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sábado, 16 de julio de 2016

Instinto Básico 2: Adicción al Riesgo, algo pasa con Catherine



Título Original Basic Instinct 2 (2006)
Director Michael Caton Jones
Guión Leora Barish y Henry Bean basado en personajes de Joe Eszterhas
Actores Sharon Stone, David Morrissey, Charlotte Rampling, David Thewlis, Hugh Dancy, Anne Caillon, Iain Robertson





El enorme éxito que obtuvo Instinto Básico hizo que la idea de realizar una secuela siempre estuviera en el aire. Si buscar el equipo técnico y artístico del largometraje de Paul Verhoeven fue complicado dar con los de su secuela fue una tarea mucho más ardua. Después de bastantes años de baile de actores y directores un entusiasmado David Cronenberg hablaba a principios de la década pasada en entrevistas de un retorcido guión de Instinto Básico 2 que había leído y le hubiera interesado llevar a imágenes. Por lo visto el canadiense comenzó a realizar trámites con el productor Mario Kassar (propietario de los derechos de la franquicia) pero ante la negativa de este a que Cronenberg se trajera a su equipo técnico habitual para que colaborara en el film el proyecto no llegó a ninguna parte. Más tarde trataron de tantear a John McTiernan pero este no pareció mostrar mucho interés y por aquel entonces sus problemas con la ley ocupaban la mayor parte de su tiempo.




Entonces la misma Sharon Stone entró como productora en el largometraje y eso lo condenó definitivamente. Parece ser que la actriz antepuso sus aires de diva a las decisiones que podrían haber beneficiado a la secuela del film de 1992 y comenzó a rechazar sistematicamente actores que o no le agradaban o le podían hacer sombra de alguna manera, cuando ella era indudablemente la reina de la velada. Finalmente en el año 2005 comenzó el rodaje con el escocés Michael Caton Jones (Memphis Belle, Vida de Este Chico) en la dirección, un guión escrito a cuatro manos por Henry Bean (The Believer) y Leora Barish (Buscando a Susan Desesperádamente), el británico David Morrissey (The Walking Dead, Centurión) como partenaire de la protagonista y secundarios como Charlotte Rampling (El Portero de Noche, Melancolía) o David Thewlis (Teorema Zero, Regresión) en el reparto. En 2006 la obra se estrenó oficialmente y el fracaso fue el esperado, la crítica despellejó el film y la taquilla le dio la espalda, no sin motivo.




La escritora Catherinne Tramell se encuentra en Londres y tras verse implicada en un nuevo y extraño caso de asesinato la policía de Scotland Yard, representada por el agente Roy Washburn, le asigna un psiquiatra criminalista, el doctor Michael Glass (que guarda un oscuro pasado relacionado con uno de sus clientes) para que se ocupe de evaluarla psicológicamente. Por medio de mentiras y sus dotes de seducción Catherinne se irá convirtiendo poco a poco en la obsesión del doctor Glass y este se verá implicado en una serie de asesinatos en serie que parecen ser cometidos por su paciente. Esta es la trama de Instinto Básico 2: Adicción al Riesgo, un sota, caballo y rey visto hasta el hartazgo que no sólo está construido de la manera más procedimental posible, sino que también se antoja en todo momento como una revisión torpe e innecesaria de la película original rodada por el director de Eric: Oficial de la Reina en el año 1992 con muchísimo mejor resultado a todos los niveles.




Instinto Básico 2: Adicción al Riesgo es, más que una secuela, un remake de la primera entrega. Como producto cinematográfico repite casi una por una todas las ideas y resoluciones formales de la película de Paul Verhoeven pero de manera mucho más rudimentaria, fallida y en ocasiones hasta inintencionadamente cómica. El personaje de Sharon Stone consigue seducir a un hombre (en la primera entrega un agente de policía con problemas personales, en esta un psiquiatra criminalista que también los tiene) que pierde los papeles por ella, por el camino este se vuelve loco por su influencia aún sabiendo que puede ser una asesina en serie y ella finalmente revela que ha usado a su amante para que lleve a cabo los planes que había, previamente, diseñado. El problema radica en que ni Michael Caton Jones tiene la personalidad de Paul Verhoeven a la dirección, ni Henry Bean y Leora Barish la malicia de Joe Eszterhas al guión.




El trabajo del director de Disparando a Perros es impersonal y desganado, su mirada no se aleja de la de cualquier mercenario de turno haciendo un especial hincapié por resaltar las modernas localizaciones londinenses en las que se desarrollan las escenas y utilizar un efectista estilo videoclipero en las escenas de acción (el arranque del film dentro del coche deportivo pone pronto las cartas sobre la mesa en cuanto a la paupérrima puesta en escena) y las de sexo que no tienen nada de la carnalidad milimétricamente diseñada por director de Desafío Total o Spetters. Conociendo el buen gusto de David Cronenberg el guión que finalmente se utilizó en Instinto Básico 2: Adicción al Riesgo no debe ser el que él leyó, porque este cúmulo de sinsentidos narrativos, giros gratuitos, contradicciones en sesión continua y apuntes que incluso dañan a lo acontecido en la primera película es imposible que agradara en manera alguna al autor de Map of the Stars o Vinieron de Dentro de....




Pero no hay que negar lo evidente, si hay alguien que se salió con la suya a la hora de poner en marcha un proyecto como la secuela de Instinto Básico esa fue Sharon Stone. La actriz de Casino o Flores Rotas sació su ego y desde que puso sus manos en el proyecto en calidad de productora lo convirtió en una pasarela para que pudiera lucir sus todavía notables encantos de mujer. Evidentemente a los cuarenta y ocho años que tenía cuando rodó el film en 2006 no era ni la sombra de la mujer que con un cruce de piernas volvió loco a medio mundo en la cinta primigenia, pero todavía mantenía una sensualidad más que considerable que se crecía en pantalla sobre todo cuando compartía pantalla con un David Morrissey que no sabía ni donde estaba y que nos hacía echar mucho de menos a Michael Douglas. El problema es que la actriz se cree tanto su personaje de Catherine Tramell que en no pocas ocasiones lo convierte en una parodia de sí mismo protagonizando algunas escenas de vergüenza ajena como la del epílogo en el patio del sanatorio mental.




Instinto Básico 2: Adicción al Riesgo es la mediocridad hecha celuloide. Lo que pudo ser una interesante, aunque innecesaria, secuela se convirtió en aquello que el film original eludía ser gracias a la labor de Paul Verhoeven y Joe Eszterhas, un thriller erótico que parece un telefilm de los que protagonizaba Andrew Stevens, junto a la actriz madura en decadencia de turno, en las sesiones nocturnas de la televisión americana de los 90. Con un guión ridículo en el que, eso sí, se vislumbran un par de ideas interesantes (lo que se plantea en la escena del intento de ahogo en el jacuzzi es interesante con respecto a la personalidad de la escritora) unos secundarios que son carne de cañón para que una Sharon Stone en plan tirana los devore impunemente (sólo una profesional como Charlotte Rampling consigue mantener el tipo y con más mérito si analizamos fríamente su estereotipado rol) y el trabajo detrás de las cámaras de un director al que se le notan en todo momento las ganas de "quitarse pronto el marrón de encima" no es de extrañar que el film no cubriera gastos, disgustara a todo el mundo y ganara hasta cuatro premios Razzie en 2006. Por suerte el rotundo fracaso mantendrá a la buena Catherine Tramell durmiendo el sueño de los justos por muchos años, con su famoso picahielos al pie de la cama, por supuesto.



lunes, 31 de marzo de 2014

Capitán América (1990), tu vuo’ fa’ ll’americano



Título Original Captain America (1990)
Director Albert Pyun
Guión Stephen Tolkin y Laurence Block basado en el personaje de Joe Simon y Jack Kirby
Actores Matt Salinger, Ronny Cox, Scott Paulin, Ned Beatty, Darren McGavin, Michael Nouri, Kim Gillingham, Melinda Dillon, Bill Mumy, Francesca Neri, Norbert Weisser, Garette Ratliff Henson, Thomas Beatty, Jason Brooks




El descomunal éxito de la adaptación que Tim Burton dirigió en 1989 con Batman, el personaje creado en 1939 por Bob Kane y Bill Finger, de protagonista trajo tras de sí tantas cosas buenas como malas, algunas terriblemente malas. Dentro de estas últimas destaca algo que en principio no debía ser una idea negativa como era llevar a imágenes las aventuras de muchos de nuestros personajes de DC y Marvel que llevábamos años siguiendo desde las viñetas. Pero esa fiebre también dio pie a que todo hijo de vecino con una productora de tres al cuarto creyera que tenía los medios y aptitudes necesarias para realizar cine de superhéroes. Así fue como nació el primer largometraje para la pantalla grande protagonizado por el Capitán América allá por el lejano 1990. 




Que en la producción del proyecto estuviera implicado el israelí Menahem Golan, padre de la inefable Cannon Films que financiara muchos de los films de action heroes de la era Reagan como Silvester Stallone, Jean Claude Van Damme, Chuck Norris o Dolph Lundgren, no presagiaba nada bueno, pero que decidieran poner a los mandos de la realización a Albert Pyun (hijo espiritual de Ed Wood y padre putativo de Uwe Boll) al que le debemos obras como Kickboxer 2 y 4 o Cyborg (su posiblemente mejor film, que no es decir mucho) reducía todavía más las esperanzas de ver una buena película sobre el Centinela de la Libertad. Su reducido presupuesto y reparto de baratillo en el que destacaban un par de veteranas estrellas en decadencia terminaron por poner los clavos en el ataúd de lo que supuso la primera experiencia de Steve Rogers con el mundo del séptimo arte incluso antes de su estreno.




El Capitán América de 1990 es un detritus fílmico tan terriblemente pobre y ridículo en todos los aspectos que ni abordada desde la sorna o la oda a la cutrez por la pura diversión puede ser disfrutada. En su momento supuso una co producción yugoslavo-americana ¿¿?? rodada en Italia, lo que llevó a situar la mayor parte de la trama del largometraje en aquellas tierras… porque sí, no porque la historia lo exigiera. Los decorados son de una austeridad alarmante, los secundarios parecen sacados de una película softcore (señal inequívoca de esto que comentamos es la presencia como “villana” de una Francesca Neri que ese mismo año visitió nuestro país para rodar Las Edades de Lulú, la adaptación que el fallecido Bigas Luna realizó de la novela homónima de Almudena Grandes) del entrañable director del género Joe D’Amato y el actor que da vida a Steve Rogers, Matt Salinger, parece un galán de soap opera yanqui entrado en años, demasiados. 





Pero lo peor de la velada (junto a los diálogos que mencionaremos más tarde) es el apartado técnico del producto que incluso para su época era lo más bajo de lo más bajo. Si la dirección de Albert Pyun es chafardera, cutre, carcajeante (esos primeros planos subliminales del escudo con los que nos ametrallan durante todas las escenas de acción) lo del montaje ya es de traca.  Posiblemente estemos con esta Capitán América de 1990 ante la peor edición de la historia del cine, con una concatenación de imágenes sincopadas que llegan a producir dolor de cabeza a un espectador que queda totalmente convencido de que el LSD circuló por la sala de montaje de la película para descubrir finalmente que tal abuso de cortes y más cortes no sirve para camuflar que el escudo está hecho de un material plástico que haría parecer vibranium al de cualquier cosplay de un salón del cómic estandar, que los especialistas de escenas de riesgo fueron contratados en una agencia apunto de meterse en un expediente de regulación de empleo inminente o que el director y su equipo técnico no pudieron disimular que tenían un presupuesto que no podría pagar ni el catering de una producción de las llamadas grandes de aquellos primeros años 90.




Lo de la fidelidad a los cómics es curioso y digno de ser analizado. Porque si por un lado el origen del personaje se ciñe bastante a lo acontecido en las viñetas, con respecto a lo de su personalidad sólo caben dos opciones: 1 Los guionistas se fijaron en los primeros años del personaje cuando todavía era bastante “expeditivo” o 2 No habían leído una historieta del Primer Vengador en su vida y así lo reflejaron en pantalla. Este Capitán América de 1990 fuma, roba coches (¡hasta en dos ocasiones, a personas de confianza y para huír de ellos!) mata (y no en el fragor de la batalla, no, en plena pelea y sin miramientos) y parece adaptarse más bien pronto al futuro tras ser rescatado del hielo. Memorable es también lo del Cráneo Rojo que tras una génesis mal expuesta, una presentación como villano más bien pobre, con pelea cutre con el protagonista, pasa a ponerse una máscara que le hace parecer a Al Pacino en Dick Tracy (o el Sean Penn en Gangster Squad que viene a ser lo mismo) para no volver a aparecer en todo el metraje con su característica calavera. 




Finalmente nota aparte para el patriotismo recalcitrante (alejado del más atenuado y naíf de la versión de Marvel Studios) reflejado no sólo en el protagonista, también en ese presidente al que da vida Ronny Cox (Robocop) y que se mueve entre el hippismo politico y la violencia física que lo muestra como el precedente más claro de superpresidentes fílmicos como el de Harrison Ford en Air Force One de Wolfgang Petersen o el de Bill Pullman en Independece Day de Roland Emmrich. Esta poco recordada (y con motivo) producción, que en España se estrenó directamente en el nostálgico mercado del VHS, se puede resumir en sus inintencionadamente cómicos diálogos. Perlas tales como: “Perdona, es que te quiero mucho”, “Mata unos cuantos por mí, Steve”, “¡Vamos a ver si tu corazón es más fuerte que mi odio!” o la más destacada “Puede que no sea Superman pero para el mundo será el símbolo viviente de lo representa América” hablan por sí solas y nos confirman el motivo por el que este engendro, tan de Serie Z que hace que la B parezca A, esté encerrado bajo llave en el cajón del olvido.



lunes, 29 de abril de 2013

Drácula 3D, soy moderno, soy eterno y lo estoy pasando bien



Título Original Dracula 3D (2012)
Director Dario Argento
Guión Enrique Cerezo, Stefano Piani, Antonio Tentori y Dario Argento basado en la novela de Bram Stoker
Actores Rutger Hauer, Thomas Kretschmann, Asia Argento, Marta Gastini, Unax Ugalde, Félix Gómez, Miriam Giovanelli, Maria Cristina Heller, Giuseppe Lo Console






Creo que a estas alturas a ningún fan de Dario Argento se le escapa que el cineasta italiano está en franca decadencia. En la década pasad nos regaló productos como El Jugador (Il Cartaio), La Madre del Mal (La Terza Madre) o Giallo, que se movían entre lo mediocre y lo penoso. Pero es que antes de su última película destacable Insomnio (Non Ho Sonno) también había ultrajado en los 90 estupideces como El Fantasma de la ÓperaLa sindrome di Stendhal. En resumidas cuentas el alumno aventajado del gran Mario Bava, uno de los estandartes del cine de terror europeo de los 70 y 80 y uno de los principales impulsores del subgénero giallo está practicamente acabado en la actualidad. Pero su última producción merece una nota aparte por aberrante.




No hay una motivo oficial que confirme el motivo por el que el director de El Pájaro de las Plumas de Cristal o Suspiria se embarcó en este proyecto. Un servidor ha leído por ahí que no le gustó la versión de Francis Ford Coppola porque era infiel con respecto al libro, pero es que cuando el espectador ve su Drácula 3D no puede creerse esa teoría, porque lo que en el director de El Padrino era infidelidad en la obra que nos ocupa es directamente blasfemia, por no decir que aquella era una obra maestra y esta no sé como definirla. También se habla de que Enrique Cerezo (importante productor de cine español y actual presidente del equipo de fútbol Atlético de Madrid) fue el impulsor de la producción, de ahí que, por primera vez, haya metido mano también en la escritura del guión junto a Argento y sus colaboradores Stefano Piani y Antonio Tentori.




Realmente desconozco si a Argento le habían sometido a una operación de miopía poco antes de empezar a rodar y aún estaba con los ojos vendados durante la producción del film o si Enrique Cerezo lo coaccionó para realizar la película debido a que posee escondidas bajo llave algunas fotos del romano en situaciones sexuales comprometidas. Lo único que sé a ciencia cierta es que nos encontramos no sólo con una de las peores adaptaciones que se han hecho de la novela de Bram Stoker, una de las cintas más terribles sobre vampirismo jamás vistas y sin lugar a dudas el engendro más horrendo salido de la mano del director de Rojo Oscuro. Drácula 3D es un insulto a los no muertos, al autor de la novela en la que se inspira, a la descendencia de este, al cine y a la vida en general.




Jonathan Harker (Unax Ugalde) es un bibliotecarío ¿? inglés que es contratado para ir a trabajar para el Conde Drácula (Thomas Kretschmann) en la zona de Borgo Pass localizada en Transilvania donde su misión será ordenar la inmensa colección de libros del noble ¿¿??. Allí descubrirá que su nuevo jefe es un vampiro, un ser inmortal de ultratumba que lo tomará como prisionero en su castillo y que se obsesionará con la esposa de su invitado, Mina Harker (Marta Gastini), que en breve llegará a Passo Borgo para unirse con Jonathan en el castillo del Conde ¿¿¿???. Drácula irá eliminando uno a uno a sus enemigos pero la llegada del profesor Abraham Van Helsing (Rutger Hauer) conocedor de la existencia de los vampiros echará por tierra sus planes.




Una mierda, Drácula 3D no merece otro apelativo que ese, una enorme hez fecal. No me valen las típicas excusas del sabor a serie B, a teatro y ese homenaje a la Hammer Films del que habla Argento para justificar este aborto con incisivos. La productora inglesa realizaba productos modestos pero de una artesanía intachable (sobre todo en su época dorada) con actores carismáticos y arrebatos de violencia impropia para la época, eran romances góticos en technicolor rompedores y salvajes. En cambio la última obra de Dario Argento es una obra totalmente aberrante, un insulto a la inteligencia de un espectador que no da crédito a lo que está viendo en la pantalla porque no dejan de ser secuencias a cual más vergonzosa y peor rematada.




Por mucho que sea una coproducción entre Italia y España rodara en 35 mm y en formato estroboscópico para que el 3D quede mejor en pantalla nos encontramos con una cinta que parece haber sido realizada en una villa de mala muerte con un castillo que por fuera parece el Alcázar de Toledo y por dentro una tasca con un par de habitaciones, un salón y dos tramos de escaleras contados. La iluminación quema las retinas porque tiene saturados los rojos y verdes de día y por la noche las ecasísimas localizaciones y los decorados de cartón piedra carecen totalmente de veracidad e impiden profundidad de campo alguna o el manejo adecuado de la cámara para realizar tomas interesantes o con cierta resolución formal.




Porque jamás se ha visto a un Dario Argento tan apático, impersonal y ridículo en la dirección cinematográfica como en Drácula 3D. El director de El Gato de las 9 Colas ha sido un autor que siempre ha preferido anteponer forma al fondo y por ello su puesta en escena ha estado normalmente a la altura, incluso en al actualidad cuando su manera de hacer cine ha quedado bastante anticuada. Pero lo de esta obra es innombrable, planos taciturnos, estáticos, carencia casi total de movimientos de cámara, un tono desganado, pueril y un abuso de unos efectos digitales de vergüenza ajena que hacen que el largometraje se emparente más que a otras adaptaciones de la novela de Stoker (las de Terence Fisher, John Badhman, el ya mencionado Coppola) a las intros de los videojuegos en formato de aventura gráfica protagonizados por el famoso conde (Drácula: El Último Santuario, Drácula: La Senda del Dragón) durante la década pasada y a los que un servidor admite ser adicto. Ni siquiera su talento para las escenas de asesinatos se vislumbra en el film, ya que las muertes se mueven entre lo mimético y lo sonrojante.




Porque a mí personalmente lo que más me duele al enfrentarme a un detritus fílmico como el que nos ocupa (aparte de haber sido durante mucho tiempo seguidor de la obra de Dario Argento) es que soy un profundo admirador de la mitología oculta detrás del Drácula de Stoker (la vida de Vlad Tepes también me interesa mucho, pero en el plano histórico). He leído libros y cómics, he visto documentales o muchas versiones cinematográficas y esto no tiene nombre lo mires por donde lo mires. Lo peor de todo es que parece que sus creadores se la tomaron totalmente en serio, pero es ver la ambientación, la fotografía, y sobre todo las interpretaciones de los actores que incitan tanto al llanto como a la carcajada y el espectador no puede creérselo.




Porque el casting se nota que no tenía ni idea de qué cojones hacía ahí y está completamente perdido, sobreactuado y penoso. Habría que someter a incontables torturas a Unax Ugalde (papel que en principio debía interpretar Miguel Ángel Silvestre, pero el amigo debió verle las orejas al lobo y huyó como alma que lleva el diablo y con razón) como Jonathan Harker (y eso que el actor vasco ha demostrado su talento en más de una ocasión) una Asia Argento sencillamente terrible que tiene dos modalides al dar vida a Lucy ¿Killsinger? (cuando debería ser Westenra, problemas con los derechos supongo) yonqui lívida y vampiro con cara desencajada que entrecierra un sólo ojo. Luego tenemos a un Rutger Hauer que aparece como protagonista en los créditos pero que tiene quince minutos contados en pantalla en los que se mueve como un saco de patatas recitando los diálogos con un aburrimiento que lo va devorando poco a poco.




Pero tenemos a dos actores que vamos a salvar de la quema, pero no precisamente porque hagan una buena labor interpretativa (y eso que no son malos en su trabajo) sino por su ímpetu y dedicación, la primera por su deshinibida entrega y el segundo por intentar hasta lo innombrable creerse un papel que ya desde el papel no había por donde cogerlo. Mi adorada Miriam Giovanelli, actriz española de origen italiano, interpreta una (de las tres que debería haber, pero la crisis aprieta hasta en Transilvania y la posada que el conde tiene por castillo no iba a ser menos) novia de Drácula que se pasa casi todo el metraje desnuda y provocando al ¿pobre? Jonathan Harker. La actriz de Gli Sfiorati desde el minuto cinco más o menos nos deleita con su apetecible anatomía convirtiendo la cinta en ocasiones en un remake de El Liguero Mágico de el impagable Andrés Pajares.




En segundo lugar tenemos al alemán Thomas Kretschmann (El Pianista, Stalingrado, El Hundimiento) actor que ha hecho tantas veces de nazi que cuando lo vemos sin uniforme de las SS no extrañamos. Este buen hombre que hizo previamente un ridículo mayúsculo a las órdenes de Argento dando vida a un psicópata de baratillo en La sindrome di Stendhal ha venido a por más intentando interpretar a Vlad el Empalador en clave vampírica. El amigo pone todo su esfuerzo y profunda voz para dar algo de seriedad al rol, el suyo es el trabajo más aceptable (que no creible) de la cinta pero de su boca salen tantas estupideces, su lenguaje corporal es tan horrendo y esos movimientos a velocidad supersónica tan crepúsculeros son tan ridículos que no podemos huir de la carcajada continua cada vez que está en pantalla.




Porque eso es lo único bueno que tiene Drácula 3D, el espectador se ríe mucho viéndola. Hay momentos de puro delirio como Drácula decapitando cabezas de plástico o utilizando la fuerza jedi para mandar a Tania, el personaje de Miriam Giovanelli (desnudo, of course), al otro lado de la habitación, un Van Helsing achacoso estampando un candil en la cabeza de Mina mientras esta arde entre llamas digitales (el efecto más trabajado del film y eso que es bastante malo), unas pelucas que dan más miedo que cualquiera de los vampiros que salen a lo largo del metraje, Renfield en modo pagafantas retorciéndose en el suelo en posición fetal porque han matado a su señora o un sacerdote que parece un sosías del ínclito Torbe que hace de Sancho Panza (sin venir a cuanto) del célebre profesor alemán que quiere matar al protagonista.




Pero ya el despiporre de la velada, los momentos que más incitan al descojone son los de las múltiples transformaciones del conde, que como cuenta la leyenda puede tomar la forma de todo tipo de animales e insectos. Para enfatizar la omnipresencia del protagonista a lo largo de todo el metraje Argento por medio del uso de sus terribles efectos digitales en 3D hace que Drácula siempre esté presente en forma de lobos, moscas (genial el momento en el que un enjambre de estas toman la forma del personaje y las últimas que le quedan en la cara se le introducen en el rostro de manera cutre) ratas o escarabajos. Pero la cumbre de esta vertiente, de la película y posiblemente del cine trash del siglo XXI llega cuando nuestro querido protagonista se convierte en una enorme e indescriptible mantis religiosa de color verde fosforescente. Verlo para creerlo.




Drácula 3D es el último clavo en el ataúd (nunca mejor dicho) de un director que, como ya he mencionado en varias ocasiones en esta casa, me ha regalado grandes momentos de ocio gracias a muchas de sus obras cinematográficas pretéritas. Pero hoy es un señor mayor, anticuado, anclado en una época en la que el cine era muy diferente y que con esta obra ha tocado fondo. Su versión de la novela de Bram Stoker se pasa por el forro prácticamente todo lo planteado por el escritor irlandés ya que es una película insultante, terrible que no merece ni existir. aunque el horrendo trailer y que el mismo Argento hay dado pocas entrevistas para promocionar el proyecto ya apuntaban a que el desastre era un hecho. Pero luego uno lee en Wikipedia que en Italia fue declarada "película de interés cultural nacional" y ya pierde la fe en el cine, en la decencia y en el sentido común. Pero bueno, podría ser peor, porque el final de la película apesta a secuela a kilómetros y eso ya no habría cuerpo, vivo o no muerto, que lo aguantara.



miércoles, 10 de abril de 2013

Chemical Wedding, aquellas juergas universitarias con Aleister Crowley



Título Original Chemical Wedding (2008)
Director Julian Doyle
Guión Bruce Dickinson y Julian Doyle
Actores Simon Callow, Kal Weber, Lucy Cudden, Jud Charlton, Paul McDowell, John Shrapnel, Richard Franklin, Terence Bayler, Robert Ashby





Paul Bruce Dickinson nació el 7 de Agosto de 1958 en Nottinghamshire, Inglaterra. Es mundialmente conocido como el cantante de la banda de heavy metal Iron Maiden y una de las voces más importantes de la historia del rock, además compone, toca la guitarra y la batería. Pero también es piloto, empresario, presentador de programas de radio, ha escrito novelas y es un dotado esgrimista que incluso estuvo apunto de representar a su país en las olimpiadas de Barcelona de 1992 en este deporte, llegó hasta a formar parte de las filas del Partido Conservador de Reino Unido. En resumidas cuentas hablamos de lo que normalmente se conoce como un "hombre del Renacimiento" y como no podía ser menos el cine no se le iba a resistir. Aunque claro está, viendo su debut como guionista en la pantalla grande, no es que se le haya resistido, es que lo ha matado de una brutal paliza, porque lo de esta Chemical Wedding no tiene nombre.




No es el primer caso en el que una figura del mundo de la música se encapricha con el sépitmo arte, con mayor o menor fortuna. Ahí tenemos a David Bowie que ha participado en productos destacados como The Prestige, La Última Tentación de Cristo, El Ansia o Twin Peaks: Fuego Camina Conmigo. También Bono, vocalista de U2, debutó como guionista en Million Dollar Hotel, la fallida, pero indescriptiblemente lírica en algunos momentos, cinta de Wim Wenders. Posiblemente al que mejor le haya salido la jugada por demostrar tener talento para esto del cine es al cantante de metal industrial Rob Zombie que ha dirigido una manita de cintas bastante remarcables que recuperan el tono crudo y descarnado del cine de terror estadounidense de los años 70, aquel que forjaron autores como Tobe Hooper (La Matanza de Texas) o Wes Craven (Las Colinas Tienen Ojos, La Última Casa a la Izquierda).




Pero el resultado de la incursión de Dickinson en el mundo del cine no puede recibir otra calificativo que no sea nefasto. Chemical Wedding comparte título con el magnífico trabajo discográfico The Chemical Wedding que el mismo Bruce editó en 1998 durante el largo periodo que permaneció alejado de Iron Maiden, ocupando por aquel entonces su lugar en la banda el cantante Blaze Bailey. Aquel disco estaba inspirado en los escritos del poeta William Blake y realmente no tiene nada que ver con la cinta que nos ocupa. Esta última está basada (muy libremente, demasiado) en la figura del afamado ocultista británico Aleister Crowley. Pero no se trata de un biopic o un rendido homenaje a su persona y obra, sino un batiburrillo cutre, ininteligible y estúpido hasta extremos enfermizos que mezcla géneros, disparates y escenas para el recuerdo por sus altos niveles de desvergüenza.




Es difícil hablar del argumento de Chemical Wedding porque yo creo que ni Dickinson ni su co guionista y director, Julian Doyle (antiguo colaborador de los Monty Python y de Terry Gilliam como cineasta en solitario), tenían idea de lo que estaban haciendo y casi con toda seguridad bajo el influjo de ingentes cantidades de psicotrópicos. Así en bruto podemos decir que el ocultista Aleister Crowley se reencarna por medio de una extraña (por no decir cutre)  máquina en el cuerpo de un tímido profesor de la universidad de Cambridge. Cuando el "hombre más malvado de Gran Bretaña" toma la forma del apocado y tartamudo docente trata de inculcar su ideario ocultista y maléfico, no por medio de rituales ancestrales y satánicos (que también), sino por la más burda e inesperada escatología.




Cuando el film arranca como una amalgama cutre de El Club de los Poetas Muertos de Peter Weir con If... de Lindsay Anderson Aleister Crowley (interpretado por Simon Cowell que se ve que se lo pasó de puta madre haciendo el imbécil y encima cobrando) se mea, literalmente, en sus alumnos, deja enormes mojones de mierda humeantes (detalle importante que certifica la reciente deposición de la hez fecal) en la mesa de otros profesores y tiene su cumbre en una escena inenarrable (haré lo que pueda para explicarla) en la que el creador de la filosofía religiosa de Thelema se masturba durante un ritual eyaculando en una hoja con unas extrañas escrituras que es mandada por fax a uno de los personajes principales que la recibe... con esperma incluído.




La obra, que empieza como una cinta de intriga cutre entre hermandades al más puro estilo masón y con apuntes de ciencia ficción de baratillo con un laboratorio que parece sacado de una película de Ed Wood (ese traje para viajar en el tiempo o lo que sea parece inspirado en el de Astraco, mítico personaje del traumatizante programa infantil de la televisión española, Los Mundos de Yupi) se va convirtiendo poco a poco gracias a la gradual introducción (nunca mejor dicho) de tetas, desnudos, penes de plástico, onanismos forzados y orgías en una revisión de films como Movida en la Universidad (Zapped!) con apuntes de El Show de Benny Hill mezclado con una versión british de varias de las películas del destape protagonizadas por los inefables Andrés Pajares y Fernando Esteso durante los años 80 en nuestro país.




Se supone que Bruce Dickinson siente admiración por la personalidad polémica y misteriosa de Crowley y por el grueso de su obra, pero en Chemical Wedding parece que lo único que quiere es reírse de su legado mostrándolo como un viejo verde que esputa divagaciones existencialistas que el cantante de Iron Maiden parece no haber entendido ni de refilón o malinterpretado hasta límites vergonzantes. Vamos, que el autor de Birng Your Daughter to the Slaughter ha hecho algo parecido a lo que Frank Miller realizó con su versión cinematográfica de The Spirit. Según él un homenaje al mítico personaje de cómic creado por su mentor y amigo Will Eisner, para los ojos del resto del mundo un enorme estropicio que lo único que afirmaba es que si el bueno de Frank desde hace años anda perdido en el mundo del noveno arte en el del séptimo no se mueve con mucha más inspiración si no es de la mano de otros cineastas.




Con todo no me arrepiento de haber visto Chemical Wedding, porque hacía mucho que no me reía tanto con una película que no es una comedia o que no pretende serlo... mucho al menos. Escenas descacharrantes como las que he mencionado, personajes que ni los mismos actores se creen o que llegan a interpretar entre risas que no sabemos si estaban en el guión o no, canciones de Iron Maiden metidas con calzador en la trama y unos subtítulos terribles que parecían haber sido traducidos por Tarzán hicieron que la tarde en la que mis acompañantes y un servidor vimos el debut en el mundo del cine de Bruce Dickinson no fuera un total desperdicio de tiempo. No se puede estar en la cincuentena, conservar una voz envidiable dentro de un género tan duro para los cantantes como el del heavy metal, ser versatil en muchos campos y encima un buen guionista de cine. No se puede tener todo Bruce, esto no es lo tuyo.



lunes, 8 de abril de 2013

Quarantine 2: Terminal, aterriza como puedas



Título Original Quarantine 2: Terminal (2011)
Director John  Pogue
Guión John Pogue
Actores Mercedes Masohn, Josh Cooke, Mattie Liptak, Ignacio Serricchio, Noree Victoria, Bre Blair, Lamar Stewart, George Back





Pongámonos en situación. La cinta española  [•REC] dirigida por Jaume Balagueró y Paco Plaza sobre un equipo de rodaje de un programa de tv que se ve encerrado en un inmueble barcelonés asediado por un grupo de infectados (más tarde descubrimos que poseidos, como pudimos ver en sus dos secuelas) fue un éxito dentro y fuera de nuestras fronteras. En Estados Unidos se hicieron eco de la interesante carrera comercial del largometraje y decidieron, una vez más, hacer su versión. El resultado fue Quarantine, un calco casi plano por plano de la obra original, mucho menos logrado, profundamente impersonal, perezoso en cuanto a inventiva hasta límites bochornosos y fusilado por el semidesconocido realizador John Erick Dowdle.




Dicha revisión tuvo una repercusión aceptable en Estados Unidos, de modo que tan sólo tres años después llegó, estrenada de tapadillo y sólo en el mercado doméstico, una secuela titulada Quarantine 2: Terminal. Dicha segunda parte no es otro remake de [•REC]², continuación de la obra original de Balagueró y Plaza ideada por ellos mismos, ya que se desvincula completamente de aquella narrando una historia que tiene lugar primero en un avión y más tarde en una terminal de aeropuerto abandonada. El resultado es dificilmente descriptible con palabras, pero un servidor va a realizar un esfuerzo hercúleo para intentar expresar lo que este engendro salido del vientre de Satán transmite como producto audiovisual.




Un avión con destino a Nashville sufre problemas poco después de su despegue cuando uno de los pasajeros aparenta padecer una especie de enfermedad contagiosa que lo vuelve violento e inestable. El pasaje consigue reducir al individuo en concreto y el avión finalmente aterriza en un aeropuerto cercano que parece estar abandonado. Poco después los tripulantes descubrirán que en su vuelo viajaba un peligroso virus altamente contagioso que puede haberlos infectado a todos. El ejército no tardará en hacer acto de presencia para declarar en cuarentena el aeropuerto y así mantener a raya a las personas que han sido expuestas a dicho virus.




Cuando uno termina Quarantine 2: Terminal se hace varias preguntas interesantes. 1 ¿Por qué no la quitamos a los 10 minutos?, 2 ¿Por qué parece una película de serie B erótica sin una mala teta?, 3 ¿Por qué su calidad media como producto cinematográfico hace que esos telefilms de sobremesa con títulos en los que siempre aparecen palabras como "Peligroso/a", "Pasíón u "Obsesivo/a" (podéis jugar a mezclarlas  indscriminadamente, siempre os saldrá algo interesante) parezcan Ciudadano Kane a su lado?, 4 ¿Por qué parece que sus creadores no estaban mirando por el combo mientras se rodaba sola o por medio el pobre becario en prácticas?, 5 ¿Por qué hacer una secuela tan terrible y alejada de una cinta que si bien era un remake pobre no dejaba de ofrecer algún momento interesante y resoluciones (copiadas sí, pero efectivas) que la convertían en un producto entretenido?




Al ver un servidor que las personas que ultrajaron semejante ponzoña se alejaron del formato de falso documental de la cinta original para realizar un producto cuya estética es deudora de las cientos de secuelas de Emmanuelle en el Espacio pero sin sexo o que aquellos infectados que vomitaban sangre y gritaban como condenados mientras se arrojaban bestialmente contra los protagonistas aquí se han visto reducidos a personas a las que les acentuado las venas de las manos, les han puesto unas miserabes lentillas rojas y lo que esputan por su boca es baba y no hemoglobina (de zombies han pasado a ser protagonistas de películas del destape) o que los actos más "brutales" que llevan a cabo son empujar o dar cabezazos en la boca a pobres azafatas de avión es el momento de arrancarse los ojos o admitir que no se está viendo cine, al menos uno con un mínimo de coherencia.




Es una tontería pararse a analizar los personajes, porque no es que sean los típicos clichés manidos (la líder puesta en entredicho, el niño repelente y rarito, la preñada, la vieja impertinente, destacando una pareja joven que se pasa casi toda la película comiéndose la boca) y mil veces vistos, es que están pobremente perfilados (algunos no abren la boca para nada) y están interpretados por actores supuestamente atractivos y desconocidos que seguramente se curtieron participando en películas eróticas de medio pelo y que se metieron en este lío porque por culpa de la crisis dios aprieta, ahoga, escupe en la cara y defeca sobre todo hijo de vecino, sea un actor de mala muerte o no.




El decorado de la terminal del aeropuerto parece un descarte de la miniserie de tv de los Langoliers (basada en el relato de Stephen King) y los efectos ¿digitales? parecen realizados hace 20 años, es más, los de la infame, pero importante por su avance dentro de los efectos especiales creados por ordenador, El Cortador de Césped (basada, muy libremente, también en una historia del escritor de Maine) son incluso mejores. El montaje parece haber sido realizado a bocados por una cabra con epilepsia y la dirección es tan pobre, tan desganada e insulsa que se hace dificil no pensar que el realizador colocaba la cámara aleatoriamente en el set de rodaje y si en algún plano los actores pasaban por delante del objetivo, mejor que mejor, pero si no, pues no pasaba nada.




No hay tensión, no hay terror, no hay gore, sólo gente diciendo estupideces, tópicos puestos en fila india, una poca profesionalidad vergonzosa y una apatía alarmante. Se nota la escasez de presupuesto (sólo tres o cuatro militares hacen aparición) los hamster que supuestamente están mutando son mostrados en off incluso cuando alguno de los protagonistas los ataca y las escenas de supuesto terror dan pena, ya que las mismas están sustentadas en decisiones imbéciles por parte de los personajes (la carrera por el túnel durante el final con el puto crío con las gafas de infrarrojos que no quiere irse es la mejor campaña en favor del aborto que he visto en mi vida) y el final con un croma que parece salido de un juego de la Master System II cierra la película como se abrió, oliendo a mierda.




El cine no se merece cosas como Quarantine 2: Terminal. Es un medio que nos ha regalado horas y horas de grandes momentos de ocio como para hacerle esto. No sé que droga dura se metieron los adictos a la coprofagia que idearon este aborto, pero que se alejaran tanto de la primera parte (de las cintas españolas ya no digo nada) que con un par de apuntes desacrediten todo el argumento de la primera Quarantine (ni Niña Medeiros, ni Vaticano, ni poseídos, ni mierdas, experimentos del gobierno con ratas y punto en boca) y que dieran el visto bueno a este engendro para que sea comercializado en los videoclubs cerca de nuestros hijos es algo que me hace perder la fe en la humanidad. Por último y confirmando que la estupidez en contagiosa debo resaltar el título que le han dado al film en España, Cuarentena Terminal, que nos confirma de manera cristalina que el traductor no tenía ni repajolera idea de que la terminal a la que se refiere el nombre original es a una de aeropuerto y que no tiene nada que ver con la Cuarentena en sí.


lunes, 13 de junio de 2011

88 Minutos, the time is running out... but I don't give a shit




Título Original: 88 Minutes (2007)
Director: Jon Avnet
Guión: Jon Avnet
Actores: Al Pacino, Alicia Witt, Leelee Sobiebski, Amy Brenneman, William Forsythe, Deborah Kara Unger, Ben McKenzie, Neal McDonough




Jon Avnet es un director mediocre que en alguna ocasión ha tenido la suerte de poner sus manos en proyectos que han destacado de alguna manera, Tomates Verdes Fritos es el ejemplo más claro y casi el único, pero no precisamente por su labor como cineasta. El tipo siempre ha sido bastante regulero (tirando a malo normalmente) pero lo que hace en la actualidad recibe el calificativo normalmente de disparate. 88 Minutos que rodó en 2007 con Al Pacino de protagonista es uno de ellos y bastante gordo, por cierto.




88 Minutos es un rutinario, aburrido y manido thriller que en ocasiones y sin quererlo desemboca en comedia involuntaria por muchos de los planteamientos (más bien estúpidos o ridículos) que expone en pantalla. Un producto obsoleto, copia de miles de copias, que nace tan muerto como anticuado y que anula de raíz cualquier tipo de empatía que el espectador pueda compartir con la historia o los personajes por lo antipático e irreal del conjunto al que dan forma.




Un psiquiatra forense del FBI que también ejerce de profesor universitario mandó unos años atrás a un supuesto asesino en serie de jovencitas al corredor de la muerte. En la víspera de la ejecución del acusado el protagonista recibe una llamada en su móvil en la que la voz de un desconocido le informa que le quedan 88 Minutos de vida. En ese momento toda la trama torna en una frenética busqueda del asesino que acabará, supuestamente, con la vida del bueno de Al Pacino, pero al espectador no sólo le importa una mierda lo que le pase al bueno de Al, es que a veces reza porque lo atrapen y acaben con él.




Cliché tras cliché, estereotipo tras estereotipo, falsos culpables, sospechosos que lo parecen pero no lo son. Plagios y múltiples referencias a otras cintas cortadas por el mismo patrón pero muy superiores como Copycat o El Silencio de los Corderos. Un guión tramposo, pueril y con más agujeros que el coche de Bonnie y Clyde. Un reparto desganado y anodino encabezado por un Al Pacino de tupé imposible a lo José Luis Rodríguez el Puma, traje cinco tallas más grande y unos aires de aburrimiento y de cansancio que el espectador percibe totalmente, véase la estúpida escena de la confesión en el taxi o la primera imagen que adjunto.




Lo único que salva un poco el producto de la humillación más total es la presencia de un reparto femenino lleno de actrices con cierto talento y bastante belleza como Leelee Sobiebski, Alicia Witt o una madura Deborah Kara Unger. Estas tres intérpretes dan forma a los dos mayores logros del producto. Uno, que llevan con decencia personajes horriblemente escritos y perfilados (pobre Sobiebski) y dos, que juntan en un producto tan horrible como este a una chica Kubrick, otra Lynch y por último una Cronenberg en el reparto.




También podríamos mencionar para bien a William Forsythe, el único personaje con dos dedos de luces a lo largo del metraje, para mal a Neal McDonough ese proyecto de actor que sólo sabe poner cara de chulería o asco (y ojo, no dudo que el hombre sea un encanto en su casa con su mujer y sus hijos, pero como intérprete deja muchísimo que desear) y en plan "está, pero como si no estuviera" a Ben McKenzie que sale tan poco rato en pantalla que no tiene tiempo ni para decir esta boca es mía. Aunque peor es lo de Stephen Moyer, protagonista de True Blood, que sale segundos contados y no tiene ni una línea de diálogo.




Esperpéntica como ella sola, con un final tan ridículo que incita tanto a el llanto como a la risa, con un uso estúpido de los teléfonos móviles, las altas tecnologías, las relaciones personales entre los personajes (ese Pacino de más de 70 años que se lleva de calle a todas las jovencitas que pasan por su lado, cual Papuchi Iglesias) realizando el proyecto una apología panfletaria y reaccionaria de la pena capital, los prejuicios y los testimonios judiciales de poca veracidad. Ideología ultraconservadora que según dicen se consolidaría y recrudecería en la siguiente cinta de Avnet, Asesinato Justo (Righteouss Kill) esa película que no he visto aún por el respeto que le tengo a las antaño geniales carreras de Al Pacino y Robert De Niro y a esa pequeña joya de los 90 a reivindicar que es Heat de Michael Mann.