miércoles, 20 de junio de 2018

Irreversible, la insoportable levedad del ser



Irreversible no sólo sintetiza a la perfección la relación de admiración y rechazo que siento por la obra de Gaspar Noé, también supuso la descarnada consagración de uno de los cineastas más necesarios, talentosos e incómodos de la historia reciente del séptimo arte. Un autor que, como he mencionado en otras ocasiones al hablar de su filmografía en este blog, suele profundizar en caminos que otros artistas ni se plantean en transitar, arriesgando en cada nuevo proyecto, tratando de no repetirse y siempre con una predilección por el suicidio cinematográfico harto atractiva para un servidor. Desde que Transgresión Continua dio sus primeros pasos, allá por 2009, siempre quise hablar de la segunda producción de Gaspar Noé por el impacto que causó en mí cuando la visioné por primera vez hace más de quince años. Pero no fue hasta su revisión hace unos días y la decisión de plantear la reseña del mismo modo que está narrada la película, hacia atrás, que encontré el aliciente para escribirla y saldar una deuda conmigo mismo y una de las obras que marcaron mi vida como cinéfilo que daba sus primeros pasos dentro del cine europeo contemporáneo.




Cuando la proyección de Irreversible termina, sobre todo tras su primer visionado, deja en el espectador una profunda sensación de pesimismo, con el ideólogo detrás de sus imágenes pisoteando todo sentimiento empático que pudiéramos haber experimentado por el relato narrado o los personajes que lo poblaban. En el proceso Gaspar Noé ha ido dejando pistas a modo de premoniciones de todo lo que terrible que va acontecer en el film (Álex hablando de ese sueño en un "túnel que se parte en dos", Marcus notando el brazo adormilado mientras se despereza) confirmándonos que el conocimiento de nuestro destino no nos permite cambiarlo. Misantropía, nihilismo, machismo, xenofobia y homofobia se han visto amalgamadas en una pieza cuestionable moralmente en muchos aspectos por el discurso que anida bajo sus fotogramas (aunque Noé no deja títeres con cabeza, lanza dardos envenenados contra burguesía y clase obrera ) pero impagable desde un punto de vista estético, visual y narrativo, construyendo así una rara avis en la cinematografía francófona,. Celuloide que agrede, hiere e impacta, pero también emociona, estremece y deja huella.




En este punto del relato Gaspar Noé toma la decisión de destrozar emocionalmente al espectador. Después de los desmanes de Marcus en la fiesta que son el catalizador de la marcha de Álex sola a casa siendo así agredida durante el trayecto el guionista y director nos hace testigos de las escenas previas a estos hechos por medio de un naturalismo cálido, acogedor, en el que los tres protagonistas bromean, hablan sobre su vida sexual, se muestran cercanos, veraces. Por desgracia una profunda tristeza recorre todo ese metraje al no poder eludir nuestro rol demiúrgico, obligándonos a saber que toda esa luz y candidez desembocará en dolor, traición, y terror. Gaspar Noé cierra Irreversible con los personajes de Monicca Bellucci y Vincent Cassel retozando desnudos cariñosamente en la cama, confirmándonos que Álex descubría esa misma mañana que estaba embarazada y culminando con un bellísimo plano cenital, acariciado por la 7ª Sinfonía de Beethoven, en un parque que se contrapone diametralmente al aterrador que abría la cinta, y cerraba la historia, hora y media antes. "El Tiempo lo Destruye Todo" reza el último fotograma de Irreversible y Gaspar Noé lo lleva hasta sus máximas consecuencias.




Para entonces llegamos a la famosa escena de la violación, que es precedida por todo un ritualismo con el que Noé nos deja entrever en numerosas ocasiones que cualquier pequeña acción o decisión podía haber evitado que Álex entrara en ese túnel del metro donde encontró  su agresor. Casi diez minutos de cámara estática (el director deja su objetivo a ras de suelo para eludir cualquier intencionalidad estilística o erótica a la hora de poner en escena la secuencia más complicada del largometraje) ausencia de banda sonora, y sólo dos actores, Monica Bellucci y Jo Prestia, entregándose para recrear a una de las escenas de agresión sexual más duras y menos sensacionalistas de la historia del cine. De manera curiosa es en este pasaje donde el máximo responsable de Irreversible demuestra ser un verdadero creador y un genio a la hora de extrapolar sus ideas visuales y narrativas a la pantalla, ya que a pesar de la violencia física a la que asistimos el golpe más duro nos es asestado antes de que la misma tome forma, justo cuando descubrimos que el violador no es la persona a la que mató Pierre en el Rectum, sino uno de los testigos de la escabechina en dicho pub, confirmándonos toda la cruzada en pos de la venganza emprendida por los dos protagonistas como un acto inútil culminado en fracaso.




A partir de esta secuencia el devenir de situaciones irá sucediéndose y de esta manera descubriremos cuáles son los hechos detonantes de este acto de venganza por parte de los protagonistas masculinos, quedándonos claro que es Pierre la voz de la razón, y verdadero enamorado de Álex, y Marcus el animal salvaje moviéndose por instintos primarios. La cámara que arrancó frenética empezará a estabilizarse gradualmente, a abandonar esa locura en la que, si nos atenemos a la narración cinematográfica clásica, habría ido sumergiéndose la película si estuviera estructurada de modo convencional. En un momento dado, cuando el ritmo del proyecto comienza a ralentizarse, llegamos al episodio en el que los personajes de Vincent Cassel y Albert Dupontel encuentran a Alex después de su agresión. En ese mismo instante, con una Monica Bellucci de rostro destrozado siendo introducida en la ambulancia, Gaspar Noé añade un efecto de sonido que simula un latido haciendo vibrar el encuadre. Hemos llegado al corazón de Irreversible, todo ese proceso hasta el ecuador del film ha supuesto el recorrido por una anatomía viviente, carnal, trémula, encontrando su epicentro en un acto aberrante que se antoja inminente y para el que nunca estaremos preparados como espectadores.




Lo que espera al espectador justo después del prólogo del film, el ya citado protagonizado por Philippe Hanon, es una inmersión casi literal en el infierno con la llegada de Marcus y Pierre al Rectum. En dicho antro regentado por homosexuales, cuya sordidez hace que el retratado por William Friedkin en A la Caza (Cruising) parezca un parque infantil, el objetivo de Gaspar Noé comienza a tomar vida y a "convulsionarse" como si de una entidad humana se tratase. Con viscerales movimientos, en muchas ocasiones impidiéndonos distinguir qué vemos en pantalla, y un uso del sonido con una frecuencia de 28 Khz que acentúa la malsana puesta en escena el argentino ejecuta el clímax de su obra antes de habernos aclimatado a su impronta visual y narrativa. La locura y la insania toman forma por medio de una cámara demente cuya lisergia desatada se mimetiza con los tonos rojizos que imperarán a lo largo de la paleta cromática del film creando paralelismos con el color de la sangre que será derramada en el desarrollo de su metraje. Esta secuencia culmina con el ya mencionado pasaje en el que Pierre mata a golpe de extintor al supuesto violador de Álex, no sin que este rompa antes el brazo a Marcus ante la algarabía del resto de clientes del Rectum y con uno uso magistral de unos dosificados efectos digitales.




Porque no es sencillo hacerse partícipe de lo propuesto por Gaspar Noé en Irreversible y dicha afirmación viene no sólo por la dureza del relato que vertebra el proyecto, sino también por su radical puesta en escena. El autor de Carne vuela por los aires no pocos convencionalismos narrativos al tomar la decisión de contar su historia en orden invertido y aunque la idea no es nueva (sólo dos años antes el Christopher Nolan de la magistral, y muy superior, Memento había ejecutado algo similar) su destrucción del principio de causa y efecto con respecto al espectador y la incomodidad extrema que transmite hacernos testigos de los resultados antes de asistir a los hechos que los producen siendo perpetrados a lo largo de los trece falsos planos secuencia en los que se divide el largometraje se antoja veraz y cortante de cara a la platea. Es aquí, y no en las dos consabidas escenas de violencia ya citadas, donde se encuentran los puntos más fuertes de la segunda obra cinematográfica de Gaspar Noé, los que hacen de Irreversible una pieza merecedora de ser experimentada.




Desde sus primeros compases Irreversible deja claras cuáles van a ser las dos señas de identidad,  presentes también en una obra tan precoz como Solo Contra Todos, de la persona que se encuentra detrás de las cámaras. Por un lado el ego, que se deja notar con esos títulos de crédito finales manipulados en pos del impacto, convirtiéndose en un recurso que el director seguiría explotando en sus films posteriores, y en la inclusión del personaje de su ya citada ópera prima, el "Carnicero" interpretado por el gran Philippe Nahon, conectando las dos piezas cinematográficas por puro capricho de su ideólogo. Por otro tenemos el uso del lenguaje cinematográfico como arma arrojadiza, posiblemente el sello más carcterístico del discurso autoral del realizador de Enter the Void, esclareciéndonos esos primeros planos que la imagen y el sonido son para él elementos capaces de perturbar, aturdir y desquiciar a los espectadores más acomodaticios, esos que el mismo Noé se encarga de "echar de la proyección" una vez deciden no entrar en su complicado juego.




En lo referido al argumento no vamos a engañar a nadie. Irreversible es una simple y llana historia de venganza, la de dos hombres, Marcus (Vincent Cassel) y Pierre (Albert Dupontel), buscando en una noche frenética por los suburbios de un París aterrador al perpetrador de la violación de Alex (Monicca Belucci) novia del primero y ex pareja del segundo. El presunto violador es un peligroso proxeneta apodado "Tenia" y para dar con él y hacerle pagar por su crimen los dos protagonistas acabarán en un sórdido local homosexual llamado "El Rectum" donde se desatará el mayor de los caos. Todo este planteamiento argumental, a pesar de algunas variantes, se aleja poco de cualquier muestra del subgénero rape and revenge, aunque en esta ocasión no sea la víctima quien busque vendetta contra su agresor, y no llamaría la atención (más allá de su acabado técnico, al que volveremos más tarde) de cara al espectador sino fuera porque Gaspar Noé lo narra de manera inversa, o lo que es lo mismo, iniciando su film con el final y terminándolo con lo que vendría a ser su arranque.




Mi misión en esta entrada se reducirá a la sencilla, pero ardua, misión de reivindicar una obra como Irreversible, aún siendo consciente de la presencia de decisiones, planteamientos y reflexiones cuanto menos reprobables entre sus ineludibles hallazgos cinematográficos y su osadía como propuesta por parte de su máximo responsable, añadiendo, eso sí, múltiples e importantes spoilers. Porque más allá de la brutal y expeditiva violencia de la que hace gala su trama existe un ejercicio suicida, anticomercial y muy personal de contar una historia mil veces vista de una manera temeraria, compleja y en ocasiones desquiciada con la (in)sana intención de buscar la implicación de un espectador no sólo impactado por las imágenes viscerales que el director y guionista irá poniendo en su camino, sino también viéndose descifrando la peculiar estructuración narrativa de la que hace gala una producción tan atípica y demencial como la ejecutada por Gaspar Noé en el año 2002.




Curiosamente más allá de analizar las virtudes o defectos cinematográficos de la cinta de Gaspar Noé los periodistas, sobre todo, centraron sus críticas en las dos escenas más célebres del metraje, algo en cierta manera lógico, pero una decisión equivocada que reducía el film a esos dos pasajes en concreto cuando el mismo contiene no pocos puntos de interés que aquí sí pasaremos a mencionar y analizar de la manera más humilde posible. Las dos secuencias que más dieron que hablar fueron en la que Albert Dupontel reduce a un irreconocible amasijo de carne el cráneo de un hombre propinándole numerosos golpes con un extintor y sobre todo la violación en tiempo real que sufre el personaje de Monica Bellucci a manos del secundario interpretado por el luchador de kick boxer, reconvertido en actor, Jo Prestia. Como apuntamos era inevitable que estos dos momentos concretos de Irreversible hicieran correr ríos de tinta, real y digital, algo que el mismo Gaspar Noé sabía y buscó premeditadamente, pero hay mucho cine en la obra que nos ocupa más allá de esos instantes.




Aunque ya con su primer largometraje, Solo Contra Todos, dio que hablar y levantó más de una ampolla no sería hasta la puesta de largo internacional, en el Festival de Cannes de 2002, de su segundo film, Irreversible, que el realizador argentino afincado en Francia Gaspar Noé, se convirtiera en uno de los enfant terrible del panorama cinematográfico internacional. Tras la proyección de la película en la croisette, y como ya recordé en la reciente reseña de Love, la polémica se desbordó como pocas veces en dicho certamen y las acusaciones de sádico, enfermo, criminal y pornógrafo hacia su director no se hicieron esperar. Para gran parte del público y la prensa especializada no sólo resultaba aberrante que una obra de estas características formara parte de la sección oficial de Cannes, también se destacó el terrible hecho que suponía la presencia de tres estrellas del cine francés como Monica Bellucci, Vincet Cassel y Albert Dupontel como protagonistas de la misma.




Título Original Irreversible (2002)
Director Gaspar Nóe
Guión Gaspar Noé
Reparto Monica Bellucci, Vincent Cassel, Albert Dupontel, Philippe Nahon, Jo Prestia, Stéphane Drouot, Mourad Khima, Jean-Louis Costes




domingo, 17 de junio de 2018

Jurassic World: El Reino Caído



Título Original Jurassic World: Fallen Kingdom (2018)
Dirección J.A. Bayona
Guión Colin Trevorrow y Derek Connolly, basado en personajes de Michael Chricton
Reparto Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, James Cromwell, Rafe Spall, Toby Jones, Justice Smith, Daniella Pineda, Ted Levine, Geraldine Chaplin, Jeff Goldblum, B.D. Wong, David Olawale Ayinde





Después de dormir el sueño de los justos durante casi quince años Steven Spielberg decidió resucitar en 2015 una de las franquicias, adscritas a su filmografía, más exitosas de la historia del cine comercial reciente. Jurassic World venía a tomar el relevo de aquella trilogía nacida en 1993 con la adaptación de Parque Jurásico, el exitoso best seller de Michael Chricton que el autor de La Lista de Schindler convirtió en un producto ejemplar aunando calidad y comercialidad, y teniendo su continuación en las menores El Mundo Perdido (1998) y Parque Jurásico III (2001). El director elegido por Spielberg para ponerse detrás de las cámaras fue Colin Trevorrow (Seguridad No Garantizada), del guión se ocuparon este último junto a Rick Jaffa, Amanda Silver y Derek Connolly y el reparto estuvo formado por estrellas como Chris Pratt (Vengadores: Infinity War), Bryce Dallas Howard (Spider-Man 3) o Vincent D’Onofrio (Daredevil) entre otros. El éxito de taquilla fue descomunal y la crítica abrazó con agrado este reinicio de la saga que no dejaba de ser un producto construido sobre la nostalgia y el fanservice agradablemente servido para contentar tanto a los que se criaron con las anteriores entregas y vivieron de primera mano la “dinomanía” como a las nuevas generaciones de espectadores que disfrutaron de esta isla temática en la que dinosaurios de todo tipo campaban a sus anchas sembrando el caos y el terror para desgracia de los humanos que allí se encontraban confinados. La inevitable secuela, titulada Jurassic World: El Reino Caído, llegó este fin de semana a las carteleras de todo el mundo tres años después de su predecesora y el mayor cambio con respecto a aquella es en la dirección, cediendo Colin Trevorrow su puesto al español J.A. Bayona sumergiéndose este por primera vez en una gran superproducción estadounidense después de llamar la atención internacional con Lo Imposible y Un Monstruo Viene a Verme o haber participado en series de renombre como Penny Dreadful.




Jurassic World: El Reino Caído se revela, en cierta manera, como la evolución natural de su predecesora y lo es de modo tan ortodoxo que esto se convierte en uno de sus mayores defectos. La segunda entrega de este reinicio del universo jurásico inspirado en la pluma de Michael Chricton sigue en varios aspectos los preceptos establecidos por la anterior trilogía y no es descabellado ver en la estructura de su narración un émulo de lo que supuso El Mundo Perdido para Parque Jurásico, una continuación a la búsqueda de expandir su universo y ofrecer una faceta más oscura de lo planteado en su primer y exitoso episodio, pero sin encontrar la inspiración y el equilibrio necesarios para estar a la altura de las circunstancias. Por tanto la historia comienza en un entorno selvático, el de la famosa isla temática en la que se había desatado el caos una vez los dinosaurios se descontrolaron y tomaron todo el territorio, para más tarde volver a la civilización y extrapolar allí la acción con no pocos paralelismos estructurales con las distintas versiones cinematográficas ofrecidas a lo largo de los años de King-Kong. De esta manera podemos dividir Jurassic World: El Reino Caído en dos películas diferenciadas, una aventura clásica en un terreno hostil y una cinta de terror con resonancias góticas localizada en la mansión de Benjamin Lockwood y sus inmediaciones.




Estas dos localizaciones sirven, sobre todo, para que J.A. Bayona demuestre su versatilidad como narrador de historias y realizador que sabe adaptarse a un proyecto tan descomunal como el que nos ocupa. Tanto en la primera mitad en la que los personajes de Chris Pratt y Bryce Dallas Howard, acompañados por los hombres de Eli Mills (Rafe Spall), deben rescatar a los dinosaurios de la Isla Nublar cuyo volcán se encuentra en erupción como en la segunda en la que dichas criaturas llegan a la mansión del magnate Benjamin Lockwood (James Cromwell) el director de El Orfanato hace gala de una soltura encomiable a la hora de ofrecer lo que se le exige, espectáculo puro y duro. La principal misión de un profesional contratado por Steven Spielberg para dirigir una de las entregas de su franquicia es clara, hacer que los dinosaurios, los verdaderos protagonistas de la velada, luzcan de manera vibrante en pantalla y a fe mía que el barcelonés lo consigue. La fauna y los cuantiosos efectos digitales que ponen a disposición del director hacen que este saque lo mejor de sí mismo como un artesano que sabe cual es su cometido y las limitaciones impuestas a la hora de abordar una pieza como esta, llegando a ejecutar pasajes bordeantes en la genialidad como el que tiene lugar dentro del vehículo esférico sumergido en el agua o esa peculiar visita a la habitación de Maisie Lockwood (Isabella Sermon) con reminiscencias visuales deudoras hasta del expresionismo alemán.




Por desgracia la destacada labor de J.A. Bayona como trabajador con suficientes aptitudes para adaptarse a la maquinaria hollywoodiense sin mayores problemas se ve ensombrecida por un deficiente guión a manos de Colin Trevorrow y Derek Connolly cuya inconsistencia delata la posibilidad de haber sido elaborado de manera tan escasa como poco profesional. El libreto de Jurassic World: El Reino Caído es un compendio de lugares comunes, ideas trilladas y decisiones arbitrarias paupérrimamente justificadas sustentadas en una previsibilidad alarmante que nos hace descifrar desde el mismo arranque del film no sólo todos los hechos que van a ir tomando forma a lo largo del metraje sino también hacia dónde virarán esos personajes que “no son lo que parecen” y a los que se ve venir a kilómetros. Estas carencias con respecto a una originalidad que brilla por su ausencia ofreciéndonos así un blockbuster prototípico sin deparar ninguna sorpresa y aferrándose a un conservadurismo narrativo que bordea lo insultante se ensambla con una construcción argumental endeble en la que muchas de las situaciones se suceden en pantalla de manera forzada, inconexa y con una predisposición a dejar cabos sueltos y agujeros de guión que terminan por dilapidar un apartado de escritura que sólo destaca a la hora de mostrar el sufrimiento de los dinosaurios siendo utilizados a modo de mercancía o cobayas por la egoísta mano del ser humano, aunque el hecho de que la platea empatice con dichas criaturas recae de nuevo en un J.A. Bayona que ofrece verdadero sentimiento en los pasajes más dramáticos relacionados con ellas gracias a su puesta en escena.




Para colmo estas deficiencias en lo referente a la correcta viabilidad del guión también se extienden a unos personajes que en su mayor parte no dejan de ser estereotipos andantes. Más allá del buen hacer de Chris Pratt y Bryce Dallas Howard, dando vida a Owen Grady y Claire Dearing, que ya conocen a unos personajes con los que se sienten cómodos, aunque en esta ocasión la química no es tan compacta como en Jurassic World, los secundarios de esta secuela se sustentan en una dimensionalidad plana que o bien los muestra en pantalla como los roles maniqueos que son o por medio del artificio intentando jugar al despiste con respecto a sus verdaderas intenciones, pero haciéndolo con cartas marcadas y yendo de farol durante toda la partida, delatando sus intenciones bien pronto. Por mucho que contemos en el reparto con respetados veteranos como James Cromwell (A Dos Metros Bajo Tierra) o Geraldine Chaplin (El Hombre Lobo), profesionales de sobrado talento como Toby Jones (Capitán América: El Primer Vengador) o nuevas promesas como Rafe Spall (The Ritual) y todos ellos acometan su labor con la profesionalidad esperada ninguno puede sacar oro de unos personajes apenas esbozados moviéndose entre clichés manoseados hasta lo extenuante dentro de este tipo de producciones, llegando en ocasiones a parecer émulos sin carisma de varios de los secundarios que pudimos ver en la primera trilogía en general y las dos cintas rodadas por Steven Spielberg en particular.




Si bien es cierto que como carta de presentación para J.A. Bayona de cara a labrarse un futuro en Hollywood el resultado no puede ser mejor como secuela de su predecesora o simple blockbuster Jurassic World: El Reino Caído se revela como una oportunidad desaprovechada de haber extendido lo ya planteado en 2015 por culpa de su conservadurismo y deficiente escritura. Sí, tenemos la diversión, el escapismo, el fanservice y la espectacularidad, siendo la de entretener al respetable la principal y única misión autoimpuesta por una producción como esta que no busca nada más que eso a lo largo de 128 minutos de metraje y consiguiéndolo en todo momento. Pero llega a ser agotador volver a ver por millonésima vez la misma fórmula de siempre a la hora de facturar superproducciones estadounidenses, entregándose a los prostituibles brazos de la facilidad y eludiendo cualquier atisbo de riesgo o aspiración artística, para colmo con un guión que deja mucho que desear en no pocos aspectos. Más allá de eso nos queda un pasable fuego de artificio cuyo clímax nos deja patente su naturaleza de “película bisagra” que deja el terreno fértil para el cierre de esta nueva trilogía en el que Colin Trevorrow volverá a ponerse detrás de las cámaras y con ello dar supuesto final a un reinicio cuya intencionalidad puramente recaudatoria sustentada en la desgana y la nula originalidad nos deja cada vez más patente que su mera existencia es tan intrascendente como innecesaria.


jueves, 14 de junio de 2018

Por Trece Razones: Temporada 2, veredicto final



"No conozco una sola mujer que no haya sufrido acoso sexual, abusos o cosas peores. Ni una. Muchas sobreviven. Mi hija no lo hizo y no es su culpa"




Cuando Netflix confirmó la segunda temporada de su exitosa serie Por Trece Razones, inspirada en el best seller escrito por Jay Asher, las dudas con respecto a su argumento aparecieron inmediatamente. El grueso de la novela en la que se basaba el producto había sido trasladado a imagen real prácticamente en su totalidad a lo largo de esa tanda de episodios, de modo que el showunner, Brian Yorkey, y su equipo de guionistas se habían quedado sin material para dar continuidad a la historia de Hannah Baker, Clay Jensen y el resto de alumnos del instituto Liberty High. La solución fue la esperada cuando los ideólogos detrás de la célebre obra confirmaron que seguirían al relato iniciado en el libro homónimo con los mismos personajes, que en esta ocasión deberían enfrentarse al efecto causado por las famosas cintas de cassette en las que la protagonista dio las trece razones que la impulsaron a quitarse la vida ofreciendo a su vez los nombres de los que ella consideraba responsables de su desdicha.





De este modo la segunda temporada de Por Trece Razones, estrenada íntegramente el pasado día 18 de mayo en Netflix, cuenta con casi el mismo reparto que la primera, pero centrándose esta vez en el juicio en el que los padres de Hannah Baker acusan a los responsables del instituto Liberty High de haber hecho oídos sordos a las peticiones de auxilio de su única hija, obligando de esto modo a desfilar por su estrado a todos los alumnos que el personaje de Katherine Langford menciónó en su confesión grabada. A lo largo de trece capítulos distintos compañeros de clase,y algún profesor, darán su propia versión de la relación que mantuvieron con la fallecida, descubrirán pasajes de sus últimos meses de vida que no conocíamos y en ocasiones ofrecerán una perspectiva de aquella chica ejemplar que no coincidirá con la que tenían de ella sus amigos y allegados. Un Clay Jensen obsesionado por los remordimientos de conciencia luchará por limpiar el buen nombre de Hannah y desvelar la identidad de los verdaderos culpables de la miseria de la primogénita de los Baker.




Esta segunda temporada de Por Trece Razones contaba con un importante handicap. El factor sorpresa se perdía por completo y el uso de las cintas de cassette para construir la estructuración narrativa de la serie, a cara por episodio, desaparecía una vez las grabaciones ya no eran de el núcleo del relato, aunque siguen teniendo una relevancia notable en esta etapa de la serie. De manera que los guionistas necesitaban otra excusa argumental para ir deteniéndose uno a uno en todos los personajes de la primera temporada que aquí cobran incluso más importancia para el devenir de acontecimientos que vertebrarán la historia que Brian Yorkey y su séquito quieren narrarnos. Finalmente es un recurso tan, en principio, manido como el del juicio el tablero sobre el que los guionistas irán colocando sus piezas para ir diseccionando la personalidad de sus criaturas y en el proceso construir un relato en el que el drama y la intriga enriquecen el conjunto de una temporada que, contra todo pronóstico, supera en varios aspectos a su predecesora.




El proceso judicial en el que se sustenta la temporada se antoja todo un acierto y gracias a él iremos conociendo cada vez más a los personajes satélite relacionados con la vida y muerte de Hannah Baker. Un servidor es reticente con este subgénero en concreto, porque si bien nos ha ofrecido productos incontestables como Matar a Un Ruiseñor, 12 Hombres Sin Piedad o JFK: Caso Abierto también es un tipo de ficción muy tendente a la demagogia y el sensacionalismo barato, sirvan de ejemplo para esta afirmación films como Tiempo de Matar, Hombres de Honor o la mayoría de series americanas adscritas a esta temática. Por suerte los responsables de Por Trece Razones tratan de eludir clichés y lugares comunes, casi siempre con éxito, consiguiendo que este contexto en el que se desarrollará la segunda tanda de episodios nos permita profundizar en el perfil psicológico de los personajes que orbitan alrededor de la malograda Hannah Baker y el empecinado Clay Jensen.




Mientras vamos descubriendo facetas desconocidas de todos los amigos de Hannah Baker, ahondando en sus virtudes y miserias, intentando descifrar la relevancia que tuvieron en los últimos días de su vida y dilucidando si dicen la verdad los guionistas no sólo se detienen en el impacto que las declaraciones de cada uno de los testigos tienen en su vida personal y en el día a día del Liberty High, también van tejiendo de manera lenta pero gradual varias subtramas perfectamente ensambladas en el esqueleto argumental de la temporada y en las que la venganza y la decisión de tomar la justicia por la propia mano tienen un notable protagonismo. De esta manera Brian Yorkey y compañía amplían el abanico de temas complicados a tratar con la inclusión de la tenencia ilegal de armas de fuego que, por desgracia, tan de actualidad está en Estados Unidos. Pero si hay un tema apuntado en la anterior temporada y que en esta es abordado de manera directa y sin reservas es el de los abusos sexuales, encontrándose ahí los mejores momentos de lo que llevamos de serie.




Esta temporada aprovecha el contexto del juicio y sobre todo a los personajes de Hannah Baker y Jessica Davis para acometer un asunto tan vergonzoso como el intento de ensuciar la imagen pública de las víctimas de abusos sexuales con el fin de exculpar a sus agresores, algo a la orden del día desde hace unos meses tanto en Estados Unidos con todos los escándalos dentro de Hollywood relacionados con la plataforma #MeToo y los múltiples abusos a actrices destapados con el caso Harvey Weinsten como en España con el mediatizado juicio de "La Manada" en el que se buscó demonizar de la manera más rastrera posible a la víctima de una violación en grupo poniendo en entredicho su comportamiento hurgando en sus perfiles en redes sociales. En el episodio final el mensaje en ocasiones llega a bordear en un par de ocasiones la propaganda y el oportunismo, pero lo que se plantea desde la escritura de la serie es tan necesario, su transmisión social se antoja tan indispensable, sobre todo para los adolescentes, que un servidor sólo puede elogiar a sus responsables por la decisión.




En lo referente al reparto la idea de profundizar en la psicología de los personajes gracias a su implicación en el ya citado juicio permite a los actores dar una nueva dimensión a sus interpretaciones añadiendo aristas, detalles y claroscuros al grupo de amigos de Hannah Baker y una vez más no es mi intención destacar a unos intérpretes sobre otros, pero sería injusto no mencionar la excelente labor de Kate Walsh como Olivia Baker y la lucha por la memoria de su hija, la evolución del Zach Dempsey de un cada vez más competente Ross Butler, aunque su futuro en la serie sea actualmente dudoso, y sobre todo un Justin Prentice enorme como Bryce Walker, uno de los roles secundarios más despreciables y odiosos que ha ofrecido la la ficción audiovisual reciente y no precisamente porque veamos en él un monstruo inhumano, sino el reflejo de una generación de adolescentes varones que por su posición social o profesional se creen con el derecho de destruir la vida de los que les rodean, diferenciándose en poco de muchos de los agresores sexuales reales que hemos visto en las noticias nacionales e internacionales de los últimos meses.




Pero una vez más son los dos personajes principales los que mejor parados salen en el cast de Por Trece Razones. Dylan Minnette y Katherin Langford destilaron una remarcable química en la primera temporada y los guionistas han decidido mantener a la actriz australiana convirtiéndola en la conciencia de Clay Jensen para que ambos intérpretes puedan intercambiar así numerosas conversaciones en las que él se sincera de cara al recuerdo de la chica de su vida, ofreciendo un análisis más profundo de sus miedos y anhelos, dejando en el proceso un puñado de escenas que se encuentran entre lo mejor ofrecido por la serie desde su mismo inicio y tomando algunas señas de identidad de la inolvidable A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under) como inspiración. Con respecto Clay y Hannah la secuencia en el episodio final con ambos sentados en el banco y el sencillo, pero esclarecedor, recuerdo que comparten del baile de invierno del año anterior no sólo resume de manera cristalina la relación de la pareja, sino que sintetiza de manera magistral lo que es este juego, unas veces maravilloso y otras retorcido, al que llamamos vida.




Teniéndolo casi todo en contra y con poco a favor la segunda temporada de Por Trece Razones ha superado con nota el examen de dar continuidad con solidez a su predecesora, arriesgándose más a la hora de retratar a sus personajes y reflexionar sobre temas complicados o controvertidos que son mostrados en toda su crudeza (esa ya célebre y descarnada escena en el cuarto de baño ha levantado una considerable polvareda, aunque su violencia está totalmente justificada desde una perspectiva tanto moral como artística) y sin escatimar pasajes desagradables a los espectadores triunfando de pleno con sus planteamientos y aspiraciones como producto audiovisual. El problema ahora reside en la vuelta a la casilla de inicio, intentar dilucidar hacia donde se dirigirán los guionistas en esa tercera tanda de episodios ya confirmada por Netflix ahora que Hannah Baker ha salido totalmente de la ecuación y el cierre de esta temporada no parece dar demasiadas posibilidades argumentales para alargar en demasía el producto. Sólo el tiempo nos dará la respuesta.


jueves, 7 de junio de 2018

Por Trece Razones: Temporada 1, crónica de una muerte anunciada



"Hola, soy Hannah. Hannah Baker. Así es. No toques ni ajustes lo que sea que estés usando para escucharme. Soy yo, en vivo y en estéreo. No daré más pases ni haré bises y, está vez, no aceptaré peticiones. Coge algo para picar y ponte cómodo porque estoy a punto de contarte la historia de mi vida. Precisamente la razón por lo que se terminó. Y si estás escuchando esta cinta… eres uno de los motivos…"




Todos los años la plataforma de streaming Netflix estrena un par de series nuevas que toman una notable repercusión popular llegando alguna de ellas a trascender el medio audiovisual en el que se encuadra. Sucedió con productos como House of Cards, Narcos o Stranger Things, siendo esta última la que más titulares copó después de su exitosa primera temporada. El pasado 2017 le tocó el turno a Por Trece Razones, producción basada en el exitoso best seller literario 13 Reasons Why escrito por el estadounidense Jay Asher, que contó con el respaldo de la cantante Selena Gómez ejerciendo, junto a su madre, de productora ejecutiva del proyecto. A pesar del destacable padrinazgo por parte de la estrella del pop es el dramaturgo Brian Yorkey la verdadera mente detrás de esta traslación a imágenes de la novela del autor de What Light convirtiéndose, al igual que su contrapartida literaria, en todo un triunfo de cara al gran público.




Por Trece Razones toma como punto de partida la llegada de un paquete anónimo a nombre del adolescente Clay Jensen (Dylan Minnette) que resulta contener en su interior siete cintas de cassette grabadas por Hannah Baker (Katherine Langford) una compañera de clase que se suicidó recientemente. A lo largo de esas grabaciones en audio, que han pasado de un amigo a otro a petición de Hannah, esta hablará de las personas a las que culpa de su suicidio y los trece motivos que le impulsaron a cometerlo. A lo largo de este proceso Clay será consciente de hechos que no conocía relacionados con la chica de la que estaba enamorado, conocerá perspectivas diferentes en referencia a situaciones que él percibió como inofensivas, asistirá al calvario que vivió Hannah y descubrirá la identidad de los verdaderos responsables de las desdichas que le incitaron a tomar la drástica decisión de quitarse la vida al no poder soportar la situación social y personal en la que se encontraba.




Vaya por delante que el simple hecho de abordar un tema como el bullying siendo una serie especialmente dirigida al público adolescente ya es una idea digna de elogio cuando este tipo de comportamientos se han convertido en uno de los problemas más destacados de nuestra sociedad. Que un producto catódico comercial perteneciente a la plataforma de streaming más famosa del mundo decida adaptar una obra literaria para convertirla en una serie que plantea ideas y argumentos interesantes sobre temas como el acoso escolar, los abusos sexuales o la marginación social es un necesario paso hacia delante dentro de la ficción de consumo masivo para las nuevas generaciones. El problema radica en que la mayor virtud de Por Trece Razones también se convierte en su mayor defecto, cuando su peculiar y muy acertada narrativa ocasionalmente devora la intencionalidad de la denuncia de su discurso.




La estructuración episódica de esta primera temporada hace que cada entrega equivalga a la cara de una de las siete cintas que Hannah Baker grabó para plantear sus trece razones. Debido a ello cada capítulo supone una parte de esos cassettes que el personaje de Clay Jensen se dedica a escuchar con su walkman. Más allá de algunas licencias dramáticas escasamente realistas (se antoja extraño que el protagonista no ceda ante el cargo de conciencia y busque expresamente la cinta dedicada a su persona para saber qué relevancia tuvo él en la decisión tomada por Hannah o si la tenía) esta decisión tomada por los guionistas comandados por Brian Yorkey, y que ya existía en el libro de Jay Asher, permite enriquecer la narración alternando presente y pasado por medio de flashbacks en los que iremos conociendo gradualmente qué sucedió durante aquellos meses en el instituto Liberty High y cambiando nuestra perspectiva de los personajes presentados en los primeros pasos de la temporada que no son lo que en principio parecían.




Pero, como hemos mencionado con anterioridad, no todo son parabienes con respecto a esta idea a la hora de acometer la historia que vertebra Por Trece Razones. El afán por no recurrir a una narración ortodoxa o lineal, la intención por entregarse a cierta complejidad caprichosa y a un nada disimulado efectismo que en ocasiones busca el impacto y la adhesión gratuita a géneros como la intriga o el thriller para enriquecer artificialmente la naturaleza del producto llegan no sólo a solapar el interesante subtexto que yace bajo la propuesta, sino en ocasiones hasta a exponerlo de manera equivocadamente superficial con el único fin de sorprender y atraer a cierto sector joven de la audiencia que no se sentiría tan identificado con la historia de Hannah Baker si no se recurriera a estos métodos puramente "millenial" con los que llamar su atención. Esto da como resultado la visión tergiversada que algunos adolescentes han asimilado a la hora de evaluar el mensaje de la serie en general y la decisión final de su protagonista en particular.




No hay nada romántico y heróico en la decisión de suicidarse por parte de Hannah Baker, Es cierto que el recurso de las cintas de cassette utilizadas como método de venganza por su parte para señalar a los culpables de su escarnio público tiene algo de idealizador y elegante, pero si alguien piensa que su elección fue correcta y su destino final el acertado está completamente equivocado. En este sentido me gustaría partir una lanza en favor de la serie, porque los guionistas se han ocupado de mostrar los pasajes más duros de la vida de Hannah en toda su crudeza, pero en ninguna circunstancia apoyan la idea del suicidio como una solución para escapar de esa tortura en la que se ve inmersa. De hecho si nos remitimos a la escena climática en la que tiene lugar el acto en concreto este es expuesto en pantalla de manera totalmente visceral, realista, aterradora. No hay belleza en esas imágenes, sólo dolor, muerte y la idea de que el personaje de Katherine Langford no debería haberse rendido ante sus agresores y sus dilemas vitales.




El relato centrado en el suicidio de Hannah Baker y el descubrimiento de lo acontecido en relación con dicho acto por parte de Clay Jensen gracias a las famosas cintas de cassette se antoja cercano e indentificable para distinto tipo de espectadores por varios motivos. Uno de los más importantes es la labor de escritura cuya responsabilidad recae en manos de Brian Yorkey y sus colaboradores, perfilando unos personajes reales, con los que podemos empatizar, en mayor o menor medida, y que a pesar de pertenecer a estereotipos más o menos reconocibles juegan a la ambigüedad con ellos y no sólo resultan competentes desde un punto de vista psicológico, sino que están abordados por un grupo de actores que ejecutan de manera muy adecuada su trabajo. Sería injusto destacar a algún interprete dentro del grupo de adolescentes o la parte del cast formada por los adultos (con gente como Derek Luke, Kate Walsh o Steven Weber) pero es de recibo mencionar la química entre un Dylan Minnette muy entregado a la causa como el protagonista y una angelical y sufrida Katherine Langford que enamora a cada encuadre que repara en su presencia dando vida a Hannah Baker.




Influenciada por la obra de autores como Gus Van Sant o Gregg Araki, no por casualidad este último dirige varios episodios de la temporada, propensos a retratar una etapa como la adolescencia alternando preciosismo y fatalidad en todas sus vertientes, aunque teniendo en cuenta que nos encontramos con un producto mucho más entregado a la comercialidad y a pesar de cometer algunos errores, su retrato de los docentes del Liberty High es un tanto reprobable en líneas generales, Por Trece Razones es una excelente serie merecedora de ser vista aunque sólo sea por el interesante debate al que predispone, pero más allá de eso tiene suficientes hallazgos y virtudes para ser tenida en cuenta. Después de lo planteado en esta primera temporada una segunda se antoja tan innecesaria como casi inviable, pero como era de esperar esta nueva tanda de episodios ya está disponible en Netflix. Una vez visto el primer capítulo sólo puede afirmar que hay ciertas ideas prometedoras y sobre todo una temática que puede dar mucho que hablar debido a varias conexiones con un vergonzoso caso real que durante varios meses ha recibido la atención de los medios de comunicación españoles.




jueves, 31 de mayo de 2018

Love, trois sont la foule



Título Original Love (2015)
Director Gaspar Noé
Guión Gaspar Noé
Reparto Karl Glusman, Aomi Muyock, Klara Kristin, Benoît Debie, Vincent Maraval, Gaspar Noé,  Juan Saavedra, Déborah Révy, Ugo Fox





Gaspar Noé, nacido en argentina y afincado en Francia, es uno de los cineastas más polémicos e incorfomistas del panorama cinematográfico internacional de los últimos veinte años. Con sólo cinco largometrajes en su haber y levantando ampollas ya desde su ópera prima Solo Contra Todos, basada en un mediometraje de su propia autoría titulado Carne, con la que abordaba temas como la violencia, el incesto, el racismo o los abusos a menores Noé dio prematuras muestras de ser un narrador con un inquebrantable afán por escandalizar, revolver conciencias o estómagos y mostrar lo mejor y lo peor que habita en el alma humana. La brutal Irreversible y la experimental Enter the Void lo confirmaron como un maestro de lo malsano y la atmósfera opresiva, desafiando a los espectadores con cada nuevo proyecto y adentrándose en terrenos poco o nada transitados en una cinematografía como la europea tan dada a la autoindulgencia y el academicismo no siempre bien entendido.




En el año 2015 presentó su cuarto largometraje, Love, fuera de concurso en el festival de Cannes y allí sucedió algo impropio en su cinematografía. Su propuesta fue recibida con una notable tibieza por publico y prensa especializada, algo impensable si nos referimos a su tres primeros trabajos que pasaron por la croisette haciendo un enorme ruido. La ausencia de escándalo y ríos de tinta con respecto a su penúltima creación se debieron a que más allá de su naturaleza de "cine pornográfico con pretensiones" no se regodeaba en un ideario predispuesto a disgustar a distinto tipo de espectadores como había hecho en ocasiones anteriores. Lejos quedaban los deseos, entre la seriedad y la ironía, por parte del cineasta Raul Ruiz de aplicar la "pena de muerte" a Noé después de ver Irreversible en el festival francés o las numerosas deserciones a lo largo de la proyección de Enter the Void cinco años después en el mismo emplazamiento. Con Love el autor de Sodomites forjaba su film más convencional, aunque dicha afirmación debe ser matizada y a continuación lo haremos.




Al igual que el danés Lars Von Trier, otro autor propenso al escándalo, con Nymphomaniac Gaspar Noé llevaba años pensando sacar adelante una película con escenas de sexo reales, ya que en varios de sus films previos había experimentado con dicha temática, sin caer en ningún momento en la pornografía, pero sí bordeándola. Love es la culminación de ese proyecto y para sacarlo adelante el argentino decidió rodarlo en 3D y contratar los servicios de tres actores prácticamente desconocidos que darían forma al triángulo amoroso sobre el que se sustentaría el argumento propuesto por el largometraje. El resultado es una pieza irregular cuyas ínfulas artísticas y narrativas no están a la altura del planteamiento estético y autoral que propone el hijo del pintor Luis Felipe Noé, ejecutando así la que posiblemente sea su cinta menos lograda y satisfactoria, aunque no por ello carente de interés o hallazgos que justifiquen su visionado.




La trama de Love no plantea mayores complicaciones. El día de año nuevo que Murphy (Karl Glusman) está pasando con su esposa Omi (Klara Kristin) y su hija pequeña recibe la llamada de Nora, la madre de su anterior novia, Electra (Aomi Muyock) con la que vivió una apasionada relación sentimental y a la que abandonó por su actual pareja al quedar esta encinta tras un escarceo sexual. Solo en su apartamento Murphy recordará los mejores y peores momentos de la etapa de su existencia compartida con Electra y cómo la irrupción de Omi, llegando esta a compartir cama con ambos en sus inicios, truncó el futuro en común con la mujer más importante de su vida. Como puede verse este argumento no se aleja demasiado del planteado por cualquier drama romántico prototípico, su mayor flaqueza que más tarde expondremos, pero la intención de Gaspar Noé es abordarlo de la manera más realista y cercana posible y desde su perspectiva el mejor modo de hacerlo es incluyendo escenas de sexo reales con el trío de protagonistas implicados.




Vaya por delante que el mayor logro de un trabajo como Love es, a diferencia de otras películas que incluyen sexo explícito en su metraje sin adscribirse de manera ortodoxa al cine dirigido a adultos, que dichas secuencias funcionen en el contexto de la historia planteada y a un nivel estético y primario. Se antoja ineludible la sensualidad que dichos pasajes transmiten gracias a la entrega del trío de actores que las interpretan, aunque son Karl Glusman y Aomi Muyock los que más metraje gráfico protagonizan, y sobre todo a un Gaspar Noé ofreciendo todo su conocimiento estilístico para que cada coito, masturbación, eyaculación u orgasmo sean capturados de manera orgánica, cercana, cálida. No hay aquí una visión gélida o distante a la hora de mostrar el sexo y sólo en un par de ocasiones se excede visualmente con el mismo para alardear del innecesario y caprichoso 3D que está totalmente fuera de lugar en un producto como este cuya naturaleza es eminentemente emocional.




A un nivel narrativo la explicitud de dichos pasajes también aportan cierta profundidad y desarrollo a las historias compartidas por el trío de personajes principales. La intención de Noé, a diferencia de la de sus tres films previos a Love, no es escandalizar o sacudir al espectador, sino convertir el sexo real en una parte más de la relación sentimental que comparten sus criaturas, con la idea de que la platea lo vea como algo normal, acentuando así la inmersión que el espectador experimentará una vez se haga cómplice del relato que vertebra el largometraje. El argentino consigue en casi todo momento que la "pornografía" enriquezca y complemente el romance entre Murphy y Electra y cómo este se ve truncado con la aparición de Omi. De hecho el cineasta y guionista está tan obsesionado con la idea de convertir la sexualidad en parte inherente del discurso de su propuesta que decide abordarla de manera más sucia, lasciva y superficial en la parte del metraje en la que la relación entre los protagonistas comienza a tambalearse por culpa de los excesos, el adulterio y el egoismo, como se ve en la escena que tiene lugar en ese local de intercambio muy similar al pub Rectum de Irreversible.




Desde esta perspectiva el autor del film consigue lo que parecía más difícil, justificar la inclusión de sexo real en la trama del mismo. En cambio falla en lo que pudiera parecer más sencillo, mostrar una historia de amor que no caiga en lugares comunes, tópicos y estereotipos manidos hasta lo extenuante. Por desgracia debajo de su atípica intencionalidad estética y conceptual Love no deja de ser un drama romántico visto mil veces en ocasiones previas y con resultados mucho más eficientes. El uso caprichoso de una voz en off que aparece y desaparece sin previo aviso para remarcar obviedades y hacer un uso de monólogos introspectivos cuya prosa es cuestionable en lo referido al uso de la metáfora o la hipérbole menoscaban las virtudes audiovisuales aportadas por un Gaspar Noé que lo da todo desde el punto de vista de la realización, pero que no innova un ápice en cuanto a una escritura en la que tampoco utiliza filtro alguno a la hora de engrandecer su ego por medio de varios apuntes autobiográficos introducidos de manera bastante forzosa.




Unos párrafos más arriba mencionábamos la entrega de los actores a la hora de afrontar las numerosas y complicadas escenas sexuales. De esta manera con respecto a mostrar carnalidad o sensualidad los tres acometen con profesionalidad y riesgo su labor, más si cabe siendo jóvenes con no mucha experiencia en el medio. El problema reside en que ninguno de ellos es un buen intérprete, destacando mínimamente Karl Glusman y dejando mucho que desear Aomi Muyock, y eso se nota en pantalla sobre todo cuando tienen que interactuar por medio de los diálogos, la expresión de sentimientos o el dramatismo en los pasajes más crudos. Si a la bisoñez del reparto añadimos el inadecuado guión por parte de Noé que se entrega a los prostituibles brazos de la reiteración con una historia de amor y desamor carente de originalidad desde una perspectiva argumental con Love sólo nos queda un proyecto visual y sexualmente muy eficiente conteniendo en su interior un relato que hasta cierto punto nos deja indiferentes por su previsibilidad y escasa inventiva 




Love queda lejos de ser una de las mejores cintas de Gaspar Noé, aunque sí podemos considerarla la más personal e íntima de las que ha rodado hasta el momento, algo que le honra como autor. Sus aciertos y fallos ya los hemos enumerado y por suerte la balanza cae del lado de los primeros convirtiendo su cuarto largometraje en un pieza cuyo visionado no sólo merece la pena, también se antoja más digerible para aquellos que con sus tres primeros largometrajes sufrieron un calvario. A día de hoy su quinto film, Clímax, una historia sobre un grupo bailarines implicados en una orgía de violencia y sexo por culpa de una droga letal vertida en una fuente de sangría y protagonizada por Sofia Boutella, espera fecha de estreno internacional tras su buen recibimiento en la quincena de realizadores del último Festival de Cannes donde los tiempos cambian, siendo Noé el que recibe los halagos y otro enfant terrible el que siembra la polémica con su última película.



Han Solo: Una Historia de Star Wars



Título Original Solo: A Star Wars Story (2018)
Director Ron Howard
Guión Lawrence Kasdan y Jonathan Kasdan
Reparto Alden Ehrenreich, Emilia Clarke, Woody Harrelson, Donald Glover, Thandie Newton, Paul Bettany, Phoebe Waller-Bridge, Warwick Davis, Clint Howard, Richard Dixon, Joonas Suotamo, Sarah-Stephanie, Deepak Anand, Slim Khezri, Ian Kenny, Douglas Robson, Omar Alboukharey, Sean Gislingham, Nathaniel Lonsdale




Cuando todavía no se ha cumplido medio año del estreno de la rupturista y muy polémica Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi llega a pantallas de todo el mundo una nueva entrega de la franquicia creada por George Lucas en 1977. En esta ocasión se trata del segundo spin off desde que Disney comprara los derechos de Lucasfilm y reactivara la saga de ciencia ficción más importante de la historia del séptimo arte. Después de la excelente Rogue One: Una Historia de Star Wars de 2016 que nos hizo testigos de la aventura emprendida por Jyn Erso y sus colaboradores para robar los planos de la Estrella de la Muerte llega la, posiblemente, apuesta más arriesgada y temeraria relacionada con el universo diseñado por el autor de American Graffiti. Han Solo: Una Historia de Star Wars sufrió una producción problemática desde su misma gestación, algo inherente en varios de los nuevos proyectos impulsados por Kathelyn Kennedy y sus socios dentro de este universo. Los directores encargados de llevar a imágenes el largometraje centrado en los años de juventud del mítico piloto del Halcón Milenario fueron en principio Chris Miller y Phil Lord ayudados por un guión de Lawrence Kasdan, habitual de la casa, y su hijo Jonathan Kasdan. A los cuatro meses de rodaje los autores de La LEGO Película e Infiltrados en Clase (21 Jump Street) de manera repentina fueron despedidos por los jefazos de Disney por importantes diferencias creativas y tomando el relevo de la pareja Ron Howard que desde ese mismo momento ocupó el lugar detrás de las cámaras. El reparto de actores del accidentado film está formado por Alden Ehrenreich en la piel del protagonista, Emilia Clarke, Woody Harrelson, Paul Bettany, Thandie Newton y Donald Glover dando vida a un rejuvenecido Lando Calrissian.




Han Solo: Una Historia de Star Wars es una película de aventuras clásica adscrita con fidelidad al canon impuesto por la franquicia y tan eficiente en todos sus aspectos como ligera en fondo y forma a pesar de la aparatosidad de su naturaleza cinematográfica. Este segundo spin off es una amalgama de space opera, western, relato de aventuras y a la hora de compactar estas diferentes influencias lo hace de manera notablemente competente y cohesionada. Después de una pieza tan arriesgada como Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi (que fue un gran éxito, pero también motivo de agria controversia para gran parte del fandom y el público generalista) los responsables de Lucasfilm han decidido volver a cierta zona de confort sin arriesgar demasiado en el proceso y más si tenemos en cuenta que nos referimos a un film en el que conocemos las primeras andanzas de uno de los personajes más queridos de la franquicia, ese Han Solo al que dio vida hasta en cuatro ocasiones un excelente Harrison Ford despidiéndose de su criatura en Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza el pasado año 2015. En este sentido el largometraje de Ron Howard se muestra respetuoso hasta lo intachable a la hora de formularse como precuela de la primera trilogía ideada por George Lucas y de este modo se ve algo encorsetada y conservadora estructural y tonalmente, algo lógico por el origen complicado de una propuesta como esta que se adentraba en terrenos presumiblemente incómodos.




Para que Solo: A Star Wars Story funcionara a la hora de adherirse de manera adecuada al microcosmos ficcional al que pertenece los responsables del proyecto encomendaron la escritura del guión a un viejo conocido como Lawrence Kasdan, en esta ocasión acompañado de su hijo Jonathan Kasdan, que después de firmar hasta tres entregas es seguramente, después del mismo George Lucas, la persona que mejor conoce la idiosincrasia y el contexto en el que se desarrolla la franquicia que le dio fama como libretista que más tarde se adentraría en la dirección cinematográfica con piezas como Fuego en el Cuerpo, Silverado o Wyatt Earp entre otras. La mano de los Kasdan se percibe a la hora de retratar señas de identidad indivisibles a Star Wars en general y a la trilogía original en particular. Mercenarios, cazadores de recompensas, ladrones, la sombra del Imperio siempre sobrevolando una galaxia esclavizada por sus ínfulas dictatoriales e historias pequeñas que son las que realmente cimentan la esencia de un devenir de acontecimientos que se desarrolla de manera orgánica y a un ritmo más que adecuado en el que convergen los pasajes de acción a escala épica y los que tienen las interacciones de los personajes como núcleo central, apelando a una alternancia muy bien medida entre cierto drama no muy solemne y una tendencia al humor que encuentra en los personajes secundarios sus principales valedores. Un guión al que sólo se le puede achacar la previsibilidad de la que hace gala de principio a fin por culpa de tirar demasiado de manual para su construcción narrativa.




Con respecto a la labor de Ron Howard como director en Han Solo: Una Historia de Star Wars es de recibo mencionar que embarcarse en un proyecto de dimensiones tan bestiales al cuarto mes de rodaje cuando los responsables originales habían abandonado la nave debió suponer un quebradero de cabeza para el autor de Una Mente Maravillosa. Pero el oficio de un artesano curtido en mil batallas hace acto de presencia y aunque todos hemos hecho mofa con él en muchas ocasiones por ser un cineasta blando que normalmente se adentra sin miramientos en la sensiblería podemos afirmar que gracias a sus conocimientos de la maquinaría hollywoodiense y los engranajes que deben hacer funcionar adecuadamente blockbusters de todo pelaje su labor como jefe de orquesta en la última producción de Star Wars es adecuada y muy eficiente en todos sus aspectos. Howard es un perro viejo que lleva facturando superproducciones desde los años 80 y eso se deja notar en la soltura con la que compacta las escenas de acción a gran o pequeña escala, el cariño que profesa por unos personajes interpretados por unos actores que en todo momento se sienten protegidos por él y una puesta en escena, en líneas generales, que sabe aprovechar al máximo el material narrativo que tiene entre manos, así como un diseño de producción mastodóntico en el que se dan la mano efectos especiales prácticos con digitales, una dirección artística tan descomunal como fiel a la cronología a la que se adscribe dentro de la saga cinematográfica y un bestiario interminable de razas intergalácticas que nos retrotraen a la trilogía primigenia de los años 70 y 80 y con el que los equipos de maquillaje y vestuario hacen un trabajo remarcable.




Algo en lo que todo el mundo estaba de acuerdo antes del estreno Solo: A Star Wars Story es en la importancia de sus personajes y los actores que les iban a dar vida, haciendo especial hincapié en los que interpretarían a las versiones rejuvenecidas de los ya conocidos dentro de la creación de George Lucas. Después de alarmas, sudores fríos y ataques furibundos lanzados antes de ver una sola imagen del film contra Alden Ehrenreich podemos afirmar que su labor es encomiable y muy digna. El Hobie Doyle de la decepcionante ¡Ave César! acomete su versión de Han Solo con un dinamismo digno de elogio, aportando la sorna y la volatilidad que exige un rol tan icónico y aunque su composición queda a años luz de la de Harrison Ford aguanta el envite con profesionalidad y bastante solvencia. Emilia Clarke se esfuerza porque el papel de Qi’ra transmita elegancia y fuerza, pero la británica no consigue destacar en demasía cuando el encuadre repara en su presencia y su química con Ehrenreich es muy cuestionable. Mucho mejor abordan Donald Glover su canallesco y trilero Lando Calrissian o Woody Harrelson a un Tobias Beckett que da origen a los trucos de cazarrecompensas que Han aprendió de él con el paso de los años. Por otro lado mencionar para bien a Paul Bettany que a pesar de sus escasos minutos en pantalla y nimio desarrollo de su rol roba no pocos planos al resto de personajes como Dryden Vos y Joonas Suotamo enfundado en el traje de Chewbacca e interactuando de manera impecable con el protagonista. Pero lo más curioso con respecto a este apartado es que son dos creaciones digitales, L3-37 y Rio Durante, los que se ganan el corazón del espectador con pasajes, acciones y diálogos que los convierten en lo mejor de la velada.




Han Solo: Una Historia de Star Wars es un producto competente y agradable, que abraza la aventura clásica al estilo de la trilogía original o la saga de Indiana Jones sin buscar más aspiración que entretener al público en general y al fan de La Guerra de las Galaxias en particular. Con un ojo en la imaginería diseñada en su origen por George Lucas y otro en Firefly y Serenity (la influencia de la creación de Joss Whedon es más que notable, llegando a emularse en el film pasajes casi arrancados de algunos de sus episodios como la secuencia bélica inicial o el robo del cargamento de coaxium) Ron Howard, los Kasdan y el reparto de actores han conseguido salir airosos de un proyecto repleto de problemas, retrasos y mil y un obstáculos. Por desgracia esto no se ha visto reflejado en la taquilla durante un primer fin de semana en el que el largometraje ha quedado muy lejos de los cálculos que los productores habían realizado con respecto a la recaudación local e internacional convirtiendo su estreno en el peor de un film de la franquicia desde que Lucasfilm pertenece a Disney. Malas noticias para una cinta merecedora de una mejor acogida abriendo un abanico de posibilidades bastante amplio para haber sido explotado en unas futuras secuelas que desde ya penden de un fino hilo. No sabemos si estos malos resultados se deben a la decepción que supuso la anterior entrega para gran parte de los fans, a la sobreexplotación cinematográfica de la marca, dos películas en menos de seis meses puede que sea demasiado, a la dura competencia en cartelera (Vengadores: Infinity War todavía colea y Deadpool 2 se estrenó hace diez días) o a que no cubre los mínimos exigidos a un proyecto de su envergadura, pero el que esto suscribe sólo puede recomendarla como la estimable muestra de cine de entretenimiento y evasión que es.