domingo, 22 de febrero de 2015

En la Boca del Miedo, la sombra sobre Hobb's End



Título Original In the Mouth of Madness (1995)
Director John Carpenter
Guión Michael De Luca
Actores Sam Neill, Julie Carmen, Jürgen Prochnow, Charlton Heston, David Warner, John Glover, Frances Bay, Wilhelm von Homburg, Kevin Rushton, Katherine Ashby, Marvin Scott, Hayden Christensen, Kevin Zegers






No comenzó con mucha suerte los años 90 el cineasta John Carpenter. Un proyecto como Memorias de Un Hombre Invisible mostraba una versión ligera, domesticada y bastante impersonal del director de La Noche de Halloween o La Niebla. La tv movie de culto Body Bags, que rodó al alimón con su amigo Tobe Hooper, tampoco serviría para encarrilar su carrera. Sería en 1995 cuando el autor de Asalto a la Comisaría del Distrito 13 estrenara una de las mejores y más inteligentes películas de terror de aquella década con En la Boca del MiedoIn the Mouth of Madness en su título original. El problema es que pocos supieron verlo, ya que hasta los fans del realizador la recibieron con escepticismo.




En la Boca del Miedo narra cómo al experto en estafas John Trent (Sam Neill) le encomiendan la misión de dar con el paradero del exitoso escritor de novelas de terror Sutter Cane (Jurgen Prochnow) que según sus editores Jackson Harglow (Charlton Heston) y Linda Styles (Julie Carmen) ha desaparecido misteriosamente mientras escribía su último libro In the Mouth of Madness, relato únicamente leído por el agente de Cane y haciéndole perder la cordura. Con la ayuda de Linda, John intentará encontrar al novelista que finalmente parece encontrarse en el pueblo Hobb's End, famoso por ser la localización de varios de sus libros. Los protagonistas se verán inmersos en una pesadilla en la que la línea que separa la realidad de la ficción es prácticamente imperceptible.




El treceavo largometraje de John Carpenter es una carta de amor, pero una con letras escritas en sangre de antigua deidad arcana e innombrable. In the Mouth of Madness es ya desde su título (muy parecido a In the Mountain of Madness, uno de sus trabajos más celebres) un homenaje a la obra del escritor norteamericano nacido en Providence (Rhode Island) Howard Phillips Lovecraft. Autor de clásicos de la literatura de terror como Los Mitos de Cthulhu, La Sombra Sobre Innsmouth o Herbert West: Reanimador. Toda esa atmósfera bífida, de seres impíos extraterrenos que arrastran sus tentáculos semperteantes por orillas envueltas en la negrura de la medianoche anida en el interior del film que nos ocupa y la misma es su núcleo central como obra cinematográfica.




Por otro lado tampoco son pocas las referencias a otros escritores, curiosamente deudores de la prosa del autor de Providence. Por un lado es inevitable pensar en Stephen King, de hecho se le menciona explícitamente en un momento concreto del largometraje, con todo lo referido a ese pueblo llamado Hobb's End (localizado supuestamente en Nueva Inglaterra, estado en el que King desarrolla la mayoría de sus relatos y en el que él mismo vive) y cómo la cotidianidad del mismo se ve resquebrajada por la irrupción de lo sobrenatural. Novelista este al que el mismo Carpenter adaptó en 1983 con la muy recuperable Christine. Tampoco se eluden referencias al británico Clive Barker (Hellraiser, Libros de Sangre) con la presencia de personajes introducidos en la demencia o hermandades religiosas de corte fanático e impío.




John Carpenter aborda el relato ideado por Michael de Luca, el mejor salido de la mano del productor y guionista, con su poderosa puesta en escena. Aquella que se mueve entre el clasicismo en lo estético y la vanguardia en lo conceptual. La manera de extrapolar la historia a la pantalla transita entre el omnipresente onirismo, incitándonos en todo momento a pensar que nos encontramos en una creciente pesadilla tomando forma poco a poco en pantalla, y la continua idea de que algo blasfemo, inhumano y herético habita en el interior de Hobb's End. Manteniéndose latente hasta que encuentre la posibilidad de salir al exterior y pervertir toda idea de humanidad. Concepto este perfectamente trasladado en el film y que no sería raro que hubiera influido en las primeras obras del cineasta español Jaume Balagueró, como Los Sin Nombre o Darkness.




Porque si bien es cierto que el director de 2013: Rescate en L.A o La Noche de Halloween consigue que impere el tenebrismo y la oscuridad en el corazón de su relato también aprovecha para introducir su socarrón sentido del humor entre negro y satírico. Como no tomándose del todo en serio la serie de catastróficas desdichas en las que se ve inmerso el pobre John Trent. Por otro lado uno de los mayores logros de En la Boca del Miedo es su intertextualidad y el uso que hace del metalenguaje conforme la trama va tomando solidez. Gracias a ello el largometraje maneja a placer las localizaciones, los juegos de espejos y sobre todo a un espectador que en varias ocasiones se sentirá perdido sin poder distinguir realidad o ficción en el contexto de la obra fílmica.




Esta era la segunda vez que el irlandés Sam Neill trabajaba con John Carpenter tras la anterior Memorias de Un Hombre Invisible, en la que encarnó al villano, y en esta ocasión aprovechó al máximo el rol protagonista que le ofreció el director de 1997: rescate en New York o el remake de El Pueblo de los Malditos. Neill volvía en In the Mouth of Madness a los terrenos de terror simbólico y criaturas multiformes de la fascinante y excesiva La Posesión, (Andrzej Zulawski, 1981), que compartió con una inolvidable Isabella Adjani, sabiendo trasladar a la pantalla en todo momento el carisma, verborrea incontrolabl, socarronería y viaje gradual a la locura de uno de los mejores personajes de su carrera,




Dentro de los secundarios, entre los que encontramos la veteranía de Charlton Heston, Frances Bay o David Warner, la mala baba de John Glover y el simplemente cumplidor trabajo de una Julie Carmen que aun esforzándose no está a la altura de sus compañeros, hay que destacar a un Jürgen Prochnow pletórico como Sutter Cane, una especie de híbrido entre Clive Barker y William Burroughs. De hecho En la Boca del Miedo podría ser la versión terrorífica de El Almuerzo Desnudo, con un aire místico y malsano que el guion de De Luca regala a Cane aportándole algunas frases de naturaleza brillante y un puñado de pasajes en los que la fusión de su propio cuerpo con las monstruosidades que inspiran sus libros llegan a momentos de comunión casi cronenbergiana, con reminiscencias apócrifas a la teoría de la Nueva Carne del cineasta canadiense.




Vapuelada y desacreditada en su estreno hoy, En la Boca del Miedo, es una de las piezas más reivindicadas y alabadas de la filmografía de John Carpenter. Un trabajo que exhala un profundo y pervertido amor por Lovecraft, sin basarse en ninguna obra del autor, y el poder vampirizador de la ficción de género, ya sea literaria o cinematográfica. Puede que haya alguna mácula que ensucie su conjunto cuando en la recta final, antes del apoteósico pasaje que cierra el film, el caos se apodera un tanto del devenir de la trama, pero la historia realmente lo demanda. Finalmente nos quedamos con la sonrisa de medio lado del maestro del terror reflejada en la cara desencajada de un hombre devorado por la locura y encerrado en un bucle infinito de demencia delante de uno de los inventos más adictivos y mágicos de la historia de la humanidad. La pantalla de una sala de cine.



viernes, 20 de febrero de 2015

Birdman



Título Original Birdman (2014)
Director Alejandro González Iñárritu
Guión Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Armando Bo, Alejandro González Iñárritu
Actores  Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton, Zach Galifianakis, Naomi Watts, Amy Ryan, Andrea Riseborough, Lindsay Duncan, Merritt Wever, Joel Garland, Natalie Gold, Clark Middleton, Bill Camp, Teena Byrd, Anna Hardwick, Stefano Villabona





Desde que rodara su ópera prima, Amores Perros, el mexicano Alejandro González Iñárritu puso Hollywood a sus pies. 21 Gramos o Babel fueron largometrajes que ganaron premios internacionales y tuvieron notoria presencia en las nominaciones de los Oscars en sus respectivos años. Después de que su guionista habitual, el novelista Guillermo Arriaga, se desvinculara artísticamente de él rodó en España la meritoria Biutiful, un interesante y descarnado film con un Javier Bardem sencillamente brillante. Tras esta aventura española (que también agradó a gran parte de la critica, el público o los académicos, que nominaron por tercera vez al protagonista de No Es País Para Viejos al Oscar, en esta ocasión como actor principal) saltó la noticia de que el ex disc jockey iba a debutar en un género tan ajeno a él como la comedia.




Birdman está protagonizada por un felizmente recuperado Michael Keaton y narra la historia de Riggan Thomson, una antigua estrella del celuloide comercial hollywoodiense que saboreó la fama mundial interpretando al superhéroe Birdman en tres entregas cinematográficas. Hoy es un actor olvidado y fracasado que trata de sacar adelante como protagonista, guionista y productor una versión teatral de la novela De Qué Hablamos Cuando Hablamos de Amor, del escritor Raymond Carver. Los problemas con su hija toxicomana, su ex mujer, su actual pareja, su representante, la llegada del talentoso pero problemático actor Mike Shiner al casting y una extraña voz que resuena constantemente en su cabeza convertirán en un calvario los intentos de Riggan por sacar adelante la obra que debería devolverle el reconocimiento que perdió años atrás.




Vaya por delante que la última película de Alejando González Iñárritu tiene una puesta en escena soberbia, mostrándose todo su proceso de realización como un alarde de técnica impactante, desbordante de talento e inventiva y que sus actores, comandados por un Michael Keaton arrancándose de las entrañas un papel que, no lo neguemos, habla de la decadencia en la que entró su carrera durante la década pasada, están en estado de gracia ofreciendo recitales de interpretación sin importar los minutos que permanezcan en pantalla. El problema, y es considerablemente grave, es que todos estos logros se sustentan en un guión que sin ser un despropósito, porque no lo es, sí adolece de esa originalidad que brilla por su ausencia.




Aunque en su interior atesora momentos de autocrítica y sátira bastante conseguidos que se apoyan en un humor negro que merecía más páginas de guión, una relación amor/odio con el mundo del teatro y lo que para los intérpretes significa subirse a un escenario dándolo todo y una simbología que unas veces funciona y otras no, la historia no deja de ser la típica de una gran estrella venida a menos que trata de sacar adelante la obra que le permita recibir el reconocimiento que ni siendo el protagonista de una trilogía de films sobre superhéroes consiguió. Un perdedor en los momentos más bajos de su vida que busca más la autorealización personal y ser amado que los oropeles de una fama que le convirtió en un ser insensible y distante con su familia.




Precisamente el hecho de que esta historia nos la han contado cientos de veces y con mucho mejor tino en lo que a la escritura se refiere es lo que reduce Birdman a un deleite sensorial desde el punto de vista de su apartado técnico y artístico, pero sólo eso. Alejandro González Iñárritu toma la, tan valiente como caprichosa, decisión de rodar todo su largometraje en plano secuencia (varios de ellos unidos de manera artificial para parecer uno sólo, lo que resta inmediatez y verdad al proyecto, pero no mérito) y con ello muestra ser un realizador sobresaliente, instintivo, con una cámara vivaz, cercana, íntima y a la vez grandilocuente, pero no tanto un narrador nato debido a varios baches y reiteraciones que el ya mencionado guión escrito con sus colaboradores Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Armando Bo comete a lo largo de su desarrollo.




Por otro lado el reparto actoral se muestra en todo momento brillante y lleva junto a la dirección del co director de 11-09-01 todo el peso de la historia. Muchos de ellos son clichés en el papel (aunque el libreto les regala algunos diálogos que superan holgadamente la calidad de la estructura y trasfondo del mismo), pero los actores los interpretan con una fuerza intachable. La hija toxicómana de Emma Stone (esos ojos, los más expresivos del cine reciente, con permiso de los de Carey Mulligan) la actriz depresiva de Naomi Watts, la novia morbosa de Andrea Riseborough, la ex mujer comprensiva de Amy Ryan, el representante de paciencia infnita de Zach Galifianakis y sobre todo el animal interpretativo de naturaleza problemática (¿interpretándose a sí mismo el actor de American History X?) al que da vida un inmenso Edward Norton engrandecen lo que en páginas no destaca, pero en pantalla deslumbra.




Pero es Michael Keaton el que no pierde la oportunidad de ofrecer el recital interpretativo de su vida y a fe mía y de medio planeta que no la desperdicia. El protagonista de Medidas Desesperadas interpreta a un actor cuyo punto álgido como estrella de Hollywood fue interpretar a un superhéroe en una serie de exitosas películas (pocos desconocerán que Keaton fue Batman en las dos adaptaciones que Tim Burton realizó del personaje creado por Bob Kane y Bill Finger) y que entró en decadencia años después (como al mismo intérprete le sucedió en la pasada década) de modo que al más puro estilo de Mickey Rourke en la memorable The Wrestler el mítico Bitelchús se arranca el corazón y lo muestra en pantalla sin reservas y nos regala momentos brutales como ese llanto delante de su ex mujer o todo el pasaje en medio de la calle en el que Birdman termina de quebrar su voluntad y "empieza la acción", secuencua en la que el director mexicano descarga todo su recelo hacia el cine protagonizado por superhéroes que impera en Hollywood y del que un servidor, como los que me leen saben, es un orgulloso consumidor que, por otro lado, acepta el golpe del azteca con sentido del humor.




Por desgracia ni puedo añadir más elogios a Birdman ni puedo adherirme a esa gran mayoría del público y la crítica que ve en la última cinta de Alejandro González Iñárritu uno de los mejores (sino el mejor) trabajo cinematográfico de la temporada. Porque sí, puedo admitir que su forma y los actores que impulsan a la misma están sencillamente brillantes, pero lo que nos cuentan los guionistas es un continuo déjà vu lleno de lugares comunes y caminos transitados que me confirman al 100% que lo que aquí nos encontramos es el mismo regalo de todos los años pero con envoltorio vistoso, llamativo y colorido que nos narra un drama no demasiado dramático y una comedia no demasiado graciosa que con todo se revela como el film más luminoso y positivo de un director que hizo del dolor, la tragedia y el desgarro el sello de identidad que le permitió rodar cuatro films memorables contra los que este Hombre Pájaro, para el que aquí firma, no tiene nada que hacer por muchos superporderes que posea.



lunes, 9 de febrero de 2015

Perseguido, run for your life



Título Original The Running Man (1987)
Director Paul Michael Glaser
Guión Steven E. de Souza basado en la novela de Richar Bachman/Stephen King
Actores Arnold Schwarzenegger, Maria Conchita Alonso, Yaphet Kotto, Jim Brown, Jesse Ventura, Erland Van Lidth, Marvin J. McIntyre, Richard Dawson, Professor Toru Tanaka





De 1977 a 1984 el escritor norteamericano Stephen King publicó cinco novelas con el pseudónimo Richard Bachman y no se supo hasta bastantes años después que pertenecía al autor de El Resplandor, Carrie o Misery. En dichos trabajos King se alejaba un poco del género de terror que le había proporcionado sus mayores éxitos para dar forma a relatos que se movían por unos terrenos distintos a los que hasta ese momento había abordado. La polémica Rabia narraba cómo un adolescente armado secuestraba en un instituto a un grupo de alumnos y algunos de los profesores, Carretera Maldita contaba la historia de un ciudadano obsesionado con detener por la fuerza la construcción de una carretera que iba a hacer que su casa desapareciera y finalmente Maleficio estaba protagonizada por un hombre déspota de negocios que era maldecido por una gitana a perder kilos de manera gradual e irreversible.




Pero si hay dos libros que destacan dentro de los que el novelista de Maine editó con el nombre de Richard Bachman estos son La Larga Marcha y El Fugitivo (The Running Man). Ambos relatos retrataban un futuro deshumanizado regido por estados totalitarios y militarizados sometiendo a una población devorada por una paupérrima situación económica. La primera novela, una de las mejores de King para el que suscribe, estaba protagonizada por un concurso en el que un grupo de corredores debía hacer un recorrido sin parar en todo el trayecto (ya que esto no sólo los eliminaba del juego, también permitía a los organizadores del concurso matar al participante) y en el que sólo el último conseguiría una sustanciosa suma de dinero que le ayudara a salir de su alarmante situación social y monetaria.




El otro libro, El Fugitivo, relataba cómo Benjamin Richards, un hombre que trataba de pagar los medicamentos para paliar la enfermedad de su hija, participaba en un inmoral programa televisivo llamado The Running Man, título original de la novela, en el que, tras pasar por unas exigentes y duras pruebas médicas y psicológicas, debía de huir de un grupo de mercenarios llamados "Cazadores" y cuya única misión era eliminar al protagonista. Esta historia, que mantiene un muy buen nivel hasta su inadecuado, tosco y escatológico final dentro del avión, es la que sirve como base para la película que nos ocupa en esta entrada y aunque toma como base el ya mencionado relato realmente se desvincula de manera más que considerable de él.




Perseguido es un proyecto cuya gestación se antojó cuanto menos curiosa. El productor del film, Rob Cohen, futuro director de Dragonheart o Fast And Furious, compró los derechos de la novela cuando todavía no se sabía que pertenecía a Stephen King, de hecho en los créditos de apertura podemos leer el nombre de Richard Bachman, para que Steven E. de Souza, elegido por la divina providencia para siete años después crear como director esa obra maestra llamada Street Fighter: La Última Batalla, la adaptara a guión y Paul Michael Glaser, el Starsky de la mítica serie setentera Stasky y Hutch, tomara las labores de dirección cinematográfica uniéndose a la, por aquel entonces triunfante, figura principal de la Era Reagan de Hollywood, el austriaco Arnold Schwarzenegger.




Lo mas curioso es que, independientemente de ser una más de las muchas cintas de acción que Arnold Schwarzenegger protagonizó en los años 80, Perseguido expone un contexto social y temporal muy concreto. Por lo tanto lo que en 1987 nos parecía una disparatada exageración a día de hoy ha resultado terriblemente premonitoria si tenemos en cuenta que la película de Paul Michael Glaser retrata un año 2019 en el que un estado dictatorial adormece a la opinión pública por medio de manipulación informativa vergonzante y programas de televisión que pisotean los más básicos derechos humanos con el consentimiento y apoyo del Departamento de Justicia del gobierno del país para el disfrute de la audiencia. Un retrato que a día de hoy nos es tan familiar que asusta.




Pero tampoco eludamos lo evidente, ya que de la misma manera que el guión no ahonda en temáticas sociales o políticas porque ni lo quiere ni lo necesita, seria de necios negar que con The Running Man estamos ante otro de esos productos ideados para el lucimiento, más físico que interpretativo, del protagonista de Depredador o El Último Gran Héroe. Lo más curioso es que ese prólogo en el helicóptero, que está realizado en un pobre estudio de mala muerte y con más bien poca pericia, la sensación de que la cinta que nos ocupa va a ser una cutrez, que hará de mediocridades protagonizadas por el antiguo gobernador de California como Ejecutor obras maestras, no deja de atenazar al espectador.




Por suerte desde el momento en el que la transición temporal nos lleva 18 meses después a la mina en la que está prisionero Ben Richards la puesta en escena se endereza y el diseño de producción deja ver los 30 millones de dólares que se invirtieron en ella. Paul Michael Glaser demuestra soltura con las escenas de acción, tanto las de persecuciones como los tiroteos, e incluso las de peleas cuerpo a cuerpo entre los protagonistas y sus perseguidores, cada uno de ellos (Dynamo, Fireball o Buzzsaw entre otros) con su hortera encanto. La trama se desarrolla con bastante pericia y ligereza entre violencia más o menos explícita, golpes de humor simplista, que unas veces funciona y otros no, y mucha mala baba a la hora de retratar al estadounidense medio que disfruta de salvajismo televisado saliendo a borbotones de su tubo catódico.




Otro de los alicientes de un producto como Perseguido es su reparto. Arnold Schwarzenegger vuelve a ofrecer uno de sus recitales de mamporros y frases lapidarias habituales aunque esta vez sin lucir apenas palmito. Maria Conchita Alonso interpreta a la chica desvalida que continuamente tiene que ser recatada por el protagonista, el antiguo luchador y político Jesse Ventura da vida al casi paródico Capitán Libertad y también podemos ver rostros conocidos como el de Yaphet Kotto (Alien: El Octavo Pasajero). Pero el gato al agua se lo lleva un pletórico Richard Dawson en el rol de Damon Kellar, el presentador del programa, un dechado de arrogancia, crueldad e ironía que le convierte en un verdadero robaplanos y la piedra angular del largometraje.




Estamos ante una película que destila aroma a los años 80 por todos y cada uno de sus fotogramas. A día de hoy la podemos ver estéticamente kitsch, de hecho casi podría decirse que en su época ya lo era, y sin destacar demasiado dentro del grueso de largometrajes protagonizados por el actor de las sagas Terminator o Los Mercenarios, pero sería de necios eludir que no hay algo más que acción en un guión muy corrosivo que seguramente tres años después inspirara a los creadores de otro film del austriaco, como es el muy superior Desafío Total, de Paul Verhoeven. Perseguido se deja ver en pleno 2015 con una sonrisa socarrona en la cara de un espectador sintiéndose entre incómodo y nostálgico al darse cuenta de que lo que nos contaron hace casi trinta años casi es una realidad, sobre todo en este país políticamente sesgado y culturalmente adormecido en el que nos ha tocado vivir a los españoles del siglo XXI.



miércoles, 4 de febrero de 2015

Masters del Universo, tú a Eternia y yo a la Tierra.



Título Original Masters of the Universe (1987)
Director Gary Goddard
Guión David Odell basado en las figuras de Mattel
Actores Dolph Lundgren, Frank Langella, Meg Foster, Billy Barty, Courteney Cox, Robert Duncan McNeill, James Tolkan, Christina Pickles





Aquellos que crecimos en los 80 jamás olvidaremos que en el año 1982 le empresa de juguetes Mattel puso a la venta una serie de figuras que mezclaban el tono barbárico de Conan, de hecho iban a ser mechandising de la pelicula de John Milius que luego fue reciclado, con la temática sci fi de Star Wars. Los Masters del Universo comandados por He-Man fueron un éxito rotundo para la casa de la legendaria Barbie que se vio incrementado hasta lo descomunal cuando la productora de animación Filmation encabezada por el productor Lou Schimer dio forma a una serie de dos temporadas con un total de 130 episodios en los que los defensores de Eternia hacían frente a las fuerzas del mal comandadas por el diabólico Skeletor, como bien rezaba el opening del programa





La serie, para qué negarlo, era una mediocridad de animación cutre y reiterativa con personajes simplistas y tramas infantiles (ojo, algunas escritas por gente como J Michael Straczynski o Paul Dini, pesos pesados del actual cómic americano en DC o Marvel) que se aprovechó de la ilusión que nos hacía a los tiernos infantes de la segunda mitad de los 80 ver a nuestras figuras de acción darse inocuos golpes en la pantalla pequeña para nuestro poco exigente regocijo. El éxito del serial catódico fue el que permitió que la idea de una película en imagen real para las salas cinematográficas se diera forma, aunque dos años después de la finalización de la serie, en cierta manera un poco tarde, algo que también pasó factora al producto.




La responsable de adaptar a la pantalla grande las correrías de los Masters del Universo fue la célebre productora Cannon Films de Menahem Golan y Yoram Globus. La casa que impulsó algunos de los productos más conocidos de la Era Reagan como Yo Soy la Justicia, Desaparecido en Combate o Cobra: El Brazo Fuerte de la Ley también hizo sus pinitos en la ciencia ficción. La hoy envejecida Fuerza Vital de Tobe Hooper o la indescriptible Superman IV: En Busca de la Paz se adscriben a este género en el que habría que incluir el largometraje que nos ocupa. Todos eran, en el mejor de los casos, productos mediocres, hasta los que tenían un presupuesto más abultado (como es el caso del film del director de La Matanza de Texas) pero cumplían su cometido de rendir en taquilla. Curiosamente ni eso pudo hacer Masters del Universo, lo que supuso el principio del fin de la Cannon.




Golan y Globus, en asociación con Edward R. Pressman, no escamitaron gastos con Masters del Universo. Los actores elegidos para dar vida a los dos protagonistas, He-Man y Skeletor, fueron, respectivmente, el sueco Dolph Lundgren que comenzaba una exitosa carrera como héroe de acción en Estados Unidos y el norteamericano Frank Langella al que pudimos haber visto en el Drácula de John Badham o La Ira de Dios de Ralph Nelson. El director elegido fue el desconocido y nada prolífico Gary Godard, que hasta ese momento se había dedicado a diseñar parques de atracciones para la Universal y el guionista para tejer la trama fue David Odell (Cristal Oscuro). Para componer la polémica banda sonora se recurrió a Bill Conti (Rocky), Anne V. Coates (Lawrence de Arabia) se ocuparía del montaje y hasta el mítico dibujante francés Jean Giraud "Moebius" realizó alguno de los diseños de la dirección artística.




A pesar de todos los esfuerzos de la Cannon Films el largometraje sólo recuperó 17 millones de los 22, un presupuesto considerable para una cinta ideada a las espaldas de Hollywood como esta, que había costado su produccióncon, virtiéndose en el fracaso que marcaría la etapa de decadencia de la productora, desapareciendo seis años después con muchas deudas con el fisco por parte de sus presidentes. Hoy, casi 30 años después de su estreno, habiéndola revisado anoche después de décadas y tratando de reducir el factor nostalgia al mínimo un servidor va a tratar de hablar de esta adaptación de los personajes de Mattel que quiso ser una superproducción y se quedó a medio camino debido a la mediocridad generalizada que transmite en todos y cada uno de sus fotogramas.




El ajustado presupuesto fue primordial para que los productores decidieran que la trama central no se desarrollara íntegramente en Eternia, el planeta originario de los personajes, llevando después del prólogo la historia al planeta Tierra par abaratar costes. También se prescindió del personaje de Orko, uno de los más célebres de la serie de televisión, porque no tenían medios adecuados para hacer volar al personaje que se desplazaba levitando y siendo sutiruido por un rol de nueva hornada llamado Gwildor, interpretado por Bily Barty, mostrándose insoportable en todo momento para el espectador gracias a su voz chillona, humor infantil o la dichosa musiquita que saca, o más bien arranca, de la llave dimensional con la que hace viajar a los protagonistas a nuestro mundo.




Aunque la cinta arranca con un prólogo más que interesante no tarda mucho en hacer acto de presencia en el largometraje una de las señas de identidad de la Cannon Films en los años 80. Desde los títulos de crédito en los que la tipografía y el tema central del film compuesto por Bill Conti son una copia descarada de los del Superman de Richard Donner y la fanfarria de John Williams, pasando por toda la parafaernalia relacionada con Skeletor que está burdamente fusilada de Star Wars (hasta los cascos de la guardia del villano son idénticos a los de Darth Vader) o la llegada de héroes y villanos a la Tierra emulando mucho el tono de Terminator de James Camero,n todo es un cúmulo de plagios vergonzantes que confirman cómo le gustaba a la casa creadora de Yo, el Halcón o Contacto Sangriento copiar éxitos previos como si de una productora italaina exploit del montón se tratara. Aunque más curioso sería ver que la trama central  serviría de considerable inspiración al Thor de Kenneth Branagh para Marvel Studios. Ahí es nada.




Por el lado bueno podemos decir que pese a las licencias tomadas con respecto a la serie de animación (verdadera fuente de inspiración del largometraje) que no son pocas, tanto en lo argumental (no hay rastro del Príncipe Adam, ni la realeza de Eternia) como en lo estilístico (el diseño de los trajes de personajes como Skeletor, Teela o Evil-Lynn poco tienen que ver con los originales) la puesta en escena sabe captar el tono de la misma, aunque dándole un matiz crepuscular, oscuro y más peligroso a todo el entramado, mostrándose el largometraje en todo momento como lo que podría ser, y de hecho es, el último enfrentamiento entre He-Man y su némesis después de años de batallar el uno contra el otro.




Mientras que Dolph Lundgren da el tipo en el plano físico para ser un creible He-Man y secundarios como la Evil- Lynn de una Meg Foster de mirada abrasadora o una jovencísima Courteney Cox y su candidez llenan la pantalla es el Sekeletor de Frank Langella el que devora el encuadre cada vez que la cámara repara en su presencia. El actor de La Novena Puerta o Frost/Nixon: El Desafío inyecta un tono fatalista y melancólico a su villano, con un aire shakesperiano (cuenta la leyenda que él mismo añadió muchos diálogos de cosecha propia al guión) que hace palidecer a cualquier partenaire que comparta plano con él. Langella coge un personaje simplista en el papel y lo llena de detalles para transformarlo en una criatura intimidante y megalómana, un malo de opereta que se convierte en el mayor acierto de la película y, según el mismo actor, uno de de sus trabajos interpretativos favoritos.




La se secuencias de acción funcionan casi en todo momento a buen rendimiento y aunque a Gary Goddard se le notan todas las carencias del novato en lides cinematográficas ya se ocupa la montadora Anne V. Coates de sacar oro de la hojalata. Por otro lado los escuetos efectos especiales, ya sean de maquillaje o visuales, se dividen entre los que todavía hoy mantienen la compostura muy dignamente y los que queman las corneas con sólo mirarlos por su terrible acabado. Poco más se le puede pedir en ese sentido a un producto realizado de espaldas a las majors y con sus cabezas pensantes quedándose bajo cuerda y de manera ilegal el presupuesto de las producciones que financiaban.




Pero todo lo chusco, lo cutre y salchichero queda en segundo plano cuando vemos a personajes como He-Man enfrentarse a muerte con Skeletor, a Evil-Lynn manipular la voluntad de los humanos, a Beast Man dar tollinas como panes de hogaza o a personajes creados expresamente para la película (y que luego tuvieron sus propias figuras de la línea de Mattel) como Blade o Saurod imponer con su mera presencia. Luego estaría Krag, que es una mezcla entre una bailaora flamenca envejecida y Jose Luis Rodríguez el Puma, pero tampoco nos pongamos exquisitos. El castllo Greyskull, Man At-Arms, la Hechicera, un poco más envejecida y recatada en la vestimenta que la original, todas señas de identidad de los Masters del Universo que tienen su momento de gloria a lo largo del film para que los miembros del fandom quedemos satisfechos.




Como se puede ver en la entrada en pocos momentos me he dejado llevar por el hecho de que esta cinta sea una parte importante de mi infancia. Masters del Universo es una película que se mueve entre lo mediocre y lo decididamente malo, pero que entretiene en todo momento y no desentona con el grueso de las producciones de Serie B americanas de los 80. Tras ella el inefable Albert Pyun (Capitán América) iba a rodar para la Cannon una secuela, pero Golam y Globus perdieron los derechos de los personajes y tuvieron que retocar el guión ya escrito para convertirlo en el del film Cyborg, con Jean Claude Van Damme de protagonista. Lo último que se sabe de los personajes de Mattel es que ya está escrito el guión, a manos de Jef Waldow, de la nueva versión imagen real, que no sabemos si será un remake de la que nos ocupa o un reinicio en toda regla. Lo único cierto es que este fan de He-Man, Skeletor o el olvidado Hordak la esperará con ganas y verá con fruición independientemente del resultado que ofrezca. Buen viaje y larga vida a Eternia.



martes, 3 de febrero de 2015

Depredador, welcome to the jungle



Título Original Predator (1987)
Director John McTiernan
Guión Jim Thomas y John Thomas
Actores Arnold Schwarzenegger, Carl Weathers, Sonny Landham, Bill Duke, Elpidia Carrillo, Richard Chaves, Jesse Ventura, Shane Black, R.G. Armstrong, Kevin Peter Hall





Fue más o menos a mediados de la década pasada cuando el grueso de la prensa especializada (el público por el contrario siempre estuvo de su lado) comenzó a considerar el peso del cineasta estadounidense John McTiernan como uno de los artesanos más sólidos y talentosos dentro del cine de acción americano. Curiosamente fue cuando su carrera entró en declive con productos como el remake de Rollerball o la controvertida Basic y su vida personal se vio vapuleada por un rocambolesco caso de espionaje y escuchas en Holllywood cuando muchos se dieron cuenta de que el nombre del director de El Guerrero Nº13 era vital para entender un género que en los 80 reinó en las pantallas cinematográficas y los videoclubs.




Una de las obras que sirvió para cimentar una carrera meteórica como cineasta al servicio de Hollywood fue sin lugar a dudas Predator, estrenada en 1987. Para John McTiernan suponía su segundo film como realizador y para Arnold Schwarzenegger la segunda colaboración con la Twentieth Century Fox tras el éxito que supuso la anterior Commando. El actor austriaco y los hermanos Jim y John Thomas, guionistas del film, fueron los impulsores de una obra cinematográfica que con el paso de los años ha dejado se ser tildada como "una más de Schwazenegger" para pasar a ser una obra de culto dentro del cine de los años 80 y uno de los proyectos más logrados de todos aquellos los que se vieron implicados en su creación.




Depredador comienza como cualquier muestra de cine protagonizado por action heroes prototípocos del cine ochentero protagonizada por el mismo Schwarzenegger o algunos de sus coetáneos como Sylvester Stallone, Jean Claude Van Damme o Dolph Lundgren y es que esa es la intención de los hermanos Thomas al guión, pero con otros fines que pasaremos a comentar después. En el arranque del film asistimos a cómo un grupo de las Fuerzas Especiales del Ejército estadounidense se adentra en una jungla centroamericana para rescatar a un ministro del gabinete presidencial. En el proceso veremos a una serie de aguerridos militares, máquinas de matar bien engrasadas, que funcionan como un sólo y poderoso músculo ser comandados por Dutch Schaeffer, el responsable de que esta equipo de siete personas cumpla con su misión en el menor tiempo posible y con la mayor efectividad exigida.




En este proceso (y si obviamos el prólogo con la nave espacial llegando a la Tierra) Predator no se diferencia demasiado de otros productos protagonizados por el ex gobernador e California como Ejecutor de John Irvin o la ya mencionada Commando de Mark L. Lester. El futuro director de La Jungla de Cristal se ocupa de ensamblar una buena pieza de cine repleto de testosterona ejecutando escenas de acción rodadas de manera potente, poniendo en boca de sus personajes (sobre todo el protagonista) frases lapidarias antes de eliminar a sus rivales y creando en todo momento pasajes para el lucimiento físico de un reparto de actores curtidos (en su mayoría, el de Shane Black no era el caso) en incontables horas de gimnasio.




No es hasta que la criatura alienígena comienza a dar muestras de su peligrosa presencia que la pieza de cine de acción comienza a convertirse en una amalgama de relato de ciencia ficción y terror y el John McTiernan realizador deja paso al John McTiernan narrador. El tempo comienza a expandirse, los primeros síntomas de debilidades de los supuestamente indestructibles personajes protagonistas comienzan a aflorar cuando descubren que no se enfrentan a un enemigo humano y en ese mismo momento es cuando Depredador comienza a deconstruír y desmitificar al género al que la primera mitad de su metraje se adscribe de manera presumiblemente clara. Cuando esos hombres entrenados "para cazar" se ven convertidos en presas al enfrentarse a un ser de otro planeta que decide asediarlos y utilizarlos como trofeos el film de John McTiernan muestra sus verdaderas fauces.




Pero aunque el depredador alienígena consigue reducir a estos militares entrenados que podrían haber salido de cualquier producción ochentera de la productora Cannon auspiciada por Menahem Golam y Yoram Globus el film de los hermanos Thomas y Johm McTiernan no sólo se queda en esa autocrítica conceptual sino que en un intento por ir incluso más allá crea por medio de la estructuralidad del guión paralelismos claros con la por aquel entonces no demasiado lejana guerra de Vietnam cuando vemos referencias claras a aquel conflicto bélico en ese grupo de soldados estadounidenses que se ven superados por un enemigo que conoce el terreno como la palma de su mano y que aún viéndose superado en número es capaz de vencerles dejando en evidencia su prepotencia como equipo y debilidades como supuestas máquinas de guerra.




También es de recibo destacar a un reparto brutalmente cohesionado con unos actores que parecían nacidos para dar vida a sus papeles. Aunque personajes como los de Jesse Ventura, Carl Weathers, Sonny Landham o Shane Black (que acabó haciendo de actor secundario en la película cuando rechazó reescribir el guión de la misma para no desvincularse del todo del proyecto) son estereotipos claros dentro del cine de acción (el gracioso, el impertérrito, el místico) están lo suficienteme perfilados en el papel y abordados convincentemente por sus intérpretes como para que todas y cada una de sus muertes lleguen a importar a la platea. Lo de Arnlod Schwazenegger al igual que en Terminator  o Conan: El Bárbaro era coser y cantar, ya que el rol estaba escrito expresamente para sus muy límitadas pero físicas aptitudes interpretativas dentro de un género como el thriller de acción.




Por último nota aparte para el diseño del depredador a manos del mítico Stan Winston. El creador de la imagen del Terminator de James Cameron o los dinosaurios del Parque Jurásico de Steven Spielberg dio forma con esta criatura al monstruo alienígena favorito del que suscribe y que en el largometraje que nos ocupa fue interpretado por Kevin Peter Hall y un por aquel entonces novato Jean Claude Van Damme cuando utilizaba el sistema de camuflaje que le mimetizaba con la jungla. Su enorme corpulencia, equipo de supervivencia (brutal la imagen de la cura de la herida, en la que lo vemos por primera vez durante unos segundos de cuerpo entero) parafernalia tribal, rostro animal y voz inhumana le han convertido por derecho propio en uno de los iconos más reconocibles de la cultura pop con figuras de colección, cómics o videojuegos de todo tipo inspirados en él.




Depredador es una muestra del mejor cine de acción de los años 80 cuando paradójicamente una de sus misiones era desmontar los preceptos y lugares comunes que daban forma al mismo. John McTiernan consiguió introducirnos de lleno en aquella jungla centroamericana haciéndonos sentir el calor sofocante, el olor a muerte y peligro demostrándonos que cuando el rey del celuloide de la era Reagan encontraba a un rival cuyo físico superaba al suyo debía recurrir al instinto, la inteligencia y la cacería humana de naturaleza pehistórica y cavernaria en un clímax final en el que el director de El Último Gran Héroe rodó algunos de los pasajes más, paradójicamente, bellos de toda su carrera.




El éxito de Predator fue tan rotundo como para dar forma a dos secuelas, una muy reivindicable en 1990 a manos de Stephen Hopkins, otra meritoria auspiciada por Robert Rodríguez en 2010 y dos olvidables crossover con Alien, inspirados en los cómics de la editorial Dark Horse, a manos de Paul W. Anderson y los hermanos Colin y Greg Strause respectivamente que no merecen la pena por su naturaleza plumbea y sacacuartos. Lo próximo es que el mismo Shane Black que se negó a tomar parte del guión del film que nos ocupa se ponga al frente de la escritura y dirección de una nueva entrega protagonizada por estos visitantes intergalácticos que desde hace cientos de años, y sólo en los años de más calor, vienen a nuestro planeta a buscar trofeos para en ocasiones encontrar a rivales que están a la altura de su peculiar y descarnado concepto de la cacería.