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jueves, 11 de febrero de 2021

Crash, agonía y éxtasis en el crepúsculo del siglo XX



"El accidente de coche es fecundador, y no destructivo. Una liberación de energía sexual que canaliza la sexualidad de los que mueren con una intensidad que sólo se da de esa manera. Experimentar eso, vivir eso, ése es mi proyecto" 
Robert Vaughan

25 años se cumplen este 2021 del estreno de Crash, la adaptación cinematográfica que David Cronenberg realizó en 1996 de la novela homónima del escritor británico J.G. Ballard. Para conmemorar tan remarcable efeméride y como ya han hecho otros países, la distribuidora y productora española A Contracorriente Films ha reestrenado la obra en una treintena de salas acompañando varias de sus proyecciones con coloquios posteriores en los que expertos en la obra y sus responsables debatían sobre qué hace tan único y reivindicable al largometraje protagonizado por James Spader, Holly Hunter, Deborah Kara Unger, Elias Koteas y Rosanna Arquette. En esta entrada vamos a hacer un repaso a todo el recorrido editorial y audiovisual relacionado con Crash desde su nacimiento mediante la pluma de Ballard hasta la traslación en imagen real de Cronenberg, pasando por otros proyectos, no tan conocidos, que se inspiraron o sirvieron de inspiración para el polémico libro editado en 1973. De manera que abróchense los cinturones, ajusten los retrovisores y arranquen su automóvil porque aquí empieza nuestro viaje.


Crash (1973)



Edición Nacional/España RBA
Autor J.G. Ballard
Formato Rústica
Páginas 220 
Precio 17,00€

James Graham Ballard (Shanghái, 15 de noviembre de 1930 - Londres, 19 de abril de 2009) fue uno de los autores clave dentro de la nueva ola de la ciencia ficción británica durante la segunda mitad del pasado siglo XX. Obras como La Exhibición de Atrocidades, La Isla de Cemento o más tarde Fuga del Paraíso confirmaron su relevancia dentro del panorama de este género literario. Aunque también saborearía las mieles del éxito en 1984 con la obra autobiográfica El Imperio del Sol que el célebre director norteamericano Steven Spielberg llevaría a imágenes en la reivindicable cinta homónima estrenada tres años después y protagonizada por un Christian Bale de 13 años de edad. En 1973 Ballard editó la que es posiblemente su novela más conocida y casi con toda seguridad la más polémica de todas las que escribió durante su carrera como escritor.

Crash, que nace a modo de extensión del episodio o relato homónimo incluido en La Exhibición de Atrocidades, narra como James Ballard, el protagonista posee el mismo nombre que el autor de la obra, tras sufrir un aparatoso accidente de tráfico y momentos después del impacto crea un extraño vínculo de atracción física con Helen Remington, la mujer del auto con el que ha colisionado y en cuyo incidente fortuito ha fallecido su marido. Esta desconocida persona introducirá a Ballard en un extraño mundo en el que un grupo de individuos, comandados por el misterioso Doctor Robert Vaughan, realizan una peligrosa amalgama entre sexo y muerte debido a una enfermiza fijación que dichos miembros sienten por la colisiones automovilísticas. Ballard y su esposa, Catherine, serán arrastrados por Vaughan a esta espiral de autodestrucción en la que carne y metal forman un mismo ente llevándolos a descubrir parafilias sexuales cuya naturaleza obscena e inhumana pondrá en peligro sus propias vidas. 

El mayor logro de la séptima novela de James G. Ballard es utilizar una narrativa elegante y una prosa elaborada para describir actos contrastadamente enfermizos que retratados de una manera más burda hubieran dado forma a una obra pornográfica de medio pelo devorando completamente el mensaje contenido en el escrito, siendo este de naturaleza altamente interesante. Ya que detrás de esa visión mórbida de una sexualidad terrorífica con la que retrata personajes sumergidos en la enfermedad mental se esconde una atemporal visión, la novela cumple este 2021 casi 50 años y no los aparenta en absoluto, nihilista y gélida sobre la incomunicación del hombre contemporáneo, mensaje que otros escritores como Breat Easton Ellis (American Psycho) o Chuck Palahniuk (El Club de la Lucha) tomaron como referente literario para crear algunas de sus obras más emblemáticas que posteriormente tendrían, al igual que Crash, sus correspondientes adaptaciones cinematográficas.

El sexo en Crash es explícito, crudo y en numerosas ocasiones aberrante a unos niveles nada desdeñables. Interesante sería analizar la obsesión del J.G. Ballard escritor con los orificios del cuerpo humano, sobre todo el anal, y cómo en los encuentros (o más bien choques, alegóricamente hablando) físicos de sus criaturas parece interesado en crear nuevos para que el acto coital evolucione físicamente en una coreografía aterradora y caótica que tiene poco de sensual y sí mucho de inhumana. Pasajes como en el que Ballard mantiene relaciones con Gabrielle o los momentos en los que el personaje principal, así como el de Vaughan, imaginan dantescos accidentes de circulación en los que los implicados sufren incontables y brutales mutilaciones, con especial predilección por las infligidas en los genitales, para sentir excitación sexual dan una imagen desoladora sobre las psicopatologías del ser humano.

En cierta manera es algo peculiar que Crash esté adscrita al género de la ciencia ficción, pero además de ser en esencia una distopía hay pasajes que  confirman su pertenencia a ese tipo de narrativa. Por un lado tenemos los que son los momentos más logrados del  libro, cuando Ballard explica con una delectación minimalista cómo los cuerpos humanos que mantienen relaciones sexuales dentro de los automóviles se fusionan con las partes que dan forma a los mismos, llegando, con una elegancia desarmante dentro de la escatología, a hablar de una fusión entre carne y metal, esperma y líquido refrigerante en la que toma consciencia una nueva criatura engendrada por la unión multiforme del coche y los conductores que en ocasiones remite a obras gráficas como la del suizo H.R. Giger. También el pasaje en el que Ballard y Vaughan experimentan con ácido culminando con su primer, y último, encuentro sexual tiene deudas estilísticas y conceptuales con el subgénero cyberpunk debido a las visiones casi epifánicas experimentadas por los dos personajes cuando circulan por la autopista.

Viendo que en sus páginas Ballard narra momentos de comunión física y existencial entre máquinas y seres humanos a pocos cogió desprevenidos que el canadiense David Cronenberg, el padre de la "Nueva Carne", decidiera llevar a imágenes Crash. Lo hizo en 1996 y de una manera tan sobresaliente que consiguió dar forma a uno de esos pocos y privilegiados largometrajes que superan a su base literaria. La cinta protagonizada por James Spader, Holly Hunter, Elias Koteas, Rosanna Arquette y Deborah Kara Unger conserva intacto el mensaje de la novela y extrapola con pericia analítica el sexo enfermizo, crudo, quirúrgico, pero sin necesidad de recrearse en la pornografía (que no en la explicitud, sí estando esta presente) o la violencia gratuita (los accidentes que hay en el metraje están medidos, justificados y tienen poco de sensacionalistas). Los personajes están perfectamente perfilados y en todo momento recuerdan a los del libro, sobre todo el demente Vaughan al que da vida un inspiradísimo Elias Koteas, y el director de Fast Company (1979) añade apuntes interesantes o elimina ideas que en las páginas funcionaban bien, pero en la pantalla hubieran desentonado.

Para empezar obvia narrar el largometraje a modo de flashback, ya que el libro comienza con la muerte de Vaughan y a partir de ahí Ballard relata su relación con él durante los últimos meses o la acción, que tiene lugar en Toronto, no en Londres. También elimina de una tacada la obsesión de Vaughan, aquella que le cuesta la vida, de tener un accidente de tráfico con la actriz Elizabeth Taylor, pero no elude la obsesión de este y sus acólitos con los siniestros mortales de las estrellas del Hollywood clásico. Es más, la inclusión de la recreación del  sufrido por James Dean y protagonizado por los personajes de Vaughan y Colin Seagrave, socio del primero y especialista en escenas de riesgo para el cine relacionadas con coches,  es, no sólo uno de los mejores momentos del film, sino  también un pasaje que muestra de manera cristalina los niveles de obsesión con la comunión entre sexo y muerte que dicha hermandad profesa de manera tan compulsiva como peligrosa.

También sería destacable mencionar que cuando la tensión sexual entre Ballard y Vaughan eclosiona el coito resultante no es impulsado por la ingesta de sustancias psicotrópicas como catalizador, de esta manera la atracción homoerótica, latente durante toda la historia, entre los dos hombres tiene una solidez y resolución más satisfactoria que en las páginas de la novela. Por último, y una vez más, un cambio en la resolución de la narración da un matiz un tanto diferente a film y novela dejando en mejor lugar al primero. Si bien en el libro al morir Vaughan, Ballard continúa su legado como si aquel fuera una figura mesiánica a la que seguir e idolatrar soñando con un mundo lleno de eyaculaciones confundidas con choques frontales de carácter mortal entre autos, en el largometraje el personaje interpretado por James Spader ocupa el lugar del que da vida Elias Koteas a modo de pérfida selección natural darwiniana.

Con Crash nos encontramos ante un relato extremo en su superficie, pero profundamente lúcido en su contenido. Un retrato inmisericorde del hombre del siglo XX (y del XXI, indudablemente) por medio de la aplicación de metáforas relacionados con sexo y muerte. No sabría decir si es el clásico de la literatura moderna del que tantos hablan, pero sí es una lectura harto interesante y profundamente original. Lo único cierto es que el fresco que realiza sobre la parte más oculta y siniestra de nuestra psicología es tan visionario como desesperanzador. Poco más de medio siglo después James G. Ballard no sólo tenía razón con lo que nos narraba en Crash, sino que posiblemente, y por desgracia, se quedó corto con su análisis sobre una sociedad insensibilizada que encuentra en la autodestrucción y la lascivia sus únicas vías de escape.


Crash! (1971)


Título Original Crash! (1971)
Director Harley Cokeliss
Guión J.G. Ballard
Reparto J.G. Ballard, Gabrielle Drake

Antes de hablar de la adaptación cinematográfica que David Cronenberg rodó de la novela de J.G. Ballard en 1996 es necesario hacer dos paradas. La primera en un caso curioso como el de Crash!, un cortometraje de 1971 para la BBC, dirigido por Harley Cokleiss, que ejercía como apéndice o reflexión sobre el capítulo homónimo de la colección de relatos condensada en el libro La Exhibición de las Atrocidades (1970) y que a su vez compila todas las inquietudes narrativas y estilísticas que el literato depositaría y desarrollaría sólo un par de años después en su novela Crash. Teniendo esto en cuenta estamos hablando de lo que muchos podrían considerar una especie de primera adaptación del escrito, cuando el caso es el contrario, mucho de lo expuesto en el presente proyecto audiovisual inspiró el trabajo literario del autor británico. 



Narrado parcialmente y protagonizado por el mismo J.G. Ballard, interpretando este a una especie de representación del personaje T presente en los relatos de La Exhibición de las Atrocidades, Crash!, reflexiona durante sus escasos 17 minutos, mediante dos voces en off, sobre la inclusión de una máquina como el automóvil en el mundo moderno desde una perspectiva erotizante y fetichista, profesando delectación por las distintas partes que conforman un invento que desde su misma concepción se ha convertido en parte indivisible de la vida del hombre del siglo XX y hasta en una alegoría de su propia virilidad potenciada por la sensación de libertad e individualismo que permite surcar en solitario carreteras a gran velocidad o atraer mediante su conducción a otras personas convertidas en el interés sexual del poseedor del objeto en concreto.



A ello se suma la inclusión del género femenino en la ecuación, sólo como un objeto más dentro del automóvil y desde una perspectiva puramente superficial y sexualizada. Digno de mención es el pasaje de la obra en el que una cámara lenta profusa en detalles muestra a una jovencita rozar sutilmente sus pechos, piernas o pubis en partes determinadas del vehículo plantando la simiente de lo que en la novela Crash, y en su adaptación cinematográfica, se convertirán en coitos enfermizos desde distintas perspectivas copiosas en perversidades de distinto pelaje. Aún más explícito es el apartado dedicado al túnel de lavado en el que Ballard incide en las similitudes entre el cuerpo humano y la carrocería de un auto con la misma mujer previamente mencionada duchándose y la cámara fundiendo los planos de sus propias curvas con las de su equivalente motorizado. 




La secuencia en el desguace ahonda en la parafilia de Ballard relacionada con los accidentes automovilísticos, siendo consciente de que aun siendo uno de los temores más grandes del ser humano, esas malformaciones que adquieren tanto vehículo como conductor tienen algo de atractivo y seductor desde una posición prácticamente freudiana. A una conclusión parecida llega cuando reflexiona sobre la grácil coreografía que le parecen tomar los coches en los vídeos que recopilan los test de seguridad de las empresas automovilísticas, aquellos que verían compulsivamente los personajes de su novela posteriormente interpretados por James Spader, Holly Hunter, Rosanna Arquette y Elias Koteas en la adaptación cinematográfica de David Cronenberg.




Crash! no deja de ser una curiosidad, pero es una cita obligada para los seguidores de la obra literaria de J.G. Ballard y para no pocos de ellos un proyecto que condensa y expone con mucho más acierto lo que más tarde sería la novela Crash que la misma adaptación de David Cronenberg, idea esta que un servidor no comparte, aunque pueda llegar a respetarla. Como pieza audiovisual sabe capturar en su escueto metraje tanto lo expuesto por el escritor en Pasaporte a la Eternidad como el ideario que dos años después desplegaría en la ya citada obra con la que llevaría sus planteamientos conceptuales y formales hasta sus últimas consecuencias, como ya hemos comentado en la parte de esta entrada dedicada a dicho trabajo.



Nightmare Angel (1987)



Título Original Nightmare Angel (1987)
Director Zoe Bellof y Susan Emerling
Guión Zoe Bellof y Susan Emerling, basado en la novela de Crash, de J.G. Ballard
Reparto Audrey Matson, Bill Moseley, James Selby, Al D'Andrea, Gary Dunn, Carol Emmerling, Phyllis Hedeman, Sanford Kwinter, Ashley Martelle, Jeanne Morrissey, Connor Smith, Rick Tolliver

Nuestra segunda parada tiene lugar casi diez años antes del estreno de la adaptación cinematográfica de Crash ideada por David Cronenberg, cuando las cineastas estadounidenses Zoe Bellof y Susan Emerling realizaron la primera traslación de la novela nacida de la mente de J.G. Ballard. Se trata de Nightmare Angel un cortometraje en blanco y negro y de bajo presupuesto que ellas mismas se ocuparon de editar, fotografiar, producir, escribir y dirigir. Protagonizado por James Selby, Audrey Matson y Bill Moseley, el único actor conocido del trío de intérpretes principales, lleva a imágenes la historia planteada en el libro en escasos 30 minutos de metraje y recupera algunas ideas de La Exhibición de Atrocidades, novela o colección de relatos interconectados que, como ya hemos afirmado previamente, está directamente conectada con Crash.



Nightmare Angel es notablemente fiel a la base literaria que toma como inspiración, pero sus autoras se ven obligadas a condensar en media hora la historia original planteada por el autor de Rascacielos reduciendo el proyecto sólo a la interacción entre los personajes de James Ballard, su esposa Catherine y Vaughan, que aquí poseen otros nombres. No sabemos si para no pagar los derechos de la novela, pero viendo que el título del cortometraje tampoco es el del libro esta teoría coge fuerza. De esta manera no hay presencia de roles secundarios importantes como los de Gabrielle o Seagrave y de la Doctora Helen Remington sólo tenemos su aparición en la secuencia del accidente con Ballard, sin llegar a relacionarse posteriormente con los protagonistas.




Es innegable que el blanco y negro crudo y descuidado extrapola con acierto el relato desarrollado en la novela, dejándonos la duda de si la versión de David Cronenberg hubiera mejorado en algún aspecto de haber tomado la misma decisión estilística. La banda sonora, con autoría del desconocido Bruce Tovsky, también se adecúa al tono de la historia mediante sonidos metalizados y secos, alejados estos de la elegancia cadenciosa de la que una década después haría gala Howard Shore en la versión de 1996, pero de una sonoridad rotunda cercana al rock industrial estadounidense que ya practicaban grupos como Ministry y que años después populizarían otros como los Nine Ich Nails de Trent Reznor.



El sexo sobrevuela todo el metraje y tiene presencia real el algunos pasajes, sobre todo en lo concerniente a la versión de Vaughan interpretada por Bill Moseley, el único acierto de un reparto desnortado y nada creíble, pero se aleja de la explicitud de la novela que más tarde si sabría capturar Cronenberg de manera bastante gráfica, aunque nunca llegando a las cotas pornográficas de la obra de J.G. Ballard. La lascivia y el deseo en Nightmare Angel permanecen más latentes que en la superficie, como si sus directoras no se atrevieran a experimentar con dichas sensaciones más allá de localizarlas en algunas imágenes fijas de genitales, y convirtiendo a su contrapartida de James Ballard siempre en un voyeur que disfruta de las perversidades de Vaughan, pero nunca toma partida activa de ellas, sólo haciéndolo con su esposa.



Donde Zoe Bellof y Susan Emerling sí profundizan con más interés, porque parece ser el tema que más les satisface del proyecto, es en el de la atracción y enfermiza delectación por los accidentes de tráfico que experimentan los tres personajes principales.  Lo logran con el uso de imágenes de archivo sobre tests de seguridad de automóviles rodados en slow motion irrumpiendo en la realidad o los pensamientos de los personajes, causando la excitación que los induce a mantener relaciones sexuales mientras sufren accidentes de coche o al menos a fantasear con ellas. Aunque los recursos visuales para que esta parafilia se personifique como un virus inoculado en la mente del matrimonio protagonista por parte del sosias de Vaughan son en ocasiones toscas, como esas proyecciones en el edificio colindante al apartamento de los supuestos Ballard, no podemos negar que las directoras hacen un uso correcto y fiel de la idea que, al fin y al cabo, daba sentido a la novela que toman subrepticiamente como base argumental



Al igual que Crash! (1971) Nightmare Angel despertará el interés de los fans de J.G. Ballard que todavía no la hayan descubierto debido a ser una pieza de culto que no ha salido de cierta marginalidad en la que lleva moviéndose desde su misma concepción hace más de un cuarto de siglo. Más allá de su intencionalidad de adaptar la novela Crash sin tener que pagar los derechos de autor de la misma capta con cierto mérito el ideario que en ella depositó el escritor británico y a pesar de su paupérrima producción y la ineficacia de dos de sus tres actores es encomiable cómo Zoe Bellof y Susan Emerling se arriesgaron a extrapolar a imagen real un trabajo literario con fama de inadaptable que debió esperar otros diez años para dar el salto definitivo de las páginas escritas al celuloide filmado.


Crash (1996)




Título Original Crash (1996)
Director David Cronenberg
Guión David Cronenberg basado en la novela de J. G. Ballard
Actores James Spader, Holly Hunter, Rosanna Arquette, Elias Koteas, Deborah kara Unger, Peter MacNeill, Yolande Julian, Cheryl Swarts, Judah Katz, Nicky Guadagni, Ronn Sarosiak, Boyd Banks, Markus Parilo, Alice Poon, John Stoneham Jr.




No es la primera vez que un servidor escribe un texto sobre Crash y seguramente tampoco será la última. Al igual que las malformaciones físicas y psicológicas adscritas a la teoría de la Nueva Carne, esa fusión entre el hombre y la tecnología sobre la que David Cronenberg ha construido casi cincuenta años de carrera, mi opinión sobre el mensaje que quería transmitir el autor de Scanners (1981) o Inseparables (Dead Ringers, 1988) con su versión cinematográfica de la novela de J.G. Ballard cambia con el tiempo. Desde vislumbrar cómo un matrimonio se ve arrastrado por un submundo regido por la sinforofilia, atracción sexual por distinto tipo de accidentes y hechos trágicos, hasta la posibilidad de que el subtexto revele que es esa pareja la que devora y parasita a Vaughan, el guía que dará a conocer a los Ballard el microcosmos en el que él mismo y sus colaboradores utilizan dicha parafilia para liberar su sexualidad reprimida.





El motivo del reestreno de la obra maestra de David Cronenberg en cines españoles con una copia en 4K supervisada por su máximo responsable, junto al director de fotografía Peter Suschitzky, que el pasado viernes 29 de enero llevó A Contracorriente Films a unos 30 multicines a lo largo y ancho del país es una excusa perfecta para volver sobre un proyecto polémico desde antes de plantearse su desarrollo. Fue en el festival de Cannes de 1995 dónde los productores Jeremy Thomas de Recorded Picture Company y Robert Lantos de Alliance Comunications Corporation anunciaron el rodaje de Crash, la última película de David Cronenberg que estaría basada en la novela homónima de J.G. Ballard y protagonizada por los estadounidenses James Spader, Holly Hunter o Rossanna Arquette, a los que se sumarían más tarde los canadienses Deborah Kara Unger y Elias Koteas.





En el apartado técnico de la obra el responsable de Una Historia de Violencia o Promesas del Este recurrió a  su equipo habitual de colaboradores para sacar adelante un proyecto en el que ejercería como productor, guionista y director. Peter Suschitzky en la dirección de fotografía, Ronald Sanders en el montaje, Deirdre Bowen en el casting, Carol Spier en el diseño de producción, Tamara Deverell en la dirección de arte o la fallecida hermana del director, Denise Cronenberg, encargándose del vestuario confirmaban que, una vez más, el autor canadiense se había salido con la suya a la hora de configurar un producto en el que él tendría la última palabra llevándolo a su terreno, literal y figurado si tenemos cuenta que el rodaje tuvo lugar en Toronto, para poder desarrollarlo sin imposición alguna de los productores. Nota aparte para Howard Shore, la primera persona a la que Cronenberg envía los guiones de sus films una vez termina de escribirlos, cuyo score repleto de sonidos metalizados mediante guitarras eléctricas, instrumentos de viento y percusiones medidas al milímetro elevan el conjunto de la obra confiriéndole una atmósfera casi irreal en a la que volveremos un poco más adelante.



Un año después la película tiene su puesta de largo en el festival francés compitiendo en la sección oficial. Durante su proyección decenas de espectadores abandonan la sala, entre ellos se encuentra el cineasta estadounidense Francis Ford Coppola, presidente del jurado. La cinta se convierte en la sensación del momento debido a la brecha que crea entre los que la consideran pura y enfermiza pornografía sin mayor interés y los que la ven como una pieza adelantada a su tiempo perfectamente identificable como hija de su hacedor. Durante la deliberación Coppola se niega a darle la palma de oro al largometraje, pero debido a las presiones de otros miembros, entre ellos el director canadiense Atom Egoyan, se crea un “premio especial del jurado” que galardona a la película “por su originalidad, osadía y audacia”. Una vez la obra llega a los cines de Estados Unidos es calificada con la temida NC17, debido a la alta cantidad de escenas de sexo explícito de las que hace gala su metraje, de manera que se ve relegada a sesiones en las que los menores de edad tienen prohibido el paso. Contra todo pronóstico ofrece beneficios recaudando 32 millones de dólares a nivel mundial, habiendo sido su presupuesto de 9 millones, y la prensa especializada se deshace en elogios con la última creación del director de Ontario. Una obra de culto acababa de nacer.




Cuando David Cronenberg se dispuso a escribir el guión de Crash  se cumplían cuatro años del estreno de El Almuerzo Desnudo, la traslación a imagen real que él mismo realizó de la novela homónima del escritor estadounidense William Burroughs con Peter Weller dando vida al famoso miembro de la Generación Beat. Aquel proyecto le sirvió para curtirse en lo referido a “adaptar un texto inadaptable” ya que dicho trabajo por parte del autor de Yonqui carece de un hilo narrativo coherente siendo un compendio de situaciones surrealistas y enfermizas en las que monstruosidades salidas de los delirios estupefacientes de su ideólogo campaban a sus anchas a lo largo de más de 250 páginas en las que la explicitud violenta y sexual era la moneda de cambio. De esta manera el canadiense afirmó que una vez se puso a adaptar el trabajo de J.G. Ballard le sorprendió lo fácil que le supuso extrapolarlo del papel al celuloide, algo nada extraño si tenemos en cuenta lo muy similares que son las inquietudes artísticas y antropológicas de ambos autores.



Visto con perspectiva ser antojaba inevitable que los caminos de J.G. Ballard y David Cronenberg se cruzaran en algún momento de sus respectivas carreras, ya que también compartían inquietudes estilísticas y narrativas, uno desde el mundo literario y el otro desde el cinematográfico, pero desembocando ambos discursos en las mismas reflexiones. Crash hacia colisionar estos dos mundos de manera orgánica y lógica ya que esos cuerpos destruidos por los choques automovilísticos y reconstruidos por medio de prótesis o las descripciones de la novela en las que Ballard hablaba de la hibridación entre el cuerpo humano y la tecnología de los vehículos que conducían comparten disertaciones con la ya citada teoría de la Nueva Carne acuñada por David Cronenberg desde los primeros compases de su carrera con proyectos como Cromosoma 3 (The Brood, 1979) o La Mosca (1986).



Pero la versión cinematográfica de Crash pertenece a la etapa de la filmografía de David Cronenberg en la que las deformidades y mutaciones físicas quedaban relegadas a un segundo plano, siendo la psique de sus criaturas las que experimentaban dichos cambios. De manera que el proyecto aunaba esas dos vertientes dando mucho más peso al perfil psicológico de los personajes principales, aunque viéndose estos potenciados por su deseo de observar y formar parte de los choques “fertilizadores y no destructivos” a los que se refiere el personaje de Vaughan en un momento concreto de la obra. Un terreno perfecto para que el director de Spider o Un Método Peligroso desplegara todo su ideario autoral para sondear desde una mirada misántropa y existencialista en qué punto se encontraba el ser humano localizado contextualmente en las postrimerías del siglo XX.



"Eso es ciencia ficción vulgar. Algo superficial que no asusta a nadie" contesta Vaughan a Ballard cuando este le pregunta si sigue queriendo sacar adelante su proyecto de "reconstruir el cuerpo humano mediante la tecnología". Este comentario espetado con desdén y sorna por el personaje de Elias Koteas no es baladí, ya que pareciera como si Cronenberg se apropiara de él para afirmar haber dejado atrás o renegar de su etapa como "rey de la enfermedad venérea" relacionada directamente con sus primeros trabajos mucho más explícitos en su fisicidad con acercamientos casi directos al terror y el gore. Como previamente hemos anotado el canadiense hizo mutar a la Nueva Carne para extrapolar el discurso que la configura a un plano mental en el que los personajes de sus proyectos sufren dicha transformación desde el psicoanálisis o la alegoría, algo que pudimos ver en films como Inseparables o M. Butterfly (1993) y posteriormente en otros como Spider, Una Historia de Violencia o Promesas del Este. Por eso Crash se adscribe a esta vertiente y aunque entristece ver a Cronenberg renegar de su pasado la madurez autoral en la que se vio inmerso a finales de los 80 y principios de los 90 era tan inevitable como necesaria.




Centrándonos ya en el largometraje en sí la acción de Crash está localizada en un Toronto casi fantasmal de colores gélidos y apagados en el que los personajes se mueven o desplazan de manera cadenciosa y se comunican mediante susurros apagados a modo de entidades despojadas de cualquier tipo de sentimiento. De hecho sólo cuando mantienen encuentros sexuales, el matrimonio Ballard mantiene una relación abierta que le permite aventurarse en escarceos esporádicos por mutuo acuerdo, parecen experimentar esas sensaciones que los sacan de un perpetuo estado de trance dentro de un universo de naturaleza cuasi onírica en el que las autopistas y los vehículos que por ellas transitan se convierten en vasos comunicantes conectando las vidas de millones de personas que, en un universo ficcional tan autocontenido como el expuesto por Cronenberg, no se diferenciarán demasiado de la pareja protagonista. 



De esta manera el canadiense asienta las bases conceptuales del tema principal sobre el que pivota su doceavo largometraje. Y es que Crash sólo utiliza las perversidades sexuales de sus personajes como excusa para diseccionar al escalpelo la vacuidad en la que se encontraba sumergido el hombre de finales del siglo XX y de la que no ha conseguido salir el que dio la bienvenida al XXI. Un ser incapaz de experimentar emoción alguna necesitado de esa comunión, casi reminiscente en la religiosidad, entre sexo y muerte para sentirse nuevamente vivo de la misma manera que los componentes del Club de la Lucha requerían golpearse salvajemente para hacer lo propio en la magistral película de David Fincher basada en la novela de Chuck Palahniuk. Este es el fin principal de David Cronenberg a la hora de construir una pieza como Crash y desde esa perspectiva se empapa de las inquietudes propias de su cine como la descomposición de la sociedad occidental, corporaciones deshumanizadas conspirando desde las sombras, la maleabilidad de la identidad individual y personajes marginales operando al margen de la legalidad.



Hay un pasaje en Crash, ausente en la novela de J.G. Ballard, que en un inesperado efecto dominó no sólo sintetiza la esencia misma de la obra cinematográfica, sino también la de la literaria sin pertenecer a la misma. Hablamos evidentemente de la recreación del accidente de tráfico que le costó la vida a James Dean y dejó malherido a su mecánico, Rolf Wütherich, montados ambos en un Porsche Spyder 550, bautizado como “Little Bastard” por su antiguo dueño, el corredor Bill Hickman. Vaughan, su colaborador, Colin Seagrave, y un especialista en escenas de riesgo representan con delectación y fidelidad máxima el trágico choque para sobrevivir al mismo y regodearse en el nacimiento de la leyenda en la que se convirtió el actor de Al Este del Edén (1955), Rebelde Sin Causa (1955) o Gigante (1956). Ante un grupo de espectadores, entre los que se encuentran James Ballard y Helen Remington, esta recreación del famoso siniestro acontecido en 1955, abordada como un espectáculo excitante y peligroso, captura todo aquello que planteó el autor de El Imperio del Sol en su novela confirmando a Cronenberg como el adaptador ideal de este material al medio cinematográfico.



Aunque no podemos eludir lo evidente. Crash es  Eros y Thanatos colisionando en un éxtasis sexual que desdibuja los límites entre el placer y la muerte. Pero de manera ineludiblemente inteligente Cronenberg plantea este trayecto con un gradual in crescendo, ya que en las primeras escenas de relaciones sexuales vemos a todos los implicados intentando palpar piezas de metal con las manos en el momento de alcanzar el orgasmo, como si buscaran el frío artificial para culminar el coito. De este modo la fusión entre carne y tecnología da sus primeros y furtivos pasos para eclosionar segundos después del accidente entre James Ballard y Helen Remington siendo reforzada más tarde cuando Vaughan entre en acción e introduzca al matrimonio protagonista en ese submundo de pasión y dolor que se ha convertido en su modo de vida. Una atípica “zona de confort” en la que los colaboradores del personaje de Elias Koteas disfrutan viendo vídeos de tests de seguridad con coches estrellándose de manera furibunda contra el hormigón mientras se tocan los unos a los otros emulando estar visionando material pornográfico.



Cada nueva escena de sexo se adentra más en esa peligrosa convivencia entre carne humana y metal cromado con los personajes desatando sus instintos más básicos, casi siempre dentro de algún vehículo que potencia sus deseos lascivos y en los casos de no practicarlos en el interior de uno se apela a ellos verbalmente, como en la escena de los Ballard en la cama de su apartamento mientras ambos hablan del Lincoln convertible de Vaughan. Pasajes como el de la prostituta, el resultado del accidente de Jayne Mansfield representado por Seagrave y rodado con una puesta en escena de reminiscencias casi oníricas, el del túnel de lavado o el encuentro sexual entre los personajes de James Spader y Elias Koteas conjugan un recorrido lógico con el que Cronenberg expone y certifica esa “psicopatología benevolente” nacida de los choques automovilísticos culminando con Ballard y Gabrielle, esta última casi una máquina viviente debido a las prótesis que rodean gran parte de su cuerpo, creando una nueva manera de entender la penetración que no está lejos del terreno de las larvas de They Came From… (1975) o la protuberancia fálica de Marilyn Chambers en Rabid (1977). Cronenberg y la Nueva Carne eclosionando en pantalla para gozo de unos y repulsión de otros.



En la recta final de la película, cuando Vaughan se ha convertido en una amenaza para el matrimonio Ballard, este muere intentando hacer chocar el deportivo de Catherine. Fallece en un accidente de tráfico en el que su Lincoln convertible cae por un puente y se estrella con un autobús del que la gente sale envuelta en llamas. Todo un sueño cumplido para el difunto que seguramente satisfaría sus perversa concepción del placer si pudiera verse a sí mismo y el caos al que ha dado forma involuntariamente en un "verdadero accidente de tráfico". A partir de ese momento Ballard ocupa el lugar de su tutor y al día siguiente, conduciendo el destrozado coche que pertenecía a este, intenta colisionar nuevamente con el auto de su esposa haciéndolo salirse abruptamente de la autopista. Con Catherine malherida y James manteniendo relaciones con ella mientras verbaliza que posiblemente la próxima vez lo consigan se cierra una obra maestra que hoy más que nunca sigue vigente, porque habiendo nacido hace más de medios siglo de la pluma de J.G. Ballard parece estar. hablando del hoy, el ahora y de una sociedad deshumanizada que no se diferencia demasiado de la nuestra, sometida por una pandemia a nivel mundial que tiene mucho de cronenbergiana y neocárnica. 



Una vez los títulos de crédito finales se apoderan de la pantalla y el cese de las notas musicales de Howard Shore me saca de la ensoñación en la que me he visto sumergido durante 100 minutos vuelvo a sentir esa sensación de haber asistido a la proyección de una obra única, genuina, perversa, fascinante. Aquellos que a lo largo de los años hayan leído mis textos sabrán que David Croneberg es, después de Luis Buñuel, mi director favorito de todos los tiempos y Crash una de sus obras más excelsas y representativas. En su enésima revisión he vuelto a descifrar detalles en los que no reparé las ocasiones anteriores, he vislumbrado nuevos gestos de su brillante reparto entregado a una causa suicida que a varios de sus componentes, sobre todo a Elias Koteas por la naturaleza repulsiva de un rol como el de Vaughan, les podía haber costado la carrera y su tan milimétrica como aséptica puesta en escena me ha llevado a terrenos todavía inexplorados. Por todo ello una vez más soy consciente de que en un futuro no muy lejano volveré a dedicar otro texto a Crash, al enfrentarme nuevamente a ella y redescrubrir en su interior nuevas sensaciones extremas que nos hagan transitar mentalmente por la autopista de lo prohibido.




viernes, 16 de octubre de 2020

Timecop, días del futuro pasado


Título Original Timecop (1994)
Director Peter Hyams
Guión Mark Verheiden y Mike Richardson, basado en su propio cómic
Reparto Jean-Claude Van Damme, Mia Sara, Ron Silver, Bruce McGill, Gloria Reuben, Scott Bellis, Jason Schombing, Scott Lawrence, Kenneth Welsh, Brent Woolsey




Entre agosto y octubre de 1992 la editorial independiente Dark Horse Comics publicó una miniserie de tres números titulada Timecop: A Man Out of Time. A partir de una idea de Mike Richardson, con guión de Mark Verheiden y dibujo de Ron Randall contaba la historia de Max Walker, un policía cuya misión consistía en detener a viajeros temporales propensos a saltarse la ilegalidad. El cómic funcionó lo suficientrmente bien como para que, una vez más, Hollywood pusiera sus ojos en él con la idea de diseñar una adaptación para la pantalla grande. Uno de los principales impulsores del proyecto fue el director Sam Raimi mediante Renaissance Pictures, la productora que fundó junto a sus amigos Rober Tappert y Bruce Campbell, a la que se sumaron otras como Largo Entertainment, JVC Entertainment Networks y Signatue Pictures mientras Universal Pictures se ocupaba de la distribución. Del guión se encargarían los mismos ideólogos del cómic, Mike Richardson y Mark Veheiden, este último reconvertido de autor de cómics a productor y escritor en todo tipo de proyectos para la televisión y el cine en muchas ocasiones, como la presente, basados en sus trabajos en papel. Para dirigir el proyecto se eligió al veterano Peter Hyams, ducho en temática de ciencia ficción con propuestas como Capricornio Uno (1978), Atmósfera Cero (Outland, 1981) o 2010: Odisea Dos (1984) y de encabezar el reparto un Jean-Claude Van Damme en lo más alto de su carrera con las espaldas bien cubiertas por Mia Sara (Legend), Ron Silver (Acero Azul), Bruce McGuill (Lincoln) o Gloria Reuben (Mr. Robot)




Diez años después de que su esposa Melissa (Mia Sara) fuera brutalmente asesinada en pleno 2004 el agente Max Walker (Jean-Claude Van Damme) es un policía al servicio de la Comisión de Control de Tiempo (TEC), división dedicada a impedir que personas viajen en el tiempo para beneficiarse ilícitamente y cambiar de esta manera la historia. Walker comenzará a investigar el caso del senador Aaron McComb (Ron Silver) candidato a la presidencia que mediante estos viajes temporales viaja al pasado para moldear su porvenir para con ello conseguir llegar a la Casa Blanca. A partir de entonces la misión principal de Walker será poner freno a las artimañas políticas del potencial presidente del gobierno, aun con la negativa de su superior el comandante Eugene Matuzak (Bruce McGill). Todo se tuerce cuando el protagonista viaja a 1994 con su nueva compañera, la agente Sarah Fielding (Gloria Reuben) y el intento de detención del senador de aquella línea temporal es impedida por el de 2004 que guarda más de un secreto. Desde ese mismo momento la historia será cambiada y todo empezará a ponerse cada vez peor para nuestro protagonista.




Timecop sólo toma del cómic original el título, el planteamiento y algunos apuntes estéticos del dibujo de Ron Randall. Más allá de eso Mark Verheiden y Mike Richardson construyen un argumento que tiene poco que ver con el expuesto por ellos mismos en los tres números de la miniserie de Dark Horse Comics. Como si de la adaptación de un relato de Philip K. Dick o un homenaje parcial a Terminator (James Cameron, 1984) se tratase ambos guionistas y el equipo técnico, capitaneado por un viejo zorro como Peter Hyams, construyen una amalgama entre ciencia ficción, relato neo-noir y western con las consabidas secuencias de acción propias, no sólo de los largometrajes protagonizados por el actor belga, sino por el grueso de action heroes de los 80 que triunfaron a la hora de elegir nuevos, y más ambiciosos, proyectos en la década de los 90. Aunque ya coqueteó con el subgénero en Soldado Universal (Roland Emmerich, 1992) con Timecop Jean-Claude Van Damme no quiso ser menos que sus compañeros Arnold Schwarzenegger y Syvester Stallone que ya habían incursionado en el celuloide distópico con gran éxito. El primero con las dos primeras entregas de Terminator o Desafío Total (Total Recall, 1990) y el segundo con la por aquel entonces todavía reciente Demolition Man (Marco Brambilla, 1993) con un resultado que no pudo ser más beneficioso para él.




El guión de Mark Verheiden y Mike Richardson está repleto de lugares comunes y no inventa nada en lo referido a los relatos sobre viajes temporales, pero hay una impecable concreción y solidez en su construcción digna de elogio. La primera escena, localizada en el año 1863 durante la Guerra Civil de Estados Unidos, en la que un asaltante insta a unos soldados confederados a que le entreguen un cargamento de oro negándose estos y respondiendo el primero disparándoles con unas modernas armas automáticas sintetiza en menos de cinco minutos la esencia e intencionalidad lúdica de una obra como Timecop. Tras este prólogo los escritores consiguen diseñar una historia sólida, coqueteando con los preceptos de distinto tipo de cine de género perfectamente ensamblados y discurriendo en notoria armonía. El largometraje presume de un presupuesto holgado y unas pretensiones notablemente superiores a las de la mayoría de obras previas protagonizadas por el actor de Contacto Sangriento (Bloodsport, Newt Arnold, 1988) o Kickboxer (Mark DiSalle, David Worth, 1989), pero en ningún momento aspira a ser algo más que un producto de entretenimiento bien compactado.




Que Sam Raimi y sus colaboradores eligieran a un veterano como Peter Hyams para rodar Timecop posiblemente supuso uno de los mayores aciertos del proyecto. Peter Hyams es un profesional con algunas particularidades muy poco comunes siendo un artesano siempre al servicio de Hollywood, como ser el encargado de la dirección de fotografía de todos sus trabajos desde que rodara 2010: Odisea Dos (1984), la infravalorada secuela del clásico de Stanley Kubrick inspirado en los textos de Arthur C. Clarke. Hyams despliega todos sus conocimientos dentro del cine de género en Timecop, siendo el principal artífice de que esa amalgama de tonos y conceptos a la que apelábamos anteriormente desfilen con una homogeneidad intachable en pantalla. Ciencia ficción, cine negro, secuencias de acción rodadas y editadas con verdadero aplomo e incluso apuntes de terror en la recta final con el asedio a la casa de los Walker dan buena muestra de la efectividad de un cineasta a reivindicar capaz de coquetear con casi todos los géneros que volvió a colaborar con Jean Claude Van Damme en Muerte Súbita (1995) y Cerco al Enemigo (Enemies Closer, 2013).




Como ya hemos afirmado Timecop se sale de la ortodoxia de los productos prototípicos que hasta ese momento había protagonizado en Hollywood el actor originario de Bruselas. Pero no es eludible que el film sigue siendo un vehículo para el lucimiento de las por aquel entonces insuperables capacidades físicas del protagonista de Libertad Para Morir (Death Warrant, 1990) o Blanco Humano (Human Target, John Woo, 1993) desplegadas a lo largo y ancho de todo el metraje. A Van Damme le da la réplica, y devora en pantalla cada vez que comparten encuadre, el tristemente fallecido Ron Silver (El Ente) como el sádico senador Aaron McComb, un político rastrero y homicida abordado desde una leve pátina de sátira verhoeveniana que incluye algún que otro aguijonazo al reaganismo de los años 80. Mia Sara, Bruce McGill, Gloria Reuben, Scott Bellis o un breve Kenneth Welsh complementan un reparto que ayuda a dar cohesión a una pieza de la que poco se puede poner en entredicho en lo referido a un apartado artístico tan competente como agradecido a la hora de dar vida a sus unidimensionales personajes.




Un servidor siempre ha defendido que las mejores películas de los action heroes de los 80 fueron aquellas que eran algo más que la típica muestra de acción facilona o el enésimo film centrado sólo en los conocimientos de artes marciales de algunos de sus protagonistas. Por eso podemos considerar Timecop como una de las mejores obras de dentro de la filmografía de “Los Músculos de Bruselas”. Un guión inteligente y bien rematado, un reparto acertadamente seleccionado, unos efectos digitales que supieron aprovechar la senda abierta por Terminator 2: El Día del Juicio manteniendo muy bien la compostura 35 años después de su diseño o un director solvente y profundo conocedor de su oficio hicieron el resto. Timecop se convirtió en el primer gran éxito de Jean-Claude Van Damme en Hollywood, a día de hoy sigue siendo su cinta más taquillera, dando lugar a una serie televisiva de corta vida, una secuela directa a vídeo protagonizada por Jason Scott Lee y Thomas Ian Griffith que vio la luz en 2003 y a un legado que en años posteriores ha podido verse de manera intermitente en productos tan dispares como Minority Report (Steven Spielberg, 2002), Looper (Rian Johnson, 2012) o El Ministerio del Tiempo (Javier Olivares, Pablo Olivares, 2015).




domingo, 1 de diciembre de 2019

Terminator: Destino Oscuro



Título Original Terminator: Dark Fate (2019)
Director Tim Miller
Guión James Cameron, Charles H. Eglee, Josh Friedman, David S. Goyer, Justin Rhodes
Actores Linda Hamilton, Mackenzie Davis, Natalia Reyes, Arnold Schwarzenegger, Gabriel Luna, Diego Boneta, Enrique Arce, Tristán Ulloa, Alicia Borrachero, Tom Hopper, Cassandra Starr, Brett Azar, Edward Furlong




En 1984 un desconocido guionista y director canadiense cuya única carta de presentación era su primer largometraje detrás de las cámaras, Pirañas II: Los Vampiros del Mar, con el que acabó muy decepcionado, estrenó una película independiente protagonizada por un culturista austriaco reconvertido en actor que dos años antes había conseguido su primer gran éxito con Conan: El Bárbaro, adaptación cinematográfica del personaje literario creado por el escritor Robert E. Howard. El director se llamaba James Cameron, el actor Arnold Schwarzenegger y la película Terminator. La historia de Sarah Connor huyendo de un letal cyborg del futuro que intentaba asesinarla para evitar el nacimiento de su primogénito, líder de la resistencia rebelde contra las máquinas en su adultez, se convirtió en un inesperado sleeper que recaudó 78 millones de dólares habiendo costado poco más de 6. 



The Terminator era una impecable y potente mezcla entre cine de terror, acción y distopía futurista con la que Cameron y sus colaboradores al guión, Gale Ann Hurd y William Whiser Jr, asentaron las bases de un microcosmos que en 1984 sólo había dicho su primera palabra de cara al público. Porque siete años después, en 1991, llegó Terminator 2: El Juicio Final, la primera secuela que, al igual que su hermana mayor, marcó un hito dentro de la historia del cine contemporáneo, pero por motivos muy diferentes. Esta segunda entrega era casi un remake del film primigenio con el que James Cameron no sólo facturó una de las mejores películas de acción y ciencia ficción de los 90, sino que consolidó el uso de los efectos digitales por ordenador dentro de Hollywood. Unos tan elaborados y minuciosamente adheridos a la narración que hoy día, casi treinta años después de su estreno, siguen luciendo espectaculares en pantalla.




Terminator 2: El Juicio Final es una obra maestra dentro del género al que se adscribe. En su momento fue la película más cara y una de las más taquilleras de la historia del cine. La calidad de todos sus apartados se antojó tan descomunal que cualquier secuela de la franquicia que viniera tras ella iba a cargar con el handycap de ser comparada con ella y perder irremisiblemente. Así sucedió en 2003 con la, ya por aquel entonces innecesaria, llegada de Terminator 3: La Rebelión de las Máquinas, primera continuación alejada de la mano de James Cameron, pero con Arnold Schwarzenegger de vuelta. A pesar de mantener la dignidad gracias al buen hacer de un competente artesano como Jonathan Mostow (Breakdown, U-571) detrás de las cámaras, especialmente inspirado en las secuencias de acción, esta tercera parte era la primera en la que la escasez de originalidad y la idea de dar vueltas sobre lo planteado en los dos primeros largometrajes se convirtió en la seña de identidad de la saga.




Seis años después, y si no contamos la serie de televisión Terminator: Las Crónicas de Sarah Connor que se desarrollaba independientemente, Terminator: Salvation sirvió como una especie de reinicio o reboot de la franquicia situando la acción en el futuro apocalíptico en el que John Connor, en esta ocasión interpretado por Christian Bale, ejercía como líder de la resistencia humana contra las máquinas capitaneadas por Skynet. De este lavado de cara escrito por Michael Ferris y John Brancato, también autores del guión de la tercera entrega, dirigido por McG (Los Ángeles de Charlie, La Babysitter) y con Sam Worthington, Anton Yelchin, Bryce Dallas Howard, Helena Bonham Carter o Michael Ironside entre los secundarios lo decimos todo si tenemos en cuenta que lo más recordado de ella a día de hoy es el audio que recoge la impresionante bronca que el actor de Batman Begins echó al director de fotografía Shane Hurlbut en pleno rodaje. El primer intento por renovar la creación de James Cameron no ofreció los resultados esperados, pero en Hollywood en lugar de dejar las cosas como estaban para no empeorarlas volvieron a intentarlo seis años después.




En 2015 Terminator: Génesis fue un intento desesperado por contentar a fans veteranos y espectadores neófitos. En una vuelta de tuerca imposible esta quinta parte era por un lado otro reseteo y por otro una continuación de la primera película a la que volvía, literalmente, por medio de una rebuscada trama, escrita por Laeta Kalogridis y Patrick Lussier, repleta de viajes y paradojas temporales, construida sobre la impersonal puesta en escena de Alan Taylor (Thor: Mundo Oscuro, Juego de Tronos) y rematada con un casting demencialmente erroneo en el que Jason Clarke, Jai Courtney o Emilia Clarke, entre otros, interpretaban a personajes icónicos a los que ninguno de ellos hacía justicia. Aunque Arnold Schwazenegger volvía a interpretar a otro T-800 y el mismo James Cameron tuvo palabras de alabanza hacia ella, antes de su estreno, Génesis no gustó a casi nadie, no funcionó en taquilla como se esperaba y debería haber sido el último clavo en el ataúd del Universo Terminator. Pero ya sabemos que en la meca del cine tienen otra manera de pensar.




A mediados de 2017, sólo dos años después de la debacle de la última entrega, Skydance Media, Paramount Pictures y 20th Century Fox confirmaban que James Cameron como productor y Tim Miller (Deadpool, Love, Death and Robots) en labores de dirección estaban preparando una nueva película de Terminator a modo de continuación directa de las dos primeras cintas, obviando por ello las otras tres posteriores. Poco a poco íbamos recibiendo noticias del proyecto, entre ellas el previsible regreso de Arnold Schwazenegger y el no tanto de Linda Hamilton en su papel de Sarah Connor e incluso Edward Furlong como su hijo. Dicha concesión a esa nostalgia que en la actualidad llega a incluso nublarnos la razón y el sentido común despertó el interés de propios y extraños. Al reparto se unieron caras nuevas como las de la canadiense Mackenzie Davis y una mezcla de actores estadounidenses, latinoamericanos y españoles entre los que encontramos a Natalia Reyes, Gabriel Luna, Diego Boneta, Tristán Ulloa, Alicia Borrachero o Enrique Arce. En cuanto al guión David S. Goyer, Justin Rhodes, Billy Ray se ocupan de adaptar para la pantalla una historia original escrita por los dos primeros junto a James Cameron, Charles H. Eglee y Josh Friedman.




Desde su prólogo Terminator: Destino Oscuro comienza a construir una trama que se irá debilitando poco a poco hasta su recta final. Esos apresurados primeros compases en los que se minimiza, desmitifica y reduce a la nada todo lo acontecido en Terminator 2: El Juicio Final asientan una enclenque base argumental que transitará por lugares comunes vistos hasta el hartazgo en la franquicia añadiendo en el proceso justificaciones narrativas del todo inviables, llegando a producir hasta sonrojo en no pocas ocasiones. La estructuración de Terminator: Destino Oscuro es una amalgama de las dos primeras entregas, con dos viajeros del futuro llegando al presente, uno para matar a una persona que contraerá una relevancia capital en el año 2042 y otro para intentar salvarla. Nada nuevo en horizonte en lo referido a la construcción de la saga que, salvo en Terminator: Salvation, siempre ha utilizado el mismo y manido esquema impidiendo al universo cinematográfico de Terminator evolucionar mínimamente.




Otra muestra de la endeblez del argumento tejido por los cinco guionistas es la gratuidad con la que están incluidos los personajes de Linda Hamilton y Arnold Schwarzenegger. El ya citado prólogo es la excusa para insertar a Sarah Connor en la trama, un personaje que aunque se revela como lo mejor de la velada por el carisma y la entrega de la veterana actriz podría ser extirpado de raíz del relato sin que este se resintiera un ápice concentrando la trama en Grace y Dani huyendo del REV-9. Lo del protagonista de Depredador o El Último Gran Héroe (Last Action Hero) es incluso más sangrante, no sólo por su forzosa inclusión en el largometraje sino por la peregrina justificación y vergonzosa explicación que dan los autores del guión a su inclusión social durante más de veinte años. En ese punto a un servidor no le quedó más remedio que echarse las manos a la cabeza ante la sarta de disparates relacionados con este nuevo T-800 interpretado por el ex Mister Olympia y retratado con una pátina de comicidad que funciona entre poco y nada de cara al espectador. Aunque por suerte no es tan exagerada y vergonzante como en Terminator: Génesis.




En cuanto al trabajo de Tim Miller detrás de las cámaras se nota su intención por, dentro de las limitaciones establecidas por una superproducción gestada en el seno de Hollywood, minimizar el uso del CGI en las escenas de acción más espectaculares. Algo curioso si tenemos ne cuenta que antes de ejercer como director se curtió profesionalmente en ese ámbito dentro del séptimo arte. Sirva de ejemplo la primera persecución con vehículos en la que se perciben carreras, choques y explosiones reales en varios momentos concentrándose los efectos digitales por ordenador de manera casi exclusiva en el personaje de Gabriel Luna. En líneas generales la puesta en escena del realizador de Deadpool es competente y sabe aprovechar el abultado presupuesto que tiene a su disposición, pero hay ocasiones puntuales en las que los ya mencionados CGI se muestran notablemente ineficaces, sobre todo en los instantes en los que los personajes saltan o aterrizan desde grandes alturas. Pero como mencionamos los pasajes más dinámicos funcionan y la pelea del clímax final es satisfactoria aunque queden a años luz de cualquier secuencia de Terminator 2: El Juicio Final.




En lo referido al reparto de las nuevas incorporaciones sólo tienen verdadera relevancia los roles de Mackenzie Davis, Natalia Reyes y Gabriel Luna, ya que el resto del cast son secundarios incidentales y de poca importancia. La primera convence gracias a su entrega física en un personaje que no demanda mucho más que eso, pero que ella resuelve con soltura. En cambio a la actriz de origen colombiano le viene grande su criatura en casi todo momento y ni siquiera cuando toma un perfil más activo en la trama consigue ser resolutiva a pesar de su notorio esfuerzo. Por último Gabriel Luna consigue mostrarse como una amenaza física aceptable, pero su composición es demasiado plana y desangelada, a años luz de la milimétrica asepsia del T-1000 al dio vida un enorme Robert Patrick. Como ya hemos apuntado es Linda Hamilton la actriz que se roba la velada, porque a pesar de quedar lejos los años en los que lucía físico fibrado y rotundo su presencia magnética y con efectivos golpes de humor la encumbran dentro del cast. En cambio Arnold Schwarzzeneger sólo puede aprovechar los rescoldos que quedan de la versión del T-800 al que interpretó en las dos primeras películas y que en las posteriores entregas ha ido adentrándose en el ridículo y en un tan ineficiente como innecesario sentido de la autoparodia que, como previamente hemos comentado, tocó fondo en la anterior Terminator: Génesis.




Terminator: Destino Oscuro podía haber supuesto la oportunidad perfecta para que James Cameron recondujera la saga que creó hace treinta y cinco años. Pero tanto él como sus colaboradores más cercanos han ejecutado la enésima repetición de esquemas adscritos a su universo ficcional reconocible. Tenemos otro siniestro futuro distópico, otra inteligencia artificial que pone a las máquinas en contra de la humanidad, a otro ser humano dirigiendo a la resistencia y cuya misión es mandar a una persona de su confianza al pasado para cambiar el futuro mientras esta se alía o enfrenta con variantes de terminators. Más allá de la labor de algunos de los miembros del reparto que ya hemos mencionado o el sano afán de los máximos responsables del largometraje a la hora de apelar por una diversidad racial y de género a la hora de diseñar varios de los personajes principales nos encontramos con la enésima rudimentaria y prescindible secuela de Terminator. Esperemos que los pobres resultados de taquilla que está obteniendo sirvan para que Hollywood deje a la franquicia dormir de una vez ese merecido sueños de los justos en el que debería haberse sumergido en 1991 cuando pudo despedirse por todo lo alto y en su máximo esplendor.