jueves, 20 de agosto de 2015

Electric Boogaloo: La Loca Historia de Cannon Films, la extraña pareja



Título Original Electric Boogaloo: The Wild, Untold Story of Cannon Films (2014)
Dirección Mark Hartley
Guión Mark Hartley
Actores Molly Ringwald, Tobe Hooper, Dolph Lundgren, Richard Chamberlain, Elliot Gould, Just Jaeckin, Franco Nero, Bo Derek, Franco Zeffirelli




A finales de la década de los 70 dos primos israelíes criados en Tel Aviv que durante su adolescencia se pasaban la vida de cine en cine y que más tarde decidieron convertirse en los productores de películas de su país más taquilleros con producciones como Polo de Limón (antecedente judío de lo que más tarde sería en USA la saga Porky’s) decidieron viajar a Estados Unidos para probar suerte en el mundo del cine yanqui. Menahem Golan y Yoran Globus llegaron a Norteamérica para hacer lo que mas les gustaba, rodar largometrajes. Una vez instalados allí decidieron comprar una productora de cine exploit llamada Cannon Group cuya filmografía navegaba, en líneas generales, entre sangrientos slashers y muestras de softcore con abundantes escenas de sexo y desnudos femeninos. De manera harto inteligente y aunque deseaban poder dar forma lo antes posibe a films con sello propio dedicieron seguir con la tónica habitual de la casa hasta ese momento con piezas como Schizoid, protagonizada por Klaus Kinski, o The Happy Hooker Goes to Hollywood, secuela de otra conocida cinta de la compañía llamada The Happy Hooker. Pero poco tardarían estos dos primos judíos en convertir su nueva criatura en la Cannon Films que todos conocemos desde los 80 y cuyas cuestionables producciones están siendo reivindicadas en la actualidad. Films de acción neoconservadora propia de los años 80 de la era Reagan protagonizados por Charles Bronson o Chuck Norris, productos de artes marciales con nuevas estrellas como Michael Dudikoff, ejemplos de celuloide de aventuras de intenciones supuestamente clásicas como El Desafío de Hércules o Las Minas del Rey Salomón y hasta trabajos de ciencia ficción de presupuestos considerables para una productora que labraba su futuro a espaldas de la meca del cine. Menahem Golan y Yoram Globus tocaron el cielo durante casi dos décadas para después caer en desgracia por culpa de las deudas contraidas por su frenético ritmo de producción.




Todo este proceso de comienzo humilde, rápido auge y caída en picado ha sido condensado y narrado con una pericia tronchante por el guionista y director australiano Mark Hartley (especializado en obras de no ficción centradas en el cine de Serie B como Not Quite Hollywood: The Wild, Untold Story of Ozploitation! o Machete Maidens Unleashed!) en el documental Electric Boogaloo: The Wild, Untold Story of Cannon Films editado en el mercado doméstico español el pasado 22 de Julio y que hace un repaso por toda la trayectoria de la inefable productora inciendiendo en sus grandezas y miserias. Poco después de poner sus manos en la Cannon Yoram Globus, que se ocupaba de la financiación y negociación de sus proyectos, y Menahem Golan, responsable del apartado “artístico” de los mismos dirigiendo personalmente algunos de los éxitos más sonados (Delta Force) y fracasos más estrepitosos (Yo, el Halcón) de la factoría, dieron forma a una copiosa producción de largometrajes de género de muy bajo coste que rendían lo suficientemente en taquilla como para poder seguir adelante con nuevos proyectos adscritos a dicha empresa. Desde bien pronto los primos israelíes pusieron las cartas sobre la mesa produciendo films de acción de corte filofascista como las varias secuelas de El Justiciero de la Noche (Death Wish) protagonizada por Charles Bronson y la mayoría de ellas rodadas a manos del director del film primigenio, el británico Michael Winner (al que se deja en el documental como a un enfermizo xenófobo amante de la violencia) los films de artes marciales cuya punta de lanza supuso Enter the Ninja, protagonizada por un Franco Nero que ninguna idea tenia de artes marciales, cine de corte adolescente con omnipresente sexo (aquella El Último Americano Virgen que era un remake de la ya mencionada Polo de Limón) películas de época con ciertas aspiraciones artísticas más ambiciosas como El Amante de Lady Chatterlay (adaptación de la novela de D. H, Lawrence dirigida por Just Jaeckin y protagonizada por Sylvia Cristel, artífices ambos de la plumbea y muy esnob Emmanuelle) y hasta coqueteos con el musical como se puede ver en La Manzana, dirigida por el mismo Menahem Golan que se dio un enorme batacazo con tan hortera propuesta que queriendo llegar a ser mejor que Tommy de Ken Russell y The Who no se llegó ni a mitad de camino.




Poco tardaron en ganarse Menahem Golan y Yoram Globus fama en Hollywood de productores de celuloide mediocre, cutre, paupérrimo en un plano creativo, cuestionable en lo moral, de ser unos mercachifles de mal gusto y más que cuestionable gusto cinematográfico. Pero sin lugar a dudas ganaban mucho dinero con sus proyectos, cada vez más, eran unos expertos a la hora de vender su mercancía internacionalmente y eso a la meca del cine no le gustaba que sucediera a sus totalitarias espaldas. Los dos primos nacidos en Tel Aviv sabían lo que el público americano quería y no hacían otra cosa que dárselo al menor coste posible y recaudando el máximo en taquilla. Cundo comenzaron a a ofrecer a Chuk Norris films bélicos convirtiéndolo en uno de los pioneros de los action heroes de la Era Reagan con piezas como Desaparecido en Combate (descacharrante la anécdota que asegura que al rodarse las dos entregas seguidas y ver los productores que la 2 era la buena cambiaron el título de ambas y estrenaron antes la segunda que la primera) a resucitar la carrera de un decadente Charles Bronson a base de matar a sus familiares y allegados para que él “limipiara las calles de indeseables” y a descubrir a nuevos talentos ya fuera dentro del cine de artes marciales como el Michael Dudikoff que protagonizó la saga El Gran Guerrero Americano (American Ninja) o en el de época como aquella preciosa Brooke Shields que protagonizó otro batacazo de la casa como Aventuras en el Sáhara no fueron pocos los actores con cierto renombre que decidieron ponerse a sus servicios. Ahí tenemos el caso de Bo Derek a la que financiaron (a ella y a su marido, el director John Derek) la inenarrable Bolero (enorme como las mismas actrices del film, entre ellas Olivia d’Abo, se ríen de lo ridícula que era aquella cinta de toreros castrados y con nuestra impagable Ana García Obregón de actriz secundaria) o viejas glorias como Christopher Lee, Peter Cushing, Vincent Price y John Barrynore que con la intención de reverdecer aterradores laureles compartieron pantalla en La Casa de las Sombras del Pasado (House of the Long Shadows) aquel producto que de entrañable producía más risa que miedo. Por aquel entonces la fama y los réditos de la Cannon Films comenzaron a crecer y con ellos sus aspiraciones y megalomanía.




En la segunda mitad de los años 80 llegó el declive. Cuando la productora estaba en lo más alto, con sedes en distintos países (Golan y Globus vendiendo sus productos en el festival de Cannes y dando la nota con una imagen que les hacía parecer secundarios del reparto de Los Soprano) del globo comenzó la debacle. Por aquel entonces la Cannon decidió contratar a Tobe Hooper para unos cuantos proyectos a cual mas fallido. La hoy por desgracia envejecida Fuerza Vital (Lifeforce) supuso el film de mayor presupuesto de la productora, su mezcla de astronautas, vampiros intergalácticos y cine de catástrofes no cuajó y eso que el tanto el equipo técnico como el artístico estaban a la altura. Luego llegó el remake de Invasores de Marte que dio pie a la mejor anédota con Globus y Golan de todo el documental cuando estos durante el screening test de Quatermain en la Ciudad Perdida del Oro (secuela de Las Islas del Rey Salomón con Richard Chamberlain y Sharon Stone) confundieron este film con el de Hooper para la indingación de la pareja de primos. Finalmente y tras dos fracasos le propusieron realizar una tardía secuela de su exitosa La Matanza de Texas con Dennis Hooper en el papel de cazador a la busca y captura de la familia antropófaga que tiene en el desquiciado Leatherface a su miembro más célebre. El inenarrable despropósito en el que el realizador de Salem’s Lot o Poltergeist inyectó un supuesto humor negro que sólo pareció entender él hizo entrar en cólera a Golam y Globus que vieron cómo desde ese mismo momento sus carreras irían cuesta a abajo y sin frenos. Por mucho que Golam produjera films de calidad como la versión de la ópera Othello, inspirada en la obra de William Shakespeare, a manos del italiano Franco Zeffirelli (posiblemente el único participante en el documental que no tiene una sola queja de los primos de Tel Aviv), la biografía sobre el escritor Charles Bukowski que el iraní Barbret Schoreder rodó con Mickey Rourke y Faye Dunaway en Barfly o algunos de los últimos trabajos de pesos pesados como John Cassavetes o Jean Luc Godard (finalmente se descubrió que Golan tenía un muy buen gusto para las artes, pero ya era un poco tarde) su afán por intentar recuperar pérdidas abultando cada vez más el presupuesto de films que al final no rendían en taquilla como Masters del Universo o recibiendo de rebote sagas en decadencia a las que terminaban de rematar a pesar de su potencial comercialidad de cara a la taquilla como sucedió con la indescriptible Superman IV: En Busca de la Paz la Cannon poco a poco fue muriendo y aunque todavía experimentó algunos repuntes como los de Contacto Sangriento (Bloodsport) o Kickboxer protagonizadas por el belga Jean Claude Van Damme, la nueva estrella de la factoría, la criatura estaba muerta en vida y dio su estertor final a principios de los 90 dando pie a que ambos primos se separaran de manera poco amistosa.




Aunque Electric Boogaloo: La Loca Historia de Cannon Films es un dechado de humor, sorna, autocrítica y anécdotas que de puro rocambolescas en ocasiones son difíciles de creer tiene un fallo bastante notable y es que como documental destila en casi todo momento excesiva inquina y bilis hacia sus dos protagonistas principales. Menahem Golan y Yoram Globus se negaron a participar en el film de Mark Hartley (aunque hay en el metraje de la obra incontable material de archivo en el que dan lo mejor de sí mismos) porque ellos estaban inmersos en su propio proyecto autobiográfico titulado The Go Go Boys (que como bien reza la cinta que nos ocupa en su final se estrenó tres meses antes, los dos primos siendo ellos mismos hasta el final) y no sabemos si por este motivo u otro prácticamente todos los “bustos parlantes” que son entrevistados tienen demasiadas palabras de desprecio, no sabemos si con motivo o sin él, para ellos tildándolos de fabricantes de basura de gustos toscos y formas rudas para comercializar su mercancia. Pero es un hecho contrastado que también dieron trabajo a muchísimos profesionales del medio durante años, descubrieron y relanzaron la carrera de muchos actores y sobre todo ofrecieron fruición en forma de cine (mediocre y hasta reprobable en ciertos aspectos ideológicos, sí pero cine después de todo) de modo que poco se les podía reprochar como creadores de productos de entretenimento efectivos. Golan (que falleció hace poco menos de un año) y Globus fueron dos tipos muy avispados, hombres de su tiempo que supieron ver qué demandaba la taquilla y dárselo en cantidades industriales (ahí está el éxito de Break Dance: The Movie, que puso de moda el famoso estilo de baile y cuya estrambótica secuela Break Dance 2: Electric Boogaloo da nombre al documental que estamos comentando) ser pioneros en variantes de subgéneros americanos de baja estofa pero copiosos resultados recaudatorios como el de los “ciudadanos honrados que se toman la justicia por su propia mano”, el de artes marciales con todas sus variantes posibles, las comedias adolescentes picantonas y hasta un cine de aventuras con cutre aroma a Serie B más autoimpuesto que elegido de manera voluntaria, unos tipos tan estrafalarios como entrañables capaces de hacer la premiere de Invasión USA con Chuck Norris como protagonista en el parking de un edificio. Con todo al final del metraje prácticamente todos los entrevistados admiten lo importantes que fueron Golan y Globus para que el cine que se hace a espaldas de Hollywood se abriera camino y para que gente como los hermanos Harvey Weinstein y Bob Weinstein los tomaran como ejemplo para saber qué hacer o no para llegar a lo más alto. Por suerte a día de hoy nuestra nostalgía hacia estos subproductos se ve colmada cuando vemos que de vez en cuando en la cartelera la productora Nu Images de Avi Lerner se revela como la heredera natural de la Cannon Films con trabajos como las sagas Ninja The Expendables o films como John Rambo, u Objetivo: La Casa Blanca confirmándonos, para bien o para mal, que aquellos primos que amaban las películas más que al sentido común siempre tendrán su pequeña parcela dentro de la historia del cine reciente.


sábado, 8 de agosto de 2015

Espías



Título Original Spy (2015)
Director Paul Feig
Guión Paul Feig
Actores Melissa McCarthy, Jason Statham, Rose Byrne, Jude Law, Morena Baccarin, Bobby Cannavale, Allison Janney, Nia Long, 50 Cent, Peter Serafinowicz, Will Yun Lee, Zach Woods, Alicia Vela-Bailey, Jessica Chaffin, Miranda Hart, Carlos Ponce





Desde hace unos años el tándem formado por la actriz Melissa McCarthy y el productor, guionista y director Paul Feig está ofreciendo una buena remesa de comedias exitosas que poco a poco van revitalizando el género en Estados Unidos. Proyectos como La Boda de Mi Mejor Amiga (Bride Maids) o Cuerpos Especiales (The Heat) muestran a dos profesionales en perfecta sintonía en lo que a explotar las dotes como narrador del autor de Freaks & Geeks o The Office y en ir perfeccionando la ya de por sí potente vis cómica de la intérprete de cintas como St. Vincent o Tammy. El último producto ofrecido por esta pareja de profesionales es Espías (Spy en su título original) una pieza que ha pasado por España sin hacer mucho ruido (no así en su Estados Unidos natal) y que contra todo pronóstico se encumbra como la comedia más desternillante y divertida de lo que llevamos de 2015.




Espías es, como su propio título ayuda a dilucidar, una parodia del cine de espionaje. Pero tanto del más elegante y clásico al estilo James Bond como el más fibrado y crudo de Jason Bourne, de ahí que tengamos dos personajes que dan vida a ambas vertientes cinematográficas, uno interpretado por Jude Law y otro por Jason Statham. Pero lo más curioso es que el punto de partida de la última cinta de Paul Feig vendría a ser algo parecido a que el insoportable personaje de Penélope Garcia de la entretenida pero sensacionalista serie Mentes Criminales se introdujera en una trama deudora de aquella pequeña joya a recuperar de James Cameron llamada Mentiras Arriesgadas (True Lies) protagonizada por Arnold Schwazzennegger y Jamie Lee Curtis, ya que le historia se centra en cómo una analista de la CIA acostumbrada a sentarse en su escritorio para ayudar a los agentes de campo acaba convirtiéndose en uno de estos para llevar a cabo una complicada misión relacionado con el tráfico de armamento a nivel internacional.




El resultado es un guión bien hilado y consistente en su narración apoyado por un trabajo magnífico de Paul Feig tanto en el plano técnico como en la dirección de actores, un reparto tocado por el don de la comicidad con una Melissa McCarthy impagable encabezándolo y una sesión continua de acertadísimos gags con los que el creador de la serie Other Space acribilla a un espectador que en ocasiones no tiene tiempo para dejar reír entre gag y gag. Lo más divertido es que el personaje de Susan tiene las aptitudes adecuadas para ser la espía perfecta (como analista es una experta en dichas lides y sin ella los agentes a los que dan vida Law y Statham serían en el primer caso mucho menos eficaz y en el segundo un rotundo inepto) pero su presencia, apariencia física (rechoncha, grosera y simpaticona) es totalmente antagónica a la de las típicas femme fatales que pueblan el tipo de films que Spy parodia.




Esta actitud algo barriobajera y malencarada, su apariencia de ama de casa protototípica o solterona amante de los gatos y el hecho de que por dentro sea una experta en espionaje internacional y conspiraciones gubernamentales le sirven a Paul Feig para tejer una divertida trama en la que Melissa McCarthy toca todos los palos dentro del celuloide de agentes secretos. Entre ellos la vemos hacer uso de gadgets propios del 007 más clásico y protagonizar escenas físicas propias del interpretado por el que interpreta Daniel Craig en la actualidad o de los Matt  amon y Jeremy Renner de las cuatro entregas del desmemoriado Jason Bourne, Aunque evidentemente y como es lógico todos estos pasajes están abordados con un tono de parodia con mucha mala baba y referencialidad que en la mayoría de ocasiones desembocan en continuas carcajadas que no dan un minuto de tregua a la platea cuando las mismas están en su punto culminante.




Sobra decir que Melissa McCarthy está pletórica en su papel y que el mismo la confirma como una de las mejores actrices de comedia de su generación, pero también hacen un muy buen trabajo el elegante y superficial Bradley Fine de Jude Law por el que bebe los vientos la protagonista, el machista, grosero y torpe Rick Ford de Jason Statham que se lleva también alguno de los pasajes más divertidos de la cinta o una Rose Byrne como Rayna Boyanov a la que no estamos acostumbrados a ver en este tipo de papel y que borda su estrambótico trabajo destilando no poca química con el de McCarthy. En roles más secundarios tenemos a una entrañable Miranda Hart como Nancy, la mejor amiga de Susan, un, últimamente omnipresente, Bobby Cannavale dando vida al mafioso Sergio De Luca, el principal villano de la velada, o un mastodóntico Peter Serafinowicz como el pervertido Aldo.




Sería difícil enumerar todos los gags, momentos, secuencias que al que suscribe (y ojo, a muchos de los que en ese momento se encontraban en la sala de cine)  le hicieron llorar de risa. Aunque tengo el deber de destacar el concierto de música electrónica, todo el pasaje del veneno en la copa del personaje de Rayna, la persecución en moto, el acoso y derribo por parte de Aldo a Susan, lo que acontece en el jet privado del ya mencionado personaje de Rose Byrne o el clímax final. Espías confirma que Paul Feig está en un momento dulce, que Melissa McCarthy es su musa y que Judd Apatow me parece más sobrevalorado todavía después de ver esta comedia de su amigo y compañero que espero no sea el punto álgido de este dúo que con un poco de suerte y manteniendo el nivel que llevan en producciones como la que nos ocupa nos depararán en el futuro buenos momentos de humor con los que evadirnos durante un par de horas de que nuestra realidad es la que no tiene ninguna gracia.


lunes, 3 de agosto de 2015

Jurassic World



Título Original Jurassic World (2015)
Director Colin Trevorrow
Guión Rick Jaffa, Amanda Silver, Derek Connolly y Colin Trevorrow, basado en personajes de Michal Crichton
Actores Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, Nick Robinson, Vincent D'Onofrio, Ty Simpkins, Irrfan Khan, Jake Johnson, Omar Sy, BD Wong, Judy Greer, Lauren Lapkus, Brian Tee, Katie McGrath, Andy Buckley, Jimmy Fallon, James DuMont, Colin Trevorrow





Hace unas entradas hablábamos de Parque Jurásico, la adaptación que Steven Spielberg realizó en 1993 de la novela homónima de Michael Crichton para reformular en los años 90 el concepto de Blockbuster.Veintidos años después llega la tercera secuela (después de El Mundo Perdido y Parque Jurásico III estrenadas en 1997 y 2001 respectivamente) que sirve a la vez de nueva entrega y reinicio encubierto de la franquicia creada por el director de Amistad o Always. La cinta estrenada a finales de Mayo se ha convertido en un éxito de taquilla de dimensiones impresionantes habiendo conseguido hace unas semanas el título de tercera película más taquillera de la historia del cine que desde 2012 poseía la primera entrega de Los Vengadores de Marvel Studios escrita y dirigida por Joss Whedon. Jurassic World es una hija de su tiempo y época, un entretenido taquillazo tan efectivo como rudimentario, tan bien ejecutado como tramposo y que aún dejándose ver con agrado no merece el desproporcionado éxito que ha obtenido en las carteleras de todo el mundo.




Al igual que en el caso de Parque Jurásico III, rodada por el competente Joe Johnston (Capitán América: El Primer Vengador, El Hombre Lobo), Steven Spielberg una vez más delega la responsabilidad de ponerse detrás de las cámaras en un cineasta ajeno. El elegido ha sido Colin Trevorrow, cuyo único trabajo previo en el mundo del largometraje fue la premiada comedia fantástica de corte independiente Seguridad No Garantizada protagonizada por Aubrey Plaza, Mark Duplass y Jake Johnson  De esta manera el autor de Salvar al Soldado Ryan o Atrápame Si Puedes sólo ejerce labores de productor pudiendo dedicar tiempo a otros proyectos (como esa El Puente de los Espías que verá la luz en Octubre) en los que él sea el principal responsable en la realización y asegurándose así ser uno de los principales beneficiarios de la recaudación de esta última entrega de los dinosaurios noventeros nacidos de su propia impronta.




Jurassic World ha sido realizada con escuadra y cartabón para ser más un producto de consumo rápido que apele por medio de golpes bajos a la memoria del espectador que un verdadero largometraje cinematográfico de genuina calidad. Desde el arranque en el que estructuralmente podemos afirmar que la trama es casi un calco de la de la primera cinta pero magníficada hasta lo exagerado para adaptarse a estos tiempos de inmediatez visual y grandilocuencia formal la cinta de Coln Trevorrow sustenta su historia en cientos de referencias estéticas y narrativas a la obra primigenia de 1993 para que los fanáticos de la franquicia nos sintamos falsariamente en casa. Spielberg no es ningún tonto y tiene la lección aprendida de modo que se ha preocupado más porque el proyecto encaje perfectamente en la saga de films que en dar una verdadera consistencia narrativa al guión que sustenta su criatura.




De modo que no serán pocos los pasajes desde esa mastodóntica puerta para entrar a la isla, la presencia de los Velociraptors o el T-Rex, las menciones a Jonnah Hammond (con cariñoso homenaje al actor que lo interpretó, el también director británico Richard Atthenborough) o los dos niños siendo atacados en la Girosfera que remite directamente al pasaje del film 1993 en el que los nietos del ya mencionado creador del Parque Jurásico eran asediados en la furgoneta en los que utilizando en más de una ocasión la banda sonora que compuso John Willams para la cinta primigenia se recurra a la nostalgia y el cariño condescendiente para que la platea reciba con gusto un producto que no deja de ser un corta y pega de las tres entregas anteriores de la colección de cintas protagonizadas por los dinosaurios nacidos de la pluma de Michal Crichton con todos los clichés, lugares comunes y resoluciones formales manoseadas hasta la extenuación, pero muy bien compactados para que los digiramos con agrado y fruición.




Pero no todo es autocomplacencia en Jurassic World, también hay detrás de las cámaras un artesano que realiza adecuadamente su trabajo controlando con pericia el enorme proyecto que han puesto en sus manos mostrándose resuelto a la hora de rodar escenas de acción, aprovechar el diseño de producción que le han proporcionado, aprovechar unos efectos digitales de última generación (aquí los animatrónicos casi brillan por su ausencia) para dar vida a unos dinosaurios que como manda la tradición dentro de la franquicia deben ser cada vez más enormes y hasta regalar algún momento con encanto como el prólogo, el entrañabe engaño de la pata de pájaro que viene inmediatemente después de este, las escenas de adiestramiento de los raptors por parte del protagonista o ese clímax final alocado con aparición estelar del T-Rex y la sorpresa definitiva que deja una sonrisa en la cara del espectador justo antes de que salgan los títulos de crédito en pantalla.




Por otro lado tenemos un reparto competente comandado por un inspiradp Chris Pratt carismático, canalla y simpático que mezclando a Indiana Jones, Han Solo y su propio Star Lord para Guardianes de la Galaxia de Marvel Studios ofrece un personaje que difícilmente puede caer mal y una Bryce Dallas Howard que pone mucha dignidad y tesón a un rol estereotipado hasta lo insultante que es mejor no abordar en un plano psicológico si no queremos enfadarnos más de lo debido con la escritura del film. Entre los secundarios tenemos a un destacable Vincent D'Onofrio (La Chaqueta Metálica, Daredevil) en la piel del militar maquiavélico de turno, un divertido Irrfan Khan (La Vida de Pi, El Asombroso Spiderman) como el dueño de la isla y dos críos repelentes (Ty Simpkins y Nick Robins) sólo superados en impertinencia por el cameo metido con calzador de un insoportable Jimmy Fallon que no hay por donde cogerlo.




Dejando de lado polémicas obvias sobre si Chris Pratt será el nuevo Indiana Jones tomando el relevo de Harrison Ford o lo de las carreras de fondo que el personaje de Bryce Dallas Howard con esos imposibles zapatos de tacón que la hacen correr más que un T-Rex nos quedamos con la idea de que Jurassic World no engaña a nadie porque da lo que estos tiempos de vacuidad cinematográfica exigen al cine comercial. Podemos destacar su apartado visual, actores bien elegidos, aroma en ocasiones a Serie B (hay veces que la cinta parece una hija bastarda de las distintas versiones en celuloide La Isla del Doctor Moreau, pero con dinosaurios) y sana intención de entretener sin pretensiones desproporcionadas o innecesarias. Pero, como previamente hemos afirmado, es un hecho que con la última entrega de esta exitosa franquicia (Jurassic World 2 llegará a nuestras pantallas en 2018) nos encontramos con un sencillo y rudimentario blockbuster que ofrece poco más de dos horas de entretenimiento nostálgico autocomplaciente que no merece el descomunal éxito de taquilla que está teniendo.



viernes, 31 de julio de 2015

Ant-Man



Título Original Ant-Man (2015)
Director Peyton Reed
Guión Edgar Wright, Joe Cornish, Adam McKay y Paul Rudd basado en el cómic de Stan Lee, Jack Kirby y Larry Lieber
Actores Paul Rudd, Michael Douglas, Evangeline Lilly, Corey Stoll, Bobby Cannavale, Anthony Mackie, Matt Gerald, Judy Greer, Abby Ryder Fortson, Michael Peña, David Dastmalchian, John Slattery, Hayley Atwell, Wood Harris, T.I., Martin Donovan, Rod Hallett





En Marvel Studios están envalentonados y no hay quien los pare. Después del enorme éxito que supuso el estreno de los Guardianes de la Galaxia de James Gunn el año pasado Kevin Feige y sus muchachos se han dado cuenta de que poco importa si los protagonistas de una cinta de la productora cinematográfica de la Casa de las Ideas son, de cara al espectador neófito, personajes nacidos en las viñetas que fuera del medio pocos conocen mientras sean adaptados con acierto al celuloide. Porque una cosa es rodar films de Iron Man, Capitán América, Thor, Hulk o los Vengadores y otra dar todo el peso de un largometraje a Star-Lord, Rocket, Groot y compañía, roles cuyas aventuras sólo los aficionados a las viñetas llevamos años leyendo. El soberbio recibimiento por parte de crítica y público del film realizado por el autor de Slither o Super abrió la puerta para que los "secundarios de lujo" de Marvel pudieran campar a sus anchas en las pantallas de todo el mundo.





De modo que el siguiente paso lógico era ofrecer por fin una película propia a Ant-Man, uno de los miembros fundadores de los Vengadores creado por Stan Lee, Jack Kirby y Larry Lieber en 1962 para la colección Tales of Astonish que hasta ahora no había hecho acto de presencia en ninguna de las dos Fases desarrolladas por la productora. No son pocos los que conocen la polémica detrás de la gestación del último proyecto de Marvel Studios cuando los dos ideológos asignados para dar forma al largometraje (los británicos Joe Cornish y Edgar Wright, artífices de la inolvidable trilogía del Cornetto formada por Zombies Party, Hot Fuzz y Bienvenidos al Fin del Mundo) abandonaron la escritura y dirección del largometraje por diferencias creativas con los productores. Dicho abandono y el sutil apoyo de Joss Whedon a los dos autores vía Twitter posiblemente también influirían en el fin de las relaciones del creador de Buffy y Firefly con el equipo de Kevin Feige tras Los Vengadores: La Era de Ultrón, pero no nos vayamos por las ramas.




Tras la marcha del tándem británico el elegido para tomar el timón del film fue el cineasta norteamericano Peyton Reed del que sólo conocíamos sus incursiones en el género de la comedia con obras como A Por Todas, Separados, o Di Que Sí. Tomando como punto de partida la historia desarrollada por Cornish y Wright e interviniendo en el guión Adam McKay y el mismo Paul Rudd, protagonista de la cinta, Ant-Man adapta, libremente, los números  47 y 48 de la colección Marvel Premiere en los que se presenta al personaje de Scott Lang, el ladrón profesional que heredará el traje y los poderes de miniaturización creados por Hank Pym, el Hombre Hormiga original que encontrará en este delincuente común experto en robos a su más digno sucesor. El resultado nunca sabremos si está a la altura de lo que tenían ideado los guionistas de Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio, pero en manos de Peyton Reed se revela como una simpática cinta de acción y aventuras que despide con un tono bastante más desenfadado que Los Vengadores: La Era de Ultrón la Fase 2 del universo cinemático creado por Marvel Studios para la pantalla grande.




Ant-Man apela a un tono más ligero que el resto de films de Marvel Studios, más incluso que Guardianes de la Galaxia y en esta elección radica su mayor virtud. Peyton Reed y su equipo de guionistas afrontan la dificil empresa de llenar de epicidad la historia de un superhéroe minúsculo realizando una amalgama entre el inevitable clásico El Increible Hombre Menguante con Ocean's Eleven y la primera entrega de Iron Man dirigida en 2008 por Jon Favreau. El resultado es una cinta de robos de guante blanco puesta hasta el culo de particulas reducidas, científicos, criminales tan eficaces como entrañables y un apartado técnico en el que la floritura visual está a la orden del día para exponer en imágenes las minúsculas vivencias del protagonista imprimiendo al metraje un ritmo endiablado repleto de acción, humor, referencialidad al resto de las producciones de Marvel Studios y comandada por un reparto muy competente con un memorable Paul Rudd a la cabeza.




De manera totalmente acertada las cabezas pensantes detrás de Ant-Man recurren a la ironía y hasta la autoparodia a la hora de abordar los peculiares poderes del superhéroe protagonista, pero sin abusar en demasía del recurso. De este modo el film a lo largo de sus adecuados 117 minutos de metraje bascula entre el tono de humor que insufla un Paul Rudd pletórico que explota al máximo su vis cómica y carisma que ya conocíamos por su intervención en las producciones de Judd Apatow o la inolvidable sitcom televisiva Friends con el matiz más serio y hasta de corte dramático que tiene su principal valedor en el de un magnífico Michael Douglas al que le queda que ni pintado un personaje que aún siendo el Hombre Hormiga original ha sido adecuadamente puesto por Marvel en un segundo plano para no tener que driblar con un rol tan polémico como el del científico que creó a Ultrón en los cómics y que cuenta hasta con episodios de violencia de género en su historial si hablamos de su versión para las viñetas.




Pero la cinta da lo mejor de sí misma cuando esas dos visiones antagónicas del personaje creado por Lee, Kirby y Lieber colisionan y Hank Pym toma a Scott Lang como su pupilo para entrenarlo a la hora de recoger el relevo como Ant-Man. Porque si en los pasajes en los que nuestro protagonista se encoje (la primera vez con la caída libre desde la bañera hasta la discoteca es de una ejecución técnica y ritmo narrativo envidiable, alternando comicidad con intriga) el proyecto encuentra su razón de ser y mayor virtud, es en el periodo de entrenamiento al que los personajes de Michael Douglas y Evangeline Lilly someten al de Paul Rudd cuando esas dos miradas antagónicas acometen una relación de reciprocidad en la que la tragicomedia toma forma y ofrece pasajes tanto dramáticos (el descubrimiento del verdadero motivo e la muerte de la mujer de Pym, la Avispa original) como humorísticos (todo lo relacionado con el trío de amigos delincuentes amigos de Lang que se revelan como unos robaescenas natos y que están interpretados por Michael Peña, David Dastmalchian y el rapero T.I) dando una textura tonal al producto que le permite satisfacer a todo tipo de espectadores.




El hecho de que Scott Lang tenga más que asumido que no es un shuperhéroe y que un traje como el de Ant-Man le venga (paradojicamente) grande es otro de los recursos más acertados con respecto a dar a la cinta de Peyton Reed un tono menos grave que a las últimas cintas de el Capitán América o los Vengadores, por poner dos ejemplos claros. Por ello el espectador recibe con los brazos abiertos situaciones como en las que el personaje principal hace uso y abuso de su torpeza a la hora de tomar el control de sus habilidades recién heredadas (el momento cerradura de la puerta es de los más destacables del largometraje) o recurrir a un personaje de los vengadores para acentuar ese aire de humildad mal entendida y peor asimilada que tiene el personaje de Paul Rudd a la hora de aceptar su nuevo rol como justiciero enmascarado, sirviéndole este reto de acicate para intentar ganarse la confianza de una hija que bebe los vientos por él y que sirve como núcleo central a una subtrama típica del cine de perdedores que no lo son tanto.




Pero como previamente hemos comentado Ant-Man encuentra en su realización su mejor arma con secuencias de acción que nada tienen que envidiar a las de otros largometrajes de Marvel Studios. Peyton Reed ofrece, al igual que la mayoría de artesanos al servicio de la productora, un trabajo tan profesional y cumplidor como impersonal y autocomplaciente, pero lo suficientemente resultón y visualmente original como para que sobre él se puedan sustentar momentos que rememoran a las aventuras prototípicas del personaje ya sea en solitario o acompañado de Capitán América y sus colaboradores, como las protagonizadas por las hormigas comandadas por Scott Lang como si de un ejército se tratara en el asalto a las instalaciones de Pym Tech o ese clímax final, de los mejores jamás vistos en una cinta del estudio, con una batalla campal entre Ant-Man y Chaqueta Amarilla en el dormitorio de la hija del primero entre juguetes, mobiliario y objetos de decoración que, pareciendo descomunales, en tamaño real se muestran para el ojo el ojo humano casi imperceptibles, una vez más la ironía y la autoparodía marcando el terreno a seguir por el film.




A pesar de su sana intención de ser "más pequeña" que sus hermanas Ant-Man no desentona en absoluto con el resto de producciones de Marvel Studios. Se le pueden achacar fallos (algunos de ellos habituales en las producciones de Kevin Feige) como un villano al que le faltaba un repaso en la escritura (por muy buen trabajo que haga Corey Stoll su Darren Cross no deja de ser una revisión bastante descarada del Obadiah Stane de Jeff Bridges en Iron Man) algunos personajes que de puro estúpidos no son creíbles (los de Bobby Cannavale y Wood Harris deben ser los policías más torpes de San Francisco) y una relación de amor demasiado previsible y esteriotipada (Evangeline Lilly se esfuerza, pero a un servidor sigue sin convencerle como actriz y llora fatal) pero sus muchos aciertos no solapan su naturaleza de producto de entretenimiento bien desarrollado y mejor ejecutado.




Por el camino nos quedamos con un Paul Rudd memorable que espero no tarde mucho en codearse con personajes como Tony Stark o Thor, un Michael Douglas que al igual que otros veteranos actores como Anthony Hopkins, Robert Redford o el ya mencionado Jeff Bridges no temen codearse con tíos embutidos en pijamas, un apartado técnico a la altura, una fidelidad encomiable hacia los cómics, referencias al universo compartido de Marvel en pantalla grande (la Agente Carter, Howard Stark, esas interesantes escenas post créditos, sobre todo la segunda) y la sensación agridulce de que aunque la cinta cumple su cometido sobradamente su rocambolesca gestación nos confirma que los jefazos de la Casa de las Ideas tienen en su podor más una maquina de entretenimiento millonario bien engrasada que una verdadera factoria de proyectos fílmicos con auténticas aspiraciones artísticas, algo que, para que negarlo, no chirría con la tónica habitual del Hollywood de los últimos 20 años.



martes, 28 de julio de 2015

Inside Out (Del Revés)



Título Original Inside Out (2015)
Director Pete Docter y Ronnie Del Carmen
Guión Michael Arndt y Pete Docter




Después de un año de barbecho y habiendo ofrecido como última obra aquella entrañable pero acomodaticia precuela llamada Monstruos University de 2013 la factoría Pixar comandada por John Lasseter (uno de sus fundadores junto al fallecido Steve Jobs o Ed Catmull entre otros) vuelve este 2015 con dos estrenos. El segundo se llama The Good Dinosaur, lo dirige el animador, doblador y cineasta Peter Sohn y verá la luz en el mes de Noviembre en Estados Unidos. El primero, Inside Out (titulada Del Revés en España) es el que nos ocupa, fue presentado fuera de concurso con un rotundo éxito en el pasado Festival de Cannes y está realizado al alimón por el habitual de la casa Pete Docter (Up, Monstruos S.A) y el debutante Ronnie del Carmen, ilustrador y guionista filipino también colaborador en la casa del flexo Luxo. Aquel recibimiento cálido en el festival francés se ha extendido a lo largo de todo el globo tras la puesta internacional del largometraje recibiendo incontables alabanzas que aseguraban que nos encontrábamos no sólo ante una obra maestra incontestable sino también con la mejor película salida de la productora que ha salvado en un par de ocasiones la vida a la Disney. El que suscribe ha encontrado en Inside Out un proyecto delicioso, una producción muy del estilo Pixar con la siempre sana intención de contentar a grandes y pequeños, ofreciendo reflexiones adultas a los primeros y humor, amor, drama, un mensaje bienintencionado y personajes carsimáticos a los segundos. Una pieza que no desentona en absoluto con sus hermanas mayores protagonizadas por juguetes, insectos, ancianos, monstruos o superhéroes, pero que no se revela como la impresionante cinta de animación que la mayoría del público y la crítica ha elevado a los altares de manera demasiado inmediata.




Inside Out nace de una experiencia personal del director Pete Docter cuando vio como su habitualmente feliz hija se volvió una persona melancólica y algo triste en la adolescencia e interesándose él como padre sobre qué es lo que pasaba por la cabeza de la niña para así poder actuar en consecuencia. Con este punto de partida el realizador junto a sus colaboradores Ronnie Del Carmen en la dirección y Michael Arndt en el guión tejen una trama en la que el núcleo central de la historia son los sentimientos que pueblan la mente de la pequeña Riley desde su mismo nacimiento. Alegría, Tristeza, Miedo, Asco e Ira se ocupan de los estados de ánimo de la niña ya adentrada en su adolescencia, almacenando todos los recuerdos que estos le producen y dando un lugar de honor a los llamados “recuerdos elementales” que son por los que Riley siente más cariño y que son en su mayoría felices. Tras una serie de malas noticias la familia de Riley se muda de Minnesota a San Francisco y la chica comenzará a experimentar una sensación de tristeza debida a ciertos “actos irregulares” por parte del sentimiento homónimo dando pie a sembrar cierto caos en la mente de su anfitriona que deparará más de un quebradero de cabeza y algún momento de peligroso desbarajuste. Hasta aquí lo que tenemos es la idea más original salida de una producción de la Pixar, una excusa narrativa que nos retrotrae a productos tan dispares como la serie animada Érase Una Vez la Vida (todo lo que acontece en la mente de la protagonista representado por medio de simpáticas criaturas) Minority Report (esos recuerdos en forma de esferas de cristal coloreado que nos recuerdan a las que daban nombre a los futuros asesinos por medio de los Precogs en la brillante adaptación que Steven Spielberg hizo del relato corto de Philip K. Dick) o el serial catódico Fraggle Rock (con los obreros que trabajan en las distintas islas y que se diferencian poco de los Curris de aquel programa nacido de la factoria Henson) alumbrando el producto estilístico y visual más arriesgado de la productora absorbida por Disney hace ocho años.




Lo más curioso es que el guión de Inside Out recurre a toda esta idea argumental de corporeizar los sentimientos para magnificar y mejorar una trama de telefilme de sobremesa típico en el que la chica o chico estadounidense tiene que enfrentarse a los cambios que suponen empezar una nueva vida en otra ciudad con todo lo que ello implica con respecto a crear nuevas amistades o mantener las antiguas en la distancia, comenzar clases en un colegio extraño y encajar allí o buscar cómplices para ejercer sus aficiones favoritas, hockey en el caso que nos ocupa. Por suerte Docter, Del Carmen y Arndt se entregan a una imaginería infinita en la que los sentimientos que habitan en Riley se sustentan para presentar al espectador un microcosmos riquísimo llevado a la pantalla por medio de una plasticidad notable con una minuciosidad técnica y artística que va desde la textura del diseño de los personajes principales hasta el barroquismo desatado al que podemos asistir en las distintas islas (la de la Familia, la de las Payasadas, la de la Amistad…) que edifican la mente de la protagonista o ese laberíntico almacén en el que se encuentran todos los recuerdos de Riley desde su nacimiento. Por descontado que también todos esos sentimientos están perfilados de manera que sus propios nombres definan sus actos y personalidades, pero todos ellos destilan carisma y simpatía y están tan sabiamente abordados por medio de la escritura y la realización como para que varios de sus actos, errores o comportamientos impulsivos tengan su representación en la realidad de Riley con sensaciones que van desde la melancolia, la ironía, el sonrojo o finalmente la nostalgia. Con este tablero en el que la alegoría, la simbología y los juegos de espejos se convierten en las fichas de juego de la producción sus autores pueden permitirse momentos brillantes como aquel en el que Ira, Asco o Miedo deben hacerse pasar por Alegría dando lugar a momentos descacharrantes en la tensa cena familiar en la que por un momento también nos metemos en la mente de los progenitores de Riley.




El problema es que las cabezas pensantes detrás de Inside Out son conscientes del potencial sentimental (nunca mejor dicho) del producto que tienen en sus manos y al centrarse en ofrecer profundidad a la historia por medio de los personajes principales (los humanos y los que habitan en la mente de Riley) que la pueblan para dar forma a algunos pasajes de un dramatismo más que notable (la presentación de la protagonista en su nueva clase, la última escena protagonizada por el entrañable aunque algo cargante Bing Bong, la confesión final) olvidan aumentar las dosis de humor, gags y situaciones humorísticas del producto, como los que sí aparecen en los títulos de crédito finales del film. Porque para el que suscribe una de las señas de identidad de las producciones Pixar, más allá de su innegable calidad en todos sus apartados, es una comicidad desatada que en ocasiones incitaba a la más estruendosa carcajada (recuerdo llorar de la risa viendo a Dory hablar balleno en Buscando a Nemo o a la madre de Scott escuchando Island del grupo de metal progresivo Mastodon en la radio de su coche en un pasaje de Monstruos University, por poner dos ejemplos al azar) algo que evidentemente no escasea en el último proyecto de Pixar, nada más lejos de eso, pero que sí se ha dosificado en demasía. Aunque hay momentos divertidos y pasajes que bordean lo descacharrante (un servidor siente predilección por la negatividad de Tristeza) a Inside Out le hacen falta situaciones de humor más primario, aquel deudor del slapstick, de Tex Avery, Buster Keaton o Charles Chaplin, el que hace reír tanto al niño como al adulto y que ha sido siempre habitual en las cintas ideadas por John Lasseter y sus muchachos. Este fallo, importante pero que evidentemente no hiere de gravedad al largometraje que mantienen un nivel muy alto durante sus 94 minutos de duración, es el que incita a un servidor a no darle una nota tan alta como a los que considero las obras maestras de la casa como Wall-E, la trilogía Toy Story o Los Increíbles.




No considerar a Inside Out ese clásico instantaneo que gran parte del público y la prensa especializada aventuró que era tras degustarla por primera vez no es óbice para afirmar que es una de las películas del año y no sólo de animación. Un producto que al igual que la mayoría de los nacidos en el seno de la casa Pixar (lo siento, las dos entregas de Cars se me siguen atragantando) está hecho por un equipo de profesionales intachables que han puesto todo el cariño del mundo para insuflar vida en millones de fríos pixels para que estos personajes una vez más se conviertan en entrañables compañeros de un viaje que merece totalmente la pena ser realizado y más de una vez. Pero a un servidor no le queda más remedio que admitir que, aún siendo una de las producciónes más valientes en el plano estético (esa habitación del “Pensamiento Abstracto” con las figuras cubistas propias de la célebre etapa de Pablo Picasso) y de las más ricas en lo argumental de la factoría, se ha revelado como la que menos me ha divertido, al menos sin llegar al altísimo nivel de otros productos de la casa como los previamente mencionados u otros como Bichos: Una Aventura en Miniatura, Up o Ratatouille. Del Revés es una de las propuestas más aconsejables e interesantes de una cartelera actual en la que imperan dinosaurios, superhéroes diminutos y simpáticos bichos amarillos en busca de villanos a los que ofrecer sus desinteresados servicios. Un proyecto para disfrutar en familia, con un mensaje inusualmente agridulce, personajes inolvidables y los suficientes aciertos como para considerarla una excelente película en líneas generales, pero no así la mejor de las obras salidas de Pixar o de las más destacadas de una filmografía que, después de todo, no es moco de pavo precisamente.


sábado, 25 de julio de 2015

Whiplash, searching for Charlie Parker



Título Original Whiplash (2014)
Director Damien Chazelle
Guión Damien Chazelle basado en su propio  cortometraje
Actores Miles Teller, J.K. Simmons, Melissa Benoist, Paul Reiser, Austin Stowell, Jayson Blair, Kavita Patil, Kofi Siriboe, Jesse Mitchell, Michael D. Cohen, Tian Wang, Jocelyn Ayanna, Tarik Lowe, Marcus Henderson, Keenan Henson




En el año 2013 el director debutante Damien Chazele ganó el premio al mejor cortometraje en el festival de Sundance con Whiplash, la historia de la llegada a un elitista conservatorio de música de un joven baterista de jazz y su nuevo y brutal profesor que hará de su primer día un infierno. El trabajo era un tour de force entre un enorme J.K. Simmons y un magnífico  Johnny Simmons con una elegante dirección y un destacable montaje. Dicho galardón en el festival creado por el actor y director Robert Redford le proporcionó al Chazelle financiación para llevarlo al largometraje un año después con el mismo título. La versión de 103 minutos de Whiplash se convirtió el pasado 2014 en uno de los grandes éxitos de la temporada, llevándose incontables galardones y nominaciones (de nuevo triunfó en Sundance) que culminaron el pasado mes de Febrero cuando el film se alzó con tres estatuillas, mejor actor secundario, mejor montaje y mejor sonido, todos merecidísimos.




Whiplash toma como punto de partida los diecisiete minutos del cortometraje de 2013 (si obviamos el prólogo que sí tiene el largo en el que los dos personajes se cruzan el uno con el otro por primera vez ya con Damien Chazelle marcando a fuego, pero con elegancia, la personalidad de los dos roles principales) y tiene como único cambio notable la sustitución de Johnny Simmons por el joven Miles Teller al que hemos visto en trabajos como Project X, Divergente, el remake de la ochentera Footloose y que interpreta a Reed Richards en la muy polémica e inminente nueva versión de Los 4 Fantásticos de Marvel a manos de la Twentieth Century Fox con Josh Trank (Chronicle) de director. Dicha nueva elección de casting se revela como un acierto mayúsculo, porque si Simmons aguantaba magníficamente el envite del J.J Jameson de la primera trilogía de Spiderman, Teller le da la réplica con una profesionalidad impropia de un actor tan joven como él.




Parte de la prensa especializada y el público ha tildado a Whiplash de ser una cinta deleznable en el plano moral. Parece que no pocos espectadores han visto en el debut en el largometraje de Damien Chazele una apología de aquello tan americano del "éxito por el éxito" de hacer lo que sea con tal de llegar a lo más alto y dejarse imbuir por esa enfermiza delectación puramente estadounidense por el triunfo y llegar a la cumbre pisoteando a quien haga falta en el arduo proceso. Ese ambiguo final posiblemente es el que incita a a depende qué espectadores a pensar que nos encontramos ante una oda a la tortura física y psicológica de una persona si con ello se consigue alcanzar un plano superior dentro de la autorrealización profesional y personal justificando todas las barbaridades a las que el brutal profesor de música Terence Fletcher somete a su nuevo alumno Andrew Neyman para convertirlo en un virtuoso de la batería.




Un servidor no es partidario de esta teoría o lectura de la película. Cuando vi por primera vez Wihplash hace unas semanas me encontré con la historia de un hijo de puta desalmado, genial en lo profesional y aberrante en lo personal, que moldeando a un apocado muchacho apasionado del jazz y los bateristas clásicos del género hasta lo enfermizo como si de una versión pervertida y malsana de Pigmalion se tratara, acaba encontrando la horma de su zapato, otro cabrón con cuernos que saca el salvaje que lleva dentro cuando este déspota profesor lo exprime hasta la enfermedad física y psicológica. En un momento dado los dos personajes llegan a un punto de no retorno en el que el sadomasoquismo y la crueldad recíproca convierten al largometraje de Damien Chazele en un cruce entre Encontré al Diablo del cineasta coreano Kim Jee-Woon y la primera mitad de La Chaqueta Metálica, la adaptación que realizó Stanley Kubrick del libro The Short-Timers de Gustav Hasford complementada con apuntes de El Luchador y Cisne Negro, los dos alabados films de Darren Aronofsky.




Estos dos personajes que el guión perfila con milimétrica perfección están abordados por una pareja de actores que dan todo lo que tienen y más para devorar cada encuadre que comparten. Lo de J.K. Simmons es sobrehumano ya que habituado el espectador a verlo haciendo papeles campechanos y cómicos como los de la trilogía de Spiderman, Juno o Ladykillers aquí consigue que su figura espigada, su boca torcida y prominente calva no ejerzan de obstáculos para intimidar al espectador tanto como a sus alumnos en cuanto aparece por primera vez en pantalla. El actor de Terminator Génesis da voz y cuerpo a uno de los "villanos" más detestables y a la vez fascinantes del cine americano reciente, un hombre que aunque recurre en no pocas ocasiones a la violencia física contra sus pupilos consigue amedentrar más con dos palabras susurradas al oído que agrediendo con una sesión continua de bofetadas a su nuevo alumno como hace en la esclarecedora y virtuosa secuencia de la llegada de Neyman a su nueva clase.




Pero lo de Miles Teller es más meritorio todavía. El joven actor consigue cambiar gradualmente su personaje pasando de ser un chico callado, tímido (le cuesta considerable trabajo invitar a la dependienta  del cine al que habitualmente asiste para tomar algo) que ve con su padre películas clásicas europeas en pantalla grande y que vive para tocar la batería inspirándose en los más grandes del jazz a una bestia parda que llega a obsesionarse a hasta lo enfermizo con ser el baterista perfecto, ese diamante en bruto que su profesor lleva años buscando, su nuevo Charlie Parker, dejando de lado de este modo a su padre y a la chica con la que está comenzando una más que prometedora relación sentimental. Neyman es el reflejo rejuvenecido de Fletcher, un chico que aún sabiendo que una simbiosis de tan contrastada toxicidad como la que comparte con su maestro convierte su vida en un infierno, pero admitiendo que ese camino hacia la perfección es el precio que hay que pagar para ser el mejor aunque lo único que encuentra el muchacho en su interior es el lado más oscuro y egoista de su propia personalidad.




Por suerte no sólo es en sus intachables y superlativos actores principales recaen todos los aciertos de una producción como Whiplash. Damien Chazele lleva hasta el paroxismo su delectación minimalista con los instrumentos musicales, con el ritual que supone utilizarlos para la creación de música en directo y destila una pasión sincera por el jazz y su naturaleza virtuosa e improvisatoria, aunque varios entendidos en el género afirman que se ha tomado ciertas licencias narrativas que se alejan em cierta manera de la realidad. A que esa virtuosa puesta en escena tome forma ayudan sobremanera un sonido exquisito que capta todos y cada uno de los matices auditivos de manera epidérmica y visceral y sobre todo un montaje vibrante, impoluto, arrollador, que imprime a la historia un tempo narrativo propio de un thriller de suspense magnificando cada plano detalle, cada breve toma como si cada una de ellas fueran las notas musicales que dan forma a una enorme sinfonía en la que todo funciona, nada falla y no desafina ninguno de los músicos de la banda.




Whiplash es una de las mejores cintas de pasado 2014, un trabajo merecedor de todo el reconocimiento que recibió durante su carrera comercial gracias a una labor soberbia de su guionista y director, unos protagonistas tan avasalladores que con su inolvidable tête à tête eclipsan hasta a unos secundarios (Melissa Benoist, Paul Reiser, Chris Mulkey) que tiran de profesionalidad para abordar sus roles y un equipo técnico (montaje, sonido, fotografía, diseño de producción) al que con palabras no se puede hacer justicia. Porque el debut del prometedor Damien Chazele finalmente sí hace un retrato de la América del siglo XXI, pero no por medio de la justificación del todo por el todo en pos de los falsos oropeles de la fama sino con el retraro de dos caras de la misma moneda que son capaces de destruir todo lo que encentran en su camino con tal de solapar por medio de talento todo aquello de lo que carecen como personas y seres humanos.



miércoles, 22 de julio de 2015

Parque Jurásico



Título Original Jurassic Park (1993)
Director Steven Spielberg
Guión David Koepp y Michael Crichton basado en la novela de este último
Actores Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldblum, Richard Attenborough, Ariana Richards, Joseph Mazzello, Wayne Knight, Samuel L. Jackson, Bob Peck, Martin Ferrero, BD Wong, Miguel Sandoval, Gerald R. Molen




El año 1993 fue posiblemente el más importante en la carrera del cineasta estadounidense Steven Spielberg. Durante aquella temporada por fin se confirmó como un verdadero autor gracias a la que supone su obra de madurez (aunque con El Color Púrpura, la adaptación que realizó de la novela homónima de Alice Walker ya apuntó maneras en este sentido) y una de las más logradas de su ya extensa carrera, La Lista de Schindler, traslación a imágenes en blanco y negro del libro El Arca de Schindler del escritor australiano Thomas Keneally que narraba la odisea del empresario alemán Oskar Schindler por salvar un gran número de judíos de manos del ejército nazi de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial con la que ganó siete Óscars de la academia, entre ellos mejor película, dirección y guión adaptado. Pero otra producción salida de su mano ganó también tres estatuillas técnicas aquel 1993 y la misma supuso la confirmación de la dualidad como cineasta del creador de Tiburón o Encuentros en la Tercera Fase, esas dos personalidades que le permiten hacer cine autoral por un lado y blockbusters ejemplares por otro. Cuando Parque Jurásico se estrenó su éxito a nivel mundial fue totalmente descomunal no sólo como producto cinematográfico revientaquillas o cinta clave para entender a evolución de los efectos digitales en el mundo del celuloide contemporáneo, también como maquina productora de todo tipo de merchandising que los niños de la época devoraron como si de un grupo de ávidos velociraptores se trataran.




Fue en 1990 cuando el escritor y cineasta norteamericano Michael Crichton editó su novela más famosa, Parque Jurásico. La misma narraba cómo por medio de la ingeniería genética John Hammond, un filantropo multimillonario, conseguía resucitar a distintas especies de dinosaurios para que formaran parte de un gigantesco parque temático localizado en Costa Rica. Allí viajaban los paleontólogos Alan Grant y Ellie Sattler y el matemático Ian Malcom para valorar el increible y peligroso logro científico e histórico de Hammond. La novela fue una de las más vendidas de la década de los 90 y en ella no tardó Spielberg en ver material potencialmente trasladable al séptimo arte. Para llevar a buen puerto tan complicada empresa se rodeó de unos equipos técnico y artístico intachables. En el reparto reconocíamos a Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldbulm y Richard Atthenboroug entre otros, al guión al mismo Michal Crichton acompañado de David Koepp, en la fotografía a Dean Cundey (ocupando el puesto del habitual Janusz Kaminski) la banda sonora el indispensable John Williams, en los efectos especiales mecánicos el gran Stan Winston y en los digitales Phil Tippet acompañado de la Industrial Light & Magic de George Lucas, apartado este último en el que Jurassick Park marcó época dentro del cine noventero como comentaremos más adelante. Con esta lista de profesionales en nómina era imposible que el film del director de Loca Evasión fuera un fracaso, pero que su éxito fuera tan descomunal pocos lo supieron predecir.




Adaptando fielmente la novela de Michael Crichton pero atenuando el tomo más oscuro y crudo de el relato para adaptarlo a una cinta para toda la familia Parque Jurásico se reveló como una de las muestras más quintaesenciales a la hora de hacer cine comercial de calidad en Estados Unidos. Steven Spielberg puso sus dotes como narrador al servicio de un espectáculo mastodóntico al que él mismo y sus guionistas supieron dar verdadero corazón. Sirva como ejemplo de esto que comentamos el primer encuentro de los dos paleóntologos protagonistas con el Braquiosaurio, el primer contacto de estos dos expertos en la historia de los dinosaurios con el descomunal animal acaba con el personaje de Sam Neill rompiendo a llorar por la emoción, como si toda a una vida de estudio y dedicación culminara en ese momento, ese síndrome de Stendhal en el que el espectador también ve por primera vez una de esas criaturas prehistóricas con la que Phil Tippet y su equipo dejaron al mundo boquiabierto gracias a unos efectos digitales de los que hablaremos más adelante. Con la confirmación de que Spielberg y sus guionistas eran capaces de dar forma a unos personajes con cierta profundidad, a los que habría que sumar a dos niños repelentes muy del estilo del director de Lincoln, al producto ya sólo le quedaba entregarse al fuego de artificio bien entendido, a los buenos muy buenos que tratan de sobrevivir en un entorno hostil rodeados de criaturas gigantescas y malos muy malos que conspiran en las sombras para hacerse con el ADN de dichos dinosaurios para sacar tajada económica con ello. El tablero y las fichas están sobre la mesa a Spielberg sólo le queda alardear con su apartado técnico para convertir a Parque Jurásico en un verdadero parque de atracciones visual.




Parque Jurásico es lo más parecido un episodio alargado de la mítica serie estadounidense La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone) en el que se dan la mano la acción, la intriga, el terror, el humor y la ciencia ficción hundiendo sus raíces en la literatura de autores como Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle o Julio Verne para dar a luz una aventura en la que los dinosaurios son los protagonistas, porque por muy bien que estén perfilados los personajes humanos que protagonizan la cinta y por mucho que lleguemos a preocuparnos por su integridad física o psicológica son los velociraptors, dilophosaurios, Gallimimus y Tiranosaurus Rex que pueblan el metraje los que captaron la atención de unos espectadores que desde los tiempos de Ray Harryhausen nunca habían visto en pantalla unos reptiles nacidos en el triásico tan realistas y aterradores. Amalgamando el uso de los efectos animatrónicos del mítico Stan Winston que brillan momentos como el del triceratop enfermo, la cabeza del Braquiosaurio junto al Doctor Grant y los niños y sobre todo el ataque del T-Rex a la furgoneta en plena lluvia con unos efectos digitales de Phil Tippet e Industrial Light and Magic que (junto a los de Terminator 2: El Juicio Final, de James Cameron, dos años antes) marcaron época dentro del uso de CGI en el cine de Hollywood Parque Jurásico se convirtió en la experiencia visual más estimulante y fruiciosa vista en décadas. Los ataques de los Velociraptors, las carreras del T-Rex o los Gallimimus, esas manadas a las que se refería el personaje de Sam Neill consiguen hacer totalmente creíbles y epidérmicos el sabio uso del efecto especial tradicional con los generados por ordenador, tradición que la meca del cine del siglo XXI en general y esta saga jurásica en particular ha ido dejando de lado poco a poco haciendo que impere el más económico pero, casi siempre, frío pixel




Jurassic Park fue un nuevo paso adelante en la carrera de un cineasta como Steven Spiellberg el mismo año que se confirmó su talento para el cine con vocación de autor con su visión del holocausto. Al igual que en años pretéritos hizo con Tiburón, E.T, la saga Indiana Jones o Encuentros en la Tercera Fase el cineasta norteamericano reinventó el concepto de blockbuster que él mismo había ayudado a crear en 1975 con la ya mencionada cinta protagonizada por Roy Scheider, Robert Shaw y Richard Dreyfuss. Su incursión en el peligroso parque temático de John Hammond abrió las puertas a una fiebre por los dinosaurios que duraría años y que tendría repuntes con las posteriores secuelas. La primera de ellas en 1998, de nuevo a manos de Spielberg y basándose en la segunda novela de Michael Crichton , El Mundo Perdido. La siguiente Parque Jurásico III de 2001, ya sin base literaria y cediendo la batuta de director al siempre cumplidor Joe Johnston (Jumanji, Capitán América: El Primer Vengador) y por último esa Jurassic World en la que de nuevo otro realizador, Colin Trevorrow, se pone detrás de la cámara y que está barriendo la taquilla a nivel mundial, dando más millones a un Spielberg que desde hace años no debe llegar a fin de mes con sus exiguas ganancias y despertando de nuevo la siempre adormecida pero no muerta dinomanía. La última de las secuelas (de ella le hablaré en breve por estos lares) surgidas gracias al hito que esta producción de 1993 que marcó a fuego en el cine comercial de Hollywood y en la retina de los que la descubrimos en la infancia o adolescencia.