lunes, 8 de septiembre de 2014

La Maldicion de Chucky, welcome to the dollhouse



Título Original Curse of Chucky (2013)
Director Don Mancini
Guión Don Mancini
Actores Brad Dourif, Danielle Bisutti, Fiona Dourif, Brennan Elliott, A Martinez, Chantal Quesnelle, Maitland McConnell, Kally Berard, Kyle Nobess, Will Woytowich, Kevin Anderson, Adam Hurtig, Alex Vincent





En el año 1988 el director norteamericano Tom Holland que venía de saborear las mieles del éxito con la muy ochentera Noche de Miedo (Fright Night) protagonizada por Chris Sarandon, William Rasgade, Amanda Bearse y el gran Roddy McDowall, se alió con los guionistas Don Mancini y John Lafia para rodar una pequeña obra de culto dentro del cine de terror titulada Child’s Play o como la recordamos en España, Muñeco Diabólico. Largometraje cuyo éxito dio pie a, nada más y nada menos, que cinco secuelas en las que se narraron (con distinto tono e intencionalidad) las correrías del diabólico muñeco viviente Chucky.




La primera Muñeco Diabólico narraba cómo el asesino Charles Lee Ray (Brad Dourif) tras ser perseguido y herido por un grupo de policías durante una huida se ve en la obligación de utilizar sus poderes chamánicos (adquiridos previamente gracias a un brujo que fue su mentor) para introducir su alma en uno de los muñecos de la famosa marca Good Guy que llenaban la juguetería en la que se vio acorralado por los agentes de la ley. Child’s Play todavía hoy se ve como una cinta excelentemente ejecutada por un artesano de la dirección en plena forma y con una historia interesante magníficamente desarrollada, así como unos efectos animatrónicos tan eficaces como aterradores.




Dos años después uno de los guionistas de la primera entrega, John Lafia, tomó la silla de director abandonada por Tom Holland mientras Don Mancini (verdadero creador del personaje y cabeza pensante detrás de toda la saga) se ocupaba en solitario de la gestación del libreto de lo que fue Muñeco Diabólico 2. Una digna secuela en la que se conservaba gran parte de la malsana atmósfera de la primera y que guardaba bastante bien la compostura años después de su estreno. En 1993, Muñeco Diabólico 3, mantuvo a Mancini en la escritura, pero vio como Jack Bender (futuro realizador de exitosas series de televisión americanas como Lost, Carnivàle, Los Soprano) era asignado como cineasta para narrar cómo un (nuevamente) resucitado Chucky sembraba el caos en una escuela militar. Brutal (a la par que entrañable) entrega a la que un servidor no sabe cómo habrá tratado el tiempo, pero por la cual guardo un especial cariño.




En 1998 llegó el exitoso lavado de cara. Don Mancini se alió con el director Ronny Yu (Freddy vs. Jason, Una Historia China de Fantasmas) para convertir la cuarta entrega de los crímenes de nuestro muñeco favorito en una comedia de humor negro con breves apuntes de terror que caía bien en un primer visionado, pero que degradaba en cierta manera la franquicia. El producto, como hemos comentado previamente, fue un más que considerable triunfo que atrajo a una nueva generación de fans del personaje a las multiasalas para ver La Novia de Chucky, obra en la que el protagonista se enamoraba de una muñeca poseída por el alma de una neumática Jennifer Tilly que desde ese mismo momento se convirtió en una de las señas de identidad actorales de la saga, siempre después del Brad Dourif que dio vida a Charles Lee Ray en el primer film y que después ha puesto voz al juguete asesino en todas y cada una de sus películas.




En 2004 el mismo Don Mancini tomó los mandos de la dirección (mientras se guardaba una vez más la pluma del guionista) para rodad La Semilla de Chucky, que esta vez unía al susodicho y su novia Tifanny el pequeño vástago de la pareja, Glen (o Glenda según su madre). A pesar de las buenas intenciones de Mancini detrás de las cámaras (ese arranque en homenaje al prólogo de La Noche de Halloween de John Carpenter promete lo que más tarde el producto no ofrece) las referencias al cine de  Ed Wood o John Waters (con divertido cameo de este último en el film) el resultado es un desastre que ya arrastra toda la mitología creada alrededor de Chucky por el fango entre chistes chuscos sobre homosexualidad (el aspecto andrógino del hijo de los protagonistas es explotado hasta lo extenuante) que, aunque nos hace esbozar más de una sonrisa a lo largo de su metraje, no hace que merezca la pena su visionado por culpa de su naturaleza desganada y sacacuartos.




El pasado 2013 se estrenó directamente en el mercado doméstico una secta (e innecesaria, como es lógico) entrega titulada La Maldición de Chucky, una vez más, rodada, escrita y producida por un Don Mancini que quiere exprimir su gallina de los huevos de oro hasta que la deje seca. El resultado es contradictorio, porque por un lado podemos hablar de una vuelta a las raíces que convierte al largometraje en la mejor secuela de la franquicia desde la tercera parte, entregándose de nuevo al terror puro, pero sin olvidar por el camino apuntes de humor negro que en las tres primeras partes siempre estaba allí, aunque que en las dos siguientes se explotó de mala manera. El problema radica en que la intención de Mancini de agradar a todos los fans de Chucky da pie que el último tramo del film cree un desequilibrio bastante dañino que impide que nos encontremos con un verdadero éxito, cuando durante la primera hora de metraje no eran pocos los aciertos para llegar a serlo.




El punto de partida de esta quinta parte es bien simple. Chucky llega a la casa de una chica inválida llamada Mican Piers (Fiona Dourif) que se encuentra recluida en su casa con su sobreprotectora madre, Sarah. Esa misma noche la matriarca muere misteriosamente y al poco tiempo varios de los familiares de la fallecida, con la intención de acompañar a la chica paraplégica, pasan la noche en la mansión en la que comenzarán a sucederse los actos homicidas. Es curioso ver el considerable salto de calidad, en lo que a puesta en escena y dirección se refiere, que Don Mancini ha experimentado como cineasta de La Semilla de Chucky a esta continuación que nos ocupa. Llama mucho la atención que un producto cinematográfico considerablemente modesto esté tan bien elaborado y sepa sacar provecho de sus pocos recursos formales y presupuestarios.




El largometraje recupera el tono oscuro y siniestro de la primera trilogía (sobre todo el de los dos primeros films) dejando del lado el encuerado gotocismo de baratillo de La Novia de Chucky y su continuación. Don Mancini vuelve al género de terror, haciendo que su obra se refleje en las horror movies comerciales de los 80, realizando una oda a los efectos especiales artesanales (los distintos muñecos animatrónicos que dan vida a Chucky exhalan realismo y cercanía) y al gore desenfadado, sin olvidarse del humor políticamente incorrecto del protagonista pero sin que este se convierta en el dueño de la velada. El guión, tan efectivo como rudimentario, está lleno de clichés y personajes estereotipados (aunque más de uno guarda alguna que otra sorpresa interesante) pero su discurrir es tan gradual y placentero que no se hace reiterativo ni molesto.




Todo va a las mil maravillas durante la primera hora. Don Mancini sabe ir aumentando el in crescendo de tensión para retrasar cuanto le sea posible el momento en que Chucky deje de parecer un inocente muñeco y descubra su verdadera cara homicida. El director hace un uso magnífico de travellings (el circular en plano cenital de la mesa con la cena puesta es muy destacable) escenas que incrementan el suspense, hechos narrados en fuera de campo, los juegos de luces y sombras y sobre todo una enfermiza delectación para enfocar de todas las maneras posibles y desde todos los ángulos permisibles a Chucky para que la simple presencia del muñeco en un rincón con su sonriente cara transmita malestar.




Esos primeros 60 minutos son ejemplares y  un rendido homenaje a las tres primeras películas ya mencionadas, terror, morbidez, comedia negra y mala baba. Pero durante la media hora final Don Mancini, con la intención de atraer también a los fans de las dos secuelas humorísticas de la saga, decide dar un giro demasiado brusco a la historia deudor de aquellos dos films y la trama se vuelve confusa, el terror algo más diluido y los actos de los personajes (la Mica de una esforzada Fiona Dourif deja de actuar con cordura y empieza a entregarse a actos de estupidez supina) poco creíbles. De modo que lo que pudo ser una muy buena película protagonizada por Chucky se queda, por culpa de este decepcionante giro de timón, en una aceptable cinta con un final que no le hace justicia.




La Maldición de Chucky es un producto que devuelve gran parte de la dignidad a aquel muñeco diabólico de finales de los 80 y principios de los 90 que quitó el sueño a toda una generación de niños. Don Mancini no inventa nada y de manera tan cobarde como sabia va a lo seguro, a donde todo empezó, para narrarnos otra historia del más famoso miembro de la marca de juguetes Good Guy. Lo hace con oficio, demostrando que tiene talento para narrar historias y para aprovechar una localización más bien escasa para realizar su perversa versión de Diez Negritos de Agatha Christie con un muñeco pelirrojo homicida como asesino. Como producto podía haber sido incluso mejor, pero sus buenas intenciones y los dos primeros tercios del metraje hacen que merezca la pena volver a vernos las caras con uno de los iconos más reconocibles del cine de terror contemporáneo.


jueves, 4 de septiembre de 2014

Guardianes de la Galaxia



Título Original Guardians of the Galaxy (2014)
Director James Gunn
Guión Nicole Perlman y James Gunn basado en el cómic de Andy Abnnet y Robert Lannig
Actores Chris Pratt, Zoe Saldana, Dave Bautista, Bradley Cooper, Vin Diesel, Lee Pace, Josh Brolin, Benicio del Toro, John C. Reilly, Glenn Close, Alexis.Denisof




Seguramente fuera aquella cafrada titulada Super, protagonizada por Rainn Wilson y Ellen Page entre otros y estrenada el año 2010, la película que disparó el interés de la productora Marvel Studios para contratar los servicios del director norteamericano James Gunn para ponerse detrás de las cámaras del proyecto de llevar a imágenes a los Guardianes de la Galaxia creados por Arnold Drake y Gene Colan en 1969 y adaptados al nuevo mileno por la soberbia dupla formada por los británicos Dan Abnett y Robert Lanning (Imperativo Thanos, La Matanza de Texas). De esta última etapa en viñetas se alimenta este nuevo triunfo en celuloide de la Casa de las Ideas, que se revela como la mejor película basada en cómics del año, junto a los X-Men de Bryan Singer, al menos para el que suscribe.




La elección de James Gunn para pilotar esta mastodóntica nave era bastante arriesgada, ya que hablamos de un realizador curtido en la Serie B y el cine gore como pudimos ver en producciones como Slither o su ópera prima, Tromeo y Julieta, ideada bajo el manto de la factoría Troma de su maestro, el productor, guionista, director y pirado en su tiempo libre Lloyd Kaufman, padre del Vengador Tóxico y otras criaturas escatológicas, así como co realizador junto a Gunn de dicho debut inspirado (de la manera más lejana posible) en la obra de William Shakespeare. De modo que Kevin Feige y los suyos arriesgaron mucho, como en su momento lo hizo Sony al elegir a Sam Raimi para poner en funcionamiento su franquicia arácnida, pero el resultado no ha podido ser más alentador, convirtiéndose con todas las de la ley en el blockbuster más taquillero del año.




El mayor acierto del guionista del remake de Amanecer de los Muertos rodado por Zack Snyder en 2004 es que inyecta a su último largometraje una ironía y macarrismo que tienen una deuda (confesa y nada solapada por parte de los autores de la obra, ahí tenemos la divertida mención a Footloose y Kevin Bacon) con el cine comercial americano de los años 80. También se ha hablado recurrentemente de las influencia de las sagas de Star Wars o Indiana Jones, pero un servidor piensa que la mayor fuente de inspiración para que James Gunn haya dado forma a sus Guardianes de la Galaxia (sin contar los cómics que traslada a imágenes, lógicamente) es Firefly y su secuela catódica, Serenity, ambas salidas de la mano de otro chico Marvel Studios, Joss Whedon, memorables reivindicaciones de la filosofía y el código de honor propios de la figura del perdedor.




Pero también del ya mencionado género de Serie B o el cine de terror clásico bebe la cinta del señor que escribió las dos entregas en imagen real de Scooby-Doo. No es difícil encontrar a lo largo del metraje ecos de films como Fortaleza Infernal de Stuart Gordon en todo el pasaje de la cárcel (con divertido e inevitable cameo de Lloyd Kaufman) o guiños a clásicos del terror como la versión de Frankestein, que rodara en 1930 James Whale con Boris Karloff dando vida a la mítica criatura ideada por Mary Shelley, en momentos como en el que Groot ofrece una flor a una niña, imagen que sintetiza de manera soberbia la personalidad tan tierna como intimidante del personaje al que pone voz Vin Diesel en la versión original de la película y que volveremos a mencionar más tarde.




En Guardianes de la Galaxia James Gunn retrata a un atajo de perdedores que se venden al mejor postor o que se dejan llevar por primarios instintos de venganza. Como ya hemos mencionado previamente todo con un tono ácido (el que permite un producto cinematográfico dirigido a casi todos los públicos, no nos engañemos), que si bien podíamos encontrar en varias de las historias contemporáneas de los cómics, la guionista Nicole Perlman y el mismo director han acentuado en beneficio propio para que en muchas ocasiones el producto no se tome totalmente en serio a sí mismo e incluso se permita alguna referencia desmitificadora al cine protagonizado por superhéroes, sea este de Marvel Studios o no.




Pero también nos encontramos con una space opera ambiciosa formalmente, que posiblemente pueda considerarse ya como el proyecto más grande de la productora cinematográfica de la Casa de las Ideas (sí, en algunos aspectos es más arriesgada que Los Vengadores, aunque no sea mejor obra que aquella). Una cinta llena de acción, personajes carismáticos, efectos especiales abundantes pero siempre al servicio de la historia (los que recrean a Rocket o Groot son intachables) villanos intimidantes en el plano físico, una banda sonora deliciosa y sobre todo una perfecta equivalencia entre comedia y drama, ya que si refiriéndonos a lo primero tenemos chistes en sesión continua, bailes chulescos y roles amantes del arcano arte del bofetón a mano abierta, dentro de lo segundo destaca el pasado de Star-Lord (todo lo relacionado con su madre es sutilmente cálido dentro de la tristeza y da poso a la personalidad del protagonista) que ofrece algunas pinceladas que se mueven entre lo acertado y lo inesperadamente emotivo en un producto de naturaleza tan ligera.




Aunque el señor que ideo los cortometrajes PG-Porn (aquellos que contenían todo lo que nos gusta del cine pornográfico… excepto el sexo) sabe que está dando forma a un producto salido de Marvel Studios, de modo que se hace inevitable una entrega al exceso, la grandilocuencia y la acción ininterrumpida para que una platea en estado de máxima excitación disfrute con las correrías de unos personajes ajenos incluso para individuos duchos en el mundo del cómic. Hasta un servidor debe admitir que no ha leído demasiadas de las etapas de Guardianes de la Galaxia, siendo conocedor de más bien las modernas, con las que el grupo está viviendo una nueva edad de oro, que, según comentan algunas personas dignas de confianza, está desestabilizando el guionista Brian Michael Bendis con la colección actual de Peter Quill y sus compinches.




James Gunn demuestra que con un presupuesto abultado puede rodar escenas de acción con una habilidad que no le conocíamos hasta que se ha topado con los personajes de Marvel. Peleas cuerpo a cuerpo, tiroteos, batallas interestelares, persecuciones en naves de distinto pelaje o dimensiones, una utilización de cámaras lentas para enfatizar la estilización visual de su impronta y todo ello resumido y condensado en la posiblemente más destacada secuencia de la película. La fuga de la prisión en la que Rocket y Groot forman equipo para protagonizar la escena más macarra y testosterónica de la temporada estival. A partir del: “Oh yeah” que Bradley Cooper hace pronunciar al personaje del mapache cuando coge el arma al vuelo todo es una orgía de desenfreno tan caótico como paradójicamente estudiado gracias a la puesta en escena del realizador.




He de admtirlo. Yo fui uno de aquellos que puso en duda las capacidades de Chris Pratt para dar vida al alter ego de Peter Quill, porque para mí siempre ha sido el hermano palurdo de Emily Van Camp en la simpática Everwood (la Doctor Alaska de los pijos como me gusta llamarla a mí) y aunque su breve pero simpático rol secundario en la magnífica Her de Spike Jonze (de la que hace tiempo que quiero hablar por estos lares) me dejó una buena impresión, no las tenía todas conmigo. Por suerte el actor de la terrible Wanted me ha callado la boca y ha insuflado carsima, chulería, fisicidad y humor a un personaje memorable. Un cruce entre Han Solo y Malcolm Reynolds que llena la pantalla con su presencia y verborrea descontrolada y manipuladora.




Lo que pocos sabíamos es que cuando créiamos que Rocket iba a ser el amo de la velada (¿a quién no le gustaría ver en pantalla a un  mapache con armas tan grandes que producirían sueños húmedos a Rob Liefeld) al final resulta que este pequeñajo roedor interesado y de malas pulgas (enorme como Gunn nos cuenta una historia entera sólo con enfocar en plano detalle la espalda del personaje dejándonos ver sus heridas mecánicas) no sería tan efectivo si no fuera siempre acompañado por este árbol viviente que nos hace reír con su ternura (con su primera escena bebiendo agua de una fuente como si fuera un perro ya nos tiene ganados) para seguidamente arrancarnos una sonrisa nerviosa con su instinto salvaje (a la parte del ensartamiento de soldado me remito). En cierto segundo plano quedan el Drax el Destructor de Dave Batista, aunque sea el protagonista de algunos de los pasajes de acción y humor más destacados del film, y la Gamora de Zoe Saldana que a un servidor vuelve a confirmar en la película de James Gunn que es una actriz más bien mediocre. Como marca de la casa tenemos ya fuera del grupo al habitual Michael Rooker (The Walking Dead, Henry: Retrato de Un Asesino) dando vida a un soberbio Yondú que mantiene una química más que considerable con Star-Lord.




Guardianes de la Galaxia es un triunfo en muchos sentidos o vertientes. Por un lado vuelve a ser un acierto pleno de Marvel Studios tanto de crítica como de taquilla con el añadido de haber corrido el riesgo de dar a conocer un grupo de antihéroes prácticamente desconocido para el gran público, por otro es una cinta de aventuras ejemplar y megalómana con unos logros que la sitúan varios peldaños por encima del resto del cine comercial de Hollywood y por último supone la primera piedra para llevar el cosmos marvelita al mundo del cine, un universo riquísimo y lleno de personajes recuperables como Adam Warlock, Tirano, Legado, Magus oTerrax y que aquí ya ha dado muestras de un más que considerable potencial (ese magnífico Thanos que aguarda pacientemente su momento de gloria) y su multireferencialidad interna para los duchos en los cómics con los Nova Corps, el Guantelete del Infinito o ese personaje que aparece en la segunda escena post créditos y que puede dar  mucho juego en un futuro próximo.




Por el camino a James Gunn le perdonamos algunos fallos como un villano cumplidor en lo físico (se nota la siempre magnética presencia del gran Lee Pace) pero poco definido en su personalidad (aunque no tanto como el Malekith de Thor: El Mundo Oscuro)  en la figura de Ronan el Acusador o la poca cancha al Coleccionista de Benicio del Toro o a Glenn Close como Nova Prime, porque lo que nos ha regalado con Guardianes de la Galaxia es el primer paso para expandir un microcosmos que puede regelarnos en el futuro muchos buenos momentos de fruicioso ocio. Lo próximo: Ant-Man, cinta de rocambolesca gestación, Los Vengadores: La era de Ultrón que Joss Whedon parece haber terminado de rodar este verano y la secuela de esta Guardianes de la Galaxia a manos del mismo Gunn que se confirmó antes del estreno de la primera película. Ahora toca que DC se ponga las pilas con Batman vs Superman: Dawn of Justice para que la sana competitividad llene las carteleras de cine de superhéroes y con ello podamos ver por fin a la JLA desfacer entuertos en nuestras sufridas carteleras.


domingo, 31 de agosto de 2014

The Killing: Almas Solitarias en la Ciudad Esmeralda



“Hay momentos en los que tienes que hacer elecciones imposibles”
Sarah Linden



Homeland, Shameless, House of Cards, The Office, Ugly Betty o la futura The Mysteries of Laura son ejemplos de algo que en Hollywood está al orden del día, pero no tanto en la televisión estadounidense. Nada más y nada menos que series remakes, productos catódicos que adaptan para el público norteamericano programas de distintos países como Israel, Reino Unido, España o Colombia. The Killing, la serie de la guionista y productora canadiense Veena Sud, que comenzó su andadura en AMC (Breaking Bad, The Walking Dead, Mad Men) y la terminó hace poco en Netflix (Arrested Development, Orange is the New Black) hizo lo propio con el serial danés Forbrydelsen de Søren Sveistrup con un humilde pero meritorio seguimiento de telespectadores fieles y un éxito más que considerable de cara a la opinión de una prensa especializada que supo reconocer los hallazgos y méritos estéticos, artísticos o narrativos de esta revisión en cuatro temporadas, divididas en dos bloques, de la producción nórdica, de la que se desvincula (de manera muy inteligente) argumentalmente a partir de la tercera tanda de episodios.




Durante esas cuatro temporadas Veena Sud, con la ayuda de su equipo de guionistas y directores y un dúo protagonista superlativo que comandaban un reparto de distintos y eclécticos secundarios a cada cual más memorable, dio forma a un magnífico producto de una más que contrastada calidad en todas sus vertientes, que bebiendo en muchos aspectos del programa en el que se basaba dio su propia visión, sacando a relucir las dicotomías a las que daba lugar el choque entre vida y muerte en la ciudad de Seattle, sustentando su esqueleto argumental en tres casos de asesinato que permitieron a sus autores retratar el lado más oscuro del ser humano y los tortuosos caminos mal asfaltados de un sistema en el que la política, la pena capital, la paupérrima condición en la que viven los adolescentes huérfanos o las estricta disciplina de una academia militar ofrecen por fin una cara que no es la que habitualmente nos vende la, supuestamente impoluta, sociedad estadounidense que prefiere guardar sus propios esqueletos en armarios cerrados con cuádruple candado por miedo a las apariencias y a alterar su estado de bienestar, ese que debería de ser el mismo para todos los estratos sociales o razas sean de la índole que sean, algo, por desgracia, muy alejado de la realidad.


The Killing Primera Temporada: ¿Quién Mató a Rosie Larsen?


Una detective de homicidios de Seattle que se enfrenta a su último caso antes de abandonar la ciudad con su hijo, el sustituto que la relevará en el cargo y que deberá descifrar el crimen, un suéter encontrado en un bosque a las afueras, el cadáver de la dueña de la prenda localizado en el maletero de un coche previamente sumergido en un lago, una familia destrozada por el terrible hecho y un político local de considerable importancia como principal (pero no único) sospechoso del asesinato. Con esta twinpeaskiana premisa (practicamente la misma de la versión danesa) daba su primer paso el 3 de abril de 2011 en la cadena AMC The Killing, alargando su travesía durante 13 soberbios episodios. Veena Sud y sus huestes se ocuparon de que el tono recuperara ese ambiente gélido propiamente nórdico del producto nacido de la mano de Søren Sveistrup y que la milimétrica puesta en escena recordara a la mano de David Fincher y Jonathan Demme, autores de dos de los mejores thrillers de la historia del cine (Seven y El Silencio de los Corderos) y el último en un inesperado giro de acontecimientos futuro director de dos de los más brillantes episodios de la tercera y cuarta temporada de la serie.




Esta primera temporada sirve para tejer el entramado sobre sospechosos, falsas pistas, dobles juegos y medias verdades con las que el espectador se vea imbuido en una clásica historia de búsqueda del autor de un brutal asesinato que puede ser cualquiera de los personajes que pueblan el programa. Pero Veena Sud principalmente se ocupa de que sus protagonistas y secundarios sean cercanos y creíbles, seres de carne y hueso llenos de dudas, miedos y prejuicios de todo tipo. Son feos y con cuerpos delgaducho el uno y menudo la otra. La Sarah Linden de una impresionante Mireille Enos (Sabotage, Guerra Mundial Z) es una mujer seria por dentro y por fuera (las contadas ocasiones en las que la vemos sonreír siempre nos pilla de sorpresa) de andares patosos, ojos profundos pero estrábicos y voz siempre susurrante. El Stephen Holder (Robocop 2014, la saga Dinero Fácil) de un carismático Joel Kinnaman es un espigado policía de modos barriobajeros, verborrea incontrolable y una simpatía que oculta más de un trauma pasado. Antagónicos en personalidad y modus operandi como detectives, les une el hecho de ser dos animales heridos castigados por vidas llenas de obstáculos tanto físicos como abstractos, unos Mulder y Scully con los pies en la tierra que se complementan y hasta necesitan pero que, gracias a los guiones, eluden (casi siempre) cualquier atisbo de relación física de pueril comercialidad de cara a la galería.




Los guiones también se ocupan de mostrar los estragos que el asesinato de Rosie produce en el núcleo familiar, especialmente en el cabeza de familia Stan su mujer Mitch o Terry, la hermana de esta y a su vez tía de, no sólo la adolescente fallecida, también de los dos hermanos pequeños de esta que se convierten en víctimas colaterales de tan terrible asesinato. Por otro lado comenzamos a sumergirnos por medio de personajes como Darren Richmond, Jamie Bright o Gwen Eaton en el mundo de las campañas electorales estadounidenses y toda la inmundicia e intereses que las mismas arrastran. Por el camino la trama criminal se va recrudeciendo y cerrándose cada vez más al ir descartando sospechosos mientras Holder y Linden se implican con más visceralidad en el caso (convirtiéndose el mismo en un asunto personal para ambos, sobre todo para ella) llegando este a un cliffhanger final que disgustó a algunos por no resolver el crimen y agradó a otros porque sirvió para la renovación de una segunda temporada. La confirmación como gran serie de The Killing ya era un hecho por aquel entonces, pero compartir parrilla con exitazos catódicos como The Walking Dead o Hijos de la Anarquía siempre eclipsó sus no pocas virtudes, algo que se convertiría en la tónica habitual a lo largo de todo el recorrido del programa.


The Killing Segunda Temporada: Se Cierra el Círculo


El 1 de abril de 2012 AMC inició la segunda temporada de la la producción catódica. Como hemos comentado la primera temporada de The Killing acabó, no sólo sin sacar a la luz quién fue el asesino de Rosie, también dejando en el limbo la permanencia de algún personaje importante y una traición que podía cambiarlo todo con respecto a la investigación de lo sucedido con la primogénita de los Larsen. Pero como siempre, cuando nos referimos a la profesionalidad de Veena Sud, todo estaba pensado milimétricamente y la no resolución del crimen sirvió como excusa a la guionista y productora de Caso Abierto para enfatizar la morbidez que rodea a todo lo referido con la ejecución de Rosie, mostrando el lado más oscuro de la psicología humana, ahondando en la guerra sucia implícita en las elecciones políticas, incluso en las locales, en las que cualquier acto polémico o hecho del pasado puede hundir a un candidato con un simple chasquear de dedos.




Pero la misión principal de la canadiense, su único fin, es profundizar en el magnífico estudio de personajes al que llevaba dando forma desde los primeros pasos de la temporada inicial del programa de AMC. Mientras vamos conociendo de manera cada vez más esclarecedora los fantasmas internos de Holder (problemas con el alcohol y las drogas) y Linden (antiguos traumas psicológicos por los cuales pasó tiempo internada en un sanatorio mental) viendo como poco a poco Mireille Enos y Joel Kinnaman van ofreciendo cada vez más matices y pequeños detalles a sus criaturas son Brent Sexton (Deadwood, Justified) y Michelle Forbes (True Blood, En Tratamiento) como Stan y Mitch Larsen o Jamie Anne Allman dando vida a Terry los que ganan enteros como roles de carne y hueso formando un triunvirato que expone de manera analítica la descomposición total de un núcleo familiar que más tarde descubriremos está podrido por dentro. Pasando por el pasado en la mafia del marido, la crisis de personalidad de la mujer y los trapos sucios de la hermana de esta última Veen Sud y su séquito de escritores desarrollan un contenido y soberbio fresco de cómo la institución familiar debe liberarse de sus demonios internos para pasar por el purgatorio existencial que les permita poder seguir adelante dando inicio a una nueva etapa.




Con la resolución del asesinato de la joven Rosie Larsen y la muestra de un atisbo de lo que será el futuro de todos los implicados en el mismo (familiares, amigos, sospechosos cuplables e inocentes de serlo) se cierra la segunda temporada de The Killing y su primera etapa a modo de antología o novela literaria. A partir de ese momento el porvenir del programa se pondrá continuamente en entredicho y se confirmará la desvinculación total con la versión danesa de Søren Sveistrup. AMC decide cancelar la producción dejándola como una serie cerrada de dos temporadas, pero un acuerdo con otra cadena de televisión por cable como Netflix permitirá el rodaje de una tercera temporada con un reparto de secundarios prácticamente nuevo y en la que Stephen Holder y Sarah Linden investigarán un caso completamente distinto al del asesinato de Rosie Larsen. El resultado de esta tanda de episodios número tres será el menos esperado tanto por la crítica como por la audiencia adicta a las correrías de los dos detectives de Seattle. Veena Sud decide alejarse de su fuente de inspiración y la jugada se convierte en el mayor acierto que pudiera haber tenido el programa.


The Killing Tercera Temporada: A Sangre Fría


La tercera temporada de Juego de Tronos de la HBO con su impactante Boda Roja o la segunda mitad de la quinta de Breaking Bad con la resolución de las (des)venturas de Walter White (aka Heisenberg) Jesse Pinkman y compañía, eclipsaron con su impacto y (para qué negarlo) calidad mas que contrastada la tercera y mejor temporada de The Killing que pasó casi desapercibida por las pantallas de medio mundo cuando podía rivalizar con la cabeza muy alta con las series de David Benioff y D.B. Weiss o Vince Gilligan, algo que también podría decirse de la sexta temporada de Hijos de la Anarquía de Kurt Sutter, pero de eso hablaremos en un futuro próximo. Con un renovado plantel de actores de reparto con secundarios de lujo (a los que en Hollywood todavía no ha reconocido su más que considerable talento) como el canadiense de origen griego Elias Koteas (La Delgada Linea Roja, Crash, Defendor) el norteamericano Peter Sagaard (Jarhead, Green Lantern, Blue Jasmine) o el también estadounidense Gregg Henry (Doble Cuerpo, Firefly, Guardianes de la Galaxia) Veena Sud da forma a una pequeña obra maestra de la televisión moderna, una de las reflexiones más sutiles, elegantes y críticas sobre la pena de muerte jamás plasmadas en ficción dentro de Estados Unidos, un país en el que más de 32 estados se aplica pena capital.




El 2 de junio de 2013 llegó esa tercera temporada en la que se investiga el caso de un asesino múltiple cuyo modus operandi es igual al de uno llamado “el flautista” al que Linden mandó al corredor de la muerte años atrás y que amalgama la crítica tan visceral como analítica del Truman Capote de A Sangre Fría (adaptada magistralmente al celuloide por un Richard Brooks pletórico tanto en la escritura como la dirección en el año 1967) la mirada hacia los desamparados Charles Dickens de Oliver Twist adaptado a pleno siglo XXI y el estilo del Atom Egoyan elegante, contenido en su exterior pero intenso en el interior, de El Dulce Porvenir fusionandose en una sola y poliédrica mirada que paradójicamente exhala tanto uniformidad como personalidad. Veena Sud consigue lo que parecía imposible, no sólo demostrar que esta tercera temporada puede mantener la compostura con respecto a las dos anteriores, sino superarlas considerablemente con el mejor trabajo de dirección de toda la serie (Jonathan Demme y Nicole Kassel ejecutan dos capítulos finales sencillamente apabullantes) los mejores secundarios de todo el recorrido del programa (Elias Koteas está soberbio como siempre dando vida al misterioso James Skinner, pero es Peter Sasgaard el que llena de rabia, verdad y fuerza a su Ray Seward en el que es a día de hoy el mejor papel de su carrera) los dos mejores trabajos de Joel Kinnaman y Mireille Enos como el dúo protagonista (la obsesión de ella con el caso y su relación con Skinner son dos de los mejores apuntes de la temporada) y algunos momentos que se encuentran entre los mejores de la televisión reciente como ese hombre que acepta finalmente su destino después de mirar por una ventana o esas últimas palabras aparéntemente vacuas que nos confirman que nadie merece morir y que un sistema que ejecuta a hombres inocentes en un país del primer mundo es algo de lo que muchos deberíamos avergonzarnos, no sólo los estadounidenses.




Con su tercera temporada The Killing toca el cielo de su producción, sus creadores regalan a los seguidores televisión de alto nivel gloriosamente ejecutada en todos sus apartados, pero el único fallo que podemos reprochar a esta season finale es el que tiene la culpa de que la despedida que hace un año podía haber sido triunfal ha sido este 2014 bastante buena, pero no perfecta. Por desgracia la tercera tanda de episodios del programa de la AMC concluye con un cliffhanger de manual que no cierra una de las tramas que implican directamente al porvenir de Holder y Linden para que se pudiera rodar una cuarta y última temporada. Aunque la sombra de la cancelación volvió a sobrevolar el futuro de la serie de Veena Sud esta vez fue Netflix (recordemos que en la tercera temporada este canal llegó a un acuerdo con AMC para la producción del programa) la que se ocupó del estreno y posterior emisión de los últimos seis episodios que confirmarían esa cuarta temporada que serviría para cerrar finalmente el ciclo vital y profesional iniciado por los agentes Linden y Holder con la investigación del caso del asesinato de Rosie Larsen.


The Killing Cuarta Temporada: Kyle Cogió su Fusil


Si las tres primeras temporadas de The Killng daban forma a dos relatos puramente literarios, la cuarta vendría a ser el epílogo de los mismos, un regalo para los fans que habían seguido con ávida (y adictiva) fidelidad las correrías de Stephen Holder y Sarah Linden en las calles de la ciudad de Seattle. Esta cuarta entrega constó de seis episodios de una hora de duración, se estrenó íntegra en streaming el 1 de Agosto del presente 2014 y supuso la temporada menos sobresaliente del show, pero hablando en los terminos de calidad del programa en ningún momento podemos referirnos a ella como menos de seis horas de televisión brillantes. Algunos cambios se producen a lo largo de dichos capítulos y tienen más que ver con el paso de un canal a otro (al igual que otras cadenas por cable como Showtime o HBO, Netflix sí permite la inclusión de la palabra “fuck”, que está prohibida en otras como FX Network, A&E o la misma AMC en la que nació el producto que nos ocupa en esta entrada y la sensación de extrañeza se hace notable, pero sólo en el primer episodio, ya que luego Holder lo coge gusto a la expresión y la utiliza con su particular labia) que con otros aspectos, los mismos que convirtieron la versión de americana de Forbrydelsen en un producto de referencia por su calidad.




La cuarta temporada de The Killing comienza justo donde acabó la anterior y dejándonos claro desde el primer minuto que los actos llevados a cabo por Linden y Holder en aquella serán el núcleo central de todo el entramado argumental que será sobrevolado por la posible caída en desgracia de los dos detectives de Seattle. Pero una vez más nuestros ojos se dirigirán hacia un caso de asesinato múltiple, el de una familia adinerada cuyo hijo mayor (y principal sospechoso con amnesia temporal producida por el hecho traumático) es miembro de una estricta y selecta escuela militar dirigida da por la Comandante Margart Rayne (una intachable Joan Allen confirmando que es una de las mejores actrices de su generación). La historia es una intriga de corte militarista que bebe de producciones de Hollywood como Algunos Hombres Buenos de Rob Reiner (con guión del prestigioso Aaron Sorkin) La Hija del General de Simon West o la memorable En el Valle de Elah de Paul Haggis, films que tejen una intriga en la que la investigación de un crimen en ambiente castrense ocupa todo el exoesqueleto de la historia, normalmente repleta de medias verdades, falsos culpables y conspiraciones colectivas que ponen en entredicho muchos de los métodos de adiestramiento del ejército de los Estados Unidos que convierten a sus soldados en insensibles y automatizadas máquinas de matar.




Esta cuarta temporada condensa toda la esencia del programa desde que diera sus primeros pasos. Competente y gélida puesta en escena, escritura sólida y milimétrica, unos actores brillantes desde sus dos protagonistas hasta el extra que aparece en un rincón dando vida a un soldado haciendo flexiones bajo la lluvia y una visión nihilista del ser humano y sus más bajos instintos. Por desgracia Veena Sud sabe que está despidiendo el programa definitivamente y decide por ello intensificar las emociones de sus dos actores principales, sobre todo las de Mireille Enos como Linden, que habíamos visto a lo largo de las tres anteriores temporadas como una mujer contenida que en pocas ocasiones dejaba mostrar su estado mental al exterior y que aquí peca en algunos momentos de cierta sobreactuación (siempre moderada) que no pega demasiado con el personaje. También se fuerza cierta concatenación de momentos forzadamente trascendentes que en un recorrido de sólo seis episodios (por mucho que cada uno de ellos bordee o supere la hora de duración) se antojan algo precipitados o ejecutados bruscamente. Pero la intensidad con la que Mireille Enos y Joel Kinnaman se agarran a unos roles sobresalientes que ya conocen como las palmas de sus manos, la enorme labor en la realización (Jonathan Demme vuelve para cerrar la serie rodando el último episodio) de los distintos directores, el control que Veena Sud mantiene sobre su equipo de libretistas y la magnífica interpretación de Tyler Ross, Stearling Beaumon y Levi Meaden como los cadetes Kyle Stansbury, Lincoln Knopf y A.J Fieldong respectivamente consiguen que la despedida de The Killing merezca la pena consiguiendo que una temporada innecesaria mantenga muy dignamente la compostura, aunque su epílogo demasiado obvio quita enteros a un cierre que podría haber sido mucho más memorable si se hubiese prescindido de esos autocomplacientes minutos finales.


Valoración General

Sin ocupar un lugar de capital importancia como otros productos televisivos de esa impagable nueva edad de oro que estamos viviendo desde hace más de diez años dentro de las series americanas como The Wire, A Dos Metros Bajo Tierra, Los Soprano o Mad Men, la versión americana de The Killing, ideada y desarrollada por Veena Sud, puede considerarse fácilmente y sin controversia alguna una obra de culto, un producto de una brillantez considerablemente contrastada con los suficientes alicientes como para jugar en las grandes ligas de las producciones más destacadas de la parrila internacional. De la innecesaria revisión de una serie europea nació un ejercicio de narración, realización y e interpretación actoral sencillamente intachable. Podríamos hablar de la labor destacada de actores como Billy Campbell dando vida a Darren Richmond, Eric Ladin como Jamie Wright o Jewel Staite dando voz y cuerpo a Caroline Swift (con genial referencia a Firefly/Serenity incluida) de la de directores como Nicole Kassel (El Leñador), Daniel Attias (Ray Donovan, House) Brad Anderson (El Maquinista, The Shield), Patty Jenkins (Monster) o la de guionistas como el hoy muy prestigioso Nic Pizzolatto (True Detective) Brett Conrad (Hijos de la Anarquía) o Dawn Prestwich (Carnivále) o la del de cualquier miembro de los equipos artístico o técnico. Pero quedémonos con Linden y Holder, el cielo gris y el clima siempre lluvioso de Seattle, esa cara oculta de la ciudad en la que se comenten crímenes inhumanos por culpa de nuestros pecados como sociedad o individuos y con esos pequeños resquicios de luz que nos permiten aferrarnos a la esperanza de un futuro mejor, aquel que parece oculto debajo de toneladas de podredumbre económica y moral pero que permanece latente a la espera de ser descubierto.



Transformers: La Era de la Extinción.



Título Original Transformers: Age of Extinction (2014)
Director Michael Bay
Guión Ehren Kruger
Actores Mark Wahlberg, Nicola Peltz, Jack Reynor, Stanley Tucci, Kelsey Grammer, Sophia Myles, Victoria Summer, T.J. Miller, Han Geng, Li Bingbing, Brenton Thwaites, Cleo King, Titus Welliver, Teresa Daley, Michael Wong




Después de tomarse un respiro con aquella modesta Dolor y Dinero protagonizada por Mark Walberg y Dwayne “the Rock” Johnson que llegó a ser considerada por muchas personas con bastante criterio como una comedia de culto tan notable que podía pasar por una de los hermanos Joel Coen e Ethan Coen, Michael Bay vuelve con la cuarta entrega de la saga a la que lleva dedicando los últimos diez años de su exitosa y controvertida carrera como cineasta desde que Steven Spielberg le eligiera para llevar a imagen (más o menos) real las correrías de las figuras de acción de Hasbro que desde los años 80 llevan protagonizando series animadas de distinta índole, cómics en varias editoriales y videojuegos de todo pelaje entre otro tipo de mechandising millonario. La primera supuso la novedad, un blockbuster megalómano en su estética pero de una simpleza alarmante en su interior que triunfaba por apelar a los instintos más primarios de los espectadores y a la nostalgía de aquellos que disfrutaron durante su infancia de los productos en los que estaban basados los personajes. La segunda, Transformers: La Venganza de los Caidos, contenía en su interior unas pocas escenas bien ejecutadas que se perdían entre los pasajes más sonrojantes de la saga con un humor insoportable y momentos bochornosos como cuando Bumblebee orinaba por el salpicadero en plena cara de uno de los personajes humanos. La tercera recuperó en cierta manera la compostura con una historia más ambiciosa y escenas que se encontraban entre lo mejor jamás rodado por Michael Bay, pero su exceso de metraje y la aparatosidad de su interminable clímax convertía la experiencia de ver la recta final de Transfomers: La Cara Oculta de la Luna en un castigo bastante considerable para la platea. Ahora, pasado el ecuador de este 2014 nos llega la cuarta parte de la saga titulada Transformers: La Era de la Extinción que sirve tanto de secuela como de reinicio encubierto de la franquicia producida por la Paramaount Pictures. El resultado es más o menos lo esperado si conocemos la naturaleza del producto o lo que es lo mismo, no la peor entrega de la serie de largometrajes, ni la mejor, sólo una más y otra muesca en el revolver de un Michael Bay que revienta la taquilla cada vez que narra (y alarga) la interminable batalla entre Autobots y Decepticons.




Una vez más el productor Steven Spielberg, el guionista Ehren Kruger y el director Michael Bay unen fuerzas para narrar una historia que tiene lugar cinco años después de la batalla en Chicago a la que pudimos asistir en la tercera entrega y por la cual se instauró una ley en Estados Unidos para erradicar a todos los transformers independientemente de a qué bando pertenezcan a manos de una unidad de élite de la CIA comandada por el agente Harold Attinger (Kelsey Grammer) que actúa a espaldas de la Casa Blanca. Mientras, en Texas, un inventor llamado Cade Yager (Mark Wahlberg) compra en un cine abandonado un viejo camión que resulta ser el líder Autobot, Optimus Prime, que se mantenía escondido para no ser cazado por los hombres de Attinger comandados por James Saboy (Titus Welliver). Yager, junto a su amigo Lucas (TJ Miller), su hija Tessa (Nicola Peltz) y el novio de esta última, Shane (Jack Reynor) unirán fuerzas con Optimus y unos pocos Autobots para acabar con una empresa llamada KSI dirigida por Joshua Joyce (Stanley Tucci) que utiliza el transformiun, el material del que están creados los transformers, para crear los suyos propios tomando como base las cabezas de, entre otros robots alienígenas, la de Megatrón, líder Decepticon y enemigo jurado de Prime, convertido ahora en el evolucionado Galvatron, más peligroso que su anterior encarnación. La historia es esta y no da para más, Michal Bay y Ehren Kruger se alejan de la más ambiciosa trama (dentro de los cánones simplistas de las superproducciones hollywoodienses, claro está) de la tercera parte para volver a lo básico, o lo que es lo mismo, una batalla entre unos pocos Autobots y unos transformers de nueva hornada.




Transformers: La Era de la Extinción es un producto 100% Michael Bay con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Un largometraje de presupuesto desproporcionado y vacua grandilocuencia formal que no contiene prácticamente nada en su interior. Un divertido artificio simple y directo a la mandíbula de un espectador que debe aletargar un gran número de neuronas para poder disfrutar de una velada que realmente no aspira a nada más que ofrecer 165 (excesivos, pero en ningún momento aburridos) minutos de pura evasión veraniega. La única diferencia con respecto a las otras tres entregas curiosamente son sus mayores aciertos como el aire crepuscular y oscuro que es mucho mas notorio que en las anteriores películas y que nos regala una cacería descarnada de los transformers por parte de los humanos, unos servicios secretos (la CIA concretamente) retratados con bastante mala idea (aunque como hemos mencionado previamente se deja claro en todo momento que actúan a espaldas de su propio gobierno, God save America) y con inclinaciones a poner en práctica métodos expeditivos en aras de la “seguridad nacional” o una versión “Ultimate” de Optimus Prime en esta ocasión mucho más violento y vengativo. El humor es mucho más contenido, menos zafio y pueril, además de estar bien dosificado, es más, cuando creemos que esa comicidad de chulería de playa californiana (una vez más) va a estar presente a lo largo de todo el metraje, los autores del film toman la sabia idea de erradicarla de una tacada para suerte del espectador.




Pero en esencia estamos una vez más ante otra de las correrías de Optimus Prime y sus metamórficos aliados o enemigos. Cámaras lentas que encuadran helicópteros que aparecen en el horizonte de un campo de Texas, travellings laterales sobre personajes que miran con cara de pasmo enormes naves espaciales surcar los cielos, contrapicados para que los protagonistas se vean empequeñecidos ante los enormes robots alienígenas o los rascacielos localizados en las ciudades norteamericanas o chinas que les sirven como campos de batalla, espíritu castrense recalcitrante en el que se hace una hortera oda al honor, dar la vida por la patria (o en este contexto por la raza humana, el universo, el novio macarra de tu hija) o el estilo de vida americano, relaciones personales entre roles unidimensionales que tiran de tópicos o caminos mil veces transitados en todas las formas posibles, más cámaras lentas para captar al milímetro el matosdóntico bofetón en pleno rostro (metalizado) de un transformer a otro, Autobots que tienen barba y fuman puros o van vestidos como raperos y samuráis, pequeñas dosis de fandom para los conocedores de los personajes clásicos de los 80 como la presencia de los míticos Dinobots, aliados por la fuerza de los autobots comandados por Optimus Prime o la indispensable parcela para el lucimiento de Bumblebee, malvados agentes del gobierno esta vez liderados por un Titus Welliver (Perdidos, Hijos de la Anarquía) chulesco y con gafas de sol, secundarios cuya única misión es ser una vía cómica de escape como el Joshua Joyce al que da vida un Stanley Tucci que empieza muy contenido para seguidamente entregarse al exceso y la sobreactuación propia de los roles de relleno típicos de la saga cinematográfica que nos ocupa o chicas sudorosas y con los senos apretados encuadradas de todas las maneras posibles para realzar sus atributos, rol que esta vez recae en la joven Nicola Peltz, una de las actrices de la serie Bates Motel de la cadena de televisión por cable A&E.




Por el lado bueno la última película de Michael Bay no engaña a nadie, ya que ofrece más de lo visto previamente en las anteriores entregas aunque con un tono más crudo y con referencias que van en su arranque desde E.T o Encuentros en la tercera Fase de Steven Spielberg hasta las sagas de Alien, Terminator, Predator, Parque Jurásico e incluso la catódica Juego de Tronos en su segunda mitad. Por el malo el producto vuelve a ser una nadería rimbombante y frenética en la que los efectos digitales mueven y vertebran una endeble historia que en ocasiones está tan recargada de CGI que hasta llega a hacernos pensar que estamos asistiendo antes a la elaborada intro de un videjouego de última generación que a una pieza cinematográfica que seguramente tuvo una post producción mucho más elaborada que el propio rodaje. Un trabajo ejecutado en cadena de montaje tan impersonal y reiterativo que nos confirma que si nos hubieran colado en la sala de edición secuencias de las tres anteriores entregas nos nos habríamos dado ni cuenta de ello. De modo que sólo nos queda tomarlo o dejarlo, entregarnos a los prostituibles brazos de una película que no nos ofrece nada más y nada menos que robots cada vez más enormes y monstruosos entregados al milenario arte de dar bofetones a mano abierta o acabar completamente agotados de esta innecesaria, excesiva y ruidosa sobredosis de banderitas americanas para unos y descarado product placement para otros cuya desproporcionada recaudación en taquilla y naturaleza de reboot o película bisagra nos confirma desde ya la próxima venida de una quinta entrega que nos seguirá dejando claro que producciones comerciales de calidad como El Amanecer del Planeta de los Simios de Matt Reeves o Cómo Entrenar a tu Dragón 2 de Dean DeBlois siguen siendo pequeños oasis en el desierto de la falta de ideas de la meca del cine.



lunes, 11 de agosto de 2014

Cómo Entrenar a tu Dragón 2



Título Original How to Train Your Dragon 2 (2014)
Director Dean DeBlois
Guión Dean DeBlois




En el año 2010 la productora norteamericana Dreamworks fundada por Steven Spielberg, David Geffen y Jeffrey Kratzenberg en 1994, estrenó la película que junto a Kung Fu Panda de Mark Osborne, John Stevenson supondría el paso a la madurez de la casa que parió exitosas sagas cinematográficas dentro del celuloide de animación como Shrek (cuatro entregas y un spin off protagonizado por el inolvidable Gato Con Botas de Antonio Banderas) o Madagascar (tres largometrajes). Nos referimos como no puede ser menos a Cómo Entrenar a tu Dragón dirigida por Dean DeBlois y Chris Sanders, autores de Lilo y Stitch. El largometraje narraba las vivencias de Hipo, el hijo del gran jefe de un pueblo vikingo localizado en Isla Mema. Allí los aguerridos aldeanos se dedicaban a la caza de los “terribles” dragones que se dividían en distintas razas, todas ellas supuestamente mortíferas, como los Furia Negra, conocidos como los más peligrosos. Un día Hipo conoce a Desdentado, uno dragón Furia Nocturna con el que traba una amistad que le llevará a comandar una cruzada para convencer a todos sus conciudadanos, comandados por su padre Estoico el Inmenso, de que los dragones son criaturas nobles con las que es posible una convivencia pacífica beneficiosa para ambas facciones




Dreamworks seguía la senda que abrió la ya mencionada cinta protagonizada por el panda Po para por primera vez ir más allá del simple humor o los mensajes bienintencionados, pero simplistas, perfilando personajes (al menos los principales) de un tono más tridimensional con unas dudas más acentuadas que en otras cintas de la productora, regalándonos secundarios que eran algo más que gags andantes y añadiendo algunos apuntes dramáticos que hacían que el final feliz que cerraba esta oda en favor de la defensa del reino animal (representado en su conjunto por las mitologicas criaturas que dan forma al entramado del film) con una agradable sensación agridulce en la platea poco común dentro del cine de animación salido de la maquinaria de hollywoodiense. El largometraje fue un éxito de taquilla y crítica, ya que tanto el público como la prensa especializada se rindieron a la calidad, el carisma y el corazón de la cinta de Dean DeBlois y Chris Sanders. El triunfo fue total, la Dreamworks había facturado su mejor película hasta la fecha, una tan buena que podía codearse con varios productos de la imbatible Pixar de Disney, por tanto la secuela sería gestada tarde o temprano y este 2014 ha sido elegido para la puesta de largo internacional del la segunda parte, esta vez escrita y dirigida en solitario por Dean DeBlois. En el pasado festival de Cannes se estrenó Cómo Entrenar a tu Dragón 2 una continuación que supera en prácticamente todos los apartados a su predecesora, minimizando los fallos y acentuando los aciertos de aquella.




El principal (y puede que más remarcable) mérito de Cómo Entrenar a tu Dragón 2 es que se mete en la complicada empresa de ser una secuela que quiere ser más grande que su predecesora para superarla y no es esta una tarea fácil, ya que films como Matrix Reloaded de Andy Wachovski y Lana Wachovski, El Retorno de la Momia de Stephen Sommers o Speed 2 de Jan De Bont quisieron ser continuaciones al más puro estilo Hollywood con unas envergaduras que ensombrecieran a sus hermanas mayores para finalmente (casi) sólo vender ruido y una hiperbolización artificiosa y vacua de las mismas. Por suerte (o más bien una intachable profesionalidad) el proyecto de Dean DeBlois consigue lo anteriormente comentado, ser mejor película que la ya de por sí soberbia Cómo Entrenar a tu Dragón de 2010. Ya que como es lógico cuando nos referimos a los efectos CGI que dan forma al conjunto del proyecto la calidad de la producción ha mejorado sustancialmente (hablamos de casi un lustro de diferencia entre una entrega y la otra) pero no podemos obviar que el guión basado libremente en las novelas de la escritora británica Cressida Cowell define mejor a los personajes que ya conocemos y a los de nuevo cuño que de debutan en esta secuela, enriquece las relaciones interpersonales entre estos añadiéndoles matices de una complejidad impropia en cierto tipo de cine de animación dirigido a toda la familia y acentuando el mensaje ecologista que estructuraba el núcleo argumental de la primera parte.




Cómo Entrenar a tu Dragón 2 tiene lugar 5 años después de que gracias a la tozudez de Hipo los vikingos que pueblan Isla Mema aceptaran a los dragones como mascotas y compañeros. Hipo es pareja de Astrid y posiblemente uno de los mejores jinetes de dragón de la zona (siempre montando con su inseparable Desdentado, de la raza Furia Nocturna) algo que despierta el orgullo de su padre Estoico, el aguerrido jefe vikingo de la localidad. Todo cambiará con el descubrimiento de la amenaza de Drago Puño Sangriento, un viejo enemigo de Estoico y la presencia de una extraña jinete de dragones cuya misión es cuidar y dar cobijo a estas mitológicas bestias que contrariamente a lo que narraban las leyendas de la zona no son peligrosas ni malvadas en manera alguna. En esta secuela se nota por fin la confianza depositada en el director y guionista por parte de los jefazos de la factoría Dreamworks ya que Dean DeBlois muestra en pantalla que puede pensar en grande y abarcar más con su relato en contraposición a la humildad formal con la que se abordó la producción de la primera parte de 2010. Tenemos más acción, más dragones, más vikingos la banda sonora de John Powell es más épica y por descontado que los personajes son todavía más cercanos que en la anterior entrega, más carismáticos, ya que volver a verlos es como reunirse con unos viejos conocidos a los que hacía tiempo que no veíamos y echábamos de menos.




Porque al igual que su predecesora Cómo Entrenar a tu Dragón 2 es una cinta de personajes, de criaturas de carne y hueso (paradójico si tenemos en cuenta que están hechas de pixeles) con dilemas morales con los que identificarnos. Desde la inherente personalidad de líder de Hipo hasta al duro carácter de Astrid o el compromiso comunitario de Estoico, pasando por la comicidad de Bocón, Chusco o Brusca (especialmente destacable la obsesión de esta con Eret, hijo de Eret, uno de los nuevos personajes del que la vikinga se enamora locamente) y la candidez de Valka, que es el personaje que vertebra prácticamente todo el devenir de la trama y cuyo secreto hace cambiar y madurar al protagonista. Pero el mayor acierto del largometraje en cuanto a caracteres y las relaciones de estos tiene que ver con la relación de Hipo con su inseparable Desdentado cuando Dean DeBlois decide despertar el “lado oscuro” de este último, realizando un meritorio y acertado paralelismo con su cambio de conducta con ciertas razas de perros supuestamente “peligrosas” como los pitbull o rottweiller que sólo llegan a serlo si su dueño (en el caso del largometraje los humanos con personalidades violentas como Drago Puño Sangriento) los adiestran de la manera equivocada. Desdentado da pie a uno de los momentos más dramáticos del film, el mismo que nos hace poner en duda su entrañable carácter (aquel que se forjó con sabiduria milimétrica en el primer film y los dos primeros tercios del que nos ocupa) y cuyos actos pueden llegar a poner en un complicado dilema moral a Hipo con respecto a su relación con el dragón de raza Furia Nocturna. Este giro de guión, bastante alejado en fondo y forma de los cánones establecidos por el cine infantil, es uno de los mayores aciertos del proyecto y que no nos debería coger demasiado sorprendidos si tenemos en cuenta que aquella pierna amputada de la primera entrega ya nos hizo vislumbrar que nos encontramos ante un tipo de películas que quieren salirse un poco de la ligereza que impera en gran parte del cine animado en general y del salido de la casa Dreamworks en particular.




Cómo Entrenar a tu Dragón 2 es una de las mejores producciones de un año en el que el cine comercial de Hollywood está dando buenas muestras de un prometedor encarrilamiento en el que parece que mengua la presencia de productos realizados en cadena de montaje que se sustentan en artificio y puerilidad en fondo y forma, para dar más importancia a la calidad, la calidez y los intereses del espectador como consumidor de celuloide, como sucedía en la meca del cine allá por los nostálgicos años 80. Nos encontramos antes la mejor película facturada por la Dreamworks, un producto para toda la familia que no elude transitar por algunos callejones oscuros en lo que a ética y moral se refiere y que puede que no sean del gusto de todos. Pero ahí radica la valentía de una secuela que sustentándose en un relato de reminiscencias puramente clasicistas se deja imbuir pro productos contemporáneos tan variados como Juego de Tronos de David Benioff y D.W. Beiss, Star Wars de George Lucas, Superman de Richard Donner, Avatar de James Cameron o el anime Digimon creado por Akiyoshi Hongo. Una producción cuya enormidad se solidifica por medio de gestos (la mano de una madre acariciando el rostro de un hijo perdido) diálogos sencillos pero que exhalan veracidad (las primeras palabras de un marido a su esposa después de años sin verse) reacciones tan comprensibles como dolorosas (el grito de odio de un joven hacia un amigo al que creía parte de si mismo para desconcierto de este último que no entiende el motivo de dicha sentencia) villanos de altos vuelos (ese resentido Drago Puño Sangriento del todo memorable) o mensajes sobre tolerancia, lazos fraternales, comunión con la naturaleza y las criaturas que la pueblan que, sin paternalismos o adoctrinamientos sectarios, nos hacen pensar que hemos asistido a una sesión de 100 minutos de cine de calidad perfectamente facturado. De modo que esa Pixar que no tiene estreno este 2014 vaya tomando nota, la eterna segundona Dreamworks se está revelando como un dragón que no ha hecho más que despertar de su letargo para empezar a escupir lenguas fuego desde los cielos.


miércoles, 30 de julio de 2014

The Zero Theorem, el sentido de la vida



Título Original The Zero Theorem (2013)
Director Terry Gilliam
Guión Pat Rushin
Actores Christoph Waltz, Matt Damon, Tilda Swinton, Mélanie Thierry, David Thewlis, Ben Whishaw, Peter Stormare, Sanjeev Bhaskar




Una de las características del cineasta, americano de nacimiento y británico de corazón, que responde al nombre de Terry Gilliam es que en muchas ocasiones su poderío visual, su ambiciosa puesta en escena, su visión hiperbólica de la utilización del encuadre o la angulación de la cámara servía para disimular que los guiones de sus proyectos cinematográficos no siempre eran todo lo sólidos que debieran, aunque en otras ocasiones la convergencia entre fondo y forma fuera tan armónica como para parir obras maestras como Brazil (1985) El Rey Pescador (1991) o 12 Monos (1995). Pero algo sucedió durante el accidentado rodaje de El Secreto de los Hermanos Grimm como para que a estas alturas podamos hablar de un Terry Gillim post y pre década de los 2000.




Durante el rodaje del film protagonizado por Matt Damon y el tristemente fallecido Heath Ledger, Gilliam tuvo problemas con los productores y estos decidieron parar la filmación a la mitad. Durante el tiempo en el que el proyecto se encontraba en standby el realizador de La Bestia del Reino llevó a cabo un trabajo más personal e íntimista. La adaptación de una novela de Mitch Chullin titulada Tideland, que se convirtió en el último gran largometraje de su autor aunque, como comentamos, se trataba de una obra mucho mas humilde y por ello más hija del cineasta. Aquellos dos largometrajes, aunque antagónicos en estética y desarrollo, hablaban de utilizar (para bien o para mal) mundos de fantasía para eludir una terrible o poco beneficiosa realidad, constante esta en la que se aposenta prácticamente todo el discurso de Terry Gilliam como director.




Pero ambos largometrajes hicieron vislumbrar algo que en la meritoria pero descontrolada El Imaginario del Doctor Parnassus se confirmó casi al 100%. Los guiones de los proyectos del componente más discreto de los Monty Python cada vez eran más endebles y caóticos y si los films a los que supuestamente debían dar forma eran meritorios o se salvaban de la quema era por su ya mencionada personalidad como narrador visual. Algo de esto, pero con un resultado más decepcionante, sucede con su última obra cinematográfica, The zero Theorem, un trabajo bienintencionado con algunas ideas muy inteligentes que no son debidamente desarrolladas y que en esencia es totalmente hijo de su padre, pero en esta ocasión ni la vigorosa y vivaz puesta en escena del director pueda salvar la velada, porque esta se encuentra considerablemente sepultada por la inevitable naturaleza de modesta historia mínima del largometraje.




The Zero Theorem es en palabras del mismo Terry Gilliam el cierre de su "tríptico orwelliano" formado por Brazil, 12 Monos y la cinta que nos ocupa. La historia narra la vida diaria de Qohen Leth (Cristoph Waltz) el empleado de una gran empresa informática llamada Mancom y dirigida en la sombra por la "dirección" (Matt Damon). La principal obsesión de Qohen es poder ejercer su trabajo desde su propia casa (una iglesia abandonada) para poder esperar allí una desconocida y misteriosa llamada que cambiará su vida y lo liberara del yugo de su existencia devorada por el trabajo y la soledad. Todo cambiará cuando su supervisor le asigne descifrar el famoso Teorema Cero. Este interesante punto de partida, 100% Gilliam, es el que vertebra el largometraje que nos ocupa. El problema es que ni el director, ni el guionista Pat Rushin, consiguen que tan feliz idea rasque más allá de la superficie y para colmo lastre el desarrollo de acontecimientos del relato que avanzan pesadamente y de manera insatisfactoria.




La última película de Terry Gilliam es una especie de revisión de Brazil, pero cambiando la estética kafkina de aquella (aunque la historia como concepto era deudora principalmente de George Orwell, los ecos al autor de El Proceso eran más que notorios, sobre todo en esas oficinas abarrotadas en las que se movía Sam Lowry y que daban una visión caótica y aterradora de la burocracia) por una que parece parodiar los relatos literarios de corte cyberpunk nacidos de la pluma del novelista norteamericano William Gibson (Neuromante, New Rose Hotel) que hablaban de asépticas corporaciones y un ciberespacio conspiranóico e inhumano. Como obra cinematográfica plantea ideas inteligentes sobre el aislamiento al que nos aboca la brutal automatización del siglo XXI que nos convierte en seres asociales incapaces de experimentar verdaderas sensaciones como humanos, pero todo ello deficientemente y transmitiendo redundancia y desinterés a la platea.




Dentro de esta distopía tenemos a un protagonista con miedo a la muerte cuya única ilusión por vivir es una inexsistente llamada telefónica, una iglesia en la que una cámara que ocupa la cabeza de un Cristo crucificado sirve de alegoría de la omnipresencia de un Gran Hermano de ribetes teológicos que todo lo ve, unos anuncios publicitarios invasivos con el rostro y la voz de Brienne de Tarth, unos individuos que cuando van a una fiesta escuchan su propia música con los auriculares conectados a sus tablets/iphones sin conversar con el resto de personas, una "dirección" que es más unas abstracción sobre el capitalismo desproporcionado que desangra a sus empleados que una entidad corporea. Incluso tenemos a una adolescencia representada por un genio de la informática (el parecido físico de Lucas Hedges con Jesse Eisenberg, que dio vida a Mark Zuckerberg en La Red Social de David Fincher, parece una irónica casualidad) con conocimientos desperdiciados que lo convierten en un superdotado con una carencia de compromiso o moral que está al orden del día en nuestra realidad.




Por desgracia toda esta acertada simbología sobre el vacío existencial del hombre del siglo XXI y la superficialidad derivada de productos electrónicos de última generación, que nos confirma que vivimos en una sociedad hipertecnificada que aunque nos proporciona una conectividad total paradójicamente nos aisla del mundo se queda en la carcasa, no ahonda más en un tema tan interesante como actual y sólo se entrega a una retórica que únicamente nos permite asistir a cómo Qohen vaya perdiendo poco a poco la cordura dentro de las cuatro paredes de la capilla que le sirve de hogar. Únicamente la visita de personajes como la sensual y pizpireta Bansley de Mélanie Thierry, el divertido supervisor Joby de David Thewlis o el descreído informático adolescente Bob de un muy acertado Lucas Hedges ofrecen algo de variedad a las aventuras y desventuras del personaje principal.




Por otro lado en esta ocasión, como hemos mencionado previamente, ni el torrente de barroquismo visual de Gilliam como realizador puede inyectar fuerza al producto, porque al narrar el director de Los Héroes del Tiempo una historia minima en una sola localización esta no le proporciona al cineasta un verdadero campo de juego para deleitarnos con su inacabable imaginación, ese delirio marca de la casa que podemos encontrar en obras previas salidas de su mano como Miedo y Asco en Las Vegas. No sabemos si esto es debido al modesto presupuesto del largometraje, pero por desgracia sólo en los momentos en los que el protagonista decide mezclarse con sus conciudadanos, tanto en las recargadas calles como en su no menos atestado trabajo, podemos percibir el sello inconfundible de Terry Gilliam en el que imperan las localizaciones de proporciones mastodónticas y su mirada hiperbólica de la realidad con personajes histriónicos y brutalmente cuerdos dentro de su supuesta (o improbable ) demencia.




Finalmente a lo largo del trayecto en esta especie de versión tragicómica de Pi Fe en el Caos de Darren Aronofsky podemos encontrar sólo algunos destellos de genialidad propios de su autor, como esa revisión médica dirigida por Peter Stormare, Ben Whishaw y Sanjeev Bhaskar, la psiquiatra a la que da vida una impagable Tilda Swinton que parece una mezcla entre Margaret Tatcher y Camila Parker Bowles, esos pasajes en la playa que parecen parodiar a films como De Aquí a la Eternidad de Fred Zinnemann o El Lago Azul de Randal Kleiser el clímax final con el momento en el que Qohen agarra el sol (literalmente) con sus manos o a labor de un enorme Christoph Waltz (también co productor del film) que se echa a las espaldas un juguete roto en el que él es la única pieza que funciona  a pleno rendimiento para alegría y beneficio de un Terry Gilliam, en ocasiones, casi irreconocible detrás de la cámara.





Esta The Zero Theorem que nos ocupa es, por desgracia, algo peor que un Terry Gilliam menor, es un Terry Gilliam fallido y muy a medio gas, autocontenido (en el peor sentido de la palabra) lánguido y desangelado en todos los sentidos. Sí, con la esencia del discurso autoral del hombre que la ha gestado anidando dentro, pero careciendo casi por completo de su ironía, su ingenio, su fiereza, su locura y en ese sentido, ni los espectadores en general, ni los fans del cineasta en particular, podemos darnos por satisfechos. Sobre todo cuando sabemos que este inimitable y desmadrado cuentacuentos en ocasiones pretéritas ha sido capaz de trasladarnos a un mundo tan rico e inabarcable que una cámara cinematográfica no podía captar en toda su vasta y maravillosa extensión. Esperemos que en la próxima ocasión volvamos a ver a aquel director que nos demostró que el más modesto de los Monty Python era el que más talento atesoraba en su interior.