lunes, 15 de noviembre de 2010

Lock & Stock, los chicos del barrio



Título Original: Lock & Stock, and Two Smoking Barrels (1998)
Director: Guy Ritchie
Guión: Guy Ritchie
Actores: Nick Moran, Jason Flemyng, Jason Statham, Dexter Fletcher, Steven MacKintosh, Frank Harper, Lenny McLean, Vinnie Jones, Sting, P.H. Moriarty


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No fue ningún camino de rosas la gestación de la ópera prima del británico Guy Ritchie, Lock & Stock, and Two Smoking Barrels. La obra comenzó a dar problemas cuando tan sólo era un guión lioso y lleno de faltas ortográficas que pasaba de productora en productora negándose todas ellas a fincanciarlo y llevarlo a imágenes. Con una pre producción de más de una año, actores que se implicaron en el proyecto para más tarde dar marcha atrás, un presupuesto que en principio era bastante considerable y que finalmente se quedó en el justo para una cinta independiente y demás desventuras dieron muchos problemas para llevar a buen puerto el rodaje del largometraje.




Cuando por fin se encontró financiación, un reparto acorde aunque de semidesconocidos y el mismo Ritchie se implicó a la hora de llevar él como director el que era su guión a la pantalla grande, llegó el estreno y el éxito desorbitado en el Reino Unido. La película reventó la taquilla, agradó mucho a la crítica, puso de moda su reparto, su estética, la banda sonora, dio pie a una breve serie de televisión y situó en la palestra a Ritchie, un tipo salido de la nada que tocó el cielo con su primer largometraje como guionista y director. En Estados Unidos el éxito no fue tan bestial, pero gracias al respaldo de Tom Cruise (amigo de la productora principal del film) la cinta se hizo un nombre, recaudó cierto dinero y agradó a la prensa especializada al otro lado del charco.




Lock & Stock es cine de mafiosos sobre el submundo del hampa con genuino sabor inglés. Pero también es una reformulación en tono de comedia de discursos de autores como Martin Scorsese o Quentin Tarantino. Guy Ritchie sigue la estela generacional de productos como Trainspotting de Danny Boyle, pero en un tono mucho más ligero, apelando a la broma continua y los personajes entrañablemente canallas, pero rara vez odiosos. Ni siquiera se regodea en la violencia o la muestra de manera explícita, ya que al director de Revolver lo que realmente le interesa es el ritual, la parafernalia que antecede y prepara esa violencia y los resultados humorísticos consecuentes de su aplicación.




Guy Ritchie se crió en los bajos fondos londinenses, estuvo metido en todo tipo de chanchullos en su juventud y los conoce perfectamente. De ahí que les guarde especial cariño a sus criaturas y rara vez los sancione o juzgue severamente, como mucho les da una pequeña reprimenda, como en la conclusión de la obra que nos ocupa. En parte es lógico, porque el tipo sabe escribir con mucho estilo personajes, que si bien no escapan del cliché y el maniqueísmo (siguen siendo estereotipos), sí destilan el suficiente carisma como para empatizar con el espectador.




En Lock & Stock hay un excelente reparto en el que sobresalen Jason Statham que debutaba como actor, el ex futbolista Vinnie Jones, por aquel entonces recién salido del trullo, que tuvo en parte acojonado a todo el equipo técnico (mítica la escena de la puerta del coche), Vas Blackwood inmenso como Rory Breaker. Dexter Fletcher, Nick Moran y Jason Flemyng dando el tono moderadamente serio a la trama o el fallecido Lenny McLean como Barry "the Baptist". La estética y los trajes de los protagonistas crearon tendencia entre diseñadores de moda que copiaron su manera de vestir y estilo en desfiles y programas de televisión.




Con Lock & Stock Guy Ritchie puso en escena su estilo de dirección. Color sepia en la fotografía, distintos tipos de trucajes, ralenticaciones o aceleración de imagen dependiendo la escena, movimientos compulsivos de cámara. Es indudable que su visión es deudora de la publicidad y el mundo del videoclip, pero el tipo sabe cuando debe insertar efectismos en las escenas y el montaje y no se excede con ello (la cosa cambiaría con la posterior y aún genial Snatch, donde abusaría un poco más de este tipo de realización), Lo cierto es que su trabajo detrás de la cámara es acorde con la clase de historia que narra, divertida, ligera y superficial.




Lock & Stock es una de las películas más taquilleras de Inglaterra, supuso un sleeper que pocos se esperaban, a día de hoy no ha perdido empaque y sigue siendo jodidamente divertida. Guy Ritchie optó por repetir esta fórmula en obras como Snatch o Rockanrolla, a hacer experimentos con menos éxito (Revolver), a estrellarse al ponerse al servicio de su por aquel entonces esposa (hoy ex marido) con Swept Away o dar su visión sobre Skerlock Holmes inspirada en el cómic de Lionel Wigram. A mí me gusta más su veriente gamberra, barriobajera y modesta, la que nos ocupa y de la que seguiré hablando comentando en un futuro el resto de su filmografía.



domingo, 14 de noviembre de 2010

El Tiempo del Lobo, la otra cara del fin del mundo



Título Original: Wolfzeit/Le Temps Du Loup (2005)
Director: Michael Haneke
Guión: Michael Haneke
Actores: Isabelle Huppert, Béatrice Dalle, Patrice Chéreau, Rona Hartner, Maurice Bénichou, Olivier Gourmet


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La mirada del austriaco Michael Haneke siempre me ha parecido harto interesante. El suyo es un discurso seco y quirúrgico sobre las bajezas del ser humano y ha ofrecido en muchas ocasiones productos complejos y nada complacientes con los que psicoanalizar zonas oscuras de nuestra propia personalidad. Pero su mayor problema estriba en la superioridad intelectual y moral en la que se suele acomodar a la hora de hacer cine, muchas veces mirando por encima del hombro al espectador. Véase el caso de la por otro lado, muy conseguida, Funny Games en cualquiera de sus dos versiones.




El Tiempo del Lobo es, en cierta manera, un film menor dentro del grueso de la obra de Haneke, pero no por ello deja de ser un proyecto interesante y con varios aciertos. Con esta producción el austriaco quiso dar una visión distinta del cine de catástrofes habitual, forjando una historia que se centra totalmente en las vivencias de los personajes y dejando de lado la espectacularidad y los hechos (que ni siquiera se explican abiertamente) sobre como ha llegado esa sociedad a tan lamentable situación.




Haneke comienza su film con un tono parecido a Funny Games, para después centrarlo en sólo tres personajes, el interpretado por Isabelle Huppert y los que dan vida a sus dos hijos. La primera parte del largometraje trata de como esta familia trata de sobrevivir sin medio alguno y sin recibir ninguna ayuda de sus conciudadanos. Más tarde se les une un chico desconocido y algo arisco (posteriormente clave en el devenir de la trama) para finalmente encontrar una estación de tren abandonada en la que se unirán a una comuna de personas que tratan de vivir como buenamente pueden administrando los pocos víveres que tienen.





El director de Caché se sirve de este pequeño microcosmos para, desde una naturalidad inusual, hablarnos de personas que deben sobrevivir en situaciones extremas y padeciendo una precariedad sólo comparable a la experimentada en época de guerra. Apelando al humanismo y moderando su toque seco y en ocasiones cruel, realiza una visión certera sobre cómo afrontaría una sociedad acomodada de cualquier país (nunca se especifica donde tienen lugar los hechos) la llegada de un holocausto a nivel global, mostrando las bajezas, buenas y malas intenciones, traiciones y sufrimiento físico y moral a los que se llegaría en condiciones tan insalubres.




Le Temps de Loup
supone otra muesca en el revolver de este autor tan incómodo como necesario en el celuloide de nuestro continente en particular y en el cine mundial en general. En esta, su película número ocho, muestra un control magistral de la puesta en escena y paradójicamente arranca belleza de escenas que en principio no dejan vislumbrarla. Esa sabia utilización de la profundidad de campo con un acertado uso del fuego en las tomas, la escena del entierro en el que el plano solo muestra los pies de los actores o esa parte final, en la que una vez más el austriaco nos señala con su dedo acusador situándonos dentro de ese tren que una y otra vez pasa de largo ante la desgracia de los protagonistas del film.



sábado, 13 de noviembre de 2010

La Maldición del Escorpión de Jade, de Madagascar a Constantinopla



Título Original: The Curse of the Jade Scorpion (2001)
Director: Woody Allen
Guión: Woody Allen
Actores: Woody Allen, Helen Hunt, Dan Aykroyd, Charlize Theron, Brian Markinson, Wallace Shawn, David Ogden Stiers, Elizabeth Berkley, John Doumanian, Philip Levy





Siempre es un placer para un servidor ponerse delante de una pantalla a ver una obra de Woody Allen. No sólo porque es uno de los mejores autores que ha dado la historia del cine o porque sus seguidores todos los años tengamos nuestra ración de su celuloide, sino porque rara vez decepciona. Sus films, unos gustan más y otros menos, pero siempre entretienen y ofrecen algo interesante. Pero lo que ya es una gratísima sorpresa es enfrentarse a uno de sus largometrajes supuestamente del montón y encontrar una comedia de altísimo nivel, com el caso que nos ocupa, el de La Maldición del Escorpión de Jade (The Curse of the Jade Scorpion)




Woody Allen siempre ha tenido una deuda con el humor del gran Billy Wilder (del que ha tomado desde sus inicios algunos conceptos y su maestría con los diálogos) y con La Maldición del Escorpión de Jade la salda con creces. Esta producción de 2001 es un homenaje con todas las letras a la obra del director de obras como, Sabrina o Con Faldas a lo Loco (Some Like it Hot). Su referente más claro sería El Apartamento, de la que toma la lucidez de su guión, algunas características del protagonista que lo emparentan al C.C. Dexter al que diera vida Jack Lemmon, pero con más mala baba, y la mirada ácida sobre las relaciones entre hombres y mujeres.




Es curioso lo que puede dar de sí Allen con un guión tan sencillo como el que nos ocupa. Como puede introducir un insultante número de gags efectivos en sesión continua (juro que desde el minuto uno, con lo del Picasso, ya me estaba carcajeando), como puede sacar tanta punta al manido tema de la guerra de sexos o introducir diálogos frescos, ácidos, sobre adulterio, sexualidad, robos, agencias de seguros, policías o detectives. Haciendo un uso magistral de la dirección artística, la fotografía y los encuadres pretendidamente envueltos en un tono clasicista.




Es una pena que actualmente esté pasando Helen Hunt una mala época, porque es la mejor partener cómica que ha tenido Allen en la pantalla desde Diane Keaton, más o menos. Es increíble la química que destilan los dos actores, con esas batallas dialécticas entre los dos, ese odio y recelo que finalmente acaba tornando en atracción, destacar en este apartado las geniales descripciones de las supuestas muertes que hace el personaje de Hunt sobre el de Allen. Del resto del reparto mencionar a una explosiva Charlize Theron en el rol de femme fatale y a Dan Aykroyd reverdeciendo laureles de mejores épocas pasadas dentro de su alicaída carrera.




La Maldición del Escorpión de Jade es la mejor película de Allen de las cuatro que le produjo la Dreamworks de Steven Spielberg y una de las más conseguidas dentro de su filmografía durante la pasada década. Un producto 100% obra de su autor, pero deudor de otras épocas, otros largometrajes, otra manera de hacer cine que se perdió en un tiempo en el que Hollywood era la fábrica de los sueños, no de las pesadillas que nos regala, fin de semana sí, fin de semana también, en la actualidad.


viernes, 12 de noviembre de 2010

Manderlay, cuarenta acres y una mula


Título Original:
Manderlay (2005)
Director: Lars Von Trier
Guión: Lars Von Trier
Actores: Bryce Dallas Howard, Isaach De Bankolé, Danny Glover, Willem Dafoe, Michael Biteboul, Lauren Bacall, Jean-Marc Barr, Geoffrey Bateman, Virgile Bramley, Ruben Brinkman

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"Con mi próxima película voy a conseguir algo imposible. Poner de acuerdo al KKK y a la gente de raza negra para ponerse en mi contra". Estas fueron (más o menos) las palabras del danés Lars Von Trier, ese autor que cuando quiere es un bocazas y con sus declaraciones da más risa y vergüenza ajena que otra cosa, durante la pre producción de Manderlay. Segunda entrega de su trilogía titulada América, Tierra de Oportunidades, que se inició en 2003 con esa genial y muy arriesgada propuesta llamada Dogville y que terminará, sabe dios cuándo, con esa última parte de la que sólo sabemos a ciencia cierta su título. Wasington, escrito sin h.




Dogville era un puñetazo directo a la boca del estómago de la falsa moral y el fariseismo del país de las barras y estrellas. Von Trier, que en verdad no ha pisado aquellas tierras ni por casualidad por su miedo a volar más que por otra cosa, realizó con aquella producción un tratado sobre como América y muchas de sus gentes, desde tiempos ancestrales, se muestran como lobos con piel de cordero que tarde o temprano muestran unas fauces que muerden, cercenan y arrancan todo lo que se les pone por delante. Aunque pocos supieron ver que en verdad el danés hablaba de la sociedad occidental en general, no sólo la norteamericana.




Para ello cometió un muy meritorio suicidio artístico y construyó una atípica puesta en escena (rodando en formato digital), puramente teatral, la sombra de Beltor Bretch y Samuel Beckett era notable a lo largo de todo el metraje, en la que eliminaba toda construcción arquitectónica de decorados apelando en su lugar a trazos de tiza en los suelos de lo que se veía claramanete que era un estudio que se hacía pasar por una comunidad vecinal, una pequeña aldea de la América profunda en la época de la gran depresión habitada por todo tipo de personas con las que daba a parar un inmensa y entregada Nicole Kidman.




Con Manderlay, Von Trier no deja de meter el dedo en la llaga y aunque le vemos venir de lejos y el factor sorpresa de su propuesta entregado en Dogville ha desaparecido con respecto a aquella, vuelve a sorprendernos y a, en ocasiones, hacer que nos retorzamos en la butaca. Si Dogville hablaba de el lado más oscuro de la América oculta, Manderlay hace un tratado nada complaciente y de poca corrección política sobre el segregacionismo que aún imperaba en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX.




El director de El Elemento del Crimen nos habla de un tema tan complicado como la esclavitud del hombre negro desde un atípico y muy interesante punto de vista. No el del blanco que fustiga y defenestra a su sirviente reduciéndolo a poco más que un animal, sino desde la mirada del grupo de esclavos que al perder a su amo se niegan a ser libres porque no han conocido otra vida que no esté regida por la servidumbre, la marginalidad, la opresión y sobre todo, por el terror que les infunde a ellos (y a casi todo americano desde tiempos inmemoriales) enfrentarse a lo desconocido, lo diferente.




Von Trier nos habla de una raza que por aquel entonces al no haber conocido una vida mejor alejada de la esclavitud prefiere no luchar por sus derechos y permanecer en un estado que no quieren abandonar tanto por comprensible egoísmo, como por un tipo de extraña y masoquista comodidad dentro de lo inhumano. Todo este entramado se potencia argumentalmente cuando entra escena el personaje de Grace, esta vez interpretada de manera muy competente por la guapa (aunque desnuda pierde bastante, como se ve en la escena de sexo) Bryce Dallas Howard.




En Manderlay se confirma algo que ya se apuntó en Dogville. Grace no es realmente una buena samaritana o una mujer completamente convencida de cuales son los problemas que asolan la sociedad en la que le ha tocado vivir, más que nada porque no los conoce en toda su complejidad. Es más bien una niña caprichosa con ínfulas de rebelde (a la relación con su padre me remito) que quiere hacer y deshacer a su antojo, incluso utilizando la fuerza, aunque en ocasiones sus intenciones sean buenas. Ella es la muestra palpable de aquella ácida e incómoda teoría buñueliana de que la caridad mal entendida o indebidamente aplicada es un futilidad del todo inane.




Pero claro, Von Trier no da puntada sin hilo y queda claro cual es la intención oculta dentro de la estructura argumental de Manderlay. El danés crea un notorio y acertado paralelismo, puede que algo forzado, sí, pero dando en la diana, entre la precaria situación anterior de los habitantes de Manderlay, la bienintencionada pero innecesaria intervención de Grace y el posterior caos instaurado en la localidad por su culpa que hace palidecer el ya de por sí penoso estado en el que malvivían antes, con el actual Iraq y el cambió social y político que sufrió en 2003 tras la injustificada campaña bélica que Estados Unidos inició en aquel, aún hoy, país de ambiente irrespirable.




El bueno de Lars, ese engreído y antipático danés encantado de conocerse, volvió a dar lecciones de buen y arriesgado cine con Manderlay. Consiguiendo crear otro fresco sobre el lado más oscuro de nuestra sociedad que acierta de pleno a la hora de transmitir un mensaje que pone en entredicho temas como la diferencia de clases, la democracia, la aplicación de la pena de muerte el sometimiento humano y las secuelas tanto físicas como psicológicas que el mismo puede quemar a fuego en cualquier ser viviente, con sus debilidades y virtudes. A la espera de esa Wasington me quedo, obra con la que seguro que este señor la va a liar parda, no me cabe duda... o sí.


Código 46, amor y soledad más allá de la distopía


Título Original:
Code 46 (2003)
Director: Michael Winterbottom
Guión: Frank Cottrell Boyce
Actores: Tim Robbins, Samantha Morton, Om Puri, Jeanne Balibar, Togo Igawa, Essie Davis, Nina Fogg, Bruno Lastra, Emil Marwa, Nabil Massad




Con su película número once, el inglés Michael Winterbottom no quiso hacer una obra de ciencia ficción. No hay en Código 46 una visión futurista de carácter distópico, ni se retrata a las grandes multinacionales como monstruosidades burocráticas que roban la privacidad de las personas de a pie. Pero sí las muestra como unas entidades que vigilan y en cierto modo coartan las libertades a los protagonistas de esta historia (la sombra de Orwell es alargada) aunque finalmente todo quede reducido a una obra que oculta detrás de excelentes decorados y calles futuristas nada más y nada menos que una certera y sincera historia romántica.




Los rostros aniñados de unos excelentes y entregados Tim Robbins y Samantha Morton dan forma a una pareja de enamorados en un terreno hostil que saben que jamás acabarán juntos. Pero como en toda buena historia de amor lucharán para llevar a buen puerto su relación personal que es expuesta con una belleza primorosa por el director. Como muestra la primera escena de sexo entre María y William, que es de una candidez casi extraterrenal y envuelta en una pureza casi palpable. No así la segunda, que comienza casi mejor que la anterior con ese precioso plano de pubis femenino, pero todo se va al traste por el abuso de la cámara subjetiva.




Winterbottom, ese autor arriesgado que se mueve (casi siempre) como pez en el agua en todo tipo de cintas y géneros de manera indiscriminada, realiza un perfeccionista trabajo, sobre todo en el apartado visual del proyecto. Aunando con un virtuosismo apabullante imágenes y la magnífica música de David Holmes. En el resultado final se ven fogonazos de las mejores escenas de una de sus obras más completas, Wonderland, y por suerte nada de las descarnadas pulsiones sexuales de su correcta, pero un tanto pedante, I Want You.




El guión de Frank Cottrell Boyce (habitual de Winterbottom y escritor de la novela en que se basó el guión de la fallida Millones de Danny Boyle, que es también obra suya) es acertado y de una solidez considerable. Teniendo uno de sus mayores virtudes en el uso por parte de los personajes de una especie de idioma basado lejanamente en el esperanto que enriquece los diálogos del libreto y da un toque exótico a la relación personal entre los protagonistas que parece situada en una extraña pero atrayente tierra de nadie con una interesante mezcla de etnias y estratos sociales.




Finalmente y en resumidas cuentas Code 46 es una muy interesante y bien resuelta obra. Si bien es cierto que la visión futurista de Winterbottom es algo aséptica, clínica y fría, diseccionada la misma con notable gelidez, todo se llena de calidez, humanidad y sentimientos a flor de piel gracias a la creíble historia romántica de los personajes principales,.Relación que se mueve con pericia y exquisito gusto entre el amor a primera vista, el incesto, el miedo y el terror a la soledad de dos almas perdidas en un futuro Shangai.


miércoles, 10 de noviembre de 2010

Reencarnación, barridos por la marea



Título Original: Birth (2004)
Director: Jonathan Glazer
Guión: Jean Claude Carriere, Milo Addica & Jonathan Glazer
Actores: Nicole Kidman, Lauren Bacall, Cameron Bright, Danny Huston, Arliss Howard, Anne Heche, Peter Stormare


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El británico Jonathan Glazer es uno de los más reputados directores de videoclips y publicidad que existe en la actualidad. A él le debemos trabajos memorables para grupos como Unkle o Radiohead así como comerciales para Sony o Levis (mi anuncio publicitario favorito de todos los tiempos). En todos estos productos podemos ver una poderosa concepción de la imagen, una utilización puramente cinematográfica del ritmo narrativo y un lírico look visual siempre potenciado por una música que enfatiza el acabado formal que lo sustenta.




En en el año 2000 nuestro director dio el salto al largometraje con su ópera prima, Sexy Beast. El debut tras las cámaras de Glazer era un inusual film sobre mafiosos protagonizado por un inspiradísimo y acojonante (¡y estamos hablando de Gandhi!) Ben Kingsley acompañado de un Ray Winston que empezaba a darse a conocer fuera de Inglaterra. El producto contenía momentos brillantes, una realización ajustada y una dirección de actores muy competente. Pero a Glazer le salía a relucir en demasiadas ocasiones el videoclipero que llevaba dentro y fallaba finalmente por no cementar debidamente un guión, potencialmente soberbio, además de por incluir disparates como lo del conejo. Aunque admito que la vi hace años y que le debo una revisión. Seguramente en la actualidad gane puntos.




La segunda película de Glazer se llamó Birth estaba protagonizada por una Nicole Kidman que tenía las espaldas bien cubiertas por un excelente reparto de secundarios entre los que se pueden ver caras como las de Lauren Bacall, Anne Heche, Peter Stormare (atípicamente contenido y por ello genial), Arliss Howard o la del joven Cameron Bright. El film fue recibido con tibieza, incluso con sorna en el festival de Venecia de 2004. Se vendió como la polémica película en la que Nicole Kidman se enamoraba de un niño y se metía desnuda en una bañera con él. Mentes cerradas que no veían nada más allá de sus propias narices o que querían sepultar una obra cinematográfica que no comprendían o valoraban, por un par de escenas, que estaba claro que ni siquiera entendían.




Reencarnación se inicia con un punto de partida anclado en la más absoluta sencillez (un niño desconocido aparece en la vida de una mujer diciéndole que es su marido fallecido 10 años antes) para trazar posteriormente un complejo tratado sobre muchos temas, pero sobre todo haciendo especial hincapié en el origen de la emoción humana. Glazer construye un drama atípico, lírico, con un tono en ocasiones hasta etéreo sobre una mujer que tras pasar una década tratando de cicatrizar una herida producida por la desaparación del hombre al que amaba, iniciando una nueva relación íntima con otra persona y con una vida que le sonríe, ve como todo su status quo se derrumba por la irrupción de un crío que hace tambalear todo su mundo aparentemente intocable.




En Sexy Beast, Glazer se acercaba a Martin Scorsese, Guy Ritchie y los hermanos Coen. En cambio, y acertando de pleno, en Birth se cobija bajo Ingmar Bergman y sobre todo Stanley Kubrick. Nada queda en esta obra de ese estilo visual forzado y efectista deudor del videoclip. La cámara es suntuosamente poderosa y los encuadres cristalinos, pero las tomas son cadenciosas, armónicas, haciendo un uso magistral de los paisajes nevados en los exteriores y de colores apagados, pero paradójicamente cálidos, en los interiores.




El británico está más seguro de sus dotes como creador, no necesita fuegos de artificio para relatar una historia con inicio, nudo y desenlace y ofrece una clase magistral de composición narrativa, con momentos brillantes tales como el plano secuencia del inicio, acariciado por la maravillosa partitura de Alexandre Desplat, la escena de la ópera (de la que hablaré más tarde al referirme al trabajo de Nicole Kidman), la de la primera aparición de Sean durante el cumpleaños o la final que cierra el film.




Aunque la obra nos narra como una mujer añora con tanta fuerza al hombre de su vida como para creer firmemente en la convicción de que ha, de alguna manera, renacido en el interior de un niño de 10 años, Birth nos habla también de otros temas. Para mí el más interesante es ver como un núcleo familiar, situado en un nivel social burgués, con unas convicciones estrictas y una educación férrea es totalmente desestabilizado por las palabras y la presencia física de un pequeño y misterioso infante.




El retrato sobre las clases acomodadas que hace la segunda cinta de Jonathan Glazer es inmisericorde, pero ese análisis está llevado con tanta elegancia y sutilidad que puede que el espectador poco avispado ni lo perciba. Por ello no es casualidad encontrar acreditado como guionista al reivindicable Jean Claude Carriere, habitual colaborador del gran Luis Buñuel en su etapa francesa, serie de films en los que el de Calanda era más ácido y crítico con las clases aposentadas.




Con respecto a esto que último que comento, es cristalinamente esclarecedora la escena del trío de cuerda interpretando una pieza para todos los invitados que desemboca en el tan comprensible como pueril arrebato de ira del personaje de Joseph (magistral Danny Huston) hacia el del pequeño e irritante Sean. Escena en la que Glazer y sus co guionistas nos dejan ver que esos mismos miembros de una sociedad que brinda con champán, va a deleitarse con obras de Wagner en anfiteatros o que se codea con la jet set no puede huir de sus bajos instintos y del ridículo, porque son tan o más humanos que cualquiera de nosotros. Personas al fin y al cabo.




En la época en la que Nicole Kidman intervino en Reencarnación llevaba una racha de excelentes labores interpretativas, poco antes de que el botox le quitara gran parte de la expresividad la australiana nos deleitó con trabajos de composición como el que nos ocupa. Ella lleva todo el peso de la trama, sobre sus hombros recaen todo el dramatismo contenido de la obra, su entrega es la que hace que si una sola persona piensa en la palabra pedofilia viendo las escenas que comparte con Cameron Bright la misma tiene que hacérselo ver urgentemente.




Porque la protagonista de Eyes Wide Shut transmite claramente que no se enamora de un cuerpo, sino que sus emociones van mucho más allá del plano físico. Que la sombra del que fue su marido no la abandonó del todo a lo largo de esos 10 años en los que intentó crear una vida nueva alejada de aquel recuerdo. Para no olvidar, la ya comentada escena en la ópera resuelta con un primer plano de 4 minutos en el que la actriz aguanta estoicamente el encuadre transmitiendo una veracidad descarnada o la de la bañera en la que se revela todo. Con afirmar que la señora están tan genial como para hacer que yo me olvide que lleva en la cabeza una horripilante peluca, lo digo todo.




Ya en su momento me pareció un buen film cuyo tibio recibimiento no alcanzaba a comprender. La revisión me ha confirmado que es un excelente drama, una propuesta nada complaciente, extraña y sobre todo certera. Pero es posible que no esté hecha para todo tipo de público, por ser una obra arriesgada formalmente que huye de todo intento por satisfacer a un espectador conformista. Yo la considero una pieza a revalorizar, llena de aciertos y momentos portentosos. Como esa conclusión, con aquel regreso al lugar donde todo comenzó, con ese matrimonio que nace roto, ese hombre desconsolado e impotente, esa mujer deshecha y esas olas barriéndolo todo a su paso, menos los recuerdos de una vida pasada que parece no querer perderse en la inmensidad del mar.



martes, 9 de noviembre de 2010

Asalto al Distrito 13, bring me the head of Marion Bishop



Título Original: Assault on Precinct 13 (2005)
Director: Jean François Richet
Guión: James DeMonaco basado en personajes creados por John Carpenter
Actores: Laurence Fishburne, Ethan Hawke, Maria Bello, Drea de Matteo, John Leguizamo, Aisha Hinds, Gabriel Byrne, Brian Dennehy, Fulvio Cecere, Kim Coates


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En el año 2005 llegó otro, en principio, innecesario remake de una cinta de culto de los 70, Asalto a la Comisaria del Distrito 13 (Assault on Precinct 13), el segundo largometraje detrás de la cámara de ese gran autor llamado John Carpenter, que contra todo pronóstico resulta ser un producto solvente, adecuado, bien acabado y ejecutado con cierta garra. Todo gracias a un guión con un mínimo de entidad propia, que no trata de calcar el de la obra original (aunque sí respetarlo) y una dirección muy sólida por parte del efectivo realizador francés Jean François Richet.




Si bien John Carpenter al hacer su excelente versión de 1976 se reflejaba en su idolatrado Howard Hawkes y más concretamente en Río Bravo, Richet no abandona el tono de western, pero para él su referente más claro es Sam Peckinpah y su obra magna Grupo Salvaje (The Wild Bunch). Pero tampoco oculta el director de État Des Lieux su afición por el policíaco setentero de gente como John Frankenheimer, Sidney Lumet o William Friedkin e incluso se permite introducir algún ramalazo del cine urbano surgido en Francia durante los 90 impulsado por él y compatriotas suyos como Mathieu Kassovitz. Véase para ello la escena de Ethan Hawke delante de espejo, que remite directamente a la de Vincet Cassel en El Odio (La Haine).




Assault on Precinct 13 versión 2005 es ejemplo perfecto de como rodar un film con nervio, agresividad, haciendo un buen uso de los movimientos de cámara y el montaje sin caer en lo efectista y falsario. A Richet se lo nota que ha vivido en barrios marginales y peligrosos. Su violencia es seca, directa pero nunca excesiva o sensacionalista. Desde el primer minuto pone las cartas sobre la mesa y nos expone el hecho de que va a ofrecernos un thriller tenso y claustrofóbico, pero apelando principalmente por una construcción narrativa lógica y un retrato de personajes que se aleje del cliché, algo que también hacía Carpenter en la obra original. Cinta en la que la línea que separaba la heroicidad de la villanía quedaba casi totalmente difuminada.




A pesar de que la estructura es la misma que la de la versión original, hay suficientes cambios como para que el espectador se dé cuenta de que los autores del proyecto tienen algo nuevo que ofrecer a la platea con respecto a aquella. Para empezar, se cambia el calor asfxiante del film de Carpenter por el gélido clima de la noche de fin de año. Seguidamente, si en la película del director de Starman la mayoría del armamento utilizado por los asaltantes tenía un tono clasicista que lo acercaba con acierto al western, en la producción de Richet se utiliza sabiamente tecnología punta por parte del enemigo exterior, para marcar distancias y el relevo generacional que supone.




Por último y más importante, destacar el mayor acierto para un servidor. En la primera película el asedio estaba llevado a cabo por un grupo de vengativos criminales sin rostro que se comportaban como zombies. En la segunda, la que nos ocupa, lo ejecutan un grupo de policías corruptos con sed de sangre, ofreciendo el guión una lectura nada halagüeña sobre las fuerzas de la ley americanas. Teoría políticamente incorrecta (la de cuestionar el sistema, la autoridad y los poderes fácticos en general) que es una de las características más notorias del discurso de John Carpenter como director y que aquí se erige como el mejor y más acertado homenaje que se realiza hacia su persona.




Como es lógico a pesar de su impecable acabado, la profesionalidad con la que está ejecutada en el apartado técnico (e incluso el artístico, con un plantel de correctos intérpretes) el film de Jean Fraçois Richet no supera ni de lejos a la sucia, descarnada y polvorienta puesta en escena del largometraje original del director de La Cosa. Pero sirve como digna revisión y homenaje a aquella obra, por el hecho encomiable de poseer muchos más aciertos que fallos y no vender su alma al Hollywood mas chafardero y artificioso. Incluso puede tildarse de ser una obra que siendo vista sin saberse que es un remake ofrece un planteamiento muy original y sobre todo 109 minutos de buen thriller americano con aroma europeo.