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jueves, 30 de junio de 2016

Buscando a Dory



Título Original Finding Nemo (2016)
Director Andrew Stanton y Angus MacLane
Guión Victoria Strouse y Andrew Stanton




Si el pasado 2015 tuvimos doble ración de Pixar (ya que en 2014 la productora estuvo en barbecho) con la ingeniosa y celebrada Del Revés (Inside Out) y la entrañable e infravalorada El Viaje de Arlo (The Good Dinosaur) el presente 2016 no se libra de su habitual estreno cinematográfico nacido en el seno de la productora comandada por John Lasseter, siempre al servicio de una Disney que compró los derechos de la misma en 2006. Al igual que con aquella Monstruos University que hacía de precuela de Monstruos S.A o Toy Story 3 que culminaba una trilogía brillante protagonizada por los muñecos de juguete Buzz Lightyear y el vaquero Woody en esta ocasión las cabezas pensantes de la casa del flexo Luxo vuelven a recurrir a extender el microcosmos de uno de sus mayores éxitos. Buscando a Nemo se estrenó hace ya la friloera de trece años y como suele pasar casi siempre con los proyectos de Pixar fue todo un éxito de crítica y público. La búsqueda por parte del pez payaso Marlin, aunando fuerzas con la pez cirujano Dory, de su pequeño hijo Nemo se convirtió en otra de esas obras maestras con vocación de clásico que los ideólogos de la productora norteamericana saben regalarnos de vez en cuando. Aunque no podemos considerarlo uno de los mejores films de Pixar (un servidor afirma sentir más admiración por joyas como Wall-E o Los Increíbles) aquella historia dirigida por Lee Unkrich y Andrew Stanton y escrita por este último junto a Bob Peterson y David Reynolds se revelaba como una cinta de animación ejemplar con una mezcla potentísima de drama, humor, amor y aventura, admitiendo un servidor que nunca se ha reído tanto con una cinta de animación como cuando fue a ver en pantalla grande esta enésima muestra del talento y la destreza del los muchachos de John Lasseter.




En esta ocasión el protagonismo recae sobre Dory, aquella entrañable pez cirujano con perdidas de memoria a corto plazo que se robaba todas las escenas de Buscando a Nemo, permitiendo por primera vez Pixar que uno de esos secundarios inolvidables a los que saben dar forma en prácticamente todas sus producciones pueda ser el núcleo central por primera vez su propia aventura en la que esta vez los protagonistas de la cinta primigenia de 2003 serán sus acompañantes. Buscando a Dory (el título del film da pie a engaño, ya que esa búsqueda a la que el mismo hace referencia es de carácter existencial, no físico) tiene lugar un año después de lo acontecido en su predecesora y narra la historia sobre la búsqueda por parte de esta, junto a sus amigos Nemo y Marlin, de sus padres. Este sencillo y manoseado punto de partida sirve no sólo para que Andrew Stanton, Angus MacLane y Victoria Strouse hilen una aventura de proporciones épicas protagonizada por los tres pequeños peces, sino también para reafirmar la personalidad de un personaje tan entrañable como Dory del que conoceremos su infancia, los motivos por los que se separó de sus padres y todo ello con el único fin de encontrar a sus ya mencionados progenitores y mediante ello también a sí misma. Todas estas ideas hacen de Buscando a Dory uno de los mejores productos cinematográficos del año 2016, otro triunfo de Pixar, pero está vez más adscrito a su rama más autocomplaciente y menos arriesgada.




Finding Dory posee muchísimos aciertos y a continuación enumeraremos algunos de los que ayudan a revelar su naturaleza de cinta brillante y perfectamente escrita o realizada. Por un lado y aunque el salto evolutivo de la animación por ordenador de 2003 a la actualidad es más que notable los autores del film no dudan en utilizar una estética idéntica a la de Buscando a Nemo, al menos en lo que a retratar a los personajes principales se refiere, todo para mantener el tono de aquella primera entrega y así afianzar ese afán que tienen los trabajadores de Pixar por dejarse imbuir en un clasicismo cinematográfico que hunde sus raíces más allá del género animado. Otro de los hallazgos del film es, paradójicamente, su tono cercano al thriller, no en un sentido genérico pero sí en esa estructura narrativa en la que gracias a los recuerdos que Dory va recibiendo a modo flashbacks (el uso de los mismos a lo largo de la película es sencillamente ejemplar y con ellos conocemos a la entrañable Dory pequeñita) y que le sirven como pistas para dar con el paradero de Jenny y Charlie, sus padres, incluyendo referencias que nos recuerdan incluso a Memento, de Christopher Nolan. Este discurrir de la trama en el que el espectador debe estar atento a todo lo que acontece en pantalla se auna con el ya mencionado legado de lo clásico que es marca de la casa dentro de la factoría y permite a Buscando a Dory tomar una personalidad bicéfala como producto cinematográfico que se puede inclinar tan pronto por homenajear a autores como Charles Chaplin o Jacques Tati como a jugar con texturas y o resoluciones visuales como ese pasaje subjetivo desde el punto de vista de Dory que se antoja un dechado de virtudes narrativas y conceptuales.




La última producción de Pixar también recurre a otras de sus señas de identida como es la creación de personajes secundarios sencillamente brillantes que en no pocas ocasiones consiguen que estemos más pendientes de ellos, sus hazañas y sus ocurrencias que de la trama principal en la que los tres protagonistas están implicados. Dentro de estos nuevos personajes debemos destacar a Hank el pulpo, un descacharrante octópodo experto en camuflarse con su entorno y al que los directores del film recurren cuando quieren hacer uso del slapstick y el humor físico propio del ya mencionado Chaplin y Buster Keaton o los diálogos llenos de ironía y mal humor. Por otro lado tenemos la divertida pareja formada por el tiburón ballena Destiny y la beluga Bailey que ayudarán a los protagonistas a encontrar a los padres de Dory, el trío de leones marinos y ese desquiciado colimbo llamado Becky que tiene momentos remarcables cuando comparte pantalla com Marlin. Todos estos personajes de reparto se suman a los tres principales y dan pie a momentos que muestran la mejor cara cómica de una obra como la última producción de Pixar. Becky ayudando a Nemo y Marlin a encontrar a Dory con el uso del cubo o los tres leones marinos haciendo lo propio, la enorme química de Dory con Hank que comparten secuencias para quitarse el sombrero (como la del carricoche que a un servidor casi hizo llorar por culpa de la risa continuada) y que tienen su clímax en la caída al vació del camión por el terraplén al ritmo de What a Wonderful World de Louis Armstrong, un gag totalmente antológico.




Pixar lo ha vuelto a hacer, Buscando a Dory no sólo es una secuela a la altura de su hermana mayor, también es un producto que mantiene el tipo con respecto al resto de producciones de la casa que fundaron Edwin Catmull y Alvy Ray Smith y que llevaron a lo más alto John Lasseter o Steve Jobs entre otros. Evidentemente podemos achacarle que al igual que las secuelas de Toy Story o la precuela de Monstruos S.A peca de conservadora con respecto a ofrecer algo nuevo como continuación de un film que marcó unas pautas que aquí de manera un tanto cobarde son copiadas de manera extrema para no arriesgar innecesariamente, pero más allá de eso poco más le podemos reprochar. Evidentemente la apuesta a Disney y Pixar les ha salido bien, ya que Finding Dory ha marcado un hito convirtiéndose, gracias a sus 136,1 millones de dólares, en el mejor estreno de una película animada de la historia en Estados Unidos. Como ya hemos comentado en otras ocasiones la influencia del director de Toy Story o Cars como director creativo en la rama cinematográfica animada de Disney está dando unos grandiosos frutos ya que no sólo Pixar ofrece sus ya conocidos productos de calidad a la casa del ratón Mickey, sino que producciones como Enredados (Tangled), Frozen, Big Hero 6 o la reciente Zootrópolis son muestras cristalinas de que el hogar del tío Walt está en uno de sus mejores momentos después del bajón que sufrió durante la segunda mitad de los 90 y la primera de los 2000, de modo que esperemos que esta racha dure mucho tiempo. Por último mencionar que el cortometraje Piper es una obra maestra y habrá que seguir muy de cerca a su director Alan Barillaro, que posiblemente en un futuro no muy lejano nos de más de una alegría en formato largo dentro de la misma Pixar.


martes, 28 de julio de 2015

Inside Out (Del Revés)



Título Original Inside Out (2015)
Director Pete Docter y Ronnie Del Carmen
Guión Michael Arndt y Pete Docter




Después de un año de barbecho y habiendo ofrecido como última obra aquella entrañable pero acomodaticia precuela llamada Monstruos University de 2013 la factoría Pixar comandada por John Lasseter (uno de sus fundadores junto al fallecido Steve Jobs o Ed Catmull entre otros) vuelve este 2015 con dos estrenos. El segundo se llama The Good Dinosaur, lo dirige el animador, doblador y cineasta Peter Sohn y verá la luz en el mes de Noviembre en Estados Unidos. El primero, Inside Out (titulada Del Revés en España) es el que nos ocupa, fue presentado fuera de concurso con un rotundo éxito en el pasado Festival de Cannes y está realizado al alimón por el habitual de la casa Pete Docter (Up, Monstruos S.A) y el debutante Ronnie del Carmen, ilustrador y guionista filipino también colaborador en la casa del flexo Luxo. Aquel recibimiento cálido en el festival francés se ha extendido a lo largo de todo el globo tras la puesta internacional del largometraje recibiendo incontables alabanzas que aseguraban que nos encontrábamos no sólo ante una obra maestra incontestable sino también con la mejor película salida de la productora que ha salvado en un par de ocasiones la vida a la Disney. El que suscribe ha encontrado en Inside Out un proyecto delicioso, una producción muy del estilo Pixar con la siempre sana intención de contentar a grandes y pequeños, ofreciendo reflexiones adultas a los primeros y humor, amor, drama, un mensaje bienintencionado y personajes carsimáticos a los segundos. Una pieza que no desentona en absoluto con sus hermanas mayores protagonizadas por juguetes, insectos, ancianos, monstruos o superhéroes, pero que no se revela como la impresionante cinta de animación que la mayoría del público y la crítica ha elevado a los altares de manera demasiado inmediata.




Inside Out nace de una experiencia personal del director Pete Docter cuando vio como su habitualmente feliz hija se volvió una persona melancólica y algo triste en la adolescencia e interesándose él como padre sobre qué es lo que pasaba por la cabeza de la niña para así poder actuar en consecuencia. Con este punto de partida el realizador junto a sus colaboradores Ronnie Del Carmen en la dirección y Michael Arndt en el guión tejen una trama en la que el núcleo central de la historia son los sentimientos que pueblan la mente de la pequeña Riley desde su mismo nacimiento. Alegría, Tristeza, Miedo, Asco e Ira se ocupan de los estados de ánimo de la niña ya adentrada en su adolescencia, almacenando todos los recuerdos que estos le producen y dando un lugar de honor a los llamados “recuerdos elementales” que son por los que Riley siente más cariño y que son en su mayoría felices. Tras una serie de malas noticias la familia de Riley se muda de Minnesota a San Francisco y la chica comenzará a experimentar una sensación de tristeza debida a ciertos “actos irregulares” por parte del sentimiento homónimo dando pie a sembrar cierto caos en la mente de su anfitriona que deparará más de un quebradero de cabeza y algún momento de peligroso desbarajuste. Hasta aquí lo que tenemos es la idea más original salida de una producción de la Pixar, una excusa narrativa que nos retrotrae a productos tan dispares como la serie animada Érase Una Vez la Vida (todo lo que acontece en la mente de la protagonista representado por medio de simpáticas criaturas) Minority Report (esos recuerdos en forma de esferas de cristal coloreado que nos recuerdan a las que daban nombre a los futuros asesinos por medio de los Precogs en la brillante adaptación que Steven Spielberg hizo del relato corto de Philip K. Dick) o el serial catódico Fraggle Rock (con los obreros que trabajan en las distintas islas y que se diferencian poco de los Curris de aquel programa nacido de la factoria Henson) alumbrando el producto estilístico y visual más arriesgado de la productora absorbida por Disney hace ocho años.




Lo más curioso es que el guión de Inside Out recurre a toda esta idea argumental de corporeizar los sentimientos para magnificar y mejorar una trama de telefilme de sobremesa típico en el que la chica o chico estadounidense tiene que enfrentarse a los cambios que suponen empezar una nueva vida en otra ciudad con todo lo que ello implica con respecto a crear nuevas amistades o mantener las antiguas en la distancia, comenzar clases en un colegio extraño y encajar allí o buscar cómplices para ejercer sus aficiones favoritas, hockey en el caso que nos ocupa. Por suerte Docter, Del Carmen y Arndt se entregan a una imaginería infinita en la que los sentimientos que habitan en Riley se sustentan para presentar al espectador un microcosmos riquísimo llevado a la pantalla por medio de una plasticidad notable con una minuciosidad técnica y artística que va desde la textura del diseño de los personajes principales hasta el barroquismo desatado al que podemos asistir en las distintas islas (la de la Familia, la de las Payasadas, la de la Amistad…) que edifican la mente de la protagonista o ese laberíntico almacén en el que se encuentran todos los recuerdos de Riley desde su nacimiento. Por descontado que también todos esos sentimientos están perfilados de manera que sus propios nombres definan sus actos y personalidades, pero todos ellos destilan carisma y simpatía y están tan sabiamente abordados por medio de la escritura y la realización como para que varios de sus actos, errores o comportamientos impulsivos tengan su representación en la realidad de Riley con sensaciones que van desde la melancolia, la ironía, el sonrojo o finalmente la nostalgia. Con este tablero en el que la alegoría, la simbología y los juegos de espejos se convierten en las fichas de juego de la producción sus autores pueden permitirse momentos brillantes como aquel en el que Ira, Asco o Miedo deben hacerse pasar por Alegría dando lugar a momentos descacharrantes en la tensa cena familiar en la que por un momento también nos metemos en la mente de los progenitores de Riley.




El problema es que las cabezas pensantes detrás de Inside Out son conscientes del potencial sentimental (nunca mejor dicho) del producto que tienen en sus manos y al centrarse en ofrecer profundidad a la historia por medio de los personajes principales (los humanos y los que habitan en la mente de Riley) que la pueblan para dar forma a algunos pasajes de un dramatismo más que notable (la presentación de la protagonista en su nueva clase, la última escena protagonizada por el entrañable aunque algo cargante Bing Bong, la confesión final) olvidan aumentar las dosis de humor, gags y situaciones humorísticas del producto, como los que sí aparecen en los títulos de crédito finales del film. Porque para el que suscribe una de las señas de identidad de las producciones Pixar, más allá de su innegable calidad en todos sus apartados, es una comicidad desatada que en ocasiones incitaba a la más estruendosa carcajada (recuerdo llorar de la risa viendo a Dory hablar balleno en Buscando a Nemo o a la madre de Scott escuchando Island del grupo de metal progresivo Mastodon en la radio de su coche en un pasaje de Monstruos University, por poner dos ejemplos al azar) algo que evidentemente no escasea en el último proyecto de Pixar, nada más lejos de eso, pero que sí se ha dosificado en demasía. Aunque hay momentos divertidos y pasajes que bordean lo descacharrante (un servidor siente predilección por la negatividad de Tristeza) a Inside Out le hacen falta situaciones de humor más primario, aquel deudor del slapstick, de Tex Avery, Buster Keaton o Charles Chaplin, el que hace reír tanto al niño como al adulto y que ha sido siempre habitual en las cintas ideadas por John Lasseter y sus muchachos. Este fallo, importante pero que evidentemente no hiere de gravedad al largometraje que mantienen un nivel muy alto durante sus 94 minutos de duración, es el que incita a un servidor a no darle una nota tan alta como a los que considero las obras maestras de la casa como Wall-E, la trilogía Toy Story o Los Increíbles.




No considerar a Inside Out ese clásico instantaneo que gran parte del público y la prensa especializada aventuró que era tras degustarla por primera vez no es óbice para afirmar que es una de las películas del año y no sólo de animación. Un producto que al igual que la mayoría de los nacidos en el seno de la casa Pixar (lo siento, las dos entregas de Cars se me siguen atragantando) está hecho por un equipo de profesionales intachables que han puesto todo el cariño del mundo para insuflar vida en millones de fríos pixels para que estos personajes una vez más se conviertan en entrañables compañeros de un viaje que merece totalmente la pena ser realizado y más de una vez. Pero a un servidor no le queda más remedio que admitir que, aún siendo una de las producciónes más valientes en el plano estético (esa habitación del “Pensamiento Abstracto” con las figuras cubistas propias de la célebre etapa de Pablo Picasso) y de las más ricas en lo argumental de la factoría, se ha revelado como la que menos me ha divertido, al menos sin llegar al altísimo nivel de otros productos de la casa como los previamente mencionados u otros como Bichos: Una Aventura en Miniatura, Up o Ratatouille. Del Revés es una de las propuestas más aconsejables e interesantes de una cartelera actual en la que imperan dinosaurios, superhéroes diminutos y simpáticos bichos amarillos en busca de villanos a los que ofrecer sus desinteresados servicios. Un proyecto para disfrutar en familia, con un mensaje inusualmente agridulce, personajes inolvidables y los suficientes aciertos como para considerarla una excelente película en líneas generales, pero no así la mejor de las obras salidas de Pixar o de las más destacadas de una filmografía que, después de todo, no es moco de pavo precisamente.


viernes, 2 de agosto de 2013

Monstruos University



Título Original Monsters University (2013)
Director Dan Scanlon
Guión Robert L. Baird, Daniel Gerson y Dan Scanlon, basado en personajes de Andrew Stanton y Pete Docter





Hacía tres años que no veía en pantalla grande el estreno de la temporada salido de la Pixar, desde hace más de un lustro ya propiedad de la Disney. Ni Car 2 (si ya la primera parte me parecía la peor cinta de la factoría la secuela no me iba a llamar demasiado la atención, lógicamente) ni Brave (no la vi en salas por coincidir durante el año pasado con otras producciones que me interesaban más) consiguieron arrastrarme a los multicines para meterme mi dosis digital de animación auspiciada por la casa de John Lasseter y compañía. Pero esta Monstruos University era una cinta ineludible por lo que me gustó la primera (que siendo una magnífica pieza no es de mis favoritas de la productora) y el cariño que le cogí a sus personajes.




Esta Monstruos University dará la razón a los fans de Pixar porque se muestra al igual que la mayoría de sus hermanas como una pieza de animación realizada con cariño y profesionalidad, hundiendo sus raíces en el cine clásico para toda la familia y regalando personaje entrañables que ya conocíamos y otros de nuevo cuño que se ganan el corazón del espectador. Pero como obra cinematográfica también servirá como muestra clara de esa acomodaticia actitud artística a la que según cierto sector (sobre todo) del público se ha entregado la productora de Up o Buscando a Nemo dando forma a secuelas o variantes de sus mayores éxitos en vez de intentar crear largometrajes nuevos y originales.




Por un lado podemos decir que es cierto que los muchachos de Pixar en cierta manera llevan un tiempo en el que casi siempre van a lo seguro exprimiendo lo que ya saben que funciona para seguir sacando dividendos sin tener que arriesgar mucho de cara a la cartelera. Pero también es verdad que si de esa actitud de autoindulgencia creativa salen cosas como la soberbia Toy Story 3 o esta Monstruos University podemos darnos con un canto en los dientes. Porque la precuela de las aventuras de Mike WaZowski y Mike P. Sullivan no llega a los niveles de excelencia de la tercera entrega de las vivencias de los juguetes Buzz y Woody, pero sí se revela de cara al espectador como una de las cintas más divertidas y conseguidas del verano y la temporada.




Antes de ser amigos inseparables Mike y Sully fueron rivales cuando militaron en la prestigiosa Monsters University. Allí ambos lucharon por hacerse un hueco en el Programa de Sustos que los prepararía en un futuro para ganarse la vida como Asustadores, monstruos que dedican a aterrorizar niños humanos de los que extraen y atesoran sus gritos de terror. Mike es un estudiante aplicado que conoce perfectamente la teoría de como ser un buen Asustador, pero como monstruo no transmite miedo alguno, Sully en cambio es un holgazán que pasa completamente de los libros de texto pero tiene las dotes y presencia necesarias para ser uno de ellos. A pesar de su enemistad los dos monstruos deberán unir sus fuerzas para conseguir sus objetivos.




La combinación (ganadora) de Monsters University es sencilla: Tomar a los dos protagonistas de Monsters Inc y a alguno de sus secundarios (ahí tenemos a ese memorable Randy al que siempre he creído que ponía voz Gary Oldman en versión original, siendo Steve Buscemi el que ejerce dicha labor en las dos películas, supongo que el trabajo de Pere Molina en el doblaje español me llevó a dicha confusión) y extrapolarlos al género de universidades típicamente americano pero dirigido este a todos los públicos, es decir, obviando como es lógico temas como el sexo o el consumo de estupefacientes, asignaturas troncales en toda universidad que se precie de serlo. 




Por lo tanto la cinta juega con tópicos de este subgénero como las hermandades, las fiestas interminables, los robos de mascotas, las novatadas, las jerarquías entre populares y empollones, profesores raritos y decanos (decana en este caso) estirados, alumnos cuarentones que deciden en su madurez hacer carrera y sobre todo la ley inamovible y tan vieja como el cine universitario mismo de que casi nadie salga estudiando a lo largo del metraje o que los estudiantes de arte sean bohemios y los deportistas estúpidos. Gracias a recurrir a estos clichés Dan Scanlon y su grupo de co guionistas se permiten introducir incontables gags por minuto (ojo, los visuales son de lo mejorcito, hay planos generales en los que se pueden ver diseños de personajes y situaciones descacharrantes) parodiando todas estas tradiciones que tenemos tan asimiladas con respecto los estudiantes universitarios yanquis.




Como es lógico situar la trama en este tipo de largometrajes permite a los autores del film introducir cientos de referencias a obras de culto dentro de este subgénero como el momento guitarra que alude directamente a la posiblemente película decana (nunca mejor dicho) de este tipo de celuloide, Desmadre a la Americana (National Lampoon's Animal House) de John Landis y protagonizada por el mítico John Belushi, entre otros o el de la pintura en plan broma pesada que es una referencia nada disimulada a Carrie, la obra maestra de Brian de Palma que adaptaba la primera novela de Stephen King y que tiene en camino un remake a manos de la directora Kimberly Pierce y la actriz Chloe Moretz para este año 2013 que no pinta mal, pinta peor. Cinta, la original, que era de institutos y no de universidades, además de adscrita al terror, pero que se acepta de buena gana como referencia.




Pero el guión es 100% Pixar y transita todos los caminos ya recorridos por films previos de la productora. Detrás de los gags, los golpes de humor, los personajes entrañables (Don, Squishy, Art) se esconde el mensaje universal sobre superación, ser uno mismo y que el trabajo en equipo es la mejor salida para conseguir nuestras metas. Pero me ha sorprendido para bien el final, que no me esperaba, sabiendo en la alta estima que tienen los estadounidenses a las carreras universitarias y esa competitividad tan individualista que a veces los vuelve directamente estúpidos. Ese giro argumental que nos enseña que se puede llegar a ser alguien destacable poco a poco y sin tener que transitar el mismo camino que el resto del rebaño me ha dejado con una sonrisa en la boca.




Como es lógico Mike y Sully se comen la pantalla, el primero por su inquebrantable determinación y el segundo por su inagotable altanería. Tras verlos en Monstruos S.A siendo inseparables tiene encanto asistir aquí a como se odian para más tarde unir fuerzas para vencer a un enemigo en común, esa decana Hardscrabble que los mira por encima del hombro, literal y figuradamente. Destaquemos también a esa hermandad Oozma Kappa que según mi opinión ya debe estar en la estantería para el recuerdo de personajes más divertidos de la factoría Pixar por derecho propio protagonizando momentos del todo memorables en el largometraje.




Los mejores pasajes del largometraje serían el prólogo con ese adorable Mike de seis años con ortodoncia (grande el gag con su "primo") de visita en Monsters Inc, casi todas las pruebas de los Sustijuegos (divertidísimo el de la biblioteca) el momento "ritual de iniciación" de los Oozma Kappa con lo de la lavadora y sobre todo el momento de la madre de Squishy (otro personaje para llevárselo a casa) en el coche con lo de su "musiquita" que me ha hecho llorar de risa en el cine. Por el lado malo y como única mácula del film lo de la competición de esquivar las estrellas tóxicas, ya que lo de las deformidades que estas les producían a los protagonistas me parecían un recurso digno de un mal episodio de Los Simpson post clásicos, bueno, eso y que se echa de menos a la adorable Boo, indudablemente.




Monstruos University es una opción perfecta para pasar un caluroso día de verano en el cine, sólo o acompañado, con amigos o familia y si es posible con niños. Pixar de nuevo da en la diana y si bien no marcará un antes y un después con la obra que nos ocupa sí ha vuelto a conseguir ofrecer casi dos horas de cine de calidad, risas, humor, alguna sorpresa y un mensaje claro directo, y sí, simple y manido, pero que nunca está fuera de lugar en este tipo de producciones. Ahora dentro de la animación un servidor espera con muchas ganas una obra de la competencia, esa secuela de la sobresaliente Cómo Entrenar a tu Dargón que sorprendió a propios y extraños y que confirmó lo que ya se vio en Kung Fu Panda, que en Dreamworks se están poniendo por fin las pilas. Venza quien venza los espectadores somos los que saldremos ganando.


viernes, 23 de julio de 2010

Toy Story 3



Título Original:
Toy Story 3 (2010)
Director: Lee Unkrich
Guión:Michael Ardnt





Toy Story 3 no es nuestra genial ración anual de Pixar, ni siquiera es el cierre de una trilogía animada que marcó época en la historia del cine en la segunda mitad de la década de los 90, es por encima de todo una celebración, un cariñoso y cálido homenaje a todos aquellos espectadores que nos criamos con esta saga comandada por el vaquero Woody y el astronauta Buzz, juguetes infantiles llenos de vida y sentimientos tan humanos que nos permitían identificarnos plenamente con ellos. A Partir de aquí algunos spoilers importantes relacionados con esta tercera entrega de la franquicia.




Desde el minuto uno el director Lee Unkrich y sus colaboradores se ganan el corazón del espectador seguidor de la saga, no sólo con ese espectacular inicio, a todas luces genial y festivo, ni esos maravillosos a la par que sencillas concesiones al fanservice y la continuidad como la pegatina que Buzz ya no posee en el transmisor de su brazo izquierdo o ese nostálgico "Corre como el Viento Perdigón", que sale de boca de Woody, sino también al asistir a ese montaje de imágenes de Andy jugando con sus muñecos mientras va creciendo y madurando con el tema Hay Un Amigo en Mí sonando de fondo. No sé al resto de espectadores, pero a un servidor se le erizó el pelo de pies a cabeza con ese pasaje.




Por suerte no sólo de nostalgia vive Toy Story 3, ya que esta tercera entrega es un producto cinematográfico 100% Pixar, o lo que es lo mismo, una pieza brllante de una calidad incuestionable, diseñada por un grupo de profesionales del entretenimiento y la narración fílmica a años luz del resto de autores de cine animado occidental actual y en continuo estado de gracia. Porque la cinta que nos ocupa es mucho más ambiciosa que las anteriores, una odisea enorme, una aventura bigger than life de las que marcan época por su epicidad, entrañable sorna y cariño para con todo tipo de espectadores, desde el neófito que desconoce la saga hasta el fan incondicional que bebe los vientos por ella desde la primera entrega.




Momentos que se pueden catalogar entre lo mejor jamás salido de Pixar, muchos. Los juguetes captando la atención de Andy, la llegada a la guardería, todas las apariciones de los tres extraterrestres, ver que los secundarios siguen manteniendo la personalidad destilada en las anteriores dos entregas, los momentos del bebé gigantón, la interesante personalidad de Lotso, la historia de Sonrisitas, personaje que me hizo llorar de la risa sólo con aparecer en pantalla, el "Venid con Papá de Rex" y sobre todo esa escena en el vertedero que me las hizo pasar canutas para contener las lágrimas. De lo irregular destacar más bien poco, las golpes de humor referidos a Barbie y Ken y lo del reseteo de Buzz, que sin ser malas ideas sí me parecen lo menos redondo de un film que bordea en incontables momentos la excelencia.




Que nadie os engañe, Toy Story 3 sí habla de el paso de la adolescencia a la madurez, pero la misma está mejor retratada en los mismos juguetes que en su dueño humano. Una cosa me queda clara en ese precioso final que pone fin a un trilogía compuesta por tres indiscutibles obras maestras del cine con mayúsculas. Ese chaval que mira sus juguetes por última vez, y que divisa un pequeño pero importante trozo de su vida que debe quedar inevitablemente atrás, no es Andy. Somos todos y cada uno de los jóvenes, hoy maduros, que fuimos a ver aquella ya lejana Toy Story al cine, y descubrimos que otro mundo de fantasía era posible en pantalla grande, que lo digital, bien utilizado y dosificado, puede transmitir más calor que el mejor reparto de actores reales del mundo, que Pixar había nacido, que los juguetes podían tener vida y que llegar hasta el infinito y más allá era sólo el principio.


sábado, 8 de agosto de 2009

Up


Título Original: Up (2009)
Director: Pete Docter & Bob Peterson
Guión: Bob Peterson





Por enésima vez lo han vuelto a conseguir, han realizado cine clásico instantaneo, conmovedor, profundo, entrañable, con unos personajes inolvidables y una factura técnica en la que los efectos digitales están indudablemente al servicio de la historia y no al revés, un deleite pare pequeños y mayores que satisfará incluso más a estos últimos.



Los tan comentados 10 primeros minutos de Up son un ejercicio de sintaxis narrativa de altísima calidad, es increíble como Docter y Peterson son capaces en tan poco metraje de crear una historia de amor tan maravillosa, como triste, llegando a emocionar al espectador con un punto de partida tan sólido y magistral que por desgracia no mantiene el altísimo nivel durante todo el film.



La cinta es mágica e inolvidable, pero he de admitir que en el momento en el que la aventura de Carl Fredricksen empieza a tomar forma, la trama se me antoja como un caos narrativo, eso sí, lleno de amor, humor, drama, buenos sentimientos, que en verdad no cuenta una historia con verdadera solidez argumental, ese sería el único fallo de guión que no encumbra a la cinta como la mejor obra de la factoría Pixar que podría haber sido.



La aventura de los dos personajes principales en las islas Paraíso contiene algunos tópicos que producen en mi persona una ligera sensación de Déjà vu, pero los secundarios son tan carismátcos que poco importa si lo que vemos en pantalla no es algo único, nunca antes visto. El pequeño Russell, el impagable perro Dug (con lo de los gags de ¡Ardilla!, tuve que quitarme varias veces las gafas de 3D por culpa de las lágrimas que me caían por la risa) o el malvado Charles Muntz, llenan todos y cada uno de los encuadres de prodigiosas escenas repletas de fascinante vida.



Carl Fredricksen y su odisea realizada por amor, no sólo es una nueva joya de la Pixar y uno de sus mejores productos, también es un canto lleno de necesarios y universales valores en favor, no de la tercera edad o del respeto a nuestros mayores, como sí lo es, en parte, la otra gran cinta sobre la madurez de este año, la portentosa Gran Torino de Clint Eastwood, sino de la inmortalidad y la eterna juventud del alma humana, que es capaz de atravesar oceanos inmensos junto a un crío que no es ni más ni menos que el reflejo de su popria niñez en pos de encontrar la felicidad, no la propia, sino la de la persona con la que compartió los mejores y los peores momentos de su existencia, una pequeña exploradora, mellada, pelirroja y habladora que le cambió la vida para siempre.