martes, 21 de abril de 2015

Stoker, hiedra venenosa



Título Original Stoker (2013)
Director Park Chan-Wook
Guión Wentworth Miller
Actores Mia Wasikowska, Matthew Goode, Nicole Kidman, Jacki Weaver, Dermot Mulroney, Lucas Till, Ralph Brown, Alden Ehrenreich, Phyllis Somerville, Wendy Keeling, Lauren E. Roman, Tyler von Tagen, Judith Godrèche





Stoker es una rareza se la mira por donde se la mire. Está financiada en gran parte por los hermanos Scott, Ridley y el fallecido Tony, co producida y escrita por el actor Wenthworth Miller el célebre Michael Scofield de la exitosa serie Prison Break, protagonizada por las australianas Nicole Kidman y Mia Wasikowska, el británico Matthew Goode y dirigida por el cineasta surcoreano Park Chan-Wook al que debemos joyas como Old Boy o Joint Security Area (J.S.A). Esta mezcolanza de talentos internacionales dio forma al debut del director de Soy Un Cyborg en Estados Unidos sin tener este ni idea de inglés (un intérprete estuvo presente en todo momento en el rodaje) y lo que pudo ser un desastre caótico del que todos sus implicados salieran escaldados se convirtió en una magnífica pieza cinematográfica, de las mejores del año 2013.




El argumento de Stoker es de un película vespertina de fin de semana. Una mujer y su hija que acaban de enterrar al marido de la primera y el padre de la segunda reciben la visita del desaparecido hermano del cabeza de familia fallecido. Cuando el cuñado y tío decide pasar unos días con las dos desamparadas mujeres en ellas comenzarán a aflorar sentimientos de atracción por este y él poco a poco irá mostrando un lado oscuro de su personalidad hasta ese momento desconocido. El guión de Wenworth Miller está muy bien estructurado y `pocas quejas se pueden poner a su construcción, pero la historia que nos narra está tan vista que, como previamente hemos mencionado, no se aleja en demasía de la de cualquier telefilme de medio pelo protagonizado por la celebridad en decadencia de turno.




Por suerte el surcoreano Park Chan-Wook tiene el suficiente talento y el trío de actores principales las necesarias tablas para convertir este relato mil veces visto en una versión mórbida e incestuosa de la Lolita de Vladimir Nabokov (que adaptaran al cine tanto Stanley Kubrick en los 60 como Adrian Lyne en los 90) con apuntes de Sospecha de Alfred Hitchock. Del autor de 39 Escalones o Marnie la Ladrona toma ese tono de intriga localizado en la (casi) única localización de la mansión familiar en la que tiene lugar prácticamente todo el desarrollo de acontecimientos de la trama. De la novela del escritor de La Defensa Luzhin emula su estructura argumental para llevarla e extremos enfermizos que llegan a transmitir cierto malestar en un espectador que no sabe en ningún momento cómo va a acabar la historia o qué derroteros va a tomar la misma.




El director de Thrist pone su poderosa impronta visual y milimétrica puesta en escena al servicio de una historia que en manos de un cineasta con menos talento quedaría en una nadería que sólo podría salvar de la quema el magnífico casting de intérpretes. Park Chan-Wook inyecta toda su imaginería y microcosmos cinematográfico en esa mansión aislada y sus inmediaciones en busca del lado más perverso de su tres protagonistas, hurgando en la depravación y un insano despertar sexual. Por suerte el surcoreano apela a a elegancia y un acabado estilizado a la hora de exponer esto en pantalla siempre sugiriendo más que mostrando y sólo entregándose a lo visceral en contadas ocasiones que rompen los momentos de tensa calma con estallidos de violencia explícita que, aún antojándose intensos, poco tienen que ver con los pasajes más brutales de otros films del mismo autor como Three Extremes o el díptico Sympathy for Mr/Lady Vengeance.




La utilización de los travellings, cámaras lentas, grúas o el uso sobresaliente de los efectos de sonido dan empaque a una historia que sin el acabado plástico y estilítico de su director quedaría reducido a la mitad de sus posibilidades como obra cinematográfica. Momentos como el plano en el que el pelo de Nicole Kidman se convierte en el bosque en el que India iba de cacería con su padre, el del motel y la cabina de teléfono, el del enfrentamiento de la protagonista con algunos compañeros de clase o todo el clímax final confirman que con Stoker Park Chan-Wook no sólo sigue siendo un narrador visual intachable sino que también ha conseguido filtrar su visión a través de un proyecto ajeno que hace suyo con la ayuda de apartados como la exquisita fotografía de Chung-Hoon Chung, un soberbio montaje de Nicolas De Toth, la evocadora banda sonora de Clint Mansell o un reparto a la altura de las circunstancias.




El trío protagonista realiza un tour de force sobresaliente y no sólo por la profesionalidad intrínseca en cada uno de los actores sino también gracias a la notoria mano del director a la hora de guiarlos para abordar a sus criaturas. Mia Wasikowska realiza el mejor papel de su carrera ofreciendo a una Lolita que experimenta una gradual evolución de toxicidad personal (el momento en la ducha es sencillamente brillante) cuando el catalizador de sus más bajos instintos, su tío Charlie, aparece en escena, personaje este abordado por un intachable Matthew Goode de mirada misteriosa y formas tan elegantes como lascivas, sirva como muestra de esto el onírico dueto a piano con el personaje de India, para el que suscribe el mejor momento de la cinta. No les va a la zaga una Nicole Kidman recuperando el talento de antaño con un papel que la australiana hace suyo y llena de debilidades, miedo y rencor. En breves papeles tenemos a Dermont Mulroney y Jacki Weaver, cuyos ínfimos roles cobran harta importancia en la historia narrada.




Stoker es un apetecible caramelo envenenado, un cuento de hadas retorcido, el choque entre la mirada abrasiva de Park Chan-Wook con un melodrama de sobremesa que el surcoreano hace explotar por los aires gracias a su ímpetu por rodar historias abiertas en canal, que lleguen a incomodar a la platea, pero sin estridencias gratuitas o grafismo ofensivo. El debut en Estados Unidos del director nacido en Seul supone una obra elegante y lacerante sobre el malditismo de la consaguineidad, el lado masoquista del despertar sexual adolescente y la herencia generacional del instinto depredador intrínseco en la naturaleza humana. Un producto que no tuvo la repercusión merecida y que confirma a su realizador como un narrador todoterreno al que ni las barreras idiomáticas le impiden destilar ese talento y profesionalidad que desde hace años confirma al cine de Corea del Sur como uno de los mejores del panorama contemporáneo.


lunes, 20 de abril de 2015

Daredevil: Primera Temporada, nacer otra vez



"No estoy buscando penitencia por lo que he hecho , padre. Estoy pidiendo perdón ... por lo que estoy a punto de hacer."
Matt Murdock





En el año 2003 en pleno auge de nuevo cine inspirado en superhéroes de cómic con exitazos como X-Men, de Bryan Singer o Spiderman, de Sam Raimi, el director Mark Steven Johnson (El Inolvidable Simon Birch) se atrevió con la adaptación de uno de esos personajes no demasiado célebres fuera del mundo del arte secuencial como el Daredevil que crearon Stan Lee y Bill Everett 1964. El protagonista elegido para dar vida al invidente abogado Matt Murdock que de noche ejerce como justiciero en la piel de Daredevil fue el actor Ben Affleck al que acompañaron su futura esposa Jennifer Garner en la piel de la letal Elektra Natchios, Colin Farrell dando vida al mercenario Bullseye y el fallecido Michael Clarke Duncan como el capo de la mafia Wilson Fisk, alias Kingpin. La película fue un éxito, pero también una mediocridad, una inintencionada muestra de Serie B que amontonaba cientos de referencias (malentendidas en su mayoría) de la etapa de Frank Miller con el personaje y que ni en su montaje del director (que mejoraba sustancialmente el resultado final de la obra cinematográfica) conseguía sacar a la películas del saco de malas adaptaciones de personajes del mundo del noveno arte que han dado el salto al celuloide. Aunque algunos llegamos a disfrutar con aquel guilty pleasure a prácticamente nadie se le escapaba que la cinta del futuro director (de la todavía peor) Ghost Rider no había hecho justicia, ni de lejos, al vigilante que vela por la seguridad de los ciudadanos que habitan la Cocina del Infierno de la ciudad de New York.




No hace más de un año saltó la noticia que afirmaba que el canal en streaming Netflix (The Killing, House of Cards) iba a aventurarse en una nueva adaptación, esta vez catódica, de Daredevil y aunque la idea agradó al fandom algunas malas noticias relacionadas con el proyecto bajaron mucho los ánimos a los potenciales espectadores. Por un lado la elección del británico Charlie Cox (Encontrarás Dragones, Boardwalk Empire) parecía a todas luces un error de casting por no dar la talla físicamente para dar vida a Matt Murdock y por otro (bastante más grave) la salida como showrunner del talentoso Drew Goddard (La Cabaña en el Bosque, Cloverfield, Buffy la Cazavampiros) por las famosas “diferencias creativas” en favor de Steven S. Deknight (Spartacus, Smallville) tampoco apuntaba a que la gestación de la serie estuviera yendo todo lo bien que debiera dando así posiblemente como resultado un producto que no estuviera a la altura o que no cubriera las expectativas que se habían depositado en el. Pero el pasado día 10 de Abril salimos de dudas cuando Netflix puso en circulación los trece episodios que dan forma a la primera temporada de Daredevil y el programa resultante es todo lo grandioso que se ha dicho por la red y mucho más. Una serie que hace palidecer a cualquier otra produccion que adapta personajes de cómics a la pequeña pantalla como Arrow, The Flash, Agents of SHIELD o Constantine y degradando tanto a la versión cinematográfica que el pobre Mark Steven Johnson debe llevar una semana escondido debajo de su cama.




El Daredevil de Netflix que han ideado Steven S. Deknight y Drew Goddard (este último sigue como productor ejecutivo y escribe los dos primeros episodios para que los dirija Phil Abraham) toma como inspiración en viñetas, principalmente, las etapas de Frank Miller y la de Brian Michael Bendis a la que se añaden pinceladas de las sagas desarrolladas por otros guionistas que han sacado partido del personaje como Ann Nocenti, Ed Brubaker, Andy Diggle o Kevin Smith. Este tono urbano, oscuro y crudo que deja un poco de lado la cara más alegre y superhéroica del personaje (esa que borda Mark Waid) se amalgama con esa referencia televisiva que varios de mis compañeros han mencionado y que nadie se hubiera esperado en una serie de esta naturaleza, The Wire, la obra maestra catódica de David Simon y Ed Burns para la HBO de la que extrae tomarse su tiempo para poner en la mesa sus cartas sin miedo a que el espectador medio rechace la propuesta por no encontrarse con un producto procedimental y realizado en cadena de montaje repleto de roles unidimensionales regidos por blancos o negros éticos y morales a la hora de ser perfilados así como un contexto social muy concreto que sirve de subtexto al núcleo argumental. Porque dentro de las muchas virtudes de este Daredevil se encuentra, no sólo la fidelidad a la esencia y características generales de los personajes de las viñetas que extrapola a imagen real, sino la entidad que cobran los mismos a la hora de ser presentados y desarrollados cuando la historia que vertebra la temporada va tomando solidez. Porque si contra todo pronóstico Charlie Cox elabora un Matt Murdock/Daredevil de notable alto tanto psicológica como físicamente, Elden Henson sabe transmitir la socarronería y lealtad de Foggy Nelson o Deborah Ann Woll y Rosario Dawson enfundarse ejemplarmente los roles de Karen Page y Claire Temple respectivamente, es el brutal y poliédrico Wilson Fisk de Vincent D’Onofrio el secundario que nos confirma que Deknight, Goddard y compañía se han tomado muy en serio la escritura de caracteres y la minuciosa selección de actores para interpretarlos.




Pero no sólo de una galería de personajes interesantes vive Daredevil, Netflix ha acertado de pleno al abordar la serie de maneara totalmente opuesta a como lo hacen otras cadenas norteamericanas a la hora de realizar programas televisivos protagonizados por personajes de cómics, algo a lo que ya apuntaba la versión de Powers, de Brian Michael Bendis ideada por el canal Playstation y que se confirma en la producción que nos ocupa. Poniendo en riesgo la posibilidad de perder espectadores infantiles la casa de Orange is the New Black ha tomado la sabia decisión de dar un tono más dirigido a un público adulto, como si nos encontráramos ante un producto más cercano a Sons of Anarchy o The Shield que a Smallville. La puesta en escena y el look visual que asienta Phil Abraham (The Killing, Mad Men) y que continúan al resto de directores implicados en la temporada, es seco, áspero y su atmósfera oscura retrata una Hell’s Kitchen en la que los más fuertes, en un émulo siniestro de la selección natural, pisotean a lo mas desvalidos. Pero donde más fuertes se hace esta primera temporada, y eso que formalmente es una de las asignaturas pendientes de la mayoría de series de television protagonizadas por (super)héroes, es en las escenas de acción, secuencias físicas en las que los realizadores toman como referentes el cine oriental (desde el coreano del Park Chan-Wook de Old Boy hasta el indonesio del Gareth Evans del díptico The Raid) para bordar caóticas coreografías de violencia sin concesiones vanalizadoras como esa pelea en la bolera del tercer episodio o el ya mítico plano secuencia que cierra el segundo episodio y que atesora en su interior uno de los mejores pasajes catódicos de lo que llevamos de 2015.




No sabemos qué futuro depara a esta ejemplar traslación de Daredevil a la, cada vez menos, pequeña pantalla. A día de hoy la confirmación de una segunda temporada no es segura, pero el resultado de estos trece episodios es tan brillante que el que buen sabor de boca ya nadie puede quitárnoslo. Netflix ha escuchado nuestras plegarias y no sólo ha rematado con una profesionalidad intachable la mejor serie sobre personajes de cómics jamás rodada, también puede que haya abierto la puerta a otras que de manera inteligente decidan tomarla como ejemplo para trasladar fielmente a imagen real a protagonistas del lado oscuro de Marvel como Punisher, Caballero Luna o ese Ghost Rider al que también va tocando honrar como es debido. Si la ya mencionada renovación se confima posiblemente nos quede un largo trecho para ver hasta donde puede llegar esta máquina bien engrasada cuando personajes como Elektra, María Tifoidea o Bullseye hagan acto de presencia. En caso negativo como fans del personaje creado por Stan Lee y Bill Everett podremos atesorar estos trece episodios para revisionarlos una y otra vez y así afirmar a los que quieran oirlo y a nosotros mismos que, aunque fuera una sola vez, un grupo de personas que admiraban al alter ego de Matt Murdock y su micrcocosmos en viñetas supieron entenderlo, asimilarlo y trasladarlo de la manera más fiel posible a un medio al que todavía le queda mucho camino por andar para ofrecer un reflejo digno de los personajes en papel con los que nos hemos criado. Daredevil puede llegar a ser un principio para todo eso y no cabe duda de que dar un firme primer paso mejor que este es imposible.



sábado, 11 de abril de 2015

Cenicienta (2015)



Título Original Cinderella (2015)
Director Kenneth Branagh
Guión Chris Weitz basado en el cuento de Charles Perrault
Actores Lily James, Cate Blanchett, Helena Bonham Carter, Richard Madden, Holliday Grainger, Sophie McShera, Eloise Webb, Derek Jacobi, Hayley Atwell, Stellan Skarsgård, Leila Wong, Ben Chaplin




Adaptación a imagen real tanto del cuento clásico de Charles Perrault como de la versión animada auspiciada por la Disney (productora también del proyecto que nos ocupa) en el año 1950. Dirigida por un Kenneth Branagh que tras Thor, Jack Ryan: Operación Sombra o esta Cenicienta de la que nos toca hablar parece encontrarse más cómodo trabajando como artesano al servicio de Hollywood que como adaptador oficial de la pluma de William Shakespeare al celuloide, rol que, para que negarlo, volverá a tomar a no mucho tardar cuando el gusanillo de trasladar al bardo el celuloide le empiece a picar una vez más. El resultado de esta Cinderella es un producto aceptable, agradable de ver y oír, que no arriesga, pero tampoco decepciona. Una obra cumplidora y poco más.




Cenicienta versión 2015 es una adaptación 100% Disney de la ya mencionada película animada dirigida por el trío Clyde Geronimi, Hamilton Luske, Wilfred Jackson hace casi 70 años, en la que no hay lugar para el experimento, la autoría (Kenneth Branagh está detrás de las cámaras como podía haber estado cualquier otro cineasta cumplidor) o las salidas de tono, Academicismo, impersonalidad, diseño de producción a la altura o una puesta en escena plana pero eficiente son las señas de identidad de un largometraje para toda la familia que no destaca en ningún aspecto, pero que tampoco fracasa a la hora de mostrarse como el aceptable trabajo que realmente es y del que poco más que eso debería demandar el espectador medio.




La historia de la huérfana que acaba convertida en la sirvienta de su despótica madrastra y sus explotadoras (y poco avispadas) hermanas para después, hada madrina mediante, convertirse en el amor del príncipe del reino gracias a un extraviado zapato de cristal la hemos visto en cientos de versiones animadas, de época o adaptadas a la contemporaneidad, y en esta ocasión no deja de ser un Sota, Caballo y Rey de manual en el que Kenneth Branagh y su guionista Chris Weitz (American Pie, Hormigaz, La Brújula Dorada) se dejan llevar por la magia puramente Disney con buenos muy buenos, malos muy malos y entrañables animales parlantes con los que sólo la protagonista puede mantener animada y lisérgica conversación.




El director del (recuperable) remake de La Huella, de Joseph L Mankiewicz no arriesga más allá del uso de unos logrados (pero en ocasiones cargantes) efectos digitales en su labor como narrador y algún momento visual chirriante (la explosión de la calabaza, el giro de cámara durante un plano mientras Cenicienta huye del palacio real) que desentona con su puesta en escena hasta ese mismo momento y tira de oficio para relatar un cuento de hadas clásico en el que la labor del reparto y la dirección artística moviéndose esta última entre lo elegante (todo lo relacionado con el ya mencionado palacio o el vestuario) y lo hortera (esa carroza que parece recién salida de una boda gitana) son los dos pilares en los que se sustenta el esqueleto argumental.




La elección de la británica Lily James para dar vida a Cenicienta tiene sus aciertos y fallos. Por un lado que la chica no sea excesivamente guapa juega a su favor a lo que habría que sumar una preciosa sonrisa, pero parece como si la actriz no pusiera todo de su parte, algo que la pasaba también a Mia Wasikowska (aunque el caso de aquella era más flagrante por su anodina inexpresividad facial) de la Alicia en al País de las Maravillas de Tim Burton. Le da la réplica un penoso Richard Madden de sonrisa Profident al que estamos deseando que apuñale alguien en el estómago durante la fiesta. Mejor labor hacen tirando de veteranía Derek Jacobi, Stellan Skasgard o una simpática Helena Bonham Carter como la hada madrina o las hermanastras de Cenicienta que afrontan con mucha gracia y sorna por Sophie McShera y Holliday Grainger.




Pero es la, como siempre, magistral Cate Blanchett dando voz y cuerpo la madrastra la que insufla elegancia, malevolencia, debilidad y soberbia a un personaje que devora todo cuanto se interpone ante ella. Poco importa quién le dé la réplica, cuan pomposo sea el vestuario que lleve puesto o exquisito el decorado en el que se localice su personaje, la oscarizada protagonista de Blue Jasmine o El Aviador se hace con la película y la misma sólo respira para su caracterización, que sin ser, ni mucho menos, de las más destacadas de su carrera está abordada con tanta entereza y facilidad que a la platea no le queda más remedio que rendirse antes sus ya, sobradamente, demostradas dotes interpretativas y que en un producto como este destacan sobre el resto de apartados haciendo palidecer a todos y cada uno de los mismos.




La Cenicienta en imagen real de Disney y Kenneth Branagh es una simpática nadería que tan pronto se ve como se olvida con inmediata posterioridad. Esquemática, esperadamente cursi (¿alguien lo dudaba?) conservadora en cuanto a cómo se aborda una historia que nos conocemos al dedillo, competente y sincera, pero algo desangelada, quedará, eso sí, al igual que la ya mencionada Alicia en el País de las Maravillas, como la confirmación de que la productora del tío Walt está dando actualmente lo mejor de sí misma en el campo de la animación Aunque pocas quejas se le pueden poner a esta producción de 2015 que como obra lo más interesante que se pueda comentar de ella es que el hecho de que Helena Bonhman Carter participara en su rodaje fuera el posible motivo de su ruptura con Tim Burton (Kenneth Branagh fue pareja de la actriz de Sweeney Todd en los noventa) lo dice todo de esta inofensiva y entretenida chuchería visual y narrativa.



domingo, 29 de marzo de 2015

Ex Machina



Título Original Ex_Machina (2015)
Director Alex Garland
Guión Alex Garland
Actores Domhnall Gleeson, Alicia Vikander, Oscar Isaac, Sonoya Mizuno, Chelsea Li, Evie Wray, Corey Johnson, Symara A. Templeman, Deborah Rosan, Elina Alminas





Debut como director de largometrajes del escritor y guionista británico Álex Garland. Autor de la novela La Playa que él mismo adaptó al celuloide en la horrenda película homónima de Danny Boyle, con el que volvió a colaborar en la sobresaliente 28 Días Después o la aceptable Sunshine, para más tarde elaborar los guiones de películas como Dredd, de Pete Travis, la segunda (y mejor) adaptación del personaje de la revista 2000 AD que crearon John Wagner y Carlos Ezquerra, Nunca Me Abandones, de Mark Romanek, y hasta un episodio de la serie animada Batman: Black and White, titulado Sunrise. Ha sido en este 2015 cuando ha decidido ponerse por primera vez detrás de las cámaras para rodar su ópera prima como realizador a partir de uno de sus propios guiones con Ex Machina.




Sin nada que ver con el cómic del mismo nombre escrito por Brian K. Vaughn, dibujado pot Tony Harris y publicado entre 2004 y 2010 en el sello Wildstorm , Ex Machina supone la prometedora primera incursión en labores de dirección por parte del británico Alex Garland. Con una puesta en escena que mezcla la meticulosidad y poderosa simetría del Stanley Kubrick de 2001: Una Odisea en el Espacio, la asepsia inquietante y de arquitectura gélida de los primeros cortometrajes (Transfer, From the Drain) y mediometrajes (Stereo, Crimes of the Future) del canadiense David Cronenberg  o la estética futurista distópica de Metropolis de Fritz Lang esta  incursión como autor total del escritor de El Teseracto en el mundo de la realización cinematográfica se salda con nota sobre todo si tenemos en cuenta que es la primera vez que ejerce como cineasta después de una extensa y exitosa carrera como guionista.




Caleb (Domhnall Gleeson) es un experto programador que al ganar un concurso recibe como premio conocer a Nathan (Oscar Isaac), el dueño de la compañía informática para la que trabaja. Caleb aceptará la oferta de Nathan para trabajar en un proyecto secreto que él mismo está desarrollando y que consta en realizar durante una semana el test de Turing a una androide llamada Ava (Alicia Vikander), para descubrir si esta se revela como una inteligencia artificial. Durante el proceso, joven programador y mujer-robot, comenzarán a experimentar recíprocos sentimientos de atracción, mientras saldrán a la luz la peligrosas intenciones ocultas de Nathan para llevar a cabo tan peculiar experimento que desembocará de la manera menos esperada para ¿todos? los implicados en el mismo.




Ex Machina cumple las dos reglas que definen a la mejor ciencia ficción, que son centrar la historia en lo personajes que la protagonizan y sobre todo utilizar el futuro para realizar una relectura y/o reflexión del presente y el periodo histórico en el que fue gestado como largometraje. El debut en la dirección de Alex Garland se estructura como una obra de teatro de no más de cuatro protagonistas sobre los que se sustenta una narración en la que, a parte de la de los dos cineastas previamente citados, también sobrevuela la sombra de autores literarios como Philip K. Dick (esas pruebas para confirmar la inteligencia de los robors como en ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?) William Gibson (una abstracta y desconocida empresa informática cuyos fines no están definidos como New Rose Hotel) y sobre todo Isaac Asimov y todas sus teorías sobre máquinas tomando conciencia de su propia naturaleza artificial que nos remiten a Yo, Robot,




De manera tan efectiva como paradójica Alex Garland apela a un ritmo cadencioso y contemplativo, pero en todo momento tiene la suficiente sagacidad para que cada giro de guión, cada acto, cada palabra salida de la boca de sus protagonistas permita el desarrollo de la narración y los hechos que en ella acontecen sin dejar nada al azar o la aleatoriedad. El futuro guionista de la adaptación cinematográfica del videojuego Halo crea una sabía amalgama de géneros que bascula entre la reflexiva ciencia ficción de planteamientos metafísicos y el cine de terror que recurre a la superioridad física e intelectual de los robots con respecto a las entidades humanas que los crearon y cuya ambición se vio devorada por sus propias criaturas como hace siglos nos expuso Mary Shelley con su seminal novela Frankenstein.




Garland deja que la trama fluya, la atmósfera tome forma, la sensación de claustrofobia de la única localización se solidifique en pantalla, los misterios ocultos detrás del proyecto de Nathan despisten a un espectador apuntando hacia ciertas ideas por medio de pistas falsas (ese momento cuchilla delante del espejo apuntala de manera soberbia el tempo narrativo para que el espectador no abandone nunca una notable sensación de inquietud) que eclosionan dónde y cuándo la platea no lo espera y sobre todo que sean los magníficamente perfilados personajes principales los que lleven sobre los hombros el peso del relato, ya que por mucho que esté delimitado por una puesta en escena milimétrica y un guión perfectamente ensamblado en cuanto a desarrollo y tono, encuentra en sus tres protagonistas a sus mejores valedores con respecto a la notable resolución de su conjunto como obra cinematográfica.




Desde que se diera a conocer a nivel internacional con Ágora, el británico Oscar Isaac encadena un papel memorable detrás de otro como pudimos ver en Drive, A Propósito de Llewyn Davis o la recientemente estrenada en España El Año Más Violento y en Ex Machina confirma sus aptitudes para ser reconocido como uno de los mejores actores de su generación. El Nathan al que el futuro villano de X-Men: Apocalipsis da vida en el largometraje de Alex Garland es el mejor personaje de la obra gracias a la ambigüedad de su mentalidad, ese amiguismo y "buen rollo" que desde los primeros compases de la trama transmiten tanto carisma como inquietud, porque no es difícil dilucidar que detrás de ese hombre supuestamente cercano se encuentra un manipulador nato, tan obsesionado con su trabajo como para cometer actos del todo reprobables, los mismos que se revelan en esas inquietantes grabaciones que descubre Caleb y que reflejan el verdadero rostro de su jefe.




El otro pilar sobre el que la historia descansa es el binomio formado por los personajes de Caleb y Ava. Domhnall Gleeson y Alicia Vikander se dan la réplica en un magnífico tour de force como esas dos criaturas ingenuas, casi de una pureza que atraviesa la pantalla, que poco a poco descubren nuevas (u olvidadas, dependiendo el caso) sensaciones el uno hacia el otro, recordando en ciertos pasajes a la relación de amor de Tim Robbins y Samantha Morton en la interesante Código 46, de Michael Winterbottom, pero siempre sabiéndose cohibidos por la posible presencia demiúrgica de Nathan, que no sabemos cuándo puede estar vigilando a la atípica pareja, encontrando como obra en los momentos de los apagones de electricidad sus pasajes más inquietantes con respecto a esta idea y lo que se dilucida con ella.




Ex Machina, de Alex Garland, aventura la prometedora carrera como cineasta de un narrador sobrado de talento o capacidad de aprendizaje y asimilación, que si no se deje seducir por los cantos de sirena de la meca de Hollywood entregándose a productos comerciales de dudosa naturaleza, posiblemente nos depare momentos de celuloide de calidad que nos haga replantearnos temas tan universales como el mal uso del progreso y las altas tecnologías o la deshumanización inherente en la personalidad del hombre prototípico del siglo XXI, los mismos que expone con suma inteligencia y reflexividad su ópera prima, un producto que se adscribe a la nueva ola de celuloide (Chappie, Autómata, RobocopBig Hero 6, el reestreno de Blade Runner) que diserta sobre temas relacionados con la robótica que están ofreciendo algunos productos muy interesantes adscritos a la ciencia ficción menos dada a la superficilidad formal y conceptual.



miércoles, 25 de marzo de 2015

Depredador 2, los demonios de la noche


Título Original Predator 2 (1990)
Director Stephen Hopkins
Guión Jim y John Thomas
Actores Danny Glover, Gary Busey, Rubén Blades, Maria Conchita Alonso, Bill Paxton, Robert Davi, Adam Baldwin, Kent McCord, Kevin Peter Hall, Calvin Lockhart, Elpidia Carrillo





Hubo un tiempo, entre finales de los 80 y principios de los 90, en el que el único pensamiento de Hollywood no era abultar sus cuentas corrientes. Un tiempo en el que el cine comercial de acción no miraba por encima del hombro al espectador, un tiempo en el que los productores no temían la pérdida de recaudación por poner una calificación R (para mayores de 18 años o menores acompañados de adultos, en Estados Unidos) a sus largometrajes, un tiempo en el que una secuela no tenía que significar una copia milimétrica o una hiperbolización de la primera entrega, un tiempo en el que los efectos especiales eran un complemento de la historia y no el núcleo central del apartado técnico de una obra cinematográfica por muy adscrita que estuviera a la ciencia ficción. Una película como Depredador 2 pertenece a ese tiempo.




Tres años después del éxito de la soberbia primera entrega de Depredador, dirigida por  John McTiernan y protagonizada por Arnold Schwarzennegger, la Twentieth Century Fox volvió a contratar lo servicios de lo hermanos Jim y John Thomas (guionistas y creadores del argumento de la cinta de 1987) para escribir una secuela de la que que el actor austriáco se desvinculó (ya que se había comprometido a rodar una nimiedad poco conocida titulada Terminator 2: El Juicio Final) y que tampoco rodaría el cineasta de La Jungla de cristal, ocupando su lugar el realizador británico de origen jamaicano, Stephen Hopkins, que por aquel entonces sólo tenía como obra más o menos conocida Pesadilla en Elm Street 5: El Niño de los Sueños, la cuarta secuela de las correrías oníricas de Freddy Krueger,




En su origen Depredador 2 nació del deseo de los hermanos Jim y John Thomas por ver interactuar al cazador intergaláctico de la primera entrega en un entorno urbano más reconocible para el espectador que, por norma general, no vive en una jungla centroamericana. Esta idea es la que sirve de punto de partida a la cinta de Stephen Hopkins localizada en el verano de 1997 (un futuro cercano con respecto al año 1990 en el que se estrenó el film) en una ciudad de Los Ángeles asediada por las bandas narcotraficantes latinas (aquí el tufo un tanto xenófobo se atenúa un poco con el socorrido recurso de meter a un par de latinos entre los policías protagonistas) y la delincuencia callejera. Como recordamos las zonas en las que imperan el calor extremo y los ambientes bélicos son las elegidas por los depredadores que vienen a nuestro planeta para practicar su deporte favorito, la caza de hombres.




Si el largometraje original de John McTiernan jugaba a la mixtura de géneros mostrámdose durante su primera mitad como una cinta de acción ortodoxa al más puro estilo Schwarzenegger para más tarde convertirse en una producción de terror y ciencia ficción, aquí los hermanos Jim y John Thomas, a los que se suma Stephen Hopkins, hacen lo propio con las buddy movies en las que se había especializado el protagonista, Danny Glover, con su incursión en las dos primeras entregas de la saga Arma Letal (Lethal Weapon). De esa muestra de acción entre policías antagónicos que espetan bravuconadas y frases lapidarias al eliminar a los criminales pasamos a una muestra de sci-fi amalgamada con una horror movie que, por otro lado, nunca olvida su naturaleza de thriller en el que el director de Perdidos en el Espacio realiza algunos de los mejores pasajes técnicos de su carrera como cineasta.




Depredador 2 es una hija de su tiempo y lo afirmo en el mejor sentido de la palabra. Antes del boom de los efectos especiales generados por ordenador, que un año después protagonizaría la ya mencionada Terminator 2: El Juicio Final, esta secuela fue de las últimas cintas de acción adscritas a una de los grandes productoras que apelaría la artesanía y los trucajes clásicos de cámara y superposición de imagen para anclar la estética de su narración. Esta visita del alienígena cazador de hombres a la ciudad californiana de Los Ángeles hoy se ve como una pieza de género impresionantemente bien realizada, que ha envejecido mucho mejor que otros productos del género con una vida mucho más exigua y que expone en pantalla pasajes de una dureza y explicitud que en el Hollywood comercial de hoy no podemos ni oler.




Desde esa batalla campal en medio de las calles de Los Ángeles entre las bandas de narcos enfretándose a los policías hasta la pelea final entre el personaje de Danny Glover y el depredador al que volvió a dar vida con una convicción fuera de toda duda el tristemente fallecido Kevin Peter Hall, Predator 2 está repleta de escenas de acción magníficamente ejecutadas, entregándose al exceso (el asalto al apartamento del capo del narcotráfico en el rascacielos con la visita del alienígena) cuando es necesario y apelando a la sutilidad (ese collar sobre el que caen gotas de sangre mientras se escuchan gritos desgarradores fuera de plano, esa cabeza King Willie decapitada también en off). Todo gracias al trabajo colaborativo de unos equipos técnico y artístico que que saben qué deben hacer para parir una pieza de género que no defraude a los seguidores de la saga y satisfaga a todo tipo de espectador casual.




Bien es cierto que no se equivocavan aquellos que afirmaban que la intimidante presencia de Arnold Scwarzenegger se echaba considerablemente de menos en esta secuela y que el ya desaparecido factor sorpresa jugaba en su contra, pero la elección de un magnífico reparto de secundarios de culto (Danny Glover, Rubén Blades, María Conchita Alonso, Gary Busey, Adam Baldwin, Bill Paxton, Robert Davi) y poner a un competente artesano en el género de acción (a reivindicar su magnífica e inflavalorada Volar Por los Aires con Jeff Bridges y Tommy Lee Jones) como Stephen Hopkins que demuestra su talento para los pasajes vibrantes y de tensión alejándose de efectismos baratos y eludiendo sustentarse en un montaje videoclipero (ese no es el estilo del gran Mark Goldblatt) hacen que esta secuela no desmerezca en absoluto a su predecesora y ofrezca entretenimiento en sesión continua a lo largo de sus poco menos de dos horas de metraje.




El ya mencionado enfrentamiento que abre el largometraje, el también comentado asalto al apartamento de estética maya, toda la secuencia del metro en la que Bil Paxton se convierte en el rey de la velada demostrando que su personaje no es sólo un bocazas, el asesinato de King Willie precedido del alienígena tomando forma mientras anda sobre un charco, el pasaje en el matadero que es uno de los momentos más icónicos relacionados con la saga Predator (enorme Gary Busey en toda esta parte) la persecución de Harrigan y el depredador por las terrazas de los rascacielos o esa pelea final en la nave espacial con sorpresa incluida demuestran que Stephen Hopkins entiende perfectamente los resortes del thriller de acción, a lo que habría que sumar que ni el terror o la ciencia ficción se le resisten ni a él ni al enorme equipo de profesionales (maquilladores, director de fotografía, iluminadores, diseñadores de producción) que cubren la espaldas al magnífico trabajo del cineasta que a día de hoy sigue luciendo en pantalla como el primer día.




Por otro lado los hermanos Jim y John Thomas querían contentar a los fans de la primera película y le pusieron en bandeja a Stephen Hopkins y al mítico creador de efectos especiales Stan Winston ideas y nuevos apuntes sobre la personalidad del cazador intergaláctico para que poco a poco fuéramos sabiendo más de su código de honor y costumbres. A este depredador lo vemos perdonar la vida a una mujer por estar embarazada, a uno niño por llevar un arma de juguete que para él no supone una amenaza, exponer en su sala de trofeos el cráneo de un Alien (referencia al crossover en cómic que se editaba por aquella época y que una década después daría pie a dos films), utilizar un innovador botiquín para curar sus heridas (uno de mis pasajes favoritos de la cinta) y poner en uso nuevas armas como la lanza teledirigida, el frisbee inteligente (que dará mucho juego hasta el clímax del film) o la revelación final con el grupo de depredadores que por medio de un "regalo" nos confirma que tan peculiares cazadores llevan siglos visitando nuestro planeta.




Vista hoy, 25 años después de su estreno, Depredador 2 no ha perdido nada de su empaque, el tiempo no sólo la ha tratado muy bien (si salvamos que el diseño de vestuario en ocasiones peca de hortera, pero hasta eso le da encanto al conjunto de la obra) sino que hoy día podría dar clases de cómo rodar secuencias de acción pura a cientos de esos productos realizados en cadena de montaje que asaltan nuestras carteleras una semana sí y otra no con su violencia inocua, su corrección política o estructura simplista y acomodaticia. Por desgracia ya no se hacen películas como esta secuela que en su momento de estreno no fue muy alabada (siendo el mejor producto adscrito a la saga Predator después del film original de John McTiernan) y que hoy puede ser reivindicada y recuperada como una verdadera muestra de talento por parte de todos los que se implicaron en su creación. Cine de videoclub y sesión golfa del que, por desgracia, ya no se rueda en Hollywood.



martes, 24 de marzo de 2015

Chappie



Título Original Chappie (2015)
Director Neil Blomkamp
Guión Terri Tatchell y Neil Blomkamp
Actores Sharlto Copley, Dev Patel, Hugh Jackman, Sigourney Weaver, Jose Pablo Cantillo, Miranda Frigon, Brandon Auret, Sean O. Roberts, Ninja, Yolandi Visser, Robert Hobbs, Dan Hirst, Eugene Khumbanyiwa, Paul Hampshire, Kevin Otto





Vaya por delante que no quiero empezar esta entrada hablando de la interesante carrera del cineasta sudafricano Neil Blomkamp, ya que de su exitoso paso por el mundo de la publicidad y los videoclips o de sus dos primeros largometrajes, Distrito 9 y Elysium, ya habló largo y tendido mi compañero Enrique López hace un par de años con un magnífico artículo al que habría que añadir la crítica conjunta de la película protagonizada por Matt Damon que le dedicaron mis también socios Jordi T. Pardo y Luis Javier Capote Pérez en su momento. Vamos a centrarnos en su tercer trabajo (el segundo dentro de la maquinaria estadounidense) detrás de las cámaras titulado Chappie, protagonizado por Sharlto Copley ofreciendo su físico por medio de la captura de movimiento al protagonista y secundarios como Dev Patel, Hugh Jackman, Sigourney Weaver, Jose Pablo Cantillo, Ninja o Yolandi Visser. La nueva propuesta de Neil Blomkamp ha sido recibida con disparidad de opiniones ya desde su estreno entre los que la consideran un producto magnífico que contiene muchas de las virtudes del cineasta sudafricano y los que la ven como la confirmación de que se está labrando una errática carrera dentro Hollywood. Para el que suscribe Chappie es una obra magnífica en varios aspectos, con los suficientes aciertos como para solapar sus perdonables fallos y que aún planteando temas interesantes envueltos en una brillante factura técnica marca de la casa sí pudo haber llegado más lejos en cuanto a su planteamiento y aspiraciones artísticas que, aunque encomiables, no son explotadas al 100% por su productor, guionista y director, aunque pariendo igualmente un proyecto que merece la pena como conjunto cinematográfico y al que no hay que dejar pasar.




Chappie es una amalgama de obras adscritas a la ciencia ficción como Robocop, de Paul Verhoeven, las dos entregas de Cortocircuito e Inteligencia Artificial, aquel proyecto que Stanley Kubrick nunca pudo rodar y que finalmente dirigió su amigo Steven Spielberg. Con respecto al parecido con la producción de 1987 protagonizada por Peter Weller la situación se vuelve preocupante cuando el espectador mínimamente avispado se da cuenta que durante la primera media hora de metraje la tercera cinta de Neil Blomkamp es un émulo de aquella que en ocasiones se adentra en terrenos de la desvergüenza. Un futuro corporatibizado, empresas privadas creando robots para sustituir a los policías humanos y personajes principales idénticos a los interpretados en Robocop por Miguel Ferrer, Ronny Cox, Kurtwood Smith o Dan O’Herlihy y que aquí tienen los rostros de Dev Patel, Hugh Jackman, Ninja y Sigourney Weaver respectivamente. Hasta una variante del inolvidable ED 209 hace acto de presencia con ese enorme “Buey” diseñado por el personaje del actor que ha dado vida a Lobezno siete veces. La devoción que Neil Blomkamp por el Paul Verhoeven adscrito a la ciencia ficción (el de la impagable trilogía formada por la ya mencionada Robocop, Desafío Total y Starhsip Troopers y en menor medida el de El Hombre Sin Sombra) no se le escapa a a nadie, ya que la dejó clara en sus dos trabajos previos, pero este fusilamiento inmisericorde de la primera película protagonizada por el policía cibernético de Detroit hace temer lo peor. Por suerte todo es un espejismo ya que como hemos comentado previamente Chappie se desvincula de la influencia de Verhoeven para adentrarse en terrenos diferentes cuando el director y su co guionista, Terri Tatchell deciden apelar a los sentimientos de su protagonista.




Porque ese es el motor que hace de engranaje dentro de Chappie, la idea asimovsiana de cómo una máquina puede poseer consciencia y pensar y obrar como un ser humano. Como obra podremos sacarle ciertos fallos a la última incursión detrás de las cámaras de Neil Blomkamp, pero lo que no podemos negarle es que en su interior anidad un verdadero corazón que palipita y consigue transmitir a la platea todo aquello que Chappie experimenta desde que su creador, Dion, lo resetea covirtiéndolo en algo parecido a un niño atrapado en un cuerpo de titanio que será usado por motivos puramente egoístas por todos y cada uno de los humanos (el sudafricano ha demostrado en sus tres films que no nos tiene mucha estima como raza y no se le puede culpar por ello) que se cruzarán en su todavía prematura existencia. Puede que el fan del cineasta piense que a un contexto futurista como este le falta la crítica política subtextual (la del apartheid en Distrito 9 y la de la diferencia de clases de Elysium) que ya era seña de identidad indispensable en todo largometraje salido de su mano y aunque es cierto que el guión no escarba más en la vertiente distópica de ese porvernir protofascista y militarizado encarnado en el personaje de Vincent Moore, interpretado con mucho aplomo por un Hugh Jackman entre violento (la broma en la oficina) y patético (esos pantalones cortos) que demanda a gritos más roles de villano demente, es en el “adiestramiento” del mismo Chappie donde anida la crítica más dura del film homónimo. No es díficil ver en cómo el personaje de Ninja (magnífico este desconocido actor y director, del mismo nombre artístico que su personaje, de físico escuálido pero intimidante) trata de convertir a Chappie en una máquina de matar un paralelismo claro con respecto a las guerrillas que entrenan a Niños Soldado para convertirlos en asesinos ávidos de sangre contra su propia voluntad, más si tenemos en cuenta que la trama tiene lugar en Johanesburgo, la ciudad más poblada del sur del continente africano en el que nació el mismo Neil Blomkamp.




El problema nace cuando el largometraje se adhiere más al estilo spielbergiano, el de la ya mencionada Inteligencia Artificial o E.T, ya que si previamente hemos comentado que la película apela a los sentimientos de su protagonista para conseguir la empatía con el espectador, consiguiéndolo totalmente, en ocasiones se bordea la sensiblería y cierto subrayado grueso (sobre todo cuando Dion adiestra al personaje tratando de alejarlo de la mala influencia de Ninja) que sin dar al traste con todo lo construido para dar hondura a Chappie sí se muestra en ocasiones algo molesto. En este sentido también llama la atención, como hemos apuntado unos parrafos más arriba, que Blomkamp también se haya dejado imbuir, de manera voluntaria o no, por las entregas de Cortocircuito, los dos films ochenteros dirgidos por John Badham y Kenneth Johnson respectivamente y protagonizados por, Johnny 5, un robot militar que quiere ser humano. De aquel díptico toma ideas casi completas como la reconversión en matón del personaje pocos después de ser agredido por humanos, la personalidad de Dion que es muy parecida a la del Ben Jabituya de las dos entregas al que daba vida un entrañable Fisher Stevens o el deseo del protagonista de ser reconocido como un ser vivo, una entidad real. Todo esto aderezado con el despampanante look visual de su director que aquí decide contenerse más en la puesta en escena y no abusar tanto de slow motion, camáras al hombro, subsanando errores de la aún así reivindicable Elysium (aunque hace poco descubrimos que ni al mismo director le convenció el resultado de aquella) e inyectando al producto esa sucia estética cyberpunk que tanto le gusta y que ya venía de algunos de sus trabajos en videoclips o anuncios publicitarios. Toda esa contención estética eclosiona en la media hora final de metraje en la que Blomkamp da lo mejor de si mismo rodando secuencias de acción vertebradas con puro nervio y sustentadas en la implicación dramática en la que se ven sumergidos los personajes principales.




Chappie no ha sido recibida como ha merecido, la cinta es lo suficientemente potente como para haber cosechado una respuestas, sobre todo por parte de una crítica que no se ha dejado enamorar por los encantos robóticos de su protagonista, más positivas porque méritos no le faltan. Desde un trabajo magnífico por parte de Neil Blonkamp tanto detrás de las cámaras como en el guión compartido con Terri Tatchell (el libreto podría haber ahondado más en sus ideas, pero sabe plantear dilemas morales y existenciales nada desdeñables y dignos de reflexión así como hacer uso de una simbología sutil y digna de elogio) hasta un reparto en estado de gracia comandado por un Sharlto Copley dando sus movimientos físicos y dotes interpretativas a Chappie de manera tan brillante que posiblemente Andy Serkis sepa ya a estas alturas que le ha salido un muy digno competidor dentro de su especialidad. La tercera película del sudafricano es una de las propuestas más interesantes de la actual cartelera y su afán por humanizar a un robot que es capaz de entender ideas como el amor, el sacrificio, el miedo, la amistad o la compasión curiosamente comparte cartelera con el reestreno en pantalla grande del montaje final de Blade Runner, que ya habló de este tema hace 33 años cuando Roy Batty demostró a Rick Dekkard antes de morir que había una vida real llena de experiencias detrás de esos ojos azules implantados en un laboratorio, aunque esa es otra historia. No sería complicado que Chappie hiciera las delicias de los aficionados al género, pero a aquellos que la vean y no se vean debidamente saciados les queda el consuelo de ver en cine la primera colaboración artística entre Sigourney Weaver y el director de la próxima entrega de la saga Alien, que esperemos dé a Blomkamp ese reconocimiento que con esta inteligente, atrevida, aterradora en su exterior y entrañable en su interior, tercera cinta no ha conseguido.



jueves, 19 de marzo de 2015

Kingsman: Servicio Secreto



Título Original Kingsman: The Secret Service (2015)
Director Matthew Vaughn
Guión Jane Goldman y Matthew Vaughn basado en el cómic de Mark Millar, Dave Gibbons y Matthew Vaughn
Actores Colin Firth, Taron Egerton, Samuel L. Jackson, Mark Hamill, Mark Strong, Michael Caine, Sofia Boutella, Jack Davenport, Sophie Cookson, Tom Prior, Neve Gachev, Alisha Heng





Después de ejercer como productor en Lock & Stock, Snatch: Cerdos y Diamantes o Rockanrolla, largometrajes de su amigo y compatriota Guy Ritchie, Matthew Vaughn decidió debutar como realizador con aquella elogiada cinta sobre gangsters llamada Layer Cake protagonizada por Daniel Craig entre otros. Después de la misma el nuevo cineasta decidió vincularse con las adaptaciones cinematográficas de cómics y de ellas no ha salido todavía, ya que demostró que se le daba rematadamente bien el subgénero. Stardust, de Neil Gaiman y Charles Vess, Kick- Ass de Mark Millar y John Romita Jr o la versión muy libre de X-Men: Primera Generación de Jeff Parker y Roger Cruz fueron sus siguientes proyectos, varios de ellos por medio de su productora MARV y todos con la ayuda de su colaboradora y habitual co guionista Jane Goldman.




La experiencia de adaptar como director la primera entrega de Kick-Ass y la segunda como productor parece que gustó a Vaughn, porque de ahí nació una amistad con el guionista escocés Mark Millar que dura hasta hoy y que se ha confirmado con la decisión del cineasta de adaptar otra obra del autor de Authority o El Viejo Logan. Kingsman: The Secret Service nació, como la mayoría de los últimos trabajos del de Glasgow, con la principal intención de ser carnaza cinematográfica. Con la ayuda del mítico dibujante Dave Gibbons (Watchmen, Historias de Guerra, la saga Martha Washington) y la del mismo Matthew Vaughn como co argumentista (algo parecido a la colaboración que realizó Millar con nuestro Nacho Vigalondo en la colección Supercrooks, que a saber cuando llevará a imágenes el cántabro) dio forma a esta parodia del cine de espionaje en general y el de James Bond en particular. Un producto gracioso y agradable de leer, pero puramente alimenticio cuyo fin, como hemos mencionado, era ser extrapolado con éxito al celuloide.




El problemático y descarriado Eggsy descubre que su padre fue un agente que pertenecía a una agencia secreta llamada Kingsman, en la que supuestos sastres ejercen como espías en la sombra que desfacen todo tipo de entuertos. Tras uno de sus numerosos actos delictivos Eggsy es visitado por Harry Hart, un antiguo amigo de su progenitor fallecido que lo tomará en su tutela porque, aunque se haya entregado a una vida disoluta, cree que el muchacho tiene madera para ser un buen Kignsman como lo fue su padre. Este punto de partida, parecido al del cómic, pero que se toma considerables licencias con el de la colección en viñetas le sirve a Matthew Vaughn para rodar una divertida adaptación que juega sus mejores bazas cuando decide entregarse al desenfreno, algo que por desgracia no sucede durante todo el metraje.




Al igual que su inspiración tebeística Kingsman: Servicio Secreto es una sátira del cine de James Bond, al que tan pronto rinde elogioso tributo como parodia. Alternando la elegancia y glamour del universo de espionaje adherido al personaje nacido de la pluma de Ian Fleming con el tono más urbano y tosco de la Inglaterra de las clases bajas propio de las producciones de su colega Guy Ritchie, Vaughn y su socia Jane Goldman se lo pasan en grande alternando sofisticación con el horterismo de los adolescentes londinenses, como si de un grupo de secundarios salidos de una película de Ken Loach se trataran. Director y guionista tratan de que haya un equilibrio bien medido entre estos dos mundos, para diferenciarlos adecuadamente, y ahí es donde en cierta manera falla un producto como el que nos ocupa.




Porque, aunque la película avanza adecuadamente y nunca se hace anodina ya que sabe dosificar el tono de thriller, la comedia y el dinamismo en las secuencias de acción, ese prometedor arranque en Oriente Medio, con Money For Nothing de Dire Strairs sonando de fondo mientras el caos se adueña del encuadre, engaña a un espectador que espera, y demanda, un descontrol de la marca Mark Millar, algo que no sucede del todo y debería haber sido constante a lo largo de todo el film. Por otro lado cuando en la recta final el largometraje decide entregarse a la locura, a lo grueso y explícito es cuando Kignsman: Servicio Secreto dispara todas las balas que tiene en el cargador y Matthew Vaughn comienza a lucir su talento para las escenas de acabado técnico intachable y punzante.




 La cumbre del largometraje, y una de las mejores escenas cinematográficas de lo que llevamos de 2015, es la matanza de rednecks (paletos de pueblo sureño americano) en la iglesia extremista. El uso de la cámara, las lentes, el tempo, la violencia brutalísima, las maneras de matar cada vez más bestias y originales a lo que habría que sumar un Colin Firth desopilante y el uso medidísimo de Free Bird de Lynyrd Skynyrd con connotaciones sociales (como también hizo Rob Zombie en el clímax de Los Renegados del Diablo) hacen que el espectador lamente que el último trabajo de Matthew Vaughn no hubiera tenido este tono durante todo su desarrollo, una orgía del exceso que seguro hizo las delicias (hasta sexuales) del mismo Mark Millar cuando la vio por primera vez, seguramente en pleno rodaje.




Colin Firth es el rey de la velada, la película es suya y su elegancia de punta en blanco alternada por sus técnicas de lucha cuerpo a cuerpo y uso de las armas de fuego son lo mejor de Kingsman: Servicio Secreto, ofreciendo el protagonista de El Discurso del Rey y Un Hombre Soltero un papel que seguramente le gustó tanto interpretar como a nosotros contemplar. Le da la réplica un esforzado Taron Egerton que no se achanta ante su partenaire y entre los secundarios tenemos al siempre espléndido Mark Strong, la veteranía de Michael Caine, la intimidante presencia de Sofia Boutella y a Samuel L. Jackson dando vida a Valentine, el ridículo villano de la cinta que odia la violencia aunque aspira a ser un ecoterrorista asesino de masas. También apuntar el detalle del cameo de Mark Hammill como el Profesor Arnold, magnífica broma de Vaughn si tenemos en cuenta que el actor de Star Wars salía como personaje en el cómic original.




Kingsman: Servicio Secreto es un divertimento ligero competente en todos sus apartados, que no busca otra cosa que entretener a la platea con acción, mucho humor negro, algo de drama y una sana incorrección política que dispara dardos envenenados contra políticos, millonarios, delincuentes de poca monta, ecologistas o unos servicios secretos que no eluden en ningún momento del metraje la autoparodia. La trama es sencilla y en ocasiones muy previsible por el simple hecho de pertenecer a un géner como el de espías, quemado hasta la saciedad en la actualidad y le falta más fiereza asi como apelar al desprejuicio inmisericorde y la brocha gorda más de lo que lo hace, pero aún así ofrecerá casi dos horas de fruición cinematográfica a todo aquel que decida enfrentarse a ella sabiendo la fantasmada (al más puro estilo James Bond) que va a encontrarse.