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domingo, 9 de diciembre de 2018

Malos Tiempos en El Royale



Título Original Bad Times at the El Royale (2018)
Director Drew Goddard
Guión Drew Goddard
Reparto Chris Hemsworth, Jeff Bridges, Cynthia Erivo, Dakota Johnson, Jon Hamm, Cailee Spaeny, Lewis Pullman, Jonathan Whitesell, Nick Offerman, Mark O’Brien, Manny Jacinto, Bethany Brown




Alias, Perdidos, Buffy Cazavampiros, Ángel o Daredevil son algunas de las series en las que Drew Goddard se curtió como guionista y productor ejecutivo la mayor parte de su carrera. De la mano de su colega J.J Abrams escribió su primera película, la entrega primigenia de la saga Cloverfield, y después de la misma se ocupó también de los libretos de taquillazos como Guerra Mundial Z o Marte. Pero sería en 2012, con el respaldo de su amigo y colaborador Joss Whedon como co guionista y productor, que Goddard se hiciera con un nombre internacional dentro del cine de género con su debut detrás de las cámaras. La Cabaña en el Bosque supuso toda una sorpresa al revelarse como una cinta de terror y comedia que subvertía por medio de la ironía y la metatextualidad los preceptos narrativos de los géneros a los que se adhería como obra cinematográfica, convirtiéndose al poco tiempo de su estreno en una pieza de culto para gran parte del fandom. Seis años después del estreno de su ópera prima Goddard vuelve a sentarse en la silla de director para ofrecer al público Malos Tiempos en El Royale, su segundo proyecto como principal responsable ocupándose de su escritura o realización y contando además con un excelente reparto formado por Jeff Bridges, Cynthia Erivo, Dakota Johnson, Jon Hamm, Cailee Spaeny, Lewis Pullman y Chris Hemsworth.




La trama de Malos Tiempos en El Royale está localizada en 1969 cuando una serie de clientes venidos de distintas procedencias, y cada uno de ellos con sus propias intenciones ocultas, llegan para alojarse en El Royale, un famoso hotel localizado justo en la línea que separa los estados de Nevada y California y cuya época de mayor esplendor tuvo lugar a principios de los 60. Un vendedor de aspiradoras, un sacerdote, una cantante, una misteriosa joven, el único conserje del hotel y alguna que otra visita inesperada serán los protagonistas del peor día de la historia del célebre hotel. Drew Goddard es fiel al discurso y la construcción conceptual y narrativa de su anterior trabajo, un largometraje de terror con apariencia de transitar los lugares comunes más manidos del género que finalmente se revelaba algo como muy diferente a lo esperado, tomando aquí de nuevo un punto de partida muy concreto y reconocible para el cinéfilo prototípico siendo posteriormente dinamitado por medio de un guión imprevisible capaz de mover a los personajes habitantes del relato como piezas de ajedrez apelando mucho al azar y al caprichoso rol demiúrgico de su guionista y director. Pero siempre tomando decisiones coherentes en el contexto de la historia relatada por él y el resto de sus colaboradores.




El planteamiento de la última propuesta por parte de Drew Goddard discurre sin mayores estridencias durante su primer cuarto de hora con reminiscencias a la literatura noir o la obra de Agatha Christie, ecos de piezas infravaloradas y muy recuperables como Identity (James Mangold, 2003) con la que guarda muchos puntos en común y un estudio de personajes sutil y eficiente perfilados con breves, aunque notables, pinceladas no sólo para dotarlos de características que los definan como criaturas, sino también para plantar con cada uno de ellos la semilla de la duda en lo referido a su propia intencionalidad, más si tenemos en cuenta lo acontecido en el prólogo del film que nos da una perspectiva interesante de por dónde puede llegar a encarrilarse la historia. Pero cuando los clientes de El Royale toman sus diferentes estancias es cuando la narración se fractura relatando por medio de subtramas, unas veces paralelas otras en orden cronológico, los hechos acaecidos ese fatídico día en el hotel dedicando un episodio a cada una de las habitaciones ocupadas por los personajes y añadiendo también un epílogo de capital importancia con respecto al clímax final. De esta manera Goddard emula un tipo de narrativa con remembranzas a Quentin Tarantino y Martin Scorsese mostrando la verdadera naturaleza de su propuesta y deparando cada pocos minutos, por medio del elaborado guíón, un nuevo giro argumental capaz de coger desprevenido al espectador más avezado.




Desde la secuencia en la que el personaje de John Hamm hace su particular “tour” por el hotel y la narración se fragmenta en distintas tramas los personajes comienzan a revelar gradualmente sus verdaderas intenciones, quitarse las máscaras y a mirar exclusivamente por su propia supervivencia. Por suerte Drew Goddard no muestra sus cartas en la primera mano, desentrañando poco a poco los secretos guardados por sus protagonistas y los motivos que les incitaron a cobijarse en el Royale, jugueteando así con el espectador mientras le ofrece pistas, referencias ocultas y una inclinación por desviar la atención de lo realmente importante para con ello alargar en la medida de lo posible el misterio latente bajo su segundo largometraje como director. Por suerte no sólo del ingenio de su guión vive una obra como Malos Tiempos en El Royale. Goddard demuestra un excelente olfato para elaborar una puesta en escena acorde con su escritura, sin abusar de innecesarios alardes visuales, pero inyectando a todo el proyecto un look estético potente con inesperadas explosiones de violencia explícita localizadas en algunos de los pasajes menos esperados y ejecutadas con una brutalidad expeditiva, tanto técnica como argumental, cuya importancia llega a convertirla en catalizadora de varias de las mejor situaciones del conjunto de la cinta gracias al peso que llega a tomar en lo referido al devenir de acontecimientos culminantes en la orgiástica recta final.




Dentro del reparto el trabajo conjunto es notable y todos y cada uno de los actores abordan su labor con convicción, entrega y la ambigüedad necesaria para contextualizarlos adecuadamente en un relato que exige unas características muy específicas a sus protagonistas. Desde un divertido y repelente John Hamm interpretando a lo que parece una clara parodia de su Don Draper de Mad Men, pasando por una excelente Dakota Johnsson en la piel de una mezcla entre chica hippie y femme fatale, una cándida Cynthia Erivo como cantante soul venida a menos o Cailee Spaeny añadiendo las dosis perfectas de demencia a su rol y llegando a unos soberbios Chris Hemsworth, en un papel cuya naturaleza es mejor no identificar, y Lewis Pullman, este último la revelación del film con un papel memorable. Pero como era evidente si hay un actor capaz de eclipsar por medio de carisma, contención, profesionalidad y veteranía al resto del cast ese es el gran Jeff Bridges. El protagonista de El Gran Lebowski es el pilar sobre el que se apuntala el apartado artístico de Malos Tiempos en El Royale y no sólo porque su personaje del Padre Danniel Flyn es uno de los que más conocimientos posee sobre los secretos del hotel, sino también porque Drew Goddard es consciente de que engrandece cada plano con su presencia o potencia la labor de sus compañeros cuando los comparte con ellos y lo explota al máximo. Sirva como ejemplo la destacable escena en la que “se sincera” con el personaje de Erivo y esta lo aprovecha para marcarse con él un enorme tour de force cuya culminación llega en la barra del bar.




Malos Tiempos en El Royale confirma a Drew Goddard como uno de los cineastas más interesantes del panorama estadounidense. Un artesano profundamente conocedor de los resortes narrativos de los géneros con los que coquetea en sus trabajos por medio de ironía, metarreferencialidad, originalidad y unos actores siempre adecuados a sus propuestas. Por desgracia no sabemos si su naturaleza poco acomodaticia, narración algo exigente de cara a un espectador generalista o escasas concesiones a la platea han sido los motivos que han convertido su carrera comercial de su último film en un fracaso hasta el momento, recuperando sólo 31 millones de dólares de los 32 que costó su producción y quedando lejos de los números de La Cabaña en el Bosque, cuya taquilla le permitió doblar su presupuesto de 30 millones. Más allá de dichos resultados podemos considerar Bad Times at the El Royale una excelente pieza que por medio de un muy notable trabajo en todos sus apartados (atención a la banda sonora impecable, mezclando el minimalista score de Michael Giacchino con una selección de temas de la época tan eficiente como atípica) un interesante y remarcable largometraje capaz de realizar una certera radiografía de la América de finales de los 60 por medio de ese celuloide de género que necesita a autores como Drew Goddard para seguir sorprendiéndonos y estimulándonos como cinéfilos.



lunes, 20 de abril de 2015

Daredevil: Primera Temporada, nacer otra vez



"No estoy buscando penitencia por lo que he hecho , padre. Estoy pidiendo perdón ... por lo que estoy a punto de hacer."
Matt Murdock





En el año 2003 en pleno auge de nuevo cine inspirado en superhéroes de cómic con exitazos como X-Men, de Bryan Singer o Spiderman, de Sam Raimi, el director Mark Steven Johnson (El Inolvidable Simon Birch) se atrevió con la adaptación de uno de esos personajes no demasiado célebres fuera del mundo del arte secuencial como el Daredevil que crearon Stan Lee y Bill Everett 1964. El protagonista elegido para dar vida al invidente abogado Matt Murdock que de noche ejerce como justiciero en la piel de Daredevil fue el actor Ben Affleck al que acompañaron su futura esposa Jennifer Garner en la piel de la letal Elektra Natchios, Colin Farrell dando vida al mercenario Bullseye y el fallecido Michael Clarke Duncan como el capo de la mafia Wilson Fisk, alias Kingpin. La película fue un éxito, pero también una mediocridad, una inintencionada muestra de Serie B que amontonaba cientos de referencias (malentendidas en su mayoría) de la etapa de Frank Miller con el personaje y que ni en su montaje del director (que mejoraba sustancialmente el resultado final de la obra cinematográfica) conseguía sacar a la películas del saco de malas adaptaciones de personajes del mundo del noveno arte que han dado el salto al celuloide. Aunque algunos llegamos a disfrutar con aquel guilty pleasure a prácticamente nadie se le escapaba que la cinta del futuro director (de la todavía peor) Ghost Rider no había hecho justicia, ni de lejos, al vigilante que vela por la seguridad de los ciudadanos que habitan la Cocina del Infierno de la ciudad de New York.




No hace más de un año saltó la noticia que afirmaba que el canal en streaming Netflix (The Killing, House of Cards) iba a aventurarse en una nueva adaptación, esta vez catódica, de Daredevil y aunque la idea agradó al fandom algunas malas noticias relacionadas con el proyecto bajaron mucho los ánimos a los potenciales espectadores. Por un lado la elección del británico Charlie Cox (Encontrarás Dragones, Boardwalk Empire) parecía a todas luces un error de casting por no dar la talla físicamente para dar vida a Matt Murdock y por otro (bastante más grave) la salida como showrunner del talentoso Drew Goddard (La Cabaña en el Bosque, Cloverfield, Buffy la Cazavampiros) por las famosas “diferencias creativas” en favor de Steven S. Deknight (Spartacus, Smallville) tampoco apuntaba a que la gestación de la serie estuviera yendo todo lo bien que debiera dando así posiblemente como resultado un producto que no estuviera a la altura o que no cubriera las expectativas que se habían depositado en el. Pero el pasado día 10 de Abril salimos de dudas cuando Netflix puso en circulación los trece episodios que dan forma a la primera temporada de Daredevil y el programa resultante es todo lo grandioso que se ha dicho por la red y mucho más. Una serie que hace palidecer a cualquier otra produccion que adapta personajes de cómics a la pequeña pantalla como Arrow, The Flash, Agents of SHIELD o Constantine y degradando tanto a la versión cinematográfica que el pobre Mark Steven Johnson debe llevar una semana escondido debajo de su cama.




El Daredevil de Netflix que han ideado Steven S. Deknight y Drew Goddard (este último sigue como productor ejecutivo y escribe los dos primeros episodios para que los dirija Phil Abraham) toma como inspiración en viñetas, principalmente, las etapas de Frank Miller y la de Brian Michael Bendis a la que se añaden pinceladas de las sagas desarrolladas por otros guionistas que han sacado partido del personaje como Ann Nocenti, Ed Brubaker, Andy Diggle o Kevin Smith. Este tono urbano, oscuro y crudo que deja un poco de lado la cara más alegre y superhéroica del personaje (esa que borda Mark Waid) se amalgama con esa referencia televisiva que varios de mis compañeros han mencionado y que nadie se hubiera esperado en una serie de esta naturaleza, The Wire, la obra maestra catódica de David Simon y Ed Burns para la HBO de la que extrae tomarse su tiempo para poner en la mesa sus cartas sin miedo a que el espectador medio rechace la propuesta por no encontrarse con un producto procedimental y realizado en cadena de montaje repleto de roles unidimensionales regidos por blancos o negros éticos y morales a la hora de ser perfilados así como un contexto social muy concreto que sirve de subtexto al núcleo argumental. Porque dentro de las muchas virtudes de este Daredevil se encuentra, no sólo la fidelidad a la esencia y características generales de los personajes de las viñetas que extrapola a imagen real, sino la entidad que cobran los mismos a la hora de ser presentados y desarrollados cuando la historia que vertebra la temporada va tomando solidez. Porque si contra todo pronóstico Charlie Cox elabora un Matt Murdock/Daredevil de notable alto tanto psicológica como físicamente, Elden Henson sabe transmitir la socarronería y lealtad de Foggy Nelson o Deborah Ann Woll y Rosario Dawson enfundarse ejemplarmente los roles de Karen Page y Claire Temple respectivamente, es el brutal y poliédrico Wilson Fisk de Vincent D’Onofrio el secundario que nos confirma que Deknight, Goddard y compañía se han tomado muy en serio la escritura de caracteres y la minuciosa selección de actores para interpretarlos.




Pero no sólo de una galería de personajes interesantes vive Daredevil, Netflix ha acertado de pleno al abordar la serie de maneara totalmente opuesta a como lo hacen otras cadenas norteamericanas a la hora de realizar programas televisivos protagonizados por personajes de cómics, algo a lo que ya apuntaba la versión de Powers, de Brian Michael Bendis ideada por el canal Playstation y que se confirma en la producción que nos ocupa. Poniendo en riesgo la posibilidad de perder espectadores infantiles la casa de Orange is the New Black ha tomado la sabia decisión de dar un tono más dirigido a un público adulto, como si nos encontráramos ante un producto más cercano a Sons of Anarchy o The Shield que a Smallville. La puesta en escena y el look visual que asienta Phil Abraham (The Killing, Mad Men) y que continúan al resto de directores implicados en la temporada, es seco, áspero y su atmósfera oscura retrata una Hell’s Kitchen en la que los más fuertes, en un émulo siniestro de la selección natural, pisotean a lo mas desvalidos. Pero donde más fuertes se hace esta primera temporada, y eso que formalmente es una de las asignaturas pendientes de la mayoría de series de television protagonizadas por (super)héroes, es en las escenas de acción, secuencias físicas en las que los realizadores toman como referentes el cine oriental (desde el coreano del Park Chan-Wook de Old Boy hasta el indonesio del Gareth Evans del díptico The Raid) para bordar caóticas coreografías de violencia sin concesiones vanalizadoras como esa pelea en la bolera del tercer episodio o el ya mítico plano secuencia que cierra el segundo episodio y que atesora en su interior uno de los mejores pasajes catódicos de lo que llevamos de 2015.




No sabemos qué futuro depara a esta ejemplar traslación de Daredevil a la, cada vez menos, pequeña pantalla. A día de hoy la confirmación de una segunda temporada no es segura, pero el resultado de estos trece episodios es tan brillante que el que buen sabor de boca ya nadie puede quitárnoslo. Netflix ha escuchado nuestras plegarias y no sólo ha rematado con una profesionalidad intachable la mejor serie sobre personajes de cómics jamás rodada, también puede que haya abierto la puerta a otras que de manera inteligente decidan tomarla como ejemplo para trasladar fielmente a imagen real a protagonistas del lado oscuro de Marvel como Punisher, Caballero Luna o ese Ghost Rider al que también va tocando honrar como es debido. Si la ya mencionada renovación se confima posiblemente nos quede un largo trecho para ver hasta donde puede llegar esta máquina bien engrasada cuando personajes como Elektra, María Tifoidea o Bullseye hagan acto de presencia. En caso negativo como fans del personaje creado por Stan Lee y Bill Everett podremos atesorar estos trece episodios para revisionarlos una y otra vez y así afirmar a los que quieran oirlo y a nosotros mismos que, aunque fuera una sola vez, un grupo de personas que admiraban al alter ego de Matt Murdock y su micrcocosmos en viñetas supieron entenderlo, asimilarlo y trasladarlo de la manera más fiel posible a un medio al que todavía le queda mucho camino por andar para ofrecer un reflejo digno de los personajes en papel con los que nos hemos criado. Daredevil puede llegar a ser un principio para todo eso y no cabe duda de que dar un firme primer paso mejor que este es imposible.



jueves, 30 de agosto de 2012

The Cabin in the Woods, another way to die


Título Original The Cabin in the Woods (2011)
Director Drew Goddard
Guión Joss Whedon y Drew Goddard
Actores Kristen Connolly, Chris Hemsworth, Fran Kranz, Richard Jenkins, Bradley Whitford, Anna Hutchinson, Jesse Williams, Amy Acker, Brian White, Tim De Zarn, Tom Lenk, Jodelle Ferland




No es la primera vez que Joss Whedon y Drew Goddard colaboran juntos. Ambos trabajaron en Buffy   (escribiendo el segundo dos de mis capítulos favoritos de la serie como son Lies My Parents Told Me y Dirty Girls) y Ángel, las dos series creadas por el director de Los Vengadores. El guionista de la recuperable Cloverfield ha colaborado en otras series como Lost o Alias siempre como escritor o productor. Pero su debut en el mundo del largometraje ha sido una colaboración al alimón con el realizador de la ya mencionada tercera película más taquillera de la historia del cine protagonizada por los célebres personajes de Marvel.




Por medio de la productora Mutant Enemy, propiedad del mismo Joss Whedon, el creador de Firefly y Drew Goddard han dado forma a una divertida, irónica, referencial y autoparódica cinta de terror con toques de humor que, tomando un punto de partida brutalmente manido dentro de este género, se sale por la tangente para homenajear con inteligencia un tipo de largometrajes sustentados en unas constantes argumentales que de trilladas ya a veces nos parecen incluso estúpidas. Director y co guionista dan forma a una de las cintas más interesantes y originales de la temporada, aún no estrenada en España. como no podía ser menos.




Cinco estudiantes americanos deciden pasar el fin de semana en una cabaña situada en un bosque a las afueras de la ciudad en la que viven. Allí encontrarán un sótano lleno de extraños objetos y entre ellos un diario con unos escritos en latín que al ser pronunciados despertarán a una familia de muertos vivientes enterrada en las inmediaciones de la casa. Lo que los muchachos no saben es que están comportándose de manera extraña (incluso estúpida) de manera involuntaria y que están siendo observados por alguien más que guarda un oscuro secreto que puede acabar con todos ellos o puede que incluso algo peor.




Cabin in the Woods es una carta de amor al cine de terror, pero una carta llena de ironía y mala baba. Whedon y Goddard abordan esta cinta, cuyo punto de partida es practicamente idéntico al de esa obra de culto llamada Posesión Infernal (Evil Dead) dirigida por Sam Raimi em 1981, con la sana intención de darle la vuelta al tipo de films al que hacen referencia. Ambos creadores muestran notables conocimientos sobre la temática cinematográfica que abordan pero deciden volarla por los aires introduciéndola en un contexto novedoso y rompedor.




No quiero desentrañar mucho el argumento porque este es el tipo de película que merece ser vista sin saber practicamente nada de su trama. Pero hay una corporación detrás de toda la historia que acontece en la cabaña en la que los protagonistas pasan el metraje y ahí es donde están no sólo los mejores momentos del films, sino también las situaciones más puramente whedonianos, con un humor negro que funciona al 100% y mucha mala idea. A ello ayudan bastante Richard Jenkins, Bradley Whitford, Amy Acker y sus divertidos papeles.




Pero en el discurrir de la trama central, la que tiene lugar en la cabaña, también nos encotramos con momentos memorables en los que se subvierten los clichés del cine de terror. El adicto a la marihuana siendo más lúcido que el resto de personajes, algunos de los protagonistas dándose cuenta de que están actuando contra su voluntad como si fueran estereotipos cuando son personas cultas y con una considerable inteligencia o roles poniendo en entredicho si "separarse el grupo para cubrir más espacio" es una buena idea por lo peligroso del planteamiento de la misma.




Hacia el final el film abre su amplitud de miras y se vuelve más ambicioso (cuando partíá desde la más sencilla de las humildades) y por ello en ocasiones más caótico y desatado, pero este giro de timón no desentona con la naturaleza del largometraje, que en su media hora final intruduce por medio de un especial "motín" incontables referencias a obras como Hellraiser de Clive Barker, Cube de Vincenzo Natali o la literatura de H.P Lovecraft. Llegando tras esto a un unhappy end poco común en el Hollywood actual, no por su tono pesimista, sino por su pasotismo formal que deja una sonrisa socarrona en el rostro del espectador.




Cabin in the Woods es un divertido juguete en el que sus creadores han puesto mucho cariño. Una oda al cine de terror, a la auto y metareferencia y sobre todo a la inteligencia y heroicidad del injustamente denostado personaje fumador de porros de esta raza de películas que tan buenos momentos nos han hecho pasar a lo largo de los años. Joss Whedon y Drew Goddard funcionan muy bien juntos, saben dosificar la brutalidad y el sano cachondeo en un mismo producto saliendo triunfantes de este experimento lleno de hemoglobina, vísceras, multireferencialedad, humor y ganas de no contar lo mismo de siempre que tiene su mejor y más valiosa arma en su propia autoconsciencia cinematográfica.