Mostrando entradas con la etiqueta hechos reales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hechos reales. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de junio de 2021

Expediente Warren: Obligado Por el Demonio




Título Original The Conjuring: The Devil Made Me Do It (2021)
Director Michael Chaves
Guion James Wan, David Leslie Johnson-McGoldrick
Reparto Vera Farmiga, Patrick Wilson, Ruairi O’Connor, Sarah Catherine Hook, Julian Hilliard, John Noble, Eugenie Bondurant, Shannon Kook, Ronnie Gene Blevins, Keith Arthur Bolden, Steve Coulter, Vince Pisani, Ingrid Bisu




Personalidades capitales dentro del mundo del ocultismo y lo esotérico para unos, charlatanes vendehumos que se dedicaron a engañar a ciudadanos desaprensivos para otros, el matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren se ha convertido en parte de la cultura del terror contemporáneo desde que el director James Wan y los guionistas Chad y Carey Hayes pusieron sus ojos en ellos hace ocho años. Aquel 2013 se estrenó The Conjuring, conocida como Expediente Warren en España, la primera película centrada en las andaduras supuestamente sobrenaturales de tan peculiar pareja, demonólogo él y clarividente ella, nacida a la estela del éxito de Insidious, otra saga de terror auspiciada por James Wan en colaboración con Blumhouse Productions. Vera Farmiga y Patrick Wilson daban vida a los Warren viéndose inmersos en un caso de casa maldita y posesión demoníaca con el que el cineasta australiano de origen malasio desplegaba su brillante puesta en escena alimentándose de todos los tópicos de género de terror para alumbrar una poderosa maquinaria cinematográfica. Dos años después de la primera entrega y uno del primer spin off de la franquicia, centrado en la muñeca Annabelle, llegaba a carteleras de todo el mundo The Conjuring 2 o Expediente Warren: El Caso Enfield, secuela que superaba a su predecesora centrándose en el caso del célebre poltergeist del barrio londinense y presentando al personaje de la Monja que, como sabemos, también protagonizaría su propia película.




Cuando se conoció que la apretada agenda de James Wan le impediría dirigir la tercera entrega de Expediente Warren, recordemos que sigue implicado en el futuro próximo del DCEU con la muy esperada Aquaman And The Lost Kingdom, saltaron todas las alarmas. Más todavía cuando Warner Bros y Atomic Monster confirmaron que el lugar del creador de Saw lo ocuparía Michael Chaves, director de la que podemos considerar película más floja de lo que se conoce como el “Warrenverso”, la mediocre The Curse of la Llorona (2019). Un servidor, precavido a la hora de dictar sentencia con este tipo de cambios antes de consumir el producto, recordó dos factores que podrían jugar a favor de esta The Conjuring: The Devil Made Me Do It. El primero es que cuando Leigh Whannell tomó el relevo de James Wan para rodar Insidious: Capítulo 3 el resultado quedaba lejos de las anteriores cintas, pero se antojó bastante satisfactorio. El segundo es que si bien La Llorona era una obra poco rescatable, precisamente la labor de Michael Chaves, mucho mejor que el material puesto en sus manos por los guionistas Mikki Daughtry y Tobias Iaconis, sobresalía en el conjunto de aquel innecesario y desubicado tercer spin off.




El nuevo caso en el que se ven envueltos las contrapartidas cinematográficas de Ed y Lorraine Warren fue uno que en 1981 focalizó las portadas de los medios de comunicación estadounidenses e internacionales de la época y en el que ambos se vieron estrechamente implicados. Se trata del juicio al joven Arne Cheyenne Johnson, que supuso el primer caso de un tribunal de Estados Unidos en el que se alegaba posesión demoníaca como defensa para declarar la inocencia del acusado. Los hechos relacionados con Cheyenne Johnson y sus allegados ya fueron llevados a la pequeña pantalla en 1983 con un tv movie titulada The Demon Murder Case, conocida en nuestro idioma como Asesinato Diabólico o Poseídos, dirigida por William Hale y con un jovencísimo Kevin Bacon dando vida a la versión ficcional del procesado. En esta Expediente Warren: Obligado Por el Demonio del guion se ocupa el mismo James Wan con la ayuda de David Leslie Johnson-McGoldrick que ya colaboró con el director de Silencio Desde el Mal (Dead Silence, 2007) escribiendo los libretos de Expediente Warren: El Caso Enfield y Aquaman (2018).




Con Expediente Warren: Obligado Por El Demonio pareciera como si Michael Chaves supiera que sustituir a James Wan detrás de las cámaras no fuera a ser una tarea fácil y por ello decide descubrir casi todas sus cartas desde el mismo arranque del largometraje. Aunque es algo que ya se ha comentado hasta la saciedad es ineludible que el prólogo de diez minutos que abre el largometraje es el mejor pasaje de cuantos conforman la obra. Ese homenaje explícito a El Exorcista, con algunos planos idénticos a los de la obra maestra de William Friedkin y William Peter Blatty, en el que se practica un visceral exorcismo con el poseído retorciéndose hasta lo inhumano, de hecho en las secuencias más crudas al pequeño Julian Hilliard (La Maldición de Hill House, WandaVision) le sustituye un contorsionista profesional, no sólo marca el tono de la propuesta cinematográfica, también se muestra continuista con respecto a las dos entregas anteriores de la franquicia. Un fuerte puñetazo en la mesa por parte de un Michael Chaves que intenta en todo momento estar a la altura de una serie de películas que se han convertido en iconos del género de terror contemporáneo.




Contra todo pronóstico los hacedores de esta tercera entrega eluden la autocomplacencia y eligen reinventar de alguna manera la saga experimentando con la mixtura de géneros. Si los dos primeros films se adherían a un terror más ortodoxo con apuntes de drama, terreno en el que también ha demostrado moverse con soltura Mike Flanagan, The Conjuring: The Devil Made Me Do It hibrida dicha característica con el thriller de investigación y misterio casi adentrándose en terrenos del policíaco. Por eso son bastante atinadas aquellas voces que en redes sociales y distintos medios han afirmado que hay en el último trabajo de Michael Chaves una clara influencia de productos catódicos como Kolchak: The Night Stalker (Jeff Rice, 1974-1975), Expediente X (Chirs Carter 1993-2002, 2016-2018) o True Detective (Nic Pizzolatto, 2014-). De esta manera Expediente Warren: Obligado Por El Demonio destila un mestizaje que enriquece en cierto modo el microcosmos ficcional de los Warren cinematográficos transitando nuevas perspectivas de su universo, pero siendo siempre fieles a sus raíces.




El director sabe mantener la compostura en todo momento y su buen hacer no queda reducido al ya mencionado prólogo. Aunque nos encontramos con un producto alejado de la resolutividad de James Wan en las dos entregas previas es ineludible percibir un notable salto cualitativo en las aptitudes como realizador de Michael Chaves de The Curse Of La Llorona a esta The Conjuring: The Devil Made Me Do It. El estadounidense está posibilitado para crear atmósferas, dosificar la información en pantalla para que los jump scares no se apoderen de los pasajes de terror y sustentar su puesta en escena en un tenebrismo siempre amenazante y mórbido jugando en todo momento a favor de la propuesta gracias al diseño de producción, la fotografía y la labor actoral. Aunque como ya ha pasado en otros de los proyectos de esta u otras franquicias impulsadas por James Wan en más de un momento no podemos evitar pensar que su influencia no se redujo a co escribir y producir, cabiendo la posibilidad de haberse marcado un “Poltergeist” fagocitando la labor de su pupilo, algo a lo que también apuntaba la muy resuelta Annabelle Vuelve a Casa (Gary Dauberman, 2019).




Más allá de aspectos técnicos es una verdad irrefutable que el Warrenverso se sustenta principalmente en los dos actores que interpretan a Lorraine y Ed Warren. Desde la primera The Conjuring Vera Farmiga y Patrick Wilson han demostrado una química impecable a la hora de dar vida al matrimonio de parapsicólogos ayudando a construir el lore que puso sus primeras piedras en 2013 y les ha acompañado desde entonces. Nuevamente los dos intérpretes, caracterizados para aparentar el lógico paso de los años, acometen con profesionalidad dos roles que conocen perfectamente y se han convertido en indivisibles dentro de sus respectivas filmografías. La dinámica entre ambos, su relación interpersonal y cómo consiguen transmitir al espectador sus sentimientos y determinación a la hora de ejecutar sus labores paranormales siguen muy presentes en Expediente Warren: Obligado Por El Diablo. El problema es, y ya es algo a lo que apuntaba El Caso Enfield, que los guionistas cargan más las tintas con respecto a la sensiblería, la religiosidad y el tratamiento simplista de todo aquel personaje secundario que osa poner en entredicho los especiales dones de la pareja.




Como ya hemos afirmado Expediente Warren: Obligado Por El Demonio queda unos peldaños por debajo de los dos trabajos que le preceden, pero a pesar de la ausencia de James Wan como maestro de ceremonias el resultado es más que satisfactorio, convirtiéndose en el tercer mejor largometraje del Warrenverso y una pieza muy superior a cualquiera de los spin off diseñados para explotar la muy rentable gallina de los huevos de oro amparada por Warner Bros. Michael Chaves consigue llevar por buen camino el universo ficcional de los Warren heredando muchas de las virtudes de su jefe en pasajes memorables como el de la morgue o todo el clímax final, ese que parece homenajear incluso a la miniserie de El Resplandor escrita por Stephen King y dirigida por Mick Garris en 1997. Están por venir más entregas de Annabelle y la Monja, pero ahora nos quedamos con la buena noticia de los números de taquilla de esta The Conjuring: The Devil Mad Me Do It que junto a la también exitosa Un Lugar Tranquilo 2 confirman que el cine de terror no sólo es rentable y apreciado por el gran público, sino también el mejor para ayudar a las multisalas a salir de la crisis en la que se han visto abocadas durante más de un año por culpa de la pandemia.


viernes, 22 de febrero de 2019

Clímax, danzad, danzad, malditos



Título Original Climax (2018)
Director Gaspar Noé
Guión Gaspar Noé
Reparto Sofia Boutella, Romain Guillermic, Souheila Yacoub, Kiddy Smile, Claude Gajan Maull,  Giselle Palmer, Taylor Kastle, Thea Carla Schott, Sharleen Temple, Lea Vlamos, Alaia Alsafir,  Kendall Mugler, Lakdhar Dridi, Adrien Sissoko, Mamadou Bathily





Seguramente fue el mismo Gaspar Noé el primer sorprendido cuando al presentar su última producción, Clímax, en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes las alabanzas por parte de público y prensa especializada no se hicieron esperar, llegando incluso a ganar el primer premio. Algo parecido le sucedería cuando su quinto largometraje se alzó con el galardón a la mejor película en el pasado Festival de Sitges después de haber sido recibido con no pocos elogios y parabienes. No afirmamos esto porque su nueva propuesta detrás de las cámaras no merezca dichos reconocimientos, nada más lejos de la realidad, sino porque el francoargentino siempre ha sido un autor controvertido cuya filmografía ha despertado notable rechazo por su visceralidad y atrevimiento. Como se pudo ver en su momento con las puestas de largo internacionales de films como Solo Contra Todos, Irreversible, Enter the Void y, en menor medida, Love.




El génesis de un proyecto como Clímax es bastante peculiar. El rodaje de la película duró sólo quince días, se realizó en orden cronológico y únicamente contó con cinco páginas de guión. Estos datos podrían incitarnos a pensar que la última obra de Gaspar Noé es poco más que una cinta para salir del paso mientras prepara una de mayor envergadura, pero la realidad es diametralmente opuesta. Con un reparto de brillantes bailarines poniéndose delante de la cámara por primera vez como intérpretes comandados por Sofia Boutella, la única actriz profesional entre ellos a la que hemos podido ver en Kingsman: Servicio Secreto o Atomic Blonde, y un Gaspar Noé ejerciendo de co editor, escritor y realizador podemos considerar Clímax una de las propuestas más estimulantes y potentes del pasado año. Una pieza merecedora de todos los halagos recibidos a lo largo de su carrera comercial.internacional por carteleras y certámenes cinematográficos. A continuación, y en oposición al habitual modus operandi de este blog, se incluirán algunos spoilers de la obra reseñada.




La trama de Clímax, inspirada en hechos reales acaecidos en 1996, es de una sencillez insobornable. Un grupo de bailarines de danza contemporánea, y el hijo pequeño de uno de ellos, celebran el final de tres intensos días de ensayo en un orfanato abandonado en medio de un paraje nevado. La noche de despedida todos se reúnen para celebrar una fiesta mientras comienzan a surgir los primeros roces, celos y desavenencias entre los implicados. En un momento dado todos empiezan a sentirse mal y tener comportamientos erráticos, situación que acentúa de manera gradual la desconfianza y el rechazo acumulado entre unos y otros. Todo apunta a que el origen del caos viene originado por unos alucinógenos depositados la fuente de sangría de la que todos los bailarines están bebiendo. Este punto de partida sirve a Gaspar Noé para desarrollar un relato mínimo repleto de hallazgos formales y narrativos en los que incidiremos a continuación.




Una de las primeras escenas de Clímax es el plano fijo de un televisor en el que se emiten entrevistas de todos los bailarines de la compañía. Mientras los personajes confiesan sus mayores temores o anhelos, y Gaspar Noé utiliza leves pinceladas para dar pistas sobre la personalidad de cada una de sus criaturas, en los extremos del encuadre podemos encontrar varias películas en formato vhs entre las que reconocemos títulos como Suspiria, La Posesión, Saló o los 120 Días de Sodoma, Un Perro Andaluz o Querelle. De esta manera el guionista y cineasta no sólo da muestras de sus peculiares gustos cinematográficos, de conocimiento público varios de ellos, también nos ofrece pistas de qué tipo de largometraje va a ser el último dentro de su carrera como cineasta. Una vez puestas las fichas en el tablero y habiendo desfilado los tradicionales créditos finales al arranque de la obra, práctica habitual del argentino, Clímax empieza a tomar forma como pieza artística.




La primera escena en la que todos los protagonistas de la película interactúan juntos es una impresionante coreografía de baile rodada en plano secuencia con Gaspar Noé asentando las bases de su célebre puesta en escena, la misma que irá mutando a lo largo del metraje. Este largo pasaje aparentemente sin cortes (alguno hay oculto una vez termina el número musical) en el que todos los personajes se ven arrastrados por la fuerza sobrehumana intrínseca en la danza ejecutada es seguida por un montaje de escenas con los bailarines dialogando de manera distendida y sin cortapisas los unos con los otros en grupos de dos o tres. Esta parte se revela como una versión alternativa de las entrevistas antes mencionadas, porque es en la intimidad donde todos ellos muestran su verdadera cara espetando comentarios machistas, xenófobos, homófobos y violentos, sólo interrumpidos cuando vuelven a la pista de baile a dar lo mejor de sí mismos como profesionales y, entonces sí,  trabajar de nuevo como un grupo cohesionado.




Cuando el LSD vertido en la sangría comienza a hacer efecto y llegamos al ecuador del metraje los títulos de crédito iniciales de Clímax empiezan a desfilar de manera caprichosa en pantalla como si de un ritual iniciático se tratase. Al igual que ya hiciera con el cartel de aviso para abandonar la proyección de la recta final de su violenta ópera prima Solo Contra Todos Gaspar Noé utiliza este recurso para indicar al espectador el punto exacto donde se va a desencadenar el infierno terrenal y personal experimentado por esta compañía de baile. Desde ese mismo instante se acentúa notablemente la espontaneidad del film, algo fácilmente perceptible en la entrega sin miramientos desde ese mismo instante al uso de interminables planos secuencia en los que, casi con toda seguridad, el autor de Carne dio unas pocas indicaciones a su reparto para posteriormente entregarse este a la improvisación cuando el caos comienza a reinar en pantalla.




Es entonces cuando el estilo deudor del videoclip y la depurada estética visual de la primera mitad  deja paso al Gaspar Noé más reconocible y sin destilar, el de Sólo Contra TodosIrreversible o Enter the Void. Al contagiarse la lisergia de los personajes a los encuadres comienzan a actuar los tonos rojizos, la cámara orgánica e invasiva, la violencia explícita de naturaleza psicológica o física y los cuerpos anteriormente apolineos comenzando a retorcerse, fracturarse y autoinmolarse debido a los estragos de los psicotrópicos. Lo que en los primeros pasos de Clímax era belleza, estilización, elegancia y coherencia entre fondo y forma muta en una orgía visual y sonora en la que las máscaras sociales son arrancadas de cuajo para mostrar el verdadero rostro de animales llevados al límite por sus instintos más bajos y primarios. Las aberraciones más execrables realizables por la raza humana comienzan a conjurarse ante nuestros ojos a manos de personas previamente presentadas como individuos supuestamente civilizados.




El "clímax de Clímax" es un viaje sin retorno a un averno de reminiscencias dantescas, como si las imágenes y sonidos dando testimonio del mismo fueran representaciones audiovisuales de las ilustraciones que Gustavo Doré dedicó a la Divina Comedia. El recurso de invertir el punto de vista del espectador en la recta final de la película, eludiendo en todo momento estabilizarla para enfatizar su intranquilidad, en principio incomoda y desorienta por el continuo balanceo del objetivo de la cámara manipulada por Gaspar Noé. Es a los pocos minutos, cuando el ojo se adapta a tan desolador espectáculo, que descubrimos a esos bailarines transformados en monstruosidades informes pareciendo arrastrarse por el techo del salón de baile como si de víctimas de una posesión demoníaca o ataque epiléptico colectivo se tratase. Noé vuelve a introducirnos en su particular visión del infierno y nuestra mente remite instintivamente a la primera vez que nos cegaron las luces de neón del psicodélico hotel Void en 2009 o nos introdujimos en el Rectum en busca de venganza ciega en 2002.




Clímax es una de las obras más compactas y elocuentes de un temerario equilibrista como Gaspar Noé. No yerran aquellos que confirman la última cinta del hijo de Luis Felipe Noé como una de sus producciones más contenidas e incluso accesibles. Pero si la obra más "domesticada" de un autor como este es capaz de nacer como una "película orgullosamente francesa" e involucionar en un retrato desolador y visceral de la hipocresía, la intolerancia, los prejuicios y el egocentrismo de esa moderna Europa compactada en el pequeño mircocosmos al que da forma esa compañía de baile falsamente interracial y multiculturar sólo podemos confirmar, una vez más, a su máximo ideólogo como uno de los directores más importantes e indispensables de la cinematografía contemporánea. A la espera quedamos de saber hacia dónde se encaminará el próximo trabajo de este narrador kamikaze capaz de sorprendernos siempre, para bien o para mal, con su más reciente incursión en la ficción audiovisual.


jueves, 15 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody



Título Original Bohemian Rhapsody (2018)
Director Bryan Singer y Dexter Fletcher
Guión Anthony McCarten y Peter Morgan
Reparto Rami Malek, Joseph Mazzello, Ben Hardy, Gwilym Lee, Lucy Boynton,  Aidan Gillen, Tom Hollander, Mike Myers, Allen Leech, Aaron McCusker, Jess Radomska, Max Bennett, Michelle Duncan, Ace Bhatti, Charlotte Sharland, Ian Jareth Williamson, Dickie Beau, Jesús Gallo, Jessie Vinning





La idea de llevar a la pantalla grande la historia de banda británica de rock Queen, y por lógica la vida de Freddie Mercury, llevaba muchos años rondando en las mentes de Brian May y Roger Taylor, guitarrista y batería del grupo respectivamente y las dos personas responsables de la marca desde que el bajista, John Deacon, se desvinculara de esta tras la muerte del célebre frontman apelando a que Queen sin Freddie Mercury no tenía sentido. Para bien o para mal May y Taylor han mantenido en activo la vida del conjunto con musicales, discos recopilatorios y en vivo, giras con otros cantantes como Paul Rodgers (con el que llegaron incluso a grabar un nuevo lp, The Cosmos Rocks) o Adam Lambert y ahora con un exitoso largometraje que, tras ser vapuleado por la prensa especializada, ha encontrado el respaldo de un público entregado en masa para ver este esperado biopic centrado en una de las personalidades más importantes de la música contemporánea.




Los problemas con respecto a esta Bohemian Rhapsody que ahora llega a nuestras pantallas tuvieron lugar a lo largo de las distintas etapas de su creación. Cuando parecía confirmado el nombre del humorista, actor y director Sacha Baron Cohen para dar vida a Freddie Mercury; Brian May y Roger Taylor prescindieron de sus servicios debido, supuestamente, a la intencionaldiad del protagonista de Brüno o El Dictador por ahondar en los pasajes más controvertidos de la vida del cantante como su época hedonista o su bisexualidad, algo que no agradó a los músicos reconvertidos en productores cinematográficos que en sus declaraciones más recientes confirman la elección de Baron Cohen como alter ego de Freddie una opción nunca tomada del todo en serio. Finalmente la desconcertante, pero definitivamente acertada, elección del interprete americano Rami Malek (Mr Robot) para meterse en la piel de Farrokh Bulsara se convirtió en uno de los mayores aciertos del largometraje, aunque de eso hablaremos más adelante.




Una vez comenzada la producción de la película los obstáculos siguieron sucediéndose. El director elegido para orquestar el proyecto, Bryan Singer, fue despedido por 20th Century Fox debido a sus continuas ausencias injustificadas del set de rodaje y por algún que otro encontronazo con Rami Malek. Para terminar el metraje restante tomó su relevo detrás de las cámaras el actor y director Dexter Fletcher (Lock & Stock) responsable de otro biopic musical, Rocketman, centrado en Elton John con Taron Egerton (Kingsman 1 y 2) dándole vida y que verá la luz a lo largo del próximo año. Aunque en los títulos de crédito sólo consta el nombre del realizador de X-Men: Días del Futuro Pasado el mismo protagonista de Bohemian Rhapsody afirma que Dexter Fletcher fue, de los dos directores, el que mejor entendió el proyecto y lo dotó de verdadera alma. Declaraciones no sabemos si ciertas o el resultado de la ya manifiesta enemistad del intérprete con Singer tras los problemas compartidos por ambos durante la rocambolesca gestación de la obra.




Después de este somero repaso a los avatares a los que se enfrentó la producción de Bohemian Rhapsody ya podemos evaluarla como traslación de la historia de Queen en general y Freddie Mercury en particular al medio audiovisual y también como largometraje. Por desgracia desde las dos perspectivas la película tiene luces y sombras, aciertos y defectos, buenas y malas intenciones. El resultado deja un sabor agridulce por arrojar luz sobre algunas de las etapas más importantes de la banda, pero haciéndolo de manera sesgada y en ocasiones hasta deshonesta por parte de unos Brian May y Roger Taylor incapaces de abordar la vida de su amigo Freddie con total sinceridad y sin miedo a revelar los pasajes menos amables de su existencia. Todo ello con la comprensible intención de crear el mejor homenaje posible al que fue su compañero durante viente años de carrera, pero manipulando hechos y fechas en pos del dramatismo. Algo en lo que incidiremos un poco más adelante.




Bohemian Rhapsody es un biopic puramente hollywoodiense al seguir casi todas las señas de identidad adheridas a este subgénero cuando ha sido gestado dentro de las majors estadounidenses. Estructura formada por inicio humilde, ascenso a la fama, caída en picado por culpa de excesos o adicciones varias, purgatorio y redención. Máxima responsabilidad de la viabilidad del proyecto depositada en un excelente actor cuya transformación física y labor interpretativa no sólo depara premios y alabanzas múltiples, sino que también llega a eclipsar al resto de apartados del largometraje, normalmente no muy destacables. Visión descafeinada de la vertiente más negativa de la personalidad del protagonista con la misión de conseguir una falsaria y artificial empatía con el espectador asumiendo la preconcebida incapacidad de este a la hora de conectar emocionalmente con una persona repleta de claroscuros. Idea esta que muestras magistrales, y atípicas, del subgénero como Bird, de Clint Eastwood, o The Doors, de Oliver Stone, desacreditan totalmente.




El largometraje dirigido por Bryan Singer y Dexter Fletcher se posiciona de manera más o menos ortodoxa en esta vertiente de hagiografías, pero por suerte no nos han privado de ofrecer la cara más excesiva de Freddie Mercury, aunque sea superficialmente. En Bohemian Rhapsody no se elude la bisexualidad del protagonista, ni su etapa más entregada a los excesos y la vida nocturna o sus visitas a los locales de ambiente de la época, algo de agradecer a los guionistas Anthony McCarten y Peter Morgan. El problema es que por todos esos momentos se pasa de puntillas, sin exponer en pantalla nada explícito que pudiera despertar las iras de cierto sector del público más conservador y así dejar satisfecho y feliz a todo el mundo mientras se paga el precio de lo acontencido realmente a lo largo de aquellos años, de vital importancia para que el frontman de Queen adquiriera la enfermedad que años más tarde la costaría la vida.




Desde un punto de vista estilístico y de ambientación la traslación de los mejores años profesionales de Queen a la pantalla es brillante. El trabajo de dirección artística, maquillaje y vestuario es de nota dando forma a un diseño de producción convertido en una de las mayores virtudes de la película a pesar de la presencia de alguna que otra peluca (las usadas por Freddie Mercury y John Deacon en los 70 o prácticamente todas las de Roger Taylor) de terrorífico acabado y una dentadura postiza demasiado pronunciada para Rami Malek con la intención de emular los característicos dientes del cantante. A todo esto debemos sumarle una banda sonora magistral con algunas de las mejores composiciones del conjunto y un especial cuidado y cariño por hacer creíble en los conciertos en directo, o los momentos íntimos con interpretaciones a capella, que es realmente Rami Malek el dueño de la portentosa voz de Mercury. Algo conseguido gracias a una combinación de la del actor, la del mismo cantante y la del canadiense Marc Martel, uno de sus mejores imitadores.




Como regalo para los fans de Queen Bohemian Rhapsody funciona desde el minuto uno. Con Freddie despertándose rodeado de gatos, escuchando ópera y con un cuadro en el centro de su dormitorio con la famosa fotografía de la actriz Marlene Dietrich que le sirvió como inspiración para la portada del álbum Queen II, y a su vez pose más característica de la banda en forma de rombo, o la delectación de Brian May sacando de su funda la Red Special, guitarra que construyeron su padre y él acompañándole a lo largo de toda su carrera; entre otros muchos detalles todo es una dosis continua de fanservice para los seguidores del grupo. Referencias a Smile, la composición de discos y temas icónicos, la presencia de personajes indivisibles a su historia, para bien o para mal, y la adecuada captación del espíritu musical de los británicos por medio de una labor histórica y de investigación tan digna de elogio como lógica si tenemos en cuenta quienes son los precursores del proyecto.




Tristemente no todo son alabanzas en el sentido de capturar la magia (¿a kind of magic?) de Queen en pantalla. La puesta en escena de Bryan Singer y Dexter Fletcher es tan eficiente cuando debe capturar la épica de las descargas en directo o el intimismo en los momentos más personales como recargada cuando quiere enfatizar la idea de convertir, desde un punto de vista inmersivo, al espectador en un testigo más de aquellos momentos inolvidables. Sirva como ejemplo el clímax del largometraje con el evento Live Aid y los históricos poco más de 20 minutos de Queen que insuflaron nueva vida a los cuatro músicos. Mientras las imágenes capturadas de la emisión original funcionan con una eficiencia intachable son el recurso de los planos detalle, la estilización visual exagerada de algunos encuadres innecesariamente enfatizados y una tendencia al efectismo los que en ocasiones nos sacan de ese glorioso final en el que se dejan notar las mayores virtudes y lo más notables defectos técnicos de Bohemian Rhapsody.




Pero si hay algo de lo que se ha acusado a los responsables de Bohemian Rhapsody es de manipular muchos hechos relacionados con la carrera de Queen y su cara visible, unos con mayor importancia que otros. Aunque nos privara de algunos de los momentos más emocionantes de la historia del grupo es comprensible que Roger Taylor y Brian May no quisieran abordar los años de enfermedad de Freddie por respeto hacia él y con la intención final de evitar el morbo. Lo que no tiene tanto sentido es cambiar la manera en la que Mercury se unió a la banda o conoció a Mary Austin, retrasar tres años la composición de un tema como We Will Rock You, convertir el disco en solitario del cantante en uno de los controvertidos motivos de la casi ruptura del cuarteto cuando por aquel entonces May y Taylor ya habían hecho lo propio, este último hasta en dos ocasiones; o afirmar que antes del concierto de Live Aid llevaban tres años sin tocar juntos obviando así la gira del disco The Works de 1984.




El cambio ejecutado con todos estos apuntes históricos relacionados con Queen, unos de más gravedad que otros como ya hemos anotado, palidecen ante la decisión más polémica tomada en Bohemian Rhapsody. Aunque la película nos quiera hacer creer lo contrario Freddie Mercury no descubrió que había adquirido el virus del VIH hasta 1987, no sólo dos años después de Live Aid, fecha elegida por el film para localizarla, sino uno más tarde de una de las giras más importantes de la banda, aquella Magic Tour con la que promocionaron el disco A Kind of Magic (1986). Para colmo los guionistas también afirman que Freddie confesó su enfermedad a Brian, Roger y John el mismo día del festival internacional impulsado por Bob Geldof, cuando realmente tuvo lugar con posterioridad Evidentemente estamos hablando de un largometraje con unos códigos y un lenguaje propios para enfatizar el dramatismo de su relato y el elegir Live Aid como su culminación obligó a los productores a ser prácticos y situar en aquel mítico día todo el poso emocional del clímax de la obra. Pero la decepción, y hasta el enfado, de algunos fans se antoja tan inevitable como comprensible.




Como previamente hemos mencionado en todo biopic, prototípico o no, su actor protagonista suele destacar sobre el el reparto de secundarios y en ocasiones por encima incluso del resto de apartados del largometraje, también algo acontecido en Bohemian Rhapsody. La labor de Rami Malek es brillante no sólo por capturar fielmente la gestualidad, el amaneramiento, la fuerza sobrehumana en la que se convertía sobre el escenario, el descaro y sobre todo el timbre de voz de Freddie Mercury, sino también por emular con virtuosismo esa amalgama entre divo virtuoso, excesivo y superdotado en su vida profesional y persona tímida, vulnerable y solitaria en lo personal que definía su identidad. Evidentemente la profecía se da por cumplida y él es lo mejor del film, pero por suerte el resto del reparto no le va a la zaga con cuatro eficientes actores como Joseph Mazzello, Ben Hardy y Gwilym Lee dando vida a sus compañeros de Queen (a destacar la labor del último como Brian May, con un trabajo de mímesis que poco tiene que envidiar al de Malek) o Lucy Boynton en la piel de Mary Austin, primer amor y mejor amiga de Freddie hasta el día de su prematura muerte.




Bohemian Rhapsody es una película para todos los públicos, hecha para gustar un amplio abanico de espectadores como los seguidores de la banda y el público generalista que conocerá por primera vez los entresijos de una de las bandas de rock más importantes de todos los tiempos con su cantante como epicentro del relato. Se trata de un buen producto, eficiente, hecho con cariño y con la misión de encumbrar la figura de Freddie Mercury y su memoria. Pero también es un producto de naturaleza prefabricada, facilón en muchos aspectos e ideado de manera milimétrica para forzar las emociones de todo aquel con intencionalidad de consumirlo como proyecto cinematográfico. Los fans más incondicionales del grupo nos quedamos con una sensación contradictoria. Agradecidos por la simple existencia del film, y molestos por haber desperdiciado la oportunidad de hacer algo verdaderamente grande con Queen.


lunes, 18 de diciembre de 2017

Tusk, rime of the ancient mariner



Título Original Tusk (2014)
Director Kevin Smith
Guión Kevin Smith
Reparto Justin Long, Haley Joel Osment, Génesis Rodriguez, Michael Parks, Johnny Depp, Ralph Garman, Harley Morenstein, Bill Bennett, Jennifer Schwalbach Smith, Rob Koebel, Harley Quinn Smith, Lily-Rose Melody Depp, Ashley Greene, Doug Banks, Matthew Shively






En el año 2011 el guionista y cineasta Kevin Smith dio un cambio radical a su estilo cuando decidió alejarse de las comedias juveniles repletas de freaks, nerds, sexo, escatología, cómics y referencias a la cultura pop con Red State, una abrasiva mezcla de terror y thriller en la que cargaba las tintas contra los extremistas religiosos (en concreto contra la Iglesia Bautista de Westoboro, fundada por el fallecido Fred Phelps y regida por su familia) ejecutando un trabajo que hundía sus raíces en el cine exploit y de Serie B de los años 70 con deudas claras con los primerizos Wes Craven y Tobe Hooper de La Última Casa a La Izquierda o La Matanza de Texas. Aunque el recibimiento se antojó dispar no fueron pocos los que alabaron la valentía del autor de Clerks o ¿Hacemos Una Porno? (Zack & Miri Make a Porno) para dar un giro tan brutal a su cine, marcando un antes y un después en su filmografía.




Cuando parecía que Red State sólo había sido un experimento y que tras el mismo Smith iba a volver al celuloide que le dio la fama su siguiente proyecto de nuevo supuso un giro inesperado de los acontecimientos. Tusk, que es el nombre de la penúltima cinta del director de Jay y Bob el Silencioso Contraatacan tiene su origen en SModcast, el podcast que Smith comparte con el canadiense Scott Mosier, amigo íntimo y habitual productor de sus largometrajes. En una de las entregas de dicho programa llamada "The Walrus and the Carpenter" ambos locutores hablaron largo y tendido sobre el extraño caso de un hombre que después de permanecer durante medio año perdido en el mar, con la única compañía de una morsa, al ser rescatado y enviado a su casa puso un anuncio en el que alquilaba su casa a una persona cuya única condición para asentarse en la lujosa mansión era que se pusiera durante dos horas al día el disfraz de un león marino.




De este modo la trama sigue los pasos de Wallace Bryton (Justin Long) y Teddy Craft (Haley Joel Osment) dos locutores al frente de un podcast llamado "The Not-See Party" (que juega con la pronunciación fonética de "Not-See" que es muy parecida a la de "nazi" en inglés) en el que comentan vídeos virales con un humor negro de más que dudoso gusto. Con la intención de visitar al protagonista de una de estas grabaciones Wallace viajará a la vecina Canadá, pero allí sus planes se verán radicalmente alterados cuando lea un peculiar anuncio en el que un lugareño de Manitoba ofrece alojamiento y cientos de relatos sobre sus años como marinero a aquel que decida aceptar su propuesta. Una vez allí Wallace conocerá al misterioso Howard Howe (Michal Parks) un anciano paralítico que, como prometía en un principio, ofrecerá al joven podcaster techo e historias sobre su vida en la mar, destacando por encima de todas ellas la del peculiar Mr Tusk, que le cambió la vida.




Tusk es una película que conviene ser vista conociendo poco o nada de su argumento, de hecho yo he facilitado algo más de la información pertinente para su disfrute total como producción cinematográfica y voy a seguir haciéndolo a lo largo de esta reseña para poder hablar adecuadamente de ella. Lo interesante es que el termino "disfrutar" puede que no sea el que mejor se adhiera a una pieza como la onceava película de Kevin Smith si tenemos en cuenta que el referente con el que más ha sido comparada, de manera bastante lógica, es The Human Centipede (2009), de Tom Six, aquella primera parte de una trilogía en la que dicho cineasta holandés narraba el experimento llevado a cabo por un "mad doctor" que decidía unir a tres personas adheriendo el ano de cada uno de ellos a la boca del siguiente para convertirlos en una especie de ciempiés humano con toda la visceralidad, escatología y morbidez que dicha propuesta cinematográfica conllevaba.




Kevin Smith hace algo muy parecido partiendo del hecho real narrado en su podcast compartido con Scott Mosier, pero cambiando la exigencia por parte del marinero retirado de que su inquilino se disfrazara durante dos horas diarias de morsa en una idea más retorcida y demencial como es que dicho personaje narcotice a su invitado (en este caso el protagonista de la película, interpretado por Justin Long) para posteriormente someterlo a una brutal cirugía plástica para deformar su cuerpo hasta límites malsanos con el único fin de que su físico se asemeje lo más posible al de dicho animal. La propuesta de Smith con Tusk es demencial, una pieza bizarra y suicida en no pocos aspectos, y lo más curioso es que durante su primera mitad funciona magníficamente bien en todos los sentidos posibles, pero es en la segunda cuando el proyecto se viene abajo casi hasta hundirse por un cambio de tono tan innecesario como inverosímil.




Desde su mismo arranque hasta la mitad del metraje Tusk se revela como uno de los mejores trabajos de escritura y dirección de Kevin Smith. En el proceso, y con la ayuda de algunos flashbacks adecuadamente insertados, el guionista y realizador irá perfilando la personalidad de su personaje principal interpretado por un tan repelente y pusilánime como creíble y cercano Justin Long, contextualizará el entorno en el que este se moverá (una Canadá oscura, llena de supuestos paletos y con un tratamiento que aparenta alejarse considerablemente de la realidad) y comenzará a desplegar todo el misterio y la amenaza que late detrás del rol de Howard Howe (enorme Michael Parks, como siempre, en uno de sus últimos trabajos) dándole una consistente profundidad desde el guión que tomará forma cuando empiece a contar a su invitado anécdotas sobre su vida y que eclosionará brutalmente en la secuencia durante la operación quirúrgica en la que conoceremos los hechos traumáticos de su pasado, sin que Smith utilice estos para justificar sus demenciales actos, sólo ofreciéndoles una génesis.




La interacción entre los dos personajes protagonistas, los ya citados flashbacks en los que iremos conociendo un poco más la vida personal de Wallace y que nos harán debatirnos entre el rechazo y la empatía, el pulso narrativo con el que Smith controla algunos de los pasajes más tensos (el personaje de Justin Long cayendo poco a poco bajo el efecto de los narcóticos que Howard le ha echado en el te, mientras este le sigue contando situaciones cada vez más esperpénticas de su pasado) esa violencia verbal recrudeciéndose al tiempo que torna en física cuando el antiguo marinero comienza con las distintas fases de la cirugía, todo ello funciona adecuadamente para que el espectador cada vez se encuentre más inquieto, incómodo y confundido con respecto a qué será capaz de hacer el demente Mr Howe con el imberbe podcaster que se ha metido en la boca del lobo por culpa de su afán por el sensacionalismo más chabacano y pueril propio del siglo XXI.




Pero todo lo que previamente había construido Kevin Smith con aplomo y un timing encomiable con la ayuda de unos protagonistas en estado de gracia que ejecutan un brillante tour de force se viene abajo cuando se consuma la transformación de Wallace en Mr Tusk. Tras el lógico impacto que supone ver al personaje de Justin Long convertido en morsa (excelente trabajo de Kurtz/Nicotero/Berger con el maquillaje, aunque algunos movimientos del actor delatan la naturaleza artificial del atuendo) el autor de la obra imprime un imprevisto cambio de tono hacia la comedia bufa que no concuerda para nada con el matiz de intriga y opresión que iba construyendo lentamente, pero con seguridad, a lo largo de la primera mitad de la obra, firmando su sentencia de muerte desde el mismo momento en el que abandonamos la casa de Manitoba y los personajes de Haley Joel Osment y Génesis Rodríguez (que da vida a Ally, la novia de Wallace) comienzan la búsqueda del protagonista.




A partir de ese momento comienzan a sucederse las situaciones inverosímiles, lo acontecido en la casa de Howard Howe cada vez se vuelve más histriónico e hiperbólico, rompiendo esa meritoria veracidad que Smith transmitía al espectador, con más mérito si cabe teniendo en cuenta el disparatado e inverosímil punto de partida de la película. Gran parte de la prematura decadencia sufrida por la obra durante esta parte del metraje se debe a la aparición del insulso e irreal personaje de Johnny Depp que aún guardándose un par de secuencias memorables como en la que describe las atrocidades que ejecuta el personaje de Michael Parks a modo de asesino en serie (Smith elegantemente narró en off toda la atroz intervención quirúrgica a la que rol del actor de Abierto Hasta el Amanecer sometió al protagonista, causando de esta manera más impacto sus actos en boca de Lapoint al apelar a la imaginación del espectador) lastra el ritmo del proyecto y alude a una pátina humorística que no funciona en casi ningún momento.




Pasajes como el flashback en el que se narra la visita de Guy Lapointe a la cabaña en la que vivía Howard Howe con anterioridad y el comportamiento de este fingiendo algún tipo de deficiencia mental parecen sacados de una película que no tiene nada que ver con Tusk y otros como el de la interminable conversación entre el ya citado detective interpretado por Johnny Depp y los personajes de Teddy y Ally en la hamburguesería hieren de muerte a la película mientras esta se va desangrando poco a poco en la recta final del metraje. Por suerte y una vez entregada la película al humor chabacano y la anarquía narrativa mal entendida Smith nos depara algún momento remarcable como la más atípica, peculiar y bizarra pelea cuerpo a cuerpo que se ha visto en una pantalla en muchos años. Por desgracia esta entrega a la locura no sirve para que olvidemos que el autor de Persiguiendo a Amy ha perdido la oportunidad de ejecutar una de sus mejores obras alejada del liviano tipo de celuloide con el que se dio a conocer.




Presentada como la primera entrega de una saga titulada "True North Trilogy" en la que Kevin Smith parece destilar una pueril inquina hacia Canadá (suponemos que formando parte de alguna broma interna con su colega y colaborador Scott Mosier) Tusk supone una película entretenida, para todo aquel espectador con el estómago más o menos endurecido, que pudo ser mucho más que eso si la segunda parte de su metraje no hubiera sido abordada tan inadecuadamente por su guionista y director. Retorcido, negrísimo, arriesgado y en varios aspectos autobiográfico el penúltimo trabajo del cineasta nacido en New Jersey marca el inicio de una nueva etapa en su carrera que tuvo continuación con Yoga Hosers, un spin off derivado del proyecto que nos ocupa con un punto de partida no menos descabellado que el de este pero con unos resultados considerablemente peores a la hora de intentar amalgamar géneros y tonos que en ningún momento funcionan con la solidez necesaria y de la que hablaremos en breve dentro de Transgresión Continua.



jueves, 7 de septiembre de 2017

Verónica



Título Original Verónica (2017)
Director Paco Plaza
Guión Fernando Navarro y Paco Plaza
Reparto Sandra Escacena, Bruna González, Claudia Placer, Iván Chavero, Ana Torrent, Consuelo Trujillo, Sonia Almarcha, Maru Valdivielso, Leticia Dolera, Ángela Fabián, Carla Campra, Samuel Romero




Aunque conoció la fama en 2007 junto a su compañero y amigo Jaume Balagueró con la primera entrega de la saga [·REC] que idearon de forma conjunta el cineasta valenciano Paco Plaza ya tenía un considerable bagaje en el medio audiovisual cuando liberó a la Niñea Medeiros en plena ciudad de Barcelona junto al director de Darkness o Frágiles. En 1999 su cortometraje Abuelitos se hizo un nombre en los círculos independientes y su salto al largo tuvo lugar con la estimable El Segundo Nombre, la adaptación de una novela del escritor británico Ramsey Campbell (otro punto en común con Balagueró, que basó su debut detrás de las cámaras en otro libro del mismo autor con Los Sin Nombre) rodada en inglés, con vocación internacional y unos resultados bastante competentes. Más tarde, en 2004, y ya dentro del seno de la añorada Fantastic Factory rodó Romasanta: La Caza de la Bestia, una de las piezas más elaboradas y competentes de la entrañable productora impulsada por el productor Julio Fernández o el director Brian Yuzna y segunda versión (la primera la ofreció Pedro Olea en la muy remarcable El Bosque del Lobo) dentro nuestro celuloide de la historia de Manuel Blanco Romasanta, el llamado “Hombre Lobo de Allariz”. Más tarde colaboró en la antología Películas Para No Dormir con la divertida y negrísima Cuento de Navidad, pieza que tiene algunos puntos en común con la obra que nos ocupa en esta ocasión.




El proyecto de Verónica nació de la mente de Enrique López Lavigne, cabeza visible de la productora Apaches Entertainment y personalidad detrás de grandes éxitos de nuestro cine como Lo Imposible o Un Monstruo Viene a Verme cuando inspirándose en el famoso “Expediente Vallecas” (uno de los supuestos casos paranormales más famosos de España acaecido en 1991 y que, al igual que otros, acabó convirtiéndose en un circo) decidió colaborar de manera conjunta con Paco Plaza para sacar adelante un largometraje inspirado en dichos hechos basándose en un atestado policial que confirmaba la naturaleza sobrenatural de lo sucedido en aquel inmueble localizado en el famoso barrio madrileño. Verónica es el resultado de esa colaboración y con ella podemos hablar claramente de una de las mejores producciones patrias del 2017 y la obra de madurez de su creador ofreciendo pasajes memorables dentro de una pieza ejecutada con una profesionalidad intachable en todos sus apartados.




Verónica narra cómo después de interrumpir abrúptamente el contacto con lo que parece una entidad sobrenatural durante una sesión de tabla Ouija con dos compañeras de clase y coincidiendo con un eclipse solar la adolescente que da nombre al film comienza a experimentar sucesos paranormales dentro de la casa en la que vive con sus tres hermanos pequeños y en la que la figura materna casi siempre está ausente por problemas de trabajo. Los hechos inexplicables van en aumento y las crisis nerviosas de la chica comienzan a sucederse influyendo en el estado de ánimo de su familia, debido a que aparentemente durante la sesión de espiritismo Verónica liberó algo que no ha vuelto a su plano original y ahora la acompaña allá donde va. La protagonista piensa que dicho ser es el espíritu de su padre fallecido, pero la realidad resultará ser mucho más aterradora y la policía nacional de Vallecas será testigo de ello. Con este material, que finalmente se aleja en bastantes aspectos de los supuestos hechos reales, Paco Plaza elabora una pieza del todo estimable con la que no inventa nada, pero sí consigue un tour de force soberbio gracias al buen uso que hace de los lugares comunes de género.




De hecho el trabajo de Paco Plaza en Verónica se emparenta con el de James Wan en las sagas Insidious o The Conjuring: Expediente Warren en que ambos cineastas suplen la falta de originalidad de sus historias con un pulso narrativo, una creación de atmósferas y una dirección de actores de alto nivel. El valenciano construye un relato adherido a todas las señas de identidad del celuloide sobre poltergeists, casas endemoniadas o posesiones, pero su proyecto funciona al 100% de sus posibilidades porque su guión co escrito junto a Fernando Navarro y su excelente reparto consiguen que el contexto espaciotemporal se antoje brutalmente realista y cercano. El film recrea de manera soberbia el Vallecas de 1991 por medio de la decoración, el vestuario, los vehículos, pero en ningún momento se regodea en la nostalgia o da a esta más importancia de la necesaria y hace un uso tan inesperado como brillante del disco Senderos de Traición de Héroes del Silencio (un brutal éxito musical de la época que copa bastan protagonismo en la construcción conceptual de la obra) con temas como Maldito Duende y sobre todo Hechizo, que se convierte en un leit motiv dentro de la obra a la hora de expresar, por medio de su letra, el estado de ánimo y la psicología de la protagonista.




Paco Plaza acomete su labor con una pericia técnica asombrosa, con más mérito si cabe teniendo en cuenta que Verónica no es una gran superproducción dentro de nuestro cine. El director de [Rec]³: Génesis ejecuta algunas secuencias brillantes, dosificando trucajes visuales y movimientos de cámara dignos de ovación cerrada y gracias a su pulso para controlar los resortes narrativos de un género que conoce perfectamente o una dirección de fotografía impresionante a manos de un Pablo Rosso que se hace grande en los espacios pequeños consigue transmitir una atmósfera impía, peligrosa, diabólica, de una naturaleza epidérmica casi palpable que el espectador percibe como real y cercana. Todas las secuencias con apariciones de “entidades” que casi nunca se ven de manera explícita, el excelente uso de los efectos de sonido (esos gemidos que suenan cada vez que el vaso se desliza por el trablero Ouija en la escena desencadenante de todo, los inhumanas voces de los seres que supuestamente habitan el piso) y la enorme dirección de actores hacen que Paco Plaza realice con Verónica su mejor labor detrás de las cámaras hasta el momento.




Con respecto a la citada dirección de actores debemos hacer mención al excelente reparto elegido para dar vida a la familia protagonista de la obra. Sandra Escacena debuta en el mundo del cine teniendo que llevar sobre los hombros un personaje difícil, con una entrega física y psicológica muy exigente que ella aprovecha al máximo para ofrecer un recital interpretativo en el que su abrasiva mirada dice más que veinte líneas de diálogo. Le acompañan tres niños que se revelan como uno de los aciertos mayúsculos de Verónica, ya que junto a la protagonista (y la madre a la que da vida una excelente aunque demasiado dosificada Ana Torrent) Bruna González, Claudia Placer y sobre todo un adorable Iván Chavero como Antoñito (ese estrabismo, esa voz encantadora, esa manera de andar) son el anclaje terrenal no sólo de su hermana mayor en la ficción, sino también del mismo relato que vertebra la película. Su complicidad, las dosificadas escenas de humor (la multifacética Miss Madrid, los comentarios sobre la vecina) y la empatía que experimenta la platea cuando los ve en peligro en el clímax final del largometraje hacen el resto. Enorme trabajo de casting el de los responsables de la obra que se salda con un sobresaliente.




Moviéndose inteligéntemente dentro de la ambigüedad para plantear si todo lo que experimenta la protagonista es pura sugestión, extendida de manera vírica a sus hermanos, por ser asidua lectora de publicaciones sobre ocultismo o parapsicología o si realmente hay una presencia diabólica que la acecha (aunque esta dicotomía desaparece cuando Plaza en la recta final elige una de las dos teorías) añadiendo referencias a clásicos del género a modo de carta de amor (desde La Centinela hasta su propia [·REC] pasando por Al Final de la Escalera o Poltergeist) y regalando a los espectadores algunos de los momentos más intensos vividos en una sala cinematográfica en 2017 Verónica es una muestra más de la buena salud en la que se encuentra el celuloide fantástico y de terror patrio gracias a artesanos como Jaume Balagueró (su nueva cinta, Musa, ya está en postproducción) o el propio Paco Plaza que cogiendo como base una historia de muy dudosa veracidad ha conseguido dar forma al que es hasta ahora el punto más alto de su interesante filmografía, la misma que el que esto firma seguirá de cerca, como hasta ahora estaba haciendo, sobre todo si en un futuro nos depara piezas tan estimulantes como la que nos ocupa.



jueves, 15 de diciembre de 2016

Snowden, juego de patriotas



Título Original Snowden (2016)
Director Oliver Stone
Guión Kieran Fitzgerald y Oliver Stone, basado en los libros de Anatoly Kucherena y Luke Harding
Reparto Joseph Gordon-Levitt, Shailene Woodley, Melissa Leo, Zachary Quinto, Tom Wilkinson, Rhys Ifans, Nicolas Cage, Logan Marshall-Green, Timothy Olyphant, Scott Eastwood, Joely Richardson, Jaymes Butler, Ben Schnetzer, Ben Chaplin, Edward Snowden





En junio del año 2013 los periódicos The Guardian y The Washington Post hicieron públicos documentos clasificados como alto secreto relacionados con la NSA (National Security Agency), una agencia de inteligencia perteneciente al gobierno de Estados Unidos cuya misión es controlar los flujos de información con el fin de proteger la seguridad nacional del país de las barras y estrellas. La persona que filtró dichos datos con los que salieron a la luz los programas de vigilancia secreta a nivel global con los que las altas instancias del la "democracia más grande del mundo" vigilaba todos los aparatos electrónicos de la población a nivel mundial fue Edward Snowden, consultor tecnológico y antiguo empleado de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) que puso en peligro su carrera profesional e integridad física para dar a conocer las malas artes llevadas a cabo por las altas esferas de su país más propias de un régimen dictatorial que de una nación que se dice democrática. 




Todos estos hechos fueron capturados por la cámara de la cineasta Laura Poitras en el soberbio, pero de ritmo algo irregular, documental Citizenfour, ganador del Óscar en su categoría en el año 2014, que narraba todo el proceso previamente descrito que se inicio cuando Edward Snowden tomó contacto por primera vez con la autora de My Country, My Country y The Oath y con los periodistas Glenn Greenwald y Ewen MacAskill. Tras dichos acontecimientos Snowden dividió a la población de Estados Unidos siendo considerado un héroe para unos y un traidor para otros, de modo que a pocos extrañó que el director y guionista Oliver Stone se interesara por la figura de este brillante informático e informante. Con varios problemas para sacar adelante el proyecto, teniendo que recurrir en parte a capital francés, debido a la negativa de varias productoras a invertir dinero en un proyecto incómodo de cara a la opinión pública Snowden llegó el pasado mes de Octubre a las carteleras de todo el mundo, incluida la española por la que ha pasado bastante desapercibida.




Basada en los libros The Snowden Files de Luke Harding y Time of the Octopus de Anatoly Kucherena gracias al guión escrito a cuatro manos por Kieran Fitzgerald (Deuda de Honor) y el mismo Oliver Stone, así como poseedora de un reparto soberbio con algunos de los mejores actores internacionales del momento como Melissa Leo (Red State) Tom Wilkinson (Batman Begins) Zachary Quinto (Star Trek; Más Allá)  Shailene Woodley (Divergente) Rhys Ifans (The Amazing Spiderman) o Nicolas Cage (World Trade Center) y un Joseph Gordon Levitt (El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace) metido en la piel de Edward Snowden la última producción del director de Un Domingo Cualquiera o Asesinos Natos nos recupera a un Stone que, si bien no está a la altura de sus grandes obras, sí encarrila una carrera que en los últimos años andaba bastante perdida a la hora de ejecutar producciones de ficción que nos recordaran al gran narrador de historias que un día fue.




A pesar de adscribirse a la ortodoxia al thriller de espionaje al más puro estilo Jason Bourne (aunque prescindiendo evidentemente de la acción física) y al político con referencias a cineastas expertos en dicho subgénero como Alan J. Pakula o John Frankenheimer Snowden es tanto en intenciones ideológicas como en estructura un claro remake de Nacido el 4 de Julio, una de las mejores obras del mismo Oliver Stone. Ambos trabajos inspirados en personajes reales comienzan con un joven americano de pensamiento conservador creyente ciego en la infalibilidad de los gobernantes de su nación que tras tomar conciencia de su propia realidad descubriendo la inmundicia en la trastienda de Estados Unidos, y siempre con el apoyo de una mujer a la que ama aún pensando de manera totalmente opuesta a él, acaba conviertiéndose en otro tipo de patriota, el que es capaz de poner en entredicho a su gobierno para luchar por los derechos de sus conciudadanos.




Con este contexto bien construido Oliver Stone consigue inyectar todas sus inquietudes cinematográficas e ideológicas a la historia de un personaje como el de Edward Snowden, narrando su vida desde que se alistó en el ejército de los Estados Unidos hasta que destapó los ilegales programas de vigilancia de la NSA. El film toma como arranque el primer encuentro entre Snowden, la cineasta Laura Poitras y los periodistas Glenn Greenwald  y Ewen MacAskill, de este modo el director y su co guionista exponen por medio de flashbacks todo aquello que el documental Citizenfour obviaba, por motivos lógicos, los hechos protagonizados previamente por el célebre analista informático como su adiestramiento en la CIA a manos de sus superiores Corbin O'Brian y Hank Forrester, su relación con Lindsay Mills y cómo su vida profesional repercute negativamente en la personal cuando decide sacar a la luz la información sobre la vigilancia secreta a nivel global de su país, manteniendo a su compañera sentimental al margen de toda la trama conspiranóica para preservar su seguridad.




Con respecto a esto último debemos destacar de Snowden su única mácula, que por desgracia acompaña a casi todos los últimos proyectos de Stone. Al igual que en Wall Street: El Dinero Nunca Duerme, Salvajes y sobre todo World Trade Center en el más reciente proyecto del director norteamericano no funciona tan bien la subtrama amorosa o sentimental de los personajes como la central que basculaba el grueso del relato. De este modo todo el núcleo argumental sobre la CIA, las vigilancias de la NSA, el espionaje, las conspiraciones y la "sombra del imperio" que sobrevuela al protagonista es mucho más interesante que la narración secundaria entre Edward y Lindsay por mucho que esté adecuadamente abordada en el guión y los dos actores que la interpretan se ocupen de que la interacción en pantalla se muestre en todo momento creíble y cercana. Por suerte dicha subtrama funciona de manera eficiente y no perjudica al conjunto de la obra, ni transmite sensación de irregularidad al discurrir de acontecimientos expuestos en el relato, pero como comentamos es la pequeña mancha de la producción.




Oliver Stone vuelve a recuperar gran parte del punch de su puesta en escena demostrando lo bien capacitado que sigue estando para rodar ficción. Snowden muestra a un artesano eficiente, que controla tanto el apartado visual (brutal esa representación de los perfiles de redes sociales convirtiéndose en un enorme ojo orwelliano que todo lo ve) como el narrativo, apoyándose en un guión sobresaliente que facilita copiosa información sin despistar al espectador por medio tecnicismos y un montaje que aunque no se muestra en pantalla tan brillante como el de muchas de sus obras previas está ejecutado con la pericia esperada en una producción made in Stone. El director de Comandante o Looking For Fidel sabe medir los tiempos, dar un ritmo envidable a una historia que en todo momento se antoja adictiva e interesante y gracias a una sabia dirección de actores nos incita a identificarnos con un reparto en estado de gracia encabezado por un Joseph Gordon Levitt brillante al que le deberían llover los premios por meterse de manera escrupulosamente fidedigna en la piel de su personaje emulando con pericia su gestualidad, tono de voz y presencia física, haciéndole justicia en resumidas cuentas.




Vibrante pero no apasionada, inteligente aunque no discursiva, elogiosa con la figura a la que retrata pero sin caer en la hagiografía, Snowden nos recupera a un Oliver Stone que si bien no puede equipararse al de sus mejores trabajos sí sube mucho el nivel con respecto al de la mayoría de sus últimas obras de ficción, aquellas que estaban siendo eclipsadas por su mastodóntica labor en el mundo del documental (nunca me cansaré de recomendar La Historia No Contada de Estados Unidos, posiblemente, su obra cumbre como autor) y que pueden volver a encarrilar la carrera del que sigue siendo uno de mis cineastas favoritos, la voz de la conciencia de un país contradictorio que es capaz de convertir en el enemigo público número uno a un demócrata que no cree que su gobierno deba comportarse como la policía del mundo en pos de una falsa sensación de seguridad que lo convierte en la máquina imperialista y bélica que con la reciente llegada de Donald Trump a la presidencia seguramente no dejará de ser al menos durante los próximos cuatro años.