miércoles, 19 de noviembre de 2014

Sweeney Todd, living on a razor's edge



Título Original Sweeney Todd: The Demon Barber of the Fleet Street (2007)
Director Tim Burton
Guión John Logan basado en el musical de Stephen Sondheim, Christopher Bond y Hugh Wheeler
Actores Johnny Depp, Helena Bonham Carter, Alan Rickman, Sacha Baron Cohen, Timothy Spall, Jamie Campbell Bower, Ed Sanders, Jayne Wisener, Laura Michelle Kelly







Después de más de doscientos años de historia un personaje nacido en la Inglaterra Victoriana del siglo XXI como Sweeney Todd mantiene viva prácticamente toda su esencia icónica y mitológica. De origen supuestamente ficticio, pero inspirado en varios asesinos en serie, el barbero diabólico de la Calle Fleet fue en su época protagonista de novelas de literatura barata (las conocidas como Penny Dreadful) u obras de teatro y ya en el siglo XX de películas para la pantalla grande, como la que en 1936 dirigió George King con Tod Slaughter en el papel protagonista o para televisión a manos de David Moore y con Ray Winstone en el la piel del barbero criminal. Pero sería en los años 70 cuando el rol viviera una revitalización total en un campo tan, en principio, poco propicio para codearse con nuestro amigo amante de las cuchillas de afeitar como el del musical.




En 1979 el compositor norteamericano Stephen Sondheim estrenó en Broadway un musical inspirado en el personaje titulado originalmente Sweeney Todd: The Demon Barber of the Fleet Street con libreto de Hugh Wheeler, inspirado en la obra teatral de Christopher Bond, y dirección de Harold Prince. Mientras la versión anglosajona tenía a Len Cariou y la mítica Ángela Lansbury (así como actualmente a Michael Ball e Imelda Staunton) como protagonistas, en España serían el inolvidable Constantino Romero y la versatil Vicky Peña, comandados por la batuta del catalán Mario Gas, los que dieron vida a Sweeney Todd y la señora Lovett respectivamente. Pero a esta versión musical ideada por Stephen Sodenheim le faltaba una adaptación cinematográfica a la altura y esta tomó forma cuando Tim Burton, Johnny Depp y el productor Richard D. Zanuck se interesaron por esta eternamente aplazada traslación de las tablas al celuloide.





En el año 2007 un irregular Tim Burton que ofrecía a sus seguidores una de cal (Big, Fish, La Novia Cadáver) y otra de arena (El Planeta de los Simios, Charlie y la Fábrica de Chocolate) estrenaba su visión del musical de Stephen Sondheim con sus actores fectiche, su amigo Johnny Depp y su pareja Helena Bonham Carter, como protagonistas, secundarios de renombre tales como Alan Rickman, Sacha Baron Cohen o Timothy Spall y debutantes con las voces y cuerpos de Jamie Campbell Bower, Ed Sanders, Jayne Wisener,o Laura Michelle Kelly en el casting. El resultado es un negrísimo y tragicómico (más lo segundo que lo primero) musical firmado por un inspirado director que reverdeció laureles de mejores tiempos pretéritos con una de las obras de su última etapa en la que más se puede apreciar su implicación personal para llevar el proyecto de gestarla a buen puerto.




En una época indeterminada del Londres victoriano del siglo XIX el antaño barbero Benjamin Barker que vio como su mujer e hija eran secuestrados por el adinerado y poderoso juez Turpin regresa después de varios años a su ciudad natal con el nombre de Sweeney Todd clamando venganza contra el captor de su familia. En el proceso de su vendetta personal Todd encontrará la complicidad de la señora Lovett, el pequeño Toby o el apuesto Anthony, que le ayudaran, no sólo a llevar a cabo su solicitada retribución personal, sino también a rescatar a su primogénita, ya adulta, de las garras del juez Turpin, y su secuaz Beadle, que la mantienen retenida contra su voluntad en su lujosa mansión. El viaje iniciado por Sweeney Todd y sus ayudantes tendrá un trágico e inesperado final que marcará el porvenir de todos sus allegados.







Sweeney Todd es el sobresaliente resultado nacido de la impronta de un cineasta al que no le gustan los musicales, pero sí el cine de terror clásico. Con su treceava película Tim Burton se adentra en nuevos terrenos narrativos ajenos a su obra y discurso y sale victorioso al aunarlos con su impronta autoral llena de imaginación, esteticismo y visión personal e intransferible del lenguaje cinematográfico, aunque siendo este deudor de corrientes y géneros pretéritos. Su inclinación por el relato gótico, las horror movies de la Universal de los años 30 o la indeleble marca que dejaron en él cineastas como el Terence Fisher de la Hammer Films o el Roger Corman que adaptaba a Edgar Allan Poe encuentran su magnífica contrapartida en un musical tenebrista, melancólico y paradójico, pues este consigue su mayor logro arrancando momentos de turbadora belleza dentro de pasajes tan grotescos como violentos.







A diferencia de otros de sus últimos films como Alicia en el País de las Maravillas, Charlie y la Fábrica de Chocolate o Sombras Tenebrosas en los que parecía que el director de Sleepy Hollow dejaba que el diseño de producción y la dirección artística dieran el toque puramente "burtoniano" mientras él se entregaba a una autoindulgencia artística indigna de su talento y pasión por el cine, en Sweeney Todd volvemos a recuperar un narrador talentoso, entregado a su trabajo, amante de los retos y capaz de trasladar su personalísimo mundo al cine más comercial de Hollywood. En esta producción de 2007 percibimos la atmósfera y el ambiente oscuro, amenazador y barroco del cineasta que rodó Ed Wood, pero no hay una hiperbolización de su estilización visual a la que sí pudimos asistir hasta en obras redondas salidas de su mente como la inolvidable Big Fish en la que todo tenía que tener el sello Tim Burton per se, no porque el relato lo solicitara o exigiera.




Al igual que en recuperables obras como La Novia Cadáver o Mars Attacks! Tim Burton no sólo está presente en los decorados, el vestuario o el maquillaje de Sweeney Todd, también lo está en la personalidad de sus protagonistas o secundarios, en su fluida pero nunca forzada o estridente puesta en escena, en la sabia utilización de la infografía que apuntala unos excelentes efectos digitales, en el magnífico guión de John Logan (Hugo, Un Domingo Cualquiera, Gladiator) en la enorme labor de su reparto en estado de gracia tanto en lo interpretativo como en lo vocal (y más si tenemos en cuenta que en su mayoría no son cantantes profesionales) en la elegante realización de los distintos pasajes protagonizados por las composiciones de Stephen Sodenheim haciendo que cortes como Johanna, My Friends, Pretty Women o By the Sea suenen poderosos en las bocas de los actores que las interpretan, sólo fallando este apartado en cuanto a dejar fuera del repertorio el, posiblemente, mejor tema de toda la obra, esa obertura titulada Ballad of Sweeney Todd que se echa considerablemente de menos en el film.




Johnny Depp y Helena Bonham Carter dan vida a Sweeney Todd y la Señora Lovett respectivamente. Ambos no sólo cantan con una profesionalidad casi irreprochable, también apelan a la contención y la introsprección a la hora de abordar dos personajes con los que podrían haberse adentrado, equívocamente, en la sobreactuación más disonante. No le van a la zaga un Alan Rickman que saca partido a su personalísima y rotunda voz, un Timothy Spall ruín y carismático como nunca y un Sacha Baron Cohen pletórico con ininteligible falso acento italiano y aspecto de torero hortera que se gana el favor de la platea en su breve intervención. El resto de secundarios jóvenes cumple con convicción a la hora de dar vida a sus no muy perfilados roles, pero palidecen ante la labor del quinteto de actores principales. Apuntar que un fan incodicional de Buffy Cazavampiros como el que suscribe no puede dejar pasar el detalle del cameo del gran Anthony Stewart Head en una efímera aparición.




Sweeney Todd no es sólo un musical remarcable y una de las mejores obras del Tim Burton más actual, también es la obra más trágica y desesperanzada del autor de Pesadilla Antes de Navidad o Batman Vuelve. En el musical de Stephen Sondheim el cineasta norteamericano encontró un material perfecto para extender su visión de la vida y el séptimo arte llena de romance, terror, humor y oscuridad conceptual y formal, adentrándose en terreno fértil para sus aspiraciones artísticas y profesionales. Por desgracia tras ella su irregularidad como narrador siguió su descompensado recorrido regalándonos genialidades como Frankenweenie o naderías puramente resultonas como las ya apuntadas Alicia en el País de las Maravillas o Sombras Tenebrosas que nos llevan al presente 2014 en el que ha estrenado esa Big Eyes, que adapta la vida del matrimonio formado por Margaret y Walter Keane, dividiendo tanto al público como a la prensa especializada, y que será debidamente abordada en este blog poco después de su estreno español a finales de año.


martes, 18 de noviembre de 2014

Interestelar



Título Original Interstellar (2014)
Director Christopher Nolan
Guión Jonathan Nolan, Christopher Nolan, Kip Thorne
Actores Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain, Bill Irwin, John Lithgow, Casey Affleck, David Gyasi, Michael Caine, Matt Damon, Wes Bentley, Mackenzie Foy, Timothée Chalamet, Topher Grace, David Oyelowo, Ellen Burstyn





Visionario o vendehumos, genio o fraude, excesivamente expositivo o pretendidamente críptico, no son pocos los apelativos que se han depositado en la persona del director británico Christopher Nolan desde que comenzara a finales de los 90 su carrera como uno de los más aclamados y polémicos realizadores del Hollywood contemporáneo. Aunque en honor a la verdad tendríamos que remitirnos al enorme éxito de esa cumbre del cine que adapta personajes de cómic al séptimo arte llamada El Caballero Oscuro, su soberbia segunda incursión en el universo del superhéroe creado por Bob Kane y Bill Finger en 1939, para hablar a las claras del nacimiento de esos dos apasionados (y ya agotadores) bandos formados por los que afirman que todo lo que el cineasta londinense haga es oro incluso antes de su estreno y otros que proclaman que ruede lo que ruede será un proyecto fallido y pretencioso a distintos niveles.




Un servidor no pertenece a ninguno de esos bandos, pero como ya he comentado en varias ocasiones Christopher Nolan me parece uno de los directores más talentosos del cine contemporáneo, un señor que apela a la inteligencia del espectador con rompecabezas estilísticos y argumentales que consiguen introducirnos en su juego y con ello interactuar con historias que requieren un mínimo de implicación por parte de la platea sin eludir su naturaleza comercial y rompetaquillas. Interestelar, su última obra cinematográfica, estrenada el pasado 7 de noviembre, sigue esa misma senda abierta en 1997 con Following, aquella ópera prima que pasó considerablemente desapercibida en su momento. Tras ver esta producción de 2014 me siento al salir de la sala con todas mis expectativas depositadas en la obra y su creador totalmente rebasadas y más teniendo en cuenta que la primera media hora daba síntomas de contener varios de los fallos de la impronta del director de Batman Begins, pero por suerte esta impresión es un simple espejismo que desaparecía a los pocos minutos de metraje.




Interestelar da sus primeros pasos en un terreno tan rico para triunfar abordándolo como fanganoso para hundirse en él, el de la distopía. Christopher Nolan sitúa su historia en un futuro no muy lejano en el que el planeta Tierra se encuentra al borde de su desaparición por culpa de un desastre ecológico no determinado. En esta primera media hora el cineasta birtánico asienta sus bases y durante el proceso de presentación se ven algunos apuntes de didactismo innecesario o discursivismo forzado que, buscando contextualizar la historia en un espacio temporal indeterminado pero reconocible para el espectador, acaba ofreciendo momentos que harán las delicias de los detractores más furibundos del director de El Prestigio: El Truco Final. En esos momentos la cinta no dista demasiado de ser la típica americanada de usar y tirar, mostrándose argumentalmente en las antípodas del discurso habitual del autor que se encuentra detrás de sus imágenes.




Por suerte cuando el personaje de Cooper asume su rol de piloto de la nave que buscará un nuevo destino para la humanidad todo se encauza, la trama toma consistencia, los personajes asumen solidez y la historia emocional comienza a dar sus primeros rasgos de calidez formal y conceptual. Porque Interestelar confirma aquello que pudimos vislumbrar en Origen o El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace, que Christopher Nolan cada vez apela más a los sentimientos, dejando un poco de lado su visión distante y en cierta manera demiúrgica (heredada de Stanley Kubrick y compartida por otro genio contemporáneo como David Fincher) con la que parecía recelar de todo lo que supusiera mostrar la epidermis psicológica de sus personajes y sus instintos más primarios como el amor, el afecto o los lazos fraternales, constantes abordadas de manera considerablemente gélida en la mayoría de sus trabajos.




Porque es curioso que para que Christopher Nolan haya firmado su cinta más intimista haya tenido que viajar al cosmos y rodearse con ello de ciencia, relatividad, tecnología espacial, la Nasa y teorías apocalípticas de distinta índole con respecto a nuestro lugar y destino como raza tras una posible desaparición de la Tierra inducida por nuestra propia temeridad. El cineasta inglés utiliza la posibilidad, y apuntando con ello temas éticos y morales tan cuestionables como enriquecedores, de que ese anclaje emocional que supone para los astronautas la vida que han forjado en su planeta de origen y el porvenir de los distintos miembros de sus núcleos familiares pueda influir en la correcta ejecución de las decisiones que deben tomar para que llegue a buen puerto la misión de vital importancia que les ha sido encomendada como grupo.




Mientras el Stanley Kubrick de aquella obra maestra atemporal llamada 2001: Odisea en el Espacio (cinta a la que Interestelar rinde tributo desde su misma concepción hasta algunos pasajes que hacen referencia directa a dicha producción de 1968) abordaba conceptos de una trascendencia extraterrena adentrándose en temáticas de lo existencial o lo teológico y el Alfonso Cuarón de la imponente Gravity otros más sencillos (aunque vitales) como la supervivencia o el terror, Christopher Nolan se queda en un camino intermedio apelando a sentimientos intrínsecos en el ser humano como el amor, la paternidad o la amistad, transmitiéndolos todos con una veracidad desarmante por medio de un guión poliédrico y estructurado con una solidez notable y en magnifico reparto encabezado por un Matthew McConaughey (una vez más y ya van...) superlativo del que hablaremos un poco más adelante.




Dejándose imbuir por obras clásicas adscritas a la ciencia ficción dentro de la literatura o el cine como El Centinela de Arthur C. Clarke (y por efecto dominó al ya mencionado Stanley Kubrick) la adaptación de Solaris del ruso Stanisław Lem que realizó su compatriota el cineasta Andréi Tarkovski  en 1972 (aunque hasta de la versión de 2002 de Steven Soderbergh podemos encontrar influencias)  Encuentros en la Tercera Fase de Steven Spielberg o el discurso de Carl Sagan grabado a fuego en Contact (o su traslación a imágenes a manos de Robert Zemeckis con, curiosamente, Matthew McConaughey como co protagonista) Christopher Nolan con la ayuda de su hermano Jonatahan y sobre todo la del físico teórico experto en agujeros de gusano Kip Thorne (co argumentista y productor ejecutivo del film) consigue dar la cohesión y precisión necesarias para realizar un libreto lleno de teorías científicas, unas más adheridas a la realidad que otras, pero todas interesantes, expuestas en un sano tono divulgativo e inteligentemente abordadas, así como eludiendo sabiamente esa supuesta respuesta teológica o sobrenatural, del todo innecesaria en este contexto, que podría tener la explicación al "fantasma" que atormenta al personaje de Murphy desde la estantería del dormitorio.




Porque aunque Interestelar sea el largometraje más humanista de Christopher Nolan su mirada aséptica de la realidad sigue presente en el grueso de la trama central de su última producción, al menos en un plano estilístico y formal. Lo más curioso es que la escritura del guión está tan trabajada que esas leyes de naturaleza científica en la que tienen cabida agujeros negros, la teoría de la relatividad de Newton o la de los viajes temporales en ocasiones sirven para que el estudio de personajes y su poso emocional evolucione adecuadamente. Es el caso de la utilización de la gravedad del primer planeta visitado, que al ser distinta de la de la Tierra permite a los autores del argumento hacer que lo que allí son horas aquí se conviertan en años, usando como catalizador dramático dicha ley para que los roles que htripulan la Endurance vean como esos millones de kilómetros de distancia que los separan de sus seres queridos influyan también en el plano temporal arrebatándoles irrecuperables décadas de existencia junto a sus familias.




Personajes estos que aún estando suficientemente bien perfilados en su mayoría quedan sepultados por la fuerza de la naturaleza en la que se ha convertido, interpretativamente hablando, el actor de Dallas Buyers Club o True Detective. Matthew McConaughey se arranca de las entrañas otro de esos papeles que confirman que su recuperación para el cine de calidad, ya sea dentro del independiente o de  los blockbbasters de raza, es un hecho irrefutable. Y poco importa que la labor en la dirección de actores de Nolan sea mejor que nunca o que gente como Michael Caine, Ellen Burstyn o John Lithgow tiren de veteranía, Wes Bentley recupere el crédito que perdió después de debutar en American Beauty, Anne Hathaway, Jessica Chastain y Casey Affleck aborden con profesionalidad sus necesarios pero algo desdibujados roles, o Matt Damon nos sorprenda con un personaje alejado de los que suele asumir, es el actor tejano el que llena de vida y descarnada verdad el film en pasajes como la despedida de su familia o el visionado en cascada de ese vídeo que captura en minutos más de 23 años de existencia.




En el plano técnico Christopher Nolan como director asume que ya no tiene nada nuevo que aportar en lo que a hacer viajar a la platea al espacio exterior se refiere y menos si tenemos en cuenta que Alfonso Cuarón lo abordó con unos resultados estilísticos superiores a los de Interestelar (aunque como obra cinematográfica completa la que nos ocupa supera considerablemente a Gravity) el año pasado. Por tanto guionista de El Hombre de Acero apela a su sentido clasicista de la narración cinematográfica sin dejarse llevar por innecesarias florituras visuales, pero ofreciendo momentos de un acabado formal hipnótico gracias al formato Imax como ese viaje al interior del Agujero de Gusano, la aparición de la gigantesca ola en el primera planeta extrarrestre, la visión que se da de Saturno, ese clímax final en la pentadimensión que estéticamente nos remite en ocasiones a la obra pictórica de M.C. Escher o la inclusión de inesperados apuntes de humor gracias a los robots que acompañan a la tripulación de la Endurance. Todos acariciados por la enorme partitura de un Hans Zimmer deudor del Philip Glass de la trilogía documental Koyaanisqatsi/Powaqqatsi/Naqoyqatsi de Godfrey Reggio




En resumidas cuentas Interestelar es una obra imponente y llena de hallazgos que habla de temas universales como el miedo al futuro, la identidad, el egoísmo o el sacrificio y poseedora de momentos memorables que la sitúan desde ya entre las mejores cintas del año 2014, dentro del selecto club de las cintas adscritas a la ciencia ficción, más o menos ortodoxa, y por descontado en el grueso de las mejores cintas de Christopher Nolan. Pero el que suscribe no la considera ni una obra maestra, ni mucho menos un clásico instantaneo, en todo caso podría tildarse de ser una dignísima heredera de los preceptos (más formales que textuales) de, la varias veces mencionada en esta entrada, 2001: Odisea en el Espacio, de Stanley Kubrick. Mi consejo es que el espectador se libere de prejuicios tanto en lo referente a la supuesta incosistencia científica del film (abordada con mucho acierto en este artículo que descubrí en la soberbia reseña de Samuel Secades para Zona Negativa sobre el film del que hablamos) a las reticencias que se puedan tener hacia su autor. Porque ver en pantalla grande una obra como la que ocupa en esta entrada merece mucho la pena y el viaje al que nos invita no dejará a nadie indiferente.



lunes, 3 de noviembre de 2014

Relatos Salvajes



Título Original Relatos Salvajes (2014)
Director Damián Szifrón
Guión Damián Szifrón
Actores Ricardo Darín, Darío Grandinetti, Leonardo Sbaraglia, Érica Rivas, Oscar Martínez, Rita Cortese, Julieta Zylberberg, Osmar Núñez, Nancy Dupláa, Germán de Silva, María Marull, Marcelo Pozzi, Diego Gentile, María Onetto




Damián Szifrón es un guionista de cine y televisión argentino muy conocido en su país. A él se deben exitosos productos catódicos como Los Simuladores o Hermanos & Detectives ambas series dentro de géneros como la comedia, el drama o el policíaco y cuya repercusión permitió a su creador vender los derechos de los mismos a distintos países, entre ellos España. Dentro del mundo del largometraje debutó en 2003 con El Fondo del Mar un thriller sobre los enfermizos celos dentro de una pareja protagonizado por Daniel Hendler, Gustavo Garzón y Dolores Fonzi entre otros y dos años después volvería con Tiempo de Valientes una comedia policíaca protagonizada por un psicólogo (Diego Peretti) y su paciente, un agente de la ley con depresión (Luis Luque), que parodiaba las buddy-movies estadounidenses y ofrecía un retrato crítico e irónico de la situación del país porteño por aquel entonces. Nueve años han tenido que pasar para que Damián Szifrón vuelva a ponerse detrás de las cámaras para rodar una película, esta Relatos Salvajes que nos ocupa y que es considerada ya la cinta más taquillera de la historia del cine argentino. Escrita y dirigida por el mismo Damián Szifrón y protagonizado por actores de primer nivel como Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia o Dario Grandinetti la candidata a representar a su país en la próxima gala de los Oscars de Hollywood ha puesto de acuerdo tanto a prensa especializada como a taquilla en prácticamente todos los lugares en los que ha sido estrenada, incluidos algunos de los festivales internacionales más importantes del panorama cinematográfico como Cannes o San Sebastián. Para el que suscribe Relatos Salvajes es una excelente comedia negra ejecutada con considerable pericia en todos sus apartados, pero sin llegar a parecerme como pieza cinematográfica esa obra maestra que la mayoria de los que han podido degustarla afirman que es.




Relatos Salvajes parece un guión de los hermanos Joel Coen e Ethan Coen (Fargo, El Gran Lebowski) rodado a cuatro manos por Paul Thomas Anderson (Magnolia, The Master) y Alejandro González Iñárritu (Amores Perros, 21 Gramos). Una comedia negrísima que narra seis historias cortas que comparten como tema central la venganza, ya sea contra amigos, parejas, familiares, desconocidos o la misma sociedad. Como comentamos una de las virtudes que más se ha destacado de la última película de Damián Szifrón es su humor oscuro, consiguiendo, por medio tanto de la escritura como de la realización o la labor artística de su reparto, que la platea sonría e incluso en ocasiones carcajee con temas que en la realidad no tienen nada de gracia, arrancando del espectador medio una jocosidad con cierto grado de cargo de conciencia debido a que este se ve disfrutando con actos que en nuestra vida diaria nos incitarían más bien poco a la sorna o el cachondeo. Todo esto apuntalado por el creador de Los Simuladores con una puesta en escena soberbia y un control del tempo narrativo fuera de toda duda, ya que no son pocas las películas corales en las que la calidad de las distintas historias que cuentan se ven descompensadas notablemente, algo que aquí no sucede, ya que todos y cada uno de los “relatos salvajes” que dan forma al grueso de la cinta destacan por su buen hacer y cohesión estilística o argumental.




Pero hay algo para un servidor que destaca por encima de esa (in)sana y maquiavélica visión del humor y es la temeraria incorrección política que se encuentra detrás de su mensaje contestatario y lacerante. En una época en la que el terrorismo extremista es una de las preocupaciones más grandes a nivel mundial Damián Szifrón se la juega utilizando, con métodos propios de la comedia, iconografía relacionada con este tipo de actos (el avión del relato que sirve de prólogo a la película y que tiene a Dario Grandinetti como rostro más reconocible) o mensajes en los que el guionista y director apela al uso de la violencia (bombas en el caso de la historia de Ricardo Darín, la mejor de toda la película) para oponernos como ciudadanos a un sistema rastrero en el que la burocracia pisotea el espíritu y la moral del hombre/mujer de a pie. El cineasta argentino pisa terrenos fanganosos, sobre todo, con el plan ideado por el misterioso Pasternak en el relato homónimo y la vendetta del arquitecto al que da vida el protagonista de El Secreto de Sus Ojos en Bombita, pero tampoco deja de cargar las tintas con una considerable mala baba y dualidad ideológica con historias como La Propuesta o Hasta que la Muerte Nos Separe, centrándose por el contrario más en la violencia física primaria en otros como Las Ratas o El Más Fuerte.




Porque un instinto, que al igual que la venganza, es tan intrínseco en la raza humana como el de la violencia es otro de los temas que vertebra Relatos Salvajes. Dichos actos violentos están abordados con una brutalidad impropia en el cine porteño y no es que Damián Szifrón riegue de sangre y visceralidad toda su película (aunque algo de ellas hay a lo largo del metraje) pero sabe envolver toda su narración en un aura de salvajismo latente que en cualquier momento parece que va a explotar sin que el espectador sepa cuando mostrará sus fauces. Esos pasajes en los que los instintos más bajos que llevamos dentro salen a la luz el cineasta los aborda desde todos los puntos de vista posibles, ya sea hablándonos del encontronazo entre dos conductores casuales o la aparición de un individuo del pasado que dio pie a la muerte de los padres de una pobre camarera, exponiéndola en pantalla con una impronta bestial que recuerda, una vez más, a los hermanos Coen más adscritos a lo grandguiñolesco y absurdo conceptualmente hablando, los de Ladykillers o Arizona Baby.




Pero no es oro todo lo que reluce en Relatos Salvajes y hay varios pecados que reprocharle. Por un lado el nivel altísimo con el que se abre el largometraje con el relato que sirve de prólogo no se mantiene a lo largo de toda la velada, perdiendo algo de fuerza física con cada nueva historia, porque aunque Damian Szifrón extrapola con pericia su visión tanto de la violencia como del sentimiento de venganza a la pantalla, cuando estas son expuestas más en un plano psicológico que físico la obra pierde punch en cuanto a agarrar por las solapas al espectador. Ya que es innegable que el malestar que transmiten pasajes como Las Ratas, Bombita o El Más Fuerte al apelar a poner en peligro la fisicidad de sus personajes consigue llegar con más fuerza a la platea que otros como La Proposición o Hasta que la Muerte Nos Separe que se centran principalmente (aunque no en su totalidad) en una violencia verbal o moral menos impactante que la que podemos infligir por medio de heridas corporales. Por otro lado podríamos decir que como conjunto de relatos ninguno de ellos nos cuenta nada nuevo con respecto a temas que para todos nosotros son tan conocidos como universales y el mismo guión como conjunto es consistente y sólido, pero ningún dechado de complejidad narrativa a lo Guillermo Arriaga (Los Tres Entierros de Melquiades Estrada, Lejos de la Tierra Quemada) otro escritor, guionista y cineasta experto en narrar microhistorias conviviendo mutuamente en un mismo producto de ficción ya sea cinematográfico o literario.




Esta coproducción entre Argentina y España, financiada en gran parte por la famosa productora El Deseo, propiedad de los hermanos Pedro Almodóvar y Agustín Almodóvar es un divertimento unas veces travieso y otras incendiario, que hace un retrato misántropo del ser humano y de la opresiva y corrupta sociedad en la que a este lo ha tocado vivir. Su elenco de enormes actores en el que la labor de los célebres Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia o Dario Grandinetti no destaca sobre el soberbio trabajo de otros intérpretes argentinos menos conocidos en España como Rita Cortese, Walter Donano, Érica Rivas u Óscar Martínez y la el oficio de su creador tanto en la escritura como en la realización la revelan como un producto tan meritorio como consistente que merece ser (re)visionado. Pero Relatos Salvajes finalmente no llega a la excelencia que le llevan tiempo atribulando debido a que las historias narradas en ella poco tienen de novedosas o rompedoras y no nos relatan nada que obras como, por poner un par de ejemplos, Un Día de Furia (Falling Dawn) de Joel Schumacher o la catódica Breaking Bad de Vince Gilligan no hubieran expuesto antes con tanta o más fiereza.



sábado, 1 de noviembre de 2014

Annabelle



Título Original Annabelle (2014)
Director John R. Leonetti
Guión Gary Dauberman
Actores Annabelle Wallis, Ward Horton, Alfre Woodard, Eric Ladin, Gabriel Bateman, Paige Diaz, Tony Amendola, Michelle Romano, Brian Howe, Morganna May




El director australiano de origen malayo, James Wan, se ha convertido en uno de los nombres más interesantes dentro del panorama cinematográfico hollywoodiense adscrito al género de terror. Dio inicio a la saga Saw con la mejor entrega de la franquicia, comenzó a coquetear con las horror movies con la irregular pero ya interesante Silencio Desde el Mal (Dead Silence) en la que mantuvo su primer contacto con juguetes peligrosos y dio mucho que hablar con Insidious, su secuela y sobre todo The Conjuring: Expediente Warren. Las dos primeras, un totum revolutum que daba una perspectiva posmoderna del género de casas malditas y espíritus amenazantes, la última, un poderosísimo ejercicio de estilo con el que el realizador homenajeaba al celuloide de los 70, una ves más, adherido al temario sobrenatural, el de films como Al Final de la Escalera (The Changeling) de Peter Medak, Terror en Amytiville de Stuart Rosenberg o El Ente de Sidney J, Furie, esta última estrenada a principios de los 80 pero hija directa de la década anterior. El director de aquella Sentencia de Muerte que protagonizara Kevin Bacon en 2007 no ha inventado nada con su incursión en el género de terror, pero su especial talento para crear atmósferas, apuntalar una sólida puesta en escena y su control del tempo narrativo dentro del suspense, son las bases que han sustentado la meritoria carrera de un autor con una marcada personalidad que por desgracia ha dejado de lado el tipo de films que le han dado la fama, para rodar la séptima (y accidentada) entrega de la saga A Todo Gas (Fast and Furious). Pero por suerte el cineasta ha decidido seguir en el género que tan bien conoce, esta vez en labores de productor con un trabajo derivado de su mejor película, la ya mencionada The Conjuring: Expediente Warren.




Annabelle es una película de naturaleza spin off protagonizada por aquella muñeca maldita que ocupaba gran parte del metraje de The Conjuring: Expediente Warren. Dicho juguete cayó tan en gracia a la mayor parte de los espectadores que disfrutaron de la cinta de James Wan que los productores de Warner Bros pronto tantearon la idea de narrar en una película propia los supuestos hechos reales que se vinculaban con el origen de dicho objeto infantil que a día de hoy sigue confinado en una urna propiedad del matrimonio de parapsicólogos formado por Ed Warren y Lorraine Warren. Esta vez el malayo cedería los mandos de la dirección, que recaerían en el poco conocido John R. Leonetti (El Efecto Mariposa 2, Mortal Kombat: Aniquilación) especializado en rodar secuelas de bajo nivel de éxitos más grandes, quedando su labor reducida en este proyecto a la de productor. Todo apuntaba a que el resultado sería una cinta sacacuartos derivada de un gran éxito y cuya simple existencia era un capricho gestado por el único hecho de abultar las carteras de sus creadores. Por suerte y contra todo pronóstico Annabelle es una muy competente cinta de terror, que extiende el microcosmos creado por James Wan con momentos memorables, un trabajo de dirección lo suficientemente elaborado como para solapar a un reparto simplemente cumplidor y un guión tan efectivo como rutinario o lleno de lugares comunes.




Que la responsablidad de la realización de Annabelle cayera en el nombre de un director tan desconocido para el gran público era uno más de los síntomas que aventuraban que el largometraje que nos ocupa iba a ser carnaza pura y dura, un trabajo realizado por puro interés económico para seguir explotando un jugoso y casi recién nacido (por lo tanto no muy manoseado) éxito cinematográfico y para qué negarlo, bastante de ello hay en esta producción de terror. Pero sería de necios no afirmar que los productores de la obra, su guionista y el cineasta que ha cogido las riendas del proyecto han hecho un trabajo considerablemente meritorio (más este último que los anteriores, todo sea dicho), tratando de sacar partido y algunos momentos de bastante profesionalidad de una cinta que nace a rebufo de otra y que por ello puede considerarse (de hecho lo es) menor que aquella. El arranque del film esté tomado casi en su totalidad del de The Conjuring: Expediente Warren y ello tampoco ayuda a tener buenos augurios con respecto al devenir de la historia que se nos va a narrar o su puesta de largo, pero desde el primer susto (una noche cerrada, una ventana, algo que allí sucede, un asesinato fuera de plano, un grito, una figura que se abalanza) John R. Leonetti nos afirma que va a intentar sacar partido al rutinario y manido guión que han depositado en sus manos por medio de una minuciosa puesta en escena con la que va a (en casi todo momento) calibrar con mucho cuidado las secuencias de tensión, el in crescendo de suspense y todo por medio de una sutilidad tan elegante como carente de innecesarias truculencias, mostrándose como un alumno aventajado del mismo James Wan que, aunque quede a años luz del talento del malayo, sabe extender y enriquecer el imaginario al que este último dio forma con la obra original en la que Annabelle nació como personaje.




Porque Annabelle es una continuación y consolidación del microcosmos que James Wan creó en la ya mencionada película protagonizada por Patrick Wilson, Vera Farmiga o Lili Taylor e incluso se permite el film alguna referencia intertextual con respecto a la obra global del cineasta asentado en Australia si tenemos en cuenta que la primera casa en la que vive el matrimonio Gordon es muy parecida a la de la saga Insidious. De modo que un cumplidor John R. Leonetti sigue la senda impuesta por su predecesor en el cargo de la dirección con una efectiva realización técnica con la que consigue que el largometraje funcione como un reloj suizo en lo que a inquietar al espectador se refiere. El director de El Efecto mariposa 2 evidentemente no consigue capturar en imágenes la malsana y mórbida atmósfera que es capaz de alcanzar el autor de Saw cuando se pone detrás de las cámaras, pero sí sabe medir los tiempos, aprovechar los juegos de luces y sombras y entregarse a la acertada y clásica idea de que es mucho mejor sugerir que mostrar de manera explícita, sobre todo en lo que se refiere a el tono sobrenatural del relato. Ya que si hay algo meritorio en Annabelle es la labor de su director. John R. Leonetti tiene que esquivar los clichés de su guión, que se muestra tan bienintencionado como prototípico, y la labor de un reparto en líneas generales bastante plano, aunque convenientemente cumplidor en los momentos más dramáticos. El cienasta auna el tono del estilo de terror de James Wan, rindiendo tributo a su impronta sin plagiarlo o copiarlo descaradamente, visto en Silencio Desde el Mal (muñecos amenazadores) Insidious (demonios en busca de almas) o The Conjuring: Expediente Warren (posesiones espirituales) añadiéndole referencias que van desde productos tan consagrados como La Semilla del Diablo (Rosemary’s Baby) de Roman Polanski (el embarazo y toda la segunda parte localizada en el edificio de vecinos) hasta secuelas casi autoparódicas como Pesadilla en Elm Street 5: El Niño de los Sueños de Stephen Hopkins (ese carricoche siniestro que aparece en el sótano del inmueble, uno de los mejores pasajes del metraje). Pero por el camino tampoco se olvida de dar cohesión a su producto más allá del plano multireferencial.




Gracias a su labor se percibe en el ambiente la pérfida fisicidad de la muñeca que devora el plano cada vez que la cámara repara en su presencia. John R. Leonetti encuadra con minimalismo y delectación al juguete, lo aborda desde todos los ángulos posibles, pero sin florituras visuales o innecesarios objetivos deformantes. Por medio de la contención y el control del timing el realizador consigue arrancar de los 98 minutos de metraje un buen puñado de escenas de una tensión más que considerable. Con toda la inteligencia posible el cineasta en ningún momento muestra en movimiento a la muñeca, ya que verla correr o lanzarse contra sus víctimas cuchillo en mano como si de una versión femenina del célebre Chucky se tratara daría al traste con todo el trabajo de composición que el apartado técnico va creando a lo largo del desarrollo del largometraje. Es más, en el único pasaje en el que Annabelle “cobra vida” finalmente descubrimos que no es ella la que está moviéndose por propia voluntad y ello da pie a uno de las mejores situaviones de la película. Porque ahí es donde se hace fuerte el perpetrador de Mortal Kombat: Aniquilación, en ejecutar escenas de terror muy conseguidas como la del ya mencionado sótano (esa figura entre las sombras de las escaleras inquietó hasta a un servidor, curtido en mil batallas dentro de este género) la de la niña cruzando a toda velocidad la puerta (estructuralmente idéntica a una de Shock, interesante cinta de 1977 de un por aquel entonces ya crepuscular Mario Bava) o la primera del film que mencionamos al inicio de la entrada y que viene seguida de una escena de asalto hogareño rodado con mucho oficio, tanto o más que el del plano secuencia a lo John Carpenter que se incluye en esa parte de la cinta, un prólogo que recuerda en más de un momento a la seminal La Noche de Halloween de 1979, salvando mucho las distancias, lógicamente.




Anabbelle es un producto meritorio que consigue ofrecer una historia interesante, sencilla y atractiva que en todo momento lucha contra el hándicap de ser una cinta menor y de corte alimenticio nacida con más bien pocas aspiraciones artísticas. Por suerte algunas carencias como un reparto poco entregado formado por Anabelle Wallis (X-Men: Primera Generación), Ward Horton (El Lobo de Wall Street) o Alfre Woodard (12 Años de Esclavitud) o un guión de Gary Dauberman (Destino Final 5) lleno de caminos mil veces transitados son solapados por la destacada labor de un director con fama de mediocre que en esta ocasión ha sabido driblar muy dignamente contra el temporal que una cinta como la que nos ocupa le ha impuesto profesionalmente. Sólo cierto caos y elecciones rocambolescas (y hasta ridículas) en al recta final y el tener siempre presente la platea que si James Wan hubiera tomado las fiendas de esta producción hubiera sido incluso mejor, pueden desanimaronos con respecto a enfrentarnos a las humildes pero encomiables aspiraciones de esta apatecible película de terror. Un proyecto ideal para ser degustado en una oscura sala cinematográfica, sobre todo en el próximo Halloween, festividad con mucha predisposición a ser disfrutada con una buena maratón de piezas de este estilo cinematográfico. La obra de John R. Leonetti no es un gran largometraje, ni será recordada en un futuro como un clásico dentro de su género, pero contiene los suficientes alicientes como para ofrecer juiciosa fruición al espectador que busque poco más de hora y media de traviesa y malévola evasión protagonizada por una horrible (en todos los sentidos) muñeca que comenzó sus andanzas en una época en la que la Familia Manson (muy presenta en el contexto de la película) arrancó de una tacada toda la inocencia y conciliadora ideología que forjó ese movimiento hippie que despidió los 60 y dio la bienvenida de los 70 entre sangre, muerte y nihilismo.


jueves, 30 de octubre de 2014

Torrente 5: Operación Eurovegas



Título Original Torrente 5: Operación Eurovegas (2014)
Director Santiago Segura
Guión Santiago Segura
Actores Santiago Segura, Julián López, Jesús Janeiro, Alec Baldwin, Fernando Esteso, Carlos Areces, Angy Fernández, Anna Simon, Neus Asensi, Chus Lampreave, Florentino Fernández, Cañita Brava, Josema Yuste, José Mota, Santiago Urrialde, Falete, El Gran Wyoming





Sí amigos, el ex agente de la ley facha, racista, fan del atleti e incodicional del fallecido Fary, José Luis Torrente, está de vuelta para regocijo de unos y repugnancia de otros. El humor zafio, burdamente costumbrista, chusco y por qué no decirlo, efectivo, vuelve con una quinta entrega que nuevamente ha supuesto para su director, actor, guionista y productor un nuevo éxito de taquilla y, esta vez sí, un reconocimiento bastante más aceptable por parte de la crítica especializada. Para un servidor nos encontramos con la entrega más sólida argumentalmente (que no es decir mucho, si tenemos en cuenta el tipo de historias que narra el intérprete de El Día de la Bestia en esta saga) pero la más escasa en gags de humor efectivos, que haberlos haylos, pero no aparecen hasta bien pasado el primer tercio de metraje y en cantidad son bastante menos que en las anteriores cuatro entregas.




Año 2018, José Luis Torrente sale de prisión y se encuentra una España en la que Cataluña ha conseguido la independencia y unos vándalos ultrajan la tumba de el Fary entre otras fechorías. Con la ayuda de su fiel amigo Cuco y Jesusín, el primo de este último, buscará la colaboración de John Marshall, el supervisor de seguridad del principal casino de Eurovegas instalado en Madrid para robar el botín que atesora en su interior. Torrente conseguirá reunir a un grupo de "profesionales" para realizar el robo más grande de la historia de España y así huir con el dinero de un país que el ex policía no reconoce como suyo. Este es el punto de partida de la película y si bien no es nada del otro mundo parece un libreto escrito por David Mamet, los hermanos Coen o Charlie Kauffman si lo comparamos con el de las dos anteriores entregas de la franquicia.




Torrente 5: Operación Eurovegas es una parodia del cine sobre atracos de casinos, concretamente tanto de La Cuadrilla de los Once protagonizada por el mítico Rat Pack (Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr, entre otros) como de sus remakes en forma de trilogía contemporánea a manos de Steven Soderbergh y con actores de primera nivel como George Clooney, Brad Pitt, Matt Damon o Julia Roberts en sus filas. Pero como es lógico con toda la trama pasada por el grueso filtro de la saga Torrente llenando dicha historia de incorrección política, escatología, referencias a la actualidad Española (o a su futuro inmediato, acertando en más de un detalle con sus predicciones desde el punto de vista del que suscribe) acción y bastante desenfreno, aunque en esta ocasión Santiago Segura ha querido volver sobre sus pasos casi hasta el origen de todo.




Porque esta quinta entrega es la que más cerca esta conceptualmente de aquella modesta y primigenia Torrente: El Brazo Tonto de la Ley con la que el madrileño pusiera la primera piedra de lo que más tarde sería la saga cinematográfica más exitosa y extensa del celuloide patrio. Posiblemente por ello Segura recupere a personajes como Amparito (Neus Asensi) o Remedios (Chus Lampreave) y ofrezca un sincero (y muy bien realizado) homenaje a ese Tony Leblanc que no faltó a ninguna de las cintas de la franquicia hasta que el pasado 2013 nos dejó. Tampoco se olvida de actores recurrentes en todo el recorrido de las correrías fílmicas de Torrente como Cañita Brava, Barragán, mis paisanos Bigotes y Dientes o los indispensables Andreu Buenafuente, Florentino Fernández o José Mota.




Por ello hay a lo largo del metraje más ambiente cutre y modesto (gran parte del film tiene lugar dentro del decrépito apartamento de la actriz de Volver o Mujeres al Borde de Un Ataque de Nervios en el que la banda de desarrapados trazan su rocambolesco plan para llevar a cabo el atraco) y menos aparatosidad formal en cuanto a tiroteos, persecuciones y explosiones, las mismas que se habían sobreutilizado desde Torrente 2: Misión en Marbella hasta Torrente 4: Lethal Crisis y que a pesar de estar cada vez mejor realizadas (recordemos que en la primera secuela era el cineasta Juanma Bajo Ulloa el responsable de rodar las secuencias más dinámicas en lugar del mismo Santiago Segura, que todavía no se veía con el suficiente oficio para ello) eran un complemento más para eludir una verdad irrefutable, la ausencia de un guión, no ya sólido, sino simplemente funcional.




Porque no se puede negar que Torrente 3: El Protector y su ya mencionada sucesora carecían totalmente de un hilo argumental mínimamente consistente para que todo el conjunto argumental del largometraje saliera a flote. Pero un perro viejo como Santiago Segura sabía que una factura cada vez más elaborada y un interminable desfile de cameos de actores, celebridades del famoseo más cutre y amigos de toda índole (los de la cuarta parte se sucedían cada dos minutos más o menos) camuflarían con bastante acierto la poca consistencia y el, en apariencia, no demasiado tiempo que habría dedicado a la escritura de los libretos que deberían de sustentar sus productos y que realmente se mostraban como una sucesión de gagas en sesión continua que aunque despertaban casi siempre la carcajada del espectador, también podrían considerarse como un engaño de cara a la platea. que parecía estar viendo más un programa televisivo de humor por sketches que una verdadera película.




Curiosamente esta quinta entrega es la que tiene el guión más elaborado desde Torrente 2: Misión en Marbella dentro de a naturaleza de un producto como este, que lógicamente es puro entretenimiento. Por primera vez en años el protagonista de Muertos de Risa tiene una historia consistente que contar y aunque la misma no tenga nada nuevo que exponer (ya hemos comentado anterioremente sus referentes cinematográficos previos) lo hace con la suficiente cohesión y profesionalidad como para jugar con acierto con un primario pero aceptable alarde narrativo con sorpresa final. El precio a pagar es el del humor, ya que esta quinta entrega se revela para un servidor como la menos graciosa de toda la saga, ya que durante la primera mitad del metraje da la impresión de que los chistes están mal rematados y pobremente planteados. Por suerte este fallo se va solucionando a lo largo del desarrollo de la trama y en la segunda parte de la cinta tenemos un buen puñado de gags y coñas que funcionan magníficamente.





También ayudan a que el humor vaya cogiendo consistencia un reparto en líneas generales muy acertado, del que sólo podríamos decir que lo hace, no ya mal, sino para no haberle pagado por sus servicios, el torero Jesús Janeiro "Jesulín" que consigue que la terrible labor de su ex mujer, Belén Esteban, en la anterior entrega parezca digna de Bette Davis. Pero son un Julián López que consigue que no echemos de menos al gran Gabino Diego, un Carlos Areces pletórico un Cañita Brava en su salsa, una macarra Angy, una brutal Mari Carmen (sin sus muñecos), un Fernando Esteso en su salsa (su momento con Andrés Pajares es para enmarcar) y un desprejuiciado y entregado Alec Baldwin que se suma a Espartaco Santoni, José Luis Moreno, Fanio Testi y Franciso para copar un puesto de honor en la galería de estrambóticos y atípicos villanos de la franquicia los que le dan el largometraje hecho a su creador. En papeles más cortos cumplen su cometido Bigotes y Dientes, Anna Simón y los cameos de Falete, Imanol Arias, el Gran Wyoming o Tomás Roncero como entrenador de la selección de fútbol de Cataluña regalan momentos de sorna más que considerable.




Esto es lo que hay con Torrente 5: Operación Eurovegas, señoras y señores, más de lo mismo pero con menos humor y más cine. Santiago Segura sigue dando de lleno con su creación y con ella pone (casi) punto y final a un 2014 en el que el cine español ha tenido sus mejores números en mucho tiempo gracias a obras como Ocho Apellidos Vascos, La Isla Mínima, El Niño o esta quinta parte de las andanzas del inefable José Luis Torrente que vuelve a mostrarnos la cara más sucia y retrógrada de nuestro país. Por el camino nos regala pasajes muy bien rematados (comparar la recreación del golpe y el resultado final del mismo es descacharrante) una labor técnica decente y un humor que aunque ha estado en mejor forma en cualquiera de las anteriores películas sirve para evadirnos durante algo más de 90 minutos de los problemas que el mismo director y protagonista se ocupa de retratar con brocha gorda, pero sin desatino, en la película que nos ocupa en esta entrada.



miércoles, 29 de octubre de 2014

Ninja Turtles



Título Original Ninja Turtles (2014)
Director Jonathan Liebesman
Guión Josh Applebaum, Andre Nemec, Evan Daugherty basado en los cómics de Kevin Eastman y Peter Laird
Actores Megan Fox, Alan Ritchson, Jeremy Howard, Pete Ploszek, Noel Fisher, Will Arnett, Danny Woodburn, William Fichtner, Whoopi Goldberg, Jeremy Howard, Pete Ploszek, Minae Noji, K. Todd Freeman, Malina Weissman





Cuando hace casi un año hice una crítica de la primera película en imagen real de las Tortugas Ninja hablé de que aquel fenómeno de principios de los 90 llamado "tortugamanía". Basadas en el cómic underground de los autores Kevin Eastman y Peter Laird las aventuras de Donatello, Michelangelo, Leonardo y Raphael dieron la vuelta al planeta y se convirtieron en un fenómeno a nivel mundial con muñecos, series de animación, nuevas colecciones de cómics y películas en pantalla grande, tres concretamente. Hace unos años saltó la noticia de que Michael Bay y su productora Platinum Dunes iban a impulsar un reboot de nuestros quelonios favoritos. El hecho de que los protagonistas fueran a estar realizados con efectos digitales con un diseño más bien tosco, la inclusión de Megan Fox para dar vida a April O'Neill y la dirección del medicore Jonathan Liebesman no auguraban nada bueno con respecto al proyecto.




Supongo que ahora es cuando debería decir que es la nostalgia la que ha hecho que salga de los multicines con una sonrisa de oreja a oreja, por haberme reencontrado con algunos de los personajes de ficción que más horas de diversión me proporcionaron en todos los formatos posibles y sería de necios negarlo, pero no todo se reduce a eso. Porque las buenas vibraciones comenzaron desde esa intro animada en claro homenaje a los cómics de Eastman y Laird, sin olvidar que la construcción como blockubuster para todos los públicos lleno de acción, humor y carisma se hace notar bien pronto con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Porque contra todo pronóstico tanto Michael Bay como sus guionistas, a los que habría que sumar el director mercenario de turno, han dado forma a una más que digna adaptación que amalgama casi todas las versiones que se han dado de los pupilos de Splinter en los distintos medios en los que han hecho acto de presencia.




Porque sí, Ninja Turtles es un producto 100% Michael Bay, y aunque su nombre no conste como director en los títulos de crédito su sello se deja notar a lo largo de todo el metraje. La cinta es una estruendosa macarrada llena de testosterona, hipertrófica desde su presupuesto hasta la realización pasando por el diseño de los personajes, llena de acción sobreproducida y humor tan simple como efectivo. Pero a diferencia de la mayoría de trabajos salidos de la mano del director de la saga Transformers en la obra que nos ocupa no sólo hay unos personajes con un carisma incuestionable que devoran la pantalla, también hay una fidelidad intachable (no tanto en la génesis de los roles o su estética, en ambos apartados se toman cuestionables licencias) hacia la esencia de estas cuatro tortugas que aprendieron el arte del ninjitsu gracias a su sensei y figura paterna, Splinter.




Y es que aquí están el rebelde Raphael, el inteligente Donatello, el gracioso Michelangelo, el líder Leonardo y por descontado el sabio y recto Splinter (conocido gracias a la primera serie de animación como el Maestro Astilla en España, país con afán por traducir innecesariamente todo idioma a la lengua castellana). Todos ellos representados como si fueran una amalgama de la mayoría de las versiones en papel o imagen en movimiento que se han dado de ellos a lo largo de sus 30 años de vida. Se nota el tono de camaraderia y hermandad camuflada en chulería adolescente entre los cuatro quelonios y el respeto, admiración y deuda pendiente de estos hacia ese padre roedor que los crío y adiestró, tal y como podemos ver en ese flashback en el que asistimos a cómo los protagonistas crecen y se convierten en expertos en artes marciales, uno de los mejores pasajes del largometraje.




Michael Bay y su protegido Jonathan Liebesman (que ya trabajó para el director de La Roca en la estimable La Matanza de Texas: El Origen, aunque siempre se ha revelado como un realizador más bien paupérrimo en obras como Invasión a la Tierra o Ira de Titanes) se ocupan de que en la pantalla no sólo se vean aparatosas escenas de acción llenas de persecuciones, combates, tiroteos y artes marciales caóticas, también consiguen que unos personajes realizados con CGI aplicados a actores reales transmitan calidez, veracidad o humanidad y miran con lupa satisfacer a los fans clásicos de los protagonistas con referencias directas a las series de dibujos animados (el tono de animación del diseño de las tortugas) la primera película en imagen real (el momento en que la porción de pizza cae en la cabeza de Splinter y toda la estructura del guión que es idéntica al que narraba el film de 1990) o alguna de sus secuelas (la estética hip hopera heredera de la secuela, Las Tortugas Ninja 2: El Secreto de los Mocos Verdes en la que el inefable rapero Vanilla Ice hacía de "estrella invitada") y hasta la oscuridad urbana de los primeros cómics de Eastman y Laird que homenajeban al Frank Miller de los años 80.




También es cierto que tenemos algunos fallos como la ya mencionada saturación en el apartado técnico, una Megan Fox terrible como April O'Neill que no da la talla en ningún momento, siempre pendiente de aparecer divina en la pantalla aunque tenga en su contra las cantidades ingentes de botox que la van poco a poco quitando naturalidad y expresión facial. Por otro lado el Shredder de la película también peca de aparatosidad, aunque dé la talla en las brutales escenas de acción, pero más grave es su pobre caracterización como villano principal sin que el guión de Josh Applebaum, Andre Nemec y Evan Daugherty aporte algo de información con respecto a sus motivaciones criminales, que brillan por su ausencia. Es más, está mejor perfilado como némesis de las tortugas el Eric Sachs de William Fitchner que el Triturador al que da vida (al menos en las escenas en las que no lleva la armadura puesta) el desconocido actor nipón Tohoru Masamune.




En su estreno en Estados Unidos le llovieron golpes, por algunos que tienen poco aprecio (y no les culpo) por el sello Michael Bay, por otros que afirmaban que habían violado a sus personajes de infancia y por el resto que, en un arranque de verdadera sinceridad, afirmaron que la película no les gustó sin tener que recurrir a los dos primeros puntos mencionados previamente. Un servidor sólo puede recomendar encarecidamente la película a los que, como yo, se han criado con los personajes que un día crearan, sin muchas aspiraciones artísticas o económicas, Kevin Eastman y peter Laird. Porque aunque la estética es puro cine de evasión del siglo XXI, en su interior Ninja Turtles atesora un un aroma a celuloide comercial de los primeros 90 y verdadero amor por los personajes a los que adapta. A escenas como la confesión final de Raphael o a ese desesperado "Sensei, sensei... ¿papá, qué estás haciendo" que Leonardo espera a Splinter en el verdadero clímax de la película me remito. Como fan irredento de las Tortugas Ninja no puedo estar más satisfecho y agradecido con la labor ejercida en esta deliciosa y entretenida cinta de la que espero con ganas su secuela en la que no deben faltar Casey Jones, Bebop, Rocksteady y hasta Baxter Stockman, si me apuran.