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domingo, 6 de noviembre de 2011

Fando y Lis, no hay mayor dolor en el infortunio que recordar el tiempo feliz




Título Original Fando y Lis (1968)
Director Alejandro Jodorowsky
Guión Alejandro Jodorowsky basado en la obra teatral de Fernando Arrabal
Actores Sergio Kleiner, Diana Mariscal, María Teresa Rivas, Elizabeth Moore, Vicente Moore




El chileno Alejandro Jodorwosky es todo un personaje del panorama internacional, un hombre del Renacimiento en pleno siglo XXI. Escritor, compositor, marionetista, tarotista, poeta, mimo, dibujante, dramaturgo, creador de la Psicomagía y practicante de la misma, reputadísimo guionista de cómics y director de cine. Para unos un genio, para otros un vendedor de humo. Hoy nos ocuparemos de la que fue su ópera prima en su faceta como cineasta. En 1968 el creador de El Incal estrenó su primera y polémica película como realizador titulada Fando y Lis, rodada con escasos medios y en blanco y negro.




Fando y Lis está basada en una obra teatral (mediocre según las palabras de su autor) del peculiar, genial y muy pasado de rosca dramaturgo español Fernando Arrabal, un personaje y autor genial que de puro chalado desprende una ternura y simpatía incontestables. Él junto a Jodorowsky y el pintor e intérprete francés Roland Topor crearon el Grupo Pánico. Un movimiento teatral que puso en escena obras de un profundo surrealismo llenas de dualidad, locura existencialista y barroquismo estilístico y narrativo. A dicha ola se adhiere esta versión cinematográfica de la pieza del escritor español, llevada a imágenes por su amigo chileno y protagonizada por unos arrebatadores Sergio Kleiner y Diana Mariscal, los actores que interpretaron previamente la obra en las tablas.




Fando y Lis narra la peculiar relación sentimental de una pareja de amantes (impotente él, inválida ella) que buscan la ciudad de Tar, lugar donde pasarán en permanente felicidad el resto de sus vidas. Pero el camino hacia dicho lugar es complicado ya que Fando y Lis tendrán que enfrentarse a una sociedad cruel y sin sentido que los marginará impidiendo que lleguen a su destino por medio del rechazo, la incomprensión y la violencia. Ambos afrontarán su futuro y sus propios demonios interiores durante el complicado trayecto.




La ópera prima del guionista de La Casta de los Metabarones es un surrealista y dantesco (hay múltiples referencias a La Divina Comedia y al averno retratado en dicha obra del escritor italiano ya desde las ilustraciones de los títulos de crédito) viaje a un infierno localizado en la tierra. Un film que renuncia a una estructura narrativa coherente y que se entrega a unos códigos encriptados dificilmente descifrables con los que se crítican distintos aspectos de la sociedad contemporánea como los prejuicios, el clasismo, la pedofilia (de manera elegante y bastante solapada), la crueldad y el egoísmo.




Pero principalmente Alejandro Jodorowsky nos habla sobre desestructurada y autodestructiva relación amorosa y afectiva, la de los protagonistas, regida por un tono dulce y hasta naïf que torna en brutal (Fando) e incluso sadomasoquista (Lis) cuando ambos ven que su camino hacia Tar (que más que una verdadera ciudad parece un inalcanzable estado de ánimo)parece estar lleno de obstáculos y penurias, siendo él maltratado por personajes anónimos y pagando después su frustración con su ella, su pareja, a la que en ocasiones considera un lastre en su vida debido a su condición de paraplegia




Lo cierto es que desconozco la obra de teatro de Fernando Arrabal en la que se basa el film que estamos tratando, pero es notable la influencia de Luis Buñuel (recordemos, miembro del grupo surrealista francés) en el discurso e impronta de un Jodorowsky que apela a la simbólico y la alegoría, adentrádose en ocasiones incluso en la escatología, pero nunca buscando la provocación vacua o pueril y sí mostrando una imaginería ecléctica en el plano estilístico que en un futuro influiría hasta en el mundo de la música, ya que es indudable que imágenes como la de la mujer crucificada entre flores y goteros de hospital dejaría su impronta en videoclips como Tourniquet o The Beautiful People de Marilyn Manson, profundo admirador y amigo cercano del mismo Jodorowsky.




Fando y Lis supuso el atípico, interesante y lacerante (su estreno e México causó la huída de bastantes espectadores de la sala de proyección, incluyendo la del mismo Alejandro Jodorowsky que fue recibido a pedradas) debut en la dirección cinematográfica de este chileno de origen judío y polaco del que seguiré hablando en este vuestro humilde cubil analizando el resto de su filmografía (intentaré no tardar mucho en hablar de El Topo) analizando por un lado sus labor cinematográfica y por otro su trabajo como guionista de cómics que es copioso, atípico y harto interesante.



lunes, 4 de julio de 2011

Enter the Void, omnisciencia cinematográfica después de la muerte




Título Original Enter the Void (2009)
Director Gaspar Noé
Guión Gaspar Noé
Actores Nathaniel Brown, Paz de la Huerta, Cyril Roy, Emily Alyn Lind, Jesse Kuhn, Masato Tanno, Olly Alexander, Sara Stockbridge





Es una empresa complicada, casi imposible para la mayoría, enfrentarse a una película del cineasta argentino afincado en Francia, Gaspar Noé y quedar indiferente con su visionado. Enter the Void es su tercer largometraje y fue presentado en el festival de Cannes del año 2009. Durante su pase tuvieron lugar ciertos hechos ya habituales cuando una de sus cintas es mostrada en alguna competición oficial. Espectadores saliéndose de la sala al poco de iniciar la proyección, otros más aguerridos que aguantan hasta la mitad o la eterna convivencia en la platea entre aplausos enfervorecidos y considerables abucheos.




Gaspar Noé se dio a conocer con el mediometraje Carne, que narraba la vida de un carnicero francés (impagable Philip Nahon) violento, incestuoso y pedófilo a cuyas andanzas dio continuidad en su primer, bestial y prometedor largometraje Solo Contra Todos, obra en la que asentaría sus bases autorales. Utilización violenta de la cámara y el montaje, ausencia casi total de elipsis narrativas, inclusión en pantalla de carteles subliminales o explícitos arrojados contra el espectador, así como una personal y cruenta mirada repleta de agonía existencial sin concesiones sobre el lado más oscuro del ser humano, amparándose unas veces en un hiperrealismo que cortaba la respiración y otras en sensacionalismo que producía vergüenza ajena, sirva de ejemplo el cartel que salía en al recta final del metraje y que nos daba 30 segundos para abandonar el visionado de la cinta y de este modo no asistir a un desfile de violencia supuestamente insoportable.




En el año 2002 llevó el escándalo en la sección oficial del festival de Cannes con su siguiente cinta detrás de las cámaras, Irreversible. La segunda obra cinematográfica de Gaspar Noé era una historia de rape and revenge narrada hacia atrás, destruyendo de esta manera la ley de causa efecto y exigiendo al espectador mayor implicación con una historia angustiosa y brutal en fondo y forma (cámara realizando movimientos giratorios espasmódicos y mareantes, efectos de sonido ensordecedores a 28 khz) protagonizada por tres estrellas del cine francés tales como Vincent Cassel, Monica Belucci y Albert Dupontel. Irreversible como obra posee tantos hallazgos e ideas suicidas con mucho mérito, como pretensiones y pasajes de un efectismo poco acertado. Su paso por el festival causó una agría polémica, por su violencia extrema, su mensaje reaccionario y supuestamente homófobo, pero sobre todo por una dura (realista, directa, sin concesiones podríamos afirmar) escena de 12 minutos sobre una violación en tiempo real. Aunque yo siempre he afirmado que la del extintor que acontece en el Rectum la supera a la hora de causar cierto impacto en el espectador.




Con Enter the Void el público y la prensa especializada ya sabía a que se atenía conociendo la obra previa de Noé. Eso es lo esencial para enfrentarse a una película de este señor, saber que no se corta un pelo a la hora de poner escenas duras en pantalla o mejor dicho, abordar esas escenas de una manera que a otro director ni se le pasaría por la cabeza. Una vez el espectador es consciente de que no sabe lo que se va encontrar (algo que por desgracia se ve muy poco a día de hoy en el mundo del cine y que es algo de mucho valor que se agradece) debe despojarse de prejuicios y acometer el visionado de la obra con una intencionalidad de completa implicación, porque si las obras previas de Gaspar Noé eran de alguna manera difíciles de abordar, su tercera cinta no lo es menos, pero si entramos en su juego seremos partícipes de un ejercicio de estilo cinematográfico original, excesivo, desafiante y único en su especie. A partir de aquí incluyo algunos spoilers de la película.




Ya desde los exagerados, coloristas y martilleantes títulos de crédito (no tan acertados como los de Irreversible) de Enter the Void vemos sin lugar a dudas el sello de su director. Un señor que es capaz de utlizar los carteles en los que se presenta el equipo artístico y técnico de su producto como arma arrojadiza para llamar la atención a todos los sentidos de un espectador que despierta de su letargo y sale de su estado acomodaticio. Más tarde con la sencilla premisa de dos hermanos americanos que viven en Tokyo y la muerte de uno de uno de ellos, Noé nos propone un viaje cinematográfico intra y extracorporeo que no se parece a practicamente nada que se haya podido ver previamente en una pantalla de cine.




Para empezar, el director del corto Sodomites apela a la implicación total y la empatía del espectador al introducir su cámara literalmente en su protagonista. Es decir, lo que viene siendo la primera media hora de la obra está rodada en unos magníficos y en ocasiones geniales (lo de los parpadeos me parece una idea magistral) planos subjetivos. Nosotros mismos somos el protagonista, Óscar. Vivimos su vida, vemos lo que él ve y experimentamos lo que él siente, como cuando se coloca al fumar DMT y empieza a ver imágenes lisérgicas y oníricas llenas de colores que remiten a la obsesiva admiración que Gaspar Noé tiene por 2001, Odisea en el Espacio la obra maestra de Stanley Kubrick.




Cuando llegamos al final de este tramo experimentamos de manera enfermizamente epidérmica y brutal la escena que hace que merezca la pena el visionado de Enter the Void. La de la muerte de Óscar y por ende la nuestra como espectadores. Esa sola secuencia, ese instante, tiene tanto cine puro en su interior, está tan magistralmente expuesta en pantalla que algo muy grande debe hacer Noé para superarla y a fe mía que a pesar de que queda un largo viaje lleno de momentos meritorios (y otros no tanto) no lo consigue. Las manos ensangrentadas del protagonista, esa muerte solitaria, esos sollozos convertidos en súplicas, dan forma a una de las escenas más profundamente reales, tristes y logradas que un servidor ha podido ver en muchos años dentro de un film.




Tras esta parte la cinta crea una ruptura total en la puesta en escena ya que la cámara (el espectador, el narrador) sale de Óscar y se convierte en una entidad extracorporea que sobrevuela la ciudad de Tokyo. Para unos se trata del fantasma del protagonista, para otros (entre los que nos incluímos el mismo director y un servidor) todo es un último sueño en la mente del chico durante su estertor de muerte. Una fuga disociativa que le hace creer ser la presencia demiúrgica de un futuro en el que vela por su desamparada hermana y que realmente sólo está en su cerebro apunto de apagarse al fallecer. Poco importa cual de las dos teorías es la válida o acertada (aquí entraríamos en unos terrenos similares a los de la filmografía del norteamericano David Lynch) Noé se sirve de esta técnica para convertir al espectador en un ser cinematográficamente omnisciente que todo lo ve y al que nada se le escapa.




Esta elección tan arriesgada formalmente es la que sacrifica a gran parte de los espectadores que visionan Enter the Void. Porque de los 155 minutos que tiene el metraje 125 más o menos, si no contamos los flashbacks de Óscar (esta vez rodados desde su propia espalda, otro acierto de Noé sacarnos poco a poco de su personaje, pero ojo, manteniendo los parpadeos que siguen enfatizando la empatía física del espectador con el rol) están planificados en un interminable plano cenital que recorre edificios iluminados de la ciudad nipona, habitaciones, calles, cableados, luces. Esta decisión por parte del cineasta puede irritar y agotar a cierto tipo de espectadores más acostumbrados a que se lo den todo mascado en el plano visual, pero si aceptamos la propuesta la experiencia merece la pena.




A partir de la muerte de Óscar el film torna en un sobrecargado, excesivo y por qué no decirlo, en ocasiones genial ejercicio de estilo cinematográfico de corte voyerista sobre cómo el personaje de Linda afronta la muerte de su hermano. Por otro lado la relación entre ambos es retratada en los flashbacks por Noé bordeando el candor más esplendoroso (puede que ahí estén las imágenes más bellas de su filmografía) pero también el morbo y casi el incesto, siempre con la versión que la compositora de música electronica Delia Derbyshire hizo del Aria para cuerda en Sol de Johann Sebastian Bach sonando de fondo. También destacar, para bien o para mal y como no podía ser menos, que el metraje contiene en su interior todas las constantes autorales de Noé como cineasta al cuadrado.




Un tratamiento del sexo deshinibido por fuera pero considerablemente conservador y hasta crítico en su interior, que curiosamente sólo se muestra con cierta pureza cuando es utilizado como medio para dar vida, hasta con plano digital del interior de la vagina y el pene introduciéndose para dar forma a la concepción en el óvulo por medio del espermatozoide. Una visión del uso de las drogas que se mueve entre la sumisión placentera y la repulsión a causa de sus efectos. Tratamiento crudo de algunas escenas que funcionarían en off o veladas por una elipsis narrativa, pero con las que el director prefiere recrearse considerablemente (la del feto por poner un ejemplo). Una mirada profundamente nihilista acerca de la existencia en la que unos pocos personajes buenos son devorados vivos por los seres egoistas que les rodean y por una sociedad desalmada que los hace llegar a situaciones extremas.




Finalmente tras el bestialmente onírico, cargante y excesivo (aunque también acertado) pasaje del hotel, como en todo clímax final de una obra de Noé la cristalina y luminosa vida se abre camino. Pero todo es falso o está manchado por la inmoralidad (Solo Contra Todos) o destruido por el tiempo (el final de Irreversible es el principio de la historia y ya sabemos como acaba la misma) o por ser un trayecto que puede no ser real porque sucede en la mente de su protagonista, que mezcla recuerdos, imágenes, objetos (las maquetas de la ciudad de Tokyo de su amigo) y personas, como en Enter the Void. Gaspar Noé ya no es tan misántropo como en sus anteriores obras, pero sigue odiando este mundo en el que vivimos y a la mayoría de la gente que en él habita. Un mundo en el que, según él, sobrevivir es un deber y un derecho, en el que vivir es un acto puramente egoista y en el que la muerte no es el paso a otro nivel trascendental ni un camino redentor sino el final de un sólo trayecto, el de la propia existencia terrenal.




Enter the Void debería ser de visión obligada para toda mente inquieta interesada en aventurarse en un producto cinematográfico diferente, rompedor y suicida. Por descontado ese espectador curioso tendrá que enfrentarse a lastres como un metraje excesivo, unas interminables pretensiones, pedantería, barroquismo visual llevado al extremo e incluso una gratuidad enfermiza en la exposición de ciertas escenas que no necesitan un tratamiento tan sensacionalista. Pero el viaje merece la pena, por su naturaleza lacerante, incómoda, vívida, melodramática y catárquica. Un trayecto que nos muestra a un autor en constante evolución (ahora quiere hacer una porno artie, chúpate esa Lars Von Trier) que no sabemos si ha llegado con su última obra a la cumbre de su discurso autoral o si puede adentrarse aún más en él. Lo único que sé es que, como he dicho en numerosas ocasiones, este señor llamado Gaspar Noé, cuya obra me produce tanta fascinación como rechazo, es necesario para despertar del hastío y la rutina a ese encafalograma plano al que llamamos panorama cinematográfico actual.



lunes, 5 de julio de 2010

Gummo, now I'm dancing, It's like a dream, no end and no beginning



Título Original: Gummo (1997)
Director: Harmony Korine
Guión: Harmony Korine
Actores: Linda Manz, Max Perlich, Jacob Reynolds, Chlöe Sevigny, Jacob Sewell, Nick Sutton, Lara Tosh, Carisa Bara





En más de un momento he prafraseado al gran Matías Prats Jr viendo la ópera prima como director del joven guionista Harmony Korine, habitual colaborador del fotógrafo y realizador Larry Clark en la escritura de sus films. Gummo recibió varios galardones en distintos festivales en 1997 y fue durante un tiempo, allá por la segunda mitad de la década de los 90, un notorio estandarte de cierto cine independiente estadonuidense. A día de hoy está muy olvidada y pocos se acuerdan de ella, por suerte para el sentido común.




Gummo, es una enorme hez fecal en imágenes. La primera película de Harmony Korine como director es una soplapollez tal, que decir que es cine es un insulto a la inteligencia del cualquier espectador que se precie de serlo. Gummo no es una película, es el resultado de poner una cámara delante de todos los deficientes mentales, pirados, mendigos y niñatos fumados de tu barrio e ir enlazando las imágenes unas con otras sin sentido o rigor alguno. Sólo para ver como queda, reírte con tus colegas por ver como salís en pantalla y que un puñado de flipados con ínfulas de radicales trasnochados alabe tu talento para retratar una sociedad cruda, decadente y sucia donde la alienación infantil está al orden del día.




Pues no, Gummo no aporta nada en ningún sentido, ni siquiera está rodada porque la cámara está ahí de la misma manera que podía estar metida en un cubo de basura. Korine cuenta lo que le da la gana y por eso mismo no cuenta absolutamente nada, porque realmente no tiene ni zorra idea de lo que quiere hablar. No sólo no hay historia (no siempre es necesario, ahí tenemos muchas muestras de arte y ensayo de calidad dificilmente cuestionable) es que no hay ni personajes. Los mismos son vecinos de barriada mostrados en una especie de vídeo casero rodado en cine que quiere ir de veraz por insuflarle un aire de documental forzadísimo, pero que solo transmite hastío, aburrimiento, indiferencia y en los peores casos gilipollez pura y dura.




Por mucho que hable (de manera estúpida, pero agradecidamente carente de efectismo y sin afán de sensacionalismo) de temas potencialmente complicados y poco agradables como la pederastia, los malos tratos, la violencia de género, el sexo entre retrasados mentales, la carestía económica, el uso de la religión como opio del pueblo, no hay una coherencia conceptual, no existe una verdadera mirada profunda. Todo es un sinsentido repleto de escenas insulsas, improvisadas, exasperantes que no dicen nada, que muestran la más absoluta vacuidad. Korine quiere ir de intimista con sus personajes y lo que en verdad consigue poco tiene de minimalista, transgresor o analítico.




Al director de Julien Donkey Boy le gustaría ser Gus Van Sant, pero como no puede ni queriendo se conforma con aspirar a ser un Todd Solondz sin inteligencia alguna. Aunque al final sólo llega a sucedáneo de su amigo y mentor Larry Clark. Por suerte a Korine no le obsesiona tanto el sexo juvenil (al menos como director, como guionista sí, como pudimos ver en los que le escribió a Clark para Kids y Ken Park) como al realizador de Bully (ay, Larry viejo verde). Porque una de las pocas cosas que se le pueden agradecer a Gummo es que teniéndolo realmente fácil para introducirse en la zafiedad con respecto a ese tema, no lo hace en ningún momento. Esa es otra, esta producción tiene fama de dura e incómoda y dicen que ahí está su mayor triunfo. Ambas cosas son mentira, ni eso son virtudes ni llega a transmitir algo que no sea irritabilidad.




Como ya he dicho previamente, Gummo mo es una película, es el preludio de lo que en un futuro vendría a ser un larguísimo vídeo de Youtube, de esos que graban los colegas para reírse ellos mismos, con gilipollezces localistas que los hacen artificialmente felices alentando una falsa camaradería. El proyecto del que hablo en esta entrada es un descomunal "Contigo no, Bicho" o "La he liao Parda" (¡una secuencia de 5 minutos con un tío rompiendo una silla a patadas ante las risas de sus amigos dementes!), que a mí al menos nada me interesa o aporta. Para colmo cuando quedan diez minutos de metraje, Korine descubre que puede mover la cámara y hacer un travelling y... ¡crear cine, del real!. Una pena, a esas alturas estoy debatiendo conmigo mismo sobre si darle un patada al monitor del ordenador o ir a su barrio y quemarlo hasta los cimientos con vecinos incluidos.


viernes, 4 de septiembre de 2009

Begotten, génesis perversa


Título Original Begotten (1990)
Director: E.Elias Merhige
Guión: E. Elias Merhige
Actores: Brian Salzberg, Donna Dempsey, Stephen Charles Barry



Diez años antes de que el director estadounidense E. Elias Merhige (New York, 1964), se introdujera de lleno en el cine convencional de Hollywood con la excelente, e infravaloradísima, La Sombra del Vampiro, que convertía al actor Max Schrek en un verdadero vampiro dentro del rodaje de la mítica Nosferatu, sorprendió a propios y extraños con Begotten, su ópera prima como director de largometrajes. Una cinta independiente que causó bastante revuelo en gran parte de los círculos de cine experimental y de arte ensayo norteamericano durante su estreno allá por el lejano año 1990.





Begotten no se puede valorar como un producto cinematográfico al uso, todo en él es tan atípico, inusual y cargante que Cabeza Borradora de David Lynch o Pi, Fe en el Caos de Darren Aronofsky parecen cintas comerciales a su lado. Merhige renuncia desde el inicio del film a la narración convencional, al color, a los diálogos, ausentes durante todo el metraje, y a dar explicación alguna sobre lo que nos está mostrando en pantalla. Nada más ni menos que un cúmulo de escenas efectistas, grotescas, pornográficas, alegóroicas, expresionistas, con ramalazos de la Nouvelle Vague más pedante y dejándose influenciar por la estética biomecánica y pesadillesca de cineastas como Shinya Tsukamoto o artistas como H.R Giger.




Begotten es la experiencia cinematográfica más extraña y paronóica jamás realizada, al menos de las que un servidor haya visto. Según su creador la misma es una visión alegórica de dios y la humanidad a través de los ojos de un esquizofrénico. El realizador con su sobreexpuesto blanco y negro, su afán por ser diferente, y en ocasiones hasta ofensivo, triunfa en gran parte visto el resultado de su obra. Pero en verdad su trama no tiene sentido alguno y sólo unas pocas explicaciones se dan cuando los créditos finales toman forma delante del espectador. ¿Nos está vendiendo humo el director? Posiblemente, pero con mucho estilo, todo hay que decirlo, y así da gusto gastarse uno el dinero y el tiempo en la tóxica supensión nacida de las cenizas.




No sabría decir si Begotten es una obra única en la historia del séptimo arte o uno de los timos más grandes jamás realizados, confirmando la idea de que cualquier inepto sin conocimientos de guión, dirección y producción puede hacer cine. Pero como a otros muchos, su visionado no me dejó indiferente, con eso, por ahora, me doy por satisfecho. Una pena que tras sólo dos películas más, la mencionada La Sombra del Vampiro y Sospechoso Cero, perdiéramos la pista a E. Elias Merhige y al arriesgado suicida artístico que nació en este debut detrás de las cámaras y nunca volvió a dar señales de vida.