viernes, 10 de octubre de 2014

La Isla Mínima



Título Original La Isla Mínima (2014)
Director Alberto Rodríguez
Guión Rafael Cobos y Alberto Rodríguez
Actores Raúl Arévalo, Javier Gutiérrez, Nerea Barros, Antonio de la Torre, Jesús Castro, Manolo Solo, Jesús Carroza, Cecilia Villanueva, Salvador Reina, Juan Carlos Villanueva





¿Podríamos a estás alturas hablar ya de una nueva hornada de cineastas andaluces?. ¿Estamos ante un Nuevo Cine Andaluz como durante los 90 tuvimos uno vasco a manos de gente como Juanma Bajo Ulloa, Daniel Calparsoro, Álex de la Iglesia, Julio Medem o Enrique Urbizu?. ¿Son cineastas como Miguel Ángel Vivas, Paco Cabezas, Santi Amodeo o el Alberto Rodríguez que nos ocupa la nueva esperanza del celuloide ideado por directores nacidos en el sur de España?. Posiblemente la respuesta a todas esas cuestiones sea un rotundo sí. Films como la brutal Secuestrados, la entrañable y espídica Carne de Neón o la tierna y marciana Cabeza de Perro comenzaron a dar muestras de una savia nueva de origen sureño con ganas de contar historias con genuino aroma español sin tirar de clichés autóctonos e incluso abordando de manera crítica estos últimos cuando en alguna ocasión han decidido parar en ellos. 




El nombre de Alberto Rodríguez comenzó a darse a conocer en algunos círculos de cine independiente español con una obra como El Factor Pilgrim en la que compartía labores de realización con su amigo, el ya mencionado Santi Amodeo. Dos años después rodó su primera película en solitario, la poco conocida El Traje, pero no sería hasta 2005 que diera un considerable puñetazo en la mesa con aquel inesperado éxito llamado 7 Vírgenes, protagonizado por unos inspiradísimos Juan José Ballesta y Jesús Carroza, que hacía un retrato tan duro como naturalista de los barrios más bajos de Andalucía. Tras ella llegó la no muy publicitada After Party que narraba una noche de exceso veraniego repleta de alcohol, sexo y drogas con protagonistas como Guillermo Toledo, Tristán Ulloa y Blanca Romero.




Pero fue en 2012 cuando Alberto Rodríguez nos regaló la que hasta ese momento era su mejor obra, Grupo 7. Aquella nihilista revisión del cine policíaco a lo Sidney Lumet pasado por un tamiz puramente ibérico en el que se nos relataban los hechos reales de las andanzas de un grupo de policías sevillanos que campaban a sus anchas en la capital andaluza “limpiando” las calles de “indeseables” para que unos políticos “preocupados” porque la Exposición Universal de 1992 estuviera exenta de cualquier tipo de problema o disturbio pudieran dormir tranquilos mientras un equipo de supuestos defensores de la ley ponían en práctica métodos propios de gangsters. Mario Casas, un enorme Antonio de la Torre o secundarios como Joaquín Núñez, José Manuel Poga, Inma Cuesta, Julián Villagrán o Alfonso Sánchez conformaban el reparto de una de las mejores películas patrias de aquel 2012.




La Isla Mínima es la evolución natural de Grupo 7, otro policíaco noir con un reparto de actores entregándose hasta lo indecible y un trasfondo social y político que hace un retrato tan desolador como necesario de una época turbulenta de un país como España y una comunidad autónoma como Andalucía, tierra (la del cineasta y también la de un servidor) que guarda muchos esqueletos en su armario y a la que el director sevillano ha querido volver para narrar de nuevo un trhiller magistral con algunos de los momentos más potentes del cine español reciente y un puñado de las interpretaciones más conseguidas vistas en años dentro de la producción patria. El resultado no sólo es la mejor película (con mucha diferencia) de Alberto Rodríguez sino también una de las obras cinematográficas más interesantes y completas de este 2014 al que le quedan pocos meses para abandonarnos.




Una atmósfera y dos protagonistas que remiten a True Detective, un punto de partida y algunos apuntes que nos llevan de Twin Peaks (esos pájaros que se le aparecen al personaje de Javier Gutiérrez son puro David Lynch) a Forbrydelsen/The Killing pasando hasta por la meritoria miniserie española Punta Escarlata (producto para la pequeña pantalla que comparte muchos puntos en común con la obra que nos ocupa). La trama la hemos visto cientos de veces: Dos policías de la capital viajan a un pueblo andaluz a investigar la desaparición de dos chicas de la zona que finalmente son encontradas brutalmente violadas y asesinadas. Allí se mezclaran con la fauna local para intentar desentrañar el crimen, pero entre pistas y falsos culpables encontrarán secretos a voces y actos inenarrables llevados a cabo por personas sin rostro o identidad.




La Isla Mínima es una de esas películas que desde su primera imagen ya sabemos que está rematada por un profesional que es consciente completamente lo que está haciendo y cómo debe hacerlo. Esos planos cenitales a vista de pájaro, acariciados por la excelente e intimista partitura de Julio de la Rosa, que retratan marismas que parecen lóbulos cerebrales y que el realizador irá utilizando a lo largo del metraje para acentuar la pequeñez de esta historia tan mínima como la isla que da título al film, afirmándonos que asesinatos como los de Ángela y Carmen se sucedían, suceden y sucederán en España por centenares, son un toque de aviso para avisarnos que vamos a asistir a toda una lección de cinematografía de altos vuelos, ya que el salto de calidad en el trabajo de Alberto Rodríguez con respecto a su obra inmediatamente anterior es sencillamente enorme y con Grupo 7 hablábamos de una obra soberbiamente rodada, con una puesta en escena llena de nervio y una dirección de actores brillante.




Pero la última película del cineasta sevillano juega en otra liga, aquí el centro no son los enormes personajes a los que dan vida nos Raúl Arévalo y Javier Gutiérerrez a los que no se puede hacer justicia con palabras (sobre todo al segundo, lo suyo no tienen nombre) ni siquiera la investigación del caso del doble asesinato, ya que uno de los logros más grandes de los creadores del largometraje es que en ocasiones nos implicamos tanto con la narración que saber quién está detrás del crimen es lo que menos nos interesa. Aquí lo que realmente mueve la historia gracias al intachable y complejo guión del mismo Alberto Rodríguez y su habitual colaborador, Rafael Cobos, es el contexto histórico, aquel 1980 en el que una joven y todavía débil democracia trataba de abrirse paso entre esperanzas y sueños, muchas veces, sepultados por la furia y la amenaza heredadas por 40 años de aislamiento político y social.




Porque si en Grupo 7 la crítica lectura política del largometraje se encontraba adherida tangencialmente a la historia que Alberto Rodríguez y Rafael Cobos nos narraban, en La Isla Mínima la misma es la que bascula todo el entramado central de la historia. Aquella época del posfranquismo se puede palpar en la atmósfera fantasmal del pueblo, en las moscas que revolotean alrededor de las casas, en las caras de tristeza asumida años ha de los ciudadanos, todo localizado en unos días inciertos en los que el mínimo gesto, el más pequeño movimiento, podía hacer volar por los aires los intentos porque aquellas dos Españas no volvieran a enfrentarse. Las sombras de la dictadura sobrevuelan toda la localidad donde Estrella y Carmen han perdido la vida de manera descarnada, un lugar donde el tiempo parece haberse detenido, donde los señoritos y terratenientes siguen haciendo lo que les viene en gana con los más desfavorecidos, como si aquello que nos contaran, Miguel Delíbes primero y Mario Camus más tarde, en Los Santos Inocentes fuera extrapolado a una trama detectivesca de aire asfixiante, calor húmedo y naturaleza siniestra.




Los espéctros de aquella dictadura habitan en el cuerpo menudo de un Javier Gutiérrez al que por fin le han dado el papel protagonista que llevaba años mereciendo. La oportunidad no se puede decir que la haya desperdiciado y por ello se ha llevado la concha de plata al mejor actor en el pasado festival de San Sebastián. Policía violento, de métodos expeditivos, alcohólico, al que con sutiles pinceladas el guión nos perfila como un hombre de talento desperdiciado (esa libreta llena de dibujos) que supuestamente sirvió a las órdenes del régimen y que el actor asturiano llena de gestos, matices, miradas y una verdad doliente que atraviesa la pantalla en favor de una empatía compartida con el espectador que nos causa tanto rechazo como atracción. La réplica se la da un no menos apabullante Raúl Arévalo que muestra la otra cara ideológica de las fuerzas de la ley, la que contesta a sus superiores y no acepta ordenes así como así, pero la personalidad vírica de su compañero calará tan hondo en su psique que en ocasiones le veremos como su más que posible heredero, pareciendo ambos los hijos de un mismo desarraigo.




La Isla Mínima es una muestra del mejor cine que se puede hacer en España y la más digna heredera de la soberbia adaptación Ladislao Vajda hizo de la novela El Cebo del novelista Friedrich Dürrenmatt. Adentrándonos en el thriller de género, pero sin olvidar el compromiso que siempre ha caracterizado a nuestra producción fílmica, Alberto Rodríguez consigue una pequeña obra maestra que poco tiene que envidiar a largometrajes policíacos de Estados Unidos, Francia o Italia, que aúna un equipo técnico totalmente cohesionado (la dirección de fotografía de Álex Catalán casi podríamos decir que tiene vida propia) y un dúo de actores con las espaldas bien cubiertas por unos secundarios (como un magnífico Antonio de la Torre, un competente Jesús Castro, un carismático Manolo Solo o la revelación dramática en la piel del actor cómico y monologuista Salvador Reina entre otros) que inyectan calidad a todos y cada uno de los fotogramas que pueblan el largo.




Alberto Rodríguez apela a la narración fluida, al entretenimiento de calidad, a hacer que el espectador piense y reflexione mientras se retuerce en la butaca con las pocas glorias y muchas miserias de sus dos antihéroes protagonistas. El cineasta sevillano nos vuelve a retratar la Andalucía profunda, la enraizada en la tierra moribunda, la que tenía la violencia a flor de piel, la que formaba parte de una España que no está tan alejada en el tiempo como quisiéramos pensar y que por desgracia cada vez se parece más a la de hoy. Sin adoctrinar, si brocha gorda, pero con rabia y sin temblarle el pulso el director de Grupo 7 afirma que no nos olvidemos de aquellos que, al morir el dictador, y después de haber matado y torturado en nombre de un país “grande y libre”, abrazaron la democracia como si la hubieran defendido desde siempre yéndoles la vida en ello, ni de aquellos que les necesitaban para hacer el trabajo sucio independientemente del lado del espectro político en el que se encontraran.



domingo, 5 de octubre de 2014

Sin City: Una Dama Por la Que Matar, la jungla del asfalto



Título Original Sin City: A Dame to Kill For (2014)
Director Robert Rodriguez y Frank Miller
Guión Frank Miller basado en sus cómics
Actores Mickey Rourke, Jessica Alba, Josh Brolin, Joseph Gordon-Levitt, Rosario Dawson, Bruce Willis, Eva Green, Powers Boothe, Dennis Haysbert, Ray Liotta, Christopher Meloni, Jeremy Piven, Christopher Lloyd, Jaime King, Juno Temple, Stacy Keach, Marton Csokas, Jude Ciccolella, Jamie Chung, Julia Garner, Lady Gaga, Alexa Vega, Patricia Vonne, Bart Fletcher, Billy Blair, Johnny Reno, Frank Miller





En el ya algo lejano año 2005 el cineasta nacido en Texas, Robert Rodríguez, consiguió algo más que realizar una adaptación de la saga de cómics Sin City escrita y dibujada por uno de los nombres más importantes del mundo del noveno arte, el norteamericano Frank Miller. También consiguió que el autor de Batman: El Regreso del Caballero Oscuro, Hard Boiled o Martha Wasington: Give Me Liberty debutara en la realización cinematográfica con esta fidedigna (hasta lo enfermizo) adaptación de la serie editada por el sello independiente Dark Horse. Del resultado de aquel sobresaliente experimento, que supuso una de las mejores películas del autor de la trilogía de El Mariachi o Abierto Hasta el Amanecer, ya hablamos en su momento dentro de las cuatro paredes de este santo blog. De modo que ahora toca hacerlo de la tardía secuela de reciente factura.




El fracaso en taquilla de Sin City: Una Dama Por la Que Matar y el escaso entusiasmo de la crítica que la pudo ver en el estreno han herido de muerte su, en principio, prometedora carrera comercial. Tal ha sido el batacazo que al igual que el anterior film de Robert Rodriguez (Machete Kills, secuela de aquella simpática Machete de 2010 que nació como fake trailer en la saga Grindhouse que el texano ideó junto a su inseparable amigo Quentin Tarantino) en algunos países, España entre ellos, será editada directamente en el mercado doméstico, ya sea en dvd o blu-ray. Un servidor ha podido ver ya esta secuela de Sin City y sería de necios afirmar que está a la altura de su predecesora, pero tampoco podemos hablar de una mala película o una secuela fallida, pero sí de un producto irregular con muchos aciertos que en ocasiones se alternan con decisiones equivocadas que le restan puntos si la analizamos globalmente como obra en su conjunto.




Sin City: A Dame To Kill For adapta el cómic del mismo título que supone el segundo arco editado en la colección allá por los años 90, también se incluye una historia corta corto titulada Otra Noche de Sábado sacada del recopilatorio Alcohol, Chicas y Balas, y el mismo Frank Miller ha escrito exclusivamente para la película dos nuevas historias a las que cuesta situar en el universo de Sin City, aunque formen parte del mismo, por más de un motivo que más tarde pasaremos a comentar. El desequilibrio se hace más que notorio cuando nos damos cuenta de que son los relatos adaptados del cómic los que realmente funcionan y los dos ideados para el largometraje los que no están bien rematados o inadecuadamente desarrollados aunque en ellos se note la mano de Frank Miller, por desgracia uno en horas bajas artísticamente hablando y por lo que hemos podido ver en imágenes de la Comic Con de San Diego también en lo que a salud se refiere.




La adaptación del cómic que tiene a Dwight McCarthy y Ava Lord como protagonistas es ejemplar en lo narrativo y casi perfecta en lo estético. Robert Rodriguez y Frank Miller vuelven a utilizar todos los recursos visuales y estilísticos que dieron tan buen resultado en la primera Sin City de 2005. La literalidad a la hora de extrapolar las viñetas en imágenes es de una solidez y ejecución para quitarse el sombrero. La adaptación de Otra Noche de Sábado es enfermizamente fiel hasta el punto de que las dos viñetas en las que los coches rodeaban el rostro de Marv se convierten en pantalla en un travelling circular que recorre el cuerpo del personaje al que vuelve a dar vida Mickey Rourke. La paleta de colores, el uso cromático del blanco y negro con breves pinceladas de azul, verde o rojo, la utilización de unos soberbios efectos digitales para crear de la nada una ciudad que huele a miseria, violencia, sexo y alcohol, todo funciona a las mil maravillas, puede que no con tanta rotundidad como en la primera película, pero sí con la suficiente eficiencia para no desmerecer al acabado artístico de aquella.




Al prólogo y la historia central que adapta el cómic de Frank Miller poco se le puede achacar. Los actores están muy bien elegidos, Josh Brolin hace un trabajo muy competente, dando el perfecto perfil de antihéroe noir, su actuación sólo se resiente cuando los directores toman la idea de ponerle la peor peluca de la historia cuando el personaje de Dwight se cambia el rostro por medio de la cirugía (tomando las facciones de un Clive Owen que debería haber retomado aquí su papel de la primera película una vez ha pasado por el quirófano, pero parece ser que dio una negativa a la hora de participar en el proyecto de la secuela) en la recta final del metraje de su historia. El cambio del tono de voz del protagonista de No Es País Para Viejos y la terrible rata muerta que le colocan en la cabeza no sólo hacen que echemos de menos al actor de Hijos de los Hombres, sino que también restan enteros al meritorio trabajo que el actor de Wall Street: El Dinero Nunca Duerme estaba llevando a cabo hasta ese momento.




Aunque nunca me la hubiera imaginado como Ava Lord (habiendo preferido un servidor entre las posibles candidatas tanteadas a la inglesa Rachel Weisz o la estadounidense Angelina Jolie, que se parecían físicamente más al personaje de las viñetas) le morbosísima actriz francesa Eva Green tiene grabadas las palabras femme fatale en la frente. La protagonista de Soñadores o 300: El Origen de Un Imperio está a la altura, dando vida a una mujer tan atractiva como manipuladora, tan apasionada como mentirosa, tan fría como peligrosa, condensando en su interesante anatomía todo el ideario algo machista y con cierto tono misógino de Frank Miller. Ella es uno de los mejores aciertos del largometraje y su rotundidad y sexualidad permiten que nos creamos que los hombres pierdan la cordura por ella y sus artimañas eróticocriminales.




Dentro de los secundarios tenemos a habituales de la casa como un Mickey Rourke que una vez más se lleva al gato al agua dando vida a esa descontrolada mole esquizofrénica pero leal llamada Marv. Aunque esta vez el maquillaje no está tan elaborado, el protagonista Manhattan Sur (Year of the Dragon) o El Luchador está tan metido en su personaje que nos los creemos en todo momento lo suficiente como para disfrutar de sus violentas correrías, Rosario Dawson como la dura Gail o Jaime King como las gemelas Goldie y Wendy. En las nuevas incorporaciones tenemos a Christopher Meloni en la piel del teniente de policía Mort y las breves apariciones de Ray Liotta como Joey, Juno Temple como Sally y un irreconocible Stacy Keach dando vida a Wallenquist, cuya exagerada caracterización está de más en la estética del film por muy fiel que sea a la de los cómics.





Pero incluso en esta primera historia encontramos uno de los fallos más destacados de Sin City: Una Dama Por la Que Matar y del que ya hemos dado algún detalle unos párrafos más arriba. El cambio de actores a la hora de dar vida a personajes que ya aparecieron en las varias historias que daban forma a la primera película. Evidentemente poco podremos quejarnos de que Dennis Haysbert  o Julia Garner ocuparan los lugares de los fallecidos Michael Clarke Duncan y Brittany Murphy a la hora de ofrecer cuerpo y voz a Manute y Marcie (aunque esta pertenece a la historia protagonizada pro Joseph Gordon.Levitt) respectivamente. Pero transformar a Michal Madsen en Jeremy Piven en el caso de Bob, o el de Jamie Chung por Devon Aoki  en el de Miho ha sido un error en ambos casos que da pie a una confusión que en ocasiones comparte tanto el espectador que ha leído los cómics como el néofito.




Esa desorientación se acrecienta cuando nos disponemos a analizar las dos nuevas historias que Frank Miller ha escrito para el guión de la película: La Larga Mala Noche y El Último Baile de Nancy Callahan. Ambas no desentonan con el estilo de Sin City, ya sea en páginas de papel o imágenes cinematográficas en movimiento, sus personajes parecen nacidos en el universo creado por Frank Miller alrededor de esa corrupta ciudad y el tono a literatura negra hiperbolizada se deja notar en todo momento. El problema es el pobre devenir de ambos relatos, el insuficiente desarrollo del de un magnífico Jospeh Gordon-Levitt al que da la réplica un crecido, con respecto a su breve aparición en la primera parte, Powers Boothe y la gratuidad del que tiene a una esforzada pero insuficiente (como siempre) Jessica Alba acompañada de un Bruce Willis metido con calzador para llevárselo calentito en un cheque, así como también el abrupto final con el que Rodriguez y Miller dan carpetazo a ambas tramas.





Estos dos relatos dejan claro algo que llevamos viendo desde hace años y que ya es una verdad inamovible. Frank Miller no es ni la sombra de lo que fue, ya sea escribiendo pobres (cuando no terribles) cómics como El Contraataque del Caballero Oscuro, All Star Batman & Robin o Holy Terror, rematando argumentos rudimentarios para secuelas de las adaptaciones de su obra al celuloide (300: El Origen de Un Imperio) o rodando largometrajes con los que mancilla, más que homenajea, la obra de ídolos suyos como el Will Eisner de The Spirit. Pero poco importa que Miller ya no sea un gran autor del mundo del cómic y que se haya transformado en un carca fascistoide en lo personal, es saber que posiblemente esté luchando con una enfermedad que puede arrebatárnoslo y desear un servidor que salga adelante y siga regalándonos (o no, ya poco tiene que demostrar) piezas como Daredevil: Born Again, Batman: Año Uno o Ronin.




Ha llegado tarde (casi diez años después que se hermana mayor) y no está todo lo bien rematada que debiera, a sus autores se les nota en pantalla las prisas por tener el proyecto a punto lo antes posible y eso se deja ver en las imágenes (ese deficiente montaje que confunde al espectador con distintas tramas temporales que hasta a los conocedores de los cómics nos puede llegar a dar dolor de cabeza para descifrar) con algunos fallos que alejan un poco a esta secuela de los destacados hallazgos visuales y conceptuales de su predecesora. Pero realmente Sin City: Una Dama Por la Que Matar no me ha decepcionado, atesora en su interior una puesta en escena que en ocasiones llega a las cotas de grandeza de la primera entrega, un reparto muy bien equilibrado con algunos cameos que son oro puro (Cristopher Lloyd, ese ídolo) y momentos de una fuerza que nos vuelven a agarrar por las solpas para llevarnos a rastras a esa ciudad corrupta hasta la médula en la que la vida no vale nada y sólo los fuertes sobreviven.


miércoles, 24 de septiembre de 2014

Cazafantasmas II, el secreto de los mocos rosa



Título Original Ghostbusters II (1989)
Director Ivan Reitman
Guión Harold Ramis y Dan Aykroyd
Actores Bill Murray, Sigourney Weaver, Dan Aykroyd, Harold Ramis, Rick Moranis, Ernie Hudson, Annie Potts, Peter MacNicol, Harris Yulin, David Margulies, Kurt Fuller, Janet Margolin, Cheech Marin, Brian Doyle-Murray, Ben Stein, Philip Baker Hall, Kevin Dunn, Chloe Webb, Wilhelm von Homburg




El estreno de Los Cazafantasmas en 1984 fue todo un éxito. La cinta se convirtió en una obra de culto y una de las representaciones más cristalinas y palpables de que el cine comercial norteamericano de los años 80 era, en gran parte, de una calidad más que contrastada de cara a unos espectadores que se divertían con unos productos que no les miraban por encima del hombro con la única misión de vaciar sus billeteras. Tras ella llegaron series animadas, videojuegos, juguetes y todo tipo de merchandising, pero de eso hablaremos más adelante. De modo que de manera bastante lógica la gestación de la secuela siempre estuvo presente en la mente de las cabezas pensantes de Columbia Pictures, pero la misma no llegaría hasta un lustro después de la puesta de largo internacional de la primera entrega. Cazafantasmas II vio la luz en 1989 con prácticamente los mismos equipos técnico y artístico de su predecesora, pero por desgracia su paso por la taquilla no fue tan rotundo, como comentaremos un poco más tarde.




Ghostbusters II es una secuela ejemplar, una continuación que respeta escrupulosamente todo lo que hizo grande a la primera entrega de las divertidas correrías de estos cuatro cazadores de entidades ectoplásmicas. En la dirección volvía a ponerse el canadiense Ivan Reitman y del guión una vez más se ocupaban su paisano Dan Aykroyd y el tristemente fallecido Harold Ramis. Estos dos últimos, que en pantalla daban vida a Ray Stantz y Egon Spengler, se sumaron de nuevo Ernie Hudson como Winston Zeddemore, Sigourney Weaver como Dana Barret y Bill Murray, que ponía voz y cuerpo al personaje alma de tanto esta como la anterior película del díptico cinematográfico, el irónico y chulesco Peter Venkman, siempre sin olvidarnos a Rick Moranis como Louis Tully, el abogado de los protagonistas, y Annie Potts como Janine Melnitz la secretaria de los mismos. A ellos se sumarían actores debutantes en la saga como Peter MacNicol en la piel de Janosz Poha y Wilhelm von Homburg como Vigo, el Cárpato, el villano de la velada al que puso voz en la versión original el mítico actor sueco Max Von Sydow.




De nuevo nos encontrábamos con una comedia de ciencia ficción con toques de terror perfectamente dosificados a lo largo del metraje, una revisión dentro del cine fantástico del tipo de humor que venía cultivando Ivan Reitman con Dan Aykroyd, Bill Murray y Harold Ramis en obras como Los Incorregibles Albóndigas o El Pelotón Chiflado. La historia estaba situada cinco años después de que los Cazafantasmas salvaran la ciudad de Nueva York de las garras de Gozer el Destructor con los miembros del grupo inactivos y dedicándose a otras tareas como realizar estudios psicológicos (Egon) animar cumpleaños infantiles con los uniformes que antaño usaron para cazar espíritus (Ray y Winston) o presentar fraudulentos programas esotéricos y paranormales para sacar tajada del medio televisivo (Peter). La amenaza que recae sobre el hijo recién nacido de Danna Barret (recordemos, antigua pareja de Venkman y amiga de los miembros de los Cazafantasmas) y que tiene que ver con un cuadro recién llegado al Museo de Arte de Manhattan, el retrato de un antiguo genocida europeo llamado Vigo, el Cárpato.




Como hemos comentado el largometraje era escrupulósamente fiel a su hermana mayor, pero Dan Aykroyd y Harold Ramis en la escritura introdujeron los suficientes alicientes de estreno y personajes de nuevo cuño para que el visionado de la secuela no transmitiera una peligrosa sensación de déjà vu. Una vez más nos encontrábamos con una comedia con pinceladas de terror en la que los cuatro personajes tenían una personalidad carismática y entrañable pero que quedaban sepultados siempre por un Bill Murray que gracias a su sorna y mala baba convertía la velada (esta y la anterior) en ocasiones en un one man show para que el actor fetiche de Wes Anderson pudiera lucirse plenamente. Volvíamos a tener la presencia de Sigourney Weaver y su creíble tensión sexual con el protagonista de Lost in Translation, un villano intimidante que era una amalgama entre Vlad el Empalador y Atila el Huno y un secundario cómico encarnado por un, tan cargante como memorable, Peter MacNicol que ocupaba el rol que en la primera entrega tenía Rick Moranis, que en después de todo tiene en esta secuela su pequeña parcela de protagonismo junto a la siempre estirada por fuera pero pícara por dentro Annie Potts.




Al igual que en la primera Cazafantasmas en esta secuela tenemos momentos remarcables que hicieron las delicias de los fans de la franquicia. Por un lado ver como cada uno de los miembros del grupo se ganaba la vida alejados de la persecución, captura y encarcelamiento de entidades ectoplásmicas es todo un acierto, sobre todo para enfatizar en la memorable escena del juicio la icónica escena en la que Ray, Egon y Peter vuelven a colgarse los equipos de nuevo para volver a la acción y liberar a New York de la ola de fantasmas que la invade. Momentos como en los que Ray e Egon confiesan haber dormido con los mocos rosa para intimar con ellos, cuando Louis se equipa con su propio equipo de cazafantasmas, el momento del tren fantasma que atraviesa (literalmente) a Winston o todo lo que implica a Vigo sometiendo la voluntad de Janosh, el secuestro del aodrabe bebé de Dana o cuando, una vez más, los doctores Spengler y Stantz descubren en la sala de revelado que Vigo es el portador de los ya mencionados mocos mezclan humor punzante con terror efectivo. 




Pocas pegas más se le pueden poner al metraje del largometraje, puede que algún chiste anticuadamente homófobo por parte de Peter a la hora de referirse a Vigo, el fallo (que ya estaba en la primera parte) de arrinconar en numerosas ocasiones al personaje de Winston haciéndolo parecer en ocasiones más un secundario sin mucha entidad que el cuarto miembro de los Cazafantasmas. Por último no olvidarnos de la empalagosa carga da patriotismo típicamente americano de andar por casa con todo lo que implica a la Estatua de la Libertad que nos incitaría a pensar que esta secuela de Cazafantasmas podía haber sido una cinta de la ola de cine patriótico post 11S con el que Hollywood nos asedió durante la primera mitad de la década pasada. Pero sería de necios negar que el momento en el que cobra vida no está bien ejecutado y propicia algunos gags memorables.




El tiempo ha puesto a Cazafantasmas II en su lugar, el de una secuela que no desmerece en ningún aspecto a su predecesora por contener en su interior todo lo que encumbró a la primera y más bien poco de lo que en aquella no funcionaba. El estreno de la película en las carteleras estadounidenses fue brutal, recaudando en su primera semana más de 29 millones de dólares. El problema radicó cuando a las dos semanas de permanencia del largometraje en cartelera un joven director llamado Tim Burton estrenó la primera gran película auspiciada por la Warner Bros para llevar a la gran pantalla las aventuras de cierto personaje de cómics creado en 1939 por Bob Kane y Bill Finger que ensombreció todos los logros del film dirigido por Ivan Reitman. No sabemos si fueron los cinco años que pasaron entre una entrega de Cazafantasmas y la otra lo que hizo mella en el grueso de la asistencia de los espectadores a los cines, pero el eco de esos dos films protagonizados por inolvisables personajes que formaron parte de la infancia de toda una generación no habían dicho su última palabra, a día de hoy llegando este 2014 a su crepúsculo, todavía no lo han hecho.



martes, 23 de septiembre de 2014

Líbranos del Mal



Título Original Deliver Us From Evil (2014)
Director Scott Derrickson
Guión Paul Harris Boardman y Scott Derrickson basado en el libro de Ralph Sarchie y Lisa Collier Cool
Actores Eric Bana, Edgar Ramirez, Olivia Munn, Joel McHale, Sean Harris, Dorian Missick, Antoinette LaVecchia, Scott Johnsen, Valentina Rendón, Daniel Sauli, Olivia Horton, Chris Coy, Mike Houston, Sean Bennett, Lolita Foster, Lulu Wilson, Jenna Gavigan






En el año 2000 debutó en la realización cinematográfica el director norteamericano Scott Derrickson con Hellraiser V: Inferno, cuarta secuela de las andanzas de Pinhead y los cenobitas creados en papel y trasladados por primera vez a imágenes por el novelista y cineasta Clive Barker. Pero no sería hasta cinco años después que se hiciera un nombre internacional con la exitosa El Exorcismo de Emily Rose, film protagonizado por una espléndida Jennifer Carpenter, escoltada por unos destacables Tom Wilkinson y Laura Linney. Basado en unos supuestos hechos reales el largometraje pecaba de cierto sensacionalismo y un esquema argumental con bastantes tópicos y maniqueismos varios pero a la notable labor de sus actores se sumaban pasajes de una extraña belleza y otros de una contundiencia bastante destacable, como la secuencia en el granero que podría considerarse como el clímax principal de la producción.




En 2008 decidió alejarse un poco del cine de terror para entregarse al género de ciencia ficción con un tan incompetente como inncesario remake de Ultimatum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still en su título original) el clásico de Robert Wise estrenado en 1951. Con un Keanu Reeves más impertérrito que nunca y unos decentes Jennifer Connelly y John Hamm la cinta de Scott Derrickson era un quiero y no puedo desangelado en el que ni sus competentes efectos especiales pasaban del aprobado. Tras la experiencia decidió volver al género que le dio la fama con Sinister, un agradecido largometraje de terror protagonizado por Ethan Hawke y Maria Bello que sin inventar nada y bebiendo de otros muchos trabajos cinematográficos (El Resplandor, Insidious, Poltergeist, Terror en Amitvylle) conseguía exponer en pantalla los, hasta ese momento, mejores pasajes rodados por su autor, como el arranque de la obra o esas grabaciones en vídeo de aroma impío y arcano con las que se obsesionaba el protagonista de Gattaca.




Viendo que el éxito de Sinister fue más que considerable (de hecho la secuela está en camino) Scott Derrickson decidió no cambiar de género y gracias a ello aliarse con Sony para dar forma a su siguiente proyecto, otro largometraje inscrito en el cine de terror y, como su segundo film detrás de las cámaras, también inspirado (supuestamente) en hechos reales. Tomando como base el libro autobiográfico Cuidado con la Noche del sargento de la policía de New York Ralph Sarchie, co-escrito con Lisa Collier Cool y editado en 2001, el guionista y director nos narra cómo este agente de la ley se vio implicado en varios casos en el que personas sin conexión aparente cometían actos homicidas que finalmente parecieron estar unidos por hechos sobrenaturales relacionados con posesiones demoníacas. En su investigación el sargento Ralph Sarchie (Eric Bana) recibió la ayuda del padre Mendoza (Edgar Ramirez) que le introdujo en el submundo de los exorcismos y la demonología.




Líbranos del Mal es una competente cinta que combina el género de investigación policíaca con el de terror protagonizado por personas sometidas a la voluntad de las entidades demoníacas que las han poseído. Aunque uno de los mayores puntos a favor del proyecto sea la amalgama de dichas vertientes cinematográficas la mezcolanza de las mismas no es ninguna novedad y ya pudimos verla en su momento en productos previos como la hoy olvidada, pero bastante recuperable, El Exorcista III: Legión, segunda secuela del film de William Friedkin de 1975 que esta vez estaba rodada (con una más que notable competencia) por William Peter Blatty, el autor de la novela en la que se basó el mítico film protagonizado por Ellen Burstyn, Linda Blair, Jason Miller y Max Von Sydow, porque curiosamente un trabajo como Deliver Us From Evil bebe más de la impronta como cineasta del mismo escritor que de la obra del autor de A la Caza o French Connection.




La quinta película de Scott Derrikcson no nos cuenta nada inexplorado ni transita caminos nuevos en pos de la originalidad. Pero sabe jugar con mucha agilidad sus cartas marcadas, ofreciendo un producto comercial que sirve como nueva confirmación de que el cineasta va depurando sus dotes como narrador y ofreciendo proyectos cada vez más competentes, aunque como sucedía con sus realizaciones previas no podemos hablar de personalidad autoral o de una labor que exceda la meritoria labor de un artesano al servicio de la industria cinematográfica más comercial de Hollywood. Porque aunque como director vaya siendo un profesional cada vez más cualificado para posicionarse detrás de una cámara con Líbranos del Mal después de todo hablamos de una producción salida de la mano de Jerry Bruckhaimer, cara visible del celuloide más intrascendente y de evasión de la actual meca del cine.




Pero al igual que en su anterior trabajo Scott Derrickson logra que el espectador se implique con la historia que está narrando, consiguiendo por medio de una atmósfera más o menos palpable, una puesta en escena bastante sólida (aunque como previamente hemos comentado bastante impersonal) y una dirección de actores más que competente. Todo esto en un guión repleto de clichés que el norteamericano sabe dosificar y pulir lo suficiente como para que, aunque los reconozcamos como estereotipos más o menos manoseados, en (casi) ningún momento nos transmitan una desganada o vacua sensación de déjà vu. Pero cierto es que al igual que en Sinister aquí tenemos a un hombre que se obsesiona con un mundo paranormal que anteriormente le era ajeno y de la misma manera que en El Exorcismo de Emily Rose podemos detectar como al director y su co guionista se les ve el plumero a la hora de tratar de convencernos de la manera más adoctrinadora posible que la existencia del más allá, las posesiones espirituales o Dios son hechos inamovibles y que el no creyente debe recuperar la fe perdida para realizarse como persona y con ello vencer a sus demonios internos, ya sean terrenales o no.




Hay buenos momentos de tensión en Líbranos del Mal y un realismo crudo a la hora de retratar las “malas calles” de New York que nos retrotraen a los trabajos de cineastas como David Ayer (Sin Tregua, Sabotage) o Antoine Fuqua (Training Day, El Rey Arturo). Scott Derrickson abusa en ocasiones de los golpes de sonido para impactar a la platea, pero siempre acompaña dichos pasajes de un in crescendo de la tensión bastante juicioso captando la esencia blasfema y antinatural del relato que está narrando. Momentos como la visita a la casa de la familia italiana (todo lo que allí acontece son señales proféticas de corte religioso, con la inclusión de un Can Cerbero incluido) cuando se descubre por medio del vídeo lo que realmente sucedió en Iraq, la gradual introducción del personaje de Sarchie por medio de su “don” en el otro mundo o el exorcismo final (y la víspera del mismo con esa entrada a cámara lenta en la comisaría con la lluvia “purificando” a los personajes que recuerda a Seven de David Fincher) muy bien estructurado dan empaque al conjunto de la obra.




Líbranos del Mal es un agradable producto de consumo sin muchas aspiraciones con alicientes suficientes (rocambolescos hechos reales, varios sustos bien ejecutados, una fotografía que se entrega con acierto a los juegos de luces y sombras, una banda sonora cautivadora del siempre magnífico Christopher Young) como para ofrecer al espectador dos horas de malsana diversión que tanto entretiene durante su visionado como rápidamente se olvida después del mismo. Como protagonistas tenemos a tres tipos duros de buen ver haciendo unos trabajos cumplidores. Eric Bana (Hulk, Munich) dando vida a un convincente Ralph Sarchie, Edgar Ramirez como el poco probable padre Mendoza, John McHale (Community, Ted) en la piel del macarra y divertido Butler y un Sean Harris entregadísimo en cuerpo y alma (24 Hour Party People, Prometheus) para que su Mike Santino robe más de una escena a los actores principales. El resto es entretenimiento puro y duro, una pieza fílmica a la que no le podemos pedir algo que sabemos de antemano que no nos puede dar, pero que sirve como confirmación de que Scott Derrikcson ya esta (casi) preparado para llevar a imágenes las aventuras en viñetas del Doctor Extraño que Marvel Studios está gestando ahora mismo en sus (seguramente) concurridas oficinas.



lunes, 8 de septiembre de 2014

La Maldicion de Chucky, welcome to the dollhouse



Título Original Curse of Chucky (2013)
Director Don Mancini
Guión Don Mancini
Actores Brad Dourif, Danielle Bisutti, Fiona Dourif, Brennan Elliott, A Martinez, Chantal Quesnelle, Maitland McConnell, Kally Berard, Kyle Nobess, Will Woytowich, Kevin Anderson, Adam Hurtig, Alex Vincent





En el año 1988 el director norteamericano Tom Holland que venía de saborear las mieles del éxito con la muy ochentera Noche de Miedo (Fright Night) protagonizada por Chris Sarandon, William Rasgade, Amanda Bearse y el gran Roddy McDowall, se alió con los guionistas Don Mancini y John Lafia para rodar una pequeña obra de culto dentro del cine de terror titulada Child’s Play o como la recordamos en España, Muñeco Diabólico. Largometraje cuyo éxito dio pie a, nada más y nada menos, que cinco secuelas en las que se narraron (con distinto tono e intencionalidad) las correrías del diabólico muñeco viviente Chucky.




La primera Muñeco Diabólico narraba cómo el asesino Charles Lee Ray (Brad Dourif) tras ser perseguido y herido por un grupo de policías durante una huida se ve en la obligación de utilizar sus poderes chamánicos (adquiridos previamente gracias a un brujo que fue su mentor) para introducir su alma en uno de los muñecos de la famosa marca Good Guy que llenaban la juguetería en la que se vio acorralado por los agentes de la ley. Child’s Play todavía hoy se ve como una cinta excelentemente ejecutada por un artesano de la dirección en plena forma y con una historia interesante magníficamente desarrollada, así como unos efectos animatrónicos tan eficaces como aterradores.




Dos años después uno de los guionistas de la primera entrega, John Lafia, tomó la silla de director abandonada por Tom Holland mientras Don Mancini (verdadero creador del personaje y cabeza pensante detrás de toda la saga) se ocupaba en solitario de la gestación del libreto de lo que fue Muñeco Diabólico 2. Una digna secuela en la que se conservaba gran parte de la malsana atmósfera de la primera y que guardaba bastante bien la compostura años después de su estreno. En 1993, Muñeco Diabólico 3, mantuvo a Mancini en la escritura, pero vio como Jack Bender (futuro realizador de exitosas series de televisión americanas como Lost, Carnivàle, Los Soprano) era asignado como cineasta para narrar cómo un (nuevamente) resucitado Chucky sembraba el caos en una escuela militar. Brutal (a la par que entrañable) entrega a la que un servidor no sabe cómo habrá tratado el tiempo, pero por la cual guardo un especial cariño.




En 1998 llegó el exitoso lavado de cara. Don Mancini se alió con el director Ronny Yu (Freddy vs. Jason, Una Historia China de Fantasmas) para convertir la cuarta entrega de los crímenes de nuestro muñeco favorito en una comedia de humor negro con breves apuntes de terror que caía bien en un primer visionado, pero que degradaba en cierta manera la franquicia. El producto, como hemos comentado previamente, fue un más que considerable triunfo que atrajo a una nueva generación de fans del personaje a las multiasalas para ver La Novia de Chucky, obra en la que el protagonista se enamoraba de una muñeca poseída por el alma de una neumática Jennifer Tilly que desde ese mismo momento se convirtió en una de las señas de identidad actorales de la saga, siempre después del Brad Dourif que dio vida a Charles Lee Ray en el primer film y que después ha puesto voz al juguete asesino en todas y cada una de sus películas.




En 2004 el mismo Don Mancini tomó los mandos de la dirección (mientras se guardaba una vez más la pluma del guionista) para rodad La Semilla de Chucky, que esta vez unía al susodicho y su novia Tifanny el pequeño vástago de la pareja, Glen (o Glenda según su madre). A pesar de las buenas intenciones de Mancini detrás de las cámaras (ese arranque en homenaje al prólogo de La Noche de Halloween de John Carpenter promete lo que más tarde el producto no ofrece) las referencias al cine de  Ed Wood o John Waters (con divertido cameo de este último en el film) el resultado es un desastre que ya arrastra toda la mitología creada alrededor de Chucky por el fango entre chistes chuscos sobre homosexualidad (el aspecto andrógino del hijo de los protagonistas es explotado hasta lo extenuante) que, aunque nos hace esbozar más de una sonrisa a lo largo de su metraje, no hace que merezca la pena su visionado por culpa de su naturaleza desganada y sacacuartos.




El pasado 2013 se estrenó directamente en el mercado doméstico una secta (e innecesaria, como es lógico) entrega titulada La Maldición de Chucky, una vez más, rodada, escrita y producida por un Don Mancini que quiere exprimir su gallina de los huevos de oro hasta que la deje seca. El resultado es contradictorio, porque por un lado podemos hablar de una vuelta a las raíces que convierte al largometraje en la mejor secuela de la franquicia desde la tercera parte, entregándose de nuevo al terror puro, pero sin olvidar por el camino apuntes de humor negro que en las tres primeras partes siempre estaba allí, aunque que en las dos siguientes se explotó de mala manera. El problema radica en que la intención de Mancini de agradar a todos los fans de Chucky da pie que el último tramo del film cree un desequilibrio bastante dañino que impide que nos encontremos con un verdadero éxito, cuando durante la primera hora de metraje no eran pocos los aciertos para llegar a serlo.




El punto de partida de esta quinta parte es bien simple. Chucky llega a la casa de una chica inválida llamada Mican Piers (Fiona Dourif) que se encuentra recluida en su casa con su sobreprotectora madre, Sarah. Esa misma noche la matriarca muere misteriosamente y al poco tiempo varios de los familiares de la fallecida, con la intención de acompañar a la chica paraplégica, pasan la noche en la mansión en la que comenzarán a sucederse los actos homicidas. Es curioso ver el considerable salto de calidad, en lo que a puesta en escena y dirección se refiere, que Don Mancini ha experimentado como cineasta de La Semilla de Chucky a esta continuación que nos ocupa. Llama mucho la atención que un producto cinematográfico considerablemente modesto esté tan bien elaborado y sepa sacar provecho de sus pocos recursos formales y presupuestarios.




El largometraje recupera el tono oscuro y siniestro de la primera trilogía (sobre todo el de los dos primeros films) dejando del lado el encuerado gotocismo de baratillo de La Novia de Chucky y su continuación. Don Mancini vuelve al género de terror, haciendo que su obra se refleje en las horror movies comerciales de los 80, realizando una oda a los efectos especiales artesanales (los distintos muñecos animatrónicos que dan vida a Chucky exhalan realismo y cercanía) y al gore desenfadado, sin olvidarse del humor políticamente incorrecto del protagonista pero sin que este se convierta en el dueño de la velada. El guión, tan efectivo como rudimentario, está lleno de clichés y personajes estereotipados (aunque más de uno guarda alguna que otra sorpresa interesante) pero su discurrir es tan gradual y placentero que no se hace reiterativo ni molesto.




Todo va a las mil maravillas durante la primera hora. Don Mancini sabe ir aumentando el in crescendo de tensión para retrasar cuanto le sea posible el momento en que Chucky deje de parecer un inocente muñeco y descubra su verdadera cara homicida. El director hace un uso magnífico de travellings (el circular en plano cenital de la mesa con la cena puesta es muy destacable) escenas que incrementan el suspense, hechos narrados en fuera de campo, los juegos de luces y sombras y sobre todo una enfermiza delectación para enfocar de todas las maneras posibles y desde todos los ángulos permisibles a Chucky para que la simple presencia del muñeco en un rincón con su sonriente cara transmita malestar.




Esos primeros 60 minutos son ejemplares y  un rendido homenaje a las tres primeras películas ya mencionadas, terror, morbidez, comedia negra y mala baba. Pero durante la media hora final Don Mancini, con la intención de atraer también a los fans de las dos secuelas humorísticas de la saga, decide dar un giro demasiado brusco a la historia deudor de aquellos dos films y la trama se vuelve confusa, el terror algo más diluido y los actos de los personajes (la Mica de una esforzada Fiona Dourif deja de actuar con cordura y empieza a entregarse a actos de estupidez supina) poco creíbles. De modo que lo que pudo ser una muy buena película protagonizada por Chucky se queda, por culpa de este decepcionante giro de timón, en una aceptable cinta con un final que no le hace justicia.




La Maldición de Chucky es un producto que devuelve gran parte de la dignidad a aquel muñeco diabólico de finales de los 80 y principios de los 90 que quitó el sueño a toda una generación de niños. Don Mancini no inventa nada y de manera tan cobarde como sabia va a lo seguro, a donde todo empezó, para narrarnos otra historia del más famoso miembro de la marca de juguetes Good Guy. Lo hace con oficio, demostrando que tiene talento para narrar historias y para aprovechar una localización más bien escasa para realizar su perversa versión de Diez Negritos de Agatha Christie con un muñeco pelirrojo homicida como asesino. Como producto podía haber sido incluso mejor, pero sus buenas intenciones y los dos primeros tercios del metraje hacen que merezca la pena volver a vernos las caras con uno de los iconos más reconocibles del cine de terror contemporáneo.