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miércoles, 31 de marzo de 2021

Doom Patrol Temporada 2, when you wish upon a star, your dreams come true.



"Las causas perdidas no lo son del todo si alguien lucha por ellas"




Aunque pasó bastante desapercibida, incluso dentro del tipo de ficción al que se adscribe, la primera temporada de Doom Patrol se convirtió en una de las mejores series del año 2019, no ya dentro de las producciones audiovisuales dedicadas a adaptar los personajes de cómics a imagen real, sino dentro de cualquier género que pudiera cultivarse dentro del medio televisivo o las plataformas digitales de pago por visión. Nacida como spin off derivado de la serie Titans, Doom Patrol llegó a DC Universe, para más tarde pasar a HBO, como una adaptación bastante fiel de la gloriosa y renovadora etapa de los personajes escrita por Grant Morrison y dibujada por Richard Case a finales de los 80. Como recordamos, por aquel entonces los personajes creados por los guionistas Bob Haney y Arnold Drake, acompañados del dibujante Bruno Preamini, en junio de 1963 dentro de las páginas de My Greatest Adventure #80 vivían las horas de popularidad más bajas de su vida editorial. Pero Morrison y Chase insuflaron nueva vida a base de imaginación desbordada, surrealismo y metalenguaje.




Esta época de la Patrulla Condenada que a día de hoy sigue siendo una de las mejores de la historia de DC Comics, y posteriormente el sello Vertigo, fue la elegida por Jeremy Carver, creador y showrunner de la serie, con el respaldo de los productores Greg Berlanti y Geoff Johns o Sarah Schechter. En el apartado artístico encontrábamos a Timothy Dalton (Niles Culder/el Jefe), Diane Guerrero (Crazy Jane y sus otras 64 personalidades) April Bowlby (Elasti-Girl/Rita Farr) Joivan Wade (Cyborg/Victor Stone) y dos casos curiosos como los de Brendan Fraser (Cliff Steele y voz de Robotman) y Matt Bomer (Larry Trainor y voz de Negative Man) que junto a Riley Shanahan y Matthew Suk, los actores que realmente los interpretan cuando llevan puestos sus atuendos, daban forma a dichos personajes. A ellos se sumaba Alan Tudyk (Mr. Nobody/Eric Morden), dando vida, no sólo al villano principal de la temporada, sino también al demiúrgico narrador de la historia planteada.




El resultado no sólo fue, como ya hemos apuntado previamente, una adaptación notablemente respetuosa con los cómics diseñados por Grant Morrison y Richard Case, sino una de las series más originales, atípicas, divertidas, alocadas y emotivas de la ficción reciente y la, con mucha diferencia, mejor producción adscrita a DC Entertainment, independientemente de si su origen es cinematográfico, televisivo o de pago por visión. El acabado visual de todos y cada uno de los episodios, la mezcla entre carisma, ternura, tragedia y humor negro de un reparto en estado de gracia interpretando a personajes tridimensionales con los que era imposible no empatizar; el divertidísimo uso del metalenguaje y la intertextualidad por parte del villano interpretado por Alan Tudyk o la aparición de míticos secundarios de las viñetas como Flex Mentallo, Danny, la Calle o el Cazador de Barbas convirtieron la primera temporada de Doom Patrol en un logro mayúsculo que mereció un mayor reconocimiento debido a su trascendente amalgama entre entretenimiento bizarro y emotividad perfectamente conjugada.




Por suerte esos primeros quince episodios funcionaron lo suficientemente bien como para que Warner Bros diera continuidad al show con una segunda temporada que debutaría paralelamente en DC Universe y una por aquel entonces recién nacida HBO Max. El 25 de julio de 2020 llegaba esta nueva entrega de Doom Patrol y lo hacía con una importante incorporación en su reparto, la de Abigail Shapiro como Dorothy Spinner, rol que sólo apareció, sin mostrar su rostro, en el último episodio de la primera temporada. Este personaje se convierte en el epicentro de la los diez episodios que configuran este nuevo gran arco de la serie creada por Jeremy Carver, ya que gran parte de la trama gira en torno a sus enormes poderes y las desastrosas consecuencias a las que puede dar lugar cada vez que “pide un deseo” y permite a sus amigos imaginarios tomar forma corpórea en nuestra realidad. Dicha situación es alumbrada por primera vez en el flashback de 1927 centrado en la pequeña niña con facciones simiescas en el que es adoptada por Niles Culder después de dar rienda suelta de manera involuntaria a una masacre en la carpa del circo en el que era brutalmente expuesta y maltratada por su dueño.




Pero afortunadamente el interesante perfil psicológico de los personajes en el que más que superhéroes son retratados como marginados con notables problemas psicológicos derivados de pasajes traumáticos pertenecientes su pasado, algo que ya estaba en la visión que de ellos dio Grant Morrison en su ya citada etapa, siguen imperando en las distintas tramas de esta temporada. Crazy Jane y la crisis relacionada con sus distintas personalidades, Robotman y Negative Man persiguiendo su pasado familiar, Elasti-Girl intentando controlar sus poderes y recuperar su vida como estrella cinematográfica, Cyborg comenzando una relación sentimental con su compañera de terapia y el Jefe intentando contener el peligroso don de su hija muestran un abanico de diferentes dilemas morales y afectivos con el que Doom Patrol se sigue confirmando como una de las series actuales con una mejor galería de protagonistas que a pesar de su naturaleza extraña y poco común consiguen empatizar con un espectador que lo tiene muy fácil para conectar con los problemas, muy humanos, de estos siete personajes a los que se suma Dorothy como nueva incorporación.




Precisamente es la incorporación al cast de Abigail Shapiro como Dorothy el mayor acierto de esta segunda temporada. La hermana de Milly Shapiro (Hereditary) captura de manera brillante la mezcla entre ternura, tragedia y terror que transmitía el personaje en los cómics de Doom Patrol en general y en la etapa de Morrison y Case en particular. Su lenguaje corporal, voz cándida y el buen hacer de los sencillos efectos de maquillaje conjuran un personaje del que es imposible no enamorarse y que la pequeña actriz acomete con una convicción y profesionalidad impropia de una niña de su edad con pocos trabajos interpretativos a sus espaldas. A Shapiro le acompaña un equipo artístico que ya en la primera temporada demostraron haber sido elegidos por la divina providencia para dar vida a sus papeles y que en esta nueva entrega consiguen desarrollar y llenar de matices haciéndolos sobresalir con respecto a cualquier otro personaje de DC Comics extrapolado al medio audiovisual. Lo único que se echa de menos es al Mr. Nobody de un inconmensurable Alan Tudyk que, esperemos, pueda volver como villano en alguna de las próximas, esperemos que muchas, temporadas de la serie, ya que la aparición puntual de villanos como Red Jack son agradables, pero saben a poco.




Aunque se pierde el factor sorpresa y el uso delirante y genuino del metalenguaje aportado por el villano interpretado por el Hoban “Wash” Washburne de Firefly y Serenity con respecto a la primera temporada, la segunda parte de Doom Patrol sigue siendo un producto que, como ya apuntamos al inicio de esta entrada, trasciende las adaptaciones de personajes de cómics a imagen real para consolidarse como una de las mejores series actuales, algo que sintetiza de manera impecable el maravilloso episodio Sex Patrol, una genuina oda a la diversidad y la inclusividad. Afortunadamente su paso a HBO Max resultó un gran éxito, convirtiéndose en una de las producciones propias más vistas de la plataforma de pago por visión, de manera que en el DC FanDome de septiembre de 2020 se confirmó su renovación por una tercera temporada que llegará a nuestras pantallas en algún momento, todavía sin especificar, del presente año. Aunque no tiene una vinculación directa con la serie es muy de agradecer que un proyecto tan remarcable como Doom Patrol haya sido construido por sus máximos responsables en base a los geniales e inteligentes planteamientos argumentales que Grant Morrison desplegó a lo largo de los tres años que permaneció en la colección con el respaldo de Richard Case a los lápices. Por suerte nos queda Grant Morrison para rato en la ficción audiovisual.


domingo, 7 de febrero de 2021

Preacher: Temporada 4, la batalla del Álamo


 

"El cielo está vacío, Dios se ha ido. Queremos que tú tomes su lugar"



Cuatro años y el mismo número de temporadas ha tardado en hacer su recorrido catódico Preacher, la serie creada por Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg para la cadena de pago AMC inspirándose en el cómic homónimo escrito por Garth Ennis y dibujado por Steve Dillon para el añorado sello Vertigo. Un servidor os ha acompañado a lo largo de este trayecto reseñando todas y cada una de las entregas anuales que hemos recibido centradas en las aventuras teológicas y escatológicas de Jesse Custer, Tulip O’Hare y Proinsias Cassidy, interpretados por los actores Dominic Cooper, Ruth Negga y Joseph Gilgun respectivamente. Una primera y decepcionante temporada dio pasa a una prometedora segunda más cercana a los cómics, pero todo quedó en un espejismo cuando asistimos a cómo la tercera volvía a caer en los mismos fallos que los primeros episodios de la producción, dejando un mal sabor de boca con respecto a un proyecto que lo tenía todo para convertirse en una obra de culto y una digna adaptación del icónico trabajo en viñetas que le sirve de inspiración. Poco antes de estrenarse esta cuarta temporada que nos ocupará en la siguiente entrada AMC confirmaba la cancelación de la serie, obligando a sus máximos responsables a cerrar de la mejor manera posible todas las tramas. El resultado no desentona un ápice con respecto a una ficción que nunca llegó a despegar del todo desperdiciando el potente y explosivo material de partida que tenían en sus manos.



La cuarta tanda de episodios de Preacher recorre una a una todas y cada una de las carencias que han ido menoscabando con el paso de los años la calidad de la serie. Para empezar Sam Catlin, Seth Rogen, Evan Goldberg y su equipo de guionistas vuelven a alejarse en exceso de los cómics, mirando con desdén los impresionantes historias que Garth Ennis y Steve Dillon elaboraron en la colección de Vertigo, sólo tomando pequeños apuntes de las mismas, más que para aprovecharlos y convertirlos en un producto audiovisual de calidad, como un vacuo y altivo intento por contentar y acallar a los que en su momento leímos una de las mejores obras de esta irrepetible pareja de autores británicos. Seguidamente tenemos otra de las señas de identidad de esta Preacher en imagen real como la inexplicable capacidad de sus escritores para estancar de manera insalubre las distintas tramas que dan forma a los diez episodios de los que consta esta cuarta temporada. Se antoja demencial que una como la del rescate de Cassidy en Masada, que podía haberse resuelto en un sólo episodio, se alargue cuatro interminables entregas en las que la redundancia y el subrayado se apoderan del metraje y la paciencia del espectador.



También volvemos a encontrarnos con personajes que a pesar de estar a estas alturas más que definidos psicológicamente dan vueltas sobre sí mismos mostrándose incapaces de ejecutar acciones que sirvan para construir una sencilla historia con inicio, nudo y desenlace. ¿Cuántas veces necesitamos que a Cassidy le arranquen el glande para que seamos conscientes de su adicción a la tortura y la venganza contra su agresor? ¿En cuantas ocasiones puede Tulip intentar ir por su propia cuenta para al poco tiempo volver con sus compañeros de fechorías? ¿Cuántos países tiene que visitar y a cuantas personas debe enfrentarse Jesse para encontrar a Dios? ¿Cuantos actos violentos tiene que realizar el Santo de los Inocentes para que “Caraculo” deje de sorprenderse por ello? ¿¿Cuántas bromas sin gracia se pueden hacer con la oreja deforme de Herr Starr??. Esta cuarta temporada acusa más que ninguna otra la incapacidad de sus autores para sacarla del pozo de la mediocridad y si no fuera porque pasado el ecuador comienzan a acontecer algunos hechos interesantes y porque a estas alturas ya nos hemos encariñado con el reparto y las libérrimas versiones que ofrecen de los personajes del cómic no tendríamos nada de verdadero interés por lo que valiera la pena acercarnos a la despedida una serie como Preacher.



Para colmo, no sabemos si por la prematura decisión de abortar la serie en la cuarta temporada o por otro motivo, la segunda mitad de la misma parece querer encapsular el grueso de muchos de esos arcos argumentales de los cómics que los guionistas han ido obviando o sólo tomando como referentes muy superficiales, llegando a límites de exagerada síntesis en los dos últimos episodios condensando un sinsentido de idas y venidas argumentales que desembocan en un apresurado clímax, paradójicamente anticlimático, y apresurado en exceso que sólo recibe puntos a favor por el bonito epílogo que cierra la serie. Con esto no queremos decir que Catlin, Rogen, Goldberg y compañía quieran revelar esta recta final de Preacher como un producto más adherido a lo escrito e ilustrado por Garth Ennis y Steve Dillon en los 90, ya que en el proceso siguen introduciendo torticeras subtramas de cosecha propia y personajes satélite cuyas peripecias sólo parecen hacerles gracia a ellos, porque de cara al espectador no dejan de protagonizar situaciones supuestamente irreverentes o políticamente incorrectas que no escandalizarían a un monaguillo, confirmando una vez más que la bilis expulsada por los autores de la serie de Vertigo nunca llegó a ser captada adecuadamente por los responsables del programa de AMC.




Ante semejante desaguisado sólo nos queda una cosa a la que aferrarnos y que desde los primeros compases de la serie nunca ha fallado, su reparto de actores. En las reseñas de las temporadas previas incidimos en que las versiones que aquí vemos de Jesse, Tulip y Cassidy quedan muy lejos de las ideadas por Garth Ennis y Steve Dillon en el cómic, pero bien es cierto que Dominic Cooper, Joseph Gilgun y Ruth Negga han sabido moldear un trío de protagonistas carismático, con personalidad y propension a destilar una más que notable química cuando comparten pantalla. Algo parecido sucede con algunos de los roles secundarios, ya sea Ian Colletti como “Caraculo” o Graham MacTavish como el Santo de los Inocentes, capaces de ofrecer momentos remarcables cuando ambos interactúan. La incorporación de Mark Harelik como Dios también depara algún pasaje reseñable y Julie Ann Emery sabe transmitir el insulso dogmatismo de su criatura mientras los Hitler y Jesús de Noah Tylor y Tyson Ritter, respectivamente, derivan en cuestionable descarga cómica. En cambio es Pip Torrens el que en esta ocasión se pasa de autoparódico con su Klaus Starr, al que ofrecen más minutos en pantalla, pero sin que el británico sepa echar el freno en los momentos más vergonzosos, alejándose un poco del buen hacer que demostró en las anteriores temporadas confirmándose como uno de los mejores fichajes del apartado artístico.



Preacher abandona la parrilla de la AMC, o el catálogo de HBO España si hablamos de nuestro país, con la cabeza gacha y sin hacer apenas ruido. Lejos quedan ya aquellos dos intentos por adaptar el cómic de Vertigo a cine o serie de televisión a manos de Robert Rodriguez primero y Sam Mendes después que prometían mucho, pero acabaron en la nada. Desgraciadamente cuando Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg cogieron las riendas del proyecto desde los primeros pasos del mismo demostraron no ser las personas adecuadas para extrapolar con éxito la odisea iconoclasta con aroma a western crepuscular que protagonizaron a lo largo de 66 números y unos cuantos especiales Jesse, Tulip y Cassidy. Por el camino queda un “puedo y no quiero” que lo tenía todo para haber desembocado en una serie antológica, pero que por la fea costumbre de ser condescendiente con la obra primigenia ha quedado reducida a una mediocridad audiovisual más disfrutable para aquellas personas que nunca se hayan acercado al trabajo de Ennis y Dillon que para sus lectores. En lugar de enderezar el barco para su último viaje los responsables de Preacher han abrazado sus carencias e imperfecciones sin prejuicio alguno para decir adiós a una producción que debería haber sentido más respeto y admiración por su principal referente.


lunes, 18 de mayo de 2020

El Regreso de la Cosa del Pantano, born on the Bayou



Título Original The Return of Swamp Thing (1989)
Director Jim Wynorski
Guión Neil Cuthbert, Grant Morris, basado en el cómic de Len Wein y Bernie Wrightson
Reparto Louis Jourdan, Heather Locklear, Sarah Douglas, Dick Durock, Joey Sagal, Ace Mask, Monique Gabrielle, RonReaco Lee, Daniel Emery Taylor, Ralph Pace, Timothy Birch, Alex Van 




Si el estreno de La Cosa del Pantano (Wes Craven 1982) impulsó la reinvención de los cómics del personaje homónimo el enorme éxito de la etapa escrita por Alan Moore seguramente fuera el catalizador para que en 1989 las productoras Lightyear Entertainment y Batfilm Productions, por aquel entonces propietarias de los derechos cinematográficos del pantanoso superhéroe creado por Len Wein y Bernie Wrightson, decidieran estrenar una secuela del film primigenio. Para esta segunda parte sus máximos responsables decidieron no sólo prescindir de casi todos los profesionales detrás de la anterior entrega, sino también acometer dicha continuación con un tono diametralmente opuesto al ofrecido por el director de El Sótano del Miedo (The People Under the Stairs) o Vuelo Nocturno (Red Eye). En esta ocasión se encargaron del guión Neil Cuthbert y Grant Morris, de la dirección un viejo conocido de la serie B como Jim Wynorski y en el reparto destacaban Heather Locklear, Sarah Douglas, Joey Sagal o Louis Jordan y Dick Durock, estos últimos repitiendo como el Doctor Anton Arcane y la Cosa del Pantano respectivamente. El 12 de mayo de 1989 The Return of Swamp Thing se estrenaba en cines no consiguiendo recaudar a nivel mundial mucho más de 270.000 dólares, un fracaso de crítica y público olvidado en la actualidad que, contra todo pronóstico, vamos a intentar revindicar, de algún modo, en la siguiente entrada.





“Un cruce entre La Tienda de los Horrores y El Increible Hulk con un ligero toque de Hairspray” rezaba una de las reseñas de El Regreso de La Cosa del Pantano utilizada en la promoción del largometraje. Dicha cita, más o menos atinada, dejaba claro que el tono de esta nueva propuesta cinematográfica centrada en el personaje de DC Comics, que años después pasaría a formar parte del catálogo de la línea Vertigo, tenía poco o nada que ver que la ideada por Wes Craven en la primera película estrenada en 1982. De esta manera se evidencia que los productores de la obra tenían la intencionalidad de diseñar un acercamiento a la Cosa del Pantano más dirigido a todos los públicos aunando acción, intriga y comedia. Por ello, desde el minuto uno, queda claro que los guionistas Neil Cuthbert y Grant Norris junto al director Jim Wynorski van a dejar de lado la fidelidad a las viñetas para construir una pieza ligera y alejada de cualquier lectura dramática en la que incluso se incluirán varias señas de identidad adheridas al celuloide dirigido a toda la familia.




La trama de The Return of Swamp Thing da inicio cuando Abigail Arcane (Heather Locklear) viaja a los pantanos de Florida tras la misteriosa muerte de su madre. Allí se encontrará con su padrastro, el resucitado Doctor Aton Arcane (Louis Jordan) que ayudado por la Doctora Lana Zurrell (Sarah Douglas) el Doctor Rochelle (Ace Mask) y Gunn (Joey Sagal), el líder táctico de su grupo de mercenarios, ha creado en su laboratorio un ejército de monstruosidades utilizando tanto a animales como a humanos a modo de conejillos de indias con el único fin de dar con una fórmula que le permita revertir los efectos del envejecimiento. Lo que el Doctor Arcane no sabe es que su hijastra intentará detener sus planes con la inestimable ayuda de Alec Holland, la Cosa del Pantano (Dick Durock), que sigue merodeando las inmediaciones de la localidad, mientras entre ambos da inicio una peculiar historia de amor. A Abigail y la Cosa del Pantano se suman otros personajes como Darryl (Daniel Emery Taylor) y Omar (RonReaco Lee) dos niños de la zona amantes de los cómics que intentando ayudar a los protagonistas les producirán más de un quebradero de cabeza.





Lo primero que llama la atención de El Regreso de la Cosa del Pantano con respecto a su predecesora en lo referido al apartado técnico es el notable salto cualitativo de los efectos de maquillaje. Lo decimos no sólo porque la caracterización del protagonista sea mucho más elaborada y se acerque más a las de los cómics que la ofrecida por Wes Craven y sus colaboradores en el film original de 1982, sino también por el diseño de todas las criaturas monstruosas y deformes que habitan el laboratorio del Doctor Anton Arcane. Aberraciones científicas en las que animales y humanos se fusionan como si hubieran sido cobayas del Doctor Seth Brundle del brillante remake que David Cronenberg realizó de La Mosca sólo tres años antes. Además del elaborado uso del maquillaje la feliz inclusión de animatrónicos añade una pátina de sadismo y crueldad a las aberraciones genéticas creadas por el equipo de expertos dirigido por el villano al que da vida Louis Jordan, heredera directo de la serie B y los films protagonizados por los clásicos mad doctors jugando a ser Dios.




Otro apartado en el que esta secuela supera a su predecesora es en el de las numerosas secuencias de acción. Ya recordamos en la reseña de la película de 1982 que a pesar del carácter voluntarioso de Wes Craven detrás de las cámaras las escenas de persecuciones, tiroteos o explosiones delataban el poco presupuesto invertido en el proyecto acentuándose exponencialmente en un clímax final de vergüenza ajena. En cambio, en esta continuación no sabemos si fue el mismo director, Jim Wynorski, el encargado de estos pasajes o si delegó responsabilidades en la segunda unidad, pero el resultado es mucho más dinámico, potente y elaborado que en la cinta dirigida por el autor de la saga Scream. Posiblemente también tengan algo que ver los veinte millones de dólares con los que contó esta segunda parte en contraposición a los paupérrimos dos millones de los que dispuso su predecesora, pero es ineludible que a nivel de puesta en escena y apartado visual la obra que nos ocupa es muy superior a la primera adaptación a la pantalla grande de las aventuras en viñetas de nuestro amigo Swampy, sin por ello destacar en manera alguna un acabado estético que tampoco es nada del otro mundo.




Hasta aquí llegan los elogios hacia El Regreso de La Cosa del Pantano, porque a nivel de tono y en lo referido a si es una adaptación fiel o coherente de los cómics el giro hacia lo cómico y digerible para todos los públicos convierte el film en un desastre sin pies ni cabeza que nada tiene que ver con el personaje de DC creado por Len Wein y Bernie Wrightson. La hibridación entre cinta de acción con pinceladas de terror y comedia no funciona en ningún momento, no sólo porque la combinación de las dos vertientes genéricas carece de armonía o un desarrollo orgánico, sino porque el humor que sobrevuela toda la obra es entre ineficaz y penoso. Desde la insulsa, y algo enfermiza, relación emocional que surge entre Abigail y la Cosa del Pantano, pasando por la despersonalización de este último que no para de lanzar chascarrillos casposos arrancando de una tacada el tono melancólico de la contrapartida en papel del personaje en las viñetas que Wes Craven supo extrapolar con fidelidad en su película y llegando a los dos insoportables niños introducidos a martillazos como innecesaria descarga cómica, otra más, todo es un fracaso a la hora de idear un producto para toda la familia que, lógicamente, fracasó a la hora de encontrar un tárget concreto que pudiera consumirlo como obra audiovisual.




Un protagonista haciendo chistes y levantando el pulgar mirando a cámara, monstruos que parecen salidos de una película de terror atómico de los 50, actores disfrutando al interpretar a personajes insulsos que no se creen en ningún momento, un humor que en ocasiones nos incita a echarnos las manos en la cabeza y un clímax final en el laboratorio a modo de homenaje al subgénero kaiju ejemplifican el espíritu de un producto tan vergonzoso como disfrutable. El Regreso de la Cosa del Pantano es un placer culpable con todas las de la ley, un proyecto que acierta allí donde fallaba su predecesora y que fracasa donde aquella cumplía con su trabajo. Tras ella la Cosa del Pantano no volvió nunca a la pantalla grande, pero sólo un año después de su estreno internacional continuó sus andanzas en una serie de televisión en imagen real emitida por la cadena USA Network que duró la friolera de tres temporadas y 72 episodios y otra de animación truncada a la quinta entrega por el escaso éxito de audiencia que consiguió. Puede que en un futuro hablemos de ambos productos para abarcar todas las adaptaciones audiovisuales de nuestro amigo Swampy, pero por ahora vamos a dejarlo dormir el sueño de los justos, el descanso es más que merecido.



jueves, 14 de mayo de 2020

La Cosa del Pantano (1982), la novia del monstruo


Título Original Swamp Thing (1982)
Director Wes Craven
Guión Wes Craven, basado en el cómic de Len Wein y Bernie Wrightson
Reparto Louis Jourdan, Adrienne Barbeau, Ray Wise, David Hess, Nicholas Worth, Don Knight, Al Ruban, Dick Durock, Ben Bates, Nannette Brown, Reggie Batts





Corrían los primeros años de la década de los 80 y el director Wes Craven (Cleveland, Ohio, 1939) se había convertido en la nueva promesa del cine de terror estadounidense gracias a sus dos primeras cintas, convertidas al poco tiempo de sus correspondientes estrenos en piezas de culto dentro del género. La Última Casa a la Izquierda (1972) y Las Colinas Tienen Ojos (1977) se alejaban de las horror movies góticas o sobrenaturales tan explotadas en los años 50 y 60 ofreciendo dos visiones áridas, cruentas y con estética cuasi documental de un terror rural y realista capaz de mirar directamente al espectador apelando a sus miedos más primarios y atávicos, como también lo hizo Tobe Hooper con la totémica La Matanza de Texas (1974). Ya en 1982 y después de la escasa repercusión de su tercer film, Bendición Mortal (1981), Wes Craven decidió, no sólo cambiar de género, sino adentrarse en el mundo de las prematuras adaptaciones cinematográficas de iconos del mundo del cómic cuyo mejor y más brillante exponente, Superman (1978), había llegado cuatro años antes con dirección de Richard Donner y Christopher Reeve, Margot Kidder, Gene Hackman, Glenn Ford o Marlon Brando en su reparto para marcar un antes y un después dentro del subgénero extrapolando al celuloide las aventuras del superhéroe creado por Jerry Siegel y Joel Shuster que hace poco cumplió la friolera de 82 años.





Aunque hemos mencionado el clásico protagonizado por Christopher Reeve para poner en contexto cuál era la vara de medir a finales de los 70 y principios de los 80 en cuanto a películas inspiradas en el mundo de las viñetas La Cosa del Pantano se encontraba, como proyecto cinematográfico, en las antípidas de aquella superproducción impulsada por Warner Bros. La película de Wes Craven era como todo su cine de por aquel entonces, una obra independiente realizada con muy pocos recursos, dos millones y medio de presupuesto, y distribuida en esta ocasión por Embassy Pictures. Dentro del reparto encontramos a Adrienne Barbeau, ya por aquel entonces un icono de primera categoría dentro del género fantástico y de terror gracias a sus colaboraciones con John Carpenter en 1997: Rescate en Nueva York y La Niebla, Ray Wise, a ocho años de convertirse en el padre de Laura Palmer en la inolvidable Twin Peaks, y otros secundarios como Louis Jourdan, Nicholas Worth, David Hess o Dick Durock dando vida a la Cosa del Pantano. De la dirección y el guión se encargó el mismo Wes Craven.




La trama sigue los pasos de la agente del gobierno Alice Cable (Adrienne Barbeau) llegando a la sabana de Georgia justo cuando el doctor Alec Holland (Ray Wise) y su hermana Linda (Nannette Brown) consiguen un notable avance en su proyecto supersecreto de bio-ingeniría centrado en crear una hibridación entre animal y planta con capacidades para sobrevivir en situaciones adversas. Desgraciadamente el grupo paramilitar del Doctor Anton Arcane (Louis Jordan), comandando por el despiadado Ferret (David Hess), irrumpe en el laboratorio de los Holland para robar la fórmula asesinando a Linda, haciendo caer a Alec sobre los productos químicos que él mismo había diseñado y volando por los aires el laboratorio y todo lo que en él se encontraba. Alice consigue huir de sus captores y poco después descubre que el supuestamente fallecido Alec Holland se ha convertido en una criatura sobrehumana, la Cosa del Pantano, cuya única intención desde ese mismo momento será buscar venganza contra Arcane y sus sádicos colaboradores.




No vamos a negar desde aquí lo evidente e irrefutable. La Cosa del Pantano es una película contrastadamente humilde en la que podemos encontrar mejores intenciones que resultados. Wes Craven es considerablemente fiel al origen que Len Wein y Bernie Wrightson dieron a Allec Holland en las viñetas y en el proceso consigue capturar en gran manera no sólo el contexto espaciotemporal en el que se movían los personajes del cómic y su microcosmos ficcional, sino la melancolía inherente al personaje principal en pasajes como en el que vuelve a su laboratorio una vez ha sido destruido por los hombres del Doctor Anton Arcane. A diferencia de otros profesionales que, con medios mucho más holgados a su disposición, han llevado cómics a la pantalla grande Craven trata de acercarse en gran medida a un material que él considera lo suficientemente bueno como para no mirarlo por encima del hombro creyéndose por encima del mismo. Desgraciadamente su voluntariosidad se ve menoscabada por la escasez presupuestaria, insuficiente para conseguir una adaptación a la altura de las circunstancias que hiciera verdadero honor al personaje y sus aventuras en papel.





Esto que mencionamos se deja notar principalmente en un apartado técnico y unas secuencias de acción en las que se evidencian esos pirrios dos millones de dólares de los que dispuso el creador de Pesadilla en Elm Street. Tiroteos, explosiones y persecuciones en vehículos de tierra o mar desfilan ante nosotros con la humildad que ofrece una película de corte independiente, por mucho que adapte las aventuras de un superhéroe de las viñetas a la gran pantalla. Wes Craven mantiene la compostura en este aspecto durante la mayor parte del metraje, con más mérito si cabe no teniendo experiencia previa en este tipo de producciones más entregadas al escapismo y el ritmo relativamente frenético. Pero por desgracia el clímax final desemboca en desastre, no sólo porque al querer el director abarcar una escala mayor en lo referido a la acción se notan todas las carencias del proyecto, sino también porque el disfraz del Doctor Anton Arcane una vez prueba la fórmula de los Holland parece salido de una de las más célebres películas de Ed Wood o alguna otra producción de serie B de los años 50 y 60 cuyo resultado en pantalla bordea el ridículo en no pocos momentos del cierre de la obra.




Como previamente hemos apuntado la primera adaptación cinematográfica de La Cosa del Pantano contó con más respeto y cariño por el personaje o las aventuras que protagonizó en papel durante sus primeros años que con verdaderas posibilidades para sacar adelante un producto que le hiciera verdadera justicia. A pesar de contar con un buen reparto y el mejor Alec Holland en imagen real hasta la fecha, interpretado por el gran Ray Wise (Twin Peaks), podemos considerar la cinta de Wes Craven una simpática mediocridad que a día de hoy se ve con simpatía y poco más. De hecho el mayor logro del film fue extracinematográfico ya que su estreno resucitó el interés por los cómics del personaje que tras ser relanzados por DC se adentraron unos pocos años después en su mejor etapa, la escrita por el Mago de Northampton. Pero cuidado, nuestro amigo Swampy todavía no había dicho su última palabra en la pantalla grande y siete años después volvió a asaltar las carteleras de medio mundo, pero con una perspectiva diametralmente diferente a la ofrecida por el añorado director de La Serpiente y el Arcoiris.


sábado, 11 de abril de 2020

La Cosa del Pantano: Temporada 1, naturaleza muerta



"Ha habido un cambio en el equilibrio de la luz y la oscuridad. Hay algo ahí afuera..."




La plataforma DC Universe no fue creada solamente para servir de contenedor de todos los productos audiovisuales previos inspirados en los personajes de la editorial estadounidense que le daba nombre. La intención de sus máximos responsables y de Warner Bros también fue diseñar producción propia para atraer el mayor número de suscriptores y fans posible. Series como Titans o su spin off, Doom Patrol, así lo atestiguan. A estos dos proyectos se sumó una ambiciosa adaptación de La Cosa del Pantano, Swamp Thing, el personaje creado en 1971 por Len Wein y Bernie Wrightson en las páginas del House of Secrets n.º 92, conociendo serie propia un años después y llegando a sus mayores cotas de calidad y fama cuando en 1984 Alan Moore se encargó de los guiones de la serie protagonizada por el  personaje regalándonos arcos superlativos como American Gothic o Lección de Anatomía y convirtiendo aquella etapa en un clásico del cómic moderno.




Antes de adentrarnos en esta serie protagonizada por el personaje de DC Comics debemos mencionar que no hablamos con ella de la primera traslación a imagen real del ser sobrenatural que una día soñó ser el científico Alec Holland. En 1982 Wes Craven acometió la primera adaptación en pantalla grande de Swamp Thing con resultados más bien pobres, aunque siendo notablemente fiel a lo narrado por Len Wein y Bernie Wrightson en la génesis del personaje. Siete años después, en 1989, se estrenó la secuela, El Regreso de la Cosa del Pantano, con dirección del desconocido Jim Wynorski, y resultados estrambóticos, pero paradójicamente superiores a los conseguidos por el autor de Pesadilla en Elm Street con la anterior entrega. Ya entre 1990 y 1993 se emitió la primera versión para la pequeña pantalla con una serie homónima de tres temporadas a la que se sumaría otra de animación de tan solo cinco episodios en 1991.




Volviendo a la actualidad y centrándonos en la serie de Swamp Thing los responsables de DC Universe contrataron a James Wan para ser el ideólogo en la sombra del producto. Exitoso director y productor de cine de terror con sagas como Saw, Insidious o The Conjuring (Expediente Warren) posiblemente fuera el descomunal éxito de Aquaman, film rodado por el cineasta australiano, el catalizador para que Warner Bros volviera a depositar su confianza en él para dar vida a otro personaje de la editorial DC. James Wan intervino creativamente en la creación de esta temporada mediante su productora Atomic Monster y delegando responsabilidades en su habitual colaborador Gary Dauberman (Annabelle, La Monja, It) y Mark Verheiden, veterano guionista de cómics, desde hace años implicado en el mundo de la ficción audiovisual. Ambos son los principales responsables y showrunners de la la serie.




Cuando ya se habían contratado los servicios de un varipinto reparto coral formado por Crystal Reed, Andy Bean, Maria Sten, Will Patton, Adrienne Barbeau, Henderson Wade, Jennifer Beals, Virginia Madsen, Derek Mears o Kevin Durand y los del director Len Wiseman (Underworld, Die Hard 4.0) para rodar los dos primeros episodios saltaba la noticia de la cancelación prematura del show por culpa de los altos impuestos que Carolina del Norte, estado donde se rodaba la serie, impuso a los productores y que estos no podían permitirse pagar. De esta manera los trece episodios de los que iba a constar esta primera temporada se vieron reducidos a diez ofreciendo un cierre del todo insatisfactorio. Una vez vista La Cosa del Pantano un servidor debe admitir, muy a su pesar, no pertenecer al grupo de aquellos que la echarán de menos.




Con las consabidas y esperadas licencias La Cosa del Pantano toma como referentes tramas y personajes, principalmente, de la primera etapa del personaje escrita por Len Wein y dibujada por Bernie Wrightson añadiendo algunos apuntes de la ya citada etapa de Alan Moore a los guiones con la inestimable ayuda de ilustradores como Stephen R. Bissette, Rick Veitch o el entintador John Totleben. El problema es que Gary Dauberman y Mark Verheiden parecieran no saber aprovechar el potente material original que tienen en sus manos y a la hora de extrapolarlo a la narrativa serializada en imagen real se centran en la vertiente más culebronesca, en el peor sentido de la palabra, para apuntalar las bases argumentales del proyecto en el que ambos se han implicado. De esta manera el producto se convierte e un claro ejemplo de lo que "pudo ser y no fue" que para colmo no podrá solucionarse en una segunda temporada.




Desde su misma concepción Swamp Thing centra su mayor interés en las relaciones interpersonales de un grupo de personajes causantes de poco o ningún interés de cara al espectador. Las intrigas personales y profesionales, las conspiraciones en la sombra, la aparición de un extraño virus que amenaza a la población están acometidas por los guionistas con un perfil bajo, como sacado de una serie procedimental con poco que ver con la esencia de los cómics en los que se inspira. Es cierto que hay un intento por definir roles potencialmente interesantes como los de Will Patton y Virginia Madsen, dando vida al matrimonio formado por Avery y Maria Sunderland, pero la escritura no pone precisamente fácil el trabajo a unos actores que en el caso de ella no puede sacar de donde no hay y en el de él pareciera tomárselo a broma con un terrible acento sureño y aspavientos variados . Esto se convierte en la tónica habitual con respecto a la fauna social de la localidad de Marais.




Otro de los fallos más notables de Swamp Thing tiene que ver con el tremebundo error de casting que supone el de sus dos intérpretes principales. Crystal Reed es una actriz muy límitada incapaz de, no sólo llevar sobre sus hombros todo el peso que recae sobre Abby Arcane, sino también inviable a la hora de transmitir los conocimientos implícitos en la personalidad de su rol o el conflicto emocional al que se enfrenta durante su cruzada. La situación no mejora con la elección de Andy Bean para caracterizar a Alec Holland, ya que el actor de It: Capítulo 2 carece de la personalidad, el carisma y la presencia necesarios para dar vida a una adecuada contrapartida en imagen real del superdotado y memorable científico. Como era de esperar la química entre Reed y Bean es inexistente y desde esa perspectiva la serie nace muerta desde el primer momento.




Pero no todo van a ser malas palabras por parte de un servidor para Swamp Thing. Gary Dauberman, Mark Verheiden, James Wan y el resto de colaboradores contratados por DC Universe para crear la serie aprovechan adecuadamente el presupuesto invertido en la misma. Todo lo relacionado con la Cosa del Pantano, su entorno y microcosmos está inteligentemente ejecutado desde un punto de vista técnico y adaptado con notable fidelidad de las viñetas del cómic. Diseño de producción, maquillaje y muy dignos efectos especiales, tanto prácticos como digitales, ofrecen la mejor cara del proyecto. A este respecto es justo mencionar que la caracterización de la Cosa del Pantano es la mejor ofrecida hasta el momento en producciones cinematográficas y televisivas siendo la trama centrada en su mímesis con la naturaleza de Marais la única interesante y digna de mención.




En la recta final de la temporada, cuando llegan los episodios nueve y diez, pareciera como si el producto remontara el vuelo y comenzara a suscitar interés, aunque, como acabamos de apuntar en el párrafo anterior, sólo sucede con la subtrama dedicada al personaje que da nombre a la serie. Swamp Thing se despide sin decir adiós y con una prometedora escena post créditos que, conociendo el futuro del programa, sabemos que queda en nada, al menos por el momento. Lamentablemente, y no es de mi agrado decirlo, no será un servidor de los que echen de menos la creación de Gary Dauberman y Mark Verheiden, ya que ha resultado ser una oportunidad desperdiciada en casi todos sus apartados. Algo muy triste si tenemos en cuenta que sus principales responsables tenían en su poder un personaje icónico del mundo del cómic que llegó a disfrutar de una larga etapa convertida con el paso del tiempo en todo un hito del cómic a nivel mundial.


lunes, 15 de octubre de 2018

Preacher: Temporada 3, family ties



"Escúchame; Algún día, pedazo de mierda. Somos todo lo que quedará en este lugar. Soy toda la familia que tienes."




Después de una decepcionante primera temporada a modo de “Año Cero” en 2016 y una segunda no del todo redonda, pero sí más eficiente y apegada a las viñetas, el pasado año la tercera entrega de Preacher, la serie de televisión diseñada por Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg para la cadena por cable AMC inspirándose en el icónico cómic de Garth Ennis y Steve Dillon gestado en el seno del sello Vertigo de DC Cómics, terminó su emisión y tras ella nos vemos en posición de valorar esta última tanda de episodios inspirados en las aventuras mesiánicas y teológicas protagonizadas por Jesse Custer, Tulip O’Hare y Cassidy entre otros personajes. Sentimientos encontrados a la hora de hablar de los diez nuevos capítulos de Preacher, porque es ineludible que sus creadores mantienen la intencionalidad de acercarse cada vez más a los cómics, pero lo hacen de manera arbitraria y deslavazada, cometiendo en el proceso el fallo de desorientarse y no saber aprovechar el paso adelante que supuso la anterior temporada con respecto a la inicial sin desarrollar los logros que la irrupción de el Santo Grial en general y Her Starr en particular supusieron para la serie. Lo que aquí tenemos es otra decena de horas confirmando la naturaleza dubitativa, desaprovechada y de “quiero y no puedo” del show emitido por la casa de productos tan destacables como Mad Men, Breaking Bad o la reciente The Terror.




Una vez más la serie Preacher toma varios arcos argumentales importantes de los cómics como el localizado en Angelville con la familia de Jesse Custer, el relacionado con Les Enfants du Sang o el centrado en el Grial y la conservación de la sangre de Cristo y después de incluir algunas dosis de material propio Catlin, Rogen y Goldberg montan una temporada de diez episodios. El problema radica, como hemos comentado previamente, en que después de haber encarrilado, en cierta manera, el producto con una muy decente segunda temporada sabiendo amalgamar respeto y fidelidad por los cómics en los que se inspira y una personalidad propia como proyecto ficcional esta tercera desmonta gran parte de esas virtudes descompensando narrativamente el conjunto de la obra cuando separa a los tres protagonistas principales para que cada uno de ellos pueda protagonizar su propia subtrama. Llama la atención que esta decisión haya sido tomada en la primera temporada de la serie con sus tres actores principales tomando el rol de productores ejecutivos, como si diera la impresión de haber sido la mano de los protagonistas la responsable de la dispersión y la endeblez de la construcción argumental de la tanda de episodios para sus correspondientes lucimientos individuales. Algo, por otro lado, imposible de confirmar.




Prácticamente todo lo acontecido en Angelville con Gran’Ma L’Angelle, Jody o TC está bien llevado por el guión y la realización, tomando bastantes ideas acertadas de las viñetas y con la meritoria labor de un reparto en el que destaca una excelente Betty Buckley. También ofrece algunas dosis de interés, aunque llega a adentrarse un poco en una agotadora reiteración, la trama con el Grial, el Gran Padre D’Aronique o Humperdoo, así como la que compete a Tulip y su “revelación divina” donde Ruth Negga vuelve a demostrar ser la mejor actriz del casting. Pero el protagonizado por Cassidy con el culto vampírico de Les Enfants de Sang y sobre todo el del Santo de los Asesinos, Arsface y Hitler, metido con calzador de la manera más innecesaria posible, confirman el poco cuidado de los creadores de la serie a la hora de dar homogeneidad a la escritura de esta tercera temporada con una irregularidad entre unos arcos y otros demasiado perjudicial para el conjunto del producto. Esta deficiencia conceptual y estructural o el error garrafal de quitar protagonismo al Herr Starr de Rip Torrens, la revelación mayúscula de la anterior temporada, aquí, más allá de su presentación con el tiroteo en el templo budista y algún apunte cómico sacado directamente de las viñetas, alarmantemente desaprovechado son las más importantes carencias de esta última lista de capítulos.




Aunque encontramos episodios interesantes, nuevos personajes bien perfilados sumándose a los ya perfectamente establecidos interpretados por el trío protagonista y situaciones divertidas cada vez más propensas a la truculencia de las viñetas Preacher sigue estando a años luz de ser una buena adaptación del trabajo de Garth Ennis y el añorado Steve Dillon. Cuando parecía que Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg habían encarrilado la máquina dándose cuenta del grave error de creerse más listos que el material en viñetas puesto a su disposición vuelven a dar pasos en falso y a desarmar lo construido el año pasado. El problema de encontrarnos todavía en esta situación en la tercera temporada de la serie no sólo repercute en la misma, incitándonos a no perder el tiempo con ella cuando tenemos al alcance de nuestro ratón o mando a distancia decenas de ellas muy superiores. Por desgracia también nos hace desconfiar de lo que vayan a hacer dos de sus showrunners, Goldberg y Rogen, con esa otra adaptación a imagen real de un cómic de Garth Ennis, The Boys más concretamente, producida por Amazon y con estreno para 2019. No ya por la, casi segura, ausencia de la violencia y sexo explícitos de las brutales correrías de Hughie y sus compañeros, sino también por la escaso apego demostrado por ambos autores hacia los cómics que trasladan al medio audiovisual.