domingo, 4 de julio de 2010

Nacido el 4 de Julio, these colors...don't run?



Título Original: Born of the 4th of July (1989)
Director: Oliver Stone
Guión: Ronald Kovic & Oliver Stone basado en el libro de Ronald Kovic
Actores:
Tom Cruise, Willem Dafoe, Raymond J. Barry, Caroline Kava, Kyra Sedgwick, Bryan Larkin, Stephen Baldwin, Bruce McVittie, Tom Sizemore, Vivica A. Fox, Fran Whaley, Jerry Levine




Hace justamente un año quise escribir esta entrada, pero no me animé porque el blog llevaba poco tiempo y no quería escribir tan pronto sobre una de mis películas favoritas. Además, no sabía si abreviar la información y dejarme cosas fuera o escribir un tochazo interminable en el que desgranar todo lo que esta cinta de Oliver Stone significa para mí y la amplia gama de sentimientos que me produce su visionado. Hoy, el día que se celebra la festividad de la indepencia de Estados Unidos, quiero hablar de Nacido el 4 de Julio.




No debe ser fácil ser Oliver Stone. Uno de los autores cinematográficos actuales más críticos con los Estados Unidos. La voz de la concienca de un país contradictorio que ha mostrado las luces y sombras de sus compatriotas. Una carrera dedicada a dar voz a los que no pueden hablar a las masas, a mostrar tanto lo bello como lo inmundo que puebla norteamérica. En 1989 y tras varios intentos y la negativa de distintas productoras que no confiaban en el proyecto o que directamente lo despreciaban, Stone, gracias a la encomiable y nunca suficientemente agradecida colaboración de Tom Cruise y su representante Paula Wagner, consiguió llevar a la gran pantalla el libro autobiográfico del veterano de Vietnam, reconvertido en afamado activista en contra de aquel conflicto bélico, Ronald Kovic.




Me cuesta mucho trabajo ceñirme al análisis estrictamente cinematográfico cuando tengo que hablar de Nacido el 4 de Julio, una película que me marcó profundamente cuando la vi por primera vez debido a que por aquel entonces me encontré con una obra que transmitía un mensaje que yo compartía completamente y que me animaba a aferrarme a mis convicciones con respecto a lo que pienso sobre la guerra, sus efectos, sus causantes y sobre todo sus víctimas, que no son sólo los soldados que van al frente, sino también sus familares y amigos.




Nacido el 4 de Julio es para mí la mejor obra de su autor por distintos motivos. A pesar de ser la segunda entrega de su trilogía sobre Vietnam, guerra en la participó como voluntario al igual que Kovic, me parece una producción en distintos aspectos superior a las ya de por sí excelentes y muy meritorias Platoon y El Cielo y la Tierra. Porque por primera vez Stone (más tarde lo repetiría en cierta manera en el ya mencionado film protagonizado por Tommy Lee Jones) nos hablaba de la vuelta a casa, del duro e interminable camino hacia la reinserción en la sociedad de los jóvenes que sobrevivían a duras penas a un conflicto innecesario que a Estados Unidos le vino grande desde el principio. Muchos de ellos mermados psicológicamente y otros, como el caso de Kovic, en el plano físico, quedando paralítico de cintura para abajo.




Born of the 4th of July supone un choque entre dos ideologías que más tarde pasarán a dar forma a una compleja conjunción, una conservadora y otra progresista. Esta diatriba es sutilmente representada por Stone como la colisión entre el cine clásico y el moderno. La primera media hora de metraje es una oda al Hollywood de la época dorada, a las típicas historias de patriotismo, primer amor, familia, culminando con esa escena johnfordiana del baile de graduación con Moon River sonando de fondo. Todo es un elegíaco retrato sobre la American Way of Life. Después pasamos a la parte más estrictamente bélica del film en la que vemos una muestra de ese tipo de cine crítico y descreído sobre el conflicto vietnamita que remite a obras de Coppola, Cimino o a previas del mismo Stone.




A continuación, con el regreso de Kovic a casa, a "el mundo", como gustaba decir a los soldados americanos en Vietnam, asistimos al choque frontal de esas dos visiones generacionales del cine. Lo clásico se introduce en la modernidad y viceversa, construyendo una interesante lucha entre el progresismo y lo conservador. Ron a la vuelta de la guerra que le cambió la vida se encuentra en una tierra de nadie, tanto en el sentido literal como en el figurado. Aún quiere ser ese joven patriota que entregó su vida por una causa que creía justa y necesaria, pero el precio que pagó por ello, lo que allí presenció y lo que perdió en aquellas dunas olvidadas en Asia ponen en tela de juicio su sistema de valores y todo por lo que luchó.




Stone nos muestra las distintas caras de una misma moneda. Por un lado podemos ver el trato vejatorio que recibieron los veteranos heridos de guerra. Olvidados en hospitales en condiciones infrahumanas, sin los cuidados médicos necesarios para su adecuada rehabilitación, por un gobierno (por aquel entonces, 1969, ya el de Richard Nixon) que los usó como a perros por una causa infecta que no se sostenía por sí sola, para después abandonarlos a su suerte, sin dar ayuda económica alguna a la sanidad para al menos conseguir curar sus heridas de combate y con ello permitirles volver a casa con sus familias.




En el otro lado del espectro tenemos una América que había perdido la inocencia. Por culpa de varios motivos, como el hecho de que por primera vez las televisiones emitieran imágenes en tiempo real sobre un conflicto bélico por parte de Estados Unidos y también por un magnicidio que acabó no sólo con un presidente (que tan bien retrataría Stone en esa maravilla titulada JFK, Caso Abierto) sino también con un ideal que en principio parecía inquebrantable, el de una nueva América más libre y mejor. Los ciudadanos americanos no recibieron a los veteranos de aquella guerra como a héroes, sino como a asesinos. En dicha época el movimiento hippie por desgracia confundió estar en contra de la guerra, con estar en contra de aquellos que la libraron, que son cosas muy distintas. Por suerte muchos de ellos supieron distinguir tal diferencia. Estas personas están respresentadas en el inolvidable personaje de Donna, interpretado por una creíble Kyra Sedgwik.




Ron Kovic perdió algo más que sus piernas en Vietnam. Perdió su juventud, el poder mantener las relaciones sexuales con una mujer que nunca pudo experimentar, la posibilidad de tener hijos y crear una familia. Perdió el respeto de una indulgente madre que confundió orgullo maternal con egoismo puro y duro, la salud de un pobre padre que por haber participado en la segunda guerra mundial sabía que era a lo que se enfrentaría su hijo, a Donna, el amor de su vida que se quedó en casa mientras él se alejaba 20.000 kilómetros de su Massapequa natal para combatir una supuesta invasión comunista que nunca tomó forma, porque nunca existió más allá del país vietnamita que la originó, Ho Chi Minh mediante.




De nuevo en América y gracias a Donna, Ron descubre lo que los jóvenes que fueron al frente desconocían o no querían ver. Que todo fue una gran mentira, que una generación de niños, porque eran críos, americanos estaban perdiendo la vida por una causa injusta. Al tomar el protagonista conciencia de la realidad, termino muy de izquierdas que no sorprende que Stone utilice como resorte narrativo, descubre por fin su lugar en la sociedad, el puesto que debe ocupar en ella, que no es otro que dar voz a aquellos que vivieron la locura de Vietnam, enseñar a los que vendrían después (como bien decía Chris, el personaje de Charlie Sheen, en los últimos minutos de Platoon) y luchar por una causa que no era otra que traer a sus compañeros a casa, aceptar la derrota y evitar que la historia se repitiera en tiempos venideros.




Ya en el plano cinematográfico la película supuso una ruptura importante dentro del estilo de Oliver Stone como cineasta. Nacido el 4 de Julio dejaba percibir con sutileza el paso del uso de largos planos secuencia y travellings con steadycam muy elaborados, a el estilo nervioso, de tomas cortas y montaje frenético, ciertamente más efectista, que desarrolló en los 90. También se dejaba ver el uso (bastante adecuado) de ralentís para enfatizar los momentos dramáticos y el uso perfecto del magnífico tema que John Williams firmó para el film y que me parece uno de los más logrados de su carrera como compositor.




El reparto es extensísimo, hay pequeñas apariciones de muchísimos actores, algunos geniales como Dafoe, Levine o Whaley, pero todo el peso recae en Tom Cruise, que se implicó de manera sobrehumana con la causa de Stone. Cruise en Nacido el 4 de Julio, no hace de Ron Kovic, es Ron Kovic. Las complicadas escenas con la silla de ruedas, las que realiza con muletas en la rehabilitación, los tics nerviosos, la modulación de voz, la dignidad con la que lleva esos horribles postizos capilares, lo visceral de las escenas dramáticas que protagoniza, lo veraz de su llanto. El protagonista de Minority Report es mejor actor de lo que muchos le quieren reconocer y a pesar de haber realizado algunos personajes más, del todo recuperables, nunca ha vuelto a estar mejor que en la obra que nos ocupa.




Nacido el 4 de Julio, es muestra palpable de la perfecta confluencia entre cine comercial y de denuncia. Un trabajo sincero en el que dos veteranos de una guerra cruel, injusta y aberrante que se cobró la vida de millones de hijos de América y Asia, nos hablan de como fue aquel conflicto, de como destrozó vidas y familias enteras, de como cambió radicalmente a un país como Estados Unidos para el que la derrota hasta ese momento era algo que no conocía. Por desgracia y como todos sabemos la historia se volvió a repetir la década pasada, cuando los hijos de aquellos que mandaron a toda una generación de jovenes a morir y matar por defender (supuestamente) a su país, recrean el mismo error y envían en 2003 a un ejército desorientado y confundido a cientos de miles de kilómetros de su hogar, defendiendo una causa que hasta el más tonto de nosotros sabía que era una mentira a nivel internacional.




El desfile con los veteranos reaccionando asustados antes los petardos, ese primer beso de dos niños entra fuegos artificales. La escena del partido de beisbol, esa madre presagiando que su hijo hablará ante multitudes diciendo grandes cosas, la escena del baile. Esa masacre en un poblado vietnamita, aquel error fatal entre la confusión producida en las dunas, el mando que resta importancia al hecho. Aquel 20 de Enero en el que Ron perdió la mitad de su cuerpo, el hostipal de mala muerte en el que se trataba como a animales a personas que lo habían perdido todo. El duro regreso al hogar, con ojos repletos de miradas entre compasivas y recelosas, el llanto de ese padre que se derrumba al ver lo que queda de su primogénito.




Ese otro desfile del 4 de Julio en el que es Ron ahora el que reacciona temeroso a las explosiones de los petardos, esa noche de blasfemias e insultos en el supuesto hogar ideal que desemboca en el viaje a Méjico. Necesario purgatorio en el que el protagonista se encuentra a sí mismo, con aquella terrible y misericordiosa desvirgación sexual entre lágrimas que encoje el alma y el definitivo retorno a casa con Ron convertido en un icono necesario para los hijos de una América ciega y puritana que debe abrir los ojos ante la realidad por su propio bien y supervivencia. No puedo comentar todas las escenas que me hielan la sangre, me agarran fuerte del pecho o tengo que ver entre lágrimas.




Nacido el 4 de Julio no cambia con el tiempo, pero yo sí. A día de hoy reconozco que por muy idealista que quiera ser, detrás de una frase tan aparentemente sencilla como "No a la Guerra" existe una compleja maraña de ideas, intereses y causas que no son sencillas de defender o criticar. Decir sí o no a algo tan complicado como los motivos por los que se lleva a cabo un conflicto bélico sin saber de qué se habla es lo más fácil, pero también lo más cobarde. Aunque lo que no cambia cada vez que veo la séptima cinta de Oliver Stone es una sola cosa. Que no hay país, causa, bandera, ideología, interés económico, político o religioso que merezca la pena ser defendido cuando un solo padre, uno solo, ve volver a su hijo a casa en una silla de ruedas convertido en una sombra de lo que alguna vez fue. En ese sentido mi opinión no la cambiará nada ni nadie, por muchos años que pasen.


6 comentarios:

  1. Te odio,ahora quiero ver la peli ¬¬

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  2. Muy mal, muy mal, como la viste hace tanto no te acuerdas de na, hay que arreglar eso.

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  3. Es una película cojonuda, Cruise es un buen actor, hay que intentar separar su parte de personaje público de la de actor, aunque a veces sea complicado.

    Muy de acuerdo con el análisis, la primera vez que la ví fue en el instituto y me dejó impactado completamente.

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  4. El caso es que lo de Cruise como aberrante personaje público viene de la época de cuando conoció a Katie Holmes, él antes no era así.

    El tipo desde hace muchos años ha sido cienciólogo y nunca ha dado la tabarra con el tema como en los últimos años. Algo le ha tenido que pasar para que de un tiempo a aquí y de cara a su vida pública se haya convertido en un gilipollas.

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  5. La peli me parece algo exagerada y demagógica, como sólo Stone puede hacer, pero es innegable que deja huella. Esta nochevieja, tras las campanadas, como buen marginado que soy, decidí ir a la tv y ponerme a ver películas. Tras La dama de Shangai a la 01:00, me puse, a las 03:00, con la versión larga de Acantilado rojo, que me llevó hasta las 7, donde decidi ponerme con esta película del amigo Stone.
    A todo lo dicho por usted, yo añado una alabanza exacervada a la fotografía de Richardson, que contribuye enormemente al tono nostálgico de la película, y, sobretodo, la banda sonora de Williams, que da un dramatismo añadido brutal.

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  6. Robert Richardson es uno de esos directores de fotografía a reivindicar, ya trabaje par Tarantino, Stone o Scorsese, normalmente siempre hace un excelente trabajo.

    Buena sesión de cine la de Noche Vieja y Acantilado Rojo la tengo pendiente ya sea la versión íntegra o la castrada, a ver que ha hecho John Woo con tanto dinero comunista en su mano.

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