miércoles, 20 de mayo de 2015

Especial Astérix: La Residencia de los Dioses



"Estamos en el año 2015 después de Jesucristo. Toda la cartelera está ocupada por los superhéroes de Marvel…¿Toda? ¡No! Una PELÍCULA de animación en 3D protagonizada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al vengador.”



El 29 de octubre 1959 el guionista René Goscinny y el ilustrador Albert Uderzo decidieron reescribir la historia de la invasión romana de las galias cuando editaron por capítulos en la revista Pilote lo que más tarde fue Astérix el Galo, el primer álbum de las aventuras de Astérix, Obélix, Idefix y el resto de habitantes de la famosa aldea que permanece imbatida frente al ejército romano de Julio César gracias a la fuerza sobrehumana que les confiere la pócima mágica creada por el druida Panoramix. Traducidas a una gran cantidad de idiomas y con un enorme éxito a nivel internacional las aventuras francesas de Asterix son, junto a las del Tintín de Hergé, posiblemente las historietas europeas más famosas jamás escritas o dibujadas dentro del viejo continente. Tras dieciseis álbumes llenos de humor, sorna, romance, folklore, tópicos utilizados como arma arrojadiza, cierta crítica social y mamporros a diestro y siniestro entre los que se encontraban clásicos como La Hoz de Oro, Astérix y Cleopatra, Astérix Legionario o Astérix y los Juegos Olímpicos la edición de La Residencia de los Dioses supuso uno de los momentos culminantes de la historia de las correrías del galo más famoso del mundo del noveno arte. Este álbum, número diecisiete, es el que ha servido como inspiración para la película homónima que se ha estrenado recientemente en las carteleras españolas, suponiendo el noveno film animado protagonizado por Astérix, Obélix y cia, así como el primero realizado totalmente con animación en 3D. En la siguiente entrada vamos a reseñar tanto el álbum de 1971 como la ya mencionada cinta de reciente factura que lo adapta dando forma a un especial dedicado a a creación de Goscinny y Uderzo mientras abrimos boca para la llegada del nuevo álbum de los personajes, Astérix y el Papiro del César, el segundo a manos del nuevo equipo creativo de la colección formado por el guionista Jean-Yves Ferri y el dibujante Didier Conrad que saldrá a la vente en Octubre del presente año.


Astérix: La Residencia de los Dioses de René Goscinny y Albert Uderzo



Tras aparecer por entregas en la famosa revista Pilote, La Residencia de los Dioses se publicó como un sólo albúm en 1971 convirtiéndose en el número diecisiete de la colección creada por René Goscinny y Albert Uderzo. Pronto Le Domaine des Dieux se convirtió en una de las historietas más emblemáticas protagonizadas por Astérix, Obélix y el resto de galos. La obra narra cómo Julio César, tras varios intentos por conquistar el entrañable pueblo de nuestros protagonistas, decide construir en las inmediaciones de la zona una serie de enormes edificios de apartamentos llamada la Residencia de los Dioses en la que los ciudadanos romanos podrán disfrutar de todo tipo de lujos y de cuya edificación se ocupará el arquitecto Anguloagudus para así obligar a la aldea gala rodeada por los infames campamentos de Babaorum, Acuarium, Laudanum y Petibonum a adaptarse a su entorno o desaparecer miserablemente. Toda la irónica crítica hacia temas de corte social extrapolados de la actualidad al año 50 antes de Jesucristo en el que se mueven los personajes galos y romanos toma una nueva dimensión con la inteligente puya al capitalismo, la globalización y el consumismo desproporcionado con el que los autores de despachan a gusto dando con ello base a la que e podría considerase como una de las mejores aventuras del grupo de irreductibles galos




La Residencia de los Dioses va más allá de ser una entrega ejemplar de Astérix, el guerrero galo, supone uno de los puntos culminantes de los niveles de calidad que llegó a alcanzar la dupla Goscinny/Uderzo cuando estaban en el máximo apogeo de sus respectivos talentos, amalgamando sus dos personalidades en una sola, un cohesionado todo artístico y narrativo, que ofrece uno de los mejores bande desinee de la historia del medio en Europa. Después de dieciséis entregas el microcosmos ya estaba asentado y la peculiar personalidad de los personajes más que definida, de modo que a ambos autores sólo necesitaban colocar las piezas en el tablero y jugar una de las más épicas partidas de ajedrez jamás ideadas por sus mentes. El diabólico plan de Julio César, habiendo asumido ya que por la fuerza no tiene manera de reducir el poblado galo, con el que quiere seducir con los cantos de sirena del lujo y el consumo a sus enemigos edifica (nunca mejor dicho) debajo de su aparente inocencia una crítica furibunda a temas como el imperialismo, la especulación inmobiliaria (muy de moda en el país vecino en aquel año 1971 en el que vio la luz el álbum) el ecologismo, el progreso mal entendido o el esclavismo con una sana incorrección política que queda más o menos oculta por un humor en apariencia totalmente blanco pero con el que guionista e ilustrador cargan sus tintas contra gobernantes, fuerzas fácticas y ciudadanos acomodados. Toda esta fauna le sirve a Goscinny y Uderzo para poner a sus criaturas en una de las situaciones más complicadas de su historia, ya que el enemigo a batir en esta ocasión no puede ser derrotado a base de golpes por el simple hecho de ser un ente abstracto que todo lo devora cuando su poder llega a cotas alarmantes de desproporción.

René Goscinny recurre a su verborrea incontrolable, juegos de palabras tan simples como efectivos, referencias cosmopolitas y a ese subtexto con el que denunciaba todo aquello que según él y su compañero de armas consideraban injusto, inadecuado o criticable en manera alguna, como el hecho de que el capitalismo o el consumo sean capaces de devorar las arraigadas tradiciones de la aldea gala, convirtiendo a sus habitantes en comerciantes avariciosos con una insaciable avidez de dinero. La idea de que el imperio romano consiga vencer por fin a Astérix, Obélix y sus paisanos no por medio de la violencia o la estrategia militar sino gracias a una desproporcionada globalización con la que los comerciantes de la galia puedan sacar cada vez más sextercios a sus conciudadanos da una nueva dimensión al concepto de enemigo imbatible que suponga un reto a la altura de nuestros protagonistas. Por otro lado Albert Uderzo se encontraba en su momento de mayor pericia con los lapices, algunas viñetas destilan brillantez, dinamismo y un acabado que el dibujante dejó atrás hace años. Dentro de las páginas más brillantes destaca el prólogo que abre la obra con César explicando su plan, la viñeta a página completa con todos los habitantes de la aldea asaltando la Residencia de los Dioses y esa pequeña obra maestra que supone la doble splash page en la que vemos con todo detalle, como si en nuestras propias manos lo tuviéramos, el “prospecto implegable” en el que se describen todas las bondades que implican pasar un día en dicho emplazamiento, llenado de publicidad maliciosa y ácida esas dos páginas en las que ambos autores dan lo mejor de sí mismos como narradores de arte secuencial.




La Residencia de los Dioses sacia completamente el apetito goloso hasta de los fans de la rama más dura de Astérix, una obra memorable en la que todo funciona. Desde los secundarios episódicos como el detestable Anguloagudus (uno de los mejores y más patéticos villanos de la historia de la colección) el esclavo negro Duplicatha, cuyas negociaciones con respecto a su propia libertad o el esclavismo añaden una visión bastante lacerante a la hora de abordar dicho tema o las memorables incursiones del centurión Plantígradus que sabe como pocos lo que es enfrentarse a Astérix y Obélix. Por el camino Goscinny y Uderzo hacen historia del cómic europeo lanzanda dardos contra todo y contra todos, transmietiendo un mensaje tan escurridizo que no sabemos si critica el capitalismo o el progresismo, pero sin dejar títere con cabeza gracias a sus hallazgos tanto narrativos como visuales, a su afán por ir un poco más allá con respecto a historias pretéritas protagonizadas por los galos, pero siempre con un ojo en la antigüedad y otro en esa actualidad que siempre supieron retratar con luminosidad y ligereza o sátira y picaresca. Tras ella todavía llegaron siete álbums entre los que se encontraban piezas tan destacables como Los Laureles del César o La Gran Travesía, pero por desgracia Astérix en Bélgica supondría la última entrega en la que participaría directamente un René Goscinny que falleció durante su proceso creativo. Después Uderzo siguió con la colección en solitario manteniendo el tipo con varias historias que nacieron de ideas de su tristemente desaparecido compañero y adentrándose poco a poco en una gradual decadencia con el paso de los años que tuvo su hecatombe con el inenarrable ¡El Cielo se Nos Cae Encima! que cerró la segunda etapa de historia de estos galos para dar inicio a una tercera con los recién estrenados autores Jean-Yves Ferri y Didier Conrad que vienen para mantener el espíritu de estos personajes que forman desde hace décadas parte de la vida de millones de lectores.


Astérix: La Residencia de los Dioses, de Louis Clichy y Alexandre Astier



Si bien es cierto que a la hora de ver trasladadas sus aventuras a imagen real en pantalla grande con mediocridades como Astérix y Obélix Contra César (1999) o Astérix y Obélix: Misión Cleopatra (2002) o blasfemias como Astérix en los Juegos Olímpicos (2008) o Astérix y Obélix: Al Servicio de Su Majestad (2012) (en las que hasta tres Astérix diferentes recudidos a un mero secundario en todos los films, daban la réplica al memorable Obélix de Gerard Depardieu, acierto de casting que posiblemente sea la única virtud de dichos largometrajes) han hecho más daño que otra cosa a la obra de René Goscinny y Albert Uderzo plasmando infielmente sus historietas, es en el celuloide animado donde con más acierto se han extrapolado a los irreductibles galos creados en 1959. Desde aquella ya lejana Astérix el Galo de 1967 que tomaba como base el primer álbum del personaje editado tres años antes pasando por joyas como Astérix y Cleopatra, Astérix y la Sorpresa del César o aquella obra maestra, no basada en álbum alguno, titulada Las 12 Pruebas de Astérix que los mismos Goscinny y Uderzo se ocuparon de escribir y dirigir junto a Pierre Watrin, muchas han sido las cintas animadas que nos han devuelto el reflejo de unos personajes a los que reconocemos de las viñetas, al menos en gran medida. La última data del año 2014, está dirigida por Louis Clichy y Alexandre Astier, adapta La Residencia de los Dioses, acaba de llegar a las carteleras de Hispania y se revela como uno de los mejores largometrajes de la historia de Astérix, trasladando escrupulosamente el mundo de Goscinny y Uderzo y todo el mensaje, acabado artístico y narrativo del famoso álbum número diecisiete de la colección.




Astérix: La Residencia de los Dioses es dentro de la filmografía animada del personaje una obra considerablemente importante a pesar de su corta edad. Por un lado es la última cinta de los personajes desde aquella Astérix y los Vikingos de Stefan Fjeldmark y Jesper Møller que no fue muy bien recibida y por otro es la primera producción con los galos como protagonistas en 3D y animada íntegramente por ordenador. Sus directores son Louis Clichy, curtido en las filas de la productora Pixar de John Lasseter en abores de animador con obras maestras como Wall-E o Up y Alexandre Astier, creador de la serie cómica Kaamelott, que parodiaba los mitos artúricos, y realizador del largometraje David et Madame Hansen, protagonizado por la internacional Juliette Binoche. El resultado es una traslación escrupulosamente fiel a la historieta que toma como inspiración, pero añadiendo algunos detalles de cosecha propia (48 páginas son pocas para llenar 82 minutos de metraje, por mucho que las mismas estén repletas de imaginación e inventiva) que no sólo calzan perfectamente con las resoluciones conceptuales y narrativas de la obra sino que en ciertos aspectos hasta la enriquecen haciéndola ir un poco más allá de donde iban las viñetas en su afán por poner en peligro el futuro de la aldea de los protagonistas y su subtexto social y político repleto de mordiente aparentemente inofensivo.




El diseño de personajes de Astérix: Le Domaine des Dieux es brillante, tanto que nos regala la traslación al cine más fiel en fondo y forma que jamás se ha realizado sobre los personajes de Goscinny y Uderzo, algo parecido (pero ejecutado con más eficiencia) a lo que sucedió el año pasado con Mortadelo y Filemón Contra Jimmy el Cachondo, de Javier Fesser. Louis Clichy y Alexandre Astier (este último ocupándose también del guión de la película) hacen que cada diálogo, cada golpe de Obélix, cada ladrido de Ideafix o berrido de Asuracenturix nos retrotraiga inmediatamente a la verborrea incontrolada y jocosa de Goscinny o al encanto de la paleta de colores de Uderzo. Son ellos, los que conocemos desde hace años, y el encuadre se enamora de su humor físico, sus mamporros descontrolados, su apetito voraz y su sana intención de hacer mofa con el grueso del ejército romano. Por el camino ambos cineastas añaden ideas, personajes y pasajes de cosecha propia como la familia de Petiminus (había una parecida en las viñetas, pero su presencia era testimonial para dar pie a un par de gags) que es una concesión tanto comercial (la presencia de Jugo de Manzanus, Applejuice en la versión original en francés) como de correccion política (con ello los autores no hacen un retrato despectivo de toda la ciudadania romana) a la que poco se puede reprochar porque añade tres personajes memorables, el viaje del pueblo galo a la Residencia de los Dioses para alojarse permanentemente en sus instalaciones (enorme el uso del tema Sara Perchi te Amo, del grupo italiano Ricchi e Poveri en ese momento) o el asalto de ejército comandado por el centurión Plantígradus a la aldea en la que sólo Astérix aguanta el envite invasor y sin la ayuda de la poción mágica del druida Panorámix. Todas ellas perfectamente ensambladas en el núcleo argumental de la cinta que gana enteros gracias a dichos añadidos.




Por el camino los autores del largometraje no dan puntada sin hilo y llenan su producción de referencias que van desde 2001: Una Odisea del Espacio, King Kong o El Señor de los Anillos a otras producciones animadas de los galos como Astérix y Cleopatra con los esclavos moviendo con unasola mano gracias a la poción mágica las piedras que dan forma al edificio principal de la Residencia de los Dioses que remiten a cuando los egipcios comandados por Numerobis hacían lo propio para edificar las piramides en aquel film de 1968. El look visual insuflado a la cinta no da un respiro a la platea con acción a todo trapo, humor en sesión continua y un retrato de personajes sencillamente idéntico al que podemos disfrutar en el álbum destacando el esclavo Duplicatha y su peculiar sentido de la libertad y la negociación, el odioso Anguloagudus que es un calco milimétrico del de las páginas en papel y sólo renqueando la visión que se da de Julio César, que tanto en los BD de la colección como en el resto de obras animadas de Astérix, siempre destacaba por su elegancia, contención, inteligencia y honor con a diferencia del resto de romanos que se encontraban bajo su mando y que aquí es abordado con una personalidad demasiado histriónica y poseedor de una maldad plana típica de un villano de opereta cualquiera, aunque estos cambios no hacen mella en un producto al que no le faltan roles impagables como ese Asuracenturix brillante con el uso de sus “dotes vocales” o la batalla personal entre Esautomatix y Ordenalfabetix que es tan recurrente como descacharrante a lo largo del metraje, momentos de animación intachable y referencias que son indispensables en el microcosmos galo como los soldados romanos usados como punching balls, los juegos de palabras con el latín, las continuas peleas de los habitantes de la aldea o el banquete final en el que el ya incomprendido bardo rara vez toma parte.




De la misma manera que Astérix y los Pictos, el primer álbum escrito y dibujado por dos autores que no eran René Goscinny y Albert Uderzo, supuso un punto de inflexión en la historia en viñetas del galo más famoso de la ficción, esta adaptación a la pantalla grande de La Residencia de los Dioses lo hace con la ya longeva filmografía animada de dicho personaje y sus inseparables amigos. Por medio de un acabado técnico que poco tiene que envidiarle a las producciones americanas de Pixar o Dreamworks, un guión ágil, dinámico y tan fiel como reverencial con la historia original que nació en papel hace casi 45 años y la presencia de los Astérix, Obélix, Ideafix, Abraracurcix, Panoramix o Edadepiedrix más fieles a los cómics jamás visto esta producción de 2014 pone el primer menhir sobre el que edificar una nueva etapa audivoisual para los galos más cabezotas de la historia de la humanidad. Por suerte no podemos tener mejores noticias relacionadas con estos entrañables personajes ya que la llegada de autores como Louis Clichy, Alexandre Astier, Jean-Yves Ferri y Didier Conrad confirman la buena salud de este mito del noveno arte nacido en el viejo contiente, pero no arrastrándose por los suelos agonizante como cierta veterana (antaño mítica) serie televisiva protagonizada por una familia springfieldiana que se resiste a morir aún cuando los dobladores de sus personajes más importantes están abandonado un barco que lleva años hundiéndose sino por medio de nuevas historias o revisiones contemporáneas de las clásicas en distintos medios que destilan calidad, frescura, cariño por las criaturas que las pueblan y que confirman la buena salud de ese pueblo galo que ahora y siempre quitara el sueño al ejército romano en general y Julio César en particular. ¡Y por Tutatis que así sea durante muchos años!


sábado, 9 de mayo de 2015

Los Vengadores: La Era de Ultrón



Título Original The Avengers: Age of Ultron (2015)
Director Joss Whedon
Guión Joss Whedon basado en los cómics de Stan Lee y Jack Kirby
Actores Robert Downey Jr, Chris Evans, Scarlett Johanson, Mark Ruffallo, Jeremmy Renner, Chris Hemsworth, Samuel L. Jackson, Cobie Smulders, Paul Bettany, Elizaberh Olsen, Aaron Taylor-Johnson, Anthony Mackie, Don Cheadle, Idris Elba, Andy Serkis, Thomas Kertschman, Haley Atwell, James Spader, Alexis Denisof, Josh Brolin, Claudia Kim, Stan Lee






Tres años después del descomunal éxito que supuso Los Vengadores, Joss Whedon vuelve a ponerse al mando de la nueva entrega de los héroes más poderosos del mundo para ofrecer el penúltimo producto fílmico (el último será Ant-Man, de Peyton Reed, que verá la luz este mismo año) de la Fase 2 del universo cinematográfico creado por la productora Marvel Studios. Poco más de una semana después de su estreno Los Vengadores: La Era de Ultrón ha batido records de taquilla a nivel mundial, aunque sin superar a su predecesora, y ha agradado considerablemente a la crítica, no sin motivo. Tratando de no incidiro mucho, en la medida de lo posible, la estúpida polémica sobre el supuesto sexismo de Joss Whedon en el largometraje y los problemas de este último con Marvel y Disney, un servidor va a tratar de abordar esta crítica en un plano estrictamente cinematográfico, hablando de las muchas virtudes y pocos defectos de la última entrega en pantalla grande de la Casa de las Ideas.




Aunque pueda parecerlo por tomar su nombre Los Vengadores: La Era de Ultrón no adapta la famosa saga escrita por Brian Michael Bendis y dibujada por Bryan Hitch o el español Carlos Pacheco entre otros, sino que, utilizando como enemigo principal de los protagonistas al famoso robot genocida, extrapola características de las historias más célebres protagonizafas por la creación de Hank Pym (Tony Stark en la trama del largometraje que nos ocupa) para condensarlas en la interesantísima visión que el creador de Buffy Cazavampiros o Firefly da del famoso personaje. Pero este sólo es uno de los sólidos pilares sobre los que se solidifica este nuevo monumento al celuloide de entretenimiento bien entendido realizado y ejecutado para dar al espectador casi dos horas y media de fruición cinematográfica de primer orden que sin abrazar ningún tipo de pretensión y teniendo en cuenta que forma parte de un restrictivo universo fílmico cada vez más cohesionado ofrece una muestra de lo que es capaz Joss Whedon como narrador hasta cuando trabaja bajo la presión de unos productores que en ocasiones eran más enemigos que aliados.




Los Vengadores: La Era de Ultrón no se anda con medias tintas ni paños calientes y se abre con el émulo en pantalla grande de lo que sería un número Giant Size de los personajes en cómics. El ataque al cuartel genera del Barón Von Strucker (Thomas Kertschman) que sirve de prólogo al largometraje pone las cartas sobre la mesa para que Joss Whedon nos meta en el ojo del huracán desde los primeros minutos de metraje con unas secuencias de acción brutales (lo de la moto del Capitán América es una deliciosa sobrada) que culminan con un travelling trucado protagonizado por todos los personajes principales que sirve como inmediata respuesta o contrapunto al que culminaba la batalla contra los chitauri en New York en la primera entrega. Este puñetazo en la mesa por parte del creador de Dollhouse nos deja claro que los Vengadores están de vuelta y con más fuerza que nunca.




Esta ejemplar presentación que no da respiro también tiene sus carencias ya que al comenzar el film de esta manera se obvian prácticamente todas las consecuencias del resto de films de la Fase 2 de Marvel Studios ya que no sabemos cómo vuelve Tony Stark a recuperar sus armaduras teniendo en cuenta que las destruyó en Iron Man 3 o en qué situación se encuentran el Capitán América y la Viuda Negra con respecto a SHIELD después de lo acontecido en Capitán América: El Soldado de Invierno. Este fallo, que podria acentuar el hecho de que la tijera ha trabajado horas extra en la sala de montaje del largometraje, da un tono muy de cómic al conjunto de la película para eludir tener que transitar caminos que puedan transmitir una sensación de retoricismo con el fin de aburrir o molestar a un espectador que al ya conocer a los personajes sólo los quiere ver interactuar los unos con los otros y enfrentarse a un enemigo a la altura.




El final del prólogo con la visión de Tony Stark (que recuerda considerablemente a la más mítica portada del crossover ochentero Inferno, protagonizado por los mutantes de Marvel) también confirma que, siempre dentro de un entendimiento total del sense of wonder de corte más superheróico, esta Los Vengadores: La Era de Ultrón va a ser una cinta considerablemente más oscura y crepuscular que su predecesora de 2012. Aquí entra en escena un personaje de vital importancia como Wanda Maximoff, la Bruja Escarlata (Elizabeth Olsen) sometida junto a su hermano Pietro, Mercurio (Aaron Taylor-Johnson) a experimentos inhumanos por Von Strucker. Dicho rol (mutante al igual que su hermano y ambos dos hijos de Erik Lensher, Magneto, algo que en el film que nos ocupa se obvia por derechos de autor) utiliza sus poderes de hechicería para intentar que todos los miembros de los Vengadores se enfrenten a los mayores temores de su pasado o futuro, excusa narrativa por parte de Joss Whedon que le permite ahondar un poco más en la personalidad de sus criaturas para que en pantalla vayamos conociendo algo más de sus traumas y fantasmas ocultos.




Esta idea tan efectiva como poco novedosa no sólo permite, como hemos mencionado, al guionista y director diseccionar un poco más la mente de sus personajes sino también abrir nuevas tramas para dar el primer paso con respecto a lo que en un futuro serán Thor: Ragnarok o Capitán América: Civil War, aunque ello haya producido al cineasta algún quebradero de cabeza con los jefazos de Marvel Studio. En este sentido y refiriéndonos a el estudio de personajes parece como si Whedon quisiera enmendar que en la primera entrega de los Vengadores Ojo de Halcón y la Viuda Negra fueron los personajes más arrinconados y aquí les da un peso más que considerable acentuando los dilemas por los que pasa Clint Burton al ser consciente de que es un simple humano rodeado de supersoldados, genios de la robótica o semidioses y regalando a Natashan Romanov una relación sentimental con Bruce Banner magníficamente llevada (el detalle de la nana es brillante y un homenaje a clásicos como King-Kong o Frankenstein) que la hace más cercana y humana, no dejando de ser nunca una guerrera que puede valerse por sí misma en la tradición de otros personajes femeninos de Joss Whedon como Buffy Summer, River Tam o Ech , aunque cierto sector del púbico tan ignorante como cerril no ha sabido o querido verlo.




Los personajes ya los conocíamos de anteriores films de Marvel Studios, pero Whedon todavía quiere alternar acción de primera calidad con escenas de dosificada introspección para que cuando más vulnerables veamos a los protagonistas aparezca ese Ultrón que entra por derecho propio al panteón de enemigos cinematográficos Marvel más letales para machacarlos física y psicológicamente. Los que conocemos a Joss Whedon sabemos que a la hora de perfilar personajes de villanos el resultado son roles llenos de carisma, crueldad y humor negro que en la mayoría de ocasiones eclipsan a sus némesis en pantalla grande o pequeña. El Ultrón del autor de Astonishing X-Men no es sólo una máquina homicida, es una entidad con ambición, capaz de sentir desconcierto, ira, dudas e incluso utilizar la ironía (lo de que no puede vomitar físicamente para hablar del asco que le produce Tony Stark me hizo carcajearme en el cine) o evolucionar recordando en términos conceptuales y estéticos al memorable robot militar Adam de la cuarta temporada de Buffy Cazavampiros.




Pero si en cuanto a personajes la aparición de Bruja Escarlata y Mercurio se revelaba como la gran novedad en cuanto a incorporaciones a los Vengadores es la no demasiada oculta inclusión en el grupo de la Visión la que ofrece algunos de los mejores pasajes de la velada. Con un génesis que varía considerablemente al de los cómics, pero con la misma rotundidad física y reflexión psicológica del personaje que habitaba aquellos, la versión que Joss Whedon y Paul Bettany dan del mítico robot creado y reinventado por el guionista Roy Thomas es de sobresaliente, exponiendo en pantalla a una inteligencia artificial de pureza casi mesiánica que cuando se convierte en un miembro más del equipo comandado por Steve Rogers ofrece algunos de los pasajes más intensos y técnicamente brillantes de un producto como Los Vengadores: La Era de Ultrón. El actor de Master and Commander o Dogville hace suyo al androide que todos conocemos de las viñetas aunque se tomen licencias con respecto a su historia e idiosincrasia y lo extrapola a la pantalla como pocos lo hubieran conseguido en su lugar.




Después de afirnar que a pesar de encontrarnos ante un blockbuster para reventar taquillas Joss Whedon se preocupa por sus personajes no vamos a eludir que los mejores momentos, las situaciones más destacadas y los pasajes que se quedan grabados en la retina del espectador al ver Los Vengadores: La Era de Ultrón son los de acción que una vez más son sencillamente avasalladores. Sirva como ejemplo el ya mencionada arranque del film que por muy bien ejecutado que esté palidece ante la brutal pelea entre Hulk y la armadura Hulkbuster, diseñada por el mismo Bruce Banner al alimón con Tony Stark y portada por este último. En esa frenética coreografía de caos y destrucción Joss Whedon y su equipo técnico dan lo mejor de sí mismos usando sabiamente un exceso de efectos digitales que en manos de otro director no hubieran transmitido nada más que vacuidad y que en las suyas exhalan solidez y realismo en todos y cada uno de sus fotogramas.




Pero como colofón en cuanto a secuencias de alto voltaje cabría mencionar el asedio al que el ejército de Ultrón somete a los protagonistas cuando tratan de evitar la caida de la ciudad de Sokovia una vez el villano la ha puesto en órbita. Allí debajo de la cúpula de la iglesia derruida, Joss Whedon ofrece la secuencia de acción más espectacular de todos los films de Marvel Studios, cohesionando prfectamente el uso de los CGI con un ballet de marcada fisicidad en slow motion en el que todos y cada uno de los personajes dan lo mejor de sí mismos y que tiene su culmen en el ataque a tres entre la Visión, Thor y Iron Man a Ultrón que parece una enorme splash page salida de la mano de ilustradores como Steve McNiven, Jerome Opeña o Stuart Immonen. Todo un derroche de técnica que el fan de los cómics disfruta como si volviera a tener diez años de edad y con el que queda totalmente extasiado.




Por el camino y a pesar de la presión de los productores en Los Vengadores: La Era de Ultrón podemos detectar, más que en la primera entrega, el sello de Joss Whedon, aunque considerablemente atenuado. Su sentido del trabajo en equipo sigue ahí, pero también su afán por diseccionar dicho grupo por mediación de los miedos e inseguridades de sus miembros, la presencia de, como hemos mencionado previamente, villanos carismáticos con los que en ocasiones hasta estamos de acuerdo  respecto a sus diabólicas intenciones, héroes caídos en decadencia por traumas del pasado, la sombra de organizaciones gubernamentales vigilando a los protagonistas (como la Iniciativa de la ya citada cuarta temporada de Buffy Cazavampiros, la Dollhouse de la serie homínima o la Alianza de Firefly y Serenity) y sobre todo el humor made in Whedon, que para el que suscribe siempre ha sido su mayor virtud como narrador y que en esta ocasión encuentra en las bromas de Tony Stark y la sorna de Thor sus mejores aliados.




Seamos claros, Los Vengadores: La Era de Ultrón es una entrega de Marvel Studios y como tal no puede meterse en terrenos inexplorados o experimentales tratando de ofrecer algo que los productores no quieren regalar a la platea, esa evolución a la que apela el mismo Ultrón en varias ocasiones durante el metraje. Al igual que los editores de los cómics de Marvel (y si me apuran también los de DC) no quieren que personajes que llevan décadas funcionando cambien un sólo ápice por si la sobreexplotada gallina de los huevos de oro deja de proporcionar dividendos. Por eso, y aunque algunos guionistas han tratado de cambiarlo, Spiderman siempre será un eterno adolescente y soltero, Batman un vigilante atormentado por la muerte de sus padres, los X-Men temidos y odiados, Superman el defensor inmaculado de la verdad, la justicia y el estilo de vida americano y los Vengadores los héroes más grandes del mundo.




Pero dentro de ese encorsetamiento formal y conceptual y al igual que la primera entrega de 2012 Los Vengadores: La Era de Ultrón es una muestra de lo mejor que puede ofrecer el cine comercial de Hollywood en pleno siglo XXI. Un producto de evasión dirigido a todos los públicos que ofrece diversión, frenetismo bien entendido, personajes creíbles dentro de un mundo paralelo al nuestro en el que todo puede pasar, comedia, romance, guiños al mundo de los cómics, actores de buen ver vistiendo sus mejores galas superheróicas y un director que sin poder ser él mismo al 100% ofrece un trabajo de orfebreria comercial que para sí lo quisieran los Zack Snyder, Michael Bay o Peter Berg de turno. Demostrando que es un enamorado de su trabajo y que idolatra a unos personajes de Marvel a los que considera suyos durante el tiempo en el que le dejan jugar con ellos.




Para finalizar y en un vano intento por conseguir que aquellos que van de progresistas y luchadores de causas importantes no se conviertan en radicalistas trasnochados que poco entienden de feminismo, misogionia o racismo (sí, también han llamado racista al director del largometraje) les recomiendo encarecidamente que traten de, no ya analizar, sino visualizar la obra previa a Los Vengadores: La Era de Ultrón de Joss Whedon. Allí conocerán a maravillosos personajes de ficción como Buffy Summers, Willow Rosenberg, Faith Lehane, Inara Serra, River Tam, Kaylee Frye, Zoë Washburn, mujeres hechas a sí mismas, que eligen qué hacer o no con su cuerpo y sexualidad o tomar las riendas de su vida sin depender de nadie para sentirse realizadas o sobrevivir. Mujeres adscritas a la ficción forjada en géneros como el terror, la ciencia ficción o la comedia que son un reflejo de todo lo que en el mundo real pueden llegar a ser nuestras madres, hermanas, sobrinas, abuelas, hijas, novias o esposas siempre desde la visión de un hombre que no entiende la igualdad como un concepto sino como una necesidad, como muchos otros de su mismo género pensamos y defendemos.


jueves, 30 de abril de 2015

Eyes Wide Shut, fear and desire



Título Original Eyes Wide Shut (1999)
Director Stanley Kubrick
Guión Frederic Raphael y Stanley Kubrick basado en la novela de Arthur Schnitzler
Actores Tom Cruise, Nicole Kidman, Sydney Pollack, Marie Richardson, Leelee Sobieski, Rade Serbedzija, Todd Field, Vinessa Shaw, Alan Cumming, Sky Dumont, Fay Masterson, Thomas Gibson, Madison Eginton, Louise J. Taylor, Stewart Thorndike






En Febrero de 1994 un servidor descubrió la figura del cineasta Stanley Kubrick. Por aquel entonces Canal + estrenaba en exclusiva y por primera vez en una cadena española (aunque fuera de pago) La Naranja Mecánica, el polémico film de 1971 con el que el director de 2001: Una Odisea del Espacio adaptaba la novela homónima de Anthony Burgess. Sería el 19 de ese mismo mes cuando se realizara la primera emisión de dicha obra en horario prime time y unos días antes el canal la publicitó con un anuncio de producción propia que dejó a un servidor brutalmente impactado cuando se lo encontró en televisión. Esas imágenes de jóvenes con bombines y máscaras dispuestos a violar a una mujer ante la impotente mirada de su marido, esa paliza a un mendigo en un callejón abandonado o los gritos de Malcolm McDowell mientras era sometido al experimento Ludovico dejaron en vuestro redactor la huella cinematográfica más profunda de su vida, pasando gran parte de mi adolescencia sintiendo recelo y hasta miedo por todo material relacionado con la cinta que narraba las vivencias de Alex De Large y sus drugos,




Tendrían que pasar casi diez años para que un servidor viera por primera vez La Naranja Mecánica y cuando lo hice quedé completamente fascinado por su poderosa impronta, su maquiavélica ambigüedad y acabado magistral en todos sus apartados, convirtiéndose rápidamente en uno de mis largometrajes favoritos de todos los tiempos. Pero hasta que llegó aquel simbólico día un servidor se pasó años interesándose por la obra del director de Atraco Perfecto (The Killing), viendo prácticamente toda su filmografía y viviendo con especial implicación dos importantes acontecimientos relacionados con su persona. Por un lado su prematuro fallecimiento en 1999 y por otro el estreno aquel mismo año de su testamento cinematográfico. Eyes Wide Shut. Con poco menos de 17 años de edad y formándome todavía como cinéfago un servidor pudo vivir un evento que los fans de Kubrick de las posteriores generaciones no pudieron experimentar: Ser testimonio de la polémica, repercusión y pasión que acompañaba al estreno mundial de una obra del cineasta neoyorkino, por desgracia fue la ultma de ellas.




Inspirada libremente en Traumnovelle, una novela de 1929 escrita por el médico vienés Arthur Schnitzler que en España se tituló acertadamente Relato Soñado, Eyes Wide Shut generó una destacable controversia incluso antes de su producción, como sucedía con prácticamente todos los trabajos de Stanley Kubrick. Poco tiempo antes de que el film comenzara a rodarse diversos periódicos de tirada internacional lanzaron la noticia que afirmaba que el cineasta estaba totalmente recluido en su mansión inglesa y había perdido completamente la cabeza. Ya después de montar el film y haberlo presentado en pases para espectadores, productores y algunos periodistas comenzaron a oírse voces (y eso que por aquel entonces internet estaba casi en pañales de cara a los grandes consumidores) que afirmaban que la cinta protagonizada por Tom Cruise y Nicole Kidman era un dechado de pornografía y necrofilia y que por ello actores tan reputados como Harvey Keitel o Jennifer Jason Leigh habían abandonado el rodaje.




Cuando Eyes Wide Shut se estrenó dividió inmediatamente tanto al público como a la crítica. Unos vieron un testamento cinematográfico a la altura de su visionario director y otros un film fallido y distante que confirmaba la supuesta inestabilidad mental de su autor. Un servidor la vio cuando salió editada en el añorado formato VHS y la ha revisionado en varios ocasiones, la más reciente hace unos días. La última obra del director de El Beso del Asesino es una obra fascinante, imperfecta, cerebral y en su interior, con sus virtudes y fallos, atesora todo el discurso autoral de su creador. Una obra a la altura de Kubrick que se mueve a placer entre la realidad y la fantasía y que disecciona con gran pericia algunos de los temores intrínsecos en la naturaleza del ser humano de finales del siglo XX. Un trabajo que si bien no puede jugar en la misma liga que las grandes obras maestras del norteamericano si se revela como una de las mejores películas de la década de los 90.




Tras asistir a una elegante fiesta organizada por Victor Ziegler (Sidney Pollack) en la que ambos han coqueteado con terceras personas, el Doctor Will Harford (Tom Cruise) y su mujer Alice (Nicole Kidman) hablan, porro de marihuana mediante, de amor e infidelidad. Cuando el médico afirma a su esposa que la cree incapaz de acostarse con otro hombre ella le confiesa que estuvo a punto de abandonarle a él y a su hija pequeña por escaparse con un apuesto marine al que no conocía de nada. Impactado por las declaraciones de su cónyuge Will se introducirá a lo largo de 24 horas en una espiral de obsesión por ser infiel a Alice que le llevará a ingresar en una peligrosa organización secreta en la que será acogido como intruso y amenazado de muerte tanto él como su familia. Pero a pesar de las advertencias el el Doctor Hardford no abandonará la idea de formar parte de tan misteriosa congregación entregada al hedonismo, la lujuria y demás desconocidos placeres terrenales.




Al igual que otros films como La Posesión, de Andrzej Zulawski Anticristo, de Lars Von Trier o Crash, de David Cronenberg, Eyes Wide Shut es una obra que disecciona esa institución llamada matrimonio. El testamento de Staney Kubrick toma como punto de partida una historia que podía haber abordado fácilmente el sueco Ingmar Bergman, para llevarla completamente a su terreno repleto de misantropía existencial, gelidez formal y milimétrica concepción del lenguaje cinematográfico. El testamento cinematográfico del director de La Chaquete Metálica parece moverse dentro de una ensoñación, pero no desde su arranque, sino desde el mismo momento en el que Alice confiesa su secreto a su marido. Ese es el punto de ruptura en el que Eyes Wide Shut parece entregarse a una historia que aparenta tener lugar en un onírico mundo paralelo en el que nuestro guía es el mismo protagonista interpretado por Tom Cruise.




Esta visión de la realidad entre teatral, alegórica y pesadillesca queda patente desde el mismo momento en el que el Doctor Hardford toma el primer taxi y comienza a tener visiones de su mujer siéndole infiel con el supuesto desconocido con el que tenía intención de escaparse. A partir de ahí una concatenación de situaciones forzosas y poco realistas (es curioso que todas las mujeres con las que se topa el protagonista le desean sexualmente o se dejan seducir por él) la teatralidad de algunas situaciones (esas escenas de sexo en la orgía que tienen mucho de impostura y poco de verdadera sensualidad) o lugares (ese enorme decorado que se hace pasar por una New York que en ocasiones no parece tal) la presencia casi simbólica de roles secundarios (los presentes en la mansión donde la congregación secreta realiza sus rituales y bacanales sexuales) apoyan la teoría de que Eyes Wide Shut tiene mucho de alucinación por parte de una mente obsesionada con la infildelidad no consumada de su esposa, confesada esta, para colmo, en un estado de poca fiabilidad tras fumar marihuana,




Dicha idea es la que vertebra la trama central del largometraje y la que le permite tomar forma y desarrollarse. Como hemos mencionado previamente Eyes Wide Shut disecciona las dudas de carácter existencial, moral o social a las que aboca el matrimonio, pero es sobre todo su análisis sobre la debilidad e inseguridad del género masculino el que acierta de pleno a la hora de retratar e vacío vital al que se entregó el hombre que se forjó en las postrimerías del siglo XX y dio la bienvenida al XXI. Toda la seguridad, firmeza y soberbia de una persona tan metódica como el Doctor Hardford se viene abajo con un sencillo comentario por parte de su esposa que le confirma el hecho de que realmente no la conoce tan bien como creía, casi haciéndole ver que vive con una total desconocida o esa al menos es la excusa a la que se aferra para, de la manera más infantil y despechada posible, devolverle el golpe a su mujer intentando por todos los medios serle infiel, dando a entender que a ojos del protagonista una fantasía es equiparable en gravedad a un acto físico de adulterio, el que finalmente él tampoco llega nunca a consumar.




Hace un par de entradas elogiaba le entrega de Tom Cruise como actor aunque sus aptitudes interpretativas fueran limitadas. En Eyes Wide Shut debemos afirmar que, aún cumpliendo sobradamente su cometido, está un poco por debajo de lo que se espera de él. Esta sentencia es curiosa si tenemos en cuenta que Stanley Kubrick era uno de esos pocos directores que exprimía hasta lo inmoral a sus casting para que desde la estrellla de relumbrón hasta el novato que nunca se había puesto delante de una cámara lo diera todo para que en pantalla pareciera que había nacido para dar vida a ese rol en concreto. En ocasiones al actor de Top Gun o Un Horizonte Muy Lejano parece perdido a la hora de abordar su personaje y aunque lo llena de miradas milimétricamente definidas (esa de terror cuando encuentra la máscara en la cama de matrimonio) y mucha presencia, le falta verdad a su criatura para que la platea se implique al 100% con sus aciertos y errores, los mismos que le pueden costar la vida a él y a los suyos.




Otro de los motivos por los que Tom Cruise no brilla lo suficiente en pantalla es por culpa de la que por aquel entonces era su mujer. Aunque el largometaje fue recibido con disparidad de opiniones en 1999 todo el mundo consensuó que lo mejor de Eyes Wide Shut era la interpretación de Nicole Kidman. Kubrick ofreció por fin a la actriz asutraliana uno de esos papeles con los que se creció (tres años antes ya dio un soberbio recital en Retrato de Una Dama, la adaptación que Jane Campion hizo de la novela homónima de Henry James, pero el poco éxito del film solapó su excelente labor interpretativa) y demostró ser una de las mejores actrices de su generación y una de las más bellas, si tenemos en cuenta que nunca ha estado más guapa que en la primera media hora de metraje de la cinta que nos ocupa, en la que por cierto luce uno de los vestidos más elegantes que un servidor ha visto en su vida. Decir que después de ver esta película Kidman se convirtió en mi actriz fetiche durante años y motivo suficiente para incluso comprar films que ella protagonizaba y que no me interesaban lo más mínimo es otra historia que aquí no tiene cabida, por ahora.




La protagonista de La Brújula Dorada o Moulin Rouge aborda el posiblemente mejor rol femenino de la carrera de Stanley Kubrick. Curiosamente después de confesarse delante de su marido su personaje desaparece casi por completo de la historia pero su presencia se torna en ubicua y su sombra sobrevuela todo el metraje del film hasta ese final en el que vuelve a cobrar capital importancia en un plano físico. Esto es debido a que la ex mujer de Tom Cruise aprovecha cada segundo que tiene en pantalla para devorar tanto a este ultimo como al encuadre en cuanto el mismo repara en su presencia por mediación de Kubrick. Llama la atención que su personaje se haga grande cuando está bajo los efectos tanto del alcohol como de la marihuana ya que estos momentos son en los que la Virginia Woolf de Las Horas entrega más verismo y demuestra saber manejarse ante la presencia de hombres que tratan de seducirla o minimizar su personalizar hasta el mínimo exponente. A partir de su labor en Eyes Wide Shut a Kidman se la miró de otra manera, dejó de ser la "mujer de" y los directores comenzaron a rifarsela para protagonizar sus películas. Luego llegó el botox y todo cambió aunque desde hace unos años parece que ha abandonado, por suerte, su adicción a la cirugía.




Con respecto al trabajo de escritura Kubrick volvió a recurrir, como hacía habitualmente, a un co guionista de consumado talento, en esta ocasión Frederic Raphael (Dos en la Carretera, Lejos del Mundanal Ruido) para llevar a imágenes el libro de Arthur Schnitzler. La labor de ambos autores es magnífica, sabiendo equilibrar el tempo narrativo, y dosificar la intriga, el erotismo o la cotidianeidad de unos personajes a los que nunca dejan de lado y que se ven envueltos en una situación que de manera latente los lleva a enfrentarse a situaciones extremas. También saben añadir pequeñas dosis de información sobre esa organización (que bebe tanto de la masonería como de los inefables Illuminati) sobre la que gira todo el entramado del film y que ya se ocupa el realizador de poner en escena con su fuerza habitual. El mismo Raphael escribió un ensayo titulado Aquí Kubrick en el que habló de lo que supuso para él la experiencia de escribir Eyes Wide Shut junto al cineasta de Fear and Desire. Trabajo que un servidor no ha podido leer pero que parece ser que en su momento no agradó a la familia del director.




En cuanto a las labores de dirección parece como si Kubrick supiera que se enfrentaba a su último film y puebla esta Eyes Wide Shut de referencias (intencionadas o no) a gran parte de su filmografía, haciendo paradas en sus obras más características y reconocidas. Esos pandilleros que se enfrentan a Will en la calle que remiten a La Naranja Mecánica, ese cartel publicitario con el apellido Bowman que pertenece al astronauta de 2001: Una Odisea del Espacio, la mansión de la organización secreta que podría haber salido fácilmente de Barry Lyndon o cuyos exteriores y algunos salones recuerdan a los de el hotel Overlook de El Resplandor, los juegos de luces y sombras en la casa de los Hardford que nos retrotraen a El Beso del Asesino o Atraco Perfecto y el breve rol de Leelee Sobieski, que es una referencia clara y directa a la Lolita a la que dio vida Sue Lyon en el largometraje homónimo de 1962 que adaptaba la célebre novela del escritor Vladimir Nabokov.




Ya en el plano técnico los tres años de preparación requirió la producción de Eyes Wide Shut nos confirman que Kubrick seguía siendo el mismo maniático perfeccionista de siempre. Cada plano, cada encuadre, cada travelling, movimiento de steadycam o zoom seguramente se repitió decenas de veces y por ello la puesta en escena personalísima, fluida, minuciosa, propia del director de Espartaco siempre está en pantalla, dominando los decorados, los espacios, la profundidad de campo, la labor de los actores o el uso de la música que ayuda a crear esa atmósfera misteriosa y amenazante que nos regala pasajes inolvidables como el del primer ritual de desnudez de la secta, el desenmascaramiento del Doctor Hardford rodeado por esas máscaras fellinianas de ojos devorados por una profunda negrura o esos paseos callejeros que lleva a cabo el protagonista para intentar atenuar ese pensamiento cuya poderosa abstracción merma su sentido común y raciocinio, confirmando que el maestro se encontraba en forma y en pleno uso de sus facultades mentales y profesionales.




Eyes Wide Shut trajo tras de sí muchas cosas buenas, algunas hasta memorables. Por un lado supuso una despedida a la altura de su creador, por polémica, por controvertida, por talentosa, como todo material que tocaba en calidad de autor. Por otro supuso el canto de cisne de Tom Cruise como persona pública con raciocinio, ya que antes de saltar sobre el sofá del programa de Ophra Winfrey gritando el nombre de su, por aquel entonces, mujer o hacer declaraciones cada vez más estúpidas sobre su idolatrada cienciología demostró ser un verdadero amigo de Kubrick cuando luchó contra viento y marea para que no se cortara ni un sólo segundo del metraje que este había aprobado como válido (en Estados Unidos se retocó digitalmente algún plano de la orgía, pero ya sabemos como son los americanos con esa aberración llamada sexo). Por último demostró que, a pesar de su fama de ogro con los intérpretes, actores como Leelee Sobieski, Vinesha Shaw, Alan Cumming, Rade Serbedzija o los también directores Sydney Pollack y Todd Field, bebían los vientos por trabajar con él y finalmente lo consiguieron.




En cuanto a mí, Eyes Wide Shut, esta obra que si no es diseccionada adecuadamente puede parecer un simple relato moral sobre los peligros del adulterio (la conversación final con ese "fuck" a modo de eptitafio filmográfico por parte del director quita hierro a esta teoría) cuando es mucho más que eso, supuso la confirmación de mi romance con el que es uno de mis directores favoritos de todos los tiempos. Aquel que me descubrió todo un mundo lleno de nuevos caminos transitables en el plano cinematográfico, el mismo por el que hace poco hice un viaje para ver por primera vez en pantalla grande su obra magna, 2001: A Space Odyssey (aunque un servidor siempre ha tomado como sus mejores trabajos Senderos de Gloria y Barry Lyndon) viviendo con ello una de las experiencias cinéfilas más intensas de mi vida y el que me enseñó que los mejores creadores son los que se reinventan en cada nuevo libro, los que componen su última nota musical como si fuera la mejor de su carrera, aquellos que nunca pintan el mismo cuadro, pero que hacen que su personalidad y visión pueda reconocerse fácilmente por el ojo que sepa ver lo que hay más allá de la órbita de júpiter.



miércoles, 29 de abril de 2015

La Oveja Shaun: La Pelicula



Título Original Shaun the Sheep: The Movie (2015)
Director Richard Starzak y Mark Burton
Guión Richard Starzak y Mark Burton




Los británicos Estuidos Aardman, creados a mediados de la década de los 70 por Peter Lord y David Sproxton con el fin de realizar productos cinematográficos y televisivos animados por medio de formatos como el claymotion o stop motion, estrenan su último largometraje en pantalla grande, esta vez inspirado en La Oveja Shaun, una serie catódica de 40 episodios y gran exito estrenada en el año 2007 y cuyos personajes principales ya aparecían en uno de los cortos más famosos de los entrañables Wallace y Gromit titulado Una Afeitada a Ras. La Oveja Shaun: La Película supone el salto al celuloide del programa de la cadena inglesa CBBC. Tras el éxito de taquilla y magnífico recibimiento crítico de productos tan brillantes como Wallace y Gromit: El Misterio de las Verduras, de Nick Park y Steve Box, ¡Piratas!, de Peter Lord y Jeff Newitt, Chicken Run (Evasión en la Granja), de Nick Park y Peter Lord o proyectos dentro de la animación digital como Arthur Christmas, de Sarah Smith o Ratónpolis de David Bowers y Sam Fell los muchachos de Aardman vuelven con el que posiblemente es el mejor trabajo de la factoría tanto en la pantalla grande como en la pequeña. Shaun the Sheep: The Movie es una pequeña y modesta joya pulida que puede hacer frente sin amilanarse un ápice a la mayoría de productos salidos de la que seguramente sea su hermana norteamericana, la Pixar de John Lasseter y sus huestes, ya que, al igual que la factoría que tiene al flexo Luxo como mascota, Aardman sabe ofrecer proyectos que encantan a espectadores infantiles gracias a sus simpáticos personajes y humor primario pero que también sacia el apetito goloso de adultos y cinéfilos que ven en sus historias miles de referencias a nuestra realidad social o cultural y a obras cinematográficas o televisivas que a todos nos son conocidas.




La película de la Oveja Shaun es cine clásico en el sentido más amplio del término, ya que sus principales inspiraciones vienen del celuloide de la época dorada de Hollywood. La idea por parte de Mark Burton y Richard Starzak de realizar con la obra que nos ocupa una cinta muda no es baladí, ya que los principales referentes del largometraje que nos ocupa son directores como el británico Charles Chaplin o el francés Jacques Tatí, cineastas que han rodado films silentes o han dado forma a comedias que vivían y bebían de la comedia física más o menos ortodoxa. Por ello La Oveja Shaun: La Película también tiene una deuda con el slapstick (pero sin abusar de él como sí lo hacía la simpática Hotel Transylvania, de Genndy Tartakovsky, que por tal fallo no fue todo lo que pudo ser) de autores como Tex Avery, con series de televisión como la suiza Pingu (con roles también diseñados y creados con plastilina) y hasta con la literatura como esa Rebelión en la Granja de George Orwell que parece sobrevolar toda la producción de la factoría Aardman debido a la pasión de sus creadores por el mundo animal y agrario. Hasta de la intertextualidad se alimenta la última película de la productora británica porque el metraje está plagado de referencias estéticas o argumentales que nos recuerdan a otros films o personajes habituales de la casa como ese gallo que remite al Rocky que protagonizaba Chicken Run o el perro ovejero que podría ser fácilmente un primo no muy lejano del genial Gromitt.




Siguiendo la máxima de South Park: Más Grande, Más Largo y Sin Cortes, dirigida y escrita por Matt Stone y Trey Parker, de ser un episodio de la serie televisiva en la que se basa pero de proporciones más épicas y colosales La Oveja Shaun: La Película está no sólo perfectamente estructurada para ser un largometraje en el que todos sus apartados funcionan a pleno rendimiento sino que a diferencia del resto de films para la pantalla grande (como en el caso de Wallace y Gromitt: La Maldición de las Verduras más que ningún otro) de la facotría Aardman, que sacrificaban bastantes pasajes humorísticos por dar consistencia al entramado en el que se sustentaba la narración, ofrece una inagotable galería de gags por minuto desde el mismo arranque del film y que no cesa hasta los títulos de crédito finales. Los escasos 83 minutos de metraje están repletos de chispa, apuntes, detalles y salidas que dejan en el espectador una sempiterna sonrisa que en numerosas ocasiones torna en estruendosa carcajada sobre todo cuando las ovejas llegan a la Gran Ciudad y comienzan su odisea. Un servidor debe admitir que en varios momentos del film llegó a llorar de la risa como en todo lo acontecido en la cárcel de animales, la fulgurante ascenso a la fama del granjero (¡esas referencias a Lobezno Inmortal son descacharrantes!) o el clímax cómico de la producción que para el que suscribe es indudablemente el del restaurante que haría las envidias de maestros del humor como Peter Sellers, Jerry Lewis, Blacke Edwards o los mejores Monty Python,




Pero como suele suceder siempre los puntos más fuertes de las piezas salidas de la casa Aardman, y que aquí están al máximo nivel como nunca antes, son la artesanía de su elaborado apartado técnico y la entrañabilidad y simpatía de todos y cada uno (hasta los villanos tienen sus momentos de empatía con el espectador) de los personajes que pueblan sus producciones. Las cabezas pensantes de la factoría localizada en Bristol ya son maestros del trabajoso formato stop motion o claymotion y no hay nada más maravilloso y artesanalmente cinematográfico que ver de vez en cuando yemas de dedos marcados en algunos de los muñecos de plastilina que protagonizan sus productos, por suerte la obra que nos ocupa no es una excepción a esta regla. Por otro lado la adorable, valiente y rebelde Shaun es sólo la punta del iceberg de un grupo de ovejas a cada cual más memorable y a las que cubren bien las espaldas Bitzer el sufrido perro pastor, el granjero que tiene momentos brillantes a lo largo de toda la velada desde que sale por primera vez en pantalla con estética punk o ese malvado Trumper, jefe de la unidad de retención animal, al que no sabemos sin intencionadamente o no han diseñado para que see parezca de manera más que notoria al guionista, actor, productor y director Ricky Gervais que paradójicamente es uno de los más firmes defensores de los derechos de los animales del panorama cinematográfico actual.




La Oveja Shaun: La Película es un acierto mayúsculo por parte de los estudios Aardman, el más logrado de su ya de por sí ejemplar carrera cinematográfica y televisiva. Un producto lleno de humor de distintos colores, socarronería, amor, cierta conciencia ecológica (como todos los productos de la factoría en mayor o menor medida) y referencias que van desde lo clásico (El Gran Dictador) hasta lo contemporáneo (Breaking Bad). Una película que entiende en el más amplio sentido de la palabra lo que significa el término “Cine para todos los públicos” dejando totalmente satisfecho a grandes y pequeños con sus incontables hallazgos y golpes de desenfadada comicidad. Si el pasado 2014 prodcutos como Big Hero 6, de Chris Williams y Don Hall, La LEGO Película, de Philip Lord, Chris Miller, Chris McKay o Cómo Entrenar a Tu Dragón 2, de Dean DeBlois , nos regalaron un año lleno de gran cine animado, este 2015 no ha empezado con peor pie con la cinta que nos ocupa a la que seguirán el debut en solitario de los Minions de las dos entregas de Gru: Mi Villano Favorito o esa Inside Out de una Pixar que vuelve pisando fuerte después de un año de barbecho cinematográfico. El sexto largometraje de la casa creada por Peter Lord y David Sproxton es la elección perfecta para pasar hora y media de diversión asegurada para evadirnos de crisis financieras, corrupción política, telebasura vampirizadora y demás lacras de nuestra sociedad. Entrar en una sala de cine y pasar 83 minutos más interesado por si el poco elaborado plan de un rebaño de simpáticas ovejas para encontrar a su extraviado y amnésico dueño sale adelante que en la ingente cantidad de estiercol que nos hacen tragar a diario no tiene precio en los tiempos que corren, puedo asegurarlo sin un ápice de duda.