domingo, 31 de agosto de 2014

The Killing: Almas Solitarias en la Ciudad Esmeralda



“Hay momentos en los que tienes que hacer elecciones imposibles”
Sarah Linden



Homeland, Shameless, House of Cards, The Office, Ugly Betty o la futura The Mysteries of Laura son ejemplos de algo que en Hollywood está al orden del día, pero no tanto en la televisión estadounidense. Nada más y nada menos que series remakes, productos catódicos que adaptan para el público norteamericano programas de distintos países como Israel, Reino Unido, España o Colombia. The Killing, la serie de la guionista y productora canadiense Veena Sud, que comenzó su andadura en AMC (Breaking Bad, The Walking Dead, Mad Men) y la terminó hace poco en Netflix (Arrested Development, Orange is the New Black) hizo lo propio con el serial danés Forbrydelsen de Søren Sveistrup con un humilde pero meritorio seguimiento de telespectadores fieles y un éxito más que considerable de cara a la opinión de una prensa especializada que supo reconocer los hallazgos y méritos estéticos, artísticos o narrativos de esta revisión en cuatro temporadas, divididas en dos bloques, de la producción nórdica, de la que se desvincula (de manera muy inteligente) argumentalmente a partir de la tercera tanda de episodios.




Durante esas cuatro temporadas Veena Sud, con la ayuda de su equipo de guionistas y directores y un dúo protagonista superlativo que comandaban un reparto de distintos y eclécticos secundarios a cada cual más memorable, dio forma a un magnífico producto de una más que contrastada calidad en todas sus vertientes, que bebiendo en muchos aspectos del programa en el que se basaba dio su propia visión, sacando a relucir las dicotomías a las que daba lugar el choque entre vida y muerte en la ciudad de Seattle, sustentando su esqueleto argumental en tres casos de asesinato que permitieron a sus autores retratar el lado más oscuro del ser humano y los tortuosos caminos mal asfaltados de un sistema en el que la política, la pena capital, la paupérrima condición en la que viven los adolescentes huérfanos o las estricta disciplina de una academia militar ofrecen por fin una cara que no es la que habitualmente nos vende la, supuestamente impoluta, sociedad estadounidense que prefiere guardar sus propios esqueletos en armarios cerrados con cuádruple candado por miedo a las apariencias y a alterar su estado de bienestar, ese que debería de ser el mismo para todos los estratos sociales o razas sean de la índole que sean, algo, por desgracia, muy alejado de la realidad.


The Killing Primera Temporada: ¿Quién Mató a Rosie Larsen?


Una detective de homicidios de Seattle que se enfrenta a su último caso antes de abandonar la ciudad con su hijo, el sustituto que la relevará en el cargo y que deberá descifrar el crimen, un suéter encontrado en un bosque a las afueras, el cadáver de la dueña de la prenda localizado en el maletero de un coche previamente sumergido en un lago, una familia destrozada por el terrible hecho y un político local de considerable importancia como principal (pero no único) sospechoso del asesinato. Con esta twinpeaskiana premisa (practicamente la misma de la versión danesa) daba su primer paso el 3 de abril de 2011 en la cadena AMC The Killing, alargando su travesía durante 13 soberbios episodios. Veena Sud y sus huestes se ocuparon de que el tono recuperara ese ambiente gélido propiamente nórdico del producto nacido de la mano de Søren Sveistrup y que la milimétrica puesta en escena recordara a la mano de David Fincher y Jonathan Demme, autores de dos de los mejores thrillers de la historia del cine (Seven y El Silencio de los Corderos) y el último en un inesperado giro de acontecimientos futuro director de dos de los más brillantes episodios de la tercera y cuarta temporada de la serie.




Esta primera temporada sirve para tejer el entramado sobre sospechosos, falsas pistas, dobles juegos y medias verdades con las que el espectador se vea imbuido en una clásica historia de búsqueda del autor de un brutal asesinato que puede ser cualquiera de los personajes que pueblan el programa. Pero Veena Sud principalmente se ocupa de que sus protagonistas y secundarios sean cercanos y creíbles, seres de carne y hueso llenos de dudas, miedos y prejuicios de todo tipo. Son feos y con cuerpos delgaducho el uno y menudo la otra. La Sarah Linden de una impresionante Mireille Enos (Sabotage, Guerra Mundial Z) es una mujer seria por dentro y por fuera (las contadas ocasiones en las que la vemos sonreír siempre nos pilla de sorpresa) de andares patosos, ojos profundos pero estrábicos y voz siempre susurrante. El Stephen Holder (Robocop 2014, la saga Dinero Fácil) de un carismático Joel Kinnaman es un espigado policía de modos barriobajeros, verborrea incontrolable y una simpatía que oculta más de un trauma pasado. Antagónicos en personalidad y modus operandi como detectives, les une el hecho de ser dos animales heridos castigados por vidas llenas de obstáculos tanto físicos como abstractos, unos Mulder y Scully con los pies en la tierra que se complementan y hasta necesitan pero que, gracias a los guiones, eluden (casi siempre) cualquier atisbo de relación física de pueril comercialidad de cara a la galería.




Los guiones también se ocupan de mostrar los estragos que el asesinato de Rosie produce en el núcleo familiar, especialmente en el cabeza de familia Stan su mujer Mitch o Terry, la hermana de esta y a su vez tía de, no sólo la adolescente fallecida, también de los dos hermanos pequeños de esta que se convierten en víctimas colaterales de tan terrible asesinato. Por otro lado comenzamos a sumergirnos por medio de personajes como Darren Richmond, Jamie Bright o Gwen Eaton en el mundo de las campañas electorales estadounidenses y toda la inmundicia e intereses que las mismas arrastran. Por el camino la trama criminal se va recrudeciendo y cerrándose cada vez más al ir descartando sospechosos mientras Holder y Linden se implican con más visceralidad en el caso (convirtiéndose el mismo en un asunto personal para ambos, sobre todo para ella) llegando este a un cliffhanger final que disgustó a algunos por no resolver el crimen y agradó a otros porque sirvió para la renovación de una segunda temporada. La confirmación como gran serie de The Killing ya era un hecho por aquel entonces, pero compartir parrilla con exitazos catódicos como The Walking Dead o Hijos de la Anarquía siempre eclipsó sus no pocas virtudes, algo que se convertiría en la tónica habitual a lo largo de todo el recorrido del programa.


The Killing Segunda Temporada: Se Cierra el Círculo


El 1 de abril de 2012 AMC inició la segunda temporada de la la producción catódica. Como hemos comentado la primera temporada de The Killing acabó, no sólo sin sacar a la luz quién fue el asesino de Rosie, también dejando en el limbo la permanencia de algún personaje importante y una traición que podía cambiarlo todo con respecto a la investigación de lo sucedido con la primogénita de los Larsen. Pero como siempre, cuando nos referimos a la profesionalidad de Veena Sud, todo estaba pensado milimétricamente y la no resolución del crimen sirvió como excusa a la guionista y productora de Caso Abierto para enfatizar la morbidez que rodea a todo lo referido con la ejecución de Rosie, mostrando el lado más oscuro de la psicología humana, ahondando en la guerra sucia implícita en las elecciones políticas, incluso en las locales, en las que cualquier acto polémico o hecho del pasado puede hundir a un candidato con un simple chasquear de dedos.




Pero la misión principal de la canadiense, su único fin, es profundizar en el magnífico estudio de personajes al que llevaba dando forma desde los primeros pasos de la temporada inicial del programa de AMC. Mientras vamos conociendo de manera cada vez más esclarecedora los fantasmas internos de Holder (problemas con el alcohol y las drogas) y Linden (antiguos traumas psicológicos por los cuales pasó tiempo internada en un sanatorio mental) viendo como poco a poco Mireille Enos y Joel Kinnaman van ofreciendo cada vez más matices y pequeños detalles a sus criaturas son Brent Sexton (Deadwood, Justified) y Michelle Forbes (True Blood, En Tratamiento) como Stan y Mitch Larsen o Jamie Anne Allman dando vida a Terry los que ganan enteros como roles de carne y hueso formando un triunvirato que expone de manera analítica la descomposición total de un núcleo familiar que más tarde descubriremos está podrido por dentro. Pasando por el pasado en la mafia del marido, la crisis de personalidad de la mujer y los trapos sucios de la hermana de esta última Veen Sud y su séquito de escritores desarrollan un contenido y soberbio fresco de cómo la institución familiar debe liberarse de sus demonios internos para pasar por el purgatorio existencial que les permita poder seguir adelante dando inicio a una nueva etapa.




Con la resolución del asesinato de la joven Rosie Larsen y la muestra de un atisbo de lo que será el futuro de todos los implicados en el mismo (familiares, amigos, sospechosos cuplables e inocentes de serlo) se cierra la segunda temporada de The Killing y su primera etapa a modo de antología o novela literaria. A partir de ese momento el porvenir del programa se pondrá continuamente en entredicho y se confirmará la desvinculación total con la versión danesa de Søren Sveistrup. AMC decide cancelar la producción dejándola como una serie cerrada de dos temporadas, pero un acuerdo con otra cadena de televisión por cable como Netflix permitirá el rodaje de una tercera temporada con un reparto de secundarios prácticamente nuevo y en la que Stephen Holder y Sarah Linden investigarán un caso completamente distinto al del asesinato de Rosie Larsen. El resultado de esta tanda de episodios número tres será el menos esperado tanto por la crítica como por la audiencia adicta a las correrías de los dos detectives de Seattle. Veena Sud decide alejarse de su fuente de inspiración y la jugada se convierte en el mayor acierto que pudiera haber tenido el programa.


The Killing Tercera Temporada: A Sangre Fría


La tercera temporada de Juego de Tronos de la HBO con su impactante Boda Roja o la segunda mitad de la quinta de Breaking Bad con la resolución de las (des)venturas de Walter White (aka Heisenberg) Jesse Pinkman y compañía, eclipsaron con su impacto y (para qué negarlo) calidad mas que contrastada la tercera y mejor temporada de The Killing que pasó casi desapercibida por las pantallas de medio mundo cuando podía rivalizar con la cabeza muy alta con las series de David Benioff y D.B. Weiss o Vince Gilligan, algo que también podría decirse de la sexta temporada de Hijos de la Anarquía de Kurt Sutter, pero de eso hablaremos en un futuro próximo. Con un renovado plantel de actores de reparto con secundarios de lujo (a los que en Hollywood todavía no ha reconocido su más que considerable talento) como el canadiense de origen griego Elias Koteas (La Delgada Linea Roja, Crash, Defendor) el norteamericano Peter Sagaard (Jarhead, Green Lantern, Blue Jasmine) o el también estadounidense Gregg Henry (Doble Cuerpo, Firefly, Guardianes de la Galaxia) Veena Sud da forma a una pequeña obra maestra de la televisión moderna, una de las reflexiones más sutiles, elegantes y críticas sobre la pena de muerte jamás plasmadas en ficción dentro de Estados Unidos, un país en el que más de 32 estados se aplica pena capital.




El 2 de junio de 2013 llegó esa tercera temporada en la que se investiga el caso de un asesino múltiple cuyo modus operandi es igual al de uno llamado “el flautista” al que Linden mandó al corredor de la muerte años atrás y que amalgama la crítica tan visceral como analítica del Truman Capote de A Sangre Fría (adaptada magistralmente al celuloide por un Richard Brooks pletórico tanto en la escritura como la dirección en el año 1967) la mirada hacia los desamparados Charles Dickens de Oliver Twist adaptado a pleno siglo XXI y el estilo del Atom Egoyan elegante, contenido en su exterior pero intenso en el interior, de El Dulce Porvenir fusionandose en una sola y poliédrica mirada que paradójicamente exhala tanto uniformidad como personalidad. Veena Sud consigue lo que parecía imposible, no sólo demostrar que esta tercera temporada puede mantener la compostura con respecto a las dos anteriores, sino superarlas considerablemente con el mejor trabajo de dirección de toda la serie (Jonathan Demme y Nicole Kassel ejecutan dos capítulos finales sencillamente apabullantes) los mejores secundarios de todo el recorrido del programa (Elias Koteas está soberbio como siempre dando vida al misterioso James Skinner, pero es Peter Sasgaard el que llena de rabia, verdad y fuerza a su Ray Seward en el que es a día de hoy el mejor papel de su carrera) los dos mejores trabajos de Joel Kinnaman y Mireille Enos como el dúo protagonista (la obsesión de ella con el caso y su relación con Skinner son dos de los mejores apuntes de la temporada) y algunos momentos que se encuentran entre los mejores de la televisión reciente como ese hombre que acepta finalmente su destino después de mirar por una ventana o esas últimas palabras aparéntemente vacuas que nos confirman que nadie merece morir y que un sistema que ejecuta a hombres inocentes en un país del primer mundo es algo de lo que muchos deberíamos avergonzarnos, no sólo los estadounidenses.




Con su tercera temporada The Killing toca el cielo de su producción, sus creadores regalan a los seguidores televisión de alto nivel gloriosamente ejecutada en todos sus apartados, pero el único fallo que podemos reprochar a esta season finale es el que tiene la culpa de que la despedida que hace un año podía haber sido triunfal ha sido este 2014 bastante buena, pero no perfecta. Por desgracia la tercera tanda de episodios del programa de la AMC concluye con un cliffhanger de manual que no cierra una de las tramas que implican directamente al porvenir de Holder y Linden para que se pudiera rodar una cuarta y última temporada. Aunque la sombra de la cancelación volvió a sobrevolar el futuro de la serie de Veena Sud esta vez fue Netflix (recordemos que en la tercera temporada este canal llegó a un acuerdo con AMC para la producción del programa) la que se ocupó del estreno y posterior emisión de los últimos seis episodios que confirmarían esa cuarta temporada que serviría para cerrar finalmente el ciclo vital y profesional iniciado por los agentes Linden y Holder con la investigación del caso del asesinato de Rosie Larsen.


The Killing Cuarta Temporada: Kyle Cogió su Fusil


Si las tres primeras temporadas de The Killng daban forma a dos relatos puramente literarios, la cuarta vendría a ser el epílogo de los mismos, un regalo para los fans que habían seguido con ávida (y adictiva) fidelidad las correrías de Stephen Holder y Sarah Linden en las calles de la ciudad de Seattle. Esta cuarta entrega constó de seis episodios de una hora de duración, se estrenó íntegra en streaming el 1 de Agosto del presente 2014 y supuso la temporada menos sobresaliente del show, pero hablando en los terminos de calidad del programa en ningún momento podemos referirnos a ella como menos de seis horas de televisión brillantes. Algunos cambios se producen a lo largo de dichos capítulos y tienen más que ver con el paso de un canal a otro (al igual que otras cadenas por cable como Showtime o HBO, Netflix sí permite la inclusión de la palabra “fuck”, que está prohibida en otras como FX Network, A&E o la misma AMC en la que nació el producto que nos ocupa en esta entrada y la sensación de extrañeza se hace notable, pero sólo en el primer episodio, ya que luego Holder lo coge gusto a la expresión y la utiliza con su particular labia) que con otros aspectos, los mismos que convirtieron la versión de americana de Forbrydelsen en un producto de referencia por su calidad.




La cuarta temporada de The Killing comienza justo donde acabó la anterior y dejándonos claro desde el primer minuto que los actos llevados a cabo por Linden y Holder en aquella serán el núcleo central de todo el entramado argumental que será sobrevolado por la posible caída en desgracia de los dos detectives de Seattle. Pero una vez más nuestros ojos se dirigirán hacia un caso de asesinato múltiple, el de una familia adinerada cuyo hijo mayor (y principal sospechoso con amnesia temporal producida por el hecho traumático) es miembro de una estricta y selecta escuela militar dirigida da por la Comandante Margart Rayne (una intachable Joan Allen confirmando que es una de las mejores actrices de su generación). La historia es una intriga de corte militarista que bebe de producciones de Hollywood como Algunos Hombres Buenos de Rob Reiner (con guión del prestigioso Aaron Sorkin) La Hija del General de Simon West o la memorable En el Valle de Elah de Paul Haggis, films que tejen una intriga en la que la investigación de un crimen en ambiente castrense ocupa todo el exoesqueleto de la historia, normalmente repleta de medias verdades, falsos culpables y conspiraciones colectivas que ponen en entredicho muchos de los métodos de adiestramiento del ejército de los Estados Unidos que convierten a sus soldados en insensibles y automatizadas máquinas de matar.




Esta cuarta temporada condensa toda la esencia del programa desde que diera sus primeros pasos. Competente y gélida puesta en escena, escritura sólida y milimétrica, unos actores brillantes desde sus dos protagonistas hasta el extra que aparece en un rincón dando vida a un soldado haciendo flexiones bajo la lluvia y una visión nihilista del ser humano y sus más bajos instintos. Por desgracia Veena Sud sabe que está despidiendo el programa definitivamente y decide por ello intensificar las emociones de sus dos actores principales, sobre todo las de Mireille Enos como Linden, que habíamos visto a lo largo de las tres anteriores temporadas como una mujer contenida que en pocas ocasiones dejaba mostrar su estado mental al exterior y que aquí peca en algunos momentos de cierta sobreactuación (siempre moderada) que no pega demasiado con el personaje. También se fuerza cierta concatenación de momentos forzadamente trascendentes que en un recorrido de sólo seis episodios (por mucho que cada uno de ellos bordee o supere la hora de duración) se antojan algo precipitados o ejecutados bruscamente. Pero la intensidad con la que Mireille Enos y Joel Kinnaman se agarran a unos roles sobresalientes que ya conocen como las palmas de sus manos, la enorme labor en la realización (Jonathan Demme vuelve para cerrar la serie rodando el último episodio) de los distintos directores, el control que Veena Sud mantiene sobre su equipo de libretistas y la magnífica interpretación de Tyler Ross, Stearling Beaumon y Levi Meaden como los cadetes Kyle Stansbury, Lincoln Knopf y A.J Fieldong respectivamente consiguen que la despedida de The Killing merezca la pena consiguiendo que una temporada innecesaria mantenga muy dignamente la compostura, aunque su epílogo demasiado obvio quita enteros a un cierre que podría haber sido mucho más memorable si se hubiese prescindido de esos autocomplacientes minutos finales.


Valoración General

Sin ocupar un lugar de capital importancia como otros productos televisivos de esa impagable nueva edad de oro que estamos viviendo desde hace más de diez años dentro de las series americanas como The Wire, A Dos Metros Bajo Tierra, Los Soprano o Mad Men, la versión americana de The Killing, ideada y desarrollada por Veena Sud, puede considerarse fácilmente y sin controversia alguna una obra de culto, un producto de una brillantez considerablemente contrastada con los suficientes alicientes como para jugar en las grandes ligas de las producciones más destacadas de la parrila internacional. De la innecesaria revisión de una serie europea nació un ejercicio de narración, realización y e interpretación actoral sencillamente intachable. Podríamos hablar de la labor destacada de actores como Billy Campbell dando vida a Darren Richmond, Eric Ladin como Jamie Wright o Jewel Staite dando voz y cuerpo a Caroline Swift (con genial referencia a Firefly/Serenity incluida) de la de directores como Nicole Kassel (El Leñador), Daniel Attias (Ray Donovan, House) Brad Anderson (El Maquinista, The Shield), Patty Jenkins (Monster) o la de guionistas como el hoy muy prestigioso Nic Pizzolatto (True Detective) Brett Conrad (Hijos de la Anarquía) o Dawn Prestwich (Carnivále) o la del de cualquier miembro de los equipos artístico o técnico. Pero quedémonos con Linden y Holder, el cielo gris y el clima siempre lluvioso de Seattle, esa cara oculta de la ciudad en la que se comenten crímenes inhumanos por culpa de nuestros pecados como sociedad o individuos y con esos pequeños resquicios de luz que nos permiten aferrarnos a la esperanza de un futuro mejor, aquel que parece oculto debajo de toneladas de podredumbre económica y moral pero que permanece latente a la espera de ser descubierto.



Transformers: La Era de la Extinción.



Título Original Transformers: Age of Extinction (2014)
Director Michael Bay
Guión Ehren Kruger
Actores Mark Wahlberg, Nicola Peltz, Jack Reynor, Stanley Tucci, Kelsey Grammer, Sophia Myles, Victoria Summer, T.J. Miller, Han Geng, Li Bingbing, Brenton Thwaites, Cleo King, Titus Welliver, Teresa Daley, Michael Wong




Después de tomarse un respiro con aquella modesta Dolor y Dinero protagonizada por Mark Walberg y Dwayne “the Rock” Johnson que llegó a ser considerada por muchas personas con bastante criterio como una comedia de culto tan notable que podía pasar por una de los hermanos Joel Coen e Ethan Coen, Michael Bay vuelve con la cuarta entrega de la saga a la que lleva dedicando los últimos diez años de su exitosa y controvertida carrera como cineasta desde que Steven Spielberg le eligiera para llevar a imagen (más o menos) real las correrías de las figuras de acción de Hasbro que desde los años 80 llevan protagonizando series animadas de distinta índole, cómics en varias editoriales y videojuegos de todo pelaje entre otro tipo de mechandising millonario. La primera supuso la novedad, un blockbuster megalómano en su estética pero de una simpleza alarmante en su interior que triunfaba por apelar a los instintos más primarios de los espectadores y a la nostalgía de aquellos que disfrutaron durante su infancia de los productos en los que estaban basados los personajes. La segunda, Transformers: La Venganza de los Caidos, contenía en su interior unas pocas escenas bien ejecutadas que se perdían entre los pasajes más sonrojantes de la saga con un humor insoportable y momentos bochornosos como cuando Bumblebee orinaba por el salpicadero en plena cara de uno de los personajes humanos. La tercera recuperó en cierta manera la compostura con una historia más ambiciosa y escenas que se encontraban entre lo mejor jamás rodado por Michael Bay, pero su exceso de metraje y la aparatosidad de su interminable clímax convertía la experiencia de ver la recta final de Transfomers: La Cara Oculta de la Luna en un castigo bastante considerable para la platea. Ahora, pasado el ecuador de este 2014 nos llega la cuarta parte de la saga titulada Transformers: La Era de la Extinción que sirve tanto de secuela como de reinicio encubierto de la franquicia producida por la Paramaount Pictures. El resultado es más o menos lo esperado si conocemos la naturaleza del producto o lo que es lo mismo, no la peor entrega de la serie de largometrajes, ni la mejor, sólo una más y otra muesca en el revolver de un Michael Bay que revienta la taquilla cada vez que narra (y alarga) la interminable batalla entre Autobots y Decepticons.




Una vez más el productor Steven Spielberg, el guionista Ehren Kruger y el director Michael Bay unen fuerzas para narrar una historia que tiene lugar cinco años después de la batalla en Chicago a la que pudimos asistir en la tercera entrega y por la cual se instauró una ley en Estados Unidos para erradicar a todos los transformers independientemente de a qué bando pertenezcan a manos de una unidad de élite de la CIA comandada por el agente Harold Attinger (Kelsey Grammer) que actúa a espaldas de la Casa Blanca. Mientras, en Texas, un inventor llamado Cade Yager (Mark Wahlberg) compra en un cine abandonado un viejo camión que resulta ser el líder Autobot, Optimus Prime, que se mantenía escondido para no ser cazado por los hombres de Attinger comandados por James Saboy (Titus Welliver). Yager, junto a su amigo Lucas (TJ Miller), su hija Tessa (Nicola Peltz) y el novio de esta última, Shane (Jack Reynor) unirán fuerzas con Optimus y unos pocos Autobots para acabar con una empresa llamada KSI dirigida por Joshua Joyce (Stanley Tucci) que utiliza el transformiun, el material del que están creados los transformers, para crear los suyos propios tomando como base las cabezas de, entre otros robots alienígenas, la de Megatrón, líder Decepticon y enemigo jurado de Prime, convertido ahora en el evolucionado Galvatron, más peligroso que su anterior encarnación. La historia es esta y no da para más, Michal Bay y Ehren Kruger se alejan de la más ambiciosa trama (dentro de los cánones simplistas de las superproducciones hollywoodienses, claro está) de la tercera parte para volver a lo básico, o lo que es lo mismo, una batalla entre unos pocos Autobots y unos transformers de nueva hornada.




Transformers: La Era de la Extinción es un producto 100% Michael Bay con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Un largometraje de presupuesto desproporcionado y vacua grandilocuencia formal que no contiene prácticamente nada en su interior. Un divertido artificio simple y directo a la mandíbula de un espectador que debe aletargar un gran número de neuronas para poder disfrutar de una velada que realmente no aspira a nada más que ofrecer 165 (excesivos, pero en ningún momento aburridos) minutos de pura evasión veraniega. La única diferencia con respecto a las otras tres entregas curiosamente son sus mayores aciertos como el aire crepuscular y oscuro que es mucho mas notorio que en las anteriores películas y que nos regala una cacería descarnada de los transformers por parte de los humanos, unos servicios secretos (la CIA concretamente) retratados con bastante mala idea (aunque como hemos mencionado previamente se deja claro en todo momento que actúan a espaldas de su propio gobierno, God save America) y con inclinaciones a poner en práctica métodos expeditivos en aras de la “seguridad nacional” o una versión “Ultimate” de Optimus Prime en esta ocasión mucho más violento y vengativo. El humor es mucho más contenido, menos zafio y pueril, además de estar bien dosificado, es más, cuando creemos que esa comicidad de chulería de playa californiana (una vez más) va a estar presente a lo largo de todo el metraje, los autores del film toman la sabia idea de erradicarla de una tacada para suerte del espectador.




Pero en esencia estamos una vez más ante otra de las correrías de Optimus Prime y sus metamórficos aliados o enemigos. Cámaras lentas que encuadran helicópteros que aparecen en el horizonte de un campo de Texas, travellings laterales sobre personajes que miran con cara de pasmo enormes naves espaciales surcar los cielos, contrapicados para que los protagonistas se vean empequeñecidos ante los enormes robots alienígenas o los rascacielos localizados en las ciudades norteamericanas o chinas que les sirven como campos de batalla, espíritu castrense recalcitrante en el que se hace una hortera oda al honor, dar la vida por la patria (o en este contexto por la raza humana, el universo, el novio macarra de tu hija) o el estilo de vida americano, relaciones personales entre roles unidimensionales que tiran de tópicos o caminos mil veces transitados en todas las formas posibles, más cámaras lentas para captar al milímetro el matosdóntico bofetón en pleno rostro (metalizado) de un transformer a otro, Autobots que tienen barba y fuman puros o van vestidos como raperos y samuráis, pequeñas dosis de fandom para los conocedores de los personajes clásicos de los 80 como la presencia de los míticos Dinobots, aliados por la fuerza de los autobots comandados por Optimus Prime o la indispensable parcela para el lucimiento de Bumblebee, malvados agentes del gobierno esta vez liderados por un Titus Welliver (Perdidos, Hijos de la Anarquía) chulesco y con gafas de sol, secundarios cuya única misión es ser una vía cómica de escape como el Joshua Joyce al que da vida un Stanley Tucci que empieza muy contenido para seguidamente entregarse al exceso y la sobreactuación propia de los roles de relleno típicos de la saga cinematográfica que nos ocupa o chicas sudorosas y con los senos apretados encuadradas de todas las maneras posibles para realzar sus atributos, rol que esta vez recae en la joven Nicola Peltz, una de las actrices de la serie Bates Motel de la cadena de televisión por cable A&E.




Por el lado bueno la última película de Michael Bay no engaña a nadie, ya que ofrece más de lo visto previamente en las anteriores entregas aunque con un tono más crudo y con referencias que van en su arranque desde E.T o Encuentros en la tercera Fase de Steven Spielberg hasta las sagas de Alien, Terminator, Predator, Parque Jurásico e incluso la catódica Juego de Tronos en su segunda mitad. Por el malo el producto vuelve a ser una nadería rimbombante y frenética en la que los efectos digitales mueven y vertebran una endeble historia que en ocasiones está tan recargada de CGI que hasta llega a hacernos pensar que estamos asistiendo antes a la elaborada intro de un videjouego de última generación que a una pieza cinematográfica que seguramente tuvo una post producción mucho más elaborada que el propio rodaje. Un trabajo ejecutado en cadena de montaje tan impersonal y reiterativo que nos confirma que si nos hubieran colado en la sala de edición secuencias de las tres anteriores entregas nos nos habríamos dado ni cuenta de ello. De modo que sólo nos queda tomarlo o dejarlo, entregarnos a los prostituibles brazos de una película que no nos ofrece nada más y nada menos que robots cada vez más enormes y monstruosos entregados al milenario arte de dar bofetones a mano abierta o acabar completamente agotados de esta innecesaria, excesiva y ruidosa sobredosis de banderitas americanas para unos y descarado product placement para otros cuya desproporcionada recaudación en taquilla y naturaleza de reboot o película bisagra nos confirma desde ya la próxima venida de una quinta entrega que nos seguirá dejando claro que producciones comerciales de calidad como El Amanecer del Planeta de los Simios de Matt Reeves o Cómo Entrenar a tu Dragón 2 de Dean DeBlois siguen siendo pequeños oasis en el desierto de la falta de ideas de la meca del cine.



lunes, 11 de agosto de 2014

Cómo Entrenar a tu Dragón 2



Título Original How to Train Your Dragon 2 (2014)
Director Dean DeBlois
Guión Dean DeBlois




En el año 2010 la productora norteamericana Dreamworks fundada por Steven Spielberg, David Geffen y Jeffrey Kratzenberg en 1994, estrenó la película que junto a Kung Fu Panda de Mark Osborne, John Stevenson supondría el paso a la madurez de la casa que parió exitosas sagas cinematográficas dentro del celuloide de animación como Shrek (cuatro entregas y un spin off protagonizado por el inolvidable Gato Con Botas de Antonio Banderas) o Madagascar (tres largometrajes). Nos referimos como no puede ser menos a Cómo Entrenar a tu Dragón dirigida por Dean DeBlois y Chris Sanders, autores de Lilo y Stitch. El largometraje narraba las vivencias de Hipo, el hijo del gran jefe de un pueblo vikingo localizado en Isla Mema. Allí los aguerridos aldeanos se dedicaban a la caza de los “terribles” dragones que se dividían en distintas razas, todas ellas supuestamente mortíferas, como los Furia Negra, conocidos como los más peligrosos. Un día Hipo conoce a Desdentado, uno dragón Furia Nocturna con el que traba una amistad que le llevará a comandar una cruzada para convencer a todos sus conciudadanos, comandados por su padre Estoico el Inmenso, de que los dragones son criaturas nobles con las que es posible una convivencia pacífica beneficiosa para ambas facciones




Dreamworks seguía la senda que abrió la ya mencionada cinta protagonizada por el panda Po para por primera vez ir más allá del simple humor o los mensajes bienintencionados, pero simplistas, perfilando personajes (al menos los principales) de un tono más tridimensional con unas dudas más acentuadas que en otras cintas de la productora, regalándonos secundarios que eran algo más que gags andantes y añadiendo algunos apuntes dramáticos que hacían que el final feliz que cerraba esta oda en favor de la defensa del reino animal (representado en su conjunto por las mitologicas criaturas que dan forma al entramado del film) con una agradable sensación agridulce en la platea poco común dentro del cine de animación salido de la maquinaria de hollywoodiense. El largometraje fue un éxito de taquilla y crítica, ya que tanto el público como la prensa especializada se rindieron a la calidad, el carisma y el corazón de la cinta de Dean DeBlois y Chris Sanders. El triunfo fue total, la Dreamworks había facturado su mejor película hasta la fecha, una tan buena que podía codearse con varios productos de la imbatible Pixar de Disney, por tanto la secuela sería gestada tarde o temprano y este 2014 ha sido elegido para la puesta de largo internacional del la segunda parte, esta vez escrita y dirigida en solitario por Dean DeBlois. En el pasado festival de Cannes se estrenó Cómo Entrenar a tu Dragón 2 una continuación que supera en prácticamente todos los apartados a su predecesora, minimizando los fallos y acentuando los aciertos de aquella.




El principal (y puede que más remarcable) mérito de Cómo Entrenar a tu Dragón 2 es que se mete en la complicada empresa de ser una secuela que quiere ser más grande que su predecesora para superarla y no es esta una tarea fácil, ya que films como Matrix Reloaded de Andy Wachovski y Lana Wachovski, El Retorno de la Momia de Stephen Sommers o Speed 2 de Jan De Bont quisieron ser continuaciones al más puro estilo Hollywood con unas envergaduras que ensombrecieran a sus hermanas mayores para finalmente (casi) sólo vender ruido y una hiperbolización artificiosa y vacua de las mismas. Por suerte (o más bien una intachable profesionalidad) el proyecto de Dean DeBlois consigue lo anteriormente comentado, ser mejor película que la ya de por sí soberbia Cómo Entrenar a tu Dragón de 2010. Ya que como es lógico cuando nos referimos a los efectos CGI que dan forma al conjunto del proyecto la calidad de la producción ha mejorado sustancialmente (hablamos de casi un lustro de diferencia entre una entrega y la otra) pero no podemos obviar que el guión basado libremente en las novelas de la escritora británica Cressida Cowell define mejor a los personajes que ya conocemos y a los de nuevo cuño que de debutan en esta secuela, enriquece las relaciones interpersonales entre estos añadiéndoles matices de una complejidad impropia en cierto tipo de cine de animación dirigido a toda la familia y acentuando el mensaje ecologista que estructuraba el núcleo argumental de la primera parte.




Cómo Entrenar a tu Dragón 2 tiene lugar 5 años después de que gracias a la tozudez de Hipo los vikingos que pueblan Isla Mema aceptaran a los dragones como mascotas y compañeros. Hipo es pareja de Astrid y posiblemente uno de los mejores jinetes de dragón de la zona (siempre montando con su inseparable Desdentado, de la raza Furia Nocturna) algo que despierta el orgullo de su padre Estoico, el aguerrido jefe vikingo de la localidad. Todo cambiará con el descubrimiento de la amenaza de Drago Puño Sangriento, un viejo enemigo de Estoico y la presencia de una extraña jinete de dragones cuya misión es cuidar y dar cobijo a estas mitológicas bestias que contrariamente a lo que narraban las leyendas de la zona no son peligrosas ni malvadas en manera alguna. En esta secuela se nota por fin la confianza depositada en el director y guionista por parte de los jefazos de la factoría Dreamworks ya que Dean DeBlois muestra en pantalla que puede pensar en grande y abarcar más con su relato en contraposición a la humildad formal con la que se abordó la producción de la primera parte de 2010. Tenemos más acción, más dragones, más vikingos la banda sonora de John Powell es más épica y por descontado que los personajes son todavía más cercanos que en la anterior entrega, más carismáticos, ya que volver a verlos es como reunirse con unos viejos conocidos a los que hacía tiempo que no veíamos y echábamos de menos.




Porque al igual que su predecesora Cómo Entrenar a tu Dragón 2 es una cinta de personajes, de criaturas de carne y hueso (paradójico si tenemos en cuenta que están hechas de pixeles) con dilemas morales con los que identificarnos. Desde la inherente personalidad de líder de Hipo hasta al duro carácter de Astrid o el compromiso comunitario de Estoico, pasando por la comicidad de Bocón, Chusco o Brusca (especialmente destacable la obsesión de esta con Eret, hijo de Eret, uno de los nuevos personajes del que la vikinga se enamora locamente) y la candidez de Valka, que es el personaje que vertebra prácticamente todo el devenir de la trama y cuyo secreto hace cambiar y madurar al protagonista. Pero el mayor acierto del largometraje en cuanto a caracteres y las relaciones de estos tiene que ver con la relación de Hipo con su inseparable Desdentado cuando Dean DeBlois decide despertar el “lado oscuro” de este último, realizando un meritorio y acertado paralelismo con su cambio de conducta con ciertas razas de perros supuestamente “peligrosas” como los pitbull o rottweiller que sólo llegan a serlo si su dueño (en el caso del largometraje los humanos con personalidades violentas como Drago Puño Sangriento) los adiestran de la manera equivocada. Desdentado da pie a uno de los momentos más dramáticos del film, el mismo que nos hace poner en duda su entrañable carácter (aquel que se forjó con sabiduria milimétrica en el primer film y los dos primeros tercios del que nos ocupa) y cuyos actos pueden llegar a poner en un complicado dilema moral a Hipo con respecto a su relación con el dragón de raza Furia Nocturna. Este giro de guión, bastante alejado en fondo y forma de los cánones establecidos por el cine infantil, es uno de los mayores aciertos del proyecto y que no nos debería coger demasiado sorprendidos si tenemos en cuenta que aquella pierna amputada de la primera entrega ya nos hizo vislumbrar que nos encontramos ante un tipo de películas que quieren salirse un poco de la ligereza que impera en gran parte del cine animado en general y del salido de la casa Dreamworks en particular.




Cómo Entrenar a tu Dragón 2 es una de las mejores producciones de un año en el que el cine comercial de Hollywood está dando buenas muestras de un prometedor encarrilamiento en el que parece que mengua la presencia de productos realizados en cadena de montaje que se sustentan en artificio y puerilidad en fondo y forma, para dar más importancia a la calidad, la calidez y los intereses del espectador como consumidor de celuloide, como sucedía en la meca del cine allá por los nostálgicos años 80. Nos encontramos antes la mejor película facturada por la Dreamworks, un producto para toda la familia que no elude transitar por algunos callejones oscuros en lo que a ética y moral se refiere y que puede que no sean del gusto de todos. Pero ahí radica la valentía de una secuela que sustentándose en un relato de reminiscencias puramente clasicistas se deja imbuir pro productos contemporáneos tan variados como Juego de Tronos de David Benioff y D.W. Beiss, Star Wars de George Lucas, Superman de Richard Donner, Avatar de James Cameron o el anime Digimon creado por Akiyoshi Hongo. Una producción cuya enormidad se solidifica por medio de gestos (la mano de una madre acariciando el rostro de un hijo perdido) diálogos sencillos pero que exhalan veracidad (las primeras palabras de un marido a su esposa después de años sin verse) reacciones tan comprensibles como dolorosas (el grito de odio de un joven hacia un amigo al que creía parte de si mismo para desconcierto de este último que no entiende el motivo de dicha sentencia) villanos de altos vuelos (ese resentido Drago Puño Sangriento del todo memorable) o mensajes sobre tolerancia, lazos fraternales, comunión con la naturaleza y las criaturas que la pueblan que, sin paternalismos o adoctrinamientos sectarios, nos hacen pensar que hemos asistido a una sesión de 100 minutos de cine de calidad perfectamente facturado. De modo que esa Pixar que no tiene estreno este 2014 vaya tomando nota, la eterna segundona Dreamworks se está revelando como un dragón que no ha hecho más que despertar de su letargo para empezar a escupir lenguas fuego desde los cielos.


miércoles, 30 de julio de 2014

The Zero Theorem, el sentido de la vida



Título Original The Zero Theorem (2013)
Director Terry Gilliam
Guión Pat Rushin
Actores Christoph Waltz, Matt Damon, Tilda Swinton, Mélanie Thierry, David Thewlis, Ben Whishaw, Peter Stormare, Sanjeev Bhaskar




Una de las características del cineasta, americano de nacimiento y británico de corazón, que responde al nombre de Terry Gilliam es que en muchas ocasiones su poderío visual, su ambiciosa puesta en escena, su visión hiperbólica de la utilización del encuadre o la angulación de la cámara servía para disimular que los guiones de sus proyectos cinematográficos no siempre eran todo lo sólidos que debieran, aunque en otras ocasiones la convergencia entre fondo y forma fuera tan armónica como para parir obras maestras como Brazil (1985) El Rey Pescador (1991) o 12 Monos (1995). Pero algo sucedió durante el accidentado rodaje de El Secreto de los Hermanos Grimm como para que a estas alturas podamos hablar de un Terry Gillim post y pre década de los 2000.




Durante el rodaje del film protagonizado por Matt Damon y el tristemente fallecido Heath Ledger, Gilliam tuvo problemas con los productores y estos decidieron parar la filmación a la mitad. Durante el tiempo en el que el proyecto se encontraba en standby el realizador de La Bestia del Reino llevó a cabo un trabajo más personal e íntimista. La adaptación de una novela de Mitch Chullin titulada Tideland, que se convirtió en el último gran largometraje de su autor aunque, como comentamos, se trataba de una obra mucho mas humilde y por ello más hija del cineasta. Aquellos dos largometrajes, aunque antagónicos en estética y desarrollo, hablaban de utilizar (para bien o para mal) mundos de fantasía para eludir una terrible o poco beneficiosa realidad, constante esta en la que se aposenta prácticamente todo el discurso de Terry Gilliam como director.




Pero ambos largometrajes hicieron vislumbrar algo que en la meritoria pero descontrolada El Imaginario del Doctor Parnassus se confirmó casi al 100%. Los guiones de los proyectos del componente más discreto de los Monty Python cada vez eran más endebles y caóticos y si los films a los que supuestamente debían dar forma eran meritorios o se salvaban de la quema era por su ya mencionada personalidad como narrador visual. Algo de esto, pero con un resultado más decepcionante, sucede con su última obra cinematográfica, The zero Theorem, un trabajo bienintencionado con algunas ideas muy inteligentes que no son debidamente desarrolladas y que en esencia es totalmente hijo de su padre, pero en esta ocasión ni la vigorosa y vivaz puesta en escena del director pueda salvar la velada, porque esta se encuentra considerablemente sepultada por la inevitable naturaleza de modesta historia mínima del largometraje.




The Zero Theorem es en palabras del mismo Terry Gilliam el cierre de su "tríptico orwelliano" formado por Brazil, 12 Monos y la cinta que nos ocupa. La historia narra la vida diaria de Qohen Leth (Cristoph Waltz) el empleado de una gran empresa informática llamada Mancom y dirigida en la sombra por la "dirección" (Matt Damon). La principal obsesión de Qohen es poder ejercer su trabajo desde su propia casa (una iglesia abandonada) para poder esperar allí una desconocida y misteriosa llamada que cambiará su vida y lo liberara del yugo de su existencia devorada por el trabajo y la soledad. Todo cambiará cuando su supervisor le asigne descifrar el famoso Teorema Cero. Este interesante punto de partida, 100% Gilliam, es el que vertebra el largometraje que nos ocupa. El problema es que ni el director, ni el guionista Pat Rushin, consiguen que tan feliz idea rasque más allá de la superficie y para colmo lastre el desarrollo de acontecimientos del relato que avanzan pesadamente y de manera insatisfactoria.




La última película de Terry Gilliam es una especie de revisión de Brazil, pero cambiando la estética kafkina de aquella (aunque la historia como concepto era deudora principalmente de George Orwell, los ecos al autor de El Proceso eran más que notorios, sobre todo en esas oficinas abarrotadas en las que se movía Sam Lowry y que daban una visión caótica y aterradora de la burocracia) por una que parece parodiar los relatos literarios de corte cyberpunk nacidos de la pluma del novelista norteamericano William Gibson (Neuromante, New Rose Hotel) que hablaban de asépticas corporaciones y un ciberespacio conspiranóico e inhumano. Como obra cinematográfica plantea ideas inteligentes sobre el aislamiento al que nos aboca la brutal automatización del siglo XXI que nos convierte en seres asociales incapaces de experimentar verdaderas sensaciones como humanos, pero todo ello deficientemente y transmitiendo redundancia y desinterés a la platea.




Dentro de esta distopía tenemos a un protagonista con miedo a la muerte cuya única ilusión por vivir es una inexsistente llamada telefónica, una iglesia en la que una cámara que ocupa la cabeza de un Cristo crucificado sirve de alegoría de la omnipresencia de un Gran Hermano de ribetes teológicos que todo lo ve, unos anuncios publicitarios invasivos con el rostro y la voz de Brienne de Tarth, unos individuos que cuando van a una fiesta escuchan su propia música con los auriculares conectados a sus tablets/iphones sin conversar con el resto de personas, una "dirección" que es más unas abstracción sobre el capitalismo desproporcionado que desangra a sus empleados que una entidad corporea. Incluso tenemos a una adolescencia representada por un genio de la informática (el parecido físico de Lucas Hedges con Jesse Eisenberg, que dio vida a Mark Zuckerberg en La Red Social de David Fincher, parece una irónica casualidad) con conocimientos desperdiciados que lo convierten en un superdotado con una carencia de compromiso o moral que está al orden del día en nuestra realidad.




Por desgracia toda esta acertada simbología sobre el vacío existencial del hombre del siglo XXI y la superficialidad derivada de productos electrónicos de última generación, que nos confirma que vivimos en una sociedad hipertecnificada que aunque nos proporciona una conectividad total paradójicamente nos aisla del mundo se queda en la carcasa, no ahonda más en un tema tan interesante como actual y sólo se entrega a una retórica que únicamente nos permite asistir a cómo Qohen vaya perdiendo poco a poco la cordura dentro de las cuatro paredes de la capilla que le sirve de hogar. Únicamente la visita de personajes como la sensual y pizpireta Bansley de Mélanie Thierry, el divertido supervisor Joby de David Thewlis o el descreído informático adolescente Bob de un muy acertado Lucas Hedges ofrecen algo de variedad a las aventuras y desventuras del personaje principal.




Por otro lado en esta ocasión, como hemos mencionado previamente, ni el torrente de barroquismo visual de Gilliam como realizador puede inyectar fuerza al producto, porque al narrar el director de Los Héroes del Tiempo una historia minima en una sola localización esta no le proporciona al cineasta un verdadero campo de juego para deleitarnos con su inacabable imaginación, ese delirio marca de la casa que podemos encontrar en obras previas salidas de su mano como Miedo y Asco en Las Vegas. No sabemos si esto es debido al modesto presupuesto del largometraje, pero por desgracia sólo en los momentos en los que el protagonista decide mezclarse con sus conciudadanos, tanto en las recargadas calles como en su no menos atestado trabajo, podemos percibir el sello inconfundible de Terry Gilliam en el que imperan las localizaciones de proporciones mastodónticas y su mirada hiperbólica de la realidad con personajes histriónicos y brutalmente cuerdos dentro de su supuesta (o improbable ) demencia.




Finalmente a lo largo del trayecto en esta especie de versión tragicómica de Pi Fe en el Caos de Darren Aronofsky podemos encontrar sólo algunos destellos de genialidad propios de su autor, como esa revisión médica dirigida por Peter Stormare, Ben Whishaw y Sanjeev Bhaskar, la psiquiatra a la que da vida una impagable Tilda Swinton que parece una mezcla entre Margaret Tatcher y Camila Parker Bowles, esos pasajes en la playa que parecen parodiar a films como De Aquí a la Eternidad de Fred Zinnemann o El Lago Azul de Randal Kleiser el clímax final con el momento en el que Qohen agarra el sol (literalmente) con sus manos o a labor de un enorme Christoph Waltz (también co productor del film) que se echa a las espaldas un juguete roto en el que él es la única pieza que funciona  a pleno rendimiento para alegría y beneficio de un Terry Gilliam, en ocasiones, casi irreconocible detrás de la cámara.





Esta The Zero Theorem que nos ocupa es, por desgracia, algo peor que un Terry Gilliam menor, es un Terry Gilliam fallido y muy a medio gas, autocontenido (en el peor sentido de la palabra) lánguido y desangelado en todos los sentidos. Sí, con la esencia del discurso autoral del hombre que la ha gestado anidando dentro, pero careciendo casi por completo de su ironía, su ingenio, su fiereza, su locura y en ese sentido, ni los espectadores en general, ni los fans del cineasta en particular, podemos darnos por satisfechos. Sobre todo cuando sabemos que este inimitable y desmadrado cuentacuentos en ocasiones pretéritas ha sido capaz de trasladarnos a un mundo tan rico e inabarcable que una cámara cinematográfica no podía captar en toda su vasta y maravillosa extensión. Esperemos que en la próxima ocasión volvamos a ver a aquel director que nos demostró que el más modesto de los Monty Python era el que más talento atesoraba en su interior.



lunes, 28 de julio de 2014

El Amanecer del Planeta de los Simios



Título Original Dawn of the Planet of the Apes (2014)
Director Matt Reeves
Guión Rick Jaffa, Amanda Silver, Mark Bomback
Actores Andy Serkis, Jason Clarke, Gary Oldman, Keri Russell, Toby Kebbell, Kodi Smit-McPhee, Enrique Murciano, Kirk Acevedo, Judy Greer





Casi nadie daba un céntimo por ella. Se gestó sin hacer mucho ruido, se promocionó de manera más bien modesta y se estrenó sin demasiada repercusión, pero fue un éxito. El Origen del Planeta de los Simios, Rise of the Planet of the Apes en su título original, revitalizó a base de profesionalidad, talento y un apartado técnico tan brillante que repercutía en el artístico la saga iniciada en 1968 con aquella obra maestra titulada El Planeta de los Simios con Charlton Heston de protagonista. La película de Rupert Wyatt no lo tenía fácil, ya que el fallido remake que Tim Burton realizó en 2001 de la cinta original de Franklin J. Schaffner, que adaptaba la novela de Pierre Boulle, dejó muy mal sabor de boca, de modo que el mérito fue doble. El film se convirtió en el sleeper del 2011 y su protagonista, el simio César, al que daba voz y cuerpo Andy Serkis, en uno de los roles más carismáticos y memorables de aquella temporada cinematográfica.




La taquilla a nivel global respondió de manera más que notable y la crítica en líneas generales elogió la labor realizada por los autores de la película, de modo que la gestación de la próxima secuela de la misma era inminente, por ello la maquinaría hollywoodiense se puso manos a la obra con dicha empresa. Los problemas surgieron cuando la productora detrás de la creación del largometraje, la 20th Century Fox, puso varios inconvenientes al argumento que el director británico estaba ideando para esa segunda parte que daría continuidad a las aventuras de César y sus simiescos aliados que él mismo había rodado con un más que considerable éxito internacional. Las desavenencias dieron pie a que el cineasta del largometraje El Escapista, protagonizado por Brian Coxse desvinculara totalmente del proyecto dejando su puesto bacante para que otro lo ocupara.




La productora tomó la sabia decisión de poner en su lugar al no muy conocido Matt Reeves, realizador muy vinculado a las filas del polifacético J.J Abrams, autor de la meritoria Cloverfield o el, inesperadamente, soberbio remake de Déjame Entrar, el film de Thomas Alfredson que adaptaba la novela homónima de John Ajvide Lindqvist. Nunca sabremos cómo hubiera sido la visión de Rupert Wyatt para esta secuela, pero lo que sí podemos afirmar a ciencia cierta es que lo que el co creador de la serie Felicity ha conseguido con El Amanecer del Planeta de los Simios supera ampliamente a su predecesora y ofrece uno de los productos cinematográficos más estimulantes y completos de lo que llevamos de 2014. Un ejemplo cristalino de cómo moldear un blockbuster de calidad que, contando una historia de tintes clásicos, consigue ir más allá del puro entretenimiento.




La trama tiene lugar diez años después de lo sucedido en El Origen del Planeta de los Simios. El virus ALZ-113 ha erradicado a casi toda la especie humana y el simio César (Andy Serkis) se ha hecho fuerte como líder de una comunidad de sus congéneres que se ha desarrollado como sociedad y asentado en el bosque Muir. Pero todo cambia cuando dos simios que salen de cacería descubren a un pequeño reducto de seres humanos comandados por Malcolm (Jason Clarke) que al igual que César lucha por que la convivencia entre las dos especies sea pacífica. El problema toma forma cuando Koba (Toby Kebbell) del lado de los primates o Dreyfus (Gary Oldman) y Carver (Kirk Acevedo) del de los homo sapiens deciden que no piensan como sus líderes y que sólo por medio de la guerra y la supremacía sobre el enemigo se puede conseguir la victoria que les permita vivir libres.




Dawn of the Planet of the Apes abandona el tono de cinta sobre laboratorios y científicos que juegan a ser dioses y de mensaje ecologista de la anterior entrega para adentrarse del todo a la distopía futurista de tono misántropo deudora de literatos como George Orwell, William Golding o Stephen King y mucho más cercana en tono y trasfondo al largometraje primigenio de 1968. La cinta de Matt Reeves toma el concepto de ser algo más que cine puramente lúdico para ir más allá y con ello ofrecer no sólo un producto de un acabado técnico apabullante con el que se plantean unos dilemas morales localizados en un contexto politico y social tan actual como atemporal, también consigue algo de un mérito remarcable, como es narrar una historia intimista dentro del celuloide comercial en el seno de Hollywood.y transformando el subtexto sobre la crueldad intrínsenca en nuestra raza hacia el reino animal en una visión que crea paralelismos entre hombres y simios y sobre cómo la corrupción a la que aboca la acumulación de poder y el odio no entiende de especies.




Como si de una revisión de Historia de Dos Ciudades (obra literaria del escritor británico Charles Dickens que también tomarían como base David S. Goyer y los hermanos Christopher y Jonathan Nolan) para desarrollar la historia central de El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace) se tratase El Amanecer del Planeta de los Simios plantea al espectador dilemas morales de corte universal sobre convivencia, civismo, política y (anti)belicismo. Matt Reeves y su equipo de guionistas (entre los que se encuentran Rick Jaffa y Amanda Silver, los dos implicados en la anterior entrega) toman la feliz idea de que los personajes de César y Malcolm sean el esqueleto central de toda la trama y  los paralelismos que los emparentan (ambos desean una convivencia pacífica con el otro bando por el bien de sus familias y el futuro próspero de las mismas) el concepto sobre el que bascula toda la trama que sirve de núcleo argumental del relato.




Porque contra todo pronóstico Dawn of the Planet of the Apes es una película de personajes, unos mejor perfilados que otros, pero todos con cierta entidad que el guión se ocupa de desarrollar debidamente. Inevitablemente los roles más definidos y de una tridimensionalidad más contrastada son los simios. Mientras César sigue transmitiendo un carisma ilimitado mostrándose en pantalla como un líder íntegro y con unas convicciones inquebrantables, así como un honor del todo juicioso, aún sigue mostrando sus dudas tanto morales como de corte existencial. Su hijo, Ojos Azules, también trata de buscar un camino recto entre las dos tierras que dividen las enseñanzas de su progenitor y la rebeldía propia de su edad, además suyas son algunas de las secuencias dramáticas más emotivas (cuando rompe a llorar delante de César en la antigua casa de este último) . Por otro lado Maurice sigue siendo la entrañable voz de la cordura dentro de la historia y también tiene un pasaje memorable cuando comparte la lectura de un libro con el personaje de Kodi Smit-McPhee




Pero si en una largometraje como El Origen del Planeta de los Simios era César el indiscutible rey de la velada, en esta secuela la revelación es ese Koba que en aquella primera entrega tuvo un breve pero simbólico rol (que ya apuntaba manera sin lugar a dudas) y que está interpretado por un soberbio Toby Kebbell que no le va nada a la zaga al brillante Andy Serkis que recrea a César. Koba no es un villano típico, es uno con un pasado y motivaciones para tener un carácter de odio hacia los homo sapiens. Como recordamos del primer film Koba fue uno de los simios que más sufrió en su cuerpo los experimentos que los humanos realizaron con los de su especie (destacable el momento en el que señala todas sus heridas a César en otro de los momentos más notables de la secuela que nos ocupa) y de ahí nace su rechazo hacia ellos y todas sus acciones que prejuzga unas veces con motivos y otras sin él.




Su rol también se mueve entre la motivación de obedecer a César (los momentos en los que le pide "perdón" nos hacen compadecernos del personaje y la pelea entre ambos sirve de catalizador para que decida, definitivamente, seguir su propia senda) al que le debe la vida por haber sido su salvador en el pasado o seguir sus propios dictados reaccionarios. Curiosamente esa actitud belicosa que le permite autojustificar cualquier acto, por violento que sea, por el hecho de haber vivido un terrible episodio traumático (de ninguna manera justificable) en el pasado tiene varios paralelismos con el conflicto de Oriente Medio entre israelíes y palestinos tan candente actualmente por la lamentable situación en Gaza y el silencio internacional de las Naciones Unidas a la hora de intermediar en el mismo, con los Estados Unidos de Barack Obama a la cabeza.




Evidentemente a los personajes de los seres humanos no se les han dedicado tantas horas de escritura como a los simios y eso se deja ver en pantalla, pero no por ello los mismos dejan de ser creíbles o cercanos, aunque sí menos dados al claroscuro emocional o moral. De la misma manera que Malcolm es un hombre bueno por naturaleza (recordemos que anteriormente hemos mencionado que es el equivalente de César en el bando enemigo, con las mismas motivaciones que aquel para evitar un conflicto armado entre las dos facciones) o Carver lo opuesto, todos y cada uno de ellos tienen sus motivaciones para actuar como lo hacen. El culmen de esta acertada visión sería el personaje de Dreyfus interpretado por un magnífico Gary Oldman (aunque con poco metraje para lucirse) que con sólo una escena con una fotografía nos deja claro que no actúa de la manera que lo hace gratuitamente, aunque sus actos sean del todo reprovables, llevando a cabo técnicas propias del radicalismo islamista. Una vez más el subtexto político se deja notar de manera bastante clara en el entramado del largometraje.




Matt Reeves es el nuevo Richard Donner. La cinta que nos ocupa lo confirma definitivamente y no deja lugar a dudas. El hombre que consiguió crear una frenética monster movie por medio del formato found footage en Cloverfield y que su remake de Déjame Entrar pareciera rodado por los Joel e Ethan Coen de la inolvidable Fargo es, al igual que el director de Superman, La Profecia o Lady Halcón, un artesano al que ninguna historia o género se le resiste. Un profesional que no sólo sabe sacar lo mejor de sus actores aunque estén pixelados o rodados por medio de motion capture, también es un experto en el arte de colocar o mover la cámara, aprovechar unos soberbios efectos CGI para que sean un complemento indispensable para un relato que por otro lado nunca consiguen devorar o solapar en manera alguna y capaz de regalar a la platea algunas de las secuencias más potentes de la temporada como el travelling circular (el mismo que menciona mi compañero Ivan Rivas en su magnífica reseña para Zona Negativa) en la torreta de un tanque que muestra la dantesca visión de un campo de batalla de desoladores ribetes apocalípticos.




No sé qué deparará el futuro a esta saga, pero si Aliens, El Imperio Contraataca, Terminator 2: El Juicio Final, El Caballero Oscuro o El Padrino II son secuelas que superan a sus correspondientes predecesoras (aunque con varias de ellas podría debatirse largo y tendido sobre si realmente lo consiguen) El Amanecer del Planeta de los Simios nos e queda atrás en dicha empresa. Matt Reeves ha ejecutado un largometraje ejemplar, que sin inventar nada y narrando un relato de un clasicismo más que contrastado ha conseguido encumbrar una saga que nació como un producto innecesario y que, contra todo pronóstico, se está convirtiendo en una de las franquicias más estimulantes del los últimos años. Porque mezclar entretenimiento, acción, dramatismo bien equilibrado, mensaje (su visión crítica sobre las armas de fuego curiosamente no haría ni puta gracia al fallecido Charlton Heston) y un distopismo cuya base va más allá del celuloide para hundir sus raíces en la literatura de ciencia ficción (el verdadero origen del film original de finales de los 60) es algo que no se ve todas las semanas en nuestras carteleras y que debe ser valorado en su justa medida.



sábado, 26 de julio de 2014

Californication, Hank Moody y el camino del exceso



“Cena, copas…nunca estoy realmente, pero termino diciéndole lo guapa que es siempre. Porque es verdad, todas las mujeres lo sois de un modo u otro. Ya sabes, cada mujer tiene algo, una sonrisa, una curva, un secreto… Las mujeres sois criaturas increíbles, el trabajo de mi vida. Pero luego, a la mañana siguiente llega la resaca y me doy cuenta de que no estoy tan disponible como pensaba la noche anterior. Después se va y me quedo angustiado porque he perdido otro tren.”

Hank Moody




Durante la segunda mitad de la pasada década David Duchovny ya era un actor internacionalmente conocido por tres motivos. El primero era haber protagonizado (casi) todas las temporadas de la mítica serie Expediente X de Chris Carter, aquel programa en el que los agentes del FBI Fox Mulder (el mismo David Duchovny) y Dana Scully (Gillian Anderson) se enfrentaban a conspiraciones gubernamentales, extrarrestres y un peligroso mundo sobrenatural regido por lo oculto y esotérico, desarrollado a lo largo de diez tandas de episodios y dos films en pantalla grande. El segundo era su famosa inexpresividad facial, esa que pudimos ver en Kalifornia de Dominic West, Jugando Con la Muerte de Andy Wilson o Hechizo del Corazón de Bonnie Hunt, aquella que le dificultaba en demasía transmitir emociones y que lo emparentaba con otros actores de pétreos rostros como Ben Affleck, David Boreanaz, Steven Seagal o Kristen Stewart. Por último el tercero era su no menos famosa adicción al sexo, esa que tras muchas idas y venidas le costó su matrimonio con la actriz Tea Leoni (Deep Impact, Dos Policías Rebeldes) que parece ser que terminó cansándose de las aventuras extramatrimoniales de su cónyuge.




Pero en 2007 un poco conocido guionista norteamericano llamado Tom Kapinos, que hasta ese momento sólo había colaborado como productor ejecutivo y escritor de algunos episodios de la serie juvenil Dawson Crece, creada por Kevin Williamson (Scream, Sé lo Que Hicísteis el Último Verano) y protagonizada por James Van der Beek (Las Reglas del Juego, Mentes Criminales), Katie Holmes (Batman Begins, Jóvenes Prodigiosos), Michelle Williams (Brokeback Mountain, Oz: Un Mundo de Fantasía) y Joshua Jackson (The Skulls, Fringe) decidió aunar esas tres características de David Duchovny para crear una serie llamada Californication que sabiamente supo aprovecharse de la fama del protagonista de Expediente X, utilizar como arma propia sus límitadas dotes interpretativas y llevar a su terreno la fama de sátiro del actor para crear una serie que tenía no poco de biografía del actor que durante años dio vida a un agente del FBI que luchó contra aliens, sectas satánicas, criaturas multiformes y asesinos en serie con poderes extrasensoriales.





El 13 de agosto de 2007 la cadena de televisión por cable norteamericana Showtime (Dexter, Homeland, Penny Dreadful, Shameless) estrenó Californication, la serie resultante de la unión del ya mencionado guionista Tom Kapinos y el también nombrado protagonista David Duchovny a los que se sumó el cineasta jamaicano Stephen Hopkins (Bajo Sospecha, Volar Por los Aires, Los Demonios de la Noche) que se ocupó de rodar el episodio piloto (algo que también hizo en la serie 24 protagonizada por Kiefer Sutherland) y formar parte de la producción ejecutiva del programa. Californication narra la vida del escritor Hank Moody que tras ver como su libro, Dios Nos Odia a Todos, un manuscrito cargado de misantropía, bilis y angustia existencial, es adaptado al cine por Hollywood convertido en una comedia romántica titulada Esa Pequeña Cosa Llamada Amor, protagonizada por Tom Cruise y Katie Holmes, decide mudarse a California con su mujer Karen (Natascha McElhone) con la que ya no comparte vida matrimonial y su hija adolescente Rebecca (Madeleine Martin) para huir de su New York Natal y encontrar en el estado que tuvo a Arnold Schwazzenegger como gobernador las musas que le permitan vencer como escritor a la temida página en blanco, siempre con la ayuda de su editor Charlie Runkle (Evan Handler) y Marcy (Pamela Adlon), la esposa de este último. El problema reside en la pasión de Hank por el sexo, el alcohol y las drogas (compartida al 100% por su amigo Charlie) que lo abocarán a una vida de excesos que repercutirá en su familia y allegados y que le impedirá encontrar la inspiración que le ayude a dar forma a su siguiente libro.




El primer episodio de Californication arranca con su protagonista adentrándose en una iglesia en la que una joven y atractiva monja le practica sexo oral mientras él trata de tapar con la mano la imagen de Cristo crucificado que tiene delante, suponemos que por vergüenza. Seguidamente descubrimos que todo era una fantasía que el personaje que estaba experimentando, precisamente, cuando le practicaban una felación. Esto es Californication y su creador, Tom Kapinos, pone rápido las cartas sobre la mesa, lo tomamos o lo dejamos, no hay lugar para medias tintas ni a engaño alguno. Porque Hank Moody es una especie de versión (más atractiva, qué duda cabe) del escritor norteamericano Charles Bukowski que reflejaba sus propias vivencias por medio de su alter ego literario Henry Chinaski (recordemos que Hank es el apodo del nombre Henry, coincidencia nada arbitraria), un genio de la literatura siempre entregado al alcohol y la prostitución, un hijo de la literatura beat que vive al día dilapidando su dinero en drogas, señoritas de compañía y borracheras varias. Pero a diferencia del autor de Pulp, Factotum o La Máquina de Follar Hank tiene como piedra angular de su vida a su mujer Karen y su hija Rebecca, que son el único anclaje con la vida real y el motivo principal por el que no se ha abocado a una espiral de autodestrucción, con la que siempre coquetea, pero en la que nunca llega a sumergirse del todo. La primera aguanta estoicamente todos los escarceos sexuales de su marido aunque ambos ya no sean pareja y la segunda trata de encontrar (sin éxito) en su progenitor una figura paterna en la que reflejarse, una brújula que la guíe durante una adolescencia complicada. Hank trata de ser un buen marido y padre, pero siempre se interpone en su camino una alocada fan de su prosa deseosa de acostarse con él, algún actor/músico/escritor que lo invita a alguna fiesta repleta de desfase y excesos o su mismo amigo/editor Charlie que comparte su debilidad por la carne y pasión por el hedonismo desenfrenado.




A lo largo de siete temporadas Hank Moody volverá e escribir un libro autobiográfico, se implicara como guionista en el mundo del cine, la música y la televisión, ejercerá de profesor de universidad, se las verá con camellos, prostitutas, míticos rockeros en decadencia, raperos de gatillo fácil con ínfulas de Tony Montana de baratillo, alumnas decididas a llevárselo a la cama y supuestas escritoras noveles que hablarán en sus relatos de aventuras de alcoba compartidas con él en tiempos pretéritos. Por culpa de estas ¿malas compañías? será acusado injustamente de abuso de menores teniendo que declarar en juicio e incluso estará al borde de la muerte en varias ocasiones debido a la ingesta de sustancias ilegales o amenazas de muerte que no se ven ejecutadas por muy poco. Por suerte Tom Kapinos y su equipo de guionistas (aunque en las tres últimas temporadas él escribe en solitario todos y cada uno de los episodios) no quieren dar lecciones ni demonizar la vida desenfrenada de Hank Moody, todas sus aventuras y desventuras, hasta las más excesivas, son siempre retratadas desde un punto de vista de comicidad e ironía extrema, algo que nos permite empatizar con la criaturas que pueblan la serie continuamente a la deriva que sólo piensan en sexo, emborracharse, colocarse fumando maría y por todo ello dejando de lado sus vidas profesionales para entregarse a un libertinaje que no parece tener fin en el que la autosatisfacción física y psicológica no tiene más límites que los que puedan ponerse los personajes y que como es lógico nacen de la pluma de unos escritores que tienen un especial don para explotar hasta lo sobrehumano tramas sobre fiestas interminables, relaciones emocionales regidas por la incorrección política u orgías de todo tipo que llenan decenas de episodios de situaciones alocadas (pero nunca caóticas, irreales o descontroladas) en las que Hank, Charlie o Marcy (y más tarde Stu, Atticus, Richard o Levon) experimentan con sus cuerpos y mentes actos que van desde lo descacharrante hasta lo sonrojante incluso a veces bordeando lo escatológico.




Sexo, sí amigos, el coito, el actor del amor, lo que viene siendo echar un buen polvo (o los que encarten) es uno de núcleos centrales de Californication, la segunda de sus dos razones de ser que mueve la mayoría de las tramas. Puede que no haya en la historia de la televisión un programa que haya tratado con tanta naturalidad la liberación sexual, el disfrute al 100% del acto de fornicar, como la serie de Tom Kapinos, es más, productos catódicos que abordaron con mucha cercanía el tema como Queer As Folk oThe L World (ambos pertenecientes también a la cadena por cable Showtime) podrían tildarse hasta de pacatos al lado de la serie protagonizada por David Duchovny. En Californication podemos ver prácticamente todas las parafilias o variantes sexuales conocidas por el ser humano desde tiempos inmemoriales. Desde el sadomasoquismo hasta la coprofilia, pasando por la ninfomanía o la satiriasis, lluvia dorada, el sexo entre personajes del mismo género (hombres y mujeres), el incesto, la gerontofilia, la zoofilia o todo tipo de tríos (el mejor es aquel en el que Hank y Charlie comparten lecho con una chica con graves problemas de exceso de eyaculación vaginal), camas redondas y bacanales interminables en las que no se deja página del kamasutra sin ejecutar. Ese es uno de los grandes aciertos de la serie, la naturalidad con la que aborda el sexo y aprovechando la manga ancha que proporciona la televisión por cable y riéndose y pisoteando con saña (siempre con ironía) el puritanismo propio de una sociedad como la estadounidense que se escandaliza más por un pecho de Janet Jackson en directo en la televisión que por la matanza perpetrada por dos adolescentes armados hasta los dientes en el interior de un instituto.Tom Kapinos y sus secuaces lo tienen claro, desde su punto de vista están hablando de algo tan natural como el respirar, de modo que su inclusión en la vida diría de los personajes hace que el sano acto de mantener relaciones íntimas llegue a estar tan presente en el exoesqueleto argumental del programa que a veces casi llegamos a olerlo o a percibir los estados pre o post coitales en muchos de los roles que pueblan los episodios transmitiendo una sensación de libertinaje, sexualidad, picaresca (en ocasiones hasta repulsa) que despierta una sonrisa en un espectador que espera con ganas cuál va a ser la próxima locura “eroticofestiva” en la que Hank y sus huestes van a embarcarse. Es más, cuando algunos de los personajes menos dados a este tipo de vida (Karen, la misma Becca) caen en las redes del “follar por follar” la complicidad con el televidente es aún mayor y la fruición más remarcable.




Aunque bien es cierto que sería de necios no admitir que detrás del sexo y el desparrame de excesos etílicos y lisérgicos el motor que mueve a Californication en general y Hank Moody en particular es pura y llanamente el amor. Pero no por ello nos encontramos en este caso con ese tipo de programa en el que bajo su superficie supuestamente lacerante y de tono satírico se esconde un mensaje conservador y recalcitrante sobre reivindicar el american way of life sin miramientos ni cortapisas, porque también es acertado que aún siendo verdad que el show de Tom Kapinos bascula siempre entre los sentimientos de su protagonista hacia las dos verdaderas mujeres de su vida (sus ya mencionadas esposa e hija adolescente) y su bohemia existencia entregada al ombliguismo más egocéntrico, el equilibrio sentimental del escritor borracho y pendenciero lo rigen sus personas más allegadas. Porque al igual que la mítica A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under) de Alan Ball el producto que nos ocupa es una oda al amor familiar, a los lazos fraternales, sanguineos y afectivos, pero no a toda costa y sin rechistar, nada más lejos de la realidad. Porque ese núcleo familiar está del todo desestructurado, en ocasiones hasta se muestra como una institución descompuesta y llena de carencias éticas y morales, pero cuando se aceptan esos (enormes) fallos es cuando sus miembros pueden asimilar que sus parientes, ya sean padres, madres, hijos o hermanos, son piezas indispensables en este, unas veces colectivo y otras baldío, recorrido llamado vida. Tom Kapinos quiere que nunca se nos vaya de la cabeza que aunque salte de cama en cama y juerga en juerga el corazón de Hank Moody siempre pertencerá a Karen, porque realmente siempre ha estado enamorado de ella y nunca dejará de estarlo por muchas mujeres con las que él pase noches de lujuria y por muchos hombres con los que ella intente mantener una relación seria que nunca fructificará porque la sombra del que sigue siendo su marido sobrevuela todos y cada uno de los días de su existencia. Por otro lado ni el más duro puñetazo del novio de turno de Karen o la paliza más brutal del típico macarra con cuya novia ha intentado flirtear el protagonista le duele más que cuando su hija Becca le espeta sin indirectas que es un mal padre y un inútil emocional que no hace más que cagarla un día sí y otro también para dar al traste con una familia qué él debería mantener unida.




Pero si Californication es Hank Moody, Hank Moody no es nadie sin David Duchovny y aquí el protagonista de Evolution ha dado vida al personaje más memorable de su carrera porque como comentábamos previamente tiene mucho de si mismo. Amante de lo ajeno, mujer permisiva que se las perdona todas, vida profesional sepultada por los excesos de la personal, una adicción al sexo que se ve reflejada en la ficción y con la que el actor debe haberse sentido identificado lo suficiente como para haber sido junto a Tom Kapinos y Stephen Hopkins uno de los impulsores de la serie en labores de producción ya desde el mismo episodio piloto, suponemos que a modo de expiación de demonios internos y también para sacar un buen dinero, no eludamos lo evidente. El rostro hierático del actor que diera vida al travestido agente Denise Brison en la impagable Twin Peaks de David Lynch y Mark Frost parece un relfejo exterior de su interna personalidad ácida. Siempre jocosa, socarrona y tierna cuando la situación lo requiere e incisiva, malintencionada y punzante cuando la ocasión lo exige. David Duchovny inyecta carisma, sensualidad, una comicidad en sesión continua (algo se aventuraba en pequeñas dosis en Expediente X cuando su Fox Mulder tenía breves momentos de humor frente a la austeridad de Dana Scully, pero que no dejaban vislumbrar una verdadera vis cómica) desdén, misantropía, nihilismo, pero nunca pesimismo, ya que exprimir hasta el último minuto de su existencia es una de sus principales metas. Despeinado, con sempiterno cigarrillo en la boca, gafas de sol y Porsche 911 Cabriolet con el faro derecho roto, Hank es la viva imagen de la dejadez, del talento desperdiciado, de la promiscuidad como declaración de principios. Pero por debajo sólo tenemos a un animal herido, un hombre que en contadas ocasiones ha conocido lo que es el verdadero amor, un marido y padre que no sabe cómo vencer una batalla en la que él mismo es su mayor enemigo y el que le separa de una vida plena en el campo emocional compartida con las dos personas más importantes de su existencia.




De la Karen de Natascha McElhone (El Show de Truman, Ronin) no es difícil enamorarse. Una mujer entrañable, cercana, preciosa, con carácter y sensual casi sin querer serlo. Ella es la eterna musa de Hank, su razón de ser, el centro de su vida, unas veces como esposa, otras como amiga (en contadas ocasiones como enemiga) y en las mejores como amante, ya que los momentos de cama que comparte con el protagonista son los más sinceros y creíbles de Californication. La actriz del remake de Solaris que dirigió Steve Soderbergh es el catalizador artístico y narrativo que permite que nos creamos que el personaje de David Duchovny realmente beba los vientos por ella o que pierda el culo por los celos cada vez que intenta rehacer su vida con hombres que en apariencia le convienen más que Hank. Esta relación entre ambos es de las más ricas que ha dado la televisión reciente, no hay un sólo momento a lo largo de las siete temporadas que dura la serie de Tom Kapinos en el que no queramos que estos dos individuos acaben sus días juntos, pero esa relación tiene un punto flaco y el mismo lo abordaremos más adelante cuando hablemos de algunas de las debilidades del programa que nos ocupa en la entrada. En el otro lado de personas por las que Hank Moody daría su vida tenemos a la Becca a la que da voz y cuerpo la tierna y melancólica Madaleine Martin, una chica de estética gótica, gusto por el death metal y la letra de Anton Szandor Lavey (creador de la Iglesia de Satán y autor de la Bíblia Satánica) con una inteligencia por encima de su edad, aunque nunca adentrándose en la repulsión que suscitan los típicos niños supuestamente espabilados salidos de series y películas de Hollywood. Becca es el personaje del programa que más evoluciona en pantalla (no sólo porque la veamos crecer temporada a temporada) sino porque poco a poco iremos descubriendo que es una versión femenina y perfeccionada de su propio padre. Su pubertad, el descubrimiento de su sexualidad o sus primeros coqueteos con las drogas darán pie a momentos descacharrantes con Hank, que finalmente se revelará como un padre conservador y bastante egoísta.




Pero si hay que destacar dos secundarios recurrentes en Californication esos son el Charlie Runkle al que da vida Evan Handler (El Ala Oeste de la Casa Blanca, Sexo en New York) y la Marcy a la que ofrece su peculiar y resultón cuerpo Pamela Adlon y que forman un muy pintoresco matrimonio que es el culpable de que, como hemos comentado anteriormente, la serie de Tom Kapinos casi huela a fluidos corporales. El primero es el representante de Hank, su escudero, su Sancho Panza, un hombre menudo, calvo y poco agraciado que no duda en compartir con su cliente sexo, drogas y alcohol. Evan Handler ha cometido un suicidio artístico al dar vida al viejo Runks, un personaje divertido, alocado, pero también con una personalidad que puede causar un más que considerable rechazo. Onanista compulsivo, con parafilias sexuales bastante enfermizas, depravado, con episodios traumáticos con su mismo sexo y tendencia a provecharse de sus clientes, el actor de Perdidos o Asesinos Natos se ha encasillado de por vida como “representante salido” y lo va a tener difícil para quitarse ese sambenito de encima. Por otro lado Pamela Adlon da vida a lo que en Californication vendría a ser la respresentación física de la lujuria, el deseo, el descontrol sexual. Marcy es una mujer menuda, de tosco origen italoamericano (vendría a ser una especie de precedente de los protagonistas del programa Jersey Shore de la MTV) totalmente insaciable en la cama. De la forma, virtudes, sabor y olor de la vagina de Marcy se habla en Californication más que de la obra literaria de Hank. Sus amantes matarían por seguir manteniendo relaciones íntimas con ella y su verborréica lengua no para de mencionar palabras relacionadas con el coito en todo momento sin importarle si al receptor de dichas peripecias horizontales no las recibe con agrado. Charlie y Marcy tienen los momentos más carcajeantes de la serie y son el escape humorístico de una serie de por sí bastante cómica. Dos vividores adictos al sexo y el placer a los que acabamos cogiendo cariño por ser un reflejo desatado de nuestras más bajas pasiones.




También es Californication una fábrica de impagables secundarios ocasionales y muchas veces son ellos los que mueven las tramas de los episodios. El rapero Samurai Apocalypse de RZA de la quinta temporada, el enorme rockero estancado en el pasado Atticus Fetch al que da vida el británico Tim Minchin en la sexta, el productor musical Lew Ashby con el rostro de Callum Keith Rennie de la tercera o el director Peter Berg (Battleship, El Último Superviviente, Very Bad Things) haciendo de sí mismo (mostrando un sentido del humor remarcable) en la cuarta. También tenemos casos como el de Stu Beggs interpretado por Stephen Tobolowsky, el productor cinematográfico (y más tarde de series televisivas) que acaba convirtiéndose en un personaje habitual que encaja perfectamente con la personalidad promiscua de Marcy y Charlie, ofreciendo algunos de los momentos más alocados de la serie junto a ellos y “deleitando” continuamente al público con su ridículo desnudo, Jason Beghe como el inestable Richard que también reincide en distintos capítulos a partir de la quinta temporada o uno de los favoritos del que suscribe, el Eddie Nero de Rob Lowe, personaje que a partir del ecuador de la serie aparece en al menos un episodio de temporada y con el que el protagonista de Apocalipsis o Rebeldes borda a ese actor oscarizado por un papel en una película dirigida por Michael Mann y cuya inclinación por ser “del método” lo lleva a experimentar todo tipo de parafilias escatológicas dentro del plano sexual. El momento en el que describe de la manera más gráfica posible la felación que la practicó al único hombre con el que tuvo relaciones íntimas es uno de los puntos álgidos de la serie, un momento de esos que desatan la carcajada del espectador más reacio. Pero las secundarias no se quedan atrás y todas y cada una de las temporadas nos regalan la presencia de actrices despampanantes como Madeline Zima (culpable de muchos de los quebraderos de cabeza de Hank como Mía, la hijastra de Karen) Eva Amurri (hija de Susan Sarandon) en el rol de una alumna de Hank que se dedica al striptease, Addison Timlin como Sasha, una estrella de cine adolescente, Carla Gugino como Abby, la abogada de Hank, Maggie Grace la (poco creíble) groupie del mundo del rock, Faith, Paula Marshall como la insegura Sonja o Heather Graham, la madre de Levon, el hijo secreto de Hank.




Sólo unos pocos fallos se le pueden achacar al programa que nos ocupa. El primero es que ciertamente se vuelve algo monotemático con tanto dar vueltas sobre los mismos temas, por suerte los guionistas saben introducir contextos diferentes de una temporada a otra para que no parezca que estamos volviendo a degustar un plato que ya conocemos. El segundo es que si bien todas y cada una de las relaciones interpersonales de los personajes son creíbles y cercanas la mayoría de ellas no evolucionan demasiado, tocan techo en la cuarta temporada (el final de aquella, que era una descarada y muy acertada oda en favor de Hank como persona y personaje, hubiera sido un cierre pletórico para la serie, aunque por suerte todavía quedaban tres temporadas magníficas) y a partir de ahí sólo giran sobre sí mismas: Hank y Karen siguen con su juego de amor/odio Charlie y Marcy otro muy parecida a aquel pero de una naturaleza más lúbrica y sólo Becca parece ser un personaje que se desarrolla de manera gradual y continua a lo largo de toda la serie. El tercero es que la séptima y última temporada sin ser ni mucho menos floja o indigna del show sí está un poco descompensada. Por un lado que Tom Kapinos la coja con el mundo de la televisión y no deje títere con cabeza mordiendo la mano que la da de comer (ese Rick Rath de Michael Imperioli no deja muy bien a los productores de televisión por cable, aunque al final resulta ser un buen tipo) es todo un acierto. Pero por otro no sólo se comete el fallo de dejar algo de lado a Karen, también descubrimos que la inclusión del personaje de Levon (Oliver Cooper) y su madre Julia, a la que da vida Heather Graham, aportan poco al argumento central y si se prescindiera de ellos los 12 episodio se resentirían más bien poco. También podríamos hablar sobre el (en cierta manera) autcomplaciente final de la serie, pero sería un ejercicio de futilidad. El cierre de Californication es como el de The Shield de Shawn Ryan o el de The Wire de David Simon y Ed Burns, puede que no el mejor que se le podía haber dado, pero sí el más adecuado y consecuente con la esencia del programa.




No podemos negarlo, el supuesto talento como escritor de Hank Moody es un mero McGuffin para que como rol pueda interactuar con personas de distintos medios como el cine, la televisión, la música o la literatura y con ello moldear las historias que dan forma al programa y que los guionistas dosifican en episodios de poco menos de media a hora que siempre nos dejan con ganas de más. Pero gracias a esa excusa Californication es algo más que la versión masculina de Sexo en New York (aunque también hay algo de eso). Es sexo, drogas y rock’n roll, género musical que por cierto vertebra gran parte de la serie, desde su título que es una canción de Red Hot Chili Peppers, hasta el nombre del libro de Hank (el mismo de un disco de la banda de thrash metal Slayer) o su adaptación cinematográfica (título de un tema de Queen) hasta títulos de muchos episodios (The Unforgiven, The Last Supper, Wish You Where Here) o los cameos de músicos como Zakk Wylde (Black Label Society), Tommy Lee (Mötley Crüe), Steve Jones (Sex Pitols) Sebastian Bach (Skid Row) o un Marilyn Manson interpretándose a sí mismo. Su recorrido ha sido de siete años en los que la calidad se ha mantenido a un nivel siempre bastante alto y sin traicionar su origen o edulcorar su mensaje romántico, siempre rodeándolo de orgasmos y gemidos a plena voz. Un servidor echará de menos al canalla de Hank Moody, se hará raro no tener cita anual con su frenética existencia y la de los que le rodean en la soleada California. Me gusta pensar que el verdadero autor del libro Follando y Pegando seguirá toda su vida siendo un infiel borracho que pasará la noche colocado con sus amigos Charlie y Marcy. Al día siguiente su mujer Karen le abroncará con acusaciones llenas de ironía para finalmente perdonarle su enésimo desliz porque su paciencia (y cariño hacia él) no tiene límites y Becca preguntará a ambos cuándo acabará esa interminable tira y afloja que los convierte en algo parecido a dos críos pequeños. Hank, una vez más caerá en la cuenta de que sin su familia no es nada, que es una carcasa vacía sin la presencia de su mujer y su hija y le entrará la depre. Hasta que por la noche el influjo de California vuelva a llevarlo por el mal camino con sus etílicos y sensuales cantos de sirena abocándolo en una espiral de pasión y excesos que no cesará hasta el fin de sus días puestos hasta el culo de mugre y furia, pero sobre todo amor.