viernes, 31 de marzo de 2017

El Bar



Título Original El Bar (2017)
Director Álex de la Iglesia
Guión Jorge Guerricaechevarría y Álex de la Iglesia
Reparto Blanca Suárez,  Mario Casas,  Secun de la Rosa,  Carmen Machi,  Jaime Ordóñez, Terele Pávez,  Joaquín Climent,  Alejandro Awada,  Jordi Aguilar,  Diego Braguinsky, Mamen García




Sólo dos años después de aquel envenenado homenaje a la figura del cantante linarense Raphael, con la sana implicación de mi paisano en la producción, que supuso la simpática pero intrascendente Mi Gran Noche, el cineasta bilbaíno Álex de la Iglesia vuelve a ponerse detrás de la cámara para ofrecernos su último trabajo como productor, guionista y director. Con la colaboración de su habitual colaborador Jorge Guerricaechevarría (Cien Años de Perdón) y un reparto de caras habituales en su filmografía como Blanca Suárez (La Piel Que Habito), Mario Casas (Grupo 7), Carmen Machi (Ocho Apellidos Vascos), Jaime Ordóñez (Torrente 3: El Protector), Terele Pávez (Los Santos Inocentes) Joaquín Climent (Los Lunes al Sol) o Secun de la Rosa (No Controles) a los que debemos sumar un debutante en su universo cinematográfico como el argentino Alejandro Awada (Nueve Reinas), el antiguo presidente de la academia de cine español nos ofrece en esta ocasión El Bar, un proyecto pequeño y humilde que ha sido gestado con un más que notable secretismo para de este modo no salir a la luz su verdadera naturaleza cinematográfica, idea que podía arruinar parte del encanto de la obra. El largometraje inauguró con todos los honores el reciente Festival de Malaga y fue recibido con disparidad de opiniones por público y crítica, algo que viene siendo habitual cuando De la Iglesia estrena una de sus nuevas propuestas como autor.




El punto de partida de El Bar es de una sencillez desarmante y narra la reclusión forzosa de un grupo de variopintos personajes dentro del local que da nombre al largometraje tras ser testigos de cómo las dos últimas personas que han intentado abandonar el emplazamiento han sido asesinadas a sangre fría con un disparo en la cabeza. Con esta única localización el cineasta vasco quiere utilizar un amplio abanico de personalidades diferenciadas y poco fiables para mostrar al ser humano y las reacciones que este puede llevar a cabo cuando se enfrenta a situaciones extremas. Su tono brutal y grandguiñolesco, su afán por reincidir en un cine físico y cortante que hunde sus raíces en autores tan dispares como el primer Jean Pierre Jeunet que colaboraba con su antaño compañero Marc Caró o Roman Polanksi encuentra en El Bar el perfecto caldo de cultivo para dar rienda suelta a sus peculiares y personales señas de identidad como narrador de historias, pero por desgracia el conjunto incide en las mismas carencias de la mayoría de sus últimos trabajos.




El Bar se antoja a una mezcla entre un episodio de Dimensión Desconocida (Twilight Zone) y una muestra bufa y cafre de survival. La obra da sus primeros pasos como una comedia negra repleta de golpes humorísticos haciendo mofa con los distintos tipos de clientes de bar típicamente españoles (el alcohólico, el indigente, la ludopata, la pija totalmente desubicada) para después del golpe de efecto que desemboca toda la trama vaya tornando en una muestra de cine de terror físico que acaba sacando a la luz el lado más egoísta y salvaje del ser humano, amparándose en aquello que afirmó Thomas Hobbes sobre que “el hombre es un lobo para el hombre”, sobre todo cuando vemos que nuestro bienestar físico o psicológico es puesto en entredicho incitándonos a dejar caer la máscara de falsa sociabílidad para convertirnos en depredadores que no entienden de clases, géneros, o credos cuando nuestro único fin es la supervivencia personal anteponiéndola a la colectiva.




Después de varios proyectos en los que no trabajaron juntos Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría comenzaron a colaborar juntos de nuevo en la escritura de los films del primero y eso se deja notar en cada nuevo proyecto del director de Las Brujas de Zugarramurdi. El guionista asturiano consigue domesticar el lado más caótico de su compañero y gracias a ello los últimos actos de los films de este último ya no se convierten en orgías de exceso que merman la coherencia narrativa del producto. El Bar muestra un desarrollo argumental sólido y potente, y hasta cuando los distintos cambios de tonalidad de la trama hacen acto de presencia en pantalla no se antojan caprichosos, artificales o impostados. El problema es que como venía sucediendo con otros trabajos de De la Iglesia, independientemente de si tenían o no a Guerricaechevarría al guión o no, tales como La Chispa de la Vida o Mi Gran Noche a El Bar, desde el punto de vista de la escritura, le falta algo de brillo para convertirse en un proyecto tan potente como la genial La Comunidad o la infravalorada Balada Triste de Trompeta.




Con El Bar también se cumple la ineludible tradición en el cine de Álex de la Iglesia de hacer sufrir hasta lo indecible físicamente a su reparto y en esta ocasión sus actores dan la talla más que nunca. Todo el reparto de la última cinta del autor de El Día de la Bestia realiza un trabajo de nota y cada uno de ellos parece nacido para dar vida a su rol, los mismos que en conjunto se mueven con inteligencia entre la caricatura y el exceso. Especial mención para la enorme Terele Pávez, un nunca suficientemente reivindicado Joaquín Climent, el argentino Alejandro Awada y sobre todo a al quinteto formado por Blanca Suárez, Carmen Machi, Secun de la Rosa, Jaime Ordóñez y Mario Casas que sustenta la trama sobre sus hombros entregados a escenas físicas muy complejas en realización y coreografía, especialmente si nos referimos a estos dos últimos que protagonizan algunos de los pasajes más brutales (esa primera escena con el desagüe) que haya rodado el autor de Perdita Durango en toda su carrera y que los resuelven con una soltura fuera de toda duda.




Álex de la Iglesia ofrece con El Bar una pieza meritoria, aprovechando hasta el extremo la localización que tiene a su disposición con una puesta en escena mutante y epidérmica que consigue transmitir las necesarias dosis de claustrofobia, angustia e incomodidad exigidas a un producto de esta naturaleza y en ese sentido poco le podemos reprochar a él, a su equipo técnico o a su magnífico casting de actores. Pero como viene sucediendo con sus últimas producciones a su más reciente creación le falta algo para llegar a ser la pieza ineludible en su filmografía que no acaba siendo, quedándose en una buena comedia negra con apuntes de thriller de intriga y terror que se ve con agrado gracias a su mezcolanza de géneros y tonalidades, pero cuyo recuerdo no perdurará tanto como el de otros largometrajes del bilbaíno que son clásicos modernos del cine de nuestro país. Con todo, siempre es de agradecer la llegada de un nuevo estreno de uno de nuestros autores más personales y divertidos, ya que al enfrentarnos a uno de sus trabajos de reciente factura sabemos que como mínimo valdrá la pena la inversión en la entrada de cine.



miércoles, 29 de marzo de 2017

La Bella y la Bestia (2017)



Título Original Beauty and the Beast (2017)
Director Bill Condon
Guión Stephen Chbosky, Evan Spiliotopoulos, basado en el film de Disney inspirado en la novela de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont
Reparto Emma Watson,  Dan Stevens,  Luke Evans,  Kevin Kline,  Josh Gad, Emma Thompson, Ewan McGregor,  Ian McKellen,  Audra McDonald, Gugu Mbatha-Raw,  Stanley Tucci,  Hattie Morahan,  Adrian Schiller, Chris Andrew Mellon




Después de producciones como la correcta La Cenicienta a manos de Kenneth Branagh, la magnífica El Libro de la Selva rodada por Jon Favreau o la caprichosa versión alternativa de La Bella Durmiente pergueñada por Agelina Jolie en labores de protagonista y productora con Maléfica Disney vuelve con otro remake de uno de sus clásicos animados, este de factura relativamente reciente. En el año 1991 la factoría norteamericana estrenaba La Bella y la Bestia una adaptación de la novela homónima de la escritora francesa Jeanne-Marie Leprince de Beaumont en la que daba su versión del famoso cuento popular y que no tardaría en convertirse en uno de los largometrajes más aclamados de la casa donde habitan Mickey, Minnie, Donald o Daisy. Dirigida a cuatro manos por Gary Trousdale, y Kirk Wise y escrita por Linda Woolverton a partir del ya mencionado relato la versión animada de Beauty and the Beast consiguió un enorme y rotundo éxito que incluso le permitió entrar en la contienda de los Oscars de aquel año (el de la victoria de El Silencio de los Corderos, de Jonathan Demme con sus cinco galardones principales) con seis nominaciones a los premios de la academia y ganando dos, bien merecidos, a mejor banda sonora y canción original. Para sacar adelante dicha propuesta la productora propietaria de los derechos de Marvel ha contratado los servicios del cineasta Bill Condon (Dioses y Monstruos) los actores Emma Watson (la Saga Harry Potter) y Dan Stevenson (Downton Abbey) dando vida a la pareja protagonista y a secundarios como Kevin Kline (Un Pez Llamado Wanda), Luke Evans (High-Rise) Ewan McGregor (T2: Trainspotting), Ian McKellen (X-Men: Días del Futuro Pasado), Emma Thompson (Sentido y Sensibilidad) o Stanley Tucci (Capitán América: El Primer Vengador) entre otros para dar forma a unos equipos técnico y artístico de primera línea.





Aunque su recaudación en taquilla ha sido más que notable y la crítica no ha dado la espalda a su propuesta como producción cinematográfica nosotros ya hemos podido ver el largometraje de Bill Condon y por desgracia no podemos unirnos a los parabienes que sobre ella se han vertido desde su puesta de largo internacional. Vaya por delante que al igual que los otros films con los que Disney ha realizado versiones “live action” de sus clásicos animados con La Bella y la Bestia nos encontramos con una producción en la que no se ha escatimado en gastos, ya sea en su diseño de producción, utilización de efectos digitales (necesarios en este caso para captar el mundo fantástico en el que se mueven los personajes) o reparto de actores de renombre, pero es desde el punto de vista de la escritura donde el film del director de Mr Holmes encuentra sus más destacadas y reprobables debilidades, las mismas que pasaremos a comentar a continuación para argumentar nuestra opinión sobre el proyecto.




Cuando hablamos de que el guión es el mayor fallo de una película como La Bella y la Bestia no lo decimos porque este esté mal estructurado, pobremente desarrollado o inadecuadamente ejecutado, sino por el simple hecho de que si obviamos alguna subtrama nueva, ciertos secundarios inéditos o un par de canciones añadidas al enfrentarnos con film de Bill Condon nos encontramos con una copia desvergonzada e indecorosa de su contrapartida animada estrenada en 1991. Evidentemente el uso de las ya míticas canciones del largometraje original o el de los personajes era inevitable para que esta nueva producción en imagen real tomara entidad y pudiera acceder a su rol como producción Disney, pero el problema reside en que después del prólogo del origen de la maldición que convirtió en bestia al ególatra y superficial príncipe todo lo que encontramos en la cinta que nos ocupa es una copia, totalmente carente de originalidad, del proyecto dirigido por Gary Trousdale, y Kirk Wise hace veintiseis años.




Bill Condon y sus colaboradores llegan en ocasiones a emular con un descaro sonrojante planos (el de la Bestia rasgando con sus garras el retrato de su rostro cuando todavía era humano es la primera muestra de lo que va a ser la tónica de “copia y pega” a lo largo del metraje) calcados milimétricamente de la versión animada, transmitiendo el proyecto cinematográfico una alarmante desgana a la hora de dar una versión diferente o al menos variante en algún sentido de la cinta que todos conocemos. Desde que Bella interpreta su primera canción somos testigos de que los autores del film van a depositar su principal interés en tomar el camino más fácil para ir a lo seguro utilizando la cinta previa de principios de los 90 a modo de storyboard para ir moldeando la de 2017, esperando que la hoy tan manoseada nostalgia haga la mayor parte del trabajo a la hora de que el público reciba con aceptación la última propuesta salida de manos de la factoría Disney.




La película del director de El Quinto Poder es un caso diametralmente opuesto al de la ya citada versión de El Libro de la Selva de Jon Favreau. Mientras Condon recurre casi al “facsimil audiovisual” el realizador de Iron Man o Chef daba una visión distinta a la que pudimos ver en 1967 a la hora de adaptar la novela de Rudyard Kipling, con un tono más oscuro, pero sin eludir la candidez o el humor, sacrificando algunas de las canciones, aunque localizando magníficamente las que utilizaba en la narración, y todo ello respetando escrupulósamente el espíritu, no sólo de la base literaria en la que se inspiraba la película, sino también la imaginería e idiosincrasia de su contrapartida animada. En ese sentido desconcierta que siendo conocidos los buenos resultados conseguidos a nivel de crítica y público por esta nueva The Jungle Book Disney haya decidido abandonar toda aspiración artística en ese contexto a la hora de abordar en pleno 2017 una pieza como La Bella y la Bestia.




Ya si eludimos la naturaleza acomodaticia de La Bella y la Bestia podemos afirmar que nos encontramos con un producto competente y que se ve con agrado en casi todos sus apartados. Bill Condon se muestra voluntarioso y cumplidor detrás de la cámara, pero su labor la podría haber ejecutado con el mismo oficio cualquier otro artesano al servicio de Hollywood. Por otro lado mientras las canciones están representadas con efectividad por los actores, destacando unos magníficos Luke Evans y Josh Gad (que alguien contrate a este hombre para hacer un biopic de Meat Loaf, lo haría genial) en la piel de Gastón y Le Fou o unos divertídimos Ewan McGregor, Ian McKellen y Emma Thompson en las artificiales pieles de Lumiere, Din Don y la Señora Potts, son las coreografías las que no están a la altura de una producción como la que nos ocupa, muy mecánicas, poco espectaculares y sólo destacables en casos como el de “¡Qué Festín!” y en este en concreto más por el uso de los efectos digitales que por otro motivo.




La pareja protagonista interpretada por Emma Watson y Dan Stevens interactúan bien en pantalla y consiguen mostrarse convincentes como pareja a la hora de compartir encuadre. Ella transmite candor, sencillez y elegaqancia como Bella, pero se la ve hermética y cohibida en las secuncias de canto mostrando poca pasión a la hora de interpretar sus temas y él saca lo mejor de sí mismo cuando tiene la forma de Bestia, ofreciendo un porte y elegancia adecuado con su físico real y que en ocasiones recuerda al de su versión animada. Sin llegar a saltar las chispas en pantalla o destilar una química epatante ambos jóvenes intérpretes salen airosos de la no fácil empresa de dar vida a dos roles que están muy definidos en la mente de los espectadores por la versión cinematográfica animada de Disney, pero que han tenido no pocas versiones en pantalla grande o pequeña a manos de autores tan diversos como Jean Cocteau, Christophe Gans o George R.R. Martin.




Tan autocomplaciente como agradable, tan bien realizada como olvidable a las pocas horas de haber sido degustada, esta nueva versión de la novela de Jeanne-Marie Leprince nacida en el seno de Disney padece, en cierta manera, el mismo síntoma que T2: Trainspotting, de Danny Boyle, vivir intencionadamente a la sombra de otra obra previa y llegando a regodearse en su propia naturaleza de copia/variante de una producción mucho más grande y memorable. Con todo, La Bella y la Bestia versión 2017 se ve con agrado y no es una propuesta desdeñable a la hora de ser visionada en pantalla grande con toda la familia, ya que consigue transmitir algo de la magia y el encanto de su “hermana mayor”, pero su propia autoconsciencia como producto cinematográfico intrascendente y comercial le impide ser algo más, afección que esperemos no padezca también esa versión que el ya referenciado Jon Favreau está ideando de El Rey León al amparo de una Disney que mantiene buena salud en su producción animada, pero algunos achaques en la de imagen real.



lunes, 27 de marzo de 2017

Especial Buffy Cazavampiros, postales desde la Boca del Infierno



“En cada generación nace una Cazadora: una niña en todo el mundo, una elegida. Ella sola empuñará la fuerza y habilidad para luchar contra los vampiros, demonios, y las fuerzas de la oscuridad, para detener la propagación de su maldad y el aumento de sus números. Ella es la Cazadora”


El pasado día 10 de Marzo se cumplieron veinte años de la emisión del episodio piloto de una de las mejores series de tv de los años 90, Buffy Cazavampiros. Nacida antes del boom de la “Nueva Edad de Oro” de la televisión norteamericana impulsada mayormente por producciones de la HBO como Oz o Los Soprano y adscrita a los shows catódicos especialmente dirigidos a adolescentes la creación del guionista, productor, director y actor ocasional Joss Whedon (Los Vengadores, Firefly, Dollhouse) no tardó en demostrar que bajo su apariencia de serial juvenil repleto de vampiros, zombies, monstruos y demonios latía un verdadero corazón que encontraba su mayor fortaleza en un retrato de personajes interpretado por un grupo de actores nacidos para dar vida a sus alter egos y un equipo de guionistas que supieron ir más allá de la Serie B, las referencias vampíricas y el cine de artes marciales al que hacía referencia la serie cuando daba sus primeros pasos. A continuación vamos a dedicar una entrada a hablar de Buffy Cazavampiros, su trayecto catódico, añadiendo una lista con el perfil de los personajes más importantes, un Top con los siete mejores episodios de la serie (uno por temporada) y una reflexión final sobre el conjunto de la obra. Pero antes de adentrarnos en aquel día de Marzo de 1997, si queremos hablar del génesis de Buffy Cazavampiros, debemos retroceder cinco años antes de esa fecha, cuando las salas de cine de todo el mundo conocieron por primera vez a Buffy Summers, la Cazadora.


Buffy la Cazavampiros (1992) el origen en pantalla grande

Un por aquel entonces joven Joss Whedon, del que sólo se conocían colaboraciones como guionista en series de tv como Roseanne o Parenthood, veía cómo una historia nacida de su propia mente en la que una joven animadora de instituto llamda Buffy (Kristy Swanson) se convertía en “la Elegida”, una “Cazadora de vampiros” que bajo la tutela de su “Guardían” Merrick (Donald Sutherland) tenía que afrontar la misión de vencer a las fuerzas del mal comandadas por Lothos (Rutger Hauer) un vampiro que haría la vida imposible a nuestra protagonista y a su novio Pike (Luke Perry) era brutalmente adulterada, mutilada y descarecterizada hasta quedar reducida a una muy mediocre cinta para adolescentes que mezclaba con poco tino el cine de John Hughes con el de terror. Aunque hoy se la puede considerar, de alguna manera, una obra de culto y una cinta en la se vieron las caras jóvenes intérpretes que en un futuro más o menos inmediato se hicieron conocidos para el gran público (Hilary Swank, Ben Affleck, David Arquette) como producto de género era una estupidez que puso los pies en la tierra a un Joss Whedon que ya por entonces tuvo el primero de sus muchos encontronazos con los productores de sus trabajos.




Cuatro años después, cuando Buffy la Cazavampiros ya sólo parecía un sueño convertido en mal recuerdo, Joss Whedon dio un triple salto mortal sin red para vender a la cadena de televisión WB Television Network (conocida como The WB y propiedad de Warner Bros) la idea de llevar su película sobre cheerleaders y vampirismo al tubo catódico. Con la colaboración del matrimonio formado por Fran Rubel Kuzui y Kaz Kuzui (también implicados en el film primigenio de 1992) y tomando como base de operaciones su propia productora Mutante Enemy el director de Serenity consiguió sacar adelante el proyecto que le convertiría en uno de los autores de ficción más queridos y admirados por el fandom a nivel mundial. Como previamente hemos citado en 10 de Marzo de 1997 el mundo conoció a la mejor y más completa versión de Buffy Summers, a la que dio vida la por aquel entonces pujante estrella juvenil Sarah Michelle Gellar (Sé lo Que Hicisteis el Último Verano, Scream 2) acompañada por un variopinto grupo de secundarios entre los que podemos reconocer las caras de David Boreanaz (Bones), Alyson Hannigan (Cómo Conocí a Vuestra Madre), Anthony Stewart Head (Repo: The Genetic Opera) Nicholas Brendon (Coherence) entre otros y que dieron forma a uno de los repartos de personajes más entrañable y querido de la televisión reciente.


Buffy Cazavampiros (1997 – 2003) Welcome to Sunnydale, enjoy your stay!

Cuando el episodio piloto de Buffy The Vampire Slayer salió a la luz el 10 de Marzo de 1997 no fueron pocos los que vieron en esos primeros pasos algo muy parecido, puede que demasiado, a lo que ¿degustamos? cinco años antes en la pantalla grande. Joss Whedon volvía a contarnos la historia de una chica de instituto, habitante del ficticio pueblo de Sunnydale (lugar donde estaba localizada La Boca del Infierno, una puerta de acceso al averno), que descubría por la mediación de su “Guardían” o “Vigilante”, el entrenador físico y espiritual que la debería adiestrar, que su misión en la vida iba a ser luchar y derrotar a las fuerzas del mal por medio de sus dones especiales para el combate cuerpo a cuerpo y su astucia como líder nata. La equivalencia entre acción, comedia y pequeños apuntes de drama estaban mucho mejor ejecutados que en el film de 1992, pero esos primeros capítulos no iban más allá de desarrollar la trama central que haría enfrentarse a nuestra protagonista con “The Master”, el “vampiro jefe” (cuya estética recordaba profundamente a la de las distintas versiones de vista en cine de Nosferatu) con la ayuda de sus compañeros Willow, Xander, Cordelia, la intervención del misterioso Ángel y la supervisión de su ya mencionado Guardían, Giles. Por suerte Joss Whedon y su equipo de guionistas no tardaron demasiado en ofrecer las primeras muestras de que había algo más detrás de la historia de “La Cazadora”, ya que con el sexto episodio, The Pack, en el que tras la visita al zoo de Sunnydale Xander y otros alumnos del instituto comenzaban ofrecer comportamientos animales tras ser poseídos por el espíritu de unas hienas los espectadores pudieron ser testigos de que los personajes, su interacción mutua y los actos de los mismos serían los que marcarían el devenir de la serie.



Después de una primera temporada en la que Joss Whedon y sus colaboradores definieron la personalidad de los personajes (la tímida pero perspicaz Willow, el alocado pero comprometido Xander, la ególatra Cordelia, el sabio Giles) dieron a inicio a las primeras interacciones entre ellos (el romance entre Buffy y Ángel, que resultó ser un vampiro centenario) ofrecieron el tono al proyecto y pusieron varias semillas que darían su fruto en la segunda tanda de episodios. Esta nueva temporada en la que Ángel se convertía en el villano principal del núcleo narrativo de la trama sería la que confirmara que Buffy Cazavampiros no era una serie para adolescentes cualquiera y que sus creadores tenían aspiraciones mucho más concretas y terrenales en mente. El episodio diecisiete titulado Passion supone un fuerte puñetazo en la mesa por parte de los autores del show y el primero que tocó la fibra sensible de unos fans que veían cómo el amor de la protagonista se convertía en un ser desalmado capaz de cometer los actos de crueldad más aberrantes con la única intención de destruir psicológicamente a los que antes eran sus aliados. Desde este momento no hay marcha atrás, el director de Mucho Ruido y Pocas Nueces lo deja claro, ya que los vampiros, las escenas de acción, los monstruos deformes y la brujería son sólo excusas de género para contarnos la evolución de unos personajes que por muy adscritos que estén al terror, la comedia o la fantasía nos son cercanos, identificables y reconocibles.




En la tercera temporada, la más ceñida a la Serie B de las estrenadas hasta ese momento (el capítulo doble Graduation así lo atestigua con su “final boss” digno de la factoría Roger Corman) nuevos personajes se convierten en roles fijos como el lacónico y entrañable Oz de Seth Green, el desopilante Richard Wilkins (¿el alcalde más carismático de la historia de la televisión?) de Harry Groener y esa inolvidable Faith Lehane de Eliza Dushku que es una muestra quintaesencial de personaje genuinamente whedoniano. El rol de la protagonista de Dollhouse es una criatura llena de claroscuros, que se mueve peligrosamente entre el bien y el mal transmitiendo al espectador sentimientos contradictorios con respecto a sus actos y decisiones éticas y morales. La cuarta temporada supuso una importante transición en la serie, ya que David Boreanaz abandonaba el show para comenzar su propia aventura en solitario (el spin off Ángel que duró la friolera de cinco temporadas, alargando su vida más allá de la muerte de la serie que le dio origen) y su lugar lo ocupaba el Spike de un James Marsters que desde ese momento y hasta que acabara Buffy Cazavampiros en 2003 se convertiría en uno de los pilares más sólidos y uno de los “antihéroes” más recordados de la creación de Joss Whedon. También entró en escena Riley (Marc Blucas) el militar perteneciente a la organización secreta “Initiative” que se convirtió en la nueva pareja de Buffy una vez su historia con Ángel había llegado a su fin y por supuesto contamos con la presencia del cyborg Adam, que ejerció de villano principal (eso siempre que no contemos a la Doctora Maggie Walsh, verdadera instigadora de todo el caos que acontece en la temporada) y al que se enfrentaría Buffy en la season finale de la tanda de episodios.




Para la quinta temporada Ángel y Cordelia ya habían abandonado la serie (ambos formaban la pareja principal del ya citado spin off protagonizado por David Boreanaz) y el lugar de esta última en el corazón de Xander lo ocuparía la ex demonio Anya (Emma Caulfield), Riley daba su relación con Buffy por perdida para que Spike se convirtiera en el principal, y tóxico, reclamo sentimental de la protagonista, Dawn (Michelle Trachtenberg) marcaba con su presencia un antes y un después en la serie con un personaje al que acabamos cogiendo cariño con el tiempo (en sus primeros pasos era insoportable) y Clare Kramer bordaba uno de los mejores y más recordados villanos del programa, esa Glory que se movía con facilidad pasmosa entre lo infantil y lo salvaje dejando algunos momentos para el recuerdo con su paso por la creación de Joss Whedon. Con la sexta temporada Whedon deja un poco de lado su labor de showrunner (por aquel entonces estaba implicado en la producción de esa maravilla salida de su mano llamada Firefly, de modo que le perdonamos el pecado) y hace que gran parte del peso recaiga en su habitual colaboradora desde los primeros tiempos de la serie, Marti Noxon, que se hace con los mandos de la máquina. Para el que esto suscribe esta sexta tanda de episodios es la más endeble de todo el serial, si bien es cierto que contiene algunos episodios míticos (Once More With Feeling, mismamente), el acertado tono oscuro de la relación sadomasoquista de Buffy y Spike y el homenaje a La Saga del Fénix Oscuro de los X-Men de Chris Claremont y John Byrne con todo lo relacionado con Dark Willow y su adicción a la magia Noxon suponían un cúmulo de acierto también cometió varios errores que hicieron perder el norte a Buffy the Vampire Slayer hasta llegar a cierta descaracterización bastante molesta.




En la séptima y última temporada Buffy vuelve a ser la serie que fue, Joss Whedon regresa con las pilas cargadas para el Canto de Cisne de su criatura y decide retroceder a las raíces, marcarse un back to basics de manual que funciona a las mil maravillas. “The First” es el enemigo a abatir, Spike sufre un cambio radical cuando recupera su alma y se rúune con el grupo de protagonistas, tenemos la incorporación de varios personajes nuevos como el director del instituto Sunnydale Robin Wood (D.B. Woodside), las “cazadoras potenciales” y asistimos al regreso de secundarios clásicos como una reformada Faith que se unirá a Buffy y sus compañeros en la batalla final. Para el que esto firma la séptima temporada es la mejor de la serie, ya que en ella Whedon y su equipo condensan toda la iconicidad e imaginería que hizo grande a la serie desde sus inicios. En su proceso podemos ver algunos episodios sencillamente brillantes como Lies My Parents Told Me, Showtime, Dirty Girls con ese enorme y terrible Caleb al que da vida un intimidante Nathan Fillion, Selfless (centrado en Anya) o el metarreferencial Storyteller y todo culminando con ese episodio final llamado Chosen que confirma y cierra con broche de oro esta declaración de amor a la valentía y fuerza intrínseca en el género femenino al que Joss Whedon siempre ha retratado con justicia y equidad en sus obras de ficción.




Tras siete temporadas, seis años en antena, un baile importante de actores en su reparto por distintos motivos, un cambio de canal (la serie pasó a emitirse en la cadena UPN tras la quinta temporada) y muchos problemas afrontados por su creador Buffy Cazavampiros se convirtió en una serie de culto, un proyecto que iba mucho más allá de ser un producto para un determinado grupo de espectadores como sí lo fue, por poner un ejemplo de la misma temática y origen, Embrujadas (Charmed) y la demostración palpable de que desde la pequeña pantalla se podían contar historias “bigger than life” dentro de la ficción de género. Tras su desaparición de la parrilla televisiva mundial el eco de Sunnydale siguió resonando hasta llegar a la actualidad por medio de libros, videojuegos, figuras coleccionables, cómics dentro de la editorial Dark Horse y cientos de derivados más que han extendido a otros medios el microcosmos creado por el productor ejecutivo de Agentes de SHIELD y que nació como una decepción allá por 1992 cuando un joven veinteañero trataba de abrirse paso en un Hollywood que hasta cuando ha conseguido sus mayores logros siempre le ha sido esquivo por ir a contracorriente con tal de imprimir su propio sello lleno de cariño y calidez a creaciones como esta Buffy Cazavampiros que nos ocupa.


Los Personajes, la Scooby Gang y sus miembros

Todo fan de Buffy Cazavampiros en particular y de Joss Whedon en general sabe que una de sus mayores fortalezas es el retrato de personajes que realiza en cualquiera de sus obras de ficción. La serie protagonizada por la actriz de Crueles Intenciones o El Grito no es una excepción a esa regla y durante siente temporadas el guionista de Astonishing X-Men mantuvo de manera ferrea esa idea, la de crear los personajes más realistas posibles dentro de una obra de ficción perteneciente a géneros como el terror y la fantasía. A continuación vamos a ofrecer un breve perfil sobre los habitantes más importantes de Sunnydale (miembros de la Scooby Gang, apodo que tiene la pandilla de Buffy a modo de homenaje a la que formaban los protagonistas de la serie animada Scooby Doo) que desfilaron a lo largo de los seis años de emisión del programa y aunque hemos dejado fuera algunos que merecen mención (Wesley, Jonathan, Andrew, Darla, Drusilla) hemos tratado de centrarnos en los más relevantes e icónicos de los 144 episodios que duró la creación de Joss Whedon.


Buffy Anne Summers, animadora, adolescente y la elegida dentro de su generación para convertirse en la Cazadora, una luchadora que deberá enfrentarse a las fuerzas del mal que quieren someter a la humanidad desde la Boca del Infierno, situada en la ficticia ciudad californiana de Sunnydale. Inteligente, experta en artes marciales y los enfrentamientos cuerpo a cuerpo el personaje de una magnífica Sarah Michelle Gellar encuentra sus mayores virtudes cuando muestra la vulnerabilidad que yace bajo su armadura, una personalidad que ira evolucionando a lo largo de la serie y que nunca será la misma tras algunos acontecimientos trágicos como el fallecimiento de su madre, Joyce, su historia de amor frustrado con Ángel (viéndose obligada a asesinarlo en el último episodio de la segunda temporada) o su peligrosa relación de atracción sexual y violencia con Spike, su antiguo enemigo reconvertido en aliado y amante.


El de Willow Rosenberg es uno de los personajes más queridos y recordados de Buffy Cazavampiros. Esta tímida y cándida bruja que guarda en su interior una hechicera de poderes descomunales es mucho más que la mejor amiga y confidente de la protagonista, ya que al igual que aquella ve como su personalidad queda profundamente marcada tras dos relaciones sentimentales como las que comparte con el Licántropo Oz y la también bruja Tara tornando ambas en fallida la primera y tragedia la segunda. Con el rol interpretado por Amber Benson una entrañable Alysson Hannigan forma una de las parejas homosexuales más interesantes y cercanas que ha dado la televisión reciente. Es de mucho mérito conseguir dichas cotas de realismo dentro de un producto dirigido, supuestamente, al público adolescente, en una cadena televisiva en abierto y localizando su historia en un show de género fantástico y de terror. Su conversión en Dark Willow y posterior redención son algunos de los mejores apuntes narrativos en las dos últimas temporadas del programa.


El que esto suscribe debe admitir que siente una especial predilección por el personaje de Alexander Lavelle Harris al que da vida un inolvidable, y hoy malogrado por distinto tipo de problemas personales, Nicholas Brendon. El rol de Xander es el que sintetiza con más destreza la muestra quintaesencial de lo que es el “humor whedoniano”, virtud que el que estas líneas escribe ha admitido siempre ser la más poderosa del director de Serenity. Xander es un personaje cómico, verborreico y socarrón que se lleva a lo largo de las siete temporadas algunos de los pasajes cómicos más destacados de la serie. Sin dejar de tener su pátina de dramatismo, traumas y heridas psicológicas por su relación con Buffy, Cordelia o Anya, Xander nunca dejará de ser la vía de escape histriónica y ligera del programa, aunque algunos de los pasajes de más calado emocional en los que se ve implicado (su enfrentamiento con Dark Willow) se encuentran ente los mejores de la producción.


El Rupert Giles al que da vida el que es sin lugar a dudas el mejor actor del reparto de Buffy Cazavampiros, el británico Anthony Stewart Head, es el “Guardián” que deberá velar por el bienestar y desarrollar las potenciales habilidades de la Cazadora convirtiéndose desde bien pronto en esa figura paterna ausente en la vida de la hija de Joyce Summers. Con un pasado rebelde y problemático (en la serie descubriremos el origen de su apodo “Ripper”) imperfecto a la hora de ejercer su labor como vigilante o cuidador (será destituido de su puesto y su autoridad será puesta en entredicho por la misma Buffy en la última temporada) y capaz de sacrificar su propia alma con tal de conseguir un futuro mejor para su protegida (inolvidable cuando mata a Glory/Ben para que su alumna no tenga que ensuciarse las manos en el episodio The Gift) este actor curtido en el teatro y el musical (mítica su interpretación de Behind Blue Eyes de The Who guitarra en mano) ofrece el perfil de un secundario rico en matices y claroscuros, un antihéroe genuínamente whedoniano.


William “El Sanguinario” (apodo que consiguió no precisamente por su crueldad), también conocido como Spike, asesino de dos cazadoras, colaborador de la banda de Angelus (la versión sin alma de Ángel de la que hablaremos a continuación) e interpretado con fiereza y carisma por el actor norteamericano James Marsters. Spike debutó en la segunda temporada de la serie acompañado de su novia Drusilla, una demente vampiro interpretada por una enorme Juliet Landau (hija de Martin) y que gracias a la enorme aceptación que obtuvo por parte de la audiencia pasó de secundario ocasional a personaje fijo del reparto cuando en la cuarta temporada el grupo paramilitar secreto “La Iniciativa” implantó un chip en su cerebro que la causaba un insoportable dolor cuando intentaba atacar a seres humanos para alimentarse de su sangre. Su incorporación como rol de relevante dio lugar a una de las relaciones más interesantes del show, la que mantuvo en las tres últimas temporadas con Buffy en la que la pasión, el sexo salvaje (tanto como para derrumbar una casa en el episodio Crushed) el masoquismo y la dependencia sirvieron de interesante alegoría sobre la violencia de género y los romances tóxicos. Posiblemente el actor y personaje más admirado de la serie, en cierta manera el más torturado y por ello el más consecuente consigo mismo y sus actos.

Tras perder su estatus de demonio como Anyanka, Anya se convirtió en humana y pasó a formar parte de la banda de Buffy y del corazón de Xander tras la marcha de Cordelia de Sunnydale. El personaje de Emma Caulfield mantuvo una química brutal con el de Nicholas Brendon desde el primer momento, convirtiéndose la dupla en la pareja más divertida de la serie. Capitalista desproporcionada (su principal interés es hacer dinero) sin filtro alguno a la hora de dar su sincera opinión sobre cualquier tema por muy peliagudo o delicado que sea y con un miedo desaforado por los conejitos (en uno de los capítulos de Halloween se disfraza de uno porque afirma que ninguna criatura infunde más terror que esta en concreto) Anya se ganó el corazón de la audiencia y se reservó el protagonismo de algunos episodios brillantes como aquel Selfless de la séptima temporada en el que conocimos un poco más en profundidad su naturaleza demoníaca y pasado ejerciendo como tal.


El primer episodio de la quinta temporada de Buffy Cazavampiros (aquel paródico Buffy vs. Drácula) se cerraba con un último plano en el que la protagonista y una hermana pequeña llamada Dawn de la que no sabíamos nada hasta ese momento se encontraban e interactuaban como si tal cosa, dando a entender que siempre había formado parte de la vida de la Cazadora y su progenitora. Poco después descubrimos que el personaje de Michelle Trachtenberg es la corpoerización humana de una llave interdimensional, un cúmulo de energía cósmica, que busca la villana Glory. Dawn no tardó en convertirse en el personaje más odioso de la serie para los fans de la misma, sus actos infantiles, naturaleza rebuscada y tendencia a ser secuestrada y poner en peligro a sus allegados la convirtió en el punching ball del programa. Por suerte Trachtenberg fue creciendo como actriz y los guionistas le fueron dando cada vez más entidad y profundidad permitiéndole llegar a protagonizar momentos muy destacados en episodios tan míticos como Once More With Feeling o The Body.


Liam, convertido en Angelus tras transformarse en no muerto, fue el líder de un clan de sanguinarios vampiros que asoló Europa durante el siglo XVIII. Durante una de sus escabechinas Angelus fue maldecido por un clan gitano concediéndole un alma, obligándole por ello a ser torturado durante toda la eternidad por los asesinatos que cometió durante su vida delictiva y no permitiéndole conseguir la felicidad absoluta ya que de este modo acabaría perdiéndola. Esta excusa narrativa es la que convierte la relación sentimental del personaje de David Boreanaz y el de Sarah Michelle Gellar en la más interesante, relevante y trágica (por su imposibilidad de consumación) de toda la serie, desembocando en la reconversión del personaje en Ángelus durante la segunda temporada, asesinando a Jenny Calendar en el episodio Passion y siendo finalmente sacrificado por la propia Buffy. Aunque en la tercera temporada Ángel resucitó su vuelta a la serie duró poco, ya que al término de esta tanda de episodios el personaje se convirtió en protagonista de su propio serial catódico, aunque realizando algunas apariciones estelares en el programa señero en algunos capítulos concretos.


Joyce Summers, a la que puso voz y rostro Kristine Sutherland, se mudó a la ciudad de Sunnydale junto a su hija Buffy después de su divorcio. Allí ambas intentaron comenzar una nueva vida que se vio truncada en el mismo momento en el que su primogénita descubrió su naturaleza como luchadora contra las fuerzas del mal. Joyce es el personaje más mundano de la serie, durante varias temporadas no llegará a saber a qué se dedica su hija (aunque los métodos para que no descubriera el secreto bordeaban en ocasiones la insulsez desde el punto de vista narrativo) para más tarde serle revelado y aceptarlo del mismo modo que también lo hizo con Dawn a la hora de acogerla como segunda descendiente, aunque como previamente hemos mencionado no lo era. Junto a Giles es la otra piedra angular que da equilibrio a la atípica existencia de Buffy y su ayuda durante las no pocas crisis sentimentales de esta última serán de vital importancia para ella. Su muerte por causas naturales ejercerá de catalizador argumental del mejor episodio de toda la serie, The Body, en el que pararemos más adelante cuando hablemos del Top de mejores capítulos de la producción.


La engreida y altiva Cordelia Chase es una de las amigas más atípicas de Buffy y el primer interés amaroso de Xander en la serie, con el que mantuvo una interminable retahíla de ias y venidas sentimentales hasta que la relación terminó. El personaje de Charisma Carpenter y su carácter entre simplista y superficial, que hacía las delicias del respetable, se convirtió desde bien pronto en otro de los añadidos cómicos de la cosecha de Joss Whedon, y si bien no destiló con el de Nicholas Brendon la misma qúimica que este tuvo posteriormente con Emma Caulfield sí es cierto que compartió con él pasajes descacharrantes para la estantería del recuerdo. Cuando Cordelia comenzaba a madurar como persona abandonó a Xander y la serie para irse con Ángel/David Boreanaz al spin off homónimo tomando un rol completamente diferente que no dejaría de mutar a lo largo de las cinco temporadas que duró el serial del vampiro con alma.


La Tara Maclay de la actriz Amber Benson debutó con mal pie en Buffy Cazavampiros. Cuando la bruja que acabaría convirtiéndose en el amor más importante de la vida de Willow Rosenberg llegó a la serie parecía una chica torpe, tímida y balbuceante cuya malsana introspección llegaba a irritar a gran parte de la audiencia habitual. Poco a poco Tara fue mimetizándose más con sus compañeros, siendo protagonista de no pocos pasajes destacados en la serie (su intervención para intentar curar la adicción a la magia de Willow fue clave en dicha subtrama) y gracias a ello poco a poco consiguió ganarse el corazón de los fans que la vieron nacer como un secundario innecesario y abandonar la serie, de manera trágica, convertida en la mitad de una de las mejores parejas homosexuales de la televisión reciente.


Segunda debilidad para el abajo firmante. Oz, el licántropo guitarrista de rock, el silencioso y reflexivo primer amor de Willow en la serie a la que abandonó tras descubrir lo incontrolable de su naturaleza lupina (aunque su escarceo amoroso con otra de su misma especie a espaldas de su pareja también influyó para su marcha de Sunnydale) es uno de mis personajes favoritos porque detrás de su contrastado mutismo se encontraba una bestia descontrolada que durante los días de luna llena sembraba el caos allá por donde pasaba. Su interacción cómica con Xander, su inesperado humor socarrón y el simple hecho de que Seth Green es un actor que siempre cae en gracia fueron los alicientes perfectos para que Oz fuera recordado como uno de los secundarios más notables de la serie y su marcha de la misma, por diferencias creativas con Joss Whedon con respecto a su evolución, fue uno de los momentos más tristes de todo su recorrido, huyendo no sin marcarse un preciso tour de force con Alysson Hannigan antes de abandonar la nave a la que volvió en un memorable episodio de la quinta temporada (para la desgracia de la pobre Tara) y a modo de cameo en el mítico Restless que cerraba la cuarta temporada al que volveremos más tarde.


Tercera y última debilidad dentro de la lista y es que la Faith Lehane de una Eliza Dushku aporta mucho más que morbo y sexualidad a su Cazadora descarriada, ya que ella es la muestra más palpable de la inclinación por parte de Joss Whedon por retratar personajes tridimensionales que llegan a trascender el género al que están adscritos dentro de la ficción. Un asesinato involuntario será el detonante para que Faith tome el mal camino, aliándose con el alcalde Richard Wilkins y convirtiéndose en enemiga jurada de la banda de Buffy. En la séptima temporada (y algunos episodios de Ángel) Faith se redimirá y acabará uniendo fuerzas con la elegida y sus compañeros para luchar contra la amenaza que supone “El Primero” y adheriéndose definitivamente al lado del bien como aliada de sus antaño rivales. Como nota curiosa un servidor siempre afirmó que Eliza Dushku hubiera sido mejor Buffy que la misma Sarah Michelle Gellar, pero eso es algo que nunca sabremos.


Cuando Ángel abandonó la serie para volar en solitario los guionistas tardaron más bien poco en buscarle un nuevo interés sentimetal a Buffy. Riley Finn, el nuevo novio de la Cazadora, resultó ser un soldado que pertenecía a una organización paramilitar secreta llamada “La Iniciativa” cuya misión era capturar a todo tipo de monstruos o demonios para realizar con ellos experimentos en nombre del gobierno de Estados Unidos. Con un rostro tan impertérrito como el del mismo David Boreanaz el actor Marc Blucas se vio en la complicada tesitura de tener que sustituir a un personaje de tanto peso como el de Ángel, por suerte los guionistas se pusieron de su lado, consiguiendo desarrollar su personalidad, pasando de militar con fe ciega en sus superiores a un miembro más del grupo de Buffy concienciado con las malas artes de los altos mandos de la organización a la que pertenecía, y dando hondura a su perfil, pero nunca llegando a sentirse totalmente integrado como uno más de los miembros de la Scooby Gang y por efecto dominó como actor del mismo reparto de la serie.


Top 7 Mejores Episodios, los grandes éxitos de la Cazadora

Al igual que cualquier serie norteamericana de la televisión en abierto Buffy Cazavampiros pecaba de contener a lo largo de sus temporadas no pocos capítulos de relleno. De modo que cuando un espectador néofito decidía acercarse por primera vez al programa eligiendo un episodio al azar en ocasiones se encontraba con cosas como Beer Bad o Doublemeat Palace (el peor de toda la serie, con diferencia, por mucho homenaje a la factoría Troma que tuviera en su metraje) lo lógico era que huyera despavorido y confirmando, de manera equívoca, los prejuicios que siempre han acompañado a dicha producción, como su naturaleza para adolescentes y sus supuestas tramas intrascendentes. En cambio si aquel aventurero que decidía degustar el programa con un episodio aleatorio se encontraba con alguno de los escritos y dirigidos por Joss Whedon era raro que no acabara enamorándose de las aventuras de Buffy Summers. Aunque no todas las mejores muestras de calidad de Buffy The Vampire Slayer salían de la mano del autor de Fray sí es cierto que sus incursiones audiovisuales son las que mejor puesta en escena, construcción narrativa y dirección de actores tenían. A continuación vamos a incluir un Top 7, totalmente subjetivo, de los que al que esto firma le parecen los mejores capítulos de la serie elegidos por su calidad e importancia en el devenir de la misma y a los que sumaremos las necesarias menciones de honor que se han quedado fuera del ranking.


1×06 The Pack La primera llamada de atención por parte de Joss Whedon y su séquito con respecto a que bajo la piel de Buffy Cazavampiros yacía algo más que acción, humor y terror llegó con The Pack (La Jauría, en España), el sexto episodio de la primera temporada. La excusa narrativa en la que una visita al zoo de Sunnydale implica a Xander, y otros alumnos del Sunnydale High School, en una posesión grupal por parte del espíritu de unas hienas de origen sobrenatural sirve a los guionistas Matt Kiene y Joe Reinkemeyer o el director Bruce Seth Green para despertar el lado más primario y oculto del joven Harris, llegando incluso a intentar agredir a Buffy (recordemos que por aquel entonces el personaje de Nicholas Brendon se sentía atraído por el de Sarah Michelle Gellar) liberando así sus instintos animales más básicos y peligrosos. Este tema sobre la “bestialización” de la personalidad de algunos de los protagonistas del programa se convertiría en recurrente a lo largo de la serie.


2×17 Passion “La pasión es la fuente de nuestros mejores momentos, la alegría de vivir, la claridad del odio y el éxtasis del dolor. A veces duele más de lo que podemos soportar. Si pudiéramos vivir sin pasión tal vez encontraríamos algo de paz. Pero estaríamos vacíos. Habitaciones vacías, destartaladas y húmedas. Sin pasión estaríamos realmente muertos”. Este monólogo recitado por Angelus, la versión diabólica y sin alma de Ángel, supone el eje central de Pasión, el episodio que confirmó definitivamente las nada pueriles aspiraciones temáticas y conceptuales de Joss Whedon a la hora de ir construyendo su criatura catódica. La reconversión de Ángel en el villano de la velada que asesinaba a sangre fría a Jenny Calendar para destruir pscológicamente a su pareja, Giles (ningún fan de la serie puede olvidar a Anthony Stewart Head rompiendo el precinto policial de su casa en el último pasaje del capítulo) y por efecto dominó mermar las fuerzas de Buffy y compañía supuso un punto de inflexión en la segunda temporada. En este momento de la serie ya no había vuelta atrás, Buffy Cazavampiros abandonaba definitivamente sus aspiraciones genéricas y revelaba sus metas a largo plazo, ser un relato de personajes realistas con los que empatizar a niveles impensables en un producto televisivo de esta temática.


3×13 The Zeppo Todo el humor, toda la sorna, toda la autoparodia y la ironía propiamente whedoniana convergen en The Zeppo, el mejor episodio cómico de toda la serie que está centrado, como no podía ser menos, en el personaje de Xander. Mientras sus compañeros se enfrentan al enésimo advenimiento del Apocalipsis el alter ego televisivo de Nicholas Brendon se ve envuelto de manera paralela y en solitario en un enorome sinsentido de situaciones mundanas y terrenales que le impiden formar parte de la encarnizada batalla que están librando sus amigos. Con apuntes de guión tan brillantes como desopilantes y un afán por enaltecer la figura de los outisider, los perdedores, aquellos “mediocres” a los que bendecía Antonio Salieri en la obra maestra que supuso el Amadeus de Milos Forman y Peter Shaffer, Zepo puede considerarse uno de los puntos álgidos de Buffy Cazavampiros y la carta de amor hacia un personaje con el que más de un hombre nos hemos sentido identificado en algún momento de nuestra existencia.


4×10 Hush Silencio supuso el homenaje de Joss Whedon a Michael Ende y su célebre obra literaria Momo.La llegada de unos monstruos vestidos de etiqueta llamados “The Gentlemen” que se dedican a robar la voz a todos los habitantes de Sunnydale es la excusa argumental para que el autor de Firefly ejecute un memorable y tronchante episodio mudo en el que los personajes deben comunicarse por medio de gestos (Giles explicando en el salón de actos del instituto, y por medio de diapositivas, el plan para eliminar a las criaturas causantes de dicha situación no tiene precio) rindiendo un cariñoso homenaje al cine silente. Un episodio a todas luces superlativo que lo hubiera sido incluso más si hubiese prescindido durante todo el metraje de los dialógos. Con todo hablamos de uno de los capítulos más recordados de Buffy the Vampire Slayer y otro de sus picos más altos a la hora de amalgamar comedia y terror.


5×16 The Body Con El Cuerpo, el episodio número dieciséis de la quinta temporada, llegamos no sólo al mejor de toda la serie, sino también al, con mucha diferencia, más destacado ejercicio de realización audiovisual de la filmografía de Joss Whedon. Joyce Summers ha muerto repentinamente y el modo en el que todos los personajes de la serie asimilan tal hecho sirve al guionista y cineasta para realizar un análisis rico en matices y control del tempo narrativo acerca de cómo afrontamos los seres humanos la pérdida en el sentido más amplio de la palabra. La conceptualidad y la idea no se quedan ahí, porque Whedon quiere ir más allá y adentrarse en terrenos del metalenguaje, incidiendo en cómo un personaje como Buffy jamás podría tener una vida normal debido a su “misión” como guerrera (sin siquiera poder enterrar en paz a su progenitora) atravesando los límites de la ficción narrativa reflexionando sobre toerías metafísicas o filosóficas. Por el camino tenemos una realización técnica minimalista, exquisita, sutil, con una puesta en escena medida, concienzuda, juegos de espejos brillantes y un último plano de una mano intentando tocar un cuerpo inerte que cierra una de las muestras de calidad televisiva más grandes que dio el siglo pasado. Una obra maestra con todas las letras.


6×07 Once More With Feeling Aunque la sexta temporada me parezca la peor de Buffy Cazavampiros sería una afirmación necia negar que contiene algunos episodios remarcables, uno de ellos, el séptimo, es considerado por el grueso del fandom aficionado a las correrías del personaje el mejor de todo el trayecto del show. Hablo como no podía ser menos de Once More With Feeling, el célebre “ecapítulo musical” en el que todo el casting del programa bailaba y cantaba. Evidentemente estando detrás de la idea un Joss Whedon en labores de guionista, director, productor y compositor o letrista el invento no iba a quedar en un simple episodio con temas y coregorafías pegadizas. De modo que el creador de la serie puso la alfombra roja (es el único capítulo rodado en formato panorámico y estética cinematográfica) para que, de manera totalmente justificada en la trama, sus actores dieran el do de pecho con temas inolvidables como I Walk through the Fire, Rest in Peace, Standing o I’ll Never Tell que no sólo definían la situación actual de los protagonistas en el mismo momento en el que las interpretaban, sino que también permitía a la trama evolucionar marcando un punto de no retorno importante en el devenir de la serie. Dentro del un reparto inusualmente dotado para el canto (se perciben los retoques en el estudio en varios temas, no lo podemos negar) debemos destacar el enorme talento de unos Anthony Stewart Head y Amber Benson a los que se les notaban las tablas previas y un Hinton Battle superlativo como el villano Sweet. Otra joya catódica con la que Joss Whedon rompió esquemas y ofreció un puñado de composiciones que incluso se recopilaron en un disco que se vendió bastante bien en su época.


7×22 Chosen Un episodio llamado Chosen, sin artículo de ningún tipo delante, puso punto y final a la andadura catódica de Buffy Summers. Con esta última entrega escrita y dirigida, una vez más, por Joss Whedon se dieron la mano todas las señas de identidad que definieron Buffy Cazavampiros desde su arranque. La acción, el humor, el drama, las monstruosidades sobrenaturales, el amor, el odio, el sentimiento de comunidad y el trabajo en equipo para conseguir metas inalcanzables, todo el ideario del programa se condensó en estos poco más de cuarenta minutos que no hicieron más que confirmar el especial cariño que el autor pelirrojo siente por los personajes femeninos y su afán porque los mismos puedan ocupar puestos antaño sólo ejercidos por hombres. Mirando siempre al futuro, pero sin dejar de volver la cabeza hacia el pasado, la sonrisa en la boca de Buffy Summers nos despide de una obra que fue parte importante de la vida de aquellos que la seguimos religiosamente durante su emisión.

Evidentemente hay muchos más capítulos memorables en Buffy Cazavampiros y aunque he seguido estrictatamente la regla de seleccionar uno por temporada me veo en la obligación de mencionar otros que merecían también estar en el Top. Dentro de las menciones de honor tenemos las dos entregas de Becoming, que desembocan en el asesinato de Ángel por parte de Buffy, Amend en el que conocemos el origen vampírico del rol de David Boreanaz, el díptico formado por Graduation Day con la batalla final contra Richard Wilkins, Where The Wild Things Are y su trama central con Buffy y Riley manteniendo relaciones sexuales continuadas ajenos al horror que acontece a su alrededor, Restless, que supone uno de los mejores homenajes dentro de la ficción que se han hecho al universo de David Lynch (y con referencias divertidísimas a Apocalipsis Now con Xander ocupando el lugar del Capitán Willard de Martin Sheen) Fool For Love y sus flashbacks con Spike eliminando a dos Cazadoras de vampiros, The Gift, con la muerte de Buffy tras dar su vida después de vencer a Glory, Normal Again, en el que se dejaba vislumbrar que todos los hechos sobrenaturales acontecidos en Sunnydale eran producto de la imaginación de Buffy que se encontraba encerrada en una institución mental o Dirty Girls, posiblemente el episodio favorito de un servidor (escrito por el hoy muy cotizado Drew Goddard) con la presencia del brutal Caleb de Nathan Fillion y el combate en la bodega con el que destroza al grupo formado por Buffy, sus compañeros (la secuencia relacionada con Xander no se olvida fácilmente) y las cazadoras potenciales, podrían haber entrado con todo merecimiento en nuestro Top 7, pero hemos tratado de hacer criba, ya que de lo contrario nos habríamos encontrado una lista enorme de episodios recuperables y reivindicables.


Valoración personal y general

Como se habrá podido dilucidar a lo largo y ancho de este artículo siento un especial cariño por esta serie con la que Joss Whedon enamoró a todo tipo de espectadores, rompió tabúes hasta ese momento intocables en la televisión generalista americana dirigida a todos los públicos (homosexualidad, violencia de género, la pérdida de seres queridos) y todo sin hacer desaparecer el contexto de género en el que fue construyendo poco a poco un producto de culto cuya influencia sigue presente hoy día influenciando a otros shows televisivos y despertando recuerdos cariñosos por parte de todo su reparto este año en el que se ha cumplido el veinte aniversario de su nacimiento. Ya en el plano personal lo curioso es que Buffy he Vampire Slayer cambió mi vida en el sentido más amplio de la palabra, ya que debido a la afición que sentía por ella comencé a moverme por foros y webs relacionadas con la creación del autor de Los Vengadores: La Era de Ultrón y gracias a ello conocí a personas que han acabado siendo amigos indispensables en mi vida, compañeros con los que he compartido escapadas, quedadas, risas, llantos y altibajos dignos de la Scooby Gang formada por los personajes que poblaron la serie. Puede haberlas mejores, de más calidad o que hayan dejado incluso más huella dentro de la televisión contemporánea, pero ningún otro programa nacido en la pequeña pantalla me ha ofrecido tanto como aquel en el que Buffy Summers nos enseñó que no hay nada imposible con una pequeña ayuda de nuestros amigos.


domingo, 19 de marzo de 2017

Logan



Título Original Logan (2017)
Director James Mangold
Guión Scott Frank, James Mangold, Michael Green basado en los cómics de Marvel
Reparto Hugh Jackman, Patrick Stewart, Dafne Keen, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Elizabeth Rodriguez, Richard E. Grant, Doris Morgado, Han Soto, Julia Holt, Elise Neal, Al Coronel





Después de la desastrosa X-Men Orígenes: Lobezno y la aceptable Lobezno Inmortal Hugh Jackman vuelve por tercer y última vez a dar vida al famoso mutante de las garras de adamantium creado por Len Wein, John Romita Sr y Herb Trimpe en 1974 con Logan, su despedida de un personaje al que ha dado vida durante casi dos décadas y que ya es indivisible de su vida profesional. En esta ocasión el director James Mangold (Copland, Identity) repite en la butaca tras la anterior The Wolverine para realizar el Canto de Cisne de James Howlett, un proyecto largamente acariciado por el actor australiano con el que pone punto y final al recorrido de su versión del X-Men más carismático y letal de la historia de la Casa de las Ideas. El resultado por suerte es muy superior al de sus antecesoras y sin ser una genialidad si sabe satisfacer notablemente tanto al espectador neófito como al fan de los cómics que llevaba años esperando una película del personaje que mereciera realmente la pena.




Todo aquel que vaya a ver Logan pensando que se encontrará una adaptación más o menos fiel de la primera miniserie Old Man Logan ideada por el guionista escocés Mark Millar y el dibujante norteamericano Steve McNiven en el año 2008 saldrá considerablemente decepcionado de la experiencia. No sólo ya por los problemas de licencias que trasladar un relato en el que tenemos a personajes como Ojo de Halcón, Craneo Rojo o descendientes de Spiderman o Hulk, pudieran haber producido a 20th Century Fox al no poseer sus derechos (que como todos sabemos están en manos de la misma Marvel y su división cinematográfica), sino también porque más allá de la edad de Lobezno y algún apunte narrativo o estético que pasaremos a mencionar no hay nada que emparente lo acontecido en las viñetas con lo que podemos ver en pantalla grande a la hora de enfrentarnos con la última aventura de Hugh Jackman en la piel del mutante canadiense.




Lo cierto es que ser una mixtura entre road movie y western (las referencias explícitas a Raíces Profundas no son gratuitas en este sentido) es el único parentesco que el último film de James Mangold tiene con Old Man Logan, pero en cierta manera bebe de los mismos referentes estilísticos y argumentales, como el cine de Sam Peckinpah, Sergio Leone o Clint Eastwood. Logan consigue aunar estas influencias en un tono árido y seco, aquel que la calificación PG13 no permitía en el resto de films en los que el personaje intervenía, y que aquí confluye con certera armonía con ese aire melancólico y derrotista de la franquicia X-Men en cuanto a llevar al extremo aquel lema de "temidos y odiados" que dio razón de ser a la naturaleza furtiva y marginada de los Hijos del Átomo. Todo el largometraje exhala hálito a despedida o cierre de ciclo y los implicados en el mismo han dado todo lo que tenían y más para estar a la altura de las expectativas.




La trama de Logan es sencilla y directa, James Mangold y sus guionistas ejecutan una historia de manual, una huída hacia delante escapando de mercenarios que quieren dar con el paradero de los protagonistas a lo largo de unos Estados Unidos montañosos, crepusculares, deshumanizados y fronterizos. El director de Inocencia Interrumpida sabe encontrar el equilibrio entre los pasajes centrados en las relaciones interpersonales y sentimentales de unos personajes cercanos y terrenales a pesar de su naturaleza sobrenatural y arrebatos de violencia explícita resquebrajando momentos de calma propios del celuloide del cineasta y actor japonés Takeshi Kitano. Gracias a ese balance entre intimismo y bestialidad arraiga con fuerza Logan una naturaleza bicéfala que funciona de manera muy potente durante casi todo el metraje y que sólo encuentra ciertos altibajos al inicio del último tercio, justo cuando Logan y Laura dan con los antiguos compañeros de confinamiento de esta última. 




Aunque hemos resaltado la sencillez del guión sus autores se guardan en la manga algunas referencias a xenofobia, violación de los derechos humanos y el uso de fronteras para dividir territorios que no sabemos si de manera intencionada o no nos remiten al discurso que el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, lleva años promulgando, aunque ciertamente el libreto no ahonda demasiado en dicha lectura apelando a que prime la caracterización de los personajes, la evolución del poso dramático del relato y el desarrollo de las poderosas y brutales escenas de acción que nos muestran por primera vez en pantalla lo que una garras de adamantium harían a un cuerpo humano si fueran utilizadas en combate. El problema es que la estructura de la narración no consigue mantenerse firme durante todo el metraje y en algunos pasajes (como el ya mencionado con los niños) parece como si los escritores no supieran bien hacia donde llevar la obra, que por suerte se encarrila de nuevo por el buen camino dando sus últimos pasos con un clímax honesto y emocionante.




Hugh Jackman puede estar tranquilo, si cumple la promesa de no volver a dar vida a Lobezno puede irse con la cabeza bien alta porque su labor en Logan es la mejor que ha hecho dentro del universo cinematográfico mutante que él ayudó a construir en el año 2000 con aquella ya lejana y seminal X-Men de Bryan Singer, El protagonista de The Fountain se entrega en cuerpo y alma a un personaje que ya es tan suyo como de sus creadores o los fans que llevamos décadas leyendo sus aventuras en papel. Este Logan enfermo, avejentado, cansado y descreído es el último homenaje del australiano a una criatura que le llegó de rebote hace 17 años cuando Dougray Scott rechazó el papel y que le cambió la vida de manera radical abriéndole las puertas de un Hollywood que hoy bebe los vientos por él. Con un trabajo que nos recuerda al mejor Clint Eastwood actor adscrito al western y dando todo en el plano físico Jackman se lo ha puesto muy difícil al próximo actor que acepte portar las garras de adamantium.




No le van a la zaga al protagonista de Prisioneros un Patrick Stewart que también ofrece su mejor personificación de Charles Xavier como un nonagenario senil, quebrado por sus pecados del pasado y cuya mente marchita ya no puede controlar sus enormes poderes psíquicos (la secuencia de Las Vegas y la odisea de Logan para llegar a la habitación del hotel es posiblemente el mejor pasaje del film) y el descubrimiento de la debutante Dafne Keen en la piel de Laura, la famosa X 23 de los cómics (aunque nacida en la serie animada X-Men: Evolution) que es extrapolada al celuloide con una amalgama de ternura y salvajismo perfectamente interpretado por una niña de once años que deja exhausta a la platea con su carisma y fisicidad en pantalla. Mencionar para bien la buena labor de Stephen Marchant como Calivan o Richard E. Grant dando vida al Doctor Rice y para mal a Boyd Holbrook en la piel de Donald Pierce, no por la labor del actor, sino por lo mal que está perfilado su villano en el guión, demostrando que esta tara a la hora de retratar a las némesis de los superhéroes en celuloide no es exclusiva de Marvel Studios o DC Etertainment.




Siendo ampliamente superior a las otras dos películas de Wolverine (tarea no muy ardua, para qué negarlo) pero tampoco "la mejor película de la saga cinematográfica mutante" como se ha llegado a comentar en no pocas webs de la red y páginas de opinión un servidor ha quedado altamente satisfecho con el visionado de esta Logan que pone broche de plata a la interpretación de James Howlett a manos de un Hugh Jackman al que siempre recordaremos cuando pensemos en el personaje de Marvel. Un relato melancólico, nihilista, salvaje y cercano que nos deja con la duda de cómo solucionarán Bryan Singer, Simon Kinberg y compañía la complicada papeleta de buscar un sustituto para el australiano que esté a la altura de su mastodóntica labor a la hora de dar vida al mutante canadiense que se despide de todos nosotros firme en sus ideas, luchando contra sus demonios internos y afianzando su determinación como máquina de matar siendo "el mejor en lo que hace, aunque lo que hace no es muy agradable".