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miércoles, 31 de marzo de 2021

Happy! Temporada 2, pascua de insurrección

 



- ¡Sax, deja de matar gente!
- Venga, Mer, que son nazis




Como era de esperar y aunque por ahora no tiene muchos vínculos directos con él era inevitable que habláramos en este mes dedicado a Grant Morrison del medio audiovisual, principalmente de series, en el que empieza a abrirse camino con adaptaciones de sus obras que por ahora no son muchas, pero poco a poco van aumentando en número gracias a los avispados productores, guionistas y directores que deciden llevarlas a imagen real. La primera de esas dos entradas, de las que se encargará un servidor, estará dedicada a la segunda temporada de Happy! la serie de la plataforma Syfy, con derechos de emisión por parte de Netflix, creada por el guionista y cineasta Brian Taylor (Crank, Gamer, Ghost Rider: Espíritu de Venganza) en colaboración con Grant Morrison, que ejerce también como showrunner. Como recordamos en su momento, y para ello tenéis dos reseñas que hablan sobre ella, Happy! fue una miniserie de cuatro números publicada por Image Comics en 2012 con Grant Morrison a los guiones y Darick Robetson (The Boys, Transmetropolitan) a los lápices. En ella el ex policía reconvertido en asesino a sueldo, Nick Sax, comienza a ver a un pequeño unicornio alado de color azul después de sufrir un infarto. Dicha criatura nació como el amigo imaginario de Haley, una niña secuestrada por un brutal homicida disfrazado de Santa Claus al que Sax se verá obligado a eliminar si quiere salvar la vida de la pequeña cría.





La primera tanda de ocho episodios de Happy! adaptaba, de manera más o menos fiel, el cómic que le servía de inspiración, pero añadía mucho material de cosecha propia por parte de Brian Taylor y Grant Morrison, lo que daba como resultado una primera mitad de temporada muy potente y otra en la que estos añadidos no hacían más que apelar al subrayado y la redundancia, dispersando en demasía la narración. Con todo y siempre afirmando que un reparto en el que actores ejerciendo una labor meritoria como Lili Mirojnick, Ritchie Coster, Patrick Fischler o Bryce Lorenzo quedaban ensombrecidos por el mejor hallazgo de la serie, un Christopher Meloni superlativo inyectando una carismática vis cómicas a Nick Sax que brillaba por su ausencia en las viñetas, La Happy! de Syfy se revelaba como un producto cafre, alocado y muy macarra que funcionaba notablemente bien. El problema es que la segunda temporada sufrió lo que un servidor llama “el mal de Juego de Tronos“, afección que explicaremos a continuación.




Hace un momento mencionábamos que las subtramas ideadas por Taylor y Morrison para la primera temporada eran las menos consistentes y más dispersas, en definitiva las que hacían restar puntos al conjunto de la obra. Pues en esta segunda entrega de diez capítulos esta carencia devora gran parte de lo planteado por la historia debido a que ya no hay cómic que adaptar y todo lo que vemos en pantalla nace de la mente del particular dúo de showrunners. De esta manera en la segunda temporada de Happy! impera mayoritariamente un caos narrativo incapaz de construir un esqueleto argumental coherente, ya que el equipo de guionistas encargado de desarrollar el devenir de acontecimientos no está a la altura intentando domar el caballo desbocado que suponen los diez episodios que cierran la serie. Alguien podría pensar que entre la tendencia a la demencia visual propia del cine de Brian Taylor y la lisergia conceptual de algunas obras de Grant Morrison que la anarquía imperara en esta nueva aventura de Nick Sax sería lo lógico, pero eso es algo que sí funcionaba en la temporada 1, aquí la escritura desemboca en un proyecto irregular bordeante en lo fallido.




Pero es ineludible que también podemos encontrar en esta segunda temporada momentos de puro genio en los que Morrison y Taylor aprovechan esa predisposición a lo cafre y desprejuiciado para escribir y ejecutar visualmente pasajes memorables. El primer episodio se pone a sí mismo el listón demasiado alto con una pletórica secuencia en la que vemos a un grupo de monjas en modo kamikaze volar por los aires en las calles de New York mientras suena de fondo el tema Dominique, de Sor Sonrisa, a todo volumen. Un prólogo que sintetiza el tono de humor negro y salvajismo que destilarán el resto de episodios dentro de una serie que puede callar más de una boca a aquellos que se quejan de la actual “corrección política” como principal impedimento para que se facturen productos semejantes al que nos ocupa. La matanza en el asilo de ancianos con Nick Sax y Meredith McCarty reventando cabezas de nazis de mierda, la pelea del personaje de Christopher Meloni con los presos fugados de la cárcel con esos desopilantes congelados de imagen, Ann Margret como Bebe Debarge, la orgía en el hospital o ese Jeff Goldblum poniendo voz a Dio caen del lado de aciertos del programa.




El problema, como ya apuntábamos anteriormente, es que todo lo relacionado con el programa especial de pascua de Sonny Shine y el chantaje que precede a este con el tema de la cinta de vídeo que haría las delicias culinarias de Armie Hammer, la posesión de Francisco “Blue” Scaramucci por parte de Orcus dentro en la cárcel, la relación de Happy con el resto de amigos imaginarios desembocando en su relación emocional/sexual con Little Bo Peep o la aparición del mismo Christopher Meloni interpretando a su madre menoscaban un producto que debería centrarse más en la relación del protagonista con el personaje que da título a la serie. Por otro lado la inclusión total de la temática sobrenatural en la historia no funciona en un producto que nació como un relato noir hasta arriba de metanfetaminas con puntuales pinceladas de fantasía, principalmente relacionadas con la presencia de Happy, pero al que la inclusión de monstruosidades deformes y deidades centenarias capaces de tomar a personas como huéspedes no le hacen ningún bien. Por desgracia todo este desaguisado de arbitrariedades argumentales entroncan con los ya citados momentos remarcables del proyecto y dan como resultado una temporada que en su mayor parte peca de sobrecargada, farragosa y en ocasiones hasta aburrida, algo imperdonable a un divertimento como el expuesto por Taylor y Morrison.





Por suerte hasta las situaciones más inverosímiles y de menos calidad de la temporada son acometidas por un reparto que sabe entregarse al desenfreno exigido por un producto de esta naturaleza. Un gran Ritchie Coster como Blue/Orcus, un insoportable Christopher Fitzgerald poniendo voz y peculiar físico a Sonny Shine, una prometedora Bryce Lorenzo en la piel de Haley Hensen, Medina Senghore (de)construyendo una alucinada Amanda Hansen o el carisma destilado por la Meredith McCarthy Lili Mirojnick dan empaque a un apartado artístico al que poco reproche podemos hacer. Pero una vez más el el Nick Sax de un desatadísimo Cristopher Meloni el que se roba la velada basa de violencia explícita, diálogos espetados contra el espectador y unos excesos impropios de los personajes a los que interpretó en años ulteriores. Con respecto al actor de Ley y Orden es necesario mencionar la brutal química que comparte con el Happy con voz de un entrañable Patton Oswald y sobre todo con el Smoothie de un magnífico y grimoso Patrick Fkischer, ya que ver a protagonista y villano alegrarse tanto de verse el uno al otro para torturarse mutuamente hasta lo inhumano pareciera una visión paródica de la relación de los personajes principales de aquella obra maestra suercoreana titulada Encontré al Diablo (Kim Jee-woon, 2010).




“La segunda temporada ya está confirmada y ahora veremos que hacen Brian Taylor y Grant Morrison sin material para inspirarse con una idea que no aparenta poder dar mucho más de sí.” Con estas palabras cerraba un servidor hace poco más de tres años la reseña de la primera temporada de Happy! y desgraciadamente la profecía se ha cumplido de principio a fin. No sólo porque se confirma que al no tener como base el cómic para construir la segunda temporada el resultado ha sido mucho menos satisfactorio, sino porque los productores de Syfy después de ver el resultado decidieron no renovar la serie y dejar a Brian Taylor y Grant Morrison si ese juguete con el que, no lo dudemos, se lo estaban pasando muy bien, a veces incluso más que los espectadores. Por suerte en este breve trayecto nos queda una primera temporada muy digna y una segunda inferior y renqueante, pero con algunos momentos para el recuerdo. Afortunadamente aquí no se quedan los coqueteos de Grant Morrison con la ficción televisiva, ya que Doom Patrol adapta su etapa con los personajes de creados por Arnold Drake, Bob Haney o Bruno Premiani, también se ha embarcado en una adaptación de Un Mundo Feliz (Brave New World, Aldous Huxley, 1932), de nuevo con Brian Taylor, que ya cuenta con una temporada y tenemos hasta tres películas animadas inspiradas en sus trabajo en DC Cómics.



jueves, 31 de diciembre de 2020

Blueberry: La Experiencia Secreta, la senda de los malditos

 


Título Original Blueberry: L'Expérience Secrète (2004)
Director Jan Kounen
Guión Jan Kounen, basado en el cómic de Jean-Michel Charlier y Jean Giraud
Reparto Vincent Cassel, Juliette Lewis, Michael Madsen, Eddie Izzard, Colm Meaney, Temuera Morrison, Nichole Hiltz, Hugh O’Conor, Geoffrey Lewis, Ernest Borgnine, Djimon Hounsou, Vahina Giocante





En el año 1963 nacía dentro de la icónica revista francesa, Pilote, una serie enraizada en el género western titulada Blueberry, de cuya autoría se responsalizaban el guionista Jean-Michel Clarlier y el dibujante Jean Giraud. A lo largo de más de cuatro décadas, incluso después de la triste desaparición de uno de sus dos creadores, las aventuras del Teniente de Caballería Mike Steve Donovan, alias “Blueberry”, deleitaron a millones de lectores de distintas generaciones convirtiéndose en un icono de la bande desinée francobelga hasta el punto de dar lugar a otras dos colecciones tituladas La Juventud de Blueberry y Marshall Blueberry. Llegado el año 2004 y sin encontrar el medio cinematográfico europeo un reflejo de aquella nueva era dorada de las adaptaciones de cómics estadounidenses al séptimo arte que daba por aquel entonces sus primeros pasos, el cineasta francés, de origen holandés, Jan Kounen se encargó de llevar el cómic de Charlier y Giraud a la pantalla grande. Además de algunos cortometrajes la única referencia que se tenía por aquel entonces de dicho director era su ópera prima en el largometraje, Dobermann, adaptación de la novela homónima de Joël Houssin protagonizada por Vincent Cassel, Monica Belucci, Tchéky Karyo o Romain Duris transfigurada en un polémico y violento cómic con reminiscencias tarantinianas del que destacaba un efectista acabado visual.




En honor a la verdad no eran pocos los alicientes interesantes relacionados con la génesis de esta traslación del Teniente Blueberry al celuloide. Los productores Thomas Langmann y Ariel Zeitoun no escatimaron gastos a la hora de poner a disposición de Jan Kounen todo lo necesario para diseñar una proyecto de gran envergadura que rivalizara con producciones norteamericanas del mismo estilo. Localizaciones en Francia, México y España, Gerard Brach (Repulsión, El Baile de los Vampiros, Frenético) como co guionista o un excelente reparto internacional encabezado por Vincent Cassel y en el que encontrábamos a Michael Madsen, Colm Meaney, Juliette Lewis, Geoffrey Lewis, Eddie Izzard, Djimon Honsou o Ernest Borgnine daban buena muestra del dinero invertido en la producción. A todo esto había que sumar la implicación directa y activa del mismo Jean Giraud en el proyecto, no sólo dando el visto bueno al mismo, sino siendo él la persona que comunicó a Jan Kounen la disponibilidad de los derechos audiovisuales del cómic que había creado casi cuarenta años antes con su amigo Jean Michel-Carlier. Suena duro decirlo, pero se antoja inevitable considerar al gran Moebius como uno de los principales responsables de la debacle que más tarde supuso Blueberry: La Experiencia Secreta y de ello hablaremos a continuación.




Durante la época del estreno del largometraje, y ya es algo que nos recordó nuestro compañero Diego García Rouco en el podcast que dedicamos en Zona Negativa al icónico ilustrador francés, Jan Kounen afirmó reiteradamente que con Blueberry: La Experiencia Secreta su intención era aunar en una misma producción los dos conocidos perfiles artísticos del autor de El Incal, Jean Giraud por un lado y Moebius por otro, para intentar condensarlos en uno solo. Una vez se vio el resultado dichas declaraciones quedaron en una pueril excusa para que el director hiciera lo que realmente quería, una película sobre las experiencias místicas y el chamanismo cuya conexión con las viñetas de Blueberry era tan tenue como caprichosa. En verdad el cineasta de origen holandés no engañaba a nadie, los títulos de crédito afirmaban que su segunda película detrás de las cámaras estaba “líbremente inspirada” en la obra de Charlier y Giraud, algo que queda patente en pantalla. Teóricamente el proyecto está inspirado en los álbumes La Mina del Alemán Perdido y El Fantasma de las Balas de Oro, pero más allá de la presencia del personaje de Prosit Luckner nada de aquel maravilloso doble arco argumental encontramos en Blueberry: La Experiencia Secreta.




Desde los primeros compases de la película el conocedor de la serie publicada originariamente en la revista Pilote es consciente de que Jan Kounen tiene poca o ninguna intención de llevar esta al medio audiovisual. El tono, el acabado visual, la fotografía, las localizaciones o la estética de los personajes se encuentran a años luz de lo diseñado por Jean Giraud a lo largo de varias décadas en las tres cabeceras protagonizadas por el personaje. Lo que sí queda es un inane intento de rodar un remedo de western con la mirada puesta en Sergio Leone o Sam Peckinpah usando de manera insulsa todos los reconocibles tropos del género para facturar una manoseada historia de venganza cuya endeble construcción argumental desemboca en un viaje psicotrónico y lisérgico, ayahuasca mediante, en el último acto de la obra, esta vez inspirandose en El Topo (Alejandro Jodorwsky, 1970), que por abusar en exceso de unos efectos digitales hoy terriblemente envejecidos fracasa en el que era su principal cometido, intentar transportar al espectador en ese viaje a un mundo onírico inducido por la ingesta de psicotrópicos con el que deberíamos, en palabras del mismo Jan Kounen, “dejarnos llevar” y en el proceso perdonarle no sólo el ultraje contra la obra en papel, sino la terrible inconsistencia del libreto sobre el que sustenta su largometraje.





Fallando irremisiblemente en estos apartados lo poco que queda en Blueberry: La Experiencia Secreta es un sobrecargado ego trip por parte de su co guionista y director para intentar extrapolar audiovisualmente sus propias experiencias con los alucinógenos y el chamanismo, algo que podía haber llevado a cabo sin necesidad de mancillar una obra maestra del arte secuencial, ideando una historia original que le proporcionara la libertad necesaria para inyectarle sus delirios estilísticos. Curiosamente el uso inadecuado, tosco y excesivo del CGI en la película tiene más de un paralelismo con Dante 01 (2008), el debut en solitario del también cineasta francés Marc Caró (Delicatessen, La Ciudad de los Niños Perdidos), que además de parecer una especie de revisión apócrifa y recalcitrantemente cristiana de Alien³ (David Fincher, 1992), estaba igualmente construido sobre un guión deshilachado y casi inexistente culminando con un clímax final que hibridaba el sermón teológico con una barroca psicodelia de colores amarillentos dejando al espectador con cara de circunstancia. Como nota curiosa apuntar que el mismo Marc Caró colaboró en el departamento de arte de Blueberry: La Experiencia Secreta. Todo ello nos confirmaba lo que desde un principio debería haber sido tomado como una verdad absoluta, que un cineasta tan limitado y de paladar tan grueso como Jan Kounen nunca debió encargarse de rodar la adaptación de un cómic necesitado de una especial sensibilidad.




Aunque Jean-Michel Clarlier y Jean Giraud tenían en mente a los actores Jean-Paul Belmondo y Charles Bronson a la hora de diseñar la imagen de Blueberry y la elección de Vincent Cassel para interpretarlo en Blueberry: La Experiencia Secreta parecía descabellada por lo notablemente diferente que era su fisionomia a la de este, el hijo de Jean-Pierre Cassel hizo, como es habitual en él, un notable trabajo. El protagonista de El Odio o Irreversible lleva con mucha dignidad las alforjas de un protagonista que, aunque no tiene nada que ver con el rol de los cómics, él acomete con profesionalidad y carisma. Algo parecido sucede con Michael Madsen que dando vida a Wallace Sebastian Blount pareciera interpretar una variante de Budd, el personaje que le regaló Quentin Tarantino en el díptico Kill Bill. El resto del reparto se mueve entre el ajustado cumplimiento del deber y el no saber ni dónde están por culpa de un guión y un desarrollo de caracteres nulo, que pone las cosas muy difíciles a Juliette Lewis, Geoffrey Lewis, Eddie Izzard, Colm Meaney, Djimon Honsou o Temuera Morrison para parecer creíbles. Uno de los pocos que sí pareció pasárselo bien fue el veterano Ernest Borgnine, cuya presencia es uno de los pocos homenajes reales por parte de Jan Kounen al western si tenemos en cuenta su asidua intervención en el género despuntando en clásicos como Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954) o Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969).




Blueberry: L’Expérience Secrète es un desastre sin paliativos. Fallida como adaptación del cómic de Jean-Michel Charlier y Jean Giraud, fallida como western, fallida como película y sobre todo fallida como ese supuesto intento por unificar los estilos de Jean Giraud y Moebius; ya que si al primero es difícil encontrarlo en el film del segundo no hay ni rastro por mucha ayahuasca que Jan Kounen arroje contra el objetivo de su cámara. Una obra capital de la bande desinée como Blueberry merecía una adaptación digna, ejecutada por profesionales que admiraran el trabajo de sus creadores y no a un realizador alucinado que utilizara el buen nombre y la fama del material original para dar rienda suelta a su megalomanía y peregrinas inquietudes cinematográficas. Pero como previamente hemos apuntado lo peor de todo el caso es la relevancia del mismo Jean Giraud en lo referido a la viabilidad de semejante mediocridad formal y argumental. No sabemos si por la ilusión de ver una versión en imagen real de su obra, si por deferencia hacia Jan Kounen o simplemente por sacar unos cuantos dividendos, algo que nadie podría reprocharle ya que estaba en todo su derecho de hacerlo, pero el resultado no pudo ser más desalentador en todos los aspectos. Siendo conscientes de la nueva ola de adaptaciones de cómics que despliegan actualmente las plataformas de streaming no es difícil hacerse ilusiones con respecto a una buena versión de Blueberry en formato serie, pero tampoco es complicado preocuparse viendo el resultado final de muchas de ellas.


viernes, 30 de agosto de 2019

Midsommar



Título Original Midsommar (2019)
Dirección Ari Aster
Guión Ari Aster
Reparto  Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Vilhelm Blomgren, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson, Lars Väringer, Katarina Weidhagen van Hal, Isabelle Grill




A poco más de un año del estreno de su ópera prima detrás de las cámaras, Hereditary, el cineasta estadounidense Ari Aster vuelve a las pantallas españolas, y de medio mundo, con su segunda propuesta cinematográfica. Al igual que sucediera con el largometraje protagonizado por Toni Collette, Gabriel Byrne, Alex Wolff y Milly Shapiro la crítica, en líneas generales, se ha volcado con la película. Pero con el público no ha encontrado su hueco debido a algunas características que más tarde pasaremos a mencionar. Florence Pugh (Lady Macbeth) Jack Reynor (Detroit), Will Poulter (Black Mirror: Bandersnatch), William Jackson Harper (Paterson) y Vilhelm Blomgren (Gösta) son cinco estudiantes estadounidenses que viajan a Suecia para pasar la festividad del Midsommar, el solsticio de verano, con la familia de uno de ellos procedente del país europeo. Dentro de este grupo destaca la pareja formada por Dani y Christian, ella sumergida en la depresión por culpa de un suceso trágico relacionado con su vida personal y él con intención de abandonarla por no soportar más la presión ejercida por dicha situación. Una vez en Suecia y reunidos con la peculiar, y aparentemente afable, comunidad a la que pertenece Pelle las sustancias psicotrópicas comienzan a alternarse con los preparativos de un Midsommar que se antojará imposible de olvidar para todos los implicados.




El prólogo de Midsommar, planteando el conflicto que vertebrará el relato y mostrando algunas conexiones con Hereditary como si se mostrara continuista con respecto a ella, es uno de los trabajos audiovisuales más potentes y compactos de lo que llevamos de 2019. Poco más de diez minutos en los que Ari Aster demuestra que una corta carrera como cineasta no es obstáculo para confirmarse como un fuera de serie con la puesta en escena. Posicionamiento y movimiento de cámara, interpretación de los actores, iluminación, efectos de sonido y una mímesis gloriosa entre dirección de fotografía y banda sonora alumbran una cristalina muestra de alta cinematografía en la que una manguera se convierte en un cordón umbilical conectado con el horror y la tragedia. Tras este pletórico y desgarrador arranque Midsommar ejecuta una ruptura tonal y argumental de naturaleza transicional desembocante en una acertada elipsis temporal sirviendo como antesala de la verdadera película. Aquella que cristaliza cuando el vehículo de los protagonistas se cruza con el cartel de localidad sueca de Hårga a la que se dirigen y su mundo, en el sentido literal, se invierte como mal presagio de lo que está por acontecer.




A partir de entonces las pocos más de dos horas de metraje restante suponen la personal mirada de Ari Aster hacia el folk horror. Dentro de este subgénero encontramos clásicos como The Wicker Man (Robin Hardy, 1973), The City of the Dead (John Llewellyn Moxey, 1960), The Blood on Satan’s Claw (Piers Haggard, 1971) o Los Chicos del Maiz (Fritz Kiersch, 1984), así como acercamientos más recientes como The Witch (Robert Eggers, 2016). The Lords of Salem (Rob Zombie, 2012) o The Ritual (David Bruckner, 2017) que dan forma a un nuevo revival de este tipo de celuloide. Apuntado esto debemos dejar claro desde un principio que Midsommar queda lejos de ser una película de terror. Es más un drama con algunos apuntes de suspense e intriga. De hecho las cintas tomadas por Ari Aster como referencia para crear la suya y que recomienda visionar antes o después de la misma son Tess (Roman Polanski, 1979), Macbeth (Roman Polanski, 1971), Narciso Negro (Michael Powell y Emeric Pressburger, 1947) o Qué Difícil Es Ser Un Dios (Aleksey German, 2013). Un compendio de trabajos que poco o nada tienen que ver con un género como el terror y que también delata el buen gusto del director estadounidense a la hora de valorar cine europeo.




Como ya hemos apuntado a la hora de hablar del prólogo de Midsommar, y teniendo en cuenta que se extiende a lo largo y ancho de todo su metraje, debemos hacer parada obligatoria en la impresionante labor de Ari Aster detrás de las cámaras. Acabamos de confirmar que la última pieza del director de Hereditary no pertenece, al menos de manera ortodoxa, al género de terror, pero esto no es óbice para que una atmósfera mórbida y malsana sobrevuele todo el producto. Aster consigue que la prístina luminosidad que envuelve sus encuadres se convierta en el mayor de sus aliados al crear paralelismos con el supuestamente encantador comportamiento de los habitantes de Harga mientras los contados, pero muy potentes y medidos, arrebatos violentos resquebrajan una tensa calma que llega a crispar los nervios del espectador. Los grandes angulares, la profundidad de campo, aquello que acontece sutilmente en segundo plano o la brillante dinámica entre lo que puede ser realidad y lo que aparenta ser resultado de los efectos psicotrópicos ingeridos por los protagonistas, siendo extrapolados al apartado visual del film, hacen de su puesta en escena la más destacada virtud de Midsommar, confirmando el enorme talento de su máximo responsable.




Si en lo concerniente a la labor de Ari Aster como realizador no hay una sola queja, la cosa cambia cuando tenemos que evaluar su trabajo con la escritura del guión. A pesar de sus 145 minutos de metraje Midsommar no aburre en ningún momento, ya que en el discurrir cadencioso y minimalista de una trama sin grandes aspavientes siempre están aconteciendo hechos estrechamente relaciones con los personajes protagonistas y la cuestionabilidad de su bienestar físico o psicológico. Pero desgraciadamente el creador de la obra se embriaga de su propio discurso y parece dispuesto a sacrificar la cohesión de su narrativa en pos de marcar a fuego, y de manera harto innecesaria, una impronta como autor que nadie le exige. Antojándose caprichosa la idea de querer convertirse en una voz personal, intransferible y diferenciable con sólo dos películas en su filmografía. Esa delectación enfermiza en el folclore autóctono y la parafernalia ritualista que conforma el grueso de su relato en ocasiones juega en contra de su adecuado desarrollo, manteniendo un peligroso contraste entre pasajes muy poderosos y otros algo más irregulares.




Ya hemos apelado al acierto que supone la tendencia por diseñar personajes sólidos y con cierta profundidad psicológica de Ari Aster iniciada en Hereditary y consolidada en Midsommar. Pero también es reseñable su olfato a la hora de elegir los actores para protagonizar sus productos. Es posible que los personajes, al menos los secundarios, estén sustentados en ciertos estereotipos reconocibles, pero la labor del casting es tan meritoria que no es difícil empatizar con ellos y las desdichas en las que se ven implicados. Los dos protagonistas destacan sobremanera con respecto al resto del reparto, ya que al núcleo central del relato, como por otro lado es lógico, disecciona con más precisión sus roles. Florence Pugh, que ya llamó nuestra atención en Lady Macbeth (William Oldroyd, 2016), sostiene sobre sus hombros todo el poso dramático del argumento con una composición llena de matices y desgarro. Mientras, Jack Reynor, ejecuta a un pusilánime cuyo empequeñecimiento personal va en aumento a lo largo del metraje desembocando en confusión y terror. Culminando Este proceso con una escena sexual que podía haber facturado el Alejandro Jodorowsky de Fando y Lis, El Topo o La Montaña Sagrada.




Midsommar no es una película de fácil digestión y es hasta cierto punto comprensible el rechazo que ha causado entre algunos sectores del público generalista. Algo parecido a lo que sucedió con otra propuesta nada acomodaticia como Madre! (Darren Aronofsky, 2017), aunque la respuesta negativa hacia aquella fue mucho más visceral. Si el espectador no entra en el juego propuesto por Ari Aster y sus colaboradores, delante y detrás de las cámaras, su reacción natural será la de tomar a broma mucho de lo acontecido en pantalla, sobre todo en ese clímax final en el que el autor difumina tanto la línea que separa la tragedia de la comedia que se antoja difícil no saber cuando empieza una y acaba la otra. En cambio aquellos que decidan imbuirse en esta historia y sumergirse sin miramientos en el conjuro propuesto por Ari Aster, siendo conscientes de las exigencias que la misma obra propone a su interlocutor, posiblemente disfrute de una de las piezas más interesantes del 2019 y la confirmación de encontrarnos ante una interesante nueva voz que en su próxima propuesta, esperemos, lleve a cabo una necesaria cura de humildad.



martes, 25 de junio de 2019

Rocketman



Título Original Rocketman (2019)
Director Dexter Fletcher
Guión Lee Hall
Reparto Taron Egerton, Jamie Bell, Richard Madden, Bryce Dallas Howard, Steven Mackintosh,  Gemma Jones, Tom Bennett, Kit Connor, Stephen Graham, Matthew Illesley, Ophelia Lovibond,  Charlotte Sharland, Layton Williams, Bern Collaco, Ziad Abaza, Jamie Bacon, Kamil Lemieszewski,  Israel Ruiz, Graham Fletcher-Cook





Pudiera parecer que el descomunal éxito comercial de Bohemian Rhapsody iba a ser la punta de lanza de una nueva oleada de biopics musicales y de hecho posiblemente así lo sea, aunque todavía es pronto para evaluarlo. Porque esta Rocketman estrenada hace unas semanas en carteleras de todo el mundo es un proyecto desarrollado casi de manera paralela al largometraje centrado en la historia de la banda británica Queen en general y la vida de su vocalista, Freddie Mercury, en general. De hecho ambas obras comparten director, Dexter Fletcher, aunque como recordamos este no fue el principal responsable detrás de las cámaras del film protagonizado por un enorme Rami Malek, sino que ejerció de sustituto de Bryan Singer cuando este comenzó a ausentarse continuada e injustificadamente del set de rodaje y fue despedido por 20th Century Fox.




Cuenta la leyenda, aunque no sé si tienen validez dichas declaraciones por la nula vinculación entre las productoras de ambos largometrajes, que encargarse del rodaje de Bohemian Rhapsody una vez Bryan Singer fue despedido del mismo fue el trámite que Dexter Fletcher tuvo que aceptar para poder ponerse al frente de Rocketman. Más allá de si esto es cierto o no sería la relación entre el cineasta Matthew Vaughn y Elton John, recordemos su mítica aparición en Kingsman: El Círculo Dorado, la que permitiera poner en funcionamiento el presente biopic de cuya financiación se ocuparía, en gran parte, Marv, la productora  propiedad del cineasta de X-Men: Primera Generación que aunaría fuerzas con Rocket Pictures, la creada por el mismo cantante y con la que ya ha diseñado films, algunos films infantiles como Gnomeo y Julieta o su secuela, Sherlock Gnomes




Ya en sus cinco primeros minutos Rocketman se convierte en una declaración de principios por parte del biografiado y principal responsable del film. El Elton John de Taron Egerton aparece ataviado de diablo en una terapia de grupo y confiesa ser adicto al alcohol, la cocaína, el sexo y las compras compulsivas, entre otros vicios. Por suerte esa será la tónica habitual de la obra, convertida en un biopic alejado de los convencionalismos de la vertiente más blanda y amable del subgénero y abrazando el riesgo, argumental y conceptual, con la intención de crear un retrato realista y cercano de las glorias, pero sobre todo las miserias, de aquel apocado y talentoso niño llamado Reginald Kenneth Dwight que eligió convertirse en Elton Hercules John, una de las estrellas más grandes de la historia del rock.




Rocketman ejecuta una virtuosa amalgama de géneros y estilos. Por un lado es un biopic, pero también un musical y si bien es cierto que contiene un notable poso dramático no elude los pasajes cómicos, en ocasiones bordeando la carcajada. De manera que mientras conocemos la vida de Elton John desde su niñez las actuaciones musicales interpretadas a lo largo del film son la excusa perfecta para introducir coreografías, rupturas puntuales de la cuarta pared y una amalgama magistral entre música extradiegética y diegética para disfrute de un espectador que en ocasiones no da crédito a lo visto en pantalla. Sirva como ejemplo el ipresionante falso plano secuencia, con elipsis temporal incluida, durante la interpretación de Saturday Night's Alright entre el bar y la feria local. Desde ya mi pasaje cinematográfico favorito de lo que llevamos de 2019.




Elton John ejecuta una cura de humildad revelándose a la vez como expiación de sus demonios interiores. El intérprete de Candle in the Wind o Blessed parece no haber puesto barreras a la labor de Dexter Fletcher y su guionista, Lee Hall, y de la misma manera que la historia no se recrea en ningún momento en su sobrado talento y virtuosismo para la ejecución o composición musical, descubierta y desarrollada desde su niñez sin pompa o glorificación alguna en pantalla, no tiene miedo a mostrar sus carencias profesionales; como su incapacidad de escribir buenas letras necesitando la ayuda de su inseparable amigo, Bernie Taupin, para encargarse de dicha tarea. Tampoco sus complejos físicos, como su alopecia o sobrepeso, se eluden de cara a un espectador mostrándose así a una versión más veraz, cercana y humana del artista británico.




Sus problemas con los excesos y adicciones, su famoso mal carácter desembocante en una irascibilidad volcada, injustamente, en sus colaboradores o su megalomanía una vez tocó el cielo como icono de la música comercial ofrecen una visión poliédrica de un hombre tímido y acomplejado que encontró en la extravagancia y el subirse en un escenario una vía de escape a una existencia deprimente, gris, mortecina. Pero también se extrapolan con verdadera pasión y cariño esos momentos icónicos en la carrera de John como la primera actuación en Estados Unidos con todo el público, y el mismo protagonista, levitando al son de Crocodile Rock en la sala Trobadour o se ejecutan con apuntes mágicos interpretaciones como las de Tiny Dancer durante la fiesta en casa de Mama Cash, toda la familia Dwight interpretando I Want Love o el mismo Elton improvisando Your Song al piano para asombro de su madre y abuela.




Si en Bohemian Rhapsody Dexter Fletcher sólo pudo terminar lo que Bryan Singr había dejado a medias convirtiéndose en un realizador de apoyo ni siquiera acreditado en Rocketman ha podido desplegar todo su poderío estilístico y visual sin que nadie le parara los pies o le pusiera barreras. El Elton John que se retrata en Rocketman es el que más se entregó a la extravagancia, el exceso e incluso lo hortera y la cámara del cineasta lo extrapola de manera fidedigna a la pantalla. El director de Eddie el Águila saca oro de pasajes impresionantes como el falso travelling lateral durante Pinball Wizard, la interpretación submarina de Rocketman, la orgiástica coreografía acompañada por Bettie and the Jets o la fidedigna recreación del videoclip I'm Still Standing. Todo aderezado con referencias que van desde el Ken Russell de Tommy al Brian de Palma de El Fantasma del Paraíso haciendo el resto para que la puesta en escena del film se antoje superlativa.




Taron Egerton podía parecer una elección arriesgada por el escaso, más bien nulo, parecido físico de Elton John, su juventud o lo alejados que se encuentran los papeles que hasta ahora ha interpretado, principalmente en cintas de acción y aventuras, del asignado a su persona en Rocketman. Pero el resultado de su caracterización se revela mastodóntico, porque más allá de emular a la persona real estudiando su lenguaje gestual o modulación de voz lo que hace grande su labor es el creerse en todo momento su personaje. De esta manera el protagonista de Robin Hood o Kinsgman despliega todo su talento artístico entregándose a la causa de los responsables del film ejecutando un trabajo para el recuerdo y, en mi opinión personal e intransferible, muy superior al, ya de por sí brillante, de Rami Malek en Bohemian Rhapsody. Sin obviar que interpreta todas las canciones del film imitando magistralmente el timbre de Elton John, aunque quedando lejos de este en lo que a potencia vocal se refiere.




Por último y ya que hemos vuelto al biopic de Freddie Mercury, me apena que un fan hasta la médula de Queen como yo no haya podido encontrar en la ya citada Bohemian Rhapsody lo que sí me ha ofrecido en grandes cantidades Rocketman. Sinceridad, dureza, exceso, humanidad, explicitud en cuanto a la vida amorosa y sexual del protagonista y una enorme paleta de claroscuros a la hora de retratar al homenajeado. Mientras el largometraje de 2018 se revela un biopic casi prototípico,tímido a la hora de abordar sus pasajes más controvertidos y procedimental desde un punto de vista audiovisual, transitando todos los lugares comunes del subgénero encontrando la complicidad de un público que se arrojó en masa a verla en cines, Rocketman ha conseguido una recaudación mucho más humilde siendo un proyecto mucho más valiente, arriesgado, incómodo, átipico y, sobre todo, de mucha mayor calidad en todos sus aspectos.




Ahora que el 2019 llega a su ecuador puedo considerar Rocketman mi película favorita del año. Porque más allá de las cuentas pendientes que Elton John rinde con su pasado, su familia y su carrera lo que aquí encontramos es un elogio al amor, la diferencia, la genialidad y la pasión por la música. Desde ya el último trabajo detrás de las cámaras del multifacético Dexter Fletcher entra en mi lista personal de biopics favoritos junto a joyas como Bird (Clint Eastwood, 1988), The Doors (Oliver Stone, 1992), Toro Salvaje (Martin Scorsese, 1980), Amadeus (Milos Forman, 1984) y otro puñado más de este tipo de celuloide capaz de comprender que para retratar con fidelidad, respeto y profundidad la vida de una celebridad se debe mostrar tanto lo oscuro como luminoso que hay en ella. Las virtudes y miserias indivisibles a cualquier ser humano que haya habitado o habite esta tierra en algún instante olvidado, o no, en el pasillo del tiempo.


jueves, 13 de junio de 2019

Sesión Discontinua



Interrumpimos la programación habitual para hablar de una noticia importante en lo concerniente a este blog y la persona que se encuentra detrás del mismo. Puede que todo el mundo no lo sepa, pero detrás del nick Armin Tamzarian se encuentra Juan Luis Daza, un treintañero de Linares (Jaén) aficionado al cine que un día decidió unificar todas esas reseñas de películas y series que dispersaba de mala manera por foros de toda la red en un único emplazamiento. Cuando Trangresión Continua cumplió cinco de los diez años de vida que hoy tiene la web Zona Negativa, de la que era lector y comentarista habitual, solicitó mis servicios para colaborar en la redacción de cine, sección de la que actualmente soy coordinador, siempre con la impagable ayuda de mis compañeros, que me hacen la vida más fácil.

A pesar de mi fichaje por Zona Negativa pude seguir manteniendo con vida Trangresión Continua y gracias a la amabilidad y gentileza de Raúl López, creador y administrador de la web, pude utilizar los textos sobre cine que allí escribía en esta, la que es mi creación en exclusividad, siempre mencionando su origen, como hago con todos ellos. Alternando las reseñas que allí publico y algunas de cosecha propia sigo manteniendo el blog todo lo activo que puedo, no como yo quisiera, pero sí intentando que no termine un mes sin haber subido una manita de reseñas. De esta manera Transgresión Continua cumple este mes de junio una década de vida, con altos y bajos en lo referido a visitas, y mi idea es seguir otros diez años hasta que el cuerpo aguante, porque por ahora todavía disfruto escribiendo en la que considero mi casa.

Pero desde hace unas semanas me he implicado en otro proyecto que irá de la mano con Transgresión Continua con la intención de que ambos mundos se retroalimenten. Hace un par de meses mi amigo Juan José Patón, guionista, productor y realizador audiovisual con varios cortos, videoclips y largometrajes independientes a sus espaldas, me propuso crear un canal de YouTube en el que lo único que haríamos sería hablar de lo que más nos gusta, "cine, series y lo que surja", pero grabándolo con una cámara. De esta manera hace un par de semanas nació Sesión Discontinua, el canal que Juanjo y yo compartimos y al que actualmente estamos dedicando nuestro tiempo con el respaldo y patrocinio de Cines Bowling Linares y la indispensable ayuda de Roció García Pérez, la maravillosa directora de fotografía y operadora de cámara que captura nuestras divagaciones.

De manera que a partir de ahora muchas de las reseñas escritas de Transgresión Continua se verán complementadas con los programas que Juanjo y un servidor dedicaremos a dichos largometrajes y en los que podréis deleitaros con mi redondeada figura y todavía inexperiencia como "youtuber" . Por ello cuando próximamente publique aquí la crítica de la reciente John Wick: Capítulo 3: Parabellum al final del texto podréis encontrar el vídeo en el que ambos daremos nuestra opinión de la obra en concreto. De hecho ahora mismo podéis ver la que ofrecimos hace unos días de Hellboy (2019) en su entrada correspondiente. Poco más que decir, sólo pediros que si seguís el blog y os gusta el contenido nos haríais un enorme favor si os suscribís al canal y nos dais vuestro apoyo. Ya tenéis por allí un puñado de programas dedicados a Juego de Tronos, El Hijo (Brightburn), Narciso Ibáñez Serrador o el ya citado de la tercera entrega de John Wick que esperamos os agraden.



domingo, 11 de noviembre de 2018

Mandy, walk with me in hell



Título Original Mandy (2018)
Director Panos Cosmatos
Guión Aaron Stewart-Ahn y Panos Cosmatos
Reparto Nicolas Cage, Andrea Riseborough, Linus Roache, Bill Duke, Richard Brake, Hayley Saywell, Line Pillet, Ned Dennehy, Clément Baronnet




En 2010 se estrenó en los círculos del cine independiente internacional una producción canadiense sorprendiendo a propios y extraños. Beyond the Black Rainbow, debut cinematográfico del cineasta Panos Cosmatos, supuso una rara avis con la que el hijo de George P. Cosmatos (Rambo II, Cobra: El Brazo Fuerte de la Ley, Tombstone) homenajeaba al David Cronenberg primigenio, aquel de cortos y mediometrajes como Transfer, From the DrainStereo o Crimes of the Future con historias localizadas en entornos asépticos y protagonizadas por personajes de psicología torturada y retorcida analizados por el director con el distanciamiento y la precisión de un entomólogo. Dicha ópera prima abrazaba una premisa argumental similar a la de estas (farragosas y en ocasiones muy aburridas) piezas, pero desde un punto de vista estilístico Cosmatos apostaba por una lisergia visual capaz de convertir Beyond the Black Rainbow en un viaje psicotrópico a la psique humana con hallazgos formales merecedores de ser destacados, pero un desarrollo argumental bastante plomizo y redundante. Ocho años han tenido que pasar para que Panos Cosmatos estrene su segundo largometraje detrás de las cámaras llegando hoy mismo a nuestras carteleras.




Mandy tuvo su puesta de largo internacional en el pasado Festival de Cannes y contra todo pronóstico allí gustó de manera generalizada tanto a la crítica como al público, algo no muy común en la croisette cuando hablamos de propuestas cinematográficas de género como esta, moviéndose entre el terror y el drama, pero con una estética, heredada de Beyond the Black Rainbow, muy peculiar por parte de Panos Cosmatos. La trama está localizada en el año 1983 y se centra en Red Miller (Nicolas Cage) y Mandy Bloom (Andrea Riseborough) un matrimonio, guarda forestal él y artista ella, viviendo felices y aislados del mundo en las inmediaciones de Shadow Mountains. Todo se tuerce un día cuando una secta de reminiscencias hippiescas llamada Hijos del Nuevo Amanecer capitaneada por Jeremiah Sand (Linus Roacher) se cruza por la carretera con Mandy y el líder del culto se encapricha con ella hasta el punto de secuestrarla. Desde ese mismo momento Red se embarca en una orgía de muerte y sangre contra los captores de su pareja llevándole a una bajada a los infiernos donde la muerte, el sadismo, el asesinato y la imposibilidad de distinguir fantasía de realidad se apoderan de la pantalla.




Un proyecto como Mandy se desdobla claramente en dos mitades muy diferenciadas, revelándose ambas casi como dos películas dentro de una misma. La primera mitad es una historia romántica protagonizada por dos outsiders viviendo una plácida existencia lejos de la civilización expuesta en pantalla con tono calmado y contemplativo, pero abordado por Panos Cosmatos con una puesta en escena alucinatoria y mística no alejada del Alejandro Jodorowsky de Santa Sangre o el Nicolas Winding Refn de Sólo Dios Perdona. Tras esa tensa calma anida una violencia a flor de piel apunto de explotar (la anécdota de su infancia que Mandy cuenta a Red mientras ambos están abrazados) tomando forma con la llegada de Jeremiah y sus acólitos. La segunda hora de metraje es una clásica historia de venganza con el protagonista dando caza a los secuestradores de su novia, con un Red cada vez más desatado y embarcado en una espiral de violencia en cruento aumento sirviendo de excusa para que Panos Cosmatos recrudezca su puesta en escena hasta el punto de convertir la recta final del film en un viaje psicotrónico a ritmo de riffs de guitarra eléctrica, siniestros sintetizadores y luces de neón capaz de embriagar o repeler a distinto tipo de espectadores.




Pudiera parecer que una vez Mandy se introduce en su tercer acto Panos Cosmatos se entrega a los prostituibles brazos del exceso por el exceso y a la anarquía formal sin medida. Nada más alejado de la realidad, el italocanadiense posee un control férreo de todo lo acontecido e pantalla, mostrando unos conocimientos brillantes de técnica y planificación de tomas dando ejemplos de una elaborada realización hasta en los pasajes supuestamente más caóticos. El aroma a cine Grindhouse, literatura pulp y acabado pictórico con un uso alucinatorio de una imperante paleta de colores rojizos capaces de convertir el encuadre en un sempiterno viaje de ácido con destino indeterminado se acentúa gradualmente en el proceso, con Cosmatos jugueteando con una estilización extrema y mutante, incluyendo hasta pasajes animados deudores de piezas de culto del género como Heavy Metal (1981). Mientras tanto ahonda en reflexiones metafísicas algo farragosas como si fueran espetadas por un filósofo adicto al peyote e inyecta a todo el conjunto una pátina de tristeza y melancolía focalizada en el personaje de Mandy capaz de insuflar verdadero corazón a una propuesta simplista desde el punto de vista argumental, con una historia mil veces vista, que no destacaría en ningún aspecto si no fuera por la visceral puesta en escena de su principal responsable.




Pero si hay un apartado en el que Panos Cosmatos ha demostrado ser una persona harto inteligente es en el de elegir al reparto principal de su segundo largometraje. Nicolas Cage, ese hombre, actor reputado capaz de colaborar con maestros como David Lynch, Joel y Ethan Coen, Martin Scorsese, Oliver Stone o su tío, Francis Ford Coppola, deviene desde hace años en meme andante, objeto de befa y mofa en la red desde que se lanzó a una ruta suicida de películas lamentables y postizos capilares no menos horrendos. El director de Beyond the Black Rainbow es consciente de tal hecho y por ello le ha entregado un papel que desdobla sus dos vertientes interpretativas. Durante la primera mitad nuestro protagonista apela a la contención, la mesura con un rol muy parecido al que dio vida en la recuperable Joe e interactuando con mucho acierto a la hora de compartir plano con su parteneire femenina. Pero ya en la segunda parte del film, mientras el relato comienza a transitar la senda de la demencia, el histrionismo propio de los últimos años de su carrera se materializa en pantalla con una memorable sobreactuación inasequible al desaliento en la que el protagonista de Leaving Las Vegas despliega todo su abanico de tics, muecas, excesos para goce del respetable, esta vez con toda la justificación del mundo gracias al material puesto en sus manos por un co guionista y director amante de la ambibalencia dramática de su actor protagonista.




Completan el peculiar “triángulo amoroso” (forma geométrica imperante a lo largo de todo el metraje, con presencia hasta en el cartel de la película) los británicos Andrea Riseborough y Linus Roache. Ella, abordada por el objetivo de Panos Cosmatos con una estética poco favorecedora ajena a cualquier canon establecido de belleza se revela hipnótica y etérea en pantalla, haciendo comprensible para el espectador el amor depositado en ella por Red a pesar de mostrarse como una taciturna y pálida mujer menuda y de aspecto poco reseñable. Como previamente hemos apuntado, y delata el título de la película, ella es el alma del largometraje y la trágica historia que la rodea parece ofrecer apuntes autobiográficos posiblemente relacionados con el mismo Panos Cosmatos. Él en cambio da vida a una especie de emulo o sosias de Charles Manson con ínfulas mesiánicas. Un rol nada sencillo con propensión a caer en el ridículo en no pocos pasajes si hubiese sido abordado por el intérprete inadecuado. Algo no acontecido en este caso gracias al talento del actor de Vikingos acometiendo una criatura capaz de bascular sin mayor dificultad entre la amenaza física y psicológica y el patetismo sin adentrarse nunca en la parodia o la sátira malintencionada.




Mandy es una historia de amor, terror y venganza a ritmo de rock duro y música electrónica, con estética de videoclip de death metal y reparto en continuo estado de trance. El descomunal trabajo detrás de las cámaras de Panos Cosmatos se ve potenciado hacia la estratosfera gracias a la soberbia dirección de fotografía de Benjamin Loeb y la memorable banda sonora del tristemente fallecido Jóhann Jóhannsson engendrando una rara avis tanto en el cine de autor como en el de género. Alabada de manera casi unánime por crítica y público y ganadora del premio a mejor director en el pasado festival de Sitges para su máximo responsable la segunda cinta del cineasta italocanadiense es la confirmación de un enorme y particular talento capaz de dejar en paños menores al de su progenitor. Quedamos a la espera del próximo proyecto de Panos Cosmatos del que por ahora nada sabemos con la esperanza de no ser un paso en falso dentro de una prometedora filmografía, o peor todavía, una superproducción de ese Hollywood capaz de fagocitar el prometedor futuro de realizadores independientes convertidos por el peligroso arte del “golpe de talonario” en un engranaje más de su mastodóntica maquinaria.


viernes, 9 de febrero de 2018

Happy!: Temporada 1, a christmas carol



"Chico, si te recuerdo a tu mamá, tienes problemas más grandes que un agujero en tu cabeza"




En parte puede comprenderse la indignación de aquellos que esperaban que la primera traslación al medio audiovisual de una obra del célebre guionista escocés Grant Morrison fuera alguno de sus trabajos más destacados adscritos a sus colaboraciones con las colecciones superheróicas como Arkham Asylum, su etapa con la JLA, Nuevos X-Men o All Star Superman (aunque esta conoce una versión animada) o piezas más personales ideadas bajo el amparo del sello Vertigo ya sean Flex Mentallo, Los Invisibles, El Asco o We3, por poner sólo unos ejemplos, pero nada más alejado de la realidad. Happy! la intrascendente miniserie realizada al alimón junto a Darik Robertson (The Boys, Transmetropolitan) para Image Comics ha sido la elegida para tan honroso debut. Después de que el rapero, reconvertido en actor y director, RZA (El Hombre de los Pueños de Hierro 1 y 2) intentara llevar el cómic a la pantalla grande sin éxito finalmente fueron el director Bryan Taylor (Ghost Rider: Espíritu de Venganza) el actor Christopher Meloni (Ley & Orden: Unidad de Víctimas Especiales) y el mismo Grant Morrison los artífices de la adaptación a imagen real, por mediación de la cadena de de pago estadounidense SyFy, de las correrías de Nick Sax y el unicornio alado Happy.




Un servidor siempre pensó que si había en un equivalente en cine al guionista, también escocés, Mark Millar ese era el tándem de directores estadounidenses formado por Mark Neveldine y Bryan Taylor. Autores de productos profundamente pasados de rosca como Crank 1 y 2, Gamer o Ghost Rider: Espíritu de Venganza esta pareja solía facturar films demenciales, políticamente incorrectos y de muy mal gusto que paradójicamente no sólo eran harto divertidos, sino que estaban facturados magníficamente desde un punto de vista técnico, ejecutando unas secuencias de acción brutalmente efectivas. La pareja se disolvió y mientras Mark Neveldine se volcó en producciones de terror como la inenarrable Exorcismo en el vaticano (The Vaticano Tapes) Bryan Taylor decidió seguir con el tipo de cine que había diseñado hasta ese momento con esa desquiciada Mom & Dad, protagonizada por Nicolas Cage y Selma Blair, que está por llegar a las carteleras y esta adaptación de Happy! que no es un cómic de Mark Millar, pero en él sí trató Grant Morrison emular el estilo más gamberro de su compatriota o el de Garth Ennis, como afirmé en la entrada que dediqué la semana pasada a la obra en viñetas. A Bryan Taylor se sumaron un Grant Morrison como autor del cómic original, showrunner y guionista de hasta tres de los ocho episodios que consta la temporada, así como un Christopher Meloni que se implicó en el proyecto no sólo como actor, sino también como producto ejecutivo.




Vaya por delante que hay dos tipos de espectadores que deberían huir de Happy! como alma que lleva el diablo, porque la experiencia de visionarla se les antojará agónica. Los primeros son los que odiaron el cómic de Grant Morrison y Darik Robertson porque, con algunas diferencias que apuntaremos más adelante, todo lo que acontecía en las viñetas está aquí. Los segundos son los que no soportaban las películas en las que Bryan Taylor estaba implicado como realizador, porque sí amigos, esta primera temporada es Crank 3: Veo Unicornios Azules. Como acabamos de mencionar dicha tanda de ocho episodios adapta con considerable fidelidad del argumento de la obra en la que se inspira, haciéndose fuerte con los pasajes que están directamente extraídos de las páginas y renqueando un poco más en varias de las subtramas que los ideólogos del programa han creado expresamente para él con la intención de cubrir ocho horas de metraje que sólo con el contenido de la miniserie original no hubiese tenido suficiente. De esta manera añadidos como la incidencia en la familia del mafioso Blue (Ritchie Coster), la aparición de su hermana Isabella (Debi Mazar) y el reality show que co protagoniza, la reclusión de los niños por parte Smoothie (Patrick Fischler) o pasajes hilarantes como el ingreso de Happy en esa club de “Amigos Imaginarios Anónimos” añaden no pocos momentos divertidos, pero pasado el ecuador de la temporada varios de ellos se exceden innecesariamente y ralentizan la historia principal de Nick Sax.




Porque es indudable que la trama del ex detective reconvertido en asesino a sueldo que en plena navidad se embarca en la búsqueda de su hija secuestrada con la ayuda del imaginario unicornio volador de color azul y la de su compañera y ex amante, la Detective Meredith McCarty (Lily Mirojnik) es la más sólida y la que mejores momentos depara esta primera temporada. El Nick Sax al que da vida un espídico, carismático, socarrón y entrañable Christopher Meloni es el mejor hallazgo de Happy! gracias en gran parte a la decisión de los guionistas de añadir mucho humor a su personalidad, el mismo del que carecía su contrapartida en viñetas que no era muy dado a la comicidad. De esta manera el actor de El Hombre de Acero se apodera de la serie sustentando en sus hombros el peso de la misma, entregándose a una carrera contrarreloj en la que no deja de suministrar y encajar disparos, palizas y puñaladas rodadas con la habitual pericia de un Bryan Taylor que inyecta una puesta en escena lisérgica y bestial que poco a poco se va atenuando con el devenir de los episodios. Su relación con Happy es deliciosa tanto por lo bien que interactúa en pantalla con una criatura digital que en ningún momento está delante de él como por el excelente trabajo que hace Patton Oswald dando voz y personalidad al personaje que es aquí mucho más memorable de lo que fue nunca en el cómic.




Es curioso que la personalidad enfermiza de Bryan Taylor y la no menos irracional de Grant Morrison adscrita al discurso que destiló en el cómic de Happy! congenien tan bien en pantalla llegando incluso a retroalimentarse. Parece como si el autor de Animal Man se sintiera cómodo con la sesión continua de locuras que el director añade a esta temporada como la visita onírica de Nick al programa de Jerry Springer, todo lo relacionado con el reality show de Isabella, que no deja de ser una brutal crítica a este tipo de productos, o el retrato granguiñolesco que realiza de la mafia italoamericana expuesta con un trazo grueso y totalmente carente de sutilidad. Esta relación no es unidireccional y Taylor parece pasárselo en grande con las señas de identidad del guionista de Glasgow y dentro de las subtramas que ambos idean para la serie comienza a incluir referencias a trabajos de Morrison ajenos a Happy! como esa orgía de bichos que podía haber salido de El Asco, la “conversión” de los niños en muñecos con sus cajas que no hubiera desentonado mucho en algunos pasajes de Los Invisibles o el capítulo de la reunión de los amigos imaginarios que nos retrotrae al mundo de fantasía al que huía el protagonista de Joe el Bárbaro.




Menos sórdida que el cómic no sólo en la estética sino en algunas decisiones narrativas (ni rastro de redes de pornografía infantil y sacerdotes implicados en las mismas) con un protagonista que merece todos los elogios, un reparto de secundarios en los que podemos encontrar algunos muy buenos trabajos como los de un amenazador Ritiche Coster, una aguerrida Lily Mirojnik y un grimoso Patrick Fischler la primera temporada de Happy! es excesiva, demente, brutal, incorrecta, escatológica y sádica, tal y como el cómic en el que está inspirada. Adolece de algunos problemas de ritmo debido a la innecesaria inclusión de subtramas o la idea, no siempre acertada, de dar más peso a personajes que en el papel no pasaban de anécdóticos, pero lo cierto es que al igual que Ash vs. Evil Dead es un soplo de putrefacto aire fresco como serie ligera y escapista para pasar un rato divertido viendo a un actor como Christpher Meloni, habitualmente asociado a dar vida a roles rectos e íntegros, infligir dolor ajeno a todo tipo de criminales y mafiosos a ritmo de inofensivas canciones navideñas acompañado por el mejor amigo imaginario que un sicario, drogadicto, borracho, mal marido y peor padre pueda tener. La segunda temporada ya está confirmada y ahora veremos que hacen Bryan Taylor y Grant Morrison sin material para inspirarse con una idea que no aparenta poder dar mucho más de sí.