viernes, 25 de abril de 2014

Noé



Título Original Noah (2014)
Director Darren Aronofsky
Guión Ari Handel y Darren Aronofsky
Actores Russell Crowe, Jennifer Connelly, Emma Watson, Anthony Hopkins, Ray Winstone, Logan Lerman, Douglas Booth, Marton Csokas, Nick Nolte, Mark Margolis, Leo McHugh Carroll, Kevin Durand, Madison Davenport, Dakota Goyo, Gavin Casalegno, Nolan Gross, Skylar Burke




Desde que se diera a conocer allá por 1998 con su tan interesante como desconcertante ópera prima Pi: Fe en el Caos el cineasta neoyorkino Darren Aronofsky se ha atrevido a abordar todo tipo de films. Retratando un análisis durísimo y nihilista de las adicciones con la soberbia adaptación que realizó en el año 2000 de la novela homónima de Hubert Selby Jr Requiem Por Un Sueño pasando por la ambiciosa historia de amor intemporal de la infravalorada La Fuente de la Vida y llegando a sus dos grandes éxitos de crítica y público El Luchador y Cisne Negro, dos miradas tan opuestas como paradójicamente gemelas hacia la obsesión (uno de los temas centrales en su filmografía) con la autorrealización personal siendo esta brutalmente influida por el plano personal de las criaturas que las protagonizan, el cineasta de origen judío se ha forjado una merecida fama de narrador poderoso y soberbio director de actores, pero también de autor megalómano, excesivo y en ocasiones hasta efectista.




Con la adaptación (muy libre y nada autocomplaciente) que realiza de las sagradas escrituras en Noé vuelve el Darren Aronofsky más ambicioso, alejándose con este proyecto de las historias mínimas que nos narró con el Randy “The Ram” Wilson al que daba vida Mickey Rourke en El Luchador o la Nina a la que puso voz y cuerpo Natalie Portman en Cisne Negro y acercándose más a los terrenos de la ya mencionada The Fountain que protagonizaran Hugh Jackman y Rachel Weisz en el año 2006. El resultado de su último proyecto es una digna cinta que amalgama distinto tipo de vertientes y géneros con el único fin de conseguir alcanzar al mayor número de espectadores posible dando forma así a la más comercial e impersonal obra de su autor, pero no por ello a un largometraje desdeñable en manera alguna, aunque sí con sus altibajos.




Aunque da una visión muy sui generis del suceso del Antiguo Testamento en el que Noé, junto a su familia, recibe por mandato divino la misión de crear un enorme arca con el que transportar dos miembros (macho y hembra) de cada especie dentro de la fauna animal con la intención de sobrevivir a un diluvio universal con el que el altísimo tiene la intención de purgar la maldad humana de la Tierra esta Noé de Darren Aronofsky no deja de ser una epopeya bíblica en su estructura y gran parte de su contenido, aunque dejándose influenciar por corrientes del celuloide actual de corte fantástico, aventurero y hasta de acción. El productor de The Fighter y su habitual colaborador Ari Handel utilizan en beneficio propio todas las parábolas, metáforas y alegorías narrativas de esta parte del Génesis para introducir apuntes sobrenaturales y de fantasía. El problema es que la aparición al inicio del metraje de estas criaturas desconcierta y choca frontalmente con un espectador que hasta que no las considera parte necesaria del argumento las puede ver hasta ridiculas. Algo que sucede con los Vigilantes, esos monstruos de piedra que parecen salidos del imaginario tolkieniano que hasta que no se convierten en piezas clave en el devenir de Noé y su familia parecen fuera de lugar en el contexto del film.




Noé es una mezcolanza cinematográfica con la que el director y guionista quiere satisfacer a todo el mundo. Por un lado, como ya hemos comentado, es un relato teológico de reminiscencias clásicas, pero también es una mirada crítica hacia los fundamentalismos religiosos, poniendo su autor en entredicho dónde están los límites de la fe. También ofrece un retrato misántropo sobre el ser humano como principal instigador de la destrucción del planeta (Darren Aronofsky ve a Noé como el primer ecologista de la historia)y de especies animales inocentes, pero también disecciona una mirada redentora del hombre en el que los lazos familiares pueden romper dogmas y radicalismos de profunda toxicidad, sean de la índole que sean. Por último como obra no elude su naturaleza de blockbuster comercial aunando géneros que van desde el drama hasta el cine de catástrofes, la acción o la épica desatada, pero también trata de mostrarse como un producto hijo de su autor y si bien en ella vemos reminiscencias a obras previas de su creador como La Fuente de la Vida bien es cierto que la mirada y la impronta propios del cineasta que se esconden detrás del proyecto se encuentran bastante solapadas.




Posiblemente las dos señas de identidad más claras del Darren Aronofsky autor que podemos encontrar en Noé son su poderosísima ejecución en el plano visual y su célebre dirección de actores con la que exprime hasta lo indecible el talento de su reparto. Hay pasajes de un acabado técnico en Noé sencillamente brillantes con reminiscencias pictóricas que nos recuerda al tenebrismo de Michelangelo Merisi da Caravaggio (la vista de Noé al campamento donde los humanos cometen actos de crueldad inenarrables) y muestras de una fuerza destructiva mastodóntica intachable, como todo lo acontecido cuando el diluvio da sus primeras muestras de naturaleza desatada. Pero por otro lado también hay excesos como los que narran por medio de un montaje sobreexplotado el paso de las especies animales por el planeta.




A esto debemos sumar unos actores abiertos en canal para que transmitan el verismo que sus roles demandan. Russell Crowe ofrece su mejor papel en años con la ambigüedad de este Noé lleno de claroscuros, virtudes y defectos, fuerza y debilidad que en un magnífico giro de guión pasa de héroe en la primera mitad a villano en la segunda permitiendo al neozelandes dar a la cámara lo mejor de sí mismo. Le da la réplica una soberbia y madura Jennifer Connelly que no es la primera vez que hace de partenaire del protagonista de Gladiator (ambos dieron vida al matrimonio formado por John y Alicia Nash en la aceptable pero blanda Una Mente Maravillosa de Ron Howard) y con ellos rivaliza una Emma Watson entregada a la causa que tiene junto al protagonista la escena mas remarcable del film durante el clímax final. Logan Lerman y Douglas Booth hacen lo que pueden con sus esquemáticos personajes y Anthony Hopkins y Ray Winston insuflan veteranía y tablas con sus trabajos enriqueciendo dos roles (Matusalén y Tubal-Cain respectivamente) que no son gran cosa sobre el papel, pero que ellos sacan adelante con intachable profesionalidad.




Noé es una apuesta arriesgada y como tal ha sido recibida por una crítica y taquilla muy polarizadas. Una pieza que Darren Aronofsky no hubiera podido abordar sin antes haber saboreado las mieles de éxito con The Wrestler y Black Swan (hacerla justo después del injusto mal recibimiento que sufrió The Fountain habría sepultado su carrera con toda seguridad) y que no se puede considerar uno de sus mejores trabajos, posiblemente sea el menos logrado desde su ópera prima matemática y conspiranóica. Pero es una pieza interesante, una elección acertada para pasar poco más de dos interesantes horas delante de una pantalla en la cartelera actual. Y aunque no cabe duda de que es un producto de vocación comercial, también es cierto que ha dado bastante que hablar (lo de su censura en algunos países árabes ha tenido mucho eco en varios medios de comunicación) porque contiene en su interior una clásica historia sobre la fina línea que separa el bien del mal y acertadas reflexiones sobre ese recorrido, unas veces tortuoso y otras lleno de luz, al que llamamos vida.


viernes, 4 de abril de 2014

Nymphomaniac, mea vulva, maxima vulva



Título Original Nymphomaniac (2013)
Director Lars Von Trier
Guión Lars Von Trier
Actores Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Connie Nielsen, Christian Slater, Nicolas Bro, Jesper Christensen, Uma Thurman, Jamie Bell, Jean-Marc Barr, Willem Daofe, Caroline Goodall, Kate Ashfield, Saskia Reeves, Jens Albinus, Sophie Kennedy Clark, Mia Goth, Omar Shargawi, Severin von Hoensbroech, Saskia Reeves, 







Después de la polvareda que levantó aquella conferencia del festival de Cannes de 2011 en la que supuestamente tenía que presentar su película Melancolía, pero en la que decidió proclamar su simpatía por Hitler y su antipatía hacia el judaismo, Lars Von Trier prefirió no volver a declarar ante los medios para promocionar sus nuevos trabajos detrás de las cámaras ni realizar proyecciones exclusivas para la prensa de los mismos. De modo que en la actualidad el autor de Rompiendo las Olas no habla para los periodistas a la hora de justificar cuales son las motivaciones que le llevan a realizar sus últimos proyectos. Pero lo que en principio podría parecer una decisión perjudicial para el danés ha resultado ser una campaña de marketing perfecta para presentar internacionalmente Nymphomaniac.




Desde hacía años Lars Von Trier llevaba acariciando (más bien manoseando en el que caso que nos ocupa) la idea de realizar una película pornográfica en la que se implicaran actores de primera fila. El autor de Bailar en la Oscuridad es un profundo conocedor del cine para adultos e incluso su productora Zentropa durante un tiempo financió una serie de films de este género, pero con una pátina de intelectualidad que parece ser que no cuajó adecuadamente no llegando a buen puerto. Ya en la mencionada rueda de prensa de 2011 confesó que tenía pensado cómo sería la película, que contaría con Kristen Dunst como protagonista (algo que no llegó a suceder) que abundaría el sexo explícito y sería considerablemente desagradable para distinto tipo de espectadores.




Después de ver los dos volúmenes (que no son tales aunque pueda parecerlo, ya que este montaje comercial partido en dos mitades ha sido realizado contra la voluntad de su creador que gestó el film como una sola cinta de cinco horas y media de duración) que forman Nymphomaniac un servidor llega incluso a pensar que su eternamente pospuesto proyecto pornográfico fue utilizado como excusa para promocionar este interesante trabajo que realmente tiene poco o nada que ver (más allá de la inclusión de cierto sexo explícito) con el género que forjaron Rocco Siffredi, John Holmes, Traci Lords o Silvia Saint. La polémica previa, el supuesto escándalo de poner a actores de Hollywood a practicar sexo real delante de la cámara (¿alguien pensaba realmente que gente como Willem Dafoe, Uma Thurman o Stellan Skarsgård con matrimonios afianzados desde hace años y numerosos hijos se dedicarían a copular entre ellos porque se lo pidiera el director?) y unas oportunas y poco creíbles declaraciones de la protagonista del film, Charlotte Gainsbourg, proclamando las indecentes peticiones que el director le hizo durante el "complicado rodaje" hicieron el resto.




En la siguiente entrada voy a hablar de los dos volúmenes de Nymphomaniac como si fueran uno, porque como he comentado previamente no hablamos de una película y su secuela sino de un largometraje partido en dos por los jefazos de Zentropa, socios del mismo Lars Von Trier que también es una cabeza pensante de dicha productora De modo que cuando el primer volumen termina abrúptamente el segundo comienza justo donde termina aquel, no hay secuencias de introducción argumental, ni presentación de personajes, porque sencillamente pasamos de un plano a otro. Incluso aunque hay cierto cambio de tono entre una parte y otra esta no es debido a que, una vez más, estemos ante dos obras diferentes sino a un momento determinado del metraje en el que el personaje principal experimenta algo que la hace cambiar y dar una tonalidad distinta a la historia que se nos está narrando. Pero vayamos por partes, no adelantemos acontecimientos y sobre todo empecemos por el principio, no sin algún spoiler que trataremos de que no sea muy explícito.




Nymphomaniac comienza con el encuentro fortuito durante una noche nevada entre una mujer llamada Joe (Charlotte Gainsbourg) que yace herida en un oscuro callejón y Seligman (Stellan Skarsgård) el hombre maduro que decide rescatarla y llevarla a su casa, Una vez allí ella le contará la historia de su vida como ninfómana y mujer que ha experimentado con todas las variantes posibles del sexo con distintos hombres (y en ocasiones miembros del género femenino) a lo largo de las etapas de su intensa existencia. Mientras Joe relata los pasajes de su vida por medio de ocho capítulos, Seligman irá realizando comparativas de dichos hechos con temas como la pesca, las matemáticas o la religión, primero para interés de la mujer y después para su desconcierto o indiferencia. Cuando Joe termina su narración parece que los dos personajes han realizado un recorrido que los ha cambiado como personas o puede que no.




Visión nada moralista y mucho más trascendente de lo que pareciera en un principio de la libertad y autoafirmación sexual, Nymphomaniac se revela como un interesante tapiz sobre la vida de una mujer que desde niña tenía muy claro cómo, cuándo, dónde y con quién iba a disfrutar de los placeres de la carne. Con un tono reflexivo y alejado completamente de cualquier provocación vana o superficial para dar que hablar por que sí, Von Trier ofrece una mirada calidoscópica y hasta alegórica del sexo. Realizando inteligentes comparativas entre actos como la seducción, el cortejo o las distintas variantes de la cópula o el onanismo con la pesca con mosca, la sucesión de Fibonacci, la escisión de la iglesia católica en occidental y oriental o la polifonía de Bach, el director de Anticristo deja bastante claro que quiere abordar el tema desde un punto de vista existencial e intelectual, en ocasiones puede que demasiado, pero siempre de manera interesante.




Pero lo más interesante es que cuando el danés ha puesto las cartas sobre la mesa y ha realizado una declaración de principios con la que nos va a ofrecer un tratado sobre el lado más lúcido del libertinaje para evitar convertir las cuatro horas de metraje en un engorro intelectualoide lleno de gravedad o desidia existencial el director de Bailar en la Oscuridad o El Elemento del Crimen decide abordar su relato (al menos durante gran parte de la primera mitad) con un humor acertadísimo, unas veces fino e inteligente y otras más negro o grueso, pero siempre con mucho tino (bastante más que en El Jefe de Todo Esto) y afirmando que un tema como el expuesto en la obra puede tener su lado cómico incluso en los pasajes más amargos y duros.




Ahí se encuentra pues uno de los mayores aciertos de esta Nymphomaniac, el que nos muestra a las claras que en ocasiones el mismo Von Trier sabe reírse de sí mismo y quitar hierro a lo que nos está narrando. Apuntes estilísiticos como dibujos, operaciones matemáticas o planos en pantalla a los que se suman numerosas imágenes de archivo de todo tipo para ilustrar conceptos y teorías o pasajes como el de Selligman imaginando su peculiar visión sexualizada de la enseñanza, la "pelea de penes de ébano" a la que asiste la pobre Joe (impagable la cara de Charlotte Gaingsbourg en ese momento) entre los dos hermanos negros o el enorme momento de Uma Thurman que se revela como el más descacharrante de la velada nos confirman que el creador del largometraje quiere dar todas las perspectivas y tonos posibles a su historia.




Por desgracia ese ingrediente de comicidad se va perdiendo gradualmente en la segunda mitad de la obra cuando los hechos empiezan a ponerse más dramáticos, pero este cambio de tonalidad es consecuente y lógico con la narración. En un momento dado Joe se insensibiliza con el sexo, llegando a no sentir nada durante la cópula y por ello decide experimentar con otro tipo de parafiilias como el sadomasoquismo, los tríos interraciales o la homosexialidad para recuperar el placer que antaño le producía el acto sexual. En esta parte del metraje Von Trier expone los momentos más duros del trayecto vital de Joe, cuando descubre que haber sido víctima (siempre voluntaria) de actos de violencia consentida para llegar al orgasmo le pasan factura a su cuerpo marcado por "heridas de guerra" que le servirán como punto de unión y señas de identidad empáticas con el personaje de P.




Como previamente hemos comentado el director y guionista no da una visión negativa de la adicción al sexo. Joe elige ese modo de vida por voluntad propia y lo exprime al máximo. Pero como cualquier trayecto este tiene sus luces y sombras, sus momentos buenos y malos y la protagonista proclama que no se siente avergonzada por ser como es (su monólogo en la reunión de adictos al sexo esclarecedor en ese sentido) aunque en ocasiones sea consciente de que con ello no consigue una realización personal que siempre busca y no consigue encontrar. Porque finalmente Nymphomaniac, al igual que otros films como Shame de Steve McQueen, nos habla de la soledad del hombre/mujer contemporáneo, de la vacuidad en la que estamos aposentados como sociedad, la misma, aunque desde otra perspectiva, en la que vive Seligman, la que le permite no juzgar a Joe y empatizar con muchas vertientes de su ideología o moral.




Con respecto a la "pornografía" de Nymphomiac la misma no es nada escandalosa ni mórbida (sólo se muestra algo más cruda en los pasajes de la etapa sadomasoquista) y su explicitud no va más allá de varias felaciones con penes prostéticos, alguna erección y (si mal no recuerdo) una sola escena muy breve de penetración, ninguna eyaculación gráfica (más allá de la gota de esperma que la cae de la boca a Stacy Martin después de la felación en el tren y que ya se veía brevemente en el trailer) y una especie de catalogo de penes reales (a cual más feo) que ya incita a la sana carcajada. Por descontado que la mayoría de las secuencias sexuales no tienen nada de eróticas (pocas podrían excitar a un espectador medio) y no andaba desencaminado el crítico Luis Mártínez cuando dijo que esta de Lars Von Trier sería la peor película pornográfica de la historia porque la intención del danés es dar una visión cotidiana del sexo, desde un punto de vista entre aséptico y algo gélido, sin eludir los placeres físicos y psicológicos que el mismo proporciona, pero tampoco centrándose formalmente en él porque no es esa su intención principal.




Pero una vez más el director de Europa o Manderlay fue sumamente inteligente y vendió por medio del supuesto sexo gráfico su producto. Sirvan como ejemplo aquellos pósters promocionales con todos los actores del reparto experimentando un orgasmo cuando paradójicamente no es que ni la mitad de ellos salgan en el film practicando sexo, es que muchos de ellos (Willem Dafoe, Uma Thurman, Chstian Slater, Connie Nielsen, Udo Kier) no se quitan la ropa no se aventuran ni por asomo en realizar actos que tengan que ver minimamente con carnalidad alguna sea de la índole que sea. Curiosamente son dos actores fetiche del director como Jean-Marc Barr y Jens Albinus, en breves papeles, los que tienen pasajes más comprometidos en ese sentido, pero en ambas ocasiones con prótesis ocupando el lugar de sus miembros o con dobles de cuerpo.




Por otro lado aquella noticia de que las escenas más subidas de tono de Nymphomaniac iban a estar interpretadas por actores duchos en el cine para adultos a los que se les insertarían digitalmente los rostros de los intérpretes principales ha quedado en pura agua de borrajas, porque si esas secuencias existen (sólo hay una en la que Shia LaBeouf ha sufrido tal retoque por medio de CGI,  muy realistas por cierto) deberán estar en la hora y media que se quedó en el suelo de la sala de montaje y que sólo ha sido vista junto al resto del largometraje en el pasado festival de Berlín, porque en este corte de cuatro horas en dos volúmenes brillan totalmente por su ausencia. En resumidas cuentas, si Von Trier posee talento como director en su faceta de vendedor no tiene precio.




Una vez más los actores dan lo mejor de sí mismos para el director y aunque varios de ellos tienen pocos minutos en pantalla (Connie Nielsen o Willem Dafoe están como de pasada, lo de Udo Kier es un cameo y de camarero como en Melancolía) la mayoría tienen momentos bastante notables en pantalla. Sería inevitable destacar a Charlotte Gainsbourg y Stacy Martin como Joe en su madurez y adolescencia respectivamente, entregadísimas ambas. La primera sumando el peso como narradora y centro de la historia y la segunda enfrentándose a las escenas más atrevidas de la película. Pero si alguien me ha sorprendido gratamente habiéndome parecido casi siempre un mindundi es el flipado de Shia LaBeouf que demuestra que tiene talento para abordar papeles complicados y bastante descarnados. También destacan Christian Slater, sobre todo en la recta final de su intervención, una inmensa Uma Thurman, Stellan Skasgård y Jamie Bell, ya que ver a Billy Elliot hacer un papel como el de K es un apunte brillante por parte de Von Trier. Por último convendrá en un futuro seguir la pista de la joven Mia Goth, de una atípica belleza y sensualidad muy contenida que tiene pasajes destacables como P.




Lars Von Trier en su línea en la dirección, abordando su historia con menos dramatismo que sus dos anteriores films (se nota que se le va pasando la depresión) pero sin eludir esa intensidad desgarrada que es su seña de indentidad más clara. Hay pasajes de una belleza desarmante en el film (acompañados de una soberbia y ecléctica banda sonora en la caben desde Rammstein hasta Bach pasando por Mozart o Steppenwolf)  como todo el apartado en blanco y negro en el hospital, Joe subiendo a la colina para mirar de frente a ese árbol retorcido que sirve de alegoría de su propia situación en ese momento (incluso un servidor creyó ver que el mismo tenía una forma parecida a el látigo Dido que le regala K y que adjunto abajo en el cartel del Volumen 2 del film) los paseos vespertinos con su padre cuando era niña o el momento de la lubricación en el lecho de muerte cuya sencilla belleza extraterrenal podría resumir el largometraje en su totalidad. 




Por otro lado tenemos los momentos propios de arrogancia del director o metareferencias a obras previas salidas de su mano. De estas últimas funciona magníficamente la muy directa al (maravilloso) arranque de Anticristo (en un momento dado creí que iba a unir las historias de ambas películas en una sola y más sabiendo que tanto en aquella como en Nymphomaniac aparecen en el reparto Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg). De los momentos megalómanos son los innecesarios apuntes demagogos con los que quiere justificar su antisionismo (que no antisemitismo, según él personaje de Selligman que habla por el cineasta) sin venir a cuento ni pedirlo nadie porque no es necesario, es parte del pasado y hay que pasar página de una vez, darle más cancha a aquellas declaraciones es una futilidad.




A Lars Von Trier le ha salido bien la jugada en todos los sentidos con Nymphomaniac. Primero en el promocional, tanto la que armó él previamente, la que monta Shia LaBeouf cuando va a promocionar la película  o la que nos intenta colar la hija de Jane Birkin cuando la entrevistan para hablar sobre el largometraje han dados sus frutos y la obra no ha ido mal en la taquilla, al menos la europea. Por otro lado el danés ha realizado un excelente trabajo, que sin llegar a ser una obra maestra podría codearse con varios de sus films más logrados. Un servidor a quedado lo suficientemente satisfecho con la experiencia como para interesarse por ver el montaje íntegro de la cinta para ver si añade algo de interés a la trama o hace que su mensaje y declaración de principios autoral cambie en manera alguna.




Con Nymphomaniac ha cerrado su "trilogía de la depresión" por todo lo alto con un proyecto interesante, rico, con un trasfondo poliédrico, unos personajes creíbles y cercanos aunque en ocasiones algo fríos, dando una visión lúcida y polémica sobre temas tabú (habría que analizar don detenimiento la reflexión de Joe sobre la pedofilia, daría para un considerable debate) y se ha marcado un ambiguo final que para el que suscribe no es ninguna broma como se ha llegado a comentar, sino un medido cierre que puede ser abordado desde dos puntos de vista. El de, por un lado, una declaración feminista rotundísima que eludiría la fama de misógino de su director o por otro la confirmación de que la manipulación del acto de narrar historias puede hacernos ver algo que no es real. Que una "película pornográfica" nos haga reflexionar aunque sea durante sólo un minuto sobre estos temas es todo un logro que sólo el autor de la eternamente pospuesta La Bajona No Perdona podría conseguir.



martes, 1 de abril de 2014

Capitán América: El Soldado de Invierno



Título Original Captain America: The Winter Soldier (2014)
Director Anthony y Joe Russo
Guión Christopher Markus, Stephen McFeely basado en el personaje de Joe Simon y Jack Kirby
Actores Chris Evans, Scarlett Johansson, Samuel L. Jackson, Robert Redford, Toby Jones, Cobie Smulders, Emily VanCamp, Anthony Mackie, Sebastian Stan, Frank Grillo, Hayley Atwell, Georges St-Pierre, Maximiliano Hernández, Pat Healy, Stan Lee






Segunda entrega en solitario de la traslación que Marvel Studios está realizando de las aventuras de Steve Rogers, el famoso Capitán América, personaje creado por Joe Simon y Jack Kirby en 1944 y recuperado para la Marvel por Stan Lee en la década de los 60. Tras la primera entrega estrenada en el año 2011 que sabía captar con acierto el génesis del personaje durante la Segunda Guerra Mundial con Joe Johnston (Parque Jurásico 3, Rocketeer) en la dirección y su paso por la magnífica Los Vengadores de Joss Whedon el Centinela de la Libertad vuelve a manos de los poco conocidos hermanos Anthony y Joe Russo (Community) para regalar a la platea la, con diferencia, mejor película de la Fase 2 de Marvel aunque como obra no llega a ser una genialidad algo que se han apresurado en aventurar algunos.




Después de los acontecimientos de la invasión chitauri en New York a manos de Loki en la que se vieron implicados los Vengadores Steve Rogers (Chris Evans) alias Capitán América, está plenamente integrado en las filas de S.H.I.E.L.D junto a su compañera Natasha Romanoff (Scarlett Johansson) la Viuda negra. Allí, bajo las órdenes de Nick Furia (Samuel L. Jackson) que a su vez es un subordinado de Alexander Pierce (Robert Redford) descubrirá un complejo entramado en el que la organización criminal HYDRA se revelará como la verdadera administradora en la sombra de S.H.I.E.L.D. Junto a colaboradores como Falcon (Antthony Mackie) o la agente Maria Hill (Cobie Smulders) el Capitán América, la Viuda Negra y Nick Furia intentarán recuperar el control de la crítica situación siempre y cuando un extraño asesino llamado el Soldado de Invierno que está relacionado con el pasado de Steve Rogers no de al traste con los planes de los protagonistas.




Captain America: The Winter Soldier como adaptación del noveno al séptimo arte está inspirada, principalmente, en la saga homónima que forma parte de la extensa y magnifica etapa del guionista Ed Brubaker (Gotham Central, Fatale) al frente de la colección del personaje, pero también toma apuntes, detalles y resoluciones formales de otros trabajos en viñetas de Marvel como Nick Furia vs. S.H.I.E.L.D de Bob Harras o Guerreos Secretos de Jonathan Hickman. El guión, al igual que en la primera entrega, cae en manos de Christopher Markus y Stephen McFeely que saben condensar con acierto las distintas tramas que toman para dar forma al esqueleto argumental de la obra aunque tomándose, como suele pasar en estas ocasiones, las esperadas licencias con respecto a los cómics que tratan de llevar a imágenes en movimiento para la pantalla grande.




Esta segunda parte abandona por completo el tono de aventura exploit localizada en la Segunda Guerra Mundial de la primera parte para entregarse por completo al género de espionaje y a un aroma a films sobre la Guerra fría propios de los años 60 como los que rodaran John Frankenheimer (en varios momentos viene a la cabeza El Mensajero del Miedo, sobre todo gracias al personaje de Alexander Pierce de Robert Redford) o Sidney Lumet (Punto Límite) a los que se suman varias deudas más, esta vez contemporáneas, que van desde la saga protagonizada por Jason Bourne, el personaje nacido de la pluma de Robert Ludlum y llevado al celuloide por Doug Liman, Paul Greengrass y Tony Gilroy con Matt Damon como el desmemoriado agente secreto, o el tono de thriller que Christopher Nolan inyectó a su trilogía sobre Batman, alejándose un poco más esta nueva entrega del Capitán América del tono más sense of wonder (y hasta del humor, aunque haberlo lo hay) de los productos propios de Marvel Studios pero no perdiéndolo del todo.




Hay muchos aciertos y algún que otro fallo en Capitán América: El Soldado de Invierno. Por el lado bueno tenemos tanto el ritmo adecuado que nunca decae y que apela al frenetismo cuando lo necesita y al desarrollo de la trama cuando la historia lo exige. También en el lado positivo tenemos unas escenas de acción sencillamente brillantes, montadas con considerable pericia (aunque en algunos momentos la edición sea algo abrupta) o tensadas con un muy buen pulso narrativo (la del ascensor del protagonista con todos los agentes de S.H.I.E.L.D) en las que los hermanos Russo dan lo mejor de sí mismos augorándoles un futuro más que interesante dentro del mundo del blockbaster americano. Además, poco se les puede reprochar con respecto a que su realización sea impersonal cuando todos sabemos que hasta cineastas con cierto renombre o sello (Joss Whedon, Kenneth Branagh) han visto su impronta como autores bastante atenuada cuando se han puesto a las órdenes de Marvel Studios, algo inevitable.




Dentro de las carencias tenemos a unos actores que si bien ya se han hecho completamente con sus roles no rascan más allá de la superficie. Chris Evans y Scarlett Johansson cada vez son más creíbles como el Capitán América y la Viuda Negra respectivamente e interactúan bien en pantalla, pero su trabajo es poco más que cumplidor delante de las cámaras. También tenemos un desarrollo inadecuado de algunos caracteres, porque si bien es cierto que ese Soldado de Invierno es de lo mejor del largometraje y sabe intimidar física y psicológicamente cuando decide devorar el plano también es cierto que poco sabemos de su personalidad torturada o motivaciones. Más grave es lo del personaje de Emily VanCamp, que es un añadido casi de relleno que realmente no tiene casi peso en la trama por mucho que los guionistas y directores traten de dárselo. Finalmente como último detalle negativo estaría lo poco que se incide en un tema tan interesante como la intoxicación interna de los servicios secretos americanos que aquí sólo se trata de manera bastante tangencial, pero tampoco podemos pedir más en ese sentido a una producción de esta naturaleza de evasión.




Ahora pongámonos en modo SPOILER para mencionar todas las  referencias al fandom que hay a lo largo del film, que no son pocas ni intrascendentes para el seguidor de los cómics. Por un lado tenemos la aparición de Batroc al arranque del film (su pelea con el Capitán es una escena física de notable ejecución) la presencia (bastante impertinente, como demanda el rol) de Brock Rumlow, el futuro Calavera, la mención a Stephen Extraño, el famoso Doctor Extraño, hechicero en el que Marvel Studios ha puesto sus ojos para realizar su primera incursión en el cine de imagen real (en el animado ya ha dado algunas muestras de calidad) o la aparición en la primera de las dos escenas post créditos del Barón Wolfgang Von Strucker y los hermanos Wanda y Pietro Maximoff, Bruja Escarlata y Mercurio respectivamente, hijos a su vez de Erik Lensher/Magneto, algo que no se mencionará en la futura The Avengers: Age of Ultron de Joss Whedon por los problemas de derechos con los mutantes en cine que tiene la Casa de las Ideas con la Twentieth Century Fox. También se incluye un guiño, intencionado o no, a la costumbre de robar coches que tenía el Capitán América de la versión de 1990 dirigida por Albert Pyun que despierta una sonrisa socarrona en el fan.




En resumidas cuentas la de Anthony y Joe Russo es una magnífica entrega (de las mejores) dentro de la filmografía de Marvel Studios y la confirmación de que esta Fase 2, que había empezado con bastantes titubeos y alguna crisis de identidad con la simpática pero demasiado peculiar Iron Man 3 y la desganada Thor: El Mundo Oscuro, recupera el rumbo gracias a este Capitán América puramente del SXXI. Atenuando sabiamente el patriotismo del personaje para ser accesible a todo tipo de público, haciendo que impere la acción pero sin quitar peso al desarrollo de acontecimientos narrativos,  incluyendo algún momento emotivo (el pasaje de Peggy Carter o ese triste "estoy contigo hasta el final" durante el clímax) la presencia de nuevos personajes interesantes (el Alexander Pierce de Robert Redford) o carismáticos (el Falcon de Anthony Mackie) la acertada idea de darle por fin más peso a Nick Furia (con guiño genial a Pulp Fiction para Samuel L. Jackson) e insuflándole al tono del film una acertada mezcolanza de géneros el resultado es de muy buena nota, de eso no cabe duda. Ahora, aquello de que es mejor película que Los Vengadores que baje Thanos de Titán del cosmos y lo vea.



lunes, 31 de marzo de 2014

Capitán América (1990), tu vuo’ fa’ ll’americano



Título Original Captain America (1990)
Director Albert Pyun
Guión Stephen Tolkin y Laurence Block basado en el personaje de Joe Simon y Jack Kirby
Actores Matt Salinger, Ronny Cox, Scott Paulin, Ned Beatty, Darren McGavin, Michael Nouri, Kim Gillingham, Melinda Dillon, Bill Mumy, Francesca Neri, Norbert Weisser, Garette Ratliff Henson, Thomas Beatty, Jason Brooks




El descomunal éxito de la adaptación que Tim Burton dirigió en 1989 con Batman, el personaje creado en 1939 por Bob Kane y Bill Finger, de protagonista trajo tras de sí tantas cosas buenas como malas, algunas terriblemente malas. Dentro de estas últimas destaca algo que en principio no debía ser una idea negativa como era llevar a imágenes las aventuras de muchos de nuestros personajes de DC y Marvel que llevábamos años siguiendo desde las viñetas. Pero esa fiebre también dio pie a que todo hijo de vecino con una productora de tres al cuarto creyera que tenía los medios y aptitudes necesarias para realizar cine de superhéroes. Así fue como nació el primer largometraje para la pantalla grande protagonizado por el Capitán América allá por el lejano 1990. 




Que en la producción del proyecto estuviera implicado el israelí Menahem Golan, padre de la inefable Cannon Films que financiara muchos de los films de action heroes de la era Reagan como Silvester Stallone, Jean Claude Van Damme, Chuck Norris o Dolph Lundgren, no presagiaba nada bueno, pero que decidieran poner a los mandos de la realización a Albert Pyun (hijo espiritual de Ed Wood y padre putativo de Uwe Boll) al que le debemos obras como Kickboxer 2 y 4 o Cyborg (su posiblemente mejor film, que no es decir mucho) reducía todavía más las esperanzas de ver una buena película sobre el Centinela de la Libertad. Su reducido presupuesto y reparto de baratillo en el que destacaban un par de veteranas estrellas en decadencia terminaron por poner los clavos en el ataúd de lo que supuso la primera experiencia de Steve Rogers con el mundo del séptimo arte incluso antes de su estreno.




El Capitán América de 1990 es un detritus fílmico tan terriblemente pobre y ridículo en todos los aspectos que ni abordada desde la sorna o la oda a la cutrez por la pura diversión puede ser disfrutada. En su momento supuso una co producción yugoslavo-americana ¿¿?? rodada en Italia, lo que llevó a situar la mayor parte de la trama del largometraje en aquellas tierras… porque sí, no porque la historia lo exigiera. Los decorados son de una austeridad alarmante, los secundarios parecen sacados de una película softcore (señal inequívoca de esto que comentamos es la presencia como “villana” de una Francesca Neri que ese mismo año visitió nuestro país para rodar Las Edades de Lulú, la adaptación que el fallecido Bigas Luna realizó de la novela homónima de Almudena Grandes) del entrañable director del género Joe D’Amato y el actor que da vida a Steve Rogers, Matt Salinger, parece un galán de soap opera yanqui entrado en años, demasiados. 





Pero lo peor de la velada (junto a los diálogos que mencionaremos más tarde) es el apartado técnico del producto que incluso para su época era lo más bajo de lo más bajo. Si la dirección de Albert Pyun es chafardera, cutre, carcajeante (esos primeros planos subliminales del escudo con los que nos ametrallan durante todas las escenas de acción) lo del montaje ya es de traca.  Posiblemente estemos con esta Capitán América de 1990 ante la peor edición de la historia del cine, con una concatenación de imágenes sincopadas que llegan a producir dolor de cabeza a un espectador que queda totalmente convencido de que el LSD circuló por la sala de montaje de la película para descubrir finalmente que tal abuso de cortes y más cortes no sirve para camuflar que el escudo está hecho de un material plástico que haría parecer vibranium al de cualquier cosplay de un salón del cómic estandar, que los especialistas de escenas de riesgo fueron contratados en una agencia apunto de meterse en un expediente de regulación de empleo inminente o que el director y su equipo técnico no pudieron disimular que tenían un presupuesto que no podría pagar ni el catering de una producción de las llamadas grandes de aquellos primeros años 90.




Lo de la fidelidad a los cómics es curioso y digno de ser analizado. Porque si por un lado el origen del personaje se ciñe bastante a lo acontecido en las viñetas, con respecto a lo de su personalidad sólo caben dos opciones: 1 Los guionistas se fijaron en los primeros años del personaje cuando todavía era bastante “expeditivo” o 2 No habían leído una historieta del Primer Vengador en su vida y así lo reflejaron en pantalla. Este Capitán América de 1990 fuma, roba coches (¡hasta en dos ocasiones, a personas de confianza y para huír de ellos!) mata (y no en el fragor de la batalla, no, en plena pelea y sin miramientos) y parece adaptarse más bien pronto al futuro tras ser rescatado del hielo. Memorable es también lo del Cráneo Rojo que tras una génesis mal expuesta, una presentación como villano más bien pobre, con pelea cutre con el protagonista, pasa a ponerse una máscara que le hace parecer a Al Pacino en Dick Tracy (o el Sean Penn en Gangster Squad que viene a ser lo mismo) para no volver a aparecer en todo el metraje con su característica calavera. 




Finalmente nota aparte para el patriotismo recalcitrante (alejado del más atenuado y naíf de la versión de Marvel Studios) reflejado no sólo en el protagonista, también en ese presidente al que da vida Ronny Cox (Robocop) y que se mueve entre el hippismo politico y la violencia física que lo muestra como el precedente más claro de superpresidentes fílmicos como el de Harrison Ford en Air Force One de Wolfgang Petersen o el de Bill Pullman en Independece Day de Roland Emmrich. Esta poco recordada (y con motivo) producción, que en España se estrenó directamente en el nostálgico mercado del VHS, se puede resumir en sus inintencionadamente cómicos diálogos. Perlas tales como: “Perdona, es que te quiero mucho”, “Mata unos cuantos por mí, Steve”, “¡Vamos a ver si tu corazón es más fuerte que mi odio!” o la más destacada “Puede que no sea Superman pero para el mundo será el símbolo viviente de lo representa América” hablan por sí solas y nos confirman el motivo por el que este engendro, tan de Serie Z que hace que la B parezca A, esté encerrado bajo llave en el cajón del olvido.



viernes, 28 de marzo de 2014

True Detective: Primera Temporada, en las montañas de la locura



“Todo era el mismo sueño, un sueño que tenías en una habitación cerrada, un sueño sobre ser una persona y como en muchos sueños hay un monstruo al final de él”
Rust Cohle




En abril de 2012 la cadena americana de televisión por cable HBO acordó con el escritor y guionista Nic Pizzolatto (The Killing) y el director Cary Joji Fukunaga (Jane Eyre) la creación de la primera temporada de ocho episodios de una serie de corte policíaco que al igual que otros programas catódicos como la romcabolesca American Horror Story adoptaría el formato de antología, o lo que viene a ser lo mismo, que cada temporada sería independiente, relataría una historia diferente (aunque todo apunta a que unas estarán conectadas de alguna manera con otras) y contaría con un reparto distinto. Así nació True Detective, la serie sensación de lo que llevamos de este 2014 que nos ocupa.




Esta primera entrega de ocho episodios está protagonizada por el recientemente oscarizado actor tejano Matthew McCounaghey (Dallas Buyers Club, El Lobo de Wall Street) y el no menos talentoso Woody Harrelson (El Escándalo de Larry Flint, Asesinos Natos, No Es País Para Viejos) que estaban tan seguros de la calidad del producto en el que se iban a implicar como actores que incluso llegaron ambos a ejercer como productores ejecutivos junto a Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga. De manera bastante atípica esta primera temporada de True Detective está escrita y dirigida en su totalidad por los creadores de la misma, algo poco habitual en la televisión americana, que normalmente ofrece productos en los que el creador de la obra escribe el episodio piloto (y puede que los dos o tres siguientes) para que un director ducho en el mundo de las series o un cineasta reputado lo ruede para darle el tono y la puesta en escena que después otros realizadores tomarán como punto de partida para el desarrollo estilístico del programa.




True Detective ha sido un rotundo éxito, con sus tres primeros episodios no hizo demasiado ruído, pero el cuarto (y su potente plano secuencia que ha sido visto por toda la red) ya dio muestras esclarecedoras sobre la calidad de la última creación de la HBO. Capítulo a capítulo la odisea de los agentes Marty Hart y Rust Cohle por los recovecos más oscuros del estado Lousiana ha ido ganando adeptos que se han enganchado al tono tenebrista y enfermizo de su alambicada trama llena de referencias fílmicas, literarias (e incluso del mundo del noveno arte como ha confesado el mismo Nic Pizzolatto) llegando a un memorable último episodio que ha batido récords de audiencia para la cadena que emite el programa en cuestión. En España esta devoción (en ocasiones casi obsesiva, ya sabemos como son los fans que son capaces de diseccionar de manera concienzuda hasta el úlitmo detalle) también se ha dejado notar saltando hace poco la noticia de que incluso en cines de Madrid y Barcelona se realizaron maratones para ver en sesión continua los ocho magníficos episodios que dan forma a esta primera temporada.




Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga han conseguido en una sola temporada de su serie lo que hasta a Vince Gilligan le costó dos o tres con la pletórica Breaking Bad. Convertir su proyecto en un producto de culto, un fenómeno que ya arrastra una más que considerable horda de fans a nivel mundial que bebe los vientos por el programa, sus personajes y el microcosmos que han ido diseñando sus dos creadores a lo largo de sus ocho compactos episodios. True Detective es mucho más que un drama o thriller policíaco, ya que como obra principalmente hunde sus raíces en visiones del mal primigenio que van desde el imaginario lovecraftiano (la referencia directa al autor de Providence con Carcosa) hasta la ofrecida por David Lynch y Mark Frost en la mítica Twin Peaks (esa Logia Negra extendiendo su diabólica influencia a lo largo del pueblo homónimo o de Deer Meadow en la película precuela/secuela para la pantalla grande por medio de la presencia del espíritu errante Bob). Con una estructura narrativa deudora de Sospechosos Habituales de Bryan Singer y Christopher McQuarrie con la que comparte el relato por medio de flashbacks durante un interrogatorio policial para dar con un brutal asesino que tiene no poco de leyenda o mito y aunando la mirada del David Fincher de Seven o Zodiac (asesinatos ritualistas de corte religioso, un criminal sin rostro, obsesivos agentes de la ley investigando el caso que ven menguar hasta su salud por la implicación en el mismo) con el árido nihilismo y existencialismo desencantado del Cormac McCarthy. de No Es País Para Viejos.




Director y guionista (creadores ambos del programa en su totalidad) nos afirman como narradores que hay algo aterrador, algo impío en la América retratada en esta True Detective que nos ocupa, como si anidara en su interior una criatura bífida y reptante, al acecho, siempre a punto de mostrar sus fauces para devorarnos vivos. Esa Louisiana profunda de paisajes lacónicos y apagados hasta cuando la naturaleza se muestra en todo su esplendor apesta a bar de carretera, a pesticida, a cadáver en descomposición, a podredumbre económica y moral, a fundamentalismo religioso e industrialismo anticuado y obsoleto. Una localidad anclada en un pasado (como la que se retrataba en ese clásico llamado La Matanza de Texas del hoy muy olvidado Tobe Hooper, obra a la que nos retrotrae estéticamente esa casa atestada de inmundicia que ocupa gran parte de la trama central del último episodio) que sirve como perfecto caldo de cultivo para el nacimiento de una secta satánica de depravados sexuales cuyo posible origen está en una iglesia con un líder pedófilo o la forja de un criminal tan retorcídamente enfermo que trasciende del plano terrenal antojándosenos su procedencia, por inhumana e irreal, como localizada en una dimensión paralela aposentada en la más pura esencia del mal como concepto.




Pero si de trascendencia tuviéramos que hablar, de encontrarse en un nivel superior (no por ello más cómodo o asentado en una realización personal o existencial y si más bien visto como una tortura física o psicológica) a sus semejantes tendríamos que hablar de Rust Cohle, el detective perfecto que habita en la pura imperfección humana. El pletórico Matthew McCounaughey, que lleva años ofreciéndonos papeles remarcables, aborda esta criatura tortuosa, distante y asocial con una cantidad de recursos interpretativos sencillamente impresionante. Con un tono que se mueve entre lo mesíánico y lo demencial (no sabiendo muchas veces cuando habla donde empieza el uno y acaba el otro) Rust quedó reducido a una entidad primaria cuando su hija pequeña murió, su matrimonio por ello se rompió y decidió entregarse en cuerpo y alma a su única vía de escape, su trabajo, el mismo que le vampiriza y va poco a poco quitándole la vida. Por otro lado estaría Marty Hart, al que pone voz y cuerpo un no menos brillante Woody Harrelson. Marty es la representación del americano medio, un hombre que de cara a la galería se muestra como tradicional, conservador, amigo de sus amigos y sobre todo familiar. Pero la doble moral típicamente estadounidense no tarda en mostrarse para descubrirnos que el agente Hart es un marido infiel, un padre de métodos expeditivos capaz de golpear a los novios de sus hijas, uno individuo de moral reprobable que mira por el encima del hombro la existencia desencantada de su compañero de trabajo creyéndose en una posición superior a la de este por el simple hecho de tener una vida idílica que iremos descubriendo que no lo es tanto.




Con una estructura narrativa compleja y meticulosa (con hechos que tienen lugar en 1995, 2002 y 2012 por medio de flashbacks y quiebros de guión totalmente justificados) un apartado técnico mesurado, profesional y con algún momento brillante (el famoso plano secuencia que cierra el cuarto episodio) cohesionados por la implicación exclusiva de los dos creadores del producto sin que nadie más ajeno al proyecto interceda entre ellos True Detective ha puesto su primera y sólida piedra para ir construyendo un más que prometedor futuro. Nos encontramos ante una obra multireferencial y metaficcional que bebe no sólo del cine o la literatura, también como ha confesado el mismo Nic Pizzolatto del mundo del cómic, algo nada descabellado si tenemos en cuenta que el tono de la serie y su contexto nos remiten continuamente a varias de las obras que cimentaron el buen nombre del sello Vertigo de DC o a trabajos en viñetas fuertemente influenciados por la pluma del escritor norteamericano H. P. Lovecraft como el díptico The Courtyard/Neonomicon escrito por Alan Moore y dibujado por Jacen Burrows para la editorial Avatar Press o Fatale, la colección de Image ideada por Ed Brubaker y Sean Phillips que amalgama la tradición del relato noir con la temática sobrenatural poblada de milenarias criaturas multiformes veneradas por sociedades secretas de corte satanista propias del creador de La Sombra Sobre Innsmouth o Dagon. Ahora habrá que ver qué tal le van las cosas a Nic Pizzolato y Cary Joji Fukanaga (esperemos que este último no abandone el proyecto, su trabajo en la realización de los ocho episodios ha sido sobresaliente) sin Rust y Marty como protagonistas y narrándonos otras historia distinta. Esperemos que el resultado esté a la altura, empresa nada sencilla, porque el listón lo han dejado por las nubes.