lunes, 23 de octubre de 2017

Fe de Etarras, días contados



Título Original Fe de Etarras (2017)
Director Borja Cobeaga
Guión Diego San José y Borja Cobeaga
Reparto Javier Cámara, Julián López, Miren Ibarguren, Gorka Otxoa, Ramón Barea, Luis Bermejo, Tina Sáinz, Bárbara Santa-Cruz, Josean Bengoetxea




Desde que se curtiera en las trincheras del mítico programa Vaya Semanita el guionista y director donostiarra Borja Cobeaga se ha convertido en uno de los nombres más representativos de la comedia española. Tras su ópera prima Pagafantas, y su segundo trabajo, No Controles, Cobeaga y su colaborador Diego San José conocieron la fama y el éxito de un día para otro por ser los guionistas detrás de los dos enormes pelotazos que supusieron Ocho Apellidos Vascos y su secuela, Ocho Apellidos Catalanes, la primera de ellas todavía hoy la película más taquillera de la historia del cine español. Con respecto a Cobeaga mientras ofrecía sus servicios como escritor para los films de Emilio Martínez Lázaro paralelamente se dedicaba a sacar adelante sus proyectos como cineasta, mucho más personales y menos comerciales. Su tercer film, la excelente Negociador, era una comedia melancólica, elegante y muy efectiva inspirada en las negociaciones que Jesús Eguigurén, presidente del PSE (Partido Socialista de Euskadi) durante doce años, mantuvo con la banda terrorista ETA entre 2005 y 2006 y poseía un trazo minimalista, unos actores magníficos encabezados por un enrome Ramón Barea y abordaba el tema con humor pero siempre incidiendo en el respeto y el buen gusto por parte de su máximo responsable suponiendo un antes y un después en su carrera detrás de las cámaras.




Aunque Fe de Etarras nació como idea en los tiempos en los que Borja Cobeaga y Diego San José colaboraban juntos en el ya mencionado programa de ETB 2, como proyecto cinematográfico se ha pasado dando vueltas sin rumbo fijo una década durante la que nunca encontró un valedor que decidiera financiar la idea de ambos guionistas. A mediados del mes de Mayo del presente año saltaba la noticia, la plataforma streaming Netflix se ocuparía de financiar y estrenar una Fe de Etarras que, en palabras de sus creadores, poco tenía que ver ya con aquel argumento nacido en el seno del célebre programa televisivo vasco. Después de una estúpida polémica relacionada con la publicidad para promocionar el film, y que se hubiera zanjado rápidamente si muchos de los “afectados” por ella hubieran visto el trailer para comprender el contexto del chiste, y tras haber pasado con bastante buen recibimiento por el último Festival de San Sebastián el pasado 12 de Octubre el largometraje se estrenó en Netflix. Nosotros ya hemos podido ver la obra y tanto la espera como el resultado han merecido considerablemente la pena.




Vaya por delante, para que quede claro desde un principio, que Fe de Etarras en ningún momento hace mofa con las victimas del terrorismo de ETA, todo lo contrario, a quien ridiculiza es al cuarteto de miembros de la banda que forman el comando que comparten piso franco en Madrid esperando la llamada de la cúpula que les dé la orden de cometer el atentado que les permita demostrar que la facción del grupo que quiera abandonar la lucha armada está equivocada. Todo esto localizado en el contexto del verano del 2010 en el que se celebró el mundial de Sudáfrica del 2010 que la selección española acabaría, contra todo pronóstico, ganando para regocijo de (casi) todo el país. De este modo Martín (Javier Cámara), Ainara (Mirem Ibargurén), Álex (Gorka Otxoa) y Fernando (Julián González) se encontrarán en la tesitura de pasar desapercibidos en lo que ellos consideran un “entorno hostil” (encontrarse rodeados de banderas de España y enaltecidos seguidores de “La Roja”) haciendo tiempo hasta que su superior Artexte (Ramó Barea) les dé el aviso para ponerse en acción mientras tratan de pasar el tiempo como buenamente pueden.




Fe de Etarras es la evolución lógica de Negociador, algo que se deja notar desde el mismo arranque del largometraje con la magnífica primera escena que marcará el tono de lo que posteriormente nos ofrecerá la obra a manos de Borja Cobeaga y Diego San José. Pero también es cierto que en cierta manera es más dada al humor absurdo y hasta algo vitriólico que aquella, heredando mucho el espíritu de la ya mencionada Vaya Semanita o la webserie reconvertida en producto catódico ¡Qué Vida Más Triste! (en la que también colaboró como guionista San José) y mezclándolo con otras influencias como los inevitables Luis García Berlanga y Rafael Azcona más satíricos, salvando las evidentes distancias, con todo lo relacionado con la “identidad nacional” tanto de españoles como vascos, pero sin caer en el costumbrismo de brocha gorda de Ocho Apellidos Vascos y su secuela. Este piso franco es casi la única localización en la que se mueve el cuarteto protagonista y es el exiguo terreno donde los guionistas deberán trabajar, pero gracias a un continuo encadenado de gags se harán fuertes a la hora de retratar la lucha clandestina, sobre todo en los últimos años de ETA, como un disparate llevado a cabo por cachorros de la kale borroka que no saben ni fabricar un artefacto explosivo.




En esa visión absurda de utilizar la violencia por ideas sectarias arraigadas en un antiespañolismo crónico que en no pocas ocasiones promulga lo que supuestamente están criticando como independentistas vascos y la infelicidad de las personas que estuvieron vinculados a ETA viéndose recluidos en pisos francos de los que no podían salir por miedo a ser descubiertos por las fuerzas de la ley del estado español es donde Diego San José y Borja Cobeaga crean el caldo de cultivo de Fe de Etarras y el resultado ofrece pasajes sencillamente descacharrantes. Martín como etarra cobarde y nacido en la Rioja, Ainara y Álex como amantes dentro del seno de una banda terrorista dando sus estertores de muerte y “Pernando” un albaceteño que quiere ser miembro por pleno derecho del grupo (con apodo incluido) porque defiende la causa y “odia España” son los personajes que protagonizan gags memorables como el del trivial, el primer encuentro con los personajes de Luis Bermejo (Magical Girl) y Tina Sáinz (Barcelona, Noche de Invierno) las obras relacionadas con el plato de ducha y el tabique del piso o la de la gigantesca bandera de España dan buena muestra del control del timing que los dos guionistas y el director tienen del material con el que están trabajando.




Con un cuarteto de protagonistas en estado de gracia, pero comandados por un Javier Cámara que devora el encuadre cada vez que la cámara repara en su presencia, un guión que sin explotar al 100% el potencial que tienen en su poder consigue estructurarse de manera adecuada y sacar momentos de comedia potente en no pocas ocasiones y una dirección muy profesional por parte de Borja Cobeaga Fe de Etarras es no sólo un proyecto muy competente que da muestras del buen gusto de los responsables de Netflix España a la hora de producir cine patrio, sino también una amalgama de vanguardia y clasicismo en la que se aunan por un lado las ganas de intentar mirar atrás sin ira con respecto a algo tan terrible como el terrorismo de ETA, que es parte de la historia reciente de nuestro país, ridiculizando a aquellos que la construyeron y perpetuaron y por otro el legado del cine de maestros como los anteriormente citados, Berlanga y Azcona, que nos demostraron que se podía utilizar un género como la comedia para hablar de temas que no tenían ninguna gracia y que eran indivisibles de la personalidad de este país repleto de claroscuros y tragicomedia que responde al rimbombante nombre de España.



jueves, 19 de octubre de 2017

Blade Runner 2049



Título Original Blade Runner 2049 (2017)
Director Denis Villeneuve
Guión Hampton Fancher y Michael Green, basado en personajed de Philip K. Dick
Reparto Ryan Gosling,  Harrison Ford,  Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright, Mackenzie Davis, Carla Juri, Lennie James, Dave Bautista, Barkhad Abdi, David Dastmalchian, Hiam Abbass, Edward James Olmos





Tres décadas y media tuvieron que pasar para que Warner Bros y Ridley Scott pudieran sacar adelante una secuela de Blade Runner, la mítica cinta de 1982 inspirada en la novela ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? de Philip K. Dick que pasó sin pena ni gloria por las carteleras de todo el mundo para, con el paso de los años, convertirse en un clásico de la ciencia ficción y la prematura cumbre de la carrera del director de Alien: El Octavo Pasajero o Gladiator. Blade Runner es una pieza vital para entender la posterior evolución del género al que se adscribió y lo consiguió gracias a la alquímica conjunción de un grupo de profesionales que consiguieron crear algo genuino y rompedor, una mezcla de cine negro y distopía adscrita al cyberpunk que detrás de su mezcolanza de géneros planteaba dilemas morales y metafísicos sobre la identidad, la muerte, la libertad o qué nos hace humanos, casi imposibles de descifrar al primer visionado de la obra, pero que se iban detectando con las revisiones y los análisis de la misma.




Hace un par de años saltaba la noticia. Ridley Scott, continuando esa fiebre revival con la que quiere explotar grandes éxitos de su filmografía previa sin saber o querer admitir que son piezas que nunca le han pertenecido en exclusividad, definitivamente se lanzaba con su productora Scott Free y el respaldo de Warner Bros a realizar la secuela de su tercer largometraje. Suponemos que en un momento de lucidez, y después de ver el pobre recibimiento que tuvo Prometheus como precuela de Alien, Scott decidió ceder la silla del director y ofrecérsela al quebequés Denis Villeneuve, uno de los cineastas más talentosos del panorama cinematográfico internacional que ha demostrado sobradamente su valía con piezas tan remarcables como IncendiesPrisioneros, Enemy, Sicario o La Llegada, destilando soltura tanto al abordar piezas más íntimas y personales como producciones más  adscritas a la idiosincrasia hollywoodiense, siempre tratando de imprimir su huella en unos y otros trabajos independientemente sus presupuestos o aspiraciones artísticas.




También fue, en principio, una acertada elección que se recuperara a Hampton Fancher (guionista del  film original junto a David Webb Peoples) que colaborando con Michael Green (Logan, Alien Covenant, Green Lantern) se ocuparía de dar forma al libreto de esta secuela. Por último no sólo se recuperó a Harrison Ford para volver a dar vida a Rick Deckard, también se le dio el papel protagonista a un Ryan Gosling que saboreaba las mieles del éxito y al que escoltaron un excelente grupo de secundarios formado por Ana de Armas (Juego de Armas), Robin Wright (Forrest Gump), Jared Leto (Escuadrón Suicida), Sylvia Hoeks (La Mejor Oferta), Mackenzie Davis (Marte) o Dave Batista (Guardianes de la Galaxia) entre otros. Si todo esto lo rematamos con la dirección de fotografía de una maestro de maestros como Roger Deakins, que ha trabajado con los más grandes, Blade Runner 2049 lo tenía todo para ser, como mínimo, una digna secuela de la cinta original. Por desgracia no ha sido así y el resultado se antoja escandalosamente decepcionante.




En 2049, treinta años después de los hechos acontecidos en la cinta original, el agente K (Ryan Gosling), un replicante Nexus 8 que ejerce como blade runner dedicándose a cazar a otros replicantes, descubre durante una de sus misiones algunos datos relacionados con hechos del pasado que pueden suponer una revolución dentro de la bioingeniería. Con la ayuda de Joi (Ana de Armas) su amante holográfica y siendo asediado por miembros de la organización Wallace Corporation, heredera de la Tyrell Corporation de la cinta de 1982, comandada por el diseñador y fabricante de replicantes Niander Wallace (Jared Leto) K se verá en la obligación de dar con el paradero de la única persona que puede resolver sus dudas, Ricke Deckard, el blade runner retirado que conoce las respuestas que dan sentido a toda una trama conspirativa relacionada con los replicantes y el lugar que ocupan en el planeta Tierra.




Vaya por delante que un servidor es un espectador y cinéfilo con la mente abierta a todo tipo de experiencias cinematográficas independiemente de su origen, naturaleza o género. Durante meses he esperado con una considerable ilusión el estreno de Blade Runner 2049, de la que demendaba al menos una secuela que honrara el legado de la película primigenia, y a la que me he enfrentado haciendo oídos sordos a las voces que la tildaban de obra maestra superior a la cinta de 1982 o las que proclamaban que era una mala película cuya simple exsistencia era un insulto, a lo que habría que sumar la poca importancia que he dado a su poco remarcable recaudación en taquilla. Pero aún habiéndome adentrado en la sala totalmente libre de prejuicios y con la esperanza de que un proyecto innecesario acabara convirtiéndose en un largometraje que mereciera la pena la cruda realidad me ha demostrado cuan equivocado estaba.




Sería una necedad afirmar que en Blade Runner 2049 no hay buenas intenciones por mucho que no deje de ser un proyecto perpetrado por simple interés monetario y que en ciertos aspectos los responsables detrás de ella han puesto todos los medios y no han escatimado en gastos para que esta secuela mantuviera la atmósfera y la fidelidad necesarias para ser una digna heredera de su hermana mayor, pero el resultado sólo se cumple a medias en este sentido. Dejaremos de lado el hecho ineludible de que los efectos especiales artesanales de Douglas Trumbull lucen a día de hoy mucho más espectaculares y trabajados que las ingentes cantidades de CGI utilizadas para dar vida por medio del pixel en 2017 lo que en 1982 quedaba mucho mejor con superposiciones de imágenes y maquetas y trataremos de no hacer sangre con la competente banda sonora de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch que palidece ante la de Vangelis, pero aún así encontraremos deficiencias que hacen que el film de Villenueve quede lejos del espíritu del rodado hace 35 años por Ridley Scott.




Denis Villeneuve trata en Blade Runner 2049 de repetir, sin éxito, la fórmula que le funcionó magistralmente en La Llegada, conseguir una perfecta comunión entre imagen y sonido que conviertan su puesta en escena en una experiencia sensorial que epate al espectador por medio de la pantalla y los equipos de altavoces de los multicines El problema es que en la cinta que nos ocupa se excede brutalmente en su cometido e inyecta a este nuevo experimento de armonía cinematográfica una forzada grandilocuencia arquitectónica en lo visual y uno desorbitados y sobredimensionados efectos de sonido en la banda sonora, repleta de sintetizadores, que llegan a saturar a la platea hasta resultar alarmantemente molesta. Por lo demás poco más negativo se le puede poner a la labor del canadiense detrás de las cámaras, ya que gracias a su talento y entereza como realizador es el que mejor parado sale del largometraje mientras intenta sacar oro de un guión que no contiene en su interior más que hojalata.




Porque si hay algo que hiere de muerte a Blade Runner 2049 es un paupérrimo guión indigno de 35 años de espera. Hampter Fancher y Michael Green plantean por medio de la escritura temas que ya estaban en la película de Ridley Scott como la esclavitud, la posibilidad de la existencia del alma  o el hecho de que seres artificiales puedan experimentar sentimientos humanos, pero están planteados de manera tan plumbea, se abordan tan superficialmente y cuando los tratan de exponer en pantalla el resultado se antoja tan innecesariamente sobreexplicado en boca de los protagonistas (el de Jared Leto es un tutorial con patas) que cualquier parecido con el enorme trabajo previo del mismo Fancher y David Web Peoples sea pura coincidencia. Sirva como síntesis de esto que afirmamos el hecho de que cinco minutos de soliloquio farragoso y retórico por parte del Niander Wallace de Jared Leto no contiene ni un 25% de las reflexiones filosóficas y existenciales que atesoraban dos líneas de diálogo salidas de la boca del Roy Batty de Rutger Hauer.




Más allá de que el guión de Blade Runner 2049 no sepa captar casi nada del inabarcable subtexto y trasfondo humanista de la anterior entrega también nos encontramos en el mismo subtramas que no aportan nada a núcleo narrativo de la obra. El personaje de una esforzada y encantadora Ana de Armasm, que no deja de ser un fallido rol femenino cuya única intención es potenciar emocionalmente al masculino, no aporta absolutamente nada al personaje de K, de hecho si su historia de amor (cuyo planteamiento lo abordó con mucho más acierto Spike Jonze en la muy recuperable Her) se viera extirpada de la trama central el film no cambiaría un ápice, ya que la evolución, más bien pobre, que experimenta el personaje de Ryan Gosling no tiene nada que ver con su relación con su amante holográfica y sí mucho con el "viaje del héroe" que protagoniza hasta llegar a Rick Deckard. Estas carencias argumentales dan claros síntomas de que el guión necesitaba unas cuantas vueltas más para ser todo lo consistente que debiera y tiempo sus autores han tenido de sobra.




Algo parecido, pero de manera menos grave, sucede con el Rick Deckard de Harrison Ford y esta vez más por la poca implicación del actor de la saga Indiana Jones con el proyecto que por la escritura . No sé si el intérprete estadounidense se llevó al set de rodaje el poco apego que siempre ha tenido por su personaje en la cinta original, por mucho que desde hace años lo niegue, pero el rol al que da vida en Blade Runner 2049 poco o nada tiene que ver con el Rick Deckard que todos conocemos, y no vale la excusa de que han pasado tres décadas, el ex blade runner ha pasado considerables penurias o que ahora es un anciano, porque si no contamos la pelea en el bar con K y algunos momentos de su conversación con el personaje de un esforzado Jared Leto, que hace lo que puede con el material que han puesto en sus manos, podríamos afirmar que el marido de Calista Flockhart participó en el film para llevarse su correspondiente cheque bien abultado y de paso darle alguna que otra hostia real al protagonista de La La Land.




Por último debemos reparar en Ryan Gosling y su personaje protagonista. Era lógico que el canadiense, al interpretar a un replicante, recurriera a una cierta inexpresividad y contención para dar vida, artifical, a su rol, pero lo de que nos cuele la enésima repetición de su papel en Drive, de Nicolas Winding Refn, es agotador. Parece como si el  actor de The Believer sólo estuviera un poco más implicado en la causa que Harrison Ford, y no vamos a negar que hay un notable esfuerzo físico por su parte para estar a la altura de una superproducción como la que nos ocupa, pero el escaso desarrollo de su personaje, los vanos intentos por parte del guión por darle algo de profundidad a su personalidad poniendo en duda sus orígenes como producto fabricado en un laboratorio y su paupérrima relación de amor, que sólo ofrece de interés una atípica y destacable secuencia de sexo, confirman que Gosling no era la mejor elección de casting para dar vida a K, convirtiéndose en otro de los muchos fallos que comete Blade Runner 2049 como obra cinematográfica.




Con un protagonista que no conecta totalmente con la trama, unos secundarios que deben luchar por ser convincentes dando vida a personajes planos y esterotipados (las frases lapidarias de Sylvia Hoeks como Loev son penosas y la escena de la manicura es de un trazo grueso imperdonable) un excesivo metraje que mantiene el tipo gracias a la muy convincente labor conjunta de Denis Villeneuve y Roger Deakins detrás de las cámaras y algunos pasajes que faltan el respeto y manchan el buen nombre de la obra de 1982 (vergonzoso utilizar en la escena de las escaleras el tema de Vangelis que sonaba durante la muerte de Roy Batty) Blade Runner 2049 confirma lo que no queríamos admitir, que si teniéndolo todo para ser una pieza digna, gracias a la implicación de un grupo de profesionales intachables, este es el resultado, lo mejor hubiese sido que nos ahorraran esta innecesaria secuela que, a diferencia de su predecesora, sí se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia.


viernes, 13 de octubre de 2017

Kingsman: El Círculo de Oro



Título Original Kingsman: The Golden Circle (2017)
Director Matthew Vaughn
Guión Jane Goldman y Matthew Vaughn basado en el cómic de Mark Millar y Dave Gibbons
Reparto Taron Egerton, Colin Firth, Julianne Moore, Mark Strong,  Halle Berry, Pedro Pascal, Channing Tatum, Jeff Bridges, Elton John, Bruce Greenwood, Emily Watson, Edward Holcroft, Hanna Alström, Sophie Cookson, Michael Gambon, Poppy Delevingne, Björn Granath, Samantha Womack,  Matt Letscher, Tom Benedict Knight, Alessandro De Marco





Además de uno de los guionistas más prolíficos del mundo del cómic el escocés Mark Millar es un tipo muy inteligente. Después de haber pasado por las dos editoriales más importantes de Estados Unidos dejando su impronta en obras tan conocidas como Superman: Hijo Rojo en DC o Civil War en Marvel decidió en 2013 crear su propia compañía, Millarworld, con la que realizar sus propias creaciones siempre acompañado de ilustradores de primera línea como John Romita Jr (Kick-Ass), Steve McNiven (Nemesis) o Frank Quitely (Jupiter's Legacy) y con la mirada continuamente puesta en un Hollywood que cada vez se interesaba más por adaptar su obra al celuloide. Uno de los directores que más veces ha llevado a la pantalla grande el trabajo de Millar es el británico Matthew Vaughn que ya lo hizo con Kick-Ass y Kingsman: Servicio Secreto, film de 2014 inspirado en el cómic que el autor de The Authority ideó junto al dibujante Dave Gibbons (Watchmen).




La cinta protagonizada por Colin Firth, Taron Egerton, Samuel L. Jackson, Michael Caine o Mark Strong no sólo superaba considerablemente a la obra original en viñetas que no pasaba de entretenimiento cumplidor, también se reveló como una pieza demencialmente divertida con la que el autor de Stardust o Layer Cake se mostraba como uno de los directores de cine de acción más resueltos del panorama cinematográfico actual, algo de lo que previamente ya había dado buenas muestras en Kick-Ass y X-Men: Primera Generación. La prensa especializada recibió considerablemente bien Kingsman: Servicio Secreto y la taquilla respondió en consecuencia ante la propuesta ideada por Vaughn y su habitual colaboradora, Jane Goldman, de modo que la idea de una secuela empezó a gestarse en las oficinas de 20th Century Fox y Marv Films, productora propiedad del mismo Vaughn, poco después del éxito a nivel mundial de la primera entrega.




Kingsman: El Circulo de Oro es la demostración y confirmación de que la obra secuencial de Mark Millar ha cobrado una dimensión tran grande que, al igual que le ha sucedido a otros autores como Frank Miller o George R.R. Martin ya dentro de la literatura, Hollywood ha llegado a fagocitarla. Esta secuela de 2017 no está basada en ningún cómic del guionista escocés, porque nunca llegó a publicar una secuela de Kingsman: Servicio Secreto en la que Matthew Vaughn y Jane Goldman pudieran inspirarse. Evidentemente esto no resultó un impedimento para que la maquinaria se pusiera en funcionamiento, con el beneplácito del mismo Millar, y la secuela fuera tomando forma con el reparto de la primera parte casi al completo y algunos nuevos fichajes como los de  Julianne Moore, Halle Berry, Pedro Pascal, Channing Tatum, Jeff Bridges o el cantante Elton John.




Los hechos de Kingsman: Golden Circle acontecen un año después de los del primer largometraje y estos toman como inicio la destrucción de la sede central de la agencia secreta Kingsman por parte de Poppy Adams, una perturbada empresaria que es la cabeza visible de una organización terrorista llamada Círculo de Oro que se dedica a distribuir a nivel global narcóticos adulterados cuyos efectos son letales para aquellos que los consumen. Eggsy y Merlín, que son los únicos supervivientes de los Kigsman, deberán viajar a Estados Unidos y hacer parada en Kentucky para asociarse allí con los Stateman, otra organización norteamericana dedicada al espionaje que usa como tapadera una destileria de whisky y que pondrá a disposición de los dos agentes británicos algunos de sus mejores hombres para encontrar a Poppy y desarticular su imperio del crimen.




Matthew Vaughn y Jane Goldman juegan la carta de la sinceridad desde el primer momento en Kingsman: El Círculo Dorado. La secuencia del taxi que abre el largometraje es toda una declaración de principios por parte de la obra ya que en esos poco más de diez minutos se condensa toda la esencia de esta secuela que hace suya la ley del "más y mejor" pero con unos resultados considerablemente meritorios. Escenas de acción física imposibles, persecuciones automovilísticas inverosímiles (con el derrape más largo de la historia del cine), una resistencia a los golpes fuera de lo común por parte de los dos implicados y brazos mecánicos controlados a distancia que son capaces de hackear los sistemas de seguridad de la agencia secreta más poderosa de Gran Bretaña. Llegados a este punto sólo queda tomarlo o dejarlo y si el espectador decide dejarse llevar por la propuesta de los autores la recompensa merece la pena.




Esta secuela de Kingsman: Servicio Secreto es nuevamente una parodia hiperbólica y exagerada de las películas de James Bond, sobre todo de las más vitriólicas que podrían fácilmente ser las protagonizados por Roger Moore a lo largo de la segunda mitad de los 70 y la primera de los 80, tomando de ellas no pocas ideas narrativas, estilísticas y conceptuales. Esta seña de identidad que nacía en el cómic de Mark Millar y Dave Gibbons y de la que se alimentaba el primer film es aquí llevada a un nuevo nivel con un encadenado continuo de secuencias de acción frenética que aún llegando e ocasiones a adentrarse en el complicado e inestable terreno de lo granguiñolesco siempre salen airosas gracias a la excelente labor detrás de las cámaras de un Matthew Vaughn que hasta del exceso de CGI sabe sacar partido a lo largo de su último proyecto como realizador.




En este contexto volvemos a encontrarnos agentes secretos de una condición física sobrehumana, villanos casi indestructibles y carismáticamente unidimensionales, persecuciones, tiroteos, hemoglobina salpicando a la cámara, atronadora música pop acompañando las coreografías de destrucción y muerte protagonizadas por los personajes y situaciones tan disparatadas que sólo podrán ser disfrutadas si nos entregamos sin miramientos una suspensión de la credibilidad que nos permita meternos de lleno en la montaña rusa que nos propone Matthew Vaughn. En el proceso, y al igual que sucedía con la película primigenia Kingsman: El Círculo Dorado contiene no pocos pasajes memorables en los que la violencia explícita, la bravuconería, el potente acabado técnico y la estupidez se dan la mano para ofrecer algunos de los momentos más divertidos vistos delante de una pantalla este 2017.




Al bastante convincente trío de protagonistas de la primera entrega, Taron Egerton, Mark Strong y Colin Firth se unen nuevos fichajes como unos episódicos Channing Tatum y Jeff Bridges, una encantadora Halle Berry y unos divertidos Bruce Greenwood y Emily Watson. Pero son Juliane Moore y sobre todo Pedro Pascal los mejores fichajes de Kingsman: El Círculo de Oro. La primera por abordar desde la contención y una sempiterna sonrisa su deliciosa villana de opereta y el segundo por convertir a su agente Whiskey en el mejor personaje de todo el largometraje siendo el protagonista de algunas de las mejores secuencias de acción del film. Por último especial mención a Elton John cuyas penosas dotes interpretativas son proporcionales a su impagable sentido del humor y la autoparodía que le permiten formar parte de los mejores gags cómicos de la película, como el de la patada voladora o el del perro robot en la bolera.




Más alocada y divertida que su predecesora, también menos consistente narratívamente y algo pasada de rosca que aquella, Kingsman: El Círculo Dorado no sólo es consecuente con lo que pudimos ver en la primera película, también respeta la esencia del cómic de Mark Millar y Dave Gibbons, Matthew Vaughn, Jane Goldman y el resto de colaboradores implicados en el largometraje ofrecen ingentes cantidades de fruición, salvajismo, falsa incorrección política (su mensaje en contra del consumo de drogas es tan simplista como inesperado) y humor negro o escatológico (el impagable comentario del anciano del asilo después de la situación con el teleférico) son suficientes ingredientes agradables para que los 141 minutos que dura la cinta pasen en un suspiro, la propuesta haga disfrutar a los espectadores y estos la olviden inmediatamente después de salir de los multicines en los que la proyecten. Nadie le ha pedido más al director británico ni él se ha visto en la necesidad de ofrecerlo.


jueves, 12 de octubre de 2017

El Juego de Gerald, sola en la oscuridad



Título Original Gerald's Game (2017)
Director Mike Flanagan
Guión Jeff Howard y Mike Flanagan, basado en la novela de Stephen King
Reparto Carla Gugino, Bruce Greenwood, Henry Thomas, Kate Siegel, Carel Struycken, Chiara Aurelia




La Torre Oscura, It, próximamente 1922 y a modo de series televisivas La Niebla y Castle Rock. Este año 2017 las adaptaciones a la pantalla grande y pequeña de novelas de Stephen King están de enhorabuena y no porque todas ellas estén siendo un éxito (mientras el film de Andrés Muschietti se ha convertido en la película de terror más taquillera de la historia la traslación a imágenes en movimiento de las aventuras del pistolero Roland Gilead ha sido un considerable batacazo de taquilla) sino porque no se recuerda a corto plazo una temporada con tanta y tan variopinta propuesta centrada en trasladar la palabra del autor de Maine a los medios audiovisuales. Netflix también se ha subido el carro y el pasado 29 de septiembre estrenó dentro de su catalogo El Juego de Gerald, versión cinematográfica de la novela homónima de King editada en 1992 que la plataforma streaming se ocupa de distribuir estando protagonizada por Carla Gugino (Sin City) y Bruce Greenwood (Kingsman: El Círculo de Oro) entre otros. El encargado de dirigir y co escribir, junto a Jeff Howard, el largometraje es el cineasta Mike Flanagan, conocido dentro de los círculos del cine de terror por algunas de sus obras previas como Ouija: El Origen del Mal, Hush, Somnia: Dentro de tus Sueños (Before I Wake) o la saga Oculus.




Como novela El Juego de Gerald se alejaba un poco del terror más ortodoxo cultivado por Stephen King en obras como El Resplandor, El Misterio de Salem’s Lot o Cementerio de Animales y se acercaba más a relatos de suspense como Misery, Ojos de Fuego, La Zona Muerta o algunas de las piezas que escribió bajo el pseudónimo Richard Bachman como Carretera Maldita (Roadwork). La historia narra cómo un matrimonio de mediana edad formado por Gerlad (Bruce Greenwood) y Jessica (Carla Gugino) decide pasar un fin de semana en una casa a las afueras de la ciudad para intentar despertar su algo aletargada vida sexual. Justo cuando empiezan a realizar lo que pareja llamaba el “Juego de Gerald”, consistente en esposar a la mujer al cabecero de la cama, este sufre un infarto de miocardio fulminante que lo mata en acto dejando a Jessica maniatada, alejada de la civilización y a merced de un perro hambriento y un extraño individuo al que ella llama “Luz de Luna. La mujer tratará de salir viva de esta situación límite sirviéndose sólo de su ingenio e instinto de supervivencia, aunque no sin antes enfrentarse en el proceso a muchos de los fantasmas de su pasado que harán acto de presencia cuando su sus facultades mentales comiencen a mermar.




Vaya por delante que la versión cinematográfica de El Juego de Gerald es considerablemente fiel a la novela en la que se basa, tanto que hace unos días hubo cierta polémica cuando el largometraje se estrenó por el hecho de que Mike Flanagan y sus colaboradores han querido ser tan respetuosos con el material original que han incluido tal cual el prólogo del libro que en su momento fue acusado de romper el tono del trabajo de Stephen King, pero de eso puntualizaremos algún detalle más adelante. Lo cierto es que sin ser una obra brillante la película de Mike Flanagan tiene algunos alicientes y aciertos que la convierten en una pieza meritoria, tan sencilla como bien ejecutada y con varios pasajes memorables. Vaya por delante que trasladar al medio audiovisual un trabajo literario que ocurre casi en su totalidad en la mente de su personaje protagonista es de un mérito para quitarse el sombrero y tanto Flanagan como Jeff Howard consiguen mantener el interés del espectador gracias a una escritura sólida y bien estructurada que alterna el tour de force entre sus dos actores principales con los flashbacks de la infancia del personaje de Jessica que se suceden a lo largo de casi todo el metraje.




En cuanto a la dirección del autor de Absentia podemos hablar de tres grandes virtudes a la hora de abordar un producto como el que nos ocupa. En primer lugar consigue adaptar su puesta en escena a una casi única localización que es la habitación de matrimonio donde sucede el grueso del relato, consiguiendo transmitir por medio de las cuidadas angulaciones, sutiles movimientos de cámara y la colocación de los encuadres una continua y creciente sensación de claustrofobia y amenaza que recae completamente en el personaje de Carla Gugino. En segundo lugar consigue ejecutar un puñado de escenas considerablemente efectivas relacionadas con el “Moonlight Man” que eludiendo jump scares de baratillo y efectismos innecesarios llegan a transmitir una perversa inquietud que dan muestra clara de que el cineasta estadounidense lleva años curtiéndose dentro del género de terror. Por úlitmo, y aunque es algo que cualquier cineasta con un mínimo de inteligencia haría, Flanagan se dedica a dar cancha a su pareja de protagonistas para que puedan deslumbrar con un trabajo que es casi una obra de teatro en la que ambos aprovechan al máximo el entorno perfecto en el que se encuentran para explotar concienzudamente sus capacidades interpretativas.




Porque si algo destaca en un proyecto como El Juego de Gerald es su pareja de protagonistas. El canadiense Bruce Greenwood aborda con soltura un papel que parece hecho a su medida, el de hombre y marido ejemplar que esconde ciertas conductas oscuras en su psique que irán saliendo a la luz poco a poco aunque la mayor parte de ellas sean puestas en tela de juicio desde la personal visión de su esposa. En cambio Carla Gugino realiza el mejor trabajo de toda su carrera con un rol complicado tanto física como psicológicamente, teniendo que que realizar la mayor parte de su trabajo sentada y atada a una cama y recibiendo por fin un reto interpretativo en el que su belleza o físico no tienen por qué determinar la personalidad del personaje. Entregada a la causa, recibiendo inestimable ayuda de unos magníficos efectos de maquillaje y protagonizando uno de las escenas mejor realizadas en cuanto a violencia explícita de lo que llevamos de año (la demostración de que no son necesarios litros de hemoglobina y cantidades industriales de vísceras para realizar una escena impactante que transmita malestar al espectador) la actriz de Watchmen resuelve con nota la difícil tarea de dar vida a un personaje tan interesante y poliédrico como el de Jessica.




Con varios puntos en común con otras de las mejores, y menos conocidas, adaptaciones de novelas de Stephen King al celuloide como Eclipse Total (Dolores Claiborne) o Cujo, un epílogo que sin ser desdeñable sí se asemeja al del libro en que rompe en cierta manera la atmósfera onírica de gran parte del relato (aunque siempre es un placer ver a Carel Struycken en pantalla sea dentro o fuera de Twin Peaks) y hasta unos secundarios que con su breve aparición demuestran veteranía (Henry Thomas) y un prometedor futuro (Chiara Aurelia) El Juego de Gerald no será recordada en un futuro como una gran película o una pieza que marque un antes y un después dentro de las traslaciones cinematográficas, o televisivas, de relatos del autor de Maine. Pero gracias a la meritoria labor de sus equipos técnico y artístico y a la inteligencia demostrada por sus principales responsables a la hora de mantener el subtexto perverso y nada complaciente del autor de Christine o Los Chicos del Maiz, que no siempre es respetado cuando la letra se extrapola al celuloide, nos encontramos con un producto que merece la pena el visionado dejando claro con su eficiencia que la obra literaria del padre de Joe Hill sigue siendo una efectiva fuente de inspiración para Hollywood.


martes, 10 de octubre de 2017

Iron Fist: Primera Temporada, el fulgor del dragón



"Soy Iron Fist, protector de K'un-Lun y enemigo jurado de La Mano"




El "Inmortal Puño de Hierro", como se conoció en España por medio del mundo de las viñetas, es el cuarto personaje de Marvel Cómics que protagoniza serie propia en Netflix. Su primera temporada supone el quinto episodio dentro del universo televisivo que la plataforma de streaming ha diseñado con Marvel Studios y cronológicamente está situada entre los debuts de Luke Cage y Los Defensores. Para dar vida al alter ego de Danny Rand se eligió al actor británico Finn Jones, conocido principalmente por su intervención en la serie Juego de Tronos dando vida a Ser Loras Tyrell, el "Caballero de las Flores". A él le acompañan Jessica Henwick (Star Warks VII: El Despertar de la Fuerza), Jessica Stroup (Ted), Tom Pelphrey (Banshee) y David Wenham (300) entre otros y como showrunner del programa encontramos a Scott Buck (Dexter) que también se ha ocupado de la muy vapuleada serie Los Inhumanos, inspirada una vez más en personajes de la Casa de las Ideas.




Poco antes del estreno oficial de Iron Fist en Netflix la plataforma puso a disposición de la prensa especializada los seis primeros episodios de la temporada y la respuesta negativa por parte de los periodistas que la vieron no se hizo esperar demasiado, Tal fue el revuelo que levantaron las no pocas reseñas negativas que recibió la serie que el mismo Finn Jones salió en defensa de la producción de Marvel Studios con unas no muy acertadas declaraciones que no hicieron ningún bien al recibimiento del show. Una vez estrenada la tanda de capítulos la respuesta por parte del público no se alejó demasiado de la de los críticos, afirmando que Iron Fist era la peor de los series adscritas al MCU y distribuidas por Netflix, osadía esta que un servidor no puede compartir del todo y que tratará de rebatir, en la medida de lo posible, más adelante en esta misma entrada.




Iron Fist como personaje de cómic debutó en en el número 15 de la colección Marvel Premiere a manos del guionista Roy Thomas y el dibujante Gil Kane en el año 1974. Ya fuera en solitario o formando equipo con Luke Cage, entre otros, en Héroes de Alquiler o Power Man y Iron Fist Danny Rand se convirtió en un personaje de Marvel que si bien nunca conoció la fama de coetaneos como Spider-Man, Lobezno o Iron Man sí llegó a ser un rol clave dentro de la vertiente más urbana de la editorial estadounidense compartiendo el rol de "Maestro del Kung Fu" con el mítico Sang Chi, de Steven Englehart y Jim Starlin, con el que  inevitablemente llegó a compartir más de una viñeta. Si el ya mencionado Luke Cage era la respuesta de la Casa de las Ideas al blaxploitation cinematográfico, Puño de Hierro lo era a la fiebre del celuloide de artes marciales, encabezado por Bruce Lee, que a lo largo de los 70 y 80 invadió las pantallas y videoclubs de medio mundo.




La versión televisiva de Iron Fist comienza con el regreso de Danny Rand a New York después de haber pasado quince años desaparecido después de, supuestamente, haber muerto en un accidente de avión con sus padres cuando era un niño. Danny ha regresado a su ciudad de origen para fomar parte de Rand Enterprises, la empresa que fundó su progenitor, y que hoy está regida por los hermanos Ward y Joey Meachum, amigos de infancia de Danny e hijos del mejor amigo de su padre, Harold, también fallecido. Poco a poco iremos descubriendo la personalidad secreta del protagonista, la de Iron Fist, un guerrero experto en artes marciales que gracias al entrenamiento que recibió en la ciudad de K'un Lun, situada en el Himalaya consiguió los poderes que le permiten canalizar su chi para convertir su puño derecho en un arma de fuerza sobrehumana que destruye todo lo que golpea y cuya misión es vencer a la organización criminal La Mano, representada por la letal Madame Gao.




Contrariamente a lo que se dijo en su momento Iron Fist no es una mala serie, principalmente porque, al igual que Daredevil, Jessica Jones o Luke Cage, consigue eludir, con más o menos fortuna, la mayor parte de los clichés adheridos a las producciones televisivas superheróicas ofreciendo unos resultados en cierta manera originales en comparación con productos como Supergirl, Agentes de SHIELD o The Flash. Pero de lo que Iron Fist sí puede ser acusado, con todas las de la ley, es de ser un producto que en no pocas ocasiones se adentra en el fanganoso terreno de la mediocridad por culpa de una tibieza impropia de las producciones Marvel/Netflix, que evidentemente nunca han sido un dechado de ficción de autor, pero sí hacían gala de cierta pátina de personalidad marcada que se adecuaba a los distintos géneros en los que se aventuraban las correrías del resto de miembros del grupo los Defensores.





El mayor pecado que comete una serie como Iron Fist es que siendo un relato protagonizado por un personaje cuya principal característica es ser un experto en artes marciales no sólo contiene pocas escenas de lucha a lo largo de sus trece episodios, sino que las que sí podemos ver en pantalla, sobre todo en los primeros cinco episodios, están póbremente coreografiadas y ejecutadas. Resulta chocante que después de lo realistas y potentes que fueron las secuencias de acción física de las dos primeras temporadas de Daredevil las que tienen lugar en la de Iron Fist, que deberían ser los mejores pasajes técnicos del recorrido del show, se muestran de cara al espectador de manera tan desangelada y tibia que se antoja difícil de creer. Sólo en los tres últimos episodios podemos ver algunos combates que sí merecen la pena, como el que tiene lugar en el clímax final y en el que Danny saca todo el poder del Puño de Hierro. En ese sentido la serie no da la talla cuando debería ser el apartado en el que cogieran más fuerza la trama central y el personaje principal.




Por otro lado también es de recibo mencionar que a lo largo de toda la temporada es la trama de los Meachum la que devora el resto de líneas argumentales de la obra, incluida la del personaje protagonista que en no pocos episodios parece un rol secundario condicionado a los actos realizados por sus socios. Las traiciones, resurrecciones, adicciones, intrigas o juegos de poder y muerte que implican a Harold, Ward y Joey hacen que el grueso de Iron Fist parezca una actualización estilizada de Falcon Crest, incluso mostrando la familia de empresarios y criminales más de un punto en común con los Channing del culebrón protagonizado por una diabólica Jane Wyman en los años 80, en la que su equipo de guionistas parecen tener más interés por saber en manos de quién acabará Rand Enterprises que por la resolución de la cruzada que Iron Fist mantiene contra La Mano y que debería vascular el núcleo central del relato.




En cuanto al reparto es inevitable citar el considerable error de casting que supone haber elegido a Finn Jones para dar vida a Danny Rand y su alter ego superheróico, con el que poco tiene que ver interior o exteriormente, sobre todo en lo referido a su contrapartida en las viñetas. Vaya por delante que el actor británico se esfuerza notablemente a la hora de ejecutar su trabajo y sería de necios afirmar que no se implica a la hora de, sobre todo en las escenas físicas, dar lo mejor de sí mismo. Pero el intérprete de la futura Leatherface es al anticarisma en persona, un actor que no tiene las facultades adecuadas para dar vida a un arma letal andante como Puño de Hierro que hubiera sido mucho mejor interpretado por un tipo de actor más ducho en artes marciales como Scott Adkins o aquel Ray Park que durante años fue candidato a dar vida al personaje. Profesionales estos mucho más austeros y limitados pero que hubieran dado perfectamente el perfil para ejecutar a un creíble Iron Fist.




Aunque previamente hemos mencionado que la subtrama familiar de la familia Meachum era la que de manera innecesaria más tiempo robaba en esta temporada de Iron Fist también es de recibo afirmar que los actores que la protagonizan hacen el mejor trabajo de la serie. Jessica Stroup acomete bien su labor dando vida a Joey y esa ambigüedad en la que se adentra su rol en la recta final de show puede dar buenos frutos en el futuro. Pero son un enorme David Wenham y un superlativo Tom Pelphrey los que mejores momentos ofrecen con su trabajo interpretativo. El primero evoluciona de empresario corrupto a asesino sin escrúpulos muy adecuadamente y protagonizando alguna secuencia memorable, la del asesinato del becario, el segundo en cambio lleva a cabo su tarea de una manera tan profesional que, como me comentó mi compañero Daniel Gavilán en una conversación, parece salido de un programa mucho mejor que este Iron Fist que no termina por hacerle justicia.




Del bando de Danny Rand debemos destacar al otro gran descubrimiento de Iron Fist, Jessica Henwick dando vida a Colleen Wing. La actriz británica no sólo da voz y cuerpo a la perfecta mezcla entre belleza y fuerza que exige su personaje, también devora impunemente a Finn Jones cada vez que comparte plano con él sobre todo en lo referido a implicarse en las secuencias de lucha que a a ella se le dan mucho mejor que a él en todos los aspectos. Por otro lado también tenemos cumpliendo sobradamente a la recurrente Rosario Dawson, a Wai Ching Ho o a un carismático y sólido Ramón Rodríguez en la piel de Bakuto, ocupando el lugar de Madame Gao en la Mano y contrarrestando el efecto Cottonmouth/Diamondback de Luke Cage al introducir a mitad de temporada un nuevo villano que esta vez supera al que protagonizó la primera parte de la misma y no al revés, como sí sucedía con los ya mencionados en la serie protagonizada por Mike Coulter.




Aunque es un producto impersonal y realizado con el piloto automático Iron Fist no es lo peor que ha ofrecido Marvel Studios por medio de Netflix, ese dudoso honor lo tiene la segunda mitad de la temporada de Luke Cage cuyo cúmulo de despropósitos argumentales hacen que cualquier error narrativo de la serie que nos ocupa en esta entrada parezca escrito por Aaron Sorkin o David Mamet. Con todo la adaptación televisiva de Puño de Hierro vuelve a confirmar que después de la segunda temporada de Daredevil los productos ofrecidos por la división cinematográfica de la Casa de las ideas en asociación con la casa de Sense 8, Stranger Things o Narcos siguen de capa caída. Por suerte no todo está perdido en este sentido ya que mientras escribo estas líneas ya llevo vistos tres episodios de The Defenders y con ellos parece que la mala racha termina, algo de lo que daré buena cuenta dentro de poco cuando reseñe por estos lares la primera temporada que une a Matt Murdock, Jessica Jones, Luke Cage y Danny Rand.


lunes, 9 de octubre de 2017

Madre!



Título Original Mother! (2017)
Director Darren Aronofsky
Guión Darren Aronofsky
Reparto Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris, Michelle Pfeiffer, Domhnall Gleeson, Brian Gleeson, Kristen Wiig, Cristina Rosato, Marcia Jean Kurtz, Ambrosio De Luca, Hamza Haq, Anana Rydvald, Arthur Holden, Bineyam Girma, Jaa Smith-Johnson, Xiao Sun




Desde que irrumpiera en el festival de Sundance de 1998 con su críptica y claustrofóbica ópera prima Pi: Fe en el Caos Darren Aronofsky ha ido forjando poco a poco una de las filmografías más eclécticas, personales y arriesgadas del siglo XXI. Después del impacto generacional que causó Requiem Por Un Sueño y la controversia que trajo consigo La Fuente de la Vida llegaron sus dos mayores éxitos, El Luchador y Cisne Negro, largometrajes protagonizados por Mickey Rourke y Natalie Portman respectivamente que fueron recibidos con honores por crítica y público consiguiendo no pocos premios internacionales, llegando hasta la pugna de los Oscars de sus correspondientes años y ganando el de mejor actriz en el caso de la intérprete de Knight of Cups. Pero cuando parecía que había encontrado la fórmula del éxito, para contentar a unos y a otros el neoyorquino se desmarcó una vez más dando muestras de su carácter indómito con la inusual Noé, su ambiciosa, peculiar y arriesgada visión de las sagradas escrituras que desconcertó a no pocos espectadores que cometieron el error de esperar del cineasta una película religiosa al uso. Pero con su último trabajo Aronofsky ha dejado en anecdótica cualquier polémica que haya podido tener previamente con alguno de sus films, porque desde que tuviera su puesta de largo en el pasado Festival de Venecia Mother! ha levantado ampollas entre espectadores y prensa especializada, sufriendo el rechazo de gran parte de los primeros y una enconada polarización de la de los segundos. Una vez vista la película el hecho que levantara tal revuelo no debería haber cogido a nadie por sorpresa y mucho menos a sus artífices.




A primera vista el punto de partida de Madre! puede parecer sencillo si tenemos en cuenta que narra la historia de un matrimonio, poeta que ha perdido la inspiración él y esposa abnegada ella, que se mudan a un caserón en medio del bosque para comenzar una vida en común y que ven trastocada su existencia a partir de la llegada de una pareja madura que se instala con ellos a petición del marido y sin consultarlo a su mujer. Vaya por delante que abordar el último largometraje de Darren Aronofsky de manera superficial, sólo como una historia realista, es una temeridad de la que el espectador casi con toda seguridad saldrá escaldado, porque desde esa perspectiva la cinta protagonizada por Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris y Michelle Pfeiffer no sólo no tiene pies ni cabeza, sino que puede incitar al sonrojo o la carcajada, sobre todo en su recta final. En cambio, y sin incidir mucho en spoilers, si tomamos las dos partes en las que se divide la obra como una relectura del Antiguo y Nuevo Testamento y comprendemos a “quién” o “qué” representa cada uno de los personajes podremos hacernos una idea más o menos clara de lo que quiere contarnos el director estadounidense con su más reciente propuesta.




Pero que nadie piense que Darren Aronofsky es un iluso o un ingenuo que no sabía que su última película iba a levantar una considerable polvareda. Ya cuando escribió el guión era consciente de que estaba tocando temas tabú, sobre todo para sus compatriotas norteamericanos, como la megalomanía, el egoismo, la religión o la fe y desde una perspectiva profundamente crítica y visceral, de modo que el recibimiento que mother! iba a tener estaba fríamente calculado tanto por él como sus productores y si lo niegan mienten o viven en otro mundo. Esta lectura y no otra es la que ha despertado la ira entra gran parte del público generalista que no sólo se ha encontrado con un producto difícil de descifrar que hunde sus raíces en el Roman Polanski de Repulsión o La Semilla del Diablo (Rosemary’s Baby), el Luis Buñuel de El Ángel Exterminador o el Andrzej Zulawski de La Posesión, sino también con una pieza que al ser desencriptada ofrece un mensaje profundamente misántropo y anticlerical que no deja títere con cabeza por medio de una simbología descarnada y sin concesiones que llega a su culmen en el la recta final en la que el exceso y la locura se apoderan de la cámara del director.




Madre! es una genuina y única experiencia sensorial, una producción en la que la comunión, nunca mejor dicho, entre apartado artístico y técnico alcanza unos niveles de mimetismo sobrecogedores. Al igual que sucedía en el The Wrestler y Black Swan Darren Aronofsky hace un uso recurrente la cámara al hombro para asediar a su protagonista, invadiendo su espacio vital y aumentando de esta manera la atmósfera claustrofóbica y enfermiza del relato por medio de primerísimos planos de Jennifer Lawrence que suponen todo un reto para la protagonista de la saga Los Juegos del Hambre. De esta manera ella es el alma de un relato localizado en una casa que parece tener vida propia y que sólo el personaje principal parece percibir (la protagonista es la única capaz de “sentir el corazón” del inmueble) convirtiendo el hogar del matrimonio en una entidad que siente y padece, como si de una hiperbolización arquitectónica de la Nueva Carne cronenbergiana se tratara, y a la que Aronofsky se ocupa de llenar de putrefacta vida por medio de unos elaborados y calculados efectos digitales y un uso orgánico y minimalista del sonido que a más de un espectador puede llegar a sacar de sus casillas.




Si hay algo que caracteriza a Darren Aronofsky y de lo que ha hecho gala en todos y cada uno de sus films es ser un enorme director de actores. El cineasta estadounidense siempre suele llevar hasta el límite a su intérpretes obligándolos a ir un paso más allá de sus capacidades para estar a la altura de su discurso autoral propenso a sumergirse en el tremendismo y la tragedia, casi siempre con buenos resultados. Jennifer Lawrence se une a ese grupo de actrices como Ellen Burstyn, Jennifer Connelly, Rachel Weisz o Natalie Portman a las que el realizador exprimió física y psicológicamente hasta lo indecente para que abordaran sus personajes desde las mismas entrañas y gracias a ello ejecuta el que hasta ahora es su mejor y más complejo trabajo de interpretación. Ella es el alma de la película y lleva sobre los hombros casi todo el peso del relato llegando a entregarse ciegamente a su comandante en jefe sobre todo en esa orgía de muerte, sangre, vísceras, líquido anmiótico y pólvora que supone el clímax final de la obra. Algo parecido sucede con Javier Bardem que sabe condensar con su excelente labor todo el egoísmo, el sadismo bienintencionado y la condescendia que requiere su rol. Nota aparte para unos excelentes Ed Harris y Michelle Pfeiffer que tiran de tablas y veteranía para dar voz y cuerpo a, posiblemente, los dos personajes más importantes de la historia que con su presencia marcan el principio del fin de la misma.




Aunque ha sido el mayor fracaso de taquilla de toda la carrera de su director y ha despertado las iras más que ninguna otra de sus obras Madre! no sólo es una de las propuestas más potentes, incómodas, anticomerciales y suicidas del 2017, también es una de las obras más profundamente misántropas, desesperanzadas y nihilistas del cine reciente. Al igual que Terrence Malick, David Lynch, Terry Gilliam, Lars Von Trier o Nicolas Winding Refn Darren Aronofsky hace el cine que quiere, como quiere y cuando quiere y por suerte en Hollywood todavía quedan productores que, amando verdaderamente el séptimo arte, son capaces de jugárselo todo a una carta financiando sus personalísimas y brillantes locuras. Después de la disparidad de opiniones de sus dos últimas obras no sabemos hacia dónde se encaminará el futuro del director de The Fountain, pero de lo que sí podemos estar seguros es de que no será un proyecto complaciente o impersonal. Se adentre en mayor o menor medida en la comercialidad, se incline con más o menos intensidad por la sencillez o la complejidad podemos poner la mano en el fuego con respecto a que su próximo paso será una propuesta tan personal como inusual y para llevarla a cabo será capaz de luchar contra viento y marea hasta que consiga sacarla adelante y con ella volver a desafiarnos como espectadores.