viernes, 14 de diciembre de 2012

Invasor



Título Original Invasor (2012)
Director Daniel Calparsoro
Guión Javier Gullón y Jorge Arenillas basado en la novela de Fernando Marías
Actores Alberto Ammann, Inma Cuesta, Antonio de la Torre, Karra Elejalde, Luis Zahera, Bernabé Fernández





Tras un exitoso paso por la televisión, medio en el que vivió una nueva vida fílmica tras rodar tres exitosas tv movies basadas en hechos reales (El Castigo, La Ira e Inocentes, sólo he visto las dos primeras que eran buena la primera y aceptable la segunda) Daniel Calparsoro, uno de los autores estandarte de lo que a principios de los 90 se llamó el "nuevo cine vasco" junto a otros directores como Juanma Bajo Ulloa, Enrique Urbizu o Julio Medem, ha visto su nombre revalorizado como cineasta, lo suficiente como para que una productora se moleste en hacerle de nuevo responsable de un largometraje importante dentro de nuestro cine.




La película no ha recibido buenas críticas y a pesar de haber sido seleccionada para representar a España en la próxima gala de los Oscars no ha recibido muchos elogios por parte de la prensa especializada. Invasor es una magnífico thriller que aúna con pericia distintos géneros (retratando unos con más acierto que otros) que contiene un interesante mensaje de denuncia y que funciona a todos los niveles como producto cinematográfico comercial y de calidad. Era justo lo que un servdiro esperaba por mucho que no se haya hablado demasiado bien de ella.




Pablo (Alberto Ammann) y Diego (Antonio de la Torre) son dos médicos del ejército español destinado en Iraq en misión humanitaria durante la invasión norteamericana del país. Un día en una incursión en la localidad de Diwaniya son asaltados por un grupo de insurgentes y Pablo pierde el conocimiento. Días después despierta en hospital de vuelta en España y al poco tiempo vuelve a su casa con su mujer (Inma Cuesta) y su hija. Allí intentará unir mentalmente las piezas de lo que sucedió durante el periodo de tiempo que su memoria ha olvidado y descubrirá un hecho trágico que le pondrá en peligro a él y a los suyos.




Con Invasor Daniel Calparsoro vuelve en cierta manera a los terrenos de la revalorizable Guerreros pero ofreciendo un producto que se adentra en el thriller de intriga militar al estilo En el Valle de Elah o Algunos Hombres Buenos, es más, la cinta que nos ocupa tiene un parecido más que considerable con Route Irish, esa interesante pieza de Ken Loach que comenté no hace mucho. El film es interesante en fondo y forma, tiene un reparto magnífico que a mí me tiene ganado desde el principio por contar en sus filas con algunos de mis actores españoles (o de habla hispana en el caso del argentino Alberto Ammann) favoritos como Inma Cuesta el ya mencionado protagonista de Celda 211 y sobre todo a Antonio de la Torre, Karra Elejalde y Luis Zahera así como un sólido guión basado en la novela de Fernando Marías que siempre suele ser el punto flaco de los trabajos del realizador vasco.





La cinta plantea una interesante reflexión sobre la guerra, los estragos físicos y psicológicos que deja en los que participan en ella, el honor y la integridad en contraposición a un estado que quiere hacer lo posible por callar bocas que puedan ensuciar su imagen y con ello por fin alguien decide realizar un ejercicio de autocrítica con nuestro gobierno. Porque es bastante común encontrar films que a la hora de abordar la guerra de Iraq consiguen dejar en evidencia los tejemanejes que la administración Bush del gobierno americano llevó a cabo por aquel entonces. Pero esta es la primera vez en la que se señala a nuestros propios políticos, aquellos que en 2003 apoyaron un guerra injusta y llevada a cabo por puro interés económico, dejando a un país, que ya de por sí vivía bajo una dictadura inhumana, en unas condiciones todavía peores.




En ese mensaje de denuncia que nos cuenta algo que ya sabíamos, que fuimos el perro faldero de Estados Unidos y Gran Bretaña porque el gobierno de la época no quiso escuchar a un pueblo que tomó las calles para decir que estaba en contra de aquella invasión impulsada por medio de información falsa y que costó la vida a incontables personas de uno y otro bando a los que se sumaron un enorme número de civiles que no tenían nada que ver con aquel conflicto bélico, reside lo mejor de Invasor, en su valentía a la hora de hablar a las claras de hechos vergonzosos pero con equidad e inteligencia (Calparsoro es licenciado en ciencias políticas y tanto aquí como en Guerreros lo dejó bien claro).




Pero también hay momentos de gran cine que poco o nada tiene que envidiar al norteamericano en las secuencias de acción, adscritas con todas las de la ley al género bélico. Porque Invasor nos confirma lo que ya vimos de manera cristalina en Guerreros, el acabado rotundamente soberbio en el plano técnico de la realización de Calparsoro encuentra su mejor baza en el celuloide de guerra. Las escenas de Iraq que podemos ver en la última película del director de Salto al Vació están realizadas de una manera intachable, mostrando una violencia física y psicológica cruenta e hiperrealista en pantalla, siempre con la complicidad de unos actores (desde los principales a unos secundarios dando vida a los iraquíes que se dejan la piel para ser creíbles) en estado de gracia.




Con respecto al reparto los intérpretes le dan casi todo el trabajo hecho al director y consiguen algo de mucho mérito, sacar adelante con muchísima profesionalidad el tono dramático del largometraje, que sin fallar en su cometido sí palidece un poco con respecto al tono bélico o el de denuncia. Alberto Ammann está magnífico como protagonista y sabe exponer en pantalla las emociones contenidas de Pablo, las secuelas mentales que aquellos hechos dejaron en él y su integridad como persona. Le da la réplica una muy creíble Inma Cuesta magnífica como su mujer y sobre todo un Antonio de la Torre tan brillante como siempre, mostrando el lado complaciente del binomio protagónico que finalmente tomará conciencia de la realidad y su entorno hostil.




Pero el mejor para un servidor es Karra Elejalde, el protagonista de Los Sin Nombre o La Madre Muerta consigue lo imposible, que un personaje deleznable, que representa el lado más pútrido de un gobierno capaz de lo más rastrero con tal de no ensuciar su ya de por sí maltrecho nombre, consiga caernos hasta bien por su carisma, naturalidad y sorna (los comentarios con su acompañante en ocasiones son descacharrantes). También hace un buen trabajo Bernabé Ferrnández como el soldado que necesita sentir la guerra y la violencia como algo propio, porque no vale para nada más que para eso, aunque su destino sea convertirse en un asesino a sangre fría. Por el lado malo el gran Luis Zahera reducido a un matón con tres palabras de guión sin espacio para lucirse y con pocos minutos de metraje, una pena, porque es un actor que por su físico y dotes interpretativas podría haber bordado un papel de peso en el filme.




A Calparsoro casi siempre le han fallado los guiones, por eso es bueno que alguien le acompañe en la escritura de los mismos. Esta vez el trabajo ha corrido a cargo de Javier Gullón y Jorge Arenillas que adaptan la novela (que un servidor desconoce) de Fernando Marías. El resultado es consistente y está planteado de manera inteligente, alternando los sucesos de la actualidad con los recuerdos que Pablo va uniendo a modo de puzzle cuando van volviendo a su memoria poco a poco. Aunque en ese sentido más lograda hubiera estado la construcción del libreto si esas imágenes mentales hubieran sido expuestas de manera no cronológica (al estilo de los films que Alejandor González Iñárritu compartía con el guionista Guillermo Arriaga), modo en el que muchas veces la mente humana percibe los recuerdos, así el montaje del film hubiera sido más interesante, pero también habría exigido más implicación a la platea y puede que algunos espectadores no estuvieran por la labor.




Invasor me ha parecido uno de los films patrios más interesantes del año, un producto de una solidez encomiable y unas reflexiones interesantes hasta cierto punto necesarias. En la recta final se entrega un poco a lo sentimental y el tremendismo (la resolución de lo del personaje de Antonio de la Torre es un poco demasiado y chirría en cierta manera) pero tras eso ha dejado momentos de celuloide a reivindicar, como esa transfusión sanguínea llena de lecturas en la que el moribundo oriente devuelve con su propia sangre la vida a occidente. Espero lo mejor para la última película de Daniel Calparsoro, pero mete tanto el dedo en la llaga (en la americana y la española) que no creo que llegue ni a la ceremonia de lo Oscars. Eso después de todo no es una mala señal en los tiempos que corren.


lunes, 10 de diciembre de 2012

Sin Tregua



Título Original End of Watch (2012)
Director David Ayer
Guión David Ayer
Actores Jake Gyllenhaal, Michael Peña, Anna Kendrick, Frank Grillo, America Ferrera, Natalie Martinez, Cody Horn, David Harbour





La carrera del guionista y director David Ayer va en franca decadencia por culpa de su imposibilidad para hablarnos de otra cosa que no sean historias sobre agentes de la ley. Escritor experto en cine policíaco, se hizo un nombre por su guión para el magnífico thriller Training Day que le valió su segundo (y merecido) Oscar al actor Denzel Washington. Tras el éxito debutó tras las cámaras con Vidas al Límite (Harsh Times), otro largometraje sobre policías que se encontraban en el límite de la legalidad protagonizado por unos magníficos Christian Bale y Freddy Rodríguez, pero que se quedaba lejos de la calidad de la cinta de Antoine Fuqua.




Tres años después rodó Dueños de la Calle (Street Kings) con un argumento muy parecido y que a pesar de tener al mismísimo escritor de novela negra James Elroy en el guión y un grupo de actores bastante interesante lo único que conseguía era dejarnos ver que el conjunto se quedaba a medio gas en todos sus apartados y sobre todo recordarnos lo buena que es The Shield, la soberbia serie creada por Shawn Ryan que le daba sopas con hondas en todos los aspectos artísticos y técnicos compartiendo temática con ella.




Hasta hace cosa de una semana un servidor no sabía de la existencia de Sin Tregua (End of Watch), la última cinta de David Ayer. Según leí era un thriller espídico, de (una vez más) corte policiaco y adherido al subgénero de lo que ahora se llama de manera muy esnob "Found Footage" o "Metraje Encontrado", vamos, el falso documental de toda la vida. El resultado es considerablemente decepcionante porque el magnífico punto de partida se traiciona a sí mismo tanto en conceptualidad como en fondo y se entrega a una ingente cantidad de fallos que dan el traste con un largometraje que no llega ni al nivel de aceptable.




Brian Taylor (Jake Gyllenhaal) y Mike Zavala (Michael Peña) son una pareja de policías que patrullan las calles de Los Ángeles mientras graban sus hazañas con cámaras personales. Son considerados unos héroes y se han forjado una sólida fama como agentes de la ley frente a sus compañeros y en las mismas calles. Un día tras una exitosa redada se convierten en objetivos de un cártel conocido por su salvajismo y métodos brutales. En el trayecto seguiremos su escalada dentro del cuerpo policial, sus relaciones personales y su lucha contra los narcotraficantes que han puesto precio a sus cabezas.




Desde el principio End of Watch mete la pata en más de un sentido como producto cinematografico. Pasemos por alto el monólogo inicial del personaje de Gyllenhaal que ya nos indica por donde van a ir los tiros del largometraje en cuanto a retratar a su íntegros e intachables protagonistas y centrémonos en como Ayer subvierte de mala manera la estética que ha decidido tomar para narrar su film. Porque el guionista de Dark Blue hace un uso en general bastante malo del mokumentary al no ceñirse con fidelidad a esa temática que en ocasiones puede dar unos resultados muy destacables.




Para empezar el fallo más grande en lo que a conceptualidad se refiere es que Ayer no realiza su film integramente por medio de cámaras caseras, de vigilancia o las que llevan incorporadas los coches patrulla, también utiliza el método de rodaje tradicional, es decir, este no es un caso como Redacted de Brian de Palma en el que todo el metraje está expuesto por objetivos controlados por los propios personajes, lo que nos hace pensar en que si el autor no va a ser fiel a este estilo cuál es el motivo que le ha hecho decidirse a narrar así su historia. Dicha elección nos hace pensar en que el cineasta ha utilizado esta puesta en escena para contar de una manera estéticamente diferente la historia de siempre con una alarmante arbitrariedad bastante gratuita.




Por otro lado hay constantes dentro de este tipo de proyectos que no hay que traicionar, como un metraje inferior a los 90 minutos (si se queda en no más de 75 mucho mejor) y narrar la historia en tiempo real, es decir una sola noche en el caso que nos ocupa. Porque el metraje que supera la hora y media y las elipsis narrativas repetitivas y cansinas en las que vemos bodas, partos o condecoraciones roban de una tacada el ritmo endiablado que debería tener el film y que dejaría al espectador supuestamente clavado en la butaca, hecho que no sucede en ningún momento de la película porque los personajes no nos interesan demasiado.




Tampoco ayuda el retrato de los dos roles principales, plano y simplista, que no nos deja lugar a dudas de que los dos protagonistas (sólido Jake Gyllenhaal y creíble Michael Peña) son dos jóvenes muy humanos (se nos machaca continuamente con escenas familiares que ambos comparten para enfatizar de manera cansina su "hermandad") íntegros y justos como agentes de la ley que nunca cruzan la línea de la legalidad. Esto no sería un porblema, hay muchos films en los que los policías son intachables y no dejan de poseer una calidad fuera de toda duda, como La Noches es Nuestra de James Gray, pero si a esto sumamos que por otro lado también los narcotraficantes de Sin Tregua son en todo momento malvados negros o hispanos que siempre tienen cara de mala hostia, hablan soltando palabras malsonantes sin decir nada y recorren las calles con la mandíbula apretada pues el maniqueismo se hace palpable.




Una oportunidad desperdiciada, un film sin interés que podía haber sido el thriller del año y que se queda en un proyecto muy fallido que fracasa en su intento por mezclar el realismo sensacionalista del programa televisivo americano Cops, el desencanto de la memorable Los Nuevos Centuriones de Richard Fleischer y el tono de cámara en mano y epidérmico naturalismo de, una vez más, The Shield, esa serie que David Ayer parece querer copiar en cada uno de sus nuevos proyectos y esa Ten salida de su mano que está por llegar protagonizada con Arnold Schwazenegger, Sam Worthington, Terrence Howard y medio reparto de Lost por desgracia parece seguir la misma y equivocada senda que sus predecesoras.



viernes, 7 de diciembre de 2012

Harold y Maude, ecos de vida



Título Original Harold and Maude (1971)
Director Hal Ashby
Guión Colin Higgins
Actores Ruth Gordon, Bud Cort, Vivian Pickles, Cyril Cusack, Charles Tyner, Ellen Geer, Tom Skerritt





Quiero que esta sea una crítica especial en el blog. Es más, aunque quisiera que no lo fuera no podría evitarlo. Harold y Maude, película del alabado pero no muy prolífico director Hal Ashby rodada en 1971 y muy venerada por la crítica. Es una cinta que he visto y no sería nada destacable el comentarla si no fuera porque cuando lo hice tenía 5 años y no pude olvidarla nunca No porque me causara impacto, aunque sí era consciente de que "no era normal", por mi temprana edad, pero sí porque posiblemente era la primera película adulta que veía íntegra. Lo más gracioso es que no he vuelto a ver ni una sola escena del film, pero puedo contarlo desde el principio hasta su inesperado final.




Harold es el hijo de una familia acomodada y su única afición es buscar todo tipo de maneras de fingir su propio suicido para terror de sus pobres progenitores. Un día, en un funeral, Harold conoce a Maude, una anciana que se adentra en los 80 años de edad con la que inicia una atípica y muy fraternal relación al darse cuenta ambos que han encontrado a su otra mitad. Él, un chico aburguesado que descubrirá en ella, antigua militante de izquierdas, ecologista y antigubermental; el amor y un motivo por el que luchar y cumplir el último sueño de su partenaire, morir el día que cumpla 80 años.




El próximo 14 de Diciembre cumpliré 30 años, de modo que hace 25 que vi Harold y Maude y es curioso que su recuerdo permanezca en mi memoria con más fuerza que otras películas que he visto hace uno o o dos. Como es lógico no puedo hacer una crítica muy ortodoxa, ya que los recuerdos que tengo de la cinta son muy anteriores a mi humilde formación como cinéfilo que no daría sus primeros pasos hasta que viera en 1994 la película Philadelphia de Jonathan Demme, el film que cambiaría mi manera de ver cine y que me haría interesarme por la creación del mismo. Como es lógico voy a llenar la entrada de spoilers sobre Harold y Maude, de modo que estáis avisados.




Los primeros momentos que me llamaron la atención fueron los de las dos performances de intento de suicido por parte de Harold, tanto la del ahorcamiento, recuerdo al chico hablar más tarde con voz ronca durante una comida familiar por culpa de la presión de la cuerda, como la de la bañera con la sangre. Lo más curioso es que las escenas no me parecieron fuertes y cuando al instante se descubría que eran falsos intentos por quitarse la vida ante el estupor de su madre hasta le vi la gracia a esas situaciones, señal inequívoca de mi futura demencia mental y pasión por la truculencia en todas sus vertientes, siempre dentro de la ficción.




La llegada de Maude se hacía notar (por eso posteriormente siempre que veía a Ruth Gordon en La Semilla del Diablo notaba una extraña sensación de familiaridad con la actriz, la recordaba lejánamente por la cinta que nos ocupa) me gustaba ver a una anciana tan vital, simpática y alocada en contraposición a la austeridad ferrea de Harold, que a pesar de llevar a cabo actos dignos de un perturbado no dejaba de ser un personaje seco y comedido. Recuerdo que entre las extravagancias de Maude estaba su pasión por el ecologismo y su obsesión por trasplantar un árbol de la ciudad al que le tenía especial aprecio en una zona de las afueras.




Me viene a la memoria que la idea de Maude de morir en el día que cumpliera 80 años me transmitía tristeza, no quería que esa viejecita, que le había enseñado a ese niño burgués querer exprimir la vida al máximo, despareciera en la historia del film porque ella era indudablemente el núcleo y razón de ser del mismo. No olvidaré nunca la imagen en la que transportaban el árbol camino del prado en el que iban a plantarlo para que fuera libre, según palabras de Maude. Pero si hay algo que no olvidaré nunca de Harold y Maude y que me pilló completamente por sorpresa fue su peculiar, y famoso, final. 




Maude fallece, Harold coge su coche y empieza a conducirlo a toda velocidad. Hasta con mi inocente lustro de edad me di cuenta de que el protagonista tenía intención de suicidarse. Efectivamente el muchacho se arroja por un precipicio con el auto que al impactar en el suelo explota, si mal no recuerdo. Era el clímax más esperable pero no el mejor, ni mucho menos. Pero no, Ashby nos tiene guardado un último as en la manga. Eso no es lo que ha ocurrido realmente, porque después de ese final ¿soñado? vemos a Harold en lo alto del acantilado con su banjo que empieza tocar dejando sonar una alegre melodía mientras se da la vuelta y marcha dando simpáticos saltos. Lo curioso es que ese cierre tan poco usual no sólo me pareció adecuado con el espíritu del film, también me dejó una sonrisa en la boca porque pensé que "es lo que querría Maude".




Al igual que con Patrickaunque el caso no es completamente idéntico, tardé años en dar con Harold y Maude. Durante mucho tiempo permaneció en mi mente como la película del chico suicida que se enamoraba de la anciana con alma de adolescente. No fue hasta tener internet que dí con el cartel de la película y supe por fin su título. Investigué un poco por la red, leí críticas, vi imágenes y sólo eso. Porque no pienso volver a ver nunca Harold y Maude, ni siquiera le he echado un vistazo al trailer que adjunto más arriba, me niego a que pierda ese aroma a experimentación vital en mi infancia, ese tono de extrañeza que me hizo descubrir que había otro tipo de cine distinto al de acción con el que me asediaba mi padre.




He oído bastantes opiniones favorables hacia ella y algunas que la tildan de ser un producto presuntuoso y pedante que no merece la fama que tiene. Muchos hablan de que atesora en su interior la ideología hippy, de la que el mismo Ashby era defensor, que es un canto a la inconformidad social y política y una obra que aboga por cierto tipo de revolución ideológica. Nunca lo sabré, porque ahora que tengo una personalidad formada como adulto me niego a ver Harold y Maude y catalagorla o clasificarla tanto en el plano cinematográfico como el moral. No quiero saber si ha envejecido mal, si su mensaje a día de hoy es ridículo o naif o si por el contrario permanece intacto o si está sobrevalorada en manera alguna. Prefiero que sea un lejano y agradable recuerdo de lo que en su momento fue y no la película revisionada que en pleno y descreído 2012 puede llegar a ser. Es un mundo extraño, mantengámoslo así.


jueves, 29 de noviembre de 2012

Tristram Shandy: A Cock & Bull Story, the bitterness inside is growing like the new born



Título Original Tristram Shandy: A Cock & Bull Story (2005)
Director Michael Winterbottom
Guión Martin Hardy /Frank Cottrell Boyce basado en la novela de Laurence Sterne
Actores Steve Coogan, Rob Brydon, Keeley Hawes, Shirley Henderson, Dylan Moran, David Walliams, Jeremy Northam, Benedict Wong, Naomie Harris, Kelly Macdonald, Elizabeth Berrington, Mark Williams, Kieran O'Brien, Roger Allam, James Fleet, Ian Hart, Ronni Ancona, Greg Wise, Stephen Fry, Gillian Anderson





No son pocas las novelas que tienen fama de "inadaptables" a la hora de ser llevadas a la pantalla grande. Muchas de ellas han sido extrapoladas al cine a pesar de ello y no han sido escasas las que han conseguido el éxito. Crash de James G. Ballard fue llevada a imágenes con magistral impronta por David Cronenberg en 1996, Terry Gilliam consiguió transmitir la lisérgica narrativa del periodismo gonzo de Hunter S. Thompson en Miedo y Asco en Las Vegas y Peter Jackson logró dar vida física y digital a la riquísima y vasta Tierra Media creada por J.R Tolkien con la trilogía de El Señor de los Anillos.




Otra novela con fama de inadaptable era Vida y Opiniones de Tristram Shandy del escritor británico Laurence Sterne editada entre los años 1759 y 1767. El libro, que narraba cómo un noble trataba de narrar su vida pero al hacerlo se enredaba de tal manera con las anécdotas y vivencias de su familiares antes de su propio nacimiento que al acabar el escrito casi ni había hablado de sí mismo, se convirtió en un icono de la literatura posmoderna antes de la posmodernidad (como bien dicen en el largometraje) y una obra literaria de carácter universal paródica, original y de una estructura atípica e inteligente.




Michael Winterbottom, magnífico director inglés de ecléctica e interesante filmografía (aunque no siempre acierte con sus proyectos) decidió afrontar la difícil empresa de llevar a imágenes la novela de Sterne. Pero no aceptó realizar una adaptación al uso, porque el núcleo central de su largometraje es precisamente el carácter de inadaptabilidad cinematográfica que posee el libro. De modo que el director de Wonderland prefirió no hacer una película sobre un libro imposible de llevar a la gran pantalla sino una película sobre cómo se intenta hacer una película sobre un libro imposible de llevar a la gran pantalla. Entramos por ello en los terrenos de ese subgenero llamado cine dentro del cine.




Steve Coogan da vida a Tristram Shandy (y a su padre Walter) en la adaptación cinematográfica que un director (Jeremy Northam) está realizando de la célebre novela del escritor Laurence Sterne. Durante el proceso veremos las dificultades de llevar a la gran pantalla un relato tan complejo y esperpéntico como el de este libro y seremos testigos de los problemas de todos los implicados en el proyecto, de la egolatría de los actores, las obsesiones del director, la cabezonería del guionista o la racanería de los productores y de las historias mínimas que protagoniza esta pequeña familia en la que se convierte un equipo de rodaje que va a pasar un tiempo conviviendo para llevar a cabo la gestación de un largometraje tan complicado.




Divertida comedia llena de metareferencias, juegos de espejos e inteligencia por parte del director de El Demonio Bajo la Piel que reflexiona sobre el acto de crear ficción tomando como campo de batalla el rodaje de una película que adapta una novela imposible de llevar a imágenes. Winterbottom vuelve a los terrenos de 24 Hour Party People (de nuevo cuenta con el guionista de aquella cinta, Frank Cottrell Boyce, aunque usando el pseudónimo Marin Hardy) y si bien no llega a los niveles de demencial genialidad de aquella crónica del Manchester que vio nacer a la música rave, sí consigue ofrecer un producto atípico, simpático y sobre todo competente a distintos niveles.




El referente más claro para Tristram Shandy: A Cock & Bull Story (aunque argumentalmente no tengan absolutamente nada que ver) es la adaptación que David Cronenberg (una vez más recurrimos a él) realizó de la novela del escritor norteamericano, estandarte de la contracultura, William S. Burroughs, El Almuerzo Desnudo, libro cuya traslación al celuloide se antojaba imposible por su narrativa caótica y arbitraria y por estar protagonizado por máquinas de escribir con forma de cucaracha que hablaban por el ano o escarabajos gigantes que sodomizaban a jóvenes imberbes. El de Ontario al asimilar la brutal dificultad del proyecto decidió realizar un biopic de cómo el mismo Burroughs se inspiró para realizar dicho trabajo, pero añadiendo a la trama constantes tanto de ese libro como de toda su obra literaria, ya fueran parafilias sexuales, entomología lisérgica, politoxicomanía, el asesinato de su propia esposa o su célebre viaje a Tánger.




Al igual que Cronenberg, que nos narró cómo el propio Burroughs escribía El Almuerzo Desnudo, Winterbottom relata el proceso, no de la creación de la novela de Sterne, sino el complejo intento de llevar a imágenes la misma con éxito. Si bien un punto de partida como este podría dar pie a pensar que el británico se entregaría a un ejercicio de pretenciosidad cinematográfica por suerte nada más alejado de la realidad. Tristram Shandy se ofrece a un tipo de comedia de enredo tan acertada e incisiva como ligera, sí, la cinta tiene un trasfondo y subtexto más profundos de lo que parecen a simple vista, pero los personajes y sus experiencias son los que mueven la historia.




En ese sentido el extenso reparto se encuentra realmente en estado de gracia y todos saben trasladar a la pantalla ese tono de comedia absurda que demanda el proyecto. Una vez más Winterbottom cuenta con su actor fetiche, Steve Coogan y este (de nuevo) le da prácticamente la película hecha. El carisma del protagonista que hace de sí mismo y de narrador en primera persona del film rompiendo continuamente la cuarta pared llena la pantalla, ofrece una visión paródica de sí mismo y hace que salten chispas cuando comparte plano con el actor Rob Brydon (también interpretándose en la realidad) ya que ambos son el núcleo de las mejores escenas del film, como los memorables arranque y final del producto.




La presencia de Shirley Henderson y Gillian Anderson parece como una mirada ácida sobre su inclinación como actrices a hacer cine de época, los celos de Coogan hacia Brydon tienen pinta de ser un amistoso (pero cínico) golpe por parte del director y su guionista al estómago del actor protagonista, también despiertan una sonrisa las referencias a Mel Gibson en el pase previo de la terrible escena de la batalla, el asesor militar echando mierda sobre las escenas bélicas de Cold Mountain, cómo el equipo de rodaje no entiende la pasión cinéfila hacia Fassbinder y el cine clásico de la asistente personal de Coogan (encantadora Naomie Harris), la siempre candorosa  presencia (qué encantadora, qué voz) de Kelly MacDonald o un acertado Jeremy Northam como alter ego del propio Winterbottom.




El humor del film alterna la comedia de enredo con un surrealismo deudor de los Monty Python (la escena de la recreación del nacimiento de Tristram con el enorme útero o el Steve Coogan diminuto que se presenta a Gillian Anderson podía haber salido de cualquier programa del mítico Flying Circus). Pero lo mejor es que mientras Winterbottom parece que nos está vendiendo una cinta humorística elegante pero de escasa trascendencia, por el camino y sin que casi nos demos cuenta está emulando con su trabajo el mensaje y estructura narrativa de la novela de Sterne.




Ya que si aquella, por culpa de una maraña de anécdotas familiares relatadas por el mismo protagonista, daba pie a que al final de la historia casi no hablara de sí mismo, en la cinta del director de Código 46 lo que se supone un enorme making of de una película se convierte en algo parecido al manuscrito ya mencionado cuando el guión se bifurca continuamente del tema central y se dedica a picotear en la vida de todos y cada uno de los componentes del equipo de rodaje haciéndonos ver que la vida misma está regida por un caos caprichoso y arbitrario.





Tristram Shandy: A Cock & Bull Story es un producto recomendable para distinto tipo de espectador inquieto. Puede satisfacer tanto al que le fascinan los estresijos del cine como medio, como al amante de la literatura, al aficionado de los falsos documentales, al seguidor del cine de corsé y peluca (la utilización bufa de Sarabanda de Handel como referencia cómica a Barry Lyndon, la "cinta de época" por antonomasia es todo un acierto) y a aquel que disfruta con una comedia ligera y de enredo. No es la mejor película de Michael Winterbottom, pero si es una muestra clara de su talento como narrador, su personalidad como autor y de que a veces con menos pretensiones se puede llegar a lugares interesantes, intelectualmente hablando.



sábado, 24 de noviembre de 2012

Guerreros, en tierra de nadie



Título Original Guerreros (2002)
Director Daniel Calparsoro
Guión Juan Cavestany y Daniel Calparsoro
Actores  Eloy Azorín, Eduardo Noriega, Rubén Ochandiano, Carla Pérez, Jordi Vilches, Roger Casamajor, Iñaki Font, Sandra Wahlbeck, Olivier Sitruk





Ahora que se acerca el estreno de la última película de Daniel Calparsoro titulada Invasor, protagonizada por Alberto Amann, Inma Cuesta, Karra elejalde, Antonio de la Torre y Luis Zahera (parece que han buscado el reparto pensando en mí, vaya cinco actores) y contextualizada en la guerra de Iraq me veo en la obligación de recuperar y reivindicar una de las mejores cintas de género del cine español de la pasada década, Guerreros. Una producción del año 2002 dirigida por el realizador nacido en Barcelona pero afincado desde niño en Euskadi que pasó sin pena ni gloria por las carteleras y que es destacable por varios motivos y practicamente todos buenos.




Durante el año 1999 un grupo de zapadores del ejército español de las fuerzas de la KFOR se dirigen a un área formada por varios pueblos de Kosovo llamada "Zona de Exclusión". Esa localización es supuestamente neutral pero la tensión entre los albanokosovares y los servios ha dado forma a un hervidero en el que el mínimo gesto hostil podría dar pie a una masacre. Dentro del pelotón de ingenieros españoles se encuentra Vidal (Eloy Azorín) un joven que cree que está en aquel país por una causa humanitaria, pero que verá como todo su sistema de valores se viene abajo cuando se enfrente a la crueldad de la guerra en toda su crudeza.




En España no hay una verdadera tradición de cine bélico puro. Si dejamos de lado los acercamientos a la contienda civil que se centran más en los estragos de aquel conflicto y las vivencias de las personas que experimentaron aquellos tiempos convulsos, poco celuloide de guerra se ha rodado en nuestro país. Es más, la película bélica patria más ortodoxa que me viene a la memoria es la magnífica Tierra y Libertad y la rodó el británico Ken Loach en 1995. Tendríamos que echar la mirad hacia atrás y darnos de bruces con productos de propaganda del régimen franquista como Sin Novedad en el Alcázar de Augusto Genina (que por cierto era una producción de origen italiano) o Los Últimos de Filipinas de Antonio Román, pero como ya comento eran productos sesgados y maniqueos al servicio de la dictadura .




Puede que ese sea uno de los motivos por los que la gente no se tomó en serio el acto de ir a los cines a ver una película tan meritoria como Guerreros. Ese y el habitual en el que tenemos preconcebido que en nuestro país no se hace buen cine y claro, bélico mucho menos, por supuesto. Estupidez esta que por suerte el tiempo y producciones sobresalientes ibéricas están aplacando considerablemente. Porque no hay duda por mi parte, el quinto largometraje de Daniel Calparsoro es una muy buena película con muchos más aciertos que fallos y un mérito totalmente admirable en su producción conjunta.




España no es Estados Unidos y nuestro cine tampoco es el de aquel país, para bien y para mal dependiendo el caso. No hay lugar para el patriotismo, la gallardia, el honor, los desfiles, ni nada parecido en una película como Guerreros. Porque Calparsoro y su co guionista Juan Cavestany quieren hablarnos principalmente de la guerra, de cómo la misma puede cobrar entidad corporea y convertirse en un descomunal monstruo ávido de sangre y muerte que lo devora absolutamente todo, ya sean bienes materiales, ideologías, inocencia, humanidad o incontables vidas.de militares o civiles.




Curiosamente este retrato tan poco complaciente de las fuerzas militares españolas recibió respaldo por parte del ejército de nuestra tierra, algo impensable en USA, país en el que si una producción de Hollywood no retrata a los soldados del país como a ellos les interesa retiran su asesoría militar del producto. Con respecto a este tema es interesantísimo echar un vistazo el magnífico libro y también documental Operación Hollywood de David L. Robb que nos narra como el Pentagono denegó su ayuda a films como Trece Días, La Delgada Línea Roja, La Chaqueta Metálica o Apocalispsis Now por no dar la visión que ellos querían de algunos los altos mandos del ejército estadounidense en favor de ponzoñas como Pearl Harbor o Top Gun que sí recibieron dicho beneplácito.




Volviendo a Guerreros nos encontramos con la, por ahora, mejor película de su director. Daniel Calparsoro siempre ha sido un cineasta destacable en el plano técnico y a la hora de sacar lo mejor de sus actores, pero normalmente flaquea como guionista (no hay más que ver su debut en la dirección, Salto al Vació una puesta en escena acerada, cruda y un reparto magnífico al servicio de la nada argumentalmente hablando). Por eso su pulso como escritor se ve reforzado cuando colabora con un co guionista que le indique el camino a seguir. Juan Cavestany ayuda a que el autor de Asfalto no vaya dando bandazos con la escritura y sea capaz de narrar una historia coherente y que enganche al espectador.




De este modo tenemos la poderosa realización del Calparsoro de siempre con un uso brutal de la fotografía, los encuadres, la cámara al hombro, los escenarios y los efectos especiales al servicio de una historia sólida y bien hilada que muestra hechos terribles durante lo que en un principio parecía una misión humanitaria. La tensión, el in crescendo descarnado de salvajismo y crueldad que lleva a que se cumpla aquella cita de Plauto (popularizada por el filósofo Thomas Hobbes) de que el hombre es un lobo para el hombre, se hacen con el metraje y nos encarrilan a una media hora final sencillamente brillante en todos sus apartados, convirtiendo una cinta bélica casi en una película de terror.




Pero lo más interesante de todo es el retrato del personaje protagonista de Vidal (competente Eloy Azorín) y su evolución a lo largo del largometraje. Al principio lo vemos como un joven idealista entregado al altruismo, capaz de poner (involuntariamente) en peligro a su pelotón con tal de ayudar  a un civil local que va a ser torturado. Poco a poco lo que verá y experimentará en el campo de batalla dará al traste con su manera de ver el mundo y sucumbirá ante la crueldad y lo ihhumano convirtiéndose en una máquina de matar insensible y despiadada que si alguna vez tuvo eso que se llama alma la debió perder previamente en algún campo de minas antipersona kosovar tras tan traumática experiencia.




Aunque si nos referimos al reparto es donde encontramos el mayor fallo de la película, precisamente su erroneo casting. No se puede negar que los actores en su totalidad hace un buen trabajo, que se dejan la piel en pantalla con escenas físicas muy complicadas y que hasta un actor que rara vez me convence como Eduardo Noriega está muy digno en su papel del teniento Alonso. Pero la elección de algunos de los actores no me convence, porque la presencia de Clara López (magnífica su mirada perdida tras la agresión de la que es víctima y que inteligentemente no nos es mostrada) Robén Ochandiano y sobre todo Jordi Vilches (por dios ¿quién eligió a este actor de físico tan menudo y adscrito a la comedia para hacer de sargento primero del ejército español?) me chirría considerablemente y en varias ocasiones no me los creo como soldados.




Pero el resto son todo aciertos y en el camino algunas escenas se nos quedan marcadas en la retina como la del campo de minas, el tanque sumergido en el río con todo el pelotón dentro, cuando los protagonistas son capturados, el personaje de Balbuena tras el ya mencionado ataque que sufre, la escena perfectamente ejecutada en la que le practican el método de tortura "submarino" a Vidal, todo el pasaje del cobertizo, cuando caen en la fosa común y son sepultados en cal viva y al salir de allí llevan blancos los rostros como si fueran pinturas de guerra y ese diálogo final por parte de Vidal y el teniente Alonso que enfatiza la deshumanización a la que se han visto abocados los soldados.




Por culpa de los prejuicios Guerreros no ha ocupado aún el lugar que se merece. Algunos darán su negativa a verla porque pensarán que es una españolada patriotera de tres al cuarto y en el lado opuesto otros se rasgarán las vestiduras pensando que un grupo de "titiriteros" y "subvencionados" sólo serían capaces de rodar un panfleto antimilitarista para dárselas de pacifistas e izquierdosos. Ambos bandos estarían equivocados, sí, Guerreros es una cinta antibélica o contraria al intervencionismo internacional, pero su misión como producto cinematográfico es humanizar a un grupo de niños que van al culo del mundo a una tierra en la que no han perdido nada porque los de siempre han dicho que hay que hacerlo a pies juntillas y sin rechistar. 




Esta producción de 2002 es una desconocida pieza importante dentro de nuestro cine de género, la mejor película bélica rodada en España y un producto de alto nivel que no tiene nada que envidiarle al cine  norteamericano adscrito a este tipo de films. Curiosamente se estrenó a la vez que otro producto cuyo mensaje era diametralmente opuesto al de la obra que nos ocupa, Black Hawk Deribado, producción técnicamente irreprochable cuya ideología desde mi punto de vista dejaba mucho que desear y cuya historia (basada en hechos reales, pero bastante tergiversada en pantalla) no era ni la mitad de realista e interesante que la película que nos ocupa, proyecto que nos expone en pantalla que la guerra no es un juego y que es muy sencillo defenderla cuando no eres tú el que tiene que exponerse en el campo de batalla jugándote la vida y la de tus compañeros mientras en el bando contrario sucede prácticamente lo mismo. Por desgracia  esto lleva sucediendo desde tiempos inmemoriales y no cambiará en un futuro próximo.