jueves, 30 de noviembre de 2017

Pesadilla Diabólica (Burnt Offerings), house of dark shadows



Título Original Burnt Offerings (1976)
Director Dan Curtis
Guión William F. Nolan y Dan Curtis, basado en la novela de Robert Marasco
Reparto Karen Black, Oliver Reed,  Bette Davis, Burgess Meredith,  Eileen Heckart, Lee Montgomery,  Dub Taylor





Aunque en España es poco conocido Dan Curtis fue uno de los profesionales más famosos de la televisión estadounidense, sobre todo, durante los años 60 y 70. Ideólogo detrás de la mítica soap opera Dark Shadows en la que mezcló drama y terror con el vampiro Bárnabas Collins y su familia como núcleo central del relato Curtis nunca paró de trabajar en el tubo catódico con productos como Trilogía del Terror, Kolchack, Las Cintas de Norliss, El Estrangulador de la Noche o sus propias versiones para la pequeña pantalla de Drácula u Otra Vuelta de Tuerca. Pero Curtis también coqueteó en tres ocasiones con el mundo del largometraje adaptando a la pantalla grande su propia Dark Shadows con las muy reivindicables Sombras en la Oscuridad (House of Dark Shadows) y Una Luz en la Oscuridad (Night of Dark Shadows) o con la producción que se convertiría en una de las más famosas de toda su carrera y de la que hablaremos a continuación.




Burnt Offerings o Pesadilla Diabólica, como se la conoció en España, estaba basada en la novela homónima de Robert Marasco y se estrenó en 1976, tres años después de que el libro viera la luz. Dan Curtis ejerció de director y co guionista acompañado de su habitual colaborador William F. Nolan y el reparto del largometraje estaba formado por Karen Black y Oliver Reed como el matrimonio formado por Marian y Ben Rolf, Lee Montgomery en la piel de Davey, el hijo de la pareja, Bette Davis dando vida Elizabeth Rolf, la anciana tía de Ben, o Burgess Meredith y  Eileen Heckart interpretando a los hermanos Arnold y Roz Allardyce, los inquietantes dueños de la lujosa casa en la que los Rolf pasarán el verano por un alquiler inusualmente bajo y con la única condición de llevar tres comidas diarias al ático de la mansión en el que se encuentra recluida la impedida matriarca de los Allardyce, tarea de la que se ocupará Marian en exclusividad por su propia voluntad.




Aunque es poco conocida fuera de las fronteras americanas Pesadilla Diabólica asentó muchas de las bases de la renovación del subgénero de casas encantadas que en años posteriores construirían producciones que se harían considerablemente más famosas que ella como Terror en Amityville, Al Final de la Escalera (The Changeling) o El Resplandor, la adaptación que Stanley Kubrick realizó de la novela de un Stephen King que seguramente tomó más de una seña de identidad, si no de la película de Dan Curtis, seguramente sí del libro de Robert Marasco, para escribir su icónica historia de la familia Torrance en el Hotel Overlook. Lo que sí es cierto es que este largometraje de 1976 abordó la temática de inmuebles malditos con una intencionalidad atípica, apelando a la sabia idea de que es mucho mejor sugerir que mostrar, eludiendo en todo momento la presencia a lo largo del metraje de fantasmas o entidades extracorporeas para asustar de manera pueril al público, revelándose así como una pieza ejemplar de terror psicológico.




De esta manera Dan Curtis consigue un logro mayúsculo, ir más allá de la idea de convertir la casa de los Allardyce en un personaje más, que ha sido usada en incontables producciones de terror,  convirtiéndola en una entidad viviente, orgánica, que se alimenta de la energía vital de los que en ella habitan haciéndolos enfermar, el caso de la tía Elizabeth, adentrarse en la locura, como sucede con Ben, o ser poseídos, Marion y su obsesión por la mansión y los cuidados de la Señora Allardyce. Curtis y su co guionista William F. Nolan desarrollan con tanta maestría esta conceptualidad narrativa que cuando vemos al personaje de Oliver Reed aterrorizado mientras el edificio "muda su piel" para ir poco a poco convirtiéndose en un emplazamiento cada ves más moderno el espectador no lo percibe como una idea inverosímil o ridícula, sino como una evolución lógica del devenir de acontecimientos de la trama y una muestra más del peligro que los Rolf corren dentro de dicha fortaleza demoníaca.




Como no recurre a ninguna criatura sobrenatural para infundir miedo en el espectador, más allá del perturbador chófer interpretado por Anthony James que atormenta a Ben en sus sueños por culpa de los recuerdos de la muerte de su madre, Dan Curtis construye por medio de su brillante puesta en escena el in crescendo de terror y opresión de Burnt Offerings. Su nunca suficientemente reivindicado uso de la cámara como si de un diabólico demiurgo se tratara, su control de la dirección de fotografía y el diseño de producción para explotar minuciosamente las exiguas pero agradecidas localizaciones de las que dispone y la implicación de un soberbio reparto que lo dio todo para mimetizarse con la historia enfermiza y mórbida que se narraba en el film ayudaron al cineasta a ejecutar secuencias brillantes como la de la piscina entre Ben y Davey, de un impacto físico y psicológico demoledor, la última en la que está implicada el personaje de Bette Davis o esa revelación final con homenaje a Psicosis (Psycho).




Evidentemente todas esas secuencias ejecutadas por el director de Invasores o Dead of Night quedarían reducidas al 20% de su eficacia si no estuvieran interpretadas por un reparto mastodóntico que realiza uno de los trabajos conjuntos más logrados que se ha visto en una película de terror, consiguiendo de este modo una empatía brutal con el espectador que incita a este a implicarse totalmente con las desgracias de los Rolf. Oliver Reed volvía a demostrar en Burnt Offerings que era un animal interpretativo, con una naturalidad que atravesaba la pantalla cuando tenía que interactuar con el resto de personajes y realizando un soberbio trabajo de composición cuando su rol debía adentrarse poco a poco en la locura, dejando grabada a fuego en la retina del que esto firma la aterradora mirada que lanza a su hijo después de agredirlo en la anteriormente citada secuencia de la piscina y en la que la sangre corriendo por su rostro juega un papel vital para añadir más crudeza a dicho pasaje.




Una impresionante Karen Black también sabe externalizar con maestría el influjo al que le somete la casa de los Allardyce, mostrándose como un personaje que se mueve con facilidad entre la ingenuidad, la enfermedad mental y la obsesión malsana a la hora de cuidar de un edificio que poco a poco está acabando con la vida de sus seres más queridos, evitando así asumir la realidad de lo que está aconteciendo delante de sus propios ojos. Pero si el matrimonio Rolf se encuentra en estado de gracia lo que hace una veterana como Bette Davis con su papel de tía vivaracha y de espíritu joven que va enfermando poco a poco hasta convertirse en poco más que un muerto viviente (la escena en la que se le rompen los huesos mientras se retuerce en la cama es bestial) es merecedora de todos los elogios posibles respaldando la teoría de que la actriz de Eva al Desnudo fue una de las mejores, o puede que la mejor, de toda la historia del séptimo arte hasta el final de sus días. 





Un adolescente Lee Montgomery en la piel de Davy, que ya poseía por aquel entonces un extenso bagaje interpretativo en el mundo de la televisión, está a la altura de las circunstancias dando la réplica a los actores de renombre con los que se encontró en Pesadilla Diabólica, destilando una especial química con Oliver Reed (del que tiene muy buen recuerdo, como afirma él mismo en uno de los extras de la excelente edición británica en bluray del film) que se deja notar en no pocas escenas durante el primer tercio de metraje y que se torna en terror mutuo después de que Ben comience a perder la cordura. Por otro lado Burgess Meredith y Eileen Heckart aprovechan al máximo los pocos minutos de metraje que tienen para plantar la semilla de la desconfianza en la platea dando vida a los hermanos Allardyce y por último especial mención a Athony James como el chófer del coche fúnebre, un personaje que debería haberse convertido ya en un icono del cine de terror de los 70 por derecho propio.




Realización técnica, dirección de actores, guión, labor del reparto, decorados, fotografía, todos los apartados de Burnt Offerings bordean la excelencia y aunque en su momento ganó merecidamente en el festival de Sitges del año 1977 los premios a mejor director, actriz y actor para Dan Curtis, Karen Black y Burgess Meredith respectivamente, fue recibida con disparidad de opiniones por la crítica y no mucho entusiasmo por la taquilla en su época de estreno, Por suerte las distintas ediciones en formato doméstico de la obra y su cada vez más amplia horda de fansm entre los que se incluye un servidor, están luchando por hacer justicia para esta Pesadilla Diabólica que al igual que otras piezas de naturaleza similar como La Centinela, de Michael Winner, merece un lugar de honor dentro del mejor cine de terror de la década de los 70 junto a otros clásicos del género a los que la producción de Dan Curtis poco tiene que envidiar.


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