lunes, 21 de septiembre de 2020

¡Todos Flotan! Las Pesadillas de Stephen King Vol. II...


Edición Nacional/España Applehead Team Creaciones
Autor Tony Jiménez
Formato Rústica
Páginas 602 páginas
Precio 22,95€

En septiembre de 2019 un servidor reseñó Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989), primera entrega de un ensayo dedicado a desgranar la obra literaria y cinematográfica centrada en el famoso autor nacido en Maine. Publicado por la editorial Applehead Team Creaciones y escrito por el novelista malagueño Tony Jiménez, abarcaba toda la carrera de Stephen King desde sus primeros pasos hasta finales de los años 80. Al término de aquella reseña confirmé que también publicaríamos una dedicada a la segunda y por ahora última parte del ensayo titulada ¡Todos Flotan! Las Pesadillas de Stephen King Vol. II (1990-2019). En esta entrada analizaremos este nuevo episodio en el que no sólo se abordan los veinte años posteriores dedicados a los libros, largometrajes y series televisivas adheridas a la autoría del creador de Carrie o El Misterio de Salem’s Lot, también haremos parada en otros medios en los que Stephen King ha dejado una huella indeleble e incluso en su legado, asumido este por, entre otros, una persona perteneciente a su propia familia.

En la ya citada reseña dedicada a Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989) mencionamos que la lectura de aquel primer ensayo se asemejaba a mantener una distendida, interesante y dinámica conversación con un fan irredento de King cuya misión es, no sólo acercarnos toda su bibliografía y filmografía, sino hacerlo de manera cercana para poner a disposición de todo tipo de lectores la vida y milagros de uno de los autores más importante de la literatura contemporánea. Por un lado ¡Todos Flotan! Las Pesadillas de Stephen King Vol. II (1990-2019) mantiene, e incluso mejora, esa constante establecida en el trabajo anterior, pero por otro Tony Jiménez añade a esta secuela capítulos nuevos que analizan el sello de Stephen King más allá de la página escrita o el fotograma filmado, haciendo que esta entrega se muestre más enriquecedora tanto en contenido como en conceptualidad, exigiendo profundizar más en la evolución de un profesional que en los años 90 sufrió un cambio notable con respecto al tipo de relatos que llevaba a cabo.

Ciertamente repasar el grueso de la obra de Stephen King durante los 90 es harto interesante ya que a lo largo de esos diez años la temática de sus obras cambió sustancialmente alejándose un poco del terror que cimentó su carrera y adentrándose en terrenos más cercanos al drama, la fantasía, la ciencia ficción e incluso la crítica social y política. Aunque, por otro lado, todos ellos han estado presentes, en mayor o menor mediada, en la impronta del novelista desde sus mismos inicios. Tony Jiménez es consciente de ello y en el repaso que realiza a los libros que cimentaron esta etapa de King incide en varias ocasiones en la evolución que supuso de cara a unos lectores que asistiendo a cómo piezas como El Resplandor, Cujo, Cementerio de Animales o Christine, adscritas a parámetros más ortodoxos del terror, dejaban paso a otras como Dolores Claiborne, El Juego de Gerald, Corazones en la Atlántida o las distintas entregas de la saga La Torre Oscura. Por consiguiente la disección de dichos trabajos es más profunda y minuciosa que en la primera parte del ensayo.

Después de un prologo a manos de Raúl Sánchez y una introducción de Luis Martínez Vallés el trabajo es retomado por Tony Jiménez siguiendo la misma estructura que en Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989). Empezando por Las Cuatro Después de Medianoche (1990) y acabando por Elevation (2018) el ensayista recorre poco menos de veinte años de novelas, antologías, publicaciones digitales e incluso ensayos en los que Stephen King desplegó toda su sapiencia narrativa y cultural. También se mantiene la acertada decisión de incluir en los capítulos centrados en relatos que han sido adaptados al medio audiovisual la opinión de Jiménez sobre estos, sumergiéndose en los cambios sufridos durante la segunda mitad de los años 90 cuando dejaron de ser películas estrenadas en el cine a manos de directores consagrados como Stanley Kubrick, Brian de Palma, David Cronenberg y John Carpenter o reivindicables series B ejecutadas por humildes artesanos como Daniel Attias, Lewis Teague, Fritz Kiersch o Ralph S. Singleton a tv movies de bajo presupuesto no demasiado destacadas, a menos que estuvieran facturadas por Mick Garris.

Una vez terminado dicho recorrido la segunda parte del libro supone una agradable sorpresa para el que suscribe, tristemente no demasiado cultivada en los ensayos serializados. Entre la publicación de Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989) y la de ¡Todos Flotan! Las Pesadillas de Stephen King Vol. II (1990-2019) pasaron casi tres años y en ese periodo de tiempo se estrenaron varias adaptaciones cinematográficas y televisivas de novelas de King ya analizadas en el primer trabajo de Tony Jiménez dedicado al marido de Tabitha King. De manera que en este segundo se añaden las opiniones de dichos proyectos entre los que encontramos It: Capítulo 1, la nueva versión de Cementerio de Animales, Los Chicos del Maiz: La Huida o las series La Niebla y Castle Rock, de Spike y Hulu, respectivamente. Con un esfuerzo hercúleo por facturar un producto lo más actualizado posible Tony Jiménez suma las reseñas de dichas traslaciones audiovisuales a las de las más recientes novelas de King intentando abarcar todo el material relacionado con el estadounidense e incluso mostrando un adelanto de la, por aquel entonces, todavía no estrenada It: Capítulo 2.

El tercer capítulo, Cómics y videojuegos, se centra, como su título indica, en las colaboraciones o inspiraciones de King en el arte secuencial y el mundo del entretenimiento virtual. Con los cómics dedicados a su obra sucede como con la mayoría de las películas. Mucha gente asume que él se encuentra detrás del desarrollo y creación de los mismos, cuando son casos aislados en los que eso sucede. Por ello podemos encontrar adaptaciones como la de El Cortador de Césped a manos de Walter Simonson, la de la saga La Torre Oscura en la que Peter David, Jae Lee y Richard Isanove formaban equipo o Apocalipsis (The Stand) donde Robert Aguirre Sacasa y Mike Perkins hacían lo propio. Todas inspiradas en las obras de King, pero sin su intervención directa en ellas. Aunque también otras en las que sí escribía los guiones como el brillante cómic de Creepshow (George A. Romero, 1982) o el segundo arco argumental de American Vampire, la serie del sello Vertigo que co creó junto a Scott Snyder y Rafael Albuquerque con el vampiro Skinner Sweet como uno de sus protagonistas. Estos y otros trabajos son acometidos por Jiménez con abundante información sobre sus ideólogos y las editoriales, estadounidenses y españolas, que los movieron por el mercado.

El último capítulo, Homenajes y Legado, hace un recorrido por todas las referencias a King o su obra en la cultura pop con especial hincapié, como no podía ser menos, en las televisivas acontecidas en Los Simpson y Padre de Familia. También las bandas de rock y metal que han dedicado letras a las criaturas o historias del novelista como Blind Guardian, Demons & Wizards, Black Sabbath o Pennywise y Randall Flagg. Por último los films que han rendido tributo a su universo literario, resaltando aquella obra maestra titulada En la Boca del Miedo (In the Mouth of Madness, John Carpenter, 1995) en la que la impronta del de Maine se fusionaba con la de H.P. Lovecraft. Pero dentro de este último capítulo es de recibo mencionar la decisión de Tony Jiménez por acercarnos a Joe Hill, el segundo hijo de King convertido desde hace años en otro autor de best sellers. El malagueño se adentra en las novelas de Hill como El Traje del Muerto, Fantasmas, Fuego, Cuernos y NOS4A2, los cómics que ha escrito como Locke & Key o The Cape e incluso las adaptaciones cinematográficas y televisivas de los mismos. Un digno heredero del manto de su padre que ya está haciéndose un nombre en el mundo de la letra escrita.

Tras una última reflexión por parte del autor, el epílogo escrito por Asier Menéndez Marín y agradecimientos varios termina ¡Todos Flotan! Las Pesadillas de Stephen King Vol. II (1990-2019), la segunda parte de este ensayo dedicado al autor con el que muchos lectores, un servidor entre ellos, empezamos a introducirnos en el mundo literario y el cine de terror. Cuando acabamos la lectura del trabajo, poco más de seiscientas páginas que no pesan en ningún momento, hemos recorrido una de las etapas más interesantes de la bibliografía de un profesional indispensable para entender la actual narrativa estadounidense y hemos asistido a cómo el medio audiovisual se adapta y retroalimenta para seguir trasladando a imagen real la obra de un escritor que siempre es sinónimo de éxito. Teniendo en cuenta que no hay año en el que Stephen King no publique al menos una novela o las productoras cinematográficas y plataformas de streaming no adapten varios de sus relatos a la pantalla grande o pequeña se antoja lógico que Tony Jiménez tenga la intención de seguir con esta serie de libros indispensables para los fans del maestro del terror. Ahora sólo queda que el malagueño se anime a hacer lo propio con Joe Hill en otra serie de ensayos. Algo que no estaría nada mal.


Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989)


Edición Nacional/España Applehead Team
Autor Tony Jiménez
Formato Rústica
Páginas 366 páginas
Precio 18,95€

Ahora que It: Capítulo 2 arrasa en la taquilla internacional es un buen momento para seguir hablando de la vida y obra de Stephen King. El autor de Maine vive actualmente una segunda edad dorada en lo profesional, ya que a sus 71 años de edad asiste a un nuevo resurgir de adaptaciones, cinematográficas y televisivas de muchas de sus obras literarias. Mientras él no falta a su cita anual con las librerías regalándonos, como mínimo, dos manuscritos por temporada. En nuestra redacción de libros también queremos dedicar una entrada al “maestro del terror”, pero en esta ocasión en lugar de reseñar uno de sus numerosos libros, como sí aconteció con Cementerio de Animales, vamos a hacerlo con un ensayo dedicado a su destacada persona. La editorial Applehead Team sigue apostando por ese “cine que siempre quisimos leer” y, como era de esperar, el creador de algunas de las piezas más vendidas y alabadas de la literatura de terror contemporánea, que dieron forma a incontables piezas audiovisuales, no podía faltar en su catálogo. Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989), primera parte de un, por ahora, díptico dedicado al marido de Tabitha King, será el blanco de nuestros comentarios en la siguiente publicación.

En el capítulo de Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989) centrado en el célebre ensayo Danza Macabra que Stephen King dedicó al género de terror, en todas sus vertientes artísticas, Tony Jiménez (Málaga, 1984), afirma que afrontar la lectura de dicho trabajo se asemaja a: “Tomarse una cerveza en el porche de la casa de King mientras hablamos sobre cine y literatura de terror”. Esta afirmación es aplicable también a su propia obra, este primer volumen que abarca toda la carrera literaria, y las adaptaciones cinematográficas y televisivas derivadas de ella, del famoso escritor desde mediados de los 70 hasta finales de los 80. Porque nos encontramos con una pieza ejecutada desde el cariño y la admiración por el creador de Carrie, La Niña Que Amaba a Tom Gordon, La Tienda (Needful Things) o El Ciclo del Hombre Lobo.

No esperéis con Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989) un sesudo análisis repleto de tecnicismos sobre la bibliografía del escritor de Nueva Inglaterra. Tony Jiménez predispone su trabajo de manera cercana y empática de cara a un receptor que podrá disfrutar del mismo sin necesidad de ser un “lector constante” de King, pero será este último el que más disfrute con el trayecto planteado por el malagueño. Este primer volumen se abre con un ingenioso y peculiar prólogo escrito por, nada más y nada menos, que Richard Bachman, el pseudónimo utilizado por King entre los 70, 80, y puntualmente en los 90, para escribir algunas novelas, normalmente alejadas del terror, como la controvertida Rabia, El Fugitivo (Running Man), Carretera Maldita (Roadwork), Maleficio (Thinner) o La larga Marcha, esta última una de mis favoritas salidas de la mano del creador de Pennywise o Christine.

Seguidamente encontramos una breve biografía en la que se repasa la vida personal y profesional de King, sin incidir demasiado en datos innecesarios ya que, como bien menciona Jiménez en el ensayo, nada mejor que leer las novelas del autor de Maine para conocer en profundidad su personalidad. A continuación entramos en el libro propiamente dicho con un repaso cronológico a la obra literaria de King y a sus respectivas traslaciones al medio audiovisual, en el caso de haberlas, con el autor del trabajo ofreciendo su opinión sobre dicho material. En este completo y personal trayecto somos testigos del profundo conocimiento de Jiménez en lo referido a los más de cuarenta años de carrera del novelista ofreciendo, además de su perspectiva de todos y cada uno de esos trabajos, sustanciosos datos, curiosidades o anécdotas. Varias de ellas conocidas por los fans y otras inéditas hasta para los miembros de la rama más dura de los seguidores de King.

Desde Carrie (1974) hasta La Mitad Oscura (1989) Tony Jiménez ejerce de jefe de ceremonias a la hora de adentrarnos en trabajos literarios como El Resplandor, Cujo, Ojos de Fuego (Firestarter), Tommyknockers o las, ya citadas, novelas de Richard Bachman. Después de contextualizar y dar opinión del libro correspondiente hace lo propio con su versión en imagen real, ya sea para la pequeña o o gran pantalla. Ciertamente el especial cariño de Jiménez por la obra y milagros de King le incita a ser, en ocasiones, demasiado benévolo con el material sobre el que reflexiona esforzándose, meritoriamente, por sacar lo mejor de hasta los trabajos, literarios y audiovisuales, más deficientes nacidos de la impronta del novelista. Pero también se adentra en terrenos complicados cuando desmitifica algunos otros como la primera y clásica versión televisiva de Salem’s Lot rodada por Tobe Hooper en 1979. Opinión que un servidor no comparte, para mí sigue siendo una de las mejores adaptaciones de un libro de King, pero sí respeta por la sinceridad con la que está planteada por el autor.

Here’s Johnny! Las Pesadillas de Stephen King Vol. 1 (1974-1989) es una cita altísimamente recomendable para los fans de Stephen King, esos que han leído todas sus novelas o no se pierdan una sola de sus adaptaciones al cine, la televisión o plataformas digitales. Se agradece que por fin llegue a España un ensayo en nuestro idioma actualizado sobre el autor de Maine, y esto lo decimos en el más amplio sentido de la palabra no sólo por el presente volumen, sino también por el que llegó después. ¡Todos Flotan! Las Pesadillas de Stephen King Vol. II (1990-2019) ha sido publicado este año y compila la segunda etapa de la carrera de King. En esta ocasión Tony Jiménez no sólo disecciona libros y novelas, también se adentra en otros terrenos como los cómics o los videojuegos relacionados con el novelista e incluso dedica espacio a Joe Hill, hijo de King y autor de grandes trabajos literarios como El Traje del Muerto, Cuernos, Fuego o Fantasmas. De este segunda entrega hablaremos también, próximamente.


viernes, 21 de agosto de 2020

Darkman, el hombre sin rostro



Título Original Darkman (1990)
Director Sam Raimi
Guión Sam Raimi, Ivan Raimi, Daniel Goldin, Joshua Goldin, Chuck Pfarrer
Reparto Liam Neeson, Frances McDormand, Colin Friels, Larry Drake, Nelson Mashita, Jesse Lawrence Ferguson, Ted Raimi, Jenny Agutter, Dan Hicks, Nicholas Worth, Julius Harris, Toru Tanaka, Dan Bell, Bruce Campbell, Frank Noon, William Dear




Cuando decidimos publicar los viernes estas retro-críticas nuestra intención era, no sólo reseñar aquellas adaptaciones cinematográficas de cómics que nunca habían encontrado su lugar en Zona Negativa o que si lo tuvieron fue antes de existir la redacción de cine, sino cubrir el vacío de estrenos dentro de este subgénero que la pandemia y el estado de alarma a nivel mundial impusieron a Hollywood, viéndose en la obligación de reestructurar totalmente su calendario previamente establecido. Hoy, después de siete de esas retro-reseñas, vamos a hacer una excepción hablando de una de esas películas que sin estar inspiradas directamente en ningún cómic, no sólo toma señas de identidad de cientos de ellos, sino que también ha sido considerada con el paso del tiempo casi una muestra más dentro de este tipo de celuloide. Hablamos como no podía ser menos de Darkman, cuarta película del cineasta estadounidense Sam Raimi que después de dos éxitos como Posesión Infernal (Evil Dead, 1981) o Terroríficamente Muertos (Evil Dead II, 1987) y un fracaso como Ola de Crímenes, Ola de Risas (Crimewave, 1985) decidió facturar su propia película de superhéroes hecha a medida, al no poder implicarse en producciones centradas en algunos de sus personajes favoritos como Batman o The Shadow. El resultado supuso un enorme éxito para el director de El Ejército de las Tinieblas (1992) que le abrió definitivamente las puertas de Hollywood.




Darkman fue un proyecto impulsado por la productora Renaissance Pictures, fundada por el mismo Sam Raimi y sus amigos Robert Tapert y Bruce Campbell junto a por Universal Pictures que puso en manos de los cineastas un presupuesto de entre 18 y 20 millones de dólares. A partir de una idea de Sam Raimi, que en su origen no dejaba de ser un relato de 30 páginas titulado The Darkman, el director se ocupó del guión junto a su Hermano Ivan Raimi, los también emparentados Daniel Goldin y Joshua Goldin o Chuck Pfarrer. Para dar vida al protagonista se recurrió a un todavía no muy conocido actor escocés llamado Liam Neeson que sólo tres años después protagonizaría la película que le cambiaría la vida a las órdenes de Steven Spielberg. A la pareja del personaje principal le dio vida la enorme Frances McDormand, grandiosa actriz y vieja conocida por Sam Raimi debido a su estrecha amistad con los hermanos Joel y Ethan Coen. Al dúo de villanos le pusieron rostro y físico un icono de la serie B como Larry Drake y Colin Friels, actor australiano de origen escocés que no se prodigó demasiado en Hollywood tras su paso por Darkman. En roles más episódicos tenemos a viejos conocidos del director como su otro hermano, Ted Raimi, Dan Hicks, Nicholas Worth o el indispensable Bruce Campbell cuya aparición en el film se litima a un breve, pero icónico, cameo. Danny Elfman en la banda sonora, Bill Pope en la dirección de fotografía y Tony Gardner como diseñador de los importantes efectos de maquillaje ponián el broche de oro a un proyecto con todo a su favor para convertirse en un éxito.




El Doctor Peyton Westlake (Liam Neeson) y su ayudante Yakitito (Nelson Mashita) están a punto de conseguir un gran avance en la creación de una variante de piel sintética cuyo fin será ayudar a personas con graves quemaduras corporales. Cuando su novia, la abogada Julie Hastings (Frances McDormand), descubre los asuntos sucios de uno de sus clientas más importantes, el empresario Louis Strack (Colin Friels), este envía a su banda de matones a sueldo comandados por el peligroso Robert Durant (Larry Drake) en busca de los archivos que delatan sus negocios ilícitos a la casa de Julie y encontrándose allí con Peyton y Yakutito. Los criminales asesinan al ayudante del científico y a Peyton lo desfiguran bestialmente haciendo explotar su laboratorio mientras lo dan por muerto al no haber sido encontrado su cadáver, supuestamente calcinado por por el brutal ataque al inmueble. Pero Peyton Westlake no ha perdido la vida, sino que ha quedado totalmente desfigurado y una vez huye del hospital en el que se encontraba confinado decide seguir con sus experimentos y saciar su sed de venganza contra aquellos que arruinaron su vida, separándolo de la mujer a la que amaba.




Aunque ya hemos mencionado que Darkman se adscribe sin demasiados problemas al cine superheróico, aunque sería más acertado decir que pertenece al “antiheróico”, sus raíces vienen precisamente del género que más ha cultivado Sam Raimi a lo largo de su carrera detrás de las cámaras. La trágica historia de Peyton Westlake no deja de ser una reformulación y modernización de El Fantasma de la Ópera, novela y personaje creado por el autor francés Gastón Leroux, con apuntes de clásicos de la literatura de terror o los monstruos a los que la Universal Pictures dio renovada fama durante los años 30 del siglo pasado. En este sentido es inevitable que vengan a nuestra mente novelas como Frankenstein (Mary Shelley, 1818), El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde (Robert Louis Stevenson, 1886), El Hombre Invisible (H.G. Wells, 1897) o sus distintas versiones en imagen real tanto para la pantalla grande como la pequeña. Esta decisión conceptual y estilística hibrida los géneros ya citados, pero también añade apuntes de drama, acción, suspense, literatura pulp y hasta pinceladas cartoonescas propias de la puesta en escena del Sam Raimi de sus primeros años.




Con respecto a su adhesión e influencia del mundo del cómic los ecos a The Shadow o Batman son tan notorios como inevitables. A propósito del personaje creado por Bill Finger y Bob Kane el estreno un año antes de la primera película del Hombre Murciélago dirigida por Tim Burton deja una huella más que notable en la estética de Darkman y no lo decimos sólo por el score compuesto por Danny Elfman, muy similar al que puso a disposición de aquella exitosa superproducción de 1989, sino por muchos detalles estilísticos, tonales y atmósfericos. No sabemos si estas similitudes son intencionadas o pura casualidad, pero es inevitable reparar en ellas, de la misma manera que después de ver la soberbia adaptación que Alex Proyas rodó en 1994 de El Cuervo, el exitoso cómic independiente de James O’Barr, se antoja lógico rememorar no pocos pasajes de esta Darkman y su mezcla oscuro urbanismo, neogoticismo y hasta Grand Guiñol en sus pasajes más enloquecidos. Darkman bebió de muchos referentes para tomar forma, pero su sombra también fue alargada durante la década de los 90 y no sólo por las producciones derivadas de ella que mencionaremos brevemente al final de la entrada.




En comparación con los que había contado en sus anteriores propuestas cinematográficas el presupuesto de Darkman supuso un salto enorme para Sam Raimi, más si cabe teniendo en cuenta que ejercía cargos de importancia en el largometraje alejados de su labor como realizador, lo que equivalía a más responsabilidad y no ser sólo un mercenario elegido por los productores para seguir directrices a las que no podría negarse. Con suma inteligencia el cineasta nacido en Michigan sabe ceder ante lo que no deja de ser una superproducción y desde el mismo arranque del film lo plaga de espectaculares y muy bien ejecutadas secuencias de acción con las que demuestra bastante soltura. En cambio son los pasajes más ceñidos al terror o los centrados en cómo la voluntad y mente del protagonista van deteriorándose gradualmente tras su horrendo accidente los elegidos por Sam Raimi para insuflar sus señas estéticas y narrativas como el uso nervioso de la cámara, angulaciones imposibles, efectos especiales prácticos, una puesta en escena bordeante en lo cartoonesco (aunque no de manera tan explícita como en otros de sus trabajos previos o posteriores) y una utilización excelsa del maquillaje, transmitiendo este en todo momento al espectador la supuesta “falsedad” de las máscaras artificiales que utiliza Peyton para suplantar la identidad de sus rivales, convirtiéndose las mismas en un recurso narrativo más.




Liam Neeson ofrece carisma y elegancia a Peyton Westlake antes de sufrir el ataque que le deforma de por vida y tras este son la compasión y el terror los sentimientos que el protagonista de Michael Collins transmite al patio de butacas, con un trabajo notable que al sustentarse tanto en el maquillaje nos retrotrae a algunos de los papeles más recordados del mítico Lon Chaney, el “Hombre de las Mil Caras”, que como recordamos también dio vida a el Fantasma de la Ópera en el film homónimo dirigido por Rupert Julian en 1925. De la doble ganadora del Oscar, Frances McDormand, poco más podemos decir, ya que hasta con un papel esquemático y supeditado irremisiblemente al de Liam Neeson consigue salir airosa del envite gracias a su profesionalidad. En cuanto a los dos villanos el Louis Strack de Colin Friels no está a la altura como versión light del empresario desalmado prototípico de las cintas de ciencia ficción estadounidenses de Paul Verhoeven y en cuanto a crueldad es devorado impunemente por el Robert Durant de Larry Drake que sin demasiado esfuerzo se revela como el personaje más imponente de la obra gracias a su rotundidad física o detalles como su atípica costumbre de coleccionar dedos previamente amputados con la cuchilla de su mechero.




De la misma manera que El Protegido (M. Night Shyamalan, 2000), pero en las antípodas de la intencionalidad de aquella, Darkman es el homenaje al mundo del cómic por parte de un director que desde sus inicios en el medio audiovisual siempre estuvo muy influenciado por el arte secuencial en casi todas sus vertientes. En la cuarta película de Sam Raimi no faltan héroes trágicos, damiselas en apuros, villanos de opereta, secuaces de cortas entendederas y frases lapidarias. Todos ello componiendo lugares comunes que el creador de Ash vs. Evil Dead no acomete de manera condescendiente, sino con sincera reverencialidad. El éxito de Darkman dio lugar a dos secuelas directas para vídeo, con Arnold Voosloo sustituyendo a Liam Neeson como Peyton Westlake y Larry Drake volviendo en una de ellas como Robert Durant, el episodio piloto de una serie que nunca salió adelante, novelas, videojuegos, figuras coleccinables e incluso, en un ejercicio de retroalimentación no exento de ironía, varios cómics editados por Marvel y Dynamite Entertainment en los que este vigilante desfigurado, siempre inasequible al desaliento, seguía luchando contra el crimen encontrando así un pequeño, pero bien posicionado, hueco en el corazón del fandom que acogió al Hombre Oscuro como un superhéroe más.



martes, 18 de agosto de 2020

Blade, hijos de la medianoche




Título Original Blade (1998)
Director Stephen Norrington
Guión David S. Goyer, basado en el cómic de Marv Wolfman y Gene Colan
Reparto Wesley Snipes, Stephen Dorff, Kris Kristofferson, Sanaa Lathan, Donal Logue, Traci Lords, Udo Kier, N’Bushe Wright, Arly Jover, Kevin Patrick Walls, Tim Guinee, Eric Edwards, Donna Wong, Carmen Thomas, Shannon Lee, Kenny Johnson




Eric Darren Brooks, conocido popularmente como Blade, debutó en el número 10 de la mítica colección Tomb of Dracula allá por el lejano julio de 1973. Los impulsores más importantes de la inolvidable cabecera, el guionista Marv Wolfman y el dibujante Gene Colan, presentaron en aquella grapa un cazador de vampiros de raza negra que, al igual que otros personajes como Power Man o Pantera Negra, nació en clave de respuesta por parte de la Casa de las Ideas al potente auge de la cultura blaxpolitation había alcanzado a finales de los 60 y principios de los 70 en Estados Unidos. Tras su puesta de largo enfrentándose al conde transilvano volvió a vérselas con él en no pocas ocasiones dentro de dicha serie aunando fuerzas con los héroes de la misma, Frank Drake y Rachel Van Helsing, para más tarde hacer acto de presencia a lo largo de aquella misma década en Vampire Tales #8 o Marvel Preview #3 y #8. Tras diez años prácticamente desaparecido del mapa volvió a la máxima potencia durante los 90 para vérselas con el Motorista Fantasma, Blaze o Morbius, entre otros, formando parte de los Hijos de la Medianoche e incluso protagonizando su propia colección conformada por diez entregas. Fue a finales de aquella misma década, con el personaje conociendo una nueva edad dorada en el mundo de las viñetas, cuando Blade debutó en la pantalla grande durante una época en la que las adaptaciones de personajes de cómic al celuloide no se encontraban en su mejor momento, algo que cambió notablemente con su llegada.




Aunque en cierta manera se ha oficializado que el boom de las películas inspiradas en personajes de cómics nació con X-Men (Bryan Singer, 2000) o Spider-Man (Sam Raimi, 2002) lo cierto es que fue esta primera incursión de Blade en pantalla grande con la película homónima la que dio el psitoletazo de salida a manos de New Line Cinema. Los responsables de extrapolar las aventuras del cazador de vampiros creado por Marv Wolfman y Gene Colan fueron el guionista David S. Goyer, profesional por aquel entonces desconocido, pero más tarde estrechamente vinculado al mundo de los superhéroes tanto en cómics como en celuloide, y el cineasta británico Stephen Norrington que tras un debut, Maquina Letal (1994), convertido en pieza de culto, entraba con todas las de la ley en Hollywood mediante su segundo largometraje. De dar vida al protagonista se encargó un Wesley Snipes en la cumbre de su carrera, que también ejerció como productor del proyecto junto a viejos conocidos como Stan Lee y Avi Arad, viéndose acompañado por secundarios como Stephen Dorff, N’Bushe Wright, Kris Kristofferson, Donal Logue, Traci Lords, Kenneth Johnson o un clásico del cine sobre vampirismo como es el veterano actor alemán Udo Kier.




Mientras seres humanos y vampiros mantienen una tensa paz por puro interés mutuo en la ciudad de Detroit, Blade (Wesley Snpies) ejerce como un cazador de vampiros que, paradójicamente, pertenece a dicha raza aunque no alimentándose de sangre humana y pudiendo caminar a plena luz del día sin que el sol lo calcine como le sucede al resto de sus congéneres. Mientras tanto el Consejo de las Sombras, un importante clan vampírico, se debate entre permanecer en la clandestinidad manteniendo negocios con los humanos mientras se alimentan furtivamente de ellos como promulga el líder, Gaetano Dragonetti (Udo Kier), o enfrentarse a ellos y eliminarlos por ser inferiores, teoría defendida por el joven e impulsivo Deacon Frost (Stephen Dorff) único no “pura sangre” del consejo. A la guerra que está por llegar y en la que Blade, acompañado de su mentor, Abraham Whistler (Kris Kristofferson), se verá implicado de una manera u otra se suma la aparición de la Doctora Karen Jenson (N’Bushe Wright) una hematóloga que se cruza en el camino del protagonista cobrando capital importancia en el devenir de acontecimientos futuros en el que el alter ego justiciero de Eric Darren Brooks deberá librar la batalla más importante de su no vida.




Blade es, desde una perspectiva cinematográfica, un producto hijo de la década de los 90. Por este motivo a nivel estético lo planteado por David S. Goyer, Stephen Norrington y Wesley Snipes no se parece demasiado a ninguna de las encarnaciones en papel previas del personaje, ni siquiera a la que discurrió coetánea con la producción y estreno del largometraje. Secuencias de acción espectaculares, ritmo acelerado, montaje efectista y una estética entre cyberpunk y urbana asentaban las bases de un proyecto que, sin saberlo, estaba predestinado a cambiarlo todo en el cine comercial estadounidense. Planteada desde su misma concepción como una película para público adulto, con una califiación R para su estreno en Estados Unidos, fueron precisamente adolescentes los que más se dejaron embriagar por las sangrientas correrías de “el que ha visto el sol”. Esto se debe principalmente a que el cineasta encargado de extrapolar el personaje al medio cinematográfico conocía perfectamente lo que demandaban unos espectadores algo cansados de visiones pulcras e inmaculadas de los superhéroes clásicos, mientras buscaban versiones más oscuras y presuntamente adultas de los mismos, un pensamiento muy adherido a la década de los 90 e impulsado, en cierta manera, por la irrupción de la editorial independiente Image Comics.




Sería de ilusos eludir u obviar que el arranque de Blade, la primera secuencia tras el prólogo, no sólo es un pasaje espectacular, sino que consigue sintetizar con pericia la esencia misma del producto dejando a la libre elección del espectador si entra en el juego propuesto por sus máximos responsables o huye despavorido ante semejante declaración de principios. El asalto del personaje principal a la sangrienta sala rave a ritmo del ya icónico Confusion (Pump Panel Reconstruction Mix), de New Order, con la consiguiente masacre de vampiros se convirtió con los años en una de las secuencias más celebradas del cine de acción de los 90. Hoy esa espectaculiridad ha mermado, en cierta manera por culpa de uno de los mayores defectos del film, lo mal que han envejecido algunos de sus efectos digitales, pero es ineludible que realización, montaje, coreografías de lucha y banda sonora funcionan a la máxima potencia gracias a una labor conjunta en el apartado técnico que deja en muy buen lugar a Stephen Norrington, más de lo merecido vista su posterior filmografía detrás de las cámaras.




A partir de ahí la amalgama entre acción, terror y cine de artes marciales heredero de la escuela hongkonesa rinde a lo largo de casi todo el metraje, sólo notándose las numerosas carencias en un humor ineficaz en casi todo momento, recayendo casi al 100% en uno de los personajes más insoportables de la película al que volveremos más tarde al hablar del reparto. Blade no sólo marcaría, como ya dijimos previamente, el primer gran éxito de taquilla que abriría paso a futuras adaptaciones de cómics al celuloide, también dejó huella con su estética en producciones posteriores facturadas en el seno de Hollywood y no sólo en films protagonizados por personajes del arte secuencial. Ciertamente no es algo que se pueda confirmar, porque al estreno de ambas cintas las separa un corto espacio de tiempo, pero si alguien nos dijera que las hermanas Wachowski vieron en el cine Blade, el film se estrenó en plena producción de Matrix, y se llevaron unas cuantas ideas para la obra que les dio la fama sería difícil negarlo, porque desde una perspectiva estilística y visual las similitudes son tantas que se antoja casi imposible negarlas o dejarlas pasar.




En 1998 Wesley Snipes se encontraba en lo más alto de su carrera, no sólo como estrella del cine de acción, sino también ganándose cierta fama como intérprete dramático que le llevó incluso a obtener el año anterior la Copa Volpi al mejor actor en el festival de Venecia por su papel en Después de Una Noche (Mike Figgis, 1997) de manera que sus problemas personales, entre ellos los del fisco y la cárcel, quedaban lejos todavía. Snipes interpreta un Blade ejemplar, alejado del verborréico que nos presentaron Wolfman y Colan en los 70 y más moderno que cualquiera de sus versiones posteriores en las viñetas, pero respetando totalmente su esencia y en ese sentido la obra es impecable, algo que se extenderá a las siguientes entregas en las que encarnó al personaje con independencia de la mayor o menor calidad de las mismas. A un físico rotundo o unos conocimientos amplios de artes marciales y lucha cuerpo a cuerpo se suman grandes cantidades de carisma revelando a Snipes como el pilar maestro sobre el que se construye el proyecto y siendo él consciente de ello interviniendo en su producción, como anteriormente hemos afirmado.




En cuanto a los secundarios tenemos luces y sombras. Acierto mayúsculo la elección del veterano Kris Kristofferson dando vida a Abraham Whistler, el actor de Ha Nacido Una Estrella (1976) o La Puerta del Cielo (1980) da el aire cansado, lacónico y chulesco que el rol necesita. N’Bushe Wright hace lo que puede con un secundario que aun intentándolo, por mediación de David S. Goyer al guión, no consigue huir del todo del estereotipo de personaje femenino cuya principal misión es la de potenciar al masculino principal. Stephen Dorff dribla con estilo y lascivia una versión poco agradecida de Deacon Frost, muy alejada de la primigenia vista en papel, que se suma a la larga galería de villanos de adaptaciones de cómics, independientemente de si las factura Marvel o DC, pobremente caracterizados que sólo funcionan por la labor de aquellos que los encarnan, aunque en ocasiones ni eso. Donald Logue se lleva la peor parte, su interpretación de Quinn es lo peor del film, su presencia se antoja irritante y su responsabilidad como descarga cómica todo un fracaso. Udo Kier interviene en sólo un par de escenas, pero el alemán siempre se muestra señorial, hasta en ocasiones como la presente, en la que acaba hecho cenizas contemplando el astro rey en pleno amanecer.




Sería una necedad no admitir que a Blade se le nota el paso del tiempo, es una pieza coyuntural que en pleno 2020 se revela anticuada en ciertos aspectos. Pero también es ineludible que sigue siendo diabólicamente entretenida, potente, cafre y frenética. Tras ella su director siguió adaptando cómics con la inenarrable La Liga de los Hombres Extraordinarios, a la que tarde o temprano también dedicaremos una retro-crítica, y tanto Blade como Wesley Snipes continuaron su cruzada contra los no muertos en Blade II, secuela a manos del mexicano Guillermo del Toro, y Blade Trinity, cierre de la trilogía en el que era esta vez el mismo David S. Goyer quien se ponía detrás de las cámaras. Más allá de valoraciones puramente cinematográficas Blade supuso la punta de lanza de lo que ha acabado convirtiéndose en un subgénero que atrae a millones de espectadores a las salas de cine, pero también despierta el recelo de aquellos profesionales del audiovisual que ven en esta homogeneización del cine comercial estadounidense una lacra que impide a otro tipo de proyectos encontrar su hueco. De eso y la nueva versión del personaje a manos de Marvel Studios que interpretará Mahershala Ali hablaremos en otro momento.




jueves, 13 de agosto de 2020

Una Historia de Violencia



Título Original A History of Violence (2005)
Director David Cronenberg
Guión John Olson, basado en el cómic de John Wagner y Vince Locke
Reparto Viggo Mortensen, Maria Bello, William Hurt, Ed Harris, Ashton Holmes, Heidi Hayes, Stephen McHattie, Greg Bryk, Peter MacNeill, Kyle Schmid, Gerry Quigley, Aidan Devine, Sumela Kay




En el año 1997 la editorial estadounidense Paradox Press publicó un cómic de 286 páginas titulado A History of Violence. El trabajo fue ideado por el guionista británico John Wagner y el ilustrador estadounidense Vince Locke, que ya había colaborado con el co creador de Judge Dredd en las páginas de la colección dedicada al juez, jurado y verdugo. La obra fue un éxito, se ganó con los años el título de pieza de culto y su licencia de edición pasó a formar parte del catálogo de Vertigo, el icónico y ya extinto sello propiedad de DC Comics. New Liene Cinema, que venía de tocar el cielo con las manos gracias al descomunal éxito de la trilogía de El Señor de los Anillos, obra literaria de J.R.R. Tolkien llevada a la gran pantalla por el director neozelandés Peter Jackson, adquirió los derechos de Una Historia de Violencia y durante la primera mitad de la década pasada se puso en funcionamiento para producir una adaptación cinematográfica. Contra todo pronóstico el director elegido para llevar a buen puerto el proyecto fue David Cronenberg, autor que en un principio nadie vincularía con la traslación a imagen real de un cómic, por muy alejado que este se encuentre de la vertiente más comercial del medio. Para escribir el guión inspirado en la labor de Wagner y Locke se sumó al proyecto John Olson, escritor curtido en el mundo del cortometraje y la serie B.




Una Historia de Violencia está protagonizada por Viggo Mortensen, actor estadounidense también ligado a New Line Cinema y El Señor de los Anillos, por motivos que todos conocemos, comenzando aquí una fructífera serie de colaboraciones con David Cronenberg que cristalizó en tres películas, Promesas del Este (2007), Un Método Peligroso (2011) y la que nos ocupa en esta entrada. Le acompañan Maria Bello, en aquella época encadenando algunos de los mejores trabajos de su carrera o Ashton Holmes y Heidi Hayes completando a la familia Stall. En el bando opuesto encontramos a Ed Harris y Willam Hurt, dos excelentes y veteranos actores que vuelcan toda su sapiencia interpretativa para dar vida a una pareja de personajes que parecen tener vínculos muy estrechos con el principal. La película se rodó en 2004 en distintas localizaciones de la ciudad de Ontario, como casi siempre sucede con las producciones de David Cronenberg, y tuvo su puesta de largo internacional un año después en el festival de Cannes de 2005 recibiendo una larga ovación tras su proyección en la sección oficial a concurso. Su presupuesto fue de 32 millones de dólares, recaudando 61 después de su carrera comercial internacional.




Tom Stall (Viggo Mortensen) vive una apacible existencia con su mujer Edie (Maria Bello), su hijo Jack (Ashton Holmes) y su pequeña hija Sarah (Heidi Hayes) en la ciudad de Milbrook, situada en el estado de Indiana. Un día la cafetería propiedad de Tom es asaltada por Leland (Stephen McHattie) y Billy (Greg Bryke), dos asesinos y atracadores que amenazan a los clientes del local. De manera repentina Tom ataca a los asaltantes matándolos antes de cumplir sus amenazas. Tras estos hechos Tom es considerado por la opinión pública y los medios de comunicación un héroe local que en un acto espontaneo de valentía consiguió reducir a los criminales antes de que se cobraran ninguna vida. Poco después el protagonista recibe la visita del gangster Carl Fogarty (Ed Harris). Este misterioso hombre asegura que Tom es un tal Joey Cusack al que conoció años atrás, afirmación negada en redondo por el recién coronado héroe por accidente. Poco a poco la familia Stall verá su aparentemente idílica vida amenazada por el asedio continuado de Fogarty y sus hombres que insisten en la idea de que Tom no es quien dice ser, lo que llevará a a todos los personajes a sumergirse en una inesperada espiral de violencia que finalmente les vinculará con un tal Richie Cusak (William Hurt) hermano del supuesto Joey.




Una Historia de Violencia comienza con un alarde visual impropio en David Cronenberg. Un plano secuencia de cinco minutos, ejecutado con un travelling lateral, sigue a los dos delincuentes que cambiarán la vida de los Stall mientras cometen uno de sus brutales crímenes. David Cronenberg se encuentra en las antípodas de ser un esteta caprichoso y si se toma una licencia como esta en la que la puesta en escena se aleja de su habitual contención siempre será con una excusa conceptual y narrativa y sí, este arranque sirve para marcar el tono crudo de la propuesta cinematográfica y mostrar al espectador de lo que son capaces estos dos asesinos a sangre fría. Tras este prólogo la misión de David Cronenberg es mostrarnos la idílica vida de la familia Stall en Milbrook. Esta localidad del medio oeste es expuesta ante el espectador como las que hemos visto cientos de veces previas en ficción con sus vecinos amables, trabajadores voluntariosos, parroquianos amistosos y rituales comunales propios de una humilde sociedad en la que no parece haber cabida para el horror que está por llegar. Los Stall son una familia feliz, con Tom y Edie manteniendo una vida sexual sana y sus hijos creciendo en un buen entorno. Pero los problemas de bullying sufridos por Jack, el hijo mayor, en el colegio parecieran el presagio de esa violencia que explotará de un momento a otro.




Al igual que sucedía en Terciopelo Azul (David Lynch, 1986) cuando Jefrey Beaumont (Kyle McLachlan) encontraba una oreja cercenada en el suelo de un jardín este idílico cuadro de Norman Rockwell pintado por David Cronenberg y John Olson se va a ver pronto salpicado de sangre. La escena del atraco frustrado por Tom muestra una violencia cruda, muy gráfica, nada estilizada o glorificadora. El canadiense trata de causar repulsión en el espectador cuando el protagonista mata a los dos atracadores. Lo que vemos es desagradable y aunque se lleve a cabo por motivos bienintencionados lo capturado en pantalla dista de ser un acto heróico. A partir de aquí algo se quiebra en la narración, la estampa inmaculada de la familia Stall comienza a resquebrajarse y la llegada de Carl Fogarty no hace más que acentuar esa sensación al sembrar la semilla de la duda afirmando que nuestro impecable y valeroso protagonista es un farsante. A partir de este momento la continua sensación de ubicua amenaza nos retrotrae a Alfred Hitchcock, pero a un nivel estructural y de tono nos adentramos en un western que eclosiona al fin con la visita de Fogarty y sus compinches en la casa de los Stall haciendo que todo vuele por los aires y dé comienzo una película completamente distinta a la que estábamos viendo. Ese “Debí haberte matado en Philadelphia” cae como una bomba atómica en plena sala de butacas.




Desde ese mismo momento entra en escena una de las constantes autorales más adheridas al discurso cronenbergiano. La identidad del individuo, su maleabilidad o capacidad adaptativa, Tom Stall se revela como Joey Cusak, un brutal mafioso que en el pasado asesinó a decenas de personas y decidió redimirse abandonado su vida para crearse otra a medida con mujer e hijos. Una vez más la “Nueva Carne” es extrapolada a un plano psicológico, alejándose de la primera etapa de la filmografía del canadiense en la que dichas mutaciones eran materializadas desde una perspectiva física. Pero el subtexto del relato va más allá, Tom Stall muere y con él el Sueño Americano, no otra cosa que un juego de humo y espejos sustentado en la mentira, y la prístina visión de la familia media estadounidense. Porque después del primer impacto tras salir a la luz toda la verdad los miembros restantes aceptarán sin muchos ambages, e incluso se verán contaminados por ella, la “nueva” y salvaje personalidad del protagonista. El contraste entre la primera escena de sexo, mucho más naif, y la polémica segunda, en la que Edie se deja seducir violentamente por alguien que ya no es su marido, confirman como una farsa toda esa vacua ensoñación que desde los primeros compases del film Cronenberg ha ido construyendo.




Para romper el último vínculo con su pasado criminal el personaje de Viggo Mortensen viaja hasta Philadelphia para rendir cuentas con Richie, su hermano mayor, interpretado por un William Hurt pletórico que consiguió con sus pocos minutos en pantalla una merecida nominación al Oscar en la categoría de mejor actor secundario, junto a la de John Olson en la de mejor guión adaptado las únicas a las que aspiró el film en su año de estreno. Después de una conversación en la que las dos partes apuntan llegar a un acuerdo Richie manda a sus hombres asesinar a Joey, pero este los elimina y acaba matando a su hermano huyendo del lugar para volver a Milbrook. Allí le esperan Edie, Jack y Sarah cenando en la cocina que, contra todo pronóstico, le aceptan como uno más en la reunión sin poner impedimento. En estos últimos compases es muy simbólico y esclarecedor que sean, Sarah primero y Jack después, los que ofrecen “plato y comida” a Joey, dejando claro que son sus hijos, sus herederos, los que tomarán su relevo y casi con toda seguridad seguirán su misma senda. El rostro de aceptación de Edie y un primer plano de Joey con los ojos bañados en lágrimas cierran la penúltima obra maestra de uno de los mejores directores de la historia del cine.




Al igual que sucedió con La Mosca David Cronenberg encontró en Una Historia de Violencia, un proyecto ajeno y de cariz más comercial, muchos de los temas que ayudaron a cimentar su indispensable filmografía. El éxito de crítica y público convirtieron esta adaptación del cómic de John Wagner y Vince Locke en la película más taquillera de la carrera de su director, algo que ayudó, y mucho, a que sólo dos años después Focus Features, división de cine independiente de Universal Pictures, contratara sus servicios, y de nuevo los de Viggo Mortensen, para incursionar otra vez en el mundo del hampa con Promesas del Este, la última gran obra de un genio como el de Ontario que con sus trabajos posteriores no estuvo tan atinado, aunque un servidor tiene Un Método Peligroso en alta estima. Un enorme apartado artístico encabezado por un colosal Viggo Mortensen, un guión capaz de capturar la esencia del cómic que toma como inspiración y un director cuya veteranía le permite adaptarse a cualquier proyecto, sin dejar de ser él mismo o renunciar a su discurso personal en ningún momento, conforman una de las mejores adaptaciones cinematográficas de un cómic jamás rodadas. Casi cinco años llevamos sin el estreno de una nueva película de David Cronenberg, y en tiempos convulsos como los actuales es algo que no podemos, ni debemos, permitirnos.


viernes, 31 de julio de 2020

Transgresión Continua Express 2020 - Junio


El Gran Dictador (Charles Chaplin, 1940) - Chaplin habló por primera vez y el mundo entero calló. No ya un clásico intemporal con la mejor convivencia entre comedia y drama de la historia del cine, sino un grito desgarrado contra los totalitarismos tan necesario hoy como entonces



Perro Blanco (Samuel Fuller, 1982) - Un Samuel Fuller de 70 años deposita toda su sapiencia cinematografía en esta desgarradora y lírica parábola sobre racismo, violencia y maltrato animal. La última obra maestra de un genio adentrándose en el crepúsculo de su carrera.



Revolutionary Road (Sam Mendes, 2008) - Sam Mendes adapta a Richard Yates como si de un perverso melodrama de Douglas Sirk se tratara, añadiendo al conjunto desencanto y derrotismo con intención de viviseccionar un matrimonio en crisis. Leonardo DiCaprio y Kate Winslet colosales.



Upgrade (Leigh Whannell, 2018) - Atípica distopía, entre Robocop y Desafío Total, con brutales elementos de acción, notable diseño de producción y una cámara imbuida por la estética cyberpunk y biónica de la propuesta. Por desgracia no explota al 100% su interesante planteamiento



El Hombre Invisible (Leigh Whannell, 2020) - ¿Se puede utilizar la enésima adaptación de la obra literaria de H.G. Wells como un retrato desolador sobre la violencia machista hibridando pasajes de puro terror con un monumental trabajo actoral de Elisabeth Moss? Sí, se puede.



Color Out Of Space (Richard Stanley, 2019) - Richard Stanley regresa por todo lo alto al campo de la dirección adaptando a H.P. Lovecraft. Tras una gradual escalada de tensa calma todo explota en un viaje lisérgico a la locura cósmica y la descomposición de un núcleo familiar.



Otra Vuelta de Tuerca (Floria Sigismondi, 2020) - A pesar de la exquisita puesta en escena de la directora, el vistoso diseño de producción y una entregada Mackenzie Davis el guión no consigue capturar nada de la esencia que Henry James imprimió en su novela.




El Amo del Calabozo (Varios, 1984) - Nueve directores se reparten la realización de esta cutre y divertida mezcolanza entre Tron, Dungeons & Dragons y Mad Max producida por Empire Pictures. El resultado es un simpático juego de mesa viviente o su equivalente electrónico en 8 bits




Da 5 Bloods (Spike Lee, 2012) - A pesar de sus carencias, como la grandilocuencia, el exceso de metraje o la caótica mezcla de géneros, Da 5 Bloods funciona como reformulación del cine de Vietnam a manos de un Spike Lee siempre militante en su necesaria lucha por reivindicar los derechos y la historia de su raza



Capone (Josh Trank, 2020) - Desastre sin paliativos a manos de Josh Trank que intentando buscar una crepuscularidad viscontiniana riega de estupideces y fluidos corporales los últimos días del mafioso. Tom Hardy compone desde la desmesura un Capone insufrible y caricaturesco.




Los Miserables (Tom Hooper, 2012) - Ni el innecesario barroquismo visual de Tom Hooper, el exceso de diálogos cantados o el holgado metraje pueden anegar la enorme labor vocal e interpretativa del reparto o la esencia del musical inspirado en la obra de Víctor Hugo.



Selfie (Víctor García León, 2017) - Ingenioso y ácido falso documental sobre un niño pijo viendo su vida acomodada desaparecer por culpa de su padre, un ministro corrupto. Santiago Alverú brilla en todo momento, pero Macarena Sanz es una robaplanos nata.




El Culo del Mundo (Andreu Buenafuente, 2014) - Documental dirigido, co escrito y protagonizado por el humorista y presentador Andreu Buenafuente, centrado en su época de mayor crisis profesional. Tierno, sincero e ideal para conocer al catalán en la intimidad y rodeado de su gente



Betaal (Patrick Graham, 2020) - Miniserie india que confraterniza clásicos de John Carpenter como Asalto a la Comisaría del Distrito 13, La Niebla, y el Príncipe de las Tinieblas. Con potente look visual y una atmósfera sórdida se revela como una fruiciosa y estimable propuesta.

sábado, 25 de julio de 2020

Jonah Hex, por un puñado de dólares




Título Original Jonah Hex (2010)
Director Jimmy Hayward
Guion Mark Neveldine, Bryan Taylor, William Farmer, basado en el cómic de John Albano y Tony DeZuniga
Reparto Josh Brolin, John Malkovich, Megan Fox, Michael Fassbender, Will Arnett, Aidan Quinn, Wes Bentley, Tom Wopat, Julia Jones, Jeffrey Dean Morgan, Michael Shannon, John Gallagher Jr.




Jonah Hex hizo su primera aparición como personaje de DC Comics en All-Star Western Nº10 el mes de febrero del año 1972. Creado por el guionista John Albano y el dibujante Tony DeZuniga no tardó en protagonizar su propia cabecera a lo largo de 92 números. Tras una vida editorial intermitente durante los 80 con una serie titulada Hex volvió a la primera línea de fuego en la década de los 90 con una miniserie de tres entregas a manos de Joe R. Lansdale y Tim Truman dentro del sello Vertigo con ambos autores mezclando el origen adscrito al western del antihéroe con una pátina sobrenatural cercana al terror. Ya en los 2000 fue el tándem de guionistas formado por Jimmy Palmiotti y Justin Grey, acompañados por todo tipo de ilustradores, el encargado de insuflar nueva vida a Jonah Hex con un notable éxito y acercándolo a una nueva generación de lectores. Tras el huracán suscitado por los New 52 en 2011 Hex protagonizó la colección All-Star Western Vol. 3 donde pudo seguir sumergiéndose en todo tipo de aventuras todavía a manos de los autores de Power Girl o Las Colinas Tienen Ojos: El Comienzo. Contra todo pronóstico y siendo un personaje desconocido fuera del mundo de las viñetas en el año 2010 Warner Bros, DC Entertainment y Legendary Pictures se asociaron con los productores Akiva Goldsman y Andrew Lazar, que en los 90 ya habían intentado llevar a Jonah Hex a la pequeña pantalla, para sacar adelante un largometraje en imagen real del cowboy con el rostro desfigurado.




Para llevar a buen puerto el proyecto se contrataron los servicios de los directores estadounidenses Mark Neveldine y Bryan Taylor famosos por realizar divertidas y anárquicas cintas de acción como las que componían el díptico Crank o Gamer. Junto a William Farmer ambos cineastas escribieron una historia que ellos mismos convertirían en guión para más tarde encargarse de llevarlo a imagen real detrás de las cámaras. Antes de comenzar la producción del largometraje Neveldine y Taylor abandonaron abruptamente el proyecto por las consabidas diferencias creativas con los productores teniendo estos que buscar otro director, Jimmy Hayward, y ellos un nuevo proyecto relacionado con el mundo de las viñetas que dos años después cristalizó en la demencial, autoparódica y frenética Ghost Rider: Espíritu de Venganza. (2012). Una vez el autor de Horton (2008) ocupó la silla del director el rodaje dio comienzo con Josh Brolin encabezando como Jonah Hex un reparto al que se sumaron rostros conocidos como John Malkovich, Megan Fox, Michael Fassbender, Will Arnett, Wes Bentley, un fugaz Michael Shannon y un no acreditado Jeffrey Dean Morgan. De los modestos 47 millones de dólares que costó el film sólo recuperó poco más de 10 convirtiéndose en un notorio fracaso de taquilla, para colmo también masacrado por la crítica.




A un proyecto como Jonah Hex se le notan desde el minuto uno los numerosos problemas en los que se vio inmerso durante su producción. Más allá de la notable bisoñez de Jimmy Hayward con el cine en imagen real el irregular montaje que denota en no pocas ocasiones bruscos cortes y reshoots que posiblemente obedecieran a un montaje calificado R del que posteriormente Warner Bros se arrepintió menoscaban de raíz la puesta en escena y el tono de una obra que no parece ser consciente de su propia naturaleza como pieza cinematográfica. Los responsables detrás de la propuesta parecen incapaces de trasladar con pericia las aventuras del personaje al celuloide y mucho menos amalgamar con acierto la vertiente más clásica de sus primeras aventuras con la más cercana al terror y el ocultismo de su etapa contemporánea. A esto debemos sumar la incapacidad de Jimmy Hayward a la hora de capturar la esencia western del film, ya que sus referentes quedan suavizados y minimizados dejando el tono de Jonah Hex en una impersonal y algo anodina tierra de nadie a medio camino entre un inocuo spaguetti western y la estética steampunk que impera en la recta final del metraje.




Como otras cintas en las que personajes de cómics debutan por primera vez en el mundo del cine Jonah Hex es una historia de orígenes y los expuestos en esta producción de 2010 mezclan los de la génesis del personaje con sus primeros encontronazos con uno de sus villanos más recurrentes, Quentin Turnbull. El resultado es la típica historia de venganzas cruzadas y Ley del Talión en la que el antihéroe y su némesis se embarcan en una encarnizada búsqueda mutua para eliminarse mutuamente. En este sentido el guión de Mark Neveldine y Bryan Taylor es un inofensivo y nada destacable cúmulo de tópicos adscritos al western con toques sobrenaturales que no terminan de convivir armónicamente con la propuesta realista que bascula el grueso del relato, algo que las versiones en papel del personaje desarrolladas en los 90 y 2000 sí consiguieron. En este sentido no mucho queda a lo que aferrarnos más allá de algunas secuencias de acción competentemente ejecutadas, un par de situaciones relacionadas con el más allá bien resueltas por el director y poco más. La desgana, apatía e impersonalidad siempre en paralelo a un cineasta que ejerce de mero mercenario para acabar la película lo antes posible y desvincularse de ella construyen el endeble esqueleto sobre el que se sostiene una nadería como la que nos ocupa en esta entrada.




La desidia generalizada que transmiten prácticamente todos los apartados de Jonah Hex también es extensible a un reparto que, en líneas generales, deja entrever al espectador lo poco o nada que creían en el material puesto en sus manos para sacar adelante la película. Antes de dar vida a sus icónicas versiones de Thanos y Cable Josh Brolin intentó un par de veces coquetear con las adaptaciones de cómics al séptimo arte, resultando las dos en fracaso, una fue Sin City: Una Dama Por la Que Matar (2014) y la otra la que desgranamos en esta entrada. Sería injusto decir que el actor de No Es País Para Viejos (2007) o American Gangster (2007) no hace un buen trabajo, porque su versión de Jonah Hex exhala la rudeza, carisma y fisicidad necesarias para encarnarlo con acierto. Buenas palabras podemos tener también con un Michael Fassbender que debió disfrutar de lo lindo en la piel tatuada de Burke. Pero el resto de casting parecía querer terminar lo antes posible con sus roles de ahí que Megan Fox, ya una actriz muy limitada, poco pueda hacer Lilah o un John Malkovich que ni tirando de veteranía puede alejar a Quentin Turnbull de un simplista villano de opereta. De otros como Will Arnett, Aidan Quinn o Wes Bentley y sus escasos minutos en pantalla poco podemos decir y en cuanto a Michael Shannon el reto es encontrarlo en la película, ardua tarea si tenemos en cuenta que su, ya de por sí breve, papel queda reducido a un cameo por obra y gracia de la sala de montaje.




Jonah Hex fue alumbrada en una etapa confusa para Warner Bros y DC Entertainment. Con la trilogía del Batman de Christopher Nolan todavía en desarrollo, habiendo conseguido un éxito descomunal con El Caballero Oscuro, quedaban tres años para que el DCEU diera sus primeros y titubeantes pasos con El Hombre de Acero, de manara que proyectos como Watchmen, Green Lantern o Jonah Hex fueron utilizados para tantear el terreno sin conseguir ninguna de ellas el éxito esperado. Para colmo la adaptación del personaje creado por John Albano y Tony DeZuniga tuvo que vadear con múltiples problemas como el despido de sus directores (con ellos hubiéramos visto una película diametralmente diferente y mucho más divertida) y la indecisión de unos productores no sabiendo qué hacer con un proyecto al que hasta el meritorio score compuesto por Marco Beltrami y la banda de metal progresivo Mastodon parecía quedarle tan grande como inadecuado. Sólo Josh Brolin y Michael Fassbender o breves fogonazos del interesante personaje que es Jonah Hex podemos destacar de una pieza que al menos entretiene y se pasa en un suspiro gracias a sus ajustados 80 minutos de metraje. Más allá de eso un producto de consumo rápido para degustar en una tarda aburrida para olvidarlo justo cuando concluyan los títulos de crédito finales.