lunes, 20 de junio de 2016

The Conjuring 2: Expediente Warren: El Caso Enfield



Título Original The Conjuring 2 (2016)
Director James Wan
Guión Carey Hayes, Chad Hayes, David Leslie Johnson, James Wan
Actores Vera Farmiga, Patrick Wilson, Frances O’Connor, Madison Wolfe, Lauren Esposito, Patrick McAuley, Benjamin Haigh, Maria Doyle Kennedy, Simon Delaney, Franka Potente, Simon McBurney, Javier Botet




Desde que en el año 2004 adaptara al largo un cortometraje de su propiedad con Saw el cineasta australiano de origen malayo James Wan se ha autoimpuesto reinventar distintas ramas del cine de terror. La primera entrega de la saga del sádico Jigsaw y sus retorcidos juegos mortales adscritos al torture porn fue el primer paso, pero el coqueteo con los films protagonizados por “muñecos diabólicos” de Dead Silence (Silencio Desde el Mal) y su punto de vista sobre cine de casas encantadas y posesiones demoníacas con la franquicia Insidious demostraron que su intención era experimentar con una vertiente del género más adscrita a lo sobrenatural. Ya en 2013 estrenó su, hasta el momento, opus magna, aquella The Conjuring (Expediente Warren en España) protagonizada por Vera Farmiga y Patrick Wilson que se metían en la piel del matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren, una pareja de investigadores de lo paranormal (demonólogo él, clarividente ella) que en esa ocasión investigaban un caso relacionada con una familia numerosa, los Perron, que se habían mudado a una solitaria casa en Rhode Island. Con la ayuda Chad y Carey Hayes al guión y la supervisión de personas relacionadas con los casos supuestamente reales de los Warren James Wan puso todo su talento como narrador, su maestria con la puesta en escena, su inteligencia para transmitir desasosiego al espectador por medio de la atmósfera o el uso de la imagen y el sonido para ofrecer una obra que sin inventar absolutamente nada utilizaba todas las virtudes de las horror movies para potenciarlas exponencialmente y conseguir, no sólo ejecutar una obra cinematográfica brillante en varios aspectos, sino también transmitir en no pocas ocasiones verdadero y puro miedo a la platea, algo poco común en los tiempos que corren. Como era de esperar la cinta fue todo un éxito a nivel internacional, tanto como para dar pie un año después a un competente, pero menor, largometraje a modo de spin off llamado Annabelle protagonizado por la ya icónica muñeca maldita y rodado por John R. Leonetti, director de fotografía de The Cojuring.




Después de su exitoso coqueteo con la saga Fast & Furious de la que rodó su accidentada séptima entrega y de ceder la batuta de director de Insidious: Capítulo 3 a su amigo y colaborador Leigh Whannell (manteniendo este muy bien el tipo como comentamos en la reseña que le dedicamos en su momento al film) James Wan vuelve al género que mejor controla con la segunda entrega de The Conjuring, que en nuestro país se conoce como Expediente Warren: El Caso Enfield. Esta vez el director de Sentencia de Muerte y su grupo de guionistas se han basado en otro de las casos más famosos con los que el matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren tuvieron relación. En el año 1977 en una casa del municipio londinense de Einfield, la familia Hodgson requirió los servicios de la pareja de parapsicólogos cuando Peggy, la madre soltera de cuatro vástagos, descubrió que una presencia sobrenatural estaba acosando a su familia y poniendo sus ojos concretamente en Janet, una de sus dos hijas. Curiosamente antes de que Ed y Lorraine decidieran cruzar el Océano Atlántico para investigar tan peliagudo caso los Hodgson y sus problemas con el “más allá” se convirtieron en la comidilla de los programas, periódicos y revistas sensacionalistas británicos de la época. De aquellos hechos se hicieron fotos y grabaron programas, de hecho no es difícil encontrar en la red material relacionado con lo a acontecido en Enfield y los supuestos poltergeist que habitaron en aquel inmueble. Como comentamos esta es la base sobre la que bascula la trama de The Conjuring 2 y con ella James Wan ha vuelto a dar en el centro de la diana con la que es desde ya una de las mejores películas de lo que llevamos de 2016.




Desde el primer plano el cineasta australiano lo deja claro, estamos en su terreno, nada ha cambiado en los tres años que separan la primera The Conjuring y esta segunda parte y para ello inicia su largometraje con un poderoso prólogo centrado en el famoso caso de Amityville anclando de esta manera las dos vertientes que ya son señas de identidad de la saga. Por un lado una remarcable intención por ceñirse si no a la realidad (permitid a este escéptico redactor seguir creyendo en la no existencia de entidades sobrenaturales o fantasmas de distinto pelaje) sí a unos hechos muy bien documentados para ser fieles al material supuestamente verídico que toma como base narrativa y por otro homenajear a otros films o franquicias (en esta caso la de Terror en Amityville que vio la luz en 1979 alargándose con un buen puñado de secuelas y hasta un remake o algunos proyectos de factura más reciente como Babadook) que sirven como inspiración al director para dar forma a su criatura. Pero lo que también llama la atención en esta ocasión es que The Conjuring 2 deja un poco de lado el tono más clásico de su predecesora, no sólo para entregarse a una puesta en escena más dinámica e inquieta formalmente, sino también para tender en más de una ocasión puentes con su saga hermana Insidious, de hecho en no pocas ocasiones esta Expediente Warren: El Caso Enfield parece tener más hallazgos visuales y resoluciones formales en común con la otra gallina de los huevos de oro de James Wan que con su hermana mayor estrenada en 2013.




Independientemente de este pequeño cambio de tono que le acerca más (puede que de manera intencionada) al cine de terror de los ochenta que al de los setenta del que se alimentaba la primera entrega el trabajo de James Wan en esta secuela vuelve a alcanzar niveles altísimos de calidad. El futuro director de Aquaman se encuentra en pleno uso de sus facultades como narrador y eso se nota tanto en el plano técnico como el artístico a lo hora de guiar adecuadamente a un reparto al que exprime al máximo. The Conjuring 2 una vez más se revela como una producción realizada con un minimalismo desarmante por parte de un autor que ya tiene una impronta reconocible y que sabe hacer uso de la misma para ofrecer momentos que dejan al espectador agarrado a la butaca o soltando las ya clásicas risas nerviosas tras uno de los múltiples sustos que pueblan el metraje. Wan nuevamente se muestra como un maestro a la hora de controlar el timing, con una pericia fuera de lo normal a la hora de sustentar su trabajo en la dirección de fotografía y el estilismo visual de su obra para crear una atmósfera opresiva que crispa los nervios de una platea que siente más miedo cuando imagina lo que va a suceder en pantalla que cuando finalmente ve cuál es el hecho sobrenatural que el director y sus guionistas han pensado para ponernos contra las cuerdas. Al igual que en la primera película las secuencias de terror que pueblan la cinta que nos ocupa no recurren al golpe de banda sonora, no buscan el salto impulsivo del espectador de su asiento, sino por medio del “menos es más”, la sugestión visual y auditiva (una vez más los efectos de sonido son brillantes y ayudan mucho a crear la sensación de amenaza que sobrevuela todo el relato) transmitir una sensación de malestar al que visiona que apele a sus miedos intrínsecos, aquellos que forman parte de la cultura popular y las leyendas urbanas y que aquí Wan vuelve a utilizar con un pulso sencillamente apabullante.




Los pasajes en los que James Wan sabe sacar oro de localizaciones exiguas (la casa de Enfield en la que tiene lugar esta secuela es mucho más pequeña que la de los Perron del primer film y aquí también es expuesta casi en su totalidad por medio de un travelling trucado que contextualiza espacialmente el tablero con el que jugaran los responsables del largometraje) o actores que prefieren abordar sus roles por medio de la sutilidad eludiendo todo tipo de exageración o sobreactuación para con ello mostrar verdadero terror cuando se enfrentan a los entes extraterrenos que les amenazan son continuos a lo largo del metraje, aunque en número no son tantos como los de la primera película que he revisado hoy en pantalla grande junto a la secuela y no daba un minuto de respiro al espectador. Como previamente hemos comentado Wan prefiere recurrir al “sugerir más que mostrar” para construir los momentos más brutales de su último trabajo. Desde ya situaciones como la del sueño de Lorraine, la entrevista con Janet delante de las cámaras, la habitación con las cruces invertidas o la del “Hombre Torcido” (al que da vida nuestro Javier Botet) entre otras, se encuentran entre lo mejor jamás rodado por su realizador. Pero es de recibo destacar dos momentos del metraje que son desde este mismo momento muestras impecables del mejor terror contemporáneo como son todo lo acontecido con el cuadro que pinta Ed y sobre todo el interrogatorio de este último a Janet con la imagen de la niña desenfocada a las espaldas del personaje de Patrick Wilson, un tour de force interpretativo, estético y conceptual que confirma a James Wan como uno de los mejores autores de cine de género del panorama fílmico actual, dos momentos ejecutados con una pericia digna de los más grandes que se quedan grabados en la retina del espectador largo tiempo después de que las luces de la sala se enciendan al finalizar la película.




Un dúo de actores totalmente compenetrados como Patrick Wilson y Vera Farmiga, que en todo momento parecen un matrimonio real, apoyados por un grupo de secundarios que cumplen su cometido de permitirnos empatizar con sus desgracias (enorme trabajo de Madison Wolfe como la sufrida Janet) un guión perfectamente escrito que sabe medir los tiempos y ofrecer una galería de situaciones extremas con las que el espectador nunca baje la guardia y un director fuera de serie que es capaz de transmitir miedo con una tienda de campaña al fondo de un pasillo en penumbras o con un plano subjetivo que nos muestra la miopia momentánea de un personaje que de esta manera no puede percibir la presencia que se encuentra junto a él en ese mismo instante son muchos de los hallazgos de esta Expediente Warren: El Caso Enfield que nos hacen pasar por alto ciertos lugares comunes con respecto al cine de terror como retratar a los “escépticos” como personajes estúpidos, engreídos y unidimensionales (aunque Franka Potente lo haga tan bien como siempre con su breve papel) algún pasaje de terror no del todo bien rematado (la mayoría de los relacionados con Bill Wilkins son geniales, pero un par de ellos no están todo lo bien ejecutados que debieran) o contados momentos renqueantes que lastran la narración cuando hacemos la transición de Estados Unidos a Inglaterra, todos ellos errores nimios que no pueden ensuciar el buen hacer de una producción casi intachable. Aunque queda un peldaño por debajo de la primera entrega The Conjuring 2 es una de las mejores obras cinematográficas de la temporada, la muestra clara de que no hace falta inventar nada para sorprender al espectador mientras el jefe de ceremonias tenga el suficiente talento y el necesario conocimiento con respecto al material de partida con el que va a construir su historia, en este caso una de las más terroríficas de los últimos años.

sábado, 18 de junio de 2016

Dos Buenos Tipos



Título Original The Nice Guys (2016)
Director Shane Black
Guión Anthony Bagarozzi y Shane Black
Actores Ryan Gosling, Russell Crowe, Matt Bomer, Kim Basinger, Yvonne Zima, Keith David, Margaret Qualley, Beau Knapp, Angourie Rice, Daisy Tahan, Abbie Dunn, Michael Beasley, Joanne Spracklen, Dale Ritchey, Terence Rosemore, Chace Beck, Kahallyn Summer Cain, Cayla Brady, Murielle Telio, Lexi Johnson, Gary Wolf, Maddie Compton, Michelle Rivera, Joshua Hoover, Charles Green, Scott Ledbetter, Amy Goddard, Brian Gonzalez, Ty Simpkins




John Milius, Oliver Stone, Lawrence Kasdan o Paul Schrader son casos de guionistas que pusieron sus trabajos a disposición de otros directores y que más tarde decidieron pasarse (unos con más éxito que otros) al campo de la realización para llevar a imágenes sus propios libretos. Shane Black pertenece a este tipo de profesionales, siempre dentro del celuloide de acción del Hollywood de los 80 y 90, pero hasta hace poco no recibió todo el reconocimiento que merecía. Arma Letal, El Último Boy Scout o Memoria Letal (The Long Kiss Goodnight) son buena muestra de que Black entendía profundamente los resortes de las buddy movies (films de acción protagonizados por personajes antagónicos en personalidad, normalmente policías) y gracias a ello podía incluso reírse de su labor como escritor en ellas con aquella incomprendida joya adelantada a su época llamada El Último Gran Héroe (Last Action Hero) que dirigió el gran John McTiernan en 1993 y en la que la parodia, el homenaje, la coña continua y la metarreferencia campaban a sus anchas junto a un desdoblado Arnold Schwarzenegger. Esos apuntes sobre metetextualidad, sobre jugar con los resortes de las películas de acción americanas eclosionó al 100% cuando en el año 2005 se puso por primera vez detrás de las cámaras con Kiss Kiss Bang Bang, un film protagonizado por unos inolvidables Robert Downey Jr y Val Kilmer que llevó hasta el extremo deconstruir las señas de identidad de esas ya mencionadas buddy movies que él ayudó a hacer famosas. 




Contra todo pronóstico esa inclinación por diseccionar por medio de la sorna y la sátira un subgénero es la que utilizó en su única incursión en Marvel Studios en la polémica Iron Man 3 que escribió y dirigió sustituyendo a Jon Favreau. Un controvertido acercamiento a las aventuras de Tony Stark con un giro argumental relacionado con el villano, el Mandarín, que desagradó a muchos (sobre todo a los fans del personaje en los cómics) pero que era brutalmente coherente con lo que planteaba la cinta con respecto a los medios de comunicación y su uso como arma para transmitir miedo a a una sociedad que se cree todo lo que ve en una pantalla, buscando en el extranjero a un enemigo que siempre ha vivido en casa y tiene sus mismos rasgos. Tras el estreno de esta tercera parte de las correrías del Hombre de Hierro Black se tomó un respiro como director, saltó la noticia de su implicación en The Predator, la nueva entrega de la saga de los extraterrestres cazadores que él estuvo a punto de escribir en su origen (aunque al final sólo participó como actor en dicho film) y ya en el presente 2016 estrenó su nueva película como director, esta The Nice Guys que nos ocupa.




Te Nice Guys (titulada Dos Buenos Tipos en España) se estrenó en el pasado festival de Cannes recibiendo unas críticas aceptables pero no excesivamente elogiosas y esta vez un servidor está de acuerdo con nuestros vecinos franceses a la hora de evaluar el último largometraje de Shane Black. Por desgracia el tercer film como director del guionista de Una Pandilla Alucinante (The Monster Squad) no está a la altura de lo que se esperaba de él y más si tenemos en cuenta lo alto que dejó el listón con su ópera prima, la ya apuntada, Kiss Kiss Bang Bang que también abordaba este tipo de celuloide. Lo curioso es que Black pone en la coctelera de su último trabajo todos los ingredientes que él conoce y le pueden ofrecer un triunfo sin reservas como localizar y ambientar su historia e 1977, un dúo de actores entregados a la causa y unos secundarios que cumplen su cometido profesionalmente, acción, humor negro, algo de romance e incorrección política. El mayor problema con The Nice Guys es que a la hora de mezclar todos sus ingredientes Black prefiere dar más consistencia a la acción o la trama policíaca que al tono de comedia que en los diez primeros minutos de metraje prometen mucho para diluirse al poco tiempo y sólo mostrar la cara en momentos puntuales, varios, pero no los suficientes. Esta idea de estar más pendiente de construir una intrincada trama que interese al espectador con respecto a todo lo que oculta el caso de Amelia Kutter es la que sacrifica el lado sarcástico y vitriólico que por desgracia se ve muy escamoteado en pantalla.




Aquí Shane Black peca de confiado y deposita la mayor parte de su talento en uno de los dos géneros a los que recurre para dar forma a su proyecto, tomando la mala elección de dar menos peso al que le permite mostrarse como un narrador potente y con mucho gancho a la hora de encadenar gags y díalogos a velocidad luz y dándole más relevancia al más vistoso pero escasamente agradecido en cuanto a la escritura y el lucimiento de los actores se refiere. Dos Buenos Tipos exige mucho más humor, una cascada de situaciones tronchantes sin tregua como las que pudimos ver en Espías de Paul Feig o Deadpool de Tim Miller, films que aunaban el tono dinámico de tiroteos y persecuciones pero mayormente al servicio de la risa continuada que apele al desenfado y la carcajada cómplice del espectador casual. Por desgracia los momentos humorísticos de la película se espacian demasiado en el tiempo y no tienen toda la presencia que debieran. Por eso situaciones como la del coche del prólogo, la presentación de los dos personajes principales, la secuencia en la fiesta, la del retrete o varios de los gags de la recta final sólo son muestras fugaces de lo que podría haber sido el trabajo de Shane Black y su co guionista Anthony Bagarozzi si realmente se hubieran entregado sin reservas a la comedia desenfrenada, la sesión continua de situaciones pasadas de rosca que hicieran de los 119 minutos de metraje una experiencia de cine comercial frenético y alocado cuya única misión fuera desencajar la mandíbula del espectador.




Lo que más llama la atención es que Shane Black lo tiene todo para que ese humor explote y salpique de pintura azul a la platea desde el mismo arranque del metraje, no ya sólo porque al igual que suceddía con Kiss Kiss Bang Bang la trama sobre el matón a sueldo de buen corazón y el detective torpe que deben resolver un caso que mezcla pornografía con corruptelas políticas sea un terreno perfecto para parodiar las buddy movies con tanta mala baba como cariño por el subgénero sino porque sus dos actores principales son el perfecto catalizador para ofrecer gags de alto nivel. Russell Crowe se ocupa de ser el músculo (bueno, viendo su orondez en la película nadie lo diría), una mezcla entre Lino Ventura y Charles Bronson que se ocupa del rol de “tipo duro” de la velada a base de disparos, patadas y puñetazos dando perfectamente la réplica a un superlativo Ryan Gosling que devora la pantalla con su interpretación a lo Peter Sellers, con un uso impagable de la expresión facial (cuando encuentra un cadáver, pierde el habla, y sólo se expresa señalando el cuerpo inerte) y el humor físico que muestran una vis cómic hasta ahora desconocida en el actor de The Believer, Drive o Sólo Dios Perdona. Por ello se antoja más doloroso si cabe que Black no haya depositado más confianza en ese dúo de actores con una química intachable a los que se suma una entrañable Angourie Rice como la avispada Holly que comparte con ellos momentos tronchantes como ayudante más espabilada en lides detectivescas que la pareja de protagonistas.




De lo que no podemos acusar a Shane Black es de no ser consecuente con su estilo y su particular visión de ver el cine de acción. The Nice Guys es una socarrona carta de amor a las buddy movies con una trama que muestra deudas con films como El Gran Lebowski de los hermanos Coen, El Guateque (The Party) de Blake Edwards, la muy reivindicable Cosas que Hacer en Denver Cuando Estás Muerto de Gary Fleder o el cine exploit de los años setenta al que hace referencia paródica en todo momento lanzando dardos contra políticos, hippies o agentes de la ley. Tenemos ecos intertextuales que nos recuerdan a otros films escritos por él como Arma Letal o El Último Boy Scout (imposible no pensar en la deslenguada Danielle Harris de la cinta dirigida por Tony Scott y protagonizada por Bruce Willis al ver el descaro de Holly de Angourie Rice) y las secuencias de acción, como era de esperar viniendo de quien vienen, están bien rodadas y son vistosas en pantalla gracias a las dosis de humor incorrecto que tienen algunas de ellas (vecinas a las que vuelan la cabeza accidentalmente durante un tiroteo por estar mirando por la ventana, niñas arrojadas a través de cristaleras o mafiosos reventando contra el bordillo de una piscina tras improvisar un balconing) y cuando no le da por excederse con lo expositivo de su guión a la hora de dar pistas sobre la trama el ritmo es adecuado y certero, siempre que no volvamos a incidir en el tema de que el grandguiñol y la sana mala intención debería haber estado más presente a la largo del metraje.




Por desgracia Dos Buenos Tipos no ofrece todo lo que prometía y de hecho la desazón se hace notable cuando descubrimos que en sus trailers están prácticamente todos los gags potentes de su vertiente más cómica como producto de entretenimiento, transmitiendo cierta sensación de oportunidad perdida cuando termina su visionado. Como ya hemos comentado y al igual que otros cineastas duchos en cine de acción como Joss Whedon o el mismo Jon Favreau el punto fuerte de Shane Black es el humor, el mismo que siempre ha usado para reírse con cariño pero sin reservas de un subgénero que él ayudó a construir y al que en Kiss Kiss Bang Bang rindió mucho mejor tributo que en este, su último trabajo detrás de las cámaras. Ese no aprovechamiento de un género en favor del otro es el que desequilibra el conjunto de un producto como The Nice Guys, que ofrece mucho menos de lo que su interesante punto de partida y esperanzador arranque prometían en un principio. Incluso podríamos afirmar que Iron Man 3 era más agradecida en cuanto al humor que la cinta que nos ocupa, por mucho que con ello encendiera la ira de muchos fans de Marvel (los espectadores profanos no se tomaron tan mal ideas como la del Mandarín por el simple hecho de que no sabían quien era antes del ver la cinta) que no vieron con buenos ojos esa entrega a la mofa y la befa que destilaba su tono. Tras esta pequeña decepción sólo nos queda esperar a ver qué hace Black con esa The Predator con la que tratará de reverdecer los laureles de la saga ideada por John McTiernan y los hermanos Jim y Jon Thomas con el posible regreso de Arnold Schwarzenegger a la jungla para verse de nuevo las caras con los cazadores espaciales diseñados por Stan Winston y que posiblemente llegue a las carteleras de todo el mundo en el año 2018.



martes, 7 de junio de 2016

Ali, cuando éramos reyes



Título Original Ali (2001)
Director Michael Mann
Guión  Gregory Allen Howard, Stephen J. Rivele, Christopher Wilkinson, Eric Roth, Michael Mann
Actores Will Smith, Jon Voight, Jamie Foxx, Jada Pinkett Smith, Mario Van Peebles, Ron Silver, Giancarlo Esposito, Jeffrey Wright, Mykelti Williamson, Nona Gaye, Michael Michele, Joe Morton, Alexandra Bokyun Chun, Barry Shabaka Henley, Ted Levine





El pasado día 4 de Junio fallecía a los 74 años de edad por problemas respiratorios y después de décadas luchando contra el mal de parkinson Muhammad Ali, uno de los deportistas más grandes de la historia a nivel mundial y el boxeador más icónico del siglo XX. Nacido el 1942 en Louisville (Kentucky) con el nombre de Cassius Clay llegó a ser tres veces campeón del mundo de los pesos pesados, pero como muchos saben su vida era interesante más allá de los cuadriláteros, los rounds y los títulos, ya que a un nivel social y cultural se convirtió en uno de los personajes más relevantes de la historia reciente de Estados Unidos, como comentamos, no sólo por su aportación como profesional al mundo pugilístico, sino también por haber sido testigo de primera mano de varios hechos que cambiaron el devenir de su país de origen y que le curtieron o hicieron evolucionar como persona, para lo bueno y para lo malo, a un nivel que trascendió el mundo deportivo.




El cineasta estadounidense Michael Mann y su compatriota el actor Will Smith hicieron dupla en el año 2001 para llevar a la ficción la vida de Alí (recordemos que sus hazañas se han abordado en varios documentales, siendo el más famoso de ellos ese When We Where Kings de 1996 rodado por Leon Gast y cuyo título he elegido para esta entrada) en un biopic que hiciera justicia a la figura de Cassius Marcellus Clay Jr. El guión, que estaba basado en una historia de Gregory Allen Howard, lo reescribieron Stephen J. Rivele, Christophr Wilkinson y Eric Roth, pasó por las manos de directores como Ron Howard o Barry Sonnefield que finalmente no consiguieron sacar adelante el proyecto hasta que finalmente recayó en las manos de un Michael Man recién salido de la multinominada y muy reivindicable El Dilema (The Insider) protagonizada por unos pletóricos Al Pacino y Russell Crowe y con el tema de las corruptelas de las empresas tabacaleras americanas como telón de fondo.




Con un presupuesto de 107 millones de dólares, un reparto de campanillas en el que podemos encontrar junto a Will Smit a actores y actrices como Jamie Foxx, Jon Voight, Jada Pinkett Smith, Giancarlo Esposito, Ron Silver, Jeffrey Wright o Mario Van Peebles, el oscarizado mexicano Emanuel Lubezki en la dirección de fotografía, Lissa Gerrard y Pieter Bourke componiendo la soberbia banda sonora y un Michael Mann a la máxima potencia como cineasta controlando los mandos Alí lo tenía todo para convertirse en uno de los mejores films de aquel 2001, pero esto sólo sucedió a medias. El largometraje no tuvo el recibimiento esperado y fue tildado de tibio y distante por cierta parte de la prensa especializada. En esta reseña vamos a tratar de defender lo contrario, que el noveno trabajo del realizador de Heat es un magnífico biopic que elude muchos lugares comunes de este subgénero y consigue hacer honor a Muhammad Alí como icono y ser humano sin obviar algunos de los pasajes más reprobables de su vida.




Alí arranca en 1964 con el combate en el que el protagonista le arrebató el título de campeón de los pesos pesados a Sonny Liston y acaba diez años después haciendo lo propio en el mítico enfrentamiento con George Foreman que tuvo lugar en Kinshasa, Zaire. En este trayecto de diez años seguiremos al joven Cassius Clay consiguiendo sus primeros triunfos como boxeador, manteniendo relaciones sentimentales con hasta tres mujeres a las que no dio un trato digno, convirtiéndose al islam tomando el nombre de Muhammad Ali y trabando gracias a ello amistad con Malcolm X, perdiendo su licencia de boxeador al dar una rotunda negativa a alistarse en el ejército para combatir en la guerra de Vietnam por convicciones morales y descubriendo en su viaje a África que su peso como icono atravesaba las barreras de su país de nacimiento. Todo un trayecto vital que el film abarca en unos agradecidos, pero nunca aburridos, 150 minutos de metraje que Michael Mann y sus guionistas abordan con total profesionalidad y rigor narrativo.




Ese equilibrio entre la faceta profesional y privada del personaje protagonista es el que permite construir una historia sólida con la que abordar las distintas caras de la personalidad de Muhammad Alí, de hecho podríamos decir que su vida sentimental tiene más peso en la trama que su trayecto como deportista mostrándose este en ocasiones como la excusa, el McGuffin, para que el largometraje nos introduzca en lo que fue los días más importantes del homenajeado. Su origen humilde, su conversión al islam con todo lo bueno y malo que ello aportó a su vida, su relación y posterior distanciamento con Malcolm X (su asesinato y la posterior reacción del personaje de Will Smith es uno de los mejores pasajes del film) su fama de mujeriego o mal padre ese egocentrismo del que hacía gala dentro (en no pocas ocasiones humillaba innecesariamente a sus rivales) y fuera del cuadrilátero en algunos momentos nos parecen hechos y situaciones más importantes de su vida que los distintos y legendarios combates que llevó a cabo como boxeador.




Pero como es lógico los combates de boxeo son una pieza clave en el devenir de la cinta y los que ayudan a impulsar la trama del largometraje. Un servidor lo tiene claro, jamás se volverán a rodar escenas de boxeo como las de aquella obra maestra dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Robert De Niro emulando a Jake La Motta llamada Toro Salvaje (Raging Bull), films como Million Dollar Baby, The Fighter, las distintas entregas de Rocky o su reciente, y muy reivindicable, spin off Creed (de la que hablaremos a no mucho tardar en el blog) han dado muestras de cómo ejecutar excelentes secuencias pugilísticas, pero es de necios negar que el director de Al Límite (Bringing Out the Dead) o Kundun sentó cátedra en 1980. Michael Mann sabe esto y no quiere rizar el rizo en este apartado, pero eso no es óbice para que nos prive de su perspectiva de este deporte y de dar su visión de lo que debió ser estar dentro del cuadrilátero cuando el mejor boxeador de la historia se enfundaba los guantes. 




Ese nervio, esa precisión, esa fuerza en lo visual y narrativo que el director de El Último Mohicano siempre ha mostrado a la hora de rodar acción y que pudimos ver en films como la resultona Miami Vice o la soberbia Collateral es extrapolado aquí a unas peleas que hacen que la cámara, literalmente, vibre, con vigor y realismo epidérmico, encuadrando con fiereza los cuerpos moldeados en acero de sus personajes y que sólo se resienten (mínimamente) cuando añade breves planos rodados en ese formato digital con el que por aquel entonces comenzaba a coquetear y que hoy es el que siempre utiliza para sus trabajos, hasta en un género tan ajeno a estas vanguardias como el cine de mafiosos como pudimos ver en aquella Enemigos Públicos del año 2009 con Johnny Depp y Christian Bale viéndose las caras en las pieles de John Dillinger y Melvin Purvis respectivamente.




En no pocas ocasiones y por varios motivos me vino a la cabeza Oliver Stone visionando Alí. Por un lado ese enorme reparto de actores (no voy a destacar a nadie porque todos ellos hacen un enorme trabajo) congraciados con la mano de su director me recordaban a producciones del veterano de Vietnam como JFK: Caso Abierto, Nixon, Alejandro Magno o W, que estaban repletas de estrellas, también porque si el director de Platoon o El Cielo de la Tierra hubiera tomado las riendas de esta cinta lo que hubiera ganado en implicación moral también lo habría hecho en sensacionalismo y sobre todo porque al igual que la impagable Nacido el 4 de Julio con Alí nos encontramos con una película que salió adelante por la total implicación de su actor principal a la hora de dar vida a la personal real que protagoniza la obra, allí era el Ron Kovic al que interpretaba el mejor Tom Cruise de la historia y aquí el Muhammad Alí al que entrega todo lo que tiene dentro un Will Simith superlativo.




A nadie se le escapa que el subgénero biopic en la mayoría de las ocasiones tiene la misión de convertirse en vehículo de lucimiento del poderío dramático de sus actores protagonistas. Ahí tenemos ejemplos como la impúdica y llena de melaza Lincoln, con Daniel Day Lewis en la piel del decimosexto presidente de Estados Unidos a las órdenes de Steven Speileberg, la previsible Ray con Jamie Foxx bordando al cantante y músico Ray Charles para Taylor Hackford, La Dama de Hierro con una mimética Meryl Streep trabajando codo con codo con Phyllida Lloyd y hasta las vertientes en las que estas hagiografías no lo son tanto, por no escatimar los pasajes oscuros de las vidas de sus personajes principales, como la The Doors de, una vez más, Oliver Stone con Val Kilmer como Jim Morrison o Bird de Clint Eastwood (¿el mejor biopic de la historia del cine?) en la que Forest Whitaker hizó el papel de su vida como el saxofonista Charlie Parker sirven para que sus estrellas se cubran de gloria de cara a una platea y unos académicos que normalmente siempre premian con reconocimiento y galardones sus labores.




Will smith se une a esta galería de actores que aprovechan un biopic, la adaptación a la pantalla grande de la vida de una persona real, para ofrecer el mejor trabajo de su carrera. El intérprete de la saga Men in Black o la próxima Escuadrón Suicida consigue lo más elogioso que se puede decir de un actor que participa en una película biográfica, que el protagonista de El Príncipe de Bel Air desaparece desde el minuto uno de la pantalla y sólo queda Muhammad Alí. No sólo por haber curtido su cuerpo para emular al boxeador o por la caracterización que le permite mimetizarse con el tres veces campeón del mundo, también por la modulación de voz, la manera de andar, el estilo campechano de espetar sus bravatas, su carácter tierno a la par que irritante y que dan muestra del enorme trabajo de composición que Smith ofreció para el film de Michael Mann. En ese sentido y gracias a su trabajo queda grabado en la retina ese poderosísimo pasaje en el que en su carrera por las calles de un barrio marginal africano Alí va descubriendo que en ese continente es un icono que trasciende el deporte para convertirse en un ídolo a nivel social y cultural, todo esto acariciado por la maravillosa música de Salife Keita que con temas como Papa o Tomorrow hace el resto.




Seamos sinceros la mejor manera de homenajear a Muhammad Alí es ver sus combates, las entrevistas que ofreció (qué bien llevada está su relación con el periodista Howard Cossell interpretado por un irreconocible Jon Voight) o algunas de sus declaraciones (especialmente con las que argumentaba su negativa a ir a Vietnam) y para ello hay kilómetros de material de archivo. Pero sería de necios no reconocer el valor de esta Alí de Michael Mann y Will Smith que mereció en su época de estreno más reconocimiento del que recibió. Moviéndose entre el biopic políticamente correcto y el que trata de dar una visión políedrica de su protagonista pero funcionando al 100% en todos sus apartados y transmitiendo una emotividad a flor de piel que siempre ha estado ahí y en el 2001 de su estreno le fue negada la novena película del cineasta norteamericano puede considerarse una excelente homenaje a la vida y milagros, las luces y sombras, de una leyenda, la figura de una de las personalidades más importantes e inspiradoras de nuestra historia reciente.


lunes, 6 de junio de 2016

Alicia a Través del Espejo



Título Original Alice Trough the Looking Glass (2016)
Director James Bobin
Guión Linda Woolverton basado en la novela de Lewis Carroll
Actores Mia Wasikowska, Johnny Depp, Helena Bonham Carter, Anne Hathaway, Sacha Baron Cohen, Michael Sheen, Alan Rickman, Stephen Fry, Timothy Spall, Rhys Ifans, Ed Speleers, Barbara Windsor, John Sessions, Paul Whitehouse, Karol Steele




La relación de Disney y el cineasta Tim Burton viene de lejos. Durante la primera mitad de los 80 la casa del ratón Mickey contrató sus servicios, pero su peculiar visión entre oscura y gótica de la animación y el fracaso que supuso el hoy cortometraje de culto Frankenweenie (el de imagen real que serviría como base para la versión en stop motion a manos del mismo cineasta en 2012) fueron motivos suficientes para que la afamada productora diera la patada al futuro director de Batman o Mars Attacks!. Tras el descomunal éxito de su adaptación a la pantalla grande de las aventuras del personaje de DC creado por Bob Kane y Bill Finger Burton se labró una carrera llena de éxitos de crítica y público como Eduardo Manostijeras o Ed Wood y en el hogar del tío Walt volvieron a solicitar sus servicios como productor e ideólogo, de manera ocasional, para films de stop motion como la ya clásica Pesadilla Antes de Navidad o la infravalorada James y el Melocotón Gigante que adaptaba un relato de Roal Dhal. Pero en el año 2001 la suerte de Tim Burton cambió radicalmente cuando decidió embarcarse en la ardua tarea de rodar el remake del clásico de la ciencia ficción El Planeta de los Simios con el que el Franklin J. Schaffner llevaba a imagen la palabra del novelista Pierre Boulle en 1968. Tras este batacazo la carrera del norteamericano cayó en picado embarcándose en productos acomodaticios e indignos de su talento que mostraban a un autor anclado en una autocomplacencia artística que se alargó durante más de una década y aunque puntualmente seguía ofreciendo piezas memorables como La Novia Cadáver o Sweeney Todd: El Barbero Diabólico de la Calle Fleet e incluso obras maestras como Big Fish o la ya mencionada versión en largometraje de Frankenweenie la sensación de que su etapa dorada como cineasta había pasado era un secreto a voces.




A este grueso de su filmografía en el que producciones inocuas, irregulares o fallidas como Charlie y la Fábrica de Chocolate, Big Eyes o Sombras Tenebrosas se sucedían las unas a las otras pertenece Alicia en el País de la Maravillas, una especie de secuela en imagen real del clásico animado de la Disney que se inspiraba en las novelas Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas y A Través del Espejo y lo que Alicia Encontró Allí salidas de la mano del escritor británico Lewis Carroll. El largometraje una vez más mostraba a un Tim Burton autoindulgente que prefería que su sello y personalidad autoral quedara plasmada más por el enorme diseño de producción que Disney ponía a su disposición que haciendo suyas y utilizando sabiamente las señas de identidad que le habían convertido en uno de los cineastas más originales del panorama cinematográfico contemporáneo. En la cinta se alternaban fallos y virtudes, unos actores entregados a la causa con unos enormes Johnny Depp como el Sombrero Loco o Helena Bonham Carter como la Reina de Corazones se anteponían un guión deslavazado, una sobreproducción cargante que abusaba hasta lo extenuante de unos efectos digitales tan efectivos como excesivos y la desidia que transmitía un director al que en todo momento se le percibía haciendo su labor como jefe de ceremonias con el piloto automático accionado de principio a fin.




Aunque la prensa especializada no fue muy benévola con la película la taquilla respondió sobradamente, Disney tomó nota de tal hecho y sin prisa pero sin pausa se puso en marcha para ir dando forma a una secuela. De este modo la cinta que sirvió de inicio a la nueva ola de versiones en imagen real con la que Disney adapta sus clásicos animados (hace poco hablamos aquí de la magnífica El Libro de la Selva rodada por Jon Favreau) tendría una continuación en la que Tim Burton cedería la butaca del director a otro realizador y el tomaría el rol de productor dedicándose como autor a otros films como esa El Hogar de Miss Peregrine Para Niños Peculiares que verá la luz próximamente, pero supervisando personalmente esta segunda parte con la que las aventuras de Alicia Kingsleigh volverían a la pantalla grande. El encargado de rodar esta continuación es el británico James Bobin, curtido como cineasta en los últimos films de los Teleñecos (los Muppet en su nombre original) el reparto está formado por prácticamente los mismos actores que el primer largometraje, la novela A Través del Espejo y lo que Alicia Encontró Allí volvería a ser el punto de partida argumental (con las licencias esperadas con respecto al escrito) y el resultado es nada más y nada menos que el esperado. Alicia a Través del Espejo es una cinta rudimentaria, impersonal y totalmente supeditada a lo que Tim Burton ya había llevado a cabo en la versión del año 2010.




Nada nuevo en el horizonte con esta Alicia a Través del Espejo, nos encontramos ante una nueva chuchería con una en casi todo momento artificiosa parafernalia visual sin fin que envuelve una historia del montón que se sostiene en pie a duras penas en un punto de partida en el que Alicia (Mia Wasikowska) vuelve a el País de las Maravillas para ayudar a su amigo el Sombrerero Loco (Johnny Depp) robando la poderosa Cronosfera a el Tiempo (Sacha Baron Cohen) y teniendo que enfrentarse en el proceso a su letal enemiga la Reina de Corazones (Helena Bonham Carter). Aunque la producción mantiene absolútamente toda la imagineria visual y el bestiario de personajes que Tim Burton adaptó, a su manera, de los escritos de Lewis Carroll esta nueva entrega se aferra desde su mismo arranque a la más notoria de las autocomplacencias, tejiendo un producto sin personalidad, que comienza de manera alarmantemente desangelada (la primera mitad del film parece en ocasiones un episodio de Érase Una vez con exceso de esteroides) para coger mejor ritmo conforme la trama va desarrollándose de manera irregular e impulsada por ideas argumentales que en no pocas ocasiones se muestran ante el espectador como incompletas o inviables en un plano narrativo. De este modo el film revela su naturaleza de consumo rápido a las órdenes de una Disney cuya autoría en la obra es incluso mayor que la del director de Beetlejuice o Sleepy Hollow.




Por desgracia no sólo en el apartado técnico se nota el tono desanimado de una producción en la que pocos de sus implicados han depositado verdaderas muestras de su talento, ya que el equipo artístico también deja notar en algunos aspectos que estaban allí para cobrar el abultado cheque y poco más. De la misma manera que Johnny Depp parece no estar ya verdaderamente a gusto en la piel del Sombrerero Loco y Anne Hathaway comienza a dar muestras de que no saber qué hacer a estas alturas con su Reina Blanca es esta vez Mia Wasikowska la que ha dado un enorme paso adelante con respecto a su insípida primera interpretación de Alicia (de hecho a un servidor le ha llamado siempre la atención que cineastas importantes como David Cronenberg, Gus Van Sant o Park Chan-Wook se fijaran en ella tras su tibio debut) llenando su personaje de vitalidad, simpatía y la expresividad que en 2010 brilló por su ausencia. Lo mejor de la velada es por un lado la revelación de Sacha Baron Cohen como Tiempo (no es de extrañar su presencia en el film si tenemos en cuenta que ya había trabajado previamente tanto con Tim Burton como con James Bobin) el villano de la velada que sabe sacar partido a su peculiar rol y sobre todo una Helena Bonham Carter que vuelve a devorar todos y cada uno de los encuadres que la cámara del director de El Tour de los Muppets le dedica a lo largo del metraje con esa Reina de Corazones que se mueve a placer entre lo irritante, la simpatía y la ternura.



Recomendada para aquellos que disfrutaron con la primera entrega de Tim Burton estrenada hace seis años y especialmente evitable para los espectadores que al verla salieron sobresaturados de CGI, extravagancias visuales y personajes chillones Alicia a Través del Espejo sólo es disfrutable como explotación de una gallina que más que de oro ponía los huevos de bronce. Aquí siguen todas las criaturas, localizaciones y paisajes del imaginario carrolliano pasados por el filtro Burton pero manejadas por un cineasta que parece no sentirse del todo a gusto jugando con los muñecos de otra persona. James Bobin cumple como artesano que oye, ve y calla mientras los productores son los que tienen la última palabra a la hora de positivar todos y cada uno de los fotogramas que pueblan la cinta. Con todo aquí podemos disfrutar de 113 minutos de moderado entretenimiento que va cogiendo fuerza poco a poco y que ofrece, de manera bastante inesperada, algunos pasajes bastante logrados en su clímax final como esas estampas de parajes devorados por la putrefacción que muestran un acabado pictórico elegante y agradable para la vista del espectador. El último film en imagen real de Disney nos confirma que hasta un Tim Burton a medio gas es preferible al pobre cineasta mercenario de turno que toma material ajeno para hacer lo que buenamente puede con él sin que la maquinaría hollywoodiense lo estigmatice por querer aportar alguna idea propia que pueda desestabilizar tanto su statu quo cinemático como sus abultadas y siempre crecientes cuentas corrientes.


viernes, 3 de junio de 2016

Christine, forever my darling, my love will be true



Título Original Christine (1983)
Director John Carpenter
Guión Bill Phillips basado en la novela de Stephen King
Actores Keith Gordon, John Stockwell, Alexandra Paul, Harry Dean Stanton, Robert Prosky, Christine Belford, Roberts Blossom, William Ostrander, David Spielberg, Malcolm Danare, Steven Tash, Stuart Charno, Kelly Preston, Marc Poppel, Robert Darnell




En 1983 no eran pocas ya las obras audiovisuales que adaptaban novelas de Stephen King. Brian de Palma con Carrie, Tobe Hooper con Salem's Lot, Stanley Kubrick con El Resplandor y ese mismo año llegarían también Cujo de Lewis Teague y La Zona Muerta de David Cronenberg. De modo que trasladar al celuloide las obras del autor de It (Eso) o Apocalipsis (The Stand) estaba de moda en los años 80. A esta lista de directores de renombre que decidieron convertir en imagen la letra de King se unió por aquel entonces un Joh Carpenter que venía de fracasar estrepitósamente con su remake de La Cosa que no agradó ni a un público ni a una prensa especializada que no supieron ver la revolución que supuso (y que años después le fue reconocida) dentro del género de terror y del  uso de efectos de maquillaje o animatrónicos en este tipo de films. Por ello el autor de Starman y Golpe en la Pequeña China decidió desintoxicarse con un proyecto mucho más modesto, esta Christine que nos ocupa.




Christine se editó como novela el mismo año en el que vio la luz su versión cinematográfica. El libro sin ser de los mejores de Stephen King contiene algunas de sus más destacadas virtudes como narrador ya sea un análisis de personajes brillante, un control del tempo que agudiza la sensación de desasosiego y atmósfera opresiva o una fluidez en el desarrollo de los capítulos digna de elogio. La adaptación cinematográfica que se sustenta en el guión de Bill Phllips es escrupulósamente fiel no sólo a lo que acontece en la novela sino también a la hora de captar el tono, su localización espaciotemporal y sobre todo una estética que saltaba de las páginas para hacer viajar al lector a aquellos años setenta en los que tenía lugar la historia de amor entre Arnie Cunningham y Christine, el Plymouth Fury del 58 que le cambió radicalmente la vida, en el peor sentido de la palabra.




Porque si la adaptación de Christine tiene una virtud es que al igual que la novela de Stephen King es una historia de amor extremo, un romance terrorífico a ritmo de rock and roll de los 50 y 60, la relación enfermiza que comparte el apocado estudiante de instituto Arnold Cunningham con su recién adquirido coche, una máquina viviente e inestable que reacciona de manera violenta cuando alguien se interpone en su camino y el de su nuevo dueño. Esta equivalencia en la que el terror debe alternarse con el inusual (hasta esperpéntica podríamos afirmar) relato sentimental entre un adolescente y un automóvil es creíble, terrenal y está perfectamente ejecutada gracias al talento de un autor con mayúsculas como John Carpenter, un cineasta que hasta en un producto menor como el que nos ocupa es capaz de dar lo mejor de sí mismo como narrador.




Ese Plymouth Fury 58 es el epicentro de todo el largometraje, la razón de ser de la producción, John Carpenter lo sabe y en todo momento lo encuadra con delectación, con un cuidado meticuloso cuando su misión es que nos enamoremos del diseño de su carrocería o el sonido de su motor y como una bestia casi animal en los momentos en los que lleva a cabo sus actos homicidas retorciéndose como una informe masa de metal o recorriendo en llamas autopistas nocturnas como si saliera de la misma boca del infierno, Una vez más el director de En la Boca del Miedo o 1997: Rescate en New York bascula su relato entre el romance antinatural (Arnie enamorándose poco a poco de Christine) con el terror que supone que una máquina se convierta en el más original asesino en serie que jamás haya poblado un slasher, subgénero al que la producción que nos ocupa también pertenece y al que el mismo Carpenter dio fama en Estados Unidos en 1979 con la seminal La Noche de Halloween.




Pero el norteamericano no sólo se centra en que su "criatura" se convierta en la reina del baile. Su por aquel entonces más que demostrada destreza con la puesta en escena, su elegancia para ejecutar escenas de acción dinámicas y su talento para tensar las escenas de terror como un cable de acero por medio de sugerir más que mostrar se dejan notar hasta en un producto tan humilde como Christine. Pasajes como en los que Christine va eleminando uno a uno a "sus enemigos", en el que intenta asesinar a Leigh en el autocine, el de su reconstrucción tras ser destrozado por la banda de Buddy Repperton ante la mirada cómplice de Arnie o la recta final dan buena muestra de lo implicado que estaba Carpenter en el proyecto, de cómo supo sacar oro del guión que pusieron a su disposición y que como ya hemos mencionado previamente sabía explotar adecuadamente la mayoría de hallazgos de la novela de Stephen King. 




El reparto no es para echar las campanas al vuelo pero Carpenter sabe sacar partido del mismo. A los veteranos reputados como Robert Prosky o Harry Dean Stanton se suman los por aquel entonces debutantes Keith Gordon, John Stockwell y Alexandra Paul. Los dos primeros abandonando poco a poco la interpretación para pasarse detrás de las cámaras y ella palideciendo en tv movies de medio pelo y siendo conocida sólo por la serie Los Vigilantes de la Playa. Mientras esta última dejaba patentes sus todavía escasas dotes para el dramatismo (que tampoco aumentaron mucho con el paso de los años, para qué negarlo) Stockwell daba bien el perfil de mejor amigo o chico popular del instituto y Gordon ofrecía algunos momentos intensos cuando la historia se centraba en la relación de su personaje con Christine (todo un acierto que cuando el auto está feliz en su radio suenen canciones de rock y cuando se siente melancólico sean las baladas las elegidas) sirva como ejemplo esa última caricia que mancha de sangre el radiador del Plymouth Fury y que finiquita su relación con el protagonista.




Mi relación con Christine (más la película que el libro, que también me gusta considerablemente) es bastante especial. La descubrí a mediados de los 90 cuando devoraba todo tipo de material literario o audiovisual relacionado con Stephen King y las películas que se basaban en sus escritos las solía ver en VHS y en la compañía de mi progenitora que todavía guarda un grato recuerdo de este film de 1983 y de otros cuantos del mismo pelaje. Como previamente hemos mencionado es un John Carpenter menor, de hecho pasó sin pena ni gloria por la cartelera internacional, pero a día de hoy se la puede considerar sin mucha controversia una de las mejores y más impecables traslaciones de una novela de Stephen King al celuloide y una interesante muestra de mixtura de géneros perfectamente realizada y acariciada por una maravillosa banda sonora con temas de Buddy Holly, The Rolling Stones o esa preciosa Pledging My Love de Johnny Ace que sirve de leitmotiv a una de las más atípicas y originales historias de amor imposible del séptimo arte.


miércoles, 1 de junio de 2016

Toro



Título Original Toro (2016)
Director Kike Maillo
Guión Rafael Cobos y Fernando Navarro
Actores Mario Casas, Luis Tosar, José Sacristán, Ingrid García Jonsson, Claudia Canal, José Manuel Poga, Luichi Macías, Alberto López, Nya de la Rubia, Manuel Salas, Ignacio Herráez, Hovik Keuchkerian





Segunda incursión en el campo del largometraje por parte del alabado cineasta catalán Kike Maillo tras aquella muestra de ciencia ficción intimista y entregada al minimalismo de 2011 llamada Eva protagonizada por Daniel Brühl, Marta Etura, Alberto Ammann, Claudia Vega, Anna Canovas y Lluis Homar, que ganó varios premios y reconocimientos en festivales como los de Venecia, Sitges o los Goya de aquel año, embolsándose los de efectos especiales, actor secundario para Homar o director novel para el mismo Maillo dentro de los doce a los que estaba nominado el film. Esta Toro que ha visto ahora la luz en nuestras carteleras se aleja diametralmente del tono de aquella producción sobre un ingeniero experto en crear niños robots y se adentra en el submundo del hampa localizado en Andalucía, más concretamente Málaga, al sur de España. Con un magnífico reparto en el que encontramos a Mario Casas, Luis Tosar, Ingrid García Jonsson, José Manuel Poga, Claudia Canal o el veterano José Sacristán en el papel del capo mafioso, una resolución visual que en ocasiones bordea la brillantez (aunque muy influenciado por el de otro autor que mencionaremos más tarde) y un guión que se mueve entre el interesante simbolismo y ciertas carencias que no le permiten explotar todas sus posibilidades narrativas Toro se revela como un interesante producto patrio con varios aciertos y algunos fallos como los que hemos mencionado y que intentaremos diseccionar humildemente en la siguiente entrada.




Toro como obra cinematográfica toma su título del apodo del personaje protagonista interpretado por Mario Casas, un joven que junto a sus dos hermanos López (Luis Tosar) y Antonio (Hovik Keuchkerian) trabaja para un importante mafioso local llamado Romano (José Sacritán). Un día durante un trabajo rutinario un suceso trágico acaba con Toro encarcelado y condenado a cumplir cinco años de condena. Cuando el muchacho sale de prisión trata de reinsertarse socialmente trabajando como taxista y rehaciendo su vida con un joven profesora de primaria llamada Estrella (Ingrid García Jonsson) pero las deudas de uno de sus hermanos con Romano romperán su estable presente y prometedor futuro arrastrándolo de nuevo al mundo de la extorsión, la corrupción y el crimen. El barcelonés Kike Maillo y sus guionistas Rafael Cobos (La Isla Mínima, Grupo 7, 7 Vírgenes) y Fernando Navarro (Anacleto: Agente Secreto) no inventan nada, este tipo de historias sobre idealistas que tratan de huir de un mundo corrupto en el que habitan pero del que tratan de huír por distintas motivaciones existe desde los tiempos de William Shakespeare (de hecho El Rey Lear es fuente de inspiración sobre incontables obras de ficción como la tercera entrega de El Padrino, de Francis Ford Coppola o más recientemente la última etapa de la serie Hijos de la Anarquía, de Kurt Sutter) de modo que donde el catalán quiere despuntar en su segundo largometraje como cineasta es en un apartado visual sencillamente brillante.




El realizador de Eva juega a placer con su puesta en escena, hace un uso excelso de la dirección de fotografía que le proporciona un Arnau Valls Colomer en estado de gracia y consigue ofrecer al espectador una experiencia que sabe tocar con acierto y seguridad algunas teclas que apelan a una sensorialidad bien entendida que hace de Toro una película de una plasticidad y cromatismo muy a tener en cuenta. El problema es que ni en este sentido el film es novedoso ya que este notable acabado estético tiene una enorme deuda con los últimos trabajos del danés Nicolas Winding Refn tomando de Sólo Dios Perdona su hermética paleta cromática poblada de colores intensos, la influencia de cierto celuloide oriental y por otro lado de Drive el esteticismo de los 80 (con banda sonora incluida) y el código de honor del que hacía gala el protagonista interpretado por Ryan Gosling en aquella remarcable obra de 2011, pero reflejado en el rol del protagonista de aquel clásico moderno del cine de terror llamado 3 Metros Sobre el Cielo. Aunque no sólo en el apartado técnico podemos encontrar la influencia del autor de Bronson o la pendiente de estreno (y ya vapuleada en el último festival de Cannes) Neon Demon, también en el guión podemos percibir de manera más que notable ecos de la trilogía Pusher, la que le dio fama a nivel internacional narrando la vida diaria de un grupo de mafiosos que llevan a cabo sus reprobabables negocios en los barrios bajos de Conpenhague con influencias de Abel Ferrara, Quentin Tarantino o el Danny Boyle de Trainspotting. De este modo podemos confirmar que la originalidad no es uno de los puntos fuertes de Toro, pero por suerte su guión expone con pericia y un buen control del timing temas interesantes a la hora de abordar el mundo de la mafia en España.




Al igual que otros largometrajes que recientemente han tratado de retratar por medio del thriller policíaco o el celuloide mafioso la situación política de Andalucía en particular y España en general como la magnífica Grupo 7 y la epatante La Isla Mínima, ambas del sevillano Alberto Rodríguez o con un tono más ligero pero no carente de interés la entrañablemente gamberra Carne de Neón de Paco Cabezas, Toro incide en su guión en la dualidad de una tierra (la del que suscribe y por ello la conozco bien) que muestra una cara mucho más afable que la que realmente posee. Este desdoblamiento de personalidad queda patente en el personaje de Romano, un miembro respetado por sus paisanos y vecinos, hermano mayor de cofradia, escultor de imágenes de semana santa y “benefactor local” por un lado y sanguinario capo de la mafia malagueña por otro, un tipo sin escrúpulos que no duda en matar, torturar, extorsionar o amenazar al prójimo con tal de conseguir saciar sus ínfulas económicas y sociales para luego “expiar sus pecados” frente a una capilla repleta de parafernalia cristiana y católica. Esta corporeización de la hipocresía típicamente española esta representada en el veterano actor madrileño José Sacristán. El protagonista de El Viaje a Ninguna Parte o La Vaquilla que desde hace unos años vive una nueva edad dorada destacando en notables producciones patrias como Magic Girl, El Muerto y Ser Feliz o la serie de televisión Velvet ofrece todo un recital como Romano, la disfuncional figura paterna que dio todo a Toro para después arrebatárselo por culpa de su predilección por la superstición, la superchería y la falsa devoción tan propia del sur de España. Su personaje evidentemente es el mejor del largometraje de Kike Maillo y envolver sus atroces actos de toda esa imaginería semanasantera es un acierto tan arriesgado como eficiente aunque el guión podía haber incidido más en este sentido para rematar una subtextualidad que podía haber sido explotada de manera más intensa.




Aunque ninguno llega a los niveles de José Sacristán, hablamos de uno de los mejores actores de nuestro cine con más de cincuenta años de carrera a sus espaldas, todos los actores de Toro realizan una labor más que meritoria, desde los principales hasta los secundarios con papeles más breves, pero no irrelevantes. Mario Casas vuelve a demostrar como en las ya mencionadas Grupo 7 y Carne de Neón o La Mula que está tratando por todos los medios de quitarse de encima el sambenito de fenómeno de cine juvenil pueril e intrascendente. El gallego cada vez se esfuerza más por estar a la altura de los proyectos en los que se implica, dando la réplica a actores que normalmente son muy superiores a él en cuanto a aptitudes interpretativas pero siempre ofreciendo todo lo que tiene para curtirse como profesional. Como su hermano López está el “seguro de vida” del cine español, el genio del arte dramático que puede elevar cualquier proyecto por muy sumergido que este se encuentre en la mediocridad, Luis Tosar se mimetiza con un papel que fácilmente podía haberse enfundado el inolvidable y tristemente desaparecido John Cazale (El Padrino, Tarde de Perros, El Cazador) un ejemplo fidedigno de esa raza de español cobarde, rastrero y capaz de sacrificar a los suyos con tal de sacar beneficio para sí mismo. Claudia Canal como la niña Diana, Hovik Keuchkerian como Antonio, José Manuel Poga como el violento Ginés, Luichi Macías como La Tita o el normalmente cómico y aquí dramático Alberto López completan un plantel de secundarios que no le van a la zaga a los actores protagonistas.




Es cierto que en un plano argumental pudo haber ofrecido más posibilidades que las finalmente expuestas en pantalla y que su historia la hemos visto en no pocas ocasiones anteriores Toro se revela como un producto meritorio con un apartado visual que consagra a Kike Maillo como un artesano con sobrado oficio para tener sólo dos largometrajes en su haber. siendo también capaz de dar las indicaciones adecuadas a un reparto que por otro lado no es neófito en hacer su trabajo con un aplomo intachable y que en esta ocasión vuelven a conseguir estar a un nivel más que notable. La segunda cinta del cineasta catalán vuelve a confirmar la buena salud del thriller patrio, que tomando influencias de las distintas muestras que ofrece el género continentes como el americano, el asiático o el europeo no deja nunca de mirar las raíces autóctonas de un país en el que la corrupción, el trapicheo y el crimen están no sólo a la orden del día sino en no pocas ocasiones respaldados por el estado. En un plano más puramente cinematográfico podemos quedarnos con el ya mencionado equipo artístico, el trabajo técnico de la obra o con pasajes ejemplarmente ejecutados como el de la visita de Romano a la casa de La Tita, esas manchas de sangre en las sábanas que revelan un acto de violencia atroz o esos ojos humanos colocados en una figura inerte que consolidan al rol de José Sacristán como la muestra fehaciente de que en Andalucía el peligro no nace en los barrios marginales sino en los rascacielos a pie de playa en los que las “gentes de buena fe” llevan a cabo sus negocios a espaldas del mundo real.

domingo, 22 de mayo de 2016

X-Men: Apocalipsis



Título Original X-Men: Apocalypse (2016)
Director Bryan Singer
Guión Simon Kinberg, Michael Dougherty, Dan Harris, Bryan Singer
Actores Michael Fassbender, James McAvoy, Jennifer Lawrence, Nicholas Hoult, Oscar Isaac, Rose Byrne, Evan Peters, Sophie Turner, Tye Sheridan, Josh Helman, Kodi Smit-McPhee, Lucas Till, Alexandra Shipp, Olivia Munn, Lana Condor, Hugh Jackman, Stan Lee




Este año 2016 después del estreno de Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia y el de Capitán América: Civil War la guerra entre Marvel Studios y DC/Warner Bros posiblemente está más enconada que nunca, no sólo por la controversia que trajo el film que enfrentaba al Guardián de Gotham con el Hombre del Mañana o el, en líneas generales, excelente recibimiento que tuvo el enfrentamiento interno entre unos Vengadores desunidos, sino por el campo de batalla en el que los fans han convertido el ya agotador debate sobre cuál de las dos franquicias produce mejores largometrajes. En medio de esta reyerta encarnizada se encuentra otra franquicia, la más veterana de las relacionadas con la nueva edad dorada del cine que adapta personajes de cómics al celuloide, la protagonizada por esos X-Men (y derivados) de Marvel que siguen siendo propiedad de una 20th Century Fox que ha explotado hasta en nueve ocasiones el microcosmos mutante creado en su origen secuencial por Stan Lee y Jack Kirby y cuya última entrega, Deadpool, nacida a modo de spin off, arrasó en taquilla con su calificación para adultos bien grande en los carteles y pósters promocionales. Si no contamos los olvidables films en solitario de Wolverine/Lobezno y el ya mencionado proyecto con la deforme efigie de Wade Wilson como protagonista los Hijos del Átomo han protagonizado seis entregas cinematográficas. Tras la primera trilogía que se cerró con la polémica X-Men III: La Decisión Final el británico Matthew Vaughn insufló nueva vida retro a la saga con aquella memorable X-Men: Primera Generación que supuso un relanzamiento de la serie. Tras el buen recibimiento de la entrega ideada por el director de Kick-Ass o Kingsman: Servicio Secreto Bryan Singer (que nunca dejó de intervenir como productor ejecutivo en la franquicia cuando abandonó las labores de dirección de la misma) regresó con X-Men: Días del Futuro Pasado penúltimo y potente episodio en pantalla grande que adaptaba a su manera el inolvidable arco argumental ideado por Chris Claremont y John Byrne y que tiene su continuación cronológica en la X-Men: Apocalipsis que llegó ayer viernes a las carteleras españolas con la noticia del recibimiento no muy benevolente de una crítica americana que ya acusa a Fox de haber agotado en exceso su universo cinemático mutante.




X-Men: Apocalipsis toma su subtítulo del villano creado por Jackson Guice, Louise Simonson y Walter Simonson en las páginas de la colección X-Factor allá por 1986 y como ya supimos en su momento no adapta (ni hubiera debido o podido hacerlo) la saga noventera La Era de Apocalpsis de la que el proyecto tomó su nombre cuando estaba en proceso de gestación. Por el contrario esta última entrega se basa libremente en los números de la ya mencionada X-Factor en la que hacían acto los Jinetes del Apocalipsis, reclutados por este último y encabezados allí por Ángel y en esta adaptación cinematográfica por Magneto, aunque Warren Worthington III sigue siendo uno de los miembros del cuarteto que se completa con la presencia de una Tormenta adolescente y la debutante Mariposa Mental (Psylocke). Tras el potente arranque del film en el que asistimos al nacimiento de En Sabah Nur el argumento se centra principalmente en el enfrentamiento de los alumnos de la escuela de talentos del Profesor Xavier con los ya mencionados jinetes. La trama se desarrolla diez años después de X-Men: Días del Futuro Pasado y mantiene el tono y puesta en escena de aquella (que variaba considerablemente del aire de espionaje bondiano que Matthew Vaughn insufló a X-Men: First Class) pero oscureciéndola considerablemente, de hecho podríamos decir que esta última entrega es la más cruda y siniestra desde X-Men III: La Decisión Final, pero eludiendo el caos constructivo y la tendencia al tremendismo (en ocasiones gratuito) a los que se entregaba el largometraje dirigido por Brett Ratner y ofreciendo algunos pasajes que casi no parecen de un film con una calificación no recomendada para menores de 13 años.




Desde la misma introducción Bryan Singer y su habitual colaborador Simon Kinberg apuntan alto, ya que en esos primeros pasos X-Men: Apocalipsis ya muestra claramente su intención de ser la entrega más grandilocuente y “apocalíptica” de las franquicia, más incluso que Días del Futuro Pasado, que no pecaba de modestia precisamente. En el trayecto el director de Sospechosos Habituales o Valkiria consigue su cometido ya que esta última parte de las correrías en celuloide de los mutantes de Marvel se muestra como una epopeya de tenebrosa épica y pretensiones (más en un plano formal que argumental) depositadas en un villano que en todo momento es expuesto en pantalla con el título de “enemigo definitivo” que el personaje ha ido ganándose en las viñetas a lo largo de los años. Bryan Singer es un perro viejo en estas lides y un artesano voluntarioso y con oficio, de modo que sabe en cuanta medida debe entregarse a la fanfarria y el efectismo sin pecar por exceso como sí le pasa a otros directores duchos en superproducciones como Zack Snyder, Michael Bay o Roland Emmerich que no entienden el significado de la expresión “menos es más”. Apocalipsis toma la intimidante figura de un Oscar Isaac (Ex_Machina, Star Wars: El Despertar de la Fuerza) entregado a la causa que consigue transmitir la constante amenaza global que supone su presencia como contrapartida malévola de los Hijos del Átomo y si bien su perfil psicológico no es un dechado de virtudes en cuanto a análisis y exposición (aunque sí es considerable fiel a su émulo en las viñetas) consigue en todo momento mostrarse como un Dios genocida y peligroso que en no pocas ocasiones nos hace pensar que podría acabar con la vida de más uno de los habitantes de la Mansión X sin titubear. Sin llegar a la excelencia y con un diseño que aunque retocado con respecto al de las primeras fotos que vimos hace unos mesas todavía se muestra algo deficiente sí podemos afirmar que esta representación en carne y hueso de En Sabah Nur es uno de los villanos más efectivos del cine de superhéreos reciente, sobre todo si lo comparamos con los ineficaces Lex Luthor de Jesse Eisenberg para Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia y Helmut Zemo de Daniel Brühl que vimos en Capitán América: Civil War.




Como recordamos X-Men: Días del Futuro Pasado sirvió de cierre del primer universo cinemático mutante que por otro lado ya había sido previamente rebooteado con X-Men: Primera Clase, de modo que en esta última entrega que actualmente copa nuestras carteleras Bryan Singer y sus colaboradores siguen introduciendo nuevas versiones adolescentes o juveniles de la Patrulla X. Por ello tenemos aquí a Tye Sheridan (Joe, Mud) como Cíclope, Sophie Turner (Juego de Tronos) en la piel de Jean Grey, Kodi Smit-McPhee dando vida a Rondador Nocturno, Alexandra Shipp emulando a Tormenta o a Ben Hardy enfundándose las alas Ángel entre otras incorporaciones más secundarias como la de Júbilo. Todos ellos tienen su importancia en la trama que el relato central del film va tejiendo, posicionándolos en un bando u otro, pero son los protagonistas de las dos anteriores entregas los que atraen todas las miradas con su buen hacer delante de las cámaras. James McAvoy va poco a poco convirtiéndose en el idealista (y alopécico) profesor Xavier que todos conocemos (y al que tan bien interpretó Patrick Stewart durante casi quince años), Jennifer Lawrence luce espectacular como Mística pero el empeño en convertirla a toda costa en una heroína desvirtúa la naturaleza del personaje, algo que no sucede con el Hank McCoy de Nicholas Hoult que por desgracia en esta ocasión tiene menos protagonismo y no toma su apariencia azulada hasta la recta final del metraje. Por otro lado tenemos a un Michael Fassbender que sigue en su modo robaescenas llevándose para él los mejores pasajes del film (y alguno mal ejecutado como el que tiene lugar en Polonia que no alcanza los niveles de dramatismo que debiera para ser un instante remarcable por su puesta en escena) y el que desde ya se ha convertido en uno de los mejores, si no el mejor, momento de la franquicia y que tiene el campo de concentración de Auschwitz como localización, una secuencia llena de fuerza visual, conceptual y simbólica que al menos al que suscribe le ha parecido brillante, tanto como para encabezar con todas las de la ley este interesante Top 10.




El autor de la muy recuperable Verano de Corrupción (Apt Pupil) descubrió con el estreno de la anterior entrega de la saga mutante que había dado forma a ideas, pasajes y conceptos que fueron recibidos con agrado tanto por el fandom como por los espectadores neófitos y por ello aquí vuelve a emularlos con más o menos eficacia. De modo que la ambientación para hacernos viajar a una década pretérita (los 80) se deja notar, la escena en la que Mercurio (Quicksilver) luce sus poderes de velocidad (en esta ocasión de manera más excesiva y con Eurythmics sonando de fondo), los momentos en los que Magneto se consolida como un personaje casi de tragedia griega o las situaciones en las que Charles Xavier es puesto a prueba moral y exsitencialmente y de las que siempre sale reforzado no se quedan en el tintero. Porque al igual que todo tipo de largometrajes inspirados en personajes de cómics, y sobre todo los de temática pijamera, deben dejar satisfechos a los que llevamos años leyendo las aventuras de estos iconos del arte secuencial y aunque somos conscientes de que nos encontramos en medios totalmente distintos por suerte las cabezas pensantes detrás de dichos proyectos cinematográficos trufan el metraje de guiños, referencias o líneas de diálogo sacadas directamente de los cómics. Muestras de esto que comento serían la escena post créditos que nos da pistas de por dónde se encaminará la próxima entrega de la saga, algunos aspectos de la personalidad de Jean Grey que serán importantes en un futuro próximo y sobre todo “el cameo” que no por esperado es recibido con menos fruición y más si vemos la referencia directa que hace a una de las sagas más míticas de la historia del personaje y que a un servidor le hizo soltar un ilusionado gritito propio de una colegiala quinceañera en la sala donde mi acompañante y yo veíamos el film.




Pero no todo son parabienes con respecto a X-Men: Apocalipsis, el film comete algunos errores que le restan puntuación global y si bien los mismos no revisten gravedad sí se muestran en ocasiones algo molestos de cara a la platea. Por un lado la primera media hora del metraje denota cierto caos en el montaje ya que las distintas subtramas que convergen alrededor de la central parecen desarrollarse con torpeza o cometiendo unos fallos de continuidad que en un sentido cronológico de tiempo real se antojan deficientes, confirmando que a John Ottman (el hombre orquesta, nunca mejor dicho, que produce, edita y compone la banda sonora en varios films de la saga) le hace falta una sesión intensiva de The Wire de David Simon y Ed Burns para saber cómo se cohesionan en un sólo todo un número incontable de subtramas con buen resultado. Por otro nos encontramos con una nueva hornada de actores jóvenes que aunque se muestran adecuados para ejercer sus roles palidecen si son comparados con sus anteriores versiones adultas. Porque Sophie Turner y Kodi Smit-McPhee son eclipsados por la presencia y el carisma de Famke Janssen y Alan Cumming, pero más grave se muestra el sólo pensar que alguien relacionado con el largometraje haya tenido la idea de que el solvente pero anticarismático actor Tye Sheridan pueda ser un competente Scott Summers, dando indicios desde ya con su labor que vamos a encontrarnos con otra versión fallida de Cíclope en pantalla grande como sucedió con el de un esforzado pero muy arrinconado James Marsden. Ya por último mencionar que aunque, como previamente hemos apuntado, esta es posiblemente la entrega de la franquicia más ambiciosa esto sólo es cierto en el plano formal ya que en lo narrativo o conceptual se muestra igual de autocomplaciente que los (casi) siempre competentes, pero ligeros, proyectos de Marvel Studios, barriendo para casa y sin dar una voz más alta que otra.




Puede que sea debido a que guardo especial cariño a todas las entregas de esta franquicia (no así las aventuras en solitario de Logan que me parecen terrible la primera y sólo pasable la segunda) tanto como para haber defendido la tercera de ellas por estos lares o porque realmente nos encontremos ante una cinta más que competente, pero un servidor no ve ese agotamiento de la fórmula mutante en pantalla grande a la que apela la prensa especializada americana, ya que como punto negativo en cuanto a su gestación como producto de consumo para multisalas sólo puede acusársele de ser un sota, caballo, rey de manual que no da pie alguno a la improvisación o el riesgo. Por lo demás sólo me queda afirmar que nos encontramos ante otra magnífica entrega de la saga que seguramente agradará a aquellos que disfrutaron de X-Men: Días del Futuro Pasado y decepcionará a aquellos que no encontraron en dicho film suficientes alicientes como para considerarlo un trabajo remarcable dando un nuevo comienzo a la serie de films impulsados por 20th Century Fox, el matrimonio Donner y el omnipresente Bryan Singer en aquel ya lejano año 2000. Lo que aquí tenemos es un ejemplo de cine comercial bien ejecutado para agradar a distinto tipo de espectadores con los consabidos mensajes de rechazo a la intolerancia y el segregacionismo hacia unos personajes “odiados y temidos” rodeados con un envoltorio a la altura que inyecta el metraje de espectaculares escenas de acción en las que ver en su hábitat natural a la, unas veces más acertada que otras, visión cinematográfica de personajes de cómic que forman parte de nuestras vidas desde hace décadas y que esperemos sigan llegando a nuestras carteleras con cierta regularidad para confirmarnos que no sólo de Marvel Studios y DC/Warner Bros vive el homo inferior.