrando durante la investigación de este peculiar caso llevarán a Angel a la ciudad de New Orleans donde conocerá a Margaret Krusemark (Charlotte Rampling) o a Epiphany Proudfoot (Lisa Bonet) y a sumergirse en el submundo del vudú y el satanismo de Louisiana. Un reguero de cadáveres y la presencia de un asesino invisible imposible de cazar llevarán a Harry a un viaje sin retorno al infierno en el que nada es lo que parece y pagando el más alto precio.




Mezcla de neo noir con  terror, como si colaboraran mano a mano en su creación Raymon Chandler y William Peter Blatty, en El Corazón del Ángel Alan Parker ejecuta una mixtura genérica sustentada en un guión, escrito por él mismo, que alejándose notablemente de la novela de William Hjortsberg construye un relato con reminiscencias de alucinación, atmósfera asfixiante y desarrollo argumental pesadillesco inspirándose en una revisión del mito de Fausto salpicada de hemoglobina, ritualismo y folklore propio de New Orleans muy vinculado al vudú y las sectas satánicas. Creando una mezcla de exotismo aderezado con sus gotas de sensacionalismo y morbidez que hacen el resto para diseñar una pieza manteniendo el interés del espectador a lo largo de casi dos horas de metraje en las que el misterio escondido detrás del caso de Johnny Favorite se apodera de una narración cada vez más visceral y cruenta.




Desde su segundo y exitoso trabajo en el mundo del largometraje, El Expreso de Medianoche, Alan Parker se especializó en historias de notable sordidez protagonizadas por personajes llevados al extremo, aunque evidentemente no haya sustentado toda su carrera en este tipo de films. El Corazón del Ángel es la muestra quintaesencial de ese tipo de obras en las que el director de Evita volcó su predilección por la violencia y lo truculento. De esta manera el autor británico daba un giro radical con respecto a su trabajo inmediatamente anterior, aquella lírica Birdy, protagonizada por Matthew Modine y Nicolas Cage, en la que la amistad, las secuelas físicas y psicológicas sufridas por los soldados durante la Guerra de Vietnam y la elección voluntaria de la locura para evadirse de la cruda realidad copaban todo el protagonismo.




Angel Heart también habla de la locura, pero no la vinculada a un hombre que se cree un pájaro con un irrefrenable deseo de volar, sino la experimentada por un detective privado emprendiendo un viaje sin retorno a las profundidades del infierno. La New York de los años 50 que retrata Alan Parker, cuya ambientación es tan destacable como discutible en algunos aspectos, es una ciudad áspera, sucia, alejada de la visión idealizada y de postal que en ocasiones se nos ha dado de ella. Este retrato poco afable regido por la arquitectura cruda y decadente comienza a verse invadida como un virus por hechos sobrenaturales rompiendo la barrera de la lógica y sumergiendo el relato en un estado de vigilia y onirismo eclosionando totalmente una vez la acción se traslada a New Orleans y convierte la segunda mitad del metraje en una suerte de conjuro audiovisual en el que los límites de lo real se ven rebasados continuamente.




Como maestro de ceremonias Alan Parker mantiene un férreo control de todos los apartados técnicos del proyecto para que el conjunto de la obra se muestre en todo momento cohesionado. La dirección de fotografía repleta de claroscuros por parte de Michael Seresin, el elaborado diseño de producción de Richard Morris o la atmosférica banda sonora de Trevor Jones fusionándose con los ritmos de jazz propios de New Orleans y sobrevolando todo el score musical sirven para dar empaque y solidez al argumento del largometraje viéndose enriquecido por todos estos añadidos que le infieren lasciva vida permitiendo la evolución de una historia revelándose poco a poco cada vez más claustrofóbica, asfixiante y descarnada. De esta manera su equipo técnico pone en bandeja de plata al cineasta británico el poder ejecutar pasajes perturbadores como los distintos asesinatos, las visiones de la mujer del velo negro o la famosa escena de sexo desembocando en orgía de sangre.




En cuanto al apartado artístico Alan Parker depositó su confianza en un por aquel entonces pujante y prometedor Mickey Rorurke que venía de despuntar con sus papeles en La Ley de la Calle (Rumble Fish), Mahnattan Sur (Year of the Dragon) o 9 Semanas y Media. El protagonista de Sin City ciertamente se entrega hasta lo enfermizo y gracias a ello ofrece una de las mejores caracterizaciones de su carrera dándolo todo en esa recta final en la que comienza a perder la cordura. El problema radica en tener delante a un Robert De Niro pletórico, en una de sus mejores etapas interpretativas, que con pocos minutos en pantalla y una contención digna de estudio eclipsa a su compañero de reparto sin tener que hacer el más mínimo esfuerzo. Su gestualidad, lenguaje corporal, modulación de voz, ambiguo acento y detalles de cosecha propia como la melena, las uñas o el uso de bastones componen uno de los mejores trabajos del italoamericano.




El resto del reparto lo completan, entre otros, la británica Charlotte Rampling como Margaret Krusemark, una vidente especializada en crear cartas astrales para sus clientes, que tuvo una relación estrecha con Johnny Favorite, y con la actriz de Melancholia aprovechando su rol para explotar a conciencia los pocos, pero valiosos, minutos que tiene en pantalla a la hora de darle vida. Por último es de recibo hacer especial mención para una Lisa Bonet de 19 años, por aquel entonces triunfando en televisión con El Show de Bill Cosby, teniendo aquí su debut en el mundo del cine. El suyo es un papel complicado debiendo amalgamar candidez y ternura con sensualidad y violencia desembocando su composición en la ya citada escena de sexo que comparte con Mickey Rourke y convertida por derecho propio en una de las más recordadas de la historia del cine, consiguiendo sintetizar en su ejecución y coreografía toda la esencia de la película.




Habiendo estrenado su última película, La Vida de David Gale, en 2003 y haciendo público su retiro del cine hace tres años Alan Parker debe recibir su merecido reconocimiento como artesano que ayudó a construir un tipo de cine más incómodo en Hollywood sin estar reñido con la comercialidad. Aquellos críticos que en la época del estreno de esta excelente y muy recuperable El Corazón del Ángel acusaron a su ideólogo o sus coetáneos de profesionales superficiales con inclinación por el esteticismo visual mal entendido no sé qué pensarán en la actualidad de esos directores totalmente carentes de personalidad e inventiva con predilección por los montajes efectistas, el abuso de los efectos digitales y la casi inexistente relación con los actores que dan forma a los engranajes de la maquinaria hollywooodiense. Al fin y al cabo todo queda en casa y se reduce a vender el alma al diablo por conseguir el éxito, pero hasta para eso gente como Harry Angel o Johnny Favorite tenían mucho más estilo.


martes, 10 de abril de 2018

El Misterio de la Dama Blanca, secretos del corazón



Título Original Lady in White (1988)
Director Frank LaLoggia
Guión Frank LaLoggia
Reparto Lukas Haas, Len Cariou, Alex Rocco, Katherine Helmond, Jason Presson, Renata Vanni,  Angelo Bertolini, Joelle Jacobi,  Jared Rushton, Gregory Levinson, Lucy Lee Flippin, Tom Bower,  Jack Andreozzi, Sydney Lassick, Rita Zohar






Ahora que el cine, la televisión, la literatura y el mundo del cómic están recuperando el espíritu de los años 80 con productos como Kung Fury, Stranger Things, Ready Player One o Paper Girls quisiera hablar de una película que nos confirma que los revival no nacieron ayer y que en esa década a la que tanto añoramos también se facturaban productos con motivaciones puramente nostálgicas tratando rememorar tiempos pasados. Para dar fe de ello en esta ocasión vamos a centrarnos en un largometraje hoy un tanto olvidado que merece una adecuada reivindicación, El Misterio de la Dama Blanca o Lady in White, como se la conoce en su idioma original, una producción impulsada a nivel personal por el escasamente prolífico actor, guionista y director estadounidense de origen italiano Frak LaLoggia, convirtiéndose con el tiempo en una pieza de culto en su país de procedencia gracias a su peculiar personalidad como pieza cinematográfica.




En el pequeño y apacible pueblo de Hollow Point durante la víspera de la noche de Halloween del año 1962 el pequeño Frankie Scarlatti (Lukas Haas) es encerrado en un guardarropa del colegio por dos de sus compañeros de clase. Allí confinado y sin posibilidad de salida tendrá la visión del crimen de una niña pequeña que fue asesinada años antes en ese mismo emplazamiento. Como resultado de dicho suceso se realizó la detención del conserje, un hombre de raza negra, que fue encarcelado por ello dándose posteriormente por cerrado el caso. A partir de ese momento y acompañado por su hermano mayor, Geno (Jason Presson) Frankie hará todo lo posible por encontrar al verdadero asesino de la niña aparecida y con ello devolverle la paz para que pueda abandonar nuestra realidad, pero es posible que el desenmascaramiento del auténtico perpetrador cueste muy caro a nuestro protagonista.




Para que un desconocido como Frank LaLoggia pudiera producir, escribir, dirigir e incluso intervenir en la composición de la banda sonora de El Misterio de la Dama Blanca recibió la inestimable ayuda de su primo, Charles LaLoggia, un analista de acciones de la bolsa neoyorquino que fundó la productora New Sky Communications exclusivamente para financiar y poner en marcha el rodaje de la obra cinematográfica que nos ocupa. De esta modo el autor tuvo el control total del material que tenía en entre manos, algo lógico si tenemos en cuenta que nació completamente bajo su amparo inspirándose en una amalgama entre recuerdos su propia infancia y la famosa leyenda urbana de la Dama de Blanco que LaLoggia adapta al tono y el estilo del relato que quiere narrarnos, sustentado en una mixtura genérica en la que vamos a ahondar humildemente en la siguiente entrada. Aunque con respecto a esto también es de recibo mencionar que años después editó un montaje del director del film, el mismo que comenta un servidor en esta entrada.




Lady in White, como acabamos de apuntar, a modo de pieza fílmica abarca una mixtura de géneros bastante ecléctica que contra todo pronóstico funciona notablemente bien. Por un lado es un drama nostálgico construido sobre remembranzas del pasado de su autor localizadas en su infancia, por otro es una historia de misterio, adentrándose en ocasiones en el terror, con todo lo referido a la presencia de entidades extracorporeas y la investigación relacionada con el asesinato de la niña fantasma y por último encontramos una notable pátina de comicidad centrada en los personajes de los abuelos de Frankie, un matrimonio de italianos adentrados en la tercera edad que se encuentran en una continua situación de enfrentamiento que no sólo aporta varios pasajes divertidos al conjunto del proyecto, también denota el profundo cariño y el grato recuerdo que Frank LaLoggia guarda hacia dicha pareja de personas tan importantes en sus primeros años de vida.




Toda la obra cinematográfica está abordada como si de una mezcla entre cuento de hadas y relato iniciático se tratase. Con un pie en Matar a Un Ruiseñor, tanto en la novela original de Harper Lee como la inolvidable adaptación a manos de Robert Mulligan, en lo referido al contexto social y los prejuicios raciales de una localidad cegada por la venganza o el dolor y el otro en la impronta de autores literarios como Stephenk King o Michael Ende en lo concerniente a los pasajes oníricos o sobrenaturales El Misterio de la Dama Blanca está abordada como una pieza en la que su autor ha puesto verdadero corazón y demostrando una especial destreza para ejecutar imágenes de una sencilla, pero desarmante, belleza que atraviesan la pantalla, aunque en algunos aspectos el acabado estilístico de ciertos momentos han quedado anticuados o transmitiendo cierto tono kitsch que, después, de todo no hacen especial daño al conjunto del film.




Se antoja paradójico que un realizador primerizo como LaLoggia sea capaz de abordar el material que tiene entre manos, no sólo con una construcción narrativa más que decente, sabiendo medir los tiempos, dar cierta profundidad a los personajes, manteniendo el misterio con respecto a la trama criminal o apelando a un mensaje más conciliador y compasivo que vengativo o reaccionario, sino también construyendo un trabajo como cineasta realmente encomiable, sustentándose en la excelente dirección de fotografía o la etérea banda sonora y potenciando todos los pasajes nostálgicos con una puesta en escena que convierte el film en una especie de sueño en el que se dan la mano tonalidades que tan pronto exponen en pantalla situaciones que son pura magia como la escena de Frankie y la niña al pie de la tumba con otras que transmiten genuina inquietud como el pasaje que tiene lugar en el campo de tiro con arco o todo el clímax final en la casa.





Otra muestra más de lo avispado que fue Frank Laloggia a la hora de poner en marcha su segunda película detrás de las cámaras fue la elección de todo el reparto y especialmente de su actor protagonista. Lukas Haas, que por aquel entonces contaba con poco más de once años y sólo un papel importante en Único Testigo, transmite con un encanto que derrite el objetivo de la cámara ese aire naif, dulce, encantador y candoroso que el papel de Frankie solicita. Él es el epicentro del relato, con su naturalidad y destreza consigue que nos encandilemos de él, que nos compadezcamos de su situaciones o que temamos por su integridad física y psicológica, algo con lo que juega de manera muy maliciosa, pero con harto éxito, el director en las escenas del armario o la del coche en la ya citada secuencia en el campo de tiro con arco. Por suerte el buen hacer del cast no termina con el futuro actor de Brick o Last Days y se extiende a los secundarios.




Ya hemos citado que el guión de El Misterio de la Dama Blanca trata de perfilar unas criaturas que se alejen de la unidimensional y con varias de ellas los consigue. Los dos mejores personajes, abordados por los dos mejores actores, son Angelo Scarlatti, el padre de Frankie, y Phil Terragarossa, el mejor amigo de este, ambos transitando por caminos distintos como la integridad y la melancolía el primero o el carisma y la ambigüedad el segundo, ofreciendo el dúo un trabajo de nota. Jason Presson da vida con acierto a Geno Scarlati, el en principio abusivo y después cómplice hermano mayor de Frankie que le ayudará en su complicada misión compartiendo una destacable química con él. Finalmente debemos hacer parada en Renata Vanni y Angelo Bertoni, los abuelos del protagonista que se revelan como la vía de escape humorística del film, dos roles tan simpáticos, como cargantes en algunos pasajes del film, que después de todo se ganan el corazón de la platea.





Después de su estreno El Misterio de la Dama Blanca fue un considerable fracaso de taquilla recibido con más bien tibieza por la prensa especializada y sepultando de esta manera prematuramente la potencial carrera como cineasta de Frank LaLoggia que sólo volvería a ponerse detrás de las cámaras con Posesión Maldita (Mother) una cinta de terror protagonizada por Diane Ladd y Olympia Dukakis estrenada directamente para la televisión. No sabemos si con el paso de los años hubiéramos asistido a la filmografía de un profesional por el que hubiera merecido la pena invertir el tiempo y el dinero, pero de lo que sí podemos estar seguros es de que Lady in White es una cinta que merece ser recuperada por la sensibilidad y el cariño con el que su ideólogo la construyó, anteponiendo su necesidad de contar una historia nacida de sus recuerdos de infancia a cualquier otro interés económico o artístico, dejando así un pequeño trozo de su vida atrapado en celuloide que  podremos disfrutar y revisitar para siempre.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Stranger Things 2, ¿truco o trato?



"Lo que sea que está pasando, está extendiéndose desde este sitio" 




El estreno de la primera temporada de Stranger Things en la plataforma de streaming Netflix el pasado 2016 fue uno de los acontecimientos del año. La serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer se adscribía a la ola imperante de nostalgía por el cine comercial americano de los años 80 y amalgamaba en su impronta referencias que iban desde Los Goonies a La Cosa, pasando por la literatura de Stephen King o las producciones de la Amblin de Steven Spielberg. La historia estaba protagonizada por una pandilla de niños residentes en la ciudad ficticia de Hawkins y el posterior descubrimiento de una organización secreta del gobierno que había utilizado como cobaya humana a una misteriosa pequeña a la que se conoce simplemente por “Eleven”, el número que tiene grabado en su brazo, y que pronto daba muestras de poseer poderes sobrenaturales. El relato de los Duffer funcionaba de manera impecable gracias a la cohesión que daban a su ingente cantidad de referencias ficcionales por medio de un guión muy bien estructurado y un reparto en el que tanto los actores adultos como los infantiles se encontraban en un innegable estado de gracia. Aunque el estreno de Stranger Things fue un enorme éxito, antes del mismo Netflix ya había dado el visto bueno a los hermanos Duffer para empezar a idear una segunda temporada ofreciendo de este modo los responsables de dicha empresa una confianza ciega en el proyecto. Poco más de un año después, el pasado 27 de octubre, la segunda temporada de la serie fue subida íntegramente a la plataforma y después de haberla visto ya podemos dar un veredicto sobre ella.




Con respecto a esta segunda temporada Matt y Ross Duffer no se han complicado la vida y han ido a lo seguro realizando un émulo más que notorio de la primera tanda de episodios, en ocasiones casi antojándose un remake de aquella debido a la reutilización de conceptos, tramas y hasta señas de identidad que fueron celebradas por los fans en 2016 durante el debut de la serie y que aquí vuelven a hacer acto de presencia. En este sentido el producto pierde el encanto del factor sorpresa, la ruptura singular que supuso la producción a la hora de ofrecer una pieza fresca y multiforme que conseguía emulsionar un producto de calidad más allá del contexto espaciotemporal en el que se desarrollaba el relato que en él nos era narrado. Desde esta perspectiva podemos afirmar que no hay nada nuevo en el horizonte, sólo la repetición de una formula exitosa que el año pasado funcionó a las mil maravillas y que tanto los responsables del show como los productores del mismo han tratado de duplicar de la manera más fiel posible. Por suerte donde si han cambiado las cosas notablemente en Stranger Things es en su apartado técnico, que cuenta en esta ocasión con unos medios considerablemente mayores para que los Duffer desplieguen todo su imaginario visual y argumental.




El aumento de presupuesto para esta Stranger Things 2, y que ya se vislumbraba en los trailers promocionales de la temporada, hace que la puesta en escena de los Duffer no se diferencie demasiado de la de cualquier producción cinematográfica hollywoodiense y gracias a ello los hermanos pueden ser mucho más ambiciosos a la hora de dar forma en imágenes lo que previamente habían ideado en papel y esta vez sin las restricciones que tuvieron que acatar durante la primera temporada. Desde la disponibilidad de muchas más localizaciones, pasando por la utilización más asidua de grandes angulares, tomas a vistas de pájaro o planos cenitales y llegando al diseño de unos excelentes efectos especiales en los que destacan un maquillaje concienzudamente elaborado y unos CGI muy superiores a los de la anterior temporada (que tampoco eran desdeñables) y que son ejecutados sabiamente como a la hora de dar vida a D’Artagnan, donde la dosificación del pixel juega a favor de la creación del susodicho y su implicación en la narración. Al igual que en la primera temporada Shawn Levy (Noche en el Museo) y en esta ocasión también Andrew Stanton (John Carter) y Rebecca Thomas (Electric Children) toman el relevo de los Duffer en algunos episodios y manteniendo el look visual impuesto por estos acometen con profesionalidad su labor en la realización.




En esta ocasión es en el guión donde encontramos el mayor fallo de Stranger Things 2 y aunque dicha deficiencia no hiere de muerte al conjunto de la temporada sí se antoja como una inclusión tan innecesaria como evitable. Aunque la historia se toma su tiempo para arrancar mientras trata de contextualizar en qué situación se encuentran los personajes un año después de lo acontecido en la primera temporada los Duffer consiguen captar nuestra atención desde el mismo arranque y a partir de ahí comienzan a construir dos tramas paralelas que en la recta final convergerán en una sola, la primera centrada en todo el grupo de amigos de Hawkins y tomando a Will como epicentro del relato y la segunda centrada en Eleven y su evolución como rol de capital importancia en el programa. Ambas tramas discurren adecuadamente con un desarrollo adecuado y coherente hasta que llegamos al séptimo episodio y la inclusión del grupo de Kali. Presentada en el cold opening del primero episodio, olvidada hasta más de la mitad de la temporada, y recuperada en el capítulo The Lost Sister toda la historia del personaje de Linnea Berthelsen y su grupo de punks delincuentes no sólo rompe el ritmo de lo que hasta ese momento había acontecido, sino que se revela de cara al espectador como una entrega totalmente desubicada en el contexto de la temporada con la única excusa de dar una nueva profundidad a Eleven que podía haber experimentado previamente con un hecho mucho más importante como fue encontrar a su madre.




Una vez más son los personajes y los actores los que consiguen dar alma y corazón a Stranger Things y dicha responsabilidad recae en un reparto cada vez más cohesionado que en esta ocasión se ha visto reforzado por nuevos fichajes que no desentonan con el conjunto del casting. Mientras Gaten Matarazzo, Finn Howard y Caleb McLaughlin mantienen el carisma y la química que ya se dejaban notar en la primera temporada esta vez es Noah Schnapp, que se ausentó casi toda la primera tanda de episodios, el que se desquita dando todo un recital interpretativo como Will. En cuanto a los nuevos fichajes muy bien Sadie Sink como Max, esforzado Dacre Montgomery como Billy, notable Paul Reiser en la piel del Doctor Owens y entrañable Sean Astin como Bob Newby, uno de esos personajes que en principio parece ser algo que finalmente no es. Pero para el que esto firma los dos actores que mejor interactúan en pantalla y que más pasajes memorables comparten son David Harbour y Millie Bobby Brown componiendo una muy creíble relación paternofilial entre Jim Hooper y Eleven en la que ambos actores se marcan un tour de force para quitarse el sombrero y que puede considerarse uno de los mayores aciertos de la temporada. Con respecto al resto mencionar que Winona Ryder está mucho más contenida, y creíble, que en la temporada anterior y que la, muy bien perfilada, relación entre los personajes de unos cómplices Natalia Dyer y Joe Keery deja un poco arrinconado a Charlie Heaton, algo que posiblemente utilicen como excusa los Duffer para eliminar a Jonathan de la serie si no se soluciona lo de su reciente polémica.




Tomando esta vez como referentes producciones adscritas a Steven Spielberg como Encuentros en la Tercera Fase, E.T o Gremlins, convirtiendo en cada vez más obvios sus homenajes a los años 80 (la explicitud con Los Cazafantasmas e incluir en el reparto al protagonista de Los Gooines y al secundario más insufrible de Aliens: El Regreso denota poca sutilidad) y con algunos fallos de guión previamente apuntados Stranger Things 2 consigue superar todos sus obstáculos para mostrarse de cara a los espectadores como un producto tan bueno o incluso mejor que su predecesor. Ya hemos apuntado que Ross y Matt Duffer han utilizado una plantilla para parir un hermano casi gemelo de lo que ya podemos llamar Stranger Things 1, pero la labor de ambos en la escritura y la realización así como la implicación de un reparto al que a estas alturas ya hemos cogido un incalculable cariño consiguen que nos encontremos con una de las propuestas audiovisuales más satisfactorias de un año en el que las series de televisión, o plataformas digitales, nos han ofrecido material de alta calidad como Twin Peaks: The Return, Mindhunter, The Handmaid’s Tale o The Deuce dando claros síntomas de que la ficción estadounidense todavía mantiene una más que notable salud con respecto a ejecutar trabajos que muestren las suficientes inquietudes artísticas como para ser considerados piezas tan edificantes como respetables, aunque en un caso como el de Stranger Things 2 no deje de ser puro entretenimiento con sus altas dosis de nostalgia.



viernes, 7 de julio de 2017

Aullidos II, bailando con lobos



Título Original Howling II: ...Your Sister Is a Werewolf (1985)
Director Philippe Mora
Guión Robert Sarno y Gary Brandner, basado en la novela de este último
Reparto Christopher Lee, Annie McEnroe, Reb Brown, Marsha A. Hunt, Sybil Danning, Judd Omen, Ferdy Mayne, Patrick Field, Ed Kleynen, Hana Ludvikova





Para el que esto firma Aullidos (Howling) es una de las mejores películas de la historia a la hora de abordar la mitología detrás de un tema como la licantropía. Joe Dante a la dirección y John Sayles al guión, adaptando la novela de Gary Brandner, supieron realizar una interesante amalgama entre suspense, cine negro y terror con esta producción de 1981 cuyo trasfondo iba más allá del célebre subgénero de los hombres lobo abordando reflexiones de corte social con respecto a la sexualidad, el sentido de comunidad o la identidad. Aunque se trataba de una producción pequeña por parte de la Metro Goldwyn Mayer su éxito fue más que notable y ayudó a impulsar la carrera de Dante y Sayles, alumnos aventajados de la factoría Roger Corman, y a cimentar la fama de Dee Wallace Stone, su protagonista, como una de las scream queens más importantes de los 80.




Como era de esperar la secuela llegó en 1985, con unos equipos técnico y artístico completamente renovados y una visión diametralmente opuesta a la ofrecida por los autores de Piraña. Con el cineasta australiano Philippe Mora detrás de las cámaras, el mismo Gary Brander, acompañado de Robert Sarno, al guión adaptando la secuela de su novela y el veterano Christopher Lee como cabeza visible del reparto Aullidos II (subtitulada en España Stirba: La Mujer Lobo) llegó a las carteleras de todo el mundo para confirmar de manera fehaciente ese dicho, unas veces acertado y otras no, que reza aquello de que "segundas partes nunca fueron buenos", afirmación que se recrudece más todavía si nos referimos al género de terror, siempre predispuesto a la hora de dar forma a sagas interminables de entregas que de manera imparable y gradual cada vez son más mediocres y olvidables.




Howling II: ...Your Sister Is a Werewolf más que una continuación de la obra de culto de Joe Dante parece una de esas secuelas apócrifas ideadas en la Serie B italiana que aprovechaban el éxito inmediato de films americanos como Terminator o Alien para ofrecer sus propias versiones antes de que la maquinaría hollywoodiense se pusiera en marcha para hacer lo propio. El engendro es tal que no sólo podemos tildarlo sin reservas como una película terrible en no pocos aspectos, sino que también pone especial dedicación en empañar el buen nombre de su predecesora no sólo eludiendo de manera voluntaria todos los hallazgos de aquella, sino llegando a mancillarla con brutal saña cuando se atreve a realizar su propia versión del clímax final (con actores diferentes a los de aquel) para desde ese momento dar inicio a una historia que podría fácilmente haber dado pie a una comedia de Andrés Pajares y Fernando Esteso.




La paupérrima excusa del entierro de Karen White, la protagonista de la primera película, sirve para que el hermano y la cuñada de esta conozcan a Stefan Crosscoe (Christopher Lee) un misterioso hombre que parece tener información acerca del origen lupino de la fallecida presentadora, Los tres personajes se embarcarán en un improbable viaje a Transilvania para enfrentarse con Stirba (Sybil Danning) la Reina de los Hombres Lobo dotada del don de la inmortalidad. Este rocambolesco entramando sirve a Philippe Mora para marcarse un despropósito lleno de desnudos gratuitos, vísceras, cutre música pseudo punk a manos de la banda Babel y gente aullando durante todo el metraje, independientemente de si su naturaleza es lupina o no. Con estos ingredientes es lógico que el resultado sea una absurdez de proporciones catedralicias, pero vamos a adentrarnos en algunos de los pasajes más bochornosos del producto, que no son pocos ni intrascendentes de cara a un espectador que no da créditos a los mismos.




Desde sus primeros pasos Aullidos II ya de buena muestra de sus numerosas carencias con un penoso montaje con el sus autores se empeñan en meter breves insertos efectistas de secuencias del inicio del film, una realización técnica que no hace más que delatar el presupuesto más bien pobre con el que contaba el proyecto, efectos de maquillaje en general penosos que poco tienen que ver con los que usó Rob Bottin en el primer film (aunque lo de los bultos que le salían a los hombres lobo en aquella nunca los vi muy convincentes) o el abuso de la actuación del grupo Babel que ocupa demasiado metraje teniendo su culmen con el pasaje en el que supuestamente actúan en el castillo de Stirba delante de los licántropos, pero la penosa edición y el terrible plano contraplano delata que son secuencias sacadas de la primer concierto que daban en el film y que estaba localizado en un garito punk de Los Ángeles.




Con respecto al reparto el ridículo es mayúsculo y no desentona para nada con el resto de la propuesta cinematográfica. Lo lógico sería pensar que la magnética e imponente presencia de Christopher Lee daría un matiz señorial a Aullidos II, pero nada más lejos de la realidad. El Drácula de la Hammer Films es devorado por las incongruencias de la obra y sus capacidades interpretativas se ven menguadas cuando tiene que compartir metraje con Annie McEnroe y Reb Brown, una de las parejas más insípidas y anticarismáticas jamás vistas en una pantalla, contaminando víricamente como dupla la labor del actor británico. Del casting sólo podríamos destacar a una sensual Sybilla Danning como Stirba, realizando un papel para el olvido, pero entregando su carnalidad a la propuesta y dejándose llevar por la sarta de estupideces que la misma le ofrece, como en el penoso "ménage à trois peludo" en el que se ve implicada y que la hace parecer más una perra en celo que una mujer lobo.




El problema más grave de Aullidos II no es que sea una película mala de solemnidad, portadora de todos los tics y vicios del peor cine de terror de los 80, sino que su éxito fue suficiente para que una nueva secuela, con Philippe Mora de nuevo a la dirección, (suponemos que como "premio a su excelente labor") llegara sólo dos años después para confirmar lo pronto que esta franquicia comenzaba a tocar fondo, algo terrible si tenemos en cuenta que la misma llegó a tener ocho entregas. Por suerte siempre nos quedará la cinta original de 1981, porque con respecto a esta secuela podemos afirmar que nada de interés suscita para el espectador más allá de la carnaza, de todo tipo, que expone en pantalla, Sirvan los créditos finales del film como declaración de principios con la repetición hasta el cansancio de la escena en la que Sybilla Danning rasga su ropa mostrando sus pechos para tener claras las barriobajeras intenciones de los ideólogos de tan eludible propuesta cinematográfica.



jueves, 1 de septiembre de 2016

Stranger Things, the monster squad



¿"Y si todo este tiempo que he buscado a Will he estado detrás de algo más?"




Después de éxitos como la versión americana de House of Cards, Orange is the New Black, Narcos o las series adscritas al universo Marvel como Daredevil o Jessica Jones la plataforma de streaming Netflix ha vuelto a dar de lleno en la diana con otra de sus producciones propias, pero esta vez la repercusión ha sido mayor que nunca por distintos factores. Stranger Things se ha convertido el la serie del 2016, un fenómeno a nivel mundial que ha despertado el interés y las alabanzas de público y crítica por su combinación de talento, accesibilidad, nostalgia y pericia narrativa. Un proyecto que aprovechando la excusa del enorme tirón del revival que desde hace unos años estamos viviendo con respecto al cine comercial e infantil realizado en Estados Unidos durante los años 80 ha ofrecido a millones de usuarios un relato en ocho entregas que ha conseguido enamorar a una ya enorme horda de fans que han quedado prendados con la aventura en la que se embarcan un puñado de entrañables e interesantes personajes 




Algo extraño sucede  el 6 de Noviembre de 1983 en la ciudad de Hawkins, Indiana. Después de jugar su habitual partida de Dragones y Mazmorras con sus amigos Mike Wheeler (Flinn Wolfhard), Dustin Henderson (Gaten Matarazzo) y Lucas Sinclair (Caleb McLaughlin) Will Byers (Noah Schnapp) desparece misteriosamente en las inmediaciones de su casa. Mientras su madre Joyce (Winona Ryder) y su hermano mayor Jonathan (Charlie Heaton) unen fuerzas con el sheriff de la localidad Jim Hopper (David Harbour) para dar con su paradero el resto de la pandilla de Will se encontrará con una extraña niña perdida a la que apodarán Eleven (Millie Bobby Brown) por un número que lleva tatuado en su brazo y que finalmente se revelará no sólo como la víctima inocente de una serie de experimentos secretos llevados a cabo por una organización secreta comandada por el Doctor Martin Brenner  (Matthew Modine) sino también como el único medio para que el desaparecido Will pueda volver a su hogar junto a sus familiares y allegados.




La primera temporada de Stranger Things consta de ocho episodios y la misma ha sido ideada por los semidesconocidos hermanos Matt y Ross Duffer, a los que sólo recordamos por su debut en la dirección cinematográfica Hidden (subtitulada Terror en Kingsville en España) un film de género protagonizado por Alexander Skarsgård y Andrea Riseborough o por escribir algunos episodios de Wayward Pines, la serie sobre desapariciones en un pueblo rural ideada por Chad Hodge y apadrinada por M. Night Shyamalan que facilmente ha podido ser el germen de la producción televisiva que nos ocupa. Este nuevo trabajo ideado en el seno de Netflix es un homenaje tanto a aquellos films de culto para todos los públicos de los ochenta como Los Goonies, Una Pandilla Alucinante (The Monster Squad), o Exploradores como a algunas obras literarias (con sus respectivas adaptaciones a imagen real) nacidas de la pluma del escritor Stephen King como It (Eso) en todo lo relacionado con la infancia y el grupo de amigos que se enfrentan a seres sobrenaturales u Ojos de Fuego (Firestarter) si nos centramos en el personaje de Eleven, sus poderes y la corporación secreta que sigue sus pasos.




Lo mejor de un producto como Stranger Things es que a pesar de que casi todo el mundo a incidido en su utilización de la nostalgia por medio de la multireferencialidad hacia el celuloide rompetaquillas americano de los 80 con homenajes a obras de Steven Spielberg, Joe Dante, John Carpenter o Fred Dekker con él nos encontramos con un proyecto magníficamente ejecutado en fondo y forma. Por mucho que la trama se desarrolle en un contexto temporal muy concreto y que el relato narrado este repleto de deudas con obras de ficción pretéritas los hermanos Duffer y sus colaboradores (entre ellos Shawn Levy, director de la trilogía Noche en el Museo) se han ocupado de asentar las bases de una historia de una solidez intachable, escrita con un total control del tempo narrativo, realizada con una puesta en escena y una mesura sin estridencias a la altura de las circunstancias y sobre todo interpretada por un reparto tocado por el don del carisma y la ternura casi en su totalidad. En resumidas cuentas, aunque esos años 80 son importantes en la localización del discurrir del argumento la aventura que nos cuenta Stranger Things es tan efectiva que podría funcionar en los 60, 70, 90 o la actualidad.




Pero sería de necios eludir que si hay un apartado de Stranger Things que se ha ganado los parabienes de prácticamente todo aquel que la ha degustado ese ha sido su reparto. Los cuatro críos protagonistas son un acierto de casting mayúsculo y aunque alguno de ellos se muestre durante el primer ecuador de la serie de manera algo estereotipada (hablo de Lucas y su recelo hacia la nueva chica del grupo, aunque esté justificado) devoran la pantalla con su credibilidad y simpatía, Aunque Flinn Wolfhard ofrezca madera de líder con mucho convencimiento y el ya mencionado rol de Caleb McLaughlin transmita vivacidad y valentía son la Eleven de Millie Bobby Brown y el Duncan de Gaten Matarazzo los que dejan verdadera huella en el espectador. Ella por abordar con una profesionalidad impropia de una niña de su edad un papel nada fácil y lleno de matices siempre desde la contención y él porque con su sonrisa desdentada, voz ceceante e inocencia rodeada de una pátina de picardía se revela como el mejor actor y personaje catódico de lo que llevamos de 2016. Al pobre Noah Schnapp no le han dejado mucho terreno para lucirse, pero todo apunta a que en la segunda temporada su Will Byers dará mucho que hablar.




Dentro del plantel de actores adultos y adolescentes tenemos a una Winona Ryder que de tanto esforzarse en su rol de madre sufridora se pasa de frenada y llega a introducirse en una algo irritante sobreactuación, la encantadora Natalia Dyer dando vida a Nancy Wheeler (todo un descubrimiento esta chica) al lacónico Jonathan Byers de Charlie Heaton (una mezcla entre Dane DeeHan y un joven Edward Furlong) y dos personajes que se muestran durante los primeros episodios como clichés andantes para luego evolucionar adecuadamente eludiendo lugares comunes como el Steve al que da voz y cuerpo Joe Keery que pasa de ser el típico novio celoso y matón de colegio a algo más interesante y el sheriff Jim Hopper de David Harbour que en principio parece el típico agente de la ley local paleto e incompetente para exponerse de cara al espectador poco a poco como el personaje más interesante de la serie junto al sutil, embaucador, aterrador y gélido Dr. Martin Brenner que nos devuelve al mejor Matthew Modine en años y al que podemos considerar, sin lugar a ninguna duda, como el verdadero monstruo de la serie.




Mi único problema con Stranger Things han sido las altísimas expectativas que tenía depositadas en ella por culpa del rápido y machacón culto que se ha creado a su alrededor en un tiempo récord. No sé si por culpa del hype o de que la misma serie se encuentre todavía en el ojo del huracán mediático y afirmando tajantemente que disfrutado considerablemente de ella no encuentro en sus ocho episodios esa genialidad u obra maestra catódica que muchos han promulgado de manera tan apresudarada. Dicho esto no cabe duda que el proyecto de los hermanos Duffer tiene el crédito que merece por atesorar la suficiente calidad y calidez como para ser disfrutada con fruición por todo tipo de espectadores y recibir con los brazos abiertos el próximo año esa segunda temporada que la misma Netflix confirmó ayer con nueve nuevos episodios con los que volveremos a viajar a la pequeña localidad de de Hawkins, Indiana, para asistir a las "cosas extrañas" que allí tienen lugar en esta y otras dimensiones.