domingo, 7 de junio de 2015

El Exorcista II: El Hereje, y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos, también se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación.



Título Original Exorcist II: The Heretic (1978)
Director John Boorman
Guión William Goodhart basado en personajes de William Peter Blatty
Actores Linda Blair, Richard Burton, Louise Fletcher, Max von Sydow, Kitty Winn, Paul Henreid, James Earl Jones, Ned Beatty





Pocas personas en el globo terraqueo desconocen la existencia de una película de 1973 dirigida por el realizador norteamericano William Friedkin que adaptaba a imágenes la novela de su compatriota, el escritor William Peter Blatty y que se tituló, al igual que dicho libro, El Exorcista. No es difícil que al preguntar a cualquier ciudadano de bien o cinéfilo curtido cuál es la cinta del género de terror que más miedo le ha producido en su vida ponga a esta producción de la Warner Bros la primera en su lista personal o al menos en un puesto muy destacado de la misma por delante de otros clásicos del género. Porque con El Exorcista hablamos de una obra maestra del cine contemporáneo y una de las experiencias cinematográficas más impactantes e inolvidables del séptimo arte adscrita al celuloide de las horror movies americanas.




Todos los implicados en la gestación del largometraje estaban en los puntos álgidos de sus carreras y eso se dejó notar en pantalla. La novela fue un éxito editorial y el mismo William Peter Blatty se ocupó de adaptar su obra a imágenes, William Friedkin venía de ganar el Oscar por la mítica The French Connection: Contra el Imperio del Crimen y el reparto estaba formado por intérpretes de nivel como Max Von Sydow, Ellen Burstyn o Lee J. Cobb a los que se sumaron la debutante Linda Blair o el tristemente desaparecido Jason Miller que se introdujo en la piel del inolvidable Padre Damien Karras. El éxito de Warner Bros a la hora de gestar, producir y publicitar la película fue total y poco tardó en convertirse en un clásico atemporal que dejaría una huella indeleble en la historia del cine.




Pero hoy toca hablar de la primera de las accidentadas secuelas de la franquicia iniciada con el exorcismo de la pequeña Reagan McNeil a manos de los padres Lancaster Merryn y Damien Karras. Como hemos mencionado el éxito de El Exorcista fue descomunal recibiendo tanto el favor de la crítica como el público y ganando numerosos premios, consiguiendo incluso diez nominaciones a los Oscar, de los que ganó dos, Mejor Guión Adaptado para el mismo William Peter Blatty y Mejor Sonido. Los problemas comenzaron cuando Warner Bros decidió dar continuidad a la saga ya sin Willam Friedkin en la dirección y el ya mencionado novelista en la escritura. El británico John Boorman, que venía de triunfar con Deliverance y darse el batacazo con la posterior Zardoz fue el elegido para sacar adelante tan complicada empresa.




Con el Exorcista II: El Hereje, y esto se convertiría para bien o para mal en la tónica general en lo que respecta a las secuelas del largometraje de William Friedkin, John Boorman quiso alejarse bastante del tono, la estética y las pretensiones artísiticas y cinematográficas de la primera entrega, pero sin traicionar a la esencia de aquella. El director de Excalibur quiso dar una visión introspectiva del mal encarnado en Pazuzu, el rey de los demonios del viento que fue la entidad que poseyó a la pequeña Reagan McNeil en la cinta original de 1973. El resultado es por muchos conocido: decepcionante taquilla, masacre por parte de la crítica, decepción para Warner Bros y considerable dolor de cabeza para Boorman, que vio como su personal visión se veía alarmantemente adulterada por culpa de unos directivos que metieron mano en la producción y la sala de montaje.




El Exorcista II: El Hereje tiene lugar cuatro años después del exorcismo de una Reagan MacNeil (Landa Blair) ya adulta que ahora es paciente en el instituto psiquiátrico en el que la doctora Gene Tuskin (Louise Fletcher) la está tratando. Pero la aparición del padre Phillip Lamont (Richard Burton) antiguo amigo del padre Lankester Merrin (sacerdote que practico junto al fallecido Damian Karras el exorcismo de la niña en Washington DC) dará un vuelco radical a la nueva vida de Reagan cuando la convenza de que la entidad diabólica Pazuzu sigue amenazándola entre las sombras. Para ayudarla el religioso viajará a Africa para conocer el origen de dicho demonio y encontrar a un misterioso hombre llamado Kokumo (James Earle Jones) que dará respuesta a muchas de sus dudas.




Lo cierto es que la secuela del Exorcista fue en bastantes aspectos un proyecto sucidia, no sólo por, como hemos afirmado previamente, alejarse considerablemente del tono y el mensaje de su predecesora sino también porque con ella John Boorman quiso crear un producto de autor dentro de una maquinaria hollywoodiense que no admite una palabra más alta que otra sin su previo consentimiento. Curiosamente correr estos riesgos fue el mayor acierto de una cinta como la de John Boorman. Con una imaginería formal y visual única, absorbente e inquietante el director de The General consigue introducir al espectador en una especie de estado de ensoñación en el que la parafernalia africana relacionada con la demonología que sólo era mostrada de manera tangencial en el prólogo del film primigenio cobra aquí capital importancia narrativa.




Desde el arranque en Perú hasta el viaje del padre Lamont a África en busca del misterioso Kokumo, Boorman apela a una atmósfera bífida, tribal, creando interesantes paralelismos entre insectos y demonios, como esa plaga de langostas de reminiscencias bíblicas que representa la presencia amenazante de un diablo Pazuzu que también cobra gran protagonismo en esta primera secuela. Con una especial delectación en los rituales, invocaciones y exorcismos (los de la chica peruana y el de Kokumo en su niñez tiene una gran fuerza por su malsana plasticidad visual) una mirada que se mueve entre lo entomológico y lo demiúrgico el británico ofrece pasajes de un onirismo intimidante, (reflejándose en más de una ocasión en el Jacques Tourneur de Yo Anduve Con Un Zombie) adheriéndose los mismos, de manera aislada, a los mejores momentos de su carrera cinematográfica como director. Todo acariciado por una siniestra y catárquica banda sonora del gran Ennio Morricone.




Lo más curioso es que si esta subtrama africana protagonizada por el padre Lamont podría adscribirse fácilemtne a la parte más genuinamente John Boorman de El Exorcista II: El Hereje, es en el relato central protagonizado por Reagan donde más reminiscencias a la película de William Friedkin podemos encontrar. Lo curioso es que si bien es cierto que en este núcleo central de la historia es donde más se nota el tira y afloja entre producción y dirección también hay que afirmar que no escasean en el mismo las secuencias más inquietantes del largometraje. La más destacada, y favorita del que suscribe, es la sesión con el "sincronizador" en el que el padre Lamont asiste el exorcismo al que Reagan fue sometida por el padre Merrin y que deja grabada en la retina del espectador ese intento por arrancar el corazón de la doctora Tuskin por medio de una sabia superposición de imagen en la realización transmitiendo a la platea una amalgama blasfema entre tecnología y demonología que se revela como lo mejor del metraje.




Confirmado el talento de Boorman para retratar estas dos vertientes en el largometraje, son el confuso guión de William Goodhart (reescrito hasta la saciedad durante el rodaje por Boorman y su colaborador Rospo Pallenberg) y el poco consistente montaje de Tom Priestley los apartados que transmiten la sensación de que El Exorcista II: El Hereje es una obra hipertrófica, descompensada, mal rematada cuando pasajes tan poderosos como los comentados en los dos párrafos inmediatemante anteriores o la visita a la casa de Georgetown, en la que todavía parece habitar algo satánico entre esos muebles tapados con sábanas, se alternan con otros realmente penosos como el de el ataque de Reagan durante la actuación musical o algunos de los momentos de ese clímax final que se mueve entre lo conseguido formalmente y lo ridículo y ruidoso debido a su realización efectista y coreografía caótica de destrucción decididamente desproporcionada.




La labor del reparto es bastante considerable si tenemos en cuenta que entre los secundarios tenemos nombres de primer nivel como un enorme Richard Burton, una pletórica Louis Fletcher (alejada su preocupada doctora Tuskin de aquella diabólica enfermera Ratchet que le valió un Oscar a la mejor actriz en la inolvidable Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco, de Milos Forman) James Earle Jones insuflando presencia física (y vocal) con Kokumo o Max Von Sydow volviendo a dar vida, brevemente, al padre Merrin. Por otro lado una preciosa Linda Blair lleva magníficamente bien el peso de la cinta con su protagonista, alternando ternura con amenaza cuando su rol impersona a Pazuzu. El problema es que su negativa a dar vida a su alter ego demoniaco (para no sufrir las maratonianas horas de maquillaje del gran Dick Smith) hacen que su trabajo no sea superlativo como en el primer Exorcista, pero la actriz que da vida a la niña cuando está poseída hace un trabajo encomiable después de todo.




El tiempo nos demostró que ninguna de las cuatro secuelas de El Exorcista estuvo a la altura de esta y que la simple existencia de las mismas fue un simple capricho monetario, pero también es cierto en casi todas (la versión de El Exorcista: El Comienzo de Renny Harlin no hay por donde cogerla) hay algo que las hace interesantes como atípicas cintas de género. El Exorcista II: El Hereje pudo ser mucho más de lo que finalmente fue, pero la cinta de John Boorman es de una naturaleza tan mórbida, lacerante y envenenada que merece la pena no ser obviada. Sus momentos remarcables y hallazgos tanto visuales como narrativos solapan sus fallos estructurales y formales, por ello con el tiempo ha ido ganándose a pulso el prostituible pero honroso título de cinta de culto y recibiendo alabanzas de directores como Martin Scorsese, fans declarados de su visión rompedora de aquello que en la primera entrega se abordó de manera más acertada (la cinta de William Friedkin es muy superior, eso es inapelable) pero también conservadora, pudorosa y cobarde.




Cuirosamente no sería esta El Exorcista II: El Hereje la última secuela de la cinta de William Friedkin que se encontraría con problemas de producción. Ya que tanto la meritoria El Exorcista III, con la que William Peter Blatty adaptó su novela Legión, como la interesante El Exorcista: El Comienzo con la que el guionista y cineasta Paul Schrader abordaba los primeros años como exorcista del Padre Merrin se verían mutiladas y remodeladas en el primer caso y totalmente desechadas en el segundo. Pero de estas secuelas que con sus fallos y aciertos merecen ser reseñadas debidamente hablaremos en un futuro próximo en este mismo blog sin olvidarnos, por supuesto, de la cinta original de 1973 que al igual que a millones de espectadores al que suscribe dejó una profunda huella y una pasión descontrolada por el género terrorífico adscrito al séptimo arte.


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