domingo, 3 de enero de 2016

Krampus: Maldita Navidad



Título Original Krampus (2015)
Director Michael Dougherty
Guión Todd Casey, Zach Shields y Michael Dougherty
Actores Allison Tolman, Emjay Anthony, Adam Scott, David Koechner, Toni Collette, Conchata Ferrell, Stefania Owen, Gareth Ruck, Leith Towers, Krista Stadler, Mark Atkin, Maverick Flack, Sophie Gannon, Queenie Samuel, Lolo Owen




En el año 2007 el guionista Michael Dougherty (X-Men 2, Superman Returns o la próxima X-Men: Apocalipsis) dio forma con su ópera prima como realizador, Trick ‘r Treat, a un largometraje adscrito al cine de terror que se convertiría dos años después (cuando vio la luz en formato doméstico) en una obra de culto en Estados Unidos y que a España llegó tan mal (directamente a los videoclubs en dvd, sin pasar por los cines y con el nombre de Truco o Trato: Terror en Halloween) como tarde pero haciéndose algo de eco del éxito que había supuesto su carrera, más crítica que comercial, en Norteamérica. El debut de Michael Dougherty narraba cinco historias cruzadas que tenían lugar en la famosa noche de Halloween en las que teníamos la presencia de actores como Anna Paquin (la saga X-Men), Dylan Baker (Spiderman 3) o Brian Cox (X-Men 2). El producto condensaba en sus escasos 78 minutos de metraje humor negro, terror mórbido, folclore relacionado con la famosa festividad de origen celta y un excelente trabajo de escritura y dirección por parte de su ideólogo. Al poco tiempo la película, que rendía tributo a autores como John Carpenter, Joe Dante, la revista Creepy o la saga literaria Pesadillas (Goosebumps) del escritor canadiense R.L.Stine, se convirtió en una de esas piezas de visión obligada durante la noche del 31 de Octubre y el film más puramente halloweeniano jamás rodado, aunque evidentemente no el mejor. Cuando todo el mundo pensaba que Michael Dougherty iba a ser devorado por Hollywood para rodar el enésimo e innecesario remake de alguno de los clásicos del género el cineasta permaneció en silencio la friolera de ocho años hasta que en el recién finiquitado 2015 volvió con su segundo trabajo detrás de las cámaras, un proyecto conceptual y estructuralmente muy parecido a Trick ‘r Treat pero está vez localizando la historia en otra festividad como es la navideña. El resultado es otro trabajo notable por parte de Dougherty con todos los alicientes para perdurar en la memoria de gran parte de los fans del cine de terror y fantasía.




Krampus: Maldita Navidad toma como punto de partida y núcleo argumental la leyenda de esta criatura de origen centroeuropeo que se considera el reverso tenebroso de la figura de Santa Claus. Una figura demoníaca que cada Navidad tiene la misión de castigar a los niños que se han portado mal a lo largo del año. A partir de aquí Michael Dougherty idea una perversión de la típica película navideña para toda la familia inyectándole ingentes cantidades de mala baba que ya se dejan notar en ese prólogo en el centro comercial a cámara lenta con escenas conisderablemente brutas, como la de la pareja retorciéndose en el suelo por culpa de las pistolas táser con las que los guardias de seguridad tratan de reducirlos y que ya marcan a fuego, bien pronto, el tono que tendrá el grueso del largometraje, así como una sanísima incorrección política que en muchas ocasiones realmente sólo enmascara una verdadera admiración y cariño nostálgico por el famoso espíritu navideño típicamente americano. Pero como comentamos la comedia negra, el retrato envenenado de la familia propiamente estadounidense con su afán por la competitividad, las armas de fuego, la fanfarria y los prejuicios raciales o sexuales son las cartas que utiliza el cineasta al mando del proyecto para moldear un cuento de hadas mórbido, amenazante, travieso por fuera y lacónico por dentro que extiende y acrecienta la impronta de un autor que ya dio buenas muestras de calidad en su anterior obra detrás de las cámaras.




Una vez más y al igual que en su debut en el largometraje Michael Dougherty quiere ir más allá de rodar una simple película de género dejándose imbuir no sólo por todo el folclore adscrito a la leyenda de Krampus (la secuencia animada que narra su origen es uno de los mejores pasajes de la cinta, algo que también sucedía en Trick ‘r Treat) sino por todo un bestiario de seres que amalgaman leyendas de distinta índole con personajes iconográficos dentro del cine fantástico y de terror como elfos diabólicos, payasos caníbales, muñecos de nieve vivientes, galletas de jengibre asesinas, con los que también quiere rendir tributo (la mayoría de estás monstruosidades están realizadas por medio de animatrónicos, marionetas, maquillaje y látex, el uso de los efectos digitales es mínimo y está magníficamente dosíficado) a maestros curtidos en los años 80 como el tristemente desaparecido Jim Henson de Dentro del Laberinto o Cristal Oscuro y sobre todo a los Chris Columbus y Joe Dante (este último, director fetiche de Dougherty al que rinde continuo tributo en su filmografía) que dieron forma a aquel clásico de culto, también navideño, llamado Gremlins con el que una producción como Krampus: Maldita Navidad tiene su mayor y más destacada deuda formal, conceptual y argumental.




Michael Dougherty mantiene un notable equilibrio entre la comedia negra llena de gags que tienen como núcleo central la calamitosa reunión familiar dentro de la casa de los Engel y la atmósfera sobrenatural, mística y de iconografía con tintes paganos que tiene lugar en las calles nevadas del exterior y que se irá acentuando a lo largo del metraje desembocando en ese final que se refleja en obras como las británicas City of the Dead, de John Llewellyn Moxey o The Wicker Man, de Robin Hardy y que tiene lugar antes del epílogo que cierra la obra. El cineasta se deja seducir por los “villanos” de su proyecto a los que retrata con una traviesa maldad impropia de una película de Hollywood, incluyendo incluso varias escenas de violencia que tienen como protagonistas a niños y que a más de a un espectador pueden dejar descolocado. Pero es sobre todo en la figura de Krampus donde el director muestra la admiración estilística y conceptual que profesa por su personaje. Esta “Sombra de Santa Claus” es mostrada durante los primeros compases del largometraje como una criatura de tamaño sobrehumano que realiza movimientos propios de un animal salvaje (los saltos con los que pasa de un tejado a otro de las casas del barrio residencial) siendo expuesto en pantalla siempre en la lejanía o sólo dejando entrever partes de su peculiar anatomía (esas patas de macho cabrío de notable imponencia y reminiscencias satánicas) para en el clímax de su enfrentamiento final con su “creadora” mostrársenos en todo su esplendor con una delectación y minimalismo que delata la implicación personal y artística de Michael Dougherty con la creación plástica y visual de dicha criatura y por extensión con el proyecto cinematográfico en su conjunto.




Krampus: Maldita Navidad es una atípica película navideña. Michael Dougherty carga sus armas para disparar contra todo lo que de superficial hay en estas fiestas como las cenas familiares, la entrega de regalos o compartir mesa con parientes con los que no tenemos ninguna relación a lo largo del año y a los que en ocasiones ni siquiera soportamos. Pero también hay un verdadero sentido de la nostaligia y la fascinación por una festividad que parece seguir atrayéndole como cuando era niño. Por suerte las ganas de transgredir y deleitarse con las leyendas oscuras y terroríficas que pueblan nuestro inconsciente colectivo pasando de generación en generación son el núcleo central de su segunda y meritoria película como realizador. Toda la atmósfera sobrenatural, amenazante, de naturaleza luciferina que anida bajo toneladas de nieve desembocan en un epílogo lacónico y hasta cierto punto incómodo impropio de un producto de estas características. Con ello el cineasta sigue dando tranquilizadoras muestras de no haberse rendido todavía del todo a los cantos de sirena de una maquinaria hollywoodiense que convierte a (casi) todos los artesanos con talento que contrata para dar formas a sus superproducciones en mercenarios que pierdan al poco tiempo sus aspiraciones artísticas y señas de autoria por el vil metal. Por ahora el de Michael Dougherty no es uno de esos casos y si, posiblemente, le dejan su pequeña parcela para ir dando forma a obras como la que nos ocupa nunca necesite entregarse totalmente a los seductores y prostituibles brazos de las grandes productoras. Esa ya anunciada Trick ‘r Treat 2 posiblemente será la prueba de fuego para saber si estamos en lo cierto.


jueves, 31 de diciembre de 2015

Foxcatcher, this land is your land



Título Original Foxcatcher (2015)
Director Bennett Miller
Guión  E. Max Frye, Dan Futterman
Actores Channing Tatum, Steve Carell, Mark Ruffalo, Sienna Miller, Anthony Michael Hall, Vanessa Redgrave, Tara Subkoff, Sherry Hudak-Weinhardt, Guy Boyd, Brett Rice, Jackson Frazer, Samara Lee, Francis J. Murphy III, Jane Mowder, David Bennett, Lee Perkins, Robert Haramia





Tercera incursión en el mundo del largometraje del cineasta norteamericano Bennett Miller tras Truman Capote, el biopic sobre el afamado autor literario de A Sangre Fría o Desayuno con Diamantes protagonizado por el tristemente desaparecido (y en esta ocasión oscarizado) Philip Seymour Hofman, y Moneyball: Rompiendo las Reglas, cinta con la que abordaba los entresijos del mundo del beisbol con Brad Pitt como actor principal dando vida Billy Beane, gerente general de los Oakland Athletics . Con su última obra, Foxcatcher (al igual que sus dos films anteriores, inspirado en hechos reales) Miller no sólo consigue amalgamar la crónica negra americana de su primer trabajo y el subgénero deportivo del segundo, también logra la que es sin lugar a dudas su mejor obra cinematográfica y una de las propuestas más sobresalientes estrenadas en España a lo largo del este ya casi extinto 2015.




Mark Schultz (Channing Tatum) es un campeón olímpico de lucha grecorromana que siempre ha vivido a la sombra de su hermano y entrenador Dave (Mark Ruffalo) hecho que frena muchas de sus aspiraciones personales y profesionales. Un día Mark recibe la llamada de John Du Pont (Steve Carell), heredero de una de las familias más adineradas del país, para que se una al Foxcatcher Team, el equipo de lucha al que él entrena y que representará a Estados Unidos en las olimpiadas de Seul de 1988 y para ello se instalará en las inmediaciones del terreno de proporciones mastodónticas en el que viven los Du Pont en el estado de Pennsylvania. Al poco tiempo la relación entre John y Mark comenzará a resquebrajarse y entonces entrará en escena Dave, el ya mencionado hermano mayor de este último que tratará de intermediar entre los dos hombres y preparar al equipo para ganar las inminentes olimpiadas coreanas, desembocando todo esto en unos trágicos hechos que coparon portadas a nivel global años después.




Aunque sea parte de su núcleo central y bascule todo el desarrollo de la historia la lucha grecorromana en particular y el deporte en general no son los temas principales sobre los que habla una película como Foxcatcher, estos son más bien una excusa para diseccionar otro tema. La tercera película de Bennett Miller habla de América y sobre todo del concepto de "lo americano". De un país en el que la ambición, la avaricia, el afán obsesivo por la competitividad para destacar sobre el resto, la paranoia, las apariencias y lo pomposo son las señas de identidad de la mayor parte de su ciudadanía. Todos estos defectos amalgamados en una sola y mórbida entidad se encuentran en la personalidad de John Du Pont, el multimillonario que sirve como epicentro del relato adaptado de la realidad por los guionistas E. Max Frye, Dan Futterman y al que volveremos más tarde para hablar de la mayor virtud de Foxcatcher, nada más y nada menos que un equipo artístico que nos ofrece un verdadero  e impagable recital de interpretación.




Bennett Miller aborda esta historia, esta tragedia contemporánea, con una medida puesta en escena en la que la dirección de fotografía y el montaje cobran capital importancia y apelando en todo momento a una contención que se convierte en su mayor virtud, pero puede que también en el defecto que impide una mayor implicación emocional, posiblemente no con los personajes ya que estos están perfectamente definidos e interpretados, pero sí con la historia que se nos está narrando. Eludiendo cualquier pernicioso o gratuito sensacionalismo, con un distanciamiento entomológico propio de autores como Stanley Kubrick o David Fincher Miller deconstruye el sueño americano para desnudarlo y exponerlo en pantalla como una monstruosidad que más que reafirmar a las personas que ansían tocarlo con los dedos las acaba devorando. Por ello no es extraño que el norteamericano ganara, con todo el merecimiento del mundo, el premio al mejor director en el Festival de Cannes de 2014




Foxcatcher es una película de hombres, seres melancólicos, animales heridos que buscan algo que no pueden encontrar. Poco importa si quien lo intenta es un multimillonario que lo tiene todo pero no atesora nada, un atleta tozudo pero entregado con ansias de reconocimiento individual o un mentor de buen corazón que trata de ayudar a un hermano que sin él no es nada, poco más que un gigante torpe y apocado. Ninguno de ellos consigue llegar a cumplir sus metas (puede que sólo el personaje de Mark Ruffalo alcance en cierta manera esa autorrealización personal gracias a su mujer y sus dos hijos) viéndose sepultados por las expectativas, los problemas personales o una psicología maleable y distorsionada. Bennett Miller se ocupa de que el realismo se agarre a la epidermis de sus criaturas y se transmita a la platea (las escenas de lucha están rodadas sin efectismos, de manera academicista pero con contundencia) y los hermanos Schultz son buena muestra de ello. En la primera escena en la que los vemos interactuar juntos ambos están entrenando y sólo con el lenguaje corporal, las movimientos violentos de Mark o la reacción tranquila y comprensiva de Dave, percibimos más de la personalidad de los personajes y su relación que si mantuvieran una conversación con 50 líneas de diálogo por cabeza, apelando así a que el físico de los actores y sobre todo los silencios (otro de los protagonistas de Foxcatcher, el silencio) ofrezcan al espectador toda la información necesaria para comprender a los protagonistas y sus aspiraciones emocionales o profesionales.




Evidentemente sin la ayuda de unos actores a la altura de las exigencias de la historia todo el trabajo de Miller  y sus escritores quedaría reducido prácticamente a cero, pero nada más alejado de la realidad con respecto a Foxcatcher, ya que sus tres actores principales nunca han estado mejor. Channing Tatum brilla como Mark Schultz, el intérprete conoce sus limitaciones y ofrece su fisicidad a un personaje que principalmente le exige eso, pero también saber armonizar su trabajo en el plano psicológico para precisamente mostrar en pantalla todo lo contrario, un caos emocional del todo palpable. Su manera de andar, sus movimientos bruscos de mandíbula, su poca predilección por hablar y esos contados pero acertados y muy bien medidos arrebatos violentos (el de la habitación de hotel está perfectamente coreografiado) nos dan buena muestra de que el guión quiere eludir la típica historia de hombre de buen corazón vampirizado por una figura paternal perniciosa (los guionistas huyen de los estereotipos y lo consiguen en todo momento) ya que por mucho que la influencia de John Du Pont en Mark sea negativa este último sólo necesitaba una mínima excusa, un catalizador para explotar y convertirse en un ser autodestructivo, sacar el Hyde que habitaba en su Jekyll, el Heisenberg que anidaba en su Walter White.




El otro lado de la moneda es el Dave Schultz al que Mark Ruffalo entrega todo su naturalismo, carisma, sinceridad, entereza. El hermano mayor de Mark es la América humilde, la clase trabajadora que levanta el país (la que choca directamente con la de John Du Pont, aposentada desde hace más de un siglo, aburrida de tenerlo todo) el noble héroe fordiano que nunca dejaría tirado a su hermano, que sabe batallar contra viento y marea, que no ambiciona nada más que tener un sustento para sacar adelante a su mujer y sus hijos y ser la brújula moral, profesional y psicológica de un Mark inestable que se siente desnudo sin su tutela, Realmente el rol del intérprete de Los Vengadores: La Era de Ultrón o Mi Vida Sin Mí es el que representa el punto de vista del espectador, su presencia es balsámica, él rompe toda la tensión latente y la violencia a flor de piel que destila el film cuando los personajes de Mark y John comienzan a tener sus cada vez más continuos desencuentros y ni siquiera ese terrible corte de pelo para fingir una falsa alopecia, su baja estatura o escasa corpulencia nos impiden ver un personaje abordado desde las entrañas y al que en última instancia está dedicado un film realizado sobre todo para enaltecer su figura.




No puedo estar en más desacuerdo con aquellos que afirman que el John Du Pont al que da vida un pletórico e irreconocible Steve Carell es un monstruo, un ser despreciable y manipulador que hunde en la miseria económica y moral a su pupilo Mark Schultz. El personaje del Michael Scott de The Office es un clásico "pobre niño rico", un juguete roto, el eterno adolescente encerrado en el cuerpo de un anciano que todavía busca la aprobación y admiración negada de una madre (una Vanessa Redgrave que con cinco minutos en pantalla se lleva el gato al agua, como  es habitual en ella) que posiblemente siga rechazando darle su tan ansiada bendición por culpa de la demencia senil propia de su edad más que por otro motivo. Sirva como ejemplo ese falso alarde de liderazgo del que hace gala su hijo cuando ella visita el gimnasio y cómo este deja su exhibición en el acto cuando su progenitora abandona indiferente la sala, secuencia que sintetiza magistralmente la esencia del personaje de Du Pont y en la que Carell está pletórico sorprendiendo a todos aquellos que nos hemos malacostumbrado a verlo hacer comedia y películas de humorísticas de medio pelo.




John se considera un verdadero patriota cuya misión es devolver el honor a un país que desde su punto de vista ha perdido los valores de sacrificio, gallardía y esa "excepcionalidad americana" que con tanto acierto criticaba Oliver Stone en su magistral serie de documentales La Historia No Contada de Estados Unidos, pero debajo de esa carcasa de falsa fastuosidad sólo queda un hombre en busca de una admiración y reconocimiento que le permita sentirse realmente vivo, Con aspecto de reptil, sonrisa de psicópata taciturno, voz ahogada y una tensa calma John Du Pont transmite al espectador sensaciones que van desde la inquietud y el temor cuando comienza a acentuar su pasión por las armas de fuego y el uso de las mismas, la compasión cuando asistimos a como el peso del legado familiar recae sobre sus hombros (esos imponentes cuadros de antepasados que parecen mirarle acusatoriamente desde las paredes de su enorme mansión) o la tristeza al ver que está solo en el mundo y que la única persona que realmente sintió algo de empatía o aprecio hacia su idealizada imagen paternal acabó dando forma con él a una relación de peligrosa toxicidad que  destrozó sus vidas y la de sus allegados.




La última gran obra de Bennett Miller puede no ser plato para todo tipo de paladares por su contención formal y conceptual, por tomarse todo el tiempo del mundo para poner sus fichas sobre el tablero (a un servidor ciertamente no le pesaron ni uno sólo de los 134 minutos que dura el largometraje) y por el distanciamiento necesario con el que su director trata unos hechos que no deben ser abordados desde el morbo o la superficialidad y a los que rodea de una atmósfera de tristeza gélida que hiela la sangre y transmite una sensación de melancolía desencantada y misántropa. Pero lo que está claro es que con un director que en cada nuevo proyecto afianza un discurso propio muy a tener en cuenta, una banda sonora adecuadamente minimalista, un guión medido y perfectamente modelado y un reparto encabezado por tres actores superlativos Foxcatcher finalmente parte a América en dos para dejar a la forjada por hombres nobles y justos yaciendo inerte en la nieve y a la otra, la que con sus fauces arranca piel y hueso por medio de imperialismo, miedo a lo desconocido, ambición desmesurada y capitalismo agresivo se alza triunfante con la mándibula apretada y el gesto intimidante mientras una turba sedienta de violencia vocifera el nombre de un país que se enorgullece de ser el ganador, el número uno, el mejor, en una carrera en la que él es el único competidor.


lunes, 28 de diciembre de 2015

Perdida, persiguiendo a Amy



Título Original Gone Girl (2014)
Director Davd Fincher
Guión Gillian Flynn, basado en su propio libro
Actores Ben Affleck, Rosamund Pike, Neil Patrick Harris, Tyler Perry, Kim Dickens, Patrick Fugit, Carrie Coon, Missi Pyle, Kathleen Rose Perkins, Scoot McNairy, Sela Ward, Emily Ratajkowski, Lee Norris, Casey Wilson, Lyn Quinn, Lola Kirke, David Clennon, Lola Kirke




Desconcertante y hasta cierto punto decepcionante última incursión detrás de las cámaras de uno de los directores más talentosos y personales del Hollywood contemporáneo, el norteamericano David Fincher. El cineasta de Seven o The Game adapta el best seller homónimo (novela que un servidor desconoce) de Gillian Flynn con la ayuda de esta en la escritura del guión. El resultado es un proyecto 100% "made in Fincher" con todo su ideario nihilista y una puesta en escena sencillamente brillante en la que destaca un reparto magnífico que está a la altura de las exigencias del genio que se encuentra controlando las riendas del proyecto, pero que desgraciadamente no está a la altura de su autor. Evidentemente con Perdida no podemos hablar de una obra fallida, ni siquiera de una irregular, pero sí de un largometraje con los suficientes fallos estructurales y conceptuales como para no ser algo más que una pieza menor dentro de la ejemplar filmografía del cineasta nacido en Denver, Colorado.




Como previamente he comentado no he leído la novela de Gillian Lynn en la que se basa la película, pero el punto de partida de la adaptación cinematográfica de David Fincher no se aleja demasiado del del típico telefilm vespertino de fin de semana. El día del quinto aniversario de su matrimonio Nick Dunne (Ben Affleck) descubre que su mujer, Amy (Rosamund Pike) ha desaparecido misteriosamente. Tras hacer oficial a los medios de comunicación la repentina ausencia de su esposa Nick se convertirá en el sospechoso principal del posible asesinato de esta y la policía no tardará en seguir sus pasos para en el proceso ir descubriendo poco a poco que el idílico matrimonio Dunne no parecía serlo tanto debido a varios secretos oscuros que ambos cónyuges mantenían bajo llave y que finalmente saldrán a la luz.




Como podemos apreciar el arranque de Perdida lo hemos visto miles de veces en todo tipo de películas o tv movies de medio pelo, pero por suerte detrás de este proyecto tenemos la venenosa e incisiva mirada del autor de El Club de la Lucha o El Curioso Caso de Benjamin Button y eso evidentemente marca las distancias. Artificio, ese es el mayor fallo de un producto como la última película de David Fincher, desde el mismo momento en el que Amy desaparece la obra se adentra totalmente y sin miramientos en el terreno de lo inverosímil y esto lastra el desarrollo adecuado del metraje. Porque aunque los personajes puedan parecer creíbles y sus personalidades (de las que hablaremos posteriormente) realistas los actos que llevan a cabo o en los que se ven implicados exhalan falsedad, rimbombancia y efectismo por todos y cada uno de sus fotogramas. 




Es como si el mismo David Fincher (que curiosamente en el audiocomentario del blu-ray del film admite que la historia se va haciendo cada vez más rocambolesca) quisiera ir ejecutando una serie de situaciones que adolecen totalmente de verismo, como si anelara reconvertirse en un nuevo Brian de Palma, pero como todos sabemos Brian de Palma sólo hay uno y únicamente él sabe usar sus dotes de trilero en este terreno y salir (casi) siempre triunfante, Por eso ni la búsqueda de Amy por parte de Nick, ni ese giro (tan polémico como bien ejecutado, eso no puede negarse) a mitad de metraje, ni toda la cascada de sinsentidos argumentales que toman forma después de la visita a la casa del personaje de Neil Patrick Harris y lo que allí acontece pueden transmitir al espectador algo más que curiosidad por saber cuál será el futuro de los personajes protagonistas o de dónde vendrá la próxima pasada de rosca argumental con la que nos sorprenderá (unas veces para bien y otras para mal) una obra como Gone Girl.




Pero en honor a la verdad poco más negativo podemos decir de una obra como el último trabajo de David Fincher. No sólo porque, como previamente hemos mencionado, el director de La Red Social está al 100% de sus capacidades como autor sino también porque con Perdida posiblemente estemos hablando de la película más lacerante, maquiavélica, incómoda y políticamente incorrecta salida de su mano desde que adaptara la inciendiaria novela homónima de Chuck Palahnniuk con Edward Norton y Brad Pitt como protagonistas. Todo esto es debido a la valentía del film al correr el riesgo de apuntar sus dardos envenenados contra una de las instiuciones más sagradas, sobre todo dentro del país de las barras y estrellas, como es el matrimonio y ahí es cuando el productor de House of Cards da lo mejor de sí mismo y amparándose en otros misántropos como Alfred Hitchcock, Paul Verhoeven o David Cronenberg decide coger a sus protagonistas y desnudarlos por dentro y por fuera para que la cámara sea testigo de cuán falsaria y pueril puede ser la relación emocional en la que están implicados y el incontable beneficio que de ello pueden sacar unos medios de comunicación vampirizadores y sensacionalistas con los que Fincher tampoco hace prisioneros a la hora de retratarlos.




Pero si debemos hablar de levantar ampollas es inevitable que abordemos el tema que más ríos de tinta hizo correr con respecto a Perdida en la época de su estreno, su supuesta misoginia centrada principalmente en la personalidad de la Amy Dunne a la que da todo lo que tiene y más una brutal Rosamund Pike. Es inevitable pensar que esa mujer manipuladora, fría y calculadora es expuesta en pantalla como el típico personaje femenino negativo que aún teniendo motivos para llevar a cabo sus reprobables actos no deja de ser una psicótica, una femme fatale escondida debajo de la falsa imagen de una esposa ejemplar. Pero a un autor que ha retratado personajes femeninos magníficos e individualistas como la mesiánica Ellen Ripley de la recuperable (sobre todo en su montaje extendido) Alien 3, la Meg Altman de La Habitación del Pánico o la Lisbeth Salander de su sobresaliente adaptación de la primera novela de la saga Millenium ideada por el fallecido escritor sueco Stieg Larson dan buena muestra de que Fincher es de todo menos un "hombre que no ama a las mujeres" y si a ello sumamos que el guión de la película está escrito por una mujer (recordemos, la misma autora de la novela original) esta teoría cada vez se tambalaea más.




Porque realmente Perdida no apela a la misoginia sino a la misantropía, ideario que no es ajeno a la obra de David Fincher y al que apela en la mayoría de sus largometrajes, Por que si Amy es una experta manipuladora nata el Nick Dunne al que da vida un adecuadamente taciturno Ben Affleck, que nunca será un gran actor pero al que la madurez le está sentando maravillosamente, también saber ser un mentiroso, un titiritero con aires de falso victimismo (grande su entrevista a modo de confesión) que es capaz de engañar a su hermana Go (magnífica Carrie Coon como secundaria devoraplanos) cuando esta se ha revelado como su mayor aliada y su más importante punto de apoyo. Pero no sólo los protagonistas se exponen en pantalla como seres egoístas con intenciones subrepticias, roles como los de los padres de Amy, el de la guapa Emily Ratajkowski, el de Neil Patrick Harris, el del abogado de Tyler Perry o los de las periodistas a las que dan vida Sella Ward y Missi Pyle anulan cualquier tipo de empatía con un espectador que en todo momento descubre que Perdida está repleta de hienas en busca de carroña de las que sólo se salvan de la quema (y no del todo) el dúo de policías a los que dan vida Kim Dickens (Deadwood) y Patrick Fugit (Casi Famosos).




En resumidas cuentas Gone Girl es un buen thriller con apuntes dramáticos y muy mala baba perfectamente ejecutado en todos y cada uno de sus apartados ya sea este el artístico o el técnico. Destila una maldad y un veneno tan incómodo para el espectador como atractivo para el mismo diseccionando la institución matrimonial. El problema nace con su guión que demanda demasiado a la platea con respecto a aceptar una suspensión de la incredulidad que en ocasiones es demasiado exigente y que nos impide tomarnos realmente en serio un relato que se mueve entre el drama erótico, el slasher, el folletín y la comedia negra, Por lo tanto y aunque sus casi 150 minutos de metraje se pasan en un suspiro y nunca pierden interés, la banda sonora minimalista de Trent Reznor y Atticus Fetch dan entidad a algunas de las escenas más potentes de la obra (esa escena de sexo, ese torrente de sangre bañando el cuerpo de uno de los personajes) y el reparto cumpla sobradamente su cometido David Fincher es un director poseedor de una impronta tan personal e intransferible que un proyecto como el que nos ocupa no está a su altura, algo que sucedió en su momento también con La Habitación del Pánico y que esperemos no vuelva a suceder. Él merece mucho más que esto.


domingo, 27 de diciembre de 2015

Operación U.N.C.L.E.



Título Original The Man From U.N.C.L.E. (2015)
Director Guy Ritchie
Guión Lionel Wigram, Jeff Kleeman, David C. Wilson  y Guy Ritchie basado en la serie televisiva de Sam Rolfe
Actores Henry Cavill, Armie Hammer, Alicia Vikander, Elizabeth Debicki, Hugh Grant, Jared Harris, Christopher Sciueref, Susan Gillias, Luca Calvani, Nicon Caraman





En el año 1964 la Metro Goldwyn Mayer estrenó en televisión una serie titulada The Man of U.N.C.L.E (titulada en España y algunos países de Sudamérica como El Agente de C.I.P.O.L) protagonizada por dos agentes secretos, uno estadounidense, Napoleón Solo (Robert Vaughn) y otro ruso Illya Kuryakin (David McCallum) que trabajaban para una Agencia Secreta Iternacional llamada U.N.C.L.E y cuyo principal rival era la organización criminal THRUSH. Creada por Sam Rolfe con la inestimable del creador literario de James Bond, Ian Fleming, el programa duró cuatro temporadas, terminando su recorrido catódico en 1968 después de la emisión de 105 episodios. La serie consiguió el título de producción de culto y la intención por parte de Hollywood de realizar un remake de la misma a modo de largometraje permaneció años tanteándose. Hasta directores reconocidos como Steven Soderbergh o actores importantes como George Clooney, Tom Cruise o Ryan Gosling entre otros quisieron sacar adelante, sin éxito, dicha empresa.




Hasta que en 2013 se confirmó que el encargado de rodar esta actualización en pantalla grande de la serie de Sam Rolfe sería el cineasta británico Guy Ritchie, director de films de culto relacionados con el mundo del hampa inglés como Lock & Stock, Snatch, Rockanrolla o las adaptaciones cinematográficas del cómic Sherlock Holmes con el que el guionista Lionel Wigram daba su personal versión de las investigaciones del detective creado por Arthur Conan Doyle. Cuirosamente el mismo Wigram, junto a Jeff Kleeman y David C. Wilson, colaboran con el director de Barridos Por la Marea en el guión de esta versión de 2015 de The Man From U.N.C.L.E (titulada en España Operación U.N.C.L.E) que finalmente está protagonizada por Henry Cavill (El Hombre de Acero), Armie Hammer (El Llanero Solitario) y Alicia Vikander (Ex Machina) entre otros actores entre los que podemos destacar en breves papeles a Hugh Grant (El Diario de Bridget Jones) o Jared Harris (Mad Men).




Operación U.N.C.L.E. es un caso extraño dentro de la filmografía de Guy Ritchie. Por un lado es su film más impersonal y academicista, ya que ciertamente el británico nunca ha sido un autor cinematográfico, pero su obra tiene algunas señas de identidad visuales, estilísticas y tonales que la hacen identificable y estas brillan por su ausencia a lo largo del metraje de la película que nos ocupa. Por otro lado todavía más sangrantesería el hecho de que la que es la película "menos Ritchie" de la filmografía del realizador de Revolver se revele como la mejor de las suyas desde los tiempos de Lock & Stock o Snatch, ya que su último trabajo detrás de las cámaras es una actualización elegante, exquisita, dinámica y muy sexy (en todos los aspectos) de la mítica serie de Sam Rolfe utilizando toda la icnonografía y microcosmos que hicieron famoso al producto catódico pero extrapolándolos a una visión de aquellos años 60 desde un prisma puramente del siglo XXI.





Porque como previamente hemos comentado Man From U.N.C.L.E. es una película que exhala elegancia desde su guión a su realización pasando por, sobre todo, su diseño de producción y vestuario. Una pieza de espías que enlaza el dinamismo conspiranoico propio de la Guerra Fría adscrito a las primeras entregas cinematográficas de James Bond con la acción física y cruda de las entregas del desmemoriado Jason Bourne pero sin la aspereza formal imperante en dicha saga que adaptaba las novelas del personaje creado por Robert Ludlum. La última pieza de Guy Ritchie trasmite en todo momento ligereza, diversión, evasión y siempre amparándose primordialmente en un clasicismo bien entendido en el que podemos encontrar guerras de sexos, héroes y villanos de la vieja escuela o rivalidades entre egos masculinos que acaban en una camaradería tan previsible como agradecida que nos remite a producciones salidas de la mano de cineastas como Howard Hawkes, George Cukor o John Ford,




En cuanto a la labor de Guy Ritchie este elude inteligentemente (o puede que por presiones desde los productores, nunca se sabe) todos los aspavientos en los movimientos de cámara, el abuso del slow motion o el montaje sincopado marcas de la casa para encuadrar con inteligencia, dejar que los planos respiren, los actores puedan lucirse en pantalla sin necesidad de efectismos visuales y todo apelando a una labor más propia de un competente artesano al servicio de Hollywood que la de un cineasta que se hizo famoso por sus excesos estilísticos. Aunque tampoco se olvida el británico de ejecutar escenas de acción magníficamente resueltas entre persecuciones por tierra, mar y aire, tiroteos o escenas de acción física que se muestran en pantalla armoniosamente ensambladas con una banda sonora pletórica con temas de la época a cargo de de Nina Simone, Rita Pavone o esa maravillosa Che Vuole Questa Musica Stasera de Peppino Gagliard que corona la soberbia escena de la persecución nocturna de lanchas.




Previamente hemos hablado de elegancia y exquisitez en el diseño de vestuario, algo que no es ajeno a un director como Guy Ritchie que con su primera película puso de moda los oscuros abrigos largos que portaban sus protagonistas, pero para que la ropa pueda lucirse en pantalla se necesitan tres buenas perchas y pocas mejores que las del trío protagonista de Operación U.N.C.L.E. El británico Henry Cavill da vida a Napoleón Solo el agente norteamericano de porte señorial y egolatría a la altura de la nacionalidad de su personaje con un estilo que nos recuerda al Sean Connery de sus primeros 007. El estadounidense Armie Hammer es Illya Kuryakin, el espía ruso con maneras de un rudo Steve McQueen en seco contrapunto con el más protocolario Solo y finalmente la también inglesa Alicia Vikander en la piel de la misteriosa Gaby Teller, un rol que mezcla a los dos Hepburn más famosas de la historia del celuloide, amalgamando la fuerte personalidad de Katherine y la elegancia lacónica de Audrey. Los tres dan forma a un iteresante triángulo emocional y profesional que destila una intachable química que da sus mejores frutos en la escena de la borrachera en la habitación del hotel o en ese "ennfrentamiento final" entre los dos aguerridos protagonistas masculinos.




Operación U.N.C.L.E es una muestra de cine comercial de calidad y la confirmación de que si Guy Ritchie está atado en corto todavía puede sorprendernos agradablemente. Un producto que homenajea a un serial catódico apelando a la nostalgia, la sutilidad y el legado de un tipo de cine totalmente antagónico al que Hollywood, por desgracia, da forma en la actualidad. A una puesta en escena medida y profesional se suma un guión perfectamente cohesionado, un trío de actores en estado de gracia acompañados por unos secundarios como Hugh Grant, Jared Harris o Elizabeth Debicki  que realizan con aplomo su trabajo y un look tan refinado como distinguido que nos remite a otro tipo de cine de espionaje perdido en el tiempo con el que sus autores tratan de tender puentes que terminen por enterrar los fantasmas de la guerra fría por medio de una convivencia mutua y enriquecedora para ambas naciones implicadas en aquel conflicto pero sin olvidarse en ningún momento que nos encontramos ante un producto de consumo con el que pasar poco menos de dos horas viendo a actores de muy buen ver correr inocuas aventuras vintage que se ven con agrado y recuerdan con una sonrisa tan cómplice como poco trascendente.

sábado, 31 de octubre de 2015

Mi Gran Noche



Título Original Mi Gran Noche (2015)
Director Álex de la Iglesia
Guión Jorge Guerricaechevarría y Álex de la Iglesia
Actores Raphael, Mario Casas, Pepón Nieto, Blanca Suárez, Carlos Areces, Luis Callejo, Carmen Machi, Jaime Ordóñez, Santiago Segura, Enrique Villén, Hugo Silva, Carolina Bang, Terele Pávez, Carmen Ruiz, Marta Guerras, Marta Castellote, Tomás Pozzi, Ana Polvorosa, Toni Acosta, Luis Fernández, Alberto Chaves




Parece ser que al cineasta bilbaino Álex de la Iglesia no le bastó que mi paisano, el mítico y veterano cantante Raphael, inspirara con uno de sus mejores temas el título de su infravalorada y brutal Balada Triste de Trompeta, ni siquiera el hecho de que realizara un cameo en el largometraje interpretándose a sí mismo en la pantalla de un cine donde se proyectaba la película Sin Un Adiós, dirigida por Vicente Escrivá, y en la que el “Niño de Linares” interpretaba tan mítica canción ataviado con maquillaje de payaso aparentó saciar su apetito goloso. Por todo ello, y tras haber trabado amistad con él, el director de Acción Mutante o la más reciente Las Brujas de Zugarramurdi ha decidido regalarle su primer papel importante en una producción patria, rol este que no ejercía desde hace, nada más y nada menos, que casi 45 años cuando dijo adiós al celuloide con aquella ya lejana Volver a Nacer, de Javier Aguirre, suponiendo esta su séptima cinta como protagonista absoluto allá por 1971. Tras una agradable, que no efusiva, acogida en la pasada edición del Festival Internacional de San Sebastián, Mi Gran Noche, llegó a las carteleras españolas el pasado viernes recaudando unos nada desdeñables 800.000€ en su primer fin de semana, augurándole dicha cifra una estimable carrera comercial. La duodécima película de Álex de la Iglesia es, decididamente, una obra menor dentro de su filmografía que se encuentra relativamente lejos de la calidad de producciones mayúsculas nacidas de su impronta como El Día de la Bestia o La Comunidad, pero se revela de cara al público como una enorme broma llena de inquina y mala baba que recupera el lado más maquiavélico del realizador, ofreciendo un producto sencillo y directo repleto de actores en estado de gracia, un sentido muy perverso de lo que es el mundo del espectáculo en España y de las criaturas que lo pueblan, así como un humor políticamente incorrecto que funciona a su máxima potencia durante la mayor parte del metraje.




Mi Gran Noche es una parodia por partida doble. Por un lado es una incisiva crítica al subgénero de cine español que, sobre todo en su época dorada durante el régimen franquista, estaba protagonizado por estrellas de la canción, ya fueran folclóricas (Lola Flores, Imperio Argentina) cantaores de copla (Manolo Escobar, Juanito Valderrama) niños prodigio (Marisol, Joselito) o como en el caso de Raphael, intérpretes de baladas románticas o pop latino. Por otro, y más arriesgado, es una visión desmitificadora y hasta malintencionada de la imagen del cantante linarense como personaje y ahí entra en escena la implicación total de la veterana estrella de los escenarios que se ofrece sin medias tintas ni coartadas a dar vida a un reflejo retorcido y maligno de sí mismo, porque por mucho que en la cinta su personaje se llame Alphonso el hecho de que interprete temas como Escándalo o Mi Gran Noche no deja lugar a dudas de que De la Iglesia está hablándonos, no de un personaje totalmente adscrito a la ficción, sino de un “hermano perverso” del único poseedor español de un Disco De Uranio en la historia de la música de nuestro país. Pero el director de Perdita Durango o Los Crímenes de Oxford no se queda ahí y decide localizar su historia en la grabación de una de esas horteras y casposas galas de Nochevieja post campanadas de fin de año (precisamente como las que protagoniza el mismo Raphael desde hace años) cuya realización tiene, como muchos saben, lugar meses antes de la fecha de su emisión con una gran cantidad de figurantes contratados para dicho evento y convertir de este modo ese plató en un microcosmos en el que situar a todo tipo de personajes estrambóticos y descerebrados que, aunque apelando a la hipérbole y exageración, no dejan de ser el reflejo de los distintos tipos de ciudadanos que habitan nuestro país.




Lo último de Álex de la Iglesia vuelve a los terrenos de la reivindicable Muertos de Risa, a los de la televisión decadente y zombificadora, creando un grotesco vodevil, entregado al esperpento y el granguiñol, que pareciera mostrarse como una amalgama entre El Ángel Exterminador, de Luis Buñuel (esos personajes obligados a no abandonar una localización que los vampiriza y convierte en seres primarios) y Showgirls, de Paul Verhoeven (los números musicales cutres, luchas de egos que llegan a las manos y falsos oropeles que finalmente se muestran diseñados con hojalata) con un humor puramente De la Iglesia, aquel que había perdido en favor de cierta enfatización de crítica política, mediática y social (la de Balada Triste de Trompeta y La Chispa de la Vida) y que ha ido recuperando en sus últimos trabajos gracias al regreso de su colaborador en la escritura Jorge Guerricaechevarría (Celda 211, El Niño) como se pudo vislumbrar en Las Brujas de Zugarramurdi y confirmar en esta Mi Gran Noche que nos ocupa. El retorno de su antiguo co guionista también le ha servido al bilbaino para controlar ese caos que solía imperar en los terceros actos de sus últimos films, consiguiendo en este trabajo del que hablamos que ese desorden general lleno de ruido y furia no se desencadene nunca y se retroalimente a sí mismo para aportar coherencia y narración fluida a un producto que en principio podría dar pie a la más histérica de las anarquías. Gracias a un guión sabiamente estructurado (gran idea ir revelando poco a poco las intenciones y secretos de todos y cada uno de los personajes) una dirección muy potente en lo visual como viene siendo habitual en De la Iglesia y una magnífico montaje por parte de Cristina Laguna el largometraje se salda con nota en todos sus apartados y pocas carencias podemos achacarle en cuanto a su concepción y ejecución.




En Mi Gran Noche encontramos todas las dosis de veneno que le faltaban a la bienintencionada pero descafeinada La Chispa de la Vida, que ya hemos mencionado un par de veces en esta reseña. De la Iglesia no sólo se despacha a gusto con la televisión, sus directivos y profesionales, retratándolos a todos como despotas, explotadores o sociópatas en potencia, también lanza sus dardos contra una juventud asentada en la estupidez, la incultura y falta de valores, unas estrellas en decadencia que se resisten a aceptar su decrepitud física y psicológica o ídolos emergentes con pocas entendederas y demasiadas feromonas. Pero donde más acierta el director de 800 Balas o Mirindas Asesinas es a la hora de localizar su historia en la España de aquí y ahora con un acertadísimo contraste de en lo que se está convirtiendo nuestra sociedad cuando asistimos a que dentro del plató donde se graba la gala de marras los figurantes implicados parecen tener sorbido el cerebro por las cámaras y los focos, econtrándose ajenos a unos exteriores de los estudios en los que la gente de a pie se enfrenta a las fuerzas de la ley intentando reivindicar algo que les debería pertenecer y que no poseen. Una muestra de pan y circo en pleno siglo XXI en el que los reality shows, programas del corazón y demás tipos de telebasura adormecen a unas masas que no reaccionan ante una realidad en la que se están cercenando de manera brutal sus derechos como ciudadanos. Pero por suerte De la Iglesia no trata de adoctrinar o entragarse a la solemnidad, y mientras situa esa lectura social como trasfondo en ningún momento deja de recurrir a un humor incisivo, unas veces inteligente y otras zafio, que recae en personajes como un esquizofrénico que habla por medio de letras de canciones de Alphonso, una atractiva y desenfadada chica con fama de gafe, una pareja de presentadores que se odian a muerte, un hijo y asistente personal con problemas de ansiedad que somatizan en afecciones cutáneas o un representante argentino con muy malas pulgas capaz de lo que sea por su cliente.




A que estos personajes funcionen en pantalla ayuda un casting extensísimo que convierte Mi Gran Noche en una obra totalmente coral con un desfile de estrellas jóvenes y veteranas que deja en evidencia los repartos de cualquier entrega de las correrías de nuestro José Luis Torrente. Aunque hacen acto de presencia delante de las cámaras habituales de la casa como los indispensables Santiago Segura, Terele Pávez o Enrique Villén, nuevos intérpretes fetiche para De la Iglesia como Hugo Silva, Carolina Bang, Jaime Ordóñez, Pepón Nieto o Carlos Areces y debutantes en el mundo de ficción del bilbaino como Ana Polvorosa, Carmen Machi, Tomás Pozzi o Carmen Ruíz sería injusto intentar destacar a alguno de estos secundarios por encima del resto cuando todos hacen una labor más que notable a la hora de robarse planos los unos a los otros con sus desfases y salidas de tono. Pero si algo hay que destacar del apartado artístico de la obra es el sentido del humor y la autoparodia que destilan todos y cada uno de los implicados, haciendo especial hincapié en los dos personajes principales. Mario Casas borda esa amalgama de cantantes latinos (Chayanne, Carlos Baute, David Bisbal) que desembocan en Adanne, una máquina de hacer éxitos pegadizos y estúpidos que aparenta tener sus pocas neuronas localizadas en la entrepierna. El gallego una vez más demuestra que es capaz de reírse del fenómeno fan que le acompaña desde que dio sus primeros pasos como actor adolescente ofreciendo un papel al que le entrega todo lo que lleva dentro, algo que se le agradece. Por otro lado tenemos al Alphonso de Raphael, ese cantante de vuelta de todo obsesionado con su imagen, déspota con subordinados y competidores (qué gran acierto diseñar su camerino y vestuario como si fuera Darth Vader) y campeón olímpico de la mentira. Aunque con el meritorio papel (ciertamente casi podriamos decir que no está interpretando) del linarense nace el mayor fallo de Mi Gran Noche que no ha sido mencionado en la promoción de la película y es que el rol del veterano cantante, aunque el más importante del relato, es más bien secundario teniendo en pantalla no demasiados minutos de metraje, eso sí, sabiendo aprovecharlos al máximo en todo momento, véase cómo saltan chispas cuando comparte plano con Carlos Areces o Terele Pávez. Detalle importante este que se ha obviado equívocamente por parte de los autores y promotores del film y que puede despertar la ira, sobre todo, de los fans de la estrella de la canción




Como hemos mencionado al inicio de esta reseña Mi Gran Noche no será recordada como una de las grandes películas de Álex de la Iglesia, pero tiene los suficientes alicientes como para ser considerada una interesante y divertida opción para elegir en la actual cartelera nacional y con ello pasar 100 minutos de fruición en los que el productor de Musarañas o Los Héroes del Mal recupera gran parte de ese gamberrismo que se convirtió desde sus inicios con Acción Mutante en una de sus más destacadas y reconocidas señas de identidad. Rodeado por unos equipos técnico y artístico de nivel, ofreciendo un proyecto punzante, satírico y sanamente ofensivo que no deja títere con cabeza, el vasco, paradójicamente, rinde tributo a un artista, una música y una época a la que reverencia y recuerda con nostalgia por mucho que quiera envolverla en comedia física, humor negro y su impronta esperpéntica, brutalizada y de naturaleza salvaje. Si este es el último papel en cine (realmente nunca dio vida a grandes personajes porque no protagonizó buenas películas, sólo vehículos para el lucimiento de sus cuerdas bocales) Raphael puede quedarse tranquilo, porque Álex de la Iglesia le ha regalado su Jackie Brown (allí Quentin Tarantino homenajeaba a Pam Grier, aquí el bilbaino lo hace con el cantante andaluz) una cinta con la que decir adiós al mundo del séptimo arte con la cabeza alta y a lo grande. Además, sólo por ver en los multicines la cara de los fans del intérprete de Yo Soy Aquel o Qué Sabe Nadie adentrados en la tercera edad poner cara de estupefacción al asimilar que lo que han visto no era lo que esperaban (y doy fe que en mi sala ha sido así) cuando se encienden las luces y salen los títulos de crédito finales ya merece la pena ver este tratado sobre lo decadente, falsario y grotesco que puede ser el mundo del espectáculo en España.


viernes, 30 de octubre de 2015

La Cumbre Escarlata



Título Original Crimson Peak (2015)
Director Guillermo del Toro
Guión Matthew Robbins y Guillermo del Toro
Actores Mia Wasikowska, Jessica Chastain, Tom Hiddleston, Charlie Hunnam, Doug Jones, Javier Botet, Jim Beaver, Burn Gorman, Leslie Hope, Kimberly-Sue Murray, Emily Coutts, Gillian Ferrier, Matia Jackett, Martin Julien




Después de aquel mastodóntico y enteñable homenaje al género nipón Kaiju que supuso esa Pacific Rim que espera futura secuela, el cineasta mexicano afincado en Estados Unidos, Guillermo del Toro, vuelve a las carteleras de todo el mundo con su última obra ya asentado cómodamente (puede que demasiado) en una maquinaria de Hollywood que desde el descomunal éxito que cosechó con la mítica El Laberinto del Fauno parece darle carta blanca para abordar casi todo proyecto que se le pasa por la cabeza. En esta situación privilegiada y asociado de nuevo con Legendary Pictures el azteca nos trae La Cumbre Escarlata, superproducción de la Universal protagonizada por Mia Wasikowska (Maps to the Stars, Alicia en el País de las Maravillas, Stoker) Tom Hiddleston (Thor, Los Vengadores, Thor: El Mundo Oscuro) Jessica Chastain (Zero Dark Thirty, Marte, Interestelar) y Charlie Hunnam (Hijos de la Anarquía, Pacific Rim) entre otros. Tras unas primeras críticas que la tildaban de ser la mejor obra de la carrera de su autor, después su estreno ha sido recibida disparmente entre los que la han alabado como una de las más destacadas cintas del 2015 y los que se han sentido decepcionados con una obra que no ha ofrecido lo que se esperaba de ella, no por falta de calidad o una ejecución deficiente, nada mas alejado de la realidad, sino porque como en otras ocasiones ha sucedido (me viene a la cabeza el caso de El Bosque de M.Night shyamalan) los trailers nos han vendido una película de terror que está lejos de pertenecer de manera ortodoxa a dicho género. Huelga decir que a un ferviente incondicional de la obra de Guillermo del Toro como un servidor le entristece reconocer que por desgracia se encuentra más en este segundo bando que en el primero tras ver esta Crimson Peak en pantalla grande, sin afirmar por esto que nos encontremos ante una mala película o una obra fallida, como previamente hemos mencionado.




Poco después de ese excelente prólogo en el que tenemos las dos primeras referencias claras al dúo de cineastas a los que Guillermo Del Toro hará referencia continua a lo largo del film como son el Mario Bava de Las Tres Caras del Miedo (sobre todo a la maravillosa y todavía hoy aterradora tercera historia, La Gota de Agua) o el Roger Corman que adaptaba a Edgar Allan Poe en general y al de La Obsesión (The Premature Burial) en particular el personaje de Mia Wasikowska (apellidado Cushing de manera nada gratuita si tenemos en cuenta la pasión del mexicano por la Hammer Films aunque no sea en esta obra, paradójicamente, una de sus referencias más directas) afirma acerca de uno de los relatos que escribe algo como que: “La mía no es una historia de terror, la presencia del fantasma es una metáfora del pasado”. Con esto el director de Mimic parece realizar una declaración de intenciones, porque ciertamente La Cumbre Escarlata no es un relato de terror. El problema es que todo el material audiovisual que con el que se han vendido la película promocionalmente afirmaba que sí lo era y por ello no se puede culpar a aquellos que al encontrarse en lo último de Guillermo del Toro con algo que no andaban buscando se sientan decepcionados o puede que hasta estafados. Porque Crimson Peak es una película romántica, una versión gótica de la Rebecca de Daphne du Maurier que Alfred Hitchcock adaptó magistrtalmente al celuloide en 1940 añadiéndole apuntes de Sospecha, también del orondo director británico, incluso hasta podríamos apelar a que es un melodrama o folletín a lo Douglas Sirk localizado en la época Victoriana y con trasfondo sobrenatural, pero no una obra adscrita al terror más estricto, aunque evidentemente tenga bastantes apuntes del mismo y rinda tributo a muchas muestras clásicas del género que mencionaremos a continuación.




Porque eso es lo más desconcertante de una película tan peculiar como La Cumbre Escarlata, que siendo una declarada y sincera carta de amor al género del terror, ya sea en celuloide o literatura, está lejos como obra cinematográfica de ser una muestra clara del mismo. No tardamos en percibir el uso cromático de colores primarios en la iluminación propio de Mario Bava (heredado en los años 70 por su más digno sucesor, Dario Argento) o su amalgama de clasicismo y morbidez bífida (esa casa que supura cera roja por sus paredes como si sangrara y fuera perdiendo la vida poco a poco) visto en piezas como La Máscara del Demonio, el goticismo del ya mencionado Roger Corman que adaptaba a Edgar Allan Poe con esa aparición con físico y rostro de color rojo intenso que nos remite a La Máscara de la Muerte Roja, apuntes icónicos como una pelota roja y una silla de ruedas que nos retrotraen claramente a Al Final de la Escalera (The Changeling) de Peter Medak, el uso narrativo de infantes perversos que homenajea al Henry James de Otra Vuelta de Tuerca que más tarde llevara a la pantalla Jack Clayton con la mítica Suspense (The Innocents) a lo que habría que sumar las deudas pendientes, propias del director de Chronos, con literators como el inevitable H.P. Lovecraft, Bram Stoker o Clive Barker. Por todo ello y viendo el espectador el caldo de cultivo multireferencial que tiene Del Toro entre manos finalmente decida arrinconar durante gran parte del metraje de la obra el terror para entregarse a dar profundidad, con mayor o menor fortuna, a las relaciones interpersonales y sentimentales de sus heridas y lacónicas criaturas.




Evidentemente que Guillermo del Toro y su co guionista Matthew Robbins (Mimic, No Tengas Miedo a la Oscuridad) decidan por medio de la escritura dedicarle la mayor parte de minutos del metraje al romance decimonónico protagonizado por los personajes de Mia Wasikowska y Tom Hiddelston o al secreto que este guarda junto a su hermana, a la que da vida la americana Jessica Chastain, no es óbice para que el director de las dos adaptaciones cinematográficas del Hellboy de Mike Mignola demuestre una vez más, y como casi siempre, que es uno de los cineastas más puros y talentosos del panorama cinematográfico contemporáneo. La puesta en escena de Del Toro en La Cumbre Escarlata alcanza cotas de puro arte aprovechando el mexicano ese diseño de producción descomunal que el presupuesto de 55 millones de dólares que la Universal Pictures ha puesto en sus manos (interviniendo también él como productor en el largometraje) y entregándose a una dirección de artística exquisita que se revela como un personaje más de la obra, sobre todo la mansión de los Sharpe a la que se mudan los personajes protagonistas tras abandonar New York. El productor de Mamá acaricia cada encuadre, su trabajo exhala un cuidado y cariño único a la hora de abordar una obra como la que nos ocupa y por la que siente verdadera pasión. Desde la ilmuninación hasta el diseño de vestuario, pasando por la soberbia fotografía de Dan Laustsen o la meritoria banda sonora de Fernando Velázquez, todos los apartados técnicos del film tienen el sello del jefe de ceremonias que se encuentra detrás de este festín visual y plástico que supone su novena incursión detrás de las cámaras. Tan hija de su autor es La Cumbre Escarlata que este se permite como proyecto jugar a la intertextualidad con referencias a otros trabajos del azteca como esas mariposas o la bañera que nos traen a la memoria la imaginería de El Laberinto del Fauno o ese último fantasma aparecido en la nieve cuya estética no hubiera desentonado con la de los espectros que poblaban el orfanato en el que se desarrollaba la trama de la nunca suficientemente reivindicada El Espinazo del Diablo.




Por desgracia, aunque en líneas generales todos los apartados funcionan en La Cumbre Escarlata y en lo referente al artístico Guillermo del Toro consigue arrancar de una delicada Mia Wasikowska, un trágico Tom Hiddleston, una perversa Jessica Chastain y un competente Charlie Hunnam interpretaciones que están a la altura de la producción en la que se ven embarcados como actores, son el guión algo rudimentario del cineasta y su colaborador Matthew Robbins y ese equívoco o definitivamente engañoso enfoque que la publicidad ha dado a la película, y que se ha convertido en su punto más débil o mayor enemigo, los que convierten el último trabajo del autor de Blade II en una oportunidad desperdiciada. Una pieza que hubiera sido mejor aceptada a nivel global y no tan criticada por un amplio sector del público si se hubiera mostrado desde el principio como el romance gótico que realmente es o si en su proceso de gestación hubiera sido abordada por sus autores como una verdadera horror movie, porque por desgracia las no demasiadas secuencias de terror que atesora la película en bastantes ocasiones bordean la excelencia y transmiten una atmósfera epdiérmica, impía y diabólica que se revelan como las mejores muestras dentro del film de lo que es capaz su autor cuando se entrega sin cortapisas o coartadas innecesarias a un género en el que en más de una ocasión ha demostrado sentirse como pez en el agua. La decepción en cuanto a la conceptualidad es un hecho, pero como anteriormente hemos apuntado en cuanto a la ejecución y profesionalidad con la que está rematada la obra está indudablemente a la altura como habitualmente sucede con prácticamente todos los proyectos en los que se embarca el mexicano. Por el momento nos quedamos con las ganas de que vuelva a entregarnos una obra maestra como Pan’s Labyrinth o al menos que tras la secuela de Pacific Rim decida ponerse manos a la obra con su amigo Ron Perlman para regalarnos la tercera entrega de su visión del Hellboy de Mike Mignola que muchos seguimos esperando como agua de Mayo. Este enteñable “cabrón” nos ha ofrecido demasiadas horas de ficción brillante como para no darle un voto de confianza por mucho que su prometedora última película no haya sido todo lo grande que se esperaba que fuera.


domingo, 25 de octubre de 2015

Regresión



Título Original Regression (2015)
Director Alejandro Amenábar
Guión Alejando Amenábar
Actores Ethan Hawke, Emma Watson, Aaron Ashmore, Devon Bostick, David Thewlis, Dale Dickey, Aaron Abrams, Adam Butcher, David Dencik, Kristian Bruun, Matija Matovic Mondi, Janet Porter, Goran Stjepanovic




Después del giro hacia el drama que supusieron la exitosa Mar Adentro y la muy reivindicable Ágora el célebre y prestigioso director español de origen chileno, Alejandro Amenábar, vuelve al género que le dio la fama con sus tres primeros films, Tesis, Abre los Ojos y Los Otros, el thriller, aunque evidentemente acercándose más al terror de este último, su magnífico debut internacional con la australiana Nicole Kidman como protagonista. Regresión llega seis años después del estreno del último largometraje de su autor, durante este tiempo ha coqueteado con los videoclips o los cortometrajes con vocación publicitaria y se ha dedicado a escribir el guión de este proyecto internacional (aunque con capital principalmente español) y rodado en inglés del que comenzó a hablarse oficialmente a principios de 2014 cuando salió a la luz que los protagonistas de la cinta serían el estadounidense Ethan Hawke (Training Day, Boyhood) y la británica Emma Watson (la saga Harry Potter, The Bling Ring). Tras un tibio recibimiento por parte de crítica y público cuando inauguró el último Festival Internacional de San Sebastián, la rocambolesca odisea que supone su estreno en Estados Unidos, el éxito en la taquilla española en su primer fin de semana a pesar de la polémica con ese euro de más que cobran por las entradas para verla en las multisalas propiedad de Cinesa y lo poco que ha convencido en líneas generales al público, en Zona Negativa hemos podido ver ya la última película de uno de nuestros directores más reputados. A continuación hablaremos tanto de sus virtudes como de sus defectos como de los aciertos y fallos de Alejandro Amenábar a la hora de abordar esta muestra de cine de terror con trasfondo satanista y conspiranoico inspirado en hechos reales que supuestamente tuvieron lugar durante los años 80 y 90, en palabras del mismo cineasta.




Regresión narra la investigación por parte del detective Bruce Kenner (Ethan Hawke) de un caso en Minnesota durante el año 1990 en el que una joven llamada Ángela (Emma Watson) confiesa haber sufrido abusos sexuales a manos de su padre John (David Dencik). Gracias a la incorporación de un psicólogo, el Doctor Raines (David Thewlis), especializado en realizar a sus pacientes regresiones para recuperar recuerdos que la mente ha desechado de manera involuntaria y la obsesión por la investigación de Kenner poco a poco los implicados en la agresión a la que fue sometida Ángela comienzan a añadir valiosa información sobre el caso en el que una supuesta secta satánica parece ser el núcleo central de una extraña conspiración. Estas son las cartas con las que juega Alejandro Amenábar a lo largo de los 105 minutos que dura su sexto y esperado largometraje, nada nuevo en el horizonte dentro de las cintas sobre sectas satánicas que tuvieron su filón en la década de los 70 con todo tipo de producciones tanto en el seno de Hollywood como en el cine más underground y de Serie B dentro del terror. Por desgracia el regreso del cineasta español no está a la altura de su talento y no sólo porque un proyecto como Regresión es una obra considerablemente menor e impersonal dentro de su filmografía, sino también porque después de una hora de metraje más que digna su guión comienza a dar continuos bandazos narrativos tan improbables como mal ejecutados que cierran de manera deficiente un film que no pasa de entretenido y agradable de visionar.




Como era de esperar desde el primer minuto de metraje en Regresión se deja notar la mano de un director que sabe demencialmente bien lo que está haciendo, al menos en el apartado técnico de la cinta. El español controla con pericia el tempo de suspense y las continuas revelaciones que poco a poco van dando pistas sobre el caso que investigan el detective Kenner y sus colaboradores, consigue afianzar una atmósfera mórbida, amenazante, palpable, rodando paisajes de la América profunda devorados por la oscuridad y un mortecino ambiente que llega hasta al rincón más recóndito de todas y cada una de las casas de esa lacónica comunidad ofreciendo una deuda más que notable con la visión que da de su Maine natal el escritor estadounidense Stephen King en su obra literaria. La poderosa impronta del realizador de Luna se deja notar en pasajes como los que abordan las regresiones a las que son sometidos distintos personajes, la escena de “la visita sexual” en el dormitorio o ese tour por el granero del personaje de Ethan Hawke (qué gran uso de la grabadora y la voz en off tanto aquí como en el resto del film) en el que da lo mejor de sí mismo como narrador regalando el que es el momento álgido de la película. Esa congregación de encapuchados de rostros pálidos y sonrisas dementes son expuestos en pantalla con un acierto mayúsculo, remitiendo tanto a La Semilla del Diablo (Rosemary’s Baby), de Roman Polanski como a Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick, y transmitiendo una sensación impía que se agarra a la piel de un espectador en continua tensión asistiendo a rituales inhumanos de perversión y sadismo.




Por desgracia cuando Alejandro Amenábar lo tiene todo para rematar un proyecto impersonal y genérico pero sugerente y bien ejecutado gracias a su valía como realizador, conduciendo sabiamente a un grupo de actores encabezados por unos resueltos Ethan Hawke y Emma Watson que en ocasiones se ven eclipsados por la excelente labor de secundarios como David Thewlis, un soberbio David Dencik (que ya dio buena muestra de su talento en Serena, de Susan Brier) o Dale Dickey y tejiendo un guión que sin ser un dechado de originalidad (la sombra de la primera temporada de True Detective de Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga es alargada, demasiado) va poniendo cuidadosamente y con coherencia sus piezas sobre el puzzle que es la trama, en la media hora final de metraje la escritura de la película empieza a tambalear alarmantemente sin motivo aparente, forzando situaciones, añadiendo apuntes considerablemente reprobables (lo del anuncio publicitario para justificar lo que concierne a las regresiones da un poco de vergüenza ajena) y teniendo que explicar giros ininteligibles por medio de unos diálogos expositivos por parte de los personajes con los que el cineasta trata de explicarnos situaciones que apelan a la incoherencia, lo improbable y deficiente. Cuando llegamos al final del metraje descubrimos que había un motivo para que Alejandro Amenábar perdiera las riendas de la narración y este era llegar al mensaje final (sensato y remarcable) un claro ejemplo de “el fin justifica los medios” que desvirtúa los aciertos argumentales que hasta ese momento habían despertado el interés de un espectador que después de las incontables idas y venidas de las que se hacen uso para despistarlo se entrega definitivamente al agotamiento con una serie de distintos finales, para cerrar todas las tramas, que convierten en plomizo lo que antes tenía buen ritmo y adecuado desarrollo.




Aunque con Regresión ha vuelto a sus orígenes poco de la autoría de Alejandro Amenábar puede vislumbrarse en su última producción (casi nada tiene que ver el clasicismo deudor del Jack Clayton de Suspense (The Innocents) y el Peter Medak de Al Final de la Escalera (The Changeling) visto en Los Otros con el estilo de la cinta que nos ocupa) no pudiendo decir lo mismo de su profesionalidad como artesano al servicio de un proyecto de género que en la mayor parte de su metraje luce una puesta en escena, un reparto y un diseño de producción que poco tiene que envidiar al de muestras americanas adscritas al cine de intriga o terror. Pero esa recta final en el que el cineasta se entrega como escritor (en más de un momento se echa de menos a Mateo Gil en labores de co guionista) a un caótico “todo vale” empañan los meritorios aciertos que los dos primeros tercios de la obra habían planteado, sin llegar en ningún momento a la excelencia, pero ofreciendo entretenimiento consistente y de degustación agradable. El resultado es una obra menor dentro de la filmografía de Amenábar, una pieza tan entretenida como olvidable que no está a la altura de uno de los mejores cineastas que ha dado el cine europeo en sus últimos veinte años aunque aborde temas interesantes como el extremismo religioso, el miedo o el poder de la manipulación. Puede que elaborar un poco más el guión y sobre todo su resolución nos hubiera ofrecido una pieza más destacable con la que Amenábar viera definitivamente abiertas las puertas de Hollywood para comenzar una nueva carrera al otro lado del charco, pero por ahora sólo nos queda esperar a que su próximo trabajo, independientemente del género al que se adscriba, nos devuelva a uno de nuestros autores más reivindicables.