sábado, 25 de julio de 2015

Whiplash, searching for Charlie Parker



Título Original Whiplash (2014)
Director Damien Chazelle
Guión Damien Chazelle basado en su propio  cortometraje
Actores Miles Teller, J.K. Simmons, Melissa Benoist, Paul Reiser, Austin Stowell, Jayson Blair, Kavita Patil, Kofi Siriboe, Jesse Mitchell, Michael D. Cohen, Tian Wang, Jocelyn Ayanna, Tarik Lowe, Marcus Henderson, Keenan Henson




En el año 2013 el director debutante Damien Chazele ganó el premio al mejor cortometraje en el festival de Sundance con Whiplash, la historia de la llegada a un elitista conservatorio de música de un joven baterista de jazz y su nuevo y brutal profesor que hará de su primer día un infierno. El trabajo era un tour de force entre un enorme J.K. Simmons y un magnífico  Johnny Simmons con una elegante dirección y un destacable montaje. Dicho galardón en el festival creado por el actor y director Robert Redford le proporcionó al Chazelle financiación para llevarlo al largometraje un año después con el mismo título. La versión de 103 minutos de Whiplash se convirtió el pasado 2014 en uno de los grandes éxitos de la temporada, llevándose incontables galardones y nominaciones (de nuevo triunfó en Sundance) que culminaron el pasado mes de Febrero cuando el film se alzó con tres estatuillas, mejor actor secundario, mejor montaje y mejor sonido, todos merecidísimos.




Whiplash toma como punto de partida los diecisiete minutos del cortometraje de 2013 (si obviamos el prólogo que sí tiene el largo en el que los dos personajes se cruzan el uno con el otro por primera vez ya con Damien Chazelle marcando a fuego, pero con elegancia, la personalidad de los dos roles principales) y tiene como único cambio notable la sustitución de Johnny Simmons por el joven Miles Teller al que hemos visto en trabajos como Project X, Divergente, el remake de la ochentera Footloose y que interpreta a Reed Richards en la muy polémica e inminente nueva versión de Los 4 Fantásticos de Marvel a manos de la Twentieth Century Fox con Josh Trank (Chronicle) de director. Dicha nueva elección de casting se revela como un acierto mayúsculo, porque si Simmons aguantaba magníficamente el envite del J.J Jameson de la primera trilogía de Spiderman, Teller le da la réplica con una profesionalidad impropia de un actor tan joven como él.




Parte de la prensa especializada y el público ha tildado a Whiplash de ser una cinta deleznable en el plano moral. Parece que no pocos espectadores han visto en el debut en el largometraje de Damien Chazele una apología de aquello tan americano del "éxito por el éxito" de hacer lo que sea con tal de llegar a lo más alto y dejarse imbuir por esa enfermiza delectación puramente estadounidense por el triunfo y llegar a lo más alto pisoteando a quien haga falta en el arduo proceso. Ese ambiguo final posiblemente es el que incita a a depende qué espectadores a pensar que nos encontramos ante una oda a la tortura física y psicológica de una persona si con ello se consigue alcanzar un plano superior dentro de la autorrealización profesional y personal justificando todas las barbaridades a las que el brutal profesor de música Terence Fletcher somete a su nuevo alumno Andrew Neyman para convertirlo en un virtuoso de la batería.




Un servidor no es partidario de esta teoría o lectura de la película. Cuando vi por primera vez Wihplash hace unas semanas me encontré con la historia de un hijo de puta desalmado, genial en lo profesional y aberrante en lo personal, que moldeando a un apocado muchacho apasionado del jazz y los bateristas clásicos del género hasta lo enfermizo como si de una versión pervertida y malsana de Pigmalion se tratara, acaba encontrando la horma de su zapato, otro cabrón con cuernos que saca el salvaje que lleva dentro cuando este déspota profesor lo exprime hasta la enfermedad física y psicológica. En un momento dado los dos personajes llegan a un punto de no retorno en el que el sadomasoquismo y la crueldad recíproca convierten al largometraje de Damien Chazele en un cruce entre Encontré al Diablo del cineasta coreano Kim Jee-Woon y la primera mitad de La Chaqueta Metálica, la adaptación que realizó Stanley Kubrick del libro The Short-Timers de Gustav Hasford complementada con apuntes de El Luchador y Cisne Negro, los dos alabados films de Darren Aronofsky.




Estos dos personajes que el guión perfila con milimétrica perfección están abordados por una pareja de actores que dan todo lo que tienen y más para devorar cada encuadre que comparten. Lo de J.K. Simmons es sobrehumano ya que habituado el espectador a verlo haciendo papeles campechanos y cómicos como los de la trilogía de Spiderman, Juno o Ladykillers aquí consigue que su figura espigada, su boca torcida y prominente calva no ejerzan de obstáculos para intimidar al espectador tanto como a sus alumnos en cuanto aparece por primera vez en pantalla. El actor de Terminator Génesis da voz y cuerpo a uno de los "villanos" más detestables y a la vez fascinantes del cine americano reciente, un hombre que aunque recurre en no pocas ocasiones a la violencia física contra sus pupilos consigue amedentrar más con dos palabras susurradas al oído que agrediendo con una sesión continua de bofetadas a su nuevo alumno como hace en la esclarecedora y virtuosa secuencia de la llegada de Neyman a su nueva clase.




Pero lo de Miles Teller es más meritorio todavía. El joven actor consigue cambiar gradualmente su personaje pasando de ser un chico callado, tímido (le cuesta considerable trabajo invitar a la dependienta  del cine al que habitualmente asiste para tomar algo) que ve con su padre películas clásicas europeas en pantalla grande y que vive para tocar la batería inspirándose en los más grandes del jazz a una bestia parda que llega a obsesionarse a hasta lo enfermizo con ser el baterista perfecto, ese diamante en bruto que su profesor lleva años buscando, su nuevo Charlie Parker, dejando de lado de este modo a su padre y a la chica con la que está comenzando una más que prometedora relación sentimental. Neyman es el reflejo rejuvenecido de Fletcher, un chico que aún sabiendo que una simbiosis de tan contrastada toxicidad como la que comparte con su maestro convierte su vida en un infierno, pero admitiendo que ese camino hacia la perfección es el precio que hay que pagar para ser el mejor aunque lo único que encuentra el muchacho en su interior es el lado más oscuro y egoista de su propia personalidad.




Por suerte no sólo es en sus intachables y superlativos actores principales recaen todos los aciertos de una producción como Whiplash. Damien Chazele lleva hasta el paroxismo su delectación minimalista con los instrumentos musicales, con el ritual que supone utilizarlos para la creación de música en directo y destila una pasión sincera por el jazz y su naturaleza virtuosa e improvisatoria, aunque varios entendidos en el género afirman que se ha tomado ciertas licencias narrativas que se alejan em cierta manera de la realidad. A que esa virtuosa puesta en escena tome forma ayudan sobremanera un sonido exquisito que capta todos y cada uno de los matices auditivos de manera epidérmica y visceral y sobre todo un montaje vibrante, impoluto, arrollador, que imprime a la historia un tempo narrativo propio de un thriller de suspense magnificando cada plano detalle, cada breve toma como si cada una de ellas fueran las notas musicales que dan forma a una enorme sinfonía en la que todo funciona, nada falla y no desafina ninguno de los músicos de la banda.




Whiplash es una de las mejores cintas de pasado 2014, un trabajo merecedor de todo el reconocimiento que recibió durante su carrera comercial gracias a una labor soberbia de su guionista y director, unos protagonistas tan avasalladores que con su inolvidable tête à tête eclipsan hasta a unos secundarios (Melissa Benoist, Paul Reiser, Chris Mulkey) que tiran de profesionalidad para abordar sus roles y un equipo técnico (montaje, sonido, fotografía, diseño de producción) al que con palabras no se puede hacer justicia. Porque el debut del prometedor Damien Chazele finalmente sí hace un retrato de la América del siglo XXI, pero no por medio de la justificación del todo por el todo en pos de los falsos oropeles de la fama sino con el retraro de dos caras de la misma moneda que son capaces de destruir todo lo que encentran en su camino con tal de solapar por medio de talento todo aquello de lo que carecen como personas y seres humanos.



miércoles, 22 de julio de 2015

Parque Jurásico



Título Original Jurassic Park (1993)
Director Steven Spielberg
Guión David Koepp y Michael Crichton basado en la novela de este último
Actores Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldblum, Richard Attenborough, Ariana Richards, Joseph Mazzello, Wayne Knight, Samuel L. Jackson, Bob Peck, Martin Ferrero, BD Wong, Miguel Sandoval, Gerald R. Molen




El año 1993 fue posiblemente el más importante en la carrera del cineasta estadounidense Steven Spielberg. Durante aquella temporada por fin se confirmó como un verdadero autor gracias a la que supone su obra de madurez (aunque con El Color Púrpura, la adaptación que realizó de la novela homónima de Alice Walker ya apuntó maneras en este sentido) y una de las más logradas de su ya extensa carrera, La Lista de Schindler, traslación a imágenes en blanco y negro del libro El Arca de Schindler del escritor australiano Thomas Keneally que narraba la odisea del empresario alemán Oskar Schindler por salvar un gran número de judíos de manos del ejército nazi de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial con la que ganó siete Óscars de la academia, entre ellos mejor película, dirección y guión adaptado. Pero otra producción salida de su mano ganó también tres estatuillas técnicas aquel 1993 y la misma supuso la confirmación de la dualidad como cineasta del creador de Tiburón o Encuentros en la Tercera Fase, esas dos personalidades que le permiten hacer cine autoral por un lado y blockbusters ejemplares por otro. Cuando Parque Jurásico se estrenó su éxito a nivel mundial fue totalmente descomunal no sólo como producto cinematográfico revientaquillas o cinta clave para entender a evolución de los efectos digitales en el mundo del celuloide contemporáneo, también como maquina productora de todo tipo de merchandising que los niños de la época devoraron como si de un grupo de ávidos velociraptores se trataran.




Fue en 1990 cuando el escritor y cineasta norteamericano Michael Crichton editó su novela más famosa, Parque Jurásico. La misma narraba cómo por medio de la ingeniería genética John Hammond, un filantropo multimillonario, conseguía resucitar a distintas especies de dinosaurios para que formaran parte de un gigantesco parque temático localizado en Costa Rica. Allí viajaban los paleontólogos Alan Grant y Ellie Sattler y el matemático Ian Malcom para valorar el increible y peligroso logro científico e histórico de Hammond. La novela fue una de las más vendidas de la década de los 90 y en ella no tardó Spielberg en ver material potencialmente trasladable al séptimo arte. Para llevar a buen puerto tan complicada empresa se rodeó de unos equipos técnico y artístico intachables. En el reparto reconocíamos a Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldbulm y Richard Atthenboroug entre otros, al guión al mismo Michal Crichton acompañado de David Koepp, en la fotografía a Dean Cundey (ocupando el puesto del habitual Janusz Kaminski) la banda sonora el indispensable John Williams, en los efectos especiales mecánicos el gran Stan Winston y en los digitales Phil Tippet acompañado de la Industrial Light & Magic de George Lucas, apartado este último en el que Jurassick Park marcó época dentro del cine noventero como comentaremos más adelante. Con esta lista de profesionales en nómina era imposible que el film del director de Loca Evasión fuera un fracaso, pero que su éxito fuera tan descomunal pocos lo supieron predecir.




Adaptando fielmente la novela de Michael Crichton pero atenuando el tomo más oscuro y crudo de el relato para adaptarlo a una cinta para toda la familia Parque Jurásico se reveló como una de las muestras más quintaesenciales a la hora de hacer cine comercial de calidad en Estados Unidos. Steven Spielberg puso sus dotes como narrador al servicio de un espectáculo mastodóntico al que él mismo y sus guionistas supieron dar verdadero corazón. Sirva como ejemplo de esto que comentamos el primer encuentro de los dos paleóntologos protagonistas con el Braquiosaurio, el primer contacto de estos dos expertos en la historia de los dinosaurios con el descomunal animal acaba con el personaje de Sam Neill rompiendo a llorar por la emoción, como si toda a una vida de estudio y dedicación culminara en ese momento, ese síndrome de Stendhal en el que el espectador también ve por primera vez una de esas criaturas prehistóricas con la que Phil Tippet y su equipo dejaron al mundo boquiabierto gracias a unos efectos digitales de los que hablaremos más adelante. Con la confirmación de que Spielberg y sus guionistas eran capaces de dar forma a unos personajes con cierta profundidad, a los que habría que sumar a dos niños repelentes muy del estilo del director de Lincoln, al producto ya sólo le quedaba entregarse al fuego de artificio bien entendido, a los buenos muy buenos que tratan de sobrevivir en un entorno hostil rodeados de criaturas gigantescas y malos muy malos que conspiran en las sombras para hacerse con el ADN de dichos dinosaurios para sacar tajada económica con ello. El tablero y las fichas están sobre la mesa a Spielberg sólo le queda alardear con su apartado técnico para convertir a Parque Jurásico en un verdadero parque de atracciones visual.




Parque Jurásico es lo más parecido un episodio alargado de la mítica serie estadounidense La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone) en el que se dan la mano la acción, la intriga, el terror, el humor y la ciencia ficción hundiendo sus raíces en la literatura de autores como Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle o Julio Verne para dar a luz una aventura en la que los dinosaurios son los protagonistas, porque por muy bien que estén perfilados los personajes humanos que protagonizan la cinta y por mucho que lleguemos a preocuparnos por su integridad física o psicológica son los velociraptors, dilophosaurios, Gallimimus y Tiranosaurus Rex que pueblan el metraje los que captaron la atención de unos espectadores que desde los tiempos de Ray Harryhausen nunca habían visto en pantalla unos reptiles nacidos en el triásico tan realistas y aterradores. Amalgamando el uso de los efectos animatrónicos del mítico Stan Winston que brillan momentos como el del triceratop enfermo, la cabeza del Braquiosaurio junto al Doctor Grant y los niños y sobre todo el ataque del T-Rex a la furgoneta en plena lluvia con unos efectos digitales de Phil Tippet e Industrial Light and Magic que (junto a los de Terminator 2: El Juicio Final, de James Cameron, dos años antes) marcaron época dentro del uso de CGI en el cine de Hollywood Parque Jurásico se convirtió en la experiencia visual más estimulante y fruiciosa vista en décadas. Los ataques de los Velociraptors, las carreras del T-Rex o los Gallimimus, esas manadas a las que se refería el personaje de Sam Neill consiguen hacer totalmente creíbles y epidérmicos el sabio uso del efecto especial tradicional con los generados por ordenador, tradición que la meca del cine del siglo XXI en general y esta saga jurásica en particular ha ido dejando de lado poco a poco haciendo que impere el más económico pero, casi siempre, frío pixel




Jurassic Park fue un nuevo paso adelante en la carrera de un cineasta como Steven Spiellberg el mismo año que se confirmó su talento para el cine con vocación de autor con su visión del holocausto. Al igual que en años pretéritos hizo con Tiburón, E.T, la saga Indiana Jones o Encuentros en la Tercera Fase el cineasta norteamericano reinventó el concepto de blockbuster que él mismo había ayudado a crear en 1975 con la ya mencionada cinta protagonizada por Roy Scheider, Robert Shaw y Richard Dreyfuss. Su incursión en el peligroso parque temático de John Hammond abrió las puertas a una fiebre por los dinosaurios que duraría años y que tendría repuntes con las posteriores secuelas. La primera de ellas en 1998, de nuevo a manos de Spielberg y basándose en la segunda novela de Michael Crichton , El Mundo Perdido. La siguiente Parque Jurásico III de 2001, ya sin base literaria y cediendo la batuta de director al siempre cumplidor Joe Johnston (Jumanji, Capitán América: El Primer Vengador) y por último esa Jurassic World en la que de nuevo otro realizador, Colin Trevorrow, se pone detrás de la cámara y que está barriendo la taquilla a nivel mundial, dando más millones a un Spielberg que desde hace años no debe llegar a fin de mes con sus exiguas ganancias y despertando de nuevo la siempre adormecida pero no muerta dinomanía. La última de las secuelas (de ella le hablaré en breve por estos lares) surgidas gracias al hito que esta producción de 1993 que marcó a fuego en el cine comercial de Hollywood y en la retina de los que la descubrimos en la infancia o adolescencia.


jueves, 16 de julio de 2015

El Cielo y la Tierra, hijos del viento



Título Original Heaven and Earth (1993)
Director Oliver Stone
Guión Oliver Stone basado en la autobiografía de Le Ly Hayslip
Actores Hiep Thi Le, Tommy Lee Jones, Joan Chen, Haing S. Ngor, Thuan K. Nguyen, Dustin Nguyen, Vinh Dang, Mai Le Ho, Dale Dye, Debbie Reynolds




En 1991 una vez más Oliver Stone saboreó las mieles del éxito con una de sus más importantes producciones. JFK. Caso Abierto supuso uno de los mejores films de su década, una prodigiosa mezcla entre ficción filmada y documental con uno de los mejores montajes de la historia del cine (ganador del Óscar) un reparto descomunal y un guión que diseccionaba hasta lo enfermizo el magnicidio del trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos. Tras aquel nuevo espaldarazo de crítica y público Stone decidió centrarse en un proyecto, dentro de lo que cabe, más modesto y con ello cerrar su por aquel entonces ya celebrada trilogía sobre Vietnam que había comenzado en 1986 con Platoon y continuado en 1989 con Nacido el 4 de Julio. Pero en esta ocasión el cineasta nacido en New York hizo algo poco común en el cine bélico de su país, abordar el conflicto desde el lado opuesto al americano.




Con El Cielo y la Tierra Oliver Stone decidió adaptar los libros autobiográficos When Heaven and Earth Changed Places, Child of War y Woman of Peace de Le Ly Hayslip (escritos con la colaboración del editor Jay Wurts) una joven norvietnamita que fue testigo en primera persona de la guerra que dividió su nación y permitió la llegada del ejército de Estados Unidos para "mediar" en dicho conflicto. Con ello el cineasta de Salvador o Giro al Infierno saldaba una deuda con aquel país asiático en el que vivió un año como soldado estadounidense y con su madre Jacqueline Stone a la que dedicó la película y que falleció hace poco menos de dos meses. El resultado no fue el esperado, el público no respondió con entusiasmo y la crítica se mostró considerablemente polarizada a la hora de valorar una cinta que merece mucho más reconocimiento del que recibió, una rara avis que se revela como uno de los tesoros ocultos dentro de la filmografia del guionista de Manhattan Sur (Year oh the Dragon) u Ocho Millones de Maneras de Morir.




Los políticos que dan inicio al conflicto y las tácticas rastreras que en ocasiones ponen en funcionamento para llevarlos a cabo, los soldados en el frente luchando contra el enemigo viéndose deshumanizados por una violencia de carácter casi vírico que todo lo devora, la dura vuelta a casa en la que se encuentran con un país completamente distinto al que abandonaron y en el que la sociedad cambia con respecto a apoyar o no intervenciones militares en ocasiones tan injustas como cuestionables. El cine (anti)bélico en general y el de la contienda de Vietnam en particular han abordado todos estos puntos puntos de vista a la hora de hablar de la manera más amplia posible sobre los estragos de la guerra. El problema es que pocos han sido los americanos que se han interesado en el séptimo arte en narrar qué sucede "al otro lado", cómo recibe "el enemigo" la invasión extranjera y las pocas veces que lo han hecho ha sido para demonizarlos de manera maniquea y tendenciosa.




Pocos directores estadounidenses que en algún momento hayan coqueteado con el celuloide de corte bélico optaron en alguna ocasión a lo largo de sus carreras por hablar de manera directa, no tangencial, de los bombardeos indiscriminados con sus terribles daños materiales y personales, las matanzas de civiles, la opresión a ciudadanos que (en muchas ocasiones) sólo luchaban por una independencia justa ante un imperialismo desproporcionado que únicamente buscaba su sometimiento. Por suerte el cineasta de Hablando Con la Muerte o Wall Street decidió, una vez más, ir a contracorriente y dar voz dentro de su trilogía sobre Vietnam a los que protagonizaron la peor parte de aquella guerra inútil, personas a las que Stone llegó a admirar y de cuya entereza, compasión e historia se impregnó hasta el punto de tomar como suya la religión budista propia del norte del país asiático.




El décimo largometraje de Oliver Stone es una historia "bigger than life" que hunde sus raíces en el clasicismo propio de autores tan dispares, y a la vez semejantes, como David Lean, Victor Fleming o Akira Kurosawa con una epopeya en la que se nos narra los hechos reales en los que se vio implicada Le Ly Hayslip desde su infancia durante los años 50 conviviendo pacíficamente en la ciudad vietnamita de Ky La con sus padres y hermanos y la posterior llegada de las fuerzas invasoras de Francia primero y Estados Unidos después. Con el conflicto en el que América tomó partido llegó la total escisión del norte y el sur del país y con ello los actos hostiles por parte de las dos facciones. Mientras los vietnamitas del sur, apoyados por los estadounidenses, raptan y torturan a la joven para sacarle información sobre el vietcong miembros de este último, creyéndola una traidora, la violan brutalmente, siendo este el acto detonante de su huída de Ky La junto a su familia rumbo a Saigón.




Una vez instalados en "la perla del sureste asiático" y mientras sus hermanos están en el frente con el vietcong y su hermana ganando la vida como prostituta Le Ly y su madre se dedican a ejercer como criadas en casas de señores aposentados de la zona. Tras quedar embarazada por su amo, la joven recibe el rechazo de sus padres y decide ganarse la vida vendiendo productos del mercado negro a los soldados estadounidenses y a vender su cuerpo de manera ocasional con el único fin de conseguir dinero para mantener a su hijo. Allí en Saigón conocerá Steve Butler, un sargento de artillería en el Cuerpo de Marines de Estados Unidos que se enamorará de ella y le regalará una nueva vida en Estados Unidos. Una vez instalada en el país de las barras y estrellas Lely descubrirá que se encuentra en una tierra diametralmente opuesta a la suya en la que convive con un marido que por culpa de las secuelas que la guerra dejó en su psique cada vez se muestra más inestable mentalmente entregándose al alcoholismo y otros hábitos autodestructivos.




Para llevar a imágenes las memorias de Le Ly Hayslip, Oliver Stone recurre a su por aquel entonces ya asentado look visual (aquel que se vislumbraba en Hablando con la Muerte y que eclosionó totalmente en Nacido el 4 de Julio, The Doors y JFK: Caso Abierto) con el único fin de convertir cada secuencia, cada plano, cada fotograma en poesía gracias a una puesta en escena repleta de una belleza desarmante en la que hasta los pasajes más terribles apelan a un lirismo doliente con el que el cineasta sabe extrapolar de manera fidedigna el relato escrito de la autora a la que ha decidido adaptar al medio cinematográfico. Stone se detiene en los maravillosos parajes de Vietnam, Tailandia y Bangkok con los que reconstruyó la ciudad Ky La y Saigón, con un uso cromático de una paleta de colores vivos en la que el verde (que no sólo nos remite a la jungla sino también a los uniformes militares de los estadounidenses) impera con el fin de acentuar o enfatizar el tono de poema desgarrado y contenido que el guionista y director está narrando.




El cineasta se preocupa en destacar en todo momento que en sus memorias Le Ly no alberga ningún sentimiento de odio o venganza por sus captores, torturadores o violadores, al contrario, la autora sólo transmite deseos de redención, compasión y perdón por todos aquellos que en el algún momento de su vida le hicieron sufrir. Esta ideología, propia del budismo, es la que le permite seguir adelante en todo momento sin desfallecer ante la destrucción de su país o su llegada a otro que la mira como un animal exótico y en el que sólo consigue encajar cuando se va convirtiendo gradualmente en un engranaje más de un salvaje sistema capitalista y de consumo que poco tiene que ver con su Vietnam natal. Un hecho trágico hará cambiar de parecer a Le Ly que finalmente decidirá volver a su tierra natal con sus hijos para que conozcan su procedencia y tradiciones consiguiendo la ya madura mujer encontrarse con sus ancestros, y por efecto dominó consigo misma, llegando a una realización personal que le permitirá encarrilar una vida que por aquel entonces andaba totalmente desbocada.




Para que la historia exhale verismo Stone elige a una actriz vietnamita totalmente desconocida como Hiep Thi Le para dar vida a la protagonista y ella le devuelve el favor entregándose en cuerpo y alma a un papel que aborda desde las entrañas, como si hubiera nacido para interpretarlo y resulta harto creíble desde que la conocemos como una adolescente ingenua y feliz hasta que le vemos transformarse en una madre y mujer abnegada. Entre los efectivos secundarios no profesionales destacan como los padres de la protagonista la china Joan Chen (Juez Dredd, Twin Peaks) o el camboyano Haing S. Ngor, que casi diez años antes ganara el Óscar por su inolvidable papel en Los Gritos del Silencio (The Killing Fields) de Roland Joffé y sobre todo un Tommy Lee Jones, alejado del hieratico y autocomplaciente de la actualidad, que devora cada encuadre con una fuerza sobrehumana y eclipsa con una profesionalidad intachable a todo aquel que comparte plano con él, aunque la ya mencionada actriz protagonista mantiene muy bien el tipo cuando intercambia diálogos con su personaje.




Pocos fallos podríamos achacarle a El Cielo y la Tierra, pero no mencionar los que comete no sería del todo justo. Por un lado rodar toda la película en inglés ya es un error de bulto, pero que los vietnamitas hablen dicho idioma en la intimidad y recurran (ocasionalmente) al vietnamita delante de los soldados americanos queda totalmente impostado en pantalla. También habría que afirmar que los efectismos en la dirección de Stone con el uso de distintos formatos, la utilización del blanco y negro en secuencias clave del relato o la iluminación sobreexpuesta (técnicas estas de las que abusaría hasta lo insano un año después en la ambigua y lacerante Asesinos Natos) en ocasiones resta en ocasiones el verismo que los momentos más líricos del metraje habían dejado grabados a fuego en la retina del espectador. También se achachó al film que su guión era algo caótico, opinión que un servidor no comparte, ya que es inevitable que tres manuscritos que unidos suman la friolera de casi 800 páginas deban extrapolarse a la pantalla de manera condensada. Stone lo hace con mucho oficio y en ningún momento lo expuesto en pantalla se antoja caótico o desorganizado.




Envuelta en todo momento por el inolvidable score del compositor nipón Kitaro, con una preciosista fotografía de Robert Richardson en la que se muestran en todo su esplendor las costumbres, tradiciones y paisajes del Vietnam, un montaje virtuoso marca de la casa a manos de David Brenner y la fallecida Sally Menke, un reparto brillante comandado por unos Hiep Thi Le y Tommy Lee Jones descomunales y un Oliver Stone que creía en lo que hacía y que decidió abrirse en canal más que en ningún otro proyecto previo o posterior de su filmografía Heaven and Earth es un canto en favor de la paz, una oración conciliadora en la que la inocencia prevalece sobre el egoismo y la muerte. Como cinta merece ser revalorizada adecuadamente y su importancia reconocida, ya que tras la senda abierta por ella otros films como su coetanea la imponente Stalingrado de Joseph Vilsmaier o la memorable Cartas Desde Iwo Jima de Clint Eastwood defendieron que las barricadas del bando opuesto también estaban habitadas por seres humanos con sus ideas, costumbres, tragedias y alegrías. Vidas al fin y al cabo.


sábado, 11 de julio de 2015

Platoon, inocencia y juventud



Título Original Platoon (1986)
Director Oliver Stone
Guión Oliver Stone
Actores Charlie Sheen, Tom Berenger, Willem Dafoe, Kevin Dillon, Forest Whitaker, Johnny Depp, John C. McGinley, Francesco Quinn, Richard Edson, Reggie Johnson, Keith David, David Neidorf, Mark Moses, Chris Pedersen, Tony Todd, Dale Dye





A finales de los setenta y principio de los ochenta Oliver Stone se había forjado una justificada fama de excelente guionista que ponía su trabajo al servicio de otros directores. Para Alan Parker trasladó a imágenes la novela autobiográfica El Expreso de Medianoche de Billy Hayes y con ello ganó el Óscar al mejor Guión Adaptado. A Brian de Palma le puso en bandeja el libreto del remake de Scarface de Howard Hawks que protagonizó un desatado Al Pacino en la piel del narco cubano Tony Montana y que en España se tituló El Precio del Poder. Tambien escribió junto a John Milius una versión tan polémica como imperecedera del personaje más famoso del escritor Robert E. Howard en Conan: El Bárbaro. Pero sería con su tercer film, tras la muy desconocida Seizure y la primeriza La Mano protagonizada por el británico Michael Caine, cuando Stone comenzara a hacerse un importante nombre como cineasta.




En 1986 la hoy ya extinta Orion Pictures y la Metro Goldwyn Mayer se unieron para proporcionar a Oliver Stone seis millones de dólares para que rodara un proyecto muy personal que por aquel entonces llevaba diez años gestando. Con Platoon el futuro director de Asesinos Natos o JFK: Caso Abierto quería narrar su experiencia como veterano de la guerra de Vietnam. En aquel conflicto bélico en el que se embarcó de manera voluntaria contra la voluntad de sus propios padres (los Stone eran una familia acomodada de New York) fue herido dos veces, ganando por ello la Cruz Púrpura y vivió las experiencias más traumáticas de su vida dejando una huella indeleble en su personalidad que le incitaría a rodar hasta tres films sobre el tema y cuya sombra sobrevolaría, de una manera u otra, prácticamente toda su filmografía.




El alter ego de Stone en pantalla es Chris Taylor, el personaje que interpreta un Charlie Sheen de 19 años de edad que llega como voluntario a Vietnam con arduos deseos de patritotismo y el único fin de parar la supuesta invasión comunista iniciada por el norvietnamita Ho Chi Minh, presidente de  la República Democrática de Vietnam o Vietnam del Norte, para un año después abandonar el país asiático con ideas completamente opuestas, afirmando que había formado parte de una guerra injusta iniciada por motivos puramente económicos y estratégicos en la que unos Estados Unidos que habían perdido la inocencia sufrieron su primara gran derrota militar. Durante el año que Chris pasa en el frente descubre que en ocasiones el enemigo se encuentra en su propio pelotón, debido a la rivalidad entre los dos sargentos de la unidad, el idealista y compasivo Elías al que da vida Willem Dafoe y el brutal y expeditivo Barnes al que interpreta Tom Berenger.




Platoon es cine nacido de las entreñas, una obra de una visceralidad poética y melancólica con la que Oliver Stone trata de realizar la primera película totalmente localizada en la guerra de Vietnam y relatada de primera mano por alguien que estuvo en el campo de batalla. La patriótica y falsaria Boinas Verdes de John Wayne y Ray Kellogg, la redentora El Cazador de Michael Cimino o la descomunal Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola no podían considerarse testimonios estrrictamente ortodoxos de lo que supuso aquella guerra, ya que eran obras que utilizaban aquel conflicto por distintos motivos como el patriotismo rancio y sectario, como excusa narrativa para mostrar la deshumanización de toda una generación de americanos o como terreno y contexto histórico para extrapolar una novela del silo XIX, El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, a finales del siglo XX pata hablarnos de un viaje sin retorno a la locura.




Por ello con esta producción de 1986 por primera vez un verdadero veterano de Vietnam se ponía detrás de las cámaras para contar en primera persona qué supuso aquel infierno que duró más de una década. En una época en la que los héroes nacidos de la ola de conservadurismo neocon de la era Reagan mataban "amarillos" con una metralleta en cada mano en productos como Desaparecido en Combate o las distintas secuelas de Rambo y que eran coreados en medio mundo Oliver Stone llegaba para poner en entredicho toda la maquinaría militar estadounidense movilizada al país asiático y el papel que el ejército de su nación tomó durante aquella guerra, poniendo así la primera piedra de lo que posteriormente sería uno de los discursos cinematográficos mas críticos con el lado más oscuro de un país como el norteamericano y que tiene su culmen en la descomunal serie documental La Historia No Contada de Estados Unidos de la que hablaremos próximamente.




No fueron pocos los pelotones que se encontraron con situaciones como el que protagoniza la cinta de Oliver Stone en el que se crean dos bandos enfrentados dentro del mismo. Cuando la guerra de Vietnam llevaba varios años en activo la voluntad de gran parte de los soldados americanos comenzó a mermarse cuando poco a poco se fueron dando cuenta de que no podían vencer a un enemigo que conocía al milímetro un terreno que para ellos era tan hostil como desconocido. Por ello muchos de los militares se entregaron al opio, la marihuana o el LSD y demás sustancias estupefacientes con las que anestesiar el miedo o la ira del día a día en el campo de batalla, pero otros sólo pensaban en saciar una sed de sangre matando norvietnamitas fueran o no miembros o colaboradores del vietcong y dando pie con ello a terribles masacres de civiles como la que tuvo lugar en la aldea de My Lai el 16 de Marzo de 1968.




Esos soldados hastiados de la guerra, que cuando volvían a los cuarteles suetentaban su sentimiento de compañerismo y camaradería en el consumo de drogas están representados por el sargento Elías de Willem Dafoe. Un hombre que se preocupa de los suyos, con un aire de misticismo y espritualidad reconfortante (aquí empieza a mostrar su cara la religión budista a la que se convirtió Stone y al aque volvería en varios de sus films posteriores) que quiere cumplir su misión pero sin tomar vidas inocentes en el proceso y con el que se identifican soldados como Lerner (Johnny Depp), Rhah (Francesco Quinn) o King (Keith David). Por otro lado tenemos al Barnes de Tom Berenger, la máquina de matar deshumanizada, el sociópata de gatillo fácil que riega en alcohol sus desgracias y que cree en una guerra que no se sostiene por su propio pie, el típico militar que obedece órdenes sin hacer preguntas, que en caso de volver a Estados Unidos no sobreviría mucho tiempo sin entragarse al homicidio o el suicidio y que tiene entre sus acólitos a O'Neill (John C.McGinley), Bunny (Kevin Dillon), Junior (Reggie Johnson) o Tex (David Neidorf).




Chris Taylor, es decir Oliver Stone, se debate entre estos dos mundos. El joven recluta en ocasiones no sabe si ponerse bajo al amparo de Barnes, ese experto en el "arte de la guerra" que arrasará con todo lo que se ponga en su camino con tal de salir vivo de aquel infierno verde, o ser fiel a Elias, esa otra cara de la moneda que cree en el perdón y la redención y que comprende que ellos son la fuerza hostil que invade un país extranjero con todo lo que ello implica. Cuando finalmente el personaje de Charlie Sheen se inclina por el bando de Elías debe enfrentarse a una cruda realidad en la que Barnes aprovechará un momento de descuido para eliminar a traición a su compañero de rango ante la impotencia del protagonista. Si la incursión en Vietnam y la misma guerra hace mella en Chris el asesinato de Elias acaba por cercenar su coherencia, llegando a convertirse, paradójicamente en una máquina de matar como Barnes.




Lo más destacable es que esta división entre dos bandos en Vietnam tenía su reflejo en lo que acontecía por aquel entonces en Estados Unidos a nivel social y político con los distintos gobiernos implicados en el conflicto (los de Lyndon B. Johnson y Richard Nixon) no queriendo dar el brazo a torcer ante una guerra que nunca iban a ganar enfrentándose a toda una nueva generación de jóvenes contrarios al conflicto de Vietnam que veían a hijos, padres y hermanos viajar a miles de kilómetros de su país para matar y morir por una causa injusta en una tierra que hacía años se veía castigada por el imperialismo a manos de chinos, japoneses o franceses. Este contexto histórico late bajo la superficie de Platoon y moldea todo su subtexto, pero en la superficie lo que podemos ver es una película bélica magníficamente escrita, interpretada y sobre todo dirigida.




Poco tiene que ver la puesta en escena del Oliver Stone de Platoon con el que podríamos ver en los años 90 en films como El Cielo y la Tierra o Nixon. En su tercera película el cineasta todavía gustaba de realizar tomas largas, planos aéreos, dejando respirar los encuadres y apelando un clasicismo que tenía sus referentes en autores como Samuel Fuller o John Ford. Todavía quedaban algunos años para que las tomas cortas, la iluminación sobreexpuesta, el distinto uso de formatos, el recurso del blanco y negro en algunos pasajes y el montaje virtuoso se convirtieran en señas de identidad de la manera de narrar de Stone. También conseguiría por primera vez sacar lo mejor de un reparto de por aquel entonces jóvenes promesas comandadas por unos Willem Dafoe y Tom Berenger pletóricos y un Charlie Sheen que sabe transmitir por medio de su bisoñez en lides interpretativas la inocencia y poca experiencia de su protagonista.




Hay momentos de Platoon que son dificiles de olvidar. La llegada de Chris a la base militar viendo los cuerpos de soldados siendo recogidos en bolsas negras y la mirada inquisitiva que le dedican los veteranos, el intento de violación al que asiste el protagonista, la agresión al muchacho cojo por parte de Bunny, el disparo en la cabeza de la anciana vietnamita manos de Barnes, el intento de asesinato de Elias (ese cambio de expresión con primerísimo plano de los ojos a lo Sergio Leone) o su posterior la muerte con la famosa escena del cartel de la película en la que, siendo consecuente con su personaje, el alma de Willem Dafoe aparenta abandonar su cuerpo en pleno bombardeo, la pelea entre Barnes y Chris, la batalla final en la que el caos, la destrucción y la pólvora convierten la jungla en un infierno y ese llanto final del protagonista en el helicóptero con reflexión final por su parte. Todos pasajes en los que podemos casi sentir, oler y palpar el calor, el sudor, la muerte acechando detrás de cada árbol en aquel país que iba desangrándose poco a poco y con los que Stone nos hace testigos de lo que él vivió en su propia acariciando cada fotograma con el Adagio para cuerda de Samuel Barber que, aunque pocos lo recuerdan, ya usó David Lynch seis años antes en su magistral El Hombre Elefante.




Platoon fue un gran éxito en distintos aspectos y con ello marcó historia. Por un lado puso de acuerdo a crítica y público llegando a ganar, entre otros premios, cuatro Óscars, Mejor Película, Mejor Director, Mejor Edición y Mejor Sonido. También fue una de las primeras películas que trataron de manera directa el hecho de que en Vietnam el ejército americano cometió terribles crímenes contra la humanidad pisoteando los derechos humanos de los vietnamitas y eliminando a aldeas enteras de civiles con mujeres y niños incluidos. Tres años después Stone volvió al mismo terreno con la inmensa Nacido el 4 de Julio, adaptación de la autobiografía del veterano Ron Kovic y ya en 1993 cerraría su personal trilogía con El Cielo y la Tierra, otra autobiografía a manos de la escritora Le Ly Hayslip, con la que quiso abordar aquel conflicto desde el "bando enemigo", regalando la más hermosa de las cintas que ha rodado en toda su carrera y que dentro de poco será reseñada en las paredes de este blog.




Considerada unánimente como la mejor película de la carrera de Oliver Stone (para un servidor hay varias en su filmografía posterior que la superan holgadamente, pero eso es otra historia) Platoon fue junto a las posteriores La Chaqueta Metálica de Stanley Kubrick y la ya mencionada El Cielo y la Tierra del mismo Stone, una de las últimas grandes películas sobre Vietnam salida de Estados Unidos y abrió definitvamente las puertas de Hollywood a su director. Yo la descubrí por primera vez a mediados de los 90 y la revisioné de manera enfermiza incontables veces cuando la compré en VHS en la recóndita estantería de un hoy, tristemente, extinto videoclub convirtiéndose en una de las películas más importantes de mi adolescencia y despertando cada vez más en mí el interés en uno de mis directores favoritos de todos los tiempos. Una obra que me ofreció otro punto de vista de aquella guerra vietnamita alejado de los panfletos filofascistas del cine de los action heroes ochenteros con los que me martilleaba mi santo padre y que poco tenían que ver con lo que sucedió realmente en los más de diez años que duró aquel sinsentido histórico, político y estratégico.



martes, 30 de junio de 2015

Kung Fury, last action hero



Título Original Kung Fury (2015)
Director David Sandberg
Guión David Sandberg
Actores David Sandberg, Jorma Taccone, Steven Chew, Leopold Nilsson, Andreas Cahling, Erik Hornqvist, Eleni Young, Helene Ahlson, Per-Henrik Arvidius, Magnus Betnér, Björn Gustafsson, Eos Karlsson, David Hasselhoff, Frank Sanderson




Los 80 molan, han tenido que pasar 30 años de negación y hasta burla para que nos diéramos cuenta de ello, pero el revival ya está aquí. Cómo no echar de menos de aquella década los gobiernos de personajes tan entrañables como Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Tatcher en Gran Bretaña con sus bombardeos indiscriminados, guerras, privatizaciones, pisoteos de los derechos de los trabajadores, apoyos a dictadores o por otro lado cosas más terribles todavía como los cardados, hombreras y camisas de cuadros dos tallas más grandes que por aquel entonces eran lo más y ahora queman corneas en milésimas de segundo. Hace poco menos de 20 años tu amigo grunge o tu primo el bakala te hubieran dado de hostias por alabar las virtudes de films como Los Goonies, Gremlins o Cazafantasmas acusándote de infantil, comercialoide y pijo, que era lo más despectivo que podían llamarte durante los desaliñados 90. Pero en la segunda década del siglo XXI aquel cine revientataquillas de Hollywood al que nos pasamos mirando por encima del hombro casi toda nuestra vida ahora se ha revalorizado, más por la paupérrima y vergonzante calidad del actual que por otro motivo, pero no jodamos la fiesta antes de empezarla. Productos como Super 8 de J.J “¡Lucecitas, más lucecitas!” Abrams, Drive de Nicolas “¿pretencioso yo?” Winding Refn, Donnie Darko de Richard “no doy una derechas desde esta” Kelly o American Psycho de Mary “¿se acuerda alguien de mí?” Harron confirman que los cineastas criados en los 80 quedaron profundamente marcados por la estética y resoluciones formales del celuloide americano de aquella época. Pero ha tenido que ser un director, productor, guionista y actor sueco (un Ingmar Bergman trash) llamado David Sandberg el que haya realizado el homenaje más potente, desquiciado, multireferencial y chulesco a aquella cinematografía de los 80.




En el año 2013 se estrenó el tráiler que adjuntamos arriba con un considerable éxito en la red. Por medio de la financiacion crowdfunding desde una web llamada Kickstarter y recaudando 630,019 dólares (dos veces más del presupuesto que se esperaba conseguir) lo que en principio tenía intención de ser un largo quedó (por suerte, como comentaremos más adelante) en un mediometraje de 30 minutos ya que la financiación no daba para más. La producción se estrenó nada más y nada menos que en la Quincena de los realizadores del Festival de Cannes del presente año y seguidamente fue subida a Youtube consiguiendo un gran éxito de visitas y las alabanzas tanto de críticos como de usuarios de internet. El resultado es media hora de frenetismo desatado en el que David Sandberg mete en una turmix la estética, las resoluciones formales, los clichés, los subgéneros y los personajes tipo forjados en el cine de Serie B de los años 80 pero llevándolos al extremo, al disparate cómplice, a la hipérbole más fruiciosa. Tildada por el imparcial periódico español El Mundo como “la mejor película de todos los tiempos” Kung Fury es desde ya una obra de culto con una fiel horda de aguerridos fans que han disfrutado lo indecible con su mezcolanza de fantasmadas a cual más exagerada revelándose como un producto hecho con verdadero cariño y reverencialidad hacia una manera de hacer cine que otros han tratado de recuperar pero sin tanto éxito como este desconocido David Sandberg que ya ha grabado su nombre a fuego en la cultura pop de principios del siglo XXI.




Tomemos como punto de partida una estética deudora del videojuego Streets of Rage de Sega, un beat’em up de manual sin chorradas rebuscadas, sólo dar hostias y avanza hasta que no quede nadie en pie. A partir de ahí cogemos al paciente y le inyectamos en vena un poco de Regreso al Futuro, otro de Robocop, Transformers y Terminator, algo de Golpe en la Pequeña China, una pizca de Operación Dragón, una migaja de Arma Letal, apuntes de exploit nazi y medieval, dinosaurios, piratas informáticos, panorámicas de playas californianas a lo Corrupción en Miami (Miami Vice), animación deudora de Masters del Universo, David Hasselhoff, mucho cariño y muy poca vergüenza. El monstruo resultante es una historia sin pies ni cabeza en la que Kung Fury, un policía alcanzado por un rayo mientras es mordido por una cobra que inmediatamente se convierten en un legendario guerrero de kung-fu apodado el Elegido, se las ve con máquinas recreativas robóticas, bandas de punks violentos, ninjas y sobre todo un Adolf Hitler experto en artes marciales (apodado Kung Führer) con el que tendrá que enfrentarse durante la Segunda Guerra Mundial. Con estos ingredientes es de esperar que los 30 minutos de metraje encadenen una escena épica detrás de otra en la que podremos ver a vikingas armadas con metralletas de asalto, un Thor gigantesco que viaja en el tiempo, laserraptores, un águila de oro nazi que toma vida, un hacker con pinta de nerd o un policía con la cabeza de un triceratops.




Música de sintetizador, el uso del Tracking de los vídeos analógicos en pleno metraje, artes marciales, explosiones, tiroteos, gore, viajes en el tiempo llevados a cabo por medio de equipos de informática entrañablemente anticuados, valkirias y dioses nórdicos al más puro estilo del subgénero de Espada y Brujería, videojuegos, coches deportivos, todas aquellas señas de identidad del cine americano de la década de los 80 se concentra en Kung Fury. Más allá de los distintos coqueteos con el Grindhouse de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino, más allá de pequeñas joyas contemporáneas adscritas a ese tipo de celuloide como Ovejas Asesinas (Black Sheep), de Jonathan King o Bicho Malo (Bad Milo!), de Jacob Vaughn, David Sandberg no apela a imponer su autoría a la obra que está gestando para parecer el más listo de la clase, ni se queda en homenajear en tono o forma los films en los que se sustenta para dar forma a su criatura, él prefiere realizar un estruendoso facsimil en el que el cariño, la admiración y la nostalgia se sobreponen a argumentos (la trama es un disparate sin sentido alguno) personajes (todos son estereotipos de los disitintos géneros de la época e incluso los actores lo hacen intencionadamente mal o eso parece al menos) y se entrega por completo a una soberbia dirección técnica llena de excesos, pasadas de rosca o secuencias inolvidables como el protagonista abriéndose de piernas a lo Van Damme mientras un camión cisterna explota a sus espaldas, Hitler haciendo movimientos de kung fu, un sosias del Doctor Menguele realizando experimentos con humanos para encontrar al Elegido, todo el pasaje del nacimiento de Kung Fury como superhéroe con el asesinato de su compañero (¡Esa lengua en la escena gore!) su viaje a través del tiempo montado encima de un teclado de ordenador o esa batalla final entre toda la banda del personaje principal y el ejército nazi de Hitler que da cierre a un broche de oro con el que la cinta de David Sandberg se despide a lo grande dejando un final abierto que seguramente dé pie a una secuela.




Hay dos motivos de peso por los que ha sido un acierto dejar esta pequeña joya del polifacético sueco David Sandberg llamada Kung Fury en un mediometraje. El primero es que posiblemente haber alargado a 90 minutos su duración habría sobrecargado y saturado a más de un espectador que llegado a un punto vería la misma formula repetida incesantemente hasta el final de la película hiriéndola considerablemente y entregándola a los prostituibles brazos de la reiteracion. El segundo es que alargar más esa media hora hubiera hecho bastante difícil rematar esta reseña que ya con los consabidos 30 minutos está costando bastante acabar al que suscribe, humilde redactor que tiene un límite de sinónimos a la hora de hablar de artes marciales, años 80, acción, descontrol y nostalgia, el contenido exclusivo de este indispensable proyecto de 2015. Kung Fury ha sido una de las sensaciones de la temporada, una nueva especie de sleeper ideado, financiado, rodado, interpretado y estrenado por fans con todas las letras. Un producto indispensable para freaks de todo pelaje que se dejen enamorar por una imposible amalgama de referencias que se mueven entre lo brillante y lo risible y que nos devuelven aquel olvidado y ya relativamente lejano aroma a cinta de vídeo, a juego de mesa, a partido de fútbol con los amigos, a tardes de merienda y tele compartida con primos o vecinos, a nostaliga bien entendida, a recuerdos de una época en la que el gran “The Hoff” dominaba el mundo, las carreteras y las listas de éxitos musicales



martes, 16 de junio de 2015

Insidious: Capítulo 3



Título Original Insidious: Chapter 3 (2015)
Director Leigh Whannell
Guión Leigh Whannell
Actores Dermot Mulroney, Lin Shaye, Hayley Kiyoko, Stefanie Scott, Leigh Whannell, Angus Sampson, Michael Reid MacKay, Tate Berney, Anna Ross, Ashton Moio, Ele Keats, Steve Coulter, Tom Fitzpatrick




Los australianos James Wan y Leigh Whannell se hicieron un nombre internacional cuando ambos decidieron llevar al largo un cortometraje de su propiedad llamado Saw en el que el primero ejercía de director y el segundo de guionista (basándose en una historia ideada por ambos) y actor principal. El estreno de la película fue tan exitoso que dio pie a una holgadísima saga de hasta siete entregas (que posiblemente llegue a ocho en un futuro próximo) cuya brutalidad crecía de manera inversamente proporcional a la calidad de las distintas secuelas. Mientras los dos socios veían llegar a sus cuentas corrientes miillones y más millones de dólares ejerciendo de productores ejecutivos en la franquicia protagonizada por el maligno y ultrconservador Jigsaw y tras apuntar maneras colaborando en la irregular pero recuperable Silencio Desde el Mal (Dead Silence), en 2010 decidieron crear otra saga dentro del género de terror diametralmente opuesta a la que tantas satisfacciones monetarias les estaba produciendo. Insidious era un totum revolutum, un homenaje al cine clásico de casas encantadas, fantasmas amenazantes y posesiones demoníacas en el que un magnífico reparto y un guión tan multireferencial como bien estructurado se veían considerablemente engrandecidos por la puesta en escena de un James Wan que se confirmaba como uno de los mejores directores jóvenes del cine comercial de Hollywood. Insidious: Capítulo 2 llegó tres años después y aunque no estaba al nivel de la primera entrega (Wan rodó también ese mismo 2013 The Conjuring: Expediente Warren y lo dio todo como autor en esta, la que sigue siendo su mejor obra hasta la fecha) era una dignísima continuación que recuperaba a todo el reparto de la cinta primigenia, acrecentaba el microcosmos creado por sus dos padres y confirmaba el talento del director de Sentencia de Muerte para el control tempo narrativo cinematográfico y el uso de los resortes adscritos a las horror movies de los 70 y 80.




Los problemas llegaron cuando James Wan fue contratado para rodar la séptima y descomunalmente existosa entrega de la saga Fast & Furious impidiéndole su agenda ejercer como director de lo que vendría a ser la tercera entrega de Insidious. La solución tomada por los productores fue la más sensata dentro de la mala noticia que suponía el abandono de la butaca del director por parte del cineasta, nada más y nada menos que poner detrás de las cámaras al mismísimo Leigh Whannell para dar forma a esta Insidious: Capítulo 3. En principio el hecho de la marcha de un cineasta tan talentoso y de una personalidad tan marcada como la de James Wan como realizador del proyecto auguraba lo peor para esta tercera parte en la que su co guionista y actor secundario (da vida en todos los films al parapsicólogo Specs que siempre va acompañado de su socio Tucker) ejercería como jefe de ceremonias, siempre con la colaboración de su amigo Wan que encabeza la producción del proyecto en los títulos de crédito. Pero contra todo pronóstico esta tercera entrega supone una excelente continuación de la saga, superior a la primera secuela y en ocasiones igualando (en varias escenas aisladas) a la cinta primigenia de 2010 gracias a la buena labor en escritura, interpretación y sobre todo dirección de un Leigh Whannell que, si ciertamente ha tenido el control artístico del proyecto, promete ser un artesano muy a tener en cuenta dentro del celuloide de género, puede que no tanto como su amigo James, pero sin irle demasiado a la zaga a este.




Sería de necios negar que la existencia de una obra como Insidious: Capítulo 3 es por motivos primordialmente monetarios. Que la tercera entrega de la saga sea una precuela, cuando la misma no sirve para cerrar la historia iniciada en 2010, sirve como excusa para, al estilo de Paranormal Activity (curioso que en ambas franquicias ejerza como productor el cineasta norteamericano de origen israelí Oren Peli), colarnos una película más antes de que, supuestamente, se finiquiten definitivamente las trágicas vivencias, de los Lambert o el trío de parapsicológos formado por Specs, Tucker y la medium Elise Rainier, roles que forman el núcleo central de los hasta ahora tres films. Por suerte una vez el espectador se enfrenta a esta segunda secuela descubre que Leigh Whannell mantiene intacto el microcosmos que él y James Wan crearon en los dos primeros largometrajes, con una puesta en escena brillante en la que se revela como un alumno aventajado de su camarada, controlando con una pericia impropia de un novato en labores de realización un suspense que se tensa como un cable de acero para regalar al respetable algunas de las escenas de terror mejor ejecutadas de lo que llevamos de 2015. Curiosamente aunque la obra se adscribe sin ningún tipo de dudas a la serie de films de la que forma parte haciendo uso de toda la parafernalia, conceptos y subtramas narrativas que sustentaron los dos primeros trabajos en esta ocasión parece como si Leigh Whannell hubiera reducido esa amalgama (en ocasiones algo histriónica, aunque hasta esto le inyectaba cierto encanto) de referencias y tonalidades bordeando el grandguiñol para entregarse a una austeridad más terrenal o física que recuerda, paradójicamente, a The Conjuring: Expediente Warren y que ofrece pasajes sencillamente intachables.




Si Insidious era una actualización de Poltergeist de Tobe Hooper y Steven Spielberg e Insidious: Capítulo 2 un cruce entre El Resplandor (aunando apuntes de la versión cinematográfica con la televisiva, adjudicadas a Stanley Kubrick y Mick Garris respectivamente) y Piscosis de Alfred Hitchcock, esta tercera entrega tiene como principal referente El Exorcista de William Friedkin (la posesión del personaje de Quinn Brenner y el posterior intento de expulsión de la entidad) con Twin Peaks: Fuego Camina Conmigo, de David Lynch (una criatura diabólica que quiere tomar el cuerpo de una adolescente para abandonar de la oscuridad, así como la presencia importante del diario de la protagonista y lo que en él hay escrito) con apuntes que van desde La Casa de los 1000 Cadáveres, de Rob Zombie (ese anciano con la máscara de respiración que recuerda notablemente al Doctor Satán de la ópera prima del músico de metal industrial) hasta Al Final de la Escalera (The Changeling) la obra maestra de Peter Medak de la que toma las sesiones de espiritismo y un edificio maldito hasta los cimientos. Pero que nadie piense que Insidious: Capítulo 3 elude u olvida los vínculos que la unen con sus hermanas mayores, aquí tenemos la presencia de Specs y Tucker (divertídísimos como siempre, la chaqueta de Casper del primero y la camiseta de la película de Masters del Universo del segundo regalan las primeras carcajadas relacionadas con su intervención) una Lin Shaye más impresionante que nunca como Elise , el “Más Allá” y la puerta roja que le da entrada, referencias a los Lambert, la presencia del travestido Parker Crane, así como los cameos del demonio parásito de la primera entrega y de Carl, el amigo de la ya mencionada medium que le ayudó en el caso de Josh y Renai en la secuela de 2013. En el apartado artístico también habría que mencionar para bien a unos convincentes Dermot Mulroney y Setefanie Scott y para mal a un desubicado Tate Berney dando vida al hijo pequeño de la familia y que es arrinconado y desechado por el guión de manera un tanto forzada y equívoca.




Insidious: Capítulo 3 mantiene viva y en buena forma una franquicia que, de todas formas, no debería ofrecer más de cuatro entregas, cerrando así todas las tramas en la próxima cinta relacionada con la franquicia que debería dar continuidad al argumento abierto en el final del Capítulo 2. Como no podemos saber a ciencia cierta si James Wan la ha rodado desde las sombras (su presencia como productor y su cameo en la escena del casting de Quinn confirman que su presencia se hizo notar en el set, indudablemente) vampirizando la identidad de Leigh Whannell (he aquí otra conexión con Poltergeist, cinta que recordemos siempre ha sido adjudicada más a Steven Speilberg que a Tobe Hooper) o si realmente este ha sido la principal cabeza pensante detrás del proyecto, sólo nos queda disfrutar con el trabajo bien hecho tanto del realizador y guionista, como del reparto o el resto del equipo técnico de la obra. Pasajes como el de la entidad confinando poco a poco a Quinn en la habitación después de aparecer detrás de las cortinas, la visita de esta última al apartamento abandonado con los dos espectros que allí moran, lo acontecido en la “Habitación de Lectura” de la casa de Elise cuando esta sigue las huellas u otros que apelan al tono más terrenal y epidérmico de esta entrega como la ya famosa secuencia de las escayolas que un servidor puede asegurar despertó en la sala en la que vi la pelicula más de un gruñido de desagrado y angustia confirman a esta producción del presente año como una digna continuación del microcosmos insidioso. Aunque no queremos engañar a nadie, esta tercera Insidious no resuelve casi nada en lo que a las subtramas de sus dos hermanas mayores se refiere y su guión no puede presumir de originalidad precisamente, pero sí es cierto que satisfará a los fans de la saga (incluso puede que a su detractores por alejarse ligeramente del tono que forjó la misma) a los seguidores del celuloide de terror con aroma clásico y hasta a esos espectadores ocasionales que busquen poco más de hora y media de emociones fuertes y momentos poderosos por su inventiva y ejecución, varios de los cuales hasta a alguien como un servidor, asiduo masivo a este tipo de films, le hizo dar algún que otro respingo en la butaca. Sirva como ejemplo ese epílogo con Elise, que al dar el golpe de gracia cuando y donde menos lo espera el espectador, pilló desprevenido al que aquí firma dejándole una impagable sonrisa nerviosa en la cara que evidenciaba que el desembolso para ver la cinta de Leigh Whannell había merecido la pena.