martes, 24 de abril de 2012

Defendor, hero of the day



Título Original Defendor (2009)
Director Peter Stebbings
Guionista Peter Stebbings
Actores Woody Harrelson, Kat Dennings, Elias Koteas, Michael Kelly, Sandra Oh, Lisa Ray, Kristin Booth, Charlotte Sullivan, Dakota Goyo, John Paul Ruttan



Debut en la dirección cinematográfica del actor canadiense Peter Stebbings, conocido (de manera bastante moderada, todo hay que decirlo) por intervenir en producciones para la gran pantalla como K-19: The Widowmaker de Kathryn Bigelow, Immortals de Tarsem Singh o en series televisivas como Expediente X, Más Allá del Límite o Cazatesoros. Defendor es una algo atípica mezcolanza de géneros e ideas conceptuales que finalmente se muestra como un interesante trabajo con algunos encomiables aciertos.




Arthur Poppington (Woody Harrelson), un obrero con cierta deficiencia mental que trabaja en la ciudad canadiense de Ontario es detenido por agresión. Una psiquiatra (Sandra Oh) tratará de evaluar el estado psicológico de Arthur y en las sesiones que compartirán como médico y paciente él le hablará de su doble vida como Defendor, un superhéroe que cuando cae la noche recorre las calles par dar su merecido a los criminales y cómo el hecho de conocer a una joven prostituta llamada Kat (Kat Dennings) le cambió la vida.




Defendor es una interesante mixtura de distinto tipo de cine, que mezcla el drama, la comedia, el policiaco, la crítica social y el celuloide superheróico para parir una rara avis rodeada de una acertada atmósfera de laconismo que se acerca a un tono realista y urbano que hace que el film no esté estrictamente encorsetado en los largometrajes de personajes pijameros y pueda coquetear, como ya he mencionado, con otro tipo de narraciones cinematográficas de un tono más naturalista o cercano.




En mi opinión la idea de guión que expone que el protagonista quiera convertirse en un superhéroe por mucho que sea el exoesqueleto de la historia y su núcleo argumental no deja de ser una excusa para enfatizar el carácter de noble ser humano y buena persona que guarda en su propia psique Arthur. La naturaleza altruista del vigilante enmascarado puede servir más como una hiperbolización del entrañable carácter naïf del personaje de Woody Harrelson que un verdadero homenaje al mundo de los cómics y los seres que habitan sus historias.




Arthur es como un niño en el cuerpo de un cuarentón, un ser de corazón puro que traumatizado por la desaparición de su madre se sumergió en el mundo de los cómics y los superhéroes para evadirse de una cruda realidad en la que no se siente él mismo. Defendor da rienda suelta y libertad a su verdadera personalidad, la de una persona con problemas mentales que se ofrece para ayudar a los inocentes e impartir justicia para mejorar la ciudad en la que vive. En resumidas cuentas, su comportamiento es como el de una especie de Forrest Gump con corazón de héroe de cómic.




Hay un interesante halo de tristeza y desencanto recorriendo todo el metraje de Defendor que nos recuerda que en este mundo los superhéroes no tienen cabida y que anula completamente cualquier intento de transmitir épica (esa que, de manera equívoca, tenía la adaptación cinematográfica de Kick-Ass, ya que el cómic original de Mark Millar y John Romita Jr adolecía de ella) poniéndonos los pies en la tierra y mostrándonos que la noche canadiense está gobernada por mafiosos, narcotraficantes y policías corruptos que campan a sus anchas.




Woody Harrelson borda su labor dando vida al inocente y dedicado Arthur. Sus técnicas de combate como Defendor son descacharrantes (canicas, un bate, avispas) aunque los momentos en los que va de paisano son en los que más ternura transmite, sobre todo en los pasajes en los que comparte plano con una Kat Dennings bastante creíble como prostituta que al final acaba encariñándose del protagonista. Magnífico Elias Koteas como policía corrupto (este actor es una debilidad mía como habréis podido leer en varias entradas de este blog) y muy solventes Michael Kelly como Paul, el mejor amigo y casi padre de Arthur y Sandra Oh como la comprensiva psiquiatra.




Defendor no es una gran obra, pero es interesante y recuperable por varios motivos. Por realmente ser un drama con toques sociales que utiliza el género superheróico para contar una historia sobre un pobre buen hombre que no tenía cabida en una sociedad podrida como la occidental, por el tono clásico y nada efectista de su realización que exhala un entrañable olor a serie B, por unos actores que se toman en serio el trabajo que hacen y por ese mensaje final que nos transmite que a pesar de que los llamados héroes no tienen nada que hacer contra la maldad de los hombres siempre nos dejarán una luz de esperanza o un legado de inspiración para ser mejores personas. Larga vida a Defendor, el héroe que todos deberíamos llevar dentro.



domingo, 22 de abril de 2012

Verbo, poesía difusa



Título Original Verbo (2011)
Director Eduardo Chapero Jackson
Guión Eduardo Chapero Jackson
Actores Alba García, Miguel Ángel Silvestre, Najwa Nimri, Verónica Echegui, Macarena Gómez, Víctor Clavijo, Adam Jeziersky, Manolo Solo, Nasser Saleh Ibrihim, Michele Asante, Peter Peralta, Álvaro Cañete, Miriam Martín





El cineasta madrileño Eduardo Chapero Jackson se hizo un nombre bastante importante en los círculos del cine español independiente gracias a su labor como cortometrajista. Incluso de manera bastante atípica hace unos años se realizó un estreno oficial a nivel nacional en el que se proyectaron sus tres célebres y premiados cortometrajes: Contracuerpo, Alumbramiento y The End. Tras estos trabajos su llegada al largo era inevitable y bastante esperada por cierto público y la prensa especializada. Por desgracia el resultado no es el esperado.




Sara es una chica solitaria e incomprendida que se siente extraña y desubicada en el mundo en el que le ha tocado vivir. Sus padres la quieren pero no la entienden y sus amigos no comparten con ella su visión de la vida. Un día Sara decidirá buscar y encontrar a un extraño personaje llamado Lírico al que sólo conoce por unos graffitis a modo de pistas que finalmente le llevaran a un extraño y oscuro mundo subterráneo en el que deberá superar ciertas pruebas impuestas por un grupo de jóvenes rebeldes que al ser superadas le permitirán superar sus problemas personales.




Lo primero que quiero decir es que es algo muy de agradecer que un director español decida afrontar la que es su ópera prima de una manera formal poco convencional y hasta cierto punto arriesgada, entregándose a un tipo de dirección elegante y atractiva que apela a cierta poesía visual que acaba convirtiéndose en lo mejor de un, por otro lado, proyecto que más allá de su interesante look visual falla en bastantes apartados que hacen que la obra no sea del todo despreciable, pero sí fallida y en cierto sentido decepcionante, principalmente por atesorar un contenido que mezcla alarmantemente pedantería y concesiones a la galería con respecto al gran público, sobre todo el juvenil.




Verbo está dirigida a los adolescentes, no hay duda sobre eso. El problema de tal hecho es que Chapero Jackson para acercarse a ellos utiliza de manera arbitraria una amalgama de estilos de distintas tribus urbanas para llegar al mayor número de chavales y la mezcla es inviable. Desde una estética y filosofía deudora de la cultura hip hop con graffitis, rap (incluso la presencia del MC español Nach) o patinetas a una exposición vital cercana al (dudoso) ideario emo con un continuo desengaño con el mundo en el que viven, acto que supuestamente les aboca al suicidio. Esta mezcla de conceptos o ideas queda falsaria en pantalla y no permite un desarrollo coherente de la personalidad de la protagonista.




Chapero Jackson no lo deja ahí y al sumergirnos en el mundo subterráneo de Lírico toma referentes estéticos y tonales de Matrix cuando nos presenta a ese grupo de guerreros que se mueven como Morlocks en las alcantarillas de un mundo perdido o mirando más al pasado dejándose imbuir considerablemente por el look (hoy bastante pasado de moda) de Subway, la cinta de 1985 dirigida por el francés Luc Besson y protagonizada por Christopher Lambert e Isabelle Adjani cuando los vemos moverse entre las sombras con esas barras halógenas que utilizan como linternas para desplazarse por los túneles.




Toda esta mezcla de referentes no sería algo muy reprobable, de hecho no lo es, sino fuera porque el verdadero problema que hace fallar Verbo es en su contenido y lo que quiere contar y ahí es donde Chapero Jackson hiere de muerte a su cinta. El realizador madrileño quiere contarnos la clásica historia de adolescente alienado que debe buscarse a sí mismo para realizarse como persona, encontrar su lugar en un mundo al que no debe someterse, pero peca de pretencioso y discursivo tanto con la exposición de sus ideas en pantalla como por medio de unos personajes que aún viviendo en una especie de dimensión paralela onírica deberían ser creíbles para el espectador.




La voz en off es un recurso narrativo delicado. Si se utiliza con pericia puede enriquecer considerablemente una película (Blade Runner) pero si es mal usada puede no sólo no aportar nada, sino también lastrar el desarrollo de un largometraje (Black Dahlia). En Verbo la voz interior de Sara expone al espectador unas ideas de corte existencialista que  no se perciben como reales ni parecen propias de una chica de 15 años por muy soñadora que sea. Tampoco ayuda la continua referencia (aunque es encomiable el intento) de que una obra como Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes sobrevuele todo el metraje por el simple hecho de que Sara comparta una personalidad fantasiosa como la de Alonso Quijano.




Por otro lado los diálogos cuando estamos en el microcosmos en el que se mueven Lírico y su grupo (los del mundo real no tanto) suenan verdaderamente impostados, como si fueran un tutorial sobre filosofía de andar por casa. Chapero Jackson quiere ir más allá del típico manual de autoayuda cuando hace que el personaje de un esforzado pero poco convincente Miguel Ángel Silvestre guíe a Sara, pero el hecho de que hable rimando como si todo lo que saliera de su boca fuera una canción de rap queda mal expuesto y a veces incluso induce a la risa involuntaria.




Los actores hacen lo que puede con unos diálogos que suenan demasiado solemnes e ingenuos en sus bocas. La protagonista Alba García se esfuerza y hace hasta cierto punto creíble su aventura, en cambio los componentes de la banda de Lírico no consiguen ser convincentes como grupo de outsiders, los únicos que se salvan un poco de la quema son Miguel Ángel Silvestre y sobre todo Víctor Clavijo, aunque este es diana de uno de los apuntes de guión más reprobables. Macarena Gómez y Verónica Echegui no están en su mejor momento durante el film y lo del pobre Adam Jerzinsky es un visto y no visto. En cambio los actores que están el mundo real como Najwa Nimri, Manolo Solo o Nasser Saleh cumplen mejor con su labor interpretativa.




Verbo es una cinta fallida pero con cierto mérito. A Chapero Jackson le ha podido la ambición y ha querido contar de manera grandilocuente una historia que por medio de la humildad hubiera dado más y mejor fruto. Pero es innegable que aún buscando cierta comercialidad ha apelado a lo diferente (esos pasajes animados quedan bastante bien) y a querer ofrecer un tipo de cine español distinto al menos en su envoltura. Esperemos que para la próxima vez encauce ese talento latente que ciertamente tiene y nos regale una obra acorde con sus dotes como director, que están ahí, pero todavía no han salido del subsuelo.



lunes, 16 de abril de 2012

Grupo 7




Título Original Grupo 7 (2012)
Director Alberto Rodríguez
Guión Rafael Cobos y Alberto Rodríguez
Actores Mario Casas, Antonio de la Torre, Inma Cuesta, Joaquín Núñez, José Manuel Poga, Julián Villagrán, Estefanía de los Santos, Lucía Guerrero, Diana Lázaro





Recuerdo lo indignado que me sentí cuando hace unos años terminé de ver 7 Vírgenes, la segunda cinta en solitario del realizador sevillano Alberto Rodríguez. No porque la cinta fuera mala, todo lo contrario, sino porque el retrato que hacía de los adolescentes andaluces de principios del siglo XXI era tan veraz que me jodía considerablemente ver reflejada en aquellas imágenes una realidad que yo he vivido de cerca y unos personajes alienados y sin rumbo fijo a los que he llegado incluso a conocer. El mal cuerpo que se me quedó viendo el film me confirmó que su director era un tipo que sabía lo que hacía y al que era bueno seguir de cerca.






Con Grupo 7 el cineasta Alberto Rodríguez hace su versión cinematográfica de unos hechos reales que tuvieron lugar en la Sevilla pre Exposición Universal de 1992 cuando un grupo de la policía (Grupo 10) se hizo famoso por imponer su cuestionable y muy personal manera de mantener la justicia por medio de la tortura, la a extorsión y todos los métodos expeditivos que les permitían "limpiar" la calle del mercado de los estupefacientes cercando a los traficantes que hacían negocio con dichas sustancias, utilizando siempre acciones más propias de mafiosos que de agentes de la ley, todo para que Sevilla fuera supuestamente purgada antes de que el mundo entero pusiera sus ojos sobre ella.




A pesar de que muchos de sus apuntes recuerdan al cine policiaco de Sidney Lumet y que su manera de estar rodada remite a la soberbia serie The Shield, la estructura central de Grupo 7 es completamente heredera de la primera Tropa de Élite del director carioca Jose Padilha, cinta sobre un grupo de asalto de la policía de Río de Janeiro que por medio de la fuerza y la violencia limpiaba las favelas de "escoria" para quitar de la vista de la opinión pública el narcotráfico justo antes la llegada de Juan Pablo II. Pero si la cinta de Padilha se movía en una ambigüedad moral con la que a veces incluso justificaba las acciones deplorables de sus protagonistas, Alberto Rodríguez mete el dedo en la herida y hace el retrato más duro que un servidor ha visto de la policía dentro del cine español.






Grupo 7 toma un punto de partida (chico joven que llega a grupo de policías veteranos de vuelta de todo) tan clásico como manido para a los pocos minutos salirse por la tangente y dar la primera en la boca al espectador. El personaje de Mario Casas no debatirá consigo mismo durante mucho metraje sobre si caer o no en la corrupción manteniendo su integridad como agente de la ley, ya que se meterá de lleno en el conjunto y aceptará de buena gana ser uno más dentro de ese equipo de policías que hacen de la ilegalidad y el abuso de autoridad su modo de vida.





De esta manera el guión esquiva ciertos tópicos del género y toma dos vertientes encomiables y arriesgadas. Una es deshacerse del típico personaje que estando dentro de la inmundicia moral lucha contra ella para finalmente rendirse y caer en su interior o vencerla y dos, de esta manera Alberto Rodríguez pone claramente las cartas sobre la mesa y nos dice que todos los policías a los que retrata, sus personajes principales, están sumidos en un pozo de amoralidad que tiene un efecto vírico tanto en ellos como en los que mantienen negocios con el Grupo 7.






Cuando el director nos ha dicho de qué va la cosa y nos expone claramente que estos hombres no son buenas personas, que son capaces de torturar, engañar, robar y hasta matar por mantener su peculiar y destructivo modo de vida, siempre con el respaldo de un gobierno que mira para otro lado y permite lo impensable con tal de guardar las apariencias, riza el rizo y los humaniza, hace cercanos, creíbles, los muestra con sus muchas sombras y pocas luces y por ello consigue mostrarlos desnudos emocionalmente en pantalla, haciendo que el espectador vea una impagable tonalidad de grises en vez de colores blancos o negros.






Situar la historia pocos años antes de la Expo 92 es un acierto mayúsculo, por un lado para contextualizar la historia y hacer un retrato social de la España de finales de os 80 y por otro para con ello sacar toda la mierda y la inmundicia urbana que se esconde detrás de la Andalucía oculta, la que no se ve detrás de capillas, bares, pasos de semana santa (que maravillosamente acertado lo del bar de hermandad que vende droga, que poderosa la imagen de los componentes del grupo caminando de rodillas con las manos detrás de la cabeza emulando una procesión) y que está corrupta hasta el tuétano llenando los bolsillos de los mandatarios políticos mientras la gente del extrarradio tiene que salir adelante por medio del narcotráfico porque no tiene donde caerse muerta.






Al Grupo 7 le dan vida un casting de cuatro actores que hacen un trabajo magnífico. Del gran Antonio de la Torre no voy a decir nada ya que no haya comentado alguna vez en este blog, es uno de los mejores actores españoles del momento y con su personaje puede pasar de romperle la boca a patadas a un delincuente en una escena a dar todo lo que tiene por la chica con la que vive en la siguiente. Mario Casas, que estará todo lo estigmatizado que queramos por ser un fenómeno fan de quinceañeras, hace un muy buen trabajo (y no es la primera vez) no yéndole a la zaga a De la Torre. José Manuel Poga y sobre todo Joaquín Núñez como Mateo dan un tono de frescura al resto de componentes del grupo y las guapas Inma Cuesta y Lucía Guerrero interpretan con convicción y bastante talento a la mujer del protagonista la primera y a la amante del personaje de Antonio de la Torre la segunda.






La dirección y escritura de Alberto Rodríguez son para nota alta y lo confirman como un muy bien cineasta atóctono. Su realización es tan sólida como nerviosa, sabe utilizar con soltura la cámara al hombro y hacer que la acción sea cercana y palpable. También entiende y guía a los actores y en el guión perfila magnificamente a los personajes, ofrece díalogos realistas, con jerga de los barrios marginales sevillanos, pero también se permite introducir de manera nada impostada sentencias en la boca de los protagonistas llenas de dobles sentidos o un tono profético con respecto a lo que irá sucediendo en el devenir de la historia.






Siguiendo la estela de ese interesante resurgir del thriller español que hemos podido ver con obras previas como Celda 211 de Daniel Monzón, Carne de Neón de Paco Cabezas o No Habrá Paz Para los Malvados de Enrique Urbizu, pero desde mi punto de vista superando a estas dos últimas, Grupo 7 ofrece un directo a la mandíbula en forma de buen cine, rematado de manera astuta tanto artística como técnicamente, pero también (y sobre todo) una reflexión sobre el lado más oscuro tanto de las fuerzas de la ley como de los hombres que nos gobiernan al sur de España e incluso de nosotros, los ciudadanos de a pie, que tampoco estamos libres de pecado como para tirar a estas alturas la primera piedra. Andalucía por desgracia no es la excepción, ni mucho menos.



sábado, 14 de abril de 2012

Shame, the loneliness of the long distance runner





Título Original Shame (2011)
Director Steve McQueen
Guión Abi Morgan, Steve McQueen
Actores Michael Fassbender, Carey Mulligan, James Badge Dale, Nicole Beharie, Jake Richard, Jake Richard Siciliano, Hannah Ware, Alex Manette, Chris Miskiewickz, Jay Farraro, Anne Rose Hopkins, Eric Miller





Desde que se estrenara en el festival de Venecia de 2011, Shame, la segunda película del director británico Steve McQueen tras su debut, Hunger, no ha hecho más que recibir elogios por parte de la crítica y premios en los certámenes cinematográficos, sobre todo para la labor de su actor protagonista, el intérprete irlandés de ascendencia alemana Michael Fassbender. Una vez vista la cinta debo admitir que no me parece la pieza maestra que muchos promulgan, pero tampoco me parece una obra desdeñable, es más, hay en ella momentos de cine purísimo y emocionante que merecen la pena ser vistos.




Brandon Sullivan (Michael Fassbender) es un apuesto neoyorkino con éxito en su trabajo y entre sus amigos que esconde una insaciable adicción al sexo. Cuando llega la noche Brandon queda con solteras de la ciudad o prostitutas para saciar sus instintos, si no lo consigue se alivia practicando el onanismo viendo una ingente cantidad de pornografía en la red. Un día su hermana Sissy decide hacerle una visita e instalarse un tiempo en su casa. Tal hecho impedirá a Brandon mantener su incontenible y autodestructiva vida sexual que finalmente la pasará factura.




Shame es un intenso drama de tono elegantemente crepuscular en el que el co guionista y director Steve McQueen por medio de un personaje adicto al sexo ofrece al espectador un retrato de cierto arquetipo de hombre del siglo XXI. Un individio que ha hecho de la asepsia vital, la incomunicación y la soledad un modo de vida que sin percibirlo lo deshumaniza hasta extremos enfermizos. La cinta es un certero análisis de los estragos que una enfermedad como esa puede producir en la persona que la padece, pero el hecho de que Brandon sea un individuo obsesionado con mantener relaciones sexuales sirve también como simbología de la perdida de la personalidad del ser humano contemporáneo.




Shame tiene un tempo reposado, no es una cinta que se deba ver con prisas ni impaciencia. Aquellos que busquen un largometraje para pasar un rato divertido no tienen nada que que hacer aquí, pero posiblemente los espectadores que acudan a ella en busca de una película erótica saldrán aún más escaldados. Para ser una obra que habla de la satiriasis no hay en su metraje tanto sexo como cabría suponer y el mismo no está expuesto en pantalla de manera sensual. McQueen no busca la excitación del espectador, su tratamiento de los coitos en pantalla es frío, distante y aséptico, marcando las distancias y acentuando el carácter de afección psicológica que debe transmitir la historia de Brandon.




Pero tampoco está expuesto de manera sucia o enfermiza, es más, muchos espectadores y la prensa especializada hablan por la red de la supuesta incomodidad que la cinta exhala por su tratamiento del sexo, malestar que un servidor no ha encontrado por ninguna parte. El director ciertamente consigue transmitir más compasión por su criatura que rechazo, angustia o prejuicios, pero en eso tiene mucho que decir el impresionante trabajo del intérprete de Malditos Bastardos o X-Men: Primera Generación que se entrega sin miramientos para dar vida a este hombre en caída libre hacia los infiernos.




Shame es Michael Fassbender, la cinta sin él quedaría reducida al 20% de su capacidad como obra cinematográfica. Desde el minuto uno el actor aparece completamente desnudo delante de la cámara (mucho se ha hablado del tamaño de sus atributos, incluso George Clooney hizo una simpática broma sobre el tema al recoger el globo de oro por su labor en Los Descendientes) y no es baladí tal hecho, porque el actor lo da todo en un rol considerablemente complicado al que saca oro llevando su labor más lejos que el mismo guión.




Brandon es un hombre que de cara al público aparenta ser totalmente normal, elegante, educado, amable, amigo de sus amigos. Pero cuando se encierra en las cuatro paredes de su hogar y nadie puede verlo se comporta como un enfermo que debe desfogarse continuamente, un hombre tan obsesionado con el extasis sexual que llegado un punto su adicción es tan brutal que deja de mirar género o número, su imperiosa necesidad de alcanzar el orgasmo es tan enfermiza que en ocasiones podemos ver en la sobreprotección que tiene hacia su hermana cierto tono oscuro que bordea en el incesto.




Sissy, es otro punto interesante dentro de la trama y el personaje catalizador de la desestructuración de la peculiar rutina dentro del día a día de Brandon. Todo un acierto por parte de McQueen y su co guionista Abi Morgan mostrar al personaje de una vulnerable y magnífica Carey Mulligan como una chica descentrada y débil que ni aún conociendo la enfermedad de su hermano podría servirle de apoyo por ser ella una persona del todo inestable. Esa escena en la que ella canta New York, New York en el restaurante mientras él llora apunta a una vida compartida llena de tristeza o algún hecho traúmatico entre ambos que confirmaría el matiz incestuoso que he mencionado anteriormente.




Con todo, media hora antes de acabar la película un servidor confirma que Shame no es ninguna pieza de orfebrería, sino una competente cinta que hace un retrato bastante desolador de un hombre que necesita, en resumidas cuentas, follar para vivir porque realmente es incapaz de amar. Pero entonces llega la escena del menashatrua, que supondría el clímax de la cinta y hay un plano en ese pasaje que hace que me recorra un escalofrío por la espina dorsal y que me confirma que ha merecido mucho la pena ver esta cinta con sus fallos (pocos) y virtudes (varias, pero tampoco enormes).





En el momento del éxtasis, cuando el protagonista va a llegar al orgasmo McQueen hace un primero plano del rostro de Fassbender y lo que vemos en su cara es una mezcla entre placer y llanto, entre vida y muerte, aceptación y penitencia, la confirmación de que por fin Brandon ha tocado fondo, toma conciencia de la realidad y admite por fin que está enfermo y que si sigue por ese camino de autodestrucción nunca podra salir del pozo existencial en el que se ha introducido, todo esto sin decir una palabra, sólo dejando salir de su boca un gemido que se quiebra. Una vez más el actor principal impulsa el conjunto de la película y ofrece una escena de pureza cinematográfica que a mí al menos me dejó completamente descompuesto.





Shame es una obra difícil, no es tan dura como la venden, ni siquiera ofrece verdadero o abundante sexo explícito, pero a mí al menos me recompensó con creces, sobre todo su recta final. Una cinta interesante y bien realizada, con una magnífica banda sonora y una dirección elegante alcanza la excelencia gracias a un actor que parece no estar interpretando. La segunda cinta de Steve McQueen merece la pena por el simple hecho de mostrar los estragos de una enfermedad con la mirada de un hombre completamente perdido e incapaz de amar que, como podemos ver en ese plano final que cierra la obra, sabemos que podrá salir del infierno, pero no el precio que deberá pagar por ello.


Un Rostro en la Multitud, el ídolo de barro




Título Original A Face in the Crowd (1957)
Director Elia Kazan
Guión Budd Schulberg
Actores Andy Griffith, Lee Remick, Patricia Neal, Anthony Franciosa, Walter Matthau, Kay Medford, Burl Ives, Rip Torn





En 1957 tras la polémica Baby Doll el controvertido director norteamericano de origen griego Elia Kazan dirigió otra de sus cintas menos conocidas, pero no por ello carente de interés o hallazgos cinematográficos. Sin ser una de sus obras más logradas ni ser recordada como un clásico del séptimo arte es indudable que un largometraje como A Face in the Crowd no sólo no ha envejecido un ápice después de más de 50 años, sino que también se erige como una pieza perfectamente realizada en la que el director de Un Tranvía Llamado Deseo hace uno de los retratos más inmisericordes sobre los medios de comunicación jamás rodados.






Larry Rhodes (Andy Griffith) es un vagabundo que pasa la noche en la comisaria de una localidad de Arkansas. Con el fin de realizar un programa de radio llamado Un Rostro en la Multitud la locutora Marcia Jeffries (Patricia Neal) se introduce en el departamento del sheriff buscando testimonios reales. Larry será el personaje elegido y gracias a su carisma, naturalidad y a decir todo lo que piensa acabará convirtiéndose en un personaje (primero radiofónico y luego televisivo) que moverá a las masas de todo el país estadounidense que se verá rendido a los pies de "Lonesome" Rhodes, el nuevo ídolo de los medios de comunicación, la voz del pueblo.






Crítica furibunda a los medios de comunicación norteamericanos a finales de la década de los 50 con la que Elia Kazan hace un retrato bastante oscuro y pesimista no sólo de las televisión de la época, sus programadores o los presentadores, sino también del ciudadano medio estadounidense que se deja sorber el cerebro en cuanto ve en televisión a un personaje con el que empatizar a un nivel de personalidad y clase social aunque el tipo sea un machista, inculto y prejuicioso que finalmente es devorado por la fama y los excesos.






Uno de los grandes aciertos de la cinta es ver la evolución del personaje de "Solitario" Rhodes porque su imagen y trayecto vital son la viva imagen de lo fallido que es conceptualmente el mal llamado sueño americano. El personaje de un enorme (en todos los sentidos) Andy Griffith comienza su andadura en los medios primero como atípico locutor de radio y después como presentador de programas televisivos. Su espontaneidad, cercanía, risa estruendosa y aire bonachon permiten que una clase obrera se vea brutalmente identificada con él y le acabe mostrando su admiración.






Sus inicios en la televisión en los que no sabía ni como mirar directamente a la cámara, desprendiendo un tono entre inocente y bonachón se contraponen al magnate de los medios que mira por encima del hombro a una audiencia a la que tilda de estúpida y sumisa al final del metraje. Pero Kazan y su guionista Budd Schulberg van más allá y por medio del rol secundario de un senador hacen un retrato desalentador de cuanta influencia tienen los medios de comunicación a la hora de que el electorado elija a los hombres que gobernarán el país y sus propias vidas sin saber en realidad que están dando su voto a un indeseable.




Por otro lado enorme acierto por parte de los autores del film el no mostrar la bajeza moral del mundo de los medios de comunicación analizando sus entrañas o su modus operandi como corporación, sino reflejando cómo el poder y la fama pueden corromper a un hombre humilde, sin hogar, que subsistía mendigando dinero o comida transformándolo en poco tiempo en un déspota millonario que reniega de las personas que lo han convertido en lo que es y que no dejan de ser un reflejo de su anterior posición social que tan pronto parece haber olvidado.




Independientemente de su comparecencia durante la caza de brujas y la execrable delación de compañeros por su parte, es innegable que Elia Kazan es uno de los directores más importantes de la historia del cine, autor visionario en ocasiones, adelantado a su época casi siempre, con Un Rostro en la Multitud lanzó un aguijonazo al mundo de la televisión (como 7 años antes había hecho Billy Wilder con su inconmensurable El Crepúsculo de los Dioses al del cine,) cuyo eco reverberaría en otras obras posteriores y tan dispares que trataban centralmente el mismo tema (el poder y la corrupación de los mass media) como fueron Network: Un Mundo Implacable de Sidney Lumet en 1976 y Asesinos Natos (Natural Born Killers) de Oliver Stone en 1994.





Gracias a su excelente reparto con secundarios como Patricia Neal, un magnífico Walter Matthau que hace de voz de la conciencia en el relato, Tony Franciosa y una guapísima Lee Remick que debutaba en el cine, al incisivo guión de Budd Schulberg y la realización ajustada y hasta romperdora en ocasiones (esos dibujos animados) de Elia Kazan, A Face in the Crowd se puede y debe considerar como una obra a redescubrir que mantiene su mensaje y frescura intactos después de medio siglo de su estreno, por tratar un tema tan brutalmente actual que nunca pasará de moda, por desgracia para nosotros y nuestra salud mental.