viernes, 25 de mayo de 2018

Deadpool 2



Título Original Deadpool 2 (2018)
Director David Leitch
Guión Rhett Reese, Paul Wernick, Ryan Reynolds, basado en el personaje creado por Fabian Nicieza y Rob Liefeld
Reparto Ryan Reynolds, Josh Brolin, Zazie Beetz, Morena Baccarin,  Julian Dennison, T.J. Miller,  Karan Soni, Brianna Hildebrand, Leslie Uggams, Jack Kesy, Eddie Marsan, Lewis Tan, Bill Skarsgård, Rob Delaney, Terry Crews, Shiori Kutsuna, Hayley Sales, Luke Roessler, Scott Vickaryous, Tanis Dolman, Nikolai Witschl, Andréa Vawda




Cuando todavía no nos hemos recuperado de la resaca producida por el descomunal éxito de crítica y público de Vengadores: Infinity War nos encontramos con una nueva adaptación cinematográfica de un personaje de la Casa de las Ideas, pero este no adscrito al universo cinematográfico ideado por Kevin Feige y sus colaboradores en Marvel Studios. Hablamos como no podía ser menos de Deadpool 2, la secuela del triunfal debut en solitario del mercenario bocazas creado por el guionista Fabián Nicieza y el ilustrador Rob Liefeld en 1991 dentro de las páginas de aquel lejano número 98 de la colección Los Nuevos Mutantes. Culminando una batalla personal en la que Ryan Reynolds aunó fuerzas con los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick así como el cineasta Tim Miller con la intención de convencer a 20th Century Fox para sacar adelante un largometraje protagonizado por el alter ego de Wade Wilson Deadpool (2016) recaudó más de 780 millones de dólares a lo largo del mundo superando la taquilla de otros productos adscritos al género superheróico que no tenían la calificación moral R de la que hacía gala con orgullo esta primera aventura en solitario del asesino a sueldo más políticamente incorrecto de Marvel Comics. Esta segunda entrega cambia de director, ocupando David Leitch (John Wick, Atomic Blonde) la silla de Tim Miller que abandonó el proyecto por diferencias creativas con un Ryan Reynolds que encabeza el reparto formado por caras conocidas como las de Morena Baccarin, Briana Hildebrand, T.J. Miller, Karan Soni o Leslie Uggams a los que se unen nuevas incorporaciones como las de Josh Brolin interpretando a Cable, Zazie Beetz en la piel de Dómino y Julian Dennison como Russell Collins, entre otros.




Para todos aquellos que se encuentren preocupados con respecto a si esta secuela de Deadpool está a la altura de su predecesora confirmamos que pueden estar tranquilos, porque sí, nos encontramos con una continuación que supera en todos sus aspectos, para bien y para mal, a la primera entrega cinematográfica del personaje más díscolo de Marvel Cómics. En ese sentido Deadpool 2 hace un buen uso de lo que podemos denominar como “secuelitis” que no es otra cosa que la sintomatología, típicamente hollywoodiense, de abordar la continuación de un gran éxito cinematográfico potenciando todos aquellos aspectos que en su momento se contaron como virtudes o hallazgos de cara al público y la prensa especializada. De hecho esto queda patente a lo largo del desarrollo de acontecimientos que dan forma al largometraje dirigido por David Leitch cuando se confirma que como producto fílmico adherido a una recién nacida franquicia es mucho más grande, ambicioso, potente e hiperbólico que su predecesor. Por suerte no sólo en la envergadura del proyecto se percibe la mayor confianza de los productores en la labor de Ryan Reynolds y sus colaboradores a la hora de poner en marcha este nuevo trabajo, ya que también en el trabajo de escritura, mucho más elaborada en esta ocasión si hacemos una comparativa con la cinta pionera, se vislumbra una historia mucho más completa a la hora de ser expuesta en pantalla para su consumo por potenciales espectadores.




A diferencia de la primera película, cuyo argumento era un fino y no muy consistente hilo conductor sobre el que los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick, con la inestimable ayuda de un Ryan Reynolds que se dedicó en cuerpo y alma a potenciar los pasajes cómicos del libreto, fueron construyendo los diferentes flashbacks utilizados para dar génesis y trasfondo a la vida de Wade Wilson como mercenario, posterior cobaya del proyecto militar Arma X y su consiguiente conversión en el Deadpool que todos conocemos esta secuela apela a una mayor preparación para construir el relato que lo vertebrará como obra cinematográfica. Esta idea se consolida en ese arranque en el que los ideólogos del film se toman su tiempo para diseñar el producto, siempre entregándose a la comicidad y lo exagerado, pero con la intención de construir unos cimientos sólidos para dar empaque al conjunto narrativo. Este discurrir de situaciones, cuya intención es dar unas motivaciones al personaje y crear el conflicto que le impulsará a vivir la aventura desarrollada en Deadpool 2, ocupa la primera mitad del metraje y como era de esperar está plagado de esas señas de identidad ya asentadas en la entrega previa, tomando como estandarte la efectiva alternancia entre drama y comedia desprejuiciada manteniendo así un elocuente equilibrio en lo referido a la narración y siendo fiel a la idiosincrasia adscrita al personaje en las viñetas en grado sumo, porque este Deadpool lo es al 150% de su capacidad.




Esta decisión se antoja harto interesante, porque al ser conscientes como espectadores de la consolidación estructural de la historia, que no deja de ser sencilla y bastante arquetípica en cuanto al género al que pertenece como pieza fílmica por mucho que trate de parodiarlo, está bien apuntalada y los personajes presentados y definidos los tres guionistas toman la primera misión del grupo X-Force como el punto de ruptura en el que la película muta en una pieza de naturaleza demencial cuyo desarrollo del entramado se antoja enfermizo en cuanto a su imprevisibilidad se refiere. A partir de ese momento los escritores, con la complicidad de su director, vuelan por los aires gran parte de lo que habían diseñado para que el caos y lo anárquico (siempre medidos, nunca descontrolados en un sentido negativo) reine a lo largo de una segunda hora en la que la película aumenta exponencialmente su inquebrantable adhesión al imaginario “deadpooliano” en el que todo vale y ningún exceso está de más. De este modo Deadpool 2 engaña al espectador, algo que hará en no pocas ocasiones a lo largo del metraje, porque cuando parecía que iba a entregarse a cierta madurez desde una perspectiva de construcción cinematográfica la insania, la subversión de las señas de identidad indentificables al subgénero superheróico y el “cuanto más mejor” vampirizan la trama para convertirla, más que nunca, en un cómic en movimiento protagonizado por el perfecto émulo en imagen real del Wade Wilson de las viñetas.




Porque si hay algo inapelable en lo concerniente a Deadpool 2, y es algo previamente apuntado en esta misma entrada, es su propensión a ser de mayor tamaño que su predecesora en todos los aspectos. La acción tiene más protagonismo y la misma está ejecutada desde un punto de vista técnico y coreográfico mucho más profesional y elaborado, pero en este sentido cierto abuso de los CGI juega en contra del proyecto, dejando un poco de lado la personalidad orgánica y realista de la que hacía gala Tim Miller en la primera entrega. Evidentemente tener a un profesional como David Leitch en la realización es garantía de calidad y eficacia siempre que nos refiramos a los pasajes más dinámicos de la propuesta, pero el director de John Wick demostró en ocasiones previas su predilección por una acción de naturaleza más depurada que aquí sólo se vislumbra de manera cristalina en las primeras secuencias con Wade Wilson ocupándose de sus encargos como mercenario. Seguidamente si nos centramos en el dramatismo y ese trasfondo de tragedia, que en las viñetas no todos los guionistas del personaje han querido o podido explotar, la evolución una vez más se hace notable gracias principalmente a la relación entre el protagonista y su novia Vanessa, una vez más interpretada por a actriz de origen brasileño Morena Baccarin, y cuyo desarrollo se convierte en el núcleo emocional y catalizador de las decisiones tomadas por el rol de Ryan Reynolds.




Pero si hay dos aspectos de Deadpool que se han llevado a inexplorados niveles de creatividad y esquizofrenia en esta nueva película son la metareferencialidad y sobre todo el humor. La primera en esta ocasión abarca guiños a la anterior entrega, al universo cinematográfico mutante, a los cómics y películas de Marvel, a los films de DC, a la cultura popular en líneas generales y en un intento de rizar el rizo el mismo protagonista se dedica a mencionar sobre la marcha las carencias narrativas, interpretativas y visuales en las que cae esta misma secuela llevando la autoconsciencia cinematográfica de la propuesta a un grado de autoparodia casi inabarcable. El segundo es en Deadpool 2 mucho más políticamente incorrecto que en el film primigenio, donde ya lo era en grandes cantidades, adentrándose sin miedo y con bastante éxito en gags, diálogos o situaciones en las que se hace mofa con temas como la pedofilia, el racismo, la concepción puramente occidental de la familia (pervertida aquí hasta lo delirante), el suicido o la sexualidad sirviendo todo este material como caldo de cultivo para ejecutar una sesión continua de gags en la que cada treinta segundos se sucede un nuevo chiste que todavía sin asimilar se solapa con el siguiente, demostrándose así de manera cristalina que Rhett Reese, Paul Wernick y Ryan Reynolds siguen en plena forma, sólo pecando a la hora de alargar algunas bromas, y llegando en ocasiones incluso a jugársela de cara al fandom dando un trato bastante irrespetuoso a algunos de los personajes nuevos, aquí profanados de mala manera en pos de la comedia.




Por suerte detrás del humor negro, la acción desaforada, el drama perfilado con acierto y el uso efectivo del metalenguaje hay una serie de personajes con los que conseguimos empatizar a pesar de formar parte de un microcosmos ficcional tendente a lo granguiñolesco y descontrolado. A estas alturas no hacía falta asistir al estreno de Deadpool 2 para confirmar que el personaje ha devorado al actor, sólo con echar un vistazo a los vídeos virales que han servido para dar promoción al largometraje podemos confirmar que Ryan Reynolds ha encontrado a su alter ego audiovisual perfecto, mimetizándose de tal manera con él que a estas alturas no sabemos donde acaba el personaje de cómic, trasladado al cine, y empieza el actor o viceversa. Morena Baccarin como Vanessa, T. J. Miller en la piel de Weasel, Karan Soni retomando al taxista Dopinder, una pletórica Leslie Uggams dando vida a Blind Al y a los que deberíamos sumar los x-men Brianna Hildebrand y la dupla formada por Stefan Kapicic/Andre Tricoteux interpretando respectivamente a Negasonic Teenage Warhead y Coloso completan el cohesionado reparto de caras conocidas en el film, grupo de actores que a estas alturas conocen a la perfección sus criaturas y las interpretan con la solidez y el carisma exigidos. Pero en Deadpool 2 son las nuevas incorporaciones las receptoras de mayor metraje y pasajes memorables, siendo conveniente reparar en algunas de ellas, porque se antojaría imposible hablar de todas cuando pueden contarse en casi una docena.




Ya lo aventuraba el mismo protagonista en aquella escena post créditos de la primera película que homenajeaba a Todo en Un Día (Ferris Bueller’s Day Off) y aunque al final no hemos tenido la suerte de lo interpretara Keyra Knightley Cable es uno de los personajes más importantes de esta secuela. Josh Brolin, reciente responsable del mejor villano de la historia de Marvel Studios en Vengadores: Infinity War, se ocupa de dar vida a a Nathaniel Summers, el mutante venido del futuro con brazo cibernético y armado hasta los dientes, como Rob manda, que el actor de No Es País Para Viejos asimila por medio de una personalidad adusta, brutal, seca e intimidante desde un punto de vista físico. Lo más interesante es que por mucha crudeza y violencia primaria que quiera transmitir su rol los guionistas lo rodean de comicidad, no sólo cuando tiene que interactuar con el protagonista, sino desde su misma génesis como criatura de ficción cuando toda su trama es extrapolada a la pantalla como un remake bufo de la primera entrega de Terminator de James Cameron, algo con lo que de nuevo se hace más de una chanza a lo largo del metraje. Paradójicamente la Dómino de Zazie Beetz se aleja de manera notable de su versión en las viñetas, pero la actriz de Atlanta insufla a su “afortunada” asesina a sueldo de carisma, encanto, determinación, y una comicidad menos abrasiva que la de su compañero canadiense, convirtiéndose así en el mejor secundario del film. Por último es de recibo hacer mención especial al Russell Collins de un impagable Julian Dennison transformado en un tronchante niño rechoncho y letal cuya verborrea, ansia de venganza y bolígrafo utilizado de peculiar manera le han convertido en un icono de la franquicia.




Lo cierto es que al saltar la noticia en enero de unos screening tests que supuestamente habían sido un fracaso y debido a los cuales se realizaron varios reshoots para “pulir” y “mejorar” la obra nos hicieron pensar en lo peor, aunque los mimos Josh Brolin y Zazie Beetz confirmaron que esto se llevó a cabo para dar más protagonismo a sus personajes por el buen recibimiento que tuvieron. Por suerte nuestros miedos han desaparecido totalmente después de asistir a la proyección de esta Deadpool 2 que supera en varios aspectos a su hermana mayor. El film de David Leitch es una oda a la anarquía, a la carcajada indiscriminada, a la acción expeditiva, al humor punzante colindante con la incomodidad y en el proceso como nueva entrega es más fiel a la esencia del personaje de los cómics con referencias a lo largo del metraje a las etapas de autores como Joe Kelly, Daniel Way o Fabián Nicieza, entre otros, culminando todo el proceso en la escena post créditos más divertida del recorrido del subgénero cinematográfico superheróico mientras nos deja con sentimientos contradictorios. Por un lado la satisfacción de haber asistido a la consagración de Deadpool como el personaje más divertido del trayecto editorial y cinematográfico de la Casa de las Ideas y por otro el miedo por si esta es la última vez que vemos una película que aborde desde un punto de vista tan incorrecto, arriesgado, enfermizo y demencialmente disfrutable al mercenario bocazas si Disney finalmente mete mano en la franquicia mutante en general y las próximas secuelas en solitario, o en grupo junto a X-Force, de nuestro querido Masacre en particular.



martes, 22 de mayo de 2018

El Gato Negro (1981), el secreto de sus ojos



Título Original Black Cat/Gatto Nero (1981)
Director Lucio Fulci
Guión Biagio Proietti, Lucio Fulci basado en el relato de Edgar Allan Poe
Reparto Patrick Magee, Mimsy Farmer, David Warbeck, Dagmar Lassander, Al Cliver, Bruno Corazzari, Geoffrey Copleston, Daniela Doria, Lucio Fulci






Adaptación muy libre del célebre relato homónimo de Edgar Allan Poe, publicado el 19 de agosto de 1843 en las páginas del periódico Saturday Evening Post de Filadelfia, a manos del cineasta italiano Lucio Fulci. El Gato Negro es una producción de 1981 rodada en tierras británicas y con un reparto internacional formado por rostros como los de Patrick Magee (La Naranja Mecánica), Mimsy Farmer (Cuatro Moscas Sobre Terciopelo Azul) o David Warbeck (El Más Allá). El resultado no es un dechado de virtudes o genialidad compositiva, pero se adscribe sin demasiados problemas o estridencias dentro de las mejores cintas de su autor, desplegando este prácticamente todas sus señas de identidad como narrador, aunque de un modo más mesurado, que pasaremos a mencionar a continuación mientras desgranamos esta modesta, pero interesante, muestra de cine de terror europeo.





Jill Travers (Mimsy Farmer) es una fotógrafa estadounidense que llega a un pueblo de la campiña inglesa para realizar un reportaje sobre unas ruinas localizadas en dicho emplazamiento. Su aparición coincidirá con una serie de accidentes mortales que comenzarán a sucederse llamando la atención de las autoridades locales, viéndose estas en la tesitura de reclamar los servicios del inspector Gorley (David Warbeck) de la Interpol. Todos estos hechos parecen estar relacionados con Robert Miles (Patrick Magee) un estudioso del mundo paranormal con poderes psíquicos y su mascota, un gato negro de aspecto siniestro. Jill entablará una peculiar relación de atracción y repulsa con Miles y gracias a ello descubrirá que el felino acompañante del uraño parapsicólogo es un personaje de vital importancia en las misteriosas muertes que están sucediéndose en la localidad desde que ella llegó a la misma.






En El Gato Negro Lucio Fulci ejecuta una amalgama de estilos. Por un lado hereda la esencia gótica del relato original a manos del autor de El Corazón Delator o El Cuervo habitando esta en el corazón mismo del largometraje, extendiéndose víricamente por toda su impronta y exponiendo una deuda clara con el literato originario de Boston, aunque ambas obras sean muy diferentes desde el punto de vista argumental. Por otro podemos encontrar aquí la convivencia armónica entre sordidez y cierta pátina poética propia del cineasta romano, aunque abordada desde una óptica más contenida y no tan descontrolada y excesiva como en otros productos adscritos a su filmografía como Nueva York Bajo el Terror de los Zombies (Zombie 2) o Miedo en la Ciudad de los Muertos Vivientes, pero dejando espacio para pasajes truculentos que bordean en no pocas ocasiones el gore y una violencia explícita de notable crudeza en la que el realizador se mueve a placer.






Hay una deuda notable en cuanto a la estructuración narrativa del largometraje y su tono con el giallo y el poliziottesco italiano, esta mixtura de géneros, que por otra lado discurrieron hermanados durante muchos años, alumbra una pieza que alterna la investigación detectivesca centrada en los personajes del inspector Gorley y la periodista Jill Travers con el trasfondo sobrenatural adherido al terror que tiene a Robert Miles como epicentro del relato. De esta manera Fulci juega a placer con una dualidad que no es ajena a su discurso y al de otros autores coetáneos como Umberto Lenzi, Dario Argento o Sergio Martino para hibridar una pieza que sin llegar a cotas de ingenio muy destacables posee las suficientes virtudes para ofrecer una sesión cinematográfica con agradecidas reminiscencias de Serie B consiguiendo despertar el interés del espectador gracias a la adecuada ejecución de todos sus apartados y a la sabiduría de su principal responsable detrás de la cámara.






Fulci insufla su saber hacer a un producto hecho a su medida compartiendo escritura con Biagio Proietti (El Asesino Ha Reservado Siete Butacas) para dar forma a una intriga que aunque toma como punto de partida e inspiración el relato de Allan Poe vuela libre, mucho, y se posiciona del lado de las inquietudes cinematográficas del autor de Siete Notas en Negro o Aquella Casa al Lado del Cementerio. En cuanto a la puesta en escena, como venía siendo habitual en la carrera del romano, esta se sustenta en una atmósfera mórbida y enfermiza deudora de un barroquismo tendente al exceso, pero siempre subyugante, orgánico, animalizado y, como previamente hemos apuntado, no tan dado a la exageración truculenta de algunos de sus otros trabajos en los que se entregaba al totum revolutum de hemoglobina y vísceras cuya naturaleza subversiva, en ocasiones innecesaria, aquí hubiera estado fuera de lugar.






Con este tipo de producciones italianas de género se hace difícil hablar de la labor de sus actores si tenemos en cuenta que eran doblados y redoblados para que el film se estrenara en inglés, debido al origen anglosajón de sus protagonistas de más peso, y que los secundarios, normalmente italianos, eran transformados por arte de gracia en británicos con una exquisita pronunciación londinense. A pesar de ello podemos afirmar que en líneas generales el reparto hace una encomiable labor en la que tanto Mimsy Farmer como David Warbeck se adecúan al perfil de sus personajes de reparto y sirven de complemento dramático para el que es el mejor intérprete y rol más destacado de El Gato Negro, ese Robert Miles al que da vida un Patrick Magee de mirada pérfida, enfermiza, sádica, pero también trágica, melancólica y autodestructiva, siendo Fulci consciente de ella y recreándose en la misma con primerísimos planos heredados del Sergio Leone de la Trilogía del Dólar.






Aunque queda lejos de algunas de las mejores adaptaciones de relatos Edgar Allan Poe extrapolados al celuloide o la televisión por autores tan variopintos y reconocidos como Roger Corman, D.W. Griffith, Jacques Tourneur o nuestro Narciso Ibáñez Serrador y tampoco podemos hablar con ella de una genialidad desde el punto de vista cinematográfico El Gato Negro muestra a un Lucio Fulci inspirado, efectivo y con sus cualidades como narrador en un notable equilibrio. Dentro de la filmografía del romano podemos considerarla una de sus obras más logradas o competentes y aunque han sido sus distintas incursiones en el género zombie, el giallo, la ciencia ficción o el western las que más fama le dieron son productos como el que nos ocupa los más recuperables dentro de su carrera como cineasta, aunque se antoje una pieza no tan personal como las pertenecientes a los subgéneros previamente mencionados.




viernes, 4 de mayo de 2018

Un Lugar Tranquilo



Título Original A Quiet Place (2018)
Director John Krasinski
Guión Scott Beck, Bryan Woods, John Krasinski
Reparto Emily Blunt, John Krasinski, Millicent Simmonds, Noah Jupe, Cade Woodward, Leon Russom, Doris McCarthy





Después de probar suerte con dos comedias como Entrevistas Breves con Hombre Repulsivos (2009) y Los Hollar (2016) el actor John Krasinski hace pleno con su tercera incursión en la dirección de largometrajes. Sin, en principio, dar mucho que hablar, de manera bastante inesperada y con un presupuesto insultantemente modesto Un Lugar Tranquilo se ha convertido en uno de los sleepers más potentes del 2018 y una muestra más de la buena salud de la que a día de hoy puede presumir el género de terror a nivel internacional. Del guión se ocupa el mismo Krasinski, aunque compartiendo su trabajo con  Scott Beck y Bryan Woods, autores de la historia original, y en el reparto encabezado por él mismo y la británica Emily Blunt, su pareja en la vida real, también encontramos los rostros infantiles de Millicent Simmonds, Noah Jupe y Cade Woodward que completan el escueto cast del que dispone el proyecto.




La historia que narra Un Lugar Tranquilo es de una sencillez desarmante y posiblemente ahí radique uno de sus mayores logros. Una familia, formada por un matrimonio y tres hijos, vive aislada en un refugio en el bosque que sólo abandonan cuando deben conseguir provisiones en una ciudad cercana que se encuentra en estado de total abandono. Este grupo de personas tiene la obligación de no hacer el más mínimo ruido porque las inmediaciones de la zona se encuentran asediadas por unas criaturas, de origen desconocido, que sólo atacan a sus presas cuando perciben cualquier tipo de sonido. Estos son los exiguos materiales con los que John Krasinski debe valerse para construir su producto y contra todo pronóstico los utiliza magistralmente, con más mérito si cabe teniendo en cuenta que es un cineasta de poco bagaje y totalmente ajeno al género de terror en el que se encuadra su último film como director.




Desde el prólogo John Krasinski pone rápidamente sus cartas sobre la mesa y desvela qué tipo de producto cinematográfico va a ser A Quiet Place. El uso como potenciador sensorial e inmersivo del silencio y la idea narrativa de convertir el ruido en un enemigo letal que conlleva inevitablemente a la muerte es el sencillo, pero efectivo, recurso sobre el que el guionista, productor, director y protagonista sustenta su propuesta. En ese arranque vemos la primera muestra de lo qué sucede cuando alguno de los personajes no sigue esas reglas preestablecidas por el argumento y con ello sus autores marcan a fuego el devenir del resto de acontecimientos a los que asistiremos a lo largo del film y que irán adentrándose en un in crescendo de tensión cada vez más visceral mientras se van dejando pequeñas semillas que florecerán en la recta final del largometraje, amparándose en otra de sus mayores virtudes como es su meticulosidad formal.




Ese afán minucioso, esa intencionalidad por estar pendiente de hasta el más mínimo detalle se deja notar en la soberbia puesta en escena del director con la que aprovecha hasta límites insospechados los escasos medios que tiene al su alcance para que su proyecto explote al máximo el conjunto de sus posibilidades narrativas y visuales. Todos los apartados que dan forma a la obra parecen haber sido diseñados durante años para que a la hora de ser expuestos en pantalla ofrezcan lo mejor de sí mismos por medio de profesionalidad y elocuencia conceptual. Las secuencias que tensan el suspense hasta lo insano dejan vislumbrar una más que probable planificación detallista de su génesis y ejecución, con un control férreo del timing por parte de un John Krasinski que se hace fuerte por medio de la profundidad de campo, el uso de tomas panorámicas que acentúan la soledad y el aislamiento o la colocación y los movimientos de cámara que dan forma cohesionada a su labor como maestro de orquesta.




Pero uno de los mayores aliados, puede que el más destacado, de A Quiet Place es sin lugar a dudas el sonido, y el uso que se hace del mismo en el largometraje es simplemente bestial. Con la excusa de que el más mínimo ruido pueda alertar a las criaturas del paradero de los personajes y eliminarlos en el acto John Krasinski juega a placer con la sensación de angustia que transmite la sencilla posibilidad de que un objeto caiga al suelo, un grito ahogado de dolor se escuche en las inmediaciones del refugio o un juguete de cuerda pueda sonar de manera estruendosa en el paraje desierto en el que cohabitan los miembros de la familia Abbott. El cineasta explota este recurso con sabiduría extendiéndolo al inhumano regurgitar que producen las monstruosidades que asedian a los protagonistas y a la utilización de la sordera del personaje de Regan cuando la película apela a su punto de vista como hilo narrador de alguno de los pasajes más importantes.




Si el sonido es una de las mayores fuerzas de Un Lugar Tranquilo el otro pilar sobre el que construye su entramado para que este funcione al 100% es un reparto de actores brillante reducido casi al mínimo exponente. Que John Krasinski produzca, escriba, dirija y a su vez realice el mejor papel de  su carrera interpretativa merece todos los elogios posibles, pero Emily Blunt no se queda atrás con una caracterización que exige una fisicidad notablemente compleja abordada por medio de una contención encomiable a la que la británica se aferra incluso en las situaciones más extremas vividas por su rol. Notable también la labor de Millicent Simmonds (más meritoria aún si tenemos en cuenta que es la única actriz cuyo personaje se adentra en terrenos de cierto estereotipo, saliendo airosa del envite) y la de Noah Jupe con una sempiterna cara de terror que nos incita a empatizar sin reservas con su desdichada situación compartida por el resto de su familia.




Un Lugar Tranquilo es una de las revelaciones de la temporada, un trabajo excelso en no pocos aspectos que consigue algo al alcance de pocas muestras de cine de terror actual, que nos impliquemos con sus personajes, no sólo por el simple hecho de que puedan perder la vida a manos de monstruos salvajes, sino porque se nos antojan cercanos e identificables. Aprovechando sus considerables hallazgos y minimizando sus carencias (los CGI de las criaturas no son muy destacables, de modo que en gran parte del metraje se tantea el recurso del fuera de campo a la hora de mostrarlas en pantalla) John Krasinski y sus colaboradores han dado en el centro de la diana, lo suficiente como para que Paramount Pictures y Platinum Dunes, productora de Michael Bay, ya hayan confirmado una secuela que puede abrir nuevos caminos dentro del microcosmos recién creado por sus autores o echar abajo los aciertos de una pieza tan modesta y destacable como la que nos ocupa.


domingo, 29 de abril de 2018

Vengadores: Infinity War



Título Original Avengers: Infinity War (2018)
Director Anthony y Joe Russo
Guión Christopher Markus, Stephen McFeely, basado en personajes y cómics de Stan Lee, Jack Kirby, Steve Ditko, Jim Starlin, George Perez, Joe Simon, Ron Lim
Reparto Robert Downey Jr., Chris Evans, Scarlett Johansson, Chris Hemsworth, Chris Pratt, Samuel L. Jackson, Josh Brolin, Elizabeth Olsen, Tom Holland, Benedict Cumberbatch, Chadwick Boseman, Brie Larson, Pom Klementieff, Terry Notary, Dave Bautista, Karen Gillan, Tessa Thompson, Zoe Saldana, Gwyneth Paltrow, Tom Hiddleston, Cobie Smulders, Paul Bettany,  Sebastian Stan, Peter Dinklage, Benicio del Toro, Jon Favreau, Mark Ruffalo, Danai Gurira, Benedict Wong, Anthony Mackie,  Don Cheadle





El Universo Cinematográfico de Marvel está de celebración. El mismo año en el que cumple una década de edad llega la culminación del trayecto que emprendió con aquella Iron Man de 2008 que, de una manera u otra, cambió el subgénero que traslada a imagen real las aventuras de nuestros personajes de cómics favoritos. Dos meses después de que Black Panther rompiera todos los récords de recaudación posibles este fin de semana llega a las carteleras de todo el mundo esta Vengadores: Infinity War que da continuación a la Fase 3 de Marvel Studios adaptando, principalmente y con mucha libertad, la mítica saga El Guantelete del Infinito ideada por el guionista Jim Starlin y los ilustradores George Pérez y Ron Lim. Con los hermanos Anthony y Joe Russo en la dirección, los guionistas Christopher Markus y Stephen McFeely a la escritura y prácticamente toda la plana mayor de personajes que hemos visto desfilar a lo largo de dieciocho largometrajes que, en líneas generales, han funcionado magníficamente en taquilla y han sido recibidos con no pocos parabienes por la prensa especializada la tercera aventura grupal de los Vengadores llega para marcar un notable punto y a parte dentro del microcosmos gestado al amparo de la productora encabezada por Kevin Feige. Además de con los Héroes Más Poderosos del Planeta también contamos con la presencia de Spider-Man, Doctor Strange, Black Panther, Nébula o Loki entre otros, todos con la misión de enfrentarse a Thanos, ese enemigo cósmico cuya aparición estelar llevábamos esperando desde que protagonizara un cameo en la segunda escena post créditos de aquella Los Vengadores de 2012 co escrita y dirigida por Joss Whedon. ¿Está Vengadores: Infinity War a la altura de las descomunales expectativas depositadas en un proyecto de una envergadura tan gigantesca como el que han coordinado los hermanos Russo? a continuación intentaremos dar respuesta a esta y otras preguntas.




Vaya por delante que un servidor no está del todo satisfecho con el discurrir de esta Fase 3 que me encandiló con Capitán América: Civil War, Doctor Strange y Guardianes de la Galaxia Vol. 2, pero me hizo perder en cierta manera el interés con las, a nivel personal, no del todo satisfactorias Spider-Man: Homecoming, Thor: Ragnarok y Black Panther, producciones que me transmitían cierto agotamiento y repetición de constantes narrativas que me hicieron abrazar una notable apatía a la hora de enfrentarme a las nuevas entregas del universo cinematográfico construido en el seno de Marvel Studios. Con el miedo a experimentar las mismas sensaciones con esta Vengadores: Infinity War y la cautela suficiente para no ir con las expectativas demasiado altas, ardua tarea si tenemos en cuenta la producción a la que nos estamos refiriendo dentro del subgénero al que adscribe, por fin he podido ver uno de los eventos cinematográficos hollywoodienses del año. El resultado ha rebasado cualquier cálculo que pudiera haber hecho previamente, porque nos encontramos ante unos de los puntos álgidos del celuloide superheróico.




Aunque evidentemente el guión de Christopher Markus, Stephen McFeely toma como punto de referencia la saga El Guantelete del Infinito la historia que sustenta el esqueleto de Vengadores: Infinity War abarca gran parte de la vertiente cósmica de Marvel Cómics, aquella que construyeron autores como Stan Lee y Jack Kirby y que otros que vinieron más tarde, como Jim Starlin, encumbraron a lo más alto, pero hay mucho más que eso. Por suerte en este sentido el largometraje de los hermanos Anthony y Joe Russo vuela libre con respecto a las viñetas y aunque es fiel a la esencia del relato en el que Thanos reune las Gemas del Infinito a lo que se han dedicado los directores de Capitán América: El Soldado de Invierno y Capitán América: Civil War es a amalgamar en un compacto todo las distintas tonalidades que a lo largo de diez años han sido utilizadas en Marvel Studios para dar vida a los largometrajes protagonizados por personajes tan diferentes entre sí como Doctor Extraño, Guardianes de la Galaxia, Spider-Man o Black Panther. Contra todo pronóstico los Russo consiguen ejecutar este ejercicio de complicado equilibrismo con la pericia esperada por su parte, sabiendo dosificar adecuadamente el material que tienen entre manos sin caer en la excesiva gravedad o la autoparodia mal entendida.




Porque Vengadores: Infinity War se estructura, como por otro lado era de esperar teniendo en cuenta la historia que aborda, a modo de una descomunal space opera, pero también tiene ramificaiones que la emparentan con un cine superheróico más terrenal, el género de aventuras, el drama y la comedia, todo ello de manera ejemplarmente cohesionada gracias a la escritura de Markus y McFeely y la realización de unos hermanos Russo llevando al extremo su implicación como artesanos al servicio de una enorme franquicia que, seamos sinceros, no les da mucho margen de maniobra como profesionales del medio. De hecho el trabajo de los cuatro responsables de la creación del proyecto es encomiable en grado sumo si tenemos en cuenta que han sido fieles a esa cosa abstracta a la que los fans de los cómics tenemos tanto aprecio llamada “continuidad” cuando han conseguido mantener el tono de las últimas andanzas en solitario de varios de los personajes, hablamos principalmente del espíritu más notablemente cómico de la última entrega del Dios del Trueno, atenuándolo un poco en esta ocasión, pero haciéndolo reconocible para el espectador que todavía tenga recientes en la memoria films como Spider-Man: Homecoming, Thor: Ragnarok o Guardianes de la Galaxia Vol. 2.




“Empezando con un terremoto, y desde ahí hacia arriba” son las declaraciones que el mítico cineasta Cecil B. Demile sentenció a la hora hablar de la adecuada estructuración de una obra cinematográfica y Anthony y Joe Russo la han seguido al pie de la letra. El prólogo de Vengadores: Infinity War sintetiza en algo menos de diez minutos qué vamos a ver a lo largo de dos horas y media que se pasan en un suspiro, dejándonos con ganas de mucho más. Ese arranque en el que se presenta al personaje de Thanos y su “modus operandi” establece el tono de una cinta que no se va a andar con rodeos, que va a ir en modo kamikaze en gran parte de su metraje y que va a suponer, en no pocos aspectos, un punto de inflexión dentro del Universo Cinematográfico de Marvel. Esta punta del iceberg sólo deja vislumbrar parte de lo que es la tercera entrega cinematográfica de los Vengadores, una mastodóntica pieza que va a alternar con una solvencia digna de elogio épica con crepuscularidad, carcajadas con nudos en la garganta o acción a distintas escalas con pasajes más íntimos en los que veremos a los personajes mostrar sus mayores debilidades y tomar decisiones que cambiarán radicalmente el devenir de acontecimientos que se desarrollarán en las próximas entregas de Marvel Studios en pantalla grande.




A partir de ese avasallador inicio los Russo van construyendo pieza a pieza un relato que se vertebra en varias subtramas en las que seguiremos los pasos de todos y cada uno de los personajes que irán apareciendo a lo largo del metraje y que se encontrarán en la batalla que copa protagonismo en el clímax final de la obra. Gracias a la acertada fluidez narrativa del guión de Markus y McFeely, al notable trabajo con el montaje de Jeffrey Ford y Matthew Schmidt y a la profesionalidad de los ya citados directores estas distintas historias se entrelazan y alternan con eficacia, transmitiendo la sensación de que se retroalimentan entre ellas y en ningún momento solapan unas a otras. Este logro es más remercable si tenemos en cuenta que a la hora de presentar a los personajes y contextualizar en qué situación se encuentran tras su última aventura en pantalla grande encontramos un mano a mano entre los pasajes centrados, sobre todo, en Thanos que son de una oscuridad y visceralidad nunca vista en un producto de Marvel Studios y los protagonizados por los Guardianes de la Galaxia o Tony Stark que destilan un humor, muy deudor del de Joss Whedon, que en ningún momento está fuera de lugar en el conjunto “bigger than life” que sustenta el entramado de la película.




Lo mejor con respecto a Vengadores: Infinity War, sobre todo para los que somos fans de los cómics Marvel desde hace años, es enfrentarse a la película sin conocer demasiado de su argumento para así dejarse llevar por una cascada interminable de escenas que se quedan grabadas en la retina del aficionado y las interacciones entre personajes que, ni aún sabiendo previamente que pertenecen al mismo reparto, pensaríamos que iban a aunar tanta química como la que destilan varios de los que pueblan un trabajo como el último de Anthony y Joe Russo a la hora de compartir plano. Es una obviedad decirlo, pero todos y cada uno de los muchos iconos del mundo del cómic que se dan cinta a lo largo de Avengers: Infinity War tienen su momento de gloria, en grupo o en solitario, espetando algún inspirado chiste en el momento adecuado o dando vida a algunas de las escenas dramáticas que abundan en el proyecto, pero ninguno de ellos se queda sin que la cámara de los antiguos realizadores de Arrested Development o Community repare en su presencia mientras los guionistas de Capitán América: El Primer Vengador les ponen en bandeja diálogos con los que dar lo mejor de sí mismos




Thanos, el “Titán Loco”, el “Conquistador de Mundos”, la larga espera para verlo en acción ha merecido totalmente la pena, porque nos encontramos sin lugar a dudas ante el mejor villano de los diez años del Universo Cinematográfico de Marvel y la más lograda traslación audiovisual que se podía dar de la creación de Jim Starlin y Mike Friedrich. Con mucha de la personalidad que el autor de Dreadstar le dio y algunos apuntes de la visión que ofreció de él el guionista Ron Marz (inevitable pensar en la miniserie Poderes Cósmicos de los 90) la recreación de un soberbio Josh Brolin, cuya gestualidad se percibe en todo momento a pesar del uso del CGI, interpreta a un genocida intergaláctico que no necesita soliloquios continuados para exponer de cara a la platea sus planes o intencionalidad como enemigo imbatible, ya que en ocasiones sólo con un gesto, un acto violento o una solapada concesión a un dramatismo minuciosamente construido para dar hondura a su perfil como criatura ficcional son las únicas señas de identidad que la versión cinematográfica de Thanos requiere para convertirse en una amenaza, física y psicológica, tan intimidante como atractiva. Él es uno de los pilares maestros sobre los que se sustenta Vengadores: Infinity War y con su incursión se rompe definitivamente la maldición de los villanos de cartón piedra de la franquicia.




Si alguien me pidiera que resumiera con una sola palabra una película como Vengadores: Infinity War la que usaría sería “Aplausos”, los mismos con los que prorrumpieron los espectadores numerosas veces en la sala donde vi proyectada la película y que llevaba décadas sin escuchar en un cine. La última producción de la división cinematográfica de Marvel Comics es espectáculo, es pirotecnia, es escapismo, es fruición, es fanservice bien entendido sin reírse en la cara del aficionado o el espectador neófito, pero esta vez también es emoción, dramatismo, pérdida y redención, evidentemente sólo al nivel que nos puede proporcionar un blockbuster rompetaquillas cuya única misión es entretener y rascar nuestros bolsillos, pero con una eficacia impropia dentro del subgénero al que se adhiere como obra de ficción y más si tenemos en cuenta la ligereza, en líneas generales, con la que siempre se han abordado las producciones de Marvel Studios. Por ahora sólo nos queda esperar el estreno de Capitana Marvel y Ant-Man y la Avispa para saber qué demonios va a hacer el equipo de Kevin Feige con lo acontecido en esta Avengers: Infinity War. Si el resultado es mínimamente parecido al de esta muestra casi intachable de celuloide superheróico la espera se va a hacer interminable, aunque algunos ya tengamos los ojos puestos en otros menesteres.


martes, 24 de abril de 2018

Leatherface, choosing mental illnes as a virtue



Título Original Leatherface (2017)
Director Alexandre Bustillo, Julien Maury
Guión Seth M. Sherwood, basado en personajes creados por Tobe Hooper y Kim Henkel
Reparto Sam Strike, James Bloor, Lili Taylor, Nicole Andrews, Stephen Dorff, Finn Jones, Jessica Madsen, Vanessa Grasse, Simona Williams, Julian Kostov






A estas alturas siete son los largometrajes vinculados con La Matanza de Texasla mítica película del cineasta Tobe Hopper con la que redefinió el cine de terror en los años 70. Tres secuelas, un remake con su correspondiente precuela y una continuación alternativa del film original estrenada en formato estereoscópico conformaban hasta ahora el legado de Cara de Cuero y su enfermiza familia de matarifes antropófagos. Todo esto cambió cuando el pasado 2017 los responsables de Millenium Films, productora detrás de la ya mencionada Texas Chainsaw 3D, decidieron realizar la segunda precuela de la franquicia después de la muy recuperable La Matanza de Texas: El Origen que junto al remake de 2004 al que daba génesis es la cinta más lograda desde la seminal de 1974. Para sacar adelante el proyecto contrataron los servicios del guionista Seth M. Sherwood, los cineastas franceses Alexandre Bustillo y Julien Maury y un reparto de caras jóvenes que se mezclaban con las de los veteranos.




Diez años después de haber sido arrebatado del seno de su demencial familia, encabezada por su  madre, Verna Sawyer (Lili Taylor), a manos del Texas Ranger Hal Hartman (Stephen Dorff) Jedidiah Sawyer (Sam Strike) se encuentra recluido en una institución mental en la que se practican métodos de tortura con los internos. La llegada de una nueva enfermera llamada Lizzy White (Vanessa Grasse) servirá como excusa para que tres pacientes con predilección por la violencia y el asesinato inicien un motín, cometan un secuestro y arrastren a un trastornado Jedidiah con ellos. Mientras el grupo huye dejando un reguero de cadáveres y caos tanto Verna como Hartman reaparecerán para saldar cuentas con el pasado y en el proceso Jed irá perdiendo la razón hasta convertirse en la versión más prematura del icónico Cara de Cuero que todos conocemos desde hace más de cuarenta años.




Leatherface, que abarca parte de la infancia y la adolescencia del protagonista de la saga, se revela como una rara avis dentro de la saga de La Matanza de Texas, posiblemente por eso es el único episodio de la misma que no contiene el nombre de la obra primigenia ni siquiera en un probable subtítulo, como sí sucedía con aquella tercera entrega de 1990 que también fue llamada originalmente Leatherface. Cuando afirmamos esto no es porque nos encontremos ante una producción revolucionaria dentro o fuera del género al que se adscribe, pero sí por alejarse notablemente de la estructuración clásica de la franquicia que había sido respetada fielmente, con alguna que otra mínima variante en ciertos de los films, desde que Tobe Hooper y su colaborador Kim Henkel la diseñaron a modo de Piedra Rosetta con respecto a las andanzas de Cara de Cuero y sus dementes familiares.




Está última incursión en la creación de Tobe Hooper y Kim Henkel se aleja de la influencia de la figura de Ed Gein, el "Carnicero de Plainfield", que inspiró a aquellos para dar forma a su opus magna y se acerca más a una road movie que se refleja en las andanzas de asesinos en serie como Charles Starkwather y su novia Caril Ann Fugate y sobre todo a los preceptos establecidos por Rob Zombie en su brillante Los Renegados del Diablo (The Devil's Rejects) cinta de la que esta Leatherface toma muchas ideas argumentales y resoluciones visuales. El grupo de asesinos que secuestran y matan inocentes sin remordimiento alguno, la matriarca de un clan de psicópatas que se enfrenta a un agente de la ley local que comete actos violentos equiparables a los de los criminales a los que debe dar caza y un contexto deudor del western de raíces más bastardas emparentan el film que nos ocupa con el segundo largometraje del director de The Lords of Salem.




A pesar de esta tendencia a la referencialidad ajena Leatherface se ciñe escrupolosamente a la puesta en escena, más de diseño y menos cercana al documental que la del film de 1974, asentada en el remake de 2004 y que después tomaron los artífices de La Matanza de Texas: El Origen y Texas Chainsaw 3D, curiosamente siendo productos que no se enmarcan de manera oficial en una misma saga, ya que pertenecen a distintas productoras e ideólogos. El ambiente rural sórdido, el calor asfixiante, la mugre que se extiende desde la granja de los Sawyer hasta ese sanatorio mental que exhala inmundicia por todas sus paredes o los personajes retorcidos y psicóticos en un bando y otro son señas de identidad que los creadores de Leatherface respetan. Cierto es que sólo el arranque del film y su clímax final son reconocibles a un nivel narrativo con respecto a sus predecesoras, pero a pesar del cambio ejecutado durante el desarrollo central de la historia la esencia primigenia de la franquicia late en el devenir de acontecimientos protagonizado por los personajes de Ike, Clarice, Bud, Lizzy y Jedidah.




El guión de Seth M. Sherwood profundiza con acierto en una de las ideas que sustentaron The Texas Chainsaw Massacre. Que fue el rechazo de una sociedad acomodada que arrinconó a las clases más desfavorecidas el germen de la locura de la familia de matarifes en general y de Cara de Cuero en particular. Curiosamente no es la mórbida influencia que aplica la homicida Vera Sawyer en su hijo la que quiebra la voluntad de este, sino ese viaje físico y vital que emprende por un estado de Texas construido sobre la violencia, la crueldad, el sadismo y la corrupción el detonante que dio pie a que Jedidah Sawyer acabase convirtiéndose poco a poco en un gigantesco monstruo cuya único placer es quitar la vida a viajeros despistados y diseñar máscaras con sus rostros previamente desollados. Otro tema sería dilucidar si era conveniente dar un origen tan mundano a un mal cuya pureza que se antojaba casi una abstracción, teoría que podría aplicarse también a otros personajes como Michael Myers o Freddy Krueger, y en el que tomaríamos la negativa como respuesta.




Al igual que hicieran sus compatriotas Alexandre Aja y Gregoru Levasseur con el brutal remake de Las Colinas Tienen Ojos, de Wes Craven, Alexandre Bustillo y Julien Maury debutan en Hollywood con Leatherface. Por desgracia el resultado no es tan brillante como en dicha revisión del clásico de los 70 en el que los autores franceses vampirizaron la impronta del film original para inyectarle vía intravenosa sangre puramente europea haciendo later bajo la superficie del film un mensaje inmisericorde contra las clases acomodadas estadounidenses y el carácter imperialista de sus fuerzas militares. En cambio los directores de la bestial À l'Intérieur tienen que amoldar su poderosa realización al proyecto en el que se han implicado, pero permitiéndose incluir algunos pasajes de violencia explícita con los que han debido disfrutar notablemente, como esa escena de sexo retorcidísima en fondo y forma que parece un homenaje a aquella estupidez de Jörg Buttgereit titulada Nekromantik.




Como era de esperar son Lili Taylor y Stephen Dorff los dos actores que más destacan dentro del apartado artístico de Leatherface trabajando dos roles con enormes similitudes que se revelan como la pareja de verdaderos villanos del largometraje. Dentro del casting de actores jóvenes Sam Strike se esfuerza por dar vida a ese chico confundido e introvertido que en un futuro se convertirá en uno de los psicópatas más famosos de la historia del género, pero curiosamente son James Bloor y Jessica Madsen, en los papeles de Ike y Clarice,  los que mejor lo hacen poniéndose en la piel de unos Bonnie y Clyde mentalmente perturbados que se convierten en uno de los aciertos más retorcidos y memorables de la película. También encontramos entre los secundarios a Finn Jones, el Iron Fist de Marvel Studios y Netflix que ejerce de ayudante del sheriff con un personaje que hará las delicias de los detractores del actor británico y esta afirmación no es precisamente porque haga mal su trabajo.




Sin ser una obra destacable, ni una pieza clave dentro del microcosmos en el que se engloba Leatherface es un soplo de aire fresco para una franquicia que ya no daba más de sí. La intención por parte de sus artífices a la hora de transitar nuevos caminos para no tener que ceñirse a un esquema preestablecido por las dinámicas propias de la saga dan un nuevo empujón a la creación del tristemente desaparecido Tobe Hooper, ofreciendo un producto competente, bien escrito, rodado e interpretado que trata de reinventar algo que ya conocemos para insuflarle nueva vida y con ello seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro con un tipo de cine cada vez más marginal y underground, que no suele tener mucha repercusión fuera de los círculos del género de terror y los festivales especializados en dicho celuloide. Por ahora nos quedamos con esta estimable pieza que nos devuelve la esperanza para que el sonido de motosierra no cese nunca y siga ofreciéndonos insana y fruiciosa diversión.


viernes, 20 de abril de 2018

El Corazón del Ángel, ascensor para el cadalso



Título Original Angel Heart (1987)
Director Alan Parker
Guión Alan Parker, basado en la novela de William Hjortsberg
Reparto Mickey Rourke, Robert De Niro, Charlotte Rampling, Lisa Bonet, Brownie McGhee, Stocker Fontelieu




Es curioso como el paso del tiempo nos da nuevas y diferentes perspectivas a la hora de valorar la obra de algunos directores. Alan Parker perteneció a esa generación de cineastas británicos curtidos en el mundo de la publicidad durante los años 70 y en la que podemos encontrar nombres como Adrian Lyne, Hugh Hudson o los hermanos Ridley y Tony Scott. Sin contar a estos últimos que se adaptaron sin ningún problema a la maquinaria hollywoodiense el resto de ellos tuvieron su época de bonanza en la meca del cine para después ir espaciando cada vez más sus proyectos, volver a su Reino Unido natal o retirase de la dirección. Estos artesanos fueron vilipendiados largo tiempo por la prensa especializada acusados de "estetas" y "videocliperos", pero lo interesante es que ver algunos de los films que realizaron, sobre todo en los años 80, en pleno 2018 nos confirma que pertenecían a una raza de profesionales que hoy echamos irremisiblemente de menos.




Algo de esto acontece cuando poco más de treinta años después de su estreno decidimos revisar un proyecto como El Corazón del Ángel, la adaptación que Alan Parker realizó en 1987 de la novela Fallen Angel de William Hjortsberg, protagonizada por Mickey Rourke, Lisa Bonet, Charlotte Rampling y Robert De Niro. A día de hoy se hace casi impensable que un producto como el que nos ocupa se gestara en el seno de Hollywood, que algunos actores de renombre como los que forman parte del reparto se implicaran en su creación, o que los productores Mario Kassar y Andrew Vajna, dueños de la ya extinta Carolco International, convencieran a TriStar Pictures para distribuirla. En el cine estadounidense del siglo XXI tan dado a la autocomplacencia, el artifico, la asepsia y la pulcritud un largometraje con tanta personalidad como Angel Heart se antojaría inconcebible fuera de los círculos del cine independiente. Por este y otros motivos hoy vamos a reivindicar la séptima película de Alan Parker.




Harry Angel (Mickey Rourke) es un decadente detective privado que trata de encontrar trabajo en la New York de 1955. Tras una llamada de teléfono sus servicios serán solicitados por un misterioso personaje llamado Louis Cypher (Robert De Niro) que le encomendará encontrar a un cantante de jazz llamado Johnny Favorite que se hizo famoso antes de la Segunda Guerra Mundial y cuyo paradero se desconoce desde hace doce años. Las pistas que irá encontrando durante la investigación de este peculiar caso llevarán a Angel a la ciudad de New Orleans donde conocerá a Margaret Krusemark (Charlotte Rampling) o a Epiphany Porudfoot (Lisa Bonet) y a sumergirse en el submundo del vudú y el satanismo de Louisiana. Un reguero de cadáveres y la presencia de un asesino invisible al que no puede dar caza llevarán a Harry a un viaje sin retorno al infierno en el que nada es lo que parece y por el que tendrá que pagar el más alto precio.




Mezcla de neo noir con  terror, como si colaboraran mano a mano en su creación Raymon Chandler y William Peter Blatty, en El Corazón del Ángel Alan Parker ejecuta una mixtura genérica sustentada en un guión, escrito por él mismo, que alejándose notablemente de la novela de William Hjortsberg construye un relato con reminiscencias de alucinación, atmósfera asfixiante y desarrollo argumental pesadillesco inspirándose en una revisión del mito de Fausto salpicada de hemoglobina, ritualismo y folklore propio de New Orleans muy vinculado al vudú y las sectas satánicas, creando una mezcla de exotismo aderezado con sus gotas de sensacionalismo y morbidez que hacen el resto para diseñar una pieza que mantiene el interés del espectador a lo largo de casi dos horas de metraje en las que el misterio que se esconde detrás del caso de Johnny Favorite se apodera de una narración cada vez más visceral y cruenta.




Desde su segundo y exitoso trabajo en el mundo del largometraje, El Expreso de Medianoche, Alan Parker se especializó en historias de notable sordidez protagonizadas por personajes llevados al extremo, aunque evidentemente no haya sustentado toda su carrera en este tipo de films. El Corazón del Ángel es la muestra quintaesencial de ese tipo de obras en las que el director de Evita volcó su predilección por la violencia y lo truculento. De esta manera el autor británico daba un giro radical con respecto a su trabajo inmediatamente anterior, aquella lírica Birdy, protagonizada por Matthew Modine y Nicolas Cage, en la que la amistad, las secuelas físicas y psicológicas sufridas por los soldados durante la Guerra de Vietnam y la elección voluntaria de la locura para evadirse de la cruda realidad copaban todo el protagonismo.




Angel Heart también habla de la locura, pero no la vinculada a un hombre que se cree un pájaro con un irrefrenable deseo de volar, sino la experimentada por un detective privado que emprenderá un viaje sin retorno a las profundidades del infierno. La New York de los años 50 que retrata Alan Parker, cuya ambientación es tan destacable como discutible en algunos aspectos, es una ciudad áspera, sucia, alejada de la visión idealizada y de postal que en ocasiones se nos ha dado de ella. Este retrato poco afable en el que la arquitectura cruda y decadente comienza verse invadida como un virus por hechos sobrenaturales que gradualmente van rompiendo la barrera de la lógica y sumergiendo el relato en un estado de vigilia y onirismo eclosiona totalmente una vez la acción se traslada a New Orleans y convierte la segunda mitad del metraje en una suerte de conjuro audiovisual en el que los límites de lo real se ven rebasados continuamente.




Como maestro de ceremonias Alan Parker mantiene un férreo control de todos los apartados técnicos del proyecto para que el conjunto de la obra se muestre en todo momento cohesionado. La dirección de fotografía repleta de claroscuros por parte de Michael Seresin, el elaborado diseño de producción de Richard Morris o la atmosférica banda sonora de Trevor Jones fusionándose con los ritmos de jazz propios de New Orleans y que sobrevuelan todo el score musical sirven para dar empaque y solidez al argumento del largometraje que se ve enriquecido por todos estos añadidos que le infieren lasciva vida permitiendo la evolución de una historia que irá revelándose poco a poco cada vez más claustrofóbica, asfixiante y descarnada. De esta manera su equipo técnico pone en bandeja de plata al cineasta británico el poder ejecutar pasajes perturbadores como los distintos asesinatos, las visiones de la mujer del velo negro o la famosa escena de sexo que desemboca en orgía de sangre.




En cuanto al apartado artístico Alan Parker depositó su confianza en un por aquel entonces pujante y prometedor Mickey Rorurke que venía de despuntar con sus papeles en La Ley de la Calle (Rumble Fish), Mahnattan Sur (Year of the Dragon) o 9 Semanas y Media. El protagonista de Sin City ciertamente se entrega hasta lo enfermizo y gracias a ello ofrece una de las mejores caracterizaciones de su carrera dándolo todo en esa recta final en la que comienza a perder la cordura. El problema radica en que tiene delante a un Robert De Niro pletórico, en una de sus mejores etapas interpretativas, que con pocos minutos en pantalla y una contención digna de estudio eclipsa a su compañero de reparto sin tener que hacer el más mínimo esfuerzo. Su gestualidad, lenguaje corporal, modulación de voz, ambiguo acento y detalles de cosecha propia como la melena, las uñas o el uso de bastones componen uno de los mejores trabajos del italoamericano.




El resto del reparto lo completan, entre otros, la británica Charlotte Rampling como Margaret Krusemark, una vidente especializada en crear cartas astrales para sus clientes y que tuvo una relación estrecha con Johnny Favorite y que la actriz de Melancholia aprovecha para explotar a conciencia los pocos, pero valiosos, minutos que tiene en pantalla a la hora de darle vida. Por último es de recibo hacer especial mención para una Lisa Bonet de 19 años que por aquel entonces triunfaba en televisión con El Show de Bill Cosby y que debutaba aquí en el mundo del cine. El suyo es un papel complicado que debe amalgamar candidez y ternura con sensualidad y violencia desembocando su composición en la ya citada escena de sexo que comparte con Mickey Rourke y que se ha convertido por derecho propio en una de las más recordadas de la historia del cine, consiguiendo sintetizar en su ejecución y coreografía toda la esencia de la película.




Habiendo estrenado su última película, La Vida de David Gale, en 2003 y haciendo público su retiro del cine hace tres años Alan Parker debe recibir su merecido reconocimiento como artesano que ayudó a construir un tipo de cine más incómodo en Hollywood que no estaba reñido con la comercialidad. Aquellos críticos que en la época del estreno de esta excelente y muy recuperable El Corazón del Ángel acusaron a su ideólogo y sus coetáneos de profesionales superficiales con inclinación por el esteticismo visual mal entendido no sé qué pensarán en la actualidad de esos directores totalmente carentes de personalidad e inventiva con predilección por los montajes efectistas, el abuso de los efectos digitales y la casi inexistente relación con los actores que dan forma a los engranajes que hacen moverse la maquinaria hollywooodiense. Al fin y al cabo todo queda en casa y se reduce a vender el alma al diablo por conseguir el éxito, pero hasta para eso gente como Harry Angel o Johnny Favorite tenían mucho más estilo.