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jueves, 2 de enero de 2020

Adiós



Título Original Adiós (2019)
Director Paco Cabezas
Guión Carmen Jiménez, José Rodríguez, Paco Cabezas
Reparto Mario Casas, Natalia de Molina, Ruth Díaz, Carlos Bardem, Vicente Romero, Mona Martínez, Pepa Aniorte, Sebastián Haro, Paulina Fenoy, Mauricio Morales, Pablo Gómez-Pando, Salva Reina





Seguramente el cineasta sevillano Paco Cabezas no sabía que su segundo largometraje, Carne de Neón, iba a suponer el prematuro punto de inflexión en su carrera. Aquella ruda y entrañable cinta protagonizada por Mario Casas, Ángela Molina, Macarena Gómez, Antonio de la Torre, Vicente Romero o Blanca Suárez, inspirada en el cortometraje homónimo rodado por el mismo director años antes, llamó la atención en el panorama internacional lo suficiente como para que el gran Nicolas Cage pusiera sus ojos en el máximo responsable del film para encargarse de la realización de uno de los muchos proyectos que el actor protagoniza al año. Tokarev destacaba entre el pozo de mediocridad y decadencia que suponían las últimas producciones del ganador del Oscar por Leaving Las Vegas gracias a la destacable labor de Cabezas detrás de las cámaras.




Dicho largometraje abrió a Cabezas las puertas de Hollywood y después de su segundo trabajo para la pantalla grande, Mr. Right, peculiar comedia romántica protagonizada por Sam Rockwell y Anna Kendrick, fueron la ficción televisiva y las plataformas digitales las que lo acogieron en su seno. Desde 2016 podemos encontrar al sevillano acreditado en labores de dirección en productos tan destacados como American Gods, Penny Dreadful, El Alienista, Deadly Class, Fear the Walking Dead o Dirk Gently, entre otros. Contra todo pronóstico moverse entre series de primera línea en la meca del cine mientras se ponen a su servicio actores de renombre como Ian McShane, Eva Green, Daniel Bruhl o Elijah Wood no es algo que a Cabezas se le haya subido a la cabeza, mostrándose siempre con los pies en la tierra y tan humilde o cercano como en sus inicios.




Es muy posible que sea esa sencillez la que incitó a Cabezas a abandonar momentaneamente su exitoso trayecto en Estados Unidos y aunar fuerzas con Enrique López Lavigne, artífice detrás de la productora Apache Films, para rodar su cuarto largo en España. Con Adiós Cabezas no sólo vuelve a su país de origen, sino también a su Sevilla natal localizando la trama en el famoso barrio de las 3000 Viviendas contando la historia de un matrimonio, interpretado por Mario Casas y Natalia de Molina, que el día de la comunión de su hija pequeña se ven implicados en un trágico hecho que supondrá el inicio de una serie de catastróficas desdichas en las que la violencia, el narcotráfico, la venganza y las fuerzas de la ley se verán implicadas convirtiendo la zona en un polvorín apunto de estallar.




Adiós es el proyecto más personal de Paco Cabezas. Un western con reminiscencias lorquianas en el que conviven Enrique Urbizu y Carlos Saura con Sergio Leone o Sam Packinpah. El sevillano apela a su puesta en escena habitual llena de vigor y crudeza mientras insufla al relato, escrito por él mismo junto a Carmen Jiménez y José Rodríguez, un lirismo basculante entre el dolor y la fatalidad al compás de un flamenco arrancado de las entrañas. Los lazos sanguíneos y fraternales, la inevitabilidad de la tragedia y el desarraigo como señas de identidad de unos personajes llevados al extremo permiten a Paco Cabezas desplegar todas las posibilidades dramáticas ofrecidas por lo que en manos de un cineasta menos talentoso y entregado a la causa hubiera desembocado en la enésima cinta sobre un ex delincuente viéndose arrastrado de nuevo a los viejos hábitos por una vendetta personal.




Se nota que Cabezas conoce de primera mano el terreno en el que se mueve. Esas 3000 Viviendas en las que los ciudadanos tienen que convivir día a día con la violencia y el crimen es capturada por el objetivo de su cámara con un cortante y seco realismo a pie de calle, mostrando la cara oculta de esa Sevilla que poco tiene que ver con el folclore propio de la capital andaluza adherido a pasos de semana santa, casetas de feria o señoritos adinerados. En Adiós sólo quedan el orgullo y los estrictos códigos de honor de clanes manteniendo una exigua tregua apunto de saltar por los aires, creando una atmósfera de continua amenaza que a un servidor no le es ajena por haber crecido, y seguir viviendo, en una ciudad en la que hechos como los mostrados en el film se suceden en algunas de las zonas más desfavorecidas donde el desamparo y la carestía sitúan la ilegalidad como uno de los pocos medios de supervivencia.




Si en Carne de Neón Cabezas demostró sobrada soltura para amalgamar secuencias de acción poderosas con un tono de comedia tierno y con corazón en Adiós hace lo propio, pero mejorando notablemente el resultado y en esta ocasión mezclando el tono de thriller policíaco y urbano con el drama. Mientras hace acto de presencia el enorme talento del sevillano para facturar pasajes en los que impera la violencia explícita no menos acertado es su medido y nada obvio retrato sobre el dolor y la pérdida dentro de un núcleo familiar. El in crescendo de intensidad dramática en el que se adentra Adiós en su último acto culmina con dos secuencias que están entre lo mejor visto en celuloide patrio este 2019 y son esa madre haciendo lo indecible por sus hijos, el clímax final en el edificio abandonado y el precioso epílogo que cierra la obra.




Hablar de Adiós es hacerlo de uno de los mejores y más compactos repartos que ha ofrecido el cine español en mucho tiempo. Hablar del reparto de Adiós es hacerlo del actor que lo encabeza y ese es Mario Casas. Todavía resuenan en este blog mis palabras de rechazo por esa aberración titulada 3 Metros Sobre el Cielo, película por la que siento un especial y genuino odio. Pero también dejé constancia en las reseñas de Grupo 7, Las Brujas de Zugarramurdi, Mi Gran Noche, El Bar o la citada Carne de Neón que el gallego es capaz de ofrecer trabajos meritorios alejados de los que le dieron popularidad. Casas ejecuta en Adiós el mejor papel de su carrera, una composición repleta de matices, fuerza y saber estar que eclosiona en el ya referenciado clímax final con algunos instantes que a un servidor le reconcilian definitivamente con el protagonista de La Mula o El Fotógrafo de Mauthausen.




A Mario Casas le da la réplica una de las mejores actrices jóvenes del momento, Natalia de Molina. Mi paisana de origen linarense acomete con las tablas de una veterana de la interpretación un papel difícil, sobre el que recaen las escenas de calado dramático más destacadas de Adiós con la doble ganadora del Goya brillando en todo momento. A los dos actores principales se suman secundarios como Vicente Romero o Mauricio Morales dentro de la familia Santos y Carlos Bardem, Sebastián Haro o Ruth Diaz como los policías que investigan el caso que da inicio a la trama, ofreciendo todos ellos una labor sobresaliente. Pero si hay un personaje que devora el encuadre cada vez que la cámara de Paco Cabezas repara en su presencia es Mona Martínez como María Santos, interpretando un papel desgarrador y fiero como arrancado de las páginas de Bodas de Sangre o La Casa de Bernarda Alba. Una hazaña lo de la actriz malagueña que corona un casting de lujo.




Adiós es la obra de madurez de un director que después de hacerse un nombre en el mundo del cortometraje, debutó en el largo con un producto humilde como Aparecidos que en cierta manera ya aventuraba un futuro internacional en el que se movería entre su país y esos Estados Unidos que le recibieron con los brazos abiertos después de que Ricky decidiera regalarle un prostíbulo a Pura, su madre ex convicta. Aunque dentro de poco volveremos a verlo en Hollywood en el nuevo spin off de Penny Dreadful, así como escribiendo y dirigiendo su nueva película, A Cat in a Box, un servidor sólo puede tener palabras de agradecimiento para Paco Cabezas por haber vuelto a su tierra, que es también la mía, para demostrar que el éxito y el haberse convertido en un artesano dentro del epicentro del cine a nivel mundial no le ha hecho olvidar de donde viene y las que serán siempre sus raíces.


sábado, 7 de abril de 2018

Que Dios Nos Perdone, el mal que hacen los hombres



Título Original Que Dios Nos Perdone (2016)
Director Rodrigo Sorogoyen 
Guión Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen
Reparto Antonio de la Torre, Roberto Álamo, Javier Pereira, Luis Zahera, Raúl Prieto, María de Nati,  María Ballesteros, José Luis García Pérez, Mónica López, Rocío Muñoz-Cobo, Teresa Lozano,  Francisco Nortes, Andrés Gertrúdix, Jesús Caba, Alfonso Bassave, Raquel Pérez, Javier Tolosa, Josean Bengoetxea





Es ineludible que desde hace unos años el thriller español está viviendo una nuevo resurgir que lo mantiene con una excelente salud. Grupo 7, La Isla Mínima, Cien años de Perdón, Invasor, Celda 211, El Niño o Tarde Para la Ira son buenas muestras de cómo este tipo de cine puede ofrecer productos de calidad dentro de la cinematografía patria que también conectan con el gran público. Después de su alabado debut en solitario detrás de las cámaras con Stockholm, drama romántico protagonizado por Aura Garrido y Javier Pereira, el cineasta madrileño Rodrigo Sorogoyen probó suerte dentro de este género con Que Dios Nos Perdone, uno de los mejores largometrajes del año 2016 que consiguió importantes reconocimientos como el premio al mejor guión en festival de San Sebastián para el mismo Sorogoyen y su colaboradora Isabel Peña y el Goya al mejor actor principal para Roberto Álamao dentro de las seis nominaciones que había recibido para dichos galardones.




Que Dios Nos Perdone tiene lugar en Madrid durante el verano de 2011 en plena visita del Papa Benedicto XVI a la capital española arrastrando una enorme horda de fieles. Los inspectores de policía Alfaro (Roberto Álamo) y Velarde (Antonio de la Torre), cada uno de ellos arrastrando sus propios problemas personales relacionados con la violencia y el aislamiento social, investigan el caso de un escurridizo y brutal asesino en serie cuyas víctimas son mujeres de la tercera edad. En este contexto de confusión y calles atestadas de turistas tendrán que intentar dar con el paradero de dicho criminal para impedir que siga quitando vidas. En el proceso ambos agentes descubrirán que sus propios instintos violentos y expeditivos no les diferencian demasiado del animal salvaje al que están dando caza y que se convertirá en una obsesión personal para ambos una vez decidan rebasar todos los límites con el único fin de atraparlo.




La segunda película de Rodrigo Sorogoyen es un thriller policíaco genérico desde una perspectiva narrativa, pero una rara avis desde la estilística. En un tiempo en el que este tipo de largometrajes son abordados con una visión arraigada en el celuoide norteamericano, en ocasiones heredado de artesanos como William Friedkin o John Frankhenheimer, con una cámara al hombro inmersiva y unas secuencias de acción brutalmente orgánicas el madrileño apela a una puesta en escena contenida, sobria, en la que apenas se da cobijo a planos nerviosos que busquen forzadamente un ritmo frenético, dejando respirar los encuadres por medio de peculiares grandes angulares, recurriendo en ocasiones hasta al estatismo y una fluidez naturalista que en cierta manera entronca con la sordidez de la historia que se nos narra, aunque cuando debe exponer en pantalla secuencias de violencia explícita afines al tono brutalista de la propuesta lo hace con notable pericia y sobrado oficio.




Si desde el punto de vista de la realización Que Dios Nos Perdone rompe no pocas normas con respecto a la estética propia aplicada al género al que se adscribe, en cuanto a la escritura el contexto opresivo y el entorno amenazante se apoderan del relato. De esta manera Isabel Peña y Rodrigo Sorgoyen construyen una historia en la que la violencia sobrevuela todo el conjunto de la obra, adentrándose en terrenos de la ambigüedad moral a la hora de retratar a criaturas en cierta manera deleznables con las que llegamos a empatizar por el simple hecho de implicarnos en el caso en el que se ven inmersos y no por otra causa de naturaleza más emocional aunque algo de ello hay. De esta manera los guionistas apelan a aquella teoría planteada por Alan Moore en la mítica La Broma Asesina en la que afirmaba que Batman estaba a sólo un mal día de convertirse en el Joker. Los inspectores Alfaro y Velarde finalmente se diferencian poco del asesino en serie al que están buscando y dicha idea se confirma en el epílogo que cierra el largometraje..




El primero, que queda perfectamente perfilado con la escena de la execrable anécdota entre el antidisturbio y el manifestante que relata entre carcajadas, es un psicópata con uniforme, uno de esos dementes que eligen entrar en las fuerzas y cuerpos del estado para poder canalizar sus instintos violentos contra "criminales que lo merecen" pero cuyo carácter volatil le incita a agredir incluso a sus propios compañeros. La paradoja llega cuando somos conscientes de que es un profesional eficiente en su trabajo, una especie de Vick Mackey patrio que se enfanga hasta el cuello para que los altos mandos de la policía no tengan que ensuciarse personalmente mientras estos le permiten sobreexplotar dicha faceta para no tener que implicarse personalmente en una vida privada, con una mujer y dos hijos, muerta en vida por culpa de su personalidad amenazante y expeditiva.




El segundo es un metódico inspector, apocado y callado, a causa de su notable tartamudez, que suscita tanta admiración como rechazo por parte de el resto de policías debido a su peculiar método para analizar las escenas del crimen. Pero al igual que su compañero es un negado en su vida social y pésimo para las relaciones sentimentales, algo que se deja percibir claramente con la controvertida subtrama de la limpiadora en la que vemos florecer en el personaje unos instintos mórbidos cuyo germen parece encontrarse en la interacción diaria que experimenta con todo tipo de homicidios perpetrados por brutales asesinos en serie y con los que, volvemos a apuntar, parece tener más similitudes de las que pudiera parecer en un principio aunque se encuentre en el lado opuesto de la ley, abordando de este modo una teoría que un año después diseccionarían también Joe Penhall y David Fincher en la brillante Mindhunter.




Para que estos dos personajes repletos de claroscuros y dilemas éticos y morales sean extrapolados del papel a la pantalla con la eficiencia necesaria Que Dios Nos Perdone recurre a dos actores sencillamente brillantes. Roberto Álamo alterna con un aplomo digno de análisis carisma y socarronería con un profundo rechazo y en ocasiones hasta asco, aprovechando su rotundo físico para convertirse en una bestia descontrolada que intimida con su propia presencia en pantalla. Comparte con él una química descomunal un Antonio de la Torre en la línea de sus últimos personajes, silencioso, casi imepertérrito, permitiéndose en muy pocas ocasiones transmitir sus emociones (la conversación sobre las prostitutas con su colaborador es una oasis en el desierto) pero que condensa en su interior, con incluso más efectividad que su compañero de reparto, el subtexto del largometraje sobre lo fina que es la línea que separa a "héroes" y "villanos".




Con un trabajo casi intachable y en cierta manera arriesgado por parte de su director a la hora de sumergirse por primera vez en este tipo de celuloide, un guión bien construido y con reflexiones interesantes enraícadas en el género policíaco desde los tiempos de Sidney Lumet, dos actores sobresalientes respaldados por secundarios de sobrada eficiencia como Luis Zahera, Mónica López, Rocío Muñoz, José Luis García Pérez o un perturbador Javier Pereira Que Dios Nos Perdone confirma, como bien apuntábamos al inicio de la entrada, la buena salud del thriller en el actual cine español, con cada vez más autores probando suerte con el género y ofreciendo, como en la ocasión que nos ocupa, un retrato del lado más siniestro y oculto de una estado de derecho que trata de erradicar una violencia en las calles que ya se encuentra impregnada en nuestro ADN extendiéndose como un virus por todos los estratos de nuestra sociedad sin que nadie pueda o quiera evitarlo.



domingo, 31 de diciembre de 2017

Perfectos Desconocidos



Título Original Perfectos Desconocidos (2017)
Director Álex de la Iglesia
Guión Jorge Guerricaechevarría y Alex de la Iglesia, basado en el guión de Paolo Genovese, Filippo Bologna, Paolo Costella, Paola Mammini, Rolando Ravello
Reparto Belén Rueda, Eduard Fernández, Ernesto Alterio, Juana Acosta, Eduardo Noriega, Dafne Fernández, Pepón Nieto, Beatriz Olivares





Álex de la Iglesia es uno de nuestros directores más prolíficos y reconocidos, convirtiéndose en un pequeño acontecimiento cada estreno de una de sus nuevas obras. Este 2017 el cineasta bilbaíno ha realizado una jugada inusual en su filmografía ofreciendo dos películas en una misma temporada. El pasado mes de Marzo llevó a las carteleras El Bar, una típica muestra de su vertiente de humor negro y trasfondo de género que aunque se desvirtuaba en cierta manera en la recta final se engrandecía gracias a su realización y la destacable labor de un excelente reparto formado por Blanca Suárez, Mario Casas, Carmen Machi, Jaime Ordóñez, Secun de la Rosa, Joaquín Climent o la tristemente desaparecida Terele Pávez entre otros. Poco después de la puesta de largo del largometraje saltaba la noticia de que Álex de la Iglesia estaba implicado en otro proyecto, el primer remake de su carrera, que se estrenaría a finales de año. Lo que pocos sabían es que esa producción más modesta era con la que el autor de Mirindas Asesinas iba a triunfar en 2017.




A día de hoy y con más de un millón y medio de espectadores desde su estreno el pasado día 1 de diciembre Perfectos Desconocidos se ha convertido en uno de los éxitos más inesperados del celuloide patrio. El largometraje, como hemos apuntado brevemente, es un remake de la película italiana homónima que se estrenó en 2016 con gran repercusión de crítica y público y llevándose para casa el David di Donatello, equivalente italiano a  nuestros Goya o los César franceses, a la mejor película. Esta adaptación española cuenta con un excelente reparto en el que podemos ver caras como las de Belén Rueda, Eduard Fernández, Ernesto Alterio, Juana Acosta, Pepón Nieto, Dafne Fernández o Eduardo Noriega y cuenta con guión del mismo Álex de la Iglesia y su habitual colaborador Jorge Guerricaechevarría que trasladan el libreto a diez manos de Paolo Genovese, Filippo Bologna, Paolo Costella, Paola Mammini, Rolando Ravello a nuestro contexto patrio.




La historia es sencilla y está centrada en un grupo de siete viejos amigos, seis de ellos formando sus correspondientes matrimonios y uno más en soltería, que quedan para pasar una apacible noche cenando juntos. En un momento dado uno de los comensales tiene la idea de realizar un juego que consiste en dejar todos los teléfonos móviles encima de la mesa y cuando a cualquiera de los aparatos llegue un mensaje de WhatsApp o una llamada hacerlos públicos para el resto de invitados. Este juego supuestamente inofensivo y un extraño eclipse lunar que parece hacer caer a las personas bajo un extraño influjo se convertirán en el caldo de cultivo que sacará los instintos más bajos de este grupo de allegados descubriendo al final de la velada que no se conocen tan bien como pensaban guardando no pocos secretos de naturaleza bastante cuestionable.




Un servidor no ha visto la película italiana original, de modo que solo puedo hablar de la versión de Álex de la Iglesia sin saber hasta qué punto toma material prestado del film de Paolo Genovese, por el trailer de este último parece que no poco, pero lo que sí puedo afirmar es que esta Perfectos Desconocidos de 2017 es una de las propuestas más interesantes y atractivas de la cinematografía patria de esta temporada gracias a su excelente trabajo de escritura y dirección, pero sobre todo a la enorme labor de un reparto en estado de gracia que consigue sacar oro del material que Álex de la Iglesia y Jorge que Guerricaechevarría ponen en sus manos para que construyan todo un recital interpretativo convirtiendo la obra ineludiblemente en una película de actores. De esta manera el cineasta de El Día de la Bestia o Balada Triste de Trompeta aborda un tipo de cinta alejada de la aparatosidad de sus habituales producciones, teniendo que adaptarse a un entorno nuevo para él.




Perfectos Desconocidos es casi una pieza de naturaleza teatral, con una exigua localización como un apartamento y siete personajes interactuando en el mismo gracias a un guión repleto de diálogos brillantes que no sólo ofrecen momentos de humor intachables, sino un retrato de las bajezas morales más notables del ser humano, sin importar su género o condición social. Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría utilizan como efectivo McGuffin un objeto tan en apariencia inofensivo como nuestro teléfono móvil a modo de contenedor de actividades impropias de personas civilizadas como ocultar relaciones adúlteras, escarnios hacia personas a las que consideramos amigos o allegados, mentiras familiares o secretos con respecto a nuestra vida sentimental que al ser sacados a la luz comienzan a menoscabar la supuesta relación ideal que sustentaba matrimonios de supuesta solidez o amistades construidas a lo largo de décadas.




Los autores del guión plantan bien pronto la semilla de la discordia, ya que desde el mismo arranque del film, en el que un montaje paralelo va presentando al grupo de personajes, se nos van ofreciendo pistas que confirman a todos y cada uno de ellos como portadores de algún secreto que irá descubriéndose gradualmente a lo largo del metraje ofreciendo más de una sorpresa a la platea cuando vayamos descubriendo lo que sospechábamos acabando por no corresponderse con la realidad. Ese in crescendo de tensión que comienza cuando el personaje de Blanca propone el juego de los teléfonos móviles aunado al discurrir de diálogos chispeantes cargados de ironía y un naturalismo con el que cualquier tipo de espectador puede identificarse da pie a momentos de humor hilarantes, unos pocos pasajes dramáticos muy bien llevados y situaciones de intriga remarcables conformando una mixtura genérica que engrandece el largometraje.




Aunque contiene su sarcástica mirada y el humor negro del que suele hacer gala en su filmografía podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Perfectos Desconocidos es una película bastante alejada del sello autoral de Álex de la Iglesia, pero el bilbaíno afronta el reto y aprueba con nota. La habitual puesta en escena grandilocuente, con un apartado técnico más que notable, del autor de Muertos de Risa o La Comunidad se ve reducida esta vez al mínimo exponente con un control ferreo de la única localización en la que tiene lugar el grueso de la trama y una dirección de actores sobresaliente que tampoco le es ajena a lo largo de su carrera como hemos podido ver en ocasiones previas. En esta ocasión es el De la Iglesia director el que se adapta al material narrativo que tiene en las manos y el triunfo se antoja total, algo que no sucedió en un caso parecido como el de La Chispa de la Vida, un film de encargo en el que tuvo que trabajar con un guión ajeno ofreciendo una de sus producciones más descafeinadas e insatisfactorias.




Pero como es lógico, y sin querer desmerecer la labor de Álex de la Iglesia detrás de las cámaras, con un reparto como el de Perfectos Desconocidos, que ofrece la película prácticamente hecha a su responsable, era difícil que el proyecto saliera mal parado. Todos y cada uno de los siete actores principales, y hasta Beatriz Olivares que tiene un breve papel, realizan una magnífica labor interpretativa haciendo creíble en todo momento no sólo que funcionan como matrimonios o amigos, sino que se conocen desde hace años, algo que sucede en la vida real con algunos de los miembros del cast que son pareja o compañeros de trabajo desde hace años en cine o televisión, destilando una química que el espectador percibe a lo largo del metraje. De esta manera el pequeño microcosmos de personalidades que De la Iglesia y Guerricaechevarria han diseñado en el papel se ve potenciado hasta el límite gracias a la profesionalidad de este grupo de actores.




Desde el matrimonio formado por Eduard Fernández y Belén Rueda, pasando por la pareja de fogosos recién casados de Eduardo Noriega y Dafne Fernández o la de Ernesto Alterio y Juana Acosta que comienzan a lanzarse puñaladas verbales desde el mismo arranque del metraje llegando al susceptible y estrambotico Pepón Nieto todos tienen su momento de gloria, funcionan bien con sus partenaires asignados, pero también destilan soltura cuando interactúan con el resto del reparto. Los veteranos muestran oficio, los jóvenes voluntariosidad y a ninguno de ellos se le puedo hacer algún reproche, pero un servidor se queda con Ernesto Alterio, una especie de evolución de su personaje de El Método (2005), una tipo rastrero y cobarde bordeante la sociopatía que da lo mejor de sí mismo cuando embauca al personaje de Pepe con todo lo que conlleva el furtivo complot al que los dos dan forma a espaldas del resto de invitados a la cena.




Esta mezcla entre Diez Negritos, El Ángel Exterminador y Un Dios Salvaje que Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría han extraído del film de Paolo Genovese es una de las mejores películas patrias del 2017, la demostración de que tenemos tanto la materia prima como los profesionales adecuados para que hasta una pieza tan modesta como la que nos ocupa pueda atraer a los espectadores para hacerlos pasar 97 minutos en los que la tensión entre intriga y humor construyan una producción por la que merezca la pena el desembolso de la entrada de cine. Como única mácula me queda esa resolución final, bastante previsible desde el mismo inicio del film, que rompe un poco el tono naturalista de la prepuesta, pero cuando la misma llega ya hemos disfrutado de una velada cargada de veneno e inquina que una vez se encienden las luces de la sala nos hacen mirar con desconfianza a nuestra pareja cando recibe en su móvil un mensaje de texto haciéndola sonreír entre dientes.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Verónica



Título Original Verónica (2017)
Director Paco Plaza
Guión Fernando Navarro y Paco Plaza
Reparto Sandra Escacena, Bruna González, Claudia Placer, Iván Chavero, Ana Torrent, Consuelo Trujillo, Sonia Almarcha, Maru Valdivielso, Leticia Dolera, Ángela Fabián, Carla Campra, Samuel Romero




Aunque conoció la fama en 2007 junto a su compañero y amigo Jaume Balagueró con la primera entrega de la saga [·REC] que idearon de forma conjunta el cineasta valenciano Paco Plaza ya tenía un considerable bagaje en el medio audiovisual cuando liberó a la Niñea Medeiros en plena ciudad de Barcelona junto al director de Darkness o Frágiles. En 1999 su cortometraje Abuelitos se hizo un nombre en los círculos independientes y su salto al largo tuvo lugar con la estimable El Segundo Nombre, la adaptación de una novela del escritor británico Ramsey Campbell (otro punto en común con Balagueró, que basó su debut detrás de las cámaras en otro libro del mismo autor con Los Sin Nombre) rodada en inglés, con vocación internacional y unos resultados bastante competentes. Más tarde, en 2004, y ya dentro del seno de la añorada Fantastic Factory rodó Romasanta: La Caza de la Bestia, una de las piezas más elaboradas y competentes de la entrañable productora impulsada por el productor Julio Fernández o el director Brian Yuzna y segunda versión (la primera la ofreció Pedro Olea en la muy remarcable El Bosque del Lobo) dentro nuestro celuloide de la historia de Manuel Blanco Romasanta, el llamado “Hombre Lobo de Allariz”. Más tarde colaboró en la antología Películas Para No Dormir con la divertida y negrísima Cuento de Navidad, pieza que tiene algunos puntos en común con la obra que nos ocupa en esta ocasión.




El proyecto de Verónica nació de la mente de Enrique López Lavigne, cabeza visible de la productora Apaches Entertainment y personalidad detrás de grandes éxitos de nuestro cine como Lo Imposible o Un Monstruo Viene a Verme cuando inspirándose en el famoso “Expediente Vallecas” (uno de los supuestos casos paranormales más famosos de España acaecido en 1991 y que, al igual que otros, acabó convirtiéndose en un circo) decidió colaborar de manera conjunta con Paco Plaza para sacar adelante un largometraje inspirado en dichos hechos basándose en un atestado policial que confirmaba la naturaleza sobrenatural de lo sucedido en aquel inmueble localizado en el famoso barrio madrileño. Verónica es el resultado de esa colaboración y con ella podemos hablar claramente de una de las mejores producciones patrias del 2017 y la obra de madurez de su creador ofreciendo pasajes memorables dentro de una pieza ejecutada con una profesionalidad intachable en todos sus apartados.




Verónica narra cómo después de interrumpir abrúptamente el contacto con lo que parece una entidad sobrenatural durante una sesión de tabla Ouija con dos compañeras de clase y coincidiendo con un eclipse solar la adolescente que da nombre al film comienza a experimentar sucesos paranormales dentro de la casa en la que vive con sus tres hermanos pequeños y en la que la figura materna casi siempre está ausente por problemas de trabajo. Los hechos inexplicables van en aumento y las crisis nerviosas de la chica comienzan a sucederse influyendo en el estado de ánimo de su familia, debido a que aparentemente durante la sesión de espiritismo Verónica liberó algo que no ha vuelto a su plano original y ahora la acompaña allá donde va. La protagonista piensa que dicho ser es el espíritu de su padre fallecido, pero la realidad resultará ser mucho más aterradora y la policía nacional de Vallecas será testigo de ello. Con este material, que finalmente se aleja en bastantes aspectos de los supuestos hechos reales, Paco Plaza elabora una pieza del todo estimable con la que no inventa nada, pero sí consigue un tour de force soberbio gracias al buen uso que hace de los lugares comunes de género.




De hecho el trabajo de Paco Plaza en Verónica se emparenta con el de James Wan en las sagas Insidious o The Conjuring: Expediente Warren en que ambos cineastas suplen la falta de originalidad de sus historias con un pulso narrativo, una creación de atmósferas y una dirección de actores de alto nivel. El valenciano construye un relato adherido a todas las señas de identidad del celuloide sobre poltergeists, casas endemoniadas o posesiones, pero su proyecto funciona al 100% de sus posibilidades porque su guión co escrito junto a Fernando Navarro y su excelente reparto consiguen que el contexto espaciotemporal se antoje brutalmente realista y cercano. El film recrea de manera soberbia el Vallecas de 1991 por medio de la decoración, el vestuario, los vehículos, pero en ningún momento se regodea en la nostalgia o da a esta más importancia de la necesaria y hace un uso tan inesperado como brillante del disco Senderos de Traición de Héroes del Silencio (un brutal éxito musical de la época que copa bastan protagonismo en la construcción conceptual de la obra) con temas como Maldito Duende y sobre todo Hechizo, que se convierte en un leit motiv dentro de la obra a la hora de expresar, por medio de su letra, el estado de ánimo y la psicología de la protagonista.




Paco Plaza acomete su labor con una pericia técnica asombrosa, con más mérito si cabe teniendo en cuenta que Verónica no es una gran superproducción dentro de nuestro cine. El director de [Rec]³: Génesis ejecuta algunas secuencias brillantes, dosificando trucajes visuales y movimientos de cámara dignos de ovación cerrada y gracias a su pulso para controlar los resortes narrativos de un género que conoce perfectamente o una dirección de fotografía impresionante a manos de un Pablo Rosso que se hace grande en los espacios pequeños consigue transmitir una atmósfera impía, peligrosa, diabólica, de una naturaleza epidérmica casi palpable que el espectador percibe como real y cercana. Todas las secuencias con apariciones de “entidades” que casi nunca se ven de manera explícita, el excelente uso de los efectos de sonido (esos gemidos que suenan cada vez que el vaso se desliza por el trablero Ouija en la escena desencadenante de todo, los inhumanas voces de los seres que supuestamente habitan el piso) y la enorme dirección de actores hacen que Paco Plaza realice con Verónica su mejor labor detrás de las cámaras hasta el momento.




Con respecto a la citada dirección de actores debemos hacer mención al excelente reparto elegido para dar vida a la familia protagonista de la obra. Sandra Escacena debuta en el mundo del cine teniendo que llevar sobre los hombros un personaje difícil, con una entrega física y psicológica muy exigente que ella aprovecha al máximo para ofrecer un recital interpretativo en el que su abrasiva mirada dice más que veinte líneas de diálogo. Le acompañan tres niños que se revelan como uno de los aciertos mayúsculos de Verónica, ya que junto a la protagonista (y la madre a la que da vida una excelente aunque demasiado dosificada Ana Torrent) Bruna González, Claudia Placer y sobre todo un adorable Iván Chavero como Antoñito (ese estrabismo, esa voz encantadora, esa manera de andar) son el anclaje terrenal no sólo de su hermana mayor en la ficción, sino también del mismo relato que vertebra la película. Su complicidad, las dosificadas escenas de humor (la multifacética Miss Madrid, los comentarios sobre la vecina) y la empatía que experimenta la platea cuando los ve en peligro en el clímax final del largometraje hacen el resto. Enorme trabajo de casting el de los responsables de la obra que se salda con un sobresaliente.




Moviéndose inteligéntemente dentro de la ambigüedad para plantear si todo lo que experimenta la protagonista es pura sugestión, extendida de manera vírica a sus hermanos, por ser asidua lectora de publicaciones sobre ocultismo o parapsicología o si realmente hay una presencia diabólica que la acecha (aunque esta dicotomía desaparece cuando Plaza en la recta final elige una de las dos teorías) añadiendo referencias a clásicos del género a modo de carta de amor (desde La Centinela hasta su propia [·REC] pasando por Al Final de la Escalera o Poltergeist) y regalando a los espectadores algunos de los momentos más intensos vividos en una sala cinematográfica en 2017 Verónica es una muestra más de la buena salud en la que se encuentra el celuloide fantástico y de terror patrio gracias a artesanos como Jaume Balagueró (su nueva cinta, Musa, ya está en postproducción) o el propio Paco Plaza que cogiendo como base una historia de muy dudosa veracidad ha conseguido dar forma al que es hasta ahora el punto más alto de su interesante filmografía, la misma que el que esto firma seguirá de cerca, como hasta ahora estaba haciendo, sobre todo si en un futuro nos depara piezas tan estimulantes como la que nos ocupa.



domingo, 30 de abril de 2017

Enemy, tangled web



Título Original Enemy (2013)
Director Dennis Villeneuve
Guión Javier Gullón, basado en la novela de José Saramago
Reparto Jake Gyllenhaal,  Mélanie Laurent,  Sarah Gadon,  Isabella Rossellini,  Joshua Peace, Tim Post,  Kedar Brown,  Darryl Dinn,  Misha Highstead,  Megan Mane,  Alexis Uiga





2013 fue un año clave para el despegue definitivo del cineasta canadiense Denis Villeneuve como uno de los artesanos más talentosos del cine occidental actual. En la edición del Festival Internacional de San Sebastián presentó sus dos últimos trabajos hasta el momento, Prisioneros y Enemy. El primer largometraje, rodado dentro de la maquinaria estadounidense y con un magnífico reparto encabezado por Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal, era una atípica muestra de thriller sobre secuestros que se hacía fuerte gracias a la medida puesta en escena de su comandante en jefe y a la enorme labor de su casting. El segundo era un trabajo de naturaleza mucho más modesta, una co producción entre Canadá y España que adaptaba El Hombre Duplicado, una novela editada en 2002, escrita por el mítico literato portugués José Saramago y que, una vez más, tenía al protagonista de Nightcrawler como actor principal.




Cuenta la leyenda que cuando el productor canadiense Niv Fichman adaptó la novela Ensayo Sobre la Ceguera con el brillante largometraje A Ciegas (Blindness) cuya dirección recayó en el cineasta carioca Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El Jardinero Fiel) y se la mostró a José Saramago este se emocionó tanto con el trabajo realizado que le dio el visto bueno para adaptar otro de sus trabajos literarios. Fichman eligió El Hombre Duplicado y tras un arduo proceso de preproducción eligió al español Javier Gullón (Invasor, Hierro) para escribir el guión, a su compatriota Denis Villeneuve que por aquel entonces sólo era conocido por haber llamado la atención con su segundo film, Incendies, para dirigir la película, al actor norteamericano Jake Gyllenhaal para abordar el papel protagonista, a las actrices Sarah Gadon (Un Método Peligroso) y Melanie Laurent (Malditos Bastardos), canadiense y francesa respectivamente, para interpretar a los dos personajes femeninos de la historia y a las que habría que sumar una Isabella Rosellini (Terciopelo Azul) con breve pero destacada aparición.




El que esto firma no ha leído la novela del autor de Ensayo Sobre la Lucidez o El Viaje del Elefante, de modo que a la hora de abordar Enemy lo haré, como en muchas otras ocasiones en las que he hablado aquí de adaptaciones al celuloide de novelas que no conozco, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico. Mientras en aquella edición del festival donostiarra Prisioneros recibió una aceptación considerablemente positiva Enemy fue acogida con una notable disparidad de opiniones, una polarización que vasculaba entre los que consideraban el film de Denis Villeneuve una obra maestra desafiante e inteligente y los que se sentían profundamente engañados por lo que consideraban un inexcrutable juego de trileros que a no pocos espectadores dejó con el gesto torcido sobre todo con ese famoso y polémico final acogido entre estupefacción y alguna risa nerviosa por los que acabaron formando parte de detractores de la obra.




Enemy narra la obsesión por parte de Adam (Jake Gyllenhaal) un apocado profesor de historia hacia la figura de Anthony (también Jake Gyllenhaal) un actor venido a menos al que descubre en una película de medio pelo como extra y que mantiene con él un inexplicable parecido físico. Ambos individuos, casado el segundo y con una situación sentimental un tanto peculiar el primero, llegarán a conocerse y comenzarán a mantener una extraña y aparentemente enfermiza relación. Esta idea narrativa, nacida en la novela de José Saramago, es la catalizadora del devenir de acontecimientos que tienen lugar en el film y los mismos que utilizan el guionista Javier Gullón y el cineasta Denis Villeneuve para tejer una intrincada tela de araña que da forma al tercer largometraje del director de La Llegada (Arrival) y con la que consigue atrapar a todo aquel espectador receptivo y con amplitud de miras que decida entrar en el nada complaciente juego de dichos autores.




Enemy fue abordada por Denis Villeneuve como una atípica y compleja amalgama formal y conceptual entre el David Lynch de la críptica y psicogénica Carretera Perdida (muchos han mencionado Mulholland Drive como principal referencia, pero el que esto firma ve más claras las reminiscencias al film protagonizado por Bill Pullman y Patricia Arquette) en cuanto a la estructura narrativa o argumental de la obra y el David Cronenberg de sus primeros films y la visión aséptica, gélida y mastodóntica de la arquitectura modernista que ofrecía en ellos desde un punto puramente estilístico. Esta peculiar mezcolanza cinematográfica que localiza una historia sobre múltiples identidades, desdoblamientos de personalidades y visiones deudoras del movimiento surrealista acontecidas en una enorme urbe canadiense sin determinar cuyas dimensiones se antojan intimidantes inyecta una personalidad muy marcada al largometraje que puede fascinar a un tipo de espectador y repeler a otro con la misma intensidad.




Denis Villeneuve imprime una puesta en escena distante, fría, tomando el rol de un Demiurgo imparcial a la hora de abordar las emociones de sus criaturas, como si de un entomólogo se tratase (la presencia de la enorme araña que pasea por el skyline canadiense podría reafirmar esta teoría) aunque no llegando a las cotas de crueldad de un Gaspar Noé, un Lars Von Trier o un Alejandro González Iñárritu, autores con tanto talento como predisposición por hacer sufrir lo indecible a sus personajes. El realizador de Sicario marca las distancias con los roles que pueblan su relato, pero no es ajeno a las situaciones en las que se ven envueltos y sabe llegar al corazón de la historia expuesta perfilando, con la ayuda de Javier Gullón al guión y el magnífico reparto, personalidades que se antojan realistas y cercanas a pesar de habitar en una especia de pesadilla de resonancias kafkianas.




El canadiense se crece a la hora de deconstruir conceptos como la personalidad, la identidad, la enfermedad mental y los complejos resortes que hacen funcionar el cerebro humano. Enemy es una “road movie introspectiva”, una viaje a la mente del/los protagonista/s en el que nunca llegamos a saber qué es real y qué pertenece al terreno de lo onírico. El prodigioso juego de espejos con el que el autor de Polytechnique extrapola los efectos de una conciencia perturbada tras sufrir un hecho traumático por medio del uso de las personalidades disociadas y la interacción entre una pareja de personajes que son el mismo y dos a la vez nos recuerdan a la soberbia Spider de, una vez más, David Cronenberg y su magnífico retrato de la esquizofrenia sin las florituras visuales y sentimentales de producciones hollywoodienses que han abordado el tema, como su coetánea Una Mente Maravillosa, dirigida por Ron Howard en 2001.




Para dar vida a Adam y Anthony, dos personalidades totalmente opuestas que funcionan indivudualmente pero que se mimetizan al 100% con el relato que protagonizan una vez se conocen “personalmente”, Villeneuve y sus colaboradores contrataron los servicios de un brillante Jake Gyllenhaal que por aquel entonces ya había dado sobradas muestras de su buen hacer en obras maestras como Donnie Darko o Brokeback Mountain. La labor del estadounidense es doblemente meritoria, nunca mejor dicho, si tenemos en cuenta que debe dar características diferenciadas a dos versiones de un mismo hombre, imprimiendo a uno timidez, introspección o vulnerabilidad y a otro sensualidad, carisma o vivacidad. Por medio de un meticuloso uso del lenguaje corporal, mínimos matices en la modulación de la voz y algunos pasajes que nos retrotraen a otra inolvidable “doble interpretación” como la de Jeremy Irons en Inseparables (Dead Ringers) de, como no podía ser menos, David Cronenberg, el actor de Código Fuente (Source Code) entrega todo un recital con su labor en Enemy.




Al desdoblado trabajo de Jake Gyllenhall se suman tres personajes femeninos indispensables para entender el desestructurado trayecto vital del personaje principal a los que dan vida tres excelentes actrices. Sarah Gadon como la sufrida esposa de Anthony, en avanzado de gestación  con la sombra de la (reincidente) infidelidad de su marido siempre sobrevolando su cabeza parece más una contrapartida femenina de Adam que la cónyuge del díscolo actor. Por otro lado la conspicua amante de Adam, a la que da vida la francesa Melanie Laurent, interactúa mejor en pantalla con Anthony dado que las personalidades de ambos son similares, pero el contraste entre “polos opuestos” al que juegan Villenueve y Gullón da mucho juego con respecto a esparcir sobre la mesa las piezas del puzzle que forman Enemy. Por último, mención de honor a la breve aparición de Isabella Rosellini como la madre de Adam cuya intervención añade información de capital importancia para entender, en la medida de lo posible, la personalidad del personaje principal y sus actos.




Enemy supuso la confirmación del quebequés Denis Villenuve como una de las mentes más lúcidas del actual panorama cinematográfico internacional. Un artesano capaz de saltar de producciones adscritas a los grandes estudios (pero siempre con cierta pátina de personalidad e inquietudes creativas) a proyectos más independientes y personales como la adaptación cinematográfica de la novela de José Saramago que nos ocupa. Sólo el tiempo nos dirá si el canadiense podrá mantener este envidiable y privilegiado método de trabajo entre superproducciones y “cine de autor” después de embarcarse en tres grandes proyectos dentro de la ciencia ficción como son La Llegada (Arrival), Blade Runner 2049 y la futura adaptación de Dune con los que esperemos Hollywood no llegue a vampirizar su talento como lo ha hecho con cientos de otros cineastas curtidos en un tipo de celuloide más alternativo ajeno a los restrictivos preceptos de las majors estadounidenses.




viernes, 31 de marzo de 2017

El Bar



Título Original El Bar (2017)
Director Álex de la Iglesia
Guión Jorge Guerricaechevarría y Álex de la Iglesia
Reparto Blanca Suárez,  Mario Casas,  Secun de la Rosa,  Carmen Machi,  Jaime Ordóñez, Terele Pávez,  Joaquín Climent,  Alejandro Awada,  Jordi Aguilar,  Diego Braguinsky, Mamen García




Sólo dos años después de aquel envenenado homenaje a la figura del cantante linarense Raphael, con la sana implicación de mi paisano en la producción, que supuso la simpática pero intrascendente Mi Gran Noche, el cineasta bilbaíno Álex de la Iglesia vuelve a ponerse detrás de la cámara para ofrecernos su último trabajo como productor, guionista y director. Con la compalía de su habitual colaborador Jorge Guerricaechevarría (Cien Años de Perdón) y un reparto de caras habituales en su filmografía como Blanca Suárez (La Piel Que Habito), Mario Casas (Grupo 7), Carmen Machi (Ocho Apellidos Vascos), Jaime Ordóñez (Torrente 3: El Protector), Terele Pávez (Los Santos Inocentes) Joaquín Climent (Los Lunes al Sol) o Secun de la Rosa (No Controles) a los que debemos sumar un debutante en su universo cinematográfico como el argentino Alejandro Awada (Nueve Reinas), el antiguo presidente de la academia de cine español nos ofrece en esta ocasión El Bar, un proyecto pequeño y humilde que ha sido gestado con un más que notable secretismo para de este modo no salir a la luz su verdadera naturaleza cinematográfica, idea que podía arruinar parte del encanto de la obra. El largometraje inauguró con todos los honores el reciente Festival de Malaga y fue recibido con disparidad de opiniones por público y crítica, algo que viene siendo habitual cuando De la Iglesia estrena una de sus nuevas propuestas como autor.




El punto de partida de El Bar es de una sencillez desarmante y narra la reclusión forzosa de un grupo de variopintos personajes dentro del local que da nombre al largometraje tras ser testigos de cómo las dos últimas personas que han intentado abandonar el emplazamiento han sido asesinadas a sangre fría con un disparo en la cabeza. Con esta única localización el cineasta vasco quiere utilizar un amplio abanico de personalidades diferenciadas y poco fiables para mostrar al ser humano y las reacciones que este puede llevar a cabo cuando se enfrenta a situaciones extremas. Su tono brutal y grandguiñolesco, su afán por reincidir en un cine físico y cortante que hunde sus raíces en autores tan dispares como el primer Jean Pierre Jeunet que colaboraba con su antaño compañero Marc Caró o Roman Polanksi encuentra en El Bar el perfecto caldo de cultivo para dar rienda suelta a sus peculiares y personales señas de identidad como narrador de historias, pero por desgracia el conjunto incide en las mismas carencias de la mayoría de sus últimos trabajos.




El Bar se antoja a una mezcla entre un episodio de Dimensión Desconocida (Twilight Zone) y una muestra bufa y cafre de survival. La obra da sus primeros pasos como una comedia negra repleta de golpes humorísticos haciendo mofa con los distintos tipos de clientes de bar típicamente españoles (el alcohólico, el indigente, la ludopata, la pija totalmente desubicada) para después del golpe de efecto que desemboca toda la trama vaya tornando en una muestra de cine de terror físico que acaba sacando a la luz el lado más egoísta y salvaje del ser humano, amparándose en aquello que afirmó Thomas Hobbes sobre que “el hombre es un lobo para el hombre”, especialmente cuando vemos que nuestro bienestar físico o psicológico es puesto en entredicho incitándonos a dejar caer la máscara de falsa sociabílidad para convertirnos en depredadores que no entienden de clases, géneros, o credos cuando nuestro único fin es la supervivencia personal anteponiéndola a la colectiva.




Después de varios proyectos en los que no trabajaron juntos Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría comenzaron a colaborar juntos de nuevo en la escritura de los films del primero y eso se deja notar en cada nuevo proyecto del director de Las Brujas de Zugarramurdi. El guionista asturiano consigue domesticar el lado más caótico de su compañero y gracias a ello los últimos actos de los films de este último ya no se convierten en orgías de exceso que merman la coherencia narrativa del producto. El Bar muestra un desarrollo argumental sólido y potente, y hasta cuando los distintos cambios de tonalidad de la trama hacen acto de presencia en pantalla no se antojan caprichosos, artificales o impostados. El problema es que como venía sucediendo con otros trabajos de De la Iglesia, independientemente de si tenían o no a Guerricaechevarría al guión o no, tales como La Chispa de la Vida o Mi Gran Noche a El Bar, desde el punto de vista de la escritura, le falta algo de brillo para convertirse en un proyecto tan potente como la genial La Comunidad o la infravalorada Balada Triste de Trompeta.




Con El Bar también se cumple la ineludible tradición en el cine de Álex de la Iglesia de hacer sufrir hasta lo indecible físicamente a su reparto y en esta ocasión sus actores dan la talla más que nunca. Todo el reparto de la última cinta del autor de El Día de la Bestia realiza un trabajo de nota y cada uno de ellos aparenta haber nacido para dar vida a su rol, los mismos que en conjunto se mueven con inteligencia entre la caricatura y el exceso. Especial mención para la enorme Terele Pávez, un nunca suficientemente reivindicado Joaquín Climent, el argentino Alejandro Awada y sobre todo a al quinteto formado por Blanca Suárez, Carmen Machi, Secun de la Rosa, Jaime Ordóñez y Mario Casas que sustenta la trama sobre sus hombros entregados a escenas físicas muy complejas en realización y coreografía, especialmente si nos referimos a estos dos últimos que protagonizan algunos de los pasajes más brutales, esa primera escena con el desagüe, que haya rodado el autor de Perdita Durango en toda su carrera y que resuelven con una soltura fuera de toda duda.




Álex de la Iglesia ofrece con El Bar una pieza meritoria, aprovechando hasta el extremo la localización que tiene a su disposición con una puesta en escena mutante y epidérmica que consigue transmitir las necesarias dosis de claustrofobia, angustia e incomodidad exigidas a un producto de esta naturaleza y en ese sentido poco le podemos reprochar a él, a su equipo técnico o a su magnífico casting de actores. Pero como viene sucediendo con sus últimas producciones a su más reciente creación le falta algo para llegar a ser la pieza ineludible en su filmografía que no acaba siendo, quedándose en una buena comedia negra con apuntes de thriller de intriga y terror que se ve con agrado gracias a su mezcolanza de géneros y tonalidades, pero cuyo recuerdo no perdurará tanto como el de otros largometrajes del bilbaíno que son clásicos modernos del cine de nuestro país. Con todo, siempre es de agradecer la llegada de un nuevo estreno de uno de nuestros autores más personales y divertidos, ya que al enfrentarnos a uno de sus trabajos de reciente factura sabemos que, como mínimo. valdrá la pena la inversión en la entrada de cine.