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martes, 25 de junio de 2019

Rocketman



Título Original Rocketman (2019)
Director Dexter Fletcher
Guión Lee Hall
Reparto Taron Egerton, Jamie Bell, Richard Madden, Bryce Dallas Howard, Steven Mackintosh,  Gemma Jones, Tom Bennett, Kit Connor, Stephen Graham, Matthew Illesley, Ophelia Lovibond,  Charlotte Sharland, Layton Williams, Bern Collaco, Ziad Abaza, Jamie Bacon, Kamil Lemieszewski,  Israel Ruiz, Graham Fletcher-Cook





Pudiera parecer que el descomunal éxito comercial de Bohemian Rhapsody iba a ser la punta de lanza de una nueva oleada de biopics musicales y de hecho posiblemente así lo sea, aunque todavía es pronto para evaluarlo. Porque esta Rocketman estrenada hace unas semanas en carteleras de todo el mundo es un proyecto desarrollado casi de manera paralela al largometraje centrado en la historia de la banda británica Queen en general y la vida de su vocalista, Freddie Mercury, en general. De hecho ambas obras comparten director, Dexter Fletcher, aunque como recordamos este no fue el principal responsable detrás de las cámaras del film protagonizado por un enorme Rami Malek, sino que ejerció de sustituto de Bryan Singer cuando este comenzó a ausentarse continuada e injustificadamente del set de rodaje y fue despedido por 20th Century Fox.




Cuenta la leyenda, aunque no sé si tienen validez dichas declaraciones por la nula vinculación entre las productoras de ambos largometrajes, que encargarse del rodaje de Bohemian Rhapsody una vez Bryan Singer fue despedido del mismo fue el trámite que Dexter Fletcher tuvo que aceptar para poder ponerse al frente de Rocketman. Más allá de si esto es cierto o no sería la relación entre el cineasta Matthew Vaughn y Elton John, recordemos su mítica aparición en Kingsman: El Círculo Dorado, la que permitiera poner en funcionamiento el presente biopic de cuya financiación se ocuparía, en gran parte, Marv, la productora  propiedad del cineasta de X-Men: Primera Generación que aunaría fuerzas con Rocket Pictures, la creada por el mismo cantante y con la que ya ha diseñado films, algunos films infantiles como Gnomeo y Julieta o su secuela, Sherlock Gnomes




Ya en sus cinco primeros minutos Rocketman se convierte en una declaración de principios por parte del biografiado y principal responsable del film. El Elton John de Taron Egerton aparece ataviado de diablo en una terapia de grupo y confiesa ser adicto al alcohol, la cocaína, el sexo y las compras compulsivas, entre otros vicios. Por suerte esa será la tónica habitual de la obra, convertida en un biopic alejado de los convencionalismos de la vertiente más blanda y amable del subgénero y abrazando el riesgo, argumental y conceptual, con la intención de crear un retrato realista y cercano de las glorias, pero sobre todo las miserias, de aquel apocado y talentoso niño llamado Reginald Kenneth Dwight que eligió convertirse en Elton Hercules John, una de las estrellas más grandes de la historia del rock.




Rocketman ejecuta una virtuosa amalgama de géneros y estilos. Por un lado es un biopic, pero también un musical y si bien es cierto que contiene un notable poso dramático no elude los pasajes cómicos, en ocasiones bordeando la carcajada. De manera que mientras conocemos la vida de Elton John desde su niñez las actuaciones musicales interpretadas a lo largo del film son la excusa perfecta para introducir coreografías, rupturas puntuales de la cuarta pared y una amalgama magistral entre música extradiegética y diegética para disfrute de un espectador que en ocasiones no da crédito a lo visto en pantalla. Sirva como ejemplo el ipresionante falso plano secuencia, con elipsis temporal incluida, durante la interpretación de Saturday Night's Alright entre el bar y la feria local. Desde ya mi pasaje cinematográfico favorito de lo que llevamos de 2019.




Elton John ejecuta una cura de humildad revelándose a la vez como expiación de sus demonios interiores. El intérprete de Candle in the Wind o Blessed parece no haber puesto barreras a la labor de Dexter Fletcher y su guionista, Lee Hall, y de la misma manera que la historia no se recrea en ningún momento en su sobrado talento y virtuosismo para la ejecución o composición musical, descubierta y desarrollada desde su niñez sin pompa o glorificación alguna en pantalla, no tiene miedo a mostrar sus carencias profesionales; como su incapacidad de escribir buenas letras necesitando la ayuda de su inseparable amigo, Bernie Taupin, para encargarse de dicha tarea. Tampoco sus complejos físicos, como su alopecia o sobrepeso, se eluden de cara a un espectador mostrándose así a una versión más veraz, cercana y humana del artista británico.




Sus problemas con los excesos y adicciones, su famoso mal carácter desembocante en una irascibilidad volcada, injustamente, en sus colaboradores o su megalomanía una vez tocó el cielo como icono de la música comercial ofrecen una visión poliédrica de un hombre tímido y acomplejado que encontró en la extravagancia y el subirse en un escenario una vía de escape a una existencia deprimente, gris, mortecina. Pero también se extrapolan con verdadera pasión y cariño esos momentos icónicos en la carrera de John como la primera actuación en Estados Unidos con todo el público, y el mismo protagonista, levitando al son de Crocodile Rock en la sala Trobadour o se ejecutan con apuntes mágicos interpretaciones como las de Tiny Dancer durante la fiesta en casa de Mama Cash, toda la familia Dwight interpretando I Want Love o el mismo Elton improvisando Your Song al piano para asombro de su madre y abuela.




Si en Bohemian Rhapsody Dexter Fletcher sólo pudo terminar lo que Bryan Singr había dejado a medias convirtiéndose en un realizador de apoyo ni siquiera acreditado en Rocketman ha podido desplegar todo su poderío estilístico y visual sin que nadie le parara los pies o le pusiera barreras. El Elton John que se retrata en Rocketman es el que más se entregó a la extravagancia, el exceso e incluso lo hortera y la cámara del cineasta lo extrapola de manera fidedigna a la pantalla. El director de Eddie el Águila saca oro de pasajes impresionantes como el falso travelling lateral durante Pinball Wizard, la interpretación submarina de Rocketman, la orgiástica coreografía acompañada por Bettie and the Jets o la fidedigna recreación del videoclip I'm Still Standing. Todo aderezado con referencias que van desde el Ken Russell de Tommy al Brian de Palma de El Fantasma del Paraíso haciendo el resto para que la puesta en escena del film se antoje superlativa.




Taron Egerton podía parecer una elección arriesgada por el escaso, más bien nulo, parecido físico de Elton John, su juventud o lo alejados que se encuentran los papeles que hasta ahora ha interpretado, principalmente en cintas de acción y aventuras, del asignado a su persona en Rocketman. Pero el resultado de su caracterización se revela mastodóntico, porque más allá de emular a la persona real estudiando su lenguaje gestual o modulación de voz lo que hace grande su labor es el creerse en todo momento su personaje. De esta manera el protagonista de Robin Hood o Kinsgman despliega todo su talento artístico entregándose a la causa de los responsables del film ejecutando un trabajo para el recuerdo y, en mi opinión personal e intransferible, muy superior al, ya de por sí brillante, de Rami Malek en Bohemian Rhapsody. Sin obviar que interpreta todas las canciones del film imitando magistralmente el timbre de Elton John, aunque quedando lejos de este en lo que a potencia vocal se refiere.




Por último y ya que hemos vuelto al biopic de Freddie Mercury, me apena que un fan hasta la médula de Queen como yo no haya podido encontrar en la ya citada Bohemian Rhapsody lo que sí me ha ofrecido en grandes cantidades Rocketman. Sinceridad, dureza, exceso, humanidad, explicitud en cuanto a la vida amorosa y sexual del protagonista y una enorme paleta de claroscuros a la hora de retratar al homenajeado. Mientras el largometraje de 2018 se revela un biopic casi prototípico,tímido a la hora de abordar sus pasajes más controvertidos y procedimental desde un punto de vista audiovisual, transitando todos los lugares comunes del subgénero encontrando la complicidad de un público que se arrojó en masa a verla en cines, Rocketman ha conseguido una recaudación mucho más humilde siendo un proyecto mucho más valiente, arriesgado, incómodo, átipico y, sobre todo, de mucha mayor calidad en todos sus aspectos.




Ahora que el 2019 llega a su ecuador puedo considerar Rocketman mi película favorita del año. Porque más allá de las cuentas pendientes que Elton John rinde con su pasado, su familia y su carrera lo que aquí encontramos es un elogio al amor, la diferencia, la genialidad y la pasión por la música. Desde ya el último trabajo detrás de las cámaras del multifacético Dexter Fletcher entra en mi lista personal de biopics favoritos junto a joyas como Bird (Clint Eastwood, 1988), The Doors (Oliver Stone, 1992), Toro Salvaje (Martin Scorsese, 1980), Amadeus (Milos Forman, 1984) y otro puñado más de este tipo de celuloide capaz de comprender que para retratar con fidelidad, respeto y profundidad la vida de una celebridad se debe mostrar tanto lo oscuro como luminoso que hay en ella. Las virtudes y miserias indivisibles a cualquier ser humano que haya habitado o habite esta tierra en algún instante olvidado, o no, en el pasillo del tiempo.


jueves, 15 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody



Título Original Bohemian Rhapsody (2018)
Director Bryan Singer y Dexter Fletcher
Guión Anthony McCarten y Peter Morgan
Reparto Rami Malek, Joseph Mazzello, Ben Hardy, Gwilym Lee, Lucy Boynton,  Aidan Gillen, Tom Hollander, Mike Myers, Allen Leech, Aaron McCusker, Jess Radomska, Max Bennett, Michelle Duncan, Ace Bhatti, Charlotte Sharland, Ian Jareth Williamson, Dickie Beau, Jesús Gallo, Jessie Vinning





La idea de llevar a la pantalla grande la historia de banda británica de rock Queen, y por lógica la vida de Freddie Mercury, llevaba muchos años rondando en las mentes de Brian May y Roger Taylor, guitarrista y batería del grupo respectivamente y las dos personas responsables de la marca desde que el bajista, John Deacon, se desvinculara de esta tras la muerte del célebre frontman apelando a que Queen sin Freddie Mercury no tenía sentido. Para bien o para mal May y Taylor han mantenido en activo la vida del conjunto con musicales, discos recopilatorios y en vivo, giras con otros cantantes como Paul Rodgers (con el que llegaron incluso a grabar un nuevo lp, The Cosmos Rocks) o Adam Lambert y ahora con un exitoso largometraje que, tras ser vapuleado por la prensa especializada, ha encontrado el respaldo de un público entregado en masa para ver este esperado biopic centrado en una de las personalidades más importantes de la música contemporánea.




Los problemas con respecto a esta Bohemian Rhapsody que ahora llega a nuestras pantallas tuvieron lugar a lo largo de las distintas etapas de su creación. Cuando parecía confirmado el nombre del humorista, actor y director Sacha Baron Cohen para dar vida a Freddie Mercury; Brian May y Roger Taylor prescindieron de sus servicios debido, supuestamente, a la intencionaldiad del protagonista de Brüno o El Dictador por ahondar en los pasajes más controvertidos de la vida del cantante como su época hedonista o su bisexualidad, algo que no agradó a los músicos reconvertidos en productores cinematográficos que en sus declaraciones más recientes confirman la elección de Baron Cohen como alter ego de Freddie una opción nunca tomada del todo en serio. Finalmente la desconcertante, pero definitivamente acertada, elección del interprete americano Rami Malek (Mr Robot) para meterse en la piel de Farrokh Bulsara se convirtió en uno de los mayores aciertos del largometraje, aunque de eso hablaremos más adelante.




Una vez comenzada la producción de la película los obstáculos siguieron sucediéndose. El director elegido para orquestar el proyecto, Bryan Singer, fue despedido por 20th Century Fox debido a sus continuas ausencias injustificadas del set de rodaje y por algún que otro encontronazo con Rami Malek. Para terminar el metraje restante tomó su relevo detrás de las cámaras el actor y director Dexter Fletcher (Lock & Stock) responsable de otro biopic musical, Rocketman, centrado en Elton John con Taron Egerton (Kingsman 1 y 2) dándole vida y que verá la luz a lo largo del próximo año. Aunque en los títulos de crédito sólo consta el nombre del realizador de X-Men: Días del Futuro Pasado el mismo protagonista de Bohemian Rhapsody afirma que Dexter Fletcher fue, de los dos directores, el que mejor entendió el proyecto y lo dotó de verdadera alma. Declaraciones no sabemos si ciertas o el resultado de la ya manifiesta enemistad del intérprete con Singer tras los problemas compartidos por ambos durante la rocambolesca gestación de la obra.




Después de este somero repaso a los avatares a los que se enfrentó la producción de Bohemian Rhapsody ya podemos evaluarla como traslación de la historia de Queen en general y Freddie Mercury en particular al medio audiovisual y también como largometraje. Por desgracia desde las dos perspectivas la película tiene luces y sombras, aciertos y defectos, buenas y malas intenciones. El resultado deja un sabor agridulce por arrojar luz sobre algunas de las etapas más importantes de la banda, pero haciéndolo de manera sesgada y en ocasiones hasta deshonesta por parte de unos Brian May y Roger Taylor incapaces de abordar la vida de su amigo Freddie con total sinceridad y sin miedo a revelar los pasajes menos amables de su existencia. Todo ello con la comprensible intención de crear el mejor homenaje posible al que fue su compañero durante viente años de carrera, pero manipulando hechos y fechas en pos del dramatismo. Algo en lo que incidiremos un poco más adelante.




Bohemian Rhapsody es un biopic puramente hollywoodiense al seguir casi todas las señas de identidad adheridas a este subgénero cuando ha sido gestado dentro de las majors estadounidenses. Estructura formada por inicio humilde, ascenso a la fama, caída en picado por culpa de excesos o adicciones varias, purgatorio y redención. Máxima responsabilidad de la viabilidad del proyecto depositada en un excelente actor cuya transformación física y labor interpretativa no sólo depara premios y alabanzas múltiples, sino que también llega a eclipsar al resto de apartados del largometraje, normalmente no muy destacables. Visión descafeinada de la vertiente más negativa de la personalidad del protagonista con la misión de conseguir una falsaria y artificial empatía con el espectador asumiendo la preconcebida incapacidad de este a la hora de conectar emocionalmente con una persona repleta de claroscuros. Idea esta que muestras magistrales, y atípicas, del subgénero como Bird, de Clint Eastwood, o The Doors, de Oliver Stone, desacreditan totalmente.




El largometraje dirigido por Bryan Singer y Dexter Fletcher se posiciona de manera más o menos ortodoxa en esta vertiente de hagiografías, pero por suerte no nos han privado de ofrecer la cara más excesiva de Freddie Mercury, aunque sea superficialmente. En Bohemian Rhapsody no se elude la bisexualidad del protagonista, ni su etapa más entregada a los excesos y la vida nocturna o sus visitas a los locales de ambiente de la época, algo de agradecer a los guionistas Anthony McCarten y Peter Morgan. El problema es que por todos esos momentos se pasa de puntillas, sin exponer en pantalla nada explícito que pudiera despertar las iras de cierto sector del público más conservador y así dejar satisfecho y feliz a todo el mundo mientras se paga el precio de lo acontencido realmente a lo largo de aquellos años, de vital importancia para que el frontman de Queen adquiriera la enfermedad que años más tarde la costaría la vida.




Desde un punto de vista estilístico y de ambientación la traslación de los mejores años profesionales de Queen a la pantalla es brillante. El trabajo de dirección artística, maquillaje y vestuario es de nota dando forma a un diseño de producción convertido en una de las mayores virtudes de la película a pesar de la presencia de alguna que otra peluca (las usadas por Freddie Mercury y John Deacon en los 70 o prácticamente todas las de Roger Taylor) de terrorífico acabado y una dentadura postiza demasiado pronunciada para Rami Malek con la intención de emular los característicos dientes del cantante. A todo esto debemos sumarle una banda sonora magistral con algunas de las mejores composiciones del conjunto y un especial cuidado y cariño por hacer creíble en los conciertos en directo, o los momentos íntimos con interpretaciones a capella, que es realmente Rami Malek el dueño de la portentosa voz de Mercury. Algo conseguido gracias a una combinación de la del actor, la del mismo cantante y la del canadiense Marc Martel, uno de sus mejores imitadores.




Como regalo para los fans de Queen Bohemian Rhapsody funciona desde el minuto uno. Con Freddie despertándose rodeado de gatos, escuchando ópera y con un cuadro en el centro de su dormitorio con la famosa fotografía de la actriz Marlene Dietrich que le sirvió como inspiración para la portada del álbum Queen II, y a su vez pose más característica de la banda en forma de rombo, o la delectación de Brian May sacando de su funda la Red Special, guitarra que construyeron su padre y él acompañándole a lo largo de toda su carrera; entre otros muchos detalles todo es una dosis continua de fanservice para los seguidores del grupo. Referencias a Smile, la composición de discos y temas icónicos, la presencia de personajes indivisibles a su historia, para bien o para mal, y la adecuada captación del espíritu musical de los británicos por medio de una labor histórica y de investigación tan digna de elogio como lógica si tenemos en cuenta quienes son los precursores del proyecto.




Tristemente no todo son alabanzas en el sentido de capturar la magia (¿a kind of magic?) de Queen en pantalla. La puesta en escena de Bryan Singer y Dexter Fletcher es tan eficiente cuando debe capturar la épica de las descargas en directo o el intimismo en los momentos más personales como recargada cuando quiere enfatizar la idea de convertir, desde un punto de vista inmersivo, al espectador en un testigo más de aquellos momentos inolvidables. Sirva como ejemplo el clímax del largometraje con el evento Live Aid y los históricos poco más de 20 minutos de Queen que insuflaron nueva vida a los cuatro músicos. Mientras las imágenes capturadas de la emisión original funcionan con una eficiencia intachable son el recurso de los planos detalle, la estilización visual exagerada de algunos encuadres innecesariamente enfatizados y una tendencia al efectismo los que en ocasiones nos sacan de ese glorioso final en el que se dejan notar las mayores virtudes y lo más notables defectos técnicos de Bohemian Rhapsody.




Pero si hay algo de lo que se ha acusado a los responsables de Bohemian Rhapsody es de manipular muchos hechos relacionados con la carrera de Queen y su cara visible, unos con mayor importancia que otros. Aunque nos privara de algunos de los momentos más emocionantes de la historia del grupo es comprensible que Roger Taylor y Brian May no quisieran abordar los años de enfermedad de Freddie por respeto hacia él y con la intención final de evitar el morbo. Lo que no tiene tanto sentido es cambiar la manera en la que Mercury se unió a la banda o conoció a Mary Austin, retrasar tres años la composición de un tema como We Will Rock You, convertir el disco en solitario del cantante en uno de los controvertidos motivos de la casi ruptura del cuarteto cuando por aquel entonces May y Taylor ya habían hecho lo propio, este último hasta en dos ocasiones; o afirmar que antes del concierto de Live Aid llevaban tres años sin tocar juntos obviando así la gira del disco The Works de 1984.




El cambio ejecutado con todos estos apuntes históricos relacionados con Queen, unos de más gravedad que otros como ya hemos anotado, palidecen ante la decisión más polémica tomada en Bohemian Rhapsody. Aunque la película nos quiera hacer creer lo contrario Freddie Mercury no descubrió que había adquirido el virus del VIH hasta 1987, no sólo dos años después de Live Aid, fecha elegida por el film para localizarla, sino uno más tarde de una de las giras más importantes de la banda, aquella Magic Tour con la que promocionaron el disco A Kind of Magic (1986). Para colmo los guionistas también afirman que Freddie confesó su enfermedad a Brian, Roger y John el mismo día del festival internacional impulsado por Bob Geldof, cuando realmente tuvo lugar con posterioridad Evidentemente estamos hablando de un largometraje con unos códigos y un lenguaje propios para enfatizar el dramatismo de su relato y el elegir Live Aid como su culminación obligó a los productores a ser prácticos y situar en aquel mítico día todo el poso emocional del clímax de la obra. Pero la decepción, y hasta el enfado, de algunos fans se antoja tan inevitable como comprensible.




Como previamente hemos mencionado en todo biopic, prototípico o no, su actor protagonista suele destacar sobre el el reparto de secundarios y en ocasiones por encima incluso del resto de apartados del largometraje, también algo acontecido en Bohemian Rhapsody. La labor de Rami Malek es brillante no sólo por capturar fielmente la gestualidad, el amaneramiento, la fuerza sobrehumana en la que se convertía sobre el escenario, el descaro y sobre todo el timbre de voz de Freddie Mercury, sino también por emular con virtuosismo esa amalgama entre divo virtuoso, excesivo y superdotado en su vida profesional y persona tímida, vulnerable y solitaria en lo personal que definía su identidad. Evidentemente la profecía se da por cumplida y él es lo mejor del film, pero por suerte el resto del reparto no le va a la zaga con cuatro eficientes actores como Joseph Mazzello, Ben Hardy y Gwilym Lee dando vida a sus compañeros de Queen (a destacar la labor del último como Brian May, con un trabajo de mímesis que poco tiene que envidiar al de Malek) o Lucy Boynton en la piel de Mary Austin, primer amor y mejor amiga de Freddie hasta el día de su prematura muerte.




Bohemian Rhapsody es una película para todos los públicos, hecha para gustar un amplio abanico de espectadores como los seguidores de la banda y el público generalista que conocerá por primera vez los entresijos de una de las bandas de rock más importantes de todos los tiempos con su cantante como epicentro del relato. Se trata de un buen producto, eficiente, hecho con cariño y con la misión de encumbrar la figura de Freddie Mercury y su memoria. Pero también es un producto de naturaleza prefabricada, facilón en muchos aspectos e ideado de manera milimétrica para forzar las emociones de todo aquel con intencionalidad de consumirlo como proyecto cinematográfico. Los fans más incondicionales del grupo nos quedamos con una sensación contradictoria. Agradecidos por la simple existencia del film, y molestos por haber desperdiciado la oportunidad de hacer algo verdaderamente grande con Queen.


martes, 7 de junio de 2016

Ali, cuando éramos reyes



Título Original Ali (2001)
Director Michael Mann
Guión  Gregory Allen Howard, Stephen J. Rivele, Christopher Wilkinson, Eric Roth, Michael Mann
Actores Will Smith, Jon Voight, Jamie Foxx, Jada Pinkett Smith, Mario Van Peebles, Ron Silver, Giancarlo Esposito, Jeffrey Wright, Mykelti Williamson, Nona Gaye, Michael Michele, Joe Morton, Alexandra Bokyun Chun, Barry Shabaka Henley, Ted Levine





El pasado día 4 de Junio fallecía a los 74 años de edad por problemas respiratorios y después de décadas luchando contra el mal de parkinson Muhammad Ali, uno de los deportistas más grandes de la historia a nivel mundial y el boxeador más icónico del siglo XX. Nacido el 1942 en Louisville (Kentucky) con el nombre de Cassius Clay llegó a ser tres veces campeón del mundo de los pesos pesados, pero como muchos saben su vida era interesante más allá de los cuadriláteros, los rounds y los títulos, ya que a un nivel social y cultural se convirtió en uno de los personajes más relevantes de la historia reciente de Estados Unidos, como comentamos, no sólo por su aportación como profesional al mundo pugilístico, sino también por haber sido testigo de primera mano de varios hechos que cambiaron el devenir de su país de origen y que le curtieron o hicieron evolucionar como persona, para lo bueno y para lo malo, a un nivel que trascendió el mundo deportivo.




El cineasta estadounidense Michael Mann y su compatriota el actor Will Smith hicieron dupla en el año 2001 para llevar a la ficción la vida de Alí (recordemos que sus hazañas se han abordado en varios documentales, siendo el más famoso de ellos ese When We Where Kings de 1996 rodado por Leon Gast y cuyo título he elegido para esta entrada) en un biopic que hiciera justicia a la figura de Cassius Marcellus Clay Jr. El guión, que estaba basado en una historia de Gregory Allen Howard, lo reescribieron Stephen J. Rivele, Christophr Wilkinson y Eric Roth, pasó por las manos de directores como Ron Howard o Barry Sonnefield que finalmente no consiguieron sacar adelante el proyecto hasta que finalmente recayó en las manos de un Michael Man recién salido de la multinominada y muy reivindicable El Dilema (The Insider) protagonizada por unos pletóricos Al Pacino y Russell Crowe y con el tema de las corruptelas de las empresas tabacaleras americanas como telón de fondo.




Con un presupuesto de 107 millones de dólares, un reparto de campanillas en el que podemos encontrar junto a Will Smit a actores y actrices como Jamie Foxx, Jon Voight, Jada Pinkett Smith, Giancarlo Esposito, Ron Silver, Jeffrey Wright o Mario Van Peebles, el oscarizado mexicano Emanuel Lubezki en la dirección de fotografía, Lissa Gerrard y Pieter Bourke componiendo la soberbia banda sonora y un Michael Mann a la máxima potencia como cineasta controlando los mandos Alí lo tenía todo para convertirse en uno de los mejores films de aquel 2001, pero esto sólo sucedió a medias. El largometraje no tuvo el recibimiento esperado y fue tildado de tibio y distante por cierta parte de la prensa especializada. En esta reseña vamos a tratar de defender lo contrario, que el noveno trabajo del realizador de Heat es un magnífico biopic que elude muchos lugares comunes de este subgénero y consigue hacer honor a Muhammad Alí como icono y ser humano sin obviar algunos de los pasajes más reprobables de su vida.




Alí arranca en 1964 con el combate en el que el protagonista le arrebató el título de campeón de los pesos pesados a Sonny Liston y acaba diez años después haciendo lo propio en el mítico enfrentamiento con George Foreman que tuvo lugar en Kinshasa, Zaire. En este trayecto de diez años seguiremos al joven Cassius Clay consiguiendo sus primeros triunfos como boxeador, manteniendo relaciones sentimentales con hasta tres mujeres a las que no dio un trato digno, convirtiéndose al islam tomando el nombre de Muhammad Ali y trabando gracias a ello amistad con Malcolm X, perdiendo su licencia de boxeador al dar una rotunda negativa a alistarse en el ejército para combatir en la guerra de Vietnam por convicciones morales y descubriendo en su viaje a África que su peso como icono atravesaba las barreras de su país de nacimiento. Todo un trayecto vital que el film abarca en unos agradecidos, pero nunca aburridos, 150 minutos de metraje que Michael Mann y sus guionistas abordan con total profesionalidad y rigor narrativo.




Ese equilibrio entre la faceta profesional y privada del personaje protagonista es el que permite construir una historia sólida con la que abordar las distintas caras de la personalidad de Muhammad Alí, de hecho podríamos decir que su vida sentimental tiene más peso en la trama que su trayecto como deportista mostrándose este en ocasiones como la excusa, el McGuffin, para que el largometraje nos introduzca en lo que fue los días más importantes del homenajeado. Su origen humilde, su conversión al islam con todo lo bueno y malo que ello aportó a su vida, su relación y posterior distanciamento con Malcolm X (su asesinato y la posterior reacción del personaje de Will Smith es uno de los mejores pasajes del film) su fama de mujeriego o mal padre ese egocentrismo del que hacía gala dentro (en no pocas ocasiones humillaba innecesariamente a sus rivales) y fuera del cuadrilátero en algunos momentos nos parecen hechos y situaciones más importantes de su vida que los distintos y legendarios combates que llevó a cabo como boxeador.




Pero como es lógico los combates de boxeo son una pieza clave en el devenir de la cinta y los que ayudan a impulsar la trama del largometraje. Un servidor lo tiene claro, jamás se volverán a rodar escenas de boxeo como las de aquella obra maestra dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Robert De Niro emulando a Jake La Motta llamada Toro Salvaje (Raging Bull), films como Million Dollar Baby, The Fighter, las distintas entregas de Rocky o su reciente, y muy reivindicable, spin off Creed (de la que hablaremos a no mucho tardar en el blog) han dado muestras de cómo ejecutar excelentes secuencias pugilísticas, pero es de necios negar que el director de Al Límite (Bringing Out the Dead) o Kundun sentó cátedra en 1980. Michael Mann sabe esto y no quiere rizar el rizo en este apartado, pero eso no es óbice para que nos prive de su perspectiva de este deporte y de dar su visión de lo que debió ser estar dentro del cuadrilátero cuando el mejor boxeador de la historia se enfundaba los guantes. 




Ese nervio, esa precisión, esa fuerza en lo visual y narrativo que el director de El Último Mohicano siempre ha mostrado a la hora de rodar acción y que pudimos ver en films como la resultona Miami Vice o la soberbia Collateral es extrapolado aquí a unas peleas que hacen que la cámara, literalmente, vibre, con vigor y realismo epidérmico, encuadrando con fiereza los cuerpos moldeados en acero de sus personajes y que sólo se resienten (mínimamente) cuando añade breves planos rodados en ese formato digital con el que por aquel entonces comenzaba a coquetear y que hoy es el que siempre utiliza para sus trabajos, hasta en un género tan ajeno a estas vanguardias como el cine de mafiosos como pudimos ver en aquella Enemigos Públicos del año 2009 con Johnny Depp y Christian Bale viéndose las caras en las pieles de John Dillinger y Melvin Purvis respectivamente.




En no pocas ocasiones y por varios motivos me vino a la cabeza Oliver Stone visionando Alí. Por un lado ese enorme reparto de actores (no voy a destacar a nadie porque todos ellos hacen un enorme trabajo) congraciados con la mano de su director me recordaban a producciones del veterano de Vietnam como JFK: Caso Abierto, Nixon, Alejandro Magno o W, que estaban repletas de estrellas, también porque si el director de Platoon o El Cielo de la Tierra hubiera tomado las riendas de esta cinta lo que hubiera ganado en implicación moral también lo habría hecho en sensacionalismo y sobre todo porque al igual que la impagable Nacido el 4 de Julio con Alí nos encontramos con una película que salió adelante por la total implicación de su actor principal a la hora de dar vida a la personal real que protagoniza la obra, allí era el Ron Kovic al que interpretaba el mejor Tom Cruise de la historia y aquí el Muhammad Alí al que entrega todo lo que tiene dentro un Will Simith superlativo.




A nadie se le escapa que el subgénero biopic en la mayoría de las ocasiones tiene la misión de convertirse en vehículo de lucimiento del poderío dramático de sus actores protagonistas. Ahí tenemos ejemplos como la impúdica y llena de melaza Lincoln, con Daniel Day Lewis en la piel del decimosexto presidente de Estados Unidos a las órdenes de Steven Speileberg, la previsible Ray con Jamie Foxx bordando al cantante y músico Ray Charles para Taylor Hackford, La Dama de Hierro con una mimética Meryl Streep trabajando codo con codo con Phyllida Lloyd y hasta las vertientes en las que estas hagiografías no lo son tanto, por no escatimar los pasajes oscuros de las vidas de sus personajes principales, como la The Doors de, una vez más, Oliver Stone con Val Kilmer como Jim Morrison o Bird de Clint Eastwood (¿el mejor biopic de la historia del cine?) en la que Forest Whitaker hizó el papel de su vida como el saxofonista Charlie Parker sirven para que sus estrellas se cubran de gloria de cara a una platea y unos académicos que normalmente siempre premian con reconocimiento y galardones sus labores.




Will smith se une a esta galería de actores que aprovechan un biopic, la adaptación a la pantalla grande de la vida de una persona real, para ofrecer el mejor trabajo de su carrera. El intérprete de la saga Men in Black o la próxima Escuadrón Suicida consigue lo más elogioso que se puede decir de un actor que participa en una película biográfica, que el protagonista de El Príncipe de Bel Air desaparece desde el minuto uno de la pantalla y sólo queda Muhammad Alí. No sólo por haber curtido su cuerpo para emular al boxeador o por la caracterización que le permite mimetizarse con el tres veces campeón del mundo, también por la modulación de voz, la manera de andar, el estilo campechano de espetar sus bravatas, su carácter tierno a la par que irritante y que dan muestra del enorme trabajo de composición que Smith ofreció para el film de Michael Mann. En ese sentido y gracias a su trabajo queda grabado en la retina ese poderosísimo pasaje en el que en su carrera por las calles de un barrio marginal africano Alí va descubriendo que en ese continente es un icono que trasciende el deporte para convertirse en un ídolo a nivel social y cultural, todo esto acariciado por la maravillosa música de Salife Keita que con temas como Papa o Tomorrow hace el resto.




Seamos sinceros la mejor manera de homenajear a Muhammad Alí es ver sus combates, las entrevistas que ofreció (qué bien llevada está su relación con el periodista Howard Cossell interpretado por un irreconocible Jon Voight) o algunas de sus declaraciones (especialmente con las que argumentaba su negativa a ir a Vietnam) y para ello hay kilómetros de material de archivo. Pero sería de necios no reconocer el valor de esta Alí de Michael Mann y Will Smith que mereció en su época de estreno más reconocimiento del que recibió. Moviéndose entre el biopic políticamente correcto y el que trata de dar una visión políedrica de su protagonista pero funcionando al 100% en todos sus apartados y transmitiendo una emotividad a flor de piel que siempre ha estado ahí y en el 2001 de su estreno le fue negada la novena película del cineasta norteamericano puede considerarse una excelente homenaje a la vida y milagros, las luces y sombras, de una leyenda, la figura de una de las personalidades más importantes e inspiradoras de nuestra historia reciente.


martes, 24 de febrero de 2015

El Francotirador, en el punto de mira



Título Original American Sniper (2014)
Director Clint Eastwood
Guión Jason Hall basado en la autobiografía de Chris Kyle
Actores Bradley Cooper, Sienna Miller, Luke Grimes, Jake McDorman, Kyle Gallner, Keir O'Donnell, Eric Close, Sam Jaeger, Owain Yeoman, Brian Hallisay, Marnette Patterson, Cory Hardrict, Joel Lambert, Eric Ladin, Madeleine McGraw





Chris Kyle, apodado el “Demonio de Ramadi” por los iraquíes y “La Leyenda” por sus compañeros soldados, fue el francotirador más letal de la historia de Estados Unidos acreditándole el Pentagono 160 muertes oficiales durante la invasión de Irak y la posterior guerra que tuvo lugar en el país del suroeste asiático. En el año 2012 y con la ayuda de los periodistas Scott McEwen y Jim DeFelicey, Kyle escribió y editó American Sniper, su autobiografía que se convirtió en un enorme best seller. El libro narraba toda si vida desde su infancia en Texas, su época de cowboy de rodeo, cómo decidió alistarse en los Navy SEALS y su paso por aquel conflicto bélico que comenzó oficialmente en 2003. Steven Spielberg mostró su intención por llevar la historia de Chris Kyle a la pantalla cuando David O Rusell (primer interesado en llevar a imágenes el libro) abandonó el proyecto, pero el repentino asesinato del militar en 2013 hizo perder interés por el proyecto al creador de Salvar al Soldado Ryan o Minority Report. Sería el veterano actor, productor y director Clint Eastwood el encargado de sacar adelante el proyecto con la ayuda del guionista Jason Hall y el intérprete Bradley Cooper, estos últimos implicados también en la producción del largometraje. El resultado ha sido un éxito sonadísimo en Estados Unidos que se ha convertido en el film más taquillero de la carrera del autor de Sin Perdón o Un Mundo Perfecto. Pero también la polémica ha acompañado a dicho triunfo debido a la controversia que la película ha despertado debido al retrato que se hace del personaje de Kyle en la obra, su carga patriótica que ha agradado a la rama más conservadora del país y disgustado a la progresista (entre ellos Michael Moore y Seth Rogen, que finalmente matizaron sus palabras en cierta manera) y el hecho de haber levantado pasiones en el sur del país donde los texanos han encontrado una producción por la que sienten pasión queriendo incluso emular los actos del protagonista, algo que, en propias palabras de los autores de American Sniper, a ellos se les escapa de las manos y no pueden controlar. Porque sí, el último trabajo de Clint Eastwood es una magnífica película bélica con protagonista tan interesante como cuestionable y un vehículo para enarbolar bien alto la bandera de las barras estrellas, pero estas afirmaciones hay que abordarlas con ciertas reservas tanto por un lado como por el otro.




Tras la tibieza con la que fue recibida Jersey Boys, su penúltimo trabajo basado en el musical homónimo que narraba la carrera del mítico grupo coral The Four Seasons, Clint Eastwood vuelve a algunos de los temas propios de su impronta autoral, aquellos que le han ayudado a sustentar una de las más prolíficas y prestigiosas carreras detrás de las cámaras del Hollywood actual con productos como Mystic River, Million Dollar Baby, Bird o Medianoche en el Jardín del Bien Mal. Con American Sniper el protagonista de Por Un Puñado de Dólares encarrila en cierta manera una carrera que llevaba dando bandazos unos años entre films que poco tienen que ver con su personalidad (Más Allá de la Vida) vehículos para el lucimiento de estrellas comerciales (El Intercambio) o valientes e infravalorados retratos de personajes tan reprobables como humanos (J.Edgar). El biopic en imágenes de Chris Kyle traslada el estilo clasicista y de solidez intachable de Eastwood a un contexto bélico y militar para ofrecer uno de sus mejores trabajos recientes, no al nivel de sus mejores obras, pero si lo suficientemente por encima de algunas de las más tibias a las que ha dado forma en los últimos años y que no estaban a su altura como cronista de lo oscuro y desarraigado que habita en el interior de Estados Unidos.




Sería de necios negar que el director de El Jinete Pálido hace un retrato elogioso de un personaje tan controvertido como el que nos ocupa y que su guionista y él mismo eluden pasajes escabrosos del libro que inspira al film para dar la mejor imagen posible de su protagonista. Por ello Clint Eastwood elude cualquier lectura política en su obra abordándola desde la mayor distancia posible, no condenando los actos de su criatura porque desde su punto de vista los ve necesarios, pero tampoco recreándose en ellos o glorificando una violencia que es expuesta con toda su desagradable crudeza en pantalla apelando a la sana intención de no estilizar o banalizar la misma. Al menos en pantalla Chris Kyle no disfruta con su trabajo, no se jacta en ningún momento de su especial don para quitar vidas por medio de un fúsil de mira telescópica, por ello mientras que sus compañeros le apodan “La Leyenda” y sus enemigos “El Demonio de Ramadi” él no parece disfrutar en ningún momento con dichos apelativos. En circunstancias como esta con El Francotirador entramos en los ya conocidos terrenos de Banderas de Nuestros Padres o Space Cowboys, el de la desmitifiación y la relectura histórica en la que supuestos héroes no se consideran como tales por mucho que sus allegados o la sociedad se empeñe en catalogarlos de esta manera, porque los actos que les han llevado a convertirse en ídolos nacionales no han sido agradables y los han hecho, desde su punto de vista, por un bien mayor.




De dar vida a este personaje que tenia una visión de su realidad en blanco y negro (como su padre le enseñó en el esclarecedor prólogo del largometraje) se ocupa el mejor Bradley Cooper de la historia. El protagonista de El Lado Bueno de las Cosas (Silver Linings Playbooks) o Cruce de Caminos (The Place Beyond the Pines) llevaba años ofreciendo papeles que hacían vislumbrar a un actor entregado y que se toma su trabajo muy en serio. Pero ha tenido que llegar un verdadero director de actores (de hecho es uno de ellos) para sacar todo lo que tenía dentro la estrella de la trilogía Resacón. Por suerte Cooper no tiene la mente puesta en los premios de interpretación (¿alguien ha dicho Leonardo DiCaprio?) y decide retratar a su personaje desde una contención demoledora merecedora de todos los elogios. El Chris Kyle (la caraterización y el gimnasio consiguen que el parecido con la persona real se más que notable) del Richie DiMaso de American Hustle es un tipo sencillo (podríamos decir que incluso simplista), cercano, puramente norteamericano y texano, con todo lo bueno y malo ello pueda conllevar, un hombre de guerra que sólo creía en “Dios, la patria y la familia” y que afirmaba realizar su trabajo con el único fin de salvar la vida de sus compañeros (“Luchar por el que tienes al lado” como declaraba uno de los soldados de la ya mencionada Banderas de Nuestros Padres) y que al volver de cada una de las misiones que le son encomendadas se ve más desvinculado de su esposa y e hijos.




Aunque esta deshumanización del guerrero nos pueda recordar a la soberbia (y muy superior) Munich de Steven Spielberg o la mítica El Cazador de Michael Cimino lo cierto es que los pasajes familiares del largometraje son los menos logrados del conjunto cinematográfico. Por muy esforzada que esté una magnífica Sienna Miller que sabe darle con aplomo la réplica a un Bradley Cooper ( esas dos últimas llamadas telefónica, la primera en plena batalla y la otra desde el bar están cargadas de verdad) en modo jefe de ceremonias, todo lo relacionado con los problemas maritales de la pareja protagonista son los más rudimentarios y adheridos a los clichés, aunque también es cierto que en esos momentos se ponen sobre la mesa las pocas situaciones en las que la obra cuestiona la finalidad de una guerra sin sentido. En esta parte del film Eastwood, Hall y Cooper quieren mostrar el lado amable de Chris Kyle, llegando en ocasiones a cierto sentimentalismo familiar que, curiosamente, nos remite al discurso de Steven Spielberg ( cineasta que como hemos mencionado unos párrafos más arriba estuvo vinculado al proyecto) pero gracias al buen hacer de los actores y el ritmo adecuado del guión no es un lastre demasiado pesado para que el conjunto del largometraje presuma de una cohesión que en casi todo momento se muestra sólida y bien anclada tonal y narrativamente.




Pero donde se crece un producto como American Sniper es en las secuencias de acción en las que se trasladan a la pantalla los cuatro viajes en los que Chris Kyle prestó sus servicios en Irak. Llama la atención que un director con 84 años de edad tenga todavía unas dotes tan destacadas para rodar secuencias bélicas de una ejecución indiscutible. Sin florituras visuales, sin movimientos de cámara imposibles. sólo entregándose a lo estilizado con esa última bala que da en su escurridizo y letal adversario, y siempre sutentándose en esa visión clásica del cine que posee, independientemente del género que aborde, Eastwood maneja con seguridad una enorme máquina como esta sin temblarle el pulso y ofreciendo a la platea secuencias de una tensión epidérmica (las dos con niños como objetivos), un continuo in crescendo narrativo (esa cena llena de tensión) o momentos de calma desgarrados por arrebatos de violencia directa (difícil no pensar en Akira Kurosawa o Takeshi Kitano) que hacen palidecer las supuestas dotes cinematográficas a de la mayoría de realizadores jóvenes que presumen de hacer thrillers de calidad en el Hollywood actual. La obra que nos ocupa muestra a Eastwood como un director en una excelente forma al que posiblemente le queden un puñado de buenas películas de acción con las que recordarnos que si está donde está en el panorama cinematográfico internacional es por méritos propios.




Podríamos pedirle a El Francotirador que como obra se implicara más en el plano moral con respecto a los hechos, pruebas y excusas que se utilizaron para dar inicio a una invasión y guerra como la de Irak (conflicto bélico que por cierto en su momento contó con la oposición del mismo Clint Eastwood) o que sus autores dieran un retrato más cercano a la realidad y menos hagiográfico de un hombre que tenía muchos más claroscuros que los que vemos en pantalla y que por último se ahorraran el desfile de banderas final que entronca con la visión mucho más contenida (que algunos equívocamente han confundido con simplismo) que había ofrecido hasta ese momento el largometraje. Pero sus intenciones son otras, las de mostrar los estragos de la guerra (eso sí, desde el punto de vista yanqui, como siempre, pero claro, esta película se llama American Sniper, esperar otra cosa sería una futilidad), la vida de un hombre hijo de su país y su tiempo y sobre todo cómo la vida puede deparar un revés tan inesperado como irónico a un hombre que con su arma fue capaz de eliminar a más de una centena de objetivos para defender a sus hermanos de armas y finalmente caer abatido por uno de los suyos (el marine Eddie Routh al que le diagnosticaron esquizofrenia al volver de Irak) un día en el que había decidido pasar el día en un campo de tiro de su Texas natal la que le vio nacer, crecer, “convertirse” y morir.


domingo, 30 de junio de 2013

Aquiles y la Tortuga, paint it black



Título Original Achilles to Kame (2008)
Director Takeshi Kitano
Guión Takeshi Kitano
Actores Beat Takeshi, Kanako Higuchi, Yurei Yanagi, Kumiko Aso, Akira Nakao, Reo Yoshioka, Susumu Terajima, Nao Omori, Yûrei Yanagi






Durante la década pasada y tras su mayor éxito de público, Zatoichi, el director, guionista, actor, humorista, presentador y showman Takeshi Kitano decidió dejar un poco de lado su cine policíaco sobre la yakuza japonesa para adentrarse por medio de la metaficción y los juegos de espejos en el mundo de la creación. Con la felliniana Takeshis' dio el primera paso, diseccionando su propia fama como figura pública y profesional ofreciendo un producto atípico pero coherente con su naturaleza entomológica. Dos años después dio un paso más allá adentrándose aún más en la autobiografía con la irregular Glory to the Filmmaker donde ya analizaba su propia obra como cineasta de manera tan autocrítica como descacharrante en la primera mitad pero adentrándose en derroteros demasiado surrealitas y cómicamente fallidos en la segunda.




Siguiendo esta senda abierta con los ya mencionados films pero abordando un tema distinto Kitano vuelve a hablar de sí mismo pero esta vez de una de sus facetas más desconocidas, la de pintor frustrado. El director de Violent Cop u Outrage ha sido desde su niñez un ferviente admirador de las artes pictóricas, pero sus dotes para la pintura son más bien escasas. Aunque nunca ha dejado de dedicarse a un mundo que incluso ama más que el catódico o el cinematográfico, es más, en la que sigue siendo su obra maestra como cineasta y para el que suscribe su mejor film, Hana-Bi: Flores de Fuego, cuadros salidos de su mano cobraban capital importancia en la trama central del largometraje. De modo que no era descabellado que algún día el nipón rindiera tributo a esta rama artística.




Machisu Kuramuchi lleva pintando desde que era un niño, pero el éxito nunca le ha llegado porque si bien su pasión por el arte de crear no tiene límites sus dotes como pintor no son las adecuadas para recibir el reconocimiento que busca desde su más tierna infancia. Pero ello nunca ha sido un obstáculo para Machisu, al que seguiremos a lo largo de toda su vida como pintor frustrado luchando contra familiares, marchantes aprovechados, profesores bohemios con ínfulas de genios o compañeros de estudio que llevan hasta límites insospechados su afán por el arte. Ya en su madurez nuestro protagonista encontrará complicidad en su mujer Sachiko que hará lo indecible para que su marido cumpla un sueño inalcanzable.




Aquiles y la Tortuga tiene varias lecturas como obra cinematográfica. La primera sería afirmar que es una carta de amor por parte de Takeshi Kitano al mundo de la pintura, pero en ese sentido más bien lo sería para los creadores, aquellas personas que dedican toda su vida al arte. Pero si miramos el cuadro desde lejos (el símil es adecuado, no lo neguéis) la antepenúltima cinta del director de Dolls es una oda universal a luchar por los sueños por muy inalcanzables que puedan llegar a ser. Pero hay una reflexión que va más allá, por que si bien el cineasta a pela a recurrir a la perseverancia, la paciencia y hasta la tozudez para llegar a metas determinadas su mensaje final es vitalista y positivo con respecto a las relaciones personales entre individuos más allá del tema central del film.




Hay a lo largo del metraje un cariño desmesurado no sólo por la pintura como concepto o por autores como los impresionistas franceses o las técnicas de expresionistas abstractos como el norteamericano Jackson Pollock o los trazos totémicos de su compatriota Jean-Michel Basquiat, también se aborda con una delectación de profundo lirismo los momentos en los que los artistas experimentan con las distintas maneras de crear arte por medio de lienzos, pinceles, utensilios o vehículos de todo tipo. Esta recurso visual (glorioso el plano cenital con el bate de beisbol destrozando los globos llenos de pintura) le sirven a Kitano para marcar una poética puesta en escena llena de planos de un acabado lógicamente pictórico que están dentro del cine más bello jamás rodado por el director de A Scene at the Sea.




Pero donde Aquiles y la Tortuga da lo mejor de sí misma como obra cinematográfica es cuando Kitano equilibra magistralmente el drama y la comedia por medio de una alternancia exquisita entre patetismo y comicidad desatada. Hay momentos en los que la carcajada es inevitable cuando vemos los métodos tan retorcidos que tiene Machisu para captar momentos cotidianos por medio de sus lienzos. Deberíamos destacar el del accidente, el del cuadro aplastado por el taladro del obrero de la construcción, el de la obra de matiz político sobre África con los huellas negras o el momento boxeador, pero me veo en la obligación de dar una mención especial a la secuencia de la bañera en la que el protagonista quiere poner su vida a límite para crear verdadero y espontaneo arte. Creo que hacía años, muchos años, que no me reía tanto con una escena de un largometraje, tanto como para estar casi al borde del ahogo, sólo ese pasaje ya hace que merezca la pena verse el film en su totalidad.




Estos momentos se alternan otros más duros en los que vemos como Machisu no sólo deja de lado a su propia familia en favor de su pasión por el arte, sino que también es capaz (de manera consciente o no) de hacerla sufrir lo indecible con tal de llegar a cumplir su cometido como creador. La escena cumbre dentro de esta vertiente sería sin lugar a dudas la del maquillaje en la morgue que desarma a un espectador que hasta ese momento había disfrutado con momentos de poderosa comicidad y que en esa parte del metraje se enfrenta a una de las escenas más duras (conceptualmente, ya que no hay imágenes de impacto, Aquiles y la Tortuga carece por completo de la violencia explícita tan propia de su autor) y simbólicas que ha dado la filmografía de Takeshi Kitano.




La puesta en escena es la habitual del director. Un mirada lírica y contemplativa de ritmo mesurado que esta vez no es resquebrajado por momentos de brutal violencia sino por pasajes de una comicidad entre gamberra e inteligente que nos retrotraen al mítico programa creado por el mismo Kitano en los años 80 para le televisión nipona, Takeshi's Castle (Humor Amarillo aquí en España). Los actores entregados al humor desatado o el drama contenido si el cineasta lo requiere y el mismo director, guionista e intérprete dando vida a una de sus criaturas calladas, apocadas y con mirada de mapache triste que dice más con sus actos físicos que con su palabras, que son pocas o casi ninguna, recordemos que el mismo autor ha reconocido que es penoso para memorizar los textos, de ahí que sus personajes casi no hablen en sus largometrajes.




Con Aquiles y la Tortuga Takeshi Kitano una vez más se abre el pecho para hablarnos de sus glorías y miserias como creador e individuo aunque esta vez ahondando en una faceta que sus seguidores conocíamos sólo de oidas y que aquí es expuesta en una desnudez del todo encomiáble que convierte a esta producción de 2008 no en una de sus mejores obras (esta lejos de serlo teniendo que enfrentarse con cosas como El Verano de Kikujiro o Brother) pero sí junto a Takeshis' y Glory to the Filmmaker la más sincera y consecuente consigo misma y la más destacada de esa trilogía metatextual y autobiográfica que se sacó de la manga la década pasada cuando empezó a dudar de sus dotes como narrador cinematográfico, esas que un servidor sabe a ciencia cierta que dificilmente perderá algún día.