miércoles, 24 de septiembre de 2014

Cazafantasmas II, el secreto de los mocos rosa



Título Original Ghostbusters II (1989)
Director Ivan Reitman
Guión Harold Ramis y Dan Aykroyd
Actores Bill Murray, Sigourney Weaver, Dan Aykroyd, Harold Ramis, Rick Moranis, Ernie Hudson, Annie Potts, Peter MacNicol, Harris Yulin, David Margulies, Kurt Fuller, Janet Margolin, Cheech Marin, Brian Doyle-Murray, Ben Stein, Philip Baker Hall, Kevin Dunn, Chloe Webb, Wilhelm von Homburg




El estreno de Los Cazafantasmas en 1984 fue todo un éxito. La cinta se convirtió en una obra de culto y una de las representaciones más cristalinas y palpables de que el cine comercial norteamericano de los años 80 era, en gran parte, de una calidad más que contrastada de cara a unos espectadores que se divertían con unos productos que no les miraban por encima del hombro con la única misión de vaciar sus billeteras. Tras ella llegaron series animadas, videojuegos, juguetes y todo tipo de merchandising, pero de eso hablaremos más adelante. De modo que de manera bastante lógica la gestación de la secuela siempre estuvo presente en la mente de las cabezas pensantes de Columbia Pictures, pero la misma no llegaría hasta un lustro después de la puesta de largo internacional de la primera entrega. Cazafantasmas II vio la luz en 1989 con prácticamente los mismos equipos técnico y artístico de su predecesora, pero por desgracia su paso por la taquilla no fue tan rotundo, como comentaremos un poco más tarde.




Ghostbusters II es una secuela ejemplar, una continuación que respeta escrupulosamente todo lo que hizo grande a la primera entrega de las divertidas correrías de estos cuatro cazadores de entidades ectoplásmicas. En la dirección volvía a ponerse el canadiense Ivan Reitman y del guión una vez más se ocupaban su paisano Dan Aykroyd y el tristemente fallecido Harold Ramis. Estos dos últimos, que en pantalla daban vida a Ray Stantz y Egon Spengler, se sumaron de nuevo Ernie Hudson como Winston Zeddemore, Sigourney Weaver como Dana Barret y Bill Murray, que ponía voz y cuerpo al personaje alma de tanto esta como la anterior película del díptico cinematográfico, el irónico y chulesco Peter Venkman, siempre sin olvidarnos a Rick Moranis como Louis Tully, el abogado de los protagonistas, y Annie Potts como Janine Melnitz la secretaria de los mismos. A ellos se sumarían actores debutantes en la saga como Peter MacNicol en la piel de Janosz Poha y Wilhelm von Homburg como Vigo, el Cárpato, el villano de la velada al que puso voz en la versión original el mítico actor sueco Max Von Sydow.




De nuevo nos encontrábamos con una comedia de ciencia ficción con toques de terror perfectamente dosificados a lo largo del metraje, una revisión dentro del cine fantástico del tipo de humor que venía cultivando Ivan Reitman con Dan Aykroyd, Bill Murray y Harold Ramis en obras como Los Incorregibles Albóndigas o El Pelotón Chiflado. La historia estaba situada cinco años después de que los Cazafantasmas salvaran la ciudad de Nueva York de las garras de Gozer el Destructor con los miembros del grupo inactivos y dedicándose a otras tareas como realizar estudios psicológicos (Egon) animar cumpleaños infantiles con los uniformes que antaño usaron para cazar espíritus (Ray y Winston) o presentar fraudulentos programas esotéricos y paranormales para sacar tajada del medio televisivo (Peter). La amenaza que recae sobre el hijo recién nacido de Danna Barret (recordemos, antigua pareja de Venkman y amiga de los miembros de los Cazafantasmas) y que tiene que ver con un cuadro recién llegado al Museo de Arte de Manhattan, el retrato de un antiguo genocida europeo llamado Vigo, el Cárpato.




Como hemos comentado el largometraje era escrupulósamente fiel a su hermana mayor, pero Dan Aykroyd y Harold Ramis en la escritura introdujeron los suficientes alicientes de estreno y personajes de nuevo cuño para que el visionado de la secuela no transmitiera una peligrosa sensación de déjà vu. Una vez más nos encontrábamos con una comedia con pinceladas de terror en la que los cuatro personajes tenían una personalidad carismática y entrañable pero que quedaban sepultados siempre por un Bill Murray que gracias a su sorna y mala baba convertía la velada (esta y la anterior) en ocasiones en un one man show para que el actor fetiche de Wes Anderson pudiera lucirse plenamente. Volvíamos a tener la presencia de Sigourney Weaver y su creíble tensión sexual con el protagonista de Lost in Translation, un villano intimidante que era una amalgama entre Vlad el Empalador y Atila el Huno y un secundario cómico encarnado por un, tan cargante como memorable, Peter MacNicol que ocupaba el rol que en la primera entrega tenía Rick Moranis, que en después de todo tiene en esta secuela su pequeña parcela de protagonismo junto a la siempre estirada por fuera pero pícara por dentro Annie Potts.




Al igual que en la primera Cazafantasmas en esta secuela tenemos momentos remarcables que hicieron las delicias de los fans de la franquicia. Por un lado ver como cada uno de los miembros del grupo se ganaba la vida alejados de la persecución, captura y encarcelamiento de entidades ectoplásmicas es todo un acierto, sobre todo para enfatizar en la memorable escena del juicio la icónica escena en la que Ray, Egon y Peter vuelven a colgarse los equipos de nuevo para volver a la acción y liberar a New York de la ola de fantasmas que la invade. Momentos como en los que Ray e Egon confiesan haber dormido con los mocos rosa para intimar con ellos, cuando Louis se equipa con su propio equipo de cazafantasmas, el momento del tren fantasma que atraviesa (literalmente) a Winston o todo lo que implica a Vigo sometiendo la voluntad de Janosh, el secuestro del aodrabe bebé de Dana o cuando, una vez más, los doctores Spengler y Stantz descubren en la sala de revelado que Vigo es el portador de los ya mencionados mocos mezclan humor punzante con terror efectivo. 




Pocas pegas más se le pueden poner al metraje del largometraje, puede que algún chiste anticuadamente homófobo por parte de Peter a la hora de referirse a Vigo, el fallo (que ya estaba en la primera parte) de arrinconar en numerosas ocasiones al personaje de Winston haciéndolo parecer en ocasiones más un secundario sin mucha entidad que el cuarto miembro de los Cazafantasmas. Por último no olvidarnos de la empalagosa carga da patriotismo típicamente americano de andar por casa con todo lo que implica a la Estatua de la Libertad que nos incitaría a pensar que esta secuela de Cazafantasmas podía haber sido una cinta de la ola de cine patriótico post 11S con el que Hollywood nos asedió durante la primera mitad de la década pasada. Pero sería de necios negar que el momento en el que cobra vida no está bien ejecutado y propicia algunos gags memorables.




El tiempo ha puesto a Cazafantasmas II en su lugar, el de una secuela que no desmerece en ningún aspecto a su predecesora por contener en su interior todo lo que encumbró a la primera y más bien poco de lo que en aquella no funcionaba. El estreno de la película en las carteleras estadounidenses fue brutal, recaudando en su primera semana más de 29 millones de dólares. El problema radicó cuando a las dos semanas de permanencia del largometraje en cartelera un joven director llamado Tim Burton estrenó la primera gran película auspiciada por la Warner Bros para llevar a la gran pantalla las aventuras de cierto personaje de cómics creado en 1939 por Bob Kane y Bill Finger que ensombreció todos los logros del film dirigido por Ivan Reitman. No sabemos si fueron los cinco años que pasaron entre una entrega de Cazafantasmas y la otra lo que hizo mella en el grueso de la asistencia de los espectadores a los cines, pero el eco de esos dos films protagonizados por inolvisables personajes que formaron parte de la infancia de toda una generación no habían dicho su última palabra, a día de hoy llegando este 2014 a su crepúsculo, todavía no lo han hecho.



martes, 23 de septiembre de 2014

Líbranos del Mal



Título Original Deliver Us From Evil (2014)
Director Scott Derrickson
Guión Paul Harris Boardman y Scott Derrickson basado en el libro de Ralph Sarchie y Lisa Collier Cool
Actores Eric Bana, Edgar Ramirez, Olivia Munn, Joel McHale, Sean Harris, Dorian Missick, Antoinette LaVecchia, Scott Johnsen, Valentina Rendón, Daniel Sauli, Olivia Horton, Chris Coy, Mike Houston, Sean Bennett, Lolita Foster, Lulu Wilson, Jenna Gavigan






En el año 2000 debutó en la realización cinematográfica el director norteamericano Scott Derrickson con Hellraiser V: Inferno, cuarta secuela de las andanzas de Pinhead y los cenobitas creados en papel y trasladados por primera vez a imágenes por el novelista y cineasta Clive Barker. Pero no sería hasta cinco años después que se hiciera un nombre internacional con la exitosa El Exorcismo de Emily Rose, film protagonizado por una espléndida Jennifer Carpenter, escoltada por unos destacables Tom Wilkinson y Laura Linney. Basado en unos supuestos hechos reales el largometraje pecaba de cierto sensacionalismo y un esquema argumental con bastantes tópicos y maniqueismos varios pero a la notable labor de sus actores se sumaban pasajes de una extraña belleza y otros de una contundiencia bastante destacable, como la secuencia en el granero que podría considerarse como el clímax principal de la producción.




En 2008 decidió alejarse un poco del cine de terror para entregarse al género de ciencia ficción con un tan incompetente como inncesario remake de Ultimatum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still en su título original) el clásico de Robert Wise estrenado en 1951. Con un Keanu Reeves más impertérrito que nunca y unos decentes Jennifer Connelly y John Hamm la cinta de Scott Derrickson era un quiero y no puedo desangelado en el que ni sus competentes efectos especiales pasaban del aprobado. Tras la experiencia decidió volver al género que le dio la fama con Sinister, un agradecido largometraje de terror protagonizado por Ethan Hawke y Maria Bello que sin inventar nada y bebiendo de otros muchos trabajos cinematográficos (El Resplandor, Insidious, Poltergeist, Terror en Amitvylle) conseguía exponer en pantalla los, hasta ese momento, mejores pasajes rodados por su autor, como el arranque de la obra o esas grabaciones en vídeo de aroma impío y arcano con las que se obsesionaba el protagonista de Gattaca.




Viendo que el éxito de Sinister fue más que considerable (de hecho la secuela está en camino) Scott Derrickson decidió no cambiar de género y gracias a ello aliarse con Sony para dar forma a su siguiente proyecto, otro largometraje inscrito en el cine de terror y, como su segundo film detrás de las cámaras, también inspirado (supuestamente) en hechos reales. Tomando como base el libro autobiográfico Cuidado con la Noche del sargento de la policía de New York Ralph Sarchie, co-escrito con Lisa Collier Cool y editado en 2001, el guionista y director nos narra cómo este agente de la ley se vio implicado en varios casos en el que personas sin conexión aparente cometían actos homicidas que finalmente parecieron estar unidos por hechos sobrenaturales relacionados con posesiones demoníacas. En su investigación el sargento Ralph Sarchie (Eric Bana) recibió la ayuda del padre Mendoza (Edgar Ramirez) que le introdujo en el submundo de los exorcismos y la demonología.




Líbranos del Mal es una competente cinta que combina el género de investigación policíaca con el de terror protagonizado por personas sometidas a la voluntad de las entidades demoníacas que las han poseído. Aunque uno de los mayores puntos a favor del proyecto sea la amalgama de dichas vertientes cinematográficas la mezcolanza de las mismas no es ninguna novedad y ya pudimos verla en su momento en productos previos como la hoy olvidada, pero bastante recuperable, El Exorcista III: Legión, segunda secuela del film de William Friedkin de 1975 que esta vez estaba rodada (con una más que notable competencia) por William Peter Blatty, el autor de la novela en la que se basó el mítico film protagonizado por Ellen Burstyn, Linda Blair, Jason Miller y Max Von Sydow, porque curiosamente un trabajo como Deliver Us From Evil bebe más de la impronta como cineasta del mismo escritor que de la obra del autor de A la Caza o French Connection.




La quinta película de Scott Derrikcson no nos cuenta nada inexplorado ni transita caminos nuevos en pos de la originalidad. Pero sabe jugar con mucha agilidad sus cartas marcadas, ofreciendo un producto comercial que sirve como nueva confirmación de que el cineasta va depurando sus dotes como narrador y ofreciendo proyectos cada vez más competentes, aunque como sucedía con sus realizaciones previas no podemos hablar de personalidad autoral o de una labor que exceda la meritoria labor de un artesano al servicio de la industria cinematográfica más comercial de Hollywood. Porque aunque como director vaya siendo un profesional cada vez más cualificado para posicionarse detrás de una cámara con Líbranos del Mal después de todo hablamos de una producción salida de la mano de Jerry Bruckhaimer, cara visible del celuloide más intrascendente y de evasión de la actual meca del cine.




Pero al igual que en su anterior trabajo Scott Derrickson logra que el espectador se implique con la historia que está narrando, consiguiendo por medio de una atmósfera más o menos palpable, una puesta en escena bastante sólida (aunque como previamente hemos comentado bastante impersonal) y una dirección de actores más que competente. Todo esto en un guión repleto de clichés que el norteamericano sabe dosificar y pulir lo suficiente como para que, aunque los reconozcamos como estereotipos más o menos manoseados, en (casi) ningún momento nos transmitan una desganada o vacua sensación de déjà vu. Pero cierto es que al igual que en Sinister aquí tenemos a un hombre que se obsesiona con un mundo paranormal que anteriormente le era ajeno y de la misma manera que en El Exorcismo de Emily Rose podemos detectar como al director y su co guionista se les ve el plumero a la hora de tratar de convencernos de la manera más adoctrinadora posible que la existencia del más allá, las posesiones espirituales o Dios son hechos inamovibles y que el no creyente debe recuperar la fe perdida para realizarse como persona y con ello vencer a sus demonios internos, ya sean terrenales o no.




Hay buenos momentos de tensión en Líbranos del Mal y un realismo crudo a la hora de retratar las “malas calles” de New York que nos retrotraen a los trabajos de cineastas como David Ayer (Sin Tregua, Sabotage) o Antoine Fuqua (Training Day, El Rey Arturo). Scott Derrickson abusa en ocasiones de los golpes de sonido para impactar a la platea, pero siempre acompaña dichos pasajes de un in crescendo de la tensión bastante juicioso captando la esencia blasfema y antinatural del relato que está narrando. Momentos como la visita a la casa de la familia italiana (todo lo que allí acontece son señales proféticas de corte religioso, con la inclusión de un Can Cerbero incluido) cuando se descubre por medio del vídeo lo que realmente sucedió en Iraq, la gradual introducción del personaje de Sarchie por medio de su “don” en el otro mundo o el exorcismo final (y la víspera del mismo con esa entrada a cámara lenta en la comisaría con la lluvia “purificando” a los personajes que recuerda a Seven de David Fincher) muy bien estructurado dan empaque al conjunto de la obra.




Líbranos del Mal es un agradable producto de consumo sin muchas aspiraciones con alicientes suficientes (rocambolescos hechos reales, varios sustos bien ejecutados, una fotografía que se entrega con acierto a los juegos de luces y sombras, una banda sonora cautivadora del siempre magnífico Christopher Young) como para ofrecer al espectador dos horas de malsana diversión que tanto entretiene durante su visionado como rápidamente se olvida después del mismo. Como protagonistas tenemos a tres tipos duros de buen ver haciendo unos trabajos cumplidores. Eric Bana (Hulk, Munich) dando vida a un convincente Ralph Sarchie, Edgar Ramirez como el poco probable padre Mendoza, John McHale (Community, Ted) en la piel del macarra y divertido Butler y un Sean Harris entregadísimo en cuerpo y alma (24 Hour Party People, Prometheus) para que su Mike Santino robe más de una escena a los actores principales. El resto es entretenimiento puro y duro, una pieza fílmica a la que no le podemos pedir algo que sabemos de antemano que no nos puede dar, pero que sirve como confirmación de que Scott Derrikcson ya esta (casi) preparado para llevar a imágenes las aventuras en viñetas del Doctor Extraño que Marvel Studios está gestando ahora mismo en sus (seguramente) concurridas oficinas.



lunes, 8 de septiembre de 2014

La Maldicion de Chucky, welcome to the dollhouse



Título Original Curse of Chucky (2013)
Director Don Mancini
Guión Don Mancini
Actores Brad Dourif, Danielle Bisutti, Fiona Dourif, Brennan Elliott, A Martinez, Chantal Quesnelle, Maitland McConnell, Kally Berard, Kyle Nobess, Will Woytowich, Kevin Anderson, Adam Hurtig, Alex Vincent





En el año 1988 el director norteamericano Tom Holland que venía de saborear las mieles del éxito con la muy ochentera Noche de Miedo (Fright Night) protagonizada por Chris Sarandon, William Rasgade, Amanda Bearse y el gran Roddy McDowall, se alió con los guionistas Don Mancini y John Lafia para rodar una pequeña obra de culto dentro del cine de terror titulada Child’s Play o como la recordamos en España, Muñeco Diabólico. Largometraje cuyo éxito dio pie a, nada más y nada menos, que cinco secuelas en las que se narraron (con distinto tono e intencionalidad) las correrías del diabólico muñeco viviente Chucky.




La primera Muñeco Diabólico narraba cómo el asesino Charles Lee Ray (Brad Dourif) tras ser perseguido y herido por un grupo de policías durante una huida se ve en la obligación de utilizar sus poderes chamánicos (adquiridos previamente gracias a un brujo que fue su mentor) para introducir su alma en uno de los muñecos de la famosa marca Good Guy que llenaban la juguetería en la que se vio acorralado por los agentes de la ley. Child’s Play todavía hoy se ve como una cinta excelentemente ejecutada por un artesano de la dirección en plena forma y con una historia interesante magníficamente desarrollada, así como unos efectos animatrónicos tan eficaces como aterradores.




Dos años después uno de los guionistas de la primera entrega, John Lafia, tomó la silla de director abandonada por Tom Holland mientras Don Mancini (verdadero creador del personaje y cabeza pensante detrás de toda la saga) se ocupaba en solitario de la gestación del libreto de lo que fue Muñeco Diabólico 2. Una digna secuela en la que se conservaba gran parte de la malsana atmósfera de la primera y que guardaba bastante bien la compostura años después de su estreno. En 1993, Muñeco Diabólico 3, mantuvo a Mancini en la escritura, pero vio como Jack Bender (futuro realizador de exitosas series de televisión americanas como Lost, Carnivàle, Los Soprano) era asignado como cineasta para narrar cómo un (nuevamente) resucitado Chucky sembraba el caos en una escuela militar. Brutal (a la par que entrañable) entrega a la que un servidor no sabe cómo habrá tratado el tiempo, pero por la cual guardo un especial cariño.




En 1998 llegó el exitoso lavado de cara. Don Mancini se alió con el director Ronny Yu (Freddy vs. Jason, Una Historia China de Fantasmas) para convertir la cuarta entrega de los crímenes de nuestro muñeco favorito en una comedia de humor negro con breves apuntes de terror que caía bien en un primer visionado, pero que degradaba en cierta manera la franquicia. El producto, como hemos comentado previamente, fue un más que considerable triunfo que atrajo a una nueva generación de fans del personaje a las multiasalas para ver La Novia de Chucky, obra en la que el protagonista se enamoraba de una muñeca poseída por el alma de una neumática Jennifer Tilly que desde ese mismo momento se convirtió en una de las señas de identidad actorales de la saga, siempre después del Brad Dourif que dio vida a Charles Lee Ray en el primer film y que después ha puesto voz al juguete asesino en todas y cada una de sus películas.




En 2004 el mismo Don Mancini tomó los mandos de la dirección (mientras se guardaba una vez más la pluma del guionista) para rodad La Semilla de Chucky, que esta vez unía al susodicho y su novia Tifanny el pequeño vástago de la pareja, Glen (o Glenda según su madre). A pesar de las buenas intenciones de Mancini detrás de las cámaras (ese arranque en homenaje al prólogo de La Noche de Halloween de John Carpenter promete lo que más tarde el producto no ofrece) las referencias al cine de  Ed Wood o John Waters (con divertido cameo de este último en el film) el resultado es un desastre que ya arrastra toda la mitología creada alrededor de Chucky por el fango entre chistes chuscos sobre homosexualidad (el aspecto andrógino del hijo de los protagonistas es explotado hasta lo extenuante) que, aunque nos hace esbozar más de una sonrisa a lo largo de su metraje, no hace que merezca la pena su visionado por culpa de su naturaleza desganada y sacacuartos.




El pasado 2013 se estrenó directamente en el mercado doméstico una secta (e innecesaria, como es lógico) entrega titulada La Maldición de Chucky, una vez más, rodada, escrita y producida por un Don Mancini que quiere exprimir su gallina de los huevos de oro hasta que la deje seca. El resultado es contradictorio, porque por un lado podemos hablar de una vuelta a las raíces que convierte al largometraje en la mejor secuela de la franquicia desde la tercera parte, entregándose de nuevo al terror puro, pero sin olvidar por el camino apuntes de humor negro que en las tres primeras partes siempre estaba allí, aunque que en las dos siguientes se explotó de mala manera. El problema radica en que la intención de Mancini de agradar a todos los fans de Chucky da pie que el último tramo del film cree un desequilibrio bastante dañino que impide que nos encontremos con un verdadero éxito, cuando durante la primera hora de metraje no eran pocos los aciertos para llegar a serlo.




El punto de partida de esta quinta parte es bien simple. Chucky llega a la casa de una chica inválida llamada Mican Piers (Fiona Dourif) que se encuentra recluida en su casa con su sobreprotectora madre, Sarah. Esa misma noche la matriarca muere misteriosamente y al poco tiempo varios de los familiares de la fallecida, con la intención de acompañar a la chica paraplégica, pasan la noche en la mansión en la que comenzarán a sucederse los actos homicidas. Es curioso ver el considerable salto de calidad, en lo que a puesta en escena y dirección se refiere, que Don Mancini ha experimentado como cineasta de La Semilla de Chucky a esta continuación que nos ocupa. Llama mucho la atención que un producto cinematográfico considerablemente modesto esté tan bien elaborado y sepa sacar provecho de sus pocos recursos formales y presupuestarios.




El largometraje recupera el tono oscuro y siniestro de la primera trilogía (sobre todo el de los dos primeros films) dejando del lado el encuerado gotocismo de baratillo de La Novia de Chucky y su continuación. Don Mancini vuelve al género de terror, haciendo que su obra se refleje en las horror movies comerciales de los 80, realizando una oda a los efectos especiales artesanales (los distintos muñecos animatrónicos que dan vida a Chucky exhalan realismo y cercanía) y al gore desenfadado, sin olvidarse del humor políticamente incorrecto del protagonista pero sin que este se convierta en el dueño de la velada. El guión, tan efectivo como rudimentario, está lleno de clichés y personajes estereotipados (aunque más de uno guarda alguna que otra sorpresa interesante) pero su discurrir es tan gradual y placentero que no se hace reiterativo ni molesto.




Todo va a las mil maravillas durante la primera hora. Don Mancini sabe ir aumentando el in crescendo de tensión para retrasar cuanto le sea posible el momento en que Chucky deje de parecer un inocente muñeco y descubra su verdadera cara homicida. El director hace un uso magnífico de travellings (el circular en plano cenital de la mesa con la cena puesta es muy destacable) escenas que incrementan el suspense, hechos narrados en fuera de campo, los juegos de luces y sombras y sobre todo una enfermiza delectación para enfocar de todas las maneras posibles y desde todos los ángulos permisibles a Chucky para que la simple presencia del muñeco en un rincón con su sonriente cara transmita malestar.




Esos primeros 60 minutos son ejemplares y  un rendido homenaje a las tres primeras películas ya mencionadas, terror, morbidez, comedia negra y mala baba. Pero durante la media hora final Don Mancini, con la intención de atraer también a los fans de las dos secuelas humorísticas de la saga, decide dar un giro demasiado brusco a la historia deudor de aquellos dos films y la trama se vuelve confusa, el terror algo más diluido y los actos de los personajes (la Mica de una esforzada Fiona Dourif deja de actuar con cordura y empieza a entregarse a actos de estupidez supina) poco creíbles. De modo que lo que pudo ser una muy buena película protagonizada por Chucky se queda, por culpa de este decepcionante giro de timón, en una aceptable cinta con un final que no le hace justicia.




La Maldición de Chucky es un producto que devuelve gran parte de la dignidad a aquel muñeco diabólico de finales de los 80 y principios de los 90 que quitó el sueño a toda una generación de niños. Don Mancini no inventa nada y de manera tan cobarde como sabia va a lo seguro, a donde todo empezó, para narrarnos otra historia del más famoso miembro de la marca de juguetes Good Guy. Lo hace con oficio, demostrando que tiene talento para narrar historias y para aprovechar una localización más bien escasa para realizar su perversa versión de Diez Negritos de Agatha Christie con un muñeco pelirrojo homicida como asesino. Como producto podía haber sido incluso mejor, pero sus buenas intenciones y los dos primeros tercios del metraje hacen que merezca la pena volver a vernos las caras con uno de los iconos más reconocibles del cine de terror contemporáneo.


jueves, 4 de septiembre de 2014

Guardianes de la Galaxia



Título Original Guardians of the Galaxy (2014)
Director James Gunn
Guión Nicole Perlman y James Gunn basado en el cómic de Andy Abnnet y Robert Lannig
Actores Chris Pratt, Zoe Saldana, Dave Bautista, Bradley Cooper, Vin Diesel, Lee Pace, Josh Brolin, Benicio del Toro, John C. Reilly, Glenn Close, Alexis.Denisof




Seguramente fuera aquella cafrada titulada Super, protagonizada por Rainn Wilson y Ellen Page entre otros y estrenada el año 2010, la película que disparó el interés de la productora Marvel Studios para contratar los servicios del director norteamericano James Gunn para ponerse detrás de las cámaras del proyecto de llevar a imágenes a los Guardianes de la Galaxia creados por Arnold Drake y Gene Colan en 1969 y adaptados al nuevo mileno por la soberbia dupla formada por los británicos Dan Abnett y Robert Lanning (Imperativo Thanos, La Matanza de Texas). De esta última etapa en viñetas se alimenta este nuevo triunfo en celuloide de la Casa de las Ideas, que se revela como la mejor película basada en cómics del año, junto a los X-Men de Bryan Singer, al menos para el que suscribe.




La elección de James Gunn para pilotar esta mastodóntica nave era bastante arriesgada, ya que hablamos de un realizador curtido en la Serie B y el cine gore como pudimos ver en producciones como Slither o su ópera prima, Tromeo y Julieta, ideada bajo el manto de la factoría Troma de su maestro, el productor, guionista, director y pirado en su tiempo libre Lloyd Kaufman, padre del Vengador Tóxico y otras criaturas escatológicas, así como co realizador junto a Gunn de dicho debut inspirado (de la manera más lejana posible) en la obra de William Shakespeare. De modo que Kevin Feige y los suyos arriesgaron mucho, como en su momento lo hizo Sony al elegir a Sam Raimi para poner en funcionamiento su franquicia arácnida, pero el resultado no ha podido ser más alentador, convirtiéndose con todas las de la ley en el blockbuster más taquillero del año.




El mayor acierto del guionista del remake de Amanecer de los Muertos rodado por Zack Snyder en 2004 es que inyecta a su último largometraje una ironía y macarrismo que tienen una deuda (confesa y nada solapada por parte de los autores de la obra, ahí tenemos la divertida mención a Footloose y Kevin Bacon) con el cine comercial americano de los años 80. También se ha hablado recurrentemente de las influencia de las sagas de Star Wars o Indiana Jones, pero un servidor piensa que la mayor fuente de inspiración para que James Gunn haya dado forma a sus Guardianes de la Galaxia (sin contar los cómics que traslada a imágenes, lógicamente) es Firefly y su secuela catódica, Serenity, ambas salidas de la mano de otro chico Marvel Studios, Joss Whedon, memorables reivindicaciones de la filosofía y el código de honor propios de la figura del perdedor.




Pero también del ya mencionado género de Serie B o el cine de terror clásico bebe la cinta del señor que escribió las dos entregas en imagen real de Scooby-Doo. No es difícil encontrar a lo largo del metraje ecos de films como Fortaleza Infernal de Stuart Gordon en todo el pasaje de la cárcel (con divertido e inevitable cameo de Lloyd Kaufman) o guiños a clásicos del terror como la versión de Frankestein, que rodara en 1930 James Whale con Boris Karloff dando vida a la mítica criatura ideada por Mary Shelley, en momentos como en el que Groot ofrece una flor a una niña, imagen que sintetiza de manera soberbia la personalidad tan tierna como intimidante del personaje al que pone voz Vin Diesel en la versión original de la película y que volveremos a mencionar más tarde.




En Guardianes de la Galaxia James Gunn retrata a un atajo de perdedores que se venden al mejor postor o que se dejan llevar por primarios instintos de venganza. Como ya hemos mencionado previamente todo con un tono ácido (el que permite un producto cinematográfico dirigido a casi todos los públicos, no nos engañemos), que si bien podíamos encontrar en varias de las historias contemporáneas de los cómics, la guionista Nicole Perlman y el mismo director han acentuado en beneficio propio para que en muchas ocasiones el producto no se tome totalmente en serio a sí mismo e incluso se permita alguna referencia desmitificadora al cine protagonizado por superhéroes, sea este de Marvel Studios o no.




Pero también nos encontramos con una space opera ambiciosa formalmente, que posiblemente pueda considerarse ya como el proyecto más grande de la productora cinematográfica de la Casa de las Ideas (sí, en algunos aspectos es más arriesgada que Los Vengadores, aunque no sea mejor obra que aquella). Una cinta llena de acción, personajes carismáticos, efectos especiales abundantes pero siempre al servicio de la historia (los que recrean a Rocket o Groot son intachables) villanos intimidantes en el plano físico, una banda sonora deliciosa y sobre todo una perfecta equivalencia entre comedia y drama, ya que si refiriéndonos a lo primero tenemos chistes en sesión continua, bailes chulescos y roles amantes del arcano arte del bofetón a mano abierta, dentro de lo segundo destaca el pasado de Star-Lord (todo lo relacionado con su madre es sutilmente cálido dentro de la tristeza y da poso a la personalidad del protagonista) que ofrece algunas pinceladas que se mueven entre lo acertado y lo inesperadamente emotivo en un producto de naturaleza tan ligera.




Aunque el señor que ideo los cortometrajes PG-Porn (aquellos que contenían todo lo que nos gusta del cine pornográfico… excepto el sexo) sabe que está dando forma a un producto salido de Marvel Studios, de modo que se hace inevitable una entrega al exceso, la grandilocuencia y la acción ininterrumpida para que una platea en estado de máxima excitación disfrute con las correrías de unos personajes ajenos incluso para individuos duchos en el mundo del cómic. Hasta un servidor debe admitir que no ha leído demasiadas de las etapas de Guardianes de la Galaxia, siendo conocedor de más bien las modernas, con las que el grupo está viviendo una nueva edad de oro, que, según comentan algunas personas dignas de confianza, está desestabilizando el guionista Brian Michael Bendis con la colección actual de Peter Quill y sus compinches.




James Gunn demuestra que con un presupuesto abultado puede rodar escenas de acción con una habilidad que no le conocíamos hasta que se ha topado con los personajes de Marvel. Peleas cuerpo a cuerpo, tiroteos, batallas interestelares, persecuciones en naves de distinto pelaje o dimensiones, una utilización de cámaras lentas para enfatizar la estilización visual de su impronta y todo ello resumido y condensado en la posiblemente más destacada secuencia de la película. La fuga de la prisión en la que Rocket y Groot forman equipo para protagonizar la escena más macarra y testosterónica de la temporada estival. A partir del: “Oh yeah” que Bradley Cooper hace pronunciar al personaje del mapache cuando coge el arma al vuelo todo es una orgía de desenfreno tan caótico como paradójicamente estudiado gracias a la puesta en escena del realizador.




He de admtirlo. Yo fui uno de aquellos que puso en duda las capacidades de Chris Pratt para dar vida al alter ego de Peter Quill, porque para mí siempre ha sido el hermano palurdo de Emily Van Camp en la simpática Everwood (la Doctor Alaska de los pijos como me gusta llamarla a mí) y aunque su breve pero simpático rol secundario en la magnífica Her de Spike Jonze (de la que hace tiempo que quiero hablar por estos lares) me dejó una buena impresión, no las tenía todas conmigo. Por suerte el actor de la terrible Wanted me ha callado la boca y ha insuflado carsima, chulería, fisicidad y humor a un personaje memorable. Un cruce entre Han Solo y Malcolm Reynolds que llena la pantalla con su presencia y verborrea descontrolada y manipuladora.




Lo que pocos sabíamos es que cuando créiamos que Rocket iba a ser el amo de la velada (¿a quién no le gustaría ver en pantalla a un  mapache con armas tan grandes que producirían sueños húmedos a Rob Liefeld) al final resulta que este pequeñajo roedor interesado y de malas pulgas (enorme como Gunn nos cuenta una historia entera sólo con enfocar en plano detalle la espalda del personaje dejándonos ver sus heridas mecánicas) no sería tan efectivo si no fuera siempre acompañado por este árbol viviente que nos hace reír con su ternura (con su primera escena bebiendo agua de una fuente como si fuera un perro ya nos tiene ganados) para seguidamente arrancarnos una sonrisa nerviosa con su instinto salvaje (a la parte del ensartamiento de soldado me remito). En cierto segundo plano quedan el Drax el Destructor de Dave Batista, aunque sea el protagonista de algunos de los pasajes de acción y humor más destacados del film, y la Gamora de Zoe Saldana que a un servidor vuelve a confirmar en la película de James Gunn que es una actriz más bien mediocre. Como marca de la casa tenemos ya fuera del grupo al habitual Michael Rooker (The Walking Dead, Henry: Retrato de Un Asesino) dando vida a un soberbio Yondú que mantiene una química más que considerable con Star-Lord.




Guardianes de la Galaxia es un triunfo en muchos sentidos o vertientes. Por un lado vuelve a ser un acierto pleno de Marvel Studios tanto de crítica como de taquilla con el añadido de haber corrido el riesgo de dar a conocer un grupo de antihéroes prácticamente desconocido para el gran público, por otro es una cinta de aventuras ejemplar y megalómana con unos logros que la sitúan varios peldaños por encima del resto del cine comercial de Hollywood y por último supone la primera piedra para llevar el cosmos marvelita al mundo del cine, un universo riquísimo y lleno de personajes recuperables como Adam Warlock, Tirano, Legado, Magus oTerrax y que aquí ya ha dado muestras de un más que considerable potencial (ese magnífico Thanos que aguarda pacientemente su momento de gloria) y su multireferencialidad interna para los duchos en los cómics con los Nova Corps, el Guantelete del Infinito o ese personaje que aparece en la segunda escena post créditos y que puede dar  mucho juego en un futuro próximo.




Por el camino a James Gunn le perdonamos algunos fallos como un villano cumplidor en lo físico (se nota la siempre magnética presencia del gran Lee Pace) pero poco definido en su personalidad (aunque no tanto como el Malekith de Thor: El Mundo Oscuro)  en la figura de Ronan el Acusador o la poca cancha al Coleccionista de Benicio del Toro o a Glenn Close como Nova Prime, porque lo que nos ha regalado con Guardianes de la Galaxia es el primer paso para expandir un microcosmos que puede regelarnos en el futuro muchos buenos momentos de fruicioso ocio. Lo próximo: Ant-Man, cinta de rocambolesca gestación, Los Vengadores: La era de Ultrón que Joss Whedon parece haber terminado de rodar este verano y la secuela de esta Guardianes de la Galaxia a manos del mismo Gunn que se confirmó antes del estreno de la primera película. Ahora toca que DC se ponga las pilas con Batman vs Superman: Dawn of Justice para que la sana competitividad llene las carteleras de cine de superhéroes y con ello podamos ver por fin a la JLA desfacer entuertos en nuestras sufridas carteleras.


domingo, 31 de agosto de 2014

The Killing: Almas Solitarias en la Ciudad Esmeralda



“Hay momentos en los que tienes que hacer elecciones imposibles”
Sarah Linden



Homeland, Shameless, House of Cards, The Office, Ugly Betty o la futura The Mysteries of Laura son ejemplos de algo que en Hollywood está al orden del día, pero no tanto en la televisión estadounidense. Nada más y nada menos que series remakes, productos catódicos que adaptan para el público norteamericano programas de distintos países como Israel, Reino Unido, España o Colombia. The Killing, la serie de la guionista y productora canadiense Veena Sud, que comenzó su andadura en AMC (Breaking Bad, The Walking Dead, Mad Men) y la terminó hace poco en Netflix (Arrested Development, Orange is the New Black) hizo lo propio con el serial danés Forbrydelsen de Søren Sveistrup con un humilde pero meritorio seguimiento de telespectadores fieles y un éxito más que considerable de cara a la opinión de una prensa especializada que supo reconocer los hallazgos y méritos estéticos, artísticos o narrativos de esta revisión en cuatro temporadas, divididas en dos bloques, de la producción nórdica, de la que se desvincula (de manera muy inteligente) argumentalmente a partir de la tercera tanda de episodios.




Durante esas cuatro temporadas Veena Sud, con la ayuda de su equipo de guionistas y directores y un dúo protagonista superlativo que comandaban un reparto de distintos y eclécticos secundarios a cada cual más memorable, dio forma a un magnífico producto de una más que contrastada calidad en todas sus vertientes, que bebiendo en muchos aspectos del programa en el que se basaba dio su propia visión, sacando a relucir las dicotomías a las que daba lugar el choque entre vida y muerte en la ciudad de Seattle, sustentando su esqueleto argumental en tres casos de asesinato que permitieron a sus autores retratar el lado más oscuro del ser humano y los tortuosos caminos mal asfaltados de un sistema en el que la política, la pena capital, la paupérrima condición en la que viven los adolescentes huérfanos o las estricta disciplina de una academia militar ofrecen por fin una cara que no es la que habitualmente nos vende la, supuestamente impoluta, sociedad estadounidense que prefiere guardar sus propios esqueletos en armarios cerrados con cuádruple candado por miedo a las apariencias y a alterar su estado de bienestar, ese que debería de ser el mismo para todos los estratos sociales o razas sean de la índole que sean, algo, por desgracia, muy alejado de la realidad.


The Killing Primera Temporada: ¿Quién Mató a Rosie Larsen?


Una detective de homicidios de Seattle que se enfrenta a su último caso antes de abandonar la ciudad con su hijo, el sustituto que la relevará en el cargo y que deberá descifrar el crimen, un suéter encontrado en un bosque a las afueras, el cadáver de la dueña de la prenda localizado en el maletero de un coche previamente sumergido en un lago, una familia destrozada por el terrible hecho y un político local de considerable importancia como principal (pero no único) sospechoso del asesinato. Con esta twinpeaskiana premisa (practicamente la misma de la versión danesa) daba su primer paso el 3 de abril de 2011 en la cadena AMC The Killing, alargando su travesía durante 13 soberbios episodios. Veena Sud y sus huestes se ocuparon de que el tono recuperara ese ambiente gélido propiamente nórdico del producto nacido de la mano de Søren Sveistrup y que la milimétrica puesta en escena recordara a la mano de David Fincher y Jonathan Demme, autores de dos de los mejores thrillers de la historia del cine (Seven y El Silencio de los Corderos) y el último en un inesperado giro de acontecimientos futuro director de dos de los más brillantes episodios de la tercera y cuarta temporada de la serie.




Esta primera temporada sirve para tejer el entramado sobre sospechosos, falsas pistas, dobles juegos y medias verdades con las que el espectador se vea imbuido en una clásica historia de búsqueda del autor de un brutal asesinato que puede ser cualquiera de los personajes que pueblan el programa. Pero Veena Sud principalmente se ocupa de que sus protagonistas y secundarios sean cercanos y creíbles, seres de carne y hueso llenos de dudas, miedos y prejuicios de todo tipo. Son feos y con cuerpos delgaducho el uno y menudo la otra. La Sarah Linden de una impresionante Mireille Enos (Sabotage, Guerra Mundial Z) es una mujer seria por dentro y por fuera (las contadas ocasiones en las que la vemos sonreír siempre nos pilla de sorpresa) de andares patosos, ojos profundos pero estrábicos y voz siempre susurrante. El Stephen Holder (Robocop 2014, la saga Dinero Fácil) de un carismático Joel Kinnaman es un espigado policía de modos barriobajeros, verborrea incontrolable y una simpatía que oculta más de un trauma pasado. Antagónicos en personalidad y modus operandi como detectives, les une el hecho de ser dos animales heridos castigados por vidas llenas de obstáculos tanto físicos como abstractos, unos Mulder y Scully con los pies en la tierra que se complementan y hasta necesitan pero que, gracias a los guiones, eluden (casi siempre) cualquier atisbo de relación física de pueril comercialidad de cara a la galería.




Los guiones también se ocupan de mostrar los estragos que el asesinato de Rosie produce en el núcleo familiar, especialmente en el cabeza de familia Stan su mujer Mitch o Terry, la hermana de esta y a su vez tía de, no sólo la adolescente fallecida, también de los dos hermanos pequeños de esta que se convierten en víctimas colaterales de tan terrible asesinato. Por otro lado comenzamos a sumergirnos por medio de personajes como Darren Richmond, Jamie Bright o Gwen Eaton en el mundo de las campañas electorales estadounidenses y toda la inmundicia e intereses que las mismas arrastran. Por el camino la trama criminal se va recrudeciendo y cerrándose cada vez más al ir descartando sospechosos mientras Holder y Linden se implican con más visceralidad en el caso (convirtiéndose el mismo en un asunto personal para ambos, sobre todo para ella) llegando este a un cliffhanger final que disgustó a algunos por no resolver el crimen y agradó a otros porque sirvió para la renovación de una segunda temporada. La confirmación como gran serie de The Killing ya era un hecho por aquel entonces, pero compartir parrilla con exitazos catódicos como The Walking Dead o Hijos de la Anarquía siempre eclipsó sus no pocas virtudes, algo que se convertiría en la tónica habitual a lo largo de todo el recorrido del programa.


The Killing Segunda Temporada: Se Cierra el Círculo


El 1 de abril de 2012 AMC inició la segunda temporada de la la producción catódica. Como hemos comentado la primera temporada de The Killing acabó, no sólo sin sacar a la luz quién fue el asesino de Rosie, también dejando en el limbo la permanencia de algún personaje importante y una traición que podía cambiarlo todo con respecto a la investigación de lo sucedido con la primogénita de los Larsen. Pero como siempre, cuando nos referimos a la profesionalidad de Veena Sud, todo estaba pensado milimétricamente y la no resolución del crimen sirvió como excusa a la guionista y productora de Caso Abierto para enfatizar la morbidez que rodea a todo lo referido con la ejecución de Rosie, mostrando el lado más oscuro de la psicología humana, ahondando en la guerra sucia implícita en las elecciones políticas, incluso en las locales, en las que cualquier acto polémico o hecho del pasado puede hundir a un candidato con un simple chasquear de dedos.




Pero la misión principal de la canadiense, su único fin, es profundizar en el magnífico estudio de personajes al que llevaba dando forma desde los primeros pasos de la temporada inicial del programa de AMC. Mientras vamos conociendo de manera cada vez más esclarecedora los fantasmas internos de Holder (problemas con el alcohol y las drogas) y Linden (antiguos traumas psicológicos por los cuales pasó tiempo internada en un sanatorio mental) viendo como poco a poco Mireille Enos y Joel Kinnaman van ofreciendo cada vez más matices y pequeños detalles a sus criaturas son Brent Sexton (Deadwood, Justified) y Michelle Forbes (True Blood, En Tratamiento) como Stan y Mitch Larsen o Jamie Anne Allman dando vida a Terry los que ganan enteros como roles de carne y hueso formando un triunvirato que expone de manera analítica la descomposición total de un núcleo familiar que más tarde descubriremos está podrido por dentro. Pasando por el pasado en la mafia del marido, la crisis de personalidad de la mujer y los trapos sucios de la hermana de esta última Veen Sud y su séquito de escritores desarrollan un contenido y soberbio fresco de cómo la institución familiar debe liberarse de sus demonios internos para pasar por el purgatorio existencial que les permita poder seguir adelante dando inicio a una nueva etapa.




Con la resolución del asesinato de la joven Rosie Larsen y la muestra de un atisbo de lo que será el futuro de todos los implicados en el mismo (familiares, amigos, sospechosos cuplables e inocentes de serlo) se cierra la segunda temporada de The Killing y su primera etapa a modo de antología o novela literaria. A partir de ese momento el porvenir del programa se pondrá continuamente en entredicho y se confirmará la desvinculación total con la versión danesa de Søren Sveistrup. AMC decide cancelar la producción dejándola como una serie cerrada de dos temporadas, pero un acuerdo con otra cadena de televisión por cable como Netflix permitirá el rodaje de una tercera temporada con un reparto de secundarios prácticamente nuevo y en la que Stephen Holder y Sarah Linden investigarán un caso completamente distinto al del asesinato de Rosie Larsen. El resultado de esta tanda de episodios número tres será el menos esperado tanto por la crítica como por la audiencia adicta a las correrías de los dos detectives de Seattle. Veena Sud decide alejarse de su fuente de inspiración y la jugada se convierte en el mayor acierto que pudiera haber tenido el programa.


The Killing Tercera Temporada: A Sangre Fría


La tercera temporada de Juego de Tronos de la HBO con su impactante Boda Roja o la segunda mitad de la quinta de Breaking Bad con la resolución de las (des)venturas de Walter White (aka Heisenberg) Jesse Pinkman y compañía, eclipsaron con su impacto y (para qué negarlo) calidad mas que contrastada la tercera y mejor temporada de The Killing que pasó casi desapercibida por las pantallas de medio mundo cuando podía rivalizar con la cabeza muy alta con las series de David Benioff y D.B. Weiss o Vince Gilligan, algo que también podría decirse de la sexta temporada de Hijos de la Anarquía de Kurt Sutter, pero de eso hablaremos en un futuro próximo. Con un renovado plantel de actores de reparto con secundarios de lujo (a los que en Hollywood todavía no ha reconocido su más que considerable talento) como el canadiense de origen griego Elias Koteas (La Delgada Linea Roja, Crash, Defendor) el norteamericano Peter Sagaard (Jarhead, Green Lantern, Blue Jasmine) o el también estadounidense Gregg Henry (Doble Cuerpo, Firefly, Guardianes de la Galaxia) Veena Sud da forma a una pequeña obra maestra de la televisión moderna, una de las reflexiones más sutiles, elegantes y críticas sobre la pena de muerte jamás plasmadas en ficción dentro de Estados Unidos, un país en el que más de 32 estados se aplica pena capital.




El 2 de junio de 2013 llegó esa tercera temporada en la que se investiga el caso de un asesino múltiple cuyo modus operandi es igual al de uno llamado “el flautista” al que Linden mandó al corredor de la muerte años atrás y que amalgama la crítica tan visceral como analítica del Truman Capote de A Sangre Fría (adaptada magistralmente al celuloide por un Richard Brooks pletórico tanto en la escritura como la dirección en el año 1967) la mirada hacia los desamparados Charles Dickens de Oliver Twist adaptado a pleno siglo XXI y el estilo del Atom Egoyan elegante, contenido en su exterior pero intenso en el interior, de El Dulce Porvenir fusionandose en una sola y poliédrica mirada que paradójicamente exhala tanto uniformidad como personalidad. Veena Sud consigue lo que parecía imposible, no sólo demostrar que esta tercera temporada puede mantener la compostura con respecto a las dos anteriores, sino superarlas considerablemente con el mejor trabajo de dirección de toda la serie (Jonathan Demme y Nicole Kassel ejecutan dos capítulos finales sencillamente apabullantes) los mejores secundarios de todo el recorrido del programa (Elias Koteas está soberbio como siempre dando vida al misterioso James Skinner, pero es Peter Sasgaard el que llena de rabia, verdad y fuerza a su Ray Seward en el que es a día de hoy el mejor papel de su carrera) los dos mejores trabajos de Joel Kinnaman y Mireille Enos como el dúo protagonista (la obsesión de ella con el caso y su relación con Skinner son dos de los mejores apuntes de la temporada) y algunos momentos que se encuentran entre los mejores de la televisión reciente como ese hombre que acepta finalmente su destino después de mirar por una ventana o esas últimas palabras aparéntemente vacuas que nos confirman que nadie merece morir y que un sistema que ejecuta a hombres inocentes en un país del primer mundo es algo de lo que muchos deberíamos avergonzarnos, no sólo los estadounidenses.




Con su tercera temporada The Killing toca el cielo de su producción, sus creadores regalan a los seguidores televisión de alto nivel gloriosamente ejecutada en todos sus apartados, pero el único fallo que podemos reprochar a esta season finale es el que tiene la culpa de que la despedida que hace un año podía haber sido triunfal ha sido este 2014 bastante buena, pero no perfecta. Por desgracia la tercera tanda de episodios del programa de la AMC concluye con un cliffhanger de manual que no cierra una de las tramas que implican directamente al porvenir de Holder y Linden para que se pudiera rodar una cuarta y última temporada. Aunque la sombra de la cancelación volvió a sobrevolar el futuro de la serie de Veena Sud esta vez fue Netflix (recordemos que en la tercera temporada este canal llegó a un acuerdo con AMC para la producción del programa) la que se ocupó del estreno y posterior emisión de los últimos seis episodios que confirmarían esa cuarta temporada que serviría para cerrar finalmente el ciclo vital y profesional iniciado por los agentes Linden y Holder con la investigación del caso del asesinato de Rosie Larsen.


The Killing Cuarta Temporada: Kyle Cogió su Fusil


Si las tres primeras temporadas de The Killng daban forma a dos relatos puramente literarios, la cuarta vendría a ser el epílogo de los mismos, un regalo para los fans que habían seguido con ávida (y adictiva) fidelidad las correrías de Stephen Holder y Sarah Linden en las calles de la ciudad de Seattle. Esta cuarta entrega constó de seis episodios de una hora de duración, se estrenó íntegra en streaming el 1 de Agosto del presente 2014 y supuso la temporada menos sobresaliente del show, pero hablando en los terminos de calidad del programa en ningún momento podemos referirnos a ella como menos de seis horas de televisión brillantes. Algunos cambios se producen a lo largo de dichos capítulos y tienen más que ver con el paso de un canal a otro (al igual que otras cadenas por cable como Showtime o HBO, Netflix sí permite la inclusión de la palabra “fuck”, que está prohibida en otras como FX Network, A&E o la misma AMC en la que nació el producto que nos ocupa en esta entrada y la sensación de extrañeza se hace notable, pero sólo en el primer episodio, ya que luego Holder lo coge gusto a la expresión y la utiliza con su particular labia) que con otros aspectos, los mismos que convirtieron la versión de americana de Forbrydelsen en un producto de referencia por su calidad.




La cuarta temporada de The Killing comienza justo donde acabó la anterior y dejándonos claro desde el primer minuto que los actos llevados a cabo por Linden y Holder en aquella serán el núcleo central de todo el entramado argumental que será sobrevolado por la posible caída en desgracia de los dos detectives de Seattle. Pero una vez más nuestros ojos se dirigirán hacia un caso de asesinato múltiple, el de una familia adinerada cuyo hijo mayor (y principal sospechoso con amnesia temporal producida por el hecho traumático) es miembro de una estricta y selecta escuela militar dirigida da por la Comandante Margart Rayne (una intachable Joan Allen confirmando que es una de las mejores actrices de su generación). La historia es una intriga de corte militarista que bebe de producciones de Hollywood como Algunos Hombres Buenos de Rob Reiner (con guión del prestigioso Aaron Sorkin) La Hija del General de Simon West o la memorable En el Valle de Elah de Paul Haggis, films que tejen una intriga en la que la investigación de un crimen en ambiente castrense ocupa todo el exoesqueleto de la historia, normalmente repleta de medias verdades, falsos culpables y conspiraciones colectivas que ponen en entredicho muchos de los métodos de adiestramiento del ejército de los Estados Unidos que convierten a sus soldados en insensibles y automatizadas máquinas de matar.




Esta cuarta temporada condensa toda la esencia del programa desde que diera sus primeros pasos. Competente y gélida puesta en escena, escritura sólida y milimétrica, unos actores brillantes desde sus dos protagonistas hasta el extra que aparece en un rincón dando vida a un soldado haciendo flexiones bajo la lluvia y una visión nihilista del ser humano y sus más bajos instintos. Por desgracia Veena Sud sabe que está despidiendo el programa definitivamente y decide por ello intensificar las emociones de sus dos actores principales, sobre todo las de Mireille Enos como Linden, que habíamos visto a lo largo de las tres anteriores temporadas como una mujer contenida que en pocas ocasiones dejaba mostrar su estado mental al exterior y que aquí peca en algunos momentos de cierta sobreactuación (siempre moderada) que no pega demasiado con el personaje. También se fuerza cierta concatenación de momentos forzadamente trascendentes que en un recorrido de sólo seis episodios (por mucho que cada uno de ellos bordee o supere la hora de duración) se antojan algo precipitados o ejecutados bruscamente. Pero la intensidad con la que Mireille Enos y Joel Kinnaman se agarran a unos roles sobresalientes que ya conocen como las palmas de sus manos, la enorme labor en la realización (Jonathan Demme vuelve para cerrar la serie rodando el último episodio) de los distintos directores, el control que Veena Sud mantiene sobre su equipo de libretistas y la magnífica interpretación de Tyler Ross, Stearling Beaumon y Levi Meaden como los cadetes Kyle Stansbury, Lincoln Knopf y A.J Fieldong respectivamente consiguen que la despedida de The Killing merezca la pena consiguiendo que una temporada innecesaria mantenga muy dignamente la compostura, aunque su epílogo demasiado obvio quita enteros a un cierre que podría haber sido mucho más memorable si se hubiese prescindido de esos autocomplacientes minutos finales.


Valoración General

Sin ocupar un lugar de capital importancia como otros productos televisivos de esa impagable nueva edad de oro que estamos viviendo desde hace más de diez años dentro de las series americanas como The Wire, A Dos Metros Bajo Tierra, Los Soprano o Mad Men, la versión americana de The Killing, ideada y desarrollada por Veena Sud, puede considerarse fácilmente y sin controversia alguna una obra de culto, un producto de una brillantez considerablemente contrastada con los suficientes alicientes como para jugar en las grandes ligas de las producciones más destacadas de la parrila internacional. De la innecesaria revisión de una serie europea nació un ejercicio de narración, realización y e interpretación actoral sencillamente intachable. Podríamos hablar de la labor destacada de actores como Billy Campbell dando vida a Darren Richmond, Eric Ladin como Jamie Wright o Jewel Staite dando voz y cuerpo a Caroline Swift (con genial referencia a Firefly/Serenity incluida) de la de directores como Nicole Kassel (El Leñador), Daniel Attias (Ray Donovan, House) Brad Anderson (El Maquinista, The Shield), Patty Jenkins (Monster) o la de guionistas como el hoy muy prestigioso Nic Pizzolatto (True Detective) Brett Conrad (Hijos de la Anarquía) o Dawn Prestwich (Carnivále) o la del de cualquier miembro de los equipos artístico o técnico. Pero quedémonos con Linden y Holder, el cielo gris y el clima siempre lluvioso de Seattle, esa cara oculta de la ciudad en la que se comenten crímenes inhumanos por culpa de nuestros pecados como sociedad o individuos y con esos pequeños resquicios de luz que nos permiten aferrarnos a la esperanza de un futuro mejor, aquel que parece oculto debajo de toneladas de podredumbre económica y moral pero que permanece latente a la espera de ser descubierto.