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martes, 7 de junio de 2016

Ali, cuando éramos reyes



Título Original Ali (2001)
Director Michael Mann
Guión  Gregory Allen Howard, Stephen J. Rivele, Christopher Wilkinson, Eric Roth, Michael Mann
Actores Will Smith, Jon Voight, Jamie Foxx, Jada Pinkett Smith, Mario Van Peebles, Ron Silver, Giancarlo Esposito, Jeffrey Wright, Mykelti Williamson, Nona Gaye, Michael Michele, Joe Morton, Alexandra Bokyun Chun, Barry Shabaka Henley, Ted Levine





El pasado día 4 de Junio fallecía a los 74 años de edad por problemas respiratorios y después de décadas luchando contra el mal de parkinson Muhammad Ali, uno de los deportistas más grandes de la historia a nivel mundial y el boxeador más icónico del siglo XX. Nacido el 1942 en Louisville (Kentucky) con el nombre de Cassius Clay llegó a ser tres veces campeón del mundo de los pesos pesados, pero como muchos saben su vida era interesante más allá de los cuadriláteros, los rounds y los títulos, ya que a un nivel social y cultural se convirtió en uno de los personajes más relevantes de la historia reciente de Estados Unidos, como comentamos, no sólo por su aportación como profesional al mundo pugilístico, sino también por haber sido testigo de primera mano de varios hechos que cambiaron el devenir de su país de origen y que le curtieron o hicieron evolucionar como persona, para lo bueno y para lo malo, a un nivel que trascendió el mundo deportivo.




El cineasta estadounidense Michael Mann y su compatriota el actor Will Smith hicieron dupla en el año 2001 para llevar a la ficción la vida de Alí (recordemos que sus hazañas se han abordado en varios documentales, siendo el más famoso de ellos ese When We Where Kings de 1996 rodado por Leon Gast y cuyo título he elegido para esta entrada) en un biopic que hiciera justicia a la figura de Cassius Marcellus Clay Jr. El guión, que estaba basado en una historia de Gregory Allen Howard, lo reescribieron Stephen J. Rivele, Christophr Wilkinson y Eric Roth, pasó por las manos de directores como Ron Howard o Barry Sonnefield que finalmente no consiguieron sacar adelante el proyecto hasta que finalmente recayó en las manos de un Michael Man recién salido de la multinominada y muy reivindicable El Dilema (The Insider) protagonizada por unos pletóricos Al Pacino y Russell Crowe y con el tema de las corruptelas de las empresas tabacaleras americanas como telón de fondo.




Con un presupuesto de 107 millones de dólares, un reparto de campanillas en el que podemos encontrar junto a Will Smit a actores y actrices como Jamie Foxx, Jon Voight, Jada Pinkett Smith, Giancarlo Esposito, Ron Silver, Jeffrey Wright o Mario Van Peebles, el oscarizado mexicano Emanuel Lubezki en la dirección de fotografía, Lissa Gerrard y Pieter Bourke componiendo la soberbia banda sonora y un Michael Mann a la máxima potencia como cineasta controlando los mandos Alí lo tenía todo para convertirse en uno de los mejores films de aquel 2001, pero esto sólo sucedió a medias. El largometraje no tuvo el recibimiento esperado y fue tildado de tibio y distante por cierta parte de la prensa especializada. En esta reseña vamos a tratar de defender lo contrario, que el noveno trabajo del realizador de Heat es un magnífico biopic que elude muchos lugares comunes de este subgénero y consigue hacer honor a Muhammad Alí como icono y ser humano sin obviar algunos de los pasajes más reprobables de su vida.




Alí arranca en 1964 con el combate en el que el protagonista le arrebató el título de campeón de los pesos pesados a Sonny Liston y acaba diez años después haciendo lo propio en el mítico enfrentamiento con George Foreman que tuvo lugar en Kinshasa, Zaire. En este trayecto de diez años seguiremos al joven Cassius Clay consiguiendo sus primeros triunfos como boxeador, manteniendo relaciones sentimentales con hasta tres mujeres a las que no dio un trato digno, convirtiéndose al islam tomando el nombre de Muhammad Ali y trabando gracias a ello amistad con Malcolm X, perdiendo su licencia de boxeador al dar una rotunda negativa a alistarse en el ejército para combatir en la guerra de Vietnam por convicciones morales y descubriendo en su viaje a África que su peso como icono atravesaba las barreras de su país de nacimiento. Todo un trayecto vital que el film abarca en unos agradecidos, pero nunca aburridos, 150 minutos de metraje que Michael Mann y sus guionistas abordan con total profesionalidad y rigor narrativo.




Ese equilibrio entre la faceta profesional y privada del personaje protagonista es el que permite construir una historia sólida con la que abordar las distintas caras de la personalidad de Muhammad Alí, de hecho podríamos decir que su vida sentimental tiene más peso en la trama que su trayecto como deportista mostrándose este en ocasiones como la excusa, el McGuffin, para que el largometraje nos introduzca en lo que fue los días más importantes del homenajeado. Su origen humilde, su conversión al islam con todo lo bueno y malo que ello aportó a su vida, su relación y posterior distanciamento con Malcolm X (su asesinato y la posterior reacción del personaje de Will Smith es uno de los mejores pasajes del film) su fama de mujeriego o mal padre ese egocentrismo del que hacía gala dentro (en no pocas ocasiones humillaba innecesariamente a sus rivales) y fuera del cuadrilátero en algunos momentos nos parecen hechos y situaciones más importantes de su vida que los distintos y legendarios combates que llevó a cabo como boxeador.




Pero como es lógico los combates de boxeo son una pieza clave en el devenir de la cinta y los que ayudan a impulsar la trama del largometraje. Un servidor lo tiene claro, jamás se volverán a rodar escenas de boxeo como las de aquella obra maestra dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Robert De Niro emulando a Jake La Motta llamada Toro Salvaje (Raging Bull), films como Million Dollar Baby, The Fighter, las distintas entregas de Rocky o su reciente, y muy reivindicable, spin off Creed (de la que hablaremos a no mucho tardar en el blog) han dado muestras de cómo ejecutar excelentes secuencias pugilísticas, pero es de necios negar que el director de Al Límite (Bringing Out the Dead) o Kundun sentó cátedra en 1980. Michael Mann sabe esto y no quiere rizar el rizo en este apartado, pero eso no es óbice para que nos prive de su perspectiva de este deporte y de dar su visión de lo que debió ser estar dentro del cuadrilátero cuando el mejor boxeador de la historia se enfundaba los guantes. 




Ese nervio, esa precisión, esa fuerza en lo visual y narrativo que el director de El Último Mohicano siempre ha mostrado a la hora de rodar acción y que pudimos ver en films como la resultona Miami Vice o la soberbia Collateral es extrapolado aquí a unas peleas que hacen que la cámara, literalmente, vibre, con vigor y realismo epidérmico, encuadrando con fiereza los cuerpos moldeados en acero de sus personajes y que sólo se resienten (mínimamente) cuando añade breves planos rodados en ese formato digital con el que por aquel entonces comenzaba a coquetear y que hoy es el que siempre utiliza para sus trabajos, hasta en un género tan ajeno a estas vanguardias como el cine de mafiosos como pudimos ver en aquella Enemigos Públicos del año 2009 con Johnny Depp y Christian Bale viéndose las caras en las pieles de John Dillinger y Melvin Purvis respectivamente.




En no pocas ocasiones y por varios motivos me vino a la cabeza Oliver Stone visionando Alí. Por un lado ese enorme reparto de actores (no voy a destacar a nadie porque todos ellos hacen un enorme trabajo) congraciados con la mano de su director me recordaban a producciones del veterano de Vietnam como JFK: Caso Abierto, Nixon, Alejandro Magno o W, que estaban repletas de estrellas, también porque si el director de Platoon o El Cielo de la Tierra hubiera tomado las riendas de esta cinta lo que hubiera ganado en implicación moral también lo habría hecho en sensacionalismo y sobre todo porque al igual que la impagable Nacido el 4 de Julio con Alí nos encontramos con una película que salió adelante por la total implicación de su actor principal a la hora de dar vida a la personal real que protagoniza la obra, allí era el Ron Kovic al que interpretaba el mejor Tom Cruise de la historia y aquí el Muhammad Alí al que entrega todo lo que tiene dentro un Will Simith superlativo.




A nadie se le escapa que el subgénero biopic en la mayoría de las ocasiones tiene la misión de convertirse en vehículo de lucimiento del poderío dramático de sus actores protagonistas. Ahí tenemos ejemplos como la impúdica y llena de melaza Lincoln, con Daniel Day Lewis en la piel del decimosexto presidente de Estados Unidos a las órdenes de Steven Speileberg, la previsible Ray con Jamie Foxx bordando al cantante y músico Ray Charles para Taylor Hackford, La Dama de Hierro con una mimética Meryl Streep trabajando codo con codo con Phyllida Lloyd y hasta las vertientes en las que estas hagiografías no lo son tanto, por no escatimar los pasajes oscuros de las vidas de sus personajes principales, como la The Doors de, una vez más, Oliver Stone con Val Kilmer como Jim Morrison o Bird de Clint Eastwood (¿el mejor biopic de la historia del cine?) en la que Forest Whitaker hizó el papel de su vida como el saxofonista Charlie Parker sirven para que sus estrellas se cubran de gloria de cara a una platea y unos académicos que normalmente siempre premian con reconocimiento y galardones sus labores.




Will smith se une a esta galería de actores que aprovechan un biopic, la adaptación a la pantalla grande de la vida de una persona real, para ofrecer el mejor trabajo de su carrera. El intérprete de la saga Men in Black o la próxima Escuadrón Suicida consigue lo más elogioso que se puede decir de un actor que participa en una película biográfica, que el protagonista de El Príncipe de Bel Air desaparece desde el minuto uno de la pantalla y sólo queda Muhammad Alí. No sólo por haber curtido su cuerpo para emular al boxeador o por la caracterización que le permite mimetizarse con el tres veces campeón del mundo, también por la modulación de voz, la manera de andar, el estilo campechano de espetar sus bravatas, su carácter tierno a la par que irritante y que dan muestra del enorme trabajo de composición que Smith ofreció para el film de Michael Mann. En ese sentido y gracias a su trabajo queda grabado en la retina ese poderosísimo pasaje en el que en su carrera por las calles de un barrio marginal africano Alí va descubriendo que en ese continente es un icono que trasciende el deporte para convertirse en un ídolo a nivel social y cultural, todo esto acariciado por la maravillosa música de Salife Keita que con temas como Papa o Tomorrow hace el resto.




Seamos sinceros la mejor manera de homenajear a Muhammad Alí es ver sus combates, las entrevistas que ofreció (qué bien llevada está su relación con el periodista Howard Cossell interpretado por un irreconocible Jon Voight) o algunas de sus declaraciones (especialmente con las que argumentaba su negativa a ir a Vietnam) y para ello hay kilómetros de material de archivo. Pero sería de necios no reconocer el valor de esta Alí de Michael Mann y Will Smith que mereció en su época de estreno más reconocimiento del que recibió. Moviéndose entre el biopic políticamente correcto y el que trata de dar una visión políedrica de su protagonista pero funcionando al 100% en todos sus apartados y transmitiendo una emotividad a flor de piel que siempre ha estado ahí y en el 2001 de su estreno le fue negada la novena película del cineasta norteamericano puede considerarse una excelente homenaje a la vida y milagros, las luces y sombras, de una leyenda, la figura de una de las personalidades más importantes e inspiradoras de nuestra historia reciente.


lunes, 5 de agosto de 2013

Alacrán Enamorado, la piel que habito



Título Original Alacrán Enamorado (2013)
Director Santiago A. Zannou
Guión Carlos Bardem y Santiago A. Zannou, basado en el libro de Carlos Bardem
Actores Álex González, Miguel Ángel Silvestre, Judith Diakhate, Carlos Bardem, Hovik Keuchkerian, Juan Carlos Vellido, Javier Bardem





Adaptación a imágenes de la novela homónima del escritor, guionista y actor Carlos Bardem editada por Plaza y Janes en 2009. El mismo intérprete de Celda 211 parece haber sido el impulsor del proyecto (co escribe el guión y se reserva un importante papel secundario) pero inteligentemente cede la batuta de director a Santiago A. Zannou, realizador de El Truco del Manco, una de las óperas primas más interesantes del cine patrio reciente. El resultado es una cinta urbana de corte social con considerables aciertos, buenas intenciones y un reparto tocado por el don de la naturalidad comandado por un cineasta al que conviene seguir de cerca.




Julián (Álex Gonzálex) milita en un grupo de neonazis liderado por Solís (Javier Bardem) un hombre de negocios que se dedica a "limpiar" las calles de inmigrantes por medio de sus subordinados. Julián y sus compañeros regentan un gimnasio dirigido por Carlomonte (Carlos Bardem) boxeador retirado reconvertido en entrenador con problemas de alcoholismo y Pedro (Hovik Keuchkerian) amigo íntimo de este y dueño del local. La vida de Julián dará un giro radical cuando decida dejar de lado sus actos delictivos y dedicarse en cuerpo y alma al boxeo, mundo que le permitirá conocer a Alyssa (Judith Diakhate) una chica mulata de la que acabará enamorándose. El problema reside en que Luis (Miguel Ángel Silvestre) y los compañeros skins de Julián no van a permitir que se salga con la suya.




Con Alacrán Enamorado Zannou y Bardem no nos cuentan nada que otras obras previas sobre el tema de los neonazis como American History X, This is England o The Believer no nos hayan dicho ya. Pero toman la sabia decisión de narrar su historia desde una profunda y palpable sinceridad y ahí es donde un proyecto como el que nos ocupa juega su mejor baza. Aunque no podemos olvidarnos tampoco del inteligente mestizaje que se realiza con el cine de corte pugilístico introduciéndonos en el mundo del boxeo (deporte que los hermanos Bardem idolatran desde hace tiempo) para situar la historia narrada en un contexto reconocible y cercano.




La segunda cinta en labores de dirección de Santiago A. Zannou es, al igual que su debut detrás de las cámaras, una obra sobre perdedores e individuos alienados que buscan su lugar en el mundo. El Julián al que da vida Álex González cree haber encontrado su sitio dentro del movimiento skin y trabajando a las órdenes de Solis (excelente en su breve papel Javier Bardem, magnífica la idea de ese corporativismo que representa y que subvenciona a los grupos violentos de extrema derecha para que hagan el trabajo sucio que los de su calaña no son capaces de realizar con sus propias manos)  pero conocer en profundidad a los dueños del gimnasio que suele regentar y enamorarse inesperádamente de una chica mulata que trabaja como en el local le harán replantearse su sistema de valores e ideología.




De este modo el protagonista se encuentra en tierra de nadie y debatiendo consigo mismo qué elección tomar. Quedarse con los que considera sus hermanos, sus compañeros de armas que le ayudan a limpiar las calles de lo que ellos consideran escoria o empezar una vida nueva junto a Alyssa y descubrir poco a poco que sentir odio por diferencias sociales o de raza es un ideario fútil y cobarde. Como ya he comentado no hay nada nuevo en el horizonte, pero la sensibilidad y el naturalismo con el que Bardem y Zannou cuentan su historia y cómo los códigos de honor y compañerismo del boxeo sobrevuelan todo el metraje se revelan como un gran acierto en fondo y forma.




Al no haber leído la novela de Bardem no puedo asegurar si ese verismo que sustenta las bases del film ya estaban en el escrito, pero sí puedo afirmar que gran parte del mismo ya lo grababa a fuego el director en su anterior obra detrás de las cámaras. Zannou es un hombre de la calle y es más que probable que debido a su origen beninés haya conocido en primera persona la xenofobia que tan bien está reflejada en el largometraje, sin maniqueísmos o demagogia alguna. Ya que si en El Truco del Manco supo retratar con pericia la marginalidad de los barrios de extrarradio barceloneses en Alacrán Enamorado tiene el suficiente talento como para realizar un convincente fresco de los movimientos neonazis patrios y sus "patrocinadores".




Se nota el cariño y la implicación de Carlos Bardem con el proyecto ya que él mismo decidió que la adaptación de su novela no cayera en las manos de cualquier director. Como actor se reserva el posiblemente mejor personaje del largometraje, ese Carlomonte que ahoga en una botella de alcohol la idea de que sus años de gloria pasaron y que no le quedan más que recuerdos de aquella época. Su relación con Julián es la más interesante del relato, porque vemos cómo va cambiando gradualmente su opinión acerca del joven skin cuando ve que puede llegar a redimir sus pecados, que en principio no son pocos ni livianos.




Alacrán Enamorado posee la misma virtud que El Truco del Manco u otra reividincable ópera primera, El Bola de Achero Mañas y la misma es que prácticamente todo su reparto destila una remarcable naturalidad. Desde un Álex González que se esfuerza para ofrecer el mejor trabajo de su carrera pasando por un sorprendente Miguel Ángel Silvestre como neonazi manipulador (enorme la escena en el callejón cuando empieza a hablar alemán) o una Judith Diakhate de sutil belleza que hace tremendamente creible el romance que bascula la historia y llegando al descubrimiento, para un servidor, de la velada, ese soberbio Hovik Keuchkerian (ex boxeador, cómico, actor) que confirma lo que ya se apuntó en la cinta protagonizada por un inolvidable Langui con la excelente labor de Ovono Candela, que Zannou es todo un maestro para descubrirnos interpretes secundarios de alto nivel y guiarlos con mano firme.




Alacrán Enamorado es posiblemente el proyecto español más interesante de lo que llevamos de año. Un trabajo en el que Carlos Bardem y Santiago A. Zannou se abren en canal para hablarnos de (in)tolerancia, miedo, amor, perdón y redención, así como darnos un toque de atención para que veamos que detrás del skin que golpea normalmente hay un señor con corbata, en ocasiones hasta padre de familia, que no sólo lo consiente sino que también lo aprueba. Al igual que en El Truco del Manco Zannou no nos regala un final feliz que nos afirme que todo se arreglará, pero dentro de una posible derrota deja un resquicio de luz al que aferrarnos para encajar los golpes que esta sociedad nos vaya dando y no son pocos precisamente.



domingo, 6 de mayo de 2012

Acero Puro, metal heart


Título Original Real Steel (2011)
Director Shawn Levy
Guión Leslie Bohem. John Gatins, Dan Gilroy y Jeremy Leven basado en la historia corta de Richard Matheson
Actores Hugh Jackman, Dakota Goyo, Evanegeline Lilly, Anthony Mackie, Kevin Durand, Hope Davis, James Rebhorn, Marco Ruggeri, Karl Yune, Olga Fonda, John Gatins





Basada en un relato corto de Richard Matheson (Soy Leyenda, El Hombre Menguante)  editado en 1957, Acero Puro es una entretenida y rutinaria cinta que mezcla con acierto el cine familiar, el de ciencia ficción y el de boxeo para parir un producto que sin aspirar a otra cosa que no sea entretener al espectador consigue dejar con una sonrisa en la cara a gran parte del respetable por el simple hecho ser un proyecto sin pretensiones y con buenas (y políticamente correctas) intenciones.




En el año 2020 los combates de boxeo entre humanos han desaparecido. Las peleas tienen lugar entre enormes robots controlados por personas. Charlie Kenton es un profesional dentro de este tipo de lucha y controla un robot con el que quiere ganar dinero para saldar varias deudas económicas. Un día se entera de la muerte de su ex novia y tras ello y un proceso legal deberá quedarse (contra su voluntad) con la custodia del hijo que tuvo con ella, Max, un chico de 10 años aficionado al igual que su padre a los enfrentamientos entre robots boxeadores.




No sé como de fiel será el film a el relato corto de Richard Matheson (no lo he leído) pero el largometraje no deja de ser una versión futurista de Yo, el Halcón (Over the Top) sustituyendo los pulsos por combates de boxeo robóticos y a Sylvester Stallone por Hugh Jackman. Añadamos al conjunto un poco del dramatismo de la inolvidable y tramposa Campéon de Franco Zefirelli, algo de la simpatía mecánica de la saga Cortocircuito y como no, apuntes de la cinta quintaesencial del cine pugilístico, Rocky, con (una vez más) Sylvester Stallone como protagonista (además de guionista) y John G. Alvidsen como director.




El resultado de la amalgama es una cinta de cine para todos los públicos 100% hollywoodiense, que no engaña a nadie y que no da (mucho) más de lo que promete, entretenimiento puro y duro. Padre irresponsable y canalla pero con corazón (muy en el fondo) que encontrará en hijo impertinente (pero noble y honrado) no reconocido no sólo una nueva vida sino también ese reflejo de sí mismo que lo convertirá en mejor persona permitiéndole ver su existencia desde una nueva perspectiva más amplia y comprometida.




Todo localizado en un contexto de ciencia ficción, falsamente distópica, y un submundo, artificiosamente sucio, de combates de boxeo entre máquinas bastante bien llevados a la pantalla gracias a unos efectos digitales más que dignos. La cinta se deja ver con interés pero no destaca en ningún aspecto, sobre todo por  tocar uno a uno todos los clichés sobre este tipo de largometrajes, dando forma a así a una historia previsible que hemos visto mil veces y que sabemos como va a acabar desde el primer minuto de metraje.





Todos los actores están muy decentes, desde Hugh Jackman que está en su salsa con este tipo de papel de tipo duro (hasta que algún director con personalidad no le entregue un papel algo más complicado y en el que tenga que entregarse más, el actor australiano nunca podrá mostrar el potencial que tiene y que pudimos vilsumbrar en The Fountain de Darren Aronofsky), hasta Evangeline Lilly como la actual novia del protagonista pasando por Dakota Goyo, el niño que al igual que todos los que puebla en este tipo de films se mueve entre lo entrañable y repelente.




Cinta para pasar el rato, con sus toques de drama, humor y mucha acción para ver una tarde en familia. Real Steel es un buen ejemplo de cine de evasión realizado con oficio (el justo y necesario) y que a pesar de adolecer de una considerable falta de personalidad (como casi todo el cine comercial americano actual) consigue llegar al espectador con una historia sencilla, directa y que incluso en su clímax puede llegar a emocionar, aunque en el trayecto casi se adentre en la sensiblería. Se lo perdonaremos por las dos horas de entretenimiento sin cortapisas que ofrece al espectador.


sábado, 22 de enero de 2011

The Fighter, contra las cuerdas


Título Original: The Fighter (2010)
Director: David O'Russell
Guión: Scott Silver, Paul Tamasy, Eric Johnson y Keith Dorrington
Actores: Mark Wahlberg, Christian Bale, Amy Adams, Melissa Leo, Robert Wahlberg, Jack McGee, Dendrie Taylor, Jenna Lamia, Bianca Hunter, Sue Costello


Trailer


He de admitir que me gusta el cine del problématico director norteamericano David O'Russell. Adoro esa sátira antibelicista situada en la guerra del golfo llamada Tres Reyes, que ponía al día films como Los Violentos de Kelly de Brian G. Hutton. También le tengo especial cariño a esa comedia existencial llamada Extrañas Concidencias (I Heart Huckabees) que se presentaba como un batiburrillo humorístico sobre todo tipo de teorías filosóficas mezcladas y alegremente confundidas entre ellas. La misma supuso una obra que gustó a muy pocos y que irritó a muchos, pero que a mí me divirtió sobremanera. De sus dos primeras obras, Spanking the Monkey y Flirteando con el Desastre, no hablo ya que las desconozco.




The Fighter es un punto de inflexión en la carrarera como director de O'Russell. El realizador deja de lado el humor ácido e histriónico y se centra en dar forma a un psicodrama pugilístico basado en hechos reales sobre dos hermanos boxeadores de Lowell, Massachussets. El mayor de ellos, Dicky Eklund, antaño fue un héroe local por ganar al mítico Sugar Ray Leonard (aunque hay quien mantiene que el boxeador tropezó) en un combate. Años después es un adicto al crack que se dedica a entrenar a su hermano pequeño, Mickey Ward, para prepararlo físicamente y buscarle, junto a la madre de ambos que ejerce como manager combates con los que subir escalafones y así hacerse un nombre dentro del mundo del boxeo profesional.




The Fighter no nos cuenta nada nuevo dentro del cine inspirado en el mundo del boxeo y huele a kilómetros que pese a la eficacia de su propuesta y lo notable de su resultado, es el típico film para rascar votos en todas las canidadaturas posibles en la próxima ceremonia de los Oscars, no nos engañemos. Historia de superación basada en un hecho real. Origen humilde de sus protagonistas teniendo alguno de ellos problemas con las drogas o similares. Actores que han realizado cambios físicos bastante notables para mostrarlos en pantalla (Wahlberg un poco, Bale mucho más, pero este último ya está acostumbrado a machacarse el cuerpo a base de dietas destructivas) y un argumento dramático como trasfondo de la historia.




Pero por suerte la película desde su inicio se abre en canal y es totalmente sincera con espectador. Es la historia que hemos visto muchas veces, pero bien contada, con mucho aplomo y narrada desde la entrañas. O'Russell tiñe de desesperanza, pero también afecto, la historia de Mickey Ward, un joven boxeador que podría llegar mucho más lejos si cortara ese simbólico cordón umbilical que le une a su familia. En ese sentido el realizador y su equipo de guionistas añaden un detalle que no es demasiado común en este tipo de dramas. Una mirada nada complaciente hacia la familia americana de clase media baja. No condenándola, ni retratándola con crudeza, pero sí con ironía (esas hermanas que recuerdan a las esposas de los mafiosos de la maravillosa Goodfellas de Martin Scorsese).




La mayor diatriba dramática de The Fighter nace con el hecho de que Mickey cree que realmente tiene una deuda con su familia (sobre todo con Dicky que le enseñó todo lo que sabe sobre boxeo) por eso se niega a desvincularse de ellos aunque tal acto le cueste su propia carrera deportiva. Pensamiento este, muy occidental, que en Estados Unidos ya toma un cariz incluso enfermizo en numerosas ocasiones. Con este tira y afloja en el que más tarde entrará el personaje de Charlene, la novia de Mickey, O'Russell sustenta gran parte del dramatismo del producto que a pesar de estar centrado en el rol de Wahlberg enriquece más a los de Melissa Leo y Christiane Bale.




Cuatro personajes soportan la carga dramática del argumento central y todos su actores hacen un excelente trabajo, aunque unos más que otros debido a las aptitudes que cada uno tiene interpretativamente hablando. Por ejemplo, Mark Wahlberg no tiene muchos registros, pero este es el tipo de papel que se le da bien y cumple. Amy Adams se deja de hábitos (La Duda) y vestidos de princesa (Encantada) y se mete en la piel de una camarera de bar de mala muerte con bastante carácter y no poca carga sexual. Aunque en el plano femenino la que se lleva la palma es la excelente actriz Melissa Leo como la hortera e interesada madre de los protagonistas. La de Leo es una de esas caras que siempre suenan pero de la que nunca se recuerda el nombre, aunque ha realizado meritorios trabajos como secundaria en films como 21 Gramos o Los Tres Entierros de Melquiades Estrada.




Ya lo de Christian Bale es otra historia. El tipo desde mi punto de vista realiza el papel de su carrera. No sólo por toda la transformación física de su personaje (fue más radical en El Maquinista) o por como emula con estilo todos los tics físicos del verdadero Dicky Eklund. Es que su composición respira vida, carisma, su trabajo se aleja de esos papeles distantes, fríos y oscuros a los que suele dar forma. Seguramente Bale ha dado con un director que es como la horma de su zapato y de ahí su excelente labor, ya que si a O'Russell le gusta liarla en los rodajes a Bale de vez en cuando se le va también la lengua, como todos recordamos.




David O'Russell sale victorioso del combate y consigue el K.O con su mejor obra hasta la fecha. Deja de lado sus aspavientos visuales y sólo recurre a movimientos de cámara cuando el producto lo necesita y mantiene un ferreo control sobre lo que los actores deben o no mostrar delante de la cámara. Gracias a ello, a sus intérpretes y a su equipo técnico (el mismo Mark Wahlberg de productor y también, para mi sorpresa, Darren Aronofsky) consigue tocar la fibra al espectador con un film que si bien no es nada original tiene corazón y sabe como utilizarlo para emocionar sin sensiblería barata y con mucha honestidad.