Título OriginalThe New Mutants(2020) DirectorJosh Boone Guión Josh Boone, Knate Lee, basado en el cómic de Chris Claremont y Bill Sienkiewicz Reparto Anya Taylor-Joy, Maisie Williams, Charlie Heaton, Henry Zaga, Blu Hunt, Alice Braga, Adam Beach, Thomas Kee, Colbi Gannett, Happy Anderson, Dustin Ceithamer
La primera formación de los Nuevos Mutantes nació en Marvel Graphic Novel # 4 con guión del gran Chris Claremont y dibujo del no menos enorme Bob McLeod, artifices ambos dos de diseñar a este grupo de jóvenes Hijos del Átomo. Ya protagonizando su propia cabecera y después del paso de dos pesos pesados como el ya citado Bob McLeod y Sal Buscema un joven ilustrador llamado Bill Sienkiewicz se encargó del apartado artístico de la colección que trasladaría las ideas narrativas de Claremont a las viñetas. Mencionar que un autor tan revolucionario y rompedor como Sienkiewicz dio un giro radical a The New Mutants es una obviedad por todos conocida y que su trabajo, teóricamente, iba a reducirse a un único arco de tres números tampoco es ningún secreto. Lo que posiblemente no todo el mundo sepa es que esa historia en concreto, La Saga del Oso Místico, era la que el cineasta Josh Boone y el guionista Knate Lee presentaron a 20th Century Fox cuando la productora encargó a ambos llevar a imagen real las aventuras de dichos personajes. Al hacernos responsables del noticiario semanal de cine y series de Zona Negativa mi compañero Sergio Fernández Atienza y un servidor hemos sido testigos de la cantidad de veces que Los Nuevos Mutantes ha visto pospuesta su fecha de estreno por culpa de motivos tan variopintos como la compra de 20th Century Fox por parte de Disney o la pandemia a nivel mundial causada por el Covid-19. Rumores de reshoots o su posible incorporación a plataformas como Disney + e incluso Amazon Prime Video sin pasar por cines colgaron al film de Josh Boone el inevitable y poco agradable apelativo de “proyecto maldito” hasta que finalmente el pasado 26 del presente mes de agosto la obra por fin pudo ver la luz en multisalas europeas, haciendo lo propio dos días después en las estadounidenses.
Tres años después de la finalización de su rodaje por fin hemos podido ver el cierre de la franquicia cinematográfica de los homo superiors inaugurada hace exactamente 20 años con aquella ya lejana X-Men (Bryan Singer, 2000) constando de siete películas de la Patrulla X, tres de Lobezno y dos de Deadpool. De manera que por fin tenemos esta primera y seguramente ultima aventura protagonizada por Magik/Illyana Rasputin, Danielle Moonstar/Espejismo, Rahne Sinclair/Loba Venenosa, Bala de Cañón/Sam Guthrie y Mancha Solar/Roberto da Costa interpretados por Anya Taylor-Joy (Múltiple), Blu Hunt (Otra Vida), Maisie Williams (Juego de Tronos), Charlie Heaton (Stranger Things) y Henry Zaga (Cleptómanas) respectivamente, a los que suma Alice Braga (Predators) como la Doctora Reyes. De manera totalmente lógica, después de tantas idas y venidas o la supuesta incorporación de actores (Antonio Banderas, Rosario Dawson) a la película después de haber terminado el rodaje de la misma con los ya consabidos reshoots que finalmente no se han incorporado al corte final, inevitablemente un proyecto como Los Nuevos Mutantes iba a despertar la desconfianza de gran parte del fandom. Nosotros que ya hemos podido ver el film afirmamos que, sin ser una obra destacable, sí posee los suficientes aciertos como para ser considerada una pieza muy recomendable.
Como previamente hemos apuntado Josh Boone y Knate Lee toman como punto de partida La Saga del Oso Místico, con las esperables licencias respecto a la historia, y también nos ofrecen contrapartidas de los personajes de los cómics originales que respetan el espíritu de los mismos, pero están bastante alejados de ellos en cualquier otro aspecto. Con respecto a los protagonistas ciertamente es donde Los Nuevos Mutantes encuentra su mayor fortaleza ya que los dos guionistas dedican bastante tiempo a diseccionar, en la medida que permite lo que no deja de ser un blockbuster facturado en el seno de Hollywood, la psicología fracturada y los traumas personales que definen los perfiles de los protagonistas. Todo potenciado gracias a un reparto muy acertado en líneas generales en el que destaca una soberbia Anya Taylor-Joy como Illyana Rasputin exhalando descaro, carisma y esa maldad que sólo esconde fragilidad. De hecho la actriz de Glass o La Bruja lo hace tan bien y con tanto desparpajo que en ocasiones pareciera como si levantara el pie del acelerador para no dejar a sus compañeros poco más que las migajas. Con todo el resto del casting, en el que también incluimos a Alice Braga, cumple sobradamente con su cometido de resultar creíbles, empáticos y, paradójicamente, humanos de cara al patio de butacas.
Los trailers no engañaban a nadie, si Los Nuevos Mutantes se adscribe a algún género concreto sería más al de terror que a la acción, la aventura o la ciencia ficción más identificable con el cine protagonizado por superhéroes nacidos de la viñeta, y de esta manera Josh Boone es bastante fiel al tono oscuro que Chris Claremont y Bill Sienkiewicz insuflaron a la colección en general y al arco de La Saga del Oso Místico en particular. Algo a lo que también apuntaban los adelantos que pudimos ver de la película es que, más allá de dedicarle algunas referencias u homenajes, Los Nuevos Mutantes es un remake no oficial de Pesadilla en Elm Street 3: Los Guerreros del Sueño, la mejor secuela de la saga protagonizada por Freddy Kureger, aderezado con explicitas, y en ocasiones hasta machaconas, referencias a Buffy Cazavampiros, serie de sempiterna presencia en el televisor de la sala común que los personajes ven en sesión continua en dvd con imágenes de dos episodios icónicos de la producción de Joss Whedon, The Body y Hush, creando paralelismos con situaciones que tendrán lugar más tarde en la trama de la película. Esta mixtura referencial es muy adecuada con el tono dual del largometraje entre el terror y el relato adolescente.
Después de años de espera desde que finalizara su rodaje en 2017, retrasos y una serie de catastróficas desdichas por fin hemos podido disfrutar de The New Mutants. No una gran película, tampoco la debacle que aventurábamos no pocos fans, pero sí una necesaria rara avis dentro del celuloide superheróico, no sólo capaz de transitar por caminos poco comunes dentro del tipo de cine al que se adscribe, sino también la primera obra de la vertiente más comercial del subgénero que incluye de manera explícita una relación LGTBIQ muy bien perfilada y con una notable carga dramática. Por el camino encontramos a una Magik memorable, unos personajes cercanos y hasta cierto punto entrañables, un dosificado uso del CGI con un diseño bastante deudor del trazo alambicado e imposible del gran Bill Sienkiewicz y un sabor agridulce agradeciendo que la franquicia mutante finalice con un producto dejando en evidencia a aquel desastre llamado X-Men: Fénix Oscura y lamentando que, de manera más que probable, Disney rechace dar una continuación a una cinta tan interesante y meritoria si los números de taquilla no son lo suficientemente elevados como para que la todopoderosa compañía se planteen dar continuidad a esta Los Nuevos Mutantes por la que merece la pena acercarse a unas multisalas muy necesitadas de espectadores.
Título OriginalX-Men: Dark Phoenix(2019) DirectorSimon Kinberg GuiónSimon Kinberg, basado en los cómics de Chris Claremont y Johm Byrne RepartoSophie Turner, Jessica Chastain, James McAvoy, Jennifer Lawrence, Michael Fassbender, Nicholas Hoult, Tye Sheridan, Alexandra Shipp, Kodi Smit-McPhee
Después de un interminable sucesión de contratiempos de distinta índole el pasado 7 de junio X-Men: Fénix Oscura llegaba a las carteleras estadounidense y española. Desde la sustitución de Bryan Singer por Simon Kinberg debido a los problemas profesionales y personales relacionados con el primero la cuarta entrega del reinicio de la saga cinematográfica mutante ideada por 20th Century Fox hace casi veinte años sólo ha ido encontrando obstáculos en su camino. Pero también sería una necedad negar que desde su mismo génesis el proyecto estaba abocado, puede que no al fracaso, pero sí a la indiferencia o la irrelevancia. Se antojaba extraño y errático realizar una segunda adaptación cinematográfica de la mítica Saga de Fénix Oscura teniendo en cuenta que en la polémica X-Men: La Decisión Final ya había sido llevada a imagen real. Que el mismo Simon Kinberg fuera el guionista de aquella tercera película podría anticipar la idea por su parte de debutar como director siendo más fiel a lo que quería plasmar en aquel film realizado por Brett Ratner, pero eso también anticiparía la naturaleza caprichosa del proyecto. Una vez tomada la decisión el seguidor de la franquicia esperaría que esta nueva versión fuera más fiel a los cómics o al menos mejor que aquella de 2006. Por desgracia no ha sido el caso y ya podemos confirmar la presente como la entrega más floja de la saga central en pantalla grande de los homo superior.
Como ya hemos aventurado y delata su título X-Men: Fénix Oscura adapta el célebre arco argumental escrito por Chris Claremont y dibujado por John Byrne en 1980 dentro de la colección Uncanny X-Men, abarcando del número 129 al 138 de la misma. Afirmar que es una traslación de dicha historia a imagen real se antoja una simple formalidad, porque lo que Simon Kinberg ha extrapolado a la pantalla grande toma su planteamiento y punto de partida para después alejarse de manera gradual a lo que aconteció en las viñetas, dando como resultado un relato fallido en prácticamente todos sus aspectos. La infidelidad a las viñetas no tiene que ser motivo para que el largometraje carezca de calidad o buen hacer cinematográfico, pero desgraciadamente este es un caso en el que, más allá del respeto por el material en el que se basa, los desaciertos y carencias se apoderan del conjunto del proyecto. Fallos en los que trataremos de ahondar a continuación para ofrecer una visión amplia de la obra y los motivos por los que ha sido un fracaso de crítica o público y por extensión una despedida tan decepcionante como agria para los mutantes.
Las mayores carencias de X-Men: Fénix Oscura residen en su caótico y, aparentemente, manoseado guión. No sabemos si alguien intercedió en la labor de escritura en solitario por parte de Simon Kinberg, pero es un desastre a prácticamente todos los niveles. Aunque en su arranque la historia discurre sin demasiadas estridencias y el planteamiento inicial del conflicto tiene potencial, su desarrollo es atropellado, incoherente, superficial y está resuelto pobremente. A pesar de los esfuerzos de Sophie Turner la transformación de Jean Grey en Fénix o el subtexto sobre liberación sexual que subyace debajo, muy presente en la saga en viñetas original, no rasca más que en la superficie. A ello habría que sumar un encadenado de decisiones arbitrarias y desafortunadas cuando el film ejecuta su primer giro de guión. A partir de ese momento se desencadena la hecatombe con situaciones pueriles pésimamente expuestas, personajes entrando y saliendo de la trama sin ofrecerse explicaciones convincentes que lo justifiquen y un cierre totalmente anticlimático e indigno, no ya sólo para la cinta, sino para la etapa iniciada con la soberbia X-Men: Primera Generación en particular y la saga cinematográfica de los Hijos del Átomo en general.
Pero la mayor gravedad del libreto reside en su triste retrato de personajes. Aunque hemos llegado a ver versiones más egocéntricas y reprobables de Charles Xavier en los cómics, como el de la etapa de Astonishing X-Men de Joss Whedon y John Cassaday, la vergonzosa descaracterización a la que someten al personaje de James Mcavoy de X-Men: Apocalipsis a esta última entrega es la más penosa que recuerdo en años. El hombre decente, altruista, entregado a los demás y su causa pacífica vira en un ser superficial, megalómano y temerario que sólo la dignidad del actor de Glass salva del mayor de los ridículos, aunque con la famosa escena de las escaleras llegue a bordear los límites de la vergüenza ajena, no por su culpa, sino por la de Kinberg como guionista al plantear situación tan extravagante. Si a eso sumamos la villana interpretada, como buenamente puede, por Jessica Chastain, una de los más unidimensionales, sonrojantes e intrascendentes del cine de superhéroes reciente coronamos una galería de roles en su mayoría apocados, desubicados o protagonizando arcos dramáticos del todo insostenibles, así como incongruentes con los planteados, con mucho más acierto, en las anteriores entregas.
En cambio no puedo eludir mencionar lo bien facturada técnicamente que me ha resultado esta X-Men: Fénix Oscura, único apartado en el que sus responsables han realizado profesionalmente su labor. No sabría decir si las secuencias de acción de la obra han recaído en la segunda unidad dirigida por la veterana Ashley Bell (Watchmen, Star Trek: Más Allá, Godzilla), pero en caso contrario Simon Kinberg demuestra haber hecho notablemente bien los deberes trabajando codo con codo con gente como Matthew Vaughn o Bryan Singer a la hora de empaparse de la versatilidad de ambos a la hora de enfrentarse con los mastodónticos rodajes de Primera Generación y Días del Futuro Pasado o Apocalipsis. Una puesta en escena sin aspavientos y muy medida, secuencias a gran escala bien facturadas, un uso inteligente del CGI y recurrencia de efectos prácticos e incluso algún alarde visual (como ese travelling cenital que recorre los distintos vagones del tren y lo que en ellos acontece) dan buena muestra de la destacable resolución visual del film a pesar de ir gradualmente desarrollándose en localizaciones cada vez más exiguas, como si el presupuesto menguara en cada nueva situación desembocando en una clímax, como ya hemos apuntado, bastante deficiente.
Desgraciadamente poco más podemos rescatar de un producto tan desangelado y rudimentario como X-Men: Fénix Oscura. No sabemos a ciencia cierta si ha sido obra de 20th Century Fox o esa Disney que compró los derechos de esta última, pero todo apunta a que la ópera prima de Simon Kinberg como director es una pieza que sus mismos productores se han encargado de destruir por medio de cambios, reshoots, y una desgana generalizada. Como si quisieran finiquitar pronto la franquicia para quitársela de en medio dándole una conclusión indigna para una serie de films sin cuyos primeros pasos seguramente la actual fiebre del cine superheróico, adaptado del noveno arte, ni hubiese tenido lugar. Ni siquiera esa soberbia relación entre Magneto y Xavier, James McAvoy y Michael Fassbender no comparten ni cinco minutos de metraje, sobre la que se sustenta la saga o los guiños a los fans de los cómics (la aparición de Dazzler, ese amago de Genosha) salvan de la mediocridad esta última incursión en el microcosmos creado por Stan Lee y Jack Kirby en 1963 y cuyo futuro se antoja incierto ahora que Kevin Feige, junto a sus colaboradores, se van a hacer con la rienda de los personajes y sus aventuras en la gran pantalla.
GuiónRhett Reese, Paul Wernick, Ryan Reynolds, basado en el personaje creado por Fabian Nicieza y Rob Liefeld
RepartoRyan Reynolds, Josh Brolin, Zazie Beetz, Morena Baccarin, Julian Dennison, T.J. Miller, Karan Soni, Brianna Hildebrand, Leslie Uggams, Jack Kesy, Eddie Marsan, Lewis Tan, Bill Skarsgård, Rob Delaney, Terry Crews, Shiori Kutsuna, Hayley Sales, Luke Roessler, Scott Vickaryous, Tanis Dolman, Nikolai Witschl, Andréa Vawda
Cuando todavía no nos hemos recuperado de la resaca producida por el descomunal éxito de crítica y público de Vengadores: Infinity War nos encontramos con una nueva adaptación cinematográfica de un personaje de la Casa de las Ideas, pero este no adscrito al universo cinematográfico ideado por Kevin Feige y sus colaboradores en Marvel Studios. Hablamos como no podía ser menos de Deadpool 2, la secuela del triunfal debut en solitario del mercenario bocazas creado por el guionista Fabián Nicieza y el ilustrador Rob Liefeld en 1991 dentro de las páginas de aquel lejano número 98 de la colección Los Nuevos Mutantes. Culminando una batalla personal en la que Ryan Reynolds aunó fuerzas con los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick así como el cineasta Tim Miller con la intención de convencer a 20th Century Fox para sacar adelante un largometraje protagonizado por el alter ego de Wade Wilson Deadpool (2016) recaudó más de 780 millones de dólares a lo largo del mundo superando la taquilla de otros productos adscritos al género superheróico que no tenían la calificación moral R de la que hacía gala con orgullo esta primera aventura en solitario del asesino a sueldo más políticamente incorrecto de Marvel Comics. Esta segunda entrega cambia de director, ocupando David Leitch (John Wick, Atomic Blonde) la silla de Tim Miller que abandonó el proyecto por diferencias creativas con un Ryan Reynolds que encabeza el reparto formado por caras conocidas como las de Morena Baccarin, Briana Hildebrand, T.J. Miller, Karan Soni o Leslie Uggams a los que se unen nuevas incorporaciones como las de Josh Brolin interpretando a Cable, Zazie Beetz en la piel de Dómino y Julian Dennison como Russell Collins, entre otros.
Para todos aquellos que se encuentren preocupados con respecto a si esta secuela de Deadpool está a la altura de su predecesora confirmamos que pueden estar tranquilos, porque sí, nos encontramos con una continuación que supera en todos sus aspectos, para bien y para mal, a la primera entrega cinematográfica del personaje más díscolo de Marvel Cómics. En ese sentido Deadpool 2 hace un buen uso de lo que podemos denominar como “secuelitis” que no es otra cosa que la sintomatología, típicamente hollywoodiense, de abordar la continuación de un gran éxito cinematográfico potenciando todos aquellos aspectos que en su momento se contaron como virtudes o hallazgos de cara al público y la prensa especializada. De hecho esto queda patente a lo largo del desarrollo de acontecimientos que dan forma al largometraje dirigido por David Leitch cuando se confirma que como producto fílmico adherido a una recién nacida franquicia es mucho más grande, ambicioso, potente e hiperbólico que su predecesor. Por suerte no sólo en la envergadura del proyecto se percibe la mayor confianza de los productores en la labor de Ryan Reynolds y sus colaboradores a la hora de poner en marcha este nuevo trabajo, ya que también en el trabajo de escritura, mucho más elaborada en esta ocasión si hacemos una comparativa con la cinta pionera, se vislumbra una historia mucho más completa a la hora de ser expuesta en pantalla para su consumo por potenciales espectadores.
A diferencia de la primera película, cuyo argumento era un fino y no muy consistente hilo conductor sobre el que los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick, con la inestimable ayuda de un Ryan Reynolds que se dedicó en cuerpo y alma a potenciar los pasajes cómicos del libreto, fueron construyendo los diferentes flashbacks utilizados para dar génesis y trasfondo a la vida de Wade Wilson como mercenario, posterior cobaya del proyecto militar Arma X y su consiguiente conversión en el Deadpool que todos conocemos esta secuela apela a una mayor preparación para construir el relato que lo vertebrará como obra cinematográfica. Esta idea se consolida en ese arranque en el que los ideólogos del film se toman su tiempo para diseñar el producto, siempre entregándose a la comicidad y lo exagerado, pero con la intención de construir unos cimientos sólidos para dar empaque al conjunto narrativo. Este discurrir de situaciones, cuya intención es dar unas motivaciones al personaje y crear el conflicto que le impulsará a vivir la aventura desarrollada en Deadpool 2, ocupa la primera mitad del metraje y como era de esperar está plagado de esas señas de identidad ya asentadas en la entrega previa, tomando como estandarte la efectiva alternancia entre drama y comedia desprejuiciada manteniendo así un elocuente equilibrio en lo referido a la narración y siendo fiel a la idiosincrasia adscrita al personaje en las viñetas en grado sumo, porque este Deadpool lo es al 150% de su capacidad.
Esta decisión se antoja harto interesante, porque al ser conscientes como espectadores de la consolidación estructural de la historia, que no deja de ser sencilla y bastante arquetípica en cuanto al género al que pertenece como pieza fílmica por mucho que trate de parodiarlo, está bien apuntalada y los personajes presentados y definidos los tres guionistas toman la primera misión del grupo X-Force como el punto de ruptura en el que la película muta en una pieza de naturaleza demencial cuyo desarrollo del entramado se antoja enfermizo en cuanto a su imprevisibilidad se refiere. A partir de ese momento los escritores, con la complicidad de su director, vuelan por los aires gran parte de lo que habían diseñado para que el caos y lo anárquico (siempre medidos, nunca descontrolados en un sentido negativo) reine a lo largo de una segunda hora en la que la película aumenta exponencialmente su inquebrantable adhesión al imaginario “deadpooliano” en el que todo vale y ningún exceso está de más. De este modo Deadpool 2 engaña al espectador, algo que hará en no pocas ocasiones a lo largo del metraje, porque cuando parecía que iba a entregarse a cierta madurez desde una perspectiva de construcción cinematográfica la insania, la subversión de las señas de identidad indentificables al subgénero superheróico y el “cuanto más mejor” vampirizan la trama para convertirla, más que nunca, en un cómic en movimiento protagonizado por el perfecto émulo en imagen real del Wade Wilson de las viñetas.
Porque si hay algo inapelable en lo concerniente a Deadpool 2, y es algo previamente apuntado en esta misma entrada, es su propensión a ser de mayor tamaño que su predecesora en todos los aspectos. La acción tiene más protagonismo y la misma está ejecutada desde un punto de vista técnico y coreográfico mucho más profesional y elaborado, pero en este sentido cierto abuso de los CGI juega en contra del proyecto, dejando un poco de lado la personalidad orgánica y realista de la que hacía gala Tim Miller en la primera entrega. Evidentemente tener a un profesional como David Leitch en la realización es garantía de calidad y eficacia siempre que nos refiramos a los pasajes más dinámicos de la propuesta, pero el director de John Wick demostró en ocasiones previas su predilección por una acción de naturaleza más depurada que aquí sólo se vislumbra de manera cristalina en las primeras secuencias con Wade Wilson ocupándose de sus encargos como mercenario. Seguidamente si nos centramos en el dramatismo y ese trasfondo de tragedia, que en las viñetas no todos los guionistas del personaje han querido o podido explotar, la evolución una vez más se hace notable gracias principalmente a la relación entre el protagonista y su novia Vanessa, una vez más interpretada por a actriz de origen brasileño Morena Baccarin, y cuyo desarrollo se convierte en el núcleo emocional y catalizador de las decisiones tomadas por el rol de Ryan Reynolds.
Pero si hay dos aspectos de Deadpool que se han llevado a inexplorados niveles de creatividad y esquizofrenia en esta nueva película son la metareferencialidad y sobre todo el humor. La primera en esta ocasión abarca guiños a la anterior entrega, al universo cinematográfico mutante, a los cómics y películas de Marvel, a los films de DC, a la cultura popular en líneas generales y en un intento de rizar el rizo el mismo protagonista se dedica a mencionar sobre la marcha las carencias narrativas, interpretativas y visuales en las que cae esta misma secuela llevando la autoconsciencia cinematográfica de la propuesta a un grado de autoparodia casi inabarcable. El segundo es en Deadpool 2 mucho más políticamente incorrecto que en el film primigenio, donde ya lo era en grandes cantidades, adentrándose sin miedo y con bastante éxito en gags, diálogos o situaciones en las que se hace mofa con temas como la pedofilia, el racismo, la concepción puramente occidental de la familia (pervertida aquí hasta lo delirante), el suicido o la sexualidad sirviendo todo este material como caldo de cultivo para ejecutar una sesión continua de gags en la que cada treinta segundos se sucede un nuevo chiste que todavía sin asimilar se solapa con el siguiente, demostrándose así de manera cristalina que Rhett Reese, Paul Wernick y Ryan Reynolds siguen en plena forma, sólo pecando a la hora de alargar algunas bromas, y llegando en ocasiones incluso a jugársela de cara al fandom dando un trato bastante irrespetuoso a algunos de los personajes nuevos, aquí profanados de mala manera en pos de la comedia.
Por suerte detrás del humor negro, la acción desaforada, el drama perfilado con acierto y el uso efectivo del metalenguaje hay una serie de personajes con los que conseguimos empatizar a pesar de formar parte de un microcosmos ficcional tendente a lo granguiñolesco y descontrolado. A estas alturas no hacía falta asistir al estreno de Deadpool 2 para confirmar que el personaje ha devorado al actor, sólo con echar un vistazo a los vídeos virales que han servido para dar promoción al largometraje podemos confirmar que Ryan Reynolds ha encontrado a su alter ego audiovisual perfecto, mimetizándose de tal manera con él que a estas alturas no sabemos donde acaba el personaje de cómic, trasladado al cine, y empieza el actor o viceversa. Morena Baccarin como Vanessa, T. J. Miller en la piel de Weasel, Karan Soni retomando al taxista Dopinder, una pletórica Leslie Uggams dando vida a Blind Al y a los que deberíamos sumar los x-men Brianna Hildebrand y la dupla formada por Stefan Kapicic/Andre Tricoteux interpretando respectivamente a Negasonic Teenage Warhead y Coloso completan el cohesionado reparto de caras conocidas en el film, grupo de actores que a estas alturas conocen a la perfección sus criaturas y las interpretan con la solidez y el carisma exigidos. Pero en Deadpool 2 son las nuevas incorporaciones las receptoras de mayor metraje y pasajes memorables, siendo conveniente reparar en algunas de ellas, porque se antojaría imposible hablar de todas cuando pueden contarse en casi una docena.
Ya lo aventuraba el mismo protagonista en aquella escena post créditos de la primera película que homenajeaba a Todo en Un Día (Ferris Bueller’s Day Off) y aunque al final no hemos tenido la suerte de lo interpretara Keyra Knightley Cable es uno de los personajes más importantes de esta secuela. Josh Brolin, reciente responsable del mejor villano de la historia de Marvel Studios en Vengadores: Infinity War, se ocupa de dar vida a a Nathaniel Summers, el mutante venido del futuro con brazo cibernético y armado hasta los dientes, como Rob manda, que el actor de No Es País Para Viejos asimila por medio de una personalidad adusta, brutal, seca e intimidante desde un punto de vista físico. Lo más interesante es que por mucha crudeza y violencia primaria que quiera transmitir su rol los guionistas lo rodean de comicidad, no sólo cuando tiene que interactuar con el protagonista, sino desde su misma génesis como criatura de ficción cuando toda su trama es extrapolada a la pantalla como un remake bufo de la primera entrega de Terminator de James Cameron, algo con lo que de nuevo se hace más de una chanza a lo largo del metraje. Paradójicamente la Dómino de Zazie Beetz se aleja de manera notable de su versión en las viñetas, pero la actriz de Atlanta insufla a su “afortunada” asesina a sueldo de carisma, encanto, determinación, y una comicidad menos abrasiva que la de su compañero canadiense, convirtiéndose así en el mejor secundario del film. Por último es de recibo hacer mención especial al Russell Collins de un impagable Julian Dennison transformado en un tronchante niño rechoncho y letal cuya verborrea, ansia de venganza y bolígrafo utilizado de peculiar manera le han convertido en un icono de la franquicia.
Lo cierto es que al saltar la noticia en enero de unos screening tests que supuestamente habían sido un fracaso y debido a los cuales se realizaron varios reshoots para “pulir” y “mejorar” la obra nos hicieron pensar en lo peor, aunque los mimos Josh Brolin y Zazie Beetz confirmaron que esto se llevó a cabo para dar más protagonismo a sus personajes por el buen recibimiento que tuvieron. Por suerte nuestros miedos han desaparecido totalmente después de asistir a la proyección de esta Deadpool 2 que supera en varios aspectos a su hermana mayor. El film de David Leitch es una oda a la anarquía, a la carcajada indiscriminada, a la acción expeditiva, al humor punzante colindante con la incomodidad y en el proceso como nueva entrega es más fiel a la esencia del personaje de los cómics con referencias a lo largo del metraje a las etapas de autores como Joe Kelly, Daniel Way o Fabián Nicieza, entre otros, culminando todo el proceso en la escena post créditos más divertida del recorrido del subgénero cinematográfico superheróico mientras nos deja con sentimientos contradictorios. Por un lado la satisfacción de haber asistido a la consagración de Deadpool como el personaje más divertido del trayecto editorial y cinematográfico de la Casa de las Ideas y por otro el miedo por si esta es la última vez que vemos una película que aborde desde un punto de vista tan incorrecto, arriesgado, enfermizo y demencialmente disfrutable al mercenario bocazas si Disney finalmente mete mano en la franquicia mutante en general y las próximas secuelas en solitario, o en grupo junto a X-Force, de nuestro querido Masacre en particular.