martes, 14 de septiembre de 2010

Los Mercenarios, grupo salvaje



Título Original: The Expendables (2010)
Director: Sylvester Stallone
Guión: Dave Callaham & Sylvester Stallone
Actores: Sylvester Stallone, Jason Statham, Jet Li, Terry Crews, Randy Couture, Mickey Rourke, Giselle Itié, David Zayas, Eric Roberts, Dolph Lundgren





The Expendables es una excusa cinematográfica mínima para que Sylvester Stallone cumpla el sueño de millones de espectadores que como yo se criaron viendo el cine de aquellos action heroes de los 80 y 90 andando actualmente de capa caída sobreviviendo como buenamente pueden en cutres películas de serie B que se estrenadas directamente en el mercado del formato doméstico. Ver juntos y en una sola obra a todos ellos (ya sean americanos, chinos, británicos o suecos) repartiendo pólvora, explosiones, apuñalamientos y golpes como panes de hogaza.




La octava película de Stallone como director es una hiperbólica versión del cine de acción reaccionario de la era Reagan. Una manera de hacer cine hoy casi extinta que a pesar de su ideología ultraconservadora siempre se mostraba lo suficientemente intrascendente y entretenida como para hacer pasar un buen y unineuronal rato al tipo de espectador sólo ávido por hora y media de testosterona disparada contra la pantalla sin más pretensiones que la pura diversión. The Expendables da todo eso y más, en un ejercicio de nostalgia cinematográfica rodado con brío y oficio.




Que nadie se lleve a engaño. Andan equivocados aquellos que dicen por ahí que Los Mercenarios no se toma en serio a sí misma o que es una especie de parodia del género al que se adscribe, nada más lejos de la realidad. Stallone es consciente de la ligereza y poca trascendencia transmitida por su producto, pero eso no significa que se lo tome con ironía o condescendencia, como sí ha hecho por ejemplo con el cine de terror adolescente el francés Alexandre Aja en Piraña 3D. The Expendables vista por el protagonista de Rocky es una oda a los machos alpha que lo arreglan todo con una técnica milenaria, la del bofetón a mano abierta.




Los Mercenarios confirma algo que ya se vio en la muy bestia y conseguida John Rambo. Que Stallone ha dado un paso de gigante como director de acción. Se le dan soberanamente bien las coreografías bélicas, las escenas de combates y poner en pantalla secuencias violentas muchsas veces introducidas en el gore con todo tipo de desmembramientos y decapitaciones. Aunque en la mencionada cuarta entrega de Rambo la brutalidad era más abundante que en la cinta que nos ocupa. El guión no deja de ser una mera excusa sobre un grupo de asesinos a sueldo que reciben la misión de derrocar al típico dictador de república bananera opresor de su pueblo, pero esta vez tenemos el añadido de un colaborador americano ex agente de la CIA.





Sylvester ofrece su momento de gloria a todos los componentes del reparto. A Jet Li y Dolph Lundgren les regala una pelea y el amago de otra, a Mickey Rourke un monólogo dramático que el actor subsana con acierto, a Eric Roberts el papel de villano sin escrúpulos, de los que se toman una taza da café mientras ve como sus secuaces torturan a una mujer, a Terry Crews lo del fusil a lo bestia y a Randy Couture la pela con el gurdaespaldas. A Statham le da el co protagonismo absoluto y acierta con ello, ya que al inglés el papel le queda como un guante y a sí mismo se deja el rol principal, el liderazgo, la insulsa historia de amor interracial y la escena de los tres dueños de Planet Hollywood que de puro estúpido resulta entrañable, con guiño a Pulp Fiction por parte de Willis incluido.




Un divertimento a tener en cuenta. Los Mercenarios es una apología del tipo rudo hinchado de testosterona, anabolizantes, y botox, que aboga por la mano dura con código de honor. Stallone ofrece un producto a la vieja usanza, mucha acción, violencia, humor de taberna, poco CGI y zarandajas digitales. Un tipo de cine que ya no se fabrica y viendo la luz de cuando en cuando, como en el caso que nos ocupa, es recibido con una sonrisa cómplice por todos aquellos que nos criamos con obras como Red Scorpion, Cobr: El Brazo Fuerte de la Ley, Delta Force y deseos de que en la inminente secuela de esta The Expendables que se avecina aparezcan otros míticos rostros como los de Chuck Norris, Mark Dacascos, Jean Claude Van Damme, Steven Seagal, Gary Busey o ese Danny Trejo tan de moda y del que espero con muchas ganas Machete.


domingo, 12 de septiembre de 2010

¿Qué?, we're living like in a Dolce Vita



Título Original: What? (1972)
Director: Roman Polanski
Guión: Gérard Brach & Roman Polanski
Actores: Sydne Rome, Marcello Mastroianni, Guido Alberti, Hugh Griffith, Gianfranco Piacentini, Mario Bussolino, Carlo Delle Piane, Henning Schlüter, Roman Polanski


Trailer


Entre su poco común versión del Macbeth de William Shakespeare y esa obra maestra noir llamada Chinatown Roman Polanski dirigió What? (¿Che? en su título italiano), una de sus obras menos conocidas y más atípicas dentro de su filmografía. Un proyecto italiano (producido por el célebre Carlo Ponti) que fue recibido con escepticismo por una crítica y un público que seguramente no supieron entender el atípico humor que el polaco destiló en el film y un servidor la verdad es que opina como ellos, porque ¿Qué? es una comedia con más bien poca gracia.




¿Qué? es la versión polanskiana del tipo de comedia que se cultivó en Italia durante los años 60 y 70 (desde las películas de Louis de Funès a las obras de Marco Ferreri). Es como si el director de Repulsión realizara una revisión de esa genialidad de su propiedad llamada Cul de Sac pero pasada por un filtro de surrealismo felliniano, que por desgracia rara vez toma un tono acertado o correcto, ya que el film destila un tipo de humor supuestamente absurdo, que sencillamente no funcina, salvo en contadas ocasiones muy aisladas, que se antojan del todo insuficientes.




El humor de Polanski, que previamente había funcionado de manera plena en obras como la mencionada Cul de Sac o la genial El Baile de los Vampiros, aquí se muestra disperso, torpe, sin eficacia. El caso es que la comicidad potencial del producto está ahí, latente, a punto de salir (la primera escena con el intento frustrado de violación así lo apunta) pero durante todo el devenir de la trama el tono humorísitco de la obra se antoja ajeno al espectador, no sé si demasiado localista por parte de Polanski o directamente ineficaz, ya que el mismo no consigue arrancar del espectador algo más que una sonrisa cómplice en alguna que otra ocasión.




Sólo la dulce y sensualmente naïf Sidney Rome despierta algo de simpatia en el espectador. Ya que el resto de personajes se mueven entre la estupidez supina y la antipatía más pura, como el interpretado por el gran Marccelo Mastroianni (la escena de la playa con la paliza a la protagonista tiene más bien poca gracia, por mucho que sea muy del estilo del cine cómico italiano de la época) que de surrealista parece directamente gilipollas. Por desgracia otros roles a los que se le podría haber sacado mucho jugo en la trama, como el de Mosquito, intepretado por el mismo Polanski, aparecen poco y no se les da cancha, una pena, porque el polaco es un buen intérprete cómico, como se puedo ver con posterioridad en su demencialmente acertada El Quimérico Inquilino.




A pesar de ser un homenaje a un tipo de cine cómico europeo y al director de Amarcord (no sólo por la presencia de Mastroianni, sino también por el tratamiento granguiñolesco que se le da al sexo y la aparición de personajes como ese atípico cura), de las localizaciones cálidas y agradables para el espectador, del hasta cierto punto acertado, dentro del surrealismo imperante de la cinta, uso de la narración circular e incluso el metalenguaje (como se puede ver en las últimas palabras del personaje protagonista) Polanski falla y nos ofrece con ¿Qué? una comedia incosistente, aturullada, de guión caótico (posiblemente con toda la intención del mundo) y un resultado insatisfactorio. Además el tiempo no la ha tratado demasiado bien y eso no es buena señal para la perdurabilidad de la cinta.



jueves, 9 de septiembre de 2010

El Bruto, donde hay patrón, no manda marinero



Título Original:
El Bruto (1952)
Director: Luis Buñuel
Guión: Luis Alcoriza & Luis Buñuel
Actores: Pedro Armendáriz, Katy Jurado, Rosa Arenas, Andrés Soler, Roberto Meyer, Beatriz Ramos, Paco Martínez, Gloria Mestre, Paz Villegas, José Muñoz




He de admitir que de la obra de Luis Buñuel, su etapa mexicana me parece la más completa de su filmografía como director. En la misma realizó productos alimenticios puramente comerciales como Gran Casino u otros más solventes y con algo de su impronta, pero con su característico sello diluido como, La Hija del Engaño (Don Quintín el Amargao). Aunque gracias a ceder con respecto a realizar estos proyectos, más tarde el mismo Buñuel con la inestimable colaboración de su amigo y tocayo Luis Alcoriza podía permitirse realizar obras muy personales y duramente criticas con ciertos sectores de la sociedad de México. El Bruto podría adscribirse a este último grupo, pero con algunos condicionamientos.




De no ser por la mano de un maestro como Buñuel, El Bruto no dejaría de des ser otro melodrama azteca del montón con tintes de culebrón o folletín de baja estofa. El caso es que el resultado final del film no dejó para nada satisfecho a su autor (según él los productores le obligaron a introducir muchos cambios en el guión), curiosa reacción del de Calanda, cuando el espectador puede comprobar con notoriedad que El Bruto para nada es una obra desdeñable a pesar de algún fallo, que es escaso e incluso queda totalmente sepultado por las virtudes del conjunto, que no son pocas.




En El Bruto, Buñuel y Alcoriza tratan principalmente dos temas universales que por desgracia han estado ahí siempre, y se recrudecen con el paso de los años. La especulación inmobiliaria y la lucha de clases. El primer tema está perfectamente representado por Don Andrés, un patrón que no encuentra manera alguna para expulsar a los inquilinos de una de las vecindades que son propiedad suya, por ello contrata los servicios de Pedro, el Bruto, un matón del barrio que ha trabajado para él en numerosas ocasiones y que según las malas lenguas parece ser un hijo no reconocido suyo.




El segundo, el del clasismo, está retratado con suma entereza en las relaciones de Don Andrés no sólo con la vecindad rebelde que se opone al desahucio, sino también con la que mantiene con el mismo Pedro, idea que queda patente en al esclarecedora y sutil escena del matadero, que muestra la abismal diferencia que hay entre la clase acaudalada y la trabajadora con un par de gestos y palabras aisladas. También está muy bien construido en la trama el hecho de como poco a poco Pedro irá tomando conciencia de la realidad y se dará cuenta de a que lado pertenece, aunque ya sea tarde, a Buñuel siempre le salía el izquierdista que llevaba dentro, de una manera u otra.




Pero también podemos encontrar en la cinta que nos ocupa muchas de las señas de identidad de esta etapa en la filmografía del director de Tristana. Pobreza, arrebatadas pasiones, muerte, desheredados, traiciones, es más, no cabe duda de que El Bruto es un especie de extensión o apéndice de todas las inquietudes autorales ya planteadas por Buñuel y Alcoriza en Los Olvidados, mi película favorita de su director y la más grande que he visto en mi vida como cinéfilo, rodada en nuestro idioma. Con aquella intocable producción de 1950 comparte su aire nihilista, de poema desgarradoramente trágico y ese final desesperanzado, pesimista, muy del gusto de su autor.




El Bruto no es una de las mejores obras de Buñuel, ni si quiera es de las más destacadas de su etapa mexicana (teniendo durante esta época obras como la ya mencionada Los Olvidados, Él, Abismos de Pasión o Ensayo de Un Crimen es tarea harto difícil destacar sobre o con ellas) pero sí es un producto de un alto nivel, resuelto con pericia, nada acomodaticio, directo y muy crítico. México recibe con las manos abiertas a Luis Buñuel y él lo primero que hace al llegar a aquellas tierras es morder la mano que le da de comer y desenterrar todas las miserias del país azteca, pero gracias a ello también le regaló algunas de las mejores obras que han salido de la cinematografía mejicana y eso aquellas gentes saben valorarlo en su justa medida, estoy seguro.


viernes, 3 de septiembre de 2010

Van Helsing, el pasaje del terror


Título Original: Van Helsing (2004)
Director: Stephen Sommers
Guión: Stephen Sommers
Actores: Hugh Jackman, Kate Beckinsale, Richard Roxburgh, David Wenham, Will Kemp, Kevin J. O'Connor, Elena Anaya, Silvia Colloca, Josie Maran

Trailer


Soy un gran seguidor del cine de terror de la Universal surgido en Hollywood durante la primera mitad de del siglo XX. Por eso que una cinta de este género comience con el Conde Drácula y el Doctor Frankenstein discutiendo a gritos en el torreón de un castillo sólo se lo consiento al bueno de Jesús Franco, porque es quién es y se merece toda mi admiración. En cambio Stephen Sommers es un papanatas de campeonato, que no tiene el suficiente carisma o bagaje para que se le consienta tal blasfemia.




El director de La Momia mete dos referencias al Frankenstein de James Whale en los primeros 5 minutos de metraje, como para pagar una especie de peaje con el público más exigente, y a partir de ahí se permite (y los productores de la misma Universal con él) carta blanca para mezclar en una descerebrada macedonia monstruosa todos los personajes cinematográficos y literarios clásicos que le salen de la punta de salva sea la parte. No vamos a pedir rigor a una superproducción como Van Helsing, seamos sensatos, pero sí un mínimo de coherencia o respeto para con el aficionado al cine de terror clásico.




El problema es que Van Helsing es una disparatada barraca de feria con patas para el lucimiento de un carismático Hugh Jackman interpretando no al ínclito enemigo literario del célebre conde transilvano (interpretado en cine por actores con porte y la profesionalidad de los británicos Peter Cushing, Lawrence Olivier o Anthony Hopkins) sino a una especie de James Bond victoriano, pasado por una pátina de retro cyberpunk o vaya usted a a saber qué hostias. No hay en la cinta verdadero cariño o respeto por los personajes a los que supuestamentre está rindiendo tributo.




Pero dejando de lado las puñaladas en mi corazón de seguidor del fantaterror de todo pelaje, la cinta tiene unas resoluciones formales que incitan a la carcajada, y no precisamente en los pasajes cómicos, cargados de un dudoso humor que no suele funcionar en casi ningún momento sino en las de acción, las que se supone que Sommers más en serio se ha tomado y a las que le ha dedicado un dineral en efectos digitales que cantan más que Steven Seagal en una de James Ivory.




Las novias de Drácula con la boca más grande que el cañón de Colorado y bailando sevillanas a velocidad de tornado al morir (pobre Elena Anaya, menudo debut de mierda en Hollywood, eso sí, sale más que ninguna de las otras dos y luce escotazo, porque ella lo vale) esos cachondísimos acentos que ni los mismos actores saben de donde proceden, los saltos de Kate Beckinshale y sobre todo el peor, más ridículo, hostiable, hortera y aberrante Drácula que haya salido jamás de la pantalla grande. Ese Richard Roxburgh con recogepelo, coleta que le llega por el culo voz chirriante y gestos amanerados. Y lo de el fusilamiento de la escena de la inmensa El Baile de los Vampiros, mejor ni lo menciono.




Van Helsing, Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo, el Doctor Jekyll y Mr Hide, incluso Igor, todos ellos deben estar revolviéndose en sus ficiticas tumbas. Porque lo que sí es cierto es que Van Helsing es una vergüenza como homenaje al cine y la literatura de terror, un producto minimamente pasable como cinta de aventuras aparatosas rotundamente vacuas, pero en cambio como comedia involuntaria no tiene precio. Menos mal que Stephen Sommers más tarde la cogió sólo con juguetes y encima la cosa la salió divertida y mucho más agradable. Los caminos del cine son inescrutables.



miércoles, 1 de septiembre de 2010

Piraña 3D, everybody's gone surfin', surfin USA



Título Original: Piranha 3D (2010)
Director: Alexandre Aja
Guión: Pete Goldfinger & Josh Stolberg
Actores: Elisabeth Shue, Adam Scott, Ving Rhames, Richard Dreyfuss, Eli Roth, Jerry O'Connell, Ricardo Chavira, Dina Meyer, Steven R. McQueen, Jessica Szohr, Christopher Lloyd


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En 1978 el director Joe Dante y el guionista de cintas de terror John Sayles (aún quedaban algunos años para que se adentrara como autor en ese tipo de cine social que le dio la fama que hoy tiene) estrenaron Piraña. Un delicioso sucedano del Tiburón de Steven Spielberg con un agradable aire a genuina serie B lleno de grandes momentos y un tono artesanal del todo arrebatardor. Su éxito fue considerable y debido a él se produjo una secuela (donde los entrañables peces carnívoros tenían alas, con un par), segunda parte que supuso el debut en la dirección de un por aquel entonces desconocido realizador canadiense llamado James Cameron.




Alexandre Aja y su inseparable colaborador Grégory Levasseur, se reparten la producción, la dirección (y probablemente la escritura en la sombra) de este remake de la ya mencionada cinta de culto de Sayles y Dante. Inteligentemente los franceses se desvinculan lo suficiente de la cinta primigenia y a lo que dan forma con Piraña 3D es a una bestial parodia, un grueso chiste, una mirada desdeñosa hacia el cine de terror teenager veraniego, exagerando todos los tópicos e hiperbolizando todos los clichés. Diálogos estúpidos, personajes estereotipados y planos, desnudos gratuitos, niños pedantes, para finalmente perpetrar una exagerada masacre que de tan brutal se antoja hasta cómica en más de un momento.





Aja renuncia a algunas (no todas) de sus señas de identidad con el único fin de crear un divertido producto de usar y tirar, con el cual poder producir en el espectador una fruiciosa sensación que lo mueva entre la risa nerviosa y la carcajada a mándíbula batiente o el asco dependiendo el caso. Pero bajo la superficie (en las profundidades que viene muy al caso) se ve claramente que Aja está haciendo mofa y befa, no sólo del cine de terror adolescente americano, sino también con el estereotipo de estadounidense fiestero sin conciencia alguna. Metiendo música machacona por un tubo, cuerpos siliconados, farras interminables y agentes de la ley que salen escaldados al intentar poner algo de orden entre los jóvenes.




Pero en lo que sí se puede reconocer la mano de Aja es en el control del tempo narrativo con un uso excelente del in crescendo deudor no sólo de la cinta original de 1981 ni de la ya mencionada Tiburón de Spielberg, sino sobre todo de Los Pájaros de Alfred Hitchcock cuya estructura emulan todas estas cintas. Pero cuando entra en escena gradualmente la sangre en pantalla (muy conseguida la primera escena del ataque por parte de pirañas) y los peces empiezan a acechar como en la escena de los buzos, con reminiscencias a Alien, el Octavo Pasajero, al final acabamos desembocando en la hecatombe de hemoglobina y casquería que tan pronto nos remite a George A. Romero, Luci Fulci, Dario Argento o el Peter Jackson de Braindead (la escena de Ving Rhames con el motor de la lancha).




Piraña 3D a pesar de mala baba y su autoparodia no deja de ser un divertimento cazurro y tontorrón, pero también es un producto irremediablemente disfrutable si el espectador es consciente con antelación de lo que se va a encontrar en la pantalla. Una cinta totalmente ausente de prejuicios sobre unos peces carnívoros que van a devorar vivos a tíos musculosos y muchachas recauchutadas. Alexandre Aja y Grégory Levasseur miran con nostalgia al cine de terror y ciencia ficción de finales de los 70 y principios de los 80 (los deliciosos cameos de Richard Dreyfuss y Christopher Lloyd no son casualidad) para con ello escupir en la cara del (en su mayoría) maniqueo y blandengue de los 90.




Desde la genial Las Colinas Tienen Ojos Alexandre Aja no es el mismo autor y posiblemente se esté comercializando, pero por suerte está introduciendo su veneno poco a poco en el cine de terror americano y eso siempre será una buena señal. Su última obra es menor y alimenticia dentro de su filmografía, pero triunfa por su incorrección, su descaro, su sorna y por no tomarse nada de lo que plantea en serio. Sirvan como ejemplo las esperpénticas escenas de las dos chicas buceando desnudas, la de las últimas palabras del personaje de Jerry O'Connell, ese plano final puramente ochentero y sobre todo el cachondísimo del pene, que es una perfecta síntesis de lo que es la esencia de la última cinta del director de Alta Tensión.



jueves, 26 de agosto de 2010

El Escritor, chasing ghosts



Título Original: The Ghost Writer (2010)
Director: Roman Polanski
Guión: Robert Harris & Roman Polanski, basado en el libro de Robert Harris
Actores: Ewan McGregor, Pierce Brosnan, Olivia Williams, Kim Cattrall, Tom Wilkinson, Timothy Hutton, James Belushi, Eli Wallach, Robert Pugh





Tras la soberbia El Pianista y su excelente revisión del Oliver Twist de Charles Dickens, Roman Polanski dirige este ajustado y correcto thriller que si bien funciona con la eficacia de un reloj suizo como cinta de género, también se queda a mitad de camino si es evaluada como una obra de su autor. Una de las voces más interesantes y versátiles que ha dado el cine europeo en toda su historia. Un genio polaco que ha tocado todos los palos (desde la comedia vampírica hasta el terror psicológico de corte satánico pasando por el subgénero de Piratas) y que ha ofrecido un retrato misántropo de la raza humana y dado una visión única entre lasciva y mórbida del mal en estado puro.




The Ghost Writer es un thriller político ejemplar, con una pátina de esteticismo europeizado (en ocasiones recordando a Costa Gavras) y un acabado formal fuera de toda duda. Tiene todos los alicientes para ser un producto efectivo bien ejecutado y con una resolución artística y técnica llevada a cabo por unos profesionales comprometidos con su trabajo. Eso estaría bien para otra producción típica del Hollywood actual dirigida por los John Amiel, John Avnet o Philip Noyce de turno, pero no para una obra de alguien con el talento de Roman Polanski.




A pesar de que la película no escatima en cuanto a dejar en evidencia la política internacional inglesa (ya que por mucho que intenten escurrir el bulto los autores de la obra, hablan indudablemente del matriomonio formado por el ex primer ministro británico Tony Blair y su esposa Cherie a pesar de que la resolución de la trama se encamine por derroteros ficcionados que esperemos no se lleven a cabo, ya que eso sería del todo rocambolesco), y de que en ocasiones bordea la sátira, al film le falta el mordiente, ese toque satírico y cruel al que Polanski nos tiene acostumbrados hasta cuando teje tramas adheridas al género humorísitico.




A Polanski se le acusó de manera más o menos injusta de academicista en sus dos anteriores obras, que eran de época. Pero es en esta El Escritor donde, yo al menos, sí lo veo encorsetado en una innecesaria rigidez formal que diluye en parte su discurso autoral. Un trabajo tan efectivo como despersonalizado que me hace preguntarme qué fue lo que vieron en él los componentes del jurado del pasado festival de Berlín para darle ese oso de plata a la mejor dirección al creador de Repulsión que se me antoja del todo exagerado.




A pesar del medido ritmo del metraje, de que haya rescatado para papeles cortos, dentro de un reparto muy resuelto, a gente tan olvidada como James Belushi o Eli Wallach y a otros que estaban sumergidos en series B de medio pelo (Timothy Hutton), de que hay cierta mirada ácida e incluso acusadora hacia la política europea y su continua bajada de pantalones para con Estados Unidos, esto para un servidor no es Polanski. Es lo más parecido a la cinta de un director menor dentro del panorama cinematográfico actual o peor, un proyecto alimenticio e impersonal dentro de la carrera de un autor que es capaz de mucho más.



miércoles, 25 de agosto de 2010

El Placer de los Extraños, muerte en Venecia



Título Original: The Comfort of Strangers (1990)
Director: Paul Schrader
Guión: Harold Pinter basado en la novela de Iam McEwan
Actores: Christopher Walken, Rupert Everett, Natasha Richardson, Helen Mirren





Un cadencioso y etéreo travelling, envuelto en la elegante partitura del gran Angelo Badalamenti nos invita en los primeros minutos de El Placer de los Extraños a conocer las estancias del (en apariencia) cálido y acogedor hogar del matrimonio formado por Robert y Caroline. Personajes que en esos primeros compases cinematográficos aún no conocemos. La voz de Cristopher Walken ayuda a que su rol empiece a relatar una historia sobre la rígida y estricta educación que recibió por parte de su padre cuando era niño. Estamos a punto de realizar un viaje al lado más oscuro del ser humano de la mano de tres genios. El guionista y director Paul Schrader, el escritor británico ganador del premio Nobel de literatura Harold Pinter y el novelista Ian McEwan cuyo libro sirve como base para el relato.




The Comfort of Strangers supone uno de los trabajos más sólidos y menos reconocidos del guionista de Toro Salvaje, Taxi Driver o La Última Tentación de Cristo ejerciendo como director. Labor detrás de las cámaras en la que ha realizado trabajos memorables como Hardcore, Aflicción, Posibilidad de Escape u obras más intrascendentes como Forever Mine (salvada por esa belleza llamada Gretchen Mol) o Touch. Con la ayuda de Harold Pinter adaptando la novela de Ian McEwan el director de Autofocus consigue un excelente drama de tintes eróticos lleno de una atípica y malsana morbidez.




Curiosamente uno de los aciertos más grandes de una obra como El Placer de los Extraños es nunca exponer esa sordidez humana de manera explícita en pantalla. Schrader en un afán milimétrico y analítico que le honra, se las ingenia para que todo el poso de enfermiza psicología quede fuera de plano, sea puesto en escena por medio de los diálogos (memorable el primer monólogo de Walken a Everett y Richardson) o en ínfimas y muy acertadas escenas de violencia física, como la del golpe en el estómago que descoloca totalmente a un espectador que empieza a ver en ese mismo instante hacia donde se encarrilará la trama y cuales son las intenciones de los extraños anfitriones de la pareja de enamorados.




En la octava película de Schrader podemos contemplar una narración sustentada en mostrar como la rutina y la apatía puede hacer mella en un matrimonio y como la irrupción de uno o más desconocidos dinamita dicha relación en más de un sentido, aunque en principio parezca que dicha presencia inyecta vitalidad a la misma. Antes de Schrader lo hicieron gente como Andrjez Zulawski con La Posesión desde un punto de vista más abstracto claro está y más tarde lo volverían a hacer Roman Polanski en Lunas de Hiel, David Cronenberg en Crash o Lars Von Trier en Anticristo, pero siempre con un elemento en común. Una visión del sexo desprovista de todo tipo de prejuicio (aunque arraigada paradójicamente en la represión) y parafilias de corte sadomasoquista que suelen desembocar en muerte o mutilación física y mental.




Todo este fresco está expuesto en la dirección con una exquisitez Viscontiniana (esas panorámicas de una Venecia entre arrebatadora y sombría) irresistible por parte del guionista de Al Límite, que realiza unos de sus mejores trabajos con encuadres magistrales, un uso excelente del tempo en la narración y los contemplativos travellings que insuflan un tono de extrañeza a la atmósfera del film. Pinter aporta la adaptación en guión del libro de McEwan, escribiendo pasajes excelentes y regalando momentos memorables a un reparto en estado de gracia que va desde la magnética presencia de un Christopher Walken en una de sus mejores composiciones, la mirada ambigua de una Helen Mirren que esta mejor hoy que en la época la que protagonizo esta cinta, un Rupert Everett de corte atlético y porte irónico y la tristemente desaparecida Natasha Richardson que aporta una belleza luminosa e incluso candorosa al conjunto.




Tristemente olvidada, pero normalmente rescatada por los especialistas del medio como uno de los mejores trabajos de su director, El Placer de los Extraños se puede contemplar hoy como un producto elegante y perturbador. Una obra que lo tenía todo para convertirse en un film de un acabado excelente pero que no recibió el reconocimiento que debía, es decir, la historia de siempre. Yo ahora mismo me quedo con una de las mejores pasajes dirigidos por Schrader. La escena de la cuchilla de afeitar. Una toma ejecutada con maestría, haciendo un uso soberbio del travelling con grúa, de la unión de música e imagen y una vez más, gracias a su realizador, apelando por el fuera de campo mostrando de nuevo que no hace falta ver directamente la violencia para comprobar los estragos que puede llegar a producir.