sábado, 9 de octubre de 2010

Viernes 13, Parte IV, el capítulo final, el legado de la familia Voorhees



Título Original:
Friday the 13th, the Final Chapter (1984)
Director: Joseph Zito
Guión: Barney Cohen
Actores: Judie Aronson, E. Erich Anderson, Peter Barton, Kimberly Beck, Tom Everett, Corey Feldman, Lisa Freeman, Crispin Glover





En 1984 llegaba la conclusión de la saga, el punto culminante de las andanzas de Jason, el clímax de la franquicia, el capítulo final... o tal vez no. Esta cuarta entrega volvió a rendir en taquilla y tras ella vendrían innecesariamente otros cinco largometrajes más que pasaron del terror a la autoparodia condescendiente. Lo curioso de esta cuarta parte es que después de la segunda entrega es la más digna de todas las secuelas que se estrenaron tras la primera e intocable película de Sean S. Cunninghan




La película empieza unos minutos después de la tercera entrega y busca la estúpida excusa de la resurrección de Jason en el depósito de cadáveres, sin explicación alguna. Al volver de la muerte decide regresar a Crystal Lake para descubrir que un grupo de jóvenes ha alquilado una casa cercana para pasar unos días de asueto en aquella zona. Algo que el protagonista no puede permitir y a lo que pondrá remedio como sólo él sabe hacerlo, con el uso milenario del machetazo indiscriminado, que no es ni más ni menos que el aliciente que cualquier seguidor de la saga busca en todas y cada una de los films de Viernes 13.




El director de Viernes 13, Parte IV, El Capítulo Final es Joseph Zito, señor que ultrajó memorables bodrios ochenteros como Desparecido en Combate o Red Escorpión, tipo de cine con el que me crié, como ya he comentado alguna vez aquí. Curiosamente y contra todo pronóstico su trabajo es muy resuelto, su impronta es adecuada y parece conocer los resortes no sólo de la saga, sino del cine de terror de la época. Suyas son algunas de las mejores y más logradas escenas de asesinatos por parte de Jason, incluso acierta al mostrar algunas en toda su crudeza y otras en off, sugiriéndolas más que mostrándolas. Para el recuerdo las dos memorables secuencias en slow motion donde los especialistas en escenas de riesgo dan lo mejor de sí mismos.




La estructura es la básica de toda la saga. Casa aislada en un bosque, jóvenes con ganas de beber, meterse estupefacientes en el cuerpo y copular como conejos. Posteriormente la mayoría de ellos van cayendo como moscas cuando el bueno de Jason entra en escena. Entre los actores podemos ver caras hasta cierto punto conocidas, como la de Crispin Glover, con mítica secuencia de baile epiléptico, o el gran Corey Feldman cuando aún era un adolescente, interpretando a Tommy, un crío aficionado al maquillaje cinematográfico de terror, alusión nada velada a Tom Savini, diseñador del personaje de Jason y creador de los efectos de maquillaje tanto en esta entrega como en la primera.




Por varios motivos la saga debió acabar en esta cuarta entrega. No sólo porque es un film muy resuelto con momentos memorables o porque destila hemoglobina, tensión, desnudos gratuitos, personajes entrañablemente odiables y humor negro por todos sus fotogramas, sino porque su final, con una malsana perversidad, hubiera sido el mejor cierre para la franquicia y sobre todo, porque la quinta entrega, de la que hablaré dentro de poco, baja el nivel alarmantemente y traiciona todo el legado de las primeras entregas convirtiéndose más que en otra secuela, en una basura infecta que no hay por donde coger.


Wall Street: El Dinero Nunca Duerme



Título Original: Wall Street, Money Never Sleeps (2010)
Director: Oliver Stone
Guión: Allen Loeb & Stephen Schiff
Actores: Shia LaBeouf, Michael Douglas, Carey Mulligan, Susan Sarandon, Frank Langella, Josh Brolin, Eli Wallach, Charlie Sheen


Trailer


Sin duda alguna, 23 años, son muchos años. El cine ha cambiado, la sociedad ha cambiado y por desgracia la economía a nivel mundial ha cambiado aún más y para mal. Oliver Stone también ha cambiado, como cineasta, como autor y como persona con unas convicciones políticas muy marcadas y nada (auto)complacientes dentro del cine estadounidense. Tras unos cuantos trabajos que no rindieron debidamente en taquilla en su país de origen y varios documentales de corte muy personal, y algo panfletario, sobre Fidel Castro, Hugo Chávez y el conflicto de Oriente Medio, Stone decidió volver al seno de Hollywood para realizar una nueva obra dentro de los cánones del cine comercial americano y qué mejor que hacerlo apostando sobre seguro realizando la secuela de uno de sus mayores éxitos.




Wall Street era una crónica negra sobre el despótico mundo de la bolsa, y la especulación utilizando como excusa un entramado cinematográfico sobre el ascenso y caída de un joven broker, Bud Fox interpretado por Charlie Sheen, que llegó a lo más alto del mundo de las finanzas gracias a las enseñanzas de un moderno Mefistófeles (enorme Michael Douglas como Gordon Gekko) que finalmente le acabó por traicionar. La cinta es un producto perfecto en fondo y forma, con algún apunte fallido, que sirvió para que Stone pusiera sobre la palestra hasta donde puede llegar el capitalismo cuando está fuera de control.




En cambio Wall Street, el Dinero Nunca Duerme es todo lo contrario a su antecesora. La última película de Oliver Stone es un melodrama puro y ante todo una obra vivamente cinematográfica cuya trama se encuentra localizada en un contexto tan concreto como el mundo de las finanzas en una época como la actual, en la que una grave crisis económica (genial el pulso del director cuando realiza la escena de la llegada de la misma) a nivel global como la que estamos sufriendo desde hace unos dos años arrasa con todos los sistemas económicos de las grandes potencias mundiales que han visto sus índices bursátiles caer en picado en la bolsa.




Por eso esta secuela no es tanto un análisis al escalpelo de la situación de la economía de Estados Unidos, como una película de personajes. A pesar de que Stone hable de el mal momento financiero actual, de que plantee con acierto que el uso de las energías renovables es una posible solución al problema (muy acertado lo de mostrar que el desarrollo y uso de las mismas por parte de los empresarios es más una excusa para ser políticamente correctos y callar bocas que una verdadera inversión económica a largo plazo), que ponga en la palestra el tema de la nacionalización de los bancos y que retrate a esos carroñeros de las inversiones como mafiosos en despachos ténebres que recuerdan inevitablemente a la trilogía de El Padrino (la presencia del gran Eli Wallach ayuda, ciertamente) lo que realmente le interesa son las relaciones emocionales entre sus protagonistas.




La principal misión del director de Salvador es hablarnos de como un antiguo genio de la especulación inmobiliaria y las curvas estadísticas como Gordon Gekko se reinserta en una sociedad que hace que sus antiguos e ilegales chanchullos financieros queden en una nimiedad si los comparamos con el uso que se hace a principios del S XXI de el tráfico de influencias, la célebre información privilegiada y el acoso y derribo de unas empresas a otras en el mercado de valores de Wall Street del New York actual. Reflejado todo esto en el papel de Bretton James interpretado por el siempre correcto Josh Brolin.




Stone nos relata que a pesar de los años y de que con su cámara quiera deleitarse con la vejez de un espléndido Michael Douglas, Gekko es una bestia de las finanzas y siempre lo será, aunque lo humanice e incluso le dé un corazón. Gordon no da su brazo a torcer y nunca se rinde, el director lo comprende y acaba haciendo algo que ya se apuntaba en la anterior entrega, rendirse ante la fascinación que le produce su propia criatura, este villano, este tiburón que lleva el juego y la avaricia en la sangre y que sólo ante la visión de dar un futuro próspero a su descendencia permite ser, en cierta manera, domado u domesticado.




La relación entre los personajes de Shia LaBeouf y Carey Mulligan está bien planetada y la trama se desarrolla con la misma como núcleo central. No aporta nada nuevo en el apartado dramático que no se haya visto previamente, pero la influencia del mesiánico personaje de Gekko (que no está omnipresente en la película, pero cuya sombra se percibe a lo largo de todo el metraje como una presencia que se mueve entre la amenaza y la complicidad) le da un toque de inestabilidad a la misma y con ello, en cierta manera, la enriquece. El protagonista de Transformers mantiene la compostura de buena manera y lleva el peso del protagonismo principal con corrección y la intérprete de An Education se revela como una excelente actriz de drama a la que le espera un interesante futuro si sabe elegir sus proyectos.




Si hay algo que sorprende de Wall Street, Money Never Sleeps es la dirección de Stone. Su puesta en escena vuelva a ser dinámica y con mucha potencia, pero parece haber dejado de lado los aspavientos con la cámara, las tomas rebuscadas y los abusos con el montaje (que sólo se deja notar en algunos pasajes de la secuencia dentro del metro) que caracterizaron su estilo desde principios de los 90 hasta la actualidad. La única concesión al artificio que tiene su trabajo es el uso de la polivisión, el de algunos planos digitales que no molestan demasiado y cierta delectación con la forma de su producto, dejando a veces de lado el fondo del mismo. Donde sí mete la pata es en la innecesaria simbología que destila el proyecto y que ha metido con calzador. Desde las gratuitas y torpes referencias pictóricas de Saturno Comiéndose a su Hijo de Goya hasta lo de las pompas de jabón que de simple y estúpido produce vergüenza ajena. Fallo que le perdonamos por tener detalles como algunos diálogos memorables y el genial cameo de Charlie Sheen, entre la autorreferencia, la ironía y el sano cachondeo.




Oliver Stone ya no es el que era, a pesar de que nunca aburre y siempre da que hablar, su mejor época ha pasado (aunque yo siempre seré un firme defensor de su Alejandro Magno). Actualmente sólo le podemos pedir que de vez en cuando nos ofrezca buen cine de entretenimiento inteligente como esta Wall Street, el Dinero Nunca Duerme. Obra que nos deja claro que aquel comprometido director de Platoon, El Cielo y la Tierra o Un Domingo Cualquiera se hace mayor y por qué no decirlo, más conservador, ya que el hecho de que dé más pie a la polémica en su país cuando se entrevista con Fidel Castro o Hugo Chávez que con su antaño cine punzante y combativo es la prueba irrefutable de que al igual que con otros autores como Scorsese, De Palma o Coppola su época dorada quedó en el pasado.



viernes, 8 de octubre de 2010

Viernes 13, Parte III, desmembramientos en 3D



Título Original: Friday the 13th Part 3 (1982)
Director: Steve Miner
Guión: Martin Kritosser & Carol Watson
Actores: Dana Kimmell, Paul Kratka, Tracie Savage, Jeffrey Rogers, Catherine Parks, Larry Zerner, David Katims, Rachel Howard




Viernes 13: Parte III supone la tercera entrega da las andanzas del icónico asesino en serie Jason Voorhees siempre acompañado de armas blancas a la búsqueda de adolescentes a los que trinchar como pavos si deciden acercarse al campamento Crystal Lake o sus inmediaciones. Es todo un acierto que Steve Miner siga ocupando la silla del director y aunque no muestra tanto oficio como en la entrega anterior, su trabajo sigue siendo sólido y las escenas de violencia bestiales, censuradas en su momento en muchos países de Europa.




La principal carencia del film reside en que los productores decidieron seguir la estela de las dos anteriores entregas pero añadiendo un no muy acertado toque de modernidad, idea que ya se vislumbra en los títulos de crédito con un score musical que recuerda demasiado al tema Thriller del bueno de Michael Jackson, debido a que la cinta se estrenó en el en su momento innovador, después desfasado y hoy día más en boga que nunca, formato 3D. Pero el que nos ocupa era el clásico propio de las gafas bicolor que conseguían el efecto esperado, unas veces con más éxito y otras, de cara a un espectador que podía disfrutar la experiencia asimilándola siempre como una simpática e innecesaria chuchería.




El resultado es que la cinta al pasarse al formato 2D perdió en calidad de imagen, sobre todo en lo referido a los fondos, y durante su metraje se abusan forzosamente de tomas en las que cuchillos, palos, ojos, porros y demás objetos inanimados son acercados de manera exagerada por los actores a la cámara, ideas que aumentaba la sensación de realismo que aplicaba el 3D a las imágenes de la cinta . Por lo demás todo correcto, guiños a las otras dos entregas de la saga y a algunas cintas de terror clásicas. Un reparto de muy buen ver, pero pésimo interpretativamente hablando, y mucha hemoglobina arrojada contra la platea.




Después de tantos años llama la atención lo bien realizadas que están estas secuelas de Viernes 13 desde el punto de vista técnico. Friday the 13th Part III deja en evidencia a la mayoría de continuaciones del cine de terror actual confirmando de manera vehemente que los directores de encargo de los años ochenta como Steve Miner, Fritz Kiersch, Lewis Teague, Daniel Attias o Tom Holland eran mejores artesanos que los contemporáneos, aquellos que sin explosiones y efectos especiales no saben vendernos nada minimamente decente debido a su impersonalidad como realizadores.


Viernes 13, Parte II, black friday



Título Original: Friday the 13th Part 2 (1981)
Director: Steve Miner
Guión: Ron Kurz
Actores: Amy Steel, John Furey, Adrienne King, Kirsten Baker, Betsy Palmer




Viernes 13, la cinta de culto dirigida por el normalmente productor Sean S. Cunningam supuso un considerable éxito de taquilla en 1980. Por lo tanto era lógico que poco tardara una sorprendida Paramount Pictures en retomar la historia de Jason Voorhees con una secuela que nos hiciera volver al campamento de Crystal Lake para seguir las andanzas del que en un futuro sería un incuestionable icono dentro de los slashers en particular y el cine de terror en general. Sin más demora, en 1981 se estrenó Viernes 13 II (Friday the 13th, Part 2) contando en su reparto con Amy Steel, John Furey, Adrienne King, Kirsten Baker, Warrington Gillette o la indispensable Betsy Palmer




Esta más que correcta secuela está dirigida por el productor de la primera entrega Steve Miner. Algo que llama poderosamente la atención en un producto como este, a parte de sus notables similitudes con la primera entrega, es el oficio y la profesionalidad de su responsable en la dirección, que rara vez a pasado de artesano mediocre en trabajos posteriores detrás de las cámaras. Sorprende gratamente ver algunos planos realmente elaborados, y no hablamos sólo de las excelentes escenas de asesinatos, sino de esas secuencias destinadas a inquietar al respetable por medio de la atmósfera, la música y la planificación de tomas.




La película arranca por medio de una muy eficiente introducción centrada en el personaje de Alice, interpretado por Adrienne King, la única superviviente de la Viernes 13 original. Este prólogo sería homenajeado de manera directa por Wes Craven y Kevin Williamson en el de Scream ya que ambos están construidos de la misma manera y con parecida intencionalidad narrativa. Después todo se desarrolla nuevamente en un campamento, muy cercano a Crystal Lake, en el que un Jason Voorhees aún sin su celebérrima máscara de hockey irá matando uno a uno a los imberbes jovenzuelos que osen invadir sus tierras.





En esta segunda  entrega es en la que comienza a forjarse la leyenda de Jason Voorhees como uno de los iconos más reconocibles de la cultura pop. Aunque ya hemos mencionado que todavía no portaba aquí su célebre máscara de hockey el saco utilizado para tapar su rostro resulta incluso más intimidante. Lo que sí se afianza en esta Viernes 13: Parte II es la brutalidad física y el ingenio del hijo de Mrs. Voorhees a la hora de eliminar a los jovénes campistas a los que da caza y masacra con todo tipo de armas blancas. Es de recibo mencionar que esta primera encarnación adulta de Jason fue interpretada por el actor Warrington Gillette, que no volvió a interpretarlo en entregas posteriores, pero hizo un magnífico trabajo en la que nos ocupa.



Viernes 13: Parte II es una cinta muy disfrutable cuyo mayor acierto es reincidir en los hallazgos formales de la primera parte manteniendo su espíritu y acentuando la brutalidad de aquella, no precismante poca. Tanto la correctísima y profesional dirección de Steve Miner como la explotación, sin llegar a ser abusiva, de las virtudes que destilaba la primera cinta realizada por Sean S Cunningam y escrita por Victor Miller dan cierta entereza a esta muy apetecible secuela, formalmente bien acabada y con momentos para el recuerdo dentro de la saga. Como todos sabemos esta segunda parte sólo era el inicio de una franquicia interminable perdiendo fuelle en cada nueva entrega, pero que todavía nos depararía alguna sorpresa agradable.


viernes, 1 de octubre de 2010

El Cebo, trampa para un criminal



Título Original: El Cebo/Es Geschah Am Hellichten Tag (1958)
Director: Ladislao Vajda
Guión: Hans Jacoby, Ladislao Vajda y Friederich Dürremant basado en la novela de éste último
Actores: Heinz Rühmann, Sigfrit Steiner, Gert Fröbe, Siegfried Lowitz, Michel Simon, Heinrich Gretler





Ladislao Vajda fue un director húngaro que se asentó en España. Una vez aquí dio forma a una, prolífica y en ocasiones destacable obra cinematográfica dentro de nuestras fronteras. De los films que realizó es de recibo destacar el que más fama le dio y que acabó convirtiéndose en un clásico de nuestro cine, Marcelino, Pan y Vino, largometraje extremadamente coyuntural de corte religioso protagonizado por el entrañable Pablito Calvo en 1955. Tres años después de este rotundo éxito, Vajda rodó una co producción entre España, Alemania y Suiza titulada El Cebo (Es Geschah Am Hellichten Tag en el alemán original en el que fue rodada la película) que adaptaba el libro La Promesa del escritor Friederich Dürremant.




El Cebo es una de las obras más injustamente olvidadas de nuestra cinematografía. Ladislao Vajda consigue posiblemente el trabajo más sólido, maduro e incisivo de toda su carrera cinematográfica. Es Geschah Am Hellichten Tag trata un tema que si aún hoy es incómodo de tratar, no quiero ni pensar cuánto de tabú tendría en 1958. Las agresiones físicas dirigidas a menores de edad y de manera más solapada, pero siempre presente como una amenazadora sombra, la pedofilia, latente en la historia pero nunca abordada de manera explícita.




La historia sobre un policía que en el día de su jubilación recibe el cometido de investigar el caso de una niña asesinada, encontrada por un vendedor ambulante que es tomado inmediatamente y bajo cierta coacción por parte de las fuerzas de la ley como el principal sospechoso del crimen es tensada como un hilo gracias al mesurado control que ejerce el guión (co escrito por el autor de la novela en la que se basa) sobre la narrativa y a la exquisita y acertada dirección de Vajda, que se mueve entro lo elegante y lo escabroso con asombrosa naturalidad y destreza, pero nunca adentrándose en terrenos sensacionalistas o morbosos.




Es casi imposible que el espectador avispado al ver El Cebo no piense en el clásico del cine alemán M, el Vampiro de Düseldorf. Esta afirmación por mi parte no es ninguna arbitrariedad, ya que Vajda inyecta a su oscuro thriller dramático una estética y un tipo de narración que recuerda a la impronta que Fritz Lang depositó en aquella obra maestra seminal adelantada a su época y protagonizada por un inolvidable Peter Lorre. Por no mencionar que la temática central sobre los asesinatos relacionados con niños (y más sutilmente la posible existencia de actos relacionados con la pederastia) está presente en ambos largometrajes.




También es conveniente recordar que en el año 2001 el actor Sean Penn en su faceta de realizador dirigió otra adaptación, (me consta que hay otra más incluso, pero la desconozco) de la novela de Dürremant. Titulada El Juramento (The Pledge), la tercera película del protagonista de Mystic River detrás de las cámaras era un soberbio thriller sustentado en la magnífica interpretación de un contenido y memorable Jack Nicholson con las espaldas cubiertas por un buen reparto de secundarios y un guión escrito a cuatro manos por Jerzy y Mary Olsen Kromolowski lleno de momentos dramáticos bastante remarcables.




La visión que dio Penn es muy distinta a la planteada por Vajda en la cinta que nos ocupa, ya que el guión de esta versión incidía más en psicología obsesiva del policía protagonista logrando con ello un veraz y aterrador retrato sobre el paso de los años y la vejez. También el final de esta producción es bastante más desesperanzador y nihilista que el de la rodada en 1958. Lo único que fallaba en El Juramento era mismamente la dirección de Sean Penn, que pecaba de artificiosa y efectista en algunos pasajes que debían transmitir cierto tono naturalista que no se conseguía.




El aterrador miedo a la posibilidad de que un desconocido corrompa la inocencia de nuestros hermanos e hijos es el tema principal que un excelente proyecto tan memorable como El Cebo aborda con acerada pero humana veracidad. Vajda y Dürremant nos relatan un sombrío cuento de hadas con sus ogros, sus princesas en apuros y sus caballeros andantes (Charles Laughton lo hizo antes con La Noche del Cazador y Guillermo del Toro lo hará años después con El Laberinto del Fauno, sin olvidarnos de gran parte del grueso de la obra de Terry Gilliam) en el que hay cabida incluso para la luminosidad en ese final casi ensoñador en el que esa marioneta agarrada por una mano ensangrentada nos deja entrever que algo tan inmaculado como la pureza de la infancia puede ser corrompida por el complicado, egoísta y a veces absurdo mundo de la adultez.


miércoles, 29 de septiembre de 2010

Asalto a la Comisaría del Distrito 13, solos ante el peligro



Título Original: Assault on Precint 13 (1976)
Director: John Carpenter
Guión: John Carpenter
Actores: Austin Stoker, Darwin Joston, Laurie Zimmer, Martin West, Nancy Loomis, Tony Burton, Charles Cyphers





En 1976, tras unos cuantos cortometrajes y una ópera prima titulada Dark Star, producto sci-fi de serie B que pasó sin pena ni gloria por las carteleras, un todavía desconocido director norteamericano llamado John Carpenter dio su primer puñetazo en la mesa del cine 3estadounidense de género de los 70 con su segundo largometraje Asalto a la Comisaria del Distrito 13 (Assault on Precint 13),. Primer éxito del realizador y pieza de culto dentro de una atípica estirpe de celuloide policíaco poco común para la época con el que se daría a conocer a nivel internacional como cineasta.




John Carpenter es un rendido fan del western, sobre todo de los que dirigió su idolatrado Howard Hawks. De alguna manera todas sus obras tienen algún toque, algún personaje o situación que recuerdan a dicho género. Antihéroes viriles e impertérritos, mujeres de fuerte carácter, (paradójicamente también algo de machismo) tiroteos, extranjeros que llegan a pueblos donde no son bien recibidos e incluso zonas glaciales o desérticas inhabitables por el ser humano utilizadas como contexto espacial. Posiblemente de todas sus películas las que más se acerquen al cine del oeste sean la que nos ocupa y esa maravillosa oda al celuloide maldito, bastardo, sucio y polvoriento llamada Vampiros de la que hablaré en otro momento.




Asalto a la Comisaria del Distrito 13 es a primera vista un mix. Una mezcla nada velada de dos films clave en dos géneros completamente distintos como son el western y el cine de terror. Por un lado tenemos el referente más claro y lógico, Rió Bravo, el clásico de Howard Hawks, del que toma la estructura, el carácter de algunos personajes y gran parte de la trama central. El otro es la inmensa La Noche de los Muertos Vivientes (Night of the Living Dead) de George A. Romero, de la que se apropia detalles como la raza del protagonista o el asedio por parte de individuos casi sin rostro totalmente despersonalizados, parecidos a zombies, al grupo de protagonistas sobre el que recae el peso de la trama.




Asalto a la Comisaria del Distrito 13 es lo más parecido a tomar muestras genéricas de la época como los policíacos de Sidney Lumet o cintas crepusculares como Los Nuevos Centuriones (The New Centurions) de Richard Fleischer e introducirlas en un mundo donde se rigen leyes como las del cine de terror y suspense. Géneros al que el mismo John Carpenter terminaría rindiéndose, regalándoles poco después una buena manita de obras maestras, algunos largometrajes del todo memorables y, haciendo honor a la verdad, también algún producto fallido.




Por eso Assault on Precinct 13 es algo más que un policíaco, un western o una cinta de terror. Es un compendio, una perfecta unión de géneros, la muestra de que detrás de la cámara se encontraba un excelente director sabiendo medir los tiempos para crear intriga (toda la secuencia de la furgoneta de helados, con bestial resolución final, a día de hoy impensable en el cine actual) capaz de desdibujar la línea entre héroes y villanos (esos policías expeditivos, presos con un estricto sentido del honor) y pudiendo sacar provecho con pocos medios y mucha imaginación de una localización tan encorsetada para desplegar un equipo re rodaje como una comisaría de policñia.




John Carpenter se sirve del asedio al edificio para poner a sus personajes en situaciones de supervivencia extremas, en una zona de guerra dónde ya no existen buenos o malos, policías o presos, o jerarquías de ningún tipo y con ello consigue que el espectador eluda realizar juicio moralista alguno sobre los personajes, que de una manera u otra son los clásicos estereotipos, y se centre sólo en si conseguirán sobrevivir a esa noche desquiciada en la que se ven implicados en un ataque por una horda de pandilleros ávidos de sangre y venganza ciega.




Un inolvidable producto pulp de la mejor y más genuina serie B. La primera muestra de que John Carpenter era un director tan portentoso que a veces el mismo género de ciencia ficción y terror le quedaba pequeño a la hora de mostrar sus dotes como narrador cinematográfico y autor con marcada personalidad. Por último decir que tengo en mi poder el remake de esta Asalto a la Comisaría del Distrito 13, que data del 2005, pero este ya con reparto estelar y el francés Jean François Richet como director. Realizador muy de moda desde que hace dos años realizara un díptico sobre su compatriota el gangster Jacques Mesrine con Vincent Cassel como protagonista. Tanto del remake de la de Carpenter como de las dos partes del biopic de Mesrine hablaré dentro de poco por estos lares.


viernes, 24 de septiembre de 2010

Machete, la ley de la frontera


Título Original: Machete (2010)
Director: Robert Rodriguez & Ethan Maniquis
Guión: Álvaro Rodríguez & Robert Rodríguez
Actores: Danny Trejo, Robert De Niro, Jessica Alba, Michelle Rodriguez, Steven Seagal, Lindsay Lohan, Cheech Marin, Don Johnson, Jeff Fahey, Tom Savini


Trailer


Cuando Quentin Taranino y su amigo, yo diría que casi pareja, Robert Rodriguez decidieron resucitar el cine de serie B de sesión doble con aquel interesantísimo proyecto llamado Grindhouse (díptico del que hablaré próximamente aquí), que ofreció mucha calidad y divertimento, pero que no funcionó economicamente como debiera en las taquillas, llamaron a algunos colegas directores como Eli Roth, Rob Zombie o Edgar Wright para que hicieran unos falsos trailers que, en un afán por que la experiencia de Grindhouse fuera lo más realista posible, promocionaran los futuros estrenos de unas películas que realmente no existían.





Se hicieron cuatro, Don´t el de Wright, Thanksgiving el de Roth, lo mejor que ha rodado en su vida junto a Nation's Pride, Werewolf Woman of the SS el de Zombie y Machete (esta versión no tiene las escenas de tetas, lo siento) cuya realización se la reservó Rodríguez. Los cuatro eran divertidísmos y estaban hechos con tanta mala baba como cariño. El último de ellos tuvo un éxito rotundo, sobre todo aquí en nuestro país, ya que gracias a la distribución de mierda que hizo Aurum de Grindhouse es el único que en España pudimos ver por vía legal ya que precedía la proyección de Planet Terror.




La gente pedía a gritos una película para Machete, ya que aquellos poco más de 2 minutos de imágenes tenían suficiente potencial como para dar forma a un divertimento descerebrado que siguiera la estela de Planet Terror y Death Proof, pero con una tonalidad diferente. Finalmente en este año 2010 se estrenó un film basado en el personaje interpretado por Danny Trejo, dirigido al alimón por Robert Rodriguez y su habitual director de montaje Ethan Maniquis, algo que pocos se esperaban. El resultado no es ni más ni menos que lo que toda persona que haya visto el falso trailer esperaría.




Machete es un western fronterizo pasado por un bestial filtro de cine exploit setentero. Un producto sustentado en todo tipo de mestizaje (cinematográfico o racial) lleno de excesos, violencia, personajes inverosímiles y acción descontrolada que en bastantes ocasiones es puesta en escena sin sentido alguno. Un ejercicio disparatado realizado de dicha manera con toda la intencionalidad posible por parte de sus creadores, unos señores que sólo aspiran a entretener al espectador con una historia pasada de rosca que se hace fuerte usando todos los clichés propios del cine de acción en beneficio propio, siendo consciente de que en la hiperbolización de lo sucio, lo poco creíble, lo exagerado y lo autoparódico reside la mayor de sus virtudes.




El referente más directo de Machete está dentro de la obra del mismo Rodríguez y vendría a ser su trilogía sobre le personaje de El Mariachi y sobre todo su tercera entrega, El Mejicano (Once Upon a Time in Mexico). Pero los directores, y supongo que los primos Rodríguez en el guión, meten homenajes en forma de escenas (la de la iglesia con Cheech Marin recuerda al final de The Killer, la obra más recordada de John Woo en su etapa china) o incluso personajes, a todo tipo de celuloide ya sea americano, europeo o asiático. Sirva como ejemplo de esto el rol de Michelle Rodriguez, que al igual que la Elle Driver que interpretó Daryl Hannah en la Kill Bill de Tarantino, es en su estética un homenaje directo a la protagonista de Thriller, En Grym Film obra de culto dirigida por el sueco Bo Arne Vibenius en 1972.




Sólo se le pueden echar en cara un par de cosas a Machete. La primera es que no sea aún más descerebrada de lo que ya es, como sí lo era Planet Terror que no buscaba excusa alguna para llenar la pantalla de acción desmesurada. Las escenas de violencia exagerada y gore son muchas en la cinta y están perfectamente ancladas en lo exagerado y paródico, pero deberían abundar más. Los Rodríguez y Maniquis dedican minutos a explicar una trama que es de por sí simple y plana (porque la naturaleza del producto así lo demanda) y de la que el espectador no espera rigor, ni coherencia, porque si está viendo este tipo de cine es porque no las necesita o huye de ellas.




La segunda es la más grave y es que tanto la prensa especializada como los autores del film (que entraron de manera estúpida en el juego) comparen el actual tema de la inmigración en el estado de Arizona en norteamérica con la subtrama de la película sobre el racismo, la frontera con México y los políticos estadounidenses de ultraderecha, que en la trama es una tontada, una excusa de brocha gorda para poner en escena unos malos sin corazón delante del protagonista para que este les rebane el pescuezo sin piedad. Que los autores den su opinión sobre el tema me parece correcto, es más yo estoy de acuerdo con muchas de las declaraciones que hicieron durante la promoción de la película. Otra cosa es que se tome Machete como una buque insignia contra aquella injusta ley, eso ya me parece un disparate digno de críos de secundaria.




Robert Rodríguez, que por cierto es un director que tardó mucho en ganarse mi respeto a pesar de que su cine siempre me ha entretenido, está viviendo un momento dulce desde que hizo Sin City (no cuento su cine dirigido a la chavalería porque no he visto ni una sola de esas películas, ni tengo muchas ganas de hacerlo) ya que desde que adaptó los célebres cómics de Frank Miller nos está ofreciendo las que para mí son sus mejores obras como cineasta. Machete es, aparte de un vehículo para el lucimiento del gran Danny Trejo, una muestra racional de cine irracional, un producto espídico, bruto, carismático, autoparódico (esos créditos finales con los coming soon) que sirve como excelente complemento de Grindhouse. Ahora a ver sí se animan Roth, Zombie y Wright a hacer films con sus Fake Trailers. Sería algo antológico que el menos yo no me perdería por nada del mundo.