sábado, 20 de mayo de 2017

Guardianes de la Galaxia Vol. 2



Título Original Guardians of the Galaxy Vol. 2 (2017)
Director James Gunn
Guión James Gunn, basado en el cómic de Dan Abnett y Andy Laning
Reparto Chris Pratt,  Zoe Saldana,  Dave Bautista,  Bradley Cooper,  Vin Diesel,  Kurt Russell, Michael Rooker,  Karen Gillan,  Elizabeth Debicki,  Tommy Flanagan,  Sean Gunn, Pom Klementieff,  Chris Sullivan,  Sylvester Stallone





El presente 2017 nos trae la esperada secuela de Los Guardianes de la Galaxia, el cuarto film de la Fase 2 de Marvel Studios que se atrevía por primera vez a abordar un grupo de personajes totalmente desconocido para el gran público, La misión para el cineasta James Gunn (Slither, Super) se antojaba doble ya que por un lado debía intentar sacar adelante un producto en el que encontrábamos a individuos como Star Lord, Drax, Rocket, Gamora o Groot ajenos al espectador no iniciado en el Universo Marvel de los cómics y por otro extender el microcosmos cinematográfico de la Casa de las Ideas asentando las bases de la vertiente galáctica de la editorial que aloja a Spiderman, Pantera Negra o los Vengadores a la hora de ser extrapolada a la pantalla grande. El resultado supuso uno de los éxitos de crítica y público más sonados de la productora comandada por Kevin Feige de modo que era indispensable que la secuela formara parte de la actual Fase 3 que comenzó Capitán América: Civil War y tuvo su continuación en Doctor Strange.




Con prácticamente los mismos equipos técnico y artístico, pero algún nuevo fichaje en el reparto como Kurt Russell o Silvester Stallone, y James Gunn una vez más ejerciendo de jefe de ceremonias Guardianes de la Galaxia Vol. 2 llegó a pantallas de todo el mundo el pasado mes de Abril consiguiendo, una vez más, el beneplácito de gran parte de la prensa especializada y una recaudación en taquilla a nivel global que ha superado todas las expectativas depositadas en esta segunda entrega del grupo de superhéroes intergalácticos de Marvel Studios. A continuación vamos a enumerar las virtudes y fallos que podemos encontrar en el largometraje del cineasta curtido en el seno de la factoría Troma, tratando de dilucidar si su impronta dejará algún tipo de huella en el universo cinematográfico auspiciado por la famosa editorial de cómics norteamericana como sí lo hizo su hermana mayor hace tres años cuando ofreció un proyecto con una tonalidad y unas intenciones en cierta manera diferentes a las de los films protagonizados por Iron Man, Thor o el Capitán América.




El mayor acierto y el más destacado defecto de Guardianes de la Galaxia Vol. 2 es el mismo y este se hace patente en pantalla bien pronto. La soberbia escena de introducción de los títulos de crédito con Baby Groot bailando y el resto del grupo implicado en un brutal combate contra una criatura alienígena en segundo plano mientras suena de fondo Mister Blue Sky de Electric Light Orchestra deja claro bien pronto que James Gunn va a repetir casi al 100% la fórmula que le funcionó descomunalmente bien en la primera entrega. De este modo esta secuela incidirá en la naturaleza de perdedores con corazón de la banda de antihéroes, sus enfrentamientos personales por disparidad de caracteres que desembocarán en el afianzamiento de los lazos emocionales que los convierten en una peculiar y disfuncional familia, las referencias a la cultura pop de los 80 para apelar a la nostalgia del espectador y la utilización medida y muy bien calibrada de una banda sonora llena de clásicos con la que tocar la fibra sensible de gran parte de la platea.




Con esta afirmación somos conscientes para bien que vamos a ver una nueva muestra de cine comercial endiabladamente entretenido sustentado en el cariño hacia el material de partida, el carisma de sus personajes y el mimo que su guionista y cineasta va a depositar en la obra gracias a su labor como director de orquesta. Pero también debemos admitir para mal que una vez más Marvel Studios vuelve a ofrecer un proyecto que no sólo repite la fórmula de la productora sin añadir ningún tipo de variante o añadido original, sino que toma la  impronta de una pieza que se salió un poco del estatus establecido por la cadena de montaje diseñada por Kevin Feige, la primera Guardianes de la Galaxia, y la mimetiza hasta el paroxismo para que una vez más la división cinematográfica de la Casa de las Ideas ofrezca su lado más "empresarial" transitando el camino más fácil y convirtiendo lo que en cierta manera era una rara avis de Marvel Studios en una película más con su consiguiente secuela bajo el brazo.




Evidentemente desde un punto de vista cinematográfico y siempre que se haya disfrutado considerablemente de la primera entrega Guardianes de la Galaxia Vol. 2 se presenta ante el espectador como una space opera repleta de acción, humor, amor y un grupo de personajes carismáticos y entrañables que todavía tiene mucha deuda con Firefly y Serenity de Joss Whedon, algunas producciones de Stuart Gordon como Spacetruckers o Fortaleza Infernal y todo aderezado con la personalidad tosca y gruesa de James Gunn aunque sólo a los niveles que le permite una producción gestada en el seno de la Disney con una película calificada por edad como PG-13. En ese sentido pocas carencias podemos destacar de esta segunda parte ya que los profesionales que están detrás de su creación cumplen sobradamente con su cometido a la hora de ejecutarla con la pericia exigida, aunque sin llegar a las cotas de cohesión tonal y argumental de la primera versión del año 2014 como producto cinematográfico.




Aunque acabamos de afirmar que Guardianes de la galaxia Vol. 2 es prácticamente idéntica a su predecesora James Gunn ha intentado cambiar algunas características del producto, o darle más peso a unas que a otras. Vaya por delante que esta segunda parte no tiene tanto humor como la primera y al verse este más condensado en ocasiones funciona muy bien y en otras no tanto, por suerte el co director de Tromeo y Julieta sacrifica parte de la comicidad por una buena causa, la de dar más peso a aquellas emociones que ya se dejaron notar en la cinta primigenia de 2014 y aquí se acentúan y en ese sentido el acierto es mayúsculo ya que todo lo relacionado con Ego, los orígenes de Peter Quill, la recientemente recuperada relación con su peculiar progenitor y el rol que toma en la misma su "padre adoptivo" (contra todo pronóstico es el Yondu Udonta de Michael Rooker es el mejor personaje de esta secuela y suyos son algunos de los más destacables momentos del film) crean la verdadera materia prima que sustenta los mayores logros de todo el proyecto.




James Gunn sabe lo que los fans de Marvel Studios en general y los de la primera Guardianes de la Galaxia en particular quieren, de modo que a lo largo del metraje trata de ofrecerlo en cantidades industriales. Secuencias como la de apertura ya mencionada, los mecanismos de defensa de Rocket contra los socios de Yondu (con a apuntes visuales que recuerdan incluso a Astérix y Obélix), la relación entre Gamora y Nébula (imagino a Rob Liefeld excitarse sexualmente con la escena en la que el personaje de Zoe Saldana coge el cañón de la nave de su hermana), todas y cada una de las intervenciones de un Baby Groot robando escenas a diestro y siniestro, Yondu, Rocket y Groot escapando de los cazarrecompensas mientras el primero los va eliminando a todos con su yaka, los momentos íntimos entre Star Lord y Gamora o Drax y la adorable Mantis e incluso el buen intento por parte de Marvel Studios de ir superando su problema a la hora de perfilar villanos con un mínimo de profundidad emocional, algo que casi consiguen con el Ego de un magnífico Kurt Russell, pero no del todo.




Aunque su metraje se hace algo excesivo en la recta final, el uso más selectivo del humor unas veces funciona (cualquier intervención de Groot o Drax y su tendencia a reirse por todo) y otras no (hay chistes más gruesos sobre sexo y escatología que no pintan demasiado en un producto de esta naturaleza) y, una vez más, no inventa nada dejándose imbuir demasiado por el espíritu de la primera entrega Guardianes de la Galaxia Vol. 2 es un blockbuster que merece ser visto y disfrutado si el espectador sabe a lo que debe atenerse y no exige al producto algo que no puedo o quiere darle. Por el camino quedan varios pasajes memorables, algunos golpes de humor que incitan incluso a la carcajada, una emotiva despedida en la inmensidad del espacio y cinco escenas post créditos que merecen la pena por el humor que destilan varias de ellas y la información importante que aporta una en concreto con respecto al futuro de lo que queda de Fase 3 de una Marvel Studios que sigue en una excelente, aunque autocomplaciente, forma física.



lunes, 8 de mayo de 2017

Brokeback Mountian



Título Original Brokeback Mountain
Director Ang Lee
Guión Larry McMurtry y Diana Ossana basado en el relato de Annie Proulx
Reparto Heath Ledger, Jake Gyllenhaal, Anne Hathaway, Michelle Williams, Randy Quaid, Linda Cardellini, Anna Faris, Scott Michael Campbell, David Harbour, Kate Mara





Cuenta la leyenda que la frustrante experiencia que supuso su incursión en el mundo de las traslaciones cinematográficas de personajes de cómics con la reivindicable Hulk fue el motivo por el cual el cineasta taiwanés Ang Lee decidió tomarse un año sabático alejado de los focos cinematográficos. Poco duró su retiro ya que durante 2004 el autor de Tigre y Dragón y su por aquel entonces colaborador, el productor y guionista James Schamus (una de las cabezas pensantes detrás de Focus Features, división de cine independiente de Universal Pictures) se embarcaron en el proceso de llevar a imágenes un famoso guión escrito por Larry McMurtry y Diana Ossana que adaptaba un relato corto llamado Brokeback Mountain, escrito por la novelista ganadora del Premio Pulitzer Annie Proulx. El film tuvo su puesta de largo internacional en el Festival de Venecia de 2005, ganando allí el el León de Oro a la mejor película, y desde ese mismo momento se convirtió en la sensación de aquella temporada, llegando a embolsarse numerosos galardones internacionales entre los que destacan tres Oscars (dirección, guión adaptado y banda sonora) de los ocho a los que fue nominado revelándose así como una obra de capital importancia dentro del cine de inicios del siglo XXI.




Brokeback Mountain cuenta la relación sentimental que mantienen a lo largo de casi veinte años Ennis del Mar (Heath Ledger) y Jack Twist (Jake Gyllenhal) un peón de rancho y un vaquero de rodeo respectivamente cuando en 1963 son contratados por el empresario Joe Aguirre (Randy Quaid) para cuidar su ganado en la montaña de Brokeback, un lugar ficticio localizado en el estado de Wyoming. Con el paso de los años y a pesar de mantener vidas paralelas con sendas mujeres (Michelle Williams y Anne Hathaway) ambos hombres se reencuentran regularmente en aquel idílico emplazamiento en el que pueden dar rienda suelta a una relación amorosa de manera furtiva sin que la misma salga a la luz en una sociedad, la del sur de Estados Unidos, cuyo extremismo con respecto a la homosexualidad podría costarles la vida. Durante dos décadas seguiremos el affaire de estos dos hombres que se mueven entre el sentimiento de culpa y la impotencia por no poder tener la vida conjunta que siempre han soñado.




Brokeback Mountain fue importante por distintos motivos, pero el principal es que abordó un tema como la homosexualidad sin cortapisas o prejucio alguno siendo una obra dirigida al gran público. Cuando Hollywood decidió hablar del mundo gay con alguna de sus producciones de relumbrón como Philadephia o Dioses y Monstruos, películas después de todo muy estimables. siempre se trataba la vida de sus protagonistas desde un óptica adscrita a un conservadurismo que no nos permitía ver en pantalla una verdadera relación emocional y sexual por miedo al rechazo de cierto sector de la audiencia. En el lado opuesto de la balanza se encontraba el famoso "queer cinema" noventero de autores como Rose Troche, Gus Van Sant o Gregg Araki que daban una visión más realista y explícita de este subgénero dentro de los círculos independientes, pero este no llegaba a las grandes masas. El largometraje de Ang Lee llegó en 2005 para romper esa barrera entre el cine comercial y el independiente a la hora de hablar de celuloide protagonizado por gays.




En ese sentido la elección del cineasta Ang Lee para ponerse al frente del proyecto fue un acierto mayúsculo por parte de los productores, no sólo porque con el director de Comer, Beber, Amar hablamos de uno de los artesanos más versátiles del cine de los últimos treinta años siendo capaz de embarcarse en proyectos tan diferentes como adaptaciones de novelas de Jane Austen (Sentido y Sensibilidad), radiografías de los cambios sociales y políticos de Estados Unidos durante los años 60 y 70 (La Tormenta de Hielo o Destino Woodstock) el western (Cabalga Con el Diablo) o el subgénero wuxia (Tigre y Dragón), sino porque también había abordado previamente, con tanto acierto como éxito, el tema de la homosexualidad en El Banquete de Boda, su segundo largometraje como director. Como profesional Lee puso su talento al servicio de un proyecto que en el momento en el que fue estrenado era tan necesario como osado a la hora de enfrentarse a modo de obra artística al grueso del público generalista.




Si obviamos la conceptualidad que la convierte en una obra genuina con respecto a la hora de abordar una relación sentimental homosexual desde una perspectiva peculiarmente inusual bajo Brokeback Mountain late una clásica historia de amor imposible salpicada por la incomprensión y la tragedia. Por suerte Ang Lee es un cineasta tan dotado para el retrato de personajes y la dirección de actores que decide eludir todo tipo de maniqueismo o posicionamiento estereotipado con respecto a sus criaturas. De modo que los roles de Ennis del Mar y Jack Twist no se muestran en pantalla como representaciones de un dechado de virtudes afectivas o emocionales ya que para sacar adelante la relación sentimental que comparten llegarán a cometer actos de puro egoísmo convirtiendo en víctimas a aquellos familiares o allegados que decidieron formar una vida en común con ellos y que pagarán el costoso peaje del "improbable" e "inaceptable"romance que ambos hombres mantienen a duras penas y a espaldas del mundo.




De este modo el director de La Vida de Pi no elude ideas y planteamientos controvertidos con respecto a sus protagonistas, que no dejan de ser seres humanos repletos tanto de virtudes como defectos que los muestran a modo de criaturas vulnerables y cercanas. A pesar de ello el cineasta y sus guionistas consiguen construir una verdadera historia de amor con tintes de tragedia, apuntes de angustia existencial y pasajes de una humanidad desarmante protagonizada por estos hombres que no pueden dar rienda suelta a su pasión por culpa de un contexto espaciotemporal, los Estados Unidos de los años 60 y 70, que rechaza de pleno algo que nunca podrán aceptar por culpa del arraigo que la intolerancia y el miedo a lo diferente marcó a fuego en su ADN, síntoma que por desgracia no ha sido del todo erradicado a inicios del siglo XXI y no sólo en el país de las barras y estrellas ya que no son infrecuentes las muestras de homofobia también en nuestro viejo continente.




Desde la primera escena de sexo en la tienda de campaña, una coreografía doliente compartida por dos animales heridos en la que Lee deja clara su intencionalidad a la hora de abordar el proyecto, Brokeback Mountain pone las cartas sobre la mesa a la hora de moldear el fondo y la forma de su propuesta. Ennis y Jack representan dos personalidades totalmente opuestas que se complementan la una a la otra. El primero, un rudo y taciturno peón de rancho que previamente nunca había mantenido relaciones con personas de su mismo sexo y el segundo, un apuesto cowboy de rodeo con cierta predilección a mantener aventuras esporádicas de una noche sin mirar el género de sus amantes, ofrecen dos maneras diametralmente opuestas de afrontar el dilema de "ser diferentes" al resto de los mortales llevando a cabo actos "impuros" desde un punto de vista bíblico o socialmente conservador como el anclado en la prehistoria en pleno corazón del sur de Estados Unidos.




Estas personalidades brutalmente diferenciadas están expuestas en pantalla por el trabajo mayúsculo del australiano Heath Ledger y el norteamericano Jake Gyllenhaal. Mientras el tristemente desaparecido Joker de El Caballero Oscuro encuentra en la contención, la mínima gestualidad, la modulación de la voz y el uso del acento sureño sus mejores aliados el protagonista de Enemy ofrece su mejor cara entregándose al carisma, la visceralidad y una simpatía contagiosa que hace saltar chispas cada vez que comparte plano en pantalla con la personalidad callada e introvertida de su partenaire. Ambos actores se muestran totalmente veraces cuando el relato exige que muestren su lado más libidinoso en pantalla (el dúo de intérpretes se implicó al 100% con no pocas secuencias sexuales que gracias a su profesionalidad exhalan dolor y pasión por todos y cada uno de sus fotogramas) y apelan a la intimidad, la cercanía y hasta lo sensible, que no sensiblero, cuando tienen que dar rienda suelta a los pasajes más románticos del largometraje.




A que la obra se vea sobrevolada por ese aire de poema desgarrado, de sentimiento melancólico de pérdida e impotencia es indispensable, como apuntábamos previamente, la implicación del taiwanés Ang Lee, un cineasta que no se amilana a la hora de abordar historias con resonancias de notable dramatismo como La Tormenta de Hielo o repletas de escenas sexuales de alto voltaje como las que poblaban Deseo, Peligro. Su mirada descarnada con la que expone a sus personajes desnudos, siempre emocionalmente, en pantalla eleva el de por sí magnífico guión y el grandioso tour de force de sus protagonistas que se extiende al resto de un soberbio reparto en el que hacen una encomiable labor, sobre todo, Michelle Williams y Anne Hathaway, Randy Quaid o Linda Cardelini entre otros. El director de la reciente Billy Lynn’s Long Halftime Walk se apoya en la preciosista fotografía de Rodrigo Prieto y la sencilla pero exquisita banda sonora de Gustavo Santaolalla, aderezada con varios temas country elegantemente seleccionados, para elevar a la excelencia el proyecto y lo consigue sobradamente gracias a su sensibilidad y dotes como profesional del medio.




Un reencuentro en el que la pasión del momento da paso a la delación que cambiará la vida de los protagonistas y sus familiares, el breve flashback de un hombre sencillo y de pocas palabras abrazando a su amante cariñosamente mientras le canta una canción de su infancia a modo de reconciliación, un padre reafirmando su posición de hombre ante una familia política que se dedica a humillarlo por los rumores sobre su identidad sexual, un peón de rancho que elude en todo momento mostrar sus sentimientos derrumbándose ante su desdicha y la de su compañero por no poder envejecer juntos como cualquier otra pareja, una noticia trágica anunciada al otro lado de la línea telefónica y finalmente una camisa y una postal que se convierten en iconos del mejor género romántico dentro del cine reciente ayudan a cimentar la leyenda detrás de Brokeback Mountain, una cinta que marcó un antes y un después en el Hollywood del siglo XXI, pese a quien pese.




Después de haberla visto por primera vez en cines en su 2005 natal, para quedar totalmente devastado y emocionado con sus hallazgos y virtudes cinematográficas, hace poco decidí revisarla para ver si había envejecido de mala manera o perdido su fuerza como obra de arte. El resultado del nuevo visionado no dejó lugar a dudas, doce años después de su estreno Brokeback Mountain sigue siendo una obra maestra contemporánea, una pieza imperecedera sobre cómo un sentimiento tan primario e intrínseco en la naturaleza humana como el amor puede convertirse en un camino lleno de obstáculos y miedos de distinta naturaleza u origen. Más allá de cómo se valore desde un plano estrictamente cinematográfico sólo seres insensibles, incultos, intolerantes y de una existencia aposentada en la tristeza y la acritud pueden poner el grito en el cielo ante una pieza ejemplar como la que Ang Lee ofreció en homenaje a los Ennis del Mar y Jack Twist del mundo y a todos aquellos que tuvieron que ocultar algo que debe ser inherente en todo ser humano, el derecho a amar y ser amado.


domingo, 7 de mayo de 2017

Dogville, make America great again



Título Original Dogville (2003)
Director Lars Von Trier
Guión Lars Von Trier
Reparto Nicole Kidman, Paul Bettany, Lauren Bacall, Stellan Skarsgård, James Caan, Ben Gazzara, Harriet Andersson, Jean-Marc Barr, Patricia Clarkson, Jeremy Davies, Philip Baker Hall, Udo Kier, Chloë Sevigny, Siobhan Fallon, Blair Brown, Zeljko Ivanek





Tres años después de ganar la Palma de Oro del Festival de Cannes con la sobrecogedora Bailar en la Oscuridad, obra ideada con la complicidad de la cantante islandesa Björk realizando una labor superlativa en su debut, y último trabajo, como actriz Lars Von Trier volvía a la croisette francesa en 2003 con una propuesta cinematográfica poseedora de ciertos paralelismos con la trágica historia de la invidente y soñadora Selma, pero planteada como una pieza rompedora y original en cuanto a su conceptualidad y ejecución cinematográfica. Dogville supuso la primera entrega de una trilogía (al igual que lo fueron en su momento las de "Europa" y "El Corazón de Oro" dentro de la filmografía del danés) llamada "USA: Tierra de las Oportunidades" que hasta ahora consta de dos entregas si también tenemos en cuenta Manderlay, estrenada en 2005, de la que ya hablé en Transgresión Continua hace unos años y a la que se sumará, en teoría, un último episodio llamado Washington




Dogville es la primera entrega de dicha trilogía y narra la llegada de una joven misteriosa llamada Grace (Nicole Kidman) al pueblo homónimo, una pequeña localidad de no más de quince habitantes localizada en las Montañas Rocosas en Estados Unidos. después de ser rescatada por uno de los lugareños llamado Thomas Edison Jr (Paul Bettany) mientras huye de un grupo de perseguidores anónimos que abrieron fuego contra ella. Poco después Thomas reúne a todos los habitantes de Dogville para convencerlos con respecto a acoger a la extraviada muchacha. Finalmente Dogville acepta la propuesta y Grace en agradecimiento se ofrecerá para realizar todas aquellas tareas que los pueblerinos no necesiten hacer por una pequeña remuneración económica. Todo se torcerá en el momento en el que la policía ofrezca una recompensa por Grace ya que desde ese momento los habitantes de Dogville mostrarán su hostilidad hacia ella haciéndole pasar por un calvario hasta que un inesperado giro de acontecimientos hará cambiar las tornas en favor de nuestra protagonista.




La mayor peculiaridad de Dogville, narrada en nueve capítulos y un prólogo, es que fue abordada por Lars Von Trier de manera que su escenografía poseyera una naturaleza puramente teatral. El largometraje se desarrolla en una sola localización ya que el pequeño pueblo de las rocosas que da nombre a la obra fue recreado en un estudio situado en Trollhattan (Suecia) y los edificios estaban delimitados por trazos de tiza dibujados en el suelo, eludiendo casi al 100% el uso de cualquier tipo de atrezzo y sólo añadiendo el mobiliario necesario para que los personajes pudieran interactuar con él. De este modo el director de Anticristo volvía a desafiar los preceptos más ortodoxos de la narrativa cinematográfica como una década antes lo había hecho con el tratado Dogma 95 que él y su amigo y compatriota el cineasta Thomas Vinterberg (La Caza, Celebración) idearon para volver a la esencia de lo que ambos consideraban el séptimo arte en su estado más puro con la seminal Los Idiotas como carta de presentación.




Con esta peculiar decisión artística el cineasta danés intenta reducir al mínimo exponente la experiencia cinematográfica para que su relato deposite la mayor parte de su peso en las interpretaciones del reparto y la interacción entre los personajes que le dan forma, prescindiendo de fuegos de artificio de todo tipo por medio de una ambigua puesta en escena que amalgama el clasicismo (una localización mínima y escueta, ortodoxia en cuanto a la narrativa) con las últimas tecnologías en lo referido a realización cinematográfica (rodaje en formato digital y con un acertado uso de los CGI para enriquecer el apartado visual del largometraje) dando como resultado un híbrido entre celoluoide y teatro que se reveló como toda una obra maestra que puede considerarse una pieza claves entre los mejores trabajos del director de El Elemento del Crimen o Rompiendo las Olas entregándose con ella, como en muchos otros momentos de su carrera, a la experimentación y la inusualidad más arriesgada y lacerante.




Toda  este escenografía teatral deudora de Samuel Beckett, Henrik Ibsen o Bertol Bretch, pero con no pocos coletazos del descarnado discurso del tratado Dogma 95, que él mismo ayudó a crear, sirve a Lars Von Trier para desnudar su discurso y dedicarse en cuerpo y alma a la dirección de actores que dan forma a un casting en estado de gracia repleto de jóvenes promesas (Paul Bettany, Jeremy Davies, Chlöe Sevigny), curtidos veteranos (Lauren Baccall, Ben Gazzara, James Caan, Philip Baker Hall, John Hurt como la voz del narrador), habituales de la "Casa Von Trier" (Stellan Skarsgard, Jean-Marc Barr, Udo Kier) secundarios de lujo que rara vez han recibido el reconocimiento merecido (Patricia Clarkson, Zeljko Ivanek) o una enorme Nicole Kidman comándandolos a todos como jefa de ceremonias. Hasta el último de ellos implicado al 100% con la suicida apuesta del danés que por otro lado iba a suponer para el reparto una excelente oportunidad para explotar al máximo sus dotes interpretativas a nivel individual sin distracciones banales o de carácter espurio.




Pero debajo del tan atractivo como poco comercial envoltorio de Dogville late una de las historias desgarradoras e incómodas propias de Lars Von Trier y al igual que en la ya mencionada cinta protagonizada por Björk en esta ocasión vuelve a apuntar sus afilados dardos contra Estados Unidos. El séptimo largometraje de ficción del autor de Epidemic es una crítica furibunda a la sociedad americana, a su falsa moral con la que vende un sentimiento de comunidad que se resquebraja en pedazos en cuanto los individuos que forman la misma se encuentran en situaciones de presión o extremas y deciden apelar a su propia supervivencia somo seres primarios que dejan salir a la luz sus intintos más básicos e inmorales. Para el cineasta de Melancholia América es un "lobo con piel de cordero", una voraz criatura que cuando muestra sus fauces devora a cuanto obstáculo se pone en su camino apelando a unos preceptos sociales y políticos aposentados en el egoismo, la individualidad y un afán de superación con respecto al prójimo que se adentra en lo enfermizo y obsesivo.




Por supuesto un artista tan inquieto, y caprichoso, como Von Trier no iba a quedarse sólo con esa lectura, ya que la ambigüedad con la que está abordada la personalidad de Grace es de vital importancia para entender en su totalidad el retrato que realiza sobre la "American Way of Life" y su hiperbolizado "Sueño". El personaje de Nicole Kidman personaliza aquello que promulgaba Luis Buñuel sobre la ineficacia e inutilidad de la caridad, ya que su intento por aplicarla contra personas arraigadas en el egoismo y la desconfianza sólo puede ofrecer un fruto envenenado. Cuando Grace pasa su martirio de tintes bíblicos y el espectador descubre su identidad y la de su padre ella hace uso del poder que este último delega en su persona para mandar "una plaga" que arrasa con Dogville y todos sus habitantes como si de una moderna Sodoma se tratase y cuya desaparición, en palabras de la misma protagonista, nadie lamentará, América se autoinmola a sí misma en una retroalimentación de odio, violencia, pólvora, sangre y venganza, los "cinco elementos" que la fundaron como nación, algo que también defendió Martin Scorsese en su infravalorada y muy recuperable Gangs of New York.




En cuanto a la dirección Lars Von Trier se encontraba en todo su apogeo como narrador sin depresiones que le incitaran a rodar mutilaciones genitales en primer plano, planetas colisionando en una bellísima coreografía de destrucción y muerte o las memorias repletas de sexo explícito de una ninfómana. Ejerciendo de operador de cámara él mismo, invadiendo el espacio vital de sus actores hasta el límite de incomodarlos (especialmente recomendable el extenso y muy original making of del film titulado Dogville Confessions con material muy jugoso de los problemas de los intérpretes con el director, especial mención a los que tuvo con Paul Bettany) alternando el naturalismo de unos primerísimos planos que los intérpretes aguantan gracias a un esoticismo digno de elogio con pasajes visualmente epatantes como cualquiera de las tomas cenitales que muestran la totalidad de la ciudad de Dogville o la secuencia en el remolque de la camioneta de Ben que es una clase magistral de ejecución, uso de los efectos visuales, dirección de actores y posicionamiento de cámara.




El danés enfatiza por medio de su escenografía libre de decorados la desnudez interna de sus personajes. Las pocas secuencias en las que los actores "miran a través de las paredes" de manera sentenciosa a la protagonista o la escena de la primera violación en la que la puesta en escena del director juega con la idea de estar sucediendo el aberrante acto en una habitación cerrada que en realidad cualquier actor del reparto puede ver con claridad y a plena luz del día sirven para que Von Trier juegue con los imperceptibles límites de la narración que él mismo se autoimpuesto como artista, llegando no sólo a incomodar al espectador por medio de una utilización virtuosa de la autoconsciencia cienamatográfica y teatral de su proyecto o la metareferencialidad llegando en ocasiones a bordear la obscenidad por medio un humor negro y una ironía que no todo espectador acepta de buena gana o llega a comprender en la misma medida que el guionista y director  oriundo de Copenhague.




Dogville es una pieza masgitral, que debe ser disfrutada en su metraje íntegro de 177 minutos, y cuyo impacto acrecentado por su enorme reparto, magnífico trabajo de dirección y conceptualidad desafiante, puso las cosas muy difíciles a su secuela Manderlay en 2005 cuando el factor sorpresa desapareció y esta no llegó a cotas de maestría de su hermana mayor aunque, como recalco en la reseña que previamente he adjuntado, virtudes narrativas y visuales no le faltaban. A la espera de que la eternamente pospuesta Washington cierre la trilogía "Estados Unidos: Tierra de Oportunidades", algo poco probable a corto plazo, actualmente esperamos pacientemente que acabe el rodaje de la última película del genio que llamó en público enano a Roman Polanski e incomprendido a Hitler, esa The House of Jack Built protagonizada por Matt Dillon, Uma Thurman, Bruno Ganz, Sofie Gabrol, Riley Keough y Siobhan Fallon Hogan con la que dará su siempre personal visión de los crímenes realizados por un asesino en serie ya en el próximo año 2018 si no se retrasa la producción, algo nada descartable en la obra de este autor tan megalómano como necesario.


jueves, 4 de mayo de 2017

Especial John Wick: Fortis Fortuna Adiuvat



Keanu Reeves es un actor canadiense de origen libanés, nació en Beirut en 1964, que comenzó a despuntar en el cine estadounidense con obras independientes como Mi Idaho Privado, uno de los estandartes del queer cinema de los 90 dirigido por su cineasta más emblemático, Gus Van Sant, o comedias adolescentes de naturaleza alocada como la mítica Bill y Ted. Aunque poco tardaría el joven Reeves en comenzar a coquetear con las grandes superproducciones norteamericanas auspiciadas por directores consagrados como Francis Ford Coppola (Drácula, de Bram Stoker) o Bernardo Bertolucci (El Pequeño Buda) o Kenneth Branagh (Mucho Ruído y Pocas Nueces) para después ir curtiéndose como actor de cine de acción en cintas como Le Llaman Bodhi (Point Break), de Kathryn Bigelow, Speed, de Jan de Bont o Johnny Mnemonic, de Robert Longo. Pero no sería hasta el año 1999 y su papel protagonista en la tan seminal como referencial Matrix o sus inferiores secuelas que tocara el cielo dentro de este género cinematográfico.




Tras su primera incursión como Neo en la saga ideada por las hermanas Lily Wachovski y Lana Wachovski comenzó a elegir papeles bastante mediocres como los de Juego asesino (The Watcher), Equipo a la Fuerza (The Replacements) o Noviembre Dulce que años más tarde sólo serían el inicio del declive de su carrera incursionando en proyectos bastante reprobables o fallidos como la adaptación en pantalla grande del cómic Hellblazer con Constantine, el remake americano de la coreana La Casa del Lago o la paupérrima revisión que Scott Derrickson (Doctor Strange, Líbranos del Mal) realizó de Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still) el clásico de la ciencia ficción que Robert Wise rodó en 1951. Cuando su fama había decrecido considerablemente de cara al gran público su debut como director con El Poder del Thai Chi (Man of Thai Chi) o su participación en la superproducción La Leyenda del Samurai (47 Ronin) hicieron resurgir poco a poco su ya conocido perfil de actor de actor consagrado en thrillers de distinto pelaje, resurrección que se confirmaría totalmente en 2014 con una película llamada John Wick.




El mismo Keanu Reeves se implicó personalmente en el proyecto de sacar adelante John Wick tomando el rol de productor ejecutivo y para dirigir el largometraje eligió a dos reconocidos jefes de especialistas de escenas de riesgo para el cine y la televisión norteamericana. Chad Stahelski y David Leitch (que no está acreditado como director en el film, pero ejerció como tal junto a su compañero) se curtieron a lo largo de los años en productos como la saga Matrix, El Club de la Lucha, 300, V de Vendetta o Buffy Cazavampiros y si tenemos en cuenta la naturaleza de cinta de acción brutalmente física de John Wick la elección de este binomio de realizadores fue todo un acierto. A continuación vamos a reseñar las dos películas de la por ahora breve franquicia, la primera estrenada en 2014 (no en España, país en el que no vio la luz en las carteleras) y la segunda que, esta vez sí, el pasado día 21 de Abril llegó a la pantalla grande en nuestro territorio para deleite de los no pocos fans españoles que “Baba Yaga” ya posee aquí y a lo largo y ancho del globo terraqueo.


John Wick: Otro Día Para Matar (2014), el último samurai




Dirección David Leitch, Chad Stahelski
Guión Derek Kolstad
Música Tyler Bates, Joel J. Richard
Fotografía Jonathan Sela
Reparto Keanu Reeves, Michael Nyqvist, Alfie Allen, Willem Dafoe, Dean Winters, Adrianne Palicki, Bridget Moynahan, John Leguizamo, David Patrick Kelly
Duración 101 min
Productora Lionsgate / 87Eleven / Company Films / DefyNite Films
Nacionalidad Estados Unidos




John Wick llegó a la carrera del Keanu Reeves cuando el canadiense más necesitaba un éxito para recuperar su estatus en la maquinaria hollywoodiense. Por suerte el protagonista de Cuando Menos te lo Esperas, que fue uno de los impulsores del proyecto, dio con una producción que le permitía tanto a él como a sus colaboradores cierta libertad creativa con la que mantener el control de la susodicha. La elección de los expertos en escenas de riesgo Chad Stahelski y David Leitch para ponerse detrás de las cámaras sin ser duchos en realización cinematográfica a petición del mismo Reeves dan buena muestra de la implicación del actor de Pactar con el Diablo (Devil’s Advocate) con John Wick y los resultados conseguidos por el film tanto en taquilla como de cara a la prensa especializada confirman el acierto que supuso toda la gestación del largometraje. El guionista Derek Kolstad, curtido en el mundo del cine de acción casi de Serie B con films como Una Bala en la Recamara (One in the Chamber) o Entrega Peligrosa (The Package), y un reparto de caras internacionales como las de Michael Nyqvist (la saga Millenium), Alfie Allen (Juego de Tronos), Willem Dafoe (Spiderman), Ian McShane (Deadwood), Adrianne Palicki (G.I. Joe: La Venganza), Lance Reddick (The Wire) o John Leguizamo (Kick-Ass 2) entre otros se sumaron a la producción y ayudaron a dar forma a una obra que en poco tiempo se convirtió en una cinta de culto dentro de su género gracias una serie de aciertos, y fallos, que pasaremos a enumerar en la siguiente reseña.




John Wick no es un proyecto que se ande con rodeos o paños calientes con respecto a su intencionalidad y desde su punto de partida argumental deja claras sus nada grandilocuentes pretensiones cinematográficas. La trama mínima sobre un ex asesino a sueldo convertido en leyenda que decide tomar venganza contra el hijo de uno de los mafiosos que en el pasado contrató sus servicios tras robarle el coche y asesinar el perro que su recientemente fallecida esposa le regaló es el catalizador de toda la sencilla pero efectiva historia que vertebra esta producción de 2014. La excusa narrativa es brutalmente genérica y emula la de cualquier muestra de cine que amalgame tramas sobre venganzas aderezadas con escenas de acción y artes marciales, aquel tipo de celuloide en el que la inefable Cannon Films de los productores israelíes Menahem Golan y Yoram Globus sustentó la mayor parte del grueso de su obra y que auspiciaron héroes de la Era Reagan como Chuck Norris, Jean Claude Van Damme, Dolph Lundgren o a un nivel más subsidiario el Michael Dudikoff de la franquicia El Guerrero Americano (American Ninja), pero añadiendo retazos del género western o las primeras producciones del cineasta chino John Woo tales como Better Tomorrow o The Killer, aunque con respecto a estas últimas siempre en un sentido más argumental que estilístico.




Esta afirmación viene dada porque nada de la estilización de violencia a ritmo de slow motion del director de Cara a Cara (Face/Off) o Broken Arrow podemos encontrar un producto como John Wick, ya que Chad Stahelski y David Leitch deciden sustentar su puesta en escena en una acción inmediata, cruda, carente de todo tipo de coreografía embellecedora y con un uso magistral del caos controlado en el que las secuencias de acción se muestran epidérmicas, descarnadas y de una fisicidad sustentada en el buen hacer de sus actores y en la veteranía de la dupla de realizadores a la hora de rodar este tipo de celuloide en el que la técnica y el montaje copan una importancia capital. Precisamente en ese modo de ejecutar la escenas más físicas encontramos la mayor virtud de un proyecto como John Wick, en la perfecta comunión entre un dúo de competentes profesionales en su ramo situados detrás de las cámaras y un “héroe de acción”, metido casi en la cincuentena cuando protagonizó el film, que se revela como un experto en la lucha cuerpo a cuerpo y el uso tanto de armas blancas como de fuego, dejando poco logar para el lucimiento de los especialistas en escenas de riesgo ya que él decidió protagonizar la mayoría de pasajes dinámicos interpretados por su personaje, entregado durante el 80% del metraje a la acción medida, equilibrada, pero siempre directa y visceral.




Como previamente hemos afirmado el guión escrito por Derek Kolstad para John Wick se dejaba de florituras o quiebros narrativos y se reducía a la esencialidad más humilde para que fueran la acción y los personajes los ejes centrales del proyecto. Pero del mismo debemos mencionar dos detalles importantes que enriquecen y dan cierto trasfondo la historia planteada para sustentar el esqueleto del largometraje. Por un lado la escritura procura realizar un retrato bastante realista, dentro del uso y abuso de los clichés de género, del mundo del crimen organizado, ese hampa en el que se mueven los gangsters, en esta ocasión mafiosos de origen ruso, como no podía ser menos. La labor de actores como Michael Nyqvist o Alfie Allen (experto en dar vida a criaturas patéticas desde que lo hizo de manera ejemplar con su Theon Greyjoy) ayuda a que el espectador se vea sumergido en ese contexto de lujo, traición, asesinato y extorsión en el que los capos crean sus propias reglas y unos códigos de supuesto honor que no tardan en traicionar amparándose en la supervivencia personal. El único problema es que tanto estos roles, como los que se encuentran del lado del protagonista (el secundario al que da vida un siempre competente Willem Dafoe) no dejan de ser comparsas del jefe de ceremonias.




Keanu Reeves se aprovecha de la otra gran virtud del guión de Derek Kolstad, toda la mística que crea alrededor de la figura de John Wick como si de una leyenda urbana que pasa de boca en boca entre susurros en el submundo del crimen se tratase, y no desperdicia la ocasión para volver a lo grande al cine de acción que le dio la fama. El “Baba Yaga” al que da vida el protagonista de Reacción en Cadena o Premonición es una figura temida hasta por aquellos que en su momento contrataron sus servicios (uno de los puntos más originales del film es plantear un villano que desde el mismo arranque del metraje teme por su vida al saber que John Wick ha jurado venganza contra su propio hijo) su famosa inexpresividad y las increíbles condiciones físicas en las que se encuentra adentrándose en la cincuentena se vuelven a su favor para dar vida a una milimétrica máquina de matar, una sombra letal que utilizando una mixtura de distintas técnicas de lucha y una destreza fuera de toda duda haciendo uso de distinto tipo de armas consigue eliminar a todo ser viviente que se interpone en su camino con la paupérrima idea de impedirle conseguir su misión. Su determinación, la idea de que el asesinato a sangre fría de lo que para él era algo más que una mascota y la ayuda de antiguos compañeros de oficio irán marcando la senda iniciada por este Ronin nacido en la época equivocada.




Como apuntábamos al inicio de esta reseña al poco tiempo de su estreno en pantalla grande y plataformas de pago John Wick se convirtió en una pieza de culto dentro de su género y en el trampolín que devolvió a Keanu Reeves a la “Primera División” de Hollywood colaborando en los nuevos proyectos de cineastas tan diferentes como Nicolas Winding Refn (The Neon Demon), Eli Roth (Knock, Knock) o Ana Lily Amirpour (The Bad Batch). De manera inexplicable una cinta como la que nos ocupa, abvlada por una carrera comercial nada desdeñable, nunca se estrenó en las carteleras españolas y tampoco vio la luz en formato físico siendo visionada por primera vez en nuestro país en la televisión nacional con una más que holgada audiencia. Este fallo ha sido subsanado en el presente año 2017 ya que la inevitable secuela John Wick: Pacto de Sangre sí ha debutado en pantalla grande para regocijo de los no pocos fans que el personaje creado por Keanu Reeves, Chad Stahelski, David Leitch y Derek Kolstad ha cosechado en nuestro país. Con casi el mismo equipo técnico de la primera entrega, una nueva hornada de caras conocidas de Hollywood dando forma a la galería de personajes secundarios y un Keanu Reeves una vez más como productor y protagonista la “segunda venida” de “Baba Yaga” ya ha sido recibida en loor de multitudes en los distintos países en los que el film ha podido ser visionado y en esta ocasión España ya no es la excepción.




John Wick: Pacto de Sangre (2017), el salario del miedo




Dirección Chad Stahelski
Guión Derek Kolstad
Música Tyler Bates, Joel J. Richard
Fotografía Dan Laustsen
Reparto Keanu Reeves, Riccardo Scamarcio, Bridget Moynahan, Ruby Rose, Peter Stormare, Ian McShane, Common, Alex Ziwak, Margaret Daly, Heidi Moneymaker, Laurence Fishburne, Lance Reddick, Claudia Gerini, John Leguizamo, Franco Nero
Duración 122 min
Productora Coproducción USA-Hong Kong; 87Eleven / Lionsgate / Thunder Road Pictures
Nacionalidad Estados Unidos




Tres años después de la primera entrega llega a las carteleras de todo el mundo John Wick: Pacto de Sangre o John Wick: Chapter 2 en su título original, la secuela del exitoso film de 2014 protagonizado por un felizmente recuperado Keanu Reeves. Con David Leitch ya definitivamente fuera de la ecuación (en breve estrenará Atomic Blonde y se implicará en el rodaje de Deadpool 2) pero Chad Stahelski una vez más al mando de la máquina y Derek Kolstad escribiendo el guión John Wick vuelve a lo grande con una secuela que manteniendo el tono, el estilo y la idiosincrasia de su antecesora consigue superarla sobre todo si nos centramos en el plano técnico, que es, una vez más, el apartado en el que esta nueva entrega de la casi recién nacida saga se hace, no ya grande, sino enorme. Si bien en John Wick: Otro Día Para Matar encontramos un notable desfile de caras conocidas dando vida a roles secundarios en esta segunda parte a los ya conocidos Ian McShane, John Leguizamo o Lance Reddick se suman nuevos rostros como los de Riccardo Scamarcio (Pasolini), Ruby Rose (Orange is the New Black), Clauida Gerini (La Pasión de Cristo), Franco Nero (Django), Common (Selma), Peter Stormare (Minority Report) o Laurence Fishburne (la saga Matrix). El resultado como era de esperar, y ya dejamos entrever en este primer párrafo, supera a la cinta primigenia de 2014 aumentando exponencialmente sus virtudes ofreciendo “más y mejor” de lo que sus autores nos ofrecieron ya en cantidades industriales en el pasado, pero también adentrándose en terrenos algo inverosímiles desde el punto de la escritura y el microcosmos creado por medio de la misma con respecto al oficio tanto de John como de aquellos que como él se dedican al crimen organizado para ganarse la vida.




Repetir la fórmula pero depurándola y limándole las aristas en la medida de lo posible para ofrecer más de la misma naturaleza pero con mayor acierto y resolutividad, seguramente esa fue la idea en mente de las cabezas pensantes detrás de un proyecto como John Wick: Chapter 2 a la hora de dar continuidad a las andanzas del más letal de los asesinos a sueldo “retirados” del submundo del hampa internacional. Una vez más el guión del competente Derek Kolstad se construye en torno a la sencillez y la linealidad tomando en esta ocasión el cumplimiento de una deuda pendiente por parte de John al mafioso Santino D’Antonio (Riccardo Scamarcio) que le llevará a enfrentarse a la mismísima Camorra italiana en tierras romanas para más tarde volver a Estados Unidos y extender hasta allí un reguero de cadáveres que antes de pasar a mejor vida cometerán la osadía de intentar dar caza infructuosamente a “Baba Yaga”. Como afirmamos el libreto es directo y conciso de modo que, al igual que sucedía en la primera entrega de 2014, el tomo de thriller frenético así como los personajes, sus relaciones interpesonales, simples pero eficientes, y las situaciones extremas en las que se ven implicados como roles se convierten en el núcleo narrativo de una producción como la que nos ocupa que no aspira a nada más que ofrecer dos horas de fruición filmada a la platea.




Como apuntábamos en la reseña de la primera entrega de John Wick uno de los mayores aciertos por parte de Keanu Reeves a la hora de ejercer como productor de dicho largometraje fue su afán por conseguir para dirigirlo a dos directores ivolucrados en el cine de acción desde sus mismas entrañas ejerciendo durante años la labor de entrenar a los especialistas de escenas de riesgo de algunos de los mejores films del Hollywood reciente con la dupla formada por David Leitch y Chad Stahelski. En esta ocasión sólo contamos con Stahelski para ponerse detrás de las cámaras y con ello acometer la realización de John Wick Chapter 2 pero el resultado es más brillante si cabe que en la anterior entrega, porque una vez más lo pasajes dinámicos, físicos, violentos y espídicos vuelven a estar expuestos en pantalla con una maestría sin mácula y con una virtud que no está al alcance de muchos artesanos de este tipo de celuloide como es una “claridad cristalina” a la hora de dar forma a las enormes secuencias de disparos, persecuciones o combates cuerpo a cuerpo con una cámara que muestra sin más movimientos que los exigidos y de manera prístina, sin lugar a confusión visual alguna, la medida orgía de caos y muerte que Wick va gestando poco a poco con pasajes sencillamente avasalladores (la persecución en los pasadizos del coliseo y el clímax final con la sala de espejos son oro puro) que se encuentran en los mejores momentos cinematográficos del 2017 añadiendo una amalgama de referencias estéticas que van desde los shooter del mundo del videojuego a clásicos del séptimo arte como La Dama de Shangái de Orson Welles.




Si alguien tenía alguna duda sobre si Keanu Reeves volvería a estar a la altura a la hora de darlo todo en el plano físico en John Wick: Pacto de Sangre puede estar tranquilo porque el canadiense de nuevo ofrece un recital de violencia explícita sencillamente brutal. Lo que el protagonista de Hardball expone en pantalla es fruto de un entrenamiento físico que se tomó muy en serio antes del rodaje de la obra que nos ocupa y si en la primera entrega las no pocas secuencias de acción que protagonizaba eran para quitarse el sombrero la interminable cascada de disparos, laceraciones, navajazos, fracturas, llaves inmovilizadoras y atropellos de coche en los que se ve implicado en esta ocasión confirman de manera fehaciente que pocos actores hay en el Hollywood actual capaces de aguantar un rodaje tan intenso como él. Su poderío a la hora de “infligir dolor ajeno” es tal que Chad Stahelski en esta ocasión le regala incluso algunos momentos para el puro lucimiento de sus aptitudes como luchador y pistolero, llegando en algunos pasajes a acontecer en pantalla una comunión entre realizador y protagonista que casi, ojo, casi llega a las cotas de maestría del galés Gareth Evans con los intérpretes de sus, hasta ahora, dos entregas de la saga The Raid, pero ciertamente con dicha dupla cinematográfica idonesia hablamos de palabras mayores y una liga en la que la franquicia John Wick todavía no juega y puede que nunca llega a hacerlo, aunque como obra fílmica no lo necesita y tampoco lo demanda.




Entre los muchos aciertos de John Wick: Pacto de Sangre sólo podemos destacar un fallo, el no del todo certero intento por parte de Derek Kolstad de extender y enriquecer el universo fictico que creó para el primer film con respecto a la visión que se daba del oficio de asesino a sueldo. Aquellos detalles que en 2014 se apuntaban con breves pinceladas se convierten aquí por culpa de cierto trazo grueso en una inverosímil “sociedad secreta de mercenarios” que parece controlar el planeta entero, unos “Illuminati” del asesinato remunerado que se encuentran tanto en los edificios más lujosos como en los suburbios más desfavorecidos de nuestra o cualquier sociedad comandados por jefes en la sombra (el alarde de poder por parte de Winston en la escena del parque es una pasada de rosca con todas las de la ley) bordeando en ocasiones la línea de una inverosimilitud casi cómica. Más allá de esa mácula narrativa esta secuela de John Wick no sólo ofrece todo y más de lo que se le exigía como continuación de una cinta ya de culto dentro del género de acción más puro, sino que también hace las veces de puente para una tercera entrega que si es fiel a los acontecimientos planteados en su recta final puede volver a ofrecernos celuloide físico y directo que sin hacer prisioneros o aspirar a ser algo que no es o debe ser supera en calidad al 95% de las producciones norteamericanas que podemos encontrar asediando nuestras carteleras todas las semanas y que son vendidas por la publicidad como muestras del cine comercial de calidad que nunca llegarán a ser.


domingo, 30 de abril de 2017

Enemy, tangled web



Título Original Enemy (2013)
Director Dennis Villeneuve
Guión Javier Gullón, basado en la novela de José Saramago
Reparto Jake Gyllenhaal,  Mélanie Laurent,  Sarah Gadon,  Isabella Rossellini,  Joshua Peace, Tim Post,  Kedar Brown,  Darryl Dinn,  Misha Highstead,  Megan Mane,  Alexis Uiga





2013 fue un año clave para el despegue definitivo del cineasta canadiense Denis Villeneuve como uno de los artesanos más talentosos del cine occidental actual. En la edición del Festival Internacional de San Sebastián presentó sus dos últimos trabajos hasta el momento, Prisioneros y Enemy. El primer largometraje, rodado dentro de la maquinaria estadounidense y con un magnífico reparto encabezado por Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal, era una atípica muestra de thriller sobre secuestros que se hacía fuerte gracias a la medida puesta en escena de su comandante en jefe y a la enorme labor de su casting. El segundo era un trabajo de naturaleza mucho más modesta, una co producción entre Canadá y España que adaptaba El Hombre Duplicado, una novela editada en 2002, escrita por el mítico literato portugués José Saramago y que, una vez más, tenía al protagonista de Nightcrawler como actor principal.




Cuenta la leyenda que cuando el productor canadiense Niv Fichman adaptó la novela Ensayo Sobre la Ceguera con el brillante largometraje A Ciegas (Blindness) cuya dirección recayó en el cineasta carioca Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El Jardinero Fiel) y se la mostró a José Saramago este se emocionó tanto con el trabajo realizado que le dio el visto bueno para adaptar otro de sus trabajos literarios. Fichman eligió El Hombre Duplicado y tras un arduo proceso de preproducción eligió al español Javier Gullón (Invasor, Hierro) para escribir el guión, a su compatriota Denis Villeneuve que por aquel entonces sólo era conocido por haber llamado la atención con su segundo film, Incendies, para dirigir la película, al actor norteamericano Jake Gyllenhaal para abordar el papel protagonista, a las actrices Sarah Gadon (Un Método Peligroso) y Melanie Laurent (Malditos Bastardos), canadiense y francesa respectivamente, para interpretar a los dos personajes femeninos de la historia y a las que habría que sumar una Isabella Rosellini (Terciopelo Azul) con breve pero destacada aparición.




El que esto firma no ha leído la novela del autor de Ensayo Sobre la Lucidez o El Viaje del Elefante, de modo que a la hora de abordar Enemy lo haré, como en muchas otras ocasiones en las que he hablado aquí de adaptaciones al celuloide de novelas que no conozco, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico. Mientras en aquella edición del festival donostiarra Prisioneros recibió una aceptación considerablemente positiva Enemy fue acogida con una notable disparidad de opiniones, una polarización que vasculaba entre los que consideraban el film de Denis Villeneuve una obra maestra desafiante e inteligente y los que se sentían profundamente engañados por lo que consideraban un inexcrutable juego de trileros que a no pocos espectadores dejó con el gesto torcido sobre todo con ese famoso y polémico final acogido entre estupefacción y alguna risa nerviosa por los que acabaron formando parte de detractores de la obra.




Enemy narra la obsesión por parte de Adam (Jake Gyllenhaal) un apocado profesor de historia hacia la figura de Anthony (también Jake Gyllenhaal) un actor venido a menos al que descubre en una película de medio pelo como extra y que mantiene con él un inexplicable parecido físico. Ambos individuos, casado el segundo y con una situación sentimental un tanto peculiar el primero, llegarán a conocerse y comenzarán a mantener una extraña y aparentemente enfermiza relación. Esta idea narrativa, nacida en la novela de José Saramago, es la catalizadora del devenir de acontecimientos que tienen lugar en el film y los mismos que utilizan el guionista Javier Gullón y el cineasta Denis Villeneuve para tejer una intrincada tela de araña que da forma al tercer largometraje del director de La Llegada (Arrival) y con la que consigue atrapar a todo aquel espectador receptivo y con amplitud de miras que decida entrar en el nada complaciente juego de dichos autores.




Enemy fue abordada por Denis Villeneuve como una atípica y compleja amalgama formal y conceptual entre el David Lynch de la críptica y psicogénica Carretera Perdida (muchos han mencionado Mulholland Drive como principal referencia, pero el que esto firma ve más claras las reminiscencias al film protagonizado por Bill Pullman y Patricia Arquette) en cuanto a la estructura narrativa o argumental de la obra y el David Cronenberg de sus primeros films y la visión aséptica, gélida y mastodóntica de la arquitectura modernista que ofrecía en ellos desde un punto puramente estilístico. Esta peculiar mezcolanza cinematográfica que localiza una historia sobre múltiples identidades, desdoblamientos de personalidades y visiones deudoras del movimiento surrealista acontecidas en una enorme urbe canadiense sin determinar cuyas dimensiones se antojan intimidantes inyecta una personalidad muy marcada al largometraje que puede fascinar a un tipo de espectador y repeler a otro con la misma intensidad.




Denis Villeneuve imprime una puesta en escena distante, fría, tomando el rol de un Demiurgo imparcial a la hora de abordar las emociones de sus criaturas, como si de un entomólogo se tratase (la presencia de la enorme araña que pasea por el skyline canadiense podría reafirmar esta teoría) aunque no llegando a las cotas de crueldad de un Gaspar Noé, un Lars Von Trier o un Alejandro González Iñárritu, autores con tanto talento como predisposición por hacer sufrir lo indecible a sus personajes. El realizador de Sicario marca las distancias con los roles que pueblan su relato, pero no es ajeno a las situaciones en las que se ven envueltos y sabe llegar al corazón de la historia expuesta perfilando, con la ayuda de Javier Gullón al guión y el magnífico reparto, personalidades que se antojan realistas y cercanas a pesar de habitar en una especia de pesadilla de resonancias kafkianas.




El canadiense se crece a la hora de deconstruir conceptos como la personalidad, la identidad, la enfermedad mental y los complejos resortes que hacen funcionar el cerebro humano. Enemy es una “road movie introspectiva”, una viaje a la mente del/los protagonista/s en el que nunca llegamos a saber qué es real y qué pertenece al terreno de lo onírico. El prodigioso juego de espejos con el que el autor de Polytechnique extrapola los efectos de una conciencia perturbada tras sufrir un hecho traumático por medio del uso de las personalidades disociadas y la interacción entre una pareja de personajes que son el mismo y dos a la vez nos recuerdan a la soberbia Spider de, una vez más, David Cronenberg y su magnífico retrato de la esquizofrenia sin las florituras visuales y sentimentales de producciones hollywoodienses que han abordado el tema, como su coetánea Una Mente Maravillosa, dirigida por Ron Howard en 2001.




Para dar vida a Adam y Anthony, dos personalidades totalmente opuestas que funcionan indivudualmente pero que se mimetizan al 100% con el relato que protagonizan una vez se conocen “personalmente”, Villeneuve y sus colaboradores contrataron los servicios de un brillante Jake Gyllenhaal que por aquel entonces ya había dado sobradas muestras de su buen hacer en obras maestras como Donnie Darko o Brokeback Mountain. La labor del estadounidense es doblemente meritoria, nunca mejor dicho, si tenemos en cuenta que debe dar características diferenciadas a dos versiones de un mismo hombre, imprimiendo a uno timidez, introspección o vulnerabilidad y a otro sensualidad, carisma o vivacidad. Por medio de un meticuloso uso del lenguaje corporal, mínimos matices en la modulación de la voz y algunos pasajes que nos retrotraen a otra inolvidable “doble interpretación” como la de Jeremy Irons en Inseparables (Dead Ringers) de, como no podía ser menos, David Cronenberg, el actor de Código Fuente (Source Code) entrega todo un recital con su labor en Enemy.




Al desdoblado trabajo de Jake Gyllenhall se suman tres personajes femeninos indispensables para entender el desestructurado trayecto vital del personaje principal a los que dan vida tres excelentes actrices. Sarah Gadon como la sufrida esposa de Anthony, en avanzado de gestación  con la sombra de la (reincidente) infidelidad de su marido siempre sobrevolando su cabeza parece más una contrapartida femenina de Adam que la cónyuge del díscolo actor. Por otro lado la conspicua amante de Adam, a la que da vida la francesa Melanie Laurent, interactúa mejor en pantalla con Anthony dado que las personalidades de ambos son similares, pero el contraste entre “polos opuestos” al que juegan Villenueve y Gullón da mucho juego con respecto a esparcir sobre la mesa las piezas del puzzle que forman Enemy. Por último, mención de honor a la breve aparición de Isabella Rosellini como la madre de Adam cuya intervención añade información de capital importancia para entender, en la medida de lo posible, la personalidad del personaje principal y sus actos.




Enemy supuso la confirmación del quebequés Denis Villenuve como una de las mentes más lúcidas del actual panorama cinematográfico internacional. Un artesano capaz de saltar de producciones adscritas a los grandes estudios (pero siempre con cierta pátina de personalidad e inquietudes creativas) a proyectos más independientes y personales como la adaptación cinematográfica de la novela de José Saramago que nos ocupa. Sólo el tiempo nos dirá si el canadiense podrá mantener este envidiable y privilegiado método de trabajo entre superproducciones y “cine de autor” después de embarcarse en tres grandes proyectos dentro de la ciencia ficción como son La Llegada (Arrival), Blade Runner 2049 y la futura adaptación de Dune con los que esperemos Hollywood no llegue a vampirizar su talento como lo ha hecho con cientos de otros cineastas curtidos en un tipo de celuloide más alternativo ajeno a los restrictivos preceptos de las majors estadounidenses.