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domingo, 31 de octubre de 2021

Maligno



Título Original Malignant (2021)
Director James Wan
Guion Ingrid Bisu, Akela Cooper, James Wan
Reparto Annabelle Wallis, George Young, Maddie Hasson, Jake Abel, Jacqueline McKenzie, Michole Briana White, Paul Mabon, Ingrid Bisu



Sí, sabemos que han pasado casi dos meses desde su estreno, pero en Transgresión Continua estábamos buscando cualquier excusa para hablar de Maligno, la última y controvertida película como director del cineasta James Wan, y la festividad de Halloween es la perfecta para hacerlo. A estas alturas ya sabemos que el largometraje pinchó en taquilla, como casi todos los recientes estrenos simultáneos en cines y HBO Max de Warner Bros, y que tanto la crítica como el público se dividieron visceralmente a la hora de valorarla, pero nosotros queremos aprovechar esta entrada para cantar las alabanzas de una pieza que, no nos cabe la menor duda, ostentará dentro de no mucho tiempo el título de obra de culto dentro su género. No veíamos al director australiano de origen malasio ponerse detrás de las cámaras en una película de terror desde la brillante Expediente Warren: El Caso Enfield, ya que sus responsabilidades los últimos años han consistido en producir material para las distintas franquicias nacidas de su impronta o los spin offs derivados de las mismas y dirigir Aquaman, la primera película en solitario del superhéroe de DC Comics interpretado por Jason Momoa. De manera que esta cinta co escrita por él mismo junto a Ingrid Bisu y Akela Cooper o protagonizada por Annabelle Wallis, George Young, Michole Briana White, Maddie Hasson, Jake Abel o Jacqueline McKenzie entre otros ha supuesto su nuevo y esperado proyecto como realizador dentro del género que le dio fama y dinero.



Cuando en 2019 se confirmó que James Wan cedería la silla de director a Michael Chaves (The Curse of La Llorona) en Expediente Warren: Obligado Por el Demonio después de haber facturado con las otras dos entregas de The Conjuring las mejores películas de su filmografía, un servidor no comprendía dicha decisión del realizador por mucho que el resultado con aquella tercera entrega de las correrías sobrenaturales de Ed y Lorraine Warren se revelara finalmente como una obra más que digna que no desentonaba con sus predecesoras. Pero una vez vista esta Malignant que nos ocupa todo cobró sentido instantáneamente para el que suscribe. Porque la última película del director de Saw (2004) o Insidious (2010) pareciera el resultado de haber recibido carta blanca por parte de Warner Bros como agradecimiento por los más de mil millones de dólares recaudados por Aquaman internacionalmente. Un proyecto humilde, dentro de los estándares hollywoodienses, en el que ha podido hacer lo que ha querido sin restricción alguna.



El prólogo de Malignant es esclarecedor con respecto al tono que mantendrá la propuesta a lo largo de todo su metraje y una declaración de principios por parte de James Wan al poner todas las cartas sobre la mesa con al intención de engañar a nadie. Los tonos rojizos herederos de la escuela de terror italiana, la violencia explícita, el contexto hospitalario, la música de sintetizador con aroma a los 80 y esa monstruosidad que se vislumbra detrás de una cortina asientan las bases de un proyecto que toma como centro neurálgico la locura, la total ausencia de prejuicios y la exigencia de una inapelable suspensión de la credulidad para que el espectador pueda disfrutar del viaje psicotrónico propuesto por el director. Si a Malignant se entra con reservas, con la idea de esperar un relato lógico dentro de ciertos parámetros ficcionales, el resultado será decepcionante en grado sumo. En cambio si nos dejamos llevar por su esquizofrenia formal la experiencia se antojará inolvidable.



El sencillo planteamiento inicial de Malignant entronca directamente con la cantidad de vericuetos en los que se introducirá su guion para mutar la propuesta en algo cada vez más desinhibido e inclasificable. Madison (Annabelle Wallis) es una mujer embarazada que después de sufrir una agresión por parte de su marido Dereck (Jake Abel) comienza a experimentar visiones sobre truculentos asesinatos perpetrados en su ciudad por una desconocida figura vinculada con su propio pasado. Con la ayuda de su hermana menor Sydney (Maddie Hasson) o los detectives Keoka Shaw (George Young) y Regina Moss (Michole Briana White) Madison intentará detener a este criminal cuya naturaleza pareciera tener un origen sobrehumano. A partir de este punto de partida James Wan y sus colaboradoras al guion despliegan una intrincada historia que irá adentrándose gradualmente en los terrenos de lo onírico sin miedo a caer en el ridículo.



Malignant pareciera desde su mismo arranque un slasher con anabolizantes rodado por el Brian de Palma de la no menos alocada En Nombre de Caín (Raising Cain, 1993) utilizando como recursos estilísticos y conceptuales los lugares comunes o la imaginería audiovisual del giallo (cuero, armas blancas, sangre a borbotones, violencia explícita adentrándose en los terrenos del gore, reminiscencias del policíaco más pulp) con la intención de no hacer prisioneros entre el patio de butacas. Esto que afirmamos se concentra durante los dos primeros actos de la película en los que el misterio sobre la identidad del asesino se va desvelando poco a poco por medio de pistas que apuntan con cierta claridad hacia dónde debe dirigir su mirada el espectador para acertar el tiro. Pero todo cambia en el último acto, cuando Malignant ya nos pone a prueba con un giro que incitará a algunos a echarse las manos a la cabeza y a otros a caer rendidos ante el descaro y la osadía de James Wan.



La media hora final de Malignant es una oda salvaje y casi descerebrada a la irracionalidad haciendo que todo aquello que habíamos elucubrado con respecto a la identidad del asesino llegue a extremos de puro delirio. Abandonamos en cierta manera la influencia del slasher y el giallo hipervitaminado para abrazar la serie B más exploit e iconoclasta viniéndonos a la mente productos de culto como Basket Case (1982) o cintas tan malditas como La Mitad Oscura (1993), la malograda adaptación que realizó en George A. Romero de la novela homónima de su amigo Stephen King. A estas alturas ya vale todo y James Wan monta su propia Asalto a la Comisaria del Distrito 13 (John Carpenter, 1976) con un sólo enemigo para todo el cuerpo de policía que inicia su particular escabechina en una celda y acaba en medio de la comisaria con una secuencia de acción a modo de perversa revisión de la protagonizada por Nicole Kidman en el arranque de Aquaman en la que Wan se permite, por poner solo un ejemplo, que su criatura le arranque un brazo a un agente del orden para golpear con él a otro.




Malignant es ante todo una celebración, un tren de la bruja desbocado y sin frenos en el que conviven armónicamente el efecto especial práctico y el pixel sin que colisionen el uno con el otro de mala manera. Es la declaración de amor del rey del terror mainstream al lado opuesto del género, aquel exploit y rotundamente pulp que se forjó en sesiones golfas proyectadas en salas grindhouse, festivales demenciales y videoclubs decadentes. Poco importa si fue un fracaso económico o si se la trató injustamente por unos y otros, el cine que perdura nació para sembrar la discordia, no para contentar a todo el mundo y James Wan lo consiguió con su obra más valiente, deliberadamente temeraria, pasada de rosca y, por qué no decirlo, ocasionalmente ridícula. Ojalá más cine de terror libre, desinhibido y carente de pretensiones como este que nos haga recuperar la fe en el perfil más desenfadado y divertido del medio.

 



jueves, 25 de marzo de 2021

Persépolis, nous sommes le cri de ceux qui ne sont plus là



Título Original Persepolis (2007)
Director Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud
Guión Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, basado en el cómic de Marjane Satrapi





De 2002 a 2003 la editorial francesa L’Association publicó en cuatro volúmenes Persépolis, el primer cómic escrito y dibujado por la autora iraní, afincada en Francia, Marjane Satrapi. Persépolis narraba la vida de Satrapi desde su infancia en Teherán durante la revolución islámica a finales de los 70 y principios de los 80 hasta su adultez ya asentada definitivamente en Europa, concretamente en Francia. La historia se centraba en la relación de la autora con su familia, padres y abuela, y los cambios sociopolíticos en los que se vio envuelta Irán tras el fin de los cincuenta años de reinado del sha de Persia, dando paso a la república islámica. Durante las cuatro entregas la pequeña Marjane de diez años va creciendo y enfrentándose a la represión de un régimen fundamentalista islámico que le impide ejercer sus derechos como ciudadana y mujer, viajando posteriormente a Austria para seguir con sus estudios y conociendo un nuevo mundo en el que encuentra la consolidación de su ideología política, el primer amor, la música, el arte y también la soledad. Cuatro años después, en 1988, vuelve a Teherán tras el fin de la guerra entre Irán e Iraq que se declaró ocho años antes, para un lustro más tarde y un matrimonio fallido, mudarse definitivamente a Francia a petición de su familia, deseosa de que la joven Marjane pudiera vivir como una mujer libre e independiente.




Al poco de ser publicada Persépolis se convirtió en una las obras más importantes, no ya de la bande desinée franco-belga, sino de la historia del cómic de principios del siglo XXI. Con una humildad repleta de desnudez y un sencillo dibujo en blanco y negro, aunque poderosamente expresivo, Marjane Satrapi configuraba una obra destinada a perdurar en la memoria colectiva tomando en cierta manera el relevo del Maus de Art Spiegelman, para hablar a las nuevas generaciones de la lucha entre progreso y fundamentalismo a la que se vio abocada durante su infancia y adolescencia. Persépolis fue un éxito a nivel mundial con enormes ventas de sus cuatro volúmenes y el respaldo de una crítica especializada que cayó rendida a los pies de la iraní. Como es lógico un cómic tan reputado y conocido como Persépolis difícilmente iba a librarse de conocer una adaptación cinematográfica que, por su peculiar acabado artístico, no podía ser extrapolado con verdadera fidelidad a imagen real, pero sí al celuloide animado. En 2007 Marjane Satrapi y el también historietista Vincent Paronnaud, tras asociarse con los productores Xavier Rigault y Marc-Antoine Robert, fueron los encargados de escribir y dirigir la película de Persépolis, que al igual que su hermana en viñetas supuso un triunfo internacional.


La implicación activa de Marjane Satrapi como guionista, directora y una de las principales impulsoras del proyecto aseguraba una notoria fidelidad a la obra a la que dio forma a lo largo de más de tres años para capturarla en una producción cinematográfica de 95 minutos de duración, algo que probablemente otro realizador no conseguiría o aspiraría a llevar a cabo. Lo que no era tan fácil de predecir, y que tras la puesta de largo de la película pudo confirmarse de manera cristalina, es que Persépolis iba a ser una pieza brillante tanto en el fondo como en la forma. Más allá de conseguir encapsular la esencia y el espíritu del cómic original es un hecho irrefutable que la cinta de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud ejecuta un despliegue visual impecable, experimentando con el acabado artístico para enriquecer el conjunto de la obra, pero sin caer en ningún momento en el exceso, el artificio o la innecesaria sobredosis visual de otras adaptaciones cinematográficas de productos de la bande dessinée como la de Las Aventuras de Tintín y el Secreto del Uncornio (Steven Spielberg, 2011) que desde una perspectiva tonal poco tenía que ver con la “línea clara” de Hergé.



Si abordar la adaptación cinematográfica de Persépolis como una película animada era no sólo un acierto, sino lo más lógico, que la animación elegida fuera la tradicional terminó por confirmar lo avispados que fueron sus máximos responsables y lo conocedores que eran de la obra primigenia en papel que les servía de base, en el caso de la misma Marjane Satrapi con más motivo todavía. Se antoja todavía inexplicable cómo los dos directores y su extenso equipo de animadores consiguieron alternar con tanta pericia pasajes en los que el acabado estilístico mantiene un tono contemplativo y contenido, con otros en los que este juega y experimenta con las texturas, la composición, los fondos o la profundidad de campo llegando a ejecutar secuencias que se encuentran entre lo mejor del cine animado de los últimos años. Satrapi y Paronnaud se complementan y mimetizan con maestría y juntos son capaces de, al igual que acontecía con el cómic, transmitir emociones que van desde la ternura a la tristeza, la impotencia, el terror o la comicidad mientras las imágenes crean una armónica comunión las unas con las otras emulando la secuencialidad que desplegó la autora de Pollo Con Ciruelas, pero llevando esta a límites paroxistas de elegancia y meticulosidad.



El guión, asignado también a Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud como previamente hemos apuntado, consigue trasvasar con respeto y cariño, el esperado por la creadora del mismo estando al frente de la producción, aquello que convirtió Persépolis en uno de los cómics más importantes de la historia contemporánea del medio. Pero como es lógico de un trabajo que cuenta en total con más de 350 páginas había que sacrificar parte del contenido y no ya sólo pasajes concretos, sino capítulos en su totalidad, ya que los escasos 95 minutos que componen el largometraje no permitían ser fieles al 100% a la obra. A pesar de esto los pasajes más importantes del trayecto vital de Marjane Satrapi retratados en las viñetas tienen su lugar en la adaptación cinematográfica y el hecho de concentrarse en ellos de manera más concreta y exhaustiva ofrece un ritmo impecable a la propuesta en el que drama y comedia se alternan con meticuloso virtuosismo. El ya citado hallazgo que supone el acabado estilístico adscrito a la animación de Persépolis encuentra en el guión de los mismos autores al perfecto compañero de viaje compactando una pieza capaz de funcionar a la máxima de sus posibilidades en cualquier apartado, siempre manteniendo un perfil humilde que no la induce a cargar las tintas, nunca mejor dicho, a la hora de llegar al espectador.



Las voces de los actores Chiara Mastroianni, Danielle Darrieux, Catherine Deneuve, Simon Abkarian, Gabrielle Lopes Benites o François Jerosme, que en la versión original en francés llenan de vitalidad y verdad a sus personajes, sirven como colofón a una obra a la que no puedo calificar de otra manera que no sea obra maestra. Marjane Satrapi, con la inestimable ayuda de Vincent Paronnaud en la escritura y dirección, triunfó nuevamente cuando adaptó al medio cinematográfico el trabajo por el que pasará a la posteridad. Persépolis recibió incontables nominaciones y galardones en el año de su estreno, siendo los más importantes el premio del jurado en el festival de Cannes y la nominación al Oscar a la mejor película animado que perdió, de manera injusta, frente a Ratatouille. Desgraciadamente, mientras el cómic es asiduo a la hora de hacer rankings de los mejores trabajos del siglo XXI, la película ha caído en un injusto olvido del que merece ser rescatada. En Transgresión Continua hemos puesto nuestro grano de arena para reivindicar una joya de inabarcable valor como esta Persépolis 2007 que marcó sólo el punto de inicio de Marjane Satrapi como directora. Ya que años después volvería a asociarse con Vincent Paronnud para adaptar su segundo cómic, Pollo Con Ciruelas (2011), a dirigir a Ryan Reynolds en The Voices (2014) o a rodar un biopic de Madame Curie con Rosamund Pike. No está nada mal para una pequeña niña iraní que triunfó teniéndolo todo en contra.


lunes, 15 de julio de 2019

Stranger Things 3, sé lo que hicisteis el último verano



"Tú nos dejaste entrar. Y ahora tú nos dejarás quedarnos"




Poco más de año y medio hemos tenido que esperar para volver a la ficticia, y ya icónica, población estadounidense de Hawkins después de aquella excelente Stranger Things 2 que a pesar de parecer un remake a mayor escala de Stranger Things 1 funcionó casi al máximo de sus posibilidades en noviembre de 2017. Netflix vuelve a depositar toda su confianza en uno de sus buques insignia con Stranger Things 3, la, presumiblemente, penúltima temporada de la serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer (Wayward Pines, Hidden). Más allá de la inclusión de algún nuevo fichaje como la actriz Maya Hawke dando vida a Robin, Cary Elwes como el alcalde Larry Kline, Jake Busey en la piel del antipático Bruce o Alec Utgoff interpretando al Doctor Alexei mantenemos el mismo reparto de las dos entregas anteriores. La nueva tanda de ocho episodios fue subida al catálogo de la plataforma de streaming el pasado 4 de julio y nosotros ya hemos podido ver esta muy esperada tercera temporada de las aventuras sobrenaturales de Eleven, Mike, Will, Dustin, Lucas, Max y compañía. Lo cierto es que hemos quedado muy satisfechos a casi todos los niveles porque el producto mantiene casi intacta su calidad, potencia su naturaleza multirreferencial y hace evolucionar a sus personajes. Pero también posee algunas carencias y cae en ciertas decisiones erróneas que más tarde pasaremos a enumerar a la hora de evaluar globalmente un proyecto tan exitoso y disfrutable como este.




Al igual que sucedió en la segunda temporada con respecto a la primera esta Stranger Things 3 toma como punto de inicio los últimos segundos que cerraban a su predecesora y a partir de él los hermanos Duffer y sus colaboradores al guión o la dirección van desarrollando las distintas tramas. En esta ocasión el argumento se localiza en la víspera del 4 de julio de 1985, un año después de los hechos acontecidos en Stranger Things 2, con los protagonistas experimentando sus primeras relaciones amorosas y problemas derivados de la entrada en la adultez, mientras el nuevo centro comercial de la empresa Starcourt se convierte en el epicentro de las aventuras de todos los personajes. Como viene siendo tradición detrás de la idílica estampa de Hawkins las monstruosidades interdimensionales siguen amenazando la vida de los lugareños desde las sombras y los protagonistas deberán enfrentarse nuevamente con ellas para impedir un apocalipsis a escala mundial.




La principal seña de identidad de Stranger Things 3 es su ligereza, mucho más acentuada que en las dos temporadas anteriores. La serie de Matt y Ross Duffer siempre se ha caracterizado por la alternancia de acción, ciencia ficción, terror, drama y comedia. Pero en esta ocasión el humor y un tomo mucho más liviano se apoderan de la mayor parte de la velada sólo cediendo terreno al dramatismo en el último episodio que, eso sí, es el más emocional y melancólico de todo lo que llevamos de serie. Esta predisposición por la aventura continuada, dinámica, fruiciosa no sólo se vertebra por todas las subtramas que dan forma a Stranger Things 3 enriquieciéndolas con matices y referencias, sino que también da al conjunto del proyecto un ritmo endiablado capaz de influir en el ánimo de un espectador que verá volar delante de sus ojos las poco menos de nueve horas que dura la temporada. Aunque es a partir del tercer episodio cuando la historia toma fuerza, desde el minuto uno el tempo narrativo y la realización trabajan en equipo para engancharnos a las aventuras de los habitantes de Hawkins.




Hasta media decena de subtramas se alternan en el discurrir de estos nuevos ocho episodios. Cada una de ellas con su propia autonomía, tono y solidez suficiente para funcionar de manera independiente. Pero el añadido más interesante de las mismas es que todas hacen referencia a algún clásico del terror y la ciencia ficción de los 70, 80 o 90. En este sentido destacan, sobre todo, la trama protagonizada por Billy como multihomenaje a obras como La Invasión de los Ladrones de Cuerpos, The Blob, The Stuff, La Cosa, Cazafantasmas 2 e incluso Hellraiser o la centrada en unos geniales Steve, Erica, Robin y Dustin como si fueran los personajes de una cinta de John Hughes sumergidos en un remake de Amanecer Rojo (Johm Milius, 1984) con sus adolescentes americanos plantando cara a unos, convenientemente, inútiles soldados rusos mientras hacen apología de los parabienes del capitalismo y las maldades del comunismo por medio del personaje de Erica, uno de los más memorables de la temporada gracias a su locuacidad y verborrea.





Desde el punto de vista técnico Matt y Ross Duffer, Shawn Levy y Uta Briesewitz mantienen la puesta en escena, entre cálida y vibrante, habitual de la serie de Netflix. Aunque es en su recta final donde más se acentúa sobrevuela toda la temporada una sabia amalgama entre espectacularidad estilística y minuciosidad emocional en lo referido a las relaciones interpersonales de los personajes que elevan el proyecto como ya sucediera en las dos anteriores temporadas. El recurrente uso del CGI se antoja algo tosco e irregular en los primeros compases de Stranger Things 3, pero va cogiendo fuerza y solidez a lo largo de los capítulos llegando a momentos de brillantez incuestionable con una oda a la “Nueva Carne” cronenbergiana corporeizada en ese amasijo informe y devorador copando gran parte del protagonismo a lo largo de la trama central. Puede que la ya mencionada ligereza y el tono de Serie B imperante en la temporada resten algo de consistencia a la realización, pero el resultado sigue siendo de nota muy alta y con algunos pasajes para el recuerdo.




En cuanto al reparto sigue haciéndose patente la química y complicidad entre los seis actores principales siendo extensible a otros de los secundarios. Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Finn Wolfhard, Caleb McLaughlin, Noah Schnapp y Sadie Sink son el corazón de Stranger Things, pero por suerte funcionan tanto unidos, como por parejas o interactuando con los roles adolescentes o adultos. David Harbour y Winona Ryder siguen siendo una pareja encantadora, Dacre Montgomery gana mucho protagonismo como Billy, la pareja formada por Natalia Dyer y Charlie Heuton pierde algo de relevancia por el, poco disimulado, arrinconamiento del último en cuanto a la escritura (¿castigo por sus problemas personales?) que lo diluye aunque siga teniendo una notoria presencia en pantalla. Al igual que sucedía en Stranger Things 2 varios de los nuevos fichajes son los que más brillan en esta tercera parte. Mención especial para Alec Utgoff, ese Doctor Alexei de mente prodigiosa contrastando con su carácter infantil y matrícula de honor para Maya Hawke, hija de los actores Ethan Hawke y Uma Thurman, enorme como Robin, un personaje del que es imposible no enamorarse, sobre todo cuando forma equipo con Steve, Dustin y Erica.




Pero, desgraciadamente, no todo son alabanzas hacia esta Stranger Things 3 porque con ella se agrava una afección que ya mostró sus primeros síntomas en la segunda temporada. Una vez más nos encontramos con un producto estructural y conceptualmente casi idéntico a sus dos anteriores entregas. Evidentemente el proyecto ofrece las suficientes dosis de calidad en todos sus apartados para que no nos cause molestia el seguir viendo “más de lo mismo”, pero esta tendencia al subrayado y la redundancia parece confirmar que Matt y Ross Duffer, acompañados de sus colaboradores, ya han explotado al máximo una fórmula que no parece dar más de sí. En ese sentido se antoja casi necesaria la decisión, por parte de sus creadores, de acabar la serie en la próxima temporada porque, más allá de ciertos cambios en cuanto a tono y resoluciones argumentales, esta tercera tanda de episodios es, al igual que la segunda, una revisión de aquella Stranger Things 1 de la que sus máximos responsables no quieren alejarse demasiado por si al probar ideas nuevas pierden el favor de la crítica y el público.




Stranger Things 3 es pura diversión, evasión, emoción y fuego de artificio bien facturado. Es imposible no seguir enamorado de los habitantes de Hawkins comandados por esta pandilla de chicos a los que estamos viendo crecer, madurar, cambiar y recibir los primeros golpes de la vida, que en verdad poco tienen que ver con aperturas dimensionales o poderes piscoquinéticos. Mientras tanto ahí siguen Matt y Ross Duffer, facturando la, para un servidor, temporada menos potente de las tres estrenadas hasta ahora, pero poseedora de unas cualidades, una fuerza visual y un ritmo narrativo vigoroso incuestionable. Unos años 80 repletos de referencias variopintas a Regreso al Futuro (Robert Zemeckis 1985), El Día de los Muertos (George A. Romero, 1985) la serie Magnum (1980-1988) o Terminator (James Cameron, 1984), obra maestra a la que dedican no ya un guiño o una subtrama, sino un personaje completo que hará las delicias de los fans. Tras un final que lo cambia todo, y una escena post créditos que nadie debe perderse, ya sólo queda esperar hacia dónde se encaminaran los Duffer con esa Stranger Things 4 que nos despedirá ¿para siempre? de la tan idílica como peligrosa localidad de Hawkins.


miércoles, 19 de diciembre de 2018

Roma, luz silenciosa



Título Original Roma (2018)
Director Alfonso Cuarón
Guión Alfonso Cuarón
Reparto Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Marco Graf, Diego Cortina Autrey, Carlos Peralta, Daniela Demesa, Nancy García García, Verónica García, Latin Lover, Enoc Leaño, Clementina Guadarrama, Andy Cortés, Fernando Grediaga, Jorge Antonio Guerrero





Después del enorme éxito internacional que supuso Gravity llegando a proporcionarle dos Oscars a mejor dirección y montaje, entre otros galardones, el cineasta mexicano Alfonso Cuarón podría haber elegido el proyecto que hubiese querido dentro del seno de un Hollywood ya definitivamente rendido a sus pies. Cuatro años después y contra todo pronóstico vuelve a su país de origen para rodar una de las películas más, aparentemente, pequeñas y humildes de su filmografía. Recordemos que a pesar de haber trabajado en la televisión de México y gestado allí su ópera prima, Sólo Con Tu Pareja, ya con su segundo largometraje Cuarón debutó en Estados Unidos adaptando la novela A Little Princess de Frances Hodgson Burnett en 1995 y desarrollando por aquellos lares gran parte de su filmografía, salvo algunas excepciones como Y Tu Mamá También con la que, de nuevo, volvía a tierras aztecas a principios de la década pasada.




Roma es, por un lado, una obra en gran parte autobiográfica por parte de Cuarón y por otro un homenaje a Liboria Rodríguez "Libo", la nana que cuidó de él y sus hermanos cuando eran niños en el México de principios de los 70. Con el respaldo de la plataforma de streaming Netflix, un reparto de actores, en su mayoría, desconocidos y un equipo técnico mayoritariamente autóctono tuvo su puesta de largo internacional en el pasado Festival de Cine de Venecia donde se alzó con el máximo galardón, el León de Oro a mejor película y recibió el aplauso efusivo y generalizado de crítica y público, todos ellos encandilados por la última propuesta del director de Hijos de los Hombres. Una vez vista la película  me veo en la obligación de unirme a las alabanzas hacia Roma, no sólo una de las mejores producciones del 2018, puede que la mejor, sino también de las más destacables dentro de la filmografía de su autor.




Localizada en los primeros años de los 70 en la de Ciudad de México y narrando las vivencias de Cleo (Yalitza Aparicio) una criada de origen mixteco que trabaja para una familia de clase media-alta formada por matrimonio, abuela y cuatro hijos Roma se revela como la obra más íntima y personal de Alfonso Cuarón, pero también mucho más que eso si la abordamos desde una perspectiva cinematográfica. Después de mostrarnos la inmensidad espacial con Gravity el octavo largometraje del director de Grandes Esperanzas vuelve a la Tierra para relatarnos una historia mínima en las antípodas de la aterradora deriva en la que se veía sumergida Sandra Bullock en aquel celebrado film de 2013. Los avatares a los que se enfrenta una entregada, tímida y apocada empleada del hogar y su relación con la familia para la que trabaja se convierten en el núcleo central de de la última propuesta del mexicano, pero siendo abordada de una manera inusualmente rompedora no ajena a su impronta autoral previa.




Es ineludible mencionar que los primeros compases de Roma, su planteamiento y desarrollo o las situaciones expuestas no sólo las hemos visto previamente en cientos de ocasiones, sino que destilan cierto aire telenovelesco adherido a las penurias a las que se enfrenta la pobre Cleo y la familia a la que sirve. Esto siempre desde un punto de vista argumental, ya que en el estilístico la obra juega en otra liga muy diferente como veremos a continuación. Pero antes de adentrarnos en el apartado técnico del largometraje huelga decir que la historia contenida en él va ganando enteros, fuerza y dramatismo a medida que el metraje va descontando minutos y, por suerte, sin caer en sentimentalismos burdos o baratos. Todo esto con un Alfonso Cuarón en su faceta de guionista eludiendo el camino más fácil y tomando la decisión de transitar uno menos complaciente, aunque a la larga mucho más enriquecedor para el conjunto de su propuesta cinematográfica.




Pero como ya hemos dejado entrever es la factura técnica la que eleva a la excelencia una pieza como Roma. Desde la secuencia inicial, sabiamente utilizada en el primer trailer de la película, Cuarón deja clara la intencionalidad de abordar su historia con una grandilocuencia visual tan epatante como perfectamente coherente con su discurso. Estas "páginas de una historia" protagonizadas por Cleo son capturadas por un trabajo de fotografía, montaje y realización excelsos, todos ellos apartados en los que el mismo Cuarón es uno de los principales responsables. El cineasta mexicano prescinde en esta ocasión de la mirada de su habitual colaborador, Emmanuel Lubezki, para con la ayuda de Galo Olivares ocuparse del look visual del producto y el resultado es, en ocasiones, difícil de definir con palabras. La dirección de fotografía de Roma es la mejor de lo que llevamos de 2018, una de las más preciosistas de los últimos años y para colmo su ambición estilística no sólo no desentona con el guión, sino que lo potencia hasta niveles insospechados.




Pudiera parecer que la labor de fotografía de Roma es superlativa porque Cuarón decidiría acometerla con su prodigioso uso de la steadycam o la cámara al hombro como pudimos ver en piezas como Children of Men o la ya referenciada Gravity. Pero la realidad es que su trabajo y el de Galo Olivares  no alcanza cotas de maestría por su vivacidad o nervio, sino por lo que captura en el interior de cada uno de sus encuadres. La puesta en escena del mexicano se sustenta principalmente en el paneo como recurso narrativo y leitmotiv visual (se trata de un movimiento capaz de convertir al espectador en un testimonio de primera mano dentro de la historia) los grandes angulares, independientemente si el rodaje es en exteriores o interiores, y un virtuosismo intachable a la hora de aprovechar hasta límites inauditos la profundidad de campo, sobre todo en los escenas localizadas en parajes naturales, como bosques o playas, en los que el objetivo de Cuarón captura instantes de arrebatadora belleza.




Este acabado estilístico permite a Cuarón alternar los ya mencionados encuadres detallistas hasta lo humanamente imposible con el recurso de unos planos detalle perfectamente localizados en el metraje acentuando la visión idealizada e infantil, la del mismo realizador por aquellos años mientras era niño, con la que la obra nos expone todas las situaciones relatadas a través de su guión. En este sentido el director se aferra a una simbología elegante y sutil apelando al subconsciente del espectador mientras nos retrotrae a la etapa mexicana de Luis Buñuel o al discurso de Arturo Ripstein, uno de los alumnos más aventajados del maestro de Calanda. También incide el libreto en enfatizar la diferencia de clases, la falsedad detrás de la  "familia perfecta" y los conflictos sociales y políticos a los que se enfrentaba México a principios de los 70, precisamente por esos jerarquización entre pobres y ricos abordada por Cuarón con cierto distanciamiento, pero también crudeza.




En cuanto al reparto todos interpretan a la perfección los roles que les han sido asignados. Si obviamos a Marina de Tavira, la profesional más veterana y curtida, dando vida a Sofía el resto de actores, niños incluidos, son no profesionales y en su mayoría debutantes delante de una cámara. Pero se antoja inevitable hablar de la inmensa entrega de la protagonista, Yalitza Aparicio, en la piel de Cleo. Con la ayuda de Alfonso Cuarón como guionista y director la intérprete de origen mixteca ofrece por medio de silencios, miradas, gestos mínimos y palabras casi susurradas uno de los mejores trabajos actorales del año. Si ya hemos mencionado que la cámara casi extraterrena del cineasta es uno de los totems sobre los que se sustentan la mayoría de virtudes de Roma la labor de Aparicio es la responsable de que pasajes como los de la tienda de muebles, el alumbramiento en plano fijo o el final localizado en la playa se revelen como pequeñas obras de arte de un dramatismo contenido y sincero.




Cuando quedaban poco más de quince días para que el 2018 nos dijera adiós sin la aparente llegada de otra gran obra que revolucionara el panorama cinematográfico internacional reaparece Netflix y da un puñetazo sobre la mesa con Roma confirmando su excelente evolución en lo referido a la producción propia de largometrajes. Ya en lo referido a la carrera de Alfonso Cuarón nos encontramos con una declaración de amor la "otra gran mujer" de su vida, después de su madre, aquella que le acogió a él y sus hermanos como a hijos recibiendo en Roma justo y merecido tributo. El último trabajo del mexicano universaliza su mensaje homenajeando a todas las Cleos y Liborias del mundo, mujeres abnegadas que dieron todo en una época en la que sus derechos eran casi inexistentes y sus deberes más de los soportables. Por desgracia parece que en ciertos aspectos no hemos cambiado mucho y no hay más que ver las noticias de actualidad para confirmar el largo camino todavía por recorrer para conceder libertad y seguridad a quienes hace años la reclaman sin recibir respuesta.


martes, 10 de abril de 2018

El Misterio de la Dama Blanca, secretos del corazón



Título Original Lady in White (1988)
Director Frank LaLoggia
Guión Frank LaLoggia
Reparto Lukas Haas, Len Cariou, Alex Rocco, Katherine Helmond, Jason Presson, Renata Vanni,  Angelo Bertolini, Joelle Jacobi,  Jared Rushton, Gregory Levinson, Lucy Lee Flippin, Tom Bower,  Jack Andreozzi, Sydney Lassick, Rita Zohar






Ahora que el cine, la televisión, la literatura y el mundo del cómic están recuperando el espíritu de los años 80 con productos como Kung Fury, Stranger Things, Ready Player One o Paper Girls quisiera hablar de una película que nos confirma que los revival no nacieron ayer y que en esa década a la que tanto añoramos también se facturaban productos con motivaciones puramente nostálgicas tratando rememorar tiempos pasados. Para dar fe de ello en esta ocasión vamos a centrarnos en un largometraje hoy un tanto olvidado que merece una adecuada reivindicación, El Misterio de la Dama Blanca o Lady in White, como se la conoce en su idioma original, una producción impulsada a nivel personal por el escasamente prolífico actor, guionista y director estadounidense de origen italiano Frak LaLoggia, convirtiéndose con el tiempo en una pieza de culto en su país de procedencia gracias a su peculiar personalidad como pieza cinematográfica.




En el pequeño y apacible pueblo de Hollow Point durante la víspera de la noche de Halloween del año 1962 el pequeño Frankie Scarlatti (Lukas Haas) es encerrado en un guardarropa del colegio por dos de sus compañeros de clase. Allí confinado y sin posibilidad de salida tendrá la visión del crimen de una niña pequeña que fue asesinada años antes en ese mismo emplazamiento. Como resultado de dicho suceso se realizó la detención del conserje, un hombre de raza negra, que fue encarcelado por ello dándose posteriormente por cerrado el caso. A partir de ese momento y acompañado por su hermano mayor, Geno (Jason Presson) Frankie hará todo lo posible por encontrar al verdadero asesino de la niña aparecida y con ello devolverle la paz para que pueda abandonar nuestra realidad, pero es posible que el desenmascaramiento del auténtico perpetrador cueste muy caro a nuestro protagonista.




Para que un desconocido como Frank LaLoggia pudiera producir, escribir, dirigir e incluso intervenir en la composición de la banda sonora de El Misterio de la Dama Blanca recibió la inestimable ayuda de su primo, Charles LaLoggia, un analista de acciones de la bolsa neoyorquino que fundó la productora New Sky Communications exclusivamente para financiar y poner en marcha el rodaje de la obra cinematográfica que nos ocupa. De esta modo el autor tuvo el control total del material que tenía en entre manos, algo lógico si tenemos en cuenta que nació completamente bajo su amparo inspirándose en una amalgama entre recuerdos su propia infancia y la famosa leyenda urbana de la Dama de Blanco que LaLoggia adapta al tono y el estilo del relato que quiere narrarnos, sustentado en una mixtura genérica en la que vamos a ahondar humildemente en la siguiente entrada. Aunque con respecto a esto también es de recibo mencionar que años después editó un montaje del director del film, el mismo que comenta un servidor en esta entrada.




Lady in White, como acabamos de apuntar, a modo de pieza fílmica abarca una mixtura de géneros bastante ecléctica que contra todo pronóstico funciona notablemente bien. Por un lado es un drama nostálgico construido sobre remembranzas del pasado de su autor localizadas en su infancia, por otro es una historia de misterio, adentrándose en ocasiones en el terror, con todo lo referido a la presencia de entidades extracorporeas y la investigación relacionada con el asesinato de la niña fantasma y por último encontramos una notable pátina de comicidad centrada en los personajes de los abuelos de Frankie, un matrimonio de italianos adentrados en la tercera edad que se encuentran en una continua situación de enfrentamiento que no sólo aporta varios pasajes divertidos al conjunto del proyecto, también denota el profundo cariño y el grato recuerdo que Frank LaLoggia guarda hacia dicha pareja de personas tan importantes en sus primeros años de vida.




Toda la obra cinematográfica está abordada como si de una mezcla entre cuento de hadas y relato iniciático se tratase. Con un pie en Matar a Un Ruiseñor, tanto en la novela original de Harper Lee como la inolvidable adaptación a manos de Robert Mulligan, en lo referido al contexto social y los prejuicios raciales de una localidad cegada por la venganza o el dolor y el otro en la impronta de autores literarios como Stephenk King o Michael Ende en lo concerniente a los pasajes oníricos o sobrenaturales El Misterio de la Dama Blanca está abordada como una pieza en la que su autor ha puesto verdadero corazón y demostrando una especial destreza para ejecutar imágenes de una sencilla, pero desarmante, belleza que atraviesan la pantalla, aunque en algunos aspectos el acabado estilístico de ciertos momentos han quedado anticuados o transmitiendo cierto tono kitsch que, después, de todo no hacen especial daño al conjunto del film.




Se antoja paradójico que un realizador primerizo como LaLoggia sea capaz de abordar el material que tiene entre manos, no sólo con una construcción narrativa más que decente, sabiendo medir los tiempos, dar cierta profundidad a los personajes, manteniendo el misterio con respecto a la trama criminal o apelando a un mensaje más conciliador y compasivo que vengativo o reaccionario, sino también construyendo un trabajo como cineasta realmente encomiable, sustentándose en la excelente dirección de fotografía o la etérea banda sonora y potenciando todos los pasajes nostálgicos con una puesta en escena que convierte el film en una especie de sueño en el que se dan la mano tonalidades que tan pronto exponen en pantalla situaciones que son pura magia como la escena de Frankie y la niña al pie de la tumba con otras que transmiten genuina inquietud como el pasaje que tiene lugar en el campo de tiro con arco o todo el clímax final en la casa.





Otra muestra más de lo avispado que fue Frank Laloggia a la hora de poner en marcha su segunda película detrás de las cámaras fue la elección de todo el reparto y especialmente de su actor protagonista. Lukas Haas, que por aquel entonces contaba con poco más de once años y sólo un papel importante en Único Testigo, transmite con un encanto que derrite el objetivo de la cámara ese aire naif, dulce, encantador y candoroso que el papel de Frankie solicita. Él es el epicentro del relato, con su naturalidad y destreza consigue que nos encandilemos de él, que nos compadezcamos de su situaciones o que temamos por su integridad física y psicológica, algo con lo que juega de manera muy maliciosa, pero con harto éxito, el director en las escenas del armario o la del coche en la ya citada secuencia en el campo de tiro con arco. Por suerte el buen hacer del cast no termina con el futuro actor de Brick o Last Days y se extiende a los secundarios.




Ya hemos citado que el guión de El Misterio de la Dama Blanca trata de perfilar unas criaturas que se alejen de la unidimensional y con varias de ellas los consigue. Los dos mejores personajes, abordados por los dos mejores actores, son Angelo Scarlatti, el padre de Frankie, y Phil Terragarossa, el mejor amigo de este, ambos transitando por caminos distintos como la integridad y la melancolía el primero o el carisma y la ambigüedad el segundo, ofreciendo el dúo un trabajo de nota. Jason Presson da vida con acierto a Geno Scarlati, el en principio abusivo y después cómplice hermano mayor de Frankie que le ayudará en su complicada misión compartiendo una destacable química con él. Finalmente debemos hacer parada en Renata Vanni y Angelo Bertoni, los abuelos del protagonista que se revelan como la vía de escape humorística del film, dos roles tan simpáticos, como cargantes en algunos pasajes del film, que después de todo se ganan el corazón de la platea.





Después de su estreno El Misterio de la Dama Blanca fue un considerable fracaso de taquilla recibido con más bien tibieza por la prensa especializada y sepultando de esta manera prematuramente la potencial carrera como cineasta de Frank LaLoggia que sólo volvería a ponerse detrás de las cámaras con Posesión Maldita (Mother) una cinta de terror protagonizada por Diane Ladd y Olympia Dukakis estrenada directamente para la televisión. No sabemos si con el paso de los años hubiéramos asistido a la filmografía de un profesional por el que hubiera merecido la pena invertir el tiempo y el dinero, pero de lo que sí podemos estar seguros es de que Lady in White es una cinta que merece ser recuperada por la sensibilidad y el cariño con el que su ideólogo la construyó, anteponiendo su necesidad de contar una historia nacida de sus recuerdos de infancia a cualquier otro interés económico o artístico, dejando así un pequeño trozo de su vida atrapado en celuloide que  podremos disfrutar y revisitar para siempre.


lunes, 22 de enero de 2018

Insidious: La Última Llave





Título Original Insidious: The Last Key (2018)
Director Adam Robitel
Guión Leigh Whannell
Reparto Lin Shaye, Angus Sampson, Leigh Whannell, Josh Stewart, Caitlin Gerard, Bruce Davison, Kirk Acevedo, Javier Botet, Spencer Locke, Tessa Ferrer, Ava Kolker, Marcus Henderson





Cuarta entrega de la exitosa saga de terror Insidious ideada por el cineasta James Wan junto al guionista y actor Leigh Whannell, ambos originarios de Australia y autores de otra famosa franquicia adscrita a una vertiente diferente de este género como es esa Saw que volvió a las carteleras de todo el mundo el pasado año 2017 con Jigsaw, su octava entrega. En el año 2010 ambos colaboradores idearon una humilde propuesta llamada Insidious que no dejaba de ser una especie de totum revolutum en el que se condensaban influencias de todo tipo de horror movies como El Resplador, El Exorcista, Poltergeist o La Semilla del Diablo (Rosemary’s Baby) con una más que notable eficacia. Con un presupuesto humilde y un excelente reparto formado por Patrick Wilson, Rose Byrne, Barbara Hersey o Lin Shaye entre otros la cinta supuso una agradable sorpresa que revelaba al director de Silencio Desde el Mal (Dead Silence) como un excelente narrador que sabía reformular los tópicos del género de terror para ofrecer productos tan estimulantes como efectivos. La secuela llegó dos años después y la misma daba inicio justo cuando terminaba la primera parte ofreciendo una pieza no tan redonda como su predecesora, pero lo suficientemente bien ejecutada como para ser merecedora del buen recibimiento que consiguió tras su estreno. En cambio con la tercera película comenzaron los cambios notables dentro de la saga.




James Wan abandonaba la silla de la dirección debido a que por aquel entonces estaba saturado de trabajo viéndose implicado como realizador en la séptima entrega de Fast & Furious y la segunda de Expediente Warren (The Conjuring), su otra exitosa gallina de los huevos de oro dentro del cine de terror que a su vez dio a luz otra a modo de spin off centrada en la diabólica muñeca Annabelle. Ante esta decisión su compañero al guión, Leigh Whannell, tomaba las riendas de la dirección poniéndose por primera vez detrás de las cámaras en labores de jefe de orquesta con Insidious: Capítulo 3, decente continuación que esta vez localizaba sus acontecimientos antes de los acaecidos en película primigenia convirtiendo el film en la primera precuela de la saga. La ópera prima como cineasta de Leigh Whannell seguía los pasos de tres de los personajes secundarios más memorables de las dos primeras Insidious, el grupo de parapsicólogos formado por la medium Elise Reiner (Lin Shaye) y sus colaboradores Specs (Leigh Whannell) y Tucker (Angus Sampson) mientras investigaban el caso de una adolescente aparentemente poseída por una entidad sobrenatural. De nuevo Insidious funcionaba en la taquilla a nivel global y sus ideólogos vieron el filón para poder seguir ofreciendo nuevos capítulos sin tener que dar continuación a lo sucedido en el segundo film.




Esto nos lleva al recién estrenado 2018 y a la llegada de la cuarta entrega Insidious: La Última Llave, esta vez con un nuevo profesional, Adam Robitel (The Taking of Deborah Logan), haciéndose cargo del proyecto como cineasta y el habitual Leigh Whannell en labor de guionista. Nuevamente nos encontramos con una secuela centrada en Elise, Specs y Tucker, pero esta vez localizada solo unos meses antes de la primera Insidious y con los tres investigadores de lo paranormal implicándose en un caso que tiene lugar en la casa donde la ya citada medium pasó su infancia y adolescencia, junto a sus padres y su hermano Christian, bajo el violento yugo de su maltratador progenitor y dando por aquel entonces las primera muestras de sus peculiares poderes percibiendo la presencia de lo que parecían fantasmas que pululaban por el inmueble y a los que sólo ella podía ver. Contra todo pronóstico lo que apuntaba ser un nuevo capítulo de la franquicia sin más añadidos se convierte en un interesante análisis de comportamientos humanos mucho más realistas y asentados en lo mundano de lo que pudiera parecer dando a luz una atípica cinta que manteniendo el legado de sus predecesoras trata de relatarnos algo más profundo que una simple historia de terror.




Hasta este momento los tres capítulos previos de Insidious, aunque con algunas variantes entre unos y otros, eran una amalgama de influencias, homenajes y lugares comunes condensados con eficiencia para ofrecer algo al espectador que aunque cien veces visto funcionaba por la eficacia técnica y la solidez narrativa de sus artífices, sin facturar productos originales pero sí edificantes desde un punto de vista cinematográfico de género. Sería de necios negar que con Insidious: La Última Llave no sucede lo mismo, que Adam Robitel y Leigh Whannell toman como inspiración cintas previas alimentándose de ellas para unificarlas en un mismo todo y crear una pieza que sepa jugar bien con la referencialidad y la coherencia fílmica dentro de un microcosmos ya bien asentado después de tres entregas. Pero lo que llama la atención es que mientras las anteriores Insidious mamaban de Terror en Amytiville, Al Final de la Escalera (The Changeling) o Pesadilla Diabólica (Burnt Offerings) esta lo hace de Martyrs o Twin Peaks: Fuego Camina Conmigo utilizando la temática de casas encantadas, secuestros, torturas y posesiones demoníacas para realizar una alegoría sobre todo lo putrefacto que anida bajo la familia media americana confirmándonos que lo que acontece dentro de las cuatro paredes de un hogar pueda ser un secreto indescifrable para el resto de los mortales ajenos a dicha consanguinidad.




De esta manera el tándem formado por Adam Robitel y Leigh Whannel alterna con pericia las dos vertientes genéricas sobre las que se sustenta el entramado de Insidious: La Última Llave dando forma a una obra inesperadamente híbrida. Por un lado el tono de película de terror adscrito a los preceptos previamente asentados dentro de la saga Insidious por James Wan durante los inicios de la misma están ahí por medio de un adecuado uso de la atmósfera, los juegos de luces y sombras, la dirección de fotografía y la sugestión de cara al espectador, aunque el realizador en ocasiones cae en la trampa de ejecutar los famosos “jumpscares” por medio de innecesarios golpes de banda sonora, cuando en esta franquicia las secuencias más efectivas en cuanto a inquietar a la platea siempre eran las más visuales y las que jugaban con el in crescendo de tensión. Por otra parte encontramos un estimable poso dramático relacionado con la violencia en el seno familiar, los malos tratos a manos de uno de los progenitores y el miedo o el silencio del resto de miembros con respecto a estos hechos y aunque los mismos sean abordados desde una perspectiva sobrenatural y una terminología ficcional sus autores plantean temas interesantes con respecto a dicha temática enriqueciendo un poco más el relato al que están dando forma sin que por ello tampoco podamos hablar de un proyecto de profundo calado, ya que seguimos encontrándonos ante una cinta de género que sólo busca entretenimiento puro y duro.




Aunque evidentemente, y como era de esperar, es el terror el que prima en la propuesta que supone Insidious: La Última Llave es en ese subtexto dramático en el que Adam Robitel y Leigh Whannell se hacen fuertes focalizando todo el protagonismo en el personaje de Elise (una Lin Shaye que mejora en cada nueva entrega y en esta se muestra sencillamente espectacular, convirtiéndose en el corazón de la franquicia) no sólo marcando con un tono que alterna el terror con los apuntes de comedia que habitualmente añaden los personajes de Specs y Tucker en el presente, sino abordando la infancia de la medium por medio de flashbacks con un inteligente juego de espejos en el que los autores del largometraje subvierten los preceptos propios del género haciendo que lo que suponemos hechos sobrenaturales posiblemente no lo sean tanto afirmando de manera tácita que el mal más puro y corruptor pertenece a nuestra realidad y no a otros planos extraterrenales apelando así a discursos dentro de este tipo de celuloide cultivados en los años 70 con ese “terror rural y urbano” en el que autores como Tobe Hooper o Wes Craven con piezas clave como La Matanza de Texas o Las Colinas Tienen Ojos respectivamente pusieron nuestros miedos más atávicos en la “casa de al lado” en esa familia a la que considerábamos normal y corriente sin saber que eran el resultado de los peores instintos de nuestra sociedad y una alienación de corte inhumano por culpa de un progreso que les dio las espalda o los pisoteó impunemente.




Más allá de ese interesante subtexto Insidious: La Última Llave contiene prácticamente todas las señas de identidad de la saga con parapsicólogos, entidades extracorporeas, seres diabólicos que buscan poseer a adolescentes inocentes, casas malditas, ese “Más Allá” que se ha convertido en un personaje más, secuencias de terror notablemente bien ejecutadas centradas en la inquietante criatura a la que da vida de manera sublime nuestro Javier Botet aunque, como previamente hemos apuntado, en ocasiones recurran al susto fácil, tres protagonistas a los que hemos ido tomando cierto aprecio a lo largo de los años y un fin de ciclo más o menos claro ya que esta última entrega termina enlazando con la primera Insidious y la última escena dedicada al personaje de Lin Shaye suena a despedida o eso al menos parece. Con esta cuarta entrega indudablemente Leigh Whannell y James Wan siguen explotando su rentable producto sin intención de darle un final a corto plazo, pero lo cierto es que como “serial cinematográfico” funciona bastante bien, trata de ofrecer propuestas interesantes y sobre todo sigue siendo rentable para sus responsables, que en Hollywood es lo importante. Mientras esperamos qué se inventan los dos autores australianos para seguir sacando partido de esta Insidious antes de su continuación nos espera la película spin off de The Nun y la tercera parte de Expediente Warren (The Conjuring) de modo que por lo que parece tenemos terror a manos de la “factoría James Wan” para rato.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Stranger Things 2, ¿truco o trato?



"Lo que sea que está pasando, está extendiéndose desde este sitio" 




El estreno de la primera temporada de Stranger Things en la plataforma de streaming Netflix el pasado 2016 fue uno de los acontecimientos del año. La serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer se adscribía a la ola imperante de nostalgía por el cine comercial americano de los años 80 y amalgamaba en su impronta referencias que iban desde Los Goonies a La Cosa, pasando por la literatura de Stephen King o las producciones de la Amblin de Steven Spielberg. La historia estaba protagonizada por una pandilla de niños residentes en la ciudad ficticia de Hawkins y el posterior descubrimiento de una organización secreta del gobierno que había utilizado como cobaya humana a una misteriosa pequeña a la que se conoce simplemente por “Eleven”, el número que tiene grabado en su brazo, y que pronto daba muestras de poseer poderes sobrenaturales. El relato de los Duffer funcionaba de manera impecable gracias a la cohesión que daban a su ingente cantidad de referencias ficcionales por medio de un guión muy bien estructurado y un reparto en el que tanto los actores adultos como los infantiles se encontraban en un innegable estado de gracia. Aunque el estreno de Stranger Things fue un enorme éxito, antes del mismo Netflix ya había dado el visto bueno a los hermanos Duffer para empezar a idear una segunda temporada ofreciendo de este modo los responsables de dicha empresa una confianza ciega en el proyecto. Poco más de un año después, el pasado 27 de octubre, la segunda temporada de la serie fue subida íntegramente a la plataforma y después de haberla visto ya podemos dar un veredicto sobre ella.




Con respecto a esta segunda temporada Matt y Ross Duffer no se han complicado la vida y han ido a lo seguro realizando un émulo más que notorio de la primera tanda de episodios, en ocasiones casi antojándose un remake de aquella debido a la reutilización de conceptos, tramas y hasta señas de identidad que fueron celebradas por los fans en 2016 durante el debut de la serie y que aquí vuelven a hacer acto de presencia. En este sentido el producto pierde el encanto del factor sorpresa, la ruptura singular que supuso la producción a la hora de ofrecer una pieza fresca y multiforme que conseguía emulsionar un producto de calidad más allá del contexto espaciotemporal en el que se desarrollaba el relato que en él nos era narrado. Desde esta perspectiva podemos afirmar que no hay nada nuevo en el horizonte, sólo la repetición de una formula exitosa que el año pasado funcionó a las mil maravillas y que tanto los responsables del show como los productores del mismo han tratado de duplicar de la manera más fiel posible. Por suerte donde si han cambiado las cosas notablemente en Stranger Things es en su apartado técnico, que cuenta en esta ocasión con unos medios considerablemente mayores para que los Duffer desplieguen todo su imaginario visual y argumental.




El aumento de presupuesto para esta Stranger Things 2, y que ya se vislumbraba en los trailers promocionales de la temporada, hace que la puesta en escena de los Duffer no se diferencie demasiado de la de cualquier producción cinematográfica hollywoodiense y gracias a ello los hermanos pueden ser mucho más ambiciosos a la hora de dar forma en imágenes lo que previamente habían ideado en papel y esta vez sin las restricciones que tuvieron que acatar durante la primera temporada. Desde la disponibilidad de muchas más localizaciones, pasando por la utilización más asidua de grandes angulares, tomas a vistas de pájaro o planos cenitales y llegando al diseño de unos excelentes efectos especiales en los que destacan un maquillaje concienzudamente elaborado y unos CGI muy superiores a los de la anterior temporada (que tampoco eran desdeñables) y que son ejecutados sabiamente como a la hora de dar vida a D’Artagnan, donde la dosificación del pixel juega a favor de la creación del susodicho y su implicación en la narración. Al igual que en la primera temporada Shawn Levy (Noche en el Museo) y en esta ocasión también Andrew Stanton (John Carter) y Rebecca Thomas (Electric Children) toman el relevo de los Duffer en algunos episodios y manteniendo el look visual impuesto por estos acometen con profesionalidad su labor en la realización.




En esta ocasión es en el guión donde encontramos el mayor fallo de Stranger Things 2 y aunque dicha deficiencia no hiere de muerte al conjunto de la temporada sí se antoja como una inclusión tan innecesaria como evitable. Aunque la historia se toma su tiempo para arrancar mientras trata de contextualizar en qué situación se encuentran los personajes un año después de lo acontecido en la primera temporada los Duffer consiguen captar nuestra atención desde el mismo arranque y a partir de ahí comienzan a construir dos tramas paralelas que en la recta final convergerán en una sola, la primera centrada en todo el grupo de amigos de Hawkins y tomando a Will como epicentro del relato y la segunda centrada en Eleven y su evolución como rol de capital importancia en el programa. Ambas tramas discurren adecuadamente con un desarrollo adecuado y coherente hasta que llegamos al séptimo episodio y la inclusión del grupo de Kali. Presentada en el cold opening del primero episodio, olvidada hasta más de la mitad de la temporada, y recuperada en el capítulo The Lost Sister toda la historia del personaje de Linnea Berthelsen y su grupo de punks delincuentes no sólo rompe el ritmo de lo que hasta ese momento había acontecido, sino que se revela de cara al espectador como una entrega totalmente desubicada en el contexto de la temporada con la única excusa de dar una nueva profundidad a Eleven que podía haber experimentado previamente con un hecho mucho más importante como fue encontrar a su madre.




Una vez más son los personajes y los actores los que consiguen dar alma y corazón a Stranger Things y dicha responsabilidad recae en un reparto cada vez más cohesionado que en esta ocasión se ha visto reforzado por nuevos fichajes que no desentonan con el conjunto del casting. Mientras Gaten Matarazzo, Finn Howard y Caleb McLaughlin mantienen el carisma y la química que ya se dejaban notar en la primera temporada esta vez es Noah Schnapp, que se ausentó casi toda la primera tanda de episodios, el que se desquita dando todo un recital interpretativo como Will. En cuanto a los nuevos fichajes muy bien Sadie Sink como Max, esforzado Dacre Montgomery como Billy, notable Paul Reiser en la piel del Doctor Owens y entrañable Sean Astin como Bob Newby, uno de esos personajes que en principio parece ser algo que finalmente no es. Pero para el que esto firma los dos actores que mejor interactúan en pantalla y que más pasajes memorables comparten son David Harbour y Millie Bobby Brown componiendo una muy creíble relación paternofilial entre Jim Hooper y Eleven en la que ambos actores se marcan un tour de force para quitarse el sombrero y que puede considerarse uno de los mayores aciertos de la temporada. Con respecto al resto mencionar que Winona Ryder está mucho más contenida, y creíble, que en la temporada anterior y que la, muy bien perfilada, relación entre los personajes de unos cómplices Natalia Dyer y Joe Keery deja un poco arrinconado a Charlie Heaton, algo que posiblemente utilicen como excusa los Duffer para eliminar a Jonathan de la serie si no se soluciona lo de su reciente polémica.




Tomando esta vez como referentes producciones adscritas a Steven Spielberg como Encuentros en la Tercera Fase, E.T o Gremlins, convirtiendo en cada vez más obvios sus homenajes a los años 80 (la explicitud con Los Cazafantasmas e incluir en el reparto al protagonista de Los Gooines y al secundario más insufrible de Aliens: El Regreso denota poca sutilidad) y con algunos fallos de guión previamente apuntados Stranger Things 2 consigue superar todos sus obstáculos para mostrarse de cara a los espectadores como un producto tan bueno o incluso mejor que su predecesor. Ya hemos apuntado que Ross y Matt Duffer han utilizado una plantilla para parir un hermano casi gemelo de lo que ya podemos llamar Stranger Things 1, pero la labor de ambos en la escritura y la realización así como la implicación de un reparto al que a estas alturas ya hemos cogido un incalculable cariño consiguen que nos encontremos con una de las propuestas audiovisuales más satisfactorias de un año en el que las series de televisión, o plataformas digitales, nos han ofrecido material de alta calidad como Twin Peaks: The Return, Mindhunter, The Handmaid’s Tale o The Deuce dando claros síntomas de que la ficción estadounidense todavía mantiene una más que notable salud con respecto a ejecutar trabajos que muestren las suficientes inquietudes artísticas como para ser considerados piezas tan edificantes como respetables, aunque en un caso como el de Stranger Things 2 no deje de ser puro entretenimiento con sus altas dosis de nostalgia.