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domingo, 17 de junio de 2018

Jurassic World: El Reino Caído



Título Original Jurassic World: Fallen Kingdom (2018)
Dirección J.A. Bayona
Guión Colin Trevorrow y Derek Connolly, basado en personajes de Michael Chricton
Reparto Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, James Cromwell, Rafe Spall, Toby Jones, Justice Smith, Daniella Pineda, Ted Levine, Geraldine Chaplin, Jeff Goldblum, B.D. Wong, David Olawale Ayinde





Después de dormir el sueño de los justos durante casi quince años Steven Spielberg decidió resucitar en 2015 una de las franquicias, adscritas a su filmografía, más exitosas de la historia del cine comercial reciente. Jurassic World venía a tomar el relevo de aquella trilogía nacida en 1993 con la adaptación de Parque Jurásico, el exitoso best seller de Michael Chricton que el autor de La Lista de Schindler convirtió en un producto ejemplar aunando calidad y comercialidad, y teniendo su continuación en las menores El Mundo Perdido (1998) y Parque Jurásico III (2001). El director elegido por Spielberg para ponerse detrás de las cámaras fue Colin Trevorrow (Seguridad No Garantizada), del guión se ocuparon este último junto a Rick Jaffa, Amanda Silver y Derek Connolly y el reparto estuvo formado por estrellas como Chris Pratt (Vengadores: Infinity War), Bryce Dallas Howard (Spider-Man 3) o Vincent D’Onofrio (Daredevil) entre otros. El éxito de taquilla fue descomunal y la crítica abrazó con agrado este reinicio de la saga que no dejaba de ser un producto construido sobre la nostalgia y el fanservice agradablemente servido para contentar tanto a los que se criaron con las anteriores entregas y vivieron de primera mano la “dinomanía” como a las nuevas generaciones de espectadores que disfrutaron de esta isla temática en la que dinosaurios de todo tipo campaban a sus anchas sembrando el caos y el terror para desgracia de los humanos que allí se encontraban confinados. La inevitable secuela, titulada Jurassic World: El Reino Caído, llegó este fin de semana a las carteleras de todo el mundo tres años después de su predecesora y el mayor cambio con respecto a aquella es en la dirección, cediendo Colin Trevorrow su puesto al español J.A. Bayona sumergiéndose este por primera vez en una gran superproducción estadounidense después de llamar la atención internacional con Lo Imposible y Un Monstruo Viene a Verme o haber participado en series de renombre como Penny Dreadful.




Jurassic World: El Reino Caído se revela, en cierta manera, como la evolución natural de su predecesora y lo es de modo tan ortodoxo que esto se convierte en uno de sus mayores defectos. La segunda entrega de este reinicio del universo jurásico inspirado en la pluma de Michael Chricton sigue en varios aspectos los preceptos establecidos por la anterior trilogía y no es descabellado ver en la estructura de su narración un émulo de lo que supuso El Mundo Perdido para Parque Jurásico, una continuación a la búsqueda de expandir su universo y ofrecer una faceta más oscura de lo planteado en su primer y exitoso episodio, pero sin encontrar la inspiración y el equilibrio necesarios para estar a la altura de las circunstancias. Por tanto la historia comienza en un entorno selvático, el de la famosa isla temática en la que se había desatado el caos una vez los dinosaurios se descontrolaron y tomaron todo el territorio, para más tarde volver a la civilización y extrapolar allí la acción con no pocos paralelismos estructurales con las distintas versiones cinematográficas ofrecidas a lo largo de los años de King-Kong. De esta manera podemos dividir Jurassic World: El Reino Caído en dos películas diferenciadas, una aventura clásica en un terreno hostil y una cinta de terror con resonancias góticas localizada en la mansión de Benjamin Lockwood y sus inmediaciones.




Estas dos localizaciones sirven, sobre todo, para que J.A. Bayona demuestre su versatilidad como narrador de historias y realizador que sabe adaptarse a un proyecto tan descomunal como el que nos ocupa. Tanto en la primera mitad en la que los personajes de Chris Pratt y Bryce Dallas Howard, acompañados por los hombres de Eli Mills (Rafe Spall), deben rescatar a los dinosaurios de la Isla Nublar cuyo volcán se encuentra en erupción como en la segunda en la que dichas criaturas llegan a la mansión del magnate Benjamin Lockwood (James Cromwell) el director de El Orfanato hace gala de una soltura encomiable a la hora de ofrecer lo que se le exige, espectáculo puro y duro. La principal misión de un profesional contratado por Steven Spielberg para dirigir una de las entregas de su franquicia es clara, hacer que los dinosaurios, los verdaderos protagonistas de la velada, luzcan de manera vibrante en pantalla y a fe mía que el barcelonés lo consigue. La fauna y los cuantiosos efectos digitales que ponen a disposición del director hacen que este saque lo mejor de sí mismo como un artesano que sabe cual es su cometido y las limitaciones impuestas a la hora de abordar una pieza como esta, llegando a ejecutar pasajes bordeantes en la genialidad como el que tiene lugar dentro del vehículo esférico sumergido en el agua o esa peculiar visita a la habitación de Maisie Lockwood (Isabella Sermon) con reminiscencias visuales deudoras hasta del expresionismo alemán.




Por desgracia la destacada labor de J.A. Bayona como trabajador con suficientes aptitudes para adaptarse a la maquinaria hollywoodiense sin mayores problemas se ve ensombrecida por un deficiente guión a manos de Colin Trevorrow y Derek Connolly cuya inconsistencia delata la posibilidad de haber sido elaborado de manera tan escasa como poco profesional. El libreto de Jurassic World: El Reino Caído es un compendio de lugares comunes, ideas trilladas y decisiones arbitrarias paupérrimamente justificadas sustentadas en una previsibilidad alarmante que nos hace descifrar desde el mismo arranque del film no sólo todos los hechos que van a ir tomando forma a lo largo del metraje sino también hacia dónde virarán esos personajes que “no son lo que parecen” y a los que se ve venir a kilómetros. Estas carencias con respecto a una originalidad que brilla por su ausencia ofreciéndonos así un blockbuster prototípico sin deparar ninguna sorpresa y aferrándose a un conservadurismo narrativo que bordea lo insultante se ensambla con una construcción argumental endeble en la que muchas de las situaciones se suceden en pantalla de manera forzada, inconexa y con una predisposición a dejar cabos sueltos y agujeros de guión que terminan por dilapidar un apartado de escritura que sólo destaca a la hora de mostrar el sufrimiento de los dinosaurios siendo utilizados a modo de mercancía o cobayas por la egoísta mano del ser humano, aunque el hecho de que la platea empatice con dichas criaturas recae de nuevo en un J.A. Bayona que ofrece verdadero sentimiento en los pasajes más dramáticos relacionados con ellas gracias a su puesta en escena.




Para colmo estas deficiencias en lo referente a la correcta viabilidad del guión también se extienden a unos personajes que en su mayor parte no dejan de ser estereotipos andantes. Más allá del buen hacer de Chris Pratt y Bryce Dallas Howard, dando vida a Owen Grady y Claire Dearing, que ya conocen a unos personajes con los que se sienten cómodos, aunque en esta ocasión la química no es tan compacta como en Jurassic World, los secundarios de esta secuela se sustentan en una dimensionalidad plana que o bien los muestra en pantalla como los roles maniqueos que son o por medio del artificio intentando jugar al despiste con respecto a sus verdaderas intenciones, pero haciéndolo con cartas marcadas y yendo de farol durante toda la partida, delatando sus intenciones bien pronto. Por mucho que contemos en el reparto con respetados veteranos como James Cromwell (A Dos Metros Bajo Tierra) o Geraldine Chaplin (El Hombre Lobo), profesionales de sobrado talento como Toby Jones (Capitán América: El Primer Vengador) o nuevas promesas como Rafe Spall (The Ritual) y todos ellos acometan su labor con la profesionalidad esperada ninguno puede sacar oro de unos personajes apenas esbozados moviéndose entre clichés manoseados hasta lo extenuante dentro de este tipo de producciones, llegando en ocasiones a parecer émulos sin carisma de varios de los secundarios que pudimos ver en la primera trilogía en general y las dos cintas rodadas por Steven Spielberg en particular.




Si bien es cierto que como carta de presentación para J.A. Bayona de cara a labrarse un futuro en Hollywood el resultado no puede ser mejor como secuela de su predecesora o simple blockbuster Jurassic World: El Reino Caído se revela como una oportunidad desaprovechada de haber extendido lo ya planteado en 2015 por culpa de su conservadurismo y deficiente escritura. Sí, tenemos la diversión, el escapismo, el fanservice y la espectacularidad, siendo la de entretener al respetable la principal y única misión autoimpuesta por una producción como esta que no busca nada más que eso a lo largo de 128 minutos de metraje y consiguiéndolo en todo momento. Pero llega a ser agotador volver a ver por millonésima vez la misma fórmula de siempre a la hora de facturar superproducciones estadounidenses, entregándose a los prostituibles brazos de la facilidad y eludiendo cualquier atisbo de riesgo o aspiración artística, para colmo con un guión que deja mucho que desear en no pocos aspectos. Más allá de eso nos queda un pasable fuego de artificio cuyo clímax nos deja patente su naturaleza de “película bisagra” que deja el terreno fértil para el cierre de esta nueva trilogía en el que Colin Trevorrow volverá a ponerse detrás de las cámaras y con ello dar supuesto final a un reinicio cuya intencionalidad puramente recaudatoria sustentada en la desgana y la nula originalidad nos deja cada vez más patente que su mera existencia es tan intrascendente como innecesaria.


sábado, 15 de octubre de 2016

Un Monstruo Viene a Verme



Título Original A Monster Calls (2016)
Director J.A. Bayona
Guión Patrick Ness, basado en su propia novela
Reparto Lewis MacDougall, Sigourney Weaver, Felicity Jones, Liam Neeson, Toby Kebbell, Geraldine Chaplin, James Melville, Garry Marriott, Joe Curtis, Kai Arnthal, Max Gabbay




Con sólo tres largometrajes Juan Antonio Bayona se ha convertido en uno de nuestros cineastas más internacionales. Procedente del mundo del videoclip y el cortometraje, el catalán debutó en el mundo del largo con El Orfanato en 2007, una mezcla entre terror y drama con una soberbia Belén Rueda como sufrida protagonista que sin inventar nada (los ecos a Supense, Al Final de la Escalera o su compatriota Los Otros, eran claras) conseguía hacer buen uso de los resortes narrativos de ambos géneros. Cinco años después dio el salto internacional (aunque en una producción que seguía siendo española, con la asociación de Apaches Entertainment y Telecinco Cinema) con Lo Imposible, un film basado en hechos reales que narraba la supervivencia de una familia al famoso Tsunami que arrasó Tailandia en 2004 y que tenía como protagonistas principales a Ewan McGregor, Naomi Watts y Tom Holland, el actual Spiderman de Marvel Studios, un excelente trabajo en todos sus apartados que sólo pecaba por entregarse en demasiadas ocasiones a cierta pornografía sentimental. Después de rodar algunos episodios para series americanas como Penny Dreadful y un cortometraje documental llamado 9 Días en Haití J.A. Bayona vuelve a la pantalla grande con un proyecto en el que se embarcó después de caerse como director de la secuela de Guerra Mundial Z. Este último film titulado Un Monstruo Viene a Verme (A Monster Calls en inglés) es una adaptación de la novela homónima escrita por el periodista y novelista Patrick Ness que en esta ocasión se ocupa también del guión de la obra. El último proyecto de Bayona detrás de las cámaras no sólo es su obra más redonda, sino también para el que suscribe el mejor film de lo que llevamos de 2016. Un triunfo total al que pocos fallos se le pueden achacar.




Un Monstruo Viene a Verme cuenta la historia de Conor (Lewis MacDougall) un chico de doce años, hijo de padres separados, que a parte de sufrir los abusos de algunos compañeros de clase tiene que asumir la enfermedad de su madre (Felicity Jones) que padece cáncer, la autoridad de su estricta abuela (Sigourney Weaver) que trata de hacerse cargo de él ante la ausencia de su progenitora mientras permanece en el hospital y la llegada de su padre (Toby Kebbell) tras conocer el delicado estado de salud de su ex mujer. Una noche Conor recibe en su dormitorio la visita de un enorme monstruo (Liam Neeson) en forma de un árbol de grandes proporciones que según sus propias palabras le contará tres historias tras las cuales él finalmente podrá verse en situación de narrar una cuarta que tendrá que ver con su vida y sus actuales miedos. Este es el argumento de Un Monstruo Viene a Verme, sacado de la novela de Patrick Ness, y en poco se aleja de la temática literaria de autores adscritos al género fantástico como Michael Ende o Terry Pratchet o a cineastas como el norteamericano Terry Gilliam que con obras como Héroes del Tiempo (Time Bandits), Brazil o El Imaginario del Doctor Parnassus se ha convertido con los años en uno de los cineastas que con más pericia a abordado la idea de huir de la cruda realidad por medio de la imaginación o la locura.




Un servidor tenía buenas vibraciones con respecto a este proyecto, no sólo por la sobrada soltura de Bayona como cineasta, sino también porque hace unos años vi en televisión un cortometraje rodado por él en el año 2002 titulado El Hombre Esponja que abordada con acierto una mezcla genérica entre fantasía y drama con un argumento muy parecido al de esta Un Monstruo Viene a Verme de la que fácilmente pudo haber sido el germen. El resultado de su último largometraje es sencillamente brillante y la sublimación de la quintaesencialidad del estilo Bayona, una propensión por amalgamar cine de género (terror, catástrofes, fantasía) con el drama, aunque cometiendo algún fallo con este último ya habitual en su impronta, par dar forma a la última entrega de lo que se ha conocido como la trilogía de las relaciones maternofiliales que empezó con su debut detrás de las cámaras y acaba con el proyecto que nos ocupa. El catalán consigue fusionar con una pericia magistral las dos vertientes de la obra, permitiendo no sólo que el realismo no chirríe a la hora de convivir con la fantasía, sino también creando una sólida armonía entre ambas que se solidifica en el relato desde la primera (y soberbia) aparición del Monstruo y no desaparece hasta el último plano que cierra la obra.




Esta convergencia entre distintos géneros se revela de una construcción narrativa impecable cuando descubrimos que las apariciones del Monstruo sirven para que el drama que vertebra la historia central se desarrolle gradualmente y vaya ganando profundidad emocional. Esto confirma que el sustrato fantástico de la obra se cohesiona de tal manera con el real que si elimináramos el sentido de la metáfora y la simbología de la narración y la relación de la criatura con Conor se redujera a sus propios pensamientos sin ser metabolizados en pantalla en la forma de la enorme figura con apariencia de tejo a la que pone rostro (por medio de la captura de movimiento) y voz Liam Neeson el film podría haber sido un drama sobre el miedo y la madurez que hubiera fluido sin ningún problema, pero Bayona y su guionista rizan el rizo y cogen todos los problemas emocionales del personaje principal para amalgamarlos en una representación física descomunal, visualmente epatante y ejecutada con un sabio uso de unos efectos CGI que convierten al Monstruo en un ser palpable, cercano, tan intmidante como tierno. La presencia del Monstruo no sólo tiene una coherencia desarmante dentro del conjunto de la obra cinematográfica, también es expuesta en pantalla como un prodigio estilístico que se extiende por toda la imaginería que le rodea, ya que pasajes como los de las dos historias animadas sobre la Bruja y el Boticario (dos pequeñas obras de arte dentro de la película) el del ataque de ira en el comedor del colegio (esos dos puños cerrándose a la vez como si fueran uno solo) o la destrucción de la casa de párroco en la que Conor y el Monstruo casi se mimetizan en una misma figura pueden considerarse algunos de los mejores momentos cinematográficos del presente 2016.




Otra de las mayores virtudes de J.A. Bayona desde sus inicios en el mundo del cortometraje es su habilidad como director de actores, sacando lo mejor de los intérpretes que protagonizan sus obras cinematográficas, sobre todo en lo que a las actrices se refiere, ya que sólo tenemos que recordar las enormes labores de Belén Rueda y Naomi Watts en El Orfanato y Lo Imposible respectivamente para confirmar el especial tacto del catalán para trabajar conjuntamente con sus repartos. Un Monstruo Viene a Verme corrobora esta teoría con la enorme labor de un cast implicado en el proyecto y en el que todos saben driblar con un relato de un dramatismo más que notable que ellos resuelven con nota. Los primeros pasos en el largometraje de Lewis MacDougall son poco prometedores, cierta bisoñez y su inexpresividad juegan en su contra, pero poco a poco va haciéndose con su rol cuando el drama se va apoderando del desarrollo de acontecimientos y se empiezan a plantear desde el guión interesantes apuntes sobre el Bullying, la fe o las falsas apariencias que a veces proyectan las personas que nos rodean. Felicity Jones es el personaje más complicado de la película, no sólo por ser el núcleo central del devenir de la misma sino porque indebidamente abordado puede dar pie a lo lacrimógeno y tremendista, y aunque la protagonista de La Teoría del Todo o la próxima Star Wars: Rouge One hace una excelente labor Bayona utiliza en ocasiones su desgracia para adentrarse en cierto sensacionalismo emocional como también sucedió en su film anterior, aunque todo esté justificado en un sentido narrativo. Sigourney Weaver aporta señorío y veteranía a su papel de estricta pero justa abuela y Toby Kebbel queda un poco por debajo de sus compañeros como el padre de Conor, haciendo bien su labor, pero siendo eclipsado por el resto del reparto.




Antes de embarcarse en la mastodóntica secuela de Jurassic World que Steven Spielberg va a poner a su disposición con todos los medios propios de una superproducción hollywoodiense J.A. Bayona ha firmado la que es a día de hoy su mejor película como cineasta. Recomiendo olvidar la machacona e insoportable publicidad que Mediaset ha hecho de la obra, porque la adaptación que el español ha elaborado de la novela homónima de Patrick Neeson, con la inestimable ayuda de este al guión, no sólo merece totalmente la pena, es que para el que suscribe es la película más redonda y atractiva del 2016, no sólo por lo bien que está ejecutada en todos sus apartados, sino también por abordar una temática que siempre ha sido una de mis debilidades, la de una aterradora realidad que devora a los soñadores. El director de Lo Imposible ha querido realizar su El Laberinto del Fauno, y aunque no llega a los niveles de excelencia de la incotestable obra maestra del mexicano Guillermo del Toro (de cuya obra Un Monstruo Viene a Verme bebe en no pocas ocasiones) ha diseñado una pequeña joya en la que sus virtudes como narrador (una puesta en escena apabullante, una dirección de actores envidiable, un control ferreo de las altas tecnologías para que estas siempre estén al servicio de la historia y no al revés) solapan a su fallos (esa inclinación por el tremendismo dramático con el que incitar al espectador a soltar la lágrima de rigor) para ofrecer a la platea un efectivo manual para afrontar (que no vencer) sentimientos como el miedo, la culpa o la pérdida. En el proceso nos deja por el camino un puñado de imágenes y diálogos para la estantería del recuerdo y la idea de que muchos espectadores nunca volveremos a quedarnos indiferentes cuando un reloj marque las 12:07 horas de la madrugada.



viernes, 23 de noviembre de 2012

Lo Imposible



Título Original The Impossible (2012)
Director Juan Antonio Bayona
Guión Sergio G. Sánchez
Actores Naomi Watts, Ewan McGregor, Tom Holland, Geraldine Chaplin, Marta Etura, Oaklee Pendergast, Samuel Joslin, Dominic Power, Sönke Möhring, Olivia Jackson, Natalie Lorence, Nicola Harrison, Bruce Blain, Johan Sundberg, Teo Quintavalle, Jan Roland Sundberg




He tardado bastante en ir a ver Lo Imposible, porque no he podido ni querido evitarlo. Antes de su estreno no eran pocas las ganas que tenía de degustarla, me llamaba mucho la atención que un director español abordara en su segunda película una temática de este tipo y el trailer aumentaba mis deseos de ir a las salas para verla. Pero con su estreno llegó el éxito y con este la sobreexposición de la película y la brutal y cansina publicidad que sobre todo Tele 5 (productora de la cinta) hacía del ella a todas horas, sobre cualquiera de sus apartados (música, efectos especiales, actores). Llegado a un punto me saturé y decidí dejar pasar el tiempo hasta que la fiebre, por la que ya es la película española más taquillera de la historia de nuestro cine, pasara. Hoy ya he podido verla y me he encontrado con una obra interesante, remarcable, intensa, pero con algunas taras que la hacen imperfecta.




Una familia (española aunque en el film no se mencione, si mal no recuerdo) formada por un matrimonio y sus tres hijos varones que vivía en Japón decidió pasar la Navidad del año 2004 en Tailandia. Por desgracia, mientras estaban en su hotel, fueron testigos de la llegada del Tsunami que arrasó la costa del Sudeste Asiático. Este fenómeno natural que erradicó cientos de miles de vidas fue el hecho que dio pie a la separación forzosa del núcleo familiar protagonista. Por un lado Henry (Ewan McGregor) y sus dos hijos menores Thomas y Simon y por otro María (Naomi Watts) acompañada del primogénito Lucas, emprendieron dos caminos distintos con un mismo fin, encontrar a sus parientes perdidos en un panorama desolador donde el caos y la destrucción lo habían arrasado todo.




Vaya por delante que Lo Imposible me ha gustado considerablemente, me parece una película interesante que confirma lo que ya pudimos ver en la estimable El Orfanato, que Juan Antonio Bayona es un director con talento y fuerza a la hora de narrar historias. Su última película es intachable en el apartado técnico y el artístico, un largometraje con todas las letras, pero con respecto a cómo es abordada la historia que cuenta se cometen algunos fallos formales que sin hundir el entramado que la sustenta sí la muestra como imperfecta y en ocasiones hasta algo manipuladora.




Parece que el hecho de que Lo Imposible esté basada en un hecho real y que los protagonistas de aquel suceso de naturaleza extrema se hayan implicado al 100% con la producción del film permite a Bayona tener carta blanca a la hora de mostrar emociones en pantalla y eso desde mi punto de vista es, en cierta manera, reprobable. Hay una innecesaria y algo sensacionalista recreación en el dolor que no tiene necesidad de ser al ser expuesta de este modo en la sala de proyección. El director no escatima escenas de personas agonizando, víctimas sufriendo lo indecible (con un abusivo y tramposo uso de niños pequeños) o regalando un considerable número de pasajes en los que se deleita con las lesiones físicas de los protagonistas, como lo de Naomi Watts subiendo al árbol, que es excesivo y prescindible desde mi punto de vista.




Supongo que todo lo que vemos en pantalla sucedió realmente, pero no veo la necesidad de que Bayona se recree de esa manera con la tragedia. Parece como si el autor quisiera meter el dedo en la llaga hasta el fondo con tal de conseguir emocionar al espectador y que este rompa en lágrimas ante el visionado de lo que se expone en pantalla. Desde mi punto de vista no hay que llegar a esto, por medio de la contención y la sutilidad se puede llegar al mismo fin sin utilizar un medio tan reprobable. Sirva como ejemplo que me llega más el lento plano cenital de todos los cadáveres metidos en bolsas y cajas que todos los travelling por parte del realizador para mostrar hileras de personas gritando de dolor por culpa de sus heridas físicas y psicológicas.




Con la sensiblería estaríamos en un caso parecido si no fuera porque aquí Bayona sabe cuando cortar por lo sano. Hay bastantes momentos en los que al cineasta se le va la mano con las emociones y recurre a golpes bajos para, de nuevo, agarrar al espectador por las solapas de mala manera y obligarle a que sienta la tragedia de sus criaturas, como podemos ver en esa demasiado idealizada y perfecta familia que se retrata en el prólogo del film para que cuando los inevitables hechos tengan lugar lo pasemos lo peor posible. Por suerte no son muchos estos pasajes y varios de ellos están bien resueltos y no acaban en desgracia. Por este tratamiento un poco sentimentaloide (Lucas ayudando a la gente del hospital a buscar a sus familiares perdidos) se ha comparado a Lo Imposible con gran parte de la obra de Steven Spielberg, recordemos, uno de los más grandes del medio pero en ocasiones también bastante dado al llanto fácil por medio de la institución familiar y sus alegrías o tristezas.





Pero no sólo de los fallos de Spielberg bebe Bayona, también de sus virtudes y ahí es donde Lo Imposible se hace fuerte, vivaz y poderosa. Para empezar la recreación de la llegada del Tsunami deja en pañales a la que rodara Clint Eastwood al inicio de aquella no del todo rescatable rara avis en su filmografía llamada Más Allá de la Vida (Hereafter) sobre todo porque el español dosifica más el uso de los efectos digitales, haciendo que su visión de aquella tragedia sea más palpable y por tanto real. Pero sobre todo por la magnífica utilización que hace del tempo narrativo (esa tensa calma antes de la llegada de la ola) y el poderosísimo control de los efectos de sonido, sobre todo los que se escuchan cuando los personajes están sumergidos y que acrecientan la sensación de desasosiego.





Técnicamente la película es irreprochable, Bayona posee un control del lenguaje cinematográfico sencillamente magnífico, sabe llegar al espectador, encuadrar con delicadeza y elegancia hasta en los momentos más terribles. Su dirección de actores es también muy profesional y meritoria, mostrándonos en pantalla a unos Ewan McGregor y Naomi Watts (sobre todo esta última) entregadísimos, reales y dolientes y unos críos que ofrecen un trabajo más que decente con sus roles. Curiosamente el reparto de intérpretes sabe esquivar por medio de la gestualidad, la emoción (casi siempre) contenida y el lenguaje corporal los momentos más lacrimógenos del film que anteriormente he comentado y permitiendo gracias a ello la empatía sincera con la platea.




Lo cierto es que lo más recuperable de Lo Imposible es su mensaje sobre la supervivencia, la perseverancia y la fuerza de los lazos sanguineos y afectivos. La historia de la familia emociona, está expuesta con sabiduría y muestra cine palpitante y vivo. Sí, en ocasiones a Bayona le pierde el amarillismo, pero esos momentos no ensombrecen los aciertos de un film que muestra un fino pero potente haz de luz esperanzadora que atraviesa la oscuridad existencial que vemos en pantalla por medio de emociones reales, latentes y finalmente triunfantes que hacen que la segunda película de este hombre que empezó dirigiendo videoclips de Camela se confirme, no como una obra perfecta o de visión obligada, sino como un largo memorable y de visionado altamente recomendable.




Porque Lo Imposible no es una gran película, pero sí contiene momentos de gran cine en su interior. Ese primer impacto en la piscina del hotel, la presencia y la ternura del personaje de Daniel (que no deja de ser una metáfora de la esperanza o la supervivencia) ese niño que instintivamente huele a su hermanos pequeños para confirmar su presencia, la breve aparición de la gran Geraldine Chaplin, ese trozo de vida en una hoja de papel o el inolvidable clímax durante la operación que pone el broche final a una obra que merece el éxito que tiene. Sólo espero que esa hostil publicidad con la que nos llevan machacando desde el día de su estreno no perjudique a una película que es digna de ser vista y experimentada, sobre todo en pantalla grande, porque desde mi humilde punto de vista, merece la pena a pesar de no ser perfecta.