jueves, 22 de diciembre de 2011

Misión Imposible IV: Protocolo Fantasma




Título Original Mission Impossible: Ghost Protocol (2011)
Director Brad Bird
Guión Christopher McQuirre, Josh Applebaum, Andre Nemec basado en los personajes de Bruce Geller
Actores Tom Cruise, Paul Patton, Simpon Pegg, Jeremy renner, Tom Wilkinson, Michael Nyqvist, Josh Holloway, Léa Seydoux, Vladimir Mashkov, Anil Kapoor, Michelle Monaghan, Ving Rhames




Cuarta y por ahora última entrega de la célebre saga cinematográfica auspiciada por el actor norteamericano Tom Cruise que sirvió para resucitar en pantalla grande el famoso serial catódico homónimo creado por el guionista Bruce Geller y que hizo furor en las televisiones de medio mundo de 1966 a 1973. Misión Imposible IV: Protocolo Fantasma no desentona ni varia apenas con respecto a las otras tres entregas, cuya primera parte se estrenó de manera bestialmente exitosa hace ya la friolera de 15 años.




Misión Imposible reventó las taquillas a nivel mundial en 1996. El film dirigido por un Brian de Palma que dijo haber acabado hasta la coronilla de las exigencias de Tom Cruise (también productor de la cinta junto a su socia Paula Wagner) y escrito por Robert Towne (Chinatown, La Tapadera), David Koepp (Carlito's Way, Parque Jurásico) y Steve Zaillian (La Lista de Schlinder, American Gangster) era un ejemplar y aparatoso thriller de espionaje muy bien rodado (la puesta en escena puramente depalmiana rara vez falla) con un extensísimo reparto internacional y mucha adrenalina. Un mix del que nacía un largometraje de puro entretenimiento palomitero y evasivo.




En el año 2000 llegó la secuela. El director de Scarface cedía (gustosamente) la batuta de la dirección a John Woo, experto en cine de acción hongkones y autor de films de culto como The Killer o la saga A Better Tomorrow en su China natal y que en su más bien fallida etapa americana ha dado una de cal y otra de arena con Cara a Cara, Broken Arrow o Blanco Humano. El resultado (de nuevo con Robert Towne a la escritura, pero esta vez bastante menos inspirado y en solitario) fue un inverosímil pastiche de acción desenfrenada, fiestas folkloricas españolas entremezcladas y mal digeridas, todo aderezado con constantes estilísticas del director metidas con calzador, como contínuas cámaras lentas o esas palomas que por muy adheridas que estén a su estética ni cristo sabía que hacían dentro de un bunker subterraneo.




2005, Cruise contrata al sobrevalorado nuevo Rey Midas de Hollywood, J.J Abrams para que debute en el mundo del largometraje con la tercera entrega de la saga. Misión Imposible III superaba ampliamente a la segunda parte, tenía un arranque ejemplar, escenas de acción muy bien realizadas, buenos secundarios y una conclusión poco menos que pueril. Se recuperaba en cierta parte el tono de la primera parte y Abrams demostraba por primera vez en su vida que también sabe hacer (y bien, como luego confirmó en Super 8, aunque no en la fallida Star Trek) otras cosas que no sean aprovecharse del buen trabajo que le ponen en bandeja sus asalariados directores, actores y guionistas.




Llegados al actual 2011 ve la luz la tercera secuela o cuarta entrega, Misión Imposible IV: Protocolo Fantasma. Tom Cruise se desvincula de Paula Wagner y encabeza en solitario las labores principales de producción del film (con la ayuda de J.J que no ha querido desvincularse completamente de la franquicia). Para sorpresa de muchos el protagonista de Nacido el 4 de Julio decide contratar los servicios del director Brad Bird, talentoso genio mundialmente conocido por obras maestras de la animación como El Gigante de Hierro o Los Increíbles o productos memorables como Ratatouille o la mítica serie de televisión Family Dog. Bird debuta en el cine de imagen real con el film que nos ocupa y su sello ciertamente queda diluido casi del todo en favor de la aparatosa producción del largometraje.




Mission Impossible: Ghost Protocol no es nada más y menos que lo que se espera de ella. Una entretenida cinta de acción protagonizada por espías. Sobreproducida, llena de acción sin tregua, omnipresencia de parafernalia high tec, humor que unas veces funciona y otras no (Simon Pegg siempre es efectivo, pero cuando no se encuentra en una producción británica está como de visita y no se le saca todo el partido a su bis cómica) y todo al servicio de un Tom Cruise/Ethan Hunt que debe mostrarse como la perfecta muestra quintaesencial del espionaje internacional.




Esta cuarta parte no sólo vuelve a las raíces de lo que fue la cinta principal como ya hizo el largometraje dirigido por Abrams, en un intento por ir más allá (y que ya queda patente tanto en el prólogo como en los títulos de crédito) podemos percibir que Bird y sus guionistas (entre ellos Christopher McQuire guionista de las magníficas Sospechosos Habituales y Apt Pupil) deciden recuperar algo del tono que tuviera la serie de televisión original que sirvió de inspiración a la saga cinematográfica cuya última entrega estamos desgranando en esta entrada.




Me gustaría pensar que ese detalle ha salido de la mente de Bird, director que como hemos podido ver en el grueso de su filmografía ama la estética retro y localizar sus relatos en décadas pretéritas, pero como ya he comentado poco se ve de su impronta en un producto como este que por su naturaleza tan preestablecida deja poco espacio de maniobra a los directores que las realizan, que no son más que artesanos al servicio de la causa, viendo su voz y voto como autores reducida al mínimo exponente.




Más que en ninguna de las otras entregas, en esta cuarta destaca glorificar de manera desmesurada las impecables y casi sobrehumanas dotes físicas e intelectuales de un Ethan Hunt al que Tom Cruise le ha cogido el punto a pesar de que los años se le notan tanto en el rostro como en el cuerpo y eso que el cienciólgo se mantiene en forma. El bueno de Ethan habla idiomas, lee a metros de distancia y en estado seminconsciente los labios de dos agentes rusos, puede salir airoso de un motín carcelario tumbando a golpes tanto a reos como a policías o saltar de una planta dentro de la torre más alta de Dubai. Pasaje que no vamos a negar que tiene su mérito, por la planificación técnica y la buena labor de Cruise que recurre lo mínimo a los dobles de escenas de riesgo.




La cinta como es lógico (ya que es marca de la casa) se hace fuerte en las incontables escenas de acción que Bird resulve con acierto, oficio y algún momento destacable (el accidente de coche, las dos escenas paralelas de los intercambios de códigos y diamantes en el hotel, todo el pasaje del Kremlin) incluso añadiendo momentos de limitación física por parte del protagonista en los pasajes más inverosímiles, en los que Hunt se tiene que mostrar como un superhombre al que ninguna prueba se le resiste. Dándole así al conjunto de sus hazañas (que por otro lado se ancla inevitablemente dentro de la más descarada inverosimilitud) algo más de realismo para que la inteligencia del espectador no se sienta burdamente insultada, como sí pasaba en la entrega de John Woo.




Misión Imposible IV: Protocolo Fantasma ofrece acción, ritmo endiablado, un guión lleno de agujeros y contradicciones que ni se notan porque al espectador no le da tiempo a pensar en ello con tanto ruido y furia, un grupo de secundarios correcto con gente como Jeremmy Renner, Simon Pegg, el escote de Paula Patton, Tom Wilkinson, cameos de personajes de las anteriores entregas o de actores de célebres series ya finiquitadas, una dirección ajustada de un señor que cumple sobradamente pero que se mueve mejor con la animación tradicional o el pixel y un protagonista carismático que sabe lo que tiene que hacer delante y detrás de la cámara. En resumidas cuentas, bastante buena, mejor que la segunda, ligeramente inferior que la tercera y más floja que la primera, que me sigue pareciendo la mejor y más memorable de toda la saga.


La Conspiración, el desmoronamiento de una nación



Título Original The Conspirator (2011)
Director Robert Redford
Guión Gregory Bernstein, James D. Solomon
Actores James McAvoy, Robin Wright, Kevin Kline, Evan Rachel Wood, Danny Huston, Justin Long, Tom Wilkinson, Alexis Bledel, Johnny Simmons, Norman Reedus, Jonathan Groff, James Badge Dale, Toby Kebbel, Stephen Root, Colm Meaney





Octava película como director del famoso intérprete norteamericano Robert Redford tras la interesante y meritoria, pero en cierta manera discursiva, Leones Por Corderos. Ejerciendo esta vez de nuevo como productor el protagonista de El Golpe lleva a imágenes los hechos posteriores a uno de los momentos clave, historicamente hablando, de los Estados Unidos de América como nación. El magnicidio del decimosexto presidente del país norteamericano, Abraham Lincoln, a manos del actor John Wilkes Booth, ayudado este último por un grupo de conspiradores.




En 1865 tras el asesinato del presidente Abraham Lincoln ocho personas implicadas en el magnicidio fueron detenidas, entre ellas Mary Surrat, madre de uno de los autores materiales de la conspiración. Frederick Aiken, un joven abogado que luchó como soldado en el bando unionista será el defensor de la mujer, debatiéndose por ello entre su ideología, la fidelidad a su país y su integridad como defensor de la presunta inocencia de una madre viuda por la que no siente empatía alguna porque posiblemente ayudó a llevar a cabo un acto con el que está completamente en contra.




Interesante drama histórico en clave de cinta judicial inspirada en eventos reales en el que Robert Redford mezcla el clasicismo del Clint Eastwood director con el cine academicista de las grandes producciones hollywoodienses de los años 80 (curiosamente década en la que nació y triunfó el Robert Redford director, que tuvo su logro más reconocido en 1980 con Gente Corriente, su premiada ópera prima) para parir un interesante producto bien acabado en todos sus apartados que sirve una vez más para poner en la palestra el ideario moderadamente progresista del protagonista de Brubaker.




A pesar de mostrar con bastante oficio (pero sin la tensión de un Alfed Hitchcock o un Brian de Palma, como es lógico) el célebre asesinato del admirado presidente al inicio del film, Redford prefiere centrarse en el posterior juicio de los ocho sospechosos y sobre todo en sus personajes, a los que perfila con bastante acierto aunque sin mostrar nada novedoso, original o muy destacable con el retrato que realiza de ellos, que de alguna manera los muestra como roles arquetípicos sin demasiada profundidad.




No soy muy amigo del cine judicial, normalmente siempre me parecen films que apelan demasiado a la demagogia, la sensibleria y cuyo mensaje se me antoja sesgado, partidista y adoctrinador (aunque cintas como 12 Hombres Sin Piedad o Philadelphia son obras muy importantes para mí). Por suerte Redford y sus dos guionistas saben jugar bien sus cartas y aún viendo el espectador en pantalla ideas (jurados coaccionados, testigos amenazados, jueces inquisitivos) bastante manoseadas, las mismas son abordadas desde la inteligencia y un tono de claroscuro que no se inclina hacia ningún lado, ya que están expuestas con una acertada equidistancia en el celuliode.




Los dos personajes principales son los más interesantes. Frederick Aiken (James McAvoy, ofreciendo un muy buen trabajo) es un abogado principiante que se enfrenta a su primer gran caso, con el handycap de que este también arrastra un grueso matiz de polémica internacional. Debido a esta situación tendrá que enfrentarse al dilema de contradecir sus convicciones (defender a la madre de un confederado acusado de magnicidio habiendo luchado él en el bando unionista durante la guerra civil estadounidense) en beneficio de su inquebrantable ética como abogado que le implica defender a sus clientes.




Por otro lado tenemos a Mary Surrat (un entregada e inspirada Robin Wright de cara lavada en el posiblemente mejor papel de su carrera) madre abnegada, religiosa y sí, simpatizante unionista, pero que defiende no sólo su inocencia sino también de la de su hijo huido. Aún sabiendo que si declarara en contra de su primogénitco se libraría de la horca la mujer se niega en redondo a traicionarlo. Su encierro y posible posterior ejecución la llora también Anna, su hija menor (acertada Evan Rachel Wood, a la que el vestido de época le sienta de maravilla) que acabará testificando en el juicio para ayudar a su progenitora.




La correcta puesta en escena, la magnífica ambientación de época, el sólido guión, la acertada dirección, el reparto de secundarios (muy buenos Tom Wilkinson, Danny Huston, Colm Meaney o Kevin Kline, decentes Alexis Bledel, Justin Long o James Badge Dale) los protagonistas y la interesante relación de complicidad que nace entre los dos a pesar de los muchos obstáculos (físicos, políticos, ideológicos) que los separan, todo, le sirve a Rober Redford para hablar a las claras de cómo en tiempos convulsos los derechos de los ciudadanos de una sociedad de bienestar pueden verse brutalmente vulnerados incluso desde las altas esferas por motivos tan simples como la venganza o la búsqueda de un chivo expiatorio para acallar las voces discordantes de los políticos o el pueblo.




Robert Redford vuelve a acertar detrás de las cámaras con The Conspirator ofreciendo cine lúcido, entretenido y hasta cierto punto comprometido, con un mensaje tan de actualidad en 1865 como en pleno siglo XXI, en el que se apela por la presunción de inocencia, los derechos humanos y la ética política. Un producto que en cierta manera me recuerda a la menospreciada y bastante recuperable (para ser revalorizada) Amistad de Steven Spielberg, pero que acierta incluso en mayor medida que aquella a la hora de ofrecer al espectador algo más que una cinta de época o un drama judicial al uso, entregando finalmente una interesante lección de historia, que no es poco en los tiempos que corren.


martes, 20 de diciembre de 2011

Asesinato en el Orient Express, el principio de la navaja de Ockham y doce pasajeros sin piedad


Título Original Murder on the Orient Express (1974)
Director Sidney Lumet
Guión Paul Dehn basado en la novela de Agatha Christie
Actores Lauren Bacall, Ingrid Bergman, Sean Connery, Albert Finney, Anthony Perkins, Vanessa Redgrave, Jacquelline Bisset, Michael York, Richard Widmark, Martin Balsam, Jean-Pierre Cassel, John Gielgud, Wendy Hiller, Rachel Roberts





Magnífica adaptación a imágenes de la posiblemente más famosa novela de la prolífica escritora británica de género criminal Agatha Christie. Producida en 1974, dirigida por un Sideny Lumet en pleno apogeo de su carrera profesional y protagonizada con un reparto de intérpretes de los que hacen época en el que se veían las caras nuevos rostros de la época, viejas glorias en decadencia y actores consagrados de todo tipo de nacionalidades.



Durante uno de los largos trayectos del mítico tren Orient Express en el que se codean un gran número de ilustres pasajeros (desde gente de la nobleza hasta militares, pasando por criados), entre los que se encuentra el famoso detective Hércules Poirot, acontece un misterioso asesinato en el que todos los allí presentes parecen potenciales sospechosos. El investigador de origen belga intentará desentrañar el misterio que se esconde tras el crimen y descubrirá que el mismo tiene sus raíces en un trágico acontecimiento anterior.



Elegante y recuperable traslación a imágenes de la letra de la autora de Diez Negritos, Cianuro Espumoso o Muerte en el Nilo. Trabajo impecable y modesto a su manera, a pesar de los medios y el imponente reparto, en el que Sidney Lumet da muestras de su magnífico oficio con una historia clásica de suspense bien escrita y que adapta con considerable fildelidad el libro de la célebre novelista (con los cambios de rigor en toda versión en celuloide de obras literarias) y que sale airosa regalando un producto competente, hasta cierto punto valioso y de un tono academicista, en el buen sentido de la palabra.



El guión si bien peca de poco sorprendente a pesar de su resolución rebuscada y en cierto modo aleccionadora (incluso conservadora, pero eso ya viene de la obra escrita) tiene ritmo y está narrado con fluidez. Posiblemente en ese sentido tenga mucho que decir un Sidney Lumet resueltísimo con la dirección y utilizando los movimientos de cámara adecuados con los que aprovechar todos y cada uno de os recovecos del famoso tren (sacando especial partido a los compartimentos de los pasajeros) y mostrando un competente trabajo tanto en los pasajes rodados en exteriores como en los realizados en estudio.



Con el extensísimo reparto (posiblemente uno de los mejores de la historia del cine) pasa lo que tiene lugar con muchos films con un casting de caracter tan coral. Niguno de los actores no principales brilla excesivamente, pero sí tienen algún momento de lucimiento (los interrogatorios principalmente) con el que mostrar su profesionalidad a pesar de dar todos ellos vida a personajes, que en su mayoría, se muestran como esterotipos clásicos. Por eso se hace extraño ese Oscar a la mejor actriz secundaria para Ingrid Bergman y no es que la actriz sueca lo haga mal, todo lo contrario, pero no se muestra en pantalla mejor o peor que cualquiera de sus compañeros de pantalla como John Gielgud (el actor que mejor interpretaba el papel de mayordomo en toda la historia del cine), Sean Connery, Wendy Hiller, Anthony Perkins, Vanessa Redgrave o una bellísima Jacqueline Bisset, entre otros.



Quién si destaca considerablemente es un magnífico, entrañable, carismático e inolvidable Albert Finney (Tom Jones, Big Fish, Antes que el Diablo Sepa que Has Muerto). El británico borda al investigador belga Hercules Poirot con su peculiar y marcadísimo acento, movimientos corporales muy bien medidos y una fisicidad del todo peculiar que hace que el espectador lo identifique indudablemente con el personaje literario ideado por la autora de Un Cadáver en la Biblioteca. Merecida nominación al Oscar al mejor actor principal la suya.



Interesante producto, cine entretenido de calidad con cierto toque de elegancia y exotismo, holgado y resuelto reparto, protagonista carismático, guión competente que da pie a una trama que se sigue con considerable interés y detrás de las cámaras un director que sabía perfectamente lo que hacía. Finalmente podemos considerar Asesinato en el Orient Express una meticulosa traslación del universo literario de Agatha Christie, que tendría su continuación en otros films e incluso varias TV Movies que adaptaban muchos de los relatos protagonizados por dos de las criaturas más celebres salidas de su pluma, Miss Marple y el Hercules Poirot que protagoniza la reivindicable cinta que ha ocupado el grueso de esta entrada.


sábado, 10 de diciembre de 2011

El Origen del Planeta de los Simios, ave Caesar, morituri te saludant




Título Original Rise of the Planet of the Apes (2011)
Director Rupert Wyatt
Guionista Rick Jaffa y Amanda Silver basado en la novela de Pierre Boulle
Actores James Franco, Andy Serkis, Freida Pinto, Brian Cox, John Lithgow, Tom Felton, David Oyelowo, Tyler Labine, Jamie Harris, David Hewlett




Precuela o reboot (la palabra de moda, sobre todo en el mundo del cómic) del mítico clásico de la ciencia ficción El Planeta de los Simios dirigido por Franklin J. Schaffner en 1968 que adaptaba la novela del escritor francés Pierre Boulle y que dio pie a varias secuelas, series de televisión y hasta un remake a manos de Tim Burton en 2001. Esta entrega de reciente factura en parte toma prestada la premisa de La Rebelión de los Simios (Conquest of the Planets of the Apes), cuarta entrega de la saga cinematográfica estrenada en 1972 y dirigida por J. Lee Thompson.




Con una pre producción que no dio casi nada que hablar, un trailer que se estrenó de tapadillo con una par de escenas que nos parecían ridículas (la del simio espiando a la pareja de humanos mientras dormían) y mucha criatura digital, pocas esperanzas se tenían en un proyecto como esta Rise of the Planet of the Apes que finalmente no sólo ha supuesto uno de los sleepers más rotundos del 2011, también puede considerarse una de las mejores cintas comerciales de este año y una magnífica revitalización de la ya extensa y añeja franquicia.




Will Rodman (James Franco) es un joven científico que está realizando experimentos con primates para dar con una cura para la enfermedad neuronal que afecta a su padre (John Lithgow). César (un digitalizado Andy Serkis) parece el simio que mejor responde al tratamiento, Will decidirá quedarse con él para seguir tratándolo de manera extraoficial. Más tarde la inteligencia de César llegará a niveles tan altos que conseguirá pensar de manera independiente llevando a cabo a los actos que más tarde darían forma a los hechos acontecidos en el film de 1968.




El Origen del Planeta de los Simios se puede resumir en cuatro palabras, cine comercial de calidad. La cinta del debutante Rupert Wyatt auna celuloide palomitero con una historia interesante, adulta y que si bien transita caminos vistos previamente en cientos de productos cinematográficos (mensaje ecologista, advertencia sobre los peligros del uso desmedido de la biotecnología) aquí son tratados con acierto, pericia y hasta cierta hondura, consiguiendo, como más destacado logro algo tan meritorio como dar profundidad y verismo a un personaje digital que devora la pantalla convirtiéndose gracias a ello en el mayor acierto del film.




Una intachable producto para el gran público que a pesar de utilizar efectos digitales en la mayoría los planos de su ajustado metraje en todo momento los supedita enteramente al discurrir de la historia que está narrando. Practicamente todos los simios que aparecen en el largometraje están realizados con el formato motion capture, pero no por ello dichos personajes no humanos pierden veracidad o fiereza en sus movimientos y acciones, llegando incluso a transmitir verdaderas sensaciones palpables y notorias para el espectador, sobre todo en lo referente al rol principal de César.




Alguien debería inventar el Oscar al mejor actor digitalizado para darle uno a Andy Serkis de una vez, porque desde su Gollum de Las Dos Torres y El Retorno del Rey, su King Kong de la versión de Peter Jackson o su Capitán Haddock de la reciente Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio ha demostrado ser todo un genio de la interpretación física retocada en post producción. El papel de César es lo mejor de Rise of the Planet of the Apes y aunque no le vemos el rostro al intérprete británico es innegable la personalidad, pasión y dinamismo que insufla a una criatura a la que convierte en un héroe y martir con el que el espectador empatiza al 100% y sin reservas desde que aparece por primera vez en pantalla.




Según parece el poco conocido realizador nacido en Reino Unido, Rupert Wyatt, luchó contra directores más célebres y reputados para hacerse con la batuta de este proyecto que finalmente ha rematado con una profesionalidad intachable. El cineasta tiene el suficiente talento para anteponer las emociones (ojo, volviendo a recordar que hablamos de una cinta con sus personajes más importantes recreados por medio de CGI) al fuego de artificio y gracias a ello sólo peca da la hora de coreografiar de manera un poco aparatosa los recorridos e itinerarios de César cuando se balancea por árboles o edificios, ya que el resto de su trabajo detrás de las cámaras es de nota.




Dentro de momentos memorables destacar a César dibujando en su celda la ventana del sótano de la casa de Will (decente pero poco destacable James Franco) que representaba su escape al mundo exterior o toda la interpretación de un gran John Lithgow que puede dar vida con la misma naturalidad a un asesino despiadado (su especialidad desde siempre) que a un anciano enfermo del Alzheimer. Tampoco debemos olvidarnos del pasaje de la decisión de César cuando su dueño viene a liberarlo de su cautiverio (lugar custodiado por unos cabrones Brian Cox y Tom Felton), la elipsis narrativa de seis años por medio de la escalada al enorme árbol o el clímax en el que se confirma por medio de la palabra la inteligencia inusual del primate que al igual que el Roy Batty de Blade Runner se muestra más humano que los propios seres humanos.




Un producto interesante, que deja en pañales al entretenido pero insípido remake de Tim Burton (sigo pensando que no era una buena pelicula, pero tampoco tan mala como la pusieron) y que revitaliza una saga bastante aletargada que bien mirada con el tiempo, nunca debió existir como tal más allá de la cinta primigenia que tenía todos los ingredientes para convertirse en un clásico dentro de su género. Esta Rise of the Planet of the Apes no marcará época, pero sí puede considerarse un proyecto competente que supera con amplitud la media del cine revientataquillas norteamericano actual.


martes, 6 de diciembre de 2011

Un Profeta, hier encore, j'avais vingt ans, je caressais le temps




Título Original Un Prophète (2009)
Director Jacques Audiard
Guionista Abdel Raouf Dafri, Thomas Bidegain y Jacques Audiard
Actores Tahar Rahim, Niels Arestrup, Alaa Oumouzone, Adel Bencherif, Reda Kateb, Hichem Yacoubi, Jean-Philipe Ricci, Gilles Cohen, Pierre Leccia, Antoine Baisler, Foued Nassah, Jean.Emmanuel, Frederic Graziani, Leila Bekhti




Alabada y premiada cuarta cinta como director del cineasta francés Jacques Audiard que posiblmente suponga su mayor éxito cinematográfico hasta la fecha. He de admitir que no soy muy ducho en la obra del autor de Un Héroe Muy Discreto, ya que sólo he visto dos de sus films (los últimos que ha realizado concretamente) el que nos ocupa y De Latir Mi Corazón se Ha Parado, que supuso un remake de un largometraje de 1978 dirigido por James Tobak titulado Fingers (Melodía Para Un Asesinato aquí en España) y protagonizado por mi admirado Harvey Keitel. Esta revisión protagonizada por un acertado Romain Duris tenía varios puntos a favor y fuerza, pero me decepcionó en cierta manera.




Un Profeta narra la vida carcelaria de Malik, un joven de 19 años de origen árabe que debe cumplir una condena de 6 años en una prisión francesa. Ya interno deberá sobrevivir como buenamente pueda colaborando con un grupo de corsos comandado por un líder que le dará protección cuando realice un trabajo que le impondrá y que servirá para poner a prueba su lealtad. Llegado el momento su implicación con los asuntos del capo le harán ver las cosas desde un perspectiva más egoista y entonces entrará en acción.




Carcelario seco y austero, de fuerza directa y áspera, rodado, escrito e interpretado desde las entrañas con una crudeza fría que corta la respiración, Un Profeta sabe consiguer retratar la dura y descarnada vida actual en prisión mostrándola como una carrera de supervivencia en la que los débiles no tienen cabida debido a una aplicación de la selección natural darwiniana del todo despótica por medio de la fuerza y el golpear antes de ser golpeado. Todo elaborado con presteza y un acabado ejemplar.




Con un tono que recuerda en cierta manera a algunas obras de los hermanos Dardenne y con algunos puntos en común con otra cinta carcelaria que salió más o menos a la vez que ella como es Celda 211, Un Profeta llena de fiereza la pantalla con imágenes duras y violentas (la escena de la cuchilla de una construcción y posterior ejecución bestial o la del tiroteo en el coche) pero también sabe dar leves pero acertadas pinceladas de emoción reflejadas en el aniñado rostro de Malik cuando va en avión o en coche durante sus permisos penitenciarios, imágenes que confirman la versatilidad y el verismo de un actor joven pero seguro de sí mismo como Tahar Rahim.




No han tardado en hablar algunas personas de la prensa especializada de similtudes con El Padrino de Francis Ford Coppola. Yo no estoy muy de acuerdo, en todo caso veo más la fuerza del Martin Scorsese de Uno de los Nuestros (Goodfellas), cinta con la que Un Profeta comparte, en cierta manera, punto de partida y desarrollo, incluso el final es semejante a la cinta protagonizada por Robert De Niro, Ray Liotta y Joe Pesci. El tono de Jacques Audiard es demasiado esquinado y rugoso para para parecerse a la épica gansteril que el director de Cotton Club aplicó a su adaptación de la novela de Mario Puzo.




Sin parecerme tampoco la obra maestra que algunos promulgan, no puedo negar que Un Profeta es una excelente propuesta. Un proyecto hiperrealista, duro y con filo realizado con pulso y sin remordimientos. Una visión desperanzada de la vida carcelaria y la supervivencia con momentos memorables, actores intachables, un guión magnífico (originalmente ideado por Abdel Raouf Dafri, señor al que por esta obra y sus libretos del díptico Mesrine I y II ya hay que seguirle la pista de cerca) y dirigida con aplomo. Buen cine francés de ese que los gabachos saben hacer y que tanta envidia nos da a los españoles cuando llena las salas mientras el nuestro sobrevive a duras penas gracias a los dos taquillazos puntuales anuales.


domingo, 4 de diciembre de 2011

El Príncipe de la Ciudad, uno de los nuestros



Título Original Prince of the City (1981)
Director Sidney Lumet
Guionista Jay Presson Allen y Sidney Lumet basado en el libro de Robert Daley
Actores Treat Williams, Jerry Orbach, Richard Foronjy, Don Billet, Kelly Marino, Tony Page, James Tolkan, Lindsay Crouse, Bob Balaban, Carmine Caridi




Biopic de corte policiaco inspirado en la vida de Robert Leuci, agente de estupefacientes de la ciudad de New York que tras verse implicado en negocios turbios, traspasando con ellos la barrera de la legalidad, decidió colaborar con la división de asuntos internos para destapar un entramado de corrupción que abarcaba una enorme cantidad de policías corruptos, poniendo con ello en peligro a sus propios compañeros de unidad (a los que no quería delatar) o su propia integridad física y la de su familia.




El film basado en la novela homónima del escritor Robert Daley fue adaptado por el veterano director Sideny Lumet con la ayuda en el guión de la americana Jay Presson Allen y con un joven Treat Williams (conocido por aquel entonces por haber protagonizado el alabado musical Hair de Milos Forman) como protagonista absoluto. El resultado fue un ambicioso proyecto de presupuesto considerable y metraje holgado (167 mínutos) que no recibió todo el reconocimiento que merecía, ya que a día de hoy puede considerarse una de las mejores obras y más completas del cineasta que nos ofreció largometrajes como Serpico, 12 Hombres Sin Piedad o Tarde de Perros.



El Príncipe de la Ciudad es un drama intachable, ejectuado con ferrea profesionalidad (la de un director que despuntó dentro de la generación televisiva americana y que en 1981 ya llevaba a sus espaldas varios largometrajes para el recuerdo y alguna obra fallida) con una puesta en escena tan segura como clasicista y un guión sólido y bastante complejo que trata temas considerablemente complicados relacionados con la policía de New York, sacando a relucir muchos trapos sucios y poniendo en entredicho el concepto de aplicación de la justicia por parte de las fuerzas de la ley.




Daniel Ciello es un joven agente de narcóticos casado y con un hijo, amigo de sus amigos que sólo confía en sus compañeros de unidad. Para salir adelante en los bajos fondos de una ciudad como New York realiza tratos con delincuentes o proporciona la dosis para pasar la noche a los yonkis que ejercen como sus confidentes. De ambigua moral y carisma indudable Danny es un tipo que vive bien gracias a los chanchullos que lleva a cabo de manera extraoficial pero implicándose e incluso llegando a comprometerse directamente con sus actos (esclarecedora y muy simbólica es la escena bajo la lluvia en la que limpia el vómito de la boca de uno de sus yonkis confidentes al que previamente ha tendido una trampa)




Llegado el momento el propio Danny para intentar librarse de algunos casos de perjurio decide trabajar con asuntos internos y realizar algunas escuchas encubiertas para sacar a la luz muchos trapos sucios de la policía de la ciudad, pero exigiendo que sus compañeros no salgan perjudicados. Al principio se lo toma como un juego, pavoneandose ante colaboradores y enemigos, pero más tarde descubre que está metido hasta el cuello en un asunto muy turbio que le puede costar la vida por verse rodeado por dos bandos enfrentados sin saber a cuál de ellos acercarse y sin vislumbrar donde se encuentran sus verdaderos amigos, o peor aún, si le queda alguno.




Este panorama le sirve a Lumet para dar forma a un relato sobre el honor, la lealtad, la traición y el arrepentimiento poniendo en entredicho la integridad, no sólo de los policías corruptos a los que se investiga, sino a los mismos agentes de asuntos internos que son capaces de cualquier tropelía (como traicionar la confianza del mismo Danny poniendo en peligro su vida y la de su familia) con tal de llegar lo más lejos posible en su campaña para sacar a la luz los trapos sucios dentro de las fuerzas de la ley de la ciudad de New York. Todo esto tratado por el director y su co guionista con inteligencia y una ambigüedad medida que da bastante profundidad tanto a la historia como a los personajes.




Sidney Lumet realiza uno de sus mejores trabajos detrás de las cámaras y con la ayuda de un director de fotografía como Andrzej Bartowiak (sí amigos, el mismo que al ejercer de realizador hace mierdas como Romeo Debe Morir o Doom) consigue encontrar un tono clásico, pero siempre con un pie en cierto cine moderno, que influiría e incontables productos posteriores. Desde series como Hill Treet Blues o la más reciente The Shield hasta films capitales de autores como Martin Scorsese y Abel Ferrara e incluso a la descafeinada pero entretenida American Gangster de Ridley Scott, film que le debe la vida a esta Prince of the City.




No quiero acabar sin hablar del reparto, ya que si bien tenemos un heterogéneo casting con buenos actores secundarios ofreciendo excelentes trabajos (Lindsay Crouse, Bob Balaban, James Tolkan, grande Jerry Orbach) es Treat Williams el que destaca sobre el resto con su Danny Ciello. El protagonista de la serie Everwood, que casi siempre ha sido hombre de papeles secundarios (Érase Una Vez en América, Un Final Made in Hollywood, inolvidable en Cosas que Hacer en Denver Cuando Estás Muerto) recibe el regalo de su vida gracias a Sidney Lumet. Por fin puede enfrentarse a un personaje bien construido, lleno de matices y carisma y él lo aprovecha alternando entereza (cuando chulea sin pudor a aquellos que piensan que lleva un micro sabiendo que tal acto le puede costar la vida) y vulnerabilidad (la confesión ante sus compañeros con primeros planos en ligero contrapicado de su rostro) dando forma al mejor y más creíble de todos sus trabajos.




Prince of the City es una semidesconocida y muy reivindicable cinta que contiene todas las virtudes y ninguno de los fallos de Sidney Lumet. Yo la considero su obra más completa (que no mejor) y la quintaesencia de su manera de ver el séptimo arte. La de un cineasta constante cuya filmografía está llena de grandes aciertos y notables fallos (son muchos largometrajes para que su carrera recibiera el calificativo de intachable) y que por ello llegó a militar en la élite del cine americano. En breve comentaré más proyectos salidos de su mano que me han proporcionado en soporte digital y que ardo en deseos de descubrir o revisionar, según sea el caso.