lunes, 30 de septiembre de 2019

Doom Patrol Temporada 1, we're a happy family



"¿Listo para un cuento de superhéroes? Más superhéroes en la tele, lo que el mundo necesita. En serio ¿No os habéis ahorcado todavía?. Pero, ¿y si os dijera que esta es, en realidad, una historia sobre superdonnadies?. Inútiles cagarrutas metahumanas tan patéticas que duele. ¿Entonces qué? ¿Listos para sentiros mejor por vuestras miserables vidas durante casi una hora?. Pues seguidme...".
"



A finales de los 80 la Doom Patrol, Patrulla Condenada en España, era un grupo de personajes con casi treinta años de vida a sus espaldas que languidecía por culpa del olvido y las bajas ventas. La alineación original del grupo la habían creado los guionistas Bob Haney y Arnold Drake, acompañados del dibujante Bruno Preamini, en junio de 1963 dentro de las páginas de My Greatest Adventure #80 y, como ya hemos apuntado, en las postrimerías de la década en la que los cardados y las hombreras campaban a sus anchas vivían, posiblemente, su peor época. Como suelen hacer las grandes editoriales con personajes caídos en desgracia antes de tirar la toalla en DC Comics decidieron ofrecer la colección a un nuevo talento que comenzaba a despuntar. El escocés Grant Morrison venía de facturar dos enormes éxitos como fueron Arkham Asylum: A Serious House on Serious Earth y su etapa en la colección Animal Man a la que también había insuflado nueva vida mediante imaginación desbordada y metalenguaje. Suponemos que sus memorables números al mando de la colección protagonizada por Buddy Baker sirvieron como credenciales para que la cúpula de DC le ofreciera la serie de la Patrulla Condenada y, como todos sabemos, la elección no pudo ser más acertada. El autor de Glasgow formó tándem con el ilustrador estadounidense Richard Case y ambos crearon, no sólo la mejor etapa de dichos personajes, sino uno de los mejores trabajos de la historia reciente de DC Comics mediante una poderosa deconstrucción narrativa, un diseño de personajes impecable y lisergia en cantidades industriales de cara a un lector no dando crédito a lo que estaba leyendo.




Adaptar para la pantalla grande o pequeña las aventuras de la Doom Patrol se llevaba rumoreando dese hacía años. Pero después de la controversia despertada por el DCEU, y su imposibilidad de construir un microcosmos ficcional consistente, la simple idea de trasladar a imagen real unos personajes tan ajenos al público generalista se antojaba prácticamente imposible. Por suerte la llegada de la plataforma de streaming DC Universe permitió a Warner Bros y DC Entertainment diseñar series con las que abordar la vida editorial de muchos de sus superhéroes que no encontraban lugar en las multisalas. Titans fue el buque insignia de DC Universe y aunque fue recibida con disparidad de opiniones casi todo el mundo estuvo de acuerdo en que uno de sus mejores episodios era el cuarto, precisamente el titulado Doom Patrol y en el que eran presentados dichos personajes. Suponemos que la aparición de los mismos debió convencer en grado sumo a los productores, porque poco tardó en confirmarse que protagonizarían su propia serie a modo de spin off.




Doom Patrol llegó a DC Universe el pasado mes de febrero y en nuestro país la podemos ver en la plataforma HBO España desde junio. Dentro de su producción están implicados los omnipresentes Greg Berlanti y Geoff Johns o Sarah Schechter y Jeremy Carver, este último ejerciendo de showrunner y principal responsable del programa. En el reparto tenemos a Timothy Dalton (Niles Culder/el Jefe), Diane Guerrero (Jane y sus otras 64 personalidades) April Bowlby (Elasti-Girl/Rita Farr) Joivan Wade (Cyborg/Victor Stone) y dos casos curiosos como los de Brendan Fraser (Cliff Steele y voz de Robotman) y Matt Bomer (Larry Trainor y voz de Negative Man) que junto a Riley Shanahan y Matthew Suk, los actores que realmente los interpretan cuando llevan puestos sus atuendos, dan forma a dichos personajes. A ellos se suma Alan Tudyk (Mr. Nobody/Eric Morden), dando vida, no sólo al villano principal de la temporada, sino también a su demiúrgico narrador, al que volveremos un poco más tarde para hablar de algunas de las mejores virtudes de esta Doom Patrol, para el que suscribe la, posiblemente, mejor serie de lo que llevamos de año 2019.




Esta primera temporada de Doom Patrol está inspirada, de manera más o menos directa, en gran parte de la ya referenciada etapa escrita por Grant Morrison e ilustrada por Richard Case, aunque también toma muchas referencias del lore anterior de la colección en viñetas. Evidentemente la serie no alcanza las cotas de surrealismo y rupturismo narrativo del cómic, pero Jeremy Carver, junto a su equipo de guionistas y directores, hace todo lo posible por intentarlo y con ello alumbrar una de las series más libres, alocadas, sinceras e irreverentes de la ficción audiovisual actual. Desde el minuto uno con la voz del narrador, descubierto al cierre del episodio piloto como Mr. Nobody, contextualizando espaciotemporalmente la serie de cara al espectador la ironía, el humor negro, la irreverencia, el metalenguaje y la intertextualidad forman un todo en el que, aparentemente, parece reinar el caos. Cuando es un férreo y poderoso control narrativo por parte de sus máximos responsables lo que la convierte en una pieza única y genuina dentro de las adaptaciones en imagen real de personajes inspirados en el mundo del arte secuencial.




Jeremy Carver y sus colaboradores parecen haber recibido carta blanca por parte de DC Entertainment y Warner Bros para oficiar una ceremonia orgiástica en la que el delirio visual y narrativo se apodera del encuadre desde el minuto uno del episodio piloto, extendiéndose por toda la temporada y alcanzando cotas de pura genialidad en algunos episodios tan potentes y emotivos que no parecen los de una serie dando sus primeros pasos. La puesta en escena es brillante y en ocasiones llega a regalarnos planos de una carga pictórica arrebatadora gracias a la realización y la dirección de fotografía. Lástima que el apartado técnico, muy por encima de la media en lo referido a series basadas en personajes de cómic, se vea ensombrecido por unos CGI, en líneas generales, deficientes que en ocasiones rompen la homogeneidad del producto. Seguramente esto se deba a que la mayor parte del dinero asignado para los efectos digitales se invirtiera en los últimos episodios, estos sí, con un uso de los pixels tan demencial como cohesionado.




Como ya hemos mencionado el metalenguaje y la intertextualidad juegan muy a favor del proyecto y los mismos recaen casi en exclusividad en la versión de Mr. Nobody interpretada por un Alan Tudyk confirmándose como uno de los mejores actores de su generación. Alusiones directas a los fans de Grant Morrison, consciencia total de estar en la serie de una plataforma de streaming basada en un cómic de culto de la editorial DC, asunción plena de ser un villano a la espera de protagonizar una batalla prototípica contra los héroes del show a los que considera mal perfilados como personajes. Todo este discurso con el que Mr. Nobody atraviesa, rompe, micciona y defeca sobre la cuarta pared tiene su culmen en el pasaje en el que lo llegamos a ver ataviado con merchadising de la misma serie, y de DC Comics, para finalmente quemar el póster promocional de la primera temporada justo después de haber “puesto en pausa el episodio” que está viendo en una tablet. Doom Patrol, la serie, absorbe la naturaleza “meta” de Doom Patrol, el cómic, lo aplica al medio audiovisual y a un servidor no le queda más remedio que aplaudir, literalmente, en más de una ocasión viendo la serie de de DC Universe e imaginando qué opinarán Morrison y Case de lo respetuosos que han sido con la esencia de su obra.




Porque sí, amigos, es un hecho. Doom Patrol no sólo no elude mencionar su origen secuencial, sino que se enorgullece de él y trata de rendirle continuado tributo. Podríamos hablar del maravilloso detalle de haber respetado los uniformes de la mayoría de los personajes principales, de incluir a secundarios tan míticos de la etapa Morrison/Case como Danny, la Calle o el Cazador de Barbas (en una versión “muy cambiada” con respecto a las viñetas) o entregarse al sano disparate con el protagonismo ofrecido al burro, cuya boca ejerce de puerta interdimensional, durante los primeros episodios, marcando así el tono posterior de la producción. Pero si hay un episodio en el que Jeremy Carver y sus commpañeros demuestran verdadero cariño por el mundo del cómic es en ese Flex Patrol en el que hace aparición una versión deliciosamente fiel de Flex Mentallo, el forzudo capaz de alterar la realidad con sus músculos que Morrison y Case presentaron durante su run con la Doom Patrol y al que el guionista escocés dedicó una memorable miniserie ilustrada por un inconmensurable Frank Quitely dentro del sello Vertigo. Una verdadera declaración de amor por el medio al que debemos esta nueva ola de ficción audiovisual, protagonizada por superhéroes y al que dentro de la misma se le da poco, o ningún, reconocimiento.




Pero si tenemos que hablar de amor el de Doom Patrol se concentra casi exclusivamente en el que sus máximos responsables depositan sin miramientos o prejuicios en sus protagonistas. Estas criaturas imperfectas, fracturadas, repletas de complejos o traumas formando una familia del desestructurada son retratadas y perfiladas con auténtica devoción por los productores, guionistas y realizadores. Todos y cada uno de ellos, hasta el más secundario, es capturado en pantalla con tridimensionalidad, verismo y cariño para que el espectador pueda compartir con ellos un ejercicio empático instantáneo. Pero hay un par que destacan sobre el resto y son esos dos a los que, como previamente hemos mencionado, interpretan cuatro actores. Todo un acierto elegir a Matt Bomer para meterse en la piel de un hombre en continua lucha por aceptar su homosexualidad como Larry Trainor y a Brendan Fraser para dar vida a Cliff Steele, una estrella a la que la vida le ofrece una segunda oportunidad, aunque no de la manera que a él le gustaría. Son varios episodios los dedicados a dichos personajes, recurriendo a flashbacks o ensoñaciones en la mayoría de ellos, pero el titulado Frances Patrol es desde ya una de las mejores ficciones del 2019, con un final magistral acariciado por la descomunal banda sonora de Clint Mansell y Kevin Kiner.




Es una verdadera pena que mientras otras series centradas en extrapolar las aventuras de personajes de cómics como Titans o The Boys han recibido la atención de casi todos los medios de comunicación Doom Patrol, esta A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under) con superhéroes, haya pasado tan desapercibida cuando, desde mi personal e intransferible punto de vista, debería tomarse como ejemplo a la hora de llevar a nuestros iconos de las viñetas al imagen real. Por suerte esta primera temporada ha funcionado lo suficientemente bien como para que ya haya sido confirmada una segunda en la que, estoy totalmente seguro, Jeremy Carver y los suyos van a ahondar más todavía en ese riquísimo y fértil terreno que Grant Morrison y Richard Case reformularon hace treinta años y al que en la presente serie de la plataforma DC Universe han hecho total e impecable justicia. Sólo me queda animar a todos aquellos que todavía no se hayan decidido a ver esta Doom Patrol. Dudo que se sientan decepcionados por este oleaje de imágenes, sonidos, situaciones, personajes y actores (estos últimos, todos impecables) conjurando una impagable oda a todo aquello que nos hace diferentes, genuinos, únicos y humanos.


viernes, 30 de agosto de 2019

Midsommar



Título Original Midsommar (2019)
Dirección Ari Aster
Guión Ari Aster
Reparto  Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Vilhelm Blomgren, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson, Lars Väringer, Katarina Weidhagen van Hal, Isabelle Grill




A poco más de un año del estreno de su ópera prima detrás de las cámaras, Hereditary, el cineasta estadounidense Ari Aster vuelve a las pantallas españolas, y de medio mundo, con su segunda propuesta cinematográfica. Al igual que sucediera con el largometraje protagonizado por Toni Collette, Gabriel Byrne, Alex Wolff y Milly Shapiro la crítica, en líneas generales, se ha volcado con la película. Pero con el público no ha encontrado su hueco debido a algunas características que más tarde pasaremos a mencionar. Florence Pugh (Lady Macbeth) Jack Reynor (Detroit), Will Poulter (Black Mirror: Bandersnatch), William Jackson Harper (Paterson) y Vilhelm Blomgren (Gösta) son cinco estudiantes estadounidenses que viajan a Suecia para pasar la festividad del Midsommar, el solsticio de verano, con la familia de uno de ellos procedente del país europeo. Dentro de este grupo destaca la pareja formada por Dani y Christian, ella sumergida en la depresión por culpa de un suceso trágico relacionado con su vida personal y él con intención de abandonarla por no soportar más la presión ejercida por dicha situación. Una vez en Suecia y reunidos con la peculiar, y aparentemente afable, comunidad a la que pertenece Pelle las sustancias psicotrópicas comienzan a alternarse con los preparativos de un Midsommar que se antojará imposible de olvidar para todos los implicados.




El prólogo de Midsommar, planteando el conflicto que vertebrará el relato y mostrando algunas conexiones con Hereditary como si se mostrara continuista con respecto a ella, es uno de los trabajos audiovisuales más potentes y compactos de lo que llevamos de 2019. Poco más de diez minutos en los que Ari Aster demuestra que una corta carrera como cineasta no es obstáculo para confirmarse como un fuera de serie con la puesta en escena. Posicionamiento y movimiento de cámara, interpretación de los actores, iluminación, efectos de sonido y una mímesis gloriosa entre dirección de fotografía y banda sonora alumbran una cristalina muestra de alta cinematografía en la que una manguera se convierte en un cordón umbilical conectado con el horror y la tragedia. Tras este pletórico y desgarrador arranque Midsommar ejecuta una ruptura tonal y argumental de naturaleza transicional desembocante en una acertada elipsis temporal sirviendo como antesala de la verdadera película. Aquella que cristaliza cuando el vehículo de los protagonistas se cruza con el cartel de localidad sueca de Hårga a la que se dirigen y su mundo, en el sentido literal, se invierte como mal presagio de lo que está por acontecer.




A partir de entonces las pocos más de dos horas de metraje restante suponen la personal mirada de Ari Aster hacia el folk horror. Dentro de este subgénero encontramos clásicos como The Wicker Man (Robin Hardy, 1973), The City of the Dead (John Llewellyn Moxey, 1960), The Blood on Satan’s Claw (Piers Haggard, 1971) o Los Chicos del Maiz (Fritz Kiersch, 1984), así como acercamientos más recientes como The Witch (Robert Eggers, 2016). The Lords of Salem (Rob Zombie, 2012) o The Ritual (David Bruckner, 2017) que dan forma a un nuevo revival de este tipo de celuloide. Apuntado esto debemos dejar claro desde un principio que Midsommar queda lejos de ser una película de terror. Es más un drama con algunos apuntes de suspense e intriga. De hecho las cintas tomadas por Ari Aster como referencia para crear la suya y que recomienda visionar antes o después de la misma son Tess (Roman Polanski, 1979), Macbeth (Roman Polanski, 1971), Narciso Negro (Michael Powell y Emeric Pressburger, 1947) o Qué Difícil Es Ser Un Dios (Aleksey German, 2013). Un compendio de trabajos que poco o nada tienen que ver con un género como el terror y que también delata el buen gusto del director estadounidense a la hora de valorar cine europeo.




Como ya hemos apuntado a la hora de hablar del prólogo de Midsommar, y teniendo en cuenta que se extiende a lo largo y ancho de todo su metraje, debemos hacer parada obligatoria en la impresionante labor de Ari Aster detrás de las cámaras. Acabamos de confirmar que la última pieza del director de Hereditary no pertenece, al menos de manera ortodoxa, al género de terror, pero esto no es óbice para que una atmósfera mórbida y malsana sobrevuele todo el producto. Aster consigue que la prístina luminosidad que envuelve sus encuadres se convierta en el mayor de sus aliados al crear paralelismos con el supuestamente encantador comportamiento de los habitantes de Harga mientras los contados, pero muy potentes y medidos, arrebatos violentos resquebrajan una tensa calma que llega a crispar los nervios del espectador. Los grandes angulares, la profundidad de campo, aquello que acontece sutilmente en segundo plano o la brillante dinámica entre lo que puede ser realidad y lo que aparenta ser resultado de los efectos psicotrópicos ingeridos por los protagonistas, siendo extrapolados al apartado visual del film, hacen de su puesta en escena la más destacada virtud de Midsommar, confirmando el enorme talento de su máximo responsable.




Si en lo concerniente a la labor de Ari Aster como realizador no hay una sola queja, la cosa cambia cuando tenemos que evaluar su trabajo con la escritura del guión. A pesar de sus 145 minutos de metraje Midsommar no aburre en ningún momento, ya que en el discurrir cadencioso y minimalista de una trama sin grandes aspavientes siempre están aconteciendo hechos estrechamente relaciones con los personajes protagonistas y la cuestionabilidad de su bienestar físico o psicológico. Pero desgraciadamente el creador de la obra se embriaga de su propio discurso y parece dispuesto a sacrificar la cohesión de su narrativa en pos de marcar a fuego, y de manera harto innecesaria, una impronta como autor que nadie le exige. Antojándose caprichosa la idea de querer convertirse en una voz personal, intransferible y diferenciable con sólo dos películas en su filmografía. Esa delectación enfermiza en el folclore autóctono y la parafernalia ritualista que conforma el grueso de su relato en ocasiones juega en contra de su adecuado desarrollo, manteniendo un peligroso contraste entre pasajes muy poderosos y otros algo más irregulares.




Ya hemos apelado al acierto que supone la tendencia por diseñar personajes sólidos y con cierta profundidad psicológica de Ari Aster iniciada en Hereditary y consolidada en Midsommar. Pero también es reseñable su olfato a la hora de elegir los actores para protagonizar sus productos. Es posible que los personajes, al menos los secundarios, estén sustentados en ciertos estereotipos reconocibles, pero la labor del casting es tan meritoria que no es difícil empatizar con ellos y las desdichas en las que se ven implicados. Los dos protagonistas destacan sobremanera con respecto al resto del reparto, ya que al núcleo central del relato, como por otro lado es lógico, disecciona con más precisión sus roles. Florence Pugh, que ya llamó nuestra atención en Lady Macbeth (William Oldroyd, 2016), sostiene sobre sus hombros todo el poso dramático del argumento con una composición llena de matices y desgarro. Mientras, Jack Reynor, ejecuta a un pusilánime cuyo empequeñecimiento personal va en aumento a lo largo del metraje desembocando en confusión y terror. Culminando Este proceso con una escena sexual que podía haber facturado el Alejandro Jodorowsky de Fando y Lis, El Topo o La Montaña Sagrada.




Midsommar no es una película de fácil digestión y es hasta cierto punto comprensible el rechazo que ha causado entre algunos sectores del público generalista. Algo parecido a lo que sucedió con otra propuesta nada acomodaticia como Madre! (Darren Aronofsky, 2017), aunque la respuesta negativa hacia aquella fue mucho más visceral. Si el espectador no entra en el juego propuesto por Ari Aster y sus colaboradores, delante y detrás de las cámaras, su reacción natural será la de tomar a broma mucho de lo acontecido en pantalla, sobre todo en ese clímax final en el que el autor difumina tanto la línea que separa la tragedia de la comedia que se antoja difícil no saber cuando empieza una y acaba la otra. En cambio aquellos que decidan imbuirse en esta historia y sumergirse sin miramientos en el conjuro propuesto por Ari Aster, siendo conscientes de las exigencias que la misma obra propone a su interlocutor, posiblemente disfrute de una de las piezas más interesantes del 2019 y la confirmación de encontrarnos ante una interesante nueva voz que en su próxima propuesta, esperemos, lleve a cabo una necesaria cura de humildad.



lunes, 12 de agosto de 2019

The Boys: Temporada 1, ¿qué tiene de divertido la verdad, la justicia y el estilo de vida americano?



"Los súper matan a cientos de personas al año como daños colaterales. Ahí es donde entramos en juego los Chicos y yo"




Cuando a finales del año 2017 saltó la noticia de que la plataforma de streaming Amazon Prime Video iba a contratar los servicios de Seth Rogen y Evan Goldberg para adaptar el cómic The Boys, escrito por Garth Ennis y dibujado por Darick Robertson para Wildstorm Studios y Dynamite Entertainment, debo admitir que no fue precisamente alegría lo que experimenté. Por aquel entonces ya había visto dos temporadas de la serie Preacher, otra traslación de un cómic del guionista irlandés impulsada por la misma pareja, y ya quedaba patente la escasa fidelidad hacia el material de partida y la ineficacia a la hora de explotar adecuadamente la icónica historia de Jesse Custer, Tulip O’Hare y Proinsias Cassidy publicada en el sello Vertigo de DC Comics. Un servidor pensaba que al igual que con el producto protagonizado por Dominic Cooper, Ruth Negga y Joe Gilgun iban a escamotear la violencia, el sexo y los diálogos irreverentes en favor de crear un producto más accesible para el público. Poco a poco se fueron confirmando nuevos nombres vinculados a esta The Boys audiovisual. Eric Kripke (Supernatural) se sumaba como tercer showrunner al proyecto, Karl Urban daría vida a Billy Butcher y Simon Pegg interpretaría al padre de Hughie como guiño a los cómics, ya que en las viñetas dicho personaje tenía los rasgos físicos del actor británico. Mi primer voto de confianza hacia la serie llegó con el teaser, que revelaba poco, pero parecía captar el mensaje de la obra en papel. Los siguientes trailers ya mostraban de manera explícita pasajes gore, diálogos muy ácidos propios de las correrías de The Boys y una acertada caracterización de los protagonistas. Finalmente el pasado día 26 Amazon Prime Video subió los ocho episodios de los que consta la primera temporada a su catálogo y lo cierto es que el resultado no es perfecto, pero sí muy satisfactorio a distintos niveles y sorprendente en no pocos aspectos.




The Boys se estructura siguiendo, en cierta manera, los patrones de los tres primeros arcos argumentales del cómic. De hecho los capítulos comparten títulos de los distintos números de la colección. El doble punto de arranque es el mismo que en la obra de Ennis y Robertson y con ellos se ahonda en la vida tanto de los Boys como de los superhéroes. Por un lado seguimos los pasos de Hughie (Jack Quaid), que al ver morir de manera accidental a su novia a manos del superhéroe A-Train es reclutado por un supuesto agente del FBI llamado Billy Butcher (Karl Urban) para formar parte de un grupo que se dedica a detener a los empijamados y que también contará en sus filas con Frenchie (Tomer Capon), Mother’s Milk (Laz Alonso) y the Female (Karen Fukuhara). Por otro acompañamos a Starlight (Erin Moriarity), nueva incorporación a The Seven, el grupo de supers más importante de la historia y propiedad de la compañía Vought Corporation dirigida por Madelyn Stillwell (Elisabeth Shue). The Seven están formados por Queen Maeve (Dominique McElligott), Black Noir (Nathan Mitchell), The Deep (Chace Crawford), A-Train (Jessie T. Usher), Translucent (Alex Hassell) y Homelander (Antony Starr), el miembro más destacado del grupo y superhéroe más poderoso del planeta.




Los responsables de la serie de The Boys han sabido extrapolar fielmente el microcosmos expuesto por Garth Ennis y Darick Robertson en los cómics retratando un mundo en el que los superheróes campan a sus anchas dando muestras de soberbia, enfermizas parafilias sexuales y adicción al Compuesto V, el mismo que les proporciona sus poderes sobrenaturales y que, a diferencia de las viñetas, aquí no es consumido por los Boys, aunque sí fue inoculado a the Female. En este contexto la serie se hace fuerte a la hora de utilizar a los superheróes como una necesaria fuerza incontrolable en la que se antepone la defensa o seguridad nacional las libertades más básicas del ciudadano estadounidense. Un servidor creía que Kripke, Rogen y Goldberg no iban a atreverse a incluir lo de la reformulación del 11S del cómic y aunque no se localiza la acción en tan trágica fecha sí acontece en la temporada, convirtiéndose en uno de los pasajes más potentes e intensos de la serie, definiendo de manera impoluta la personalidad del que se ha revelado como el mejor rol del show al que volveremos un poco más tarde.




Otro punto a favor de la serie es el acierto a la hora de diseñar, a partir de la escritura y con la complicidad del reparto, las relaciones interpersonales de los Boys siendo, una vez más, dignas del material publicado por Wildstorm Studios y Dynamite Entertainment. Aunque el génesis del grupo es diferente al original, aquí Female es la última incorporación al quinteto, y se añaden elementos narrativos de cosecha propia el resultado deja satisfecho tanto al espectador casual como al fan de los cómics. Butcher ejerciendo como líder con un oculto lado oscuro, Mother’s Milk tomando el rol de brújula moral o Hughie como pobre hombre superado por la situación en la que se ve inmerso y con el handicap añadido de estar enamorado de una superheróina con la que le emparentan muchos paralelismos personales y profesionales. Pero es la química entre Frenchie y Female, ya mi favorita en el tebeo, la más satisfactoria en este sentido. Aunque se ha reducido el nivel de demencia de ambos personajes, bastante más psicópatas en sus contrapartidas nacidas y desarrolladas en las viñetas.




La factura técnica es sorprendentemente buena y se aleja bastante de la ejecución, más bien ramplona, del resto de series centradas en personajes de cómic. Contando con una realización de proporciones casi cinematográficas cuya responsabilidad recae en directores con alguna obra reciente destacable como Dan Trachtenberg (Calle Cloverfild 10) o veteranos en realización televisiva como Daniel Attias (The Wire, Six Feet Under, True Detective) a lo largo y ancho de la temporada desfilan tiroteos, peleas, persecuciones, secuencias en las que los superhéroes vuelan o hacen un uso desproporcionado de sus especiales dotes y todo regado con hemoglobina y vísceras. Sin llegar a los límites delirantes de la obra en papel, pero dejando poco en el tintero en cuanto a explicitud o barbarie y sólo mostrándose algo menos gráficos con la sexualidad. Ese apartado técnico sólo ha dado leves muestras de hasta donde puede llegar ya que si en la segunda temporada los Boys comienzan a consumir también el Compuesto V la acción puede tomar un cariz desproporcionado más acorde con la impronta de Garth Ennis y Darick Robertson.




En lo referido al reparto encontramos no pocos hallazgos y algunas decisiones de casting dignas de alabanza. A Karl Urban el papel de Butcher le sienta como un guante, ya que tiene la presencia, el carisma y la mirada demente que acompaña al personaje. Jake Quaid, hijo de Meg Ryan y Dennis Quaid, cumple transmitiendo la inseguridad y bisoñez de Hughie y el resto de componentes de los Boys (Tomer Capon, Laz Alonso y Karen Fukuhara) representan adecuadamente a unas criaturas con las que todavía se están familiarizando. Muy buena labor también de Erin Moriarty como Annie Jannuary/Starlight con la que los showrunners han creado unos vínculos muy interesantes con el actual Hollywood y el impacto de movimientos como el #MeToo. Pero si hay un actor que destaca en el elenco principal ese es Antoy Starr dando vida a Homelander. El supuesto superhéroe más íntegro del planeta, esa mezcla entre lo mejor de Superman y el Capitán América, es una bomba de relojería voladora. Un ser sobrehumano amenazante que puede intimidar al prójimo sin necesidad de hacer uso de sus poderes, sólo con una mirada o un diálogo a media voz corporeizando a un demente capaz de manipular, extorsionar y masacrar a decenas de personas sin titubear. Portentosa labor la del actor de Banshee que se ve enriquecida por su tour de force con la Madelyn Stillwell de una no menos brillante Elisabeth Shue felizmente recupera para el medio audiovisual.




Al igual que sucedió en su momento en el mundo del cómic se agradece que un medio audiovisual tan saturado de obras de ficción dedicadas a ensalzar las figuras de nuestros superhéroes más conocidos también facture proyectos como The Boys en los que se pone en entredicho su legado e iconicidad aunque sea por medio de sosias de distinto pelaje. Seth Rogen y Evan Goldberg han aprendido de sus errores, seguramente la presencia de un veterano como Eric Kripke también haya influido, y a la hora de adaptar el cómic de Garth Ennis y Darick Robertson no han mirado por encima del hombro ni al material original ni al discurso de dichos autores como sí aconteció con Preacher. Por todo ello y varias virtudes más que hemos ido enumerando podemos considerar The Boys como una de las sorpresas del año en lo referido a adaptaciones de cómics a cine o series. Un Producto que no sólo funciona magníficamente en su primera temporada, sino que asienta las bases de una segunda en la que sus máximos responsables podrán explotar todo el potencial de una propuesta tan inusual como necesaria y a ser posible trayéndonos a secundarios como Terror, Legend, Tek Knight o Love Sausage.



viernes, 2 de agosto de 2019

Spider-Man: Lejos de Casa



Título Original Spider-Man: Far From Home (2019)
Director Jon Watts
Guión Chris McKenna, Erik Sommers, basado en el cómic de Stan Lee y Steve Ditko
Reparto Tom Holland, Jake Gyllenhaal, Zendaya, Jacob Batalon, Marisa Tomei, Samuel L. Jackson, J.B. Smoove, Jon Favreau, Cobie Smulders, Angourie Rice, Davina Sitaram, Martin Starr, Remy Hii, Tony Revolori





Después de que Sony Pictures y Marvel Studios llegaran a un acuerdo Spider-Man pudo debutar en el Universo Cinematográfico Marvel en Capitán América: Civil War (2016) Interpretado por el actor británico Tom Holland (Lo Imposible) el alter ego superheróico de Peter Parker fue reclutado por Tony Stark para luchar contra el grupo encabezado por el Centinela de la Libertad. Un año después el personaje volvía para protagonizar su, más o menos, primera incursión en solitario, con Spider-Man: Homecomig enfrentándose con el Buitre y acentuando su estrecha relación paternofilial con el rol interpretado por Robert Downey Jr. Tras su paso por Vengadores: Infinity War y Vengadores: Endgame ahora tocaba nueva aventura cinematográfica individual y Spider-Man: Lejos de Casa se ha ocupado de cubrir ese hueco.




Tras lo bien que funcionó Spider-Man: Homecoming en Marvel Studios han decidido no arriesgar y mantener prácticamente los mismos equipos técnico y artístico. Jon Watts vuelve a ponerse en la silla del director, Chris McKenna y Erik Sommers se encargan nuevamente del guión y dentro del reparto encontramos a los habituales Tom Holland, Zendaya, Jacob Batalon, Marisa Tomei, Samuel L. Jackson, Jon Favreau, Cobie Smulders, Angourie Rice,Tony Revolori a los que se suma , Jake Gyllenhaal dando vida a  Quentin Beck alias Mysterio. Con estos ingredientes nos encontramos con una pieza continuista y sin sorpresas o sobresaltos con respecto a su predecesora y al igual que con aquella mi opinión se mueve entre la aceptación y cierta indiferencia.




Spider-Man: Lejos de Casa es un annual del personaje extrapolado al medio cinematográfico. Una aventura ligera con una excusa mínima, un tour estudiantil por Europa que el protagonista quiere llevar acabo para pasar tiempo con Mary Jane, en el que todo es diversión, escapismo comedia y acción. Si Ant-Man y la Avispa supuso un alivio con respecto a los trágicos hechos acaecidos en Vengadores: Infinity War, la cinta de Jon Watts hace lo propio con el final de ciclo que supuso la soberbia Vengadores: Endgame. Volvemos a seguir los pasos del personaje mientras asimila la nueva situación mundial y la muerte de Tony Stark. La llamada de Nick Furia y Happy Hogan y la aparición de Mysterio interrumpirán las vacaciones del adolescente mientras hace malabarismos entre su vida personal y profesional.




La última incursión cinematográfica en solitario del arácnido de Marvel Cómics es una sesión continua de simpatía, fuegos artificiales, diversión y algún leve apunte dramático envolviendo un argumento procedimental y fácilmente digerible. El guión escrito a cuatro manos por Chris McKenna y Erik Sommers tiene ritmo y destila vivacidad con un chiste cada dos minutos cuando Peter tiene que interactuar con sus amigos o compañeros de clase y acentuando la espectacularidad de los pasajes dinámicos cuando la acción tiene la misión de apoderarse del núcleo del relato. Ese equilibrio entre trivialidad adolescente y épica desatada al tomar el protagonista el rol de superhéroe todavía formándose como defensor de los inocentes y desamparados funciona de la manera esperada gracias a su resolutividad.




A favor de esto que comentamos juega un apartado técnico acusando una notable mejoría con respecto al de Spider-Man: Homecoming que, en honor a la verdad, era tan impersonal como cumplidor. El de Spider-Man: Lejos de Casa no podemos afirmar que sea espectacular, pero se nota que Jon Watts se ha adaptado con más pericia al material que los productores han puesto en sus manos gracias a una versatilidad visual intachable,. Seguramente compartida con las labores de realización de la segunda unidad y la de unos diseñadores de efectos digitales ejecutando un trabajo impecable en su apartado. Persecuciones, combates, tiroteos, explosiones, todo un desfile de acción frenética con las estelares apariciones de los "Elementales" y todo lo relacionado con la parafernalia que les rodea.




Pero volviendo sobre mis pasos, debo admitir que no conecto como debería, o quisiera, con este Spider-Man/Peter Parker interpretado con encomiable versatilidad por un encantador Tom Holland. Como ya me sucedía con Spider-Man: Homecoming cuando lo veo balancerse con su tela de araña entre edificios, hacer chascarrillos en pleno combate o peleando con rivales de naturaleza sobrenatural no tengo problema alguno. Pero cuando la personalidad civil tienen que relacionarse con sus allegados y se insertan, innecesariamente, una ingente cantidad de bromas sustentadas en tópicos y se trata de adaptar el protagonista a los tiempos modernos con todas las tecnologías de última generación o los "gadgets" heredados de Tony Stark me encuentro a un Peter Parker del que me separan varias generaciones y con el que no consigo empatizar demasiado.




Donde un proyecto como Spider-Man: Lejos de Casa es infalible y ofrece lo mejor de sí mismo es a la hora de presentar y perfilar a uno de los mejores villanos de la época reciente de Marvel Studios que, por suerte, está superando ese molesto handicap de perfilar paupérrimos enemigos para enfrentarlos a los superhéroes protagonistas de sus largometrajes. No vamos a hablar a estas alturas de las soberbias aptitudes interpretativas de un actor tan consolidado como Jake Gyllenhaal, pero si aunamos estas a una visión muy fiel a la idiosincrasia del Quentin Beck/Mysterio de los cómics, aunque adaptando su tecnología al siglo XXI y un despliegue visual brillante para extrapolar su mundo de ilusiones a la pantalla a un servidor no le queda más remedio que quitarse el sombrero ante semejante hazaña.




Para ser sincero puedo comprender que distinto tipo de público, e incluso fans de los cómics, disfrute y se vea identificado con esta nueva versión cinematográfica del superhéroe creado por Stan Lee y Steve Ditko. Pero desgraciadamente no es para mí o al menos no lo es hasta el punto de sentirme feliz con sus aventuras en pantalla grande, probablemente porque como fan de las correrías clásicas del personaje me hago viejo y conservador, algo que no puedo evitar. Con todo hablamos de un producto disfrutable y agradable que abre puertas a nuevas posibilidades en el UCM y cierra una excelente Fase 3 que ha tenido algún punto bajo, pero también otros altos difícilmente superables en un futuro próximo. A ver qué tal esa Fase 4 ya anunciada con la alternancia de largometrajes y series, así como proyectos bastante prometedores. El próximo 2020 empezaremos a salir de dudas.


lunes, 29 de julio de 2019

Rutger Hauer (1944 - 2019)



Esta misma tarde nos hemos enterado del fallecimiento del actor holandés Rutger Hauer que se produjo el pasado 19 de julio “tras una corta enfermedad” según fuentes cercanas a su entorno. Convertido en icono del cine de ciencia ficción gracias a su mítico replicante Nexus 6, Roy Batty, de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) con el que protagonizó el, posiblemente, monólogo más celebrado de la historia del Septimo Arte Rutger Hauer comenzó su carrera en su Holanda de la mano del cineasta Paul Verhoeven con el que ideó controvertidos y rompedores productos como Delicias Turcas (Turks Fruit), Spetters, Eric: Oficial de la Reina (Soldier of Orange) o Katty Tipel a las que habría que sumar la internacional Los Señores del Acero (Flesh + Blood). Durante la primera mitad de los 80 se hace un nombre en Hollywood con producciones como Halcones de la Noche (Bruce Malmuth, 1981), Lady Halcón (Richard Donner, 1985) o Carretera al Infierno (Robert Harmon, 1986) labrándose una prometedora carrera en Estados Unidos.




Desgraciadamente en los 90 su carrera comenzó a inclinarse por la Serie B y los estrenos directos a videoclub. A pesar de ello nunca dejó de trabajar con asiduidad encadenando proyectos tanto en Estados Unidos como en Europa. Dentro de esta etapa más decadente todavía destacan productos como Furia Ciega (Philip Noyce, 1990), Peligrosamente Unidos (Lewis Teague, 1991) Segundo Sangriento (Tony Maylam, 1992) o la inefable película de Buffy, Cazavampiros (Fran Rubel Kuzui, 1992) en la que interpretaba a Lothos, el Rey de los Vampiros. Durante la segunda mitad de esta década no para de facturar thrillers de medio pelo entre los que sobresale poca cosa, como aquella recuperable produccción alemana llamada Knockin’ on Heaven’s Door (Thomas Jahn, 1997), de las pocas muestras afectadas de “tarantinitis” noventera que merecen la pena y en la que interpretaba uno de esos roles secundarios en los que se especializó durante gran parte de su filmografía.




Con el cambio de siglo sigue alternando producciones menores y alimenticias para el mercado doméstico y la televisión con una nueva etapa en Hollywood con directores importantes reclamando sus servicios. Pudimos verlo en adaptaciones del mundo del cómic como Batman Begins (Christopher Nolan, 2005) o Sin City (Robert Rodríguez, 2005), en Confesiones de Una Mente Peligrosa (George Clooney, 2002), el remake para la pequeña pantalla de Salem’s Lot (Mikael Salomon, 2004) interpretando al vampiro Kurt Barlow, El Rito (Mikael Håfström, 2011), la inenarrable Drácula 3D (Dario Argento, 2012) o Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas (Luc Besson, 2017). Aunque quedan por estrenar media decena de productos en los que intervino es su partipición en la serie atológica Channel Zero su último papel reseñable. Vaya este breve y humilde homenaje en honor a ese holandés errante que nos descubrió que vivir con miedo significa ser esclavo y qué había más allá de Orion y la Puerta de Tannhäuser.


viernes, 19 de julio de 2019

Joe Dante: En el Límite de la Realidad



Edición Nacional/España Applehead Team
Autor Álvaro Pita
Formato Rústica
Páginas 700 páginas
Precio 22,95€


Ahora que la nueva entrega de Stranger Things vuelve a enamorar a millones de espectadores por mediación de la plataforma de streaming Netflix con su revisionismo de los clásicos cinematográficos y televisivos del Hollywood de los años 80 es de recibo hablar de uno de los directores más importantes de aquella época y a cuya filmografía los hermanos Matt y Ross Duffer han hecho no pocas referencias y guiños en estas tres temporadas de la serie. Hablamos como no podía ser menos de Joe Dante, cineasta estadounidense al que debemos cintas de culto como Piraña, Aullidos, Gremlins 1 y 2, El Chip Prodigioso (Innerspace), Exploradores, No Matarás… al Vecino (The Burbs), Matinee, Looney Tunes: De Nuevo en Acción o Pequeños Guerreros. Para acercarnos a su persona en esta ocasión vamos a reseñar Joe Dante: En el Límite de la Realidad, un ensayo sobre su obra y milagros publicado por la editorial Applehead Team y escrito por el crítico, cineasta y filólogo Álvaro Pita (A Coruña, 1979)

Una de las mayores virtudes de Joe Dante: En el Límite de la Realidad, que en otras manos podía haberse convertido en su mayor flaqueza, es que como obra contó con la implicación total del director a la hora de que su autor la escribiera. De esta manera Álvaro Pita consiguió tras incontables horas de entrevistas al biografiado y un enorme trabajo de investigación no sólo dar forma a un repaso extenso y minucioso por toda la filmografía de Dante, sino también marcar las distancias para no dejarse llevar por la mística detrás de un creador cuya trayectoria ha copado enorme protagonismo para los espectadores y cinéfilos que nos criamos con sus films durante los años 70, 80 y 90. Pita es consciente de que su admiración por el protagonista de su libro no debe menoscabar su trabajo como biógrafo o crítico y en ocasiones incluso llegará a mencionar sin cortapisas las carencias de sus largometrajes y a explicitar su opinión sobre los que no son de su agrado.

Una vez tenemos declaraciones en primera persona a manos del cineasta y a un autor con los pies en el suelo lo suficientemente inteligente para no caer en los brazos de la adulación excesiva o la mitificación por el simple hecho de que el objetivo de su trabajo se convierta en el mayor y más estrecho de sus colaboradores el resultado de Joe Dante: En el Límite de la Realidad se adentra en los terrenos de la brillantez gracias al retrato, personal y profesional, ofrecido para que el lector se haga una idea de cuan necesaria e imprescindible es la filmografía de este artesano nacido el 28 de noviembre de 1946, en Morristown, Nueva Jersey. En ese sentido también juega muy a favor de la labor expuesta en el libro su acertada estructuración y la meticulosidad con la que esta es desarrollada a lo largo y ancho de 700 páginas en ningún momento plomizas o farragosas y sí repletas de información valiosa y una narrativa tan elaborada como accesible para el amante del cineasta en particular y el celuloide fantástico y de terror en general.

Joe Dante: En el Límite de la Realidad arranca con un primer capítulo en el que se profundiza en los primeros años de vida del cineasta. Su pasión por el cine, propensión por las publicaciones en papel relacionadas con la fantasía, el terror y el humor, su inclinación por la Serie B y un refinado paladar para el celuloide europeo fueron forjando la personalidad de un artesano de la vieja escuela que, como muchos de sus coetáneos, se formó como profesional bajo el amparo del gran Roger Corman. Dante dio sus primeros pasos en el medio cinematográfico como montador de todo tipo de trabajos, tanto trailers como films, adscritos a la factoría del director de La Pequeña Tienda de los Horrores editando insalubres producciones, en ocasiones amalgamando varias en un mismo producto, por sueldos miserables. Tras esta contextualización espacial y temporal el libro dedica 40 capítulos a desgranar una a una todas las obras audiovisuales del autor, desde The Movie Orgy (1968) hasta Enterrando a la Ex (2014), sin olvidar su paso por la televisión con series como Cuentos Asombrosos, Naked Gun o Masters of Horror entre otras.

Álvaro Pita realiza una pormenorizada disección de todos y cada uno de los productos ficcionales de Dante con declaraciones de este, como bien ya hemos apuntado, de varios de sus colaboradores en distintas épocas y aportando todo tipo de material gráfico. Cada capítulo dedicado a uno de sus films, o episodios en caso de las series de tv, aborda todas las etapas de su producción, incide en su génesis y desarrollo como proyecto, aborda su recepción en cuanto a taquilla y prensa especializada o ahonda en las múltiples lecturas y subtextos que casi siempre acompañan a un Joe Dante con propensión a la crítica social y política como puede verse en Piraña o Aullidos, el humor negro de Gremlins o No Matarás… Al Vecino, su entrega por la ciencia ficción catódica y de Serie B como la de El Chip Prodigioso o Pequeños Guerreros o su pasión por el cartoon y la animación presente en su episodio de En los Límites de la Realidad: La Película y Looney Tunes: De Nuevo en Acción.

Durante este trayecto Pita ofrece su opinión personal de la filmografía de Dante como un profundo admirador, pero con una equidistancia digna de elogio. No duda en destacar las carencias de obras consideradas intocables dentro de la filmografía del director como Aullidos, con las que un servidor puede estar en desacuerdo, pero admitiendo siempre la solidez de sus argumentaciones a la hora de exponerlas. También muestra una especial elegancia y profesionalidad a la hora de preguntar al cineasta por aquellos proyectos con los que no está del todo satisfecho o que no le traen muy buenos recuerdos por culpa de variopintos problemas de producción como sucede con Exploradores o más recientemente con Looney Tunes: De Nuevo en Acción, la obra que debería haberlo devuelto a la primera línea de Hollywood, pero que le produjo más quebraderos de cabeza que otra cosa.

Joe Dante: En el Límite de la Realidad no sólo es una perfecta lectura para la temporada estival veraniega, un viaje a aquel celuloide que nos vio crecer y ayudó a dar nuestros primeros pasos dentro de la cinefilia. También se revela como uno de los ensayos sobre la carrera de un director más completos, trabajados e interesantes que un servidor ha leído en nuestro idioma en mucho tiempo. Applehead Team sigue ampliando su catálogo hablando de ese cine que no abunda en libros de la misma temática adscritos a otras editoriales repleto de productoras, géneros, directores, actores e iconos de nuestra infancia y adolescencia. El libro de Álvaro Pita que nos ocupa es una de las mejores muestras de lo que puede llegar a facturar la editorial andaluza no cejando en su empeño por traernos material original, elaborado y satisfactorio a distintos niveles con el que cubrir el enorme vacío hasta hace poco presente en el panorama nacional en lo referido al cine comercial y de evasión tan revalorizado en la actualidad.


lunes, 15 de julio de 2019

Stranger Things 3, sé lo que hicisteis el último verano



"Tú nos dejaste entrar. Y ahora tú nos dejarás quedarnos"




Poco más de año y medio hemos tenido que esperar para volver a la ficticia, y ya icónica, población estadounidense de Hawkins después de aquella excelente Stranger Things 2 que a pesar de parecer un remake a mayor escala de Stranger Things 1 funcionó casi al máximo de sus posibilidades en noviembre de 2017. Netflix vuelve a depositar toda su confianza en uno de sus buques insignia con Stranger Things 3, la, presumiblemente, penúltima temporada de la serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer (Wayward Pines, Hidden). Más allá de la inclusión de algún nuevo fichaje como la actriz Maya Hawke dando vida a Robin, Cary Elwes como el alcalde Larry Kline, Jake Busey en la piel del antipático Bruce o Alec Utgoff interpretando al Doctor Alexei mantenemos el mismo reparto de las dos entregas anteriores. La nueva tanda de ocho episodios fue subida al catálogo de la plataforma de streaming el pasado 4 de julio y nosotros ya hemos podido ver esta muy esperada tercera temporada de las aventuras sobrenaturales de Eleven, Mike, Will, Dustin, Lucas, Max y compañía. Lo cierto es que hemos quedado muy satisfechos a casi todos los niveles porque el producto mantiene casi intacta su calidad, potencia su naturaleza multirreferencial y hace evolucionar a sus personajes. Pero también posee algunas carencias y cae en ciertas decisiones erróneas que más tarde pasaremos a enumerar a la hora de evaluar globalmente un proyecto tan exitoso y disfrutable como este.




Al igual que sucedió en la segunda temporada con respecto a la primera esta Stranger Things 3 toma como punto de inicio los últimos segundos que cerraban a su predecesora y a partir de él los hermanos Duffer y sus colaboradores al guión o la dirección van desarrollando las distintas tramas. En esta ocasión el argumento se localiza en la víspera del 4 de julio de 1985, un año después de los hechos acontecidos en Stranger Things 2, con los protagonistas experimentando sus primeras relaciones amorosas y problemas derivados de la entrada en la adultez, mientras el nuevo centro comercial de la empresa Starcourt se convierte en el epicentro de las aventuras de todos los personajes. Como viene siendo tradición detrás de la idílica estampa de Hawkins las monstruosidades interdimensionales siguen amenazando la vida de los lugareños desde las sombras y los protagonistas deberán enfrentarse nuevamente con ellas para impedir un apocalipsis a escala mundial.




La principal seña de identidad de Stranger Things 3 es su ligereza, mucho más acentuada que en las dos temporadas anteriores. La serie de Matt y Ross Duffer siempre se ha caracterizado por la alternancia de acción, ciencia ficción, terror, drama y comedia. Pero en esta ocasión el humor y un tomo mucho más liviano se apoderan de la mayor parte de la velada sólo cediendo terreno al dramatismo en el último episodio que, eso sí, es el más emocional y melancólico de todo lo que llevamos de serie. Esta predisposición por la aventura continuada, dinámica, fruiciosa no sólo se vertebra por todas las subtramas que dan forma a Stranger Things 3 enriquieciéndolas con matices y referencias, sino que también da al conjunto del proyecto un ritmo endiablado capaz de influir en el ánimo de un espectador que verá volar delante de sus ojos las poco menos de nueve horas que dura la temporada. Aunque es a partir del tercer episodio cuando la historia toma fuerza, desde el minuto uno el tempo narrativo y la realización trabajan en equipo para engancharnos a las aventuras de los habitantes de Hawkins.




Hasta media decena de subtramas se alternan en el discurrir de estos nuevos ocho episodios. Cada una de ellas con su propia autonomía, tono y solidez suficiente para funcionar de manera independiente. Pero el añadido más interesante de las mismas es que todas hacen referencia a algún clásico del terror y la ciencia ficción de los 70, 80 o 90. En este sentido destacan, sobre todo, la trama protagonizada por Billy como multihomenaje a obras como La Invasión de los Ladrones de Cuerpos, The Blob, The Stuff, La Cosa, Cazafantasmas 2 e incluso Hellraiser o la centrada en unos geniales Steve, Erica, Robin y Dustin como si fueran los personajes de una cinta de John Hughes sumergidos en un remake de Amanecer Rojo (Johm Milius, 1984) con sus adolescentes americanos plantando cara a unos, convenientemente, inútiles soldados rusos mientras hacen apología de los parabienes del capitalismo y las maldades del comunismo por medio del personaje de Erica, uno de los más memorables de la temporada gracias a su locuacidad y verborrea.





Desde el punto de vista técnico Matt y Ross Duffer, Shawn Levy y Uta Briesewitz mantienen la puesta en escena, entre cálida y vibrante, habitual de la serie de Netflix. Aunque es en su recta final donde más se acentúa sobrevuela toda la temporada una sabia amalgama entre espectacularidad estilística y minuciosidad emocional en lo referido a las relaciones interpersonales de los personajes que elevan el proyecto como ya sucediera en las dos anteriores temporadas. El recurrente uso del CGI se antoja algo tosco e irregular en los primeros compases de Stranger Things 3, pero va cogiendo fuerza y solidez a lo largo de los capítulos llegando a momentos de brillantez incuestionable con una oda a la “Nueva Carne” cronenbergiana corporeizada en ese amasijo informe y devorador copando gran parte del protagonismo a lo largo de la trama central. Puede que la ya mencionada ligereza y el tono de Serie B imperante en la temporada resten algo de consistencia a la realización, pero el resultado sigue siendo de nota muy alta y con algunos pasajes para el recuerdo.




En cuanto al reparto sigue haciéndose patente la química y complicidad entre los seis actores principales siendo extensible a otros de los secundarios. Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Finn Wolfhard, Caleb McLaughlin, Noah Schnapp y Sadie Sink son el corazón de Stranger Things, pero por suerte funcionan tanto unidos, como por parejas o interactuando con los roles adolescentes o adultos. David Harbour y Winona Ryder siguen siendo una pareja encantadora, Dacre Montgomery gana mucho protagonismo como Billy, la pareja formada por Natalia Dyer y Charlie Heuton pierde algo de relevancia por el, poco disimulado, arrinconamiento del último en cuanto a la escritura (¿castigo por sus problemas personales?) que lo diluye aunque siga teniendo una notoria presencia en pantalla. Al igual que sucedía en Stranger Things 2 varios de los nuevos fichajes son los que más brillan en esta tercera parte. Mención especial para Alec Utgoff, ese Doctor Alexei de mente prodigiosa contrastando con su carácter infantil y matrícula de honor para Maya Hawke, hija de los actores Ethan Hawke y Uma Thurman, enorme como Robin, un personaje del que es imposible no enamorarse, sobre todo cuando forma equipo con Steve, Dustin y Erica.




Pero, desgraciadamente, no todo son alabanzas hacia esta Stranger Things 3 porque con ella se agrava una afección que ya mostró sus primeros síntomas en la segunda temporada. Una vez más nos encontramos con un producto estructural y conceptualmente casi idéntico a sus dos anteriores entregas. Evidentemente el proyecto ofrece las suficientes dosis de calidad en todos sus apartados para que no nos cause molestia el seguir viendo “más de lo mismo”, pero esta tendencia al subrayado y la redundancia parece confirmar que Matt y Ross Duffer, acompañados de sus colaboradores, ya han explotado al máximo una fórmula que no parece dar más de sí. En ese sentido se antoja casi necesaria la decisión, por parte de sus creadores, de acabar la serie en la próxima temporada porque, más allá de ciertos cambios en cuanto a tono y resoluciones argumentales, esta tercera tanda de episodios es, al igual que la segunda, una revisión de aquella Stranger Things 1 de la que sus máximos responsables no quieren alejarse demasiado por si al probar ideas nuevas pierden el favor de la crítica y el público.




Stranger Things 3 es pura diversión, evasión, emoción y fuego de artificio bien facturado. Es imposible no seguir enamorado de los habitantes de Hawkins comandados por esta pandilla de chicos a los que estamos viendo crecer, madurar, cambiar y recibir los primeros golpes de la vida, que en verdad poco tienen que ver con aperturas dimensionales o poderes piscoquinéticos. Mientras tanto ahí siguen Matt y Ross Duffer, facturando la, para un servidor, temporada menos potente de las tres estrenadas hasta ahora, pero poseedora de unas cualidades, una fuerza visual y un ritmo narrativo vigoroso incuestionable. Unos años 80 repletos de referencias variopintas a Regreso al Futuro (Robert Zemeckis 1985), El Día de los Muertos (George A. Romero, 1985) la serie Magnum (1980-1988) o Terminator (James Cameron, 1984), obra maestra a la que dedican no ya un guiño o una subtrama, sino un personaje completo que hará las delicias de los fans. Tras un final que lo cambia todo, y una escena post créditos que nadie debe perderse, ya sólo queda esperar hacia dónde se encaminaran los Duffer con esa Stranger Things 4 que nos despedirá ¿para siempre? de la tan idílica como peligrosa localidad de Hawkins.