jueves, 13 de diciembre de 2018

La Balada de Buster Scruggs, once upon a time in the west



Título Original The Ballad of Buster Scruggs (2018)
Director Joel Coen, Ethan Coen
Guión Joel Coen, Ethan Coen
Reparto Tim Blake Nelson, Zoe Kazan, Tom Waits, James Franco, Liam Neeson, Harry Melling,  Bill Heck,  Brendan Gleeson, Tyne Daly, Jonjo O'Neill, Saul Rubinek, Clancy Brown, Willie Watson,  Ralph Ineson, Grainger Hines, David Krumholtz, Stephen Root, Sam Dillon, Jesse Luken,  Chelcie Ross





Dos años después de la decepcionante ¡Ave César! los hermanos Joel y Ethan Coen vuelven con un nuevo largometraje. Aunque en esta ocasión lo han hecho sumándose a ese grupo de directores de prestigio que han pasado a formar parte de la nómina de la plataforma de streaming Netflix. Curiosamente este proyecto llamado La Balada de Buster Scruggs iba a ser en su inicio la primera serie de televisión creada por los autores de Valor de Ley (True Grit) o Un Tipo SerioPero poco antes de ser presentada en la sección oficial del Festival de Venecia, donde se alzó con el galardón a Mejor Guión, se confirmó como un largometraje por episodios. Dentro del reparto encontramos nombres importantes y caras reconocibles como las de Tim Blake Nelson, James Franco, Tom Waitts, Liam Neeson, Zoe Kazan o Brendan Gleeson entre otros, protagonizando las distintas historias que dan forma a la película.




La Balada de Buster Scruggs es una homenaje a los libros, normalmente de bolsillo, sobre relatos del salvaje oeste en forma de antología construida sobre seis relatos contextualizados en el género western, pero tomando como epicentro conceptual y narrativo diferentes maneras de abordar un tema universal como la muerte. The Ballad of Buster Scruggs, Near Algodones, Meal Ticket, All Gold Canyon, The Gal Who Got Rattled y The Mortal Remains forman la media docena de episodios. El resultado es de nota muy alta aunque, como suele suceder con este tipo de largometrajes, unos relatos destacan sobre otros, a pesar de mantener todos ellos un muy buen nivel conformando un abanico estético y narrativo cuya intencionalidad no queda sólo en un tributo a los ya mencionados productos literarios, adentrándose también en terrenos de cierta intertextualidad en lo referido a la obra previa de los hermanos Coen a modo de autoreflexión por parte de ambos autores.




Joel y Ethan Coen parecen haber abordado las seis historias que componen esta antología cinematográfica con la misión de abarcar las distintas vertientes estilísticas y narrativas identificables a su discurso autoral. El primer capítulo, La Balada de Buster Scruggs, protagonizado por un memorable Tim Blake Nelson, es puro slapstick y cartoon. Una divertida vuelta a sus orígenes más deudores de la comedia física y las animaciones de la Warner cuyo principal representante fue la alocada y seminal Arizona Baby (Rising Arizona) teniendo continuación en otros proyectos como El Gran Salto (The Hudsucker Proxy), Ladykillers u O Brother. A partir de este disparatado arranque con cada nuevo episodio la visión de los hermanos sobre la muerte se va volviendo gradualmente más oscura, melancólica y trascendental. Pero siempre dentro de unos parámetros identificables con la impronta de su cine pretérito.





Near Algodones, con un excelente James Franco, todavía contiene pasajes de humor y hasta su resolución final resulta patéticamente tragicómica con referencias a El Bueno, El Feo y El Malo. Pero a partir de Meal Ticket, la historia de los dos artistas ambulantes con unos inmensos Liam Neeson y Harry Melling, posiblemente la ficción más triste ideada por Ethan y Joel en toda su carrera, la desesperanza y el nihilismo comienzan a apoderarse de la antología de los Coen. Sólo encontrando cierto repunte de optimismo con All Gold Canyon la verdadera joya del largometraje. Casi una pieza silente protagonizada por un superlativo Tom Waitts cuya calidad ya hace que merezca la pena el visionado de la obra en su totalidad. The Gal Who Got Rattled parece un tributo a La Conquista del Oeste (1962) aunque abordando una historia mínima cuyo catalizador, al igual que sucedía en A Propósito de Llewyn Davis, es una mascota. Finalmente la hermética The Mortal Remains, con impecable cuarteto actoral, torna en relato fantasmagórico y alegórico para cerrar la obra.




Cada uno de los episodios del largometraje está elegantemente enlazado con el siguiente por medio de una narración que explicita la naturaleza literaria de la antología, desde el arranque del metraje nos queda claro estar asistiendo a la lectura de un libro junto a una chimenea, y los Coen solidifican por medio de su mutable puesta en escena y narrativa impecable un trabajo cohesionado y estructurado con el habitual talento indivisible a su impronta cinematográfica. La construcción argumental de las historias funciona de manera individual y también formando un compacto todo a pesar del ya citado desnivel de calidad entre unas y otras, sin llegar ninguna de ellas a la deficiencia o la mediocridad. En el trayecto las referencias eclécticas y dispares se hacen continuas con ecos que van desde John Ford, Howard Hawkes, Sam Peckinpah o Segio Leone a Ingmar Bergman e incluso Tex Avery y sus trabajos animados o el Sam Raimi de Rápida y Mortal (The Quick and the Dead).




Desde un punto de vista técnico ambos directores aprovechan al máximo no sólo el formato panorámico o la impecable fotografía del francés Bruno Delbonell, ocupando este el puesto del habitual Roger Deakins, sino también los exteriores puestos a su disposición que llegan a proporcionarles paisajes de belleza casi extraterrena. ayudando estos a contextualizar las distintas historias que conforman La Balada de Buster Scruggs. La delectación en los encuadres, el ritmo unas veces espídico y otras cadencioso, la mezcla de personajes hirsutos y callados compartiendo plano con los más exagerados y propensos a la verborrea incontrolable ofrecen el muestrario de señas de identidad y la galería de criaturas habituales de los films de los Coen, encontrando de este modo la complicidad de un enorme y extenso reparto, del que ya hemos dado breves apuntes anteriormente, dirigido con mano maestra por dos autores capaces de exprimir sabiamente las aptitudes interpretativas de los variopintos y muy diferentes actores protagonistas de sus producciones.




La Balada de Buster Scruggs nos recupera a unos Joel y Ethan Coen brillantes como escritores y directores. Ejecutando una hercúlea labor para conformar una obra que más allá de su intencionalidad referencial y reverencial puede considerarse una condensación de toda su filmografía, una especie de homenaje autoconsciente a sí mismos que, sin llegar a las cotas de genialidad de sus obras maestras, puede adscribirse sin demasiada polémica a la galería de sus films recientes más notables. Realización, escritura, casting, todos apartados a la altura de las circunstancias en la primera incursión de los hermanos en las producciones impulsadas por las plataformas de streaming. Por último nos queda la duda de si debido al génesis a modo de serie televisiva del largometraje pueda existir un montaje más extenso de las seis historias condensadas en el mismo y en caso afirmativo si verá alguna vez la luz. Más allá de eso sólo podemos disfrutar una de las mejores películas de este 2018 y la confirmación de la sustancial mejoría de la producción cinematográfica de Netflix.



domingo, 9 de diciembre de 2018

Malos Tiempos en El Royale



Título Original Bad Times at the El Royale (2018)
Director Drew Goddard
Guión Drew Goddard
Reparto Chris Hemsworth, Jeff Bridges, Cynthia Erivo, Dakota Johnson, Jon Hamm, Cailee Spaeny, Lewis Pullman, Jonathan Whitesell, Nick Offerman, Mark O’Brien, Manny Jacinto, Bethany Brown




Alias, Perdidos, Buffy Cazavampiros, Ángel o Daredevil son algunas de las series en las que Drew Goddard se curtió como guionista y productor ejecutivo la mayor parte de su carrera. De la mano de su colega J.J Abrams escribió su primera película, la entrega primigenia de la saga Cloverfield, y después de la misma se ocupó también de los libretos de taquillazos como Guerra Mundial Z o Marte. Pero sería en 2012, con el respaldo de su amigo y colaborador Joss Whedon como co guionista y productor, que Goddard se hiciera con un nombre internacional dentro del cine de género con su debut detrás de las cámaras. La Cabaña en el Bosque supuso toda una sorpresa al revelarse como una cinta de terror y comedia que subvertía por medio de la ironía y la metatextualidad los preceptos narrativos de los géneros a los que se adhería como obra cinematográfica, convirtiéndose al poco tiempo de su estreno en una pieza de culto para gran parte del fandom. Seis años después del estreno de su ópera prima Goddard vuelve a sentarse en la silla de director para ofrecer al público Malos Tiempos en El Royale, su segundo proyecto como principal responsable ocupándose de su escritura o realización y contando además con un excelente reparto formado por Jeff Bridges, Cynthia Erivo, Dakota Johnson, Jon Hamm, Cailee Spaeny, Lewis Pullman y Chris Hemsworth.




La trama de Malos Tiempos en El Royale está localizada en 1969 cuando una serie de clientes venidos de distintas procedencias, y cada uno de ellos con sus propias intenciones ocultas, llegan para alojarse en El Royale, un famoso hotel localizado justo en la línea que separa los estados de Nevada y California y cuya época de mayor esplendor tuvo lugar a principios de los 60. Un vendedor de aspiradoras, un sacerdote, una cantante, una misteriosa joven, el único conserje del hotel y alguna que otra visita inesperada serán los protagonistas del peor día de la historia del célebre hotel. Drew Goddard es fiel al discurso y la construcción conceptual y narrativa de su anterior trabajo, un largometraje de terror con apariencia de transitar los lugares comunes más manidos del género que finalmente se revelaba algo como muy diferente a lo esperado, tomando aquí de nuevo un punto de partida muy concreto y reconocible para el cinéfilo prototípico siendo posteriormente dinamitado por medio de un guión imprevisible capaz de mover a los personajes habitantes del relato como piezas de ajedrez apelando mucho al azar y al caprichoso rol demiúrgico de su guionista y director. Pero siempre tomando decisiones coherentes en el contexto de la historia relatada por él y el resto de sus colaboradores.




El planteamiento de la última propuesta por parte de Drew Goddard discurre sin mayores estridencias durante su primer cuarto de hora con reminiscencias a la literatura noir o la obra de Agatha Christie, ecos de piezas infravaloradas y muy recuperables como Identity (James Mangold, 2003) con la que guarda muchos puntos en común y un estudio de personajes sutil y eficiente perfilados con breves, aunque notables, pinceladas no sólo para dotarlos de características que los definan como criaturas, sino también para plantar con cada uno de ellos la semilla de la duda en lo referido a su propia intencionalidad, más si tenemos en cuenta lo acontecido en el prólogo del film que nos da una perspectiva interesante de por dónde puede llegar a encarrilarse la historia. Pero cuando los clientes de El Royale toman sus diferentes estancias es cuando la narración se fractura relatando por medio de subtramas, unas veces paralelas otras en orden cronológico, los hechos acaecidos ese fatídico día en el hotel dedicando un episodio a cada una de las habitaciones ocupadas por los personajes y añadiendo también un epílogo de capital importancia con respecto al clímax final. De esta manera Goddard emula un tipo de narrativa con remembranzas a Quentin Tarantino y Martin Scorsese mostrando la verdadera naturaleza de su propuesta y deparando cada pocos minutos, por medio del elaborado guíón, un nuevo giro argumental capaz de coger desprevenido al espectador más avezado.




Desde la secuencia en la que el personaje de John Hamm hace su particular “tour” por el hotel y la narración se fragmenta en distintas tramas los personajes comienzan a revelar gradualmente sus verdaderas intenciones, quitarse las máscaras y a mirar exclusivamente por su propia supervivencia. Por suerte Drew Goddard no muestra sus cartas en la primera mano, desentrañando poco a poco los secretos guardados por sus protagonistas y los motivos que les incitaron a cobijarse en el Royale, jugueteando así con el espectador mientras le ofrece pistas, referencias ocultas y una inclinación por desviar la atención de lo realmente importante para con ello alargar en la medida de lo posible el misterio latente bajo su segundo largometraje como director. Por suerte no sólo del ingenio de su guión vive una obra como Malos Tiempos en El Royale. Goddard demuestra un excelente olfato para elaborar una puesta en escena acorde con su escritura, sin abusar de innecesarios alardes visuales, pero inyectando a todo el proyecto un look estético potente con inesperadas explosiones de violencia explícita localizadas en algunos de los pasajes menos esperados y ejecutadas con una brutalidad expeditiva, tanto técnica como argumental, cuya importancia llega a convertirla en catalizadora de varias de las mejor situaciones del conjunto de la cinta gracias al peso que llega a tomar en lo referido al devenir de acontecimientos culminantes en la orgiástica recta final.




Dentro del reparto el trabajo conjunto es notable y todos y cada uno de los actores abordan su labor con convicción, entrega y la ambigüedad necesaria para contextualizarlos adecuadamente en un relato que exige unas características muy específicas a sus protagonistas. Desde un divertido y repelente John Hamm interpretando a lo que parece una clara parodia de su Don Draper de Mad Men, pasando por una excelente Dakota Johnsson en la piel de una mezcla entre chica hippie y femme fatale, una cándida Cynthia Erivo como cantante soul venida a menos o Cailee Spaeny añadiendo las dosis perfectas de demencia a su rol y llegando a unos soberbios Chris Hemsworth, en un papel cuya naturaleza es mejor no identificar, y Lewis Pullman, este último la revelación del film con un papel memorable. Pero como era evidente si hay un actor capaz de eclipsar por medio de carisma, contención, profesionalidad y veteranía al resto del cast ese es el gran Jeff Bridges. El protagonista de El Gran Lebowski es el pilar sobre el que se apuntala el apartado artístico de Malos Tiempos en El Royale y no sólo porque su personaje del Padre Danniel Flyn es uno de los que más conocimientos posee sobre los secretos del hotel, sino también porque Drew Goddard es consciente de que engrandece cada plano con su presencia o potencia la labor de sus compañeros cuando los comparte con ellos y lo explota al máximo. Sirva como ejemplo la destacable escena en la que “se sincera” con el personaje de Erivo y esta lo aprovecha para marcarse con él un enorme tour de force cuya culminación llega en la barra del bar.




Malos Tiempos en El Royale confirma a Drew Goddard como uno de los cineastas más interesantes del panorama estadounidense. Un artesano profundamente conocedor de los resortes narrativos de los géneros con los que coquetea en sus trabajos por medio de ironía, metarreferencialidad, originalidad y unos actores siempre adecuados a sus propuestas. Por desgracia no sabemos si su naturaleza poco acomodaticia, narración algo exigente de cara a un espectador generalista o escasas concesiones a la platea han sido los motivos que han convertido su carrera comercial de su último film en un fracaso hasta el momento, recuperando sólo 31 millones de dólares de los 32 que costó su producción y quedando lejos de los números de La Cabaña en el Bosque, cuya taquilla le permitió doblar su presupuesto de 30 millones. Más allá de dichos resultados podemos considerar Bad Times at the El Royale una excelente pieza que por medio de un muy notable trabajo en todos sus apartados (atención a la banda sonora impecable, mezclando el minimalista score de Michael Giacchino con una selección de temas de la época tan eficiente como atípica) un interesante y remarcable largometraje capaz de realizar una certera radiografía de la América de finales de los 60 por medio de ese celuloide de género que necesita a autores como Drew Goddard para seguir sorprendiéndonos y estimulándonos como cinéfilos.



martes, 4 de diciembre de 2018

Animales Fantásticos: Los Crímenes de Grindelwald



Título Original Fantastic Beasts: The Crimes of Grindelwald (2018)
Director David Yates
Guión J.K. Rowling
Reparto Eddie Redmayne, Jude Law, Katherine Waterston, Johnny Depp, Zöe Kravitz, Ezra Miller, Alison Sudol, Callum Turner, Dan Fogler, Claudia Kim, Ólafur Darri Ólafsson, Kevin Guthrie, Derek Riddell, Ingvar Eggert Sigurdsson, William Nadylam, David Sakurai, Brontis Jodorowsky




Sólo un lustro después de la finalización de la saga cinematográfica de Harry Potter, inspirada en las novelas homónimas de J.K. Rowling, con Las Reliquias de la Muerte: Parte 2 Warner Bros se puso manos a la obra para resucitar la franquicia millonaria. En esta ocasión rizaron el rizo trasladando a la pantalla grande la novela Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos (Fantastic Beasts and Where to Find Them) publicada en el año 2001 y también adscrita al universo del célebre mago británico interpretado en imagen real por Daniel Radcliffe. Como la idea de extrapolar al medio audiovisual un libro sobre la clasificación de distintas criaturas mágicas que encontraba durante sus viajes el personaje de Newt Scamander era harto complicada los responsables detrás del proyecto, con el director David Yates como cabeza visible tras dirigir cuatro largometrajes previos de la serie primigenia, convencieron a la misma J.K Rowling para ocuparse en solitario del guión y así diseñar un argumento sobre el que sustentar la película. En 2016 Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos llegó a las carteleras de todo el mundo y fue recibida con agrado por crítica y público, por lo que la segunda entrega se rodaría tarde o temprano. Con un reparto en el que repiten Eddie Redmayne, Katherine Waterston, Dan Fogler, Alison Sudol, Johnny Depp, Zöe Kravitz o Ezra Miller a los que se suma una nueva, y muy esperada, incorporación como la de Jude Law dando vida a Albus Dumbledore Animales Fantásticos: Los Crímenes de Grindewald llegaba recientemente a pantallas españolas e internacionales despertando opiniones notablemente polarizadas.




La historia de Animales Fantásticos: Los Crímenes de Grindelwald, localizada en el año 1927, recupera a los personajes principales de la primera entrega encabezados por Newt Scamander (Eddie Redmyne) reclutado por su antiguo profesor, un joven Albus Dumbledore (Jude Law), para ayudar a capturar al recién fugado Grindelwald (Johnny Depp) cuya misión consiste en reclutar acólitos para su causa, consistente en reunir a los magos purasangre para someter a los nomags o muggles, incitando a una guerra entre las dos facciones. En el proceso Newt se reunirá con Jacob Kowalski (Dan Fogler) y Queenie Goldstein (Alison Sudol), ahora formando una peculiar pareja, o Tina Goldstein (Katherine Waterston) su principal interés amoroso. Una vez iniciada la aventura por parte de Scamander y su troupe Credence Barebone (Ezra Miller) regresará para ejercer un rol de notable importancia, al igual que Leta Strange (Zöe Kravitz), ambos ocultando respectivos secretos cuya revelación descifrará muchos misterios relacionados con el pasado. Este es el argumento sobre el que J.K. Rowling construye el guión del largometraje de David Yates y a pesar de ciertas carencias, que más tarde mencionaremos, el resultado se antoja más potente y dinámico que en Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos.




Al igual que sucediera en la saga de largometrajes protagonizados por Harry Potter la presente parece también abrazar la idea de ir oscureciendo su tono en cada nueva entrega o al menos todo lo oscura que pueda ser una superproducción rompetaquillas diseñada para ser disfrutada por toda la familia. Esto se deja notar en el mismo epílogo de la película con el que J.K. Rowling desde la escritura y David Yates desde la dirección ponen rápido las cartas sobre la mesa con la intención de hacer saber prematuramente al espectador qué se va a encontrar con Animales Fantásticos: Los Crímenes de Grindelwald. Este matiz más siniestro no sólo es estilístico o narrativo, sino también desde un punto de vista subtextual o alegórico, ya que las intenciones del personaje de Johnny Depp guardan tantos paralelismos con el ideario de Adolf Hitler que no sería extraño encontrarnos en la tercera entrega una alianza entre los magos purasangre y el posterior auge del nazismo. De esta manera J.K. Rowling demuestra mayor soltura como guionista si comparamos su labor con la ejecutada en el primer film, en el que pecaba de bisoña a la hora de enfrentarse a la labor de estructurar adecuadamente un guión cinematográfico. Aunque desde un punto de vista canónico y cronológico ha cometido algunos errores que han despertado la ira de los fans más acérrimos de la franquicia y, para qué negarlo, la indiferencia de un público generalista incapaz de percibir la presencia de dichas metidas de pata.




El guión de J.K Rowling y su trasfondo derrotista se ven potenciados por la puesta en escena del británico David Yates, habitual de la casa desde su debut en la franquicia con Harry Potter y la Orden del Fénix, allá por el año 2007, después de una larga carrera, sobre todo, en la televisión de su país. Aunque emulando una labor detrás de las cámaras casi idéntica a la ejecutada en las anteriores cinco películas salidas de su impronta dentro de las dos sagas del “potterverso” encontramos en Animales Fantásticos: Los Crímenes de Grindelwald algunas escenas capaces de salirse, en cierta manera, de la ortodoxia adscrita a este tipo de blockbusters. La visita de los protagonistas a la casa la supuesta madre de Credence Barebone se resuelve con una secuencia de acción con reminiscencias y resoluciones visuales nolanianas, inevitable pensar Origen (Inception), totalmente inesperada en una producción de esta naturaleza tan acomodaticia. Más allá de ese pasaje, que tampoco supone una salida de tono necesariamente remercable, y teniendo en cuenta la ya mencionada oscuridad inyectada en el relato el británico se desenvuelve con oficio y profesionalidad a la hora de realizar una labor tan eficiente como impersonal, señas de identidad indivisibles a su impronta siempre que ha colaborado en las adaptaciones cinematográficas de los libros de J.K. Rowling al medio audiovisual. Habituado ya a este tipo de material ha llegado a convertirse en artesano fiable y competente, aunque sus carencias como narrador salgan a relucir cuando abandona este microcosmos y decide abrazar otros, como sucedío hace dos años con la tibia La Leyenda de Tarzán.




Eddie Redmyne vuelve a dar su versión de Newt Scamander y aunque consigue transmitir de nuevo la ternura y candidez con la que abordó el personaje en Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos se excede tanto con el lenguaje corporal como para que a cierto sector de los espectadores, un servidor entre ellos, llegue a sacarlo de quicio, sobre todo con esas miradas esquivas en ocasiones parecidas a las de una persona invidente. El trío de colaboradores del protagonista formado por Dan Fogler, Alison Sudol y Katherine Waterston mantiene el encanto destilado en 2016 y Ezra Miller añade sabiamente capas a su torturada criatura. En cambio Zöe Kravitz no pasa de cumplidora a pesar del esfuerzo de la actriz de Mad Max: Furia en la Carretera por dar peso a un personaje clave en la trama como el suyo. Finalmente, y como era de esperar, son Johnny Depp y Jude Law los mejor parados dentro del extenso casting. El primero por dar vida a un villano adecuadamente perfilado, sutil y alejado de la unidimensionalidad propia de estos papeles, aunque sin ser tampoco un dechado de profundidad. El segundo por salir airoso de dar vida a la versión rejuvenecida de un rol previamente interpretado por dos titanes como Richard Harris y Michael Gambon dejándonos con ganas de más debido a que sus minutos en pantalla son escasos y su implicación con la trama principal demasiado tangencial.




No vamos a proclamar aquí que una obra como Animales Fantásticos: Los Crímenes del Grindelwald es una gran película, su antecesora tampoco lo era, porque estaríamos faltando a la verdad y no es esa nuestra intención. Pero sí es una pieza competente y entretenida dentro del tipo de celuloide al que pertenece, aderezada con los ingredientes propios del universo ficcional que ayuda a extender y enriquecer con altas dosis de fanservice para los seguidores y en el proceso dejando notar en todo momento su naturaleza de “largometraje bisagra” cuya principal misión es seguir explotando la gallina de los huevos de oro. Dentro de la prensa especializada no ha despertado muchas alabanzas y un grueso importante de los fans de las novelas de J.K. Rowling están bastante disgustados con ella, pero desde un punto de vista cinematográfico se revela correcta y satisfactoria. La intención por parte de Warner Bros es realizar cinco largometrajes hasta completar la saga y a día de hoy no podemos aventurar nada de manera clara y elocuente. Pero no puedo evitar pensar que son demasiadas entregas para un argumento original por parte de J.K. Rowling sin ninguna base literaria ortodoxa en el que inspirarse aunque, como previamente he comentado, veo en esta Animales Fantásticos: Los Crímenes de Grindelwald una mejoría sustancial en cuanto a su narrativa. Sólo el tiempo nos dirá hasta cuanto dará de sí esta nueva franquicia y si merece la pena seguirle la pista.




sábado, 1 de diciembre de 2018

Ghostland, american horror story



Título Original Ghostland (2018)
Director Pascal Laugier
Guión Pascal Laugier
Reparto Crystal Reed, Anastasia Phillips, Mylène Farmer, Taylor Hickson, Emilia Jones, Rob Archer, Suzanne Pringle, Adam Hurtig, Alicia Johnston, Ernesto Griffith, Erik Athavale, Kevin Power, Paul Titley, Terry Ray







Aunque debutó en el mundo del largometraje con una historia de fantasmas titulada El Internado (Saint Ange) allá por 2004 no sería hasta cuatro años después, con la llegada de su segunda película, Martyrs, que el cineasta francés Pascal Laugier se diera a conocer a nivel internacional. Aquel film sobre una élite adinerada de fanáticos religiosos con la misión de secuestrar y torturar a chicas jóvenes con el fin de poder discernir por medio de su martirio si hay vida después de la muerte supuso la cumbre de la nueva ola de cine de terror extremo localizado en el país vecino y cuyo origen, más o menos oficial, tuvo lugar con el estreno de Alta Tensión (Haute Tension) de Alexandre Aja en 2003. Tras el buen recibimiento internacional de Martyrs, mayor que el conseguido en su país de origen, Pascal Laugier dio el salto a Estados Unidos, pero no rodando en Hollywood, sino implicándose en un proyecto bastante modesto impulsado por la actriz Jessica Biel, ejerciendo esta también como productora. The Tall Man, titulada El Hombre de las Sombras en España, supuso un paso en falso por parte del francés. Un film demagogo, sensacionalista y con tendencia a la trampa narrativa no consiguiendo el resultado esperado ni en taquilla ni a la hora de seducir a una prensa especializada que lo acogió con indiferencia y frialdad.




Seis años después de The Tall Man Pascal Laugier vuelve a ponerse detrás de las cámaras, una vez más con una producción canadiense, ya que en sus propias palabras los proyectos que le llegaban de Hollywood no le satisfacían en manera alguna. Incident in a Ghostland, o Ghostland como se la ha titulado en España y otros países, no sólo sigue adscrita al género en el que Laugier ha construido su filmografía, también se revela como una extraña amalgama entre el terror extremo al que ayudó a encumbrar, slasher y homenaje a la literatura de terror, focalizando su tributo en la figura de un H.P. Lovecraft del que, todo sea dicho, hay poco en esta Ghostland que nos ocupa. Protagonizada por Crystal Reed, Anastasia Phillips, Mylène Farmer, Taylor Hickson y Emilia Jones la cuarta cinta de Laugier narra la llegada de una madre y sus dos hijas adolescentes a una antigua casa recién heredada. Antes de aclimatarse al peculiar y recargado inmueble, atestado de muñecas y todo tipo de objetos decorativos, dos individuos desconocidos llegados en una destartalada camioneta de helados lo asaltarán con el objetivo de convertir la primera noche de las tres nuevas dueñas de la casa en un verdadero infierno terrenal.




Aunque con Ghostland Pascal Laugier vuelve, en cierta manera, a los terrenos de Martyrs con tres personajes femeninos sufriendo una violencia física y psicológica extrema en esta ocasión ofrece un proyecto más adherido al terror con reminiscencias estilísticas al Tobe Hooper de la recuperable La Casa del Terror (Funhouse) o la olvidable Trampa Mortal (Eaten Alive), pero subvertiendo las señas de identidad de subgéneros como el home invasion o el ya mencionado slasher. Este juego contextal planteado desde el guión gracias a la afición del personaje de Beth por escribir historias de terror bordea la naturaleza tramposa usada por su guionista y director en The Tall Man. Pero habiendo tomado nota de las carencias de aquella y justificando a posteriori una decisión argumental que, lejos de menguar los aciertos de Ghostland, los acentúa y enriquece gracias a la visión realista ofrecida sobre el trastorno de estrés postraumático. Haciendo así uso de esta afección como excusa narrativa para dar un poso de profundidad al relato y convertirlo no sólo en una potente cinta de terror, sino también en un drama desgarrador protagonizado por personajes alejados de la unidimensionalidad y el simplismo. Recordando de esta manera en estructura, ejecución y subtexto a su opus magna de 2008, pero quedando lejos de los hallazgos de aquella, notablementa más excelsos.




Desde el punto de vista de un análisis superficial Ghostland parece estar abordada por medio de dos líneas temporales. La que tiene lugar en la fatídica noche del asalto a la recién adquirida mansión por la familia de Beth y otra años después con dicho personaje convertido en una escritora de best sellers cuya última obra, Incident in a Ghostland, narra aquellos hechos traumáticos para ella, su hermana y la madre de ambas. Por medio de este desdoblamiento narrativo desarrollado de manera paralela Pascal Laugier consigue ofrecer a su proyecto una dimensión algo más profunda, sin llegar a convertirse en un producto intelectualizado en sentido alguno, pero con matices suficientemente elaborados como para alejarse de una simple propuesta de género. En Martyrs también teníamos una díptico temporal centrado en la infancia y adultez de los dos personajes principales interpretados por las actrices Mylène Jampanoï y Morjana Alaoui, pero uno acontecía tras el otro de manera cronológica. En esta ocasión Laugier ha querido trabajar más la construcción del relato y realizar saltos entre una y otra temporalidad con el fin de ejecutar paralelismos y juegos de espejos, reales y figurados, con el fin de ofrecer ese giro argumental previamente mencionado que esta vez juega a favor de los planteamientos artísticos y técnicos ideados por el realizador.




Pero si debemos destacar un aspecto en la labor detrás de las cámaras por parte de Pascal Laugier es su manera de abordar la violencia en pantalla. Sin llegar a las cotas de explicitud y grafismo de Martyrs, film mucho más duro en los momentos de soledad silenciosa durante el confinamiento del personaje principal que en los pasajes de palizas y desollamientos experimentados contra su voluntad, pero no dejando nada a la imaginación Laugier apela una fisicidad rotunda a la hora de mostrar las agresiones sufridas por sus protagonistas reflejadas en la continua deformidad de sus rostros debido a los golpes infligidos, principalmente, por el bestial personaje de Rob Archer. Aunque de nuevo debemos remitir a Martyrs, ya que al igual que en aquella las situaciones más incómodas e impactantes con respecto a la violencia en Ghostland remiten a la psicología de sus protagonistas. Toda la secuencia de Beth esperando su turno para que “jueguen con ella” se recrudece más gracias a momentos como el del soplete y la muñeca de trapo (enorme el trabajo gestual de Emilia Jones al contemplar el preludio de su probable calvario) o el de la micción involuntaria. Escenas capaces de acentuar la vulnerabilidad de las protagonistas de manera más inquietante que por medio de los golpes aplicados por sus dementes captores.




No alcanzando unas cotas de brillantez remarcables, sin inventar nada nuevo, aunque jugando a placer con la idiosincrasia de lo “ya establecido", Ghostland nos devuelve a un Pascal Laugier por el que merece la pena perder el tiempo e invertir el dinero. Hundiendo sus raíces en la literatura y el cine de terror americano y sólo teniendo como mácula algún pasaje sonrojante (esa “aparición estelar” caracterizada paupérrimamente con maquillaje y prótesis) el cuarto largometraje del cineasta francés encarrila su carrera internacional a pesar de haber despertado cierta controversia dentro y fuera del plano cinematográfico. Quedamos pues a la espera de saber hacia dónde se encarrilará el próximo proyecto de Pascal Laugier, cuya carrera comenzó de la mano de su compatriota Christophe Gans rodando el making of de la muy recuperable El Pacto de los Lobos. Sin saber si volverá a su país de origen, seguirá trabajando en Canadá o si dará el salto a Hollywood por ahora sólo nos queda pasar un buen/mal rato con esta Ghostland capaz de devolvernos la esperanza con respecto a uno de los artesanos más controvertidos del panorama internacional.


jueves, 29 de noviembre de 2018

Overlord



Título Original Overlord (2018)
Director Julius Avery
Guión Billy Ray, Mark L. Smith
Reparto Wyatt Russell, John Magaro, Bokeem Woodbine, Iain De Caestecker, Jacob Anderson, Jovan Adepo, Marc Rissmann, Dominic Applewhite, Michael Epp





Cuando el año pasado la plataforma de streaming Netflix estrenó sin previo aviso, y en plena efervescencia de la final de la Superbowl, The Cloverfield Paradox, la tercera entrega de la saga ideada por J.J. Abrams, comenzaron a sucederse rumores sobre la que sería la cuarta. Mientras en enero se sostenía que Overlord iba a ser una relato sobrenatural localizado en la Segunda Guerra Mundial pasando a formar parte de esta antología cinematográfica cuatro meses después se desmentía esta teoría, confirmando la independencia de este largometraje con respecto a ella. Una vez establecida la naturaleza del producto toca hablar de su reciente estreno en pantallas españolas e internacionales. Con dirección del australiano Julius Avery (Son of a Gun) guión de Mark L. Smith (El Renacido) y Billy Ray (Capitán Philips) a partir de un argumento original de este último o un reparto formado por caras no muy conocidas como las de Wyatt Russell (Todos Queremos Algo), John Magaro (Máquina de Guerra), Bokeem Woodbine (Spider-Man: Homecoming), Iain De Castecker (Agentes de SHIELD) o Pilou Asbæk (Ghost in the Shell: El Espíritu de la Máquina) entre otros Overlord llega a nuestra cartelera convertida en una de las muestras de género(s) más estimulantes de la temporada.




Lo primero que llama la atención de un proyecto como Overlord, siendo conscientes de quién es la persona que lo impulsa como producción, es la vertiente brutal a la que se adscribe sin reserva alguna. Podemos confirmar el largometraje de Julius Avery como la pieza más salvaje salida de la factoría Bad Robot comandada por J.J. Abrams. Su trama es sencilla y sigue los pasos de un grupo de paracaidistas del ejército estadounidense llegando a un pueblo francés ocupado por los alemanes en la víspera del Día D durante la Segunda Guerra Mundial. Una vez allí descubrirán los experimentos que los nazis están llevando a cabo en una fortaleza cercana con la misión de crear supersoldados de fuerza sobrehumana para formar parte del Tercer Reich. Esta amalgama argumental, un cruce bastante explícito entre la vertiente bélica de Salvar al Soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y el “body horror” de Re-Animator (Stuart Gordon, 1985) sirve para que los guionistas Billy Ray y Mark L. Smith aunen fuerzas con el director y así moldear un producto potente y de ritmo endiablado capaz de mantener el interés de distinto tipo de espectadores a lo largo y ancho de sus disfrutables 109 minutos de metraje.




Desde ya podemos considerar el arranque de Overlord como uno de los más potentes vistos en lo que llevamos de este 2018 casi extinto. La secuencia en el avión es un puñetazo en la mesa por parte del director de Son of a Gun, demostrando prematuramente sus adecuadas aptitudes para amoldar su labor detrás de las cámaras a un presupuesto notablemente más holgado que los hasta ese momento manejados por él. Hablamos de un pasaje bélico ejecutado con una pericia impropia por parte de un realizador con tan poco bagaje a sus espaldas en el que despliega un uso tremebundo del apartado técnico enfatizando las imágenes impactantes y el uso milimétrico de unos efectos de sonido intachables. A partir de ahí Julius Avery confirma a Overlod como una cinta en la que no va a privarnos de secuencias repletas de una violencia explícita que irá en aumento y por suerte siempre al servicio de la historia narrada. Durante la primera mitad del metraje asistiremos a un relato bélico deudor del estilismo de producciones como la ya citada obra de Steven Spielberg o su gemela catódica, Hermanos de Sangre (Band of Brothers), llegando a construir pasajes de una tensión cortante y acerada como el acontecido en el ático.




Pero una vez los nazis entran en escena, encabezados por el excelente personaje al que da vida un retorcido Pilou Asbæk, Overlord abraza el terror y la truculencia para no soltarla hasta su clímax final. Aunque su trailer al ritmo de Hells Bells de AC/DC pudiera dar a entender otra cosa no nos encontramos con un producto puramente pulp. Es cierto que se alimenta de distintas variantes del subgénero “naziexplotation”, pero nada de la ironía, el humor negro o la mala baba de, por poner un ejemplo, sagas como Zombies Nazis (Dead Snow) encontramos en el film de Julius Avery, que, exceptuando un par de momentos propensos a la sorna, se toma completamente en serio a sí mismo, aunque siempre apelando a su naturaleza liviana sin caer en el ridículo solemne en el que se adentraba, por poner un ejemplo, la Sucker Punch de Zack Snyder. De manera que después de las consabidas dosis de secuencias bélicas rodadas con aplomo y eficiencia intachable pasado el ecuador del metraje es el bestialismo primario el encargado de inundar la pantalla con cuerpos anatómicamente deshumanizados, huesos rotos voluntariamente de la manera más explícita posible, descomposición física bordeante en el gore y una visita nocturna a un laboratorio con un par de planos de efectiva morbidez y sadismo.




Si hay un apartado en el que Overlord no destaca demasiado ese es sin lugar a dudas el artístico. Al igual que sucediera con la primera entrega de Cloverfield J.J. Abrams y sus colaboradores han decido rodearse de un reparto de caras jóvenes y no muy conocidas capaces de cumplir con oficio la misión de resultar creíbles en pantalla, sin sobresalir en ningún aspecto, pero cobrando notablemente menos que cualquier estrella de Hollywood cuyo caché hubiera disparado el presupuesto de manera notable y si tenemos en cuenta los resultados de taquilla obtenidos hasta ahora por la película, a los que volveremos para cerrar la entrada, el desastre se hubiera antojado mayúsculo. Comandados por un entregado y estulto Wyatt Russell, hijo de Goldie Hawn y Kurt Russell, y haciendo la mejor labor del cast el ya mencionado Pilou Asbæk como el Capitán Wafner, nos encontramos con una serie de secundarios cumplidores dando vida a roles alejados de una tridimensionalidad que los acerque a un verdadero realismo, pero lo suficientemente perfilados como para resultarnos cercanos y empáticos hasta el punto de llegar a preocuparnos por su integridad física y psicológica. De esta manera el reparto de Overlord no desentona con el conjunto de la obra, pero como ya hemos mencionado previamente son otros apartados los que la convierten en una pieza notable desde un punto de vista cinematográfico y siempre dentro de una perspectiva de género(s).




Overlord ha supuesto una grata sorpresa, una inteligente mezcolanza genérica ejecutada con profesionalidad y suficientes alicientes para haber dado forma a una futura franquicia con la que explotar esa vertiente “bélica de terror” con larga tradición en Series B de todo pelaje y espíritu de cómic escrito por Garth Ennis. Por desgracia la apuesta por parte de Paramount Pictures y la Bad Robot de J.J. Abrams se ha saldado con una exigua taquilla que, hasta el momento, convierte su carrera comercial en un notorio fracaso. Con una recaudación hasta el momento bastante alejada de los 38 millones de dólares que costó, aunque todavía debe pasar por algunos país más, podemos dar casi por perdida una nueva entrega de esta muy estimulante propuesta a manos de Julius Avery, Billy Ray y Mark L. Smith de la que ya hemos destacado las suficientes virtudes para considerarla una opción muy viable a la hora de pasar casi dos horas de diversión tan ligera e intrascendente como poderosa e inesperadamente eficaz en una sala de cine. Mientras productos mucho más inanes y de cinematografía dudosa como la película de Venom arrasan en las carteleras de todo el mundo una cinta como Overlord no encuentra su hueco entre el público y cercena una posible saga que, seguramente, nos hubiera deparado más de un momento memorable



martes, 27 de noviembre de 2018

Infiltrado en el KKKlan, some of those that work forces, are the same that burn crosses



Título Original BlacKkKlansman (2018)
Director Spike Lee
Guión Kevin Willmott, David Rabinowitz, Charlie Wachtel, Spike Lee, basado en el libro de Ron Stallworth
Reparto John David Washington, Adam Driver, Topher Grace, Laura Harrier, Ryan Eggold, Corey Hawkins, Robert John Burke, Paul Walter Hauser, Craig muMs Grant, Michael J. Burg, Chris Banks,  Tom Stratford, Jasper Pääkkönen, Ashlie Atkinson, Ken Garito, Alec Baldwin






Si hacemos la excepción con su vapuleado remake de la coreana Old Boy Spike Lee llevaba, si no me fallan los cálculos, sin estrenar una de sus películas en multisalas de nuestro país desde la excelente Plan Oculto (The Inside Man) de 2006. Triste dato este si tenemos en cuenta que el director nacido en New York llegó a convertirse a partir de finales de los 80 en una de las voces más combativas y comprometidas del cine de autor estadounidense gracias a piezas como Haz lo Que Debas (Do the Right Thing), Fiebre Salvaje (Jungle Fever), Clockers, Malcolm X, Una Mala Jugada (He Got Game) o SOS: El Verano de Sam entre otras. Paradójicamente parecía que durante la pasada década iba a mantener su estatus gracias a aquella obra maestra titulada La Última Noche (The 25th Hour) y al notable éxito de taquilla de la ya citada producción protagonizada por Denzel Washington, Clive Owen, Jodie Foster, Christopher Plummer o Willem Dafoe. Pero por desgracia no se dio el caso, sucedió todo lo contrario.




Presentada en el pasado Festival de Cannes donde recibió numerosas alabanzas por parte del público o la prensa especializada y se alzó con el Gran Premio del Jurado esta adaptación de la novela Black Klansman, escrita por el ex policía Rob Stallworth, nos devuelve a un Spike Lee en plena forma con un producto que mezcla de manera certera comercialidad y el compromiso social o político indivisible a su discurso, esta vez con el respaldo de la factoría Blumhouse y producción de Jordan Peele (Déjame Salir). El resultado queda lejos de sus mejores trabajos, pero sí destaca notablemente sobre muchos de sus últimos proyectos, en su mayoría demasiado localistas y hermetizados dentro de una especie de intertextualidad con la que el cineasta parecía estar dando vueltas sobre su propia filmografía pretérita, alejándose gradualmente de un público más amplio y sólo satisfaciendo a sus exégetas más incondicionales o a su propio ego con resultados del todo irregulares.




A principios de la década de los 70, época convulsa de la historia reciente de Estados Unidos, Rob Stallworth se convirtió en el primer policía negro de Colorado Springs. Mientras recibía el desprecio de la mayoría de sus compañeros y la altivez de sus superiores decidió hacerse un nombre en el cuerpo infiltrándose en  un grupo local del Ku Klux Klan. Por medio de conversaciones telefónicas haciéndose pasar por un redneck xenófobo y con la ayuda de su compañero Flip Zimmerman (Adam Driver) que se convirtió en la cara visible de la inflitración se introdujo en las entrañas de dicha organización con la misión de dar con David Duke (Topher Grace) "grand wizard" del KKK. En el proceso Ron se enamoró de Patrice (Laura Harrier), la miembro de un grupo en favor de los derechos civiles de los negros, y Flip puso en peligro su vida una vez se vio tan sumergido en el núcleo del Klan como para no poder escapar del mismo sin la ayuda de su compañero.




Como previamente hemos mencionado BlacKkKansman amalgama al Spike Lee reividindicativo y luchador por los derechos de la gente de su raza con el más popular adscrito al cine de género que hemos visto puntualmente en su carrera con buenos resultados. En su último largometraje el neoyorquino ejecuta un thriller de acción, con pasajes dramáticos y leves apuntes de un humor muy sutil, mucho más de lo que se ha comentado en las redes, con determinados periodistas y sitios web vendiendo el largometraje como una comedia, algo no compartido por un servidor aunque encontremos algunos momentos hilarantes en el metraje, sobre todo los relacionados con los miembros de Ku Klux Klan. Esta armónica convivencia entre las dos vertientes autorales de Lee se evidencia en pasajes como el del discurso de Kwame Ture, toda una declaración de principios por parte de los negros en boca de uno de sus mayores representantes, alternándose con otros en los que la acción o el suspense se apoderan del encuadre.




De esta manera la obra es construida sobre las constantes narrativas y conceptuales del género policíaco, sin eludir por ello el poso dramático detrás de toda la lucha social adscrita al discurso intrínseco en el ADN ideológico de su principal responsable y un estudio de personajes notablemente elocuente potenciado por un trabajo actoral de primer orden extendiéndose desde los protagonistas hasta prácticamente todos los secundarios. Al conjunto Lee aplica una estética y resoluciones visuales muy de los 70, hundiendo sus raíces en el celuloide blaxploitation y ejecutando un retrato certero, aterrador y patético del KKK, mostrándolo en pantalla no como la banda de palurdos incultos que creemos son, sino como un grupo radical muy bien organizado, formado por personas aparentemente integradas en nuestra sociedad cuyo discurso puede calar hondo en depende qué sectores de la población, acercándose de esta manera mucho más a la cruda realidad.




El personaje de Ron Stallworth es el más adherido al discurso político de la obra gracias a su relación con Patrice. Ella, una luchadora por los derechos civiles de los afroamericanos con un enorme rechazo por las fuerzas de la ley a las que considera fascitas y xenófobas, se enamora de un policía infiltrado con la intención de hacerla cambiar de parecer sin que descubra su verdadera identidad En cambio el rol de Flip Zimmerman es el encargado de llevar sobre sus hombros todo el perfil de género en BlacKkKlansman. El "infiltrado material" en el KKK es un policía judío viéndose en la necesidad de mantener la compostura y una sangre fría bordeante en lo sobrehumano para no delatar su tapadera. Lee recurre a la continua sensación de peligro adherida a la posibilidad de que Flip sea descubierto por sus nuevos compañeros en el Klan, pero a diferencia de otros films basados en hechos reales, como Argo, no enfatiza artificialmente el suspense por medio de añadidos dramáticos en el guión, aunque con ello sacrifique un mayor grado de intensidad en algún momento de tensión.




Más allá del guión y la puesta en escena de Spike Lee es el reparto el encargado de que las situaciones planteadas en BlacKkKansman se antojen inapelablemente realistas. En cuanto a los protagonistas, John David Washington, ex jugador de fútbol americano e hijo de Denzel Washington, realiza una excelente labor insuflando carisma y determinación a la contrapartida cinematográfica de Ron Stallworth. Pero es Adam Driver, revelándose con cada nuevo papel como uno de los mejores actores de su generación, el robaescenas oficial cargando sobre sus hombros los momentos más remercables del largometraje cuando comparte plano con los intérpretes que dan vida a los miembros del KKK de Colorado Springs. Estos últimos realizando una magnífico trabajo, pero destacando el trío formado por Ryan Eggold, Jasper Pääkkönen y Paul Walter Hauser o un Topher Grace haciendo lo que mejor sabe, poner voz y físico al patetismo. Nota aparte para una memorable Laura Harrier en un papel bastante alejado de los que nos tiene acostumbrados y mucho más potente, llegando a eclipsar al protagonista principal del film.




BlacKkKkansman insufla nueva vida a la aletargada carrera de un Spike Lee que ya dio sus primeras muestras de resurgimiento colaborando con Netflix para llevar su película Nola Darling (She's Gotta Have It), con éxito, al formato serie. Tras una década moviéndose en círculos perjudicialmente endogámicos, aunque desmotrando así que no es el dinero el principal de sus intereses, vuelve a lo grande con una de las mejores películas del 2018. Excelente dirección, impecable guión escrito por Kevin Willmott, David Rabinowitz, Charlie Wachtel y el mismo cineasta, reparto entregado a la causa de su jefe de ceremonias y un mensaje necesario en estos tiempos que corren son las virtudes capaces de convertir el último trabajo del director de Mo' Better Blues o Bamboozled en una cita indispensable para los amantes del buen cine y la conciencia social en una época de intolerancia y fascismo como la actual y, por desgracia, la que está por venir.



jueves, 15 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody



Título Original Bohemian Rhapsody (2018)
Director Bryan Singer y Dexter Fletcher
Guión Anthony McCarten y Peter Morgan
Reparto Rami Malek, Joseph Mazzello, Ben Hardy, Gwilym Lee, Lucy Boynton,  Aidan Gillen, Tom Hollander, Mike Myers, Allen Leech, Aaron McCusker, Jess Radomska, Max Bennett, Michelle Duncan, Ace Bhatti, Charlotte Sharland, Ian Jareth Williamson, Dickie Beau, Jesús Gallo, Jessie Vinning





La idea de llevar a la pantalla grande la historia de banda británica de rock Queen, y por lógica la vida de Freddie Mercury, llevaba muchos años rondando en las mentes de Brian May y Roger Taylor, guitarrista y batería del grupo respectivamente y las dos personas responsables de la marca desde que el bajista, John Deacon, se desvinculara de esta tras la muerte del célebre frontman apelando a que Queen sin Freddie Mercury no tenía sentido. Para bien o para mal May y Taylor han mantenido en activo la vida del conjunto con musicales, discos recopilatorios y en vivo, giras con otros cantantes como Paul Rodgers (con el que llegaron incluso a grabar un nuevo lp, The Cosmos Rocks) o Adam Lambert y ahora con un exitoso largometraje que, tras ser vapuleado por la prensa especializada, ha encontrado el respaldo de un público entregado en masa para ver este esperado biopic centrado en una de las personalidades más importantes de la música contemporánea.




Los problemas con respecto a esta Bohemian Rhapsody que ahora llega a nuestras pantallas tuvieron lugar a lo largo de las distintas etapas de su creación. Cuando parecía confirmado el nombre del humorista, actor y director Sacha Baron Cohen para dar vida a Freddie Mercury, Brian May y Roger Taylor prescindieron de sus servicios debido, supuestamente, a la intencionaldiad del protagonista de Brüno o El Dictador por ahondar en los pasajes más controvertidos de la vida del cantante como su época hedonista o su bisexualidad, algo que no agradó a los músicos reconvertidos en productores cinematográficos que en sus declaraciones más recientes confirman la de Baron Cohen como una opción nunca tomada del todo en serio. Finalmente la desconcertante, pero definitivamente acertada, elección del interprete americano Rami Malek (Mr Robot) para meterse en la piel de Farrokh Bulsara se convirtió en uno de los mayores aciertos del largometraje, aunque de eso hablaremos más adelante.




Una vez comenzada la producción de la película los obstáculos siguieron sucediéndose. El director elegido para orquestar el proyecto, Bryan Singer, fue despedido por 20th Century Fox debido a sus continuas ausencias injustificadas del set de rodaje y por algún que otro encontronazo con Rami Malek. Para terminar el metraje restante tomó su relevo detrás de las cámaras el actor y director Dexter Fletcher (Lock & Stock) responsable de otro biopic musical, Rocket Man, centrado en Elton John con Taron Egerton (Kingsman 1 y 2) dándole vida y que verá la luz a lo largo del próximo año. Aunque en los títulos de crédito sólo consta el nombre del realizador de X-Men: Días del Futuro Pasado el mismo protagonista de Bohemian Rhapsody afirma que Dexter Fletcher fue, de los dos directores, el que mejor entendió el proyecto y lo dotó de verdadera alma. Declaraciones no sabemos si reales o el resultado de la, ya manifiesta, enemistad del intérprete con Singer tras los problemas compartidos por ambos durante la rocambolesca gestación de la obra.




Después de este somero repaso a los avatares a los que se enfrentó la producción de Bohemian Rhapsody ya podemos evaluarla como traslación de la historia de Queen en general y Freddie Mercury en particular al medio audiovisual y también como largometraje. Por desgracia desde las dos perspectivas la película tiene luces y sombras, aciertos y defectos, buenas y malas intenciones. El resultado deja un sabor agridulce por arrojar luz sobre algunas de las etapas más importantes de la banda, pero haciéndolo de manera sesgada y en ocasiones hasta deshonesta por parte de unos Brian May y Roger Taylor incapaces de abordar la vida de su amigo Freddie con total sinceridad y sin miedo a revelar los pasajes menos amables de su existencia. Todo ello con la comprensible intención de crear el mejor homenaje posible al que fue su compañero durante viente años de carrera, pero manipulando hechos y fechas en pos del dramatismo. Algo en lo que incidiremos un poco más adelante.




Bohemian Rhapsody es un biopic puramente hollywoodiense al seguir casi todas las señas de identidad adheridas a este subgénero cuando ha sido gestado dentro de las majors estadounidenses. Estructura formada por inicio humilde, ascenso a la fama, caída en picado por culpa de excesos o adicciones varias, purgatorio y redención. Máxima responsabilidad de la viabilidad del proyecto depositada en un excelente actor cuya transformación física y labor interpretativa no sólo depara premios y alabanzas múltiples, sino que también llega a eclipsar al resto de apartados del largometraje, normalmente no muy destacables. Visión descafeinada de la vertiente más negativa de la personalidad del protagonista con la misión de conseguir una falsaria y artificial empatía con el espectador asumiendo la preconcebida incapacidad de este a la hora de conectar emocionalmente con una persona repleta de claroscuros. Idea esta que muestras magistrales, y atípicas, del subgénero como Bird, de Clint Eastwood, o The Doors, de Oliver Stone, desacreditan totalmente.




El largometraje dirigido por Bryan Singer y Dexter Fletcher se posiciona de manera más o menos ortodoxa en esta vertiente de hagiografías, pero por suerte no nos han privado de ofrecer la cara más excesiva de Freddie Mercury, aunque sea superficialmente. En Bohemian Rhapsody no se elude la bisexualidad del protagonista, ni su etapa más entregada a los excesos y la vida nocturna o sus visitas a los locales de ambiente de la época, algo de agradecer a los guionistas Anthony McCarten y Peter Morgan. El problema es que por todos esos momentos se pasa de puntillas, sin exponer en pantalla nada explícito que pudiera despertar las iras de cierto sector del público más conservador y así dejar satisfecho y feliz a todo el mundo mientras se paga el precio de lo acontencido realmente a lo largo de aquellos años, de vital importancia para que el frontman de Queen adquiriera la enfermedad que años más tarde la costaría la vida.




Desde un punto de vista estilístico y de ambientación la traslación de los mejores años profesionales de Queen a la pantalla es brillante. El trabajo de dirección artística, maquillaje y vestuario es de nota dando forma a un diseño de producción convertido en una de las mayores virtudes de la película a pesar de la presencia de alguna que otra peluca (las usadas por Freddie Mercury y John Deacon en los 70 o prácticamente todas las de Roger Taylor) de terrorífico acabado y una dentadura postiza demasiado pronunciada para Rami Malek con la intención de emular los característicos dientes del cantante. A todo esto debemos sumarle una banda sonora magistral con algunas de las mejores composiciones del conjunto y un especial cuidado y cariño por hacer creíble en los conciertos en directo, o los momentos íntimos con interpretaciones a capella, que es realmente Rami Malek el dueño de la portentosa voz de Mercury. Algo conseguido gracias a una combinación de la del actor, la del mismo cantante y la del canadiense Marc Martel, uno de sus mejores imitadores.




Como regalo para los fans de Queen Bohemian Rhapsody funciona desde el minuto uno. Con Freddie despertándose rodeado de gatos, escuchando ópera y con un cuadro en el centro de su dormitorio con la famosa fotografía de la actriz Marlene Dietrich que le sirvió como inspiración para la portada del álbum Queen II, y a su vez pose más característica de la banda en forma de rombo, o la delectación de Brian May sacando de su funda la Red Special, guitarra que construyeron su padre y él acompañándole a lo largo de toda su carrera, entre otros muchos detalles, todo es una dosis continua de fanservice para los seguidores del grupo. Referencias a Smile, la composición de discos y temas icónicos, la presencia de personajes indivisibles a su historia, para bien o para mal, y la adecuada captación del espíritu musical de los británicos por medio de una labor histórica y de investigación tan digna de elogio como lógica si tenemos en cuenta quienes son los precursores del proyecto.




Tristemente no todo son alabanzas en el sentido de capturar la magia (¿a kind of magic?) de Queen en pantalla. La puesta en escena de Bryan Singer y Dexter Fletcher es tan eficiente cuando debe capturar la épica de las descargas en directo o el intimismo en los momentos más personales como recargada cuando quiere enfatizar la idea de convertir, desde un punto de vista inmersivo, al espectador en un testigo más de aquellos momentos inolvidables. Sirva como ejemplo el clímax del largometraje con el evento Live Aid y los históricos poco más de 20 minutos de Queen que insuflaron nueva vida a los cuatro músicos. Mientras las imágenes capturadas de la emisión original funcionan con una eficiencia intachable son el recurso de los planos detalle, la estilización visual exagerada de algunos encuadres innecesariamente enfatizados y una tendencia al efectismo los que en ocasiones nos sacan de ese glorioso final en el que se dejan notar las mayores virtudes y lo más notables defectos técnicos de Bohemian Rhapsody.




Pero si hay algo de lo que se ha acusado a los responsables de Bohemian Rhapsody es de manipular muchos hechos relacionados con la carrera de Queen y su cara visible, unos con mayor importancia que otros. Aunque nos privara de algunos de los momentos más emocionantes de la historia del grupo es comprensible que Roger Taylor y Brian May no quisieran abordar los años de enfermedad de Freddie por respeto hacia él y con la intención final de evitar el morbo. Lo que no tiene tanto sentido es cambiar la manera en la que Mercury se unió a la banda o conoció a Mary Austin, retrasar tres años la composición de un tema como We Will Rock You, convertir el disco en solitario del cantante en uno de los controvertidos motivos de la casi ruptura del cuarteto cuando por aquel entonces May y Taylor ya habían hecho lo propio, este último hasta en dos ocasiones, o afirmar que antes del concierto de Live Aid llevaban tres años sin tocar juntos obviando así la gira del disco The Works de 1984.




El cambio ejecutado con todos estos apuntes históricos relacionados con Queen, unos de más gravedad que otros como ya hemos anotado, palidecen ante la decisión más polémica tomada en Bohemian Rhapsody. Aunque la película nos quiera hacer creer lo contrario Freddie Mercury no descubrió que había adquirido el virus del VIH hasta 1987, no sólo dos años después de Live Aid, fecha elegida por el film para localizarla, sino uno después de una de las giras más importantes de la banda, aquella Magic Tour con la que promocionaron el disco A Kind of Magic (1986). Para colmo los guionistas también afirman que Freddie confesó su enfermedad a Brian, Roger y John el mismo día del festival internacional impulsado por Bob Geldof, cuando realmente tuvo lugar bastantes años más tarde. Evidentemente estamos hablando de un largometraje con unos códigos y un lenguaje propios para enfatizar el dramatismo de su relato y el elegir Live Aid como su culminación obligó a los productores a ser prácticos y situar en aquel mítico día todo el poso emocional del clímax de la obra. Pero la decepción, y hasta el enfado, de algunos fans se antoja tan inevitable como comprensible.




Como previamente hemos mencionado en todo biopic, prototípico o no, su actor protagonista suele destacar sobre el el reparto de secundarios y en ocasiones por encima incluso del resto de apartados del largometraje, también algo acontecido en Bohemian Rhapsody. La labor de Rami Malek es brillante no sólo por capturar fielmente la gestualidad, el amaneramiento, la fuerza sobrehumana en la que se convertía sobre el escenario, el descaro y sobre todo el timbre de voz de Freddie Mercury, sino también por emular con virtuosismo esa amalgama entre divo virtuoso, excesivo y superdotado en su vida profesional y persona tímida, vulnerable y solitaria en lo personal que definía su identidad. Evidentemente la profecía se da por cumplida y él es lo mejor del film, pero por suerte el resto del reparto no le va a la zaga con cuatro eficientes actores como Joseph Mazzello, Ben Hardy y Gwilym Lee dando vida a sus compañeros de Queen (a destacar la labor del último como Brian May, con un trabajo de mímesis que poco tiene que envidiar al de Malek) o Lucy Boynton en la piel de Mary Austin, primer amor y mejor amiga de Freddie hasta el día de su prematura muerte.




Bohemian Rhapsody es una película para todos los públicos, hecha para gustar un amplio abanico de espectadores como los seguidores de la banda y el público generalista que conocerá por primera vez los entresijos de una de las bandas de rock más importantes de todos los tiempos con su cantante como epicentro del relato. Se trata de un buen producto, eficiente, hecho con cariño y con la misión de encumbrar la figura de Freddie Mercury a modo de recuerdo a su memoria. Pero también es un producto de naturaleza prefabricada, facilón en muchos aspectos e ideado de manera milimétrica para forzar las emociones de todo aquel con intencionalidad de consumirlo como proyecto cinematográfico. Los fans más incondicionales del grupo, están ahora mismo leyendo a uno de ellos o me gusta creer serlo, nos quedamos con una sensación contradictoria. Agradecidos por la simple existencia del film, y molestos por haber desperdiciado la oportunidad de hacer algo verdaderamente grande con Queen.