lunes, 9 de diciembre de 2013

Herida, ese oscuro objeto de deseo



Título Original Herida (1992)
Director Louis Malle
Guión David Hare basado en la novela de Josephine Hart
Actores Jeremy Irons, Juliette Binoche, Miranda Richardson, Rupert Graves, Ian Bannen, Leslie Caron, Peter Stormare





Es curioso como en ocasiones el paso del tiempo nos hace percibir una obra de ficción de distinta manera. Recuerdo a mediados de los 90 cuando vi por primera vez Herida, la penúltima obra cinematográfica del por aquel entonces veterano y hoy fallecido director francés Louis Malle cómo me encontré con un elegante largometraje sobre pasiones desatadas y mentiras. Ayer, unos 20 años después de haberla degustado (fue una de las primeras películas para mayores de edad que vi con mis familiares, que por otro lado nunca me pusieron cortapisas en lo que respecta al cine erótico, ese que jamás estuvo vetado en mi casa para mi o mi hermana) la revisé y mi opinión por desgracia es diametralmente opuesta a la que tuve por aquel entonces, algo que no me esperaba en absoluto, al menos de una manera tan radical.




Stephen Fleming es un ministro del gobierno británico al que la vida le sonríe. En el plano profesional es un hombre respetado y admirado por sus colaboradores y en la personal vive feliz con su mujer y tiene dos hijos, Martyn, que es un reputado periodista y Sally, que se encuentra en la adolescencia. Pero toda la existencia de Stephen cambiará cuando un día Martyn presente a la familia a su nueva pareja, Anna Burton, una bella y melancólica joven de origen francés con la que está dispuesto a casarse. Entre Stephen y Anna surgirá una descontrolada atracción que desembocará en un romance furtivo a espaldas de sus familiares y allegados y que resultará un calvario para los Fleming y la misma muchacha.




Herida, que está basada en una novela escrita por la novelista irlandesa Josephine Hart, es una pelicula impropia de una persona con la sensibilidad de Louis Malle. Curiosamente podemos ver algunas de sus señas de identidad como la contención, un retrato de los recovecos más oscuros de la institución familiar europea, la sombra del incesto o personajes que llevan marcados a fuego un destino unas veces incierto y otras decididamente trágico. Pero todo parece falsario e impostado, de diseño, pareciéndonos en ocasiones lo que vemos en pantalla más que una obra salida de la mano del autor de Ascensor Para el Cadalso o Adiós Muchachos, un anuncio de perfume caro rodado por un Adrian Lyne más contenido estilísticamente y cuya duración bordea las dos horas, que cierto es, no aburren en ningún momento.




La obra contiene algunos fallos tanto estéticos como argumentales que dan al traste con el potencial latente que atesora y que nunca sale a la luz debidamente. Por un lado tenemos un guión demasiado deslavazado que no nos explica adecuadamente cómo nace esa fuerte atracción entre Stephen y Anna. Es cierto que el hecho de que ambos se entreguen rápidamente y sin miramientos, poco después de conocerse por primera vez, al tórrido romance que compartirán más tarde acentúa el tono de pasionalidad animal arrebatada que los hace en cierta manera iguales. Pero si el guión hubiera incidido un poco más en la relación personal de los dos antes de pasar directamente a los encuentros en los que practican sexo casual el entramado que da forma a la historia de los protagonistas tendría esa solidez de la que carece a lo largo de todo el metraje a pesar del buen trabajo del dúo actoral y el reparto en general.




También podemos afirmar que sin contar a los dos personajes principales (y el de Miranda Richardson, el mejor del largometraje) los demás (Martyn, Sally, incluso la madre de Anna, aunque su presencia y aportación es vital para el desarrollo de acontecimientos del largometraje) son más o menos estereotipos rodeados de clichés y lugares comunes. Es más, el colmo del pobre estudio de roles que caracteriza al film tiene su culmen con la aparición gratuita del chico enamorado de Sally que no pronuncia una sola palabra en y pulula por la casa de los Fleming sin aportar absolutamente nada al conjunto de la obra. A eso sumémosle lo poco trabajada que está la vida política del protagonista, porque una cosa es que por medio del guión, de David Hare, Malle afirme que su azarosa vida personal eclipse la profesional y otra es abordar esta última por medio de diálogos impostados y simplistas que arrancan de una tacada el verismo de dicha subtrama que no parece ni un esbozo.




Y hablando de romper el tono de verismo del largometraje, no puedo dejar de hablar de las inefables escenas sexuales de los protagonistas. Jeremy Irons y Juliette Binoche hacen un meritorio trabajo tanto por separado como de manera conjunta, él sabe transmitir la incertidumbre que rompe todos los esquemas y el sistema de valores de un hombre de poder que pierde el control de sus emociones y su vida en general y ella se adentra de manera contenida en ese laconismo de tristeza perenne de mujer "herida" que necesita ser amada en todos los sentidos (el psicológico o carnal) pero la escenas subidas de tono que comparten parecen en su mayoría de una ridiculez más que considerable y lo cierto es que un servidor nos las recordaba así.




No sé si fue por petición de Malle que sus protagonistas sobreactuaran de esa manera sólo en dichos pasajes, pero el resultado es muy deficiente y decididamente antierótico. Espasmos propios de epilépticos, encontronazos sexuales que tienen más de aparatosa coregografía pobre y mal trabajada (la primera al pie de la cama, la de la puerta, la del suelo a medianoche) que otra cosa. Puede que el director de Vania en la Calle 42 quisiera transmitir con esto el dolor del personaje de Anna (ella nunca da el primer paso, sólo se entrega a su amante, únicamente en la escena de la felación en la casa familiar de madrugada se ofrece a satisfacer de manera altruista la sexualidad de Stepehen) pero para el que suscribe el resultado en pantalla queda falso y artificioso teniendo su cumbre en la escena del cartel de la película. Una secuencia que comienza con la bellísima toma de ambos actores tapándose los ojos mientras hacen el amor se ve rota abruptamente cuando la protagonista de Chocolat decide zarandear los brazos como si estuviera siendo atacada por un enjambre de abejas asesinas, no ayudando demasiado Jeremy Irons al tomar la decisión de balancearla como si fuera una muñeca de trapo.




Aunque hacia el final la historia principal va ganando algo de peso cuando empieza a tornar en tragedia de reminiscencias shakesperianas o el personaje de una enorme Miranda Richardson (brillante el momento en el que se desnuda ante su marido) decide robarle planos a los actores principales y la escena de la escalera tenga muchísima fuerza dramática (aunque algo de moralina también) con ese Stephen bajando completamente desnudo las escaleras o esa sangre en su barbilla, el resultado de Herida no es el esperado por un servidor que tenía un grato recuerdo de ella cuando la vio en su adolescencia. Poco hay aquí del elegante naturalismo del creador de Un Soplo en el Corazón o El Fuego Fatuo y sí mucho de producción esnob para aburguesados con remordimientos de conciencia y ganas de ver erotismo presuntamente tórrido y carnal pero finalmente gélido y distante.



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