lunes, 8 de enero de 2018

Ash vs. Evil Dead Primera Temporada, terroríficamente vivos



“La vida es dura y peligrosa, y algunas veces tienes que cortarle la cabeza a alguien para sobrevivir.”




En el año 1981 se estrenó una película independiente de terror que acabaría dejando una profunda huella dentro del género. The Evil Dead o Posesión Infernal, como se la conoce en España, estaba escrita y dirigida por un cineasta de poco más de veinte años de edad llamado Sam Raimi que aunando fuerzas con su amigo Bruce Campbell, protagonista y co productor del film, realizó una pieza de una modestia desarmante que paliaba sus carencias presupuestarias por medio de una imaginación arrolladora. Esta historia sobre libros lovecraftianos que despiertan de la tumba a los muertos y a entidades que acaban poseyendo a los amigos del protagonista, el sufrido Ash Williams, no sólo se convirtió en uno de los estandartes del cine gore de los 80, también en una producción maldita (mítica su inclusión en la inefable lista británica “Video Nasties” que prohibía su distribución en el Reino Unido) que desembocaría en una trilogía, completada con Terroríficamente Muertos (Evil Dead II) y El Ejército de los Tinieblas (Army of Darkness), que llegaría a ser venerada por millones de fans que vieron cómo las correrías del carismático dependiente de grandes almacenes reconvertido en héroe de acción con una motosierra por mano se extendián hasta otros medios como el teatro, los cómics o los videojuegos culminando todo en un brutal remake, impulsado por los creadores de la saga original, dirigido por el cineasta chileno Fede Álvarez y cuya escena post créditos dejaba la puerta abierta al regreso de Ash, que no aparecía como personaje en esta revisión del film original de 1981.




Ese cameo de Bruce Campbell en el remake de Posesión Infernal estrenado en 2013 alentó y dio nueva vida a años de rumores sobre una nueva entrega de la saga original protagonizada por Ash en la que el mismo Sam Raimi estaría implicado a pesar de sus compromisos con blockbusters hollywoodienses como su trilogía de Spiderman o la tardía, e innecesaria, Oz: Un Mundo de Fantasía que daba continuación al clásico de Victor Fleming. Para deseo de muchos y y alegría de no pocos esta continuación de las andanzas sobrenaturales de Ash llegó por fin en 2015, pero no en la pantalla grande, sino en la pequeña. Como es sabido por el fandom Sam Raimi no sólo es director, guionista y actor ocasional, también es productor de exitosas series de televisión como Hércules: Sus Viajes Legendarios o Xena: La Princesa Guerrera o más recientemente la excesiva Spartacus. Esta última producción que ofrecía una peculiar visión del mítico esclavo tracio con ingentes cantidades de violencia y sexo explícitos se emitió en la cadena de televisión por cable Starz, que sería la que finalmente acogería en su seno Ash vs.Evil Dead, la serie catódica que daría continuación a la saga nacida en 1981 al menos durante una temporada, la misma que vamos a comentar en esta entrada que nos ocupa.




Como es lógico e inevitable la primera preocupación que vendría a la mente de todo fan de The Evil Dead es si la brutalidad de la que hizo gala la saga original, al menos en sus dos primeras entregas o el remake, iba a ser atenuada en el medio televisivo por mucho que el producto naciera bajo el amparo de una cadena de pago que es mucho más permisiva con la violencia, sabiendo que esta marcó a fuego los primeros pasos de la vida ficcional de Ashley J. Williams. La respuesta nos la ofrece pronto el episodio piloto que, como era de esperar, está co escrito y dirigido por el mismo Sam Raimi. Estos primeros compases de Ash vs. Evil Dead no sólo confirman que el bestialismo propio de la Posesión Infernal primigenia va a hacer acto de presencia de manera hiperbolizada a lo largo de estos diez capítulos, sino que la locura, el exceso, el frenético look visual y la incorrección política que forjó la personalidad de Ash va explotar salvajemente salpicando de vísceras, hemoglobina y chistes de mal gusto a una serie de televisión que no sólo rinde tributo al microcosmos de Evil Dead y lo extiende notablemente, sino que también consigue amalgamar las distintas tonalidades que poseen las cuatro producciones cinematográficas localizadas en este peculiar universo.




La primera temporada de Ash vs. Evil Dead es bestial como el film de 1981 o su remake de 2013, autoparódica como Terroríficamente Muertos (Evil Dead II) y añade apuntes de épica y homenajes al todo tipo de cine clásico y de culto como hacía El Ejército de las Tinieblas. Sam Raimi se ocupa de ello asentando la puesta en escena del producto en el primer episodio, emulando la cámara cartoonesca y desquiciada que fue marca de la casa en la saga original, su violencia granguiñolesca y exagerada, cierta predilección por la ironía y el saberse un producto realizado por señores metidos en la cincuentena que no tienen sentido del ridículo alguno a la hora de ejecutar una pieza sencillamente brutal para la televisión americana. Es cierto que en los tiempos de HBO, Showtime o la misma Starz ya estamos curados de espanto a la hora de ver sangre y muerte en el tubo catódico, pero hay secuencias en Ash vs. Evil Dead tan al límite de lo permisivo que un servidor en ocasiones no puede dar crédito, no ya al hecho de que Raimi y sus colaboradores hayan sido capaces de rodarlas, sino a que los productores vinculados a la cadena de pago hayan dado el total visto bueno a algunas de las muestras de violencia explícita más salvajes que se han visto en la historia de la televisión. De esta manera la serie no sólo mantiene intacta la esencia del producto en el que se basa, sino que lo lleva hasta unos límites dificilmente revasables hace sólo unos años.




En un alarde de sinceridad afirmaremos una verdad ineludible y es que tanto el punto de partida de la serie como su guión no son nada más que un cúmulo de sinsentidos narrativos para que Ash y sus colaboradores, de los que hablaremos a continuación, se enfrenten en una alocada sesión continua a todo tipo de poseídos y criaturas infernales desde el minuto uno del primer episodio. Pero de la misma manera que debemos admitir que la simplicidad de la escritura de la serie es un hecho irrefutable también es de recibo afirmar que un producto como Ash vs. Evil Dead, que no deja de ser un desfile de hemoglobina y mutiliaciones de todo pelaje, no necesita más para su adecuado discurrir a lo largo de los episodios, de hecho a nadie se le escapará que los guiones no eran el punto más fuerte de la franquicia original ideada por el director de la reivindicable Darkman. De esta manera la excusa de que Ash ha leído pasajes del Necronomicon bajo los efectos de la marihuana para impresionar a una chica sirve a Sam Raimi, Ivan Raimi y Tom Spezialy, los tres showrunners del proyecto, para explotar al máximo su propia creación llevándola a nuevos límites de demencia, humor negro, excesos y un descreimiento con todo lo relacionado con la integridad de la figura del héroe que queda hecha añicos con el delicioso e inesperado cierre de temporada en el décimo capítulo.




Como era de esperar el centro de esta nueva serie es el personaje de Ash al que da vida un Bruce Campbell que ha recuperado a su antiguo personaje para así volver a la palestra con la mejor de sus creaciones. Más gordo, con dentadura postiza, y tan torpe y descuidado como siempre Ash no ha cambiado mucho en treinta años y si a ello sumamos sus involuntarios comentarios racistas, sus poco sutiles técnicas de seducción y sus especiales dotes para identificar a poseídos (descacharrante el episodio con Mimi Rogers de actriz invitada) compactadas gracias al incalculable carisma de Bruce Campbell el resultado es mucho mejor de lo que esperábamos. Para continuar con el reparto podemos confirmar que a pesar de que el título de la serie es Ash vs. Evil Dead nuestro antihéroe viene escoltado por dos personajes, compañeros de trabajo en los grandes almacenes en los que sigue empleado, que no le van a la zaga en cuanto a protagonizar secuencias divertidas y enfermizas. Por un lado tenemos a Pablo (Ray Santiago) el entrañable fiel escudero de Ash que está perdidamente enamorado de la individualista y temperamental Kelly (Dana Delorenzo) que también se unirá a Ash en su cruzada contra las criaturas del mal que amenazan desencadenar el infierno en la Tierra. A ellos se suman el misterioso personaje de Rubby (Lucy Lawless) y el de la agente Fisher (Jill Marie Jones) de la policía de Michigan con los que nuestros protagonistas se encontrarán en no pocas ocasiones a lo largo de la temporada.




Frenética, indecorosa, pasada de rosca, imperfecta, viscosa, viciosa, divertida o memorable son algunos de los calificativos que se le pueden dar a la primera temporada de Ash vs. Evil Dead que nos ofreció Starz en 2015. Tras ella llegaron otras dos temporadas de las que este redactor poco o nada sabe ya que mi intención es verlas en el estado más virginal posible, en sentido metafórico, para ver si las excelente vibraciones que me ha transmitido esta primera tanda de diez episodios que al durar no más de media hora cada uno he consumido prácticamente del tirón. En una época en la que la nostalgia invade medios como el cine o la televisión es de agradecer que se erija una pieza como la que nos ocupa que utilizando dicha excusa se las ingenia para poner en las televisiones y plataformas de streaming de todo el mundo imágenes en las que todo tipo de armas blancas y de fuego componen un desfile de caos, muerte y mutilación que nos demuestra que otro tipo de televisión abordada desde la irresponsabilidad, la temeridad, el mal gusto y la sana intención de provocar es posible. En breve la reseñas de las temporadas dos y tres acompañarán a la de esta primera que se ha convertido en una de las piezas de ficción que más me han hecho disfrutar como consumidor en los últimos años y eso con el nivel de la actual televisión americana no es decir poco precisamente.



domingo, 31 de diciembre de 2017

Perfectos Desconocidos



Título Original Perfectos Desconocidos (2017)
Director Álex de la Iglesia
Guión Jorge Guerricaechevarría y Alex de la Iglesia, basado en el guión de Paolo Genovese, Filippo Bologna, Paolo Costella, Paola Mammini, Rolando Ravello
Reparto Belén Rueda, Eduard Fernández, Ernesto Alterio, Juana Acosta, Eduardo Noriega, Dafne Fernández, Pepón Nieto, Beatriz Olivares





Álex de la Iglesia es uno de nuestros directores más prolíficos y reconocidos, convirtiéndose en un pequeño acontecimiento cada estreno de una de sus nuevas obras. Este 2017 el cineasta bilbaíno ha realizado una jugada inusual en su filmografía ofreciendo dos películas en una misma temporada. El pasado mes de Marzo llevó a las carteleras El Bar, una típica muestra de su vertiente de humor negro y trasfondo de género que aunque se desvirtuaba en cierta manera en la recta final se engrandecía gracias su realización y la destacable labor de un excelente reparto formado por Blanca Suárez, Mario Casas, Carmen Machi, Jaime Ordóñez, Secun de la Rosa, Joquín Climent o la tristemente desaparecida Terele Pávez entre otros. Poco después de la puesta de largo del largometraje saltaba la noticia de que Álex de la Iglesia estaba implicado en otro proyecto, el primer remake de su carrera, que se estrenaría a finales de año. Lo que pocos sabían es que esa producción más modesta era con la que el autor de Mirindas Asesinas iba a triunfar en 2017.




A día de hoy y con más de un millón y medio de espectadores desde su estreno el pasado día 1 de diciembre Perfectos Desconocidos se ha convertido en uno de los éxitos más inesperados del celuloide patrio. El largometraje, como hemos apuntado brevemente, es un remake de la película italiana homónima que se estrenó en 2016 con gran repercusión de crítica y público y llevándose para casa el David di Donatello (equivalente italiano a  nuestros Goya o los César franceses) a la mejor película. Esta adaptación española cuenta con un excelente reparto en el que podemos ver caras como las de Belén Rueda, Eduard Fernández, Ernesto Alterio, Juana Acosta, Pepón Nieto, Dafne Fernández o Eduardo Noriega y cuenta con guión del mismo Álex de la Iglesia y su habitual colaborador Jorge Guerricaechevarría que trasladan el libreto a diez manos de Paolo Genovese, Filippo Bologna, Paolo Costella, Paola Mammini, Rolando Ravello a nuestro contexto patrio.




La historia es sencilla y está centrada en un grupo de siete viejos amigos, seis de ellos formando sus correspondientes matrimonios y uno más en soltería, que quedan para pasar una apacible noche cenando juntos. En un momento dado uno de los comensales tiene la idea de realizar un juego que consiste en dejar todos los teléfonos móviles encima de la mesa y cuando a cualquiera de los aparatos llegue un mensaje de WhatsApp o una llamada hacerlos públicos para el resto de invitados. Este juego supuestamente inofensivo y un extraño eclipse lunar que parece hacer caer a las personas bajo un extraño influjo se convertirán en el caldo de cultivo que sacará los instintos más bajos de este grupo de allegados que descubrirán al final de la velada que no se conocen tan bien como pensaban y que guardan no pocos secretos de naturaleza bastante cuestionable.




Un servidor no ha visto la película italiana original, de modo que solo puedo hablar de la versión de Álex de la Iglesia sin saber hasta qué punto toma material prestado del film de Paolo Genovese (por el trailer de este último parece que no poco), pero lo que sí puedo afirmar es que esta Perfectos Desconocidos de 2017 es una de las propuestas más interesantes y atractivas de la cinematografía patria de esta temporada gracias a su excelente trabajo de escritura y dirección, pero sobre todo a la enorme labor de un reparto en estado de gracia que consigue sacar oro del material que Álex de la Iglesia y Jorge que Guerricaechevarría ponen en sus manos para que construyan todo un recital interpretativo que convierte la obra ineludiblemente en una película de actores. De esta manera el cineasta de El Día de la Bestia o Balada Triste de Trompeta aborda un tipo de cinta alejada de la aparatosidad de sus habituales producciones, teniendo que adaptarse a un entorno nuevo para él.




Perfectos Desconocidos es casi una pieza de naturaleza teatral, con una exigua localización como un apartamento y siete personajes interactuando en el mismo gracias a un guión repleto de diálogos brillantes que no sólo ofrecen momentos de humor intachables, sino un retrato de las bajezas morales más notables del ser humano, sin importar su género o condición social, Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría utilizan como efectivo McGuffin un objeto tan en apariencia inofensivo como nuestro teléfono móvil a modo de contenedor de actividades impropias de personas civilizadas como ocultar relaciones adúlteras, escarnios hacia personas a las que consideramos amigos o allegados, mentiras familiares o secretos con respecto a nuestra vida sentimental que al ser sacados a la luz comienzan a menoscabar la supuesta relación ideal que sustentaba matrimonios de supuesta solidez o amistades construidas a lo largo de décadas.




Los autores del guión plantan bien pronto la semilla de la discordia, ya que desde el mismo arranque del film, en el que un montaje paralelo va presentando al grupo de personajes, se nos van ofreciendo pistas que confirman a todos y cada uno de ellos como portadores de algún secreto que irá descubriéndose gradualmente a lo largo del metraje ofreciendo más de una sorpresa a la platea cuando vayamos descubriendo que lo que sospechábamos acaba por no corresponder con la realidad. Ese in crescendo de tensión que comienza cuando el personaje de Blanca proponen el juego de los teléfonos móviles aunado al discurrir de diálogos chispeantas cargados de ironía y un naturalismo con el que cualquier tipo de espectador puede indentificarse da pie a momentos de humor hilarantes, unos pocos pasajes dramáticos muy bien llevados y situaciones de tensión remarcables que forman una mixtura genérica que engrandece el largometraje.




Aunque contiene su sarcástica mirada y el humor negro del que suele hacer gala en su filmografía podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Perfectos Desconocidos es una película bastante alejada del sello autoral de Álex de la Iglesia, pero el bilbaíno afronta el reto y aprueba con nota. La habitual puesta en escena grandilocuente, con un apartado técnico más que notable, del autor de Muertos de Risa o La Comunidad se ve reducida esta vez al mínimo exponente con un control ferreo de la única localización en la que tiene lugar el grueso de la trama y una dirección de actores sobresaliente que tampoco le es ajena a lo largo de su carrera como hemos podido ver en ocasiones previas. En esta ocasión es el De la Iglesia director el que se adapta al material narrativo que tiene en las manos y el triunfo se antoja total, algo que no sucedió en un caso parecido como el de La Chispa de la Vida, un film de encargo en el que tuvo que trabajar con un guión ajeno ofreciendo una de sus producciones más descafeinadas e insatisfactorias.




Pero como es lógico, y sin querer desmerecer la labor de Álex de la Iglesia detrás de las cámaras, con un reparto como el de Perfectos Desconocidos, que ofrece la película prácticamente hecha a su responsable, era difícil que el proyecto saliera mal parado. Todos y cada uno de los siete actores principales, y hasta Beatriz Olivares que tiene un breve papel, realizan una magnífica labor interpretativa haciendo creíble en todo momento no sólo que funcionan como matrimonios o amigos, sino que se conocen desde hace años (algo que sucede en la vida real con algunos de los miembros del cast que son pareja o compañeros de trabajo desde hace años en cine o televisión) destilando una química que el espectador percibe a lo largo del metraje. De esta manera el pequeño microcosmos de personalidades que De la Iglesia y Guerricaechevarria han diseñado en el papel se ve potenciado hasta el límite gracias a la profesionalidad de este grupo de actores.




Desde el matrimonio formado por Eduard Fernández y Belén Rueda, pasando por la pareja de fogosos recién casados de Eduardo Noriega y Dafne Fernández o la de Ernesto Alterio y Juana Acosta que comienzan a lanzarse puñaladas verbales desde el mismo arranque del metraje llegando al susceptible y estrambotico Pepón Nieto todos tienen su momento de gloria, funcionan bien con sus partenaires asignados, pero también destilan soltura cuando interactúan con el resto del reparto. Los veteranos muestran oficio, los jóvenes voluntariosidad y a ninguno de ellos se le puedo hacer algún reproche, pero un servidor se queda con Ernesto Alterio, una especie de evolución de su personaje de El Método (2005), una tipo rastrero, y cobarde que bordea la sociopatía y que da lo mejor de sí mismo cuando embauca al personaje de Pepe con todo lo que conlleva el furtivo complot al que los dos dan forma a espaldas del resto de invitados a la cena.




Esta mezcla entre Diez Negritos, El Ángel Exterminador y Un Dios Salvaje que Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría han extraído del film de Paolo Genovese es una de las mejores películas patrias del 2017, la demostración de que tenemos tanto la materia prima como los profesionales adecuados para que hasta una pieza tan modesta como la que nos ocupa pueda atraer a los espectadores para hacerlos pasar 97 minutos en los que la tensión entre intriga y humor construyen una producción por la que merezca la pena el desembolso de la entrada de cine. Como única mácula me queda esa resolución final, bastante previsible desde el mismo inicio del film, que rompe un poco el tono naturalista de la prepuesta, pero cuando la misma llega ya hemos disfrutado de una velada cargada de veneno e inquina que una vez se encienden las luces de la sala nos hacen mirar con desconfianza a nuestra pareja cando recibe en su móvil un mensaje de texto que le hace sonreír entre dientes.


viernes, 29 de diciembre de 2017

Bright, between light and darkness



Título Original Bright (2017)
Director David Ayer
Guión Max Landis
Reparto Will Smith, Joel Edgerton, Noomi Rapace, Lucy Fry, Brad William Henke, Andrea Navedo, Chris Browning, Brandon Larracuente, Scarlet Spencer, Pleasant Wayne, Derek Graf, Edgar Ramirez, Jay Hernandez, Ike Barinholtz, Enrique Murciano, Dawn Olivieri, Happy Anderson, Kenneth Choi, Alex Meraz, Matt Gerald, Chelsea Rendon, Daniel Moncada, Kevin Vance




En su afán por expandir horizontes en lo referente a su producción propia adscrita al mundo del largometraje la plataforma de streaming Netflix ha echado la casa por la ventana con la que hasta ahora es su mayor y más ambiciosa producción cinematográfica, una pieza que poco tiene que envidiar a los medios de los que hace gala cualquiera de los blockbusters hollywoodienses que ocupan nuestras carteleras una semana sí y otra también. La obra cuenta con las estrellas Will Smith, Joel Edgerton, Noomi Rapace o Edgar Ramírez como cabezas visibles del reparto, guión del reputado, y últimamente puesto en entredicho, Max Landis (Chronicle) y dirección de David Ayer (Escuadrón Suicida). Bright se ha convertido en la apuesta más fuerte por parte de Netflix a la hora de intentar entrar por la puerta grande, y con todas las de la ley, en el rentable mundo de las franquicias cinematográficas, ya que la intención de los productores de la obra era iniciar una saga que se extendiera a lo largo de varias entregas. Por desgracia el recibimiento de la película ha sido bastante negativo, llegando en ocasiones a ser tratada con un tono despectivo bastante reprobable, del que se ha hecho eco con cierta polémica el mismo David Ayer, aunque también ha sido alabada por varios sectores del público y la prensa especializada debido a la originalidad de su propuesta. Nosotros ya hemos visto el film y vamos a intentar dar nuestra opinión del mismo sin tener que caer en los improperios cargados de inquina vertidos en otros medios hacia lo que no deja de ser un intrascendente producto de ficción.




Antes de empezar con la reseña propiamente dicha debemos hacer una breve parada en la figura de su director. David Ayer es un guionista reconvertido en cineasta que después de escribir varios libretos para otros directores (Dark Blue, U-571, SWAT) se hizo un nombre cuando ideó el de Training Day, la excelente película policial de Atoine Fuqua protagonizada por un superlativo Denzel Washington y un no menos destacable Ethan Hawke. A partir de entonces Ayer decidió dar el salto a la realización y se embarcó en varios films que no sólo compartían la misma temática (Harsh Times, Los Dueños de la Calle, Sin Tregua) sino que en no pocas ocasiones parecían la misma obra sobre aguerridos representantes fuerzas de la ley, delincuentes y policías corruptos inspirada en autores como Sidney Lumet, Walter Hill o literatos como James Ellroy, con el que ha colaborado en varias ocasiones. Lo único que cambiaba en esas piezas era la forma, porque el fondo era prácticamente el mismo y eso añadía una molesta personalidad algo redundante a su filmografía.




Por otro lado es importante resaltar que David Ayer también se embarcó en proyectos de naturaleza más coral con Sabotage o Corazones de Acero (Fury), el primero de nuevo un policíaco y el segundo adscrito a las “tank movies” propias del género bélico, ambos trabajos con un trazo más crudo y visceral, haciendo un uso de la violencia más explícito, bordeando incluso el gore en ocasiones. Dichos largometrajes son muy importantes en la carrera de su autor, no porque fueran piezas de alta cinematografía, sino porque supusieron, con casi toda seguridad, los films que vieron los productores de Escuadrón Suicida para más tarde solicitar sus servicios como guionista y director de la polémica película de los célebres villanos de la editorial DC Cómics. Con un éxito de taquilla más que considerable, pero un recibimiento generalmente desfavorable por parte de la crítica y el fandom, Ayer cometía en la obra protagonizada por Will Smith, Margott Robbie y Jared leto, entre otros, unos errores en los que, por desgracia, ha vuelto a caer en Bright.




Lo curioso y temerario es que David Ayer haya reincidido en la mixtura de dos géneros, el thriller de acción con el fantástico, que en Escuadrón Suicida demostró no dársele muy bien. De modo que en Bright nos narra una historia localizada en una realidad alternativa en la que la humanidad ha convivido con todo tipo de criaturas sobrenaturales desde el principio de los tiempos y que está protagonizada por dos policías, el humano Daryl Ward (Will Smith) y el orco Nick Jakoby (Joel Edgerton), que durante una guardia nocturna encontrarán con una aparentemente traumatizada elfa llamada Tikka (Lucy Fry) que tiene en su poder una poderosa reliquia que puede cambiar el curso de la historia tanto para humanos como para “monstruos”. Mientras Ward y Jakoby tratan de salvaguardar a la chica y el peculiar objeto que porta, la peligrosa elfa Leilah (Noomi Rapace) y la “División de Magia” del FBI comandada por otro elfo, Serafín (Edgar Ramírez), intentarán hacerse con dicha fuente de poder ilimitado para saciar sus propios intereses.




Vaya por delante que el mayor handicap con el que he tenido que enfrentarme como espectador a la hora de ver un producto como Bright es que nunca he entrado al 100% en la película debido a lo rocambolesco de su propuesta. El contexto espaciotemporal en el que los seres humanos comparten los centros urbanísticos y barrios residenciales con orcos, hadas, elfos y demás criaturas de fantasía totalmente insertados, o eso parece en principio, en la sociedad mientras se nos narra un thriller policiacio amalgamado con un relato fantástico que hace gala de un bestiario de seres sobrenaturales se antoja para el que esto firma un punto de partida en no pocas ocasiones bordea la comicidad y en ese sentido mi empatía con el producto se ve brutalmente menoscabada. Lo cierto es que alabo la valentía de Max Landis y David Ayer por alumbrar una cinta de naturaleza tan atípica y arriesgada, pero no consigo conectar con ella y debido a esto mi inmersión en la historia no sólo no es la esperada, sino que también me quedo fuera de juego desde el mismo inicio del film.




Pero esta exclusión que experimenta un servidor como espectador no es sólo debido a que cada vez que visiono un orco vestido de rapero con sus camisetas de basket o cadenas y anillos de oro me cuesta aguantarme la risa, también tiene que ver con lo poco y mal definida que está la inclusión de estos seres en el contexto realista de la película. Max Landis no profundiza prácticamente nada en la mitología detrás de su guión, que podía haber sido abordada con una fluidez narrativa mucho más versátil, ideando con unos pocos trazos un microcosmos creíble que creara una mixtura sólida con la vertiente más urbana. En lugar de eso sólo tenemos un puñado de criaturas salidas de cuentos de hadas mezclándose con policías, civiles y pandilleros y un mínimo tono sobrenatural (que aumentará exacerbadamente en la recta final de la obra) relacionado con una “varita mágica” codiciada por federales, criminales y gente de la calle que se convierte en el insostenible MacGuffin sobre el que se sustenta el relato




Dentro de los dos géneros que tratan de convivir en Bright, y como era de esperar, el que mejor funciona es el de “buddy movie” en el que está especializado David Ayer desde sus tiempos de escritor para otros directores. El ritmo de thriller alternado con los toques de humor se suceden en sesión continua a lo largo del último trabajo del guionista de Training Day y el resultado ofrece algunos de los mejores pasajes de la obra. Las situaciones de interacción entre ambos personajes y su clásico choque de personalidades aunadas a las excelentes secuencias de acción son los exponentes en los que Ayer muestra su mejor cara (aunque como suele sucederle con regularidad introduce alguna innecesaria escena en slow motion en la que los efectos especiales juegan en su contra, como sucede con el choque del coche patrulla desde la perspectiva de un travelling lateral en el interior del vehículo) para de este modo salvar los platos del producto con algunos momentos muy inspirados como el del tiroteo de los cuatro policías o las persecuciones por la vía pública.




En cambio en la recta final del metraje cuando la vertiente más fantástica y mitológica de la cinta hace acto de presencia el pulso competente y resolutivo de David Ayer comienza a menguar y convertirse en un caos, algo muy parecido a lo que le sucedió en Escuadrón Suicida cuando le dio el peso de la narración al personaje de Enchantress de Cara Delevigne. El clímax final se revela de cara a la platea como un batiburrillo de secuencias atropelladas o referencias forzadas a El Señor de los Anillos y Willow en las que el thriller policíaco desaparece en favor de una película de “espada y brujería” introducida a martillazos en la trama para lucir un poco los efectos digitales que hasta ese momento habían estado adecuadamente dosificados y que aquí son desatados de mala manera para capricho de un David Ayer que trata de despedir de manera grandilocuente un producto que había ofrecido previamente sus mayores virtudes en el humilde ambiente callejero en el que siempre se ha movido su cine.




Con respecto al reparto es de recibo mencionar el muy buen trabajo de su pareja protagonista. Will Smith acomete uno de los personajes menos complacientes de su filmografía, un tipo que, sin ser un dechado de tridimensionalidad, en ocasiones se muestra desalmado (la escena con el hada) y de carácter irascible (el trato pusilánime hacia su compañero) pareciéndose en poco a los que normalmente suele interpretar. Mantiene el tipo y el envite de su partenaire un competente Joel Edgerton cuyas potentes facciones atraviesan el excelente maquillaje que lo caracteriza como orco de buen corazón. El actor australiano tira de dignidad para hacer creíble un rol que está muy lejos de serlo y el mismo método que él utilizan un Edgar Ramírez siempre elegante y sobrio a pesar de sus pintas de elfo venido a más, Lucy Fry como la asustadiza Trikki y una Noomi Rapace perfecta a la que le queda soberbio el rol de la villana Leilah, la elfa violenta y demente.




Bright, que quiere ser Alien Nation quedándose casi en Gnomo Cop (ojo, dos lagometrajes dignísimos, cada una en su estilo dentro de las “Buddy movies”), está lejos de ser la peor película del 2017, pero tampoco es una buena película. La última cinta de David Ayer es una mediocridad que no sabe medir los tiempos, mezcla inadecuadamente los géneros que la constituyen como pieza cinematográfica y no sabe abordar con entereza su nada sencilla propuesta argumental, desaprovechándola en gran medida y apelando a un subtexto social sobre el racismo y la intolerancia expuesto de manera simplista y superflua. De la misma manera que podemos confirmarla como una cinta agradable para pasar casi dos horas entretenidas con acción y algo de humor también es de locos que Netflix haya depositado todas sus esperanzas en un proyecto demasiado peliagudo que desde su misma gestación debería haber despertado las alarmas de sus ideólogos, porque si este es el camino que la famosa plataforma de streaming va a tomar para conquistar el mundo de los blockbusters hollywoodienses el mismo dificilmente podría ser más erróneo.


viernes, 22 de diciembre de 2017

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi



Título Original Star Wars: The Last Jedi (2017)
Director Rian Johnson
Guión Rian Johnson, basado en personajes de George Lucas
Reparto Daisy Ridley, John Boyega, Adam Driver, Oscar Isaac, Mark Hamill, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Benicio del Toro, Laura Dern, Gwendoline Christie, Kelly Marie Tran, Lupita Nyong'o, Anthony Daniels, Andy Serkis, Warwick Davis






Después de siete años de silencio dentro del universo cinematográfico de Star Wars saltaba la noticia en 2012. Una Disney que comenzaba su lenta pero inexorable campaña de absorción de toda franquicia que pudiera serle rentable, por aquel entonces Pixar y Marvel ya habían caído en sus manos, compraba por una cantidad multimillonaria Lucasfilm, la productora ideada por el cineasta George Lucas y sobre la que había construido su mítica saga Star Wars u otras como Indiana Jones. Tres años después y tras muchas especulaciones y bailes tanto en el equipo técnico como el artístico llegaba a pantallas de todo el mundo Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza, el primer paso de lo que sería una nueva trilogía de la franquicia escrita y dirigida por J.J. Abrams y ya bajo el total amparo de la productora creada por Walt Disney a principios del siglo XX. El resultado fue un éxito brutal y la propuesta una pieza cinematográfica tan efectiva como comprensiblemente conservadora.




Desde que los derechos de Lucasfilm cayeron en manos de Disney la idea de explotar al máximo la saga se tomó incluso antes de que comenzara la producción del ya citado largometraje rodado por el autor de Super 8 o Star Trek: En la Oscuridad. De modo que Katheleen Kennedy, actual presidenta de la antigua productora de George Lucas, puso en funcionamiento la maquinaria para que un proyecto titulado "Star Wars Anthology" también tomara forma y en el se pudieran narrar todo tipo de spin offs relacionados con el universo galáctico más famoso del mundo del séptimo arte pudiendo desvincularse de la trilogía principal a la que acababan de dar pistoletazo de salida. Gracias a esta decisión en 2016 llegó la excelente Rogue One: Una Historia de Star Wars, una cinta cuya trama tenía lugar poco antes de Star Wars Episodio IV: Una Nueva Esperanza y que superó en varios aspectos al largometraje ideado pr J.J. Abrams un año antes.




Año 2017, todo está preparado para la llegada de la segunda parte de la nueva trilogía que se titulará Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi. El reparto artístico repite casi al completo con Daisy Ridley, Oscar Isaac, John Boyega, Adam Driver, Mark Hammill, la tristemente fallecida Carrie Fisher  y nuevas incorporaciones como Kelly Marie Tran, Benicio del Toro o Laura Dern entre otros. Del guión y la dirección se ocupa Rian Johnson, cineasta que se dio a conocer con la independiente y noir Brick y que se ganó el favor del público y la crítica dirigiendo esa excelente muestra de ciencia ficción que responde al nombre de Looper. Tras el estreno el largometraje recibe los parabienes de la mayor parte de la crítica especializada y su recaudación en la taquilla se antoja descomunal. Pero lo que pocos sabían es que con él íbamos a encontrarnos la entrega de Star Wars que más ha dividido moralmente a esa peculiar fauna de personajes llamada "fandom" y el terremoto mediático se ha dejado notar, principalmente, en todo la red.




Después de las numerosos espectadores que alzaron la voz contra Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza por parecer un remake de la cinta primigenia de la saga rodada por George Lucas en 1977 Disney y Lucasfilm parecieron tomar nota de las quejas y con Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi han encargado a Rian Johnson, que se ha convertido en los últimos días en la cabeza de turco de los fans más furibundos, realizar una película de La Guerra de las Galaxias que fuera lo menos acomodaticia y condescendiente posible y a fe mía que lo ha conseguido. El problema reside en que la rama más dura de los fans de la creación del director de American Graffiti afirman que la segunda parte de esta nueva trilogía ha traspasado no pocas líneas prohibidas e intocables del canon de la franquicia. En la siguiente reseña un servidor va a intentar no sólo defender el film como una excelente pieza cinematográfica, sino también justificar algunas de esas polémicas decisiones que se han tomado con respecto a ella añadiendo en el proceso algunos spoilers de cierta importancia.




Durante sus primeros pasos Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi puede llegar a desconcertar al espectador en varios aspectos. Por un lado la inclusión del humor en un arranque de tanta tensión como la espectacular batalla espacial que copa la primera parte del film parece fuera de lugar hasta que se ensambla bien el con la historia y el tono de la misma. Por otro la construcción narrativa y el montaje que alterna las distintas subtramas que pueblan la obra tardan en tomar solidez y mostrarse como un todo compacto de cara a la platea, pero una vez presentados todos los personajes la nave es enderezada adecuadamente. Por último es lógico que el notable cambio de perspectiva que imprime Rian Johnson a su proyecto con respecto al de J.J Abrams coja al espectador desprevenido, pero por suerte el director de Breaking Bad o Terriers mantiene gran parte del tono del creador de Alias o Fringe, aunque llevándolo a un nivel superior de implicación y riesgo desde un punto de vista argumental.




Una de las mayores virtudes de esta última película de Star Wars es que después de la autocomplacencia del Episodio VII aquí por fin la nueva trilogía comienza a avanzar y tomar su propia senda. Pero Rian Johnson no es un estúpido o un iluso y lo hace de manera gradual y orgánica, o lo que es lo mismo, mira al futuro sin abandonar del todo un pasado que siempre sobrevolará las producciones venideras dentro de la franquicia. Por ello encontramos una trama en la que los veteranos, Luke o Leia, sirven de brújulas morales y figuras paternas de las nuevas generaciones, Rey o Poe, preparando a sus púpilos para una guerra que no ha hecho más que empezar y en la que tendrán que desenvolverse solos cuando ellos ya no formen parte de la ecuación. En ese sentido el guionista y director sabe aprovechar tanto a los personajes que tiene a su disposición como a los actores que les dan vida.




Pero donde Rian Johnson marca las distancias con respecto a cualquiera de las entregas anteriores de Star Wars es en su intención como guionista y director de profundizar en conceptos icónicos del canon de la saga como la Fuerza y el Lado Oscuro, por medio de Rey o Luke, y llegar a materializarlos audiovisualmente con éxito en pantalla. De este modo por primera vez podemos ver cómo funciona el equilibrio de la Fuerza y cómo el balance entre luz y oscuridad puede predisponer a que un jedi, dependiendo en gran parte de su personalidad y entereza, se incline por uno u otro lado. Por medio de esta visión rompedora de la Fuerza y toda la parafernalia que la complementa y enriquece conseguimos incidir en la personalidad de Rey como guerrera e intentar dilucidar si su enorme poder acabará haciéndola optar por el mal debido al peso moral que todavía carga a sus espaldas con respecto a la desaparición de sus progenitores.




Curiosamente esta dicotomía a la que se enfrenta Rey es el perfecto caldo de cultivo para que Rian Johnson construya la que es la mejor relación entre personajes de Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi y que ya dio sus primeros pasos en el Episodio VII. Rey y Kylo Ren, o en esta ocasión deberíamos decir Ben Solo, son la distinta cara de una misma moneda, la luchadora de la luz que poco a poco va siendo tentada por una oscuridad, que en sus propias palabras, siempre ha estado en su interior y el miembro de la Primera Orden que quedó destruido espiritualmente cuando mató a su padre con sus propias manos. La conexión que la Fuerza establece entre ellos, la batalla por parte de cada uno para llevar al otro a su propio territorio, la determinación del Kylo Ren de un Adam Driver que está ejecutando uno de los personajes más interesantes de la saga y la secuencia de ambos guerreros peleando codo con codo contra la guardia de Snoke dan forma a los mejores momentos de esta última entrega.




Como es lógico también debemos hacer una parada en la incorporación, esta vez total, del mítico protagonista de la saga original ideada por George Lucas. Luke Skywalker está de vuelta y en esta ocasión con un papel capital en la última entrega de la franquicia que él ayudó a construir. Mark Hammil está exultante en su rol de maestro jedi que ha perdido la fe tras la traumática experiencia que vivió con el que fue su último padawan. Su descreimiento, negativa a hacer uso de la Fuerza e intención de acabar con la estirpe a la que él pertenece nace de la desesperanza, la decepción y la tristeza. Hay quien afirma que este Luke que aquí vemos no es el que todos conocemos y un servidor niega a la mayor, esta encarnación del personaje es la evolución lógica del mismo después de tantos años de soledad, remordimientos y retiro autoimpuesto. La labor del actor de la trilogía original a la hora de darle vida es tan profesional como cabría esperar por su parte y su paso por esta etapa de la saga es uno de los momentos álgidos de la misma.




Si miramos su obra previa realizar secuencias memorables no es algo ajeno a la impronta de Rian Johnson y a lo largo de Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi tenemos un buen puñado de ellas salidas de su mano. Desde la ya citada primera batalla con el ataque rebelde al acorazado (con una pátina de sacrificio que recupera el espíritu de Rogue One: A Star War Story) pasando por todo el pasaje en el planeta Cantónica o ese sacrificio a velocidad luz que deja la pantalla y la sala de proyección en silencio, todo el clímax final con su peculiar uso del cromatismo (la utilización del color rojo de la  sal en la batalla definitva es sencillamente brillante y ofrece una plasticidad a la imagen que engrandece la ya de por sí remarcable puesta en escena del director) y llegando al cierre de la trama principal que guarda un buen puñado de diálogos para el recuerdo y una preciosa despedida para Carrie Fisher a la altura de lo esperado, honrando así el legado de la inolvidable Leia Organa.




Es de recibo apuntar también que a pesar de que Rian Johnson se ha salido bastante del canon establecido en esta nueva trilogía lo ha hecho más en lo referido al fondo que a la forma, porque con respecto a esta última se ha mantenido bastante fiel a la estética que J.J. Abrams utilizó en Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza. De este modo en el largometraje del director de Los Hermanos Bloom encontramos unos efectos digitales magníficos que se mimetizan sabiamente con el recurrente uso de figuras animatrónicas o elaborado maquillaje que ofrecen una personalidad mucho más epidérmica y palpable al conjunto del diseño de producción y personajes extraterrestres o por otro lado también recurriendo a la nostalgia dando uso a mucha de la maquinaria militar y bélica que nació en la trilogía original y había sido abandonada, pero dosificándola con mucha más inteligencia que el director de Misión Imposible 3 en su entrega en la que dio rienda suelta al fanservice sin hacer prisionero alguno.




Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi otea el horizonte de un nuevo futuro con valentía y cierta temeridad, arrastrando fallos (la escena espacial de Leia es el momento más cuestionable de toda la obra) y virtudes (tono, reparto, diseño de producción, efectos especialias, realización) que la convierten en una pieza cinematográfica remarcable. Rian Johnson se atreve a profanar algunas reliquias sagradas, pero siempre con lógica y amplitud de miras, honra a los caídos dentro y fuera de la pantalla y hace evolucionar a los recién llegados. En el proceso ofrece un producto con acción, humor, amor y ciencia ficción, pero dejando el camino abierto para que en un futuro cercano el cierre de la trilogía, que recaerá de nuevo en J.J Abrams, nos confirme si este nuevo tríptico ha merecido la pena como conjunto de la misma manera que sus hasta ahora dos entregas sí lo han hecho a modo individual. Hasta 2019 no sabremos a ciencia cierta el resultado, pero antes de ello tendremos que hacer parada en la juventud de Han Solo el próximo año y en Transgresión Continua también daremos constancia de ello.



jueves, 21 de diciembre de 2017

Yoga Hosers, millennial clerks



Título Original Yoga Hosers (2016)
Director Kevin Smith
Guión Kevin Smith
Reparto Harley Quinn Smith, Lily-Rose Melody Depp, Tyler Posey, Genesis Rodriguez, Johnny Depp, Natasha Lyonne, Haley Joel Osment, Justin Long, Austin Butler, Jason Mewes, Michael Parks, Tony Hale, Harley Morenstein, Ralph Garman, Adam Brody, Ashley Greene, Jack Depp, Jennifer Schwalbach Smith, Vanessa Paradis, Sasheer Zamata, Kevin Conroy, Kevin Smith, Stan Lee





Desde que en el año 2011 estrenara la brutal Red State la carrera cinematográfica de Kevin Smith se convirtió en una incógnita con la que nunca sabemos qué nos deparará su próximo trabajo detrás de las cámaras. En 2014 la retorcidísima Tusk volvió a sorprender a propios y extraños con su atípica mezcla de terror, drama y comedia negrísima mostrando a un Smith que parecía cada vez más alejado del cine de sus orígenes protagonizado por adolescentes amantes de los cómics, el sexo y el humor escatológico. Sólo dos años después llegaría su treceavo largometraje como cineasta, otro giro de tuerca, esta vez nacido a modo de spin off del ya citado film interpretado por Justin Long y Michael Parks, en el que coparían todo el protagonismo dos personajes episódicos que aparecieron en aquella producción a modo de cameo y a los que dieron vida dos actrices casi debutantes que tienen en el proyecto que nos ocupa sus primeros papeles importantes dentro del séptimo arte.




Harley Quinn Smith y Lily-Rose Melody Depp son las hijas de Kevin Smith y Johnny Depp respectivamente y en Tusk hicieron una breve aparición interpretando a dos dependientas de una tienda tipo "7-Eleven" que estaban más peocupadas por escribir en sus teléfonos móviles que por atender a los insatisfechos clientes del emplazamiento en el que trabajaban. Tomando como protagonistas a estas dos actrices adolescentes, incluyendo a casi todo el reparto de la citada Tusk y construyendo una trama que sólo puede haber sido ideada bajo los efectos de una ingente cantidad de opiáceos Yoga Hosers se estrenó en pantallas de todo el globo en 2016 y desde ese mismo momento la podemos considerar una de las más endebles películas salidas de la filmografía del director de Jersey Girl o Mallrats. Un producto que falla a prácticamente todos los niveles en gran parte por culpa de su indefinición cinematográfica, algo en lo que nos detendremos más adelante.




Colleen McKenzie (Harley Quinn Smith) y Colleen Collette (Lily-Rose Melody Depp) son dos  amigas y compañeras de trabajo, residentes en Canadá, adictas a textear con sus teléfonos móviles,  tocar en una banda de rock y a las clases de yoga que imparte el gurú Yogi Bayer (Justin Ling). Una noche mientras trabajan en la tienda de comestibles "Eh-2-Zed." reciben la visita de Hunter (Austin Butler), uno de los chicos más populares del instituto e interés amoroso de Colleen McKenzie, y Gordon (Tyler Posey), amigo del ya citado muchacho. A la llegada de ambos se desata el caos en el local cuando unas salchichas vivientes nazis llamadas "bratzis" aparecen de repente e intentan matar a los cuatro adolescentes. Las dos Colleen deberán vencer a tan esperpénticos enemigos y para ello colaborarán con los más variopintos aliados, entre ellos el peculiar detective Guy Lapointe (Johnny Depp) que acompañará a las chicas en su cruzada.




Es difícil saber qué pasaba por la cabeza de Kevin Smith cuando decidió rodar un producto como Yoga Hosers. No sólo por lo alucinógeno de gran parte de su planteamiento, sino también porque como obra cinematográfica no sabemos a qué tipo de espectador está dirigido. Por un lado aunque temáticamente vuelve a las raíces de su filmografía, dando el protagonismo de la cinta a dos dependientas de una tienda de comestibles, la calificación por edades de la cinta (la famosa PG-13, que admite espectadores menores de edad en las proyecciones) impide que el guionista y director despliegue esos diálogos repletos de referencias sexuales y lenguaje malsonante propio de su impronta. De hecho hay momentos en los que los personajes maldicen utilizando la terminología propia de este tipo de films para (casi) todos los públicos y el resultado queda tan ridículo como insatisfactorio.




Como afirmamos estas carencias por culpa de la calificación moral del largometraje dejará insatisfechos a los fans de Kevin Smith habituados a su sorna e incorrección política. Pero si nuestra intención es abordar Yoga Hosers como una película de terror, género al que supuestamente también se adscribe, su éxito no es mucho mayor, porque prácticamente no hay una sola escena de sobresalto a lo largo del metraje, y si las hay con el que esto suscribe no han funcionado en ningún momento. Pero el fracaso máximo con respecto a buscar un target claro y determinado para que este pueda disfrutar de la propuesta cinematográfica lo tenemos con el de "película para niños", porque aquí Yoga Hosers es un rotundo desastre. A lo mejor es un servidor el que se equivoca y los críos de hoy en día se lo pasan de vicio viendo a unas salchichas nazis intentando matar a seres humanos en plena pubertad, pero ruego se me permita dudarlo.




Planteado todo esto la pregunta del millón es: ¿A qué tipo de público está dirigida Yoga Hosers?. Mi respuesta a dicha cuestión es que sus creadores son los que más disfrutaron de la película mientras la estaban ideando y eso es algo que se deja notar en pantalla durante no pocas ocasiones. Harley Quinn Smith y Lily-Rose Melody Depp no son dos grandes actrices y a la hora de hablar de su trabajo aquí tampoco podemos hacerlo de una química mutua que atraviese la pantalla, pero sí es cierto que hay complicidad entre ambas y que lo transmiten a lo largo del metraje, dejando entrever las imágenes que son amigas más allá de la ficción y que se entienden totalmente la una a la otra. En cuanto al equipo de secundarios, empezando por Johnny Depp de nuevo en la piel del insulso Guy Lapointe, pasando por un tatuado Adam Brody y llegando a los cameos de Kevin Conroy o Stan Lee también podemos vislumbrar que el rodaje fue una fiesta para todos los implicados.




El problema reside en que la mayor parte del público generalista no está invitado a la fiesta que Kevin Smith ha montado con sus amigos, de modo que sólo él, su equipo de rodaje y los fans más extremistas de su cine se divertirán con el film. Si al humor de dudoso gusto y escasa efectividad sumamos una trama tan esperpéntica que no se sostiene por ningún lado, la cuestionable táctica de llevar hasta el extremo del disparate el uso de la parafernalia nazi a modo de chiste recurrente a lo largo del metraje hasta eclosionar en ese clímax final que vuelve a poner en mente de un servidor la idea de que Kevin Smith no se encontraba sobrio a la hora de escribir el guión de la obra y una serie de personajes incidentales que deambulan a lo largo del metraje sin orden ni concierto, y a los que se recurre casi exclusivamente para mostrar sus perfiles a modo de homenaje a videoconsola de 8 Bits, podemos afirmar que nos encontramos ante un fracaso cinematográfico prácticamente total.




A pesar de ser un desastre sin paliativos y una penosa segunda entrega de esa "True North Trilogy" que su autor lleva ideando desde hace unos cuantos años, Yoga Hosers tiene dos virtudes que me hacen mirarla con no demasiado desdén y hasta cierto cariño. La primera es que después de todo lo comentado en esta entrada debo admitir que los 88 minutos que dura el largometraje no sólo se pasan en un suspiro, sino que no aburren en ningún momento, en gran parte gracias a las dos actrices principales y su vacuo pasotismo propio del siglo XXI. La segunda es que el que esto firma la ve como la confirmación de que Kevin Smith está decidido a hundir su carrera cinematográfica por medio de productos de dudosa naturaleza y gusto, pero que demuestran que hace lo que le apetece sin estar pendiente de fans, productores o resultados de taquilla y eso le honra como artista y ser humano. Sólo el tiempo nos dirá hacia donde se dirige este Kevin Smith cineasta en modo kamikaze.