miércoles, 30 de agosto de 2017

Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas



Título Original Valerian and the City of Thousand Planets (2017)
Director Luc Besson
Guión Luc Besson Luc Besson basado en el bande dessinée de Pierre Christin, Jean-Claude Mézières, y Évelyne Tranlé
Reparto Dane DeHaan, Cara Delevingne, Clive Owen, Ethan Hawke, Rihanna, Herbie Hancock, Rutger Hauer, Kris Wu, Emilie Livingston, Aurelien Gaya




Adaptación a imagen real del célebre bande desinée Valerian: Agente Espacio-Temporal, que mantendría ese título hasta 2007 pasando a llamarse Valerian y Laureline, uno de los más longevos y famosos del cómic franco-belga ideado por el guionista Pierre Christin, el ilustrador Jean Claide Mézières y la colorista Évelyne Tranlé. Publicado por primera vez en el número 420 de la famosa revista Pilote el 9 de Noviembre de 1967 (y allí se vieron publicadas sus historietas hasta 1980) para más tarde pasar al formato álbum por mediación de la editorial Dargaud a partir de 1970 hoy Valerian y Laureline es todo un clásico de la historieta del país vecino y su vida editorial se extiende hasta los cuarenta años y más de una veintena de álbumes. Luc Besson acariciaba el proyecto de realizar una superproducción de las aventuras espaciales de tan peculiar pareja desde hace años y por mediación de su compañía Europa Corp (impulsora de sagas como Transporter, Taxi, Taken o Yamakasi y una de las productoras que más cine de acción rueda en el viejo continente para posteriormente exportarlo al extranjero) lo ha conseguido sin escatimar presupuesto, poniendo de por medio toda la maquinaria que tiene a su disposición para crear un universo riquísimo y vasto hasta el delirio y juntando un reparto internacional en el que podemos ver a Dane DeHaan (The Amazing Spider-Man 2: El Poder de Electro) Cara Delevingne (Escuadrón Suicida), Clive Owen (Hijos de los Hombres), Ethan Hawke (Gattaca) Rihanna (Battleship) o Rutger Hauer (Blade Runner) entre otros.




Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas está inspirada en los álbumes Valerian y El Imperio de los Mil Planetas y El Embajador de las Sombras (ambos recopilados recientemente por Norma Editorial en un tomo, como nos recordó mi compañero Diego García Rouco con su excelente reseña) dos de los primeros publicados relacionados con el protagonista y su inseparable compañera, pero del primero prácticamente sólo toma parte del título y algunos apuntes puntuales y se basa casi en su totalidad en el argumento del segundo, aunque tomándose las consabidas licencias tanto narrativas como estéticas. En esta traslación a imágenes la princesa del pacífico planeta Mül, perteneciente a la raza pearl, manda antes de morir y ver cómo se extingue su civilización un mensaje psíquico treinta años en el futuro que es recibido por Valerian (Dane DeHaan) un Agente Espacial, que junto a su compañera Laureleine (Carla Delevingne), se ocupa de mantener el orden en los territorios humanos de la galaxia en el Siglo XXVIII. Desde ese mismo momento los dos personajes se verán envueltos en una enorme aventura que los llevará a Alpha, la Ciudad de los Mil Planetas, y a descubrir una enorme conspiración a nivel intergaláctico en la que están implicadas siniestras organizaciones que operan desde las sombras.




La última producción del director de El Profesional (León) o Juana de Arco muestra desde el minuto uno la total implicación de este con un proyecto en el que ha puesto todo su cariño y dinero, porque el despliegue técnico de Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas es sencillamente abrumador, dando buena muestra de cómo el cineasta francés ha sabido invertir adecuadamente los millones que gana escribiendo y produciendo los films de acción genérica de su compañía Europa Corp. Besson es fiel a la estética del delicioso e imaginativo trazo de Jean Claide Mézières y lo extrapola con respeto desde un punto de vista conceptual, pero evidentemente luego lo hiperboliza todo por medio de unos CGI brutalmente compactados y ejecutados al más puro estilo Siglo XXI, dejando en pañales a los de blockbusters estadounidenses recientes como los de Wonder Woman o Spider-Man: Homecomimg. Sólo el prólogo con la presentación del planeta Mül y los pearl o todo el pasaje en el mercado (casi un cortometraje autocontenido dentro de la misma película) ya se revelan como muestras del poderío visual del que va a hacer gala el director de Malavita o Angel-A a lo largo del metraje para convertir su propuesta en un experiencia estilística de primer orden.




Por suerte todo el microcosmos creado por Besson a partir de la imaginación de Pierre Christin, Jean-Claude Mézières y Évelyne Tranlé tiene verdadera personalidad y forma parte del contexto de la historia sin devorarla mostrando una galaxia de proporciones infinitas habitada por un interminable bestiario de criaturas alienígenas que apelan a la multiculturalidad de la que hacía gala la obra original en viñetas y que aquí el director de Lucy ha tomado como suya. El problema de tener a mano una maquinaria tan mastodóntica reside en que a la hora de mostrar el universo que el francés ha creado como narrador (recordemos que escribe y dirige el proyecto en solitario) hace que tanto él como sus colaboradores tomen en ocasiones la decisión de lucir excesivamente tan epatante diseño de producción. Por eso a lo largo del metraje encontramos pasajes dedicados exclusivamente a hacer alarde del poderío visual que contiene un producto como Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas con el recurso de continuos travellings digitales con la intención de que el espectador viaje a lo largo y ancho de las localizaciones del largometraje.




Aunque Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas es una adaptación de los cómics en los que se basa como obra cinematográfica, por parte de Luc Besson parece un homenaje a todas aquellas piezas icónicas adscritas a la ciencia ficción, en distintos medios, que le influenciaron en su juventud, realizando así un interesante efecto retroactivo ya que muchas de estas piezas ya bebieron en origen de las historietas del mismo Valerian. Como es evidente viniendo del autor de El Quinto Elemento las referencias a Jean Giraud “Moebius” o Alejandro Jodorowsky se hacen notar, pero tampoco se eluden alusiones argumentales o visuales a piezas como Tron en los trajes espaciales con luces de neón de los protagonistas, Avatar con el diseño de los pearl muy similar al de los na’vi del film de James Cameron, Dune reflejada en las localizaciones desérticas de proporciones mastodónticas, sagas como Star Wars o Star Trek en las secuencias de batallas espaciales y hasta Mouline Rouge tiene cabida en la amalgama referencial del film gracias al pasaje en Paradise Alley centrado en Rihanna y su personaje. Todo el conjunto se convierte en una oda a géneros como la fantasía, la aventura o la space opera, e incluso el mundo del videojuego, pero sin que el guión pierda la compostura a la hora de ejecutar un relato de reminiscencias tan sencillas como clásicas y recordando que todo el origen viene de las manos de Christin, Méziéres, Tranlé y la obra secuencial primigenia.




Posiblemente la elección de los dos actores protagonistas para dar vida a Valerian y Laureline haya sido la más polémica por parte de Luc Besson y la misma tiene sus luces y sombras, indudablemente. Vaya por delante que quién venga buscando dos contrapartidas fieles a los personajes de los cómics va a llevarse una considerable decepción no sólo por la estética y el estilismo del vestuario que portan, sino también por su aspecto físico o personalidad adaptada al presente siglo. Mientras en los cómics Valerian parecía la voz más razonable y Laureline la despreocupada en esta ocasión se invierten los roles totalmente siendo un personaje más pendenciero el de él y profesional el de ella ella. No vamos a negarlo, Dane DeeHan es un considerable fallo de casting, el estadounidense ha demostrado su valía en otras ocasiones como con su papel en la recuperable Chronicle o hasta con un rol mudo en aquel capricho audiovisual por parte de la banda Metallica llamado Through the Never, pero está muy lejos, no sólo de ser el adulto y cabal Valerian que conocemos de las viñetas, sino también un rompecorazones intergaláctico. Por otro lado Cara Delevingne tampoco tiene mucho que ver con la Laureline de los cómics, pero en esta ocasión la actriz británica eclipsa totalmente con su carisma, simpatía y saber estar delante de la pantalla a su partenaire revelándose como la mejor elección de un reparto en el que vemos la cumplidoras caras de Clive Owen, Ethan Hawke, un Rutger Hauer en modo cameo y a la cantante Rihanna con un personaje con más peso del que parece en su innecesariamente aparatosa presentación.




El que esto firma no es un gran fan de Luc Besson más allá de su cuento de hadas contemporáneo protagonizado por Jean Renó, Natalie Portman y Gary Oldman, una de las películas de mi adolescencia, o el evocador biopic de la rivalidad entre los dos apneistas Jacques Mayol y Enzo Maiorca que desarrolló en El Gran Azul, el resto de sus films me parecen algo más que entretenimientos simplemente aceptables, por eso esta Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas y su efectividad han sido toda una sorpresa. Como sucede también con las adaptaciones al celuloide de Marvel o DC el espectador debe enfrentarse al visionado sabiendo que no va a encontrar una traslación totalmente fiel de la obra de Christin, Méziéres y Tranlé a la pantalla grande, pero el director de Subway o la trilogía animada de Arthur ha puesto toda su profesionalidad como artesano y cariño como fan de la fantasía, la ciencia ficción y las aventuras para ejecutar una superproducción repleta de momentos memorables, secundarios animados inolvidables (¡el trío de Doghan Daguis!) una historia en contra de la intolerancia o el imperialismo necesaria en los tiempos que corren y todo presentando en un envoltorio vibrante e inabarcable que por desgracia ha sido recompensado con unos raquíticos resultados en taquilla, poniendo en duda el futuro de lo que pudo haber sido el inicio a una franquicia europea que poco tendría que envidiar a las de las traslaciones cinematográficas americanas relacionadas con el noveno arte.



jueves, 24 de agosto de 2017

El Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur, los señores del acero



Título Original King Arthur: Legend of the Sword (2017)
Director Guy Ritchie
Guión Joby Harold, Lionel Wigram, David Dobkin, Guy Ritchie
Reparto Charlie Hunnam, Astrid Bergès-Frisbey, Jude Law, Djimon Hounsou, Eric Bana, Aidan Gillen, Freddie Fox, Craig McGinlay, Tom Wu, Kingsley Ben-Adir, Neil Maskell, Annabelle Wallis, David Beckham





El famoso mito artúrico ha sido abordado numerosas veces en el mundo del cine desde diferentes perspectivas y con variopintos resultados. Desde las seminales Los Caballeros del Rey Arturo (1953) o Camelot (1967) pasando por la versión Disney con la entañable Merlín el Encantador (1963), la gloriosa Excalibur (1981), la paródica Los Caballeros de la Mesa Cuadrada (1975), la comercialoide El Primer Caballero y llegando a variantes supuestamente más realistas como El Rey Arturo (2004) o incluso interesantes, pero poco exitosas, versiones para televisión como Camelot (2011) muchas han sido las adaptaciones que se han realizado de las aventuras del famoso monarca y sus aliados. De esta manera llegamos al presente 2017 y a El Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur, dirigida, producida y co escrita por el cineasta británico Guy Ritchie que hace un par de años nos regaló una de sus mejores piezas con Operación U.N.C.L.E la elegante y efectiva actualización que hizo de la célebre serie The Man From U.N.C.L.E de la televisión estadounidense. La última propuesta del director de Lock & Stock, and Two Smoking Barrels tuvo un penoso estreno en la cartelera internacional y ese es el motivo por el que ha llegado a España con nada menos que cinco meses de retraso. Vista ya la obra podemos afirmar que Warner Bros podía haber lanzado el producto directo al mercado doméstico, porque por desgracia el resultado es poco menos que desastroso.




Seamos claros, los trailers no engañaban a nadie, y lo que los mismos mostraban era que Guy Ritchie no iba a amoldar su estilo al mito artúrico, sino que iba a tomar como base dicha leyenda para contar una de sus películas de pandilleros mafiosos, porque El Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur es, más que otra cosa, una adaptación del celuloide sobre el mundo del hampa habitual de su autor en un contexto medieval adscrito al subgénero de espada y brujería y con unos resultados hipertróficos hasta lo doloroso que no llegan a experimentar cohesión alguna. Si en su obra inmediatamente anterior, la ya citada Operación U.N.C.L.E, fue el mismo Ritchie el que dejó de lado sus señas de identidad estilísticas y narrativas para adecuarse a un relato que solicitaba un tipo de realización más clásica y academicista en la cinta que nos ocupa ha dado rienda suelta de mala manera a todos sus vicios visuales y efectistas más desmesuradamente que nunca ofreciendo como resultado una pieza excesiva, ruidosa y repleta de vacuo artificio que por mucho que beba de los primeros trabajos de su autor nada del encanto o la simpática chulería de aquellos llega a destilar por culpa de su afán por aferrarse a una comercialidad pueril y peregrina.




Desde el arranque con su montaje espídico y acelerado mostrando la infancia del protagonista rodeado de ladrones, prostitutas y criminales la cinta remite indudablemente a piezas de Ritchie como Snatch: Cerdos y Diamantes o Rockanrolla, como previamente hemos citado, pero la puesta en escena del director se desdobla en otros subgéneros que amalgamados los unos con los otros desentonan considerablemente. El último trabajo del británico también es un videojuego, una muestra bastarda de la famosa saga Age of Empires, una pieza que agradará a muchos más gamers que a cinéfilos con un abuso de los CGI que llega a saturar a un espectador que en no pocas ocasiones será consciente de no estar viendo absolutamente nada real en pantalla. Esta sobredosis de pixeles desemboca en dos de las secuencias peor ejecutadas técnicamente de lo que llevamos de año. Si bien en el combate final unas pocas tomas correctas se dan la mano con las ineficaces, que son mayoría, el combate de Arturo al pie de la escalera con los soldados del Ejército Oscuro es una aberración visual, no sólo por lo terrible de su estética y el uso de unos efectos digitales infectos, sino también por el mal gusto de los implicados en el film a la hora de dejar dentro del metraje semejante engendro.




La tercera película que habita en El Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur es la que peor parada sale en el reparto de esta mezcolanza de tonos y géneros. Por que sí, la mitología artútica, las criaturas de leyenda, la magia, las batallas multitudinarias y la “espada y brujería” anidan en el interior del largometraje de Guy Ritchie, pero cada vez que las mismas intentan asomar la cabeza estas son decapitadas impunemente. La cinta sobre hampones medievelas y la deudora del mundo del videojuego devoran y fagocitan impunemente a la obra épica que en ocasiones intenta ser la producción que nos ocupa, pero hasta en ese sentido el director de Revolver fracasa ya que después de cada “visión” o “aparición” que revelan el porvenir al protagonista este debería evolucionar, trascender como personaje y futuro monarca, pero en ningún momento deja de parecer un ladrón de poca monta que trata de eludir por todos los medios sus responsabilidades como portador de Excalibur y lider de su país. Pareciera ser que para el director y sus guionistas, entre ellos Lionel Wigram co escritor de las dos entregas que Ritchie realizó de Sherlock Holmes basadas en sus cómics, el núcleo argumental que da sentido a la obra y todo el legado que trae consigo fuera lo de menos dentro de esta producción.




El apartado artístico sería el más vistoso de la película con un desfile de caras guapas formado por Charlie Hunnam (Hijos de la Anarquía), Jude Law (El Gran Hotel Budapest), Astrid Bergès-Frisbey (Orígenes), Eric Bana (Hulk), Djimon Hounsou (Gladiator), Annabelle Wallis (Annabelle) o un par de habitantes de los Siete Reinos (Aidan Gillen y Michael McElhatton). El protagonista de Pacific Rim es una buena elección porque su Jax Teller de Sons of Anarchy no se diferencia mucho de este Arturo al que da vida, pero como traslación de la visión clásica que tenemos del personaje evidentemente es deficiente. Del resto del reparto Jude Law se esfuerza pero se nota completamente perdido en pantalla, Djimon Hounsou está como de pasada para cobrar el cheque, al igual que los actores que dan vida a Petyr Baelish “Meñique” y Roose Bolton que se encuentran en esta producción para no perder el tiempo entre temporada y temporada de Juego de Tronos. Sólo podríamos destacar mínimamente a un Eric Bana, dignísimo como el rey Uther, y a una misteriosa Astrid Bergès-Frisbey cuya magnética presencia no funciona del todo mal en pantalla. Por desgracia todo este casting se ve empequeñecido por el aparatoso diseño de producción del film y el pobre desarrollo de caracteres del guión.




La potencial saga cinematográfica a la que iba a dar inicio esta King Arthur: Legend of th Sword se ha visto abortada debido al notable fracaso en taquilla que ha sufrido a nivel internacional y en honor a la verdad la cinta no merecía ser un éxito. Lo cierto es que después de asistir a la sesión continua de incoherencias en fondo y forma a la que ha dado forma Guy Ritchie el que esto firma no puede verse apenado porque dicha empresa no salga adelante, ya que seguramente la secuela hubiera sido mucho más exagerada que esta primera entrega y eso ya sería indigerible. La última película del director de aquel clásico del cine de terror llamado Barridos Por la Marea (Swept Away) es un desastre que comienza de manera decente en su prólogo para ir desinflándose poco a poco en lo narrativo e hinchándose, por medio de anabolizantes, en lo visual hasta convertirse en uno de esos enormes elefantes que pueblan el metraje, seres descomunales en tamaño, pero torpes a la hora de moverse y ser efectivos en su cometido. Finalmente cuando el visionado de la película acaba mi mente se va directamente a Disney y el miedo que tiene que estar sintiendo la productora al ver lo deficiente que es el último trabajo de su director estrella para llevar a imagen real su clásico Aladdin. Esperemos que tengan a mano la lampara maravillosa y el genio dentro, por si necesitan los tres deseos.



martes, 22 de agosto de 2017

Alien Covenant, xenomorfea como puedas



Título Original Alien Covenant (2017)
Director Ridley Scott
Guión John Logan, Dante Harper, Jack Paglen, Michael Green, basado en personajes de Dan O'Bannon y Ronald Shushett
Reparto Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Demián Bichir, Danny McBride, Carmen Ejogo, Jussie Smollett, Amy Seimetz, Callie Hernandez, Benjamin Rigby, Alexander England, Uli Latukefu, Tess Haubrich, Guy Pearce, Noomi Rapace, James Franco





En el año 2011 saltaba la noticia en todos los medios relacionados con el mundo del séptimo arte. El veterano cineasta Ridley Scott decidía volver al universo que él ayudó a crear en 1979 con una precuela de aquella mítica Alien: El Octavo Pasajero con la que contaría el origen de los letales xenomorfos que protagonizaron dicho clásico de la ciencia ficción. Prometheus llegó a las carteleras de todo el mundo en 2012 y agradó a más bien poca gente por culpa de sus considerables fallos y su escasa inventiva conceptual y argumental. Para colmo esta nueva incursión de Scott en el ya extenso microcosmos de Alien fue el inicio de la gradual y lenta muerte de una probable quinta entrega de la franquicia que comenzó a desarrollar el cineasta sudafricano Neil Blomkamp (Distrito 9, Elysium, Chappie) y que el mismo autor de 1492: La Conquista del Paraíso dio por muerta y enterrada durante la promoción del largometraje que nos ocupa. El disgusto se antojó doble de cara a los fans de la creación ideada por Dan O'Bannon y Ronald Sushett con el estreno de Prometheus.




Cuando la mediocre acogida de Prometheus parecía confirmar que la potencial saga escondida detrás de su historia se veía prematuramente cercenada Ridley Scott se mantuvo en sus trece e hizo todo lo posible para sacar adelante una secuela tan o más innecesaria que su predecesora incluso antes de comenzar su génesis como producto cinematográfico. Evidentemente el director de El Reino de los Cielos o Black Rain, que es perro viejo, trató de arreglar las carencias que tenía el anterior film de la saga y para empezar con buen pie de cara a los fans y al marketing cambió el título de su film que pasó de Prometheus 2 a Alien Covenant, sin que la pieza dejara de ser una secuela de la cinta de 2012. Por otro lado Scott y sus productores prescindieron de Damon Lindelof y John Spaihts y el lugar de estos en la escritura lo ocuparon Michael Green y Jack Paglen, ideólogos de la historia, y John Logan y Dante Harper, responsables de adaptar esta a un guión cinematográfico.




Alien Covenant agradó algo más que Prometheus, tanto a crítica como público, por el simple hecho de que supo dar lo que se le pidió a aquella sin que supiera proporcionarlo, ni más ni menos. Un servidor no pudo verla en cine y lo ha hecho ahora en formato doméstico y el desastre es mucho mayor del esperado y eso que iba totalmente concienciado con respecto a ver una película mediocre, pero que lo llegara a ser tanto me ha cogido por sorpresa. La última producción de Ridley Scott es tan o más fallida que la entrega inmediatamente anterior de la franquicia y si elude algunos de los defectos de aquella (no todos, a ello volveremos más tarde) en el proceso cae en otros todavía más graves. A continuación pasaré a comentar y enumerar los motivos por los que Alien Covenant me parece una pieza muy olvidable e inconsistente y también lo que supone que el director de The Martian o American Gangster siga ensuciando el buen nombre de una saga que realmente no le pertenece en exclusividad por mucho que él siga pensando lo contrario.




La trama de Alien Covenant es prácticamente la misma de Prometheus, pero con algunas variantes. Los miembros de una tripulación espacial que viajan en la nave colonial que da título al largometraje, acompañados por un androide llamado Walter (Michael Fassbender) que vela por ellos, ven interrumpido su criosueño tras un accidente en el que mueren la mayoría de ellos. Los supervivientes comandados por el capitán Christopher Oram (Billy Crudup) y Daniels (Katherine Waterston), viuda de Jacob Branson (James Franco), anterior capitán de la embarcación fallecido en la colisión, llegan a un planeta desde que el que han  recibido una señal de radio de origen humano. Una vez allí deberán enfrentarse con los célebres xenomorfos de la saga y se encontrarán con David (Michael Fassbender) el androide de la Prometheus que siente una especial admiración por estos alienígenas a los que ayudará a sobrevivir por todos los medios.




La escasa imaginación del argumento que copia descaradamente, no sólo el ya citado de Prometheus, sino el de cualquier otra entrega de la franquicia, muestra rápidamente y de manera cristalina lo poco que Ridley Scott y sus colaboradores han trabajado el guión del proyecto. El cineasta británico lleva más de cuarenta años en el oficio, y debería saber que satisfacer a aquellos que criticaron en Prometheus la ausencia de los xenomorfos clásicos y un contexto espaciotemporal más deudor de la primera Alien dándoles lo que piden, pero olvidando por el camino dar solidez a la escritura, aboca todo el conjunto de la obra al fracaso. Porque sí, aquí tenemos la versión original de los monstruos de la saga y los mismos, aunque siendo recién nacidos, empiezan a matar y descuartizar a los tripulantes de la nave de turno desde bien pronto, y dentro de la Covenant tenemos persecuciones por pasillos laberínticos, gore a raudales y acción, pero todo está ejecutado en pantalla de la manera más rudimentaria e impersonal posible.




De poco nos sirve que Ridley Scott vuelva a demostrar que está en forma a la hora de ponerse detrás de la cámara, cuando vemos que Alien Covenant confirma una vez más esa ya antigua y asentada teoría que reza que el director de Los Duelistas queda reducido a un artesano con un potente look visual, y sólo a eso, cuando no tiene un libreto en el que sustentar su puesta en escena. Los personajes del largometraje no son ni un esbozo, son estereotipos manidos y repetidos hasta el hartazgo vistos mil veces, con mejor resultado, en anteriores entregas de la franquicia en particular y en el cine espacial o de terror en general. Mientras el mismo Scott con unas pocas pinceladas definía la personalidad de la tripulación de la Nostromo en el film primigenio o James Cameron hacía lo propio en Aliens con una secuencia tan sencilla y efectiva como la de Bishop (Lance Henricksen) jugando con el cuchillo y la mano de Hudson (Bill Paxton), en la cinta que nos ocupa ni diez páginas de diálogos consiguen dar profundidad a unos roles del todo inanes y nada empáticos.




Componentes de tripulación que por otro lado hacen que los más bien estúpidos miembros de la Prometheus parezcan superdotados en comparación. Es lógico y esperable que los personajes cometan errores para que la trama avance, los xenomorfos puedan entrar en escena y con ellos la acción y el terror que se hagan con la trama. Pero lo que no es tan evidente es que estos expertos en navegación espacial, terraformación o biología sean ten inexplicablemente ineptos a la hora de ejecutar adecuadamente sus labores profesionales o incapaces de tener el mínimo instinto de supervivencia metiéndose en no pocas ocasiones, casi literalmente, en la boca del lobo. El culmen de esta serie de despropósitos relacionados con los componentes de la Covenant llega con la escena en la que el Capitán Oram hace caso a David, el androdide que en la escena anterior ha demostrado admiración y cariño por los aliens, para mirar en uno de los huevos que incuban los famosos facehuggers que se adhieren a la cara de sus víctimas humanas para introducirles la cría de xenomorfo que crecerá y saldrá por la fuerza de su cuerpo.




La trama es paupérrima y los personajes planos, de modo que sólo nos queda disfrutar con las secuencias de violencia y vísceras con las que Ridley Scott riega la película y el excelente diseño de producción de la obra, que sólo se resiente cuando se dejan notar unos CGI que no han sido elaborados todo lo que debieran, algo que se percibe también con los aliens y sus movimientos supuestamente salvajes y viscerales que imponían mucho más en la tetralogía original cuando el uso de los efectos especiales era mucho menor (de hecho los generados por ordenador sólo se utilizaron en Alien³ y Alien Resurreción y en contadas secuencias) y los anomatrónicos copaban la mayor parte del metraje. Sangre, demembramientos, explosiones, escenas de lucha cuerpo a cuerpo tan innecesarias como inverosímiles (de hecho todo lo referido al doble papel de un entregado Michael Fassbender está muy mal llevado, tomemos como ejamplo las lecturas cómicas que se pueden sacar de las clases de flauta a cuatro manos) dan forma a un producto que en ocasiones más que una superproducción parece una inflada Serie B por su naturaleza involuntariamente exploit y pulp.




Alien Covenant fracasa como precuela del film original de 1979 por su carácter rudimentario y escasamente original, pero tampoco funciona como secuela de Prometheus porque hasta los peculiares planteamientos filosóficos y metafísicos de aquella se ven vampirizados aquí por el fuego de artificio, el desenfreno sin medida y personajes cuya integridad física nos importa más bien poco. Tanto esta obra como su predecesora de 2012 nos confirman que si Alien: El Octavo Pasajero es una obra maestra, no fue únicamente por Ridley Scott, sino porque este encontró en unos enormes profesionales como Dan O'Bannon, Ronald Sushett, Walter Hill, Jerry Goldsmith, H.R. Giger o Jean Giraud "Moebius" a los colaboradores perfectos para que, apelando al trabajo en equipo, y no a un soliloquio egocéntrico que haga salir a la luz sus no pocos defectos como narrador de historias, pudieran dar forma entre todos a la primera piedra de una saga que nunca debió dejar de ser una ecléctica y atractiva tetralogía para convertirse en el juguete de un cineasta caprichoso que hace años antepuso la hiperactividad profesional a las inquietudes artísticas.


viernes, 18 de agosto de 2017

Vampiros



Título Original John Carpenter's Vampires (1998)
Director John Carpenter
Guión Don Jakoby basado en la novela de John Steakley
Actores James Woods, Daniel Baldwin, Sheryl Lee, Thomas Ian Griffith, Maximilian Schell, Tim Guinee, Mark Boone Junior






La década de los 90 fue una etapa extraña para un cineasta como John Carpenter. Durante aquellos diez años su filmografía basculó entre productos descafeinados como Memorias del Un Hombre Invisible, competentes remakes como el de El Pueblo de los Malditos, secuelas de sus éxitos con naturaleza irónica y autoparódica como 2013: Rescate en L.A u obras maestras incomprendidas y defenestradas como En la Boca del Miedo (In the Mouth of Madness) que los años han ido revalorizando. Por suerte en 1998 el director de La Noche de Halloween o Starman despidió el siglo XX con la que para el que esto suscribe es su última gran obra y la que (viendo el discurrir que puede tomar su carrera después de la terrible The Ward) debería haber dado carpetazo a su filmografía como uno de los mejores autores de cine de género de la historia del séptimo arte. Hablo como no podía ser menos de Vampiros.




Basada, muy libremente, en la novela homónima de John Steakley Vampiros presenta a un atípico grupo de cazadores de no muertos comandado por el aguerrido Jack Crow (James Woods) y financiado por el mismísimo Vaticano gracias a la mediación de Cardenal Alba (Maximilam Schell). Mientras descansan después de una misión rutinaria en la que localizan un nido de "alimañas" (como ellos suelen llamarlas) a las que dan caza los miembros del equipo son asaltados en un motel por Valek (Thomas Ian Griffith) un vampiro centenario que busca la famosa "Cruz de Bérziers" que le puede conferir el don de caminar bajo el sol a plena luz del día. Jack Crow, su colaborador Tony Montoya (Daniel Baldwin) una prostituta llamada Katrina (Sheryl Lee), únicos supervivientes de la matanza, y el Padre Adam Guiteau (Tim Guinee) tratarán de detener a Valek para impedirle conseguir su misión que lo convertiría en el no muerto más peligroso sobre la faz de la tierra, pero no serán pocos los problemas que se encontrará para cumplir con su peligroso cometido.




Vampiros es lo más cerca que ha estado John Carpenter de su amado e idolatrado género western. Por muchos es conocida la pasión del director de Christine o Elvis por este tipo de cine, su cariño hacia obras de Howard Hawks adscritas a este celuloide como Río Bravo (de la que Asalto a la Comisaría del Distrito 13 era prácticamente un remake encubierto) y cómo ha influido en la mayoría de sus largometrajes como director, algo que podemos apreciar en 1997: Rescate en New York, La Cosa o ¡Están Vivos!, cintas adscritas al terror o la ciencia ficción, pero con personajes y resoluciones narrativas propias de los films del oeste. Pero en su antepenúltima obra para la gran pantalla el homenaje deja paso a un contexto árido, desértico, duro y adusto que está sacado directamente de la obra de autores como Sam Peckinpah, Samuel Fuller o exponentes del espagueti western como los dos Sergios, Corbucci y Leone, a lo que habría que sumar una banda sonora del mismo Carpenter que nos retrotrae a dicho tipo de celuloide.




Como era de esperar viniendo del director de El Príncipe de las Tinieblas los vampiros de su universo cinematográfico no iban a tener la imagen y el comportamiento clásico que el cine y la literatura ha ofrecido de estos a lo largo de los años, algo a lo que hace referencia directa el mismo Jack Crow con un discurso memorable al Padre Guiteau. Los chupasangre de la película que nos ocupa no reciben el nombre de "alimañas" gratuitamente, ya que son expuestos en pantalla como bestias descerebradas y ávidas de hemoglobina que no se convierten en murciélagos pero sí pueden saltar a alturas sobrehumanas y arrancar de un zarpazo una cabeza humana. Ante unas criaturas de este pelaje como es lógico el equipo de Crow debe hacer uso de un armamento a la altura de las circunstancias con todo tipo de artilugios y gadgets para eliminar a semejantes seres de naturaleza salvaje. Con dicha excusa Carpenter puede apelar en no pocas ocasiones al gore y la violencia explícita como la de la secuencia del motel (brutal ese Mark Boon Jr partido en dos) o el asalto a la ermita de los frailes.




Una vez tiene lugar la disolución forzosa del grupo la historia central se divide en dos tramas diferenciadas pero lógicamente complementarias. Una es la que se centra en Jack Crow y el Padre Guiteau que tratan de buscar, no sólo a Valek antes de que encuentre la Cruz de Bérziers, sino también a la persona que los traicionó para que este pudiera eliminar a la mayor parte del grupo de los cazadores de vampiros. La otra está protagonizada por Tony y Katrina y el dilema moral con el que se encuentra el primero debido a que la segunda fue mordida previamente por Valek y no tardará en convertirse en vampiro también. Situación esta que creará considerables tensiones entre el personaje de Daniel Baldwin y el de James Woods, amigos y colaboradores, sobre todo cuando el primero comience a sentirse atraido emocionalmente por la chica. Finalmente las dos subtramas volverán a converger en una sola para el enfrentamiento final con Valek y sus secuaces, alguno de ellos bastante inesperado.




Durante el trayecto el cineasta nos ofrece un proyecto que tiene su genuino e inconfundible sello en forma de una de sus películas más personales por muy adscrita que esté a cierta comercialidad hollywoodiense. Rudeza, virilidad, machismo, camaradería y todo regado con pólvora, sangre, terror y humor negro, un producto 100% hijo de su hacedor con el que recuperamos al Carpenter más bestia, sardónico y outsider. La estructura es la habitual en el cine del norteamericano con un protagonista rebelde, fuera de la ley y de cualquier norma establecida, que se enfrenta, en solitario o acompañado, a un sistema corrupto sin importar que este se ampare en fuerzas religiosas, políticas o sociales. En el proceso las secuencias de acción, los apuntes de suspense (cada incursión en un nido de vampiros está llevado un pulso narrativo envidiable) y la interacción entre personajes sencillos, pero con personalidades bien definidas van dando forma a una pieza ejemplar con su autor al máximo de sus capacidades profesionales.




El director de La Niebla o Dark Star da buena muestra de su veteranía y no estructura su puesta en escena por medio de una alocada sucesión de escenas espídicas condensadas con un montaje metanfetamínico aprovechando el tono virulento que permite la naturaleza cruda y descarnada de la propuesta. Carpenter encuadra con sabiduría, utiliza los movimientos de cámara sólo cuando el relato los demanda y en una pieza que en otras manos se hubiera adherido sin miramientos al efectismo más rudimentario y sensacionalista es capaz de utilizar un timing inusualmente mesurado (el uso de la edición por medio del encadenado de fundidos de imagen en las secuencias más destacadas del metraje) y unos zooms de tono añejo que dan al largometraje un look visual muy deudor del cine de género americano de los años 70. Todo ejecutado y compactado por la mano de un cineasta que eligió desde sus inicios dedicarse en cuerpo y alma al cine de terror cuando sus aptitudes como narrador de historias le hubieran permitido ser mucho más ambicioso cinematográficamente hablando.




Todo el discurso "carpenteriano" sobrevuela el metraje de principio a fin, pero el mismo cristaliza magistralmente en el Jack Crow al que da vida un superlativo James Woods en uno de los mejores trabajos de su carrera. El protagonista de Videodrome o El Corredor de la Muerte elude la sobreactuación de muchas de sus encarnaciones interpretativas de los 90 (lo recuerdo especialmente insoportable en El Especialista) y por medio de contención, sorna, altanería, macarrismo barriobajero y una verborrea descontrolada da vida a uno de los mejores personajes protagonistas de una película de John Carpenter desde las primeras colaboraciones de este con Kurt Russell. Especialmente memorables son las secuencias que comparte con el Padre Guiteau al que interpreta un Tim Guinee impecable que sabe darle la réplica de manera soberbia al protagonista de Salvador mostrándose en pantalla la interesante y divertida disparidad de caracteres al que dan forma como dúo como una versión perversa y bastarda del subgénero buddy movie.




Del resto del reparto cumplen su cometido sobradamente Daniel Baldwin como Tony Montoya y Sheryl Lee como Katrina. El primero demuestra ser el más talentoso (y desaprovechado por su propia culpa) de sus hermanos con un excelente trabajo que se ve complementado con la relación de amistad y código de honor que comparte con Jack Crow ejecutando un personaje cercano, lleno de debilidades y claroscuros. La actriz que dio vida al cadáver más famoso de la historia de la televisión no se queda atrás y acomete con profesionalidad un personaje que hubiera ganado mucho más con una mejor escritura por parte del guión de Don Jakoby, pero resuelve con soltura dar vida a una atípica vertiente de la clásica "damisela en apuros" que después muta en otra cosa completamente diferente. Finalmente Thomas Ian Griffith se revela como una excelente elección para dar vida al hierático e imponente Valek un villano tan visceral como atractivo que desde la masacre que perpetra contra la banda de Crow demuestra soltura para tomar el rol de pieza clave dentro de la galería de personajes del largometraje.




Aunque en su momento fue recibida con bastantes parabienes por suponer la vuelta del John Carpenter más clásico Vampiros fue tildada de simple entretenimiento cuando es mucho más que eso. El penúltimo largometraje del director de Golpe en la Pequeña China supuso la sublimación estilística y narrativa de una manera de entender y hacer cine que triunfó en los 70, marcó a toda una generación de espectadores y cineastas, pero por desgracia nunca volverá, al menos en su vertiente más pura. Este debió haber sido el Canto de Cisne de su autor, porque aunque un servidor es fan de la camorrista y rashomonica Fantasmas de Marte viendo lo poco prolífica que está siendo la etapa más reciente de su filmografía y los desastrosos resultados que ofreció la que es su última cinta para la pantalla grande las andanzas de Jack Crow y su panda de rednecks cazadores de vampiros hubieran sido el excelente y memorable punto y final a una de las carreras cinematográficas más estilmulantes y personales de la historia del cine de género estadounidense de los últimos cuarenta años.


lunes, 14 de agosto de 2017

Capitán América: Civil War



Título Original Captain America: Civil War (2016)
Director Anthony y Joe Russo
Guión Chrisitopher Markus y Setephen McFeely, basado en el cómic de Mark Millar y Steve McNiven y en personajes de Stan Lee, Jack Kirby y Joe Simon
Reparto Chris Evans,  Robert Downey Jr., Sebastian Stan, Scarlett Johansson, Anthony Mackie, Daniel Brühl, Don Cheadle, Jeremy Renner, Chadwick Boseman, Paul Bettany, Elizabeth Olsen, Paul Rudd, William Hurt, Emily VanCamp, Tom Holland, Frank Grillo, Martin Freeman, Marisa Tomei, John Kani, John Slattery, Hope Davis, Alfre Woodard, Stan Lee, Heidi Moneymaker, Gene Farber, Florence Kasumba





No fueron pocos, un servidor entre ellos, los que recibieron con un arqueo de ceja la noticia. La tercera película del Capitán América dentro de Marvel Studios iba a estar inspirada en Civil War, el célebre y exitoso evento de los cómics escrito por el escocés Mark Millar y dibujado por el estadounidense Steve McNiven en el año 2006. En aquel crossover se reunía prácticamente el grueso de la plantilla más destacada de la Casa de las Ideas con motivo de la batalla entre dos grupos, comandados por Iron Man y el Capitán América respectivamente, para de esta manera ofrecer apoyo u oposición al famoso Acta de Registro Sobrehumano con el que mantener controladas a las personas con superpoderes. Dicha implicación de casi toda la plana mayor de Marvel se antojaba imposible de trasladar fielmente a imágenes debido a los problemas de derechos que la productora de Kevin Feige tenía con respecto a personajes como los adscritos al universo mutante o los relacionados con los 4 Fantásticos, todos ellos propiedad de 20th Century Fox, así como los de Spider-Man que estaban en poder de Sony.




Por suerte antes de comenzar la producción de la película Marvel Studios llegó a un acuerdo con Sony para compartir los derechos del alter ego arácnido de Peter Parker y así poder incluirlo al menos a él en esta Civil War audiovisual. Lo que posteriormente sucedió es por todos conocido, se prescindió de Andrew Garfield que no había convencido demasiado con su versión del trepamuros (aunque sus virtudes tenía, indudablemente) en el díptico The Amazing Spider-Man y los responsables decidieron reiniciar por segunda vez el personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko en 1963 con un nuevo actor y una puesta al día actualizada de la criatura. El británico actor Tom Holland (Lo Imposible) fue el afortunado elegido para dar vida a la tercera versión cinematográfica del hombre araña y Civil War sería su carta de presentación, eso sí, tomando un rol mucho más secundario y tangencial que en el cómic de Millar y McNiven, en el que incluso llegaba a revelar a la opinión pública su identidad secreta.





Evidentemente la única inclusión de Spider-Man no iba a solucionar el problema que Kevin Feige y sus empleados tenían con respecto a realizar una adaptación fidedigna de Civil War debido a la ya apuntada ausencia de los otros personajes por culpa de los derechos en poder de 20th Century Fox. Por ello los guionistas Christopher Markus y Setephen McFleely y los directores Anthony y Joe Russo, que volvieron aquí a trabajar con Steve Rogers tras su soberbia labor en la brillante Capitán América: Soldado de Invierno, se pusieron manos a la obra para crear su propia Civil War, que más allá de algunos apuntes narrativos y estilísticos, poco tuvo que ver finalmente con el famoso evento de los cómics. Para que el éxito fuera total Marvel Studios puso a disposición del equipo de escritores y realizadores prácticamente todos los personajes que hasta ese momento se habían paseado por la pantalla grande durante las dos primeras fases del universo cinematográfico de la Casa de las Ideas e incluso añadiendo algunos de nuevo cuño que debutaban en esta cinta junto al ya mencionado Spider-Man.




Capitán América: Civil War se estrenó el 27 de Abril de 2016 y fue un enorme éxito de crítica y público en todo el mundo, siendo considerada desde su puesta de largo internacional una de las mejores y más sólidas cintas del Universo Cinematográfico Marvel. Un servidor pudo verla en su momento en pantalla grande, como hago con casi todos los largometrajes de cine relacionado con superhéroes, y aunque me pareció un producto magnífico encontré algunos fallos de guión que me parecieron lo suficientemente notables para ser destacados por parte, puede que no del espectador neófito, pero sí del conocedor de los personajes, la franquicia y sus contrapartidas en papel. Revisada ayer poco más de un año después de la primera vez debo admitir que esos defectos en esta segunda ocasión me han parecido más livianos y perdonables que en esa inicial toma de contacto, pero evidententemente a lo largo de esta reseña los mencionaré y trataré de analizar superficialmente para ofrecer una visión lo más completa posible del largometraje y su idiosincrasia como obra cinematográfica de entretenimiento.




Capitán América: Civil War tiene lugar después de los hechos acaecidos en Los Vengadores: La Era de Ultrón (aunque recordemos que entre una y otra se estrenó Ant-Man, suponiendo el ligero y agradable cierre de la Fase 2 de Marvel Studios) y narra la división que tiene lugar entre los distintos miembros de los Vengadores cuando entran en juego los Acuerdos de Sokovia, un sistema impulsado por la ONU que mantendrá controlado al grupo de superhéroes y gracias al cual podrán solicitar los servicios de estos cuando lo vean necesario sin que ellos puedan interceder en ese sentido. Tony Stark, impulsado por el cargo de conciencia de los daños colaterales causados en Sokovia durante la batalla con Ultrón, apoyará los acuerdos y junto a él lo harán otros miembros del grupo como Viuda Negra, Máquina de Guerra o Visión. En cambio Steve Rogers, con la ayuda de Ojo de Halcón, Falcon o Ant-Man se situará en el lado opuesto. La inclusión en esta guerra interna de Black Panther, Spider-Man, Soldado de Invierno y Helmut Zemo potenciará exponencialmente los problemas entre una y otra facción.




Los directivos de Marvel Studios demostraron una vez más un intachable olfato cuando decidieron poner de nuevo a los hermanos Russo a manos de la tercera entrega de las aventuras en pantalla grande de Steve Rogers. Capitán América: Civil War es una acertada y sólida amalgama entre el celuloide de espionaje al que se adscribía Soldado de Invierno (una cinta que tenía más que ver con la saga cinematográfica de Jason Bourne que con el subgénero pijamero) y el tono superheróico que destilan la mayor parte de las producciones de la división cinematográfica de la Casa de las Ideas y que pudimos ver en las dos entregas de los Vengadores, la primera Guardianes de la Galaxia, la trilogía Iron Man o la misma primera cinta protagonizada por en Centinela de la Libertad en 2011. De este modo los realizadores de la serie Community vuelven a moverse por un terreno que conocen, pero aunándolo con el que puede y debe considerarse la seña de identidad del Universo Cinematográfico Marvel. El resultado es brillante a distintos niveles siempre dentro de un contexto de cine comercial y de evasión.




Es de un mérito incuestionable la labor de Anthony y Joe Russo a la hora de ejecutar esta mezcolanza de géneros que queda patente desde el arranque con la misión en Lagos para dar caza a Brock Rumlow, alias Calavera, ofreciendo una potente muestra de lo que será el discurrir de la cinta con la alternancia de escenas de acción rodadas con una fuerza técnica y poderío visual brutales (algo tendrá que ver con esto también la presencia de David Leitch como director en la segunda unidad) con pasajes en los que el sense of wonder propio de las producciones Marvel Studios copan el protagonismo de la trama consiguiendo una fusión de tonos que expuesta en pantalla ofrece situaciones espectaculares, siempre apelando a unas escenas dinámicas y frenéticas en las que todas las peleas, persecuciones, y tiroteos se ven de manera cristalina sin abusar de los movimientos de cámara innecesarios, la dirección de fotografía sobresaturada o el montaje sincopado propio de las superproducciones hollywoodienses del siglo XXI.




En este sentido pasajes como el ya mencionado en Lagos con la búsqueda del personaje de Frank Grillo, la huída de Bucky en motocicleta siendo perseguido por Black Panther y el Capitán América o toda la larga y elaborada batalla campal en el aeropuerto alemán dan buena muestra de lo que se puede hacer en el cine de acción para todos los públicos con unos medios holgados, tanto en el apartado artístico como el técnico, y la profesionalidad de unos artesanos que a pesar de no tener más de dos largometrajes en su haber pareciera que llevaran toda la vida implicados en producciones mastodónticas llenas de pirotécnica y ritmo endiablado como la que nos ocupa. Tanto los Russo como los guionistas hacen una sabia utilización del enfrentamiento interno de los Vengadores para poner frente a frente a personajes que de otro modo nunca lucharían los unos contra los otros cediendo de esta manera a los sueños de los numerosos fans de los cómics que son generalmente los que más disfrutan con este combate entre el bando de Tony Stark y el de Steve Rogers.




Por suerte tanto los hermanos Russo como los guionistas Chrisitopher Markus y Setephen McFeely también centran su atención en la necesaria interacción de los numerosos personajes que pueblan la narración y eso se deja notar en el metraje. La dicotómica relación entre rivalidad y lealtad de Tony Stark y Steve Rogers, la de amistad de este último con Bucky, los primeros pasos de lo que será en un futuro la relación sentimental entre Wanda y Visión, el peso que toma T'Challa como rey de esa Wakanda que comienza a cobrar protagonismo de cara al estreno de Black Panther o el dúo cómico que forman el personaje de Robert Downey Jr con el Spider-Man de Tom Holland con gags de humor muy divertidos y toda la retranca relacionada con la edad de la improbablemente atractiva tía May de Marisa Tomei (golpes de humor que volvieron en la reciente Spider-Man: Homecoming y que confirmaron a Stark y Parker como una entrañable pareja humorística) son expuestos en pantalla con acierto y la suficiente pericia para que el espectador empatice mínimamente con ellos y sus situaciones tanto emocionales como profesionales.




Ya centrándonos en los fallos previamente anotados el primero nace de una de las decisiones más celebradas de la película, la inclusión de Spider-Man en la trama. Si cuando lo vimos por primera vez balancearse en su telaraña por el skyline neoyorquino en la película primigenia de Sam Raimi muchos cumplimos un sueño de infancia verlo codearse con los personajes de Marvel Studios no es menos trascendente y memorable para el fan curtido en las viñetas. Pero seamos serios, su inclusión en el film es totalmente arbitraria, la motivación por parte de Stark para reclutarlo en su guerra civil es tan peregrina como temeraria (darle como primera misión a un quinceañero que lleva menos de seis meses en activo como luchador contra el crimen enfrentarse a un grupo de curtidos superhéroes con fuerza sobrehumana es poco procedente) al igual que la escasamente sólida excusa narrativa para que conozca la personalidad secreta de su pupilo, algo que por cierto se convirtió en algo habitual en el debut del personaje en solitario quitando peso a una de las señas de identidad más importantes de la creación de Stan Lee y Steve Ditko.




El otro defecto nace nuevamente de un acierto y está relacionado con el villano que esta vez está representado por Helmut Zemo, alias Barón Zemo. El actor alemán de ascendencia española Daniel Brühl da vida a dicho personaje y el mismo se revela como la némesis más sólida de Marvel Studios junto a las de Loki o Ultrón (que al que suscribe le pareció una encarnación magnífica, independientemente de la fidelidad por parte de Joss Whedon a su versión en viñetas) con unas motivaciones bien perfiladas en la trama así como unas acciones que llegan a tener verdaderas y graves repercusiones en los protagonistas. Pero su personalidad está tan alejada del Zemo de los cómics (eso sin adentrarnos en la estética que ahí el suspenso se antoja inevitable) que su rol podía haber pasado por la de cualquier villano genérico y de manual que hubiera decidido enfrentarse a los Vengadores por unas u otras circunstancias. Con todo el cometido para el que el alter ego en la ficción del actor de Malditos Bastardos fue creado se cumple sobradamente, de modo que en ese sentido más allá de la fallida encarnación que es de la creación de Stan Lee y Jack Kirby poco más negativo podemos decir de él.




Como es lógico todos sabíamos que Marvel Studios no iba a tener los redaños para dar un final a la película como el que vimos en los cómics y por muy elaborada y memorable que resulte esa batalla en el aeropuerto éramos conscientes de que ningún miembro de los Vengadores iba a causar baja permanente (lo de James Rhodes es una concesión de cara a la galería para que haya un daño colateral más o menos importante como resultado del enfrentamiento) porque esto es un negocio que ofrece dos o tres entregas por año y el dinero es lo que prima en Hollywood. Pero Capitán América: Civil War es una demostración de enorme fuerza por parte de la división cinematográfica de la Casa de las Ideas, tan o más conservadora que cualquiera de sus otros films, pero llevada a cabo por un grupo de profesionales que saben cómo ofrecer a la platea cine comercial de calidad o dos horas y media de acción y heroicidades de distinto pelaje que se pasan en un suspiro. Ahora sólo queda ver qué están haciendo los Russo con el díptico Avengers; Infinity War, que ese sí apunta ser un antes y un después en la factoría comandada por Kevin Feige o eso suponemos.



sábado, 12 de agosto de 2017

The Outer Limits: Primera Temporada - Parte 1



“There is nothing wrong with your television set. Do not attempt to adjust the picture. We are controlling transmission…”


Estas palabras arriba adjuntadas iniciaban el monólogo en off que daba comienzo a todos y cada uno de los episodios de la mítica serie The Outer Limits, producción televisiva creada por Leslie Stevens y Joseph Stefano que se emitió en la cadena ABC desde 1963 hasta 1965. Heredera y hermana menor de The Twilight Zone (La Dimensión Desconocida), compuesta por 49 episodios autoconclusivos de 50 minutos que daban forma a una antología centrada en una temática adscrita a la ciencia ficción la serie de Stevens y Stefano se convirtió en una pieza remercable con vocación de obra de culto que con el paso de los años se ha convertido en uno de los programas más reconocidos de la historia catódica de Estados Unidos. Con motivo de la edición de la primera parte de la temporada 1 en nuestro país a manos de la distribuidora L’Atelier 13, que en su momento también nos trajo en formato doméstico la ya mencionada The Twilight Zone, y de la que hablaremos al final del artículo hoy vamos a dedicar esta entrada a comentar estos primeros pasos que dieron forma a la entrega primigenia de tan memorable producción para la pequeña pantalla.




Leslie Stevens era un dramaturgo reconvertido en guionista televisivo y Joseph Stefano abandonó una carrera como compositor y letrista para escribir obras para la pantalla grande, como el de la mítica obra maestra Psicosis (Psycho) con la que Alfred Hitchock adaptó la novela homónima de Robert Bloch, cuando se conocieron y decidieron aunar fuerzas para que The Outer Limits saliera adelante como programa televisivo en 1963. Con al apoyo de Daystar Productions, Villa DiStefano (productora creada por el mismo Joseph Stefano para dar impulso al proyecto) y United Artists Television ambos autores vendieron con éxito su idea a la cadena ABC (American Broadcasting Company). El 16 de Septiembre de 1963 el episodio piloto de The Outer Limits titulado The Galaxy Being, protagonizado por un por aquel entonces pujante Cliff Robertson (conocido por las nuevas generaciones al dar vida al Ben Parker de la trilogía de Spiderman ideada por Sam Raimi) así como escrito y dirigido por el mismo Leslie Stevens cogió desprevenidos a los espectadores de Estados Unidos acostumbrados a seriales de poco calado y consumo tan liviano como intrascendente.




Ese primer episodio ya asentó las sólidas bases del programa. Con una duración que bordeaba los 50 minutos para así poder desarrollar más adecuadamente tanto tramas como personajes The Outer Limits hundía sus raíces en la literatura y el celuloide de ciencia ficción pulp o de Serie B, pero añadiendo una pátina de profundidad y reflexión de la que carecían los cientos de largometrajes que en los años 40 y 50 invadieron las carteleras estadounidenses con sus reminiscencias subtextuales a la “invasión comunista” corporeizada por extraterrestres del “Planeta Rojo” o criaturas de proporciones monstruosas adheridas al pánico nuclear o a una inminente guerra atómica entre las grandes potencias que regían el planeta. Desde sus inicios la producción de Leslie Stevens y Joseph Stefano eludía todo el pensamiento revanchista o violento de sus referentes ya mencionados apelando siempre a ideas pacifistas, conciliadoras y existencialistas que trataban de dar una visión más amplia de la naturaleza humana con sus bajezas y virtudes, siempre en un contexto de sci-fi puramente de género con el que los guionistas y directores comandados por Stevens y Stefano pudieron dar empaque a algunos de los momentos más destacables de la ficción audiovisual americana de la época.




Los peligros de la experimentación genética, invasiones extraterrestres tanto hostiles como pacíficas, poderes sobrenaturales, viajes en el tiempo, uso desproporcionado de la maquinaria militar, espionaje… The Outer Limits ofreció un extenso abanico de relatos con los que disertar sobre la sociedad que somos, fuimos y podemos llegar a ser siempre y cuando sucumbamos a la avaricia, el egoísmo o la intolerancia. La serie de Stevens y Stefano no eludía en varias ocasiones los finales felices, pero la tónica habitual era la de cierta melancolía y descreimiento apelando por un desarrollo adecuado y racional del progreso y la evolución tecnológica. Episodios como One Hundred Days of Dragon, The Architects of Fear o The Sixth Finger nos hablaban de magnicidios (meses antes del de John F. Kennedy), la deshumanización en pos de una utópica paz mundial o la futilidad de poseer un intelecto superior una vez se pierde la empatía con el resto de seres vivos, siempre intentando mostrar a la audiencia temáticas desafiantes y atípicas que llamaran su atención y trataran de despertar su interés más allá de un uso puramente lúdico del producto catódico que sus creadores exponían en pantalla.




Vista hoy The Outer Limits llama la atención por el competente empaque de su puesta en escena, la misma que asentó Leslie Stevens con el primer episodio y que tomarían como suya el resto de posteriores directores que se sentaron en la butaca de realización del show. Artesanos como Byron Haskins, que trece años antes había ejecutado un clásico como su versión de La Guerra de los Mundos de H.G. Welles, o Laslo Benedek, que ya había sumado a su curriculum Salvaje, protagonizada por Marlon Brando, o La Muerte de un Viajante dieron nombre y solidez a estos primeros episodios con su nombre y buen hacer, casi siempre ayudados por la excelente fotografía de un titán como Conrad L. Hall (Camino a la Perdición, Dos Hombres y Un Destino) que ofrecía muestras de poderosa inventiva en episodios como el claustrofóbico O.B.I.D o el antimilitarista Nightmare (con un jovencísimo Martin Sheen) casi obras de teatro situadas en una sola y exigua localización. Tan duradero fue el sello que dejó The Outer Limits en la historia de la ficción audiovisual que no es difícil descubrir ecos de episodios como The Man With the Power o The Man Who Was Never Born (protagonizados por unos enormes Donald Pleasance y Martin Landau respectivamente) en obras posteriores como Scanners o La Zona Muerta, ambas del canadiense David Cronenberg y la última concretamente adaptada de la novela homónima de un Stephen King, autor que en no pocas de sus novelas como Tommyknockers u Ojos de Fuego también dejó claro su cariño por la creación de Stevens y Stefano.




Curiosamente ese ejercicio de retroalimentación referencial no es unidereccional ya que como anteriormente hemos apuntado The Outer Limits como programa televisivo también tenía sus fuentes de inspiración tanto literarias como cinematográficas. Un episodio como The Human Factor en el que un grupo de personajes se encuentran aislados en una estación científica en la helada Groenlandia es un homenaje claro a El Enigma de Otro Mundo (The Thing) la obra de culto basada en el relato de John W. Campbell que dirigieron en 1951 Christian Nyby y Howard Hawks conociendo en 1982 un glorioso remake a manos de un John Carpenter en el punto más alto de sus capacidades cinematográficas. Por otro lado The Corpus Earthling, a pesar de estar basado en el libro homónimo de Louis Charbonneau, tiene reminiscencias claras tanto de la novela La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (The Body Snatchers) escrita por Jack Finney como de la que por aquel entonces era su primera y única traslación a la pantalla grande (Las versiones de Philip Kaufman, Abel Ferrara u Oliver Hirschbiegel quedaban todavía muy lejos) el clásico homónimo dirigido por Don Siegel, escrito por Daniel Mainwaring y protagonizado por Kevin McCarthy o Dana Wynter. De este modo queda claro que la estela de The Outer Limits dejó en obras de ficción posteriores tenía su origen en el buen gusto de Lelsie Stevens y Joseph Stefano a la hora de tomar inspiración para su criatura.




Esta edición limitada (sólo 1000 copias) en dvd ideada meticulosamente por el equipo de L’Atelier 13 incluye, como previamente habíamos apuntado, los dieciséis episodios iniciales de la temporada 1, básicamente la mitad de la misma, repartidos en cuatro discos. Con una destacable calidad de imagen y sonido (sólo en V.O) y los pertinentes subtítulos la experiencia de ver The Outer Limits por parte del espectador español no puede ser más satisfactoria en ese sentido. Un quinto dvd incluye la película Incubus, rara avis cinematográfica con fama de maldita escrita y dirigida por el mismo Leslie Stevens en 1966, un año después de la finalización de The Outer Limits, protagonizada por William Shatner, Allison Ames o Eloise Hardt y rodada íntegramente en esperanto, un regalo muy de agradecer dentro del pack. Por último encontramos un libreto de 48 páginas en el que Christian Aguilera, principal impulsor y responsable de esta edición, así como un viejo conocido de la reseña cinematográfica o musical (es el creador de la famosa web Cinearchivo y autor de distintos libros dirigidos a cinéfilos o melómanos) desgrana pormenorizadamente la carrera de Leslie Stevens y Joseph Stefano, analiza en profundidad los dieciséis episodios y ofrece datos importantes sobre la producción de la ya mencionada Incubus. Todo un excelente trabajo que culmina una edición en dvd cuidada hasta el más mínimo detalle para traernos en dvd por primera vez a España una pieza imperecedera de la pequeña pantalla a nivel mundial.