martes, 9 de noviembre de 2010

Asalto al Distrito 13, bring me the head of Marion Bishop



Título Original: Assault on Precinct 13 (2005)
Director: Jean François Richet
Guión: James DeMonaco basado en personajes creados por John Carpenter
Actores: Laurence Fishburne, Ethan Hawke, Maria Bello, Drea de Matteo, John Leguizamo, Aisha Hinds, Gabriel Byrne, Brian Dennehy, Fulvio Cecere, Kim Coates


Trailer


En el año 2005 llegó otro, en principio, innecesario remake de una cinta de culto de los 70, Asalto a la Comisaria del Distrito 13 (Assault on Precinct 13), el segundo largometraje detrás de la cámara de ese gran autor llamado John Carpenter, que contra todo pronóstico resulta ser un producto solvente, adecuado, bien acabado y ejecutado con cierta garra. Todo gracias a un guión con un mínimo de entidad propia, que no trata de calcar el de la obra original (aunque sí respetarlo) y una dirección muy sólida por parte del efectivo realizador francés Jean François Richet.




Si bien John Carpenter al hacer su excelente versión de 1976 se reflejaba en su idolatrado Howard Hawkes y más concretamente en Río Bravo, Richet no abandona el tono de western, pero para él su referente más claro es Sam Peckinpah y su obra magna Grupo Salvaje (The Wild Bunch). Pero tampoco oculta el director de État Des Lieux su afición por el policíaco setentero de gente como John Frankenheimer, Sidney Lumet o William Friedkin e incluso se permite introducir algún ramalazo del cine urbano surgido en Francia durante los 90 impulsado por él y compatriotas suyos como Mathieu Kassovitz. Véase para ello la escena de Ethan Hawke delante de espejo, que remite directamente a la de Vincet Cassel en El Odio (La Haine).




Assault on Precinct 13 versión 2005 es ejemplo perfecto de como rodar un film con nervio, agresividad, haciendo un buen uso de los movimientos de cámara y el montaje sin caer en lo efectista y falsario. A Richet se lo nota que ha vivido en barrios marginales y peligrosos. Su violencia es seca, directa pero nunca excesiva o sensacionalista. Desde el primer minuto pone las cartas sobre la mesa y nos expone el hecho de que va a ofrecernos un thriller tenso y claustrofóbico, pero apelando principalmente por una construcción narrativa lógica y un retrato de personajes que se aleje del cliché, algo que también hacía Carpenter en la obra original. Cinta en la que la línea que separaba la heroicidad de la villanía quedaba casi totalmente difuminada.




A pesar de que la estructura es la misma que la de la versión original, hay suficientes cambios como para que el espectador se dé cuenta de que los autores del proyecto tienen algo nuevo que ofrecer a la platea con respecto a aquella. Para empezar, se cambia el calor asfxiante del film de Carpenter por el gélido clima de la noche de fin de año. Seguidamente, si en la película del director de Starman la mayoría del armamento utilizado por los asaltantes tenía un tono clasicista que lo acercaba con acierto al western, en la producción de Richet se utiliza sabiamente tecnología punta por parte del enemigo exterior, para marcar distancias y el relevo generacional que supone.




Por último y más importante, destacar el mayor acierto para un servidor. En la primera película el asedio estaba llevado a cabo por un grupo de vengativos criminales sin rostro que se comportaban como zombies. En la segunda, la que nos ocupa, lo ejecutan un grupo de policías corruptos con sed de sangre, ofreciendo el guión una lectura nada halagüeña sobre las fuerzas de la ley americanas. Teoría políticamente incorrecta (la de cuestionar el sistema, la autoridad y los poderes fácticos en general) que es una de las características más notorias del discurso de John Carpenter como director y que aquí se erige como el mejor y más acertado homenaje que se realiza hacia su persona.




Como es lógico a pesar de su impecable acabado, la profesionalidad con la que está ejecutada en el apartado técnico (e incluso el artístico, con un plantel de correctos intérpretes) el film de Jean Fraçois Richet no supera ni de lejos a la sucia, descarnada y polvorienta puesta en escena del largometraje original del director de La Cosa. Pero sirve como digna revisión y homenaje a aquella obra, por el hecho encomiable de poseer muchos más aciertos que fallos y no vender su alma al Hollywood mas chafardero y artificioso. Incluso puede tildarse de ser una obra que siendo vista sin saberse que es un remake ofrece un planteamiento muy original y sobre todo 109 minutos de buen thriller americano con aroma europeo.



lunes, 8 de noviembre de 2010

La Red Social, el curioso caso de Mark Zuckerberg



Título Original: The Social Network (2010)
Director: David Fincher
Guión: Aaron Sorkin basado en la novela de Ben Mezrich
Actores: Jesse Eisenberg, Andrew Garfield, Justin Timberlake, Armie Hammer, Joseph Mazzello, Max Minghella, Rashida Jones, Brenda Song, Rooney Mara, Malese Jow





David Fincher se ha erigido más de una vez como cronista de la juventud de una época. Lo hizo con la mal llamada generación X en aquella genialidad titulada El Club de la Lucha en las postrimerías del siglo XX y ahora, lo hace con la siguiente, la criada delante de un monitor de ordenador, a inicios de la segunda década del nuevo milenio y con una madurez como autor que ya la quisieran muchos de los talentos habituales de Hollywood. Pero no con una obra maestra o un clásico instantáneo como se aventuran a afirmar algunos personajes de la prensa especializada, sino con una película efectiva y entretenida, que no es poco, pero tampoco tanto.




The Social Network narra con distintos tipos de flashbacks todo el entramado creativo y posteriormente legal de la creación de Facebook, la red social más grande del mundo, con más de 500 millones de usuarios en todo el globo, siguiendo los pasos de su creador e impulsor Mark Zuckerberg. Con esta obra de lo que el espectador seguidor de David Fincher (sí, soy uno de ellos) se da principalmente cuenta es de su asentamiento formal como un verdadero autor cinematográfico, por varios y distintos motivos que ahora paso a exponer.




Para empezar y en el plano más estilístico es un hecho que Fincher desde más o menos Zodiac ha evolucionado en su manera de tratar la dirección cinematográfica. El tratamiento visual que el director de Alien 3 siempre aplicaba a sus trabajos con una concepción entre muy efectiva e innecesariamente caprichosa del acabado de sus productos ha dejado paso a un control más elaborado del encuadre, más sólido, la cámara ya no se mueve, lo que toma movimiento es lo que hay dentro del plano. Su dirección al igual que en la decepcionante pero de bastante interés El Curioso Caso de Benjamin Button se nota más segura, con un tono más clásico y meditado.




Pongamos un ejemplo. Hace diez años en la escena en la que Andrew Garfield escribe el algoritmo en la ventana Fincher hubiera atravesado el cristal con un zoom digital para luego marcarse un primerísimo plano del rotulador por medio de los CGI enfatizando el sonido que hace la punta al escribir. En cambio sólo hace un ligero travelling para acercarse a las letras desde la parte exterior de la habitación. Tenía miedo yo al enfrentarme con una película como La Red Social y con un director como el de Seven detrás de la cámara a encontrarme algún innecesario plano del interior de los cables de cobre al ser enviado un correo electrónico a un destinatario o algo parecido.




Nada más alejado de la realidad. Fincher amolda su estética (que no su discurso, que está muy bien solidificado a estas alturas) a los productos a los que tiene que dar forma y con ello muestra una encomiable evolución como cineasta que no sólo no se repite sino que mejora con los años. Su visión ya no abusa de movimientos de cámara imposibles, montajes sincopados y planos que abusan de los FX, porque no lo necesita y porque los proyectos en los que trabaja no los demandan. El caso contrario es La Habitación del Pánico, película fallida que explotaba innecesariamente una estética que si bien en El Club de la Lucha o The Game era adecuada, en la cinta protagonizada por Jodie Foster quedaba chirriante y descompensada con el relato que narraba, que pedía a gritos otro tipo de realización.




El otro punto (más importante aún) es que Fincher ha conseguido una proeza nada fácil que le honra. Darle la vuelta a uno de sus mayores fallos y convertirlo, al menos en este caso, en una gran virtud. Fincher al igual que Stanley Kubrick, Michael Haneke, David Cronenberg o Christopher Nolan es un director muy cerebral y en su obra rara vez hace una mínima concesión a los sentimientos o la profundidad emocional, incluso cuando lo ha intentado no lo ha conseguido del todo, como sucedió en su ya mencionado anterior film. Me es imposible empatizar con personaje alguno de The Social Network, todos me parecen unos snobs superficiales sin calado, amantes exacerbados del vil metal y que no transmiten sensación alguna a través de la pantalla.




Pero ese es el mayor acierto y el triunfo más destacable de la octava película de David Fincher. El americano está dando forma al retrato de una generación profundamente alienada, condescendiente, inerte y casi carente de valores o verdaderas aspiraciones. Por eso es de agradecerle que retrate los personajes desde la distancia y el análisis no condenatorio, pero exponiéndolos en la pantalla como autómatas uniformemente planos que no anhelan otra cosa que enriquecerse monetariamente y vivir en el lujo sin implicación emocional alguna. Nota aparte para el apunte genial que supone que el cantante Justin Timberlake de vida a Sean Parker, creador de Napster.




Fincher no siente simpatía por sus criaturas, pero tampoco las detesta, más bien le son indiferentes y gracias a ello las disecciona como un frío cirujano y las muestra como son. Tal y como podemos ver en el personaje protagonista realizado con atípica entereza por un muy correcto Jesse Eisenberg que muestra que Mark Zuckerberger no es nada más y nada menos que un nerd tan inteligente para las finanzas y la tecnología como inepto para las relaciones personales. En resumidas cuentas, el creador de Facebook, si realmente es como se retrata aquí, no cabe duda que tiene todas las papeletas para ser tildado como un genio, pero también de gilipollas integral.




Junto a la segura dirección de Fincher el otro punto fuerte del largometraje es el enriquecedor y muy trabajado guión de Aaron Sorkin, creador de series como Al Este de la Casa Blanca o escritor de films como Algunos Hombres Buenos o La Guerra de Charlie Wilson. Sorkin teje perfectamente la estructura, facilita copiosa información para el espectador y ensambla con agilidad los distintos tiempos del producto, por no decir que sus diálogos son rápidos y tienen ritmo. Ahora, la manida comparación con Ciudadano Kane me da vergüenza ajena. En caso afirmativo lo sería por la estructura (en relevancia cinematográfica es que me da miedo el simple hecho de afrontar que alguien piense que son parecidas) pero si no fuera por ese final a lo Rosebud yo creo que pocos captarían la semejanza con el clásico de Orson Welles.




The Social Network funciona como película entretenida e inteligente y sobre todo como un paso adelante de David Fincher, un creador con un verdadero nombre dentro del cine actual que madura y enriquece su discurso autoral. Pero ni es una obra maestra, ni una genialidad, ni tan incisiva como la quieren vender. Es el acertado fresco de una época, un film en cierta manera generacional sobre la avaricia, el rencor y la incomunicación de una generación hermética formada por jóvenes que sin ser conscientes de ello se encuentran hastiados y desubicados en una sociedad como la actual, paradójicamente, más distante y gélida que ellos mismos.


miércoles, 3 de noviembre de 2010

La Matanza de Texas III, oxidado retorno al pasado



Título Original: Leatherface, The Texas Chainsaw Massacre III (1990)
Director: Jeff Bur
Guión: David J. Schow
Actores: Kate Hodge, Ken Foree, Viggo Mortensen, R.A. Mihailoff, William Butler, Joe Unger, Tom Everett, Miriam Byrd-Nethery, Jennifer Banko, David Cloud




Cuatro años después de la primera secuela llegó la también innecesaria tercera parte. Lo mejor que puedo decir de La Matanza de Texas III es que está a años luz de la segunda entrega, pero aquella era tan horrenda que esto no es ni siquiera un halago o una virtud. Su director Jeff Bur y el guionista David J Schow inteligentemente obvian por completo todo lo acontecido en la nefasta segunda parte y se centran en repetir las constantes del primer film, pero de mala manera y con mucha torpeza.




La Matanza de Texas III recupera en parte el tono austero y seco de la primera parte y huye totalmente de la ¿ironía? de la segunda entrega, aunque hay un cameo de la actriz Caroline Williams a modo de homenaje. Para ello sus máximos responsables evitan poner roles exagerados o paródicos y vuelven utilizar como carnaza a personajes hasta cierto punto creíbles que sirven como desvalidas víctimas para la familia de matarifes. Pero nada tiene consistencia, hay una total carencia de personalidad por parte de los autores, no hay un verdadero intento por crear una historia sólida que aporte algo a la saga o destaque en manera alguna.




Se les agradece a Jeff Bur y David J. Schow incluir referencias a al primer film de Tobe Hooper, pero las mismas no tiene justificación, están metidas con calzador y pecan de forzadas. Sólo sirven como apunte curioso de naturaleza caprichosa. También hay una enorme metida de pata cuando hacen que la familia acepte de buena gana ciertos aparatos electrónicos que simbolizan un progreso del que siempre habían renegado, ya que ahí estaba gran parte del poso del film inicial, la negativa por parte de este núcleo familiar ante cualquier avance tecnológico procedente de una sociedad que les era ajena y a la que no querían pertenecer, precisamente porque solían devorarla.




Pocos aciertos reales hay en La Matanza de Texas III. Si acaso la inclusión por primera vez de personajes femeninos en la familia, que en cada película está formada por miembros distintos, contando también una niña pequeña, a la que retratan con acertada morbidez; ver al gran Ken Foree dando vida a un simpático secundario o a Viggo Mortensen en sus inicios hacer el ridículo con mandil, labios y uñas pintadas, haciendo de "cocinera" de la familia o algún apunte del argumento que más tarde de nuevo tomaría Rob Zombie para su díptico de la familia Firefly. Lo más destacado, conceptualmente, sigue siendo ese respeto por la primera parte, respeto que ni el mismo Tobe Hooper tuvo consigo mismo cuando hizo la primera secuela.




La Matanza de Texas III es un producto de usar y tirar para pasar el rato una noche en la que no se tenga nada mejor que ver o hacer. A pesar de querer ser consecuente con su principal referente no consigue nunca tomar entidad y se antoja dispersa y poco acertada. Seguiré con la cuarta y vapuleada entrega así como con el remake y su precuela, que a mí particularmente me gustan bastante y, desde mi punto de vista, respetan más la esencia de la cinta pionera de 1974 que cualquiera de las secuelas de la saga original que yo haya visto hasta ahora.


martes, 2 de noviembre de 2010

Sleepy Hollow



Título Original: Sleepy Hollow (1999)
Director: Tim Burton
Guión: Kevin Yagher y Andrew Kevin Walker basado en la novela de Washington Irving
Actores: Johnny Depp, Christina Ricci, Miranda Richardson, Michael Gambon, Casper Van Dien, Jeffrey Jones, Christopher Walken, Michael Gough, Lisa Marie, Ian Mcdiarmid





Sleepy Hollow es para un servidor una de las cumbres del americano Tim Burton como director y una de las últimas muestras de genialidad cinematográfica que ha regalado al gran público. Es curioso como el cineasta de Mars Attacks! fue capaz de llegar a tan altas cotas de profesionalidad con un proyecto ajeno a él, que le fue designado de rebote y por encargo. Supuso la tercera colaboración del realizador con su actor fetiche y compatriota Johnny Depp y un considerable éxito de taquilla que la crítica también recibió de buena gana en gran parte del globo.




La obra está basada en el relato literario del escritor americano Washington irving, que ya conoció en 1949 una magistral adaptación animada por parte de la Disney llamada La Leyenda de Sleepy Hollow dirigida por Clyde Geronimi y Jack Kinney. Del guión de la cinta que nos ocupa en esta entrada se encargaron Kevin Yagher (personaje muy implicado en el proyecto) y Andrew Kevin Walker, autor de los libretos de cintas como Seven o Asesinato en 8 mm. El trabajo de escritura del film es realmente sólido, el guión no tiene fisuras y lleva por muy buen camino toda la intrincada trama de traiciones, intrigas y herencias.




Al igual que otros casos en los que un autor cinematográfico con una personalidad definida se ha encontrado con un proyecto de encargo que parece hecho a su medida y que casualmente contiene muchas de sus características como cineasta (me viene a la cabeza ahora mismo el remake de La Mosca de Kurt Neumann que hizo David Cronenberg en 1987) Sleepy Hollow es un producto que contiene la mayoría de las inquietudes artísticas de Tim Burton como creador. Como nota curiosa decir que uno de los productores ejecutivos del film es Francis Ford Coppola y el mismo Burton no lo supo hasta que no vio los créditos de inicio de la película una vez estrenada.




Burton está exultante en el plano técnico del film, mejor que nunca. Haciendo un uso magistral de la colocación de la cámara, la música de Danny Elfman, los efectos digitales, la iluminación tenebrista llena de juegos de luces y sombras sensacionales, el diseño de producción y sobre todo la maravillosa dirección artística de corte tétricamente gótico obra de Rick Heinrichs y Peter Young, que ganaron el Oscar por su trabajo aquí. Gracias al tipo de plasticidad del que hace uso el largometraje, el director de Ed Wood consigue de nuevo homenajear a sus influencias de siempre.




Los monstruos de la Universal surgidos en los años 30 (la escena del molino es una clara referencia al Frankenstein de James Whale), las producciones de la Hammer films (Chirstopher Lee y su cameo como juez) y los films de terror surgidos de la cámara de Roger Corman, como se puede ver en el flashback del personaje de Lisa Marie confinada la doncella de hierro, que remite, por la situación, el artilugio de tortura y el mismo rostro de la actriz, que es muy parecido al de la mítica Barbara Steele, a El Péndulo de la Muerte (The Pit and the Pendulum) basada en el relato de Edgar Allan Poe, autor, curiosamente, de la obra escrita que supone la mayor inspiración literaria en el imaginario burtoniano.




Del extenso reparto de secundarios, en su mayoría británico, no destaca nadie sobre los demás a pesar de que en él podemos encontrar a grandes nombres como Miranda Richardson, Jeffrey Jones o Michael Gambon. El trabajo más elaborado es lógicamente el de Johnny Depp, que a pesar de mostrar claramente que se inspiró en el actor inglés Roddy McDowall para su rol, también deja entrever algún toque del Dale Cooper al que diera vida Kyle McLachclan en Twin Peaks. Christina Ricci está elegante y contenida, pero su química con Depp es inexistente, casi nula, a pesar de que interactúan bien cuando comparten encuadre. Pero mi favorito es Christopher Walken como el germano, él lleva toda la violencia estilizada y muy bien ejecutada del largometraje.




Sleepy Hollow no sólo me parece una de las mejores piezas salidas del taller fílmico de Tim Burton junto a Ed Wood (insuperable), Big Fish o Eduardo Manostijeras, es también ese tipo de obra que me envuelve y me hace meterme en ella de lleno, consiguiendo imbuirme en esa atmósfera oscura y peligrosa que casi puedo hasta oler, porque es mi tipo de cine al 100% y el suyo es uno de mis visionados indispensables en la festividad de Halloween. Es una pena que a día de hoy Tim Burton haya sido devorado por su propio estilo y reputación, por no decir que lleva años entregándonos trabajos a medios gas que están sepultando su buen nombre como personalísimo cineasta que en su momento consiguió algo casi inalcanzable para cualquier director que empieza desde lo más bajo. Formar parte de Hollywood sin perder su voz autoral.


lunes, 1 de noviembre de 2010

La Historia Interminable, retazos de un mundo llamado Fantasía



Título Original: The Neverending Story/Die unendliche Geschichte (1984)
Director: Wolfgang Petersen
Guión: Herman Weigel & Wolfgang Petersen basado en la novela de Michael Ende
Actores: Barret Oliver, Noah Hathaway, Moses Gunn, Tami Stronach, Patricia Hayes, Sydney Bromley


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Los dos libros más destacados del célebre escritor alemán Michael Ende fueron Momo, que también conocío adaptaciones cinematográficas en imagen real y animación, y La Historia Interminable, que trasladó a celuloide su compatriota Wolfgang Petersen, director que venía de hacer su ópera prima, Das Boot, un film diametralmente opuesto y con toda posibilidad la cinta bélica más famosa de la historia del cine cuya trama esté localizada en el interior de un submarino.




El film fue un éxito y su visionado marcó a una generación entera de espectadores, por aquel entonces aún niños que veían una y otra vez la cinta para hartura y cansancio de sus progenitores. No he leído la novela homónima de Ende, de modo que sólo voy a analizar el film en el plano estrictamente cinematográfico (porque dada mi situación no puedo hacerlo de otra manera) y avisando de antemano que la semana pasada, más o menos, lo vi por primera vez de manera íntegra, a pesar de haberla visto a trozos en numerosas ocasiones por televisión.




Cuando vi La Historia Interminable no pude evitar pensar que es una película muy dirigida al público infantil y que posiblemente la adaptación que hace de la novela original se haya dulcificado o suavizado para agradar dicho tipo de espectador. El guión de Petersen y Herman Weigel parece no tener una estructura sólida, es hasta cierto punto cáotico. Todo comienza con la brusca introducción que hace la trama en el mundo fantástico del libro, que se antoja forzada o poco desarrollada. Más tarde ese mundo llamado Fantasía, no parece un cohesionado todo, un universo completo en toda su extensión, sino pequeños oasis con cierto tono de ensoñación que no funcionan como un un microcosmos fílmico.



También es cierto que el holgado presupuesto, para la época, del que dispuso el director de En La Linea de Fuego se lo debío gastar en ir de putas. Porque el diseño de producción no es nada del otro mundo si lo comparamos con producciones de la misma época que eran incluso más modestas, sirvan como ejemplo las producciones de Terry Gilliam durante aquella década. Alguna criatura mágica, localizaciones no muy aparatosas, algunas más conseguidas que otras pero todo se antoja en pantalla como trozos inacabados de lo que pudo ser un universo único que no consigue tomar forma en pantalla a pesar de la magnética presencia de personajes tan entrañables como Fuyur, Falkor o la cándida belleza de la emperatriz infantil.




Puedo comprender que a día de hoy se considere una obra de culto y que llene de nostalgia y gratos recuerdos a los niños hoy adultos que la vieron en su infancia. Incluso percibo facilmente que late dentro de ella un maravilloso mensaje sobre el fascinante acto de la lectura y la infinita riqueza que produce la misma existencia de la literatura. Pero como film no le veo demasiados hallazgos más allá de ser un entretenido proyecto hecho con mucho mimo y profesionalidad, que no es poco, pero productos coetáneos suyos y de una temática similar como Lady Halcón, Legend, Los Héroes del Tiempo (Time Bandits) o Willow me parecen obras mucho más logradas y que han aguantado mejor el paso de los años



Posesión Infernal, within the woods


Título Original: The Evil Dead (1981)
Director: Sam Raimi
Guión: Sam Raimi
Actores: Bruce Campbell, Ellen Sandweiss, Betsy Baker, Hal Delrich, Sarah York





Corría el año 1981 y un director primerizo de 22 años llamado Sam Raimi debutaba en la dirección de largometrajes tras haber realizado varios cortos en Super 8. El film, de manera atípica, se estrenó a la vez en cine y vídeo casero. El éxito fue rotundo, sobre todo en el formato doméstico, pero la cinta causó una bestial polémica por su alto contenido violento y sangriento que la adscribía indudablemente en el subgénero gore americano. Llegando a ser vetada en muchas salas y videoclubs, incluso demandada en Reino Unido, país al que tuvo que desplazarse el mismo director para declarar en un juicio que se llevó acabo contra su largometraje que encabezaba la inefable lista Video Nasties, en la que se aglutinaban las películas más supuestamente desagradables de la épóca.




Hablo como es lógico de Posesión Infernal (The Evil Dead). La ópera prima de Sam Raimi es conocida hoy, de justa manera, como una obra de culto dentro del cine gore en particular y en el de terror en general. Un producto que sirve como claro ejemplo de que por muy escueto que sea el presupuesto de un largometraje, si sus autores tienen inventiva e imaginación el resultado puede ser sorprendentemente sólido y rompedor. Ya que el proyecto se rodó con medios irrisorios, actores no profesionales, localizaciones prestadas y un equipo técnico que no tenía experiencia más allá de haber rodado algún trabajo amateur.




La trama es sencilla. Cinco amigos se dirigen a una casa abandonada en el bosque a pasar una noche agradable y allí encontrarán un extraño libro, el Necronomicon o Libro de los Muertos, en clara alusión al escritor norteamericano H.P. Lovecraft, y un magnetófono que liberará a los demonios ocultos en aquellos bosques. El argumento está mil veces visto y no nos cuenta nada que no nos hubieran narrado previamente y de manera parecida autores italianos como Mario Bava, Lucio Fulci, Dario Argento o Umberto Lenzi. Es más, Raimi bebe un poco de todos ellos y de Tobe Hooper, por supuesto. Pero el poso de originalidad se encuentra en la amalgama perfecta entre terror puro y un humor de corte negrísimo que de tan exagerado hace al espectador prorumpir en nerviosa carcajada.




Sam Raimi convierte en aliado el handycap que supone el paupérrimo diseño de producción del proyecto, haciendo un uso maniático y esquizofrénico del montaje, la iluminación y sobre todo la cámara. Utilizando todo tipo de tomas y angulaciones con el fin de dar un tono de locura y endemoniada bestialidad al conjunto, que si bien no es del todo necesario, queda perfectamente ensamblado en la escueta, pero desbarrada, puesta en escena de la obra. Dicho look visual se acentuaría en la secuela, Terroríficamente Muertos (The Evil Dead II), llegando incluso en ocasiones al slapstick, pero eso se comentará en otro momento y otra entrada, cuando hable del resto de la trilogía.




El argumento es un fino hilo que se sustenta a duras penas en las muy trabajadas, artesanales y deliciosamente repulsivas escenas gore (de las que incitan a la repulsión, no a la risa) y en el devenir de desgracias que experimentan los personajes. Interpretados estos por actores mediocres el líneas generales, aunque todos ellos devorados por ese grande entre los grandes, que aquí sólo empezaba a labrar su mítica carrera dentro del cine de terror, Bruce Campbell, metiéndose por primera vez en la piel de Ashley J. Williams. El protagonista total de esta trilogía que se convertiría con el tiempo en todo un icono del cine de serie B y a la que el interprete volvería una y otra vez tanto en la pantalla grande como en la pequeña.




Posesión Infernal (Evil Dead), la primera entrega de la saga al menos, se consolidó como una cinta maldita a la que, por poner un ejemplo, en España era muy difícil acceder hasta que no se editó la edición en dvd al reestrenarse la obra en cines allá por el hoy lejano año 2002. Un producto que en su origen hizo correr ríos de tinta por la supuesta demencia y crueldad desatada de sus autores, cuando la obra no es nada más y nada menos que una cinta de terror con toques de humor negro, que reincide en situaciones exageradas haciendo una oda al acto de desmembrar a familiares o allegados y a apalear indiscriminadamente a endemoniados con preocupantes e indiscriminados instintos homicidas.




Después vinieron dos secuelas. La primera, que ya he mencionado previamente, era más un remake que una segunda parte, más blanda, pero también más paródica y divertida y una tercera parte, El Ejército de las Tinieblas (The Evil Dead III: Army of Darkness), que abandonada definitivamente el terror y el gore, adentrándose en el cine de aventuras medievales, con referencias al gran Ray Harrihausen. Más tarde llegaron un remake, una serie de televisión, juguetes, videojuegos, cómics, plagios, parodias y un musical. Pero todo empezó con la cinta que aquí comento, largometraje que dejó como obra su huella en las piezas de autores tan dispares como Eli Roth, Jaume Blagueró, Drew Goddard y Paco Plaza o Lars Von Trier y en el recuerdo de millones de aficionados a este subgénero, como el que esto suscribe.


Buried



Título Original: Buried (2010)
Director: Rodrigo Cortés
Guión: Chris Sparling
Actores: Ryan Reynolds


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Arriesgada y admirable propuesta la que nos ofrece el gallego Rodrigo Cortés con su segundo largometraje, tras su ópera prima Concursante. Con aspiraciones internacionales a pesar de que el 95% del equipo técnico es español, este joven director realiza un triple salto mortal y un (en parte) suicidio artístico a la hora de abordar durante 98 minutos el encierro de un sólo personaje dentro de un ataúd de madera y su intento desesperado por escapar de tan trágica situación con los pocos medios que tiene a su disposición.




Cortés consigue un trabajo de nota al sacar un provecho magistral de una localización insultantemente limitada, con distintos tipos de travellings, objetivos, trucajes y planos de toda clase, dando entereza a la narración en su apartado visual con un control portentoso de la cámara. Uso imaginativo del look visual del producto necesario para no hastiar al espectador con una trama que abordada de otra manera podría pecar de repetitiva, dado lo limitado de su producción y las escasas posibilidades estéticas que permite tener a un sólo actor encerrado en una caja que mide unos dos metros de largo y uno de ancho.




Mucho se ha hablado de las reminiscencias hitchcockianas que tiene Buried, lo cierto es que sí, existen, es un hecho desde esos créditos a lo Saul Bass, pero no serían las más ortodoxas de las que se alimenta la cinta, ya que yo al menos veo más ecos de la serie catódica Alfred Hitchcock Presenta... que de las obras cinematográficas del director británico. Aunque si hay una referencia clara para el film esa es literaria, la del escritor americano Edgar Allan Poe, sobre todo el relato Entierro Prematuro, que adaptaría elegantemente a imágenes Roger Corman en La Obsesión.




El guión de Chris Sparling es el segundo de los tres pilares (el último lo comento después, pero es fácil descifrarlo) en el que se sustenta Buried. Es para mí un acierto situar la acción en la guerra de Iraq e incluir en la trama todo lo de los insurgentes y los problemas burocráticos y políticos para los que una sola persona no vale nada, aunque el algún momento con los temas de la familia se roce lo sentimientaloide, pero es un resorte dramático bastante necesario para enriquecer la historia y darle un poso de seriedad. También es cierto que si no se hubiera dado explicación alguna de porqué el personaje ha sido confinado en la caja, la historia seguiría funcionando, pero su desarrollo hubiera sido mucho más costoso, desde el punto de vista de la escritura.




La tercera base en la que se sustenta el film es el excelente y entregadísimo trabajo que hace el canadiense Ryan Reynolds en el que se revela como el mejor papel de su más bien mediocre carrera. El protagonista de La Morada del Miedo realiza un soberbio tuor de fource unipersonal en el que consigue transmitir la claustrofobia, locura, tragedia e impotencia del rol empatizando al 100% con un espectador que espera con ahínco hasta el último minuto que consiga salir con vida de la extrema situación en la que se encuentra. Matizando toda la gama de estados psicológicos por los que pasa su personaje, consigue no sólo salir airoso del envite, sino ofrecer una excelente clase de interpretación.




Buried es una experiencia cinematográfica enriquecedora que en cierta manera marca un punto importante dentro de nuestro cine. Rodrigo Cortés da una clase magistral de suspense, transmitiendo la claustrofobia, la asfixia y el extremismo físco y psicológico de su criatura. Hay algunas licencias que no son del todo correctas y pasajes innecesarios que alargan innecesariamente el metraje, como el de la serpiente. Pero todos quedan sepultados (qué chispa tengo) por las múltiples virtudes, naturaleza desafiante y acabado portentoso de este trabajo que pone en escena internacional a un muy prometedor director patrio. Ahora me toca ver su alabada y poco conocida ópera prima.