martes, 14 de noviembre de 2017

The Deuce: Primera Temporada, sexo, mentiras y cintas de vídeo



“Padres, maridos y chulos, son todos los mismo. Te quieren por ser como eres hasta que quieres cambiar. Al menos, los chulos no lo esconden”




David Simon es algo más que un novelista o guionista televisivo, es un analista de su tiempo y uno de los mejores cronistas contemporáneos de Estados Unidos. Curtido en el mundo del periodismo Simon se dio a conocer internacionalmente cuando su serie The Wire, que ideó para HBO, se convirtió silenciosa e inexorablemente en una de las mejores producciones televisivas de todos los tiempos utilizando el género policíaco como excusa para sacar a la luz toda la inmundicia social y política del estado de Baltimore relacionada con la guerra contra la droga. Treme, que narraba las vivencias de un grupo artistas en la Nueva Orleans post Katrina o las miniseries Show Me a Hero, centrada en las clases desfavorecidas y el racismo, y Generation Kill, que trasladaba a imágenes un artículo de Rolling Stone escrito por un corresponsal de guerra que convivió con un batallón de marines durante la guerra de Iraq, confirmaron que la ficción es una excusa para que David Simon y sus colaboradores puntuales (Ed Burns, Nina Kostroff Noble, Eric Overmyer, Paul Haggis) hablen de todo lo que no funciona en su país desde distintos puntos de vista genéricos como el ya mencionado policíaco, el drama o el bélico. Con The Deuce, acompañado por el escritor y novelista George Pelecanos, con el que ya colaboró estrechamente en The Wire, Simon vuelve a ofrecer ficción de calidad con un poso de denuncia, esta vez centrado en el mundo de la prostitución y la pornografía a principios de la década de los 70.




Aunque tome como personajes más relevantes al camarero Vincent (James Franco) y a la prostituta Candy (Maggie Gyllenhaal) al igual que el resto de producciones televisivas creadas por David Simon The Deuce es una pieza coral en la que una amplia galería de roles le servirán para ofrecer un fidedigno fresco de la Calle 42, apodada como el título de la serie, de New York en la que el sexo de pago y el crimen organizado se encontraban al orden del día a principio de los años 70. Con toda una variopinta fauna de prostitutas, chulos, camellos, mafiosos, policías y trabajadores del cine para adultos Simon y su colaborador, George Pelecanos, contextualizan espaciotemporalmente otra de esas novelas audiovisuales que tan bien se le dan al autor de The Corner ofreciendo una visión poliédrica, nada complaciente y bastante cruda del mundo del proxenetismo, la drogadicción o los bajos fondos tomando como punto de partida y epicentro el auge del celuloide pornográfico y cómo este sirvió de vía de escape para muchas jóvenes a la hora de abandonar la dura vida “haciendo la calle” para refugiarse en un negocio que tampoco escapaba al abuso y el machismo, pero en el que se sentían más seguras.




David Simon y George Pelecanos se sirven principalmente de sus personajes para relatarnos la historia de The Deuce y sobre todo en la compleja relación entre chulo y prostituta encuentra el producto sus mejores hallazgos. Como es habitual en las proyectos del autor de The Wire la ambigüedad y las luces y sombras son sus señas de identidad para perfilar roles que eluden de pleno estereotipos y clichés, retratando a proxenetas que tan pronto se ganan la complicidad del espectador por su carisma y verborrea como despiertan en él un total rechazo al ofrecer su cara más visceral utilizando la violencia física y psicológica para someter a sus protegidas por la vía de fuerza. Ellas por otro lado se alejan diametralmente de la trabajadora del sexo impoluta de cuento de hadas contemporáneo a lo Pretty Woman y muestran una diversidad psicológica y física (no hay cuerpos femeninos espectaculares entre las trabajadoras del sexo de la serie y la elección de Maggie Gyllenhaal como la más representativa de ellas es un declaración de principios en ese sentido) que se antoja en todo momento creíble y mantienen una relación tóxica de necesidad y rechazo con sus chulos, odiando tener que trabajar para ellos, pero sintiéndose desprotegidas cuando no los tienen cerca para defenderlas de clientes violentos que en no pocas ocasiones se propasan con ellas poniendo en peligro su integridad física.




Esta ambigüedad es extensible al resto de personajes de la serie, como el Vincent al que da vida James Franco, un camarero propenso a la cobardía y a hacer la vista gorda que permite a su hermano gemelo Frankie (también interpretado por el actor de 127 Horas) llevar a cabo todo tipo de actos descerebrados que perjudican a su negocio y viéndose así implicado en no pocos tratos ilegales con Rudy Pipilo (Michael Rispoli) un capo mafioso interesado en el negocio del sexo de pago en todas sus variantes. Algo parecido sucede con la Eileen “Candy” Merrell de una perfectamente elegida Maggie Gyllenhaal que se debate entre el orgullo de ser una de las pocas prostitutas de Deuce sin chulo, algo que le beneficia económicamente y perjudica en cuanto a ser víctima de los actos violentos de algunos clientes, y su deseo de abandonar una vida tan dura de la que tratará de escapar por medio de la industria de la pornografía. Por último Chris Alston (Lawrence Gilliard Jr) interpreta una interesante variante, venida a menos, del Serpico de Sidney Lumet y Al Pacino, un policía del departamento de New York rodeado por la ilegalidad que trata de realizar su trabajo de acuerdo con la ley pero viéndose arrastrado por situaciones que en ningún momento le permitirán cumplir con su deber y encontrando como única vía de escape a la periodista Sandra Washington (Natalie Paul) que busca información para escribir un artículo sobre el barrio que da título a la serie.




Todos estos personajes repletos de claroscuros pueblan una New York de principios de los 70 excelentemente ambientada tanto en las localizaciones como en el vestuario y el maquillaje de los actores (aunque algunos postizos capilares son demenciales) o la excelente selección musical (repleta de R&B, soul, jazz, blues) que da forma a la banda sonora donde la sordidez sobrevuela toda la famosa calle 42, desde los sex shops hasta los bares, pasando por las comisarías o prostíbulos y sin dejar de lado los estudios de rodaje de las películas pornográficas. La Time Square de The Deuce se alimenta del Martin Scorsese de Malas Calles (Mean Streets) y despoja al celuloide para adultos de todo el glamour que destilaba la soberbia Boogie Nights de Paul Thomas Anderson, de hecho la serie de David Simon y George Pelecanos está repleta de sexo, del primer al último episodio, pero el mismo no es excitante ni sensual, se antoja casi siempre un acto mecánico despojado de toda emoción, ya sea en una furtiva habitación de motel con transacción económica de por medio o en un paupérrimo set de rodaje rodeado por un equipo técnico totalmente apático y desganado. La intención de ambos showrunners y guionistas es no dictar sentencia y ni señalar culpables, pero sí ofrecer un retrato hiperrealista del “oficio más viejo del mundo” y toda la podredumbre moral que implica con respecto al uso como material de consumo de la figura femenina si tenemos en cuenta que hasta el mundo de la pornografía se antojaba un paraíso para ellas siempre que introduciéndose en él pudieran abandonar la calle.




The Deuce es una de las sorpresas catódicas del año, un producto 100% David Simon con un excelente reparto coral de actores que parecen haber nacido para dar vida a sus personajes (aunque lo de James Franco y Maggie Gyllenhaal es superlativo) una gran cantidad de subtramas que se interconectan con maestría gracias a unos guiones intachables y una puesta en escena brillante construida por un grupo de directores y directoras que han sabido dar el tono adecuado a un producto de una calidad sobresaliente que no ha hecho más que poner sus primeras piedras si tenemos en cuenta que ya ha sido renovado para una segunda temporada. Pero lo más importante es que una vez más el autor de Homicide: Life on the Street ha utilizado a la cadena HBO y una mixtura de subgénero adscritos a la historia reciente de Estados Unidos (las menciones a Stonewall y el estreno en pantalla grande de Garganta Profunda plantan una semilla que seguramente brotará en próximas temporadas) para volver a poner en marcha su perfil más crítico y menos autocomplaciente a la hora de diseccionar sin miramientos ni sesgos de ningún tipo el lado más oscuro de la sociedad que le define como persona y profesional de un medio que nunca deja indiferente al espectador obligándole a reflexionar sobre temas de importante calado después de ver una de sus impresionantes producciones de ficción con vocación documentalista.


viernes, 10 de noviembre de 2017

1922, el año de la rata



Título Original 1922 (2017)
Director Zak Hilditch
Guión Zak Hilditch, basado en el relato corto de Stephen King
Reparto Thomas Jane, Molly Parker, Neal McDonough, Brian d’Arcy James, Dylan Schmid, Kaitlyn Bernard, Nikolai Witschl, Bruce Blain, Bob Frazer, Graeme Duffy, Patrick Keating, Spencer Brown, Danielle Klaudt




Segunda producción cinematográfica ideada bajo el amparo de la plataforma de streaming Netflix que adapta al celuloide una historia de Stephen King después de la meritoria El Juego de Gerald, dirigida por Mike Flanagan y protagonizada por Carla Gugino y Bruce Greenwood. 1922, que traslada el relato corto homónimo incluido en la antología Todo Oscuro, Sin Estrellas, de 2010, llega en la recta final de un año que ha estado plagado de versiones para el cine (It, La Torre Oscura) y la televisión (Mr Mercedes, La Niebla) de la obra literaria del escritor de Maine. Lo hace como producción bastante modesta escrita y dirigida por el cineasta australiano Zak Hilditch (Las Últimas Horas) y protagonizada por un reparto encabezado por Thomas Jane (The Expanse), Molly Parker (Deadwood) y Dylan Schmid (Horns) entre otros. El resultado es un competente largometraje que funcionando correctamente en casi todos sus apartados, ya sean artísticos o técnicos, no destaca notablemente en casi ninguno de ellos, quedando en un proyecto interesante con más virtudes que defectos, pero que podía haber sido mucho más aprovechado desde el punto de vista narrativo si tenemos en cuenta el interesante punto de partida que estructura el núcleo argumental de la obra y que, digámoslo ya, no se adscribe a los cánones más ortodoxos del cine de terror por mucho que contenga algunos pasajes que sí pueden considerarse pertenecientes a dicho tipo de films.




1922 narra los recuerdos de un granjero llamado Wilfred James (Thomas Jane) sobre el asesinato de su esposa, Arlette (Molly Parker) que perpetró con la ayuda de su hijo adolescente, Henry (Dylan Schmid) durante el año que da título largometraje cuando los tres vivían en una casa a las afueras de Hemingford, Nebraska. Después del crimen y de depositar el cuerpo sin vida de su esposa en un pozo localizado en su terreno una plaga de ratas asolará la granja familiar y Wilfred comenzará a tener visiones de su mujer que parece haber vuelto de entre los muertos. Algo que ya hemos mencionado y debe quedar muy claro desde el principio es que el largometraje escrito y dirigido por Zak Hilditch no es una pieza de terror, es más bien un drama con apuntes de suspense y pinceladas muy leves de terror. De este modo la historia sobre la familia James tiene mucho más que ver con obras literarias como El Corazón Delator de Edgar Allan Poe que con trabajos previos del autor de Maine o algunos de los que han influido en su impronta adscritos a este tipo de narraciones de ficción que él mismo en cierta manera ha ido abandonando con el paso de los años en favor de otros géneros menos ortodoxos.




De este modo el guionista y cineasta australiano realiza con 1922 un cuento gótico con reminiscencias al género western y unos oscurantistas Estados Unidos a las puertas de la Gran Depresión de 1930 como telón de fondo. Con estas herramientas y ayudado por una ambientación de época para quitarse el sombrero si tenemos en cuenta la naturaleza modesta del proyecto sumada a un reparto en estado de gracia comandado por Thomas Jane, Zak Hilditch lo tiene todo para ejecutar una pieza cuanto menos remarcable, pero se queda a mitad de trayecto porque uno de los dos roles que debe ejercer no está a la altura del otro. Mientras su trabajo con la cámara es de un mérito poco reprobable y con él llega a ofrecer al espectador algún que otro pasaje memorable, como el del asesinato en la cama, que eleva la producción desde el punto de vista técnico es su poco destacable labor con la escritura la que hace de 1922 una más de tantas. El desarrollo de personajes es el adecuado y no hay estridencias en cuanto al devenir de acontecimientos, pero la narración es de una linealidad tan simplista como uniforme y no depara ningún momento destacable argumentalmente que pueda llamar la atención con respecto a la persona que visiona el producto, que lo verá con agrado, pero sin implicarse adecuadamente con él por estas carencias.




En cuanto al reparto podemos hablar de uno de los puntos más fuertes de 1922 y no sólo por la muy alabada interpretación de su actor protagonista. Porque sería una necedad negar que el actor de The Punisher o La Niebla (The Mist) realiza uno de las mejores composiciones de su carrera con un trabajo muy físico e interesantes apuntes psicológicos que él salda con un buena nota, pero su entrega en ocasiones se torna en su peor enemiga, y algo de eso sucede con su elaborado acento del medio oeste estadounidense que al ser tan marcado entronca con el del resto de personajes que no lo han “sobreactuado” tanto. Excelente trabajo de Molly Parker como la mujer del protagonista y madre del niño que ambos comparten, la actriz de House of Cards ejecuta un excelente tour de force con su compañero de reparto y su destacable interpretación hace que su personaje torne en ubicuo una vez desaparece de la historia incluso en los pasajes en los que ni su cuerpo putrefacto hace acto de presencia. Toda una sorpresa el joven Dylan Schmid que no se amilana ante dos veteranos como sus padres en la ficción ofreciendo un secundario muy interesante que ganará enteros en cuanto a profundidad justo después del asesinato de su progenitora en el que se verá implicado por el manipulador cabeza de familia y que avocará a los dos a la tristeza y la locura.




1922 es una cinta cumplidora y decente, pero no destacará entre las adaptaciones cinematográficas de las novelas de Stephen King, ni si quiera está entre las mejores de este 2017 que, como apuntábamos previamente, ha sido fértil a la hora de extrapolar la palabra escrita del autor de Maine a la pequeña o gran pantalla. Lo que sí confirma el largometraje de Zak Hilditch es que aunque todavía le queda un largo camino por recorrer y un considerable margen de mejora, ya que sus producciones cinematográficas en líneas generales son aceptables o sólo buenas (aunque hay excepciones), Netflix está ofreciendo una variada gama de proyectos de ficción adscrita a su producción propia que no se amilana con ningún género y que sólo se diferencian de la mayoría de estrenos hollywoodienses en que no son estrenados en pantalla grande. El Juego de Gerald o esta 1922 que nos ocupa denotan el interés por parte de la plataforma de streaming por financiar traslaciones de relatos de King que por no ser tan conocidos como novelas con el renombre de Carrie, El Resplandor o Misery solían pasar desapercibidos para las grandes productoras y que ahora han conseguido su pequeña y merecida parcela para que los seguidores de la prosa del autor nacido en Nueva Inglaterra podamos disfrutarlos.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Stranger Things 2, ¿truco o trato?



"Lo que sea que está pasando, está extendiéndose desde este sitio" 




El estreno de la primera temporada de Stranger Things en la plataforma de streaming Netflix el pasado 2016 fue uno de los acontecimientos del año. La serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer se adscribía a la ola imperante de nostalgía por el cine comercial americano de los años 80 y amalgamaba en su impronta referencias que iban desde Los Goonies a La Cosa, pasando por la literatura de Stephen King o las producciones de la Amblin de Steven Spielberg. La historia estaba protagonizada por una pandilla de niños residentes en la ciudad ficticia de Hawkins y el posterior descubrimiento de una organización secreta del gobierno que había utilizado como cobaya humana a una misteriosa pequeña a la que se conoce simplemente por “Eleven”, el número que tiene grabado en su brazo, y que pronto daba muestras de poseer poderes sobrenaturales. El relato de los Duffer funcionaba de manera impecable gracias a la cohesión que daban a su ingente cantidad de referencias ficcionales por medio de un guión muy bien estructurado y un reparto en el que tanto los actores adultos como los infantiles se encontraban en un innegable estado de gracia. Aunque el estreno de Stranger Things fue un enorme éxito, antes del mismo Netflix ya había dado el visto bueno a los hermanos Duffer para empezar a idear una segunda temporada ofreciendo de este modo los responsables de dicha empresa una confianza ciega en el proyecto. Poco más de un año después, el pasado 27 de octubre, la segunda temporada de la serie fue subida íntegramente a la plataforma y después de haberla visto ya podemos dar un veredicto sobre ella.




Con respecto a esta segunda temporada Matt y Ross Duffer no se han complicado la vida y han ido a lo seguro realizando un émulo más que notorio de la primera tanda de episodios, en ocasiones casi antojándose un remake de aquella debido a la reutilización de conceptos, tramas y hasta señas de identidad que fueron celebradas por los fans en 2016 durante el debut de la serie y que aquí vuelven a hacer acto de presencia. En este sentido el producto pierde el encanto del factor sorpresa, la ruptura singular que supuso la producción a la hora de ofrecer una pieza fresca y multiforme que conseguía emulsionar un producto de calidad más allá del contexto espaciotemporal en el que se desarrollaba el relato que en él nos era narrado. Desde esta perspectiva podemos afirmar que no hay nada nuevo en el horizonte, sólo la repetición de una formula exitosa que el año pasado funcionó a las mil maravillas y que tanto los responsables del show como los productores del mismo han tratado de duplicar de la manera más fiel posible. Por suerte donde si han cambiado las cosas notablemente en Stranger Things es en su apartado técnico, que cuenta en esta ocasión con unos medios considerablemente mayores para que los Duffer desplieguen todo su imaginario visual y argumental.




El aumento de presupuesto para esta Stranger Things 2, y que ya se vislumbraba en los trailers promocionales de la temporada, hace que la puesta en escena de los Duffer no se diferencie demasiado de la de cualquier producción cinematográfica hollywoodiense y gracias a ello los hermanos pueden ser mucho más ambiciosos a la hora de dar forma en imágenes lo que previamente habían ideado en papel y esta vez sin las restricciones que tuvieron que acatar durante la primera temporada. Desde la disponibilidad de muchas más localizaciones, pasando por la utilización más asidua de grandes angulares, tomas a vistas de pájaro o planos cenitales y llegando al diseño de unos excelentes efectos especiales en los que destacan un maquillaje concienzudamente elaborado y unos CGI muy superiores a los de la anterior temporada (que tampoco eran desdeñables) y que son ejecutados sabiamente como a la hora de dar vida a D’Artagnan, donde la dosificación del pixel juega a favor de la creación del susodicho y su implicación en la narración. Al igual que en la primera temporada Shawn Levy (Noche en el Museo) y en esta ocasión también Andrew Stanton (John Carter) y Rebecca Thomas (Electric Children) toman el relevo de los Duffer en algunos episodios y manteniendo el look visual impuesto por estos acometen con profesionalidad su labor en la realización.




En esta ocasión es en el guión donde encontramos el mayor fallo de Stranger Things 2 y aunque dicha deficiencia no hiere de muerte al conjunto de la temporada sí se antoja como una inclusión tan innecesaria como evitable. Aunque la historia se toma su tiempo para arrancar mientras trata de contextualizar en qué situación se encuentran los personajes un año después de lo acontecido en la primera temporada los Duffer consiguen captar nuestra atención desde el mismo arranque y a partir de ahí comienzan a construir dos tramas paralelas que en la recta final convergerán en una sola, la primera centrada en todo el grupo de amigos de Hawkins y tomando a Will como epicentro del relato y la segunda centrada en Eleven y su evolución como rol de capital importancia en el programa. Ambas tramas discurren adecuadamente con un desarrollo adecuado y coherente hasta que llegamos al séptimo episodio y la inclusión del grupo de Kali. Presentada en el cold opening del primero episodio, olvidada hasta más de la mitad de la temporada, y recuperada en el capítulo The Lost Sister toda la historia del personaje de Linnea Berthelsen y su grupo de punks delincuentes no sólo rompe el ritmo de lo que hasta ese momento había acontecido, sino que se revela de cara al espectador como una entrega totalmente desubicada en el contexto de la temporada con la única excusa de dar una nueva profundidad a Eleven que podía haber experimentado previamente con un hecho mucho más importante como fue encontrar a su madre.




Una vez más son los personajes y los actores los que consiguen dar alma y corazón a Stranger Things y dicha responsabilidad recae en un reparto cada vez más cohesionado que en esta ocasión se ha visto reforzado por nuevos fichajes que no desentonan con el conjunto del casting. Mientras Gaten Matarazzo, Finn Howard y Caleb McLaughlin mantienen el carisma y la química que ya se dejaban notar en la primera temporada esta vez es Noah Schnapp, que se ausentó casi toda la primera tanda de episodios, el que se desquita dando todo un recital interpretativo como Will. En cuanto a los nuevos fichajes muy bien Sadie Sink como Max, esforzado Dacre Montgomery como Billy, notable Paul Reiser en la piel del Doctor Owens y entrañable Sean Astin como Bob Newby, uno de esos personajes que en principio parece ser algo que finalmente no es. Pero para el que esto firma los dos actores que mejor interactúan en pantalla y que más pasajes memorables comparten son David Harbour y Millie Bobby Brown componiendo una muy creíble relación paternofilial entre Jim Hooper y Eleven en la que ambos actores se marcan un tour de force para quitarse el sombrero y que puede considerarse uno de los mayores aciertos de la temporada. Con respecto al resto mencionar que Winona Ryder está mucho más contenida, y creíble, que en la temporada anterior y que la, muy bien perfilada, relación entre los personajes de unos cómplices Natalia Dyer y Joe Keery deja un poco arrinconado a Charlie Heaton, algo que posiblemente utilicen como excusa los Duffer para eliminar a Jonathan de la serie si no se soluciona lo de su reciente polémica.




Tomando esta vez como referentes producciones adscritas a Steven Spielberg como Encuentros en la Tercera Fase, E.T o Gremlins, convirtiendo en cada vez más obvios sus homenajes a los años 80 (la explicitud con Los Cazafantasmas e incluir en el reparto al protagonista de Los Gooines y al secundario más insufrible de Aliens: El Regreso denota poca sutilidad) y con algunos fallos de guión previamente apuntados Stranger Things 2 consigue superar todos sus obstáculos para mostrarse de cara a los espectadores como un producto tan bueno o incluso mejor que su predecesor. Ya hemos apuntado que Ross y Matt Duffer han utilizado una plantilla para parir un hermano casi gemelo de lo que ya podemos llamar Stranger Things 1, pero la labor de ambos en la escritura y la realización así como la implicación de un reparto al que a estas alturas ya hemos cogido un incalculable cariño consiguen que nos encontremos con una de las propuestas audiovisuales más satisfactorias de un año en el que las series de televisión, o plataformas digitales, nos han ofrecido material de alta calidad como Twin Peaks: The Return, Mindhunter, The Handmaid’s Tale o The Deuce dando claros síntomas de que la ficción estadounidense todavía mantiene una más que notable salud con respecto a ejecutar trabajos que muestren las suficientes inquietudes artísticas como para ser considerados piezas tan edificantes como respetables, aunque en un caso como el de Stranger Things 2 no deje de ser puro entretenimiento con sus altas dosis de nostalgia.



sábado, 4 de noviembre de 2017

Thor: Ragnarok



Título Original Thor: Ragnarok (2017)
Director Taika Waititi
Guión Eric Pearson, Craig Kyle, Christopher Yost
Reparto Chris Hemsworth, Tom Hiddleston, Cate Blanchett, Anthony Hopkins, Mark Ruffalo,Tessa Thompson, Benedict Cumberbatch, Idris Elba, Jeff Goldblum, Jaimie Alexander, Sam Neill, Ray Stevenson, Tadanobu Asano, Taika Waititi, Karl Urban, Stan Lee




Tercera película del Dios del Trueno dentro del seno de Marvel Studios después de Thor (2011) y Thor: Mundo Oscuro (2013) y quinta entrega de la Fase 3 de la productora después de Capitán América: Civil War, Doctor Strange, Guardianes de la Galaxia Vol 2 y Spider-Man: Homecoming, estrenadas entre 2016 y 2017. Si el hecho de que en Los Vengadores: La Era de Ultrón ya se dieran pistas sobre por dónde iba a transitar la trama de la entrega número tres de los films protagonizados por Chris Hemwsworth, la saga Thor: Ragnarok de Walter Simonson, llamó la atención, la decisión por parte de Marvel Studios de contar con el cineasta neozelandés Taika Waititi para ocuparse de ella directamente dejó descolocado al fandom. Que Kevin Feige y sus colaboradores solicitaran los servicios de un director curtido en el humor con obras como el falso documental sobre vampiros What We Do in the Shadows y la comedia de aventuras Hunt for the Wilderpeople, dejaba claro que con esta nueva entrega estaban buscando un tono completamente distinto al de sus dos predecesoras. Los trailers del largometraje confirmaron dicha idea, ya que detrás de la espectacularidad de las imágenes lo que más destacaba en los vídeos promocionales del largometraje era su muy marcado sentido del humor, algo que se confirmó definitivamente con aquel simpático While You Were Fighting: A Thor Mockumentary que narraba la vida de Thor y su recién estrenado compañero de piso mientras sucedían los hechos de Capitán América: Civil War en los que él no se vio implicado y que recuperaba el tono de la ya citada Lo Que Hacemos en las Sombras.




Con la presencia en el reparto de habituales de la saga como los inevitables Chris Hemsworth, Tom Hiddleston, Anthony Hopkins o Idris Elba, nuevos fichajes como Cate Blanchett, Tessa Thompson o Jeff Godlblum y la primera incursión en la saga de largometrajes de Thor del Bruce Banner/Hulk de Mark Ruffallo, al que debemos sumar alguna aparición sorpresa que no desvelaremos aquí, un guión escrito a seis manos por Eric Pearson, Christopher Yost y Craig Kyle que toma como inspiración, no sólo la famosa saga homónima de Walter Simonson, sino también notables apuntes de otras como Planeta Hulk o Contienda de Campeones, y el ya citado previamente Taika Waititi en la dirección Thor: Ragnarok llegó este pasado 27 de octubre a las carteleras de medio mundo recibiendo algunas de las críticas más favorables que haya tenido nunca una producción de Marvel Studios, alabando gran parte de la prensa especializada el nuevo tono irónico que sus autores han insuflado al proyecto y enalteciendo como una virtud el hecho de que, en esta ocasión, los ideólogos del proyecto no se hayan tomado del todo en serio la propuesta. Nosotros ya hemos podido ver la película y contra todo pronóstico no podemos sumarnos a las alabanzas casi generalizadas que ha recibido la obra porque vemos en ella, aparte de las virtudes que mencionaremos, unos más que considerables fallos que la convierten en un producto muy irregular.




Thor: Ragnarok toma como punto de partida el regreso de Hela (Cate Blanchett), Diosa de la Muerte y primogénita de Odín, con la única misión de usurpar el trono de Asgard. Después de su primer enfrentamiento con Thor (Chirs Hemsworth) y Loki (Tom Hiddelston) estos últimos serán derrotados, Hela incluso llega a destruir mjolnir sin mucho esfuerzo, y exiliados forzosamente al planeta Saakar. Allí Thor será cazado por Valkiria (Tessa Thompson), perteneciente a una estirpe de orgullosas guerreras asgardianas, y vendido al Gran Maestro (Jeff Goldblum), supremo gobernante de Saakar y organizador de combates interplanetarios de gladiadores. Una vez reclutado para luchar en la arena el Dios del Truno descubrirá que su desaparecido compañero Bruce Banner (Mark Rufallo), alias Hulk, es el campeón del Gran Maestro y que su hermano Loki ahora es un protegido de este último. Una vez instalado en Saakar Thor deberá reclutar a un grupo de guerreros para enfrentarse a Hela y derrotarla y de este modo evitar el Ragnarok que acabe con Asgard y todos sus ciudadanos. Este es el argumento central que vertebra Thor: Ragnarok y como previamente hemos mencionado toma referencias de varias sagas relacionadas con el dios nórdico, el problema es que desde el punto de vista de la escritura está abordado de manera considerablemente caótica en cuanto a construcción narrativa, pero lo peor es que no es ese el único fallo del film de Taika Waititi.




Lo que los trailers nos hacían vislumbrar se convierte en un hecho confirmado una vez hemos visto Thor: Ragnarok. Sin dejar de ser una aventura épica con híbridos entre alienígenas y dioses nórdicos Thor: Ragnarok acentúa notablemente el sentido del humor adscrito a la mayoría de producciones nacidas al amparo de Marvel Studios, que ya es decir. Para el que esto firma este cambio de registro, que no debería ser algo malo, está bastante mal ejecutado por Taika Waititi y sus guionistas, no sólo porque de la sesión continua de gags con el que nos bombardean desde la pantalla unos funcionan y otros no, sino también porque el contraste con la lectura que se había dado del personaje en las anteriores cintas se antoja antinatural y casi una burda excusa para emular el díptico de Guardianes de la Galaxia diseñado por James Gunn. No tiene sentido ninguno que el Thor al que en cinco ocasiones previas habíamos visto como un personaje regio que de vez en cuando hacía concesiones a la comicidad con algunos de sus diálogos se convierta en esta nueva entrega en un individuo torpe, gritón e infantil que no es capaz de apoyarse en una estantería sin tropezar o esquivar un balón antes de que le golpee la cara. Por desgracia dicho matiz humorístico que envuelve casi todo el metraje no sólo hace mella en el protagonista, sino también en los secundarios, como ese Loki que pasa de mantener una shakesperiana relación de envidia y admiración por su hermano a coleguear con él como si fueran dos adolescentes.




Pero, como anteriormente hemos afirmado, el mayor fallo desde el punto de vista de la escritura es la paupérrima y descompensada construcción del guión a manos de Eric Pearson, Craig Kyle y Christopher Yost. La trama de Thor: Ragnarok es un cúmulo de secuencias hilvanadas las unas con las otras con el único fin de ofrecer espectacularidad sin medida aunque para ello sus autores tengan que sacrificar la coherencia interna del relato que están contando. De este modo la necesaria estructuración del guión brilla por su ausencia y no sólo da graves síntomas de lo mal planteada y desarrollada que está la trama central de la obra, sino también lo inadecuadamente que está ejecutada la de Hela en Asgard a la que los guionistas vuelven de manera arbitraria y gratuita no porque la historia lo necesite, sino porque hay que darle más minutos a la villana en pantalla aunque el hilo argumental que ella protagoniza tenga un desarrollo casi nulo y un interés de cara al espectador considerablemente endeble. De este modo Thor: Ragnarok se tambalea desde sus cimientos y de ella sólo queda disfrutar del espectáculo visual que ofrece Taika Waititi desde el apartado técnico y que entrega una mezcolanza de influencias muy variopinta que deleitará a unos y atragantará a otros.




Porque por suerte Taika Waititi aborda desde la locura estilística su labor detrás de las cámaras y su impronta visual se alimenta del trazo rotundo de Walter Simonson y la psicodelia del Jack Kirby más lisérgico amalgamando dichas referencias con numerosas resoluciones estéticas que nos retrotraen a los ya explotados años 80 (la banda sonora repleta de sinterizadores a manos de Mark Mothersbaugh también influye en ese sentido) y que hacen referencia a films como Tron (1982) o muestras del muy explotado subgénero de “espada y brujería” que conoció una etapa de notable bonanza después del éxito de la adaptación que John Milius hizo del Conan, el Bárbaro de Rober E. Howard. El cineasta neozelandes auna fuerzas con el director de fotografía español, Javier Aguirresarobe, para ofrecer al espectador un puñado de escenas de acción muy bien ejecutadas como la del arranque del film con Surtur, el combate de Thor y Hulk en el torneo de gladiadores, el flashback con la guerra de las valkirias contra Hela o todas los pasajes de batallas que tienen lugar en el clímax final y que se convierten en el mayor aliciente de la película gracias a la soltura que demuestra el autor de Hunt for the Wilderpeople para trabajar por primera vez con presupuestos desorbitados aunque, como suele suceder en cualquier superproducción hollywoodiense, dejando de lado sus señas de identidad para ofrecer un trabajo tan impersonal como eficiente.




Dentro del reparto y aunque previamente hemos mencionado que la deriva humorística menoscaba en cierta manera el perfil, ya asentado, de los personajes lo cierto es que todos los actores ejecutan adecuadamente sus labores interpretativas. Mencionar que Chris Hemwsworth, Tom Hiddelston, Anthony Hopkins, Idris Elba y el “special guest star” Mark Rufallo cumplen con eficiencia a la hora de dar vida a roles que ya conocen al milímetro sería una obviedad, pero no lo es tanto afirmar que los nuevos fichajes son lo mejor de las más recientes aportaciones al cast de esta tercera entrega de Thor. Cate Blanchett confirma lo que esperábamos, que devora la pantalla como Hela, combinando sensualidad y fiereza a partes iguales y sacando con su trabajo oro de un villano de Marvel Studios que, como dicta la tradición, es plano y unidimensional desde la escritura. En cuanto a Tessa Thompson desprende carisma como Valkiria con aire despreocupado y canallesco y compartiendo una excelente química con Hemsworth y Hiddelston cuando comparte pantalla con ellos. Por otro lado Jeff Goldblum realiza uno de esos papeles en los que se nota claramente que el actor se lo pasó en grande a la hora de darle voz y cuerpo, aunque suyos son algunos de los pasajes cómics menos eficientes del film. Finalmente especial mención al entrañable Korg interpretado por el mismo Taika Waititi por medio de la captura de movimiento y que esperemos vuelva en próximas entregas.




Para el que esto firma, que tenía muchas esperanzas depositadas en la obra que nos ocupa, Thor: Ragnarok ha supuesto una cierta decepción que no ha estado a la altura de las expectativas depositadas en ella y que se queda lejos de la genialidad que algunas webs, fans y periodistas especializados afirmaban que era. Aunque los actores hacen bien su labor y Taika Waititi despliega un imaginario visual tan divertido como caprichoso son el guión y sus graves carencias los que hieren de muerte a la última producción de la división cinematográfica de la Casa de las Ideas. Muchos de los que alaban la cinta afirman que lo mejor de ella es su sentido de la autoparodia, de reírse de sí misma aludiendo una vez más a la idea de que los personajes de cómics de superhéroes no pueden ser abordados desde otro punto de vista que no se el humorístico. Sin negar un servidor que la comicidad puede ser una buena compañera a la hora de trasladar cómics superheróicos al celuloide que se de por sentado que un medio tan veterano y consagrado como el de las viñetas no pueda tomarse en serio a sí mismo demuestra lo poco que hemos avanzado en ese sentido y la todavía notable diferencia que hay entre el público generacional que consume este tipo de obras sin haberse acercado a una grapa o un tomo en toda su vida y el que ve estas obras cinematográficas con un conocimiento previo de sus historias en papel y que busca en ellas, como mínimo, una reproducción audiovisual fiel y a la altura de personajes que le han acompañado durante años llenando incontables horas de ocio y diversión.


lunes, 30 de octubre de 2017

Annabelle: Creation, la casa de las mil muñecas



Título Original Annabelle: Creation (2017)
Director David F. Sandberg
Guión Gary Dauberman
Reparto Stephanie Sigman, Talitha Bateman, Lulu Wilson, Anthony LaPaglia, Miranda Otto, Grace Fulton, Lou Lou Safran, Samara Lee, Tayler Buck, Mark Bramhall, Javier Botet, Brad Greenquist




El cineasta australiano de origen malayo James Wan es uno de los tipos más inteligentes de Hollywood dentro del género de terror. Después de explotar durante siete entregas la saga Saw que él ayudó a construir (recordemos que dirigió el primer, y mejor, film de la franquicia basándose en un cortometraje previo nacido de su impronta) se implicó en otras dos más, pero esta vez adheridas al cine de casas encantadas y posesiones demoníacas. Mientras Insidious ya va por su cuarto capítulo, que llegará a pantallas de todo el mundo en enero de 2018, The Conjuring (Expediente Warren en España y algunos países de latinoamérica) cuenta con dos excelentes films y un spin off protagonizado por la célebre muñeca maldita Annabelle. Este siniestro juguete se ganó el corazón de los fans del género con su aparición en la primera cinta que narraba las correrías sobrenaturales del matrimonio Warren y debido a la buena recepción el mismo James Wan decidió producir una pieza centrada en dicha muñeca solicitando los servicios como realizador de John R. Leonetti, su director de fotografía en la primera película de esta saga protagonizada por Vera Farmiga y Patrick Wilson. El resultado fue una pieza muy inferior a las dos partes de The Conjuring, pero con los suficientes alicientes conceptuales como para convertirse en un considerable éxito de taquilla, recibiendo una sobresaliente recepción por parte de los espectadores que dejó la puerta abierta a una continuación que ha llegado finalmente a las pantallas españolas en forma de precuela y con un más que considerable retraso con respecto a su estreno estadounidense.




Como ya hemos mencionado, y su propio título indica, Annabelle: Creation es una precuela del largometraje de 2014 en el que pudimos asistir a la primera incursión cinematográfica en solitario de la famosa muñeca. La trama comienza en 1946 cuando el fabricante de muñecas Samuel Mullins (Anthony LaPlagia) construye una a la que pondrá de nombre Annabelle, el mismo que tiene su hija. Durante ese día y volviendo de la iglesia Samuel, su mujer Esther (Miranda Otto) y Annabelle (Samara Lee) se paran para cambiar la rueda pinchada del coche y en un descuido la niña es atropellada de muerte por otro vehículo. Tras el prólogo nos situamos doce años después, en 1958, siguiendo los pasos de una monja, la hermana Charlotte (Stephanie Sigman), y las seis huérfanas con las que se instalará en la casa de los Mullins donde siguen viviendo Samuel y su esposa Esther, que se encuentra recluida en una de las habitaciones del inmueble. Poco después de instalarse en la casa una de las niñas, Janice (Talitha Bateman), que padece poliomelitis se siente impulsada por una fuerza desconocida a entrar en la antigua habitación de Annabelle, cerrada con llave y con el paso prohibido a su interior por parte de Samuel, y allí encontrar a la famosa muñeca. Desde ese mismo momento en la casa de los Mullins comenzarán a sucederse hechos inexplicables con Annabelle como centro de los mismos.




Annabelle: Creation, incluso más que la primera entrega, es completamente fiel a la “fórmula James Wan” o lo que es lo mismo, utilizar todos los tópicos adscritos a este tipo de cine de terror, pero con la suficiente soltura como para que los mismos funcionen a nivel narrativo y estilístico. El director elegido para rodar Annabelle: Creation fue David F. Sanberg, realizador sueco que se hizo famoso gracias a la humilde y exitosa Nunca Apagues la Luz (Lights Out) y que en 2019 se ocupará de traernos la versión en celuloide de Shazam. Aunque evidentemente carece del poderoso timing de James Wan a la hora de crear atmósferas inquietantes o secuencias de terror ejecutadas con una pericia carente de efectismos gratuitos, Sandberg sabe insuflar al producto un tono y unas resoluciones visuales que lo hacen considerablemente superior a su predecesor y muy atractivo gracias a lo bien aprovechadas que están las exiguas localizaciones en las que discurre la trama del largometraje o un elaborado diseño de producción tan modesto como bien resuelto. De esta manera esta precuela de Annabelle consigue cubrir, y en cierta manera rebasar, las exigencias mínimas para que se muestre de cara al público como un buen producto de género dentro de su naturaleza comercial y liviana.




Con una trama muy parecida a la de la irregular La Mujer de Negro: El Ángel de la Muerte, secuela del excelente film de James Watkins que adaptaba la novela de Susan Hill, y por efecto dominó con no pocas reminiscencias a esa obra maestra de Dario Argento llamada Suspiria (el uso del cromatismo por medio de la fotografía en algunos pasajes, el personaje de Esther Mullins recluido en una habitación y sin que podamos verle explícitamente el rostro) el guión de Gary Dauberman recorre uno a uno todos los clichés del subgénero, pero encadenando sabiamente una secuencia de sobresalto tras otra y perfilando adecuadamente unos personajes que, nunca adentrándose en la tridimensionalidad, están lo suficientemente bien elaborados como para que empaticemos con ellos y temamos por su integridad física y psicológica. De este modo Annabelle: Creation se aleja un poco del tono más neutral de su predecesora y al igual que las dos entregas de The Conjuring bebe de piezas clásicas del género, en este caso el de casas encantadas o posesiones diabólicas, como Pesadilla Diabólica (Burnt Offerings) o El Exorcista inyectando a su propuesta cinematográfica un sabor más añejo que la hace posicionarse unos peldaños por encima de la primera entrega de 2014 gracias la eficacia de su guión, que sin ser una pieza brillante consigue mantener la tensión a lo largo de todo el metraje.




Aunque David F. Sandberg ya ofreció una considerable soltura para infundir terror con mínimos recursos en Lights Out haciendo uso recurrente de algo tan sencillo y mundano como bombillas e interruptores de la luz en Annabelle: Creation demuestra con su profesionalidad que se necesita muy poco para asustar con elegancia y pericia narrativa a diferentes tipos de espectadores. Una sábana sobre una muñeca sentada en una mecedora, unos ojos brillantes al fondo de un pasillo devorado por la oscuridad, una niña cuyo cuerpo muta en una criatura espigada y aterradora a la que nunca le vemos el rostro (nuestro Javier Botet, siempre brillante con su peculiar fisiónomía y lenguaje corporal) o una brutal vuelta de tuerca a la clásica secuencia del protagonista portando una cruz a la hora de enfrentarse con una entidad diabólica son pasajes que nos demuestran que menos es más y que en Annabelle: Creation funcionan mejor los momentos en los que se sugiere la presencia de los seres sobrenaturales que moran en la casa de los Mullins que en los que Sandberg decide, por suerte en muy contadas ocasiones, mostrar en primer plano el rostro de sus monstruos, lección bien aprendida por el sueco de su mecenas, James Wan, que ha hecho de la sugestión y la sutilidad su mejor arma como cineasta dentro de este tipo de celuloide.




Annabelle: Creation no es una gran película, es una competente cinta de terror que supera a la primera entrega centrada en la supuesta muñeca maldita custodiada por el matrimonio Warren, cuenta con un muy competente reparto en el que destaca la veteranía de Anthony LaPlagia y el prometedor futuro de las resueltas Talitha Bateman y Lulu Wilson, un guión de manual que se hace fuerte a la hora de aprovechar la icónica figura de Annabelle y un artesano detrás de las cámaras que cumple su cometido como realizador curtido en este género. La cinta ha funcionado bien en taquilla y ha sido mejor recibida que su predecesora, de modo que todo apunta a que tendremos Annabelle para rato, pero antes de una tercera parte James Wan y su equipo están preparando la tercera parte de The Conjuring y una cinta en solitario protagonizada por “The Nun”, la aterradora monja de Expediente Warren: El Caso Enfield, con cameo en la obra que nos ocupa, y que extenderá un poco más el microcosmos ideado por el director de Silencio Desde el Mal (Dead Silence) y los guionistas Chad y Carey Heys basándose en los múltiples casos de Ed y Lorraine Warren, dos de los parapsicólogos más importantes de Estados Unidos o unos charlatanes que marcaron época con sus juegos de trileros, dependiendo a quién preguntemos por ellos y su peculiar carrera profesional.


viernes, 27 de octubre de 2017

Mindhunter: Primera Temporada, el elemento del crimen



"¿Cómo te adelantas a lo que piensan los locos si no sabes cómo actúan?"




A finales de los años 70 los agentes del FBI John E. Douglas y Robert K. Ressler se entrevistaron con algunos de los asesinos en serie más peligrosos de la historia de Estados Unidos mientras estos cumplían sus respectivas condenas en prisión. Con el fin de crear perfiles de personalidad que en un futuro les permitieran prevenir nuevos homicidios Douglas y Ressler recorrieron todo el país para mantener conversaciones grabadas con criminales como Edmund Kemper, Jerry Brudos o Richard Speck con las que mantener a flote su revolucionario experimento que en un principio no fue visto con buenos ojos por el FBI. Toda este proceso fue recopilado en un libro llamado Mind Hunter: Inside FBI’s Elite Serial Crime Unit escrito por el mismo Douglas con la ayuda del novelista y cineasta Mark Olshaker que con el paso de los años se convirtió en la piedra angular de la criminología moderna. El dramaturgo y guionista Joe Penhall (La Carretera) con el respaldo en la producción de la actriz Charlize Theron y el cineasta David Fincher, que se ocupa de la dirección de cuatro episodios, propusieron a Netflix sacar adelante una serie basada en el libro de Douglas y Olshaker consiguiendo una respuesta positiva por parte de la plataforma de streaming. El resultado hasta el momento es una primera temporada de diez episodios que se ha convertido en una de las propuestas televisivas más interesantes y atípicas del 2017, sobre todo si tenemos en cuenta su inusual propuesta dentro de un subgénero como el policíaco o el de asesinos seriales.




Holden Ford (Jonathan Groff) y Bill Tench (Holt McCallany) son dos agentes del FBI pertenecientes a la Unidad de Análisis de Conducta que durante 1979 recorren Estados Unidos para entrevistar a los asesinos en serie más sanguinarios de América con el fin de crear perfiles psicológicos que les ayuden a resolver casos criminales presentes y futuros. Al poco tiempo de poner en marcha su proyecto, con considerables reticencias a manos de su superior, el Jefe de Unidad Shepard (Cotter Smith), Ford y Tench recibirán la ayuda, y supervisión, de la psicóloga Wendy Carr (Anna Torv), que se convertirá en colaboradora activa de la pareja de crimonólogos. En el proceso Ford y Tench intercambiaran impresiones con homicidas como Edmund Kemper (Cameron Britton), Jerry Brudos (Happy Anderson), Richard Speck (Jack Erdie) o Monte Rissell (Sam Strike) y descubrirán que cada uno de ellos asimila su intervención en el experimento de manera diametralmente opuesta a los demás, en ocasiones poniéndole las cosas muy complicadas a la pareja de agentes. Los problemas comenzarán cuando esta interacción con todo tipo de asesinos sin escrúpulos influya en la vida personal de Ford y Tench, originando problemas entre el primero y su novia Deborah Mitford (Hannah Gross) y repercutiendo la vida familiar del segundo con su esposa Nancy (Stacy Roca) y su hijo Brian (Zachary Scott Ross) viéndose todos arrastrados por las consecuencias del trabajo de los protagonistas.




Aunque se adscribe a un subgénero reconocible para el gran público como el de asesinos en serie Joe Penhall y sus colaboradores deciden abordar Mindhunter casi como un drama, no como un thriller, centrándose principalmente en sus personajes y dejando de lado la acción típica de esta clase de producciones. La serie de Netflix viene a ser la versión realista de Mentes Criminales, la longeva serie estadounidense creada por Jeff Davis para la cadena generalista CBS, pero mientras el programa estrenado en 2005 deposita sus intenciones en el ritmo frenético, tratamientos argumentales procedimentales (los mismos que ya estaban quemados en la segunda temporada, la mejor junto a la primera con el Jason Gideon de Mandy Patinkin como protagonista) episodios normalmente autoconclusivos, una continua sobreexplicación bastante molesta (no hay un sólo episodio en el que no se incluya un diálogo colectivo en el que los personajes principales pormenoricen, casi mirando a cámara, el perfil del criminal de turno) para dar todo masticado al espectador y un sensacionalismo innecesario a la hora de mostrar los actos de los homicidas en pantalla, Mindhunter decide ir a contracorriente de esta y otras muestras del género aún sabiendo que en el proceso puede sacrificar a un gran número de espectadores.




Joe Penhall lo tiene claro desde el principio, y después de la escena del prólogo del episodio piloto no sólo no volvemos a ver un disparo, sino que no hace acto de presencia una sola arma de fuego en toda la temporada. Porque Mindhunter se centra en el tratamiento de sus personajes, de la interacción que estos experimentan con sus superiores o familiares y sobre todo con los presos a los que van entrevistando en su recorrido por la cárceles de Estados Unidos. De hecho de manera paralela a dichos encuentros se desarrollan subtramas con distintos casos en los que los agentes Ford y Tench investigan algunos asesinatos con los que aplicar los conocimientos que van adquiriendo con las entrevistas que realizan y ni en ese sentido los creadores de la obra se entregan a lo fácil con tiroteos, persecuciones o una sordidez gratuita, apelando a un hiperrealismo que nos demuestra que la búsqueda de pistas o sospechosos de homicidios no es algo que unos agentes del FBI de perspicacia sobrehumana puedan resolver en un sólo episodio. En ese sentido, el de ofrecer la cara más burocrática y cercana de la criminología estadoundiense, Mindhunter se refleja en la mítica The Wire, aquella obra maestra ideada por David Simon y Ed Burns para HBO que ofrecía un retrato naturalista y derrotista del género policíaco, con representantes de la ley que tardaban años en resolver casos o que incluso intentaban no verse implicados en los mismos.





Para que este peculiar y arriesgado tratamiento tenga éxito Mindhunter ha contado con la inestimable ayuda de un jefe de ceremonias a la altura como David Fincher, uno de los directores más talentosos del panorama cinematográfico de los últimos 20 años al que debemos obras como El Club de la Lucha, Millenium: Los Hombres que no Amaban a las Mujeres, Perdida o The Game. Curiosamente podemos considerar a David Fincher, junto al Jonathan Demme de El Silencio de los Corderos, el precursor de la resurección de los thrillers sórdidos con criminales de contrastada imaginación a la hora de cometer sus asesinatos con Seven, aquella genialidad protagonizada por Brad Pitt y Morgan Freeman de 1995 que a día de hoy sigue siendo una de las mejores cintas de género de los 90. Pero en vez de ir a lo fácil, que sería tomar como inspiración dicho film, Fincher acomete en Mindhunter una puesta en escena contenida y clasicista que recuerda a su otro celebrado largometraje sobre asesinos en serie, Zodiac, aquel trabajo en el que lo más importante eran la atmósfera y el tratamiento de personajes, dejando la identidad del asesino y la investigación para dar con su paradero en un segundo plano. De esta manera Fincher pone su talento a disposición de cuatro episodios, los dos primeros y los dos últimos de la temporada (los mejores y los que marcan el look visual del producto) para ofrecer algunos de los pasajes más potentes de la ficción televisiva del 2017.




Los papeles de Holden Ford y Bill Tench están interpretados por Jonathan Groff y Holt McCallany dos actores antagónicos que dan vida a una pareja de agentes del FBI que no lo son menos, aunque sin llegar a adentrarse en la tónica habitual de las buddy movies. El primero es un joven e impetuoso agente decidido a revolucionar la criminología de finales de los años 70 aunque en el proceso ponga en entredicho su prestigio de cara al resto del FBI y el segundo es un profesional veterano de vuelta de todo que se debate entre apoyar las ideas progresistas de su compañero o seguir las reglas impuestas por sus superiores. El tour de force se antoja ejemplar porque mientras Gorff es contención, inteligencia y elegancia McCallany es carisma, cercanía e inesperados ramalazos de humor, y la dupla se verá potenciada cuando en el tercer episodio entre en escena la Wendy Carr de Anna Torv con un ambiguo personaje, en todos los sentidos, que poco tardará en comerle terreno a sus dos compañeros de reparto. Pero con respecto al casting donde Mindhunter triunfa es a la hora de elegir a los intérpretes que dan vida a los asesinos en serie, algunos de ellos interpretados por humoristas o profesionales vinculados a la comedia como Happy Anderson o Cameron Britton, siendo este último el que mejores momentos ofrece a la temporada en la piel de Ed Kemper, ejecutando una labor digna del Emmy o el Globo de Oro con una interpretación profundamente introspectiva protagonizando en el segundo episodio una conversación que marcará a fuego el tono y el discurso de la serie gracias a su enorme labor, el guión y el pulso de un David Fincher en estado de gracia con la cámara.




En resumidas cuentas esta primera temporada de Mindhunter es un producto televisivo de alta calidad en el que todos su apartados convergen magistralmente sin dejar aspecto alguno al azar en una decena de episodios en los que no sobra o falta nada. El resultado dejó tan satisfechos a los jefazos de Netflix que la segunda temporada ya estaba confirmada antes del estreno de la que nos ocupa, y según declaraciones del mismo David Fincher (que seguirá como productor ejecutivo y esperemos que también como director) ya están trazadas las tramas de la segunda temporada y se conoce la identidad de varios de los asesinos a los que Ford y Tench entrevistarán en esta nueva tanda de episodios. La serie de Joe Penhall no sólo es una de las mejores producciones del 2017, también puede ser pionera en cuanto a tratar subgéneros con señas de identidad preestablecidas y asentadas desde hace décadas desde puntos de vista más ricos en cuanto al retrato de personajes y los dilemas morales a los que se enfrentan sus protagonistas al encontrarse compartiendo diálogo y confidencias con individuos que están lejos de ser los monstruos que venden los medios sensacionalistas y con los que se puede llegar a empatizar hasta el límite de que un agente del FBI vea todo su sistema de valores destruido y pisoteado al sentir atracción por la mística detrás de un metódico asesino que practicó sexo oral con la cabeza decapitada de su madre muerta.


miércoles, 25 de octubre de 2017

La Llamada



Título Original La Llamada (2017)
Director Javier Ambrossi y Javier Calvo
Guión Javier Ambrossi y Javier Calvo, basado en su obra de teatro
Reparto Macarena García, Anna Castillo, Belén Cuesta, Gracia Olayo, Richard Collins-Moore, María Isabel Díaz, Secun De La Rosa, Víctor Elías, Esti Quesada




El génesis de un proyecto como La Llamada es bastante particular. Los actores Javier Ambrossi (Cuéntame Cómo Pasó) y Javier Calvo (Física o Química) trabajaban como camareros en un bar del barrio madrileño de Chueca llamado Válgame Dios y allí mientras servían copas y se lamentaban por no encontrar trabajo como intérpretes decidieron, con la complicidad de las actrices Belén Cuesta y Macarena García (esta última hermana de Ambrossi), escribir una obra de teatro musical sobre fe, amor y amistad que tenía lugar en un campamento llamado “La Brújula” regido por un convento de variopintas monjas. Lo que nació en 2013 como una pequeña obra de teatro de humildes aspiraciones se convirtió al poco tiempo en un éxito que incluso rebasó las barreras españolas atrayendo a todo tipo de espectadores que se quedaron enamorados con la peculiar historia narrada entre canciones Whitney Houston y loas al altísimo a ritmo de reggaeton. El triunfo fue tal que Enrique López Lavigne, máximo responsable detrás de la productora Apache Films, propuso a Ambrossi y Calvo realizar una versión cinematográfica de La Llamada con el mismo reparto de la pieza teatral y el resultado es una de las mejores películas patrias del 2017 que extiende al mundo del séptimo arte la originalidad de la propuesta nacida en las tablas por parte de la pareja de jóvenes guionistas y directores.



De este modo la versión cinematográfica de La Llamada está protagonizada por María (Macarena Gómez) y Susana (Anna Castillo) dos amigas aficionadas a la fiesta y el desfase que están pasando el verano en el campamento segoviano La Brújula bajo la supervisión de un grupo de monjas comandado por la hermana Bernarda (Gracia Olayo) y la hermana Milagros (Belén Cuesta) mano derecha de la primera y consentidora de los excesos de los dos personajes principales. Después de escaparse de madrugada para asistir a un concierto de “electrolatino” y despertarse tarde al día siguiente María y Susana son castigadas por la hermana Bernarda a quedarse solas en el campamento con ella y con Milagros mientras el resto de sus compañeras se van de excursión. Lo que apuntaba a ser un fin de semana aburrido comienza a tornar en un par de jornadas surrealistas cuando a María comience a aparecérsele por las noches un señor vestido con un traje de lentejuelas que le canta canciones de Whitney Houston. Todo apunta a que este individuo es el mismo Dios que ha elegido a María para que cumpla una misión divina que ella no consigue descifrar, pero que trastocará para siempre la apacible y rutinaria vida del campamento La Brújula y sus moradores.




Hacía años que un servidor no encontraba una propuesta tan original, divertida y vitalista dentro del cine español reciente. Todo parte, evidentemente, del guión de Javier Calvo y Javier Ambrossi que nació en las tablas y ha sido adaptado al medio cinematográfico de manera ejemplar. Ambos autores consiguen algo inusual en los tiempos que corren, transmitir un mensaje en favor de la fe y la religiosidad con el que las nuevas generaciones puedan indentificarse eludiendo todo lo de adoctrinador y dogmático que pueda haber en el cristianismo. Los escritores y realizadores afirman que la método más efectivo para que los creyentes puedan llegar a Dios no es por medio del rezo, el recogimiento o el celibato, sino dando rienda suelta al amor, la amistad, el talento y sobre todo la música, sin importar que esta este representada por temas de una diva como Whitney Huston o un corte reaggetonero de Henry Méndez. Sirva como declaración de intenciones la imagen que los guionistas y cineastas dan de Dios con ese Richard Collins Moore (El Segundo Nombre) de potente voz que parece una mezcla de cantante de góspel y decadente showman de Las Vegas que encandila a la platea desde su primera aparición en pantalla.




Pero más allá de que el guión esté perfectamente estructurado, respete la esencia de la obra teatral y ejecute en sesión continua diálogos chispeantes, son las cuatro actrices protagonistas, y el resto de secundarios, las que dan alma y corazón a La Llamada. Desde una Mácarena García de mirada brutalmente sincera a una Anna Castillo alejadísima del papel que le dio la fama (El Olivo) pasando por una deliciosamente llorosa Belén Cuesta y llegando a una pletórica Gracia Olayo en el papel de su vida, todo el peso recae sobre este cuarteto en estado de gracia que después de cuatro años dando vida a sus papeles en las tablas los conocen al milímetro y saben exprimirlos hasta lo indecente com un dechado de naturalidad, carisma, entrañabilidad y magia que les permite cantar, bailar, llorar, reír y que todo se transmita con apabullante facilidad a una patio de butacas que desde el minuto uno de metraje cae rendido ante los encantos de estas mujeres que demuestran que Javier Ambrossi y Javier Calvo poco tienen que envidiar a Pedro Almodóvar (fan declarado de la película, por cierto) como director de actrices a las que explotan al máximo para que ofrezcan su mejor cara a la hora de hacer su labor delante de las cámaras.




Con unos directores debutantes que demuestran una inusual soltura como jefes de orquesta y una labor como guionistas muy remarcable trabajando para crear la sólida estructura en la que sus enormes actrices protagonistas puedan sustentar su excelente trabajo interpretativo La Llamada es una de las propuestas patrias más interesantes y atípicas del 2017. Una pieza recomendable para espectadores de cualquier edad, condición sexual, creencia (e incluso ateos, como el que esto firma) que se revela finalmente como una oda a las ganas de vivir, al carpe diem, a la fe en todas sus formas (no sólo la religiosa) transmitiendo una luminosidad que atraviesa la pantalla gracias a su naturaleza sincera, humilde y cercana como producto de ficción que sin pretensiones ni aspiraciones que fueran más allá de entretener al público desde el teatro o las salas de proyección ha conseguido convertirse en un pequeño fenómeno tan efectivo que ha superado el trasvase de un medio a otro, no sólo manteniéndose fiel a sí mismo, sino también alcanzando nuevas cotas de calidad y magia en su triunfal salto a la pantalla grande con un lema, “lo hacemos y luego ya vemos”, que sintetiza magistralmente el mensaje de una pieza que confirma la buena salud de las nuevas generaciones de cineastas españoles que regularmente se dejan caer por nuestras carteleras.