domingo, 24 de junio de 2018

Drácula: Príncipe de las Tinieblas, la sangre es la vida



Título Original Dracula: Prince of Darkness (1966)
Director Terence Fisher
Guión Jimmy Sangster, basado en personajes de Bram Stoker
Reparto Christopher Lee, Barbara Shelley, Andrew Keir, Francis Matthews, Suzan Farmer, Charles Tingwell, Thorley Walters, Philip Latham, Walter Brown, George Woodbridge, Jack Lambert, Philip Ray





Ocho años tardó el equipo formado por el director Terence Fisher, el actor Christopher Lee y el guionista Jimmy Sangster en volver a unirse para dar continuación a Horror of Dracula, aquella cinta de 1958 producida por la Hammer Films con la que adaptaron la célebre novela del irlandés Bram Stoker centrada en su particular revisión del personaje de Vlad Tepes, convirtiéndolo en un vampiro ávido de sangre. A pesar del éxito de dicha propuesta, de la que hablamos hace unos años en este mismo blog, parece ser el intérprete británico el que daba continuamente su negativa a la hora de volver a portar la capa del mítico conde transilvano. Esto no quiere decir que tanto él como Fisher o Sangster hubieran estado quietos todo ese tiempo. La Hammer se encontraba en su época de mayor apogeo y ya fuera colaborando juntos, o cada uno en solitario, habían participado en clásicos de la compañía como La Momia, La Venganza de Frankenstein, El Perro de los Baskerville o Las Novias de Drácula, siendo esta última la segunda cinta centrada en el personaje, pero sin la presencia de Christopher Lee dándole "no vida".




De modo que en el año 1966 la maquinaría vinculada a los Bray Studios británicos se puso en funcionamiento para realizar la nueva película centrada en el no muerto más famoso de la historia con Drácula: Príncipe de las Tinieblas, ahora sí, la secuela de Horror of Dracula y segundo largometraje con el famoso conde como protagonista. Como hemos citado Terence Fisher, maestro del género y realizador estrella de la Hammer Films, se puso de nuevo detrás de las cámaras y el actor fetiche de Tim Burton reencarnó al personaje al que estaría vinculado hasta sus últimos días de vida. Del guión se ocupó otra vez Jimmy Sangster, a partir de una idea de Anthony Hinds, y en el reparto de secundarios encontramos a Barbara Shelley, Andrew Keir, Francis Matthews, Suzan Farmer o Charles Tingwell, entre otros, y echamos mucho de menos a Peter Cushing, que en esta ocasión no volvería para dar vida al aguerrido Abraham Van Helsing, rol que sí retomaría en el resto de secuelas de la saga.




Desde un punto de vista argumental Dracula: Prince of Darkness se encuentra en las antípodas de Horror of Dracula. Mientras en la cinta primigenia de 1958 Terence Fisher y el guionista Jimmy Sangster trataban de trasladar, muy libremente, la novela de Bram Stoker aunando distintas tramas y ejecutando un producto con una narración más rica esta secuela de 1966 tiene su escritura reducida al mínimo exponente, despojándose de florituras y volando con más libertad una vez no debe ceñirse a la prosa del literato irlandés, aunque se tomen del libro algunos apuntes como el personaje de Ludwig que es un claro émulo o sosias de ese R. M. Renfield que, después de no aparecer en la primera entrega, tiene aquí un rol secundario de cierta relevancia. De esta manera el director de The Gorgon y sus colaboradores mantienen el tono establecido en la ya mencionada Horror of Dracula, pero abordando el proyecto de una manera mucho más visceral y gráfica en esta ocasión, algo en lo que incidiremos más tarde en esta entrada.




Porque la historia narrada en Drácula: Príncipe de las Tinieblas no va más allá de la llegada de dos matrimonios británicos a Transilvania dando a parar con sus huesos, a pesar de las consabidas advertencias de los supersticiosos lugareños, al castillo del famoso conde. Una vez allí el mayordomo del finado dueño de la fortaleza dará alimento y cobijo a los cuatro turistas para posteriormente utilizar la sangre de uno de ellos con la intención de resucitar a su amo y señor. Como podemos ver el planteamiento de la trama es de un clasicismo prístino, recordándonos a la de cualquier otra muestra cinematográfica protagonizada por las distintas versiones del personaje que se habían dado durante la primera mitad del siglo XX. Pero aquí es cuando entra escena el sello de la Hammer Films sustentado en una crudeza y una explicitud inédita para el género de terror de la época y sobre todo la mano de un maestro como Terence Fisher que consigue sacar oro de un argumento tan exiguo y poco dado al alarde narrativo como el planteado por Jimmy Sangster.




Por un lado llama la atención la contenida y medida puesta en escena del director en un producto como el que nos ocupa, arrancando con un flashback del frenético final de Horror of Dracula, pero entregándose inmediatamente después a un ritmo más cadencioso y calmado. El director de Frankenstein Creó a la Mujer toma todo el tiempo necesario para ir desarrollando la historia de los dos matrimonios que llegan al país rumano, apelando a una tensión medida al milímetro, acentuando el in crescendo de tensión por medio de una atmósfera amenazante que toma forma a lo largo de la primera mitad del film. Aunque parezca que en pantalla están aconteciendo pocos hechos de relevancia Fisher consigue captar el interés de un espectador desconocedor del momento en el que el peligro tomará forma una vez el personaje de Christopher Lee haga acto de presencia. Su profesionalidad es tal y su control del lenguaje cinematográfico tan intachable que el mismo Drácula no aparece hasta el ecuador de la cinta y en ningún momento la obra se resiente por ello.




En cambio cuando el personaje de Christopher Lee debuta en pantalla no sólo monopoliza el largometraje, también ofrece la encarnación más salvaje y brutal de todas las que realizó interpretando a Drácula, fuera o dentro de la Hammer Films, convirtiendo el proyecto en una descarnada pieza cuya violencia parece contagiar toda la segunda mitad del metraje. Posiblemente esta recreación del conde por parte del Mycroft Holmes de La Vida Privada de Sherlock Holmes sea la más cruenta de todas ellas por la total ausencia de diálogos por su parte, elección que acentúa la naturaleza de animal sediento de sangre del protagonista y que, según cuenta la leyenda, pudo deberse a varios motivos, como el descontento del intérprete con el guión de Jimmy Sangster o su ejecución a modo de castigo de este último hacia Lee por el hecho de haber criticado su trabajo de escritura. No sabemos a ciencia cierta a qué se debió esta decisión, pero de cara la traslación del personaje a la pantalla supuso todo un acierto.




Gracias a la labor conjunta de Terence Fisher, Jimmy Sangster y Christopher Lee Drácula: Príncipe de las Tinieblas consigue materializar algunas secuencias míticas que están ente las mejores de la historia de la Hammer Films. Desde el ritual de resurrección de Drácula, por medio de unos excelentes efectos visuales y de maquillaje, pasando por su primera aparición o la secuencia, una de las pocas sacadas directamente de la novela de Bram Stoker, en la que el conde intenta que el personaje de Diana beba su propia sangre para convertirla en una de sus acólitas, cualquier pasaje centrado en el carismático Padre Sandor, de Andrew Keir, o casi todo lo acontecido en el clímax final se revelan como momentos poseedores del inconfundible aroma de la productora creada por William Hinds y James Carreras. La única mácula que podemos sacar a colación con respecto a esta ejemplar entrega sería la muerte del protagonista en el lago helado, una de las más insulsas de la saga, sobre todo si tenemos en cuenta la dura competencia posterior, ya que en el resto de secuelas tanto las excusas para resucitar al personaje como sus defunciones llegarán a adentrarse en los terrenos del disparate.




Dracula: Prince of Darknes puede considerarse a día de hoy un clásico del género de terror y del celuloide que ha llevado a la pantalla grande las aventuras y desventuras del célebre vampiro transilvano diseñado por Bram Stoker. Como obra es una muestra cristalina de los niveles de calidad y profesionalidad que podía alcanzar una Hammer Films encontrándose por aquel entonces en sus últimos años dorados y con tres de sus mejores empleados dándolo todo para escribir, dirigir e interpretar una pequeña joya que sólo se encuentra un peldaño por debajo de su imbatible predecesora. Tras ella llegarían otras cinco entregas más de la franquicia, pero ya sin Terence Fisher y Jimmy Sangster implicados en las mismas, algo que se dejaría notar sobre todo en lo referido a la ausencia del mítico realizador. Todas ellas inferiores a la obra que nos ocupa, pero con distintos y variopintos puntos de interés que las hacen tan atractivas como merecedoras de ser comentadas en este blog en un futuro próximo.



miércoles, 20 de junio de 2018

Irreversible, la insoportable levedad del ser



Irreversible no sólo sintetiza a la perfección la relación de admiración y rechazo que siento por la obra de Gaspar Noé, también supuso la descarnada consagración de uno de los cineastas más necesarios, talentosos e incómodos de la historia reciente del séptimo arte. Un autor que, como he mencionado en otras ocasiones al hablar de su filmografía en este blog, suele profundizar en caminos que otros artistas ni se plantean en transitar, arriesgando en cada nuevo proyecto, tratando de no repetirse y siempre con una predilección por el suicidio cinematográfico harto atractiva para un servidor. Desde que Transgresión Continua dio sus primeros pasos, allá por 2009, siempre quise hablar de la segunda producción de Gaspar Noé por el impacto que causó en mí cuando la visioné por primera vez hace más de quince años. Pero no fue hasta su revisión hace unos días y la decisión de plantear la reseña del mismo modo que está narrada la película, hacia atrás, que encontré el aliciente para escribirla y saldar una deuda conmigo mismo y una de las obras que marcaron mi vida como cinéfilo que daba sus primeros pasos dentro del cine europeo contemporáneo.




Cuando la proyección de Irreversible termina, sobre todo tras su primer visionado, deja en el espectador una profunda sensación de pesimismo, con el ideólogo detrás de sus imágenes pisoteando todo sentimiento empático que pudiéramos haber experimentado por el relato narrado o los personajes que lo poblaban. En el proceso Gaspar Noé ha ido dejando pistas a modo de premoniciones de todo lo que terrible que va acontecer en el film (Álex hablando de ese sueño en un "túnel que se parte en dos", Marcus notando el brazo adormilado mientras se despereza) confirmándonos que el conocimiento de nuestro destino no nos permite cambiarlo. Misantropía, nihilismo, machismo, xenofobia y homofobia se han visto amalgamadas en una pieza cuestionable moralmente en muchos aspectos por el discurso que anida bajo sus fotogramas (aunque Noé no deja títeres con cabeza, lanza dardos envenenados contra burguesía y clase obrera ) pero impagable desde un punto de vista estético, visual y narrativo, construyendo así una rara avis en la cinematografía francófona,. Celuloide que agrede, hiere e impacta, pero también emociona, estremece y deja huella.




En este punto del relato Gaspar Noé toma la decisión de destrozar emocionalmente al espectador. Después de los desmanes de Marcus en la fiesta que son el catalizador de la marcha de Álex sola a casa siendo así agredida durante el trayecto el guionista y director nos hace testigos de las escenas previas a estos hechos por medio de un naturalismo cálido, acogedor, en el que los tres protagonistas bromean, hablan sobre su vida sexual, se muestran cercanos, veraces. Por desgracia una profunda tristeza recorre todo ese metraje al no poder eludir nuestro rol demiúrgico, obligándonos a saber que toda esa luz y candidez desembocará en dolor, traición, y terror. Gaspar Noé cierra Irreversible con los personajes de Monicca Bellucci y Vincent Cassel retozando desnudos cariñosamente en la cama, confirmándonos que Álex descubría esa misma mañana que estaba embarazada y culminando con un bellísimo plano cenital, acariciado por la 7ª Sinfonía de Beethoven, en un parque que se contrapone diametralmente al aterrador que abría la cinta, y cerraba la historia, hora y media antes. "El Tiempo lo Destruye Todo" reza el último fotograma de Irreversible y Gaspar Noé lo lleva hasta sus máximas consecuencias.




Para entonces llegamos a la famosa escena de la violación, que es precedida por todo un ritualismo con el que Noé nos deja entrever en numerosas ocasiones que cualquier pequeña acción o decisión podía haber evitado que Álex entrara en ese túnel del metro donde encontró  su agresor. Casi diez minutos de cámara estática (el director deja su objetivo a ras de suelo para eludir cualquier intencionalidad estilística o erótica a la hora de poner en escena la secuencia más complicada del largometraje) ausencia de banda sonora, y sólo dos actores, Monica Bellucci y Jo Prestia, entregándose para recrear a una de las escenas de agresión sexual más duras y menos sensacionalistas de la historia del cine. De manera curiosa es en este pasaje donde el máximo responsable de Irreversible demuestra ser un verdadero creador y un genio a la hora de extrapolar sus ideas visuales y narrativas a la pantalla, ya que a pesar de la violencia física a la que asistimos el golpe más duro nos es asestado antes de que la misma tome forma, justo cuando descubrimos que el violador no es la persona a la que mató Pierre en el Rectum, sino uno de los testigos de la escabechina en dicho pub, confirmándonos toda la cruzada en pos de la venganza emprendida por los dos protagonistas como un acto inútil culminado en fracaso.




A partir de esta secuencia el devenir de situaciones irá sucediéndose y de esta manera descubriremos cuáles son los hechos detonantes de este acto de venganza por parte de los protagonistas masculinos, quedándonos claro que es Pierre la voz de la razón, y verdadero enamorado de Álex, y Marcus el animal salvaje moviéndose por instintos primarios. La cámara que arrancó frenética empezará a estabilizarse gradualmente, a abandonar esa locura en la que, si nos atenemos a la narración cinematográfica clásica, habría ido sumergiéndose la película si estuviera estructurada de modo convencional. En un momento dado, cuando el ritmo del proyecto comienza a ralentizarse, llegamos al episodio en el que los personajes de Vincent Cassel y Albert Dupontel encuentran a Alex después de su agresión. En ese mismo instante, con una Monica Bellucci de rostro destrozado siendo introducida en la ambulancia, Gaspar Noé añade un efecto de sonido que simula un latido haciendo vibrar el encuadre. Hemos llegado al corazón de Irreversible, todo ese proceso hasta el ecuador del film ha supuesto el recorrido por una anatomía viviente, carnal, trémula, encontrando su epicentro en un acto aberrante que se antoja inminente y para el que nunca estaremos preparados como espectadores.




Lo que espera al espectador justo después del prólogo del film, el ya citado protagonizado por Philippe Hanon, es una inmersión casi literal en el infierno con la llegada de Marcus y Pierre al Rectum. En dicho antro regentado por homosexuales, cuya sordidez hace que el retratado por William Friedkin en A la Caza (Cruising) parezca un parque infantil, el objetivo de Gaspar Noé comienza a tomar vida y a "convulsionarse" como si de una entidad humana se tratase. Con viscerales movimientos, en muchas ocasiones impidiéndonos distinguir qué vemos en pantalla, y un uso del sonido con una frecuencia de 28 Khz que acentúa la malsana puesta en escena el argentino ejecuta el clímax de su obra antes de habernos aclimatado a su impronta visual y narrativa. La locura y la insania toman forma por medio de una cámara demente cuya lisergia desatada se mimetiza con los tonos rojizos que imperarán a lo largo de la paleta cromática del film creando paralelismos con el color de la sangre que será derramada en el desarrollo de su metraje. Esta secuencia culmina con el ya mencionado pasaje en el que Pierre mata a golpe de extintor al supuesto violador de Álex, no sin que este rompa antes el brazo a Marcus ante la algarabía del resto de clientes del Rectum y con uno uso magistral de unos dosificados efectos digitales.




Porque no es sencillo hacerse partícipe de lo propuesto por Gaspar Noé en Irreversible y dicha afirmación viene no sólo por la dureza del relato que vertebra el proyecto, sino también por su radical puesta en escena. El autor de Carne vuela por los aires no pocos convencionalismos narrativos al tomar la decisión de contar su historia en orden invertido y aunque la idea no es nueva (sólo dos años antes el Christopher Nolan de la magistral, y muy superior, Memento había ejecutado algo similar) su destrucción del principio de causa y efecto con respecto al espectador y la incomodidad extrema que transmite hacernos testigos de los resultados antes de asistir a los hechos que los producen siendo perpetrados a lo largo de los trece falsos planos secuencia en los que se divide el largometraje se antoja veraz y cortante de cara a la platea. Es aquí, y no en las dos consabidas escenas de violencia ya citadas, donde se encuentran los puntos más fuertes de la segunda obra cinematográfica de Gaspar Noé, los que hacen de Irreversible una pieza merecedora de ser experimentada.




Desde sus primeros compases Irreversible deja claras cuáles van a ser las dos señas de identidad,  presentes también en una obra tan precoz como Solo Contra Todos, de la persona que se encuentra detrás de las cámaras. Por un lado el ego, que se deja notar con esos títulos de crédito finales manipulados en pos del impacto, convirtiéndose en un recurso que el director seguiría explotando en sus films posteriores, y en la inclusión del personaje de su ya citada ópera prima, el "Carnicero" interpretado por el gran Philippe Nahon, conectando las dos piezas cinematográficas por puro capricho de su ideólogo. Por otro tenemos el uso del lenguaje cinematográfico como arma arrojadiza, posiblemente el sello más carcterístico del discurso autoral del realizador de Enter the Void, esclareciéndonos esos primeros planos que la imagen y el sonido son para él elementos capaces de perturbar, aturdir y desquiciar a los espectadores más acomodaticios, esos que el mismo Noé se encarga de "echar de la proyección" una vez deciden no entrar en su complicado juego.




En lo referido al argumento no vamos a engañar a nadie. Irreversible es una simple y llana historia de venganza, la de dos hombres, Marcus (Vincent Cassel) y Pierre (Albert Dupontel), buscando en una noche frenética por los suburbios de un París aterrador al perpetrador de la violación de Alex (Monicca Belucci) novia del primero y ex pareja del segundo. El presunto violador es un peligroso proxeneta apodado "Tenia" y para dar con él y hacerle pagar por su crimen los dos protagonistas acabarán en un sórdido local homosexual llamado "El Rectum" donde se desatará el mayor de los caos. Todo este planteamiento argumental, a pesar de algunas variantes, se aleja poco de cualquier muestra del subgénero rape and revenge, aunque en esta ocasión no sea la víctima quien busque vendetta contra su agresor, y no llamaría la atención (más allá de su acabado técnico, al que volveremos más tarde) de cara al espectador sino fuera porque Gaspar Noé lo narra de manera inversa, o lo que es lo mismo, iniciando su film con el final y terminándolo con lo que vendría a ser su arranque.




Mi misión en esta entrada se reducirá a la sencilla, pero ardua, misión de reivindicar una obra como Irreversible, aún siendo consciente de la presencia de decisiones, planteamientos y reflexiones cuanto menos reprobables entre sus ineludibles hallazgos cinematográficos y su osadía como propuesta por parte de su máximo responsable, añadiendo, eso sí, múltiples e importantes spoilers. Porque más allá de la brutal y expeditiva violencia de la que hace gala su trama existe un ejercicio suicida, anticomercial y muy personal de contar una historia mil veces vista de una manera temeraria, compleja y en ocasiones desquiciada con la (in)sana intención de buscar la implicación de un espectador no sólo impactado por las imágenes viscerales que el director y guionista irá poniendo en su camino, sino también viéndose descifrando la peculiar estructuración narrativa de la que hace gala una producción tan atípica y demencial como la ejecutada por Gaspar Noé en el año 2002.




Curiosamente más allá de analizar las virtudes o defectos cinematográficos de la cinta de Gaspar Noé los periodistas, sobre todo, centraron sus críticas en las dos escenas más célebres del metraje, algo en cierta manera lógico, pero una decisión equivocada que reducía el film a esos dos pasajes en concreto cuando el mismo contiene no pocos puntos de interés que aquí sí pasaremos a mencionar y analizar de la manera más humilde posible. Las dos secuencias que más dieron que hablar fueron en la que Albert Dupontel reduce a un irreconocible amasijo de carne el cráneo de un hombre propinándole numerosos golpes con un extintor y sobre todo la violación en tiempo real que sufre el personaje de Monica Bellucci a manos del secundario interpretado por el luchador de kick boxer, reconvertido en actor, Jo Prestia. Como apuntamos era inevitable que estos dos momentos concretos de Irreversible hicieran correr ríos de tinta, real y digital, algo que el mismo Gaspar Noé sabía y buscó premeditadamente, pero hay mucho cine en la obra que nos ocupa más allá de esos instantes.




Aunque ya con su primer largometraje, Solo Contra Todos, dio que hablar y levantó más de una ampolla no sería hasta la puesta de largo internacional, en el Festival de Cannes de 2002, de su segundo film, Irreversible, que el realizador argentino afincado en Francia Gaspar Noé, se convirtiera en uno de los enfant terrible del panorama cinematográfico internacional. Tras la proyección de la película en la croisette, y como ya recordé en la reciente reseña de Love, la polémica se desbordó como pocas veces en dicho certamen y las acusaciones de sádico, enfermo, criminal y pornógrafo hacia su director no se hicieron esperar. Para gran parte del público y la prensa especializada no sólo resultaba aberrante que una obra de estas características formara parte de la sección oficial de Cannes, también se destacó el terrible hecho que suponía la presencia de tres estrellas del cine francés como Monica Bellucci, Vincet Cassel y Albert Dupontel como protagonistas de la misma.




Título Original Irreversible (2002)
Director Gaspar Nóe
Guión Gaspar Noé
Reparto Monica Bellucci, Vincent Cassel, Albert Dupontel, Philippe Nahon, Jo Prestia, Stéphane Drouot, Mourad Khima, Jean-Louis Costes




domingo, 17 de junio de 2018

Jurassic World: El Reino Caído



Título Original Jurassic World: Fallen Kingdom (2018)
Dirección J.A. Bayona
Guión Colin Trevorrow y Derek Connolly, basado en personajes de Michael Chricton
Reparto Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, James Cromwell, Rafe Spall, Toby Jones, Justice Smith, Daniella Pineda, Ted Levine, Geraldine Chaplin, Jeff Goldblum, B.D. Wong, David Olawale Ayinde





Después de dormir el sueño de los justos durante casi quince años Steven Spielberg decidió resucitar en 2015 una de las franquicias, adscritas a su filmografía, más exitosas de la historia del cine comercial reciente. Jurassic World venía a tomar el relevo de aquella trilogía nacida en 1993 con la adaptación de Parque Jurásico, el exitoso best seller de Michael Chricton que el autor de La Lista de Schindler convirtió en un producto ejemplar aunando calidad y comercialidad, y teniendo su continuación en las menores El Mundo Perdido (1998) y Parque Jurásico III (2001). El director elegido por Spielberg para ponerse detrás de las cámaras fue Colin Trevorrow (Seguridad No Garantizada), del guión se ocuparon este último junto a Rick Jaffa, Amanda Silver y Derek Connolly y el reparto estuvo formado por estrellas como Chris Pratt (Vengadores: Infinity War), Bryce Dallas Howard (Spider-Man 3) o Vincent D’Onofrio (Daredevil) entre otros. El éxito de taquilla fue descomunal y la crítica abrazó con agrado este reinicio de la saga que no dejaba de ser un producto construido sobre la nostalgia y el fanservice agradablemente servido para contentar tanto a los que se criaron con las anteriores entregas y vivieron de primera mano la “dinomanía” como a las nuevas generaciones de espectadores que disfrutaron de esta isla temática en la que dinosaurios de todo tipo campaban a sus anchas sembrando el caos y el terror para desgracia de los humanos que allí se encontraban confinados. La inevitable secuela, titulada Jurassic World: El Reino Caído, llegó este fin de semana a las carteleras de todo el mundo tres años después de su predecesora y el mayor cambio con respecto a aquella es en la dirección, cediendo Colin Trevorrow su puesto al español J.A. Bayona sumergiéndose este por primera vez en una gran superproducción estadounidense después de llamar la atención internacional con Lo Imposible y Un Monstruo Viene a Verme o haber participado en series de renombre como Penny Dreadful.




Jurassic World: El Reino Caído se revela, en cierta manera, como la evolución natural de su predecesora y lo es de modo tan ortodoxo que esto se convierte en uno de sus mayores defectos. La segunda entrega de este reinicio del universo jurásico inspirado en la pluma de Michael Chricton sigue en varios aspectos los preceptos establecidos por la anterior trilogía y no es descabellado ver en la estructura de su narración un émulo de lo que supuso El Mundo Perdido para Parque Jurásico, una continuación a la búsqueda de expandir su universo y ofrecer una faceta más oscura de lo planteado en su primer y exitoso episodio, pero sin encontrar la inspiración y el equilibrio necesarios para estar a la altura de las circunstancias. Por tanto la historia comienza en un entorno selvático, el de la famosa isla temática en la que se había desatado el caos una vez los dinosaurios se descontrolaron y tomaron todo el territorio, para más tarde volver a la civilización y extrapolar allí la acción con no pocos paralelismos estructurales con las distintas versiones cinematográficas ofrecidas a lo largo de los años de King-Kong. De esta manera podemos dividir Jurassic World: El Reino Caído en dos películas diferenciadas, una aventura clásica en un terreno hostil y una cinta de terror con resonancias góticas localizada en la mansión de Benjamin Lockwood y sus inmediaciones.




Estas dos localizaciones sirven, sobre todo, para que J.A. Bayona demuestre su versatilidad como narrador de historias y realizador que sabe adaptarse a un proyecto tan descomunal como el que nos ocupa. Tanto en la primera mitad en la que los personajes de Chris Pratt y Bryce Dallas Howard, acompañados por los hombres de Eli Mills (Rafe Spall), deben rescatar a los dinosaurios de la Isla Nublar cuyo volcán se encuentra en erupción como en la segunda en la que dichas criaturas llegan a la mansión del magnate Benjamin Lockwood (James Cromwell) el director de El Orfanato hace gala de una soltura encomiable a la hora de ofrecer lo que se le exige, espectáculo puro y duro. La principal misión de un profesional contratado por Steven Spielberg para dirigir una de las entregas de su franquicia es clara, hacer que los dinosaurios, los verdaderos protagonistas de la velada, luzcan de manera vibrante en pantalla y a fe mía que el barcelonés lo consigue. La fauna y los cuantiosos efectos digitales que ponen a disposición del director hacen que este saque lo mejor de sí mismo como un artesano que sabe cual es su cometido y las limitaciones impuestas a la hora de abordar una pieza como esta, llegando a ejecutar pasajes bordeantes en la genialidad como el que tiene lugar dentro del vehículo esférico sumergido en el agua o esa peculiar visita a la habitación de Maisie Lockwood (Isabella Sermon) con reminiscencias visuales deudoras hasta del expresionismo alemán.




Por desgracia la destacada labor de J.A. Bayona como trabajador con suficientes aptitudes para adaptarse a la maquinaria hollywoodiense sin mayores problemas se ve ensombrecida por un deficiente guión a manos de Colin Trevorrow y Derek Connolly cuya inconsistencia delata la posibilidad de haber sido elaborado de manera tan escasa como poco profesional. El libreto de Jurassic World: El Reino Caído es un compendio de lugares comunes, ideas trilladas y decisiones arbitrarias paupérrimamente justificadas sustentadas en una previsibilidad alarmante que nos hace descifrar desde el mismo arranque del film no sólo todos los hechos que van a ir tomando forma a lo largo del metraje sino también hacia dónde virarán esos personajes que “no son lo que parecen” y a los que se ve venir a kilómetros. Estas carencias con respecto a una originalidad que brilla por su ausencia ofreciéndonos así un blockbuster prototípico sin deparar ninguna sorpresa y aferrándose a un conservadurismo narrativo que bordea lo insultante se ensambla con una construcción argumental endeble en la que muchas de las situaciones se suceden en pantalla de manera forzada, inconexa y con una predisposición a dejar cabos sueltos y agujeros de guión que terminan por dilapidar un apartado de escritura que sólo destaca a la hora de mostrar el sufrimiento de los dinosaurios siendo utilizados a modo de mercancía o cobayas por la egoísta mano del ser humano, aunque el hecho de que la platea empatice con dichas criaturas recae de nuevo en un J.A. Bayona que ofrece verdadero sentimiento en los pasajes más dramáticos relacionados con ellas gracias a su puesta en escena.




Para colmo estas deficiencias en lo referente a la correcta viabilidad del guión también se extienden a unos personajes que en su mayor parte no dejan de ser estereotipos andantes. Más allá del buen hacer de Chris Pratt y Bryce Dallas Howard, dando vida a Owen Grady y Claire Dearing, que ya conocen a unos personajes con los que se sienten cómodos, aunque en esta ocasión la química no es tan compacta como en Jurassic World, los secundarios de esta secuela se sustentan en una dimensionalidad plana que o bien los muestra en pantalla como los roles maniqueos que son o por medio del artificio intentando jugar al despiste con respecto a sus verdaderas intenciones, pero haciéndolo con cartas marcadas y yendo de farol durante toda la partida, delatando sus intenciones bien pronto. Por mucho que contemos en el reparto con respetados veteranos como James Cromwell (A Dos Metros Bajo Tierra) o Geraldine Chaplin (El Hombre Lobo), profesionales de sobrado talento como Toby Jones (Capitán América: El Primer Vengador) o nuevas promesas como Rafe Spall (The Ritual) y todos ellos acometan su labor con la profesionalidad esperada ninguno puede sacar oro de unos personajes apenas esbozados moviéndose entre clichés manoseados hasta lo extenuante dentro de este tipo de producciones, llegando en ocasiones a parecer émulos sin carisma de varios de los secundarios que pudimos ver en la primera trilogía en general y las dos cintas rodadas por Steven Spielberg en particular.




Si bien es cierto que como carta de presentación para J.A. Bayona de cara a labrarse un futuro en Hollywood el resultado no puede ser mejor como secuela de su predecesora o simple blockbuster Jurassic World: El Reino Caído se revela como una oportunidad desaprovechada de haber extendido lo ya planteado en 2015 por culpa de su conservadurismo y deficiente escritura. Sí, tenemos la diversión, el escapismo, el fanservice y la espectacularidad, siendo la de entretener al respetable la principal y única misión autoimpuesta por una producción como esta que no busca nada más que eso a lo largo de 128 minutos de metraje y consiguiéndolo en todo momento. Pero llega a ser agotador volver a ver por millonésima vez la misma fórmula de siempre a la hora de facturar superproducciones estadounidenses, entregándose a los prostituibles brazos de la facilidad y eludiendo cualquier atisbo de riesgo o aspiración artística, para colmo con un guión que deja mucho que desear en no pocos aspectos. Más allá de eso nos queda un pasable fuego de artificio cuyo clímax nos deja patente su naturaleza de “película bisagra” que deja el terreno fértil para el cierre de esta nueva trilogía en el que Colin Trevorrow volverá a ponerse detrás de las cámaras y con ello dar supuesto final a un reinicio cuya intencionalidad puramente recaudatoria sustentada en la desgana y la nula originalidad nos deja cada vez más patente que su mera existencia es tan intrascendente como innecesaria.


jueves, 14 de junio de 2018

Por Trece Razones: Temporada 2, veredicto final



"No conozco una sola mujer que no haya sufrido acoso sexual, abusos o cosas peores. Ni una. Muchas sobreviven. Mi hija no lo hizo y no es su culpa"




Cuando Netflix confirmó la segunda temporada de su exitosa serie Por Trece Razones, inspirada en el best seller escrito por Jay Asher, las dudas con respecto a su argumento aparecieron inmediatamente. El grueso de la novela en la que se basaba el producto había sido trasladado a imagen real prácticamente en su totalidad a lo largo de esa tanda de episodios, de modo que el showunner, Brian Yorkey, y su equipo de guionistas se habían quedado sin material para dar continuidad a la historia de Hannah Baker, Clay Jensen y el resto de alumnos del instituto Liberty High. La solución fue la esperada cuando los ideólogos detrás de la célebre obra confirmaron que seguirían al relato iniciado en el libro homónimo con los mismos personajes, que en esta ocasión deberían enfrentarse al efecto causado por las famosas cintas de cassette en las que la protagonista dio las trece razones que la impulsaron a quitarse la vida ofreciendo a su vez los nombres de los que ella consideraba responsables de su desdicha.





De este modo la segunda temporada de Por Trece Razones, estrenada íntegramente el pasado día 18 de mayo en Netflix, cuenta con casi el mismo reparto que la primera, pero centrándose esta vez en el juicio en el que los padres de Hannah Baker acusan a los responsables del instituto Liberty High de haber hecho oídos sordos a las peticiones de auxilio de su única hija, obligando de esto modo a desfilar por su estrado a todos los alumnos que el personaje de Katherine Langford menciónó en su confesión grabada. A lo largo de trece capítulos distintos compañeros de clase,y algún profesor, darán su propia versión de la relación que mantuvieron con la fallecida, descubrirán pasajes de sus últimos meses de vida que no conocíamos y en ocasiones ofrecerán una perspectiva de aquella chica ejemplar que no coincidirá con la que tenían de ella sus amigos y allegados. Un Clay Jensen obsesionado por los remordimientos de conciencia luchará por limpiar el buen nombre de Hannah y desvelar la identidad de los verdaderos culpables de la miseria de la primogénita de los Baker.




Esta segunda temporada de Por Trece Razones contaba con un importante handicap. El factor sorpresa se perdía por completo y el uso de las cintas de cassette para construir la estructuración narrativa de la serie, a cara por episodio, desaparecía una vez las grabaciones ya no eran de el núcleo del relato, aunque siguen teniendo una relevancia notable en esta etapa de la serie. De manera que los guionistas necesitaban otra excusa argumental para ir deteniéndose uno a uno en todos los personajes de la primera temporada que aquí cobran incluso más importancia para el devenir de acontecimientos que vertebrarán la historia que Brian Yorkey y su séquito quieren narrarnos. Finalmente es un recurso tan, en principio, manido como el del juicio el tablero sobre el que los guionistas irán colocando sus piezas para ir diseccionando la personalidad de sus criaturas y en el proceso construir un relato en el que el drama y la intriga enriquecen el conjunto de una temporada que, contra todo pronóstico, supera en varios aspectos a su predecesora.




El proceso judicial en el que se sustenta la temporada se antoja todo un acierto y gracias a él iremos conociendo cada vez más a los personajes satélite relacionados con la vida y muerte de Hannah Baker. Un servidor es reticente con este subgénero en concreto, porque si bien nos ha ofrecido productos incontestables como Matar a Un Ruiseñor, 12 Hombres Sin Piedad o JFK: Caso Abierto también es un tipo de ficción muy tendente a la demagogia y el sensacionalismo barato, sirvan de ejemplo para esta afirmación films como Tiempo de Matar, Hombres de Honor o la mayoría de series americanas adscritas a esta temática. Por suerte los responsables de Por Trece Razones tratan de eludir clichés y lugares comunes, casi siempre con éxito, consiguiendo que este contexto en el que se desarrollará la segunda tanda de episodios nos permita profundizar en el perfil psicológico de los personajes que orbitan alrededor de la malograda Hannah Baker y el empecinado Clay Jensen.




Mientras vamos descubriendo facetas desconocidas de todos los amigos de Hannah Baker, ahondando en sus virtudes y miserias, intentando descifrar la relevancia que tuvieron en los últimos días de su vida y dilucidando si dicen la verdad los guionistas no sólo se detienen en el impacto que las declaraciones de cada uno de los testigos tienen en su vida personal y en el día a día del Liberty High, también van tejiendo de manera lenta pero gradual varias subtramas perfectamente ensambladas en el esqueleto argumental de la temporada y en las que la venganza y la decisión de tomar la justicia por la propia mano tienen un notable protagonismo. De esta manera Brian Yorkey y compañía amplían el abanico de temas complicados a tratar con la inclusión de la tenencia ilegal de armas de fuego que, por desgracia, tan de actualidad está en Estados Unidos. Pero si hay un tema apuntado en la anterior temporada y que en esta es abordado de manera directa y sin reservas es el de los abusos sexuales, encontrándose ahí los mejores momentos de lo que llevamos de serie.




Esta temporada aprovecha el contexto del juicio y sobre todo a los personajes de Hannah Baker y Jessica Davis para acometer un asunto tan vergonzoso como el intento de ensuciar la imagen pública de las víctimas de abusos sexuales con el fin de exculpar a sus agresores, algo a la orden del día desde hace unos meses tanto en Estados Unidos con todos los escándalos dentro de Hollywood relacionados con la plataforma #MeToo y los múltiples abusos a actrices destapados con el caso Harvey Weinsten como en España con el mediatizado juicio de "La Manada" en el que se buscó demonizar de la manera más rastrera posible a la víctima de una violación en grupo poniendo en entredicho su comportamiento hurgando en sus perfiles en redes sociales. En el episodio final el mensaje en ocasiones llega a bordear en un par de ocasiones la propaganda y el oportunismo, pero lo que se plantea desde la escritura de la serie es tan necesario, su transmisión social se antoja tan indispensable, sobre todo para los adolescentes, que un servidor sólo puede elogiar a sus responsables por la decisión.




En lo referente al reparto la idea de profundizar en la psicología de los personajes gracias a su implicación en el ya citado juicio permite a los actores dar una nueva dimensión a sus interpretaciones añadiendo aristas, detalles y claroscuros al grupo de amigos de Hannah Baker y una vez más no es mi intención destacar a unos intérpretes sobre otros, pero sería injusto no mencionar la excelente labor de Kate Walsh como Olivia Baker y la lucha por la memoria de su hija, la evolución del Zach Dempsey de un cada vez más competente Ross Butler, aunque su futuro en la serie sea actualmente dudoso, y sobre todo un Justin Prentice enorme como Bryce Walker, uno de los roles secundarios más despreciables y odiosos que ha ofrecido la la ficción audiovisual reciente y no precisamente porque veamos en él un monstruo inhumano, sino el reflejo de una generación de adolescentes varones que por su posición social o profesional se creen con el derecho de destruir la vida de los que les rodean, diferenciándose en poco de muchos de los agresores sexuales reales que hemos visto en las noticias nacionales e internacionales de los últimos meses.




Pero una vez más son los dos personajes principales los que mejor parados salen en el cast de Por Trece Razones. Dylan Minnette y Katherin Langford destilaron una remarcable química en la primera temporada y los guionistas han decidido mantener a la actriz australiana convirtiéndola en la conciencia de Clay Jensen para que ambos intérpretes puedan intercambiar así numerosas conversaciones en las que él se sincera de cara al recuerdo de la chica de su vida, ofreciendo un análisis más profundo de sus miedos y anhelos, dejando en el proceso un puñado de escenas que se encuentran entre lo mejor ofrecido por la serie desde su mismo inicio y tomando algunas señas de identidad de la inolvidable A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under) como inspiración. Con respecto Clay y Hannah la secuencia en el episodio final con ambos sentados en el banco y el sencillo, pero esclarecedor, recuerdo que comparten del baile de invierno del año anterior no sólo resume de manera cristalina la relación de la pareja, sino que sintetiza de manera magistral lo que es este juego, unas veces maravilloso y otras retorcido, al que llamamos vida.




Teniéndolo casi todo en contra y con poco a favor la segunda temporada de Por Trece Razones ha superado con nota el examen de dar continuidad con solidez a su predecesora, arriesgándose más a la hora de retratar a sus personajes y reflexionar sobre temas complicados o controvertidos que son mostrados en toda su crudeza (esa ya célebre y descarnada escena en el cuarto de baño ha levantado una considerable polvareda, aunque su violencia está totalmente justificada desde una perspectiva tanto moral como artística) y sin escatimar pasajes desagradables a los espectadores triunfando de pleno con sus planteamientos y aspiraciones como producto audiovisual. El problema ahora reside en la vuelta a la casilla de inicio, intentar dilucidar hacia donde se dirigirán los guionistas en esa tercera tanda de episodios ya confirmada por Netflix ahora que Hannah Baker ha salido totalmente de la ecuación y el cierre de esta temporada no parece dar demasiadas posibilidades argumentales para alargar en demasía el producto. Sólo el tiempo nos dará la respuesta.


jueves, 7 de junio de 2018

Por Trece Razones: Temporada 1, crónica de una muerte anunciada



"Hola, soy Hannah. Hannah Baker. Así es. No toques ni ajustes lo que sea que estés usando para escucharme. Soy yo, en vivo y en estéreo. No daré más pases ni haré bises y, está vez, no aceptaré peticiones. Coge algo para picar y ponte cómodo porque estoy a punto de contarte la historia de mi vida. Precisamente la razón por lo que se terminó. Y si estás escuchando esta cinta… eres uno de los motivos…"




Todos los años la plataforma de streaming Netflix estrena un par de series nuevas que toman una notable repercusión popular llegando alguna de ellas a trascender el medio audiovisual en el que se encuadra. Sucedió con productos como House of Cards, Narcos o Stranger Things, siendo esta última la que más titulares copó después de su exitosa primera temporada. El pasado 2017 le tocó el turno a Por Trece Razones, producción basada en el exitoso best seller literario 13 Reasons Why escrito por el estadounidense Jay Asher, que contó con el respaldo de la cantante Selena Gómez ejerciendo, junto a su madre, de productora ejecutiva del proyecto. A pesar del destacable padrinazgo por parte de la estrella del pop es el dramaturgo Brian Yorkey la verdadera mente detrás de esta traslación a imágenes de la novela del autor de What Light convirtiéndose, al igual que su contrapartida literaria, en todo un triunfo de cara al gran público.




Por Trece Razones toma como punto de partida la llegada de un paquete anónimo a nombre del adolescente Clay Jensen (Dylan Minnette) que resulta contener en su interior siete cintas de cassette grabadas por Hannah Baker (Katherine Langford) una compañera de clase que se suicidó recientemente. A lo largo de esas grabaciones en audio, que han pasado de un amigo a otro a petición de Hannah, esta hablará de las personas a las que culpa de su suicidio y los trece motivos que le impulsaron a cometerlo. A lo largo de este proceso Clay será consciente de hechos que no conocía relacionados con la chica de la que estaba enamorado, conocerá perspectivas diferentes en referencia a situaciones que él percibió como inofensivas, asistirá al calvario que vivió Hannah y descubrirá la identidad de los verdaderos responsables de las desdichas que le incitaron a tomar la drástica decisión de quitarse la vida al no poder soportar la situación social y personal en la que se encontraba.




Vaya por delante que el simple hecho de abordar un tema como el bullying siendo una serie especialmente dirigida al público adolescente ya es una idea digna de elogio cuando este tipo de comportamientos se han convertido en uno de los problemas más destacados de nuestra sociedad. Que un producto catódico comercial perteneciente a la plataforma de streaming más famosa del mundo decida adaptar una obra literaria para convertirla en una serie que plantea ideas y argumentos interesantes sobre temas como el acoso escolar, los abusos sexuales o la marginación social es un necesario paso hacia delante dentro de la ficción de consumo masivo para las nuevas generaciones. El problema radica en que la mayor virtud de Por Trece Razones también se convierte en su mayor defecto, cuando su peculiar y muy acertada narrativa ocasionalmente devora la intencionalidad de la denuncia de su discurso.




La estructuración episódica de esta primera temporada hace que cada entrega equivalga a la cara de una de las siete cintas que Hannah Baker grabó para plantear sus trece razones. Debido a ello cada capítulo supone una parte de esos cassettes que el personaje de Clay Jensen se dedica a escuchar con su walkman. Más allá de algunas licencias dramáticas escasamente realistas (se antoja extraño que el protagonista no ceda ante el cargo de conciencia y busque expresamente la cinta dedicada a su persona para saber qué relevancia tuvo él en la decisión tomada por Hannah o si la tenía) esta decisión tomada por los guionistas comandados por Brian Yorkey, y que ya existía en el libro de Jay Asher, permite enriquecer la narración alternando presente y pasado por medio de flashbacks en los que iremos conociendo gradualmente qué sucedió durante aquellos meses en el instituto Liberty High y cambiando nuestra perspectiva de los personajes presentados en los primeros pasos de la temporada que no son lo que en principio parecían.




Pero, como hemos mencionado con anterioridad, no todo son parabienes con respecto a esta idea a la hora de acometer la historia que vertebra Por Trece Razones. El afán por no recurrir a una narración ortodoxa o lineal, la intención por entregarse a cierta complejidad caprichosa y a un nada disimulado efectismo que en ocasiones busca el impacto y la adhesión gratuita a géneros como la intriga o el thriller para enriquecer artificialmente la naturaleza del producto llegan no sólo a solapar el interesante subtexto que yace bajo la propuesta, sino en ocasiones hasta a exponerlo de manera equivocadamente superficial con el único fin de sorprender y atraer a cierto sector joven de la audiencia que no se sentiría tan identificado con la historia de Hannah Baker si no se recurriera a estos métodos puramente "millenial" con los que llamar su atención. Esto da como resultado la visión tergiversada que algunos adolescentes han asimilado a la hora de evaluar el mensaje de la serie en general y la decisión final de su protagonista en particular.




No hay nada romántico y heróico en la decisión de suicidarse por parte de Hannah Baker, Es cierto que el recurso de las cintas de cassette utilizadas como método de venganza por su parte para señalar a los culpables de su escarnio público tiene algo de idealizador y elegante, pero si alguien piensa que su elección fue correcta y su destino final el acertado está completamente equivocado. En este sentido me gustaría partir una lanza en favor de la serie, porque los guionistas se han ocupado de mostrar los pasajes más duros de la vida de Hannah en toda su crudeza, pero en ninguna circunstancia apoyan la idea del suicidio como una solución para escapar de esa tortura en la que se ve inmersa. De hecho si nos remitimos a la escena climática en la que tiene lugar el acto en concreto este es expuesto en pantalla de manera totalmente visceral, realista, aterradora. No hay belleza en esas imágenes, sólo dolor, muerte y la idea de que el personaje de Katherine Langford no debería haberse rendido ante sus agresores y sus dilemas vitales.




El relato centrado en el suicidio de Hannah Baker y el descubrimiento de lo acontecido en relación con dicho acto por parte de Clay Jensen gracias a las famosas cintas de cassette se antoja cercano e indentificable para distinto tipo de espectadores por varios motivos. Uno de los más importantes es la labor de escritura cuya responsabilidad recae en manos de Brian Yorkey y sus colaboradores, perfilando unos personajes reales, con los que podemos empatizar, en mayor o menor medida, y que a pesar de pertenecer a estereotipos más o menos reconocibles juegan a la ambigüedad con ellos y no sólo resultan competentes desde un punto de vista psicológico, sino que están abordados por un grupo de actores que ejecutan de manera muy adecuada su trabajo. Sería injusto destacar a algún interprete dentro del grupo de adolescentes o la parte del cast formada por los adultos (con gente como Derek Luke, Kate Walsh o Steven Weber) pero es de recibo mencionar la química entre un Dylan Minnette muy entregado a la causa como el protagonista y una angelical y sufrida Katherine Langford que enamora a cada encuadre que repara en su presencia dando vida a Hannah Baker.




Influenciada por la obra de autores como Gus Van Sant o Gregg Araki, no por casualidad este último dirige varios episodios de la temporada, propensos a retratar una etapa como la adolescencia alternando preciosismo y fatalidad en todas sus vertientes, aunque teniendo en cuenta que nos encontramos con un producto mucho más entregado a la comercialidad y a pesar de cometer algunos errores, su retrato de los docentes del Liberty High es un tanto reprobable en líneas generales, Por Trece Razones es una excelente serie merecedora de ser vista aunque sólo sea por el interesante debate al que predispone, pero más allá de eso tiene suficientes hallazgos y virtudes para ser tenida en cuenta. Después de lo planteado en esta primera temporada una segunda se antoja tan innecesaria como casi inviable, pero como era de esperar esta nueva tanda de episodios ya está disponible en Netflix. Una vez visto el primer capítulo sólo puede afirmar que hay ciertas ideas prometedoras y sobre todo una temática que puede dar mucho que hablar debido a varias conexiones con un vergonzoso caso real que durante varios meses ha recibido la atención de los medios de comunicación españoles.