viernes, 26 de enero de 2018

Ash vs. Evil Dead: Temporada 2, back in the village



"Le dimos una oportunidad a la paz, ahora es tiempo para la guerra"




El pasado año 2015 el sueño de muchos fans de la saga Evil Dead (ideada por el director y guionista Sam Raimi, el actor Bruce Campbell y el productor Robert Tapert en 1981 dando lugar a una trilogía cinematográfica y un remake entre otras variantes) se cumplió cuando sus artífices llegaron a un acuerdo con la cadena de pago estadounidense Starz (Spartacus, American Gods) para realizar una serie con la que dieron continuación a las aventuras sobrenaturales de Ashley “Ash” Williams. La primera temporada de Ash vs. Evil Dead en la que nuestro protagonista estaba acompañado en su cruzada por sus aliados Pablo (Ray Santiago) y Kelly (Dana DeLorenzo) y se veía las caras con poseídos, demonios o personajes secundarios como los de Rubby (Lucy Lawless) o la agente Fisher (Jill Marie Jones) supuso toda una descerebrada sorpresa que satisfizo hasta a los seguidores de la rama más dura de las correrías del mítico personaje de la motosierra y la escopeta recortada. Sam Raimi, Ivan Raimi y Tom Speziali, que ejercen de showrunners del producto, no sólo supieron estar a la altura con respecto a esa primera tanda de diez episodios, sino que superaron todas las expectativas ofreciendo una de las series de televisión más bestiales, hiperbólicas, incorrectas, enfermizas y graciosas del panorama catódico actual. Los directivos de Starz estaban tan satisfechos con Ash vs. Evil Dead que unos días antes del estreno de esta temporada inicial confirmaron la renovación para una segunda que llegó el 27 de septiembre de 2016.




Con el estreno de esta segunda temporada y teniendo en cuenta que la primera había gustado mucho y conseguido las metas que se había autopimpuesto como secuela de una saga mítica en general y producto catódico en particular la mayor pregunta por parte de los seguidores era si los hermanos Raimi y Tom Speziali iban a seguir con ese desenfrenado ritmo en el que todo vale para mostrar sangre, vísceras y salvajismo en pantalla o si por el contrario iban a levantar el pie del acelerador y contenerse un poco más después del desfile de gore e hilaridad que supuso la temporada inicial. Los artífices del producto nos aclaran dichas dudas en las primeras entregas de esta nueva tanda de episodios con dos situaciones que marcarán el tono a seguir por parte de la historia. Por un lado la secuencia en la morgue con Ash introduciendo su cabeza por el recto de un cadáver abierto en canal mientras este vacía su esfínter y el protagonista evita por todos los medios que el pene del cuerpo inerte se introduzca en su boca y por otro la posesión demoníaca que sufre el Oldsmobile Delta 88 Royale (el coche de Ash a lo largo de toda la saga de Evil Dead y el de Sam Raimi en la realidad, teniendo cameos en prácticamente todas sus películas como director) que lo incita a descuartizar, desmembrar y quemar vivos a todo tipo de adolescentes que se cruzan en su camino nos confirman que esta nueva sesión de Ash vs. Evil Dead es mucho más demente y excesiva que su predecesora de 2015, que no es decir poco.




En esta ocasión Ash, Pablo y Kelly abandonan su retiro tropical en Jacksonville debido a que Rubby, que había jurado custodiar el Necronomicón para que los demonios no escaparan de él e invadieran le Tierra, parece haber roto su promesa. Estos hechos harán que los tres protagonistas viajen a Elk Grove (Michingan) ciudad natal de Ash donde el personaje de Bruce Campbell se reencontrará con su padre, Brock (Lee Majors), amores de adolescencia como Linda (Michelle Hurd) y amigos de infancia como Chet (Ted Raimi) o el sheriff Thomas Emery (Stephen Lovatt) siendo mal recibido por unos lugareños que desde hace décadas se ríen a sus espaldas apodándolo “Ashy Slashy” por haber descuartizado a su hermana y sus amigos en la primera entrega de la saga cinematográfica de 1981. Este contexto es en el que los guionistas de Ash vs. Evil Dead diseñarán el campo de batalla en el que se desarrollará la segunda temporada de la serie y su guión es, incluso más que en la primera, un endeble hilo repleto de arbitrariedades para que los personajes principales se encuentren abocados a un continuo enfrentamiento a todo tipo monstruosidades a las que darán muerte de las manera más exagerada, violenta y gratuita posible, algo que acontece al menos durante la primera mitad del recorrido, después la cosa cambia como mencionaremos más tarde. Pero esto que no deja de ser un fallo a nivel de narración nos lleva al mismo punto que la temporada anterior, la serie no necesita más que esa mínima excusa para ponerse en funcionamiento y el espectador no demanda más, porque estamos hablando de un producto de entretenimiento que busca hacer pasar a los televidentes cinco horas de desenfreno y locura.




Teniendo esto claro sólo nos queda disfrutar con la galería de bestialidades de distinto pelaje destilada en esta segunda temporada de Ash vs. Evil Dead que si bien no incide en desarrollo de personajes alguno o un devenir argumental que nos lleve a algún sitio en concreto cuando todo el entramado que sustenta los diez episodios comienza a dar vueltas sobre sí mismo, sí es cierto que coquetea con otro tipo de diversificación en cuanto a su contenido. Por ejemplo, en cuanto a la fauna de criaturas sobrenaturales ya no encontramos sólo a los clásicos humanos poseídos por el influjo del Necronómicon, también conocemos a los letales “vástagos” de Ruby (que ya hicieron acto de presencia en los últimos compases de la primera temporada ofreciendo pasajes deliciosos junto a Ash) o el demonio Baal que ejerce como villano de la temporada y está interpretado por el actor neozelandés Joel Tobeck, que en su incursión en el programa parece una versión joven del gran Brad Dourif. Situar la trama en Elk Grow en principio podría parecer una elección que redujera las posibilidades narrativas de esta segunda temporada debido a las contadas localizaciones en las que tiene lugar la acción la misma, pero cuando hemos pasado el ecuador los guionistas toman una sabia decisión que convierte esta segunda parte de Ash vs. Evil Dead tanto en homenaje como una burla hacia el revival ochentero que estamos viviendo desde hace unos años dentro de la ficción audiovisual de principios del siglo XXI.




Una situación fortuita con graves consecuencias obliga a los protagonistas a viajar en el tiempo a la misma Elk Grove pero de 1981 para impedir la primera lectura del Necronomicon, o lo que es lo mismo, detener los hechos que sucedieron en Terroríficamente Muertos (Evil Dead II) ya que por decisión de los autores esos son los que se aceptan como canónicos y no los de Posesión Infernal (The Evil Dead) idea no del todo descabellada si tenemos en cuenta que la secuela de 1987 realmente era un remake de su predecesora. De esta manera por medio de un claro homenaje a la saga Regreso al Futuro la segunda temporada de Ash vs. Evil Dead torna en una parodia de la ya citada reivindicación de los años 80 siendo abordada con una sorna y mala baba que se deja notar en el fondo y la forma del producto. No sólo hay mucha ironía a la hora de ambientar dicha década, sino que también los Raimi y Tom Speziali deciden rendir tributo a la franquicia que les dio la fama perdiéndole el respeto, haciendo mofa con ella e incluso llegando a reescribirla sin miramiento alguno demostrando que el único motivo por el que ellos también se han subido al exitoso carro de la nostalgia es para seguir con su orgía de hemoglobina, pólvora, salvajismo y humor de muy dudoso gusto para regocijo de espectadores de todo tipo y fans desprejuiciados.




En cuanto a otro de los puntos fuertes de la serie, un plantel de actores y personajes a los que a estas alturas ya hemos tomado cariño, debemos volver a mencionar a un Bruce Campbell superlativo que devora cada encuadre en el que la cámara repara en su presencia eclipsando a cualquier secundario que comparta plano con él ejecutando una labor que llega a cotas de carisma sobrehumano en el capítulo Delusion y toda la trama en el psiquiátrico con la marioneta asesina que porta en su mano derecha sustituyendo a su conocida motosierra. Ray Santiago toma un protagonismo capital en esta nueva temporada después de lo acontecido en la anterior convirtiéndose en el MacGuffin que vertebra toda la trama central mientras los personajes de Dana DeLorenzo y Lucy Lawless deciden formar una especie de pareja digna del subgénero buddy movie que depara muy buenos momentos. En cuanto a las nuevas incorporaciones encontramos al mítico Lee Majors (El Hombre de los Seis Millones de Dólares) como el engreído padre de Ash, Ted Raimi en el papel de Chet, Michelle Hurd como Linda, el amor de adolescencia del protagonista, y al miserable sheriff Thomas Emery de Stephen Lovatt que a su vez es marido de Linda, sin olvidar al ya mencionado Baal de Joel Tobeck que cumple como villano pero no destaca en demasía.




Ash vs. Evil Dead sigue su línea ascendente como show televisivo y secuela de la saga Evil Dead gracias a su insana demencia y afán por la hosquedad o lo insalubre. Por suerte después de ver que en esta temporada los guionistas han decidido ofrecer historias cada vez más bestiales y autoparódicas la fe en el producto no sólo se acrecienta sin miedo a que caiga en la reiteración a la que un subgénero tan hermético como al que pertenece pueda abocarla como serie de ficción, sino que ya tenemos las  pruebas audiovisuales que nos confirman que cada nueva tanda de episodios crecerá exponencialmente en lo referente a ambición, sátira, escatología y puesta en escena, porque lo que apuntan los primeros trailers de la tercera temporada que la cadena Starz estrenará el próximo 25 de febrero es que esto va a ser un no parar por parte de Sam Raimi, Ivan Raimi, Tom Speziali y si hasta ahora han dado forma al producto más descerebrado de la historia de la pequeña pantalla no queremos ni pensar en qué nos espera en el futuro si Ash y sus compinches siguen su escalada de crímenes sobrenaturales que están llevando a límites nunca sospechados el microcosmos al que dio forma aquella modesta cinta de 1981 ideada por un grupo de veinteañeros novatos en lides cinematográficas sin saber que estaban diseñando un mito ficcional al que todavía le queda mucha “no vida”.


miércoles, 24 de enero de 2018

El Hombre Lobo (1941), la caza de la bestia



Título Original The Wolf Man (1941)
Director George Waggner
Guión Curt Siodmak
Reparto Lon Chaney Jr., Claude Rains, Warren William, Ralph Bellamy, Patric Knowles, Bela Lugosi,  Maria Ouspenskaya, Evelyn Ankers, J.M. Kerrigan, Fay Helm, Forrester Harvey, Eddie Polo




A principios de la década de los 40 Universal Pictures ya tenía sobradamente asentadas las  bases de la galería de monstruos con la que revolucionaría el género de terror durante la primera mitad del siglo XX. Drácula, Frankenstein, la Momia o el Hombre Invisible ya habían desfilado por las carteleras de medio mundo a manos de cineastas como Tod Browning, James Whale o Karl Freund. Pero sería en 1941 cuando la productora estrenara la última gran producción protagonizada por otro de los “Monstruos de la Universal” con ·El Hombre Lobo (The Wolf Man), revisión del mito de la licantropía a manos del productor y director George Waggner, el guionista Curt Siodmak y el actor Lon Chaney Jr.





Como proyecto cinematográfico The Wolf Man iba a ser diseñado a modo de vehículo para el lucimiento de Boris Karloff (de hecho él eligió el título del largometraje) a principio de los años 30, pero el intérprete de origen británico se encontraba en ese momento implicado en otro rodaje y no pudo ser partícipe del  futuro largometraje. Diez años después y una vez descartado el protagonista de Frankenstein el elegido para dar vida en la pantalla grande a Lawrence Talbot, el alter ego del Hombre Lobo, fue Lon Chaney Jr, hijo del mítico “actor de las mil caras” al que disfrutamos en clásicos como El Fantasma de la Ópera o El Jorobado de Notre Dame y que nunca permitió en vida que su hijo se dedicara al mundo de la interpretación, oficio que este tomaría una vez falleciera su progenitor en 1930.




Pero si hay una personalidad que sobresale sobre el resto de implicados en el largometraje de 1941 ese es el guionista de origen alemán Curt Siodmak que se ocupó de la creación del libreto reinventando el mito de la lincantropía por medio de una mezcolanza de influencias adscritas al folklore de distintas culturas con las que ideó una historia sobre hombres lobo cuyo canon serviría en años venideros para diseñar múltiples relatos relacionados con esta temática en distintos medios (cine, literatura, televisión, cómics) añadiendo o enriqueciendo señas de identidad como la luna llena a modo de catalizador con respecto a las transformaciones lupinas o el uso de la plata como única arma letal para acabar con la vida de los licántropos.




Por este motivo El Hombre Lobo se revela de cara al espectador como una pieza multiforme que además de adscribirse a la versión más ortodoxa del género de terror clásico también se alimenta de la literatura gótica, de la tragedia griega o del romanticismo shakesperiano. De esta manera la producción de la Universal centrada en el licántropo por antonomasia se antoja como un proyecto lleno de matices, detalles e ideas notablemente originales para la época y un subtexto muy interesante sobre legados malditos, lazos de sangre, amores imposibles o la naturaleza salvaje que se encuentra vinculada de manera intrínseca al ser humano desde el principio de los tiempos y que aquí está representada por el alter ego monstruoso de Lawrence Talbot.




George Waggner, en labores de producción y dirección, depura y estiliza la impronta de los largometrajes de terror de la Universal para su propuesta en The Wolf Man, consiguiendo una elaborada atmósfera que se mueve entre la ensoñación (esos bosques nocturnos rodeados de una espesa bruma) la influencia de la escuela alemana (calles que podían haber salido fácilmente de M, el Vampiro de Dusseldorf) y el gusto por la simbología (incontables objetos relacionados con lobos localizados en segundo plano) para diseñar una obra que en ocasiones apela más al drama que al género al que se adscribe como pieza cinematográfica, permitiendo de este modo que gran parte del peso recaiga en los personajes y los actores que les dan vida o la interacción que los mismos mantienen a lo largo del metraje.




Para interpretar a Lawrence Talbot se contrataron los servicios de Lon Chaney Jr y el acierto de casting resultó mayúsculo. El actor de Of Mice and Men ejecutó una composición ejemplar con su trabajo en The Wolf Man, volcando en su personaje la melancolía y el sentido trágico que un rol de esta tipología exigía para que trascendiera el género de dicha propuesta cinematográfica. Gracias a su enorme labor y al talento del mítico Jack Pierce con el maquillaje el Hombre Lobo de la Universal se convertiría en el que se inspirarían muchas de las posteriores encarnaciones del icónico protagonista, cuatro de ellas, las más inmediatas, con el mismo Lon Chaney Jr dándoles vida de nuevo y marcando a fuego su personalísima interpretación del famoso licántropo.




Dentro del reparto de secundarios en el que podemos ver rostros como los de Bela Lugosi, Maria Ouspenskaya, ambos como los gitanos que tendrán roles de capital importancia en la trama, Ralph Bellamy, Warrem William o una encantadora Evelyn Arkins como la “novia del monstruo” Lon Chaney Jr mantiene una especial química con Claude Reins, que da vida a su padre en la ficción y con el que pacta un tour de forcé interpretativo de alto nivel en el que la pareja de actores da lo mejor de sí misma acentuando el tono pesimista y crudo del largometraje que desembocará en un memorable trágico final, que apela a la narración cíclica, en el que el dúo que da vida a los Talbot ejecuta una coreografía de caos y muerte que pone fin a un relato en el que la consanguineidad se muestra como una maldición que pasa de una generación a otra.





El Hombre Lobo y sus secuelas asentaron las bases del subgénero sobre la licantropía de la que beberían producciones de la Hammer Films como La Maldición del Hombre Lobo, las protagonizadas por nuestro Paul Naschy, revisiones modernizadas de dicha mitología como Un Hombre Lobo Americano en Londres o Aullidos, pastiches de distinta índole dirigidos al público adolescente como las sagas Underworld o Crepúsculo o un aparatoso remake como el dirigido por Joe Johnston y protagonizado por Benicio del Toro en 2010 cuyas pretensiones grandilocuentes y textura digital palidecían irremisiblemente ante la propuesta que Curt Siodmak, George Waggner y Lon Chaney Jr idearon bajo el amparo de la productora que nos ofreció algunas de las mejores horas de ocio de nuestra vida y que en pleno siglo XXI intenta resucitar dicho microcosmos sin ser consciente de que el mundo en general y el séptimo arte en particular ya no son los mismos de 1941.


lunes, 22 de enero de 2018

Insidious: La Última Llave





Título Original Insidious: The Last Key (2018)
Director Adam Robitel
Guión Leigh Whannell
Reparto Lin Shaye, Angus Sampson, Leigh Whannell, Josh Stewart, Caitlin Gerard, Bruce Davison, Kirk Acevedo, Javier Botet, Spencer Locke, Tessa Ferrer, Ava Kolker, Marcus Henderson





Cuarta entrega de la exitosa saga de terror Insidious ideada por el cineasta James Wan junto al guionista y actor Leigh Whannell, ambos originarios de Australia y autores de otra famosa franquicia adscrita a una vertiente diferente de este género como es esa Saw que volvió a las carteleras de todo el mundo el pasado año 2017 con Jigsaw, su octava entrega. En el año 2010 ambos colaboradores idearon una humilde propuesta llamada Insidious que no dejaba de ser una especie de totum revolutum en el que se condensaban influencias de todo tipo de horror movies como El Resplador, El Exorcista, Poltergeist o La Semilla del Diablo (Rosemary’s Baby) con una más que notable eficacia. Con un presupuesto humilde y un excelente reparto formado por Patrick Wilson, Rose Byrne, Barbara Hersey o Lin Shaye entre otros la cinta supuso una agradable sorpresa que revelaba al director de Silencio Desde el Mal (Dead Silence) como un excelente narrador que sabía reformular los tópicos del género de terror para ofrecer productos tan estimulantes como efectivos. La secuela llegó dos años después y la misma daba inicio justo cuando terminaba la primera parte ofreciendo una pieza no tan redonda como su predecesora, pero lo suficientemente bien ejecutada como para ser merecedora del buen recibimiento que consiguió tras su estreno. En cambio con la tercera película comenzaron los cambios notables dentro de la saga.




James Wan abandonaba la silla de la dirección debido a que por aquel entonces estaba saturado de trabajo viéndose implicado como realizador en la séptima entrega de Fast & Furious y la segunda de Expediente Warren (The Conjuring), su otra exitosa gallina de los huevos de oro dentro del cine de terror que a su vez dio a luz otra a modo de spin off centrada en la diabólica muñeca Annabelle. Ante esta decisión su compañero al guión, Leigh Whannell, tomaba las riendas de la dirección poniéndose por primera vez detrás de las cámaras en labores de jefe de orquesta con Insidious: Capítulo 3, decente continuación que esta vez localizaba sus acontecimientos antes de los acaecidos en película primigenia convirtiendo el film en la primera precuela de la saga. La ópera prima como cineasta de Leigh Whannell seguía los pasos de tres de los personajes secundarios más memorables de las dos primeras Insidious, el grupo de parapsicólogos formado por la medium Elise Reiner (Lin Shaye) y sus colaboradores Specs (Leigh Whannell) y Tucker (Angus Sampson) mientras investigaban el caso de una adolescente aparentemente poseída por una entidad sobrenatural. De nuevo Insidious funcionaba en la taquilla a nivel global y sus ideólogos vieron el filón para poder seguir ofreciendo nuevos capítulos sin tener que dar continuación a lo sucedido en el segundo film.




Esto nos lleva al recién estrenado 2018 y a la llegada de la cuarta entrega Insidious: La Última Llave, esta vez con un nuevo profesional, Adam Robitel (The Taking of Deborah Logan), haciéndose cargo del proyecto como cineasta y el habitual Leigh Whannell en labor de guionista. Nuevamente nos encontramos con una secuela centrada en Elise, Specs y Tucker, pero esta vez localizada solo unos meses antes de la primera Insidious y con los tres investigadores de lo paranormal implicándose en un caso que tiene lugar en la casa donde la ya citada medium pasó su infancia y adolescencia, junto a sus padres y su hermano Christian, bajo el violento yugo de su maltratador progenitor y dando por aquel entonces las primera muestras de sus peculiares poderes percibiendo la presencia de lo que parecían fantasmas que pululaban por el inmueble y a los que sólo ella podía ver. Contra todo pronóstico lo que apuntaba ser un nuevo capítulo de la franquicia sin más añadidos se convierte en un interesante análisis de comportamientos humanos mucho más realistas y asentados en lo mundano de lo que pudiera parecer dando a luz una atípica cinta que manteniendo el legado de sus predecesoras trata de relatarnos algo más profundo que una simple historia de terror.




Hasta este momento los tres capítulos previos de Insidious, aunque con algunas variantes entre unos y otros, eran una amalgama de influencias, homenajes y lugares comunes condensados con eficiencia para ofrecer algo al espectador que aunque cien veces visto funcionaba por la eficacia técnica y la solidez narrativa de sus artífices, sin facturar productos originales pero sí edificantes desde un punto de vista cinematográfico de género. Sería de necios negar que con Insidious: La Última Llave no sucede lo mismo, que Adam Robitel y Leigh Whannell toman como inspiración cintas previas alimentándose de ellas para unificarlas en un mismo todo y crear una pieza que sepa jugar bien con la referencialidad y la coherencia fílmica dentro de un microcosmos ya bien asentado después de tres entregas. Pero lo que llama la atención es que mientras las anteriores Insidious mamaban de Terror en Amytiville, Al Final de la Escalera (The Changeling) o Pesadilla Diabólica (Burnt Offerings) esta lo hace de Martyrs o Twin Peaks: Fuego Camina Conmigo utilizando la temática de casas encantadas, secuestros, torturas y posesiones demoníacas para realizar una alegoría sobre todo lo putrefacto que anida bajo la familia media americana confirmándonos que lo que acontece dentro de las cuatro paredes de un hogar pueda ser un secreto indescifrable para el resto de los mortales ajenos a dicha consanguinidad.




De esta manera el tándem formado por Adam Robitel y Leigh Whannel alterna con pericia las dos vertientes genéricas sobre las que se sustenta el entramado de Insidious: La Última Llave dando forma a una obra inesperadamente híbrida. Por un lado el tono de película de terror adscrito a los preceptos previamente asentados dentro de la saga Insidious por James Wan durante los inicios de la misma están ahí por medio de un adecuado uso de la atmósfera, los juegos de luces y sombras, la dirección de fotografía y la sugestión de cara al espectador, aunque el realizador en ocasiones cae en la trampa de ejecutar los famosos “jumpscares” por medio de innecesarios golpes de banda sonora, cuando en esta franquicia las secuencias más efectivas en cuanto a inquietar a la platea siempre eran las más visuales y las que jugaban con el in crescendo de tensión. Por otra parte encontramos un estimable poso dramático relacionado con la violencia en el seno familiar, los malos tratos a manos de uno de los progenitores y el miedo o el silencio del resto de miembros con respecto a estos hechos y aunque los mismos sean abordados desde una perspectiva sobrenatural y una terminología ficcional sus autores plantean temas interesantes con respecto a dicha temática enriqueciendo un poco más el relato al que están dando forma sin que por ello tampoco podamos hablar de un proyecto de profundo calado, ya que seguimos encontrándonos ante una cinta de género que sólo busca entretenimiento puro y duro.




Aunque evidentemente, y como era de esperar, es el terror el que prima en la propuesta que supone Insidious: La Última Llave es en ese subtexto dramático en el que Adam Robitel y Leigh Whannell se hacen fuertes focalizando todo el protagonismo en el personaje de Elise (una Lin Shaye que mejora en cada nueva entrega y en esta se muestra sencillamente espectacular, convirtiéndose en el corazón de la franquicia) no sólo marcando con un tono que alterna el terror con los apuntes de comedia que habitualmente añaden los personajes de Specs y Tucker en el presente, sino abordando la infancia de la medium por medio de flashbacks con un inteligente juego de espejos en el que los autores del largometraje subvierten los preceptos propios del género haciendo que lo que suponemos hechos sobrenaturales posiblemente no lo sean tanto afirmando de manera tácita que el mal más puro y corruptor pertenece a nuestra realidad y no a otros planos extraterrenales apelando así a discursos dentro de este tipo de celuloide cultivados en los años 70 con ese “terror rural y urbano” en el que autores como Tobe Hooper o Wes Craven con piezas clave como La Matanza de Texas o Las Colinas Tienen Ojos respectivamente pusieron nuestros miedos más atávicos en la “casa de al lado” en esa familia a la que considerábamos normal y corriente sin saber que eran el resultado de los peores instintos de nuestra sociedad y una alienación de corte inhumano por culpa de un progreso que les dio las espalda o los pisoteó impunemente.




Más allá de ese interesante subtexto Insidious: La Última Llave contiene prácticamente todas las señas de identidad de la saga con parapsicólogos, entidades extracorporeas, seres diabólicos que buscan poseer a adolescentes inocentes, casas malditas, ese “Más Allá” que se ha convertido en un personaje más, secuencias de terror notablemente bien ejecutadas centradas en la inquietante criatura a la que da vida de manera sublime nuestro Javier Botet aunque, como previamente hemos apuntado, en ocasiones recurran al susto fácil, tres protagonistas a los que hemos ido tomando cierto aprecio a lo largo de los años y un fin de ciclo más o menos claro ya que esta última entrega termina enlazando con la primera Insidious y la última escena dedicada al personaje de Lin Shaye suena a despedida o eso al menos parece. Con esta cuarta entrega indudablemente Leigh Whannell y James Wan siguen explotando su rentable producto sin intención de darle un final a corto plazo, pero lo cierto es que como “serial cinematográfico” funciona bastante bien, trata de ofrecer propuestas interesantes y sobre todo sigue siendo rentable para sus responsables, que en Hollywood es lo importante. Mientras esperamos qué se inventan los dos autores australianos para seguir sacando partido de esta Insidious antes de su continuación nos espera la película spin off de The Nun y la tercera parte de Expediente Warren (The Conjuring) de modo que por lo que parece tenemos terror a manos de la “factoría James Wan” para rato.


lunes, 8 de enero de 2018

Ash vs. Evil Dead Primera Temporada, terroríficamente vivos



“La vida es dura y peligrosa, y algunas veces tienes que cortarle la cabeza a alguien para sobrevivir.”




En el año 1981 se estrenó una película independiente de terror que acabaría dejando una profunda huella dentro del género. The Evil Dead o Posesión Infernal, como se la conoce en España, estaba escrita y dirigida por un cineasta de poco más de veinte años de edad llamado Sam Raimi que aunando fuerzas con su amigo Bruce Campbell, protagonista y co productor del film, realizó una pieza de una modestia desarmante que paliaba sus carencias presupuestarias por medio de una imaginación arrolladora. Esta historia sobre libros lovecraftianos que despiertan de la tumba a los muertos y a entidades que acaban poseyendo a los amigos del protagonista, el sufrido Ash Williams, no sólo se convirtió en uno de los estandartes del cine gore de los 80, también en una producción maldita (mítica su inclusión en la inefable lista británica “Video Nasties” que prohibía su distribución en el Reino Unido) que desembocaría en una trilogía, completada con Terroríficamente Muertos (Evil Dead II) y El Ejército de los Tinieblas (Army of Darkness), que llegaría a ser venerada por millones de fans que vieron cómo las correrías del carismático dependiente de grandes almacenes reconvertido en héroe de acción con una motosierra por mano se extendián hasta otros medios como el teatro, los cómics o los videojuegos culminando todo en un brutal remake, impulsado por los creadores de la saga original, dirigido por el cineasta chileno Fede Álvarez y cuya escena post créditos dejaba la puerta abierta al regreso de Ash, que no aparecía como personaje en esta revisión del film original de 1981.




Ese cameo de Bruce Campbell en el remake de Posesión Infernal estrenado en 2013 alentó y dio nueva vida a años de rumores sobre una nueva entrega de la saga original protagonizada por Ash en la que el mismo Sam Raimi estaría implicado a pesar de sus compromisos con blockbusters hollywoodienses como su trilogía de Spiderman o la tardía, e innecesaria, Oz: Un Mundo de Fantasía que daba continuación al clásico de Victor Fleming. Para deseo de muchos y y alegría de no pocos esta continuación de las andanzas sobrenaturales de Ash llegó por fin en 2015, pero no en la pantalla grande, sino en la pequeña. Como es sabido por el fandom Sam Raimi no sólo es director, guionista y actor ocasional, también es productor de exitosas series de televisión como Hércules: Sus Viajes Legendarios o Xena: La Princesa Guerrera o más recientemente la excesiva Spartacus. Esta última producción que ofrecía una peculiar visión del mítico esclavo tracio con ingentes cantidades de violencia y sexo explícitos se emitió en la cadena de televisión por cable Starz, que sería la que finalmente acogería en su seno Ash vs.Evil Dead, la serie catódica que daría continuación a la saga nacida en 1981 al menos durante una temporada, la misma que vamos a comentar en esta entrada que nos ocupa.




Como es lógico e inevitable la primera preocupación que vendría a la mente de todo fan de The Evil Dead es si la brutalidad de la que hizo gala la saga original, al menos en sus dos primeras entregas o el remake, iba a ser atenuada en el medio televisivo por mucho que el producto naciera bajo el amparo de una cadena de pago que es mucho más permisiva con la violencia, sabiendo que esta marcó a fuego los primeros pasos de la vida ficcional de Ashley J. Williams. La respuesta nos la ofrece pronto el episodio piloto que, como era de esperar, está co escrito y dirigido por el mismo Sam Raimi. Estos primeros compases de Ash vs. Evil Dead no sólo confirman que el bestialismo propio de la Posesión Infernal primigenia va a hacer acto de presencia de manera hiperbolizada a lo largo de estos diez capítulos, sino que la locura, el exceso, el frenético look visual y la incorrección política que forjó la personalidad de Ash va explotar salvajemente salpicando de vísceras, hemoglobina y chistes de mal gusto a una serie de televisión que no sólo rinde tributo al microcosmos de Evil Dead y lo extiende notablemente, sino que también consigue amalgamar las distintas tonalidades que poseen las cuatro producciones cinematográficas localizadas en este peculiar universo.




La primera temporada de Ash vs. Evil Dead es bestial como el film de 1981 o su remake de 2013, autoparódica como Terroríficamente Muertos (Evil Dead II) y añade apuntes de épica y homenajes al todo tipo de cine clásico y de culto como hacía El Ejército de las Tinieblas. Sam Raimi se ocupa de ello asentando la puesta en escena del producto en el primer episodio, emulando la cámara cartoonesca y desquiciada que fue marca de la casa en la saga original, su violencia granguiñolesca y exagerada, cierta predilección por la ironía y el saberse un producto realizado por señores metidos en la cincuentena que no tienen sentido del ridículo alguno a la hora de ejecutar una pieza sencillamente brutal para la televisión americana. Es cierto que en los tiempos de HBO, Showtime o la misma Starz ya estamos curados de espanto a la hora de ver sangre y muerte en el tubo catódico, pero hay secuencias en Ash vs. Evil Dead tan al límite de lo permisivo que un servidor en ocasiones no puede dar crédito, no ya al hecho de que Raimi y sus colaboradores hayan sido capaces de rodarlas, sino a que los productores vinculados a la cadena de pago hayan dado el total visto bueno a algunas de las muestras de violencia explícita más salvajes que se han visto en la historia de la televisión. De esta manera la serie no sólo mantiene intacta la esencia del producto en el que se basa, sino que lo lleva hasta unos límites dificilmente revasables hace sólo unos años.




En un alarde de sinceridad afirmaremos una verdad ineludible y es que tanto el punto de partida de la serie como su guión no son nada más que un cúmulo de sinsentidos narrativos para que Ash y sus colaboradores, de los que hablaremos a continuación, se enfrenten en una alocada sesión continua a todo tipo de poseídos y criaturas infernales desde el minuto uno del primer episodio. Pero de la misma manera que debemos admitir que la simplicidad de la escritura de la serie es un hecho irrefutable también es de recibo afirmar que un producto como Ash vs. Evil Dead, que no deja de ser un desfile de hemoglobina y mutiliaciones de todo pelaje, no necesita más para su adecuado discurrir a lo largo de los episodios, de hecho a nadie se le escapará que los guiones no eran el punto más fuerte de la franquicia original ideada por el director de la reivindicable Darkman. De esta manera la excusa de que Ash ha leído pasajes del Necronomicon bajo los efectos de la marihuana para impresionar a una chica sirve a Sam Raimi, Ivan Raimi y Tom Spezialy, los tres showrunners del proyecto, para explotar al máximo su propia creación llevándola a nuevos límites de demencia, humor negro, excesos y un descreimiento con todo lo relacionado con la integridad de la figura del héroe que queda hecha añicos con el delicioso e inesperado cierre de temporada en el décimo capítulo.




Como era de esperar el centro de esta nueva serie es el personaje de Ash al que da vida un Bruce Campbell que ha recuperado a su antiguo personaje para así volver a la palestra con la mejor de sus creaciones. Más gordo, con dentadura postiza, y tan torpe y descuidado como siempre Ash no ha cambiado mucho en treinta años y si a ello sumamos sus involuntarios comentarios racistas, sus poco sutiles técnicas de seducción y sus especiales dotes para identificar a poseídos (descacharrante el episodio con Mimi Rogers de actriz invitada) compactadas gracias al incalculable carisma de Bruce Campbell el resultado es mucho mejor de lo que esperábamos. Para continuar con el reparto podemos confirmar que a pesar de que el título de la serie es Ash vs. Evil Dead nuestro antihéroe viene escoltado por dos personajes, compañeros de trabajo en los grandes almacenes en los que sigue empleado, que no le van a la zaga en cuanto a protagonizar secuencias divertidas y enfermizas. Por un lado tenemos a Pablo (Ray Santiago) el entrañable fiel escudero de Ash que está perdidamente enamorado de la individualista y temperamental Kelly (Dana Delorenzo) que también se unirá a Ash en su cruzada contra las criaturas del mal que amenazan desencadenar el infierno en la Tierra. A ellos se suman el misterioso personaje de Rubby (Lucy Lawless) y el de la agente Fisher (Jill Marie Jones) de la policía de Michigan con los que nuestros protagonistas se encontrarán en no pocas ocasiones a lo largo de la temporada.




Frenética, indecorosa, pasada de rosca, imperfecta, viscosa, viciosa, divertida o memorable son algunos de los calificativos que se le pueden dar a la primera temporada de Ash vs. Evil Dead que nos ofreció Starz en 2015. Tras ella llegaron otras dos temporadas de las que este redactor poco o nada sabe ya que mi intención es verlas en el estado más virginal posible, en sentido metafórico, para ver si las excelente vibraciones que me ha transmitido esta primera tanda de diez episodios que al durar no más de media hora cada uno he consumido prácticamente del tirón. En una época en la que la nostalgia invade medios como el cine o la televisión es de agradecer que se erija una pieza como la que nos ocupa que utilizando dicha excusa se las ingenia para poner en las televisiones y plataformas de streaming de todo el mundo imágenes en las que todo tipo de armas blancas y de fuego componen un desfile de caos, muerte y mutilación que nos demuestra que otro tipo de televisión abordada desde la irresponsabilidad, la temeridad, el mal gusto y la sana intención de provocar es posible. En breve la reseñas de las temporadas dos y tres acompañarán a la de esta primera que se ha convertido en una de las piezas de ficción que más me han hecho disfrutar como consumidor en los últimos años y eso con el nivel de la actual televisión americana no es decir poco precisamente.