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domingo, 24 de junio de 2018

Drácula: Príncipe de las Tinieblas, la sangre es la vida



Título Original Dracula: Prince of Darkness (1966)
Director Terence Fisher
Guión Jimmy Sangster, basado en personajes de Bram Stoker
Reparto Christopher Lee, Barbara Shelley, Andrew Keir, Francis Matthews, Suzan Farmer, Charles Tingwell, Thorley Walters, Philip Latham, Walter Brown, George Woodbridge, Jack Lambert, Philip Ray






Ocho años tardó el equipo formado por el director Terence Fisher, el actor Christopher Lee y el guionista Jimmy Sangster en volver a unirse para dar continuación a Horror of Dracula, aquella cinta de 1958 producida por la Hammer Films con la que adaptaron la célebre novela del irlandés Bram Stoker centrada en su particular revisión del personaje de Vlad Tepes, convirtiéndolo en un vampiro ávido de sangre. A pesar del éxito de dicha propuesta, de la que hablamos hace unos años en este mismo blog, parece ser el intérprete británico el que daba continuamente su negativa a la hora de volver a portar la capa del mítico conde transilvano. Esto no quiere decir que tanto él como Fisher o Sangster hubieran estado quietos todo ese tiempo. La Hammer se encontraba en su época de mayor apogeo y ya fuera colaborando juntos, o cada uno en solitario, habían participado en clásicos de la compañía como La Momia, La Venganza de Frankenstein, El Perro de los Baskerville o Las Novias de Drácula, siendo esta última la segunda cinta centrada en el personaje, pero sin la presencia de Christopher Lee dándole "no vida".




De modo que en el año 1966 la maquinaría vinculada a los Bray Studios británicos se puso en funcionamiento para realizar la nueva película centrada en el no muerto más famoso de la historia con Drácula: Príncipe de las Tinieblas, ahora sí, la secuela de Horror of Dracula y segundo largometraje con el famoso conde como protagonista. Como hemos citado Terence Fisher, maestro del género y realizador estrella de la Hammer Films, se puso de nuevo detrás de las cámaras y el actor fetiche de Tim Burton reencarnó al personaje al que estaría vinculado hasta sus últimos días de vida. Del guión se ocupó otra vez Jimmy Sangster, a partir de una idea de Anthony Hinds, y en el reparto de secundarios encontramos a Barbara Shelley, Andrew Keir, Francis Matthews, Suzan Farmer o Charles Tingwell, entre otros, y echamos mucho de menos a Peter Cushing, que en esta ocasión no volvería para dar vida al aguerrido Abraham Van Helsing, rol que sí retomaría en las dos últimas secuelas de la saga.




Desde un punto de vista argumental Dracula: Prince of Darkness se encuentra en las antípodas de Horror of Dracula. Mientras en la cinta primigenia de 1958 Terence Fisher y el guionista Jimmy Sangster trataban de trasladar, muy libremente, la novela de Bram Stoker aunando distintas tramas y ejecutando un producto con una narración más rica, esta secuela de 1966 reduce su escritura al mínimo exponente, despojándose de florituras y volando con más libertad al no ceñirse a la prosa del literato irlandés, aunque se tomen del libro algunos apuntes como el personaje de Ludwig que es un claro émulo o sosias de R. M. Renfield que después de no aparecer en la primera entrega, tiene aquí un rol secundario de cierta relevancia. De esta manera el director de The Gorgon y sus colaboradores mantienen el tono establecido en la ya mencionada Horror of Dracula, pero abordando el proyecto de una manera mucho más visceral y gráfica en esta ocasión, algo en lo que incidiremos más tarde en esta entrada.




Porque la historia narrada en Drácula: Príncipe de las Tinieblas no va más allá de la llegada de dos matrimonios británicos a Transilvania dando a parar con sus huesos, a pesar de las consabidas advertencias de los supersticiosos lugareños, al castillo del famoso conde. Una vez allí el mayordomo del finado dueño de la fortaleza dará alimento y cobijo a los cuatro turistas para posteriormente utilizar la sangre de uno de ellos con la intención de resucitar a su amo y señor. Como podemos ver el planteamiento de la trama es de un clasicismo prístino, recordándonos a la de cualquier otra muestra cinematográfica protagonizada por las distintas versiones del personaje que se habían dado durante la primera mitad del siglo XX. Pero aquí es cuando entra escena el sello de la Hammer Films sustentado en una crudeza y una explicitud inédita para el género de terror de la época y sobre todo la mano de un maestro como Terence Fisher que consigue sacar oro de un argumento tan exiguo y poco dado al alarde narrativo como el planteado por Jimmy Sangster.




Por un lado llama la atención la contenida y medida puesta en escena del director en un producto como el que nos ocupa, arrancando con un flashback del frenético final de Horror of Dracula, pero entregándose inmediatamente después a un ritmo más cadencioso y calmado. El director de Frankenstein Creó a la Mujer toma todo el tiempo necesario para ir desarrollando la historia de los dos matrimonios que llegan al país rumano, apelando a un suspense medido al milímetro, acentuando el in crescendo de tensión por medio de una atmósfera amenazante que toma forma a lo largo de la primera mitad del film. Aunque parezca que en pantalla están aconteciendo pocos hechos de relevancia Fisher consigue captar el interés de un espectador desconocedor del momento en el que el peligro tomará forma una vez el personaje de Christopher Lee haga acto de presencia. Su profesionalidad es tal y su control del lenguaje cinematográfico tan intachable que el mismo Drácula no aparece hasta el ecuador de la cinta y en ningún momento la obra se resiente por ello.




En cambio cuando el personaje de Christopher Lee debuta en pantalla no sólo monopoliza el largometraje, también ofrece la encarnación más salvaje y brutal de todas las que realizó interpretando a Drácula, fuera o dentro de la Hammer Films, convirtiendo el proyecto en una descarnada pieza cuya violencia parece contagiar toda la segunda mitad del metraje. Posiblemente esta recreación del conde por parte del Mycroft Holmes de La Vida Privada de Sherlock Holmes sea la más cruenta de todas ellas por la total ausencia de diálogos por su parte, elección que acentúa la naturaleza de animal sediento de sangre del protagonista y que, según cuenta la leyenda, pudo deberse a varios motivos, como el descontento del intérprete con el guión de Jimmy Sangster o su ejecución a modo de castigo de este último hacia Lee por el hecho de haber criticado su trabajo de escritura. No sabemos a ciencia cierta a qué se debió esta decisión, pero de cara la traslación del personaje a la pantalla supuso todo un acierto.




Gracias a la labor conjunta de Terence Fisher, Jimmy Sangster y Christopher Lee Drácula: Príncipe de las Tinieblas consigue materializar algunas secuencias míticas que están ente las mejores de la historia de la Hammer Films. Desde el ritual de resurrección de Drácula, por medio de unos excelentes efectos visuales y de maquillaje; pasando por su primera aparición o la secuencia, una de las pocas sacadas directamente de la novela de Bram Stoker; en la que el conde intenta que el personaje de Diana beba su propia sangre para convertirla en una de sus acólitas, cualquier pasaje centrado en el carismático Padre Sandor de Andrew Keir, o casi todo lo acontecido en el clímax final se revelan como momentos poseedores del inconfundible aroma de la productora creada por William Hinds y James Carreras. La única mácula que podemos sacar a colación con respecto a esta ejemplar entrega sería la muerte del protagonista en el lago helado, una de las más insulsas de la saga, sobre todo si tenemos en cuenta la dura competencia posterior, ya que en el resto de secuelas tanto las excusas para resucitar al personaje como sus defunciones llegarán a adentrarse en los terrenos del disparate.




Dracula: Prince of Darknes puede considerarse a día de hoy un clásico del género de terror y del cine que ha llevado a la pantalla grande las aventuras y desventuras del célebre vampiro transilvano diseñado por Bram Stoker. Como obra es una muestra cristalina de los niveles de calidad y profesionalidad que podía alcanzar una Hammer Films encontrándose por aquel entonces en sus últimos años dorados y con tres de sus mejores empleados dándolo todo para escribir, dirigir e interpretar una pequeña joya que sólo se encuentra un peldaño por debajo de su imbatible predecesora. Tras ella llegarían otras cinco entregas más de la franquicia, pero ya sin Terence Fisher y Jimmy Sangster implicados en las mismas, algo que se dejaría notar sobre todo en lo referido a la ausencia del mítico realizador. Todas ellas inferiores a la obra que nos ocupa, pero con distintos y variopintos puntos de interés que las hacen tan atractivas como merecedoras de ser comentadas en este blog en un futuro próximo.



lunes, 9 de marzo de 2015

La Mujer de Negro: El Ángel de la Muerte



Título Original The Woman in Black: Angel of Death (2014)
Director Tom Harper
Guión Jon Croker basado en la novela de Susan Hill
Actores Helen McCrory, Jeremy Irvine, Phoebe Fox, Oaklee Pendergast, Adrian Rawlins, Ned Dennehy, Faith Elizabeth, Jorge Leon Martinez, Leanne Best





En el año 2012 una renovada Hammer Films estrenó The Woman in Black, segunda adaptación (la primera corrió a cargo de Herbet Wise para la televisión británica en 1989) a imágenes de la novela homónima de la escritora inglesa de literatura gótica Susan Hill. Para trasladar el libro a un guión contrataron a Jane Goldman, habitual colaboradora del cineasta Matthew Vaughn y para la dirección a James Watkins que venía de llamar la atención con su debut Eden Lake, abordando un tipo de terror que poco tenía que ver con el de la cinta que nos ocupa. El protagonista elegido fue un Daniel Radcliffe deseoso de quitarse la imagen del Harry Potter al que había dado vida durante diez años y unos actores secundarios británicos de sobrada profesionalidad como Ciaran Hinds o Janet McTeer entre otros. El resultado fue un soberbio ejemplo de cine de terror que hundía sus raíces en la Hammer, el Roger Corman que adaptaba a Edgar Allan Poe y Suspense (The Innocents) de Jack Clayton. Una atmósfera inquietante, un diseño de producción y una fotografía exquisitas y un reparto en estado de gracia hicieron de La Mujer de Negro una magnífica pieza cuyo éxito dejó abierta la puerta a una futura secuela. Con unos equipos técnico y artístico totalmente renovados llega a la cartelera española esta inevitable segunda parte titulada La Mujer de Negro: El Ángel de la Muerte, dirigida por el realizador Tom Harper curtido en la televisión británica y un reparto de actores poco conocidos fuera de las fronteras del Reino Unido. Esta segunda parte se muestra como un producto irregular que muestra lo mejor de sí mismo cuando se refleja en su predecesora y falla cuando se entrega a los brazos de los clichés propios del celuloide de terror actual.




Hay dos películas batallando en el interior de La Mujer de Negro: El Ángel de la Muerte. La primera quiere, reflejándose en los aciertos de la primera entrega, rendir tributo al clasicismo cinematográfico británico, sugiriendo más que explicitando y conteniendo el tempo, todo para que el terror en el relato fluya con naturalidad. Por otro la que prefiere ir a lo sencillo, al susto facilón y tramposo, la que decide aterrorizar por la vía auditiva a una platea que espera que la inquietud venga por las dotes como narrador del cineasta al mando, no de los efectos de sonido y los brutales golpes de banda sonora. A lo largo de los 98 minutos de metraje de la obra esta confrontación queda en tablas, ya que dicha secuela nos ofrece algunos momentos de tensión memorables que, aunque no ofrecen la superlativa ejecución de los de su predecesora, muestran el oficio de Tom Harper o sus buenas intenciones y otros en los que la poca inventiva y confianza en si mismo incita al hombre que se encuentra detrás de las cámaras a apelar a trucos burdos más propios de cintas de terror adolescentes americanas que de la productora que gestó la primera La Mujer de Negro o el sobresaliente remake de Déjame Entrar a manos del talentoso Matt Reeves.




La historia está localizada en 1941 durante la segunda guerra mundial y narra cómo dos profesoras y un grupo de alumnos huyen de los bombardeos nazis y dan a parar a la isla en la que se encuentra la casa de la familia Eel Marsh en la que tenían lugar los hechos en los que se vio implicado en abogado Arthur Kipps en la primera entrega cincuenta años antes. Allí la directora del colegio, una de las profesoras con un hecho traumático en su pasado y un piloto de la RAF (Royal Air Force) velarán por los niños que se verán desde la misma llegada a la mansión acosados por la presencia de Jennet Humfrye, que sigue morando por la zona en busca de venganza por la muerte de su hijo. El punto de partida que puede recordar a clásicos como La Residencia de Narciso Ibáñez Serrador o Suspiria de Dario Argento es sólo una excusa para llenar la casa en la que se desarrolla la acción de niños para que la mujer de negro los vaya eliminando (recordemos que la maldición rezaba que en cobro por la muerte de su hijo Nathaniel, Jennet acabaría con todos los niños que habitaran en la ciudad de Crythin Gifford) ante la mirada impotente de los personajes adultos.




Tom Harper muestra bastante oficio desde el arranque del largometraje y sabe sacar partido de la fotografía o la dirección artística y consigue sacar ideas interesantes de las irregulares escenas oníricas pero, a diferencia del James Watkins de la primera entrega, en pocas ocasiones consigue insuflar una verdadera atmósfera de morbidez o malignidad en las paredes de esa casa maldita hasta los cimientos. Con todo es triste ver que si en ocasiones puede llegar a inquietar con una imperceptible mano en el agujero de un techo o una silueta vista a través de una sábana en otras ocasiones utilice burdos recursos de naturaleza conceptualmente sensacionalista para inquietar al espectador. El reparto de actores se mueve entre el simple cumplimiento (las dos profesoras a las que dan vida Helen McCrory y Phoebe Fox o el piloto al que da voz y cuerpo Jeremy Irvine) y la mediocridad de unos niños (encabezados por un insípido Oaklee Pendergast) abordando unos y otros personajes esquemáticos y prototípicos (el niño apocado, el pretendiente que no es lo que parece, el personaje “que no cree” y se dará cuenta de “su error”) que al menos cumplen su cometido en lo que se refiere a protagonizar las escenas de tensión y angustia intercaladas en el metraje y que son lo mejor de la velada.




The Woman in Black: Angel of Death finalmente resulta ser una producción rudimentaria y de escasa originalidad que se queda en un trabajo de consumo rápido para ver durante una noche aburrida en la que no tengamos nada más interesante que degustar. Lejos de los aciertos de su predecesora la película de Tom Harper oscila entre lo aceptable y lo fallido ofreciendo una historia mil veces vista que no aprovecha del todo el potencial del nuevo icono del cine de terror que tiene en sus manos y que si va a seguir siendo abordado de manera tan insuficiente será mejor dejarlo dormir el sueño de los justos. La nueva Hammer Films tiene un considerable potencial pero tan pronto ofrece proyectos muy acertados como Déjame Entrar o La Mujer de Negro como otros irregulares y fallidos del estilo de La Victima Perfecta (The Resident) de Antti Jokinen o el largometraje que nos ocupa que por desgracia no cumple con lo que se le exigía. Por desgracia esa El Estigma del Mal (The Quite Ones) rodada por John Pogue (autor de aquel engendro llamado Quarantine 2: Terminal) y que todavía no ha visto la luz en nuestro país no augura que esta nueva etapa de la factoría que nos ofreció durante el siglo XX obras maestras como La Maldición de Frankenstein o Drácula: Príncipe de las Tinieblas, ambas pertenecientes al inolvidable cineasta Terence Fisher, haya encontrado la senda que la encamine al éxito de crítica y público que su legado le demanda.


lunes, 11 de junio de 2012

La Víctima Perfecta, mujer blanca soltera busca...



Título Original The Resident (2011)
Director Antti Jokinen
Guión Robert Orr y Antti Jokinen
Actores Hilary Swank, Jeffrey Dean Morgan, Christopher Lee, Lee Pace, Aunjanue Ellis, Michael Masse, Penny Balfour, Peggy Milev, Kisha Sierra, Michael Showers, Alexandria Morrow, Cliff Gravel, Sandi K Shelby




Segundo largometraje de la renovada Hammer Films, estrenado entre la magnífica Déjame Entrar (remake de la cinta sueca original de Tomas Alfredson) y la no menos memorable La Mujer de Negro. The Resident está dirigida por el debutante Antti Jokinen, cineasta finlandes salido del mundo de la música y el videoclip (lo mismo te rodaba un festival de Eurovisión que un concierto de los Nightwish) y protagonizada por Hilary Swank y Jeffrey Dean Morgan. El producto es un thriller de intriga que no está a la altura pero que tampoco es completamente desdeñable.




Juliet (Hilary Swank), una joven doctora neoyorkina decide mudarse a un nuevo apartamento tras separarse de su anterior pareja, Jack (Lee Pace). En Brooklin encontrará un inmueble a buen precio y decidirá instalarse allí lo antes posible. El casero del edifico es Max (Jeffrey Dean Morgan) un apuesto y afable hombre que cuida de su anciano padre August (Christopher Lee). Al poco tiempo Juliet trabará amistad con Max y entre ellos surgirá cierta atracción. Casi a la vez la muchacha comenzará a recibir inesperadas visitas nocturnas en su hogar por parte de un acosador de origen desconocido sin que ella se percate de tales hechos.




Lo cierto es que La Víctima Perfecta tiene dos taras que la convierten en la rutinaria y poco destacable cinta que es. La primera es que está llena de tópicos (aunque sortea algunos como luego destacaré), se ve venir a kilómetros y no sorprende a nadie porque a pesar de que todo lo que expone en pantalla funciona con normalidad ya lo hemos visto mil veces en otras ocasiones. La segunda es más grave aún y es ajena a la misma película. Curiosamente es otra llamada Mientras Duermes, dirigida por Jaume Balagueró, estrenada antes que ella, muy superior en todos sus apartados y con un argumento demasiado parecido. De modo que este importante detalle resta más puntos incluso a la cinta de nos ocupa.




Pero no todo son fallos en The Resident, hay varios aciertos en su acabado que merecen crédito. El primero es la buena labor que hace Antti Jokinen en la dirección. Es de agradecer que un hombre curtido en el mundo del videoclip no abuse de movimientos de cámara espasmódicos, un tono visual que devore el contenido de la historia que narra y que ni siquiera el montaje sea un cúmulo de microplanos unidos de manera artificiosa o efectista. El cineasta se toma su tiempo para presentar a sus personajes y el contexto (sobre todo espacial) de su historia con un buen uso de grandes ángulares de New York y otras tomas más intimistas y bien medidas en interiores.




En lo que si acierta tanto el director como su co guionista Robert Orr es en retratar con cierta pericia y matices la locura del personaje acosador, añadiéndole al rol ciertos apuntes interesantes como esos repetitivos y compulsivos golpes con la linterna, cómo sabe dar de cara a la galería un rostro profundamente normal y como se desencaja el misma cuando no se siente observado, la aceleración nerviosa de su respiración o cuando saca a la luz su fetichismo con el personaje de una convincente pero no muy destacable Hilary Swank.




Por descontado esta labor no sólo es obra del guión o la dirección también el actor que lo interpreta sabe sacar provecho de un papel que se podía haber convertido en un cliché burdamente plano y que si bien él no saca completamente del esteriotipo si sabe enriquecerlo en cierta manera para que se aleje de los psicópatas tipo que estamos hartos de ver en el cine comercial americano. Como habréis notado no he nombrado quién es el actor que hace de acosador, es sólo para dar un poco de juego por si luego no es quien uno se espera a lo largo del film.




Una cinta para pasar el rato, sin estridencias, sin buscar el efectismo y con cierto acierto nos cuenta una historia demasiadas veces vista, hasta en telefilmes vespertinos de fin de semana, aunque como es lógico con mucha mejor factura y actores (ahí está ese señorial Christopher Lee que con sus 82 años se muestra inasequible al desaliento). Esta nueva Hammer Films ha demostrado ser capaz de ofrecer cine de género dentro del terror de una calidad más que notable, este por desgracia no es uno de esos casos. 2 de 3, por ahora no está nada mal.



domingo, 27 de mayo de 2012

Horror of Dracula, cuando la Hammer dominaba el mundo




Título Original Horror of Dracula (1958)
Director Terence Fisher
Guión Jimmy Sangster basado en la novela de Bram Stoker
Actores Christopher Lee, Peter Cushing, Michael Gough, Melissa Stribling, Valerie Gaunt, Carol Marsh



Hoy que el gran actor británico Christopher Lee cumple 90 años quiero hablar de una obra muy especial para mí y otros cuantos millones de seguidores, Horror of DraculaDrácula a secas en su título para España. Adaptación, muy libre, que la productora inglesa Hammer Films realizó del personaje histórico que Bram Stoker reimaginó como un vampiro ávido de sangre. El director de la cinta fue Terence Fisher, uno de los más grandes cineastas de la historia del cine de terror y el autor más destacado de la productora, ya que en sus hombros recayeron las más conocidas, celebradas y logradas cintas de la factoría impulsada por Michael Carreras.




La Hammer Films, cuya misión era modernizar aquellos personajes literarios utilizados en las míticas películas de la Universal en los años 30 (Drácula, Frankenstein, El Hombre Lobo, El Fantasma de la Ópera, El Doctor Jekyll y Mr Hide) fue acusada en sus inicios de ser una fábrica de películas grotescas, explícitas y aterradoras, pero sus producciones en la taquilla rendían considerablemente atrayendo cada vez a más público. Desde mediados de los 50 hasta la primera mitad de los 70 los Bray Studios fueron los dueños de la cinematografía inglesa, su reinado fue absoluto, pero no ha sido hasta bastantes años después que los críticos se han rendido ante la elegancia, la artesanía y la magistral fuerza narrativa de estas pequeñas y modestas piezas de oro pulido.




Una producción como Horror of Dracula en cierta manera se aleja del libro del irlandés Bram Stoker, o lo que es lo mismo, se basa en él pero mezcla tramas, se salta episodios, cambia personajes (Jonathan Harker no es un procurador, es un supuesto bibliotecario que quiere eliminar al Conde) y sitúa el castillo de Drácula en Londres, eliminado Jimmy Sangster, el guionista de la cinta, el tramo del viaje del Demeter desde Transilvania a Inglaterra y unos cuantos episodios más. Este sería el fallo más destacable de la cinta de Fisher, al menos desde un punto de vista conceptual o estructural, porque su infidelidad hacia la novela del autor de Los Guarida del Gusano Gris no menoscaba en absoluto sus incontables hallazgos narrativos como pieza cinematográfica muy destacable dentro y fuera del género al que se adscribe.




Por otro lado el film es un verdadero deleite para los sentidos, un tétrico cuento gótico que marcó época sobre todo por su explicitud estilística impropia para la cinematografía británica. A finales de los 50 el público no estaba acostumbrado a ver a un vampiro con un desencajado y bestial rostro enseñando unos prominentes y amenazantes incisivos bañados en sangre en glorioso technicolor, una violencia descontrolada y explícita o el solapado y elegantísimo erotismo que Terence Fihser controlaba y dosificaba como un maestro en no pocos pasajes del largometraje. La película causó un gran impacto allí donde se estrenó y abrió paso para el resto de la producción de la Hammer Films relacionada con el conde transilvano en la que repararemos unos párrafos más abajo.




Técnica y artísticamente sobresalen tanto el trabajo del director, mezclando clasicismo y vanguardia con todo tipo de tomas estáticas alternadas con travellings y picados que a día de hoy aún sorprenden al más escéptico, la exquisita dirección artística de Bernard Robinson, sabiamente reciclada a lo largo de la historia de la productora para reducir costes y dar a todas su películas una estética homogenea reconocible al primer vistazo de sus imágenes; la música de James Bernard y el trabajo glorioso de Jack Asher con la fotografía y la iluminación, expresionista en algunos momentos, gótica en otros. La perfección formal de la película está fuera de toda duda y junto a la anterior, y no menos brillante, La Maldición de Frankenstein, también con el trío Fisher/Lee/Cushing, supuso la carta de presentación de la productora en su edad de oro.




Es cierto que sin el maestro Fisher la Hammer Films seguramente hubiera quedado en una productora más de cine de terror, porque su talento, adaptabilidad y eclecticismo autoral fueron clave para la evolución del grueso de sus producciones. Pero si esta casa de ideas está en lo más alto es también por la presencia de dos de los más elegantes y carismáticos gentlemen que ha dado el cine inglés, Peter Cushing y Christopher Lee, ellos dieron fuerza y mitología a sus personajes. El primero insufló credibilidad, sabiduria y elegancia a Abraham Van Helsing (muy diferente al tipo plano y con pinta de nazi en la versión de Tod Browning, al que daba vida Edward Van Sloan) y el segundo añadiendo una presencia magnética, erótica y aterradora a su conde Drácula, para un servidor el más icónico de la historia del cine, y eso que no han sido pocos los actores talentosos que le han dado "no vida".




Casi 10 años tardó la Hammer Films en crear una secuela de Horror of Dracula, otra obra maestra que supondría la tercera (la segunda fue la excelente Las Novias de Drácula, en la que el Conde no daba la cara, pero su presencia se antojaba ubícua en el largometraje) y última incursión de Terence Fisher en el mundo del conde transilvano, Drácula: Príncipe de las Tinieblas. Esta vez sin Cushing, importante detalle a reseñar, pero no restando demasiado al conjunto de una cinta que gana en visceralidad y puesta en escena. Tras esta llegaría la destacable Drácula: Vuelve de la Tumba de Freddie Francis, la más notable después de las dos entregas de Fisher.




Pero a continuación tomaría forma gradualmente la lenta, pero inexorable, decadencia, con El Poder de la Sangre de Drácula (Taste the Blood of Dracula), Las Cicatrices de Drácula, Drácula 73, especialmente entrañable por estar influenciada por la psicodelia hippie y la magia negra tan de moda en los setenta; y la ya esperpéntica Los Ritos Satánicos de Drácula. Todas inferiores, algunas incluso mediocres, a las primeras entregas pero cada una de ellas poseedora de algún punto de interés que las vuelve, memorables y revisionables, sobre todo por su fallido, pero encomiable, intento de aunar clasicismo y modernidad new age cuando la productora empezaba a ofrecer síntomas de agotamiento o redundancia argumental y narrativa.




Hoy cumple 90 años el legendario protagonista de Horror of Dracula, la posiblemente mejor película de terror clásico de todos los tiempos o una de las que merecen estar entre las más míticas del séptimo arte dentro de su género. Una obra maestra incontestable que vista hoy por depende que tipo de público puede parecer anticuada o de poco interés, pero que hará las delicias de todo aquel amante del subgénero vampírico, el terror gótico y la obra literaria de Bram Stoker. Si en su época dorada Hollywood fue la fábrica de sueños en Estados Unidos, la Hammer Films fue la de las más deliciosas pesadillas en Gran Bretaña. Vida eterna al martillo del terror y al gran maestro Christopher Lee.



domingo, 13 de mayo de 2012

La Mujer de Negro, the innocents


Título Original The Woman in Black (2012)
Director James Watkins
Guión Jane Goldman basado en la novela de Susan Hill
Actores Daniel Radcliffe, Ciarán Hinds, Roger Allam, Sohpie Stuckey, Janet McTeer, Shaun Dooley, Liz White, Daniel Cerqueira, Andy Robb, Misha Handley, Alexia Osborne, Alfie Field


Aunque nunca le he dedicado una entrada temática y ni siquiera he comentado una de sus producciones he dejado caer más de una vez en este blog la profunda admiración que siento desde hace años por la productora británica Hammer Films. Aquella casa que revisionó el origen e historias de personajes de la literatura universal de terror como Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo, la Momia, Jack el Destripador o el Doctor Jekyll y Mr Hyde, que encumbró a actores como Christopher Lee o Peter Cushing y que nos descubríó a uno de mis directores favoritos de todos los tiempos, el inmenso Terence Fisher.




En 2010 la noticia del regreso de la productora (que desapareció en 1979) fue un hecho. Que su carta de presentación fuera un remake de la película sueca Déjame Entrar dirigida por Tomas Alfredson que adaptaba la novela de John Ajvide Lindqvist en principio no me convenció mucho, pero después de ver la versión que Matt Reeves hizo de ese (ya mítico) romance entre niño humano y chica vampira me quedé prendado con sus muchos hallazgos cinematográficos que iban más allá de copiar una magnífica película. La Hammer volvía con buen pie, indudablemente. La segunda cinta de la renovada productora fue La Víctima Perfecta (The Resident) de Antti Jokinen con Hilary Swank y Jeffrey Dean Morgan de protagonistas y no fue muy bien recibida por la crítica o el público.




La tercera cinta auspiciada por la productora fue La Mujer de Negro (The Woman in Black) segunda adaptación (la primera la hizo para la televisión británica el director Herbert Wise) de la célebre novela de la escritora Susan Hill editada en 1983. Para la dirección del film se contrató a James Watkins, que venía de llamar al atención con Eden Lake, cinta de terror diametralmente opuesta a la que nos ocupa. Del guíón se ocupó la voluptuosa, peculiar y muy interesante Jane Goldman (Kick-Ass, X-Men: Primera Generación, La Deuda, Stardust) y el protagonismo recayó en un ya maduro Daniel Radcliffe.




A finales del siglo XIX un joven abogado británico llamado Athur Kipps que aún no ha superado el fallecimiento de su esposa debe abandonar a su hijo durante un tiempo debido a que la firma para la que trabaja le ha dado un ultimatum por su ineficacia en los últimos tiempos. El muchacho será enviado a una remota isla para que intente vender la casa de un cliente recientemente fallecido. Nada más llegar a la localidad Arthur descubrirá que nadie quiere acercarse a las inmediaciones de la mansión en concreto. Todo empeorará cuando el joven abogado empiece a ver apariciones de una mujer vestida de negro que parece habitar todavía en el, supuestamente, hogar abandonado.


 


The Woman in Black es una magnífica muestra de cine de terror ejecutado con elegancia y tono claisicista que hunde sus raíces tanto en el celuloide de la Hammer Films, como en el de las producciones de Roger Corman que adaptaban relatos de Edgar Allan Poe o en obras como Suspense (The Innocents) de Jack Clayton, La Leyenda de la Casa del Infierno de John Hough o Al Final de la Escalera (The Changeling) de Peter Medak (mencionar Los Otros de Alejandro Amenábar es tontería, si ya hemos nombrado las cintas a las que tomó como referencia) o incluso en la literatura de escritores como Henry James, Oscar Wilde o Bram Stoker.





Curiosamente el largometraje no elude los tópicos del cine de casas encantadas sino que los hace suyos y los convierte en una virtud utilizándolos con un toque de artesanía cinematográfica de tonalidad clásica que en ocasiones consigue inquietar al espectador, Un servidor, curtido en mil batallas y que se las conoce todas en este tipo de films admite sin vergüenza alguna que en un par de ocasiones La Mujer de Negro se los puso de corbata por lo bien realizado de muchos de sus pasajes, sensación que el cine de terror actual, por desgracia, no suele transmitir.




James Watkins utiliza con artesanal pulso los resortes del cine de terror fantasmal. Sabe donde colocar la cámara, difuminar un fondo o colocar de manera imperceptible una figura en el encuadre para que con un sólo gesto el espectador se sobresalte de manera nada tramposa o rebuscada. El uso, no sólo de la figura de la mujer toda vestida de negro y con el pálido rostro tapado por un velo, sino también de los espíritus de los niños que pululan por la casa y su jardín (magistral la escena a la que asiste Arthur desde la ventana la noche de lluvia cuando mira la tumba de lodo y lo que allí acontece) es tan acertada que la misma da entidad a la historia y a su estructura.



El diseño de producción (la casa recuerda inevitablemente a la mansión de los Marsten de la mítica miniserie televisiva Salem's Lot de Tobe Hooper que adaptaba la novela de Stephen King) la puesta en escena, la naturalidad con la que Watkins deja de lado el terror físico y epidérmico de su anterior film y se entrega al simbólico, psicológico y gótico del que hace gala la cinta, el uso de los efectos de sonido, del tempo narrativo (en eso tiene mucho que decir el gran trabajo de Jane Goldman en la escritura) la dosificación de las escenas de terror y el control de una atmósfera que nunca parece impostada y falsaria hacen de La Mujer de Negro toda una experiencia cinematográfica para los amantes del terror clásico.




Daniel Radcliffe hace un excelente trabajo si tenemos en cuenta sus limitaciones como intérprete. Alejándose por fin de la imagen de Harry Potter (ciertamente lo consigue) el actor británico llena de pequeños pero interesantes matices su personaje con detalles como que realmente nunca se sienta aterrado por las apariciones fantasmagóricas de la casa (¿por deseo de entrar en contacto con el más allá por si puede gracias a ello volver a reunirse con su esposa?) la tristeza que hay en su mirada a lo largo de todo el metraje o su interesante pero ligera relación con el personaje de Sam (muy competente Ciarán Hinds, como siempre) en el que hay una diatriba entre superstición y descreimiento.




Me cuesta mucho hablar a cuantos niveles he disfrutado una cinta como The Woman in Black. No sólo ya por sus logros cinematográficos que si bien no son nuevos si están perfectamente ensamblados y expuestos en pantalla, sino porque un servidor se ha criado con este tipo de cine (y literatura), porque una mansión perdida entre la neblina y rodeada de lápidas me produce una fruición incontestable, porque lo que para algunos será "otra de casas encantadas" para mí es la recuperación momentánea de un tipo de cine que creía muerto y porque aquello a lo que apuntaba la memorable Insidious lo confirma La Mujer de Negro, el regreso de ciertas historias de terror clásicas, para verlas de madrugada y en soledad, mientras nos perdemos durante hora y media en las penumbras.



viernes, 21 de enero de 2011

Déjame Entrar, juramento de sangre


Título Original: Let Me In (2010)
Director: Matt Reeves
Guión: Matt Reeves
Actores: Kodi Smit-McPhee, Chloe Moretz, Richard Jenkins, Elias Koteas, Sasha Barrese, Cara Buono, Chris Browning, Dylan Minnette, Jimmy 'Jax' Pinchak, Seth Adkins

Trailer


En el año 2008 el semidesconocido director sueco Tomas Alfredson dirigió la adaptación a imágenes del best seller literario Låt Den Rätte Komma In (Let the Right On In en su título internacional y Déjame Entrar aquí en España) de su compatriota el novelista John Ajvide Lindqvist. El mismo escritor se haría cargo del guión colaborando estrechamente con el realizador y logrando ambos con ello uno de las acercamientos contemporáneos más acertados, líricos y universales que se han realizado en el séptimo arte a cerca del, hoy día muy maltratado, mito del vampirismo.




El resultado fue un producto brillante con ínfulas de obra de culto en el que a través de un filtro bermagniano se nos narraba la atípica y muy creíble historia de amor entre dos niños. Él un ser humano, ella un no muerto. Alfredson y Lindqvist por medio de una exquisita elegancia, una gelidez estilística de una solidez inusitada que contrastaba con un cálido trasfondo emocional impuesto por los dos protagonistas, nos hablaba de distintos temas como la soledad, el acoso escolar, el primer amor y el lado oscuro de la psique humana, El resultado, un éxito a nivel mundial de público y crítica e incontables premios internacionales.




Como no podía ser menos, nuestros amigos americanos vieron el filón y como dicta su poco agradable tradición, compraron los derechos del film no sólo para estrenarlo al otro lado del charco, sino también para hacer ellos su propia e innecesaria versión del célebre largometraje de Tomas Alfredson. Todo apuntaba a que el producto resultante sería un desastre a pesar del buen reparto y el director elegido. Nada más y nada menos que Matt Reeves, realizador de esa simpática monster movie con estética de vídeo casero llamada Colverfield (me niego a escribir el título que le dimos en España).




Sin paños calientes, de manera directa y contra todo pronóstico. Let Me In, el remake americano escrito y dirigido por el realizador Matt Reeves de la película sueca Déjame Entrar de Tomas Alfredson es un producto de nota muy alta y con suficientes aciertos y complementos estéticos o narrativos añadidos a la historia original como para ser considerada una película excelente. Es otra visión cinematográfica casi tan interesante e incluso más tenebrista de la novela de John Ajvide Lindqvist que la anterior, lo que le da una tonalidad distinta a su predecesora pero tan (o casi) acertada como aquella.




Matt Reeves añade interesantes cambios a su versión. Para empezar la contextualiza, situándola en la norteamérica de los años 80. Añadiendo en el film el fanatismo religioso de la madre de Owen (a la que nunca le vemos el rostro, acentuando en la narración la incomunicación y distanciamiento existencial que comparte con su retoño) y la omnipresencia en los medios de un presidente Ronald Reagan obsesionado con erradicar un mal que según él está devorando su amado país desde las mismas entrañas. Estos interesantes añadidos formales indican más ser apuntes autobiográficos del propio Reeves que otra cosa. Pero como comento quedan perfectamente insertados en el relato y hasta lo enriquecen haciéndolo más localista, marcando así distancias con el otro film.





En pocas y esquemáticas palabras si la película de Tomas Alfredson era un film romántico (atípico y muy sui géneris) con toques de terror, el film de Reeves es un largometraje de terror con apuntes de romance. Lo que en la primera versión era elegancia y sugerir más que mostrar, en la americana todo es más visceral, crudo pero también emocional y desgarrado. La gelidez de exquisito acabado y la medida mirada del realizador sueco llena de poética, deja lugar a la fuerza, la crudeza y también un lirismo, pero más nihilista, más doliente e incluso cálido, del cineasta estadounidense.




Hay algo que es (o debería ser) indivisible al mito del vampiro y es todo el matiz sexualizado y libidinoso que implica su propio instinto. Para narrar buenas historias, fílmicas o literarias, sobre vampirismo, no se puede obviar de ninguna manera el salvajismo, la animalidad, la pulsión que siempre ha ido implícita al acto de robar la vida a un humano por parte de un no muerto. No por casualidad el ritual de unos colmillos desgarrando la carne de un cuello humano para seguidamente succionar su sangre es una alegoría clara de la penetración y el clímax de un acto sexual. Si se anula eso y hacemos a los vampiros, por poner un ejemplo, vegetarianos, arrebatamos de una tacada el instinto que los convierte en seres bestiales, trágicos y condenados.




En Déjame Entrar ese actitud intrínseca en todo vampiro que se precie de serlo se sugería por medio del personaje de Eli. En la película de Reeves da completamente la cara y eclosiona, en Abby, una niña con apariencia de no tener más de 12 años que realmente existe desde hace siglos. Cuando esta pequeña cría, asocial, aislada del mundo, hasta cruel, consigue controlar ese acto innato en su naturaleza para no herir a la persona que ama, el espectador con un mínimo de inteligencia se da cuenta de que esto sí es una historia de dos enamorados, con el tema del vampirismo de por medio, de un importante calado. Controlar a una bestia interna que normalmente anda desatada y libre sí es un acto de fidelidad y dedicación a una persona. Porque es un acto contranatura.




Matt Reeves se afianza en Let Me In como un, por ahora, artesano con verdadero talento. Partiendo del tono que Alfredson insufló a su obra el director de Cloverfield sigue una senda distinta más oscurantista y directa pero muy certera. En su trabajo hay momentos que bordean la brillantez en secuencias de un acabado intachable con una seguridad impropia de un cineasta que sólo lleva dos films a sus espaldas y estando en el primero de ellos atado en corto por ese señor tan sobrevalorado que responde al nombre de J.J Abrams. Pero esa es otra historia.




Del trabajo de Reeves sería de recibo destacar el magistral pasaje del accidente de coche, rodado con una pericia que corta la respiración. Algunas tomas de automóviles en la lejanía surcando campos nevados que remiten a los hermanos Coen de Fargo. Planos generales de una serenidad coppoliana. Como resuelve la célebre parte de la piscina, de manera no tan elegante como Alfredson pero con una eficacia equiparable a la de aquel, y un interesante pulso tanto con la narración escrita (acentuando el tono detectivesco) como con la dirección de actores. Ya que tanto la joven pareja formada por Kodi Smit-McPhee y Chloe Moretz como los roles interpretados por excelentes veteranos como Richard Jenkins y Elias Koteas transmiten veracidad al conjunto.




Puedo comprender que haya gente que rechace esta película antes incluso de verla o que le visione y reniegue de ella por ser la innecesaria revisión de un producto del que sólo le separan dos años. Todo eso me parece muy bien, pero con ello y por culpa de los prejuicios se estarían perdiendo una excelente obra que (a parte de resucitar a la mítica Hammer Films como productora) al igual que la que la inspira, sirve como una inyección de vitalidad en forma de hemoglobina para el mito del vampiro y por efecto dominó al del guardián humano que normalmente vela por la seguridad del mismo. Un tratado sobre el poder de la feminidad, el lado animal del ser humano, el despertar sexual, la incomunicación en el ambiente social o familiar y sobre todo de como dos personas totalmente opuestas e incluso de naturalezas diferentes pueden llegar a ser almas gemelas, aunque cuente la leyenda que uno de ellos, supuestamente, carezca de ella.