viernes, 21 de octubre de 2011

La Cosa




Título Original The Thing (1982)
Director John Carpenter
Guión Bill Lancaster basado en la novela de John W. Campbell
Actores Kurt Russell, Wilford Brimley, David Clenon, Richard Dysart, Donald Moffat, Richard Masur, Keith David




En 1982 y tras tres de sus mejores films como fueron La Noche de Halloween, La Niebla y 1997: Rescate en New York el director norteamericano John Carpenter decidió dirigir el remake de un largometraje de los 50 con producción de su admirado Howard Hawks y dirigida por el televisivo realizador Christian Nyby, El Enigma de Otro Mundo (The Thing From Another World). El resultado fue uno de sus trabajos más conseguidos, una joya de culto dentro del cine fantástio y de terror que un servidor pudo visionar el pasado día 20 en gloriosa pantalla grande gracias a la precuela de recientísima factura, en una sesión doble al más puro estilo Grindhouse.




The Thing narra como un grupo de investigadores americanos aislados en la Antartida reciben la inesperada y hostil visita de un helicóptero de origen noruego que abre fuego indiscriminadamente contra un perro al que está dando caza. Los protagonistas se ven en la obligación de reducir a los invasores. Más tarde descubriremos que el animal porta en su interior una criatura extraterrestre multiforme y mimética que supondrá una amenaza mortal para los personajes principales.




La Cosa tiene como principal constante autoral del director de Asalto a la Comisaría del Distrito 13 pertenecer en espíritu y casi estructura a un género cinematográfico muy concreto. Por encima de todo y por enésima vez, aunque no ultima, la sombra del western es omnipresente a lo largo de todo el metraje en una cinta de John Carpenter. Hasta la presencia de un poco inspirado Ennio Morricone componiendo la banda sonora del film que nos ocupa en esta entrada nos remite a ese tipo de celuloide.




Dicha idea fija y bien asentada en su personalísima impronta tuvo su eclosión total en la genial Vampiros, probablemente lo más cerca que ha estado John Carpenter de ese tipo de largometrajes que tanto idolatra. En The Thing tenemos hombres aguerridos, duros, de personalidades fuertes y comandados por un Kurt Russell entre su Snake Plissken y un Franco Nero americanizado que hará de lider aún siendo cuestionado por varios de sus compañeros de fatigas. Se antoja imposible no pensar en films como Río Bravo del ya mencionado Howard Hawks viendo esta producción de 1982.




La tensión, el hermetismo y la claustrofobía están medidas con escuadra y cartabón por un John Carpenter que sabe sacar provecho de una localización escasa y unos parajes helados (localizados en Alaska) o de un reparto de actores que no dejan de ser estereotipos pero tienendo todos ellos personalidades propias y definidas. Por otro lado tenemos unos efectos especiales del todo artesanales y magníficos para la época, que marcaron un antes y un después dentro del género de ciencia ficción pre CGI.




Posiblemente en La Cosa se encuentre el mejor uso que se ha dado en la historia del cine al látex. La criatura alienígena es mostrada como un engendro aberrante, terrorífico y multiforme cuya estructura corporal no parece seguir un patrón lógico. Todos sus tentaculos, patas, cabezas, lenguas o globos oculares dan composición al mismo caos en forma corporea, mostrándose como una sobredimensionada visión de la nueva carne acuñada por David Cronenberg y dejando al espectador impactado ante la visión de semejante entidad del todo inhumana cercana al ideario lovecraftiano.




Sirviendo incluso sus facultades miméticas y de adaptación (recordándonos también a los Ladrones de Cuerpos de Don Siegel y Philip Kauffman) como catalizadoras de una destrucción y manipulación de la personalidad humana (la de los protagonistas) llevada a límites de verdadera y pura paranoia. Por no mencionar que su sola presencia da lugar a escenas gore tan bestiales que por aquel entonces era casi imposible encotrarlas fuera del cine marginal o de serie Z. En resumidas cuentas, a pesar de lo aparatoso del monstruo del film (creado entre otros por dos expertos como Rob Bottin y Stan Winston) el mismo siempre está al servicio de la historia y no al revés.




En su momento el film fue un fracaso en taquilla (Universal tuvo la feliz idea de estrenarlo una semana después de ese otro alienígena devorador de taquillas que respondía al nombre de E.T.) y masacrado por gran parte de la crítica especializada. Hoy día no sólo es uno de los trabajos más sólidos y recordados de John Carpenter, también es un remake ejemplar, un clásico dentro de su género y el largometraje por cuyo complicado rodaje su director contrajo un cáncer de piel que le dura hasta nuestros días.




La Cosa es una pieza de orfebrería de incalculable valor, un film ejemplar sobre como crear magnífico cine de género en su máxima expresión. Un largometraje magistral que debería de utilizarse en las escuelas de cine para que sus alumnos contemplen lo que es ofrecer pureza cinematográfica (puesta en escena, tempo narrativo, colocación de la cámara, uso pordigioso del scope, ajustada dirección de actores) al servicio del entrenimiento puro y duro.




Desde mi punto de vista siempre he echado de menos en ella ese toque más irónico y crítico que Carpenter ha destilado en otros films. Pero como producto cinematográfico no puedo negar su genialidad, su fiereza, su influencia en muchos films posteriores, que escenas como la del perro, la del desfibrilador, la de la sala de recreo con los actores atados en el sofá o la de las pruebas de sangre están grabadas a fuego en mi retina por los restos de los restos o que la reciente precuela es tan entretenida como indigna e innecesaria. Pero de esto último hablaré más adelante y a su tiempo.


domingo, 16 de octubre de 2011

Melancholia, this is the way the world ends, not with a bang but a whimper




Título Original Melancholia (2011)
Director Lars Von Trier
Guión Lars Von Trier
Actores Kristen Dunst, Charlotte Gainsbourg, Kiefer Sutherland, Charlotte Rampling, Alexander Skasgard, Stellan Skasgard, Udo Kier, John Hurt, Brady Corbet




Unas bellísimas imágenes evocadores de un acabado pictórico poderoso y exultante, envueltas por la magnificencia de la ópera Tristán & Isolda del alemán Richard Wagner (exquisita obra musical cuyo preludio por desgracia es explotado hasta el hartazgo a lo largo del film) abren la última obra del excéntrico y genial director danés Lars Von Trier. En ese momento todavía no lo sabemos, pero dichos planos (o la mayoría de ellos) en slow motion están localizados a lo largo del metraje de Melancholia, el duodécimo largometraje de este autor tan sobrado de talento como de estupideces extracinematográficas.




Mientras se lleva a cabo en la suntuosa mansión de una familia de burgueses una boda celebrada por todo lo alto con cientos de invitados, dudas, inconvenientes y medias verdades, un planeta llamado Melancholia parece acercarse a la Tierra dando pie a una posible colisión entre los dos cuerpos celestes. Tras la boda, Justine, su hermana Claire, el marido de esta y el hijo de ambos, esperan la llegada de Melancholia entre fascinados y temerosos por no saber a ciencia cierta si pasará de largo o dará pie al fin de nuestro mundo tal y como lo conocemos.




Por culpa de unas innecesarias declaraciones de su director durante el pasado festival de Cannes, que también fueron estupidamente sobredimensionadas y malentendidas tanto por la prensa especializada como por los mismos organizadores del certamen, Melancholia quedó en un triste segundo plano, cuando se supone que debía ser el centro de atención en lo concerniente a la obra cinematográfica de Lars Von Trier. Una pena, porque el revuelo montado con la supuesta filiación nazi del danés y su improbable admiración hacia Adolf Hitler eclipsaron (nunca mejor dicho) los logros de su última cinta, que son muchos y considerablemente valiosos.




Melancholia está dividida en dos partes (algo habitual en el director de Rompiendo las Olas lo de construir sus films por medio de episodios) las mismas se centran en Justine y Claire, las dos hermanas protagonistas de la obra cinematográfica. En la primera parte podemos ver el lado más Von Trier ceñido al tratado Dogma 95 (las similitudes con Celebration de su compañero y amigo Thomas Vinterberg son notorias) cuando el de Copenhague retrata una celebración marital de un patetismo e incongruencia notable al hacernos testigos de que la novia tiene series dudas sobre su futuro en pareja. El fresco que Von Trier hace de este ritual es sutilmente irónico, acentuando todo lo que, según él, hay de pueril e inane en su interior.




En la segunda parte, tras la boda, el amigo Lars realiza un retrato intimista y decididamente desesperanzado sobre las diferentes vertientes de la compleja psicología del ser humano. Por un lado tenemos a una Justine que tras los hechos acontecidos en su boda parace haber tomado un rol mesiánico, como de deidad cruel e insensible. Claire se muestra temerosa, llena de dudas y miedos por la posible llegada y colisión de Melancholia con la tierra, que acabaría con todo rastro de vida humana. John, el marido de Claire, es un hombre de ciencia que confía en estadísiticas y que mantiene la calma entre fascinado y tranquilizador por estar seguro de que no sucederá tal choque entre los planetas. Por último Leo, el pequeño hijo del matrimonio que representaría una vida tempranamente truncada si este apocalipsis global llegara a tener lugar.



Lars Von Trier suele crear un cine de una pureza dolorosa, cristalina y arrebatadora. Melancholia no es la excepción a esa regla. Su último film, que en sus primeros pasos recuerda tanto a Kubrick como a ese Tarkoviski al que buscó (sin encontrarlo), en la tan desconcertante como fascinante Anticristo, es un maravilloso poema nihilista y misántropo sobre la existencia y huella del ser humano en la tierra. Contrariamente a lo que suelen mostrar otros films sobre catástrofes nada hay aquí de caos, calles infestadas por ciudadanos huyendo hacia ninguna parte o gobiernos sádicos intentando controlar a la marabunta desatada.




El autor de Europa prefiere contar una historia mínima por medio de pocos personajes que representan a una clase social muy determinada y que afrontan su destino entre el horror, la resignación y la indiferencia. Todo ideado con una fuerza visceral localizada en el paraje mas mundano y aislado posible, sin estridencia o sensacionalismo alguno. Esos cuatro roles sirven de termómetro generalizador para analizar como afrontarían distinto tipo de personas un posible fin de los días. Debido en gran parte a ese talento innato que tiene el danés para retratar lo mejor y lo peor que habita en nosotros mismos.




Una vez más los actores lo dan todo por este cineasta que sabe expirimr a sus intérpretes hasta dejarlos exhaustos. Kristen Dunst se entrega en cuerpo y alma (en un papel que en principio iba a intérpetar nuestra Penélope Cruz, pero que finalmente rechazó, para su desgracia) como nunca antes lo ha hecho para dar vida a este personaje de nombre sadiano que pasa de transmitir una falsa felicidad en la primera parte del film a dejarse llevar pos sus instintos (en ocasiones cuasi divinos en su propia alegoría, como ya he comentado) en la segunda. Charlotte Gainsbourg una vez más y al igual que en Anticristo no interpreta un papel, lo hace suyo y lo aborda desde las entrañas. Ella es, en lo referente al reparto, lo mejor del film.




Pero la grata sorpresa también la da un inspirado Kiefer Sutherland que demuestra que es algo más que el actor que dio vida al inolvidable Jack Bauer en la serie 24. El protagonista de Línea Mortal (Flatliners) compone un magnífico personaje, que mediante su determinación y sistema de valores, sirve como catalizador dramático para controlar las obsesiones del rol de Claire, ya que él tiene la misión de tranquilizar a su esposa con respecto a un supuesto choque con Melancholia. Finalmente su verdadera cara saldrá a la luz y un acto extremo por su parte dará pie al inicio del magnífico clímax de la obra cinematográfica.




Entre los secundarios destacar a habituales dentro de la obra de Lars Von Trier como el alemán Udo Kier (con simpático papel), el sueco Stellan Skasgard haciendo de cabrón como sólo él sabe cuando Von Trier lo lleva de la mano o el inglés John Hurt, que tras poner su voz como narrador en Dogville y Manderlay por fin ejerce como intérprete en una de las obras de este director. Pero también debo nombrar a recién llegados al mundo vontrieriano como Alexander Skasgard, un entrañable Brady Corbet o una irónica Charlotte Rampling. Todos ellos con su momento de gloria, pero eclipsados por el trío protagonista y sobre todo por las dos magníficas hermanas ya mencionadas previamente.




Para el que suscribe, Melancholia supone el enésimo triunfo de uno de los autores más interesantes, personales, engreídos e irascibles del cine contamporáneo. Lars Von Trier ha encontrado belleza en el terror, poesía en un fin de ciclo existencial, magnificencia en lo perecedero y ha creado otra de esas obras que dejan al espectador tocado en más de un sentido tras su visionado. Se confirma que este señor sigue sumido en una extraña depresión, eso o que su visión del mundo se vuelve cada vez más descorazonadora, pero también por ello pardójicamente lírica y hasta bella. Veremos hacia donde se encarrila la carrera de este suicida artístico con un talento tan grande como larga su bífida y descontrolada lengua cuando le ponen un micrófono delante.


sábado, 15 de octubre de 2011

Mientras Duermes




Título Original Mientras Duermes (2011)
Director Jaume Balagueró
Guión Alberto Marini
Actores Luis Tosar, Marta Etura, Petra Martínez, Alberto San Juan, Carlos Lasarte, Pep Tosar, Amparo Fernández, Oriol Genis, Iris Almeida




Tras las dos entregas de [·REC ] rodadas al alimón con su amigo Paco Plaza y antes del estreno de las otras dos secuelas (Génesis y Apocalipsis) que darán forma a una tetralogía que supuestamente cerrará la célebre y exitosa saga, el catalán Jaume Balagueró ha estrenado una modesta cinta que sin lugar a dudas será, en un futuro, clave para entender la evolución de su discurso cinematográfico. Para el que suscribe uno de los más interesantes del panorama internacional dentro del género fantástico y de terror.




César es el portero de un edifico de apartamentos en un barrio barcelonés. Aparentemente es un profesional en su trabajo, parece estar pendiente de todas y cada una de las necesidades de los inquilinos y no duda a la hora de ponerse a disposición de los mismos cuando sus servicios son requeridos. Pero detrás de la sonrisa y los buenos modales del conserje parece esconderse algo muy oscuro, que habita oculto pero latente en su psique y que saldrá a la luz totalmente cuando conozca en profundidad a Clara, una joven y risueña jovencita que vive en el bloque.




Desde su magnífica ópera prima Los Sin Nombre, con la que adaptaba una novela del escritor birtánico Ramsey Campbell, el español Jaume Balagueró se ha labrado no sólo un nombre internacional como director de cine de terror, también ha conseguido depurar un estilo propio (que nació en sus oscurísimos y viscerales cortometrajes Alicia y Días Sin Luz) como narrador que normalmente se percibía, mayormente, en el plano exterior de sus trabajos, ya fuera en el uso nervioso de la cámara, una utilización atmosférica del montaje o por medio una fotografía siniestra, dándole a sus productos un tono entre tenebroso y post industrial.




Pero por primera vez (o por lo menos desde su ya mencionado debut en el mundo del largo, que aunaba ubicua personalidad en fondo y forma) parece que Balagueró ha conseguido algo inusual y muy atípico, no sólo dentro de nuestro cine, sino también en lo que a la madurez de autores cinematográficos se refiere, no evolucionar (eso vino con aquella cinta de transición llamada Frágiles) sino hacer que su propio discurso, su manera de ver el cine, se apodere del conjunto de la última de sus obras y habite dentro de la misma sin necesidad de utilizar constantes visuales o esteilísticas habituales o propias para mostrarlo en pantalla.




Lo que quiero decir es que Balagueró por primera vez no necesita pasadizos recónditos, piernas ortopédicas, máscaras de gas que dan un matiz inhumano a sus portadores, fantasmas deformes o un ambiente neogótico y sucio para definir el look visual de su film y con ello tratar de dar forma a su interior. Porque esa visión mórbida, cruel, bífida y tóxica que tiene del cine de género de terror por primera vez atraviesa el celuloide y se introduce en la epidermis de su personaje principal, al que borda, como sucede siempre, un Luis Tosar a todas luces inolvidable y sencillamente escalofriante.




César es la quintaesencia del estilo balagueriano de entender el cine. Un ser retorcido, oscuro, de sonrisa envenenada, que necesita de la desgracia ajena para alcanzar una felicidad que siempre le ha sido negada. Un tipo que amarga la existencia de su madre (o quién suponemos es su madre) contándole sus "hazañas", que es capaz de llegar a la tortura ajena con tal de saciar su apetito goloso, que con una sarta de palabras dichas sin inmutarse consigue hundir a una pobre anciana (mi paisana Petra Martínez, con un papel a su medida) o que ve incluso viable el suicidio al no encontrar a gente más desgraciada que él. Porque a pesar de que este conserje parezca la representación pura de la maldad no deja de ser un desgraciado que necesita que los demás sufran más que él para poder seguir adelante con su triste y pobre existencia.




Mientras Duermes es un ejercicio polanskiano (viene a la cabeza inevitablemente El Quimérico Inquilino en numerosas ocasiones a lo largo del metraje e incluso en La Semilla del Diablo) lleno de inquina, mala baba y a veces ironía sobre el lado más oscuro del ser humano, pero no mostrando una personalidad oculta en el fondo de la mente del protagonista sino una desviación psicótica que sale a la luz regularmente, cuando cae la noche y el personaje lleva a cabo sus escarcéos furtivos para destruir la vida de los demás. Su carácter demente aumenta y tiene su clímax en la media hora final del film cuando su afán por hacer daño a Clara (una preciosa y entregada Marta Etura, que para colmo es pareja sentimental de Luis Tosar en la realidad) llega a cotas de locura difíciles de calibrar.




Al igual que Rob Zombie en Los Renegados del Diablo (The Devil's Rejects) Jaume Balagueró logra pervertir su última obra de manera que nos hace cómplices de un enfermo mental con el que, contra todo pronóstico, llegamos a empatizar de alguna manera. Ya que en las muy medidas ocasiones (de pulso hitchcockiano todas ellas) en las que están a punto de pillar in fraganti al protagonista la tensión se hace palpable en el espectador. No sabemos si por miedo a que lo atrapen y deje de realizar sus fechorías o por si al ser descubierto por sorpresa pueda acabar con la vida de su delator. Ahí, en esa ambigüedad transmitida a través de la pantalla es donde se encuentra el mayor acierto de una cinta como Mientras Duermes.




El trabajo de Balagueró es medido y muy seguro de sí mismo. Como ya comenté en su momento tras Frágiles el co director de OT: La Película (sí, no puedo evitar nunca mencionar esta película cuando hablo de este señor) dosíficó sus trucajes de cámara y constantes visuales entregándose a una realización más elaborada y homogenea. Mientras Duermes es la confirmación de la madurez de un Balagueró que como ya he comentado puedo construir una cinta 100% hija de su impronta sin tener que repetir sus señas de identidad en el plano formal del producto porque ya ha solidificado un discurso como narrador total, con sus fallos y sus virtudes, pero de manera cohesionada y poderosa.




A la espera de esa que estrene esa [REC ·] Apocalipsis que supondrá el cierre de la célebre y existosa saga y que le volverá a unir (aunque esta vez no en la dirección, que será exclusivamente suya) a su amigo Paco Plaza, Balagueró ha estrenado posiblemente su película más personal y pura cinematográficamente hablando (aunque mi corazón siempre estará con esa Los Sin Nombre que tan tocado me dejó cuando la vi en pantalla grande allá por 1999). Mientras Duermes no sólo confirma uno de los talentos más singulares salidos de nuestro cine reciente, también sirve como reflejo aterrador la más pulcra y e inherente envidia. Ese pecado capital que el español de a pie a convertido en deporte nacional.


Intruders



Título Original Intruders (2011)
Director Juan Carlos Fresnadillo
Guión Jaime Marqués y Nicolás Casariego
Actores Clive Owen, Carice Van Houten, Pilar López de Ayala, Daniel Brühl, Kerry Fox, Ella Purnell




Incluso antes de su primera incursión en el mundo del largometraje el tinerfeño Juan Carlos Fresnadillo dio que hablar cuando su divertido cortometraje Esposados fue nominado a los Oscar en el año 1996. Posteriormente su ópera prima cinematográfica se llamó Intacto y para el que suscribe supone una de los debuts más interesantes que ha dado el cine español en muchos años. Un thriller ejemplar, tecnicamente excelente, interpretado con fuerza y con una atmósfera propia. Un film que abrió una senda para realizar cine patrio comercial de calidad que por desgracia pocos supieron seguir.




Para su salto al cine internacional Danny Boyle, Andrew McDonald y la productora Fox Atomic (subsidiaria de Twentieth Century Fox) lo contrataron, a él y a su inseparable colaborador Enrique López Lavigne, para realizar 28 Semanas Después, secuela de la magnífica cinta de Boyle 28 Días Después. Dicha segunda parte supuso un excelente film, que potenciaba las virtudes de la anterior entrega (en algunos aspectos incluso las superaba) rodada con nervio, fiereza y una misantropía desasoegante, reflejada en ese retrato simbólico y en descomposición que se hace de una familia europea del todo desestructurada.




Tras el fracaso de llevar a cabo un posible proyecto, finalmente fallido, que iba a estar producido por el mismísimo Steven Spielberg, Fresnadillo se metió en una co producción entre España, Reino Unido y Estados Unidos. El resutado es su tercer film, Intruders, largamente esperado, estrenado en el festival de San Sebastián con tibio recibimiento y ya después de haberlo visionado en pantalla grande un servidor puede dar fe que por desgracia supone un producto fallido que se revela como el primer paso en falso del director nacido en Canarias dentro de escueta filmografía.




El núcleo argumental central de Intruders narra dos historias interrelacionadas por la presencia de un ser supuestamente sobrenatural llamado Carahueca (Hollow Face) cuyo origen es desconocido. Una tiene lugar en Madird, España, e implica a una joven madre y su pequeño hijo, la otra sucede en Inglaterra, en un barrio residencial londinense y afecta a una familia formada por un matrimonio y la hija de doce años de la pareja. Finalmente ambas tramas se unirán en una sola y todo el misterio se desvelará en el clímax del largometraje.




Intruders por desgracia y contra todo pronóstico no parece una obra salida de la mano de Juan Carlos Fresnadillo. Su perfil es el de una cinta de terror del montón que a lo largo de su metraje explota hasta la extenuación todos los clichés y constantes habituales en este tipo de cintas. No se puede decir que el largometraje aburra o carezca de escenas interesantes y hasta cierta atmósfera, pero su trama está tan vista, manida y quemada que el espectador la recibe con desgana y considerable apatía.




A pesar de que Fresnadillo se muestra como un competente artesano, que nos regala alguna escena bien ejecutada y cierta intriga que consigue inquietar al espectador, no consigue sacar al film del pozo de la rutina y el mimetismo, cayendo en ocasiones en paternalismos y subrayados innecesarios que lastran el desarrollo de la historia e impiden su credibilidad como producto cinematográfico cohesionado. Casi todo son caminos transitados en anteriores ocasiones y para colmo con más pericia que en la cinta que nos ocupa




El final consigue encarrilar un poco la historia y transmite cierto tino y originalidad en su resolución, pero por desgracia el trayecto no ha sido satisfactorio por mucha referencia que haya a El Exorcista de William Friedkin o a El Resplandor de Stanley Kubrick. Ni siquiera el reparto de excelentes actores destacan en manera alguna ya que sus roles se ven tan maniqueos y endeblemente perfilados que parece como si todos estuvieran allí de pasada. Desde un Clive Owen que parece que no se cree en casi ningún momento su papel, pasando por una sufrida Pilar López de Ayala o un correcto Daniel Brühl y acabando por una Carice Van Houten totalmente desubicada. Sólo la profunda mirada de Ella Purnell inquieta en cierto sentido dentro del casting.




Esperemos que esta Intruders sólo haya supuesto un tropezón dentro de la filmografía de un director tan interesante como Juan Carlos Fresnadillo. Aún tengo la esperanza de que para su próximo proyecto recupere el pulso y la fuerza que ha mostrado en sus obras previas al ejercer como narrador cinematográfico. Por ahora sólo nos queda esperar a que se confirme cual será su siguiente trabajo, aunque aquello que se rumoreó de que podría llevar a imágenes el remake de Los Inmortales (The Highlanders) de Russell Mulcahy no presagia precisamente lo mejor.



Drive, neon nights at the speed of light



Título Original Drive (2011)
Director Nicolas Winding Refn
Guión Hossein Amini basado en la novela de James Sallis
Actores Ryan Gosling, Carey Mulligan, Ron Perlman, Christina Hendricks, Bryan Cranston, Oscar Isaac, Albert Brooks, Tina Huang, Joe Pinque, Christian Cage, James Biberi




Nicolas Winding Refn es un director danés con bastante prestigio en su país de origen gracias a films como la trilogía Pusher, Fear X o Valhalla Rising. Más tarde llevó a imágenes con bastante éxito, ya en Inglaterra, la biografía del peligroso ex boxeador británico Michael Peterson en Bronson, cinta por la que él mismo como director y el actor Tom Hardy como protagonista recibieron varios premios internacionales. Más tarde incluso dirigió una TV Movie de la mítica Miss Marple, el personaje nacido de la mente de la escritora Agatha Christie. Drive ha supuesto el exitoso y alabado debut norteamericano de Winding Refn.




Drive narra la vida de un especialista en escenas de riesgo del mundo del cine que se agencia un sustancioso sobresueldo de manera extraoficial siendo contratado como conductor para atracadores y delincuentes (magnífica la escena de presentación del personaje). Su relación con sus clientes es inexistente más allá de poner a disposición de los mismos sus dotes para la conducción y la huída a cuatro ruedas durante 5 extrictos minutos. Pero un día conocerá a una joven vecina de su mismo edificio y al hijo de esta. Tal hecho trastocará radicalmente su existencia.




Con Drive, a parte de adaptar con la ayuda del guionista Hossein Amini la novela homónima del escritor estadounidense James Sallis, Nicolas Wunding Refn parece querer rendir tributo a todos esos autores y films americanos que han marcado su vida o dejado impronta en su manera de realizar cine. Con una estética ochentera (esos títulos de créditos, el tema Night Call de Kavinsky acompañándolos) el director danés se deja imbuir por la delectación automovilísitica del David Cronenberg de Crash o el ambiente urbano del Michael Mann de Collateral y Miami Vice.




Por la directa y brutal violencia del Martin Scorsese de Taxi Driver (la presencia de un envejecido Albert Brooks como villano no es gratuita) o el Takeshi Kitano de la primeriza Violent Cop resquebrajando momentos de tensa calma, la atmósfera ensoñadora y los fundidos de pantalla del David Lynch de Mulholland Drive y Carretera Perdida (ahí está el gran Angelo Badalamenti en la banda sonora para dar testimonio de ello) o las nocturnas carreteras iluminadas y la mesura de la otra Crash, la del guionista y director canadiense, así como ex cienciólogo, Paul Haggis.




Drive es un thriller urbano, realizado con nocturnidad y alevosía. Un producto de una contención formal exquisita, hasta que explota cuando se cumple justamente la hora de metraje en el depalmiano y crudo pasaje del motel (Scarface viene indudablemene a la cabeza en ese momento), que dosificia con magnífico oficio la acción, el drama, el suspense y contra todo pronóstico el romance, que es muy creíble, nada impostado y sí justificado, no mostrándose como una añadido de guión inncesario para atraer a todo tipo de espectadores, esto es en gran parte por el magnífico hacer de la pareja protagonista.




Como es lógico poco pueda fallar en un film llevado a cabo por un grupo de profesionales de indudable eficacia, ya sea en el plano técnico o artístico. Pero lo cierto es que el oficio de Winding Refn es el que más destaca en la realización. Su trabajo con la dirección es sólido, preciso, seguro de sí mismo y contenido. De la misma manera muestra una escena de violencia gráfica y explícita que hace que hasta el espectador sienta el dolor de la víctima como nos ofrece secuencias de un lirismo y belleza plástica que atraviesan la pantalla. Fue tan atípico como en cierta manera merecido que su labor en Drive fuera premiada en Cannes con el galardón al mejor director.




El reparto es ecléctico y muy adecuado y Winding Refn debería darse con un canto en los dientes por el simple hecho de tenerlo en su debut americano. Encabeza un Ryan Gosling rudo, seco y contenido que se confirma como uno de los mejores actores de su generación. Algo muy parecido sucede con la británica Carey Mulligan, una joven intérprete que hipnotiza con su vulnerabilidad, llenando la pantalla y ofreciendo copiosa información sobre la triste existencia de su personaje con sólo una mirada de sus enormes ojos.




Los secundarios vienen, en su mayoría, directamente del mundo catódico, aunque muchos de ellos hayan hecho cine y algunos han estado hasta en obras maestras contemporáneas. El Ron Perlman de Sons of Anarchy, el Bryan Cranston de Breaking Bad o la Christina Hendricks de Mad Men, todos cumplidores, pero esta última algo desperdiciada. Acompañándolos un Oscar Isaacs débil y muy humano y un Albert Brooks aterrador y bestial, con un papel adecuado y más cercano a los roles de Joe Pesci para Scorsese que a los que él suele realizar en cine.




Drive no cuenta nada nuevo, su base esta aderezada con referencias a cientos de films y autores ajenos (cinematográficos y literarios). Pero es un producto magnífico, ejecutado con entereza y determinación, un thriller de pura cepa con apuntes del mejor cine de acción y de literatura negra que desde la moderación y la elegancia (hasta en las escenas más crudas) sabe encontrar su propia voz y la carretera perfecta entre luces de neón y edificios gigantescos para ofrecer una historia interesante, directa y con suficientes alicientes para dejar un perdurable sabor agridulce en el paladar del espectador.