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miércoles, 25 de octubre de 2017

La Llamada



Título Original La Llamada (2017)
Director Javier Ambrossi y Javier Calvo
Guión Javier Ambrossi y Javier Calvo, basado en su obra de teatro
Reparto Macarena García, Anna Castillo, Belén Cuesta, Gracia Olayo, Richard Collins-Moore, María Isabel Díaz, Secun De La Rosa, Víctor Elías, Esti Quesada




El génesis de un proyecto como La Llamada es bastante particular. Los actores Javier Ambrossi (Cuéntame Cómo Pasó) y Javier Calvo (Física o Química) trabajaban como camareros en un bar del barrio madrileño de Chueca llamado Válgame Dios y allí mientras servían copas y se lamentaban por no encontrar trabajo como intérpretes decidieron, con la complicidad de las actrices Belén Cuesta y Macarena García (esta última hermana de Ambrossi), escribir una obra de teatro musical sobre fe, amor y amistad que tenía lugar en un campamento llamado “La Brújula” regido por un convento de variopintas monjas. Lo que nació en 2013 como una pequeña obra de teatro de humildes aspiraciones se convirtió al poco tiempo en un éxito que incluso rebasó las barreras españolas atrayendo a todo tipo de espectadores que se quedaron enamorados con la peculiar historia narrada entre canciones Whitney Houston y loas al altísimo a ritmo de reggaeton. El triunfo fue tal que Enrique López Lavigne, máximo responsable detrás de la productora Apache Films, propuso a Ambrossi y Calvo realizar una versión cinematográfica de La Llamada con el mismo reparto de la pieza teatral y el resultado es una de las mejores películas patrias del 2017 que extiende al mundo del séptimo arte la originalidad de la propuesta nacida en las tablas por parte de la pareja de jóvenes guionistas y directores.



De este modo la versión cinematográfica de La Llamada está protagonizada por María (Macarena Gómez) y Susana (Anna Castillo) dos amigas aficionadas a la fiesta y el desfase que están pasando el verano en el campamento segoviano La Brújula bajo la supervisión de un grupo de monjas comandado por la hermana Bernarda (Gracia Olayo) y la hermana Milagros (Belén Cuesta) mano derecha de la primera y consentidora de los excesos de los dos personajes principales. Después de escaparse de madrugada para asistir a un concierto de “electrolatino” y despertarse tarde al día siguiente María y Susana son castigadas por la hermana Bernarda a quedarse solas en el campamento con ella y con Milagros mientras el resto de sus compañeras se van de excursión. Lo que apuntaba a ser un fin de semana aburrido comienza a tornar en un par de jornadas surrealistas cuando a María comience a aparecérsele por las noches un señor vestido con un traje de lentejuelas que le canta canciones de Whitney Houston. Todo apunta a que este individuo es el mismo Dios que ha elegido a María para que cumpla una misión divina que ella no consigue descifrar, pero que trastocará para siempre la apacible y rutinaria vida del campamento La Brújula y sus moradores.




Hacía años que un servidor no encontraba una propuesta tan original, divertida y vitalista dentro del cine español reciente. Todo parte, evidentemente, del guión de Javier Calvo y Javier Ambrossi que nació en las tablas y ha sido adaptado al medio cinematográfico de manera ejemplar. Ambos autores consiguen algo inusual en los tiempos que corren, transmitir un mensaje en favor de la fe y la religiosidad con el que las nuevas generaciones puedan indentificarse eludiendo todo lo de adoctrinador y dogmático que pueda haber en el cristianismo. Los escritores y realizadores afirman que la método más efectivo para que los creyentes puedan llegar a Dios no es por medio del rezo, el recogimiento o el celibato, sino dando rienda suelta al amor, la amistad, el talento y sobre todo la música, sin importar que esta este representada por temas de una diva como Whitney Huston o un corte reaggetonero de Henry Méndez. Sirva como declaración de intenciones la imagen que los guionistas y cineastas dan de Dios con ese Richard Collins Moore (El Segundo Nombre) de potente voz que parece una mezcla de cantante de góspel y decadente showman de Las Vegas que encandila a la platea desde su primera aparición en pantalla.




Pero más allá de que el guión esté perfectamente estructurado, respete la esencia de la obra teatral y ejecute en sesión continua diálogos chispeantes, son las cuatro actrices protagonistas, y el resto de secundarios, las que dan alma y corazón a La Llamada. Desde una Mácarena García de mirada brutalmente sincera a una Anna Castillo alejadísima del papel que le dio la fama (El Olivo) pasando por una deliciosamente llorosa Belén Cuesta y llegando a una pletórica Gracia Olayo en el papel de su vida, todo el peso recae sobre este cuarteto en estado de gracia que después de cuatro años dando vida a sus papeles en las tablas los conocen al milímetro y saben exprimirlos hasta lo indecente com un dechado de naturalidad, carisma, entrañabilidad y magia que les permite cantar, bailar, llorar, reír y que todo se transmita con apabullante facilidad a una patio de butacas que desde el minuto uno de metraje cae rendido ante los encantos de estas mujeres que demuestran que Javier Ambrossi y Javier Calvo poco tienen que envidiar a Pedro Almodóvar (fan declarado de la película, por cierto) como director de actrices a las que explotan al máximo para que ofrezcan su mejor cara a la hora de hacer su labor delante de las cámaras.




Con unos directores debutantes que demuestran una inusual soltura como jefes de orquesta y una labor como guionistas muy remarcable trabajando para crear la sólida estructura en la que sus enormes actrices protagonistas puedan sustentar su excelente trabajo interpretativo La Llamada es una de las propuestas patrias más interesantes y atípicas del 2017. Una pieza recomendable para espectadores de cualquier edad, condición sexual, creencia (e incluso ateos, como el que esto firma) que se revela finalmente como una oda a las ganas de vivir, al carpe diem, a la fe en todas sus formas (no sólo la religiosa) transmitiendo una luminosidad que atraviesa la pantalla gracias a su naturaleza sincera, humilde y cercana como producto de ficción que sin pretensiones ni aspiraciones que fueran más allá de entretener al público desde el teatro o las salas de proyección ha conseguido convertirse en un pequeño fenómeno tan efectivo que ha superado el trasvase de un medio a otro, no sólo manteniéndose fiel a sí mismo, sino también alcanzando nuevas cotas de calidad y magia en su triunfal salto a la pantalla grande con un lema, “lo hacemos y luego ya vemos”, que sintetiza magistralmente el mensaje de una pieza que confirma la buena salud de las nuevas generaciones de cineastas españoles que regularmente se dejan caer por nuestras carteleras.



jueves, 25 de abril de 2013

Killer Joe, a fucking bunch of rednecks



Título Original Killer Joe (2011)
Director William Friedkin
Guión Tracy Lets basado en su obra de teatro
Actores Matthew McConaughey, Emile Hirsch, Thomas Haden Church, Gina Gershon, Juno Temple






William Friedkin es junto a cineastas como Tobe Hooper o Peter Medak (curiosamente los tres curtidos en el cine de terror, o teniendo dentro de ese género algunos de sus mayores éxitos) uno de esos directores surgidos en los 70 que no supo estar a la altura de sus primeros y remarcables trabajos una vez le llegó la fama (ganando incluso un Oscar por su trabajo en la inolvidable French Connection). A lo largo de los años ha ofrecido productos que por desgracia nunca llegaron a la excelencia de la ya mencionada obra protagonizada por Gene Hackman o la de El Exorcista, su obra más conocida y todo un clásico no ya sólo del cine de terror sino del séptimo arte en general.




La Tutora (The Guardian), The Hunted, A la Caza (Cruising) o Vivir y Morir en Los Angeles podían ser obras más o menos acertadas con tantas virtudes como defectos pero Friedkin nunca volvió a ser el mismo tras coquetear con las posesiones demoníacas en 1973. Killer Joe se estrenó en el año 2011 en el festival de Venecia aceptando una acogida más bien tibia. La cinta recibió en USA la temida calificación NC-17, que impide el paso de menores de edad (a diferencia de la calificación R que permite la presencia de los mismos si van acompañados de adultos) en las salas cinematográficas que la proyectan . Como siempre con otras obras "marcadas" con esa calificación moral (Crash, Shame) la misma le ha sido impuesta, no por las escenas de brutal violencia contra niños o mujeres, sino por los intolerables y malvados desnudos integrales de algunos de sus agraciados actores, faltaría más.




La cinta está protagonizada por Matthew McConaughey, Emile Hirsch, Thomas Haden Church, Gina Gershon y la joven Juno Temple. El resultado, aún teniendo varios aciertos que más tarde pasaré a enumerar, es fallido y no volverá a subir a Friedkin a los altares del éxito que saboreó antaño. Son demasiados lastres, fallos y malas elecciones como para que Killer Joe pueda ser tildada como una buena obra cinematográfica. Sus errores de bulto estilísticos y argumentales hacen que si bien en su primera mitad la historia, sin contar nada nuevo ni demasiado interesante, se mantenga en pie gracias a cierta solidez narrativa y la profesionalidad de su director en la recta final mande al traste muchos de los hallazgos que el producto había ido construyendo con mesura y hasta cierta personalidad.




Ansel (Thomas Haden Church) y Chris Smith (Emile Hirsch), padre e hijo, deciden contratar a Joe Cooper (Matthew McConaughey) apodado "Killer Joe", un agente de policía de Texas que se saca un sustancioso sobresueldo como mercenario, para que asesine a la matriarca de la familia que ya no vive con ellos. La intervención de Sharla (Gina Gershon)  actual novia de Ansel, la presencia y uso como moneda de cambio de Dottie (Juno Temple) la inestable hija adolescente de la familia y la peculiar personalidad del mismo Joe los embarcará a todos en el infierno en el que se convertirá lo que en principio parecía un trabajo sencillo y carente de excesivos problemas.




Killer Joe mezcla el thriller sórdido, con el cine noir y la comedia de humor políticamente incorrecto y el resultado deja que desear en bastantes aspectos más por sus personajes y resoluciones argumentales que por otra cosa. El largometraje está basado en la obra teatral de Tracy Lets (él mismo escribe el guión) y como obra cinematográfica cae desde el principio porque sus protagonistas son un atajo de imbéciles egoístas, interesados, criminales y estúpidos con los que el espectador no puede empatizar lo más mínimo. Esto confirma que desde los primeros compases del film nos importa más bien poco lo que le pueda pasar a esta peculiar familia de garrulos sureños.




Aún así Friedkin echa mano de su soltura como artesano, sus años de profesionalidad y sabe exponer en imágenes un guión simple y mil veces visto pero aún así aceptable, así como a un grupo de actores que no lo hace nada mal, llegando alguno de ellos (su protagonista, por ejemplo) a realizar un trabajo de nota hasta que en el clímax final del producto no sólo se desdibuja toda su personalidad, también se rompe el tono del proyecto y se mandan al carajo la mayoría de aciertos que el director de Reglas de Compromiso había construido. Pero de esa resolución final (que empieza muy bien y acaba en despropósito) hablaré más tarde.




A lo largo del film sólo vemos a un grupo de palurdos sin escrúpulos que únicamente miran por su propio interés personal y monetario. Todos los personajes transmiten indiferencia, pena o asco (el de un acertado Emile Hirsch es especialmente abofeteable) y sólo el de Dottie (el único personaje inocente de la velada al que da vida una dulce Juno Temple) consigue que nos apiademos un poco de él. La trama está llena de situaciones que enfatizan la estupidez inherente en este núcleo familiar desestructurado buscando el guión en muchos momentos (conisguiéndolo en algunos pero en otros no) la risa cómplice de un espectador que confirma sin ningún género de dudas que algo muy podrido debe haber dentro de la familia media/baja del sur de los Estados Unidos para que actúe conjuntamente de esta manera.




La aparición de Joe Cooper desestabiliza la ya de por sí poco estable familia Smith. Matthew McConagey realiza sin lugar a dudas el mejor trabajo de su carrera. Killer Joe es el típico sureño venido a más, policía por el día, asesino a sueldo al anochecer, elegante, con acento tejano pero sin deje pueblerino y modales exquisitos que ocultan tras una fachada totalmente normal a un psicópata desalmado. El protagonista de Amistad apela a la contención, los gestos, el tono de voz lento y claro, nunca se entrega al exceso o a lo chabacano (ni cuando la trama se adentra en los terrenos de la pedofília) regalando al espectador lo que antes de la media hora del final del proyecto parece uno de esos villanos cinematográficos para no olvidar.




Pero entonces Friedkin se embarca en el extensísimo clímax final (casi 45 minutos) en la caravana familiar que sirve como casa de los Smith. Lo que en los primeros 15 minutos se muestra como un acertado ejercicio en el que con pinceladas sutiles se lleva hasta extremos de crudeza considerables la intimidación psicológica (grande la labor de Gina Gershon y Thomas Haden Church, pero sobre todo de McConaughey) se convierte tras la escena del muslo de pollo en una gilipollez supina, grandguiñolesca y hasta ridícula que convierte al personaje principal en un enorme imbécil descerebrado que poco tiene que ver con el metódico manipulador de la primera hora de metraje y la sordidez del conjunto del film en un capítulo de la célebre serie holandesa Los Flodder ideada por el cineasta Dick Mass allá por los años 80.




Todo se va por la borda, Friedkin quiere hacer con el final de Killer Joe una brutal crítica a la familia prototípca del sur estodounidense retratando a todos sus miembros como desechos humanos capaces de traicionar sus propios lazos de sangre en pos de su propio beneficio económico, ofreciendo un retrato descarnado del estado de Texas. Pero cuando los créditos aparecen tras ese abrupto y estúpido ¿final feliz? al espectador no le queda más remedio que reírse porque el ridículo se ha hecho con la recta final de la obra matándola impunemente, porque con ella Friedkin no ha conseguido (ni de lejos) volver a ser el de antes, porque hasta The Hunted era mejor cinta que la que nos ocupa y porque la inestabilidad mental de la familia sureña norteamericana (hija de la gran depresión y el aislamiento social) ya la retrató con mucha más pericia Tobe Hooper en 1974 y curiosamente dentro del género de Terror.



lunes, 26 de diciembre de 2011

Un Dios Salvaje, falsas apariencias




Título Original Carnage (2011)
Director Roman Polanski
Guión Yasmina Reza y Roman Polanski basado en la obra de teatro de Yasmina Reza
Actores Christoph Waltz, Jodie Foster, Kate Winslet, John C. Reilly




Cuando aún no había pasado un año del estreno de El Escritor (The Ghost Writer), ese interesante proyecto pero no tan incisivo como se esperaba de un autor mayúsculo como Roman Polanski, llegó a las carteleras de todo el mundo su siguiente trabajo, esta Un Dios Salvaje (Carnage) que sin ser una obra capital en la filmografía del francopolaco sí supone la recuperación de un Polanski mucho más reconocible que el competente y acerado artesano que pudimos ver en la cinta protagonizada por Pierce Brosnan e Ewan McGregor.




Un Dios Salvaje está basada en la obra teatral Le Dieu du Carnage realizada por la escritora, guionista y dramaturga francesa Yasmina Reza y narra como dos matrimonios quedan para llegar a un acuerdo con respecto a una pelea que han llevado a cabo dos de sus hijos en un parque de la ciudad de New York. Aunque al principo de la reunión las buenas maneras y los modales mostrarán la cara más educada de los cuatro implicados, las rencillas y puyazos verbales harán que a lo largo de la discusión las dos parejas pierdan la compostura de manera desproporcionada.




Carnage es una muestra ejemplar de cine teatralizado (o teatro filmado) con el acierto y las tablas que se pueden esperar de un autor como Roman Polanski. Con la ayuda de la misma autora del libreto original el director de La Semilla del Diablo (Rosemary's Baby) consigue dar forma a un tour de force entre cuatro actores en estado de gracia que lo dan absolutamente todo en un espacio mínimo y reducido (practicamente todo el metraje tiene lugar en el salón de los Longstreet) mostrando una composición de personajes en la que los veremos calmados y contenidos al inicio y complemente deslenguados y maleducados en la recta final del ajustado metraje.




Un Dios Salvaje es tan cercana y palpable que no sabemos si reírnos o llorar durante su fruicioso visionado. Sin necesidad de ahondar en la profundidad de la mente humana (ya lo hizo con indudable éxito en joyas como Repulsión, El Quimérico Inquilino (The Tenant) o La Semilla del Diablo) sólo con raspar un poco en la superficie, Polanski consigue hacer un retrato lacerante y ligero (en apariencia) sobre nuestros instintos más primarios relacionados con la sociabilidad. Mostrándo en imágenes cuando esa autoimpuesta y falsaria máscara de amabilidad desparece para mostrarnos como animales instintivos que anteponemos la defensa ciega de nuestros cachorros (hijos en este caso) a la educación o el sentido común.




El humor es un sentimiento que nunca ha sido ajeno a la obra del director de la más reciente (y magnífica) versión de Oliver Twist. No siempre le ha funcionado a pleno rendimiento, poco en ¿Qué? y mucho en El Baile da los Vampiros (The Fearless Vampire Killers), Cul de Sac o la ya mencionada El Quimérico Inquilino, pero lo entiende y lo cataliza de manera notable, sobre todo cuando él hace de actor. Tampoco rodar en espacios muy reducidos se escapa a sus dotes como narrador, sirvan como ejemplo de nuevo Cul de Sac, La Semilla del Diablo o la recuperable La Muerte y la Doncella.




Un Dios Salvaje es la unión del Polanski inspirado con la comicidad y el maestro a la hora de maniobrar en espacios ínfimos. El humor de Un Díos Salvaje es acertadísimo, los diálogos son mordaces, las ocurrencias muy agudas y hasta los detalles más nimios como los silencios de los otros tres personajes cuando el de Christoph Waltz habla por teléfono móvil (Walter se convierte de manera sutil en otro personaje del largometraje, incorporeo, pero ubicuo), el lenguaje gestual de los cuatro intérpretes, sobre todo el de las mujeres, Jodie Foster saltando para quitarle la botella de coñac a John C. Reilly o pegándole en la espalda de manera entrañablemente patética, consiguen arrancar la sonrisa o la carcajada al respetable, porque todo suena a sinfonía sencilla pero muy bien ejecutada.




Por otro lado tenemos a un veterano profesional (50 años haciendo cine se dice pronto) que sabe aprovechar al máximo los recovecos de un decorado ajustado que puede encorsetar alarmantemente a un equipo de rodaje. Haciendo un uso magnífico de la situación de la cámara, los objetivos, la planificación de tomas, el montaje, la colocación estratégica de los espejos, el director de La Novena Puerta consigue (sin que se note demasiado, como sólo los grandes saben hacerlo) hasta transmitir la sensación de utilizar de manera sabia la profundidad de campo en un sencillo, exiguo y pequeño salón.




Pero es indudable que una película como Carnage la hacen los actores y el cuarteto protagonista está sensacional. Jodie Foster pasa de mujer sencilla y afable amante del arte (genial lo del vómito en los libros descatalogados y el posterior intento de secado de los mismos) y comprometida con el Tercer Mundo a una histérica que finalmente parece reprochar más cosas a su marido a que al matrimonio invitado, que se presupone el enemigo. John C Reilly es el más calzonazos y dispuesto a no discutir hasta que encuentra complicidad en el personaje de Waltz, de la misma manera que también lo harán más tarde las damas. Las guerra de sexos no se hará esperar demasiado.




Por otro lado el magnífico protagonista de Malditos Bastardos (la vida y casi su Oscar le debe este señor a Quentin Tarantino) es sin lugar a dudas el mejor de la velada. Sus continuas interrupciones con el móvil, sus comentarios envenenados (hasta hacia su propio hijo, al que tilda de maniaco), su conversación telefónica con la madre de Michael, su asedio verbal a Penélope o su total pasotismo son lo más destacado del film. Aunque tampoco nos olvidemos de Kate Winslet que está inolvidable como la sufrida esposa de Alan, además el suyo es el papel que más evoluciona en el sentido cómico, porque cuando ya empieza a emborracharse bordea lo demencialmente inspirado.




Un Dios Salvaje no es uno de los mejores films de Polanski, pero sí es la confirmación de que está en plena forma. Un proyecto impoluto con un control bestial del timing (la historia transcurre en tiempo real, si exceptuamos el prólogo y el epílogo) los espacios, los actores y la puesta en escena. Una bofetada en pleno rostro de las clases medias y su doble rasero ético y moral. Esclarecedor es, en el plano final, lo que vemos en ese parque, que también sirvió para abrir el film. Dicho último pasaje nos enseña lo absurdo de toda la situación de la reyerta llevada a cabo por unos adultos, que finalmente se muestran más infantiles que los mismos niños que se vieron implicados en la inefable pelea que lo inició todo.


viernes, 23 de diciembre de 2011

The Ides of March, beware them





Título Original The Ides of March (2011)
Director George Clooney
Guión Grant Heslov, George Clooney y Beau Willimon basado en la obra de teatro de este último
Actores Ryan Gosling, George Clooney, Paul Giamatti, Philip Seymour Hoffman, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood, Max Minghella, Jeffrey Wright




En 2002 el carismático, atractivo y competente actor norteamericano George Clooney sorprendió a propios y extraños con su memorable debut en la dirección cinematográfia, Confesiones de Una Mente Peligrosa. El film, que se basaba en la autobiografía (no autorizada según el autor, con toda la ironía que ello conlleva) del presentador y supuesto agente encubierto de la CIA Chuck Barris, era una rareza rodada con una solidez inusual, escrita con inteligencia (la del genial Charlie Kauffman) y protagonizada por un memorable Sam Rockwell con las espaldas bien cubiertas por secundarios de relumbrón como Julia Roberts, Drew Barrymore o el mismo Clooney.




La consagración le llegó en 2005 con una pequeña joya titulada Buenas Noches y Buena Suerte, escrita con su amigo y colaborador Grant Heslov (director de esa comedia divertidísima que es Los Hombes que Miraban Fïjamente a las Cabras). El film tenía como telón de fondo el impacto que produjo la caza de brujas del senador McCarthy en la televisión americana, concretamente en la cadena CBS y en el programa comandado por el periodista Edward R. Murrow (inmenso David Strathairn) y fue un éxito de taquilla excelentemente recibidio por la crítica, acumuló decenas de nominaciones o premios y confirmó a Clooney como un director talentoso e inteligente al que convenía seguir muy de cerca.




Tres años después el intérprete se puso otra vez detrás de las cámaras con la comedia Ella es el Juego (Leatherheads) que según comentan (yo no la he visto aún, ya que la presencia de Renee Zellweger hace que me piense mucho ver una producción en la que ella participe como actriz) quería resucitar la screwball comedy americana de los años 40 con éxito dispar. En el reparto el mismo Clooney como protagonista y ese actor que vendría a ser un émulo contemporáneo (pero no tan talentoso o icónico) de James Stewart como es John Krasinski. Algún día que me encuentre con la guardia baja la veré y comentaré como es debido.




Los Idus de Marzo es la cuarta película de Clooney como director, está basada en la obra de teatro Farragut North de Beau Willimon (también co guionista del film junto al mismo director y Grant Heslov) y confirma sus magníficas dotes, no sólo para la interpretación, sino también para la dirección, escritura y como no, financianción de sus propios proyectos como cineasta. Un producto que mirando al presente es capaz de sustentar sus bases en cine pretérito, sobre todo el de corte político ideado en los años 70 en Estados Unidos. A partir de aquí algunos spoilers de la trama.




Stephen Meyers (Ryan Gosling) es el joven y prometedor director de comunicación de la campaña electoral del gobernador demócrata Michael Morris (George Clooney) que se presenta a las primarias en representación de su partido. Poco a poco Steve se dará cuenta de la rivalidad desmedida, los chantajes y malas artes que se esconden detrás del mundo de la política americana, de cómo compañeros del mismo partido se pisotean los unos a los otros o peor aún, llegando él mismo a dudar de la integridad del candidato para el que está trabajando y al que le está ofreciendo su lealtad y talento, cuando entre en escena Molly (Evan Rachel Wood) una chica ayudante en las elecciones.




Drama político con toque de thriller resuelto con pericia en la dirección, interpretado con oficio (con ese reparto el trabajo estaba hecho antes de poner en marcha la producción) y escrito con aplomo. George Clooney confirma sus aptitudes como cineasta y guionista con personalidad, su caso es bastante parecido al del actor Ben Affleck, aunque este último esté mostrando su interesante impronta como director dentro del género policíaco. Por lo tanto The Ides of March es un proyecto competente, instructivo y bastante desesperanzador en su mensaje.




Es de alabar que un militante demócrata como George Clooney, que incluso, si mal no recuerdo, hizo campaña para candidatos a la presidencia como John Kerry o Barack Obama, decida llevar a imágenes una obra de teatro que no deja precisamente en buen lugar a ese partido (el suyo) que ha tenido en la Casa Blanca a mandatarios como John F. Kennedy Lyndon B, Johnson o Bill Clinton. Aunque cierto es que dicha elección por parte del protagonista de Batman & Robin tiene un sentido completamente lógico y desarmante.




La intención de Clooney y sus guionistas es clara. Poner en la palestra al candidato progresista perfecto para la presidencia de la democracia (supestamente) más grande del mundo libre, retratándolo (retratándose, recordemos que el mismo actor interpreta el papel de Mike Morris) como un hombre comprometido, que sin ser practicante de ninguna religión en concreto defendería a todo ciudadano que quisiera ejercer la suya, mostrándose flexible con temas como la pena de muerte o los ataques preventivos contra países extranjeros y ambicioso en lo que a política exterior se refiere, para finalmente mostrarnos ese lado oscuro (que lo humaniza de manera rotunda) que en realidad oculta y que no nos es ajeno a niguno de nosotros como individuos.




Stephen Meyers (Ryan Gosling, poco qué decir ya de uno de los actores más talentosos de su generación) es un joven idealista que ama el mundo de la política y que finalmente se deja seducir por los cantos de sirena de un panorama que realmente no conoce, donde el juego sucio, la hipocresía, el doble rasero e incluso la amoralidad están a la orden del día. Él depositó todas sus esperanzas en Mike Morris (Clooney, muy bien delante de la cámara, mejor detrás de ella) y su jefe y maestro Paul Zara (Philip Seymour Hoffman, otro del que ya no hay mucho que decir) para finalmente ser traicionado por ambos, llegando a tomar conciencia de una realidad mucho más despótica de lo que él hubiera imaginado.




Viendo The Ides of March también me vino a la mente durante muchos de sus pasajes, sobre todo en los que se apela más a la tensión (como el de esa enorme bandera americana separando a un político lanzando promesas y a sus colaboradores hablando de conspiraciones entre bambalinas, el de la llamada de "Molly" al gobernador en pleno discurso con la consiguiente inolvidable cara de Clooney o la conversación furtiva en la cocina), el mejor Alan J. Pakula, o lo que es o mismo, el que firmara films tan interesantes dentro del thriller político como Todos los Hombres del Presidente o El Último Testigo (The Parallax View), pero aderezado el conjunto con algunos leves apuntes del Oliver Stone de la magnífica JFK: Caso Abierto o la reivindicable Nixon (esas reuniones clandestinas en parques aislados y alejados del mundanal ruido)




Cine militante, comprometido, arriesgado y acabado con profesionalidad. Podría haber dado más de sí, pero su simple naturaleza ya es tan meritoria como reconfortante. Clooney lanza sus aguijones contra el radicalismo bipartidista de su país, deja en evidencia tanto a demócratas (una pena que Paul Giamatti no comparta más escenas con Seymour Hoffman, porque cada vez que cruzan palabras saltan chispas) como a republicanos, no retratando tampoco de manera muy halagüeña a los periodistas (Marisa Tomei hace lo que puede, que no es poco) y depositando el balón (político, ético y moral) en el tejado del mismo espectador cuando ese magnífico Ryan Gosling rompe en el último primer plano del film la cuarta pared con una mirada entre inquisitiva y apesadumbrada que nos hace pensar muchas cosas. Que el cine actual de pie a tan sencillo pero valioso acto no tiene precio.


domingo, 27 de noviembre de 2011

Un Método Peligroso, ¿Qué me pasa, Doctor Cronenberg?

Título Original A Dangerous Method (2011)
Director David Cronenberg
Guionista Christopher Hampton basado en su propia obra de teatro
Actores Keira Knightley, Michael Fassbender, Viggo Mortensen, Vincent Cassel, Sarah Gordon, Katharina Palm, Christian Serritiello, Andrea Magro, Bjorn Geske, Franziska Arndt, Wladimir Matuchin, Clemens Giebel




A pesar de haberle dedicado hasta dos entradas a toda su fimografía como cineasta y otro par para desgranar dos de sus cintas más destacadas (Crash y Promesas del Este) no he hablado mucho de David Cronenberg en este blog y eso es algo que le debo al realizador nacido en Ontario ya que para mí es actualmente, no sólo el mejor director del panorama cinematográfico contemporáneo, sino también la voz más personal, intransferible y consecuente consigo misma dentro del cine de autor a nivel mundial. Lo fue hasta con sus escasos coqueteos con Hollywood como en los casos de La Zona Muerta (1983) o La Mosca(1986), dos proyectos ajenos que supe llevar a su terreno de manera totalmente orgánica y lógica.




Un Método Peligroso narra los hechos reales en los que se vieron relacionados (primero de manera epistolar, más tarde personalmente) dos de los nombres más importantes de la psiquiatría moderna, el suizo Carl Gustav Jung, padre de la psicología analítica, y el austriaco Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis, A ellos se une una tercera figura, la de la paciente y posterior doctora de origen ruso Sabina Naftulowna Spielrein, que al ser tratada por los dos mencionados médicos padecía histeria, enfermedad que la impulsaba a excitarse sexualmente con el castigo físico hacia su persona. Los tres formaron un atípico triángulo emocional y profesional regido por la enfermedad psíquica, el sexo, el sadomasoquismo e incluso el amor por parte de algunos de los miembros.




No es ningún secreto el director de Scanners lleva años ofreciendo su talento a un tipo de cine dirigido a un público más amplio que el que venía realizando como autor desde que debutara en aquel ya lejano 1975 con esa rotunda ópera prima bífida y sexualizada titulada Vinieron Dentro de... (They Came From...). Esto que comento se puede ver claramente en sus dos obras inmediatamente anteriores a esta Un Método Peligroso que nos ocupa, Una Historia de Violencia (2005) y Promesas del Este (2007), pero realmente tendría su origen en la que para un servidor sigue siendo su obra maestra más destacada, Inseparables (Dead Ringers) que data del año 1988.




Desde que el film que relataba la vida de los hermanos beverly y Elliot Mantle supusiera su transición a la madurez autoral, el realizador de Rabia poco a poco fue cambiando su manera de abordar la enfermedad, en cualquiera de sus formas sigue siendo el eje central de toda su obra, permitiendo que la fisicidad, aquella que por medio de mutaciones sustentara las bases de la teoría de la Nueva Carne, cediera terreno a la psique. Aunque ya se podían ver apuntes notables de este cambio en la temprana Cromosoma 3 (The Brood) de 1979, la eclosión no tuvo lugar hasta que salió a la luz la cinta interpretada por un desdoblado Jeremy Irons.




Esta evolución en su discurso autoral también se dejó ver en el plano estilístico y tonal de sus producciones. El Almuerzo Desnudo y sobre todo M Butterfly mostraban a un Cronenberg más centrado en depurar sus encuadres y estructuras conceptuales a nivel narrativo, pero nunca dejándose llevar por el uso inncesario de la cámara o el esteticismo. Tras una vuelta efímera a sus antiguas inquietudes sobre mutación física con la no del todo acertada, pero encomiable, eXistenZ, por medio de la memorable Spider abordó por primera vez y de manera explícita teorías freaudianas, que anteriormente sólo había tratado de manera tangencial, ocupando en esa ocasión todo un metraje en el que se diseccionaba con pericia analítica una mente esquizofrénica.




Pero las ya mencionadas A History of Violence y Eastern Promises son la confirmación de que el estilo Cronenberg es tan sólido a día de hoy que puede adaptarse a producciones asentadas en el cine más o menos de género (el western contemporáneo la primera, los films de mafiosos la segunda) sin perder un ápice de su personalidad o esencia. A la vertiente de estas dos cintas se une A Dangerous Method, basada en la obra de teatro The Talking Cure del británico Christopher Hampton, autor de los libretos de los largometrajes que adaptaron las novelas Las Amistades Peligrosas o Atonement, que escribe el guión añadiendo algunos apuntes del libro A Most Dangerous Method de John Kerr.




Una vez más el director de Fast Company se embarca en un género en apariencia ajeno a su impronta y constantes autorales para vampirizarlo y convertirlo en una de sus criaturas, pero puede que en esta ocasión con algunas reservas al respecto. Tampoco era de extrañar que en esta evolución artística que estaba experimentando el canadiense desde hace tiempo tarde o temprano decidiera diseccionar de manera directa y concisa un tema como la mente y el psicoanálisis por medio de dos personajes tan relevantes en esta rama de la medicina como fueron Jung, Freud y en menor medida Spielren.




Un Método Peligroso vuelve a los terrenos formales y estilísticos de uno de los films menos conocidos de Cronenberg, pero que es referente ineludible para ella, la sutil y elegante M Butterfly. Magnífica adaptación a imágenes de la obra de teatro de David Henry Hwang inspirada en la maravillosa ópera Madame Butterfly compuesta por Giacommo Puccini. Pero en su interior late el doble corazón de los hermanos Mantle de la bermagniana Inseperables e incluso algo del concepto de la unión de sexo y autodestrucción de la inolvidable Crash, pero de manera más sutil, retomando así el autor caminos ya transitados por él mismo, aunque en un contexto nuevo y fertil. El del cine de época más o menos ortodoxo.




En realidad poco le importa a Cronenberg la localización espaciotemporal de su proyecto, aunque es reseñable que la historia esté situada poco antes de la Primera Guerra Mundial, él prefiere centrarse en las psicología de los personajes o las reacciones en el plano físico consiguientes y diseccionar las personalidades de sus criaturas por medio de sus parafilias sexuales (sintetizadas todas ellas en Otto Gross, el puntual pero importantísimo personaje interpretado por Vincent Cassel) o sus deseos, adentrándose en ocasiones incluso en terrenos emocionales inéditos para él, un autor que siempre ha antepuesto las afecciones físicas o mentales, como conceptos cinematográficos, a los sentimientos.




La deconstrucción y posterior evolución, ¿una vez más las mutaciones de la Nueva Carne aplicadas en un plano psíquico más que explicitadas físicamente o es que a Cronenberg ya no le interesa esta teoría creada por él mismo que defiende la unión entre hombre y máquina para dar un paso más en la escala evolutiva?, de una mente enferma y una mirada quirúrgica y nada (auto)complaciente hacia las complejidades, bondades y fallos del psicoanálisis como práctica terapéutica son los principales pilares en los que se sustenta un largometraje como Un Método Peligroso.




Aunque el punto de flaqueza más notorio (que no lo neguemos, es ínifmo, pero de notable curiosidad) es que el estilo puramente cronenbergiano se ve en cierta manera diluido en favor de una visión cinematográfica hasta cierto punto más convencional. Sí, la cinta tiene una construcción a lo Cronenberg 100% (formato panorámico, nunca superando las dos horas de metraje, ningún alarde innecesario con la cámara, puesta en escena aséptica, Howard Shore en la música y Peter Suschitky en la dirección de fotografía) e incluso el director sabe adaptar a su impronta constantes del Christopher Hampton escritor tales como pasiones, infidelidades o elegancia contenida. Pero este es posiblemente el film que o bien es el menos de autor de su carrera o el que constata un cambio gradual pero continuo, y en cierto sentido hasta preocupante, por parte del cineasta en lo que a su discurso se refiere, acercándose incluso a cierto academicismo algo molesto.




Esto queda patente, por poner un ejemplo, en la ausencia de escenas enfermizas o viscerales por parte del director de La Mosca, que hasta en los films en los que se centraba más en la psicología de sus personajes (Spider, Una Historia de Violencia, Promesas del Este) siempre marcaba a fuego en la retina del espectador algún pasaje que ejercía como puente de unión entre sus inicios más gráficos y directos desde el punto de vista de la enfermedad física, y los actuales, centrados en la psique perturbada de las criaturas que pueblan sus trabajos. Ciertamente las escenas de castigo físico entre Michael Fassbender y Keyra Knightley son las más puramente cronenbergianas a la hora de fusionar fondo y forma, pero en cierta manera dejan insatisfecho al seguidor del cineasta de Toronto.




A Dangerous Method es otro paso adelante dentro de la filmografía de David Cronenberg, aunque no se le puede considerar una de sus grandes obras. También se revela como la confirmación de que está en buena forma y evolucionando como autor cinematográfico de la misma manera que lo hacen muchas de las afecciones físicas o mentales que pueblan su universo. Pero también hace vislumbrar cierto sutil adocenamiento autoral que esperemos no vaya a más, ya que tal hecho supondría, dentro del panorama fílmico actual, encorsetar una voz que nunca debería ser domesticada, por su propio bien como creador y el nuestro como espectadores.