jueves, 25 de octubre de 2018

Ash vs. Evil Dead: Tercera Temporada, hail to the king, baby



“¿Sabes qué es el mal? Es poder sin miedo, sin remordimiento y sin dolor”




Seguimos con nuestro ciclo de terror, motivado por la cercanía de la próxima celebración de Halloween, hablando de la tercera y, por desgracia, última temporada de Ash vs. Evil Dead, la continuación catódica de la saga cinematográfica Evil Dead ideada en su origen por el guionista y director Sam Raimi, el productor Robert Tapert y el actor Bruce Campbell. Después de Posesión Infernal (Evil Dead), Terroríficamente Muertos (Evil Dead II) y El Ejército de las Tinieblas (Army of Darkness) la versión audiovisual de la franquicia hibernó durante veinte años hasta que el brillante remake de la primera entrega llegó para inyectar nueva no vida a las aventuras centradas en la maldición escondida entre las páginas del Necronomicon Ex Mortis. Para regocijo de los fans Ash Villiams y su inseraparable motosierra volvieron en 2015 en formato televisivo con la ya citada Ash vs. Evil Dead, serie de la cadena de pago Starz convertida al poco de su estreno en uno de los productos de ficción más demencialmente bestiales y divertidos de la parrilla catódica internacional. Después de una desopilante primera temporada y una segunda yendo más allá para rebasar todos los límites de lo permisible y el buen gusto el presente año la tercera entrega hizo acto de presencia para poner prematuro fin a las andanzas demoníacas de “Ashy Slashy” y su pareja de sidekicks.




A diferencia de las dos temporadas anteriores de la serie la tercera no empieza pisando el acelerador al máximo para epatar a base de sangre y vísceras al respetable. Sam Raimi, Ivan Raimi y Tom Spezialy, creadores y showrunners del programa, por primera vez se toman el tiempo necesario para contextualizar la historia que van a narrar con Ash (Bruce Campbell) y Pablo (Ray Santiago) ya asentados en Elk Grove regentando una exitosa ferretería/sex shop, Kelly (Dana DeLorenzo) como la encargada de un bar de mala muerte y Ruby (Lucy Lawless) planeando la eliminación del protagonista por medio del Necronomicon Ex Mortis. Después de estos compases iniciales más calmados (todo lo calmados que pueden estar en una producción de naturaleza tan alocada como Ash vs. Evil Dead) la trama, una vez más sustentada sobre un punto de partida tan arbitrario como disparatado, comienza a encarrilarse y el exceso, la brutalidad, el humor negrísimo y la acción desenfrenada vuelven para campar a sus anchas en esta última temporada centrada en la relación de Ash con su hija Brandy (Arielle Carver-O’Neill), concebida durante un breve y lisérgico matrimonio con Candice Barr (Kathrina Hobbs), “Candy Bar” según el mismo Ash, y con la llegada de los “Oscuros” para desatar el apocalípsis en la tierra.




Con esta tercera temporada de Ash vs. Evil Dead los hermanos Raimi y Tom Spezialy tienen la intención de volver a las raíces de la serie con Ash aunando fuerzas con Pablo y Kelly para eliminar a Ruby, autoproclamada ya, de manera definitiva, como la villana principal de show. En el proceso nuestro protagonista tendrá que asimilar en tiempo récord tener una hija con la que la relación paternofilial se antojará caótica en exceso debido al carácter volátil, descerebrado y kamikaze del personaje interpretado por Bruce Campbell. En el proceso la venida del fin de los tiempos por mediación de los Oscuros, seres arcanos gracias a los cuales los creadores de la serie ahondan un poco más en el origen del Necronomicon Ex Mortis, sirven como excusa narrativa para volver a poblar Elk Grove de poseídos a los que ajusticiar de la manera más salvaje e imaginativa posible a manos de Ash o alguno de sus compañeros de fatigas. En lo referido a esto es de recibo mencionar que si bien, como apuntábamos antes, la temporada empezaba de manera más sosegada, en comparación con sus predecesoras, una vez los responsables de la misma deciden desbarrar lo hacen con un descontrol capaz de rebasar todas los límites de lo permisible en un producto televisivo.




Los zooms frenéticos, el slapstick, la iluminación esquizofrénica, las imágenes aceleradas, las lentes deformantes, los efectos de sonido regurgitantes, los incalculables litros de sangre y el despliegue interminable de vísceras que marcaron a fuego la puesta en escena de la saga desde su génesis con Posesión Infernal es explotada en esta tercera temporada de Ash vs. Evil Dead hasta el delirio, como si los autores detrás del proyecto supieran ya que esta tanda de episodios iba a suponer una despedida y decidieran ser excesivos e incorrectos hasta la hipérbole. Esta afirmación no viene sólo por la inclusión de secuencias sanguinolentas bordeantes en el ultragore, sino por pasajes tan temerarios y arriesgados como los protagonizados por niños o el de la matanza en el baile del instituto revelándose como una catarsis de violencia gratuita fruiciosa y tremebunda hasta la carcajada. Es de agradecer contar con un grupo de profesionales detrás de un proyecto como este con la intención de superarse a sí mismos a la hora de pisotear, escupir, vomitar y defecar en el buen gusto con la única misión de ofrecer a los fans de Ash y sus acólitos una nueva barbaridad con la que saciar nuestro apetito goloso. Sirvan como ejemplo de esto la escena de la batalla en el banco de esperma con dichos fluidos utilizados a modo de “arma arrojadiza” o la protagonizada por el bebé, el cuerpo decapitado y las bolas de bolos, un homenaje descarado a Braindead y una a oda a ensanchar, de manera poco amable, todos los orificios del cuerpo humano.




Con respecto al reparto, tan desquiciado como la misma serie, todo son parabienes si tenemos en cuanta la presteza con la que se han adueñado de sus criaturas los cuatro actores principales. El Pablo de Ray Santiago sigue siendo de vital importancia después de haber mantenido contacto físico con el Necronomicon Ex Mortis, convirtiéndose en una especie de profeta de la llegada del apocalipsis con el intérprete de origen puertorriqueño entregándose sin prejuicios a la causa. Dana DeLorenzo vuelve a inyectar fuerza, descaro, sorna y carisma a una Kelly un poco más arrinconada que en las temporadas anteriores, pero no sin copar protagonismo en pasajes memorables como en el que intenta matar a Ruby a basa de disparos a quemarropa con la escopeta. Con respecto a esta última sólo podemos afirmar que la actriz de Xena: La Princesa Guerrera ha dado vida en esta serie al personaje más salvaje de toda su carrera, una villana totalmente a la altura de un protagonista convertido desde hace años en un tótem del género de terror y estando en todo momento a la altura de las circunstancias. Poco más podemos decir de Bruce Campbell y su Ash, él es, lógicamente, el alma tanto de este programa como de la saga cinematográfica original y su figura magullada y chulesca, tocada con sus inseperables motosierra y escopeta recortada, siempre permanecerá como un icono para todos aquellos que disfrutamos de sus correrías sobrenaturales. Como nota discordante dentro del casting mencionar a Brandy, una Arielle Carver-O’Neill esforzada, pero sin la personalidad, el desparpajo y la mala baba para dar vida convincentemente a una digna hija de su padre.





Cuando esta tercera temporada llegaba a su conclusión saltaba la noticia de la cancelación de la serie por baja audiencia y la despedida, esperemos que no irrevocable, de Bruce Campbell del personaje que le dio la fama y las mayores satisfacciones de su carrera interpretativa. Por desgracia la cadena Starz nos dejaba sin una cuarta entrega de Ash vs. Evil Dead, pero desde esta entrada un servidor sólo puede tener palabras de agradecimiento para la cadena de pago por haber tenido los redaños de producir la serie más brutal, explícita, desprejuiciada, satírica y paradójicamente entrañable de la historia de la televisión. Sam Raimi, Ivan Raimi, Tom Spezialy, Robert Tapert y Bruce Campbell no sólo han sabido ser escrupolósamente fieles al microcosmos que ellos crearon hace más de treinta y cinco años, también han hecho lo posible por ir más allá eliminando todos los obstáculos en el camino con el único fin de llenar de regocijo durante quince irrepetibles horas la existencia de aquellos criados al calor de la franquicia Evil Dead entre cabañas malditas, magnetófonos siniestros, familiares y allegados desmembrados, novias zombie, sótanos tenebrosos, libros encuadernados con piel y escritos con sangre humana, muertos revividos, caballeros andantes, ejércitos de esqueletos y un encargado de la sección de electrodomésticos elegido, muy a su pesar, para librarnos del mal a toda la humanidad.




domingo, 21 de octubre de 2018

La Maldición de Hill House, night of dark shadows



"Ningún organismo vivo puede prolongar su existencia durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta sin perder el juicio; hasta las alondras y las chicharras sueñan, según suponen algunos. Hill House, que no era nada cuerda, se levantaba aislada contra el fondo de sus colinas, almacenando oscuridad en su interior; así se había alzado durante ochenta años y podría aguantar otros ochenta. En su interior las paredes permanecían derechas, los ladrillos encajaban a la perfección y las puertas estaban sensatamente cerradas; el silencio reinaba con monotonía en Hill House, y cualquier cosa que anduviese por ella, caminaba sola."




Después de hacerse un nombre dentro del género de terror, mayoritariamente bajo el amparo de la productora Blumhouse Productions, con proyectos como Oculus: El Espejo del Mal, Ouija: El Origen del Mal o Hush el guionista y cineasta estadounidense Mike Flanagan marcó un punto de inflexión en su carrera el pasado año cuando realizó una adaptación cinematográfica de la novela El Juego de Gerald, escrita por Stephen King y publicada en 1992. Con esta encomiable producción protagonizada por unos excelentes Carla Gugino y Bruce Greenwood Flanagan colaboraba por primera vez con la plataforma de streaming Netflix, encargada de distribuir el largometraje que, como suele suceder con la mayoría de sus largometrajes de producción propia, no conoció estreno en pantalla grande. Lo que nadie suponía es que dicho proyecto iba a ejercer como primera toma de contacto y testeo entre autor y compañía para colaborar juntos en uno mucho más ambicioso. Después de varios meses de publicidad el pasado día 12 de octubre pudimos visionar íntegramente la última creación de Mike Flanagan titulada La Maldición de Hill House, una serie de televisión de diez episodios a modo de nueva adaptación de la célebre novela de terror gótico de la escritora Shirley Jackson contando esta ya con otras traslaciones a imagen real en pantalla grande.




Si no tenemos en cuenta la interminable cantidad de sucedáneos, bastardizaciones u homenajes más o menos explícitos en forma de producciones cinematográficas o televisivas existen dos adaptaciones oficiales de la novela de Shirley Jackson, ambas englobadas dentro del medio cinematográfico. La primera de ellas titulada The Haunting (1963) la rodó el gran Robert Wise y la protagonizaron Julie Harris, Claire Bloom, Richard Johnson y Russ Tamblyn convirtiéndose con el tiempo en un clásico con todas las letras dentro del subgénero de casas encantadas. La segunda versión, prácticamente un remake de la del director de Ultimátum a la Tierra (The Day The Earth Stood Still), llegó en 1999 a manos del holandés Jan De Bont, con un reparto de caras conocidas formado por Liam Neeson, Lili Taylor, Catherine Zeta Jones u Owen Wilson y unos resultados tan pobres como repletos de artificio. Esta nueva revisión producida en su origen por Amblin Television y Paramount Television se aleja bastante del libro de la autora de La Lotería, pero la misión de Mike Flanagan ha sido mantener el espíritu de este a lo largo de las diez horas que componen la primera temporada y a fe mía que lo consigue.




Mike Flanagan ejerce como showrunner, director y co escritor, recibiendo en este apartado la ayuda puntual en algunos episodios de tres guionistas como Meredith Averill (The Good Wife), Charise Castro Smith (The Exorcist) y Elizabeth Ann Phang (The Strain). También se ha rodeado de un grupo de actores en el que sobresalen algunas caras reconocibles en varias de sus anteriores producciones cinematográficas. Carla Gugino (Sin City), Henry Thomas (Gangs of New York), Timothy Hutton (La Mitad Oscura), Elizabeth Reaser (Crepúsculo), Michiel Huisman (Juego de Tronos), Victoria Pedretti (Once Upon a Time in Hollywood) u Oliver Jackson-Cohen (El Enigma del Cuervo) entre otros componen el casting adulto. El reparto lo completan los cinco niños que dan vida a los protagonistas en su infancia formado por Lulu Wilson (Annabelle: Creation), McKenna Grace (Yo, Tonya), Violet McGraw (Ready Player One), Julian Hilliard (Never Goin’ Back) y Paxton Singleton (The Rookie). Con respecto a la labor de los actores nos detendremos brevemente más tarde porque su trabajo conjunto es una de las muchas virtudes y uno de los pilares maestros sobre el que se edifica una producción superlativa como la planteada por Mike Flanagan.




La Maldición de Hill House no sólo es una de las mejores producciones audiovisuales nacidas bajo el amparo de la famosa plataforma de streaming, también es uno de los mejores y más elaborados relatos de terror de los últimos años, precisamente por la intencionlidad por parte de su autor de ser algo más que eso. La nueva serie de Mike Flanagan sustenta su narración sobre dos líneas temporales, una acontecida en la actualidad y otra hace 25 años y en ambas acompañamos a la familia Crain, formada por un padre y cinco hijos, durante las dos etapas más importantes de su vida. La primera tiene lugar durante 1992 mientras los Crain pasan el verano en la mansión de Hill House a la espera de poder vender el edificio y siendo testigos allí de unos sucesos sobrenaturales desembocantes en un hecho traumático que marcará a todos los miembros de la familia. La segunda, localizada en el presente, también tiene como eje central un acontecimiento trágico que volverá a reunir a un grupo de hermanos a día de hoy teniendo que enfrentarse a unos fantasmas, de todo tipo, acompañándoles desde que pasaron aquella etapa estival en una casa maldita todavía con cuentas pendientes por saldar con todos ellos. En un alarde de talento por parte de los guionistas estas dos líneas temporales se subdividirán cada una de ellas en otras cuantas, por medio de flashbacks, dando forma a una construcción narrativa rica en matices y juegos de espejos.




Lo más interesante de una producción como La Maldición de Hill House, adscrita sin ningún tipo de tapujo al terror con Mike Flanagan demostrando ser un profundo conocedor del género, es que toda su vertiente sobrenatural es en todo momento una excusa narrativa a modo de catalizador dramático para hablarnos de la descomposición de un núcleo familiar incapaz de afrontar la pérdida de su matriarca tras los hechos acaecidos aquel verano. Desde entonces Steven, Shirley, Theodora, Luke y Nell han intentando, sin éxito, encarrilar una existencia rota desde que pusieron por primera vez los pies en Hill House, fracaso extensible a Hugh, padre del quinteto de hermanos todavía marcado por la traumática muerte de su esposa. Los fantasmas acechando en cada esquina, las voces susurrantes por los pasillos, las monstruosidades escondidas debajo de las camas, todo es una alegoría de los demonios internos de los Crain y en ese sentido no hay una sola aparición, secuencia de terror o susto exquisitamente ejecutado que no haya sido elaborado minuciosamente por Mike Flanagan con la intención de proporcionar profundidad psicológica a cada uno de los vástagos de Olivia Crain con la intención de convertirlos en verdaderos seres humanos, apelando así a la empatía de un espectador pronto enamorado de estas criaturas y su relato.




Mike Flanagan es un tipo inteligente y como guionista y director sabe que no es poner en peligro a sus personajes el mejor medio para llegar a la platea, sino ejecutar un perfil adecuado desde el punto de vista psicológico para hacerlos cercanos, terrenales y vulnerables. Todos y cada uno de los Crain poseen características capaces de convertirlos en criaturas tridimensionales con anhelos, debilidades, miedos e incertidumbres con los que identificarnos. En este sentido la galería de personajes de La Maldición de Hill House recuerda, salvando las notables distancias, a la de la magistral A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under), de Alan Ball, y no lo menciono sólo porque uno de los personajes sea el dueño de una empresa funeraria. Queda claro desde el primer momento el mayor interés por parte de Flanagan y sus guionistas por ahondar en la naturaleza humana y sus virtudes o miserias que por un simple afán a la hora de asustar al espectador con la naturaleza genérica de su propuesta. Para llevar a buen puerto dicha empresa el creador apela a su mano como director de actores y a la enorme labor de un reparto sencillamente espectacular del que me niego a destacar un sólo intérprete por encima de otro para encumbrar el apartado artístico del proyecto, llegando a ser tan superlativo que hasta los actores muy secundarios llegan a protagonizar pasajes brillantes, como ese largo monólogo en primer plano del personaje de Mr Dudley con el que Robert Longstreet luce sus enorme aptitudes dramáticas.




Pero si hay un apartado en el que un servidor ha quedado maravillado con respecto a La Maldición de Hill House es en el referido a la labor técnica de Mike Flanagan como maestro de ceremonias. Bien es cierto que en ocasiones previas había demostrado fogonazos de ingenio en algunos de sus largometrajes, pero el talento desplegado en esta producción no tiene parangón con nada de lo salido de su mano en el resto de su filmografía. Aunque su intención es elevar desde un punto de vista humanista el género de terror en ningún momento lo mira por encima del hombro, demostrando en todo momento su aprecio hacia el mismo. Imbuido por la atmósfera gótica de la novela de Shirley Jackson la obra de aventajados discípulos de esta, como Stephen King, y con referentes audiovisuales y formales a otras obras de culto dentro del subgénero de casas encantadas como Burnt Offerings (1976), El Resplandor (1980) o Al Final de la Escalera (1980) Mike Flanagan se hace fuerte a la hora de amalgamar secuencias aterradoras, sin caer en trucos baratos de barraca de feria o fuegos artificiales de segunda categoría, con pasajes de un dramatismo desgarrador. La cumbre de esta armónica convivencia formal y narrativa tiene lugar en el sexto capítulo acometido por Flanagan con cinco planos secuencia de una brillantez insobornable entre los que destacan, sobre todo, el primero (prodigio de interpretación, composición y transiciones espaciales) y el centrado en Hugh y su búsqueda de Olivia por todos los rincones de Hill House durante un apagón. Este sexto capítulo, titulado Two Storms, es desde ya un hito televisivo.




Una producción como La Maldición de Hill House supone un paso gigantesco en cuanto a la calidad de las series de producción propias adscritas a Netflix. Poner como principal responsable a Mike Flanagan para ejecutarla, dar la suficiente libertar creativa a este para llevarla a cabo y haberla estrenado en una fecha cercana a Halloween son un cúmulo de decisiones acertadas capaces de encumbrar una obra de ficción que desde hace unos días hace correr ríos de tinta, real y digital, al ser considera uno de los mejores relatos de terror en muchos años. Como si de una buena novela se tratara la primera temporada termina dejándonos la sensación de haber degustado un producto brillante en todos y cada uno de sus apartados postulándose como futuro clásico, mientras nos deja con algunas dudas. La primera, hacia dónde transitaría una posible nueva temporada, ahora mismo innecesaria, si tenemos en cuenta el excelente cierre de la inicial y la segunda relacionada con el futuro de Mike Flanagan, ya que después de haberse revelado como un artesano excepcional con su opus magna las ganas de ver su próxima adaptación de Doctor Sueño, secuela de El Resplandor publicada por Stephen King hace cinco años, han aumentado exponencialmente gracias a esta, la mejor serie de un 2018 encarrilando ya hacia su recta final.


jueves, 18 de octubre de 2018

Iron Fist: Segunda Temporada, el legado del dragón



"El Iron Fist no es un arma para ser guardada, sino utilizada"




Después de la segunda temporada de Luke Cage le tocaba a Danny Rand estrenar la continuación de sus aventuras serializadas para la plataforma de streaming Netflix. La primera temporada estrenada en 2017 transmitió a un servidor la indiferencia propia de un producto mediocre incapaz de hacerse grande con unas paupérrimas secuencias de lucha eclipsadas por la subtrama culebronesca de la familia Meachum, tampoco nada del otro mundo, despertando más interés que el personaje protagonista, interpretado con esfuerzo pero nulo carisma por el británico Finn Jones. El pasado 7 de septiembre la nueva tanda de episodios protagonizada por Puño de Hierro era liberada por Netflix, diez episodios contando con el habitual reparto formado por el ya citado actor de Juego de Tronos, Jessica Henwick, Tom Pelphery y Jessica Stroup a los que en esta ocasión se suman Simone Missick recuperando su papel de Misty Knight procedente de la serie centrada en el alter ego civil de Power Man y Alice Eve (Star Trek: En la Oscuridad) dando vida a una María Tifoidea en la que nos detendremos un poco más tarde. Una vez vista la decena de episodios la impresión es bastante más favorable que con los trece anteriores en varios aspectos, pero el resultado sigue sin alcanzar unos niveles de calidad estimables capaces de convertirla en una serie destacable en alguno de sus apartados.




Después de haber sido tildada como la peor serie de la colaboración entre Marvel Television, ABC Studios y Netflix parece que los responsables de la misma (con el nuevo showrunner, M. Raven Metzner, a la cabeza) han tomado nota de los errores de la primera temporada y han intentado subsanarlos, en ocasiones bordeando lo inesperado. El primero, no exento de gravedad, al que han dado solución ha sido el del número de episodios, pasando de los excesivos trece a unos diez más sensatos. Pudiera parecer que eliminar únicamente tres episodios no influyera demasiado con respecto a la duración de la temporada, pero ese trío de horas menos se agradece notablemente, no sólo por reducir de esta manera el relleno de la serie, sino por dar un ritmo mucho más dinámico al proyecto, convirtiéndose en una tanda de capítulos propensa a consumirse con bastante más ligereza si la comparamos con, por poner un ejemplo, la última entrega de Luke Cage cuyo desarrollo en ocasiones se hacia muy cuesta arriba. Por suerte esas diez entregas saben capitalizar la atención del espectador por medio de la acción sin olvidar las tramas secundarias centradas en los hermanos Meachum, roles todavía importantes en el programa, pero en esta ocasión con menos protagonismo




Otra de las asignaturas pendientes con respecto a Iron Fist, algo demencial si tenemos en cuenta la naturaleza tanto de la serie como del cómic en el que se inspira, era la de las desangeladas coreografías de lucha en los combates cuerpo a cuerpo, a años luz de las brillantes vistas en las dos temporadas de Daredevil, impropias de un show con las artes marciales como habilidad máxima de su protagonista. En esta nueva decena de horas centradas en el alter ego superheróico de Danny Rand por fin encontramos secuencias dinámicas a la altura de las consecuencias, con peleas bien encuadradas, sus adecuadas dosis de espectacularidad, unos actores notablemente implicados en su trabajo para no tener que recurrir excesivamente a los especialistas en escenas de riesgo y todo con una puesta en escena adecuada para que cada golpe o llave se vea con claridad cristalina en pantalla. Para dar empaque a dichos pasajes la implicación física de Finn Jones, Sacha Dhawan y sobre todo Jessica Henwick es encomiable demostrando los tres las horas de entrenamiento para lucir sus aptitudes físicas delante de la pantalla siendo, una vez más, la actriz británica de origen chino la más capacitada a la hora de protagonizar acción. En lo referido a esto nos vemos en la obligación de hacer una parada en el más radical cambio llevado acabo en esta nueva temporada de Iron Fist.




Contra todo pronóstico y aún a riesgo de ser una percepción a un nivel personal no necesariamente compartida por el resto de espectadores consumidores de esta segunda temporada de las aventuras de Danny Rand me da la impresión de que los guionistas de la serie han convertido al personaje principal en un “secundario importante” dentro de su propia serie. Pareciera como si la excusa narrativa de los rituales para transmitir los poderes del Iron Fist sirviera como justificación para quitar peso al rol de Finn Jones en favor del de Jessica Henwick, algo ya confirmado en los últimos episodios. Esta decisión podría deberse a un sano intento por dar más peso a los personajes femeninos de las series Marvel/Netflix (ahí tenemos también el peso de María Tifoidea, Misty Knight y Joy Meachum) con vistas a una posible futura serie protagonizada por mujeres, pero a un servidor le da la impresión de haber sido todo orquestado para dejar sutilmente al actor británico en un segundo plano por el desacierto de casting que supuso su elección para el papel a pesar de su, previamente citada, total implicación física a la hora de ejecutar adecuadamente su labor interpretativa, pero ofreciendo unos resultados insuficientes.




En lo referido a la escritura la mayor parte del peso de la trama que vehicula el desarrollo de la temporada recae en la rivalidad entre Danny Rando y Davos sustentada en una relación de complicidad y rechazo cuyo origen se remonta a la infancia de ambos cuando entrenaban para conseguir ser el nuevo Iron Fist en K’un-Lun. El problema es que los dos intérpretes elegidos para dar vida a la pareja de amigos y contrincantes es incapaz de conectar con los espectadores, algo en lo que incidiremos en el siguiente párrafo. Las subtramas centradas en los hermanos Meachum, cada uno de ellos protagonizando la suya propia, no tienen tanta relevancia como en la primera temporada, pero añaden los suficientes alicientes para mostrar la personalidad poliédrica y contradictoria de Joy y la vulnerabilidad de Ward. Gracias al adecuado devenir de acontecimientos y el competente ensamblamiento de los distintos arcos argumentales desarrollándose en paralelo el ritmo de la serie y la alternancia entre acción y pasajes más íntimos se revelan adecuados para no aburrir en ningún momento a un espectador a estas alturas ya acostumbrado a tener que aguantar metraje de más en las series producidas por el tándem Marvel/Netflix.




En cuanto a la labor interpretativa del reparto tenemos luces y sombras siempre dentro de un nivel simplemente aceptable desde una perspectiva global. Aunque Finn Jones sigue intentándolo a estas alturas es generalizada la opinión de que la suya fue una errónea elección de casting, más si cabe cuando la frescura, fuerza y carisma de Jessica Henwick eclipsan cualquier intento por capitalizar los encuadres compartidos por ambos. Jessica Stroup intenta abordar su criatura aplicándole muchos más matices que en anterioridad, consiguiéndolo en gran medida, mientras Tom Pelphrey no ve la necesidad de un esfuerzo excesivo por su parte para confirmarse como el mejor actor de todo el casting, algo ya vislumbrado en la primera temporada. Por desgracia las notas más discordantes las ponen Sacha Dhawan y Alice Eve. El primero por corporeizar la quinta esencia inexpresividad y el anticarisma demostrando que un buen físico no es nada sin unas mínimas aptitudes dramáticas y dando al traste de esta manera a su relación con Danny Rand, tampoco muy sobrado de personalidad, para conseguir una conexión adecuada entre ambos rivales. La segunda por poder hace más bien poco con el personaje puesto en sus manos por los guionistas. Nada de la letal y desdoblada María Tifoidea ideada por Ann Nocenti y John Romita Jr en las páginas de Daredevil, o de alguna de sus destacables encarnaciones posteriores en las viñetas, puede verse en este secundario cuyo única conexión con la Mary Walker original es el nombre y padecer desorden de identidad disociativo, ya que hasta su génesis se aleja totalmente de lo visto en los cómics.




Mientras escribo estas líneas llega a mí la noticia de la cancelación de la serie por parte de Netflix después de la pobre recepción de esta segunda y última temporada. Por un lado lamento la decisión ya que, aún estando lejos de la calidad de productos como Daredevil o Punisher (algo compartido con Luke Cage y Jessica Jones) por fin el programa parecía encontrar el camino adecuado para moldear su propia personalidad aunque fuera sacrificando el protagonismo de su personaje principal. Por otro comprendo que en una época como la nuestra con un amplio abanico de series puestas a nuestra disposición por canales de televisión o plataformas de streaming una serie como esta, titubeante en su primera tanda de episodios y todavía dubitativa en la segunda, no encuentre su lugar en la era de la inmediatez audiovisual y la alta competitividad dentro del medio audiovisual. A pesar de esta decisión por parte de Netflix parece haber intención por parte de Marvel Television de no finiquitar al personaje (algo extensible también a los secundarios) y hacer uso de él en un futuro próximo en alguna de sus otras series hermanas o esa Héroes de Alquiler esperada por muchos fans de tanto de Iron Fist como de Luke Cage. Por ahora todo queda en standby y nuestra próxima parada acontecerá el próximo 18 de octubre con el estreno de la esperada tercera temporada de las aventuras de Matt Murdock de la que también daremos buena cuenta por estos lares a la mayor brevedad posible.




lunes, 15 de octubre de 2018

Preacher: Tercera Temporada, family ties



"Escúchame; Algún día, pedazo de mierda. Somos todo lo que quedará en este lugar. Soy toda la familia que tienes."




Después de una decepcionante primera temporada a modo de “Año Cero” en 2016 y una segunda no del todo redonda, pero sí más eficiente y apegada a las viñetas, el pasado año la tercera entrega de Preacher, la serie de televisión diseñada por Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg para la cadena por cable AMC inspirándose en el icónico cómic de Garth Ennis y Steve Dillon gestado en el seno del sello Vertigo de DC Cómics, terminó su emisión y tras ella nos vemos en posición de valorar esta última tanda de episodios inspirados en las aventuras mesiánicas y teológicas protagonizadas por Jesse Custer, Tulip O’Hare y Cassidy entre otros personajes. Sentimientos encontrados a la hora de hablar de los diez nuevos capítulos de Preacher, porque es ineludible que sus creadores mantienen la intencionalidad de acercarse cada vez más a los cómics, pero lo hacen de manera arbitraria y deslavazada, cometiendo en el proceso el fallo de desorientarse y no saber aprovechar el paso adelante que supuso la anterior temporada con respecto a la inicial sin desarrollar los logros que la irrupción de el Santo Grial en general y Her Starr en particular supusieron para la serie. Lo que aquí tenemos es otra decena de horas confirmando la naturaleza dubitativa, desaprovechada y de “quiero y no puedo” del show emitido por la casa de productos tan destacables como Mad Men, Breaking Bad o la reciente The Terror.




Una vez más la serie Preacher toma varios arcos argumentales importantes de los cómics como el localizado en Angelville con la familia de Jesse Custer, el relacionado con Les Enfants du Sang o el centrado en el Grial y la conservación de la sangre de Cristo y después de incluir algunas dosis de material propio Catlin, Rogen y Goldberg montan una temporada de diez episodios. El problema radica, como hemos comentado previamente, en que después de haber encarrilado, en cierta manera, el producto con una muy decente segunda temporada sabiendo amalgamar respeto y fidelidad por los cómics en los que se inspira y una personalidad propia como proyecto ficcional esta tercera desmonta gran parte de esas virtudes descompensando narrativamente el conjunto de la obra cuando separa a los tres protagonistas principales para que cada uno de ellos pueda protagonizar su propia subtrama. Llama la atención que esta decisión haya sido tomada en la primera temporada de la serie con sus tres actores principales tomando el rol de productores ejecutivos, como si diera la impresión de haber sido la mano de los protagonistas la responsable de la dispersión y la endeblez de la construcción argumental de la tanda de episodios para sus correspondientes lucimientos individuales. Algo, por otro lado, imposible de confirmar.




Prácticamente todo lo acontecido en Angelville con Gran’Ma L’Angelle, Jody o TC está bien llevado por el guión y la realización, tomando bastantes ideas acertadas de las viñetas y con la meritoria labor de un reparto en el que destaca una excelente Betty Buckley. También ofrece algunas dosis de interés, aunque llega a adentrarse un poco en una agotadora reiteración, la trama con el Grial, el Gran Padre D’Aronique o Humperdoo, así como la que compete a Tulip y su “revelación divina” donde Ruth Negga vuelve a demostrar ser la mejor actriz del casting. Pero el protagonizado por Cassidy con el culto vampírico de Les Enfants de Sang y sobre todo el del Santo de los Asesinos, Arsface y Hitler, metido con calzador de la manera más innecesaria posible, confirman el poco cuidado de los creadores de la serie a la hora de dar homogeneidad a la escritura de esta tercera temporada con una irregularidad entre unos arcos y otros demasiado perjudicial para el conjunto del producto. Esta deficiencia conceptual y estructural o el error garrafal de quitar protagonismo al Herr Starr de Rip Torrens, la revelación mayúscula de la anterior temporada, aquí, más allá de su presentación con el tiroteo en el templo budista y algún apunte cómico sacado directamente de las viñetas, alarmantemente desaprovechado son las más importantes carencias de esta última lista de capítulos.




Aunque encontramos episodios interesantes, nuevos personajes bien perfilados sumándose a los ya perfectamente establecidos interpretados por el trío protagonista y situaciones divertidas cada vez más propensas a la truculencia de las viñetas Preacher sigue estando a años luz de ser una buena adaptación del trabajo de Garth Ennis y el añorado Steve Dillon. Cuando parecía que Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg habían encarrilado la máquina dándose cuenta del grave error de creerse más listos que el material en viñetas puesto a su disposición vuelven a dar pasos en falso y a desarmar lo construido el año pasado. El problema de encontrarnos todavía en esta situación en la tercera temporada de la serie no sólo repercute en la misma, incitándonos a no perder el tiempo con ella cuando tenemos al alcance de nuestro ratón o mando a distancia decenas de ellas muy superiores. Por desgracia también nos hace desconfiar de lo que vayan a hacer dos de sus showrunners, Goldberg y Rogen, con esa otra adaptación a imagen real de un cómic de Garth Ennis, The Boys más concretamente, producida por Amazon y con estreno para 2019. No ya por la, casi segura, ausencia de la violencia y sexo explícitos de las brutales correrías de Hughie y sus compañeros, sino también por la escaso apego demostrado por ambos autores hacia los cómics que trasladan al medio audiovisual.


sábado, 13 de octubre de 2018

Venom



Título Original Venom (2018)
Director Ruben Fleischer
Guión Scott Rosenberg, Jeff Pinkner, Kelly Marcel y Will Beall, basado en el cómic de David Michelinie y Todd McFarlane
Reparto Tom Hardy, Riz Ahmed, Michelle Williams, Jenny Slate, Woody Harrelson, Reid Scott, Michelle Lee, Scott Haze, Jared Bankens, Al-Jaleel Knox, Jock McKissic, Mac Brandt, Sope Aluko, Jane McNeill, Wayne Pére, Selena Anduze, Donald K. Overstreet, Christian Convery, Laura Distin, Sam Medina, Gail Gamble.




La primera aparición oficial de Venom en el mundo de la viñeta refiriéndonos siempre a la toma de contacto primigenia entre el simbionte alienígena, encontrado y utilizado previamente por Spider-Man a partir del número 8 de las míticas Secret Wars, y el periodista del Daily Globe, Eddie Brock, tuvo lugar en The Amazing Spider-Man #299 allá por mayo de 1988 bajo la tutela del guionista David Michelinie y el dibujante Todd McFarlane. Con el paso del tiempo Venom, o Veneno, fue convirtiéndose durante la primera mitad de los años 90 en uno de los villanos de Marvel Comics favoritos del fandom. En la editorial tomaron buena nota y encargaron al mismo Michelinie y al ilustrador Mark Bagley la responsabilidad de convertir al archienemigo de Peter Parker en un antihéroe obsesionado con “proteger a los inocentes”. Tras su poco ortodoxo trasvase al bando de los superhéroes Venom comenzó a protagonizar su propia cabecera formada en sus inicios por numerosas miniseries. El pistoletazo de salida lo daría Veneno: Protector Letal, arco argumental de seis números ideado por los dos autores encargados de la conversión al bien de Eddie Brock, sumámdose a ellos un Ron Lim tomando el relevo de Mark Bagley, incapaz de cumplir las fechas de entrega debido encontrarse por aquel entonces en su etapa más prolífica dentro de Marvel Comics abarcando varias series localizadas en el spiderverso. Tras ella llegaron el evento Matanza Máxima y por otro lado más miniseries en solitario como Pira Funeraria, La Locura, El Enemigo Interior, El Macero, Noches de Venganza, Guerra de Simbiontes… y ya adentrándonos en el nuevo milenio etapas de largo recorrido, nuevos huéspedes para el simbionte como Mac Gargan, Flash Thompson o Lee Price o variantes como Ultimate Venom, Venom 2099 o Anti Venom.




Si obviamos sus apariciones en las numerosas series animadas protagonizadas por Spider-Man la primera incursión en imagen real de Venom se produjo en Spider-Man 3. A pesar de la oposición del director, Sam Raimi, Sony se empeñó en incluir en la tercera entrega de la primera trilogía del trepamuros el traje alienígena de origen extrarrestre y su posterior conversión en Venom cuando toma contacto con Eddie Brock, en aquel largometraje interpretado por un muy inadecuado Topher Grace. Ya en lo referido a la película Venom esta toma como origen del personaje el mismo establecido en Spider-Man: The Animated Series, aquel que eludía todo lo acontecido en las Secret Wars y justificaba la llegada del simbionte extrarrestre por medio de una misión espacial en la que estaba implicado John Jameson, hijo del famoso director del Daily Bugle y futuro Man Wolf y Stargod. Tomando estos hechos como arranque y eludiendo cualquier referencia a Spider-Man Venom da sus primeros y titubeantes pasos estableciendo la tónica de lo que será el resto del largometraje. Por desgracia Venom está lejos de ser una buena película y como adaptación del personaje al medio audiovisual es en ocasiones hasta insultante, pero por suerte es un producto altamente entretenido y hasta disfrutable por su naturaleza alocada.




Para que nadie se lleve a engaño y todo el mundo tenga una idea más o menos clara de a lo que se va a enfrentar cuando decida verse las caras con um proyecto como Venom podemos confirmarlo como una amalgama entre Green Lantern (2011) y Ghost Rider: Espíritu de Veganza (2012), no precisamente dos obras maestras dentro del subgénero, más bien todo lo contrario. En cuanto a la estructura y parte de su desarrollo se emparenta con la adaptación cinematográfica de las correrías de Hal Jordan interpretada por Ryan Reynolds y en lo referido a tono y resolución formal es imposible quitarse de la cabeza la alocada secuela del Motorista Fantasma con un oligofrénico Nicolas Cage como protagonista. Este ese el nivel y no hay más, porque Venom es un disparate cinematográfico, una astracanada que no sabe cuando ponerse seria o reírse de sí misma, un proyecto despachado por parte de Sony de mala manera con la única intención de hacer dinero sin pararse a pensar si estaban facturando un producto de calidad y mucho menos mostrando un mínimo de interés por respetar la esencia del personaje, pisoteado impunemente a lo largo de gran parte del metraje para enfatizar una cuestionable, aunque no poco efectiva, comicidad.





Que Venom sea una película mediocre es algo que queda claro desde el mismo momento en el que tratamos de analizar con un mínimo de rigor su guión. Protagonista cobarde viéndose inmerso en una situación extrema cambiándole la vida, pareja sentimental sufrida y con un par de escenas para darle algo de relevancia, villano de opereta simplista y sádico sin un ápice de claroscuros y una trama sencilla carente de florituras narrativas para ser seguida con el mínimo uso neuronal por la platea. En lo referido a la fidelidad con respecto a las viñetas el desastre se antoja mayúsculo a la hora de hablar tanto del personaje del célebre periodista del Daily Globe como del traje alienígena con voluntad propia que se adhiere a su persona. Mientras Eddie Brock parece un quinceañero con pulsiones propias de esa edad y comportamientos insulsos en su vida personal el simbionte extraterrestre se comunica con su huésped con un lenguaje barrionajero que lo emparenta con un macarra del Bronx, pasándose así los guionistas de la obra la idiosincrasia primigenia de la relación establecida entre ambas mitades, convertidas en un sólo ser, por salve sea la parte con el único fin de hilvanar un chascarrillo detrás de otro, algo a lo que volveremos cuando hablemos de la labor de Tom Hardy como protagonista.




Ruben Fleischer aborda este material haciendo uso de los medios puestos a su disposición, grandes en cuanto a presupuesto y mínimos en lo referido a creatividad, aunque con el director de Gangster Squad tampoco estamos hablando de un David Fincher o un Paul Thomas Anderson, precisamente. El director cumple a la hora de llenar la pantalla de frenetismo y ruido, llegando en algún momento a saturar al espectador, pero consiguiendo no aburrir en ningún momento a este último sabiendo ejecutar con oficio su trabajo, más si cabe teniendo entre sus manos una historia bastante paupérrima sustentada en la acción continua, las secuencias de peleas, persecuciones, tiroteos y un uso continuo de unos CGI, en líneas generales, bastante dignos. La acumulación de secuencias dinámicas desfilando por la pantalla, la imponente presencia de los distintos simbiontes y referencias continuadas a los cómics extendiéndose hasta la primera de las dos escenas post créditos son los escasos alicientes a los que los fans de los cómics y los espectadores ocasionales podrán aferrarse para pasar un rato divertido con Venom, siempre que no decidan pararse mucho a pensar en la obra ni a desentrañar su interminable galería de carencias.




Un servidor siente una extraña mezcla de sentimientos a la hora de hablar de la labor de Tom Hardy como protagonista absoluto en Venom. Es ineludible que es uno de los periodistas menos creíbles, y más sexys, de la historia del cine, que su Eddie Brock infantil, a veces hasta estúpido, y exagerado poco o nada tiene que ver con el de los cómics, al menos de los primeros que protagonizó, y que su relación con el simbionte pierde todo su potencial cuando los guionistas deciden convertir a ambos en los compañeros de piso protagonistas de una sitcom. Pero mentiría si dijera que no he disfrutado viendo al protagonista de Bronson o Legend siendo poseído por Nicolas Cage y dando forma al más histriónico papel de su carrera, haciendo el ridículo de manera suicida al decidir entregarse a una sobreactuación insana llena de aspavientos, movimientos propios del slapstick o la comedia física mientras deja claro en todo momento habérselo pasado de vicio dando vida a semejante esperpento de personaje(s). Para que los aficionados a los cómics del archienemigo de Spider-Man creado por David Michelinie y Todd McFarlane me entiendan, lo visto en esta Venom no se aleja demasiado, en cuanto a cantidades industriales de herejía y falta de respeto, a lo que Shane Black hizo con el Mandarín/Trevor Slatery en Iron Man 3. Otro “villano”, todo hay que decirlo, capaz de arrancarme en su momento más de una carcajada por obra y gracia del gran Ben Kingsley.




En resumidas cuentas a esto se reduce una película como Venom y pedirle más en cualquier sentido es una exigencia tan ingenua como temeraria por parte del espectador. Sony no ha querido o sabido hacer una buena adaptación del personaje al medio cinematográfico entregándose a la ley del mínimo esfuerzo. Sus directivos cometieron un error garrafal a la hora de no negociar con Disney y Marvel Studios (como sí hicieron previamente en el caso de Spider-Man: Homecoming) para poder vincular al Eddie Brock cinematográfico con nuestro amistoso vecino adscrito al MCU, pero el resultado tampoco es el desastre mayúsculo aventurado por muchos, aunque sí una producción fallida, hipertrófica y notablemente ajena al espíritu de los cómics en los que se inspira. Mi consejo para disfrutarla mínimamente es verla sin prejuicios, dejando de lado el origen secuencial de su protagonista y asumiendo el hecho de estar viendo una pieza insulsa, intrascendente y algo estúpida. Habrá quien afirme que estos son muchos obstáculos para sortear por un producto como Venom y no seré yo quien les quite la razón, ni la persona que les obligue a tener que hacerlo, porque la recompensa no merece demasiado la pena.



viernes, 12 de octubre de 2018

Life, el séptimo pasajero



Título Original Life (2017)
Director Daniel Espinosa
Guión Rhett Reese y Paul Wernick
Reparto Jake Gyllenhaal, Rebecca Ferguson, Ryan Reynolds, Hiroyuki Sanada, Ariyon Bakare, Olga Dykhovichnaya.




Desde hace unos años el cine localizado en el espacio exterior y protagonizado por astronautas está conociendo un interesante resurgir dentro de Hollywood gracias a nuevas propuestas de distinto y variopinto pelaje. Moon, Gravity, Interestelar, Marte o la próxima First Man dan muestra de la buena salud de dicho subgénero. Una obra como Life podría pasar a engrosar la lista formada por los largometrajes ya mencionados, pero a diferencia de ellos se entrega a una narrativa más cercana la ciencia ficción terrorífica, como le pasaba a su coetanea The Cloverfield Paradox, controvertida tercera entrega de la franquicia ideada por J.J. Abrams, tomando como referente antes Alien: El Octavo Pasajero (1979) que 2001: Una Odisea del Espacio (1968). La producción que nos ocupa supone una extraña amalgama colaborativa entre profesionales delante y detrás de las cámaras. Para su dirección se contrataron los servicios del director sueco de origen chileno Daniel Espinosa (El Invitado), con respecto al guión sus responsables son Rhett Reese y Paul Wernick (Deadpool 1 y 2, Bienvenidos a Zombieland) y el reparto está formado por Jake Gyllenhaal (Brokeback Mountain), Rebecca Ferguson (Misión Iposible: Fall Out) y Ryan Reynolds (Buried), Hiroyuki Sanada (Lobezno Inmortal), Olga Dykhovichnaya (Weekend) o Ariyon Bakare (Rogue One: Una Historia de Star Wars). Recibida de manera tibia por la crítica y con algo más de entusiasmo por el público Life hubiera pasado al olvido a día de hoy si no fuera por la leyenda urbana creada a su alrededor y a la que volveremos un poco más tarde.




Life obedece a un intento por amalgamar dos de los productos previamente mencionados en una sola película. Por un lado la obra maestra de Ridley Scott con la presencia de una letal forma de vida extraterrestre con la misión de ir eliminando a todos los tripulantes de la estacióm espacial en la que tiene lugar la acción y por otro el celebrado film de Alfonso Cuarón asemejándose a él por medio de unas muy competentes secuencias técnicas. De hecho Life se refleja tanto en Gravity que Daniel Espinosa no duda en abrir su obra con un enorme y elaborado plano secuencia, muy inferior al ejecutado por el cineasta mexicano en su film, pero bastante destacable en varios aspectos. Ese arranque marcará el devenir de la puesta en escena por parte del sueco, demostrando una profesional encomiable a la hora de abordar un proyecto de unas dimensiones considerables si lo comparamos con sus trabajos anteriores y que él acomete por medio de un look visual y un control del tempo narrativo del todo competente consiguiendo transmitir la sensación de aislamiento experimentada por el grupo de personajes y la continua amenaza que supone la presencia de Calvin, la criatura alienígena que asedia y da caza a la tripulación de la Estación Espacial Internacional.




Del guión se ocupan Rhett Reese y Paul Wernick, los héroes detrás las dos entregas de Deadpool y Bienvenidos Zombieland (de la secuela de esta también se ocuparán próximamente) demostrando aquí saber adaptarse a historias más propensas a la seriedad y el dramatismo. La escritura de Life no inventa nada, transita lugares comunes reconocibles para cualquier fan del género y no depara casi ninguna sorpresa a la platea. Pero está planteada con decencia y un fluir argumental muy digno, sabiendo dosificar los pasajes de más tensión con los imperados por la calma y el devenir de acontecimientos responsables de impulsar la trama de cara su adecuado desarrollo. Si quisiéramos destacar un problema grave de escritura ese sería uno casi convertido en un mal endémico en este tipo de producciones propensas a dejar un tanto de lado el realismo y abrazar la sci-fi ligera, y es el más bien pobre perfil de los personajes principales. No podemos hablar de roles insulsos sólamente localizados en la trama para ejercer de carne de cañón de la criatura agresora, porque hay una intencionalidad de dar personalidad definida a cada uno de los astronautas, pero la mayoría de ellos quedan en simples esbozos cuyo único logro es humanizarlos para apelar a la empatía del espectador.




En lo referido al reparto tenemos a un grupo de actores haciendo con impoluta profesionalidad su trabajo teniendo que exprimir a fondo unos personajes que, como ya hemos apuntado, no se revelan precisamente como un dechado de tridimensionalidad psicológica. El sexteto de intérpretes se aferra a las ínfimas pinceladas añadidas por el guión para diseñar la personalidad de sus criaturas y todos consiguen protagonizar alguna escena memorable con altas dosis de dramatismo debido a la situación extrema en la que se ven implicados. Con todo son los dos protagonistas, Jake Gyllenhaal y Rebecca Ferguson, los que más provecho sacan a la hora de perfilar sus caracteres gracias a la relación sentimental mantenida por ambos, permitiéndoles esta interactuar en pasajes más íntimos transformándolos en individuos cercanos y reconocibles desde una perspectiva emocional. Con esto no afirmamos, ni mucho menos, que el resto del cast no haya hecho los deberes, ya que la osadía de Ryan Reynolds, la gelidez de Olga Dykhovichnaya, la austeridad de Hiroyuki Sanada y la determinación Ariyon Bakare confirman el buen hacer del equipo artístico de Life, entregado en todo momento a la causa aún sabiéndose parte de un producto tan ligero como intrascendente.





Life se deja ver con agrado, llega incluso a llamar la atención con alguno de sus pasajes, pero su nula originalidad y escasa pretensión la convierten en un producto tan fácil de digerir como olvidable. Curiosamente ya antes de su estreno comenzaron las especulaciones afirmando que todo había sido una atípica maniobra de marketing por parte de Sony para realizar un largometraje que sirviera de origen al futuro proyecto de adaptar el personaje de Venom a la pantalla grande con Tom Hardy de protagonista. Todo comenzó cuando en uno de los trailers de Life incluyeron una breve escena de Spider-Man 3, cinta que supuso el debut audiovisual del personaje. Los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick, por aquel entonces encargados de escribir el guión de Venom (algo que no llegó a suceder), haciendo honor a su fama de cachondos mentales se tomaron a coña el asunto y no confirmaron ni desmintieron nada. Una vez vista Venom podemos confirmar que realmente no hay un vínculo con la producción que nos ocupa, pero a un servidor le gustó tanto la idea como para depositar mi fe ciega en ella. Por desgracia el tema de si Life es, o no, una precuela de Venom queda en segundo lugar una vez hemos podido degustar la última adaptación cinematográfica de un personaje nacido en el seno de la Casa de las Ideas.