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lunes, 9 de octubre de 2017

Madre!



Título Original Mother! (2017)
Director Darren Aronofsky
Guión Darren Aronofsky
Reparto Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris, Michelle Pfeiffer, Domhnall Gleeson, Brian Gleeson, Kristen Wiig, Cristina Rosato, Marcia Jean Kurtz, Ambrosio De Luca, Hamza Haq, Anana Rydvald, Arthur Holden, Bineyam Girma, Jaa Smith-Johnson, Xiao Sun





Desde que irrumpiera en el festival de Sundance de 1998 con su críptica y claustrofóbica ópera prima, Pi: Fe en el Caos, Darren Aronofsky ha ido forjando poco a poco una de las filmografías más eclécticas, personales y arriesgadas del siglo XXI. Después del impacto generacional que causó Requiem Por Un Sueño y la controversia que trajo consigo La Fuente de la Vida llegaron sus dos mayores éxitos, El Luchador y Cisne Negro, largometrajes protagonizados por Mickey Rourke y Natalie Portman respectivamente que fueron recibidos con honores por crítica y público consiguiendo no pocos premios internacionales, llegando hasta la pugna de los Oscars de sus correspondientes años y ganando el de mejor actriz en el caso de la intérprete de Knight of Cups. Pero cuando parecía que había encontrado la fórmula del éxito, para contentar a unos y a otros el neoyorquino se desmarcó una vez más dando muestras de su carácter indómito con la inusual Noé. Su ambiciosa, peculiar y arriesgada visión de las sagradas escrituras que desconcertó a no pocos espectadores cometiendo el error de esperar del cineasta una película religiosa al uso. Pero con su último trabajo Aronofsky ha dejado en anecdótica cualquier polémica que haya podido tener previamente con alguno de sus films, porque desde que tuviera su puesta de largo en el pasado Festival de Venecia Mother! ha levantado ampollas entre espectadores y prensa especializada, sufriendo el rechazo de gran parte de los primeros y una enconada polarización de la de los segundos. Una vez vista la película el hecho que levantara tal revuelo no debería haber cogido a nadie por sorpresa y mucho menos a sus artífices.




A primera vista el punto de partida de Madre! puede parecer sencillo si tenemos en cuenta que narra la historia de un matrimonio, poeta que ha perdido la inspiración él y esposa abnegada ella, que se mudan a un caserón en medio del bosque para comenzar una vida en común y viendo trastocada su existencia a partir de la llegada de una pareja madura que se instala con ellos a petición del marido y sin consultarlo a su mujer. Vaya por delante que abordar el último largometraje de Darren Aronofsky de manera superficial, sólo como una historia realista, es una temeridad de la que el espectador casi con toda seguridad saldrá escaldado, porque desde esa perspectiva la cinta protagonizada por Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris y Michelle Pfeiffer no sólo no tiene pies ni cabeza, sino que puede incitar al sonrojo o la carcajada, sobre todo en su recta final. En cambio, y sin incidir mucho en spoilers, si tomamos las dos partes en las que se divide la obra como una relectura del Antiguo y Nuevo Testamento y comprendemos a “quién” o “qué” representa cada uno de los personajes podremos hacernos una idea, más o menos clara, de lo que quiere contarnos el director estadounidense con su más reciente propuesta.




Pero que nadie piense que Darren Aronofsky es un iluso o un ingenuo que no sabía que su última película iba a levantar una considerable polvareda. Ya cuando escribió el guión era consciente de que estaba tocando temas tabú, sobre todo para sus compatriotas norteamericanos, como la megalomanía, el egoismo, la religión o la fe y desde una perspectiva profundamente crítica y visceral, de modo que el recibimiento que Mother! iba a tener estaba fríamente calculado tanto por él como por sus productores y si lo niegan mienten o viven en otro mundo. Esta lectura y no otra es la que ha despertado la ira entra gran parte del público generalista que no sólo se ha encontrado con un producto difícil de descifrar hundiendo sus raíces en el Roman Polanski de Repulsión o La Semilla del Diablo (Rosemary’s Baby), el Luis Buñuel de El Ángel Exterminador o el Andrzej Zulawski de La Posesión, sino también con una pieza que al ser desencriptada ofrece un mensaje profundamente misántropo y anticlerical que no deja títere con cabeza por medio de una simbología descarnada y sin concesiones llegando a su culmen en el la recta final en la que el exceso y la locura se apoderan de la cámara del director.




Madre! es una genuina y única experiencia sensorial, una producción en la que la comunión, nunca mejor dicho, entre apartado artístico y técnico alcanza unos niveles de mimetismo sobrecogedores. Al igual que sucedía en el The Wrestler y Black Swan Darren Aronofsky hace un uso recurrente la cámara al hombro para asediar a su protagonista, invadiendo su espacio vital y aumentando de esta manera la atmósfera claustrofóbica y enfermiza del relato por medio de primerísimos planos de Jennifer Lawrence que suponen todo un reto para la protagonista de la saga Los Juegos del Hambre. De esta manera ella es el alma de un relato localizado en una casa que parece tener vida propia y que sólo el personaje principal parece percibir (la protagonista es la única capaz de “sentir el corazón” del inmueble) convirtiendo el hogar del matrimonio en una entidad que siente y padece, como si de una hiperbolización arquitectónica de la Nueva Carne cronenbergiana se tratara, y a la que Aronofsky se ocupa de llenar de putrefacta vida por medio de unos elaborados y calculados efectos digitales o un uso orgánico y minimalista del sonido que a más de un espectador puede llegar a sacar de sus casillas.




Si hay algo que caracteriza a Darren Aronofsky y de lo que ha hecho gala en todos y cada uno de sus films es ser un enorme director de actores. El cineasta estadounidense siempre suele llevar hasta el límite a su intérpretes obligándolos a ir un paso más allá de sus capacidades para estar a la altura de su discurso autoral propenso a sumergirse en el tremendismo y la tragedia, casi siempre con buenos resultados. Jennifer Lawrence se une a ese grupo de actrices como Ellen Burstyn, Jennifer Connelly, Rachel Weisz o Natalie Portman a las que el realizador exprimió física y psicológicamente hasta lo indecente para que abordaran sus personajes desde las mismas entrañas y gracias a ello ejecuta el que hasta ahora es su mejor y más complejo trabajo de interpretación. Ella es el alma de la película y lleva sobre los hombros casi todo el peso del relato llegando a entregarse ciegamente a su comandante en jefe sobre todo en esa orgía de muerte, sangre, vísceras, líquido anmiótico y pólvora que supone el clímax final de la obra. Algo parecido sucede con Javier Bardem que sabe condensar con su excelente labor todo el egoísmo, el "sadismo bienintencionado" y la condescendencia que requiere su rol. Nota aparte para unos excelentes Ed Harris y Michelle Pfeiffer que tiran de tablas y veteranía para dar voz y cuerpo a, posiblemente, los dos personajes más importantes de la historia que con su presencia marcan el principio del fin de la misma.




Aunque ha sido el mayor fracaso de taquilla de toda la carrera de su director y ha despertado las iras más que ninguna otra de sus obras Madre! no sólo es una de las propuestas más potentes, incómodas, anticomerciales y suicidas del 2017, también es una de las obras más profundamente misántropas, desesperanzadas y nihilistas del cine reciente. Al igual que Terrence Malick, David Lynch, Terry Gilliam, Lars Von Trier o Nicolas Winding Refn, Darren Aronofsky hace el cine que quiere, como quiere y cuando quiere y por suerte en Hollywood todavía quedan productores que, amando verdaderamente el séptimo arte, son capaces de jugárselo todo a una carta financiando sus personalísimas y brillantes locuras. Después de la disparidad de opiniones de sus dos últimas obras no sabemos hacia dónde se encaminará el futuro del director de The Fountain, pero de lo que sí podemos estar seguros es de que no será un proyecto complaciente o impersonal. Se adentre en mayor o menor medida en la comercialidad, se incline con más o menos intensidad por la sencillez o la complejidad podemos poner la mano en el fuego con respecto a que su próximo paso será una propuesta tan personal como inusual y para llevarla a cabo será capaz de luchar contra viento y marea hasta que consiga sacarla adelante y con ella volver a desafiarnos como espectadores.






viernes, 25 de abril de 2014

Noé



Título Original Noah (2014)
Director Darren Aronofsky
Guión Ari Handel y Darren Aronofsky
Actores Russell Crowe, Jennifer Connelly, Emma Watson, Anthony Hopkins, Ray Winstone, Logan Lerman, Douglas Booth, Marton Csokas, Nick Nolte, Mark Margolis, Leo McHugh Carroll, Kevin Durand, Madison Davenport, Dakota Goyo, Gavin Casalegno, Nolan Gross, Skylar Burke




Desde que se diera a conocer allá por 1998 con su tan interesante como desconcertante ópera prima Pi: Fe en el Caos el cineasta neoyorkino Darren Aronofsky se ha atrevido a abordar todo tipo de films. Retratando un análisis durísimo y nihilista de las adicciones con la soberbia adaptación que realizó en el año 2000 de la novela homónima de Hubert Selby Jr Requiem Por Un Sueño pasando por la ambiciosa historia de amor intemporal de la infravalorada La Fuente de la Vida y llegando a sus dos grandes éxitos de crítica y público El Luchador y Cisne Negro, dos miradas tan opuestas como paradójicamente gemelas hacia la obsesión (uno de los temas centrales en su filmografía) con la autorrealización personal siendo esta brutalmente influida por el plano personal de las criaturas que las protagonizan, el cineasta de origen judío se ha forjado una merecida fama de narrador poderoso y soberbio director de actores, pero también de autor megalómano, excesivo y en ocasiones hasta efectista.




Con la adaptación (muy libre y nada autocomplaciente) que realiza de las sagradas escrituras en Noé vuelve el Darren Aronofsky más ambicioso, alejándose con este proyecto de las historias mínimas que nos narró con el Randy “The Ram” Wilson al que daba vida Mickey Rourke en El Luchador o la Nina a la que puso voz y cuerpo Natalie Portman en Cisne Negro y acercándose más a los terrenos de la ya mencionada The Fountain que protagonizaran Hugh Jackman y Rachel Weisz en el año 2006. El resultado de su último proyecto es una digna cinta que amalgama distinto tipo de vertientes y géneros con el único fin de conseguir alcanzar al mayor número de espectadores posible dando forma así a la más comercial e impersonal obra de su autor, pero no por ello a un largometraje desdeñable en manera alguna, aunque sí con sus altibajos.




Aunque da una visión muy sui generis del suceso del Antiguo Testamento en el que Noé, junto a su familia, recibe por mandato divino la misión de crear un enorme arca con el que transportar dos miembros (macho y hembra) de cada especie dentro de la fauna animal con la intención de sobrevivir a un diluvio universal con el que el altísimo tiene la intención de purgar la maldad humana de la Tierra esta Noé de Darren Aronofsky no deja de ser una epopeya bíblica en su estructura y gran parte de su contenido, aunque dejándose influenciar por corrientes del celuloide actual de corte fantástico, aventurero y hasta de acción. El productor de The Fighter y su habitual colaborador Ari Handel utilizan en beneficio propio todas las parábolas, metáforas y alegorías narrativas de esta parte del Génesis para introducir apuntes sobrenaturales y de fantasía. El problema es que la aparición al inicio del metraje de estas criaturas desconcierta y choca frontalmente con un espectador que hasta que no las considera parte necesaria del argumento las puede ver hasta ridiculas. Algo que sucede con los Vigilantes, esos monstruos de piedra que parecen salidos del imaginario tolkieniano que hasta que no se convierten en piezas clave en el devenir de Noé y su familia parecen fuera de lugar en el contexto del film.




Noé es una mezcolanza cinematográfica con la que el director y guionista quiere satisfacer a todo el mundo. Por un lado, como ya hemos comentado, es un relato teológico de reminiscencias clásicas, pero también es una mirada crítica hacia los fundamentalismos religiosos, poniendo su autor en entredicho dónde están los límites de la fe. También ofrece un retrato misántropo sobre el ser humano como principal instigador de la destrucción del planeta (Darren Aronofsky ve a Noé como el primer ecologista de la historia)y de especies animales inocentes, pero también disecciona una mirada redentora del hombre en el que los lazos familiares pueden romper dogmas y radicalismos de profunda toxicidad, sean de la índole que sean. Por último como obra no elude su naturaleza de blockbuster comercial aunando géneros que van desde el drama hasta el cine de catástrofes, la acción o la épica desatada, pero también trata de mostrarse como un producto hijo de su autor y si bien en ella vemos reminiscencias a obras previas de su creador como La Fuente de la Vida bien es cierto que la mirada y la impronta propios del cineasta que se esconden detrás del proyecto se encuentran bastante solapadas.




Posiblemente las dos señas de identidad más claras del Darren Aronofsky autor que podemos encontrar en Noé son su poderosísima ejecución en el plano visual y su célebre dirección de actores con la que exprime hasta lo indecible el talento de su reparto. Hay pasajes de un acabado técnico en Noé sencillamente brillantes con reminiscencias pictóricas que nos recuerda al tenebrismo de Michelangelo Merisi da Caravaggio (la vista de Noé al campamento donde los humanos cometen actos de crueldad inenarrables) y muestras de una fuerza destructiva mastodóntica intachable, como todo lo acontecido cuando el diluvio da sus primeras muestras de naturaleza desatada. Pero por otro lado también hay excesos como los que narran por medio de un montaje sobreexplotado el paso de las especies animales por el planeta.




A esto debemos sumar unos actores abiertos en canal para que transmitan el verismo que sus roles demandan. Russell Crowe ofrece su mejor papel en años con la ambigüedad de este Noé lleno de claroscuros, virtudes y defectos, fuerza y debilidad que en un magnífico giro de guión pasa de héroe en la primera mitad a villano en la segunda permitiendo al neozelandes dar a la cámara lo mejor de sí mismo. Le da la réplica una soberbia y madura Jennifer Connelly que no es la primera vez que hace de partenaire del protagonista de Gladiator (ambos dieron vida al matrimonio formado por John y Alicia Nash en la aceptable pero blanda Una Mente Maravillosa de Ron Howard) y con ellos rivaliza una Emma Watson entregada a la causa que tiene junto al protagonista la escena mas remarcable del film durante el clímax final. Logan Lerman y Douglas Booth hacen lo que pueden con sus esquemáticos personajes y Anthony Hopkins y Ray Winston insuflan veteranía y tablas con sus trabajos enriqueciendo dos roles (Matusalén y Tubal-Cain respectivamente) que no son gran cosa sobre el papel, pero que ellos sacan adelante con intachable profesionalidad.




Noé es una apuesta arriesgada y como tal ha sido recibida por una crítica y taquilla muy polarizadas. Una pieza que Darren Aronofsky no hubiera podido abordar sin antes haber saboreado las mieles de éxito con The Wrestler y Black Swan (hacerla justo después del injusto mal recibimiento que sufrió The Fountain habría sepultado su carrera con toda seguridad) y que no se puede considerar uno de sus mejores trabajos, posiblemente sea el menos logrado desde su ópera prima matemática y conspiranóica. Pero es una pieza interesante, una elección acertada para pasar poco más de dos interesantes horas delante de una pantalla en la cartelera actual. Y aunque no cabe duda de que es un producto de vocación comercial, también es cierto que ha dado bastante que hablar (lo de su censura en algunos países árabes ha tenido mucho eco en varios medios de comunicación) porque contiene en su interior una clásica historia sobre la fina línea que separa el bien del mal y acertadas reflexiones sobre ese recorrido, unas veces tortuoso y otras lleno de luz, al que llamamos vida.


miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cisne Negro, spread your wings



Título Original: Black Swan (2010)
Director: Darren Aronofsky
Guión: Andrés Heinz, Jon McLaughlin & Mark Heyman
Actores: Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel, Winona Ryder, Barbara Hershey, Christopher Gartin, Sebastian Stan


Trailer


Definitivamente con Black Swan, su quinto trabajo detrás de las cámaras, el realizador americano de origen judío Darren Aronofsky se confirma como uno de los talentos cinematográficos más grandes que ha dado el cine contemporáneo. La cinta, protagonizada por Natalie Portman, narra la historia de una obsesiva bailarina preparándose para el que será su salto al ballet de élite interpretando el papel principal de El Lago de los Cisnes del ruso Piotr Ílich Chaikovski.




En pocas palabras y para situar al espectador con sólo unos apuntes referenciales cinematográficos, Black Swan vendría a ser un film producido por el Joseph L. Mankiewicz de Eva al Desnudo, con un guión del Roman Polanski de Repulsión, dirigido por el estilizado David Cronenberg de sus dos últimas obras, Una Historia de Violencia y Promesas del Este. Pero todo solidificado con la impronta de Aronofsky, un autor que no sólo evoluciona como director, sino que también muta con cada proyecto.




Black Swan es un pesadillesco viaje introspectivo a la mente de una joven y virtuosa bailarina obsesionada con la perfección. Dicha excusa narrativa le sirve el director de Requiem Por Un Sueño para ir más allá y así realizar, en un notorio pero sutil subtexto, un análisis al escalpelo de la represión sexual de su criatura y sus obsesiones psicológicas, que se llegan a somatizar incluso físicamente en heridas inflingidas a sí misma que bordean un complejo pero acertado (en su planteamiento) sadomasoquismo autoimpuesto, que una vez más recuerda a algunas obras del director de Scanners.




El sello de Aronofsky está a flor de piel durante todo el largometraje. Podemos percibir sin mucha dificultad su tendencia a retratar seres que se obsesionan de manera enfermiza con llevar a cabo un objetivo que les corroe por dentro y con el que tratan de llegar a un engañoso estado de bienestar. Los personajes de este autor casi siempre tienen buenas intenciones, pero a la hora de llevarlas a cabo hacen palidecer toda humanidad a su causa. Descubriendo los mismos en el último momento que sólo cayendo en lo más bajo, tocando fondo, llegarán a conseguir su propósito. Ya que asimilan de manera trágica que en la autodestrucción física y psicológica está la liberación final del cuerpo y el alma.




Black Swan al igual que The Wrestler (que revisioné hace poco descubriendo nuevos matices y apuntes señoriales que han hecho que la disfrutara mucho más que la primera vez que la degusté) muestra una clara madurez y evolución en el estilo de Aronofsky. El autor de The Fountain no abusa de resortes forzados en el apartado técnico de su realización si la historia no lo exige y los que incluye están justificados ya que los mismos están sustentados en el punto de vista del personaje de Nina que tiene una visión totalmente distorsionada de la realidad que la rodea.




Si bien la cinta interpretada por un magistral Mickey Rourke mostraba el largo e inevitable estertor de muerte de un profesional de la lucha libre en decadencia, que se obcecaba con seguir en ese mundo aunque ello le costara la vida, Black Swan nos habla practicamente de lo mismo, pero desde el otro lado del espectro. Narrando el momento álgido de la carrera como bailarina de su protagonista. Dicha responsabilidad hará que Nina se cuestione no sólo todo su endeble sistema de valores, sino también su sexualidad, la relación emocional con su madre y sobre todo su cordura.




Otro de los apuntes en los que acierta Aronfosky es en esquivar algunos caminos transitados dentro del subgénero del psicodrama. Evitando mostrar con los protagonistas los típicos clichés de madre obsesionada con que su hija se labre la carrera que ella no tuvo, amiga competidora que hará la vida imposible a la actriz principal o profesor déspota con ella que la abordará con un tipo de acoso físico y psicológico. Todos esos personajes maniqueos están ahí, pero poco a poco el realizador los obliga a mutar (todos los roles lo hacen durante el film, sobre todo la protagonista, que lo hace en más de un sentido) mostrándose de una manera distinta a la que parecía en un principio. Sólo Beth, la bailarina retirada a la que da vida Winona Ryder caería en el tipo de estereotipo que esa clase de personaje tiene autoimpuesto.




Sería injusto no mencionar que el film es realmente Natalie Portman. La joven actriz israelí realiza la mejor composición interpretativa de su carrera entregándose plenamente a su director (autor que exige y explota de manera bestial a su actores en todas sus producciones). La protagonista de Closer borda magistralmente un rol entre la fragilidad y lo animal, entre lo virginal y lo lascivo, lo etereo y lo desgarrado y consigue transmitir ese malestar físico y mental en el que se sumerge. No sé si será por efecto dominó, pero el resto del reparto, sin estar a su altura, le dan perfectamente la réplica. Como una dual Mila Kunis, Vincent Cassel señorial como nunca, Barbara Hersey de sufrida madre y Winona Ryder, con un breve pero importante papel en la trama que ya he mencionado anterioremente.




Black Swan es un excelente drama con toques de terror psicológico. Una convergencia magistral entre la dirección de un verdadero autor que se adapta al tipo de historia que debe narrar sin perder su personalidad, unos actores abiertos en canal y una historia oscura, trágica, puede que algo exagerada, ya que se le va la mano a Aronofsky en ocasiones con el onirismo y las transformaciones físicas del personaje (aunque qué se puede esperar de un tipo que hizo que una nevera viviente se comiera a la pobre Ellen Burstyn). Pero las virtudes autorales y los hallazgos formales hacen de Black Swan otro paso gigantesco de su creador dentro del anodino cine actual que él y unos pocos más están sacando del hastío y la necedad.


sábado, 3 de octubre de 2009

The Wrestler, worth fighting for


Director: Darren Aronofsky (2008)
Guión: Darren Aronofsky
Actores: Mickey Rourke, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood, Judah Friedlander, Ajay Naidu





Aronofosky no falla, pero tampoco hace pleno. En The Wrestler el director de The Fountain abandona las complejas florituras en la dirección de sus anteriores obras para mostrarnos una historia tan a pie de calle que la podemos ver en cualquier barriada de mala muerte.




Con cámara al hombro, humildad y sabiduría Aronofsky nos narra esta triste y lacónica canción sobre la abatida pero inquebrantable ética del perdedor, con ecos del neorrealismo italiano de gente como De Sicca o del John Cassavetes de sus inicios.




La cinta rinde homenaje a esos niños grandes que son los luchadores de catch, personas cuya única preparación para afrontar el día a día ha sido a base de golpes más psicológicos que físicos que la vida les ha ido dando, individuos que no quieren admitir que su época dorada se extinguió años ha y que se encuentran más vivos en un cuadrilátero dando y recibiendo golpes (fingidos o no) que en esa cruenta jungla llamada sociedad.




Mickey Rourke nació para ser Randy The Ram Robinson, cada palabra, cada gesto, cada lágrima sale de su interior con una desnudez y una crudeza que lo honran y redimen, los secundarios geniales, como Marisa Tomei o Evan Rachel Wood, pero el protagonista de El Corazón del Ángel es el rey de la función, devora la pantalla y a todos cuantos le rodean.




Aronofsky adquiere oficio y hace un trabajo soberbio a ras de suelo, sigue depurando su discurso con esta cinta que tiene pinta de ser una obra de transición dentro de su carrera como autor, pero falla en algo y es que el dramatismo está tan atado en corto, se muestra tan contenido, que muchas veces no llega al espectador con la fuerza que debiera, pero bien es cierto que la cinta tiene escenas de gran calado y convicción humana.




Una muy buena obra, quizás no perfecta, pero si llena de corazón y cariño por sus personajes y la historia que narra, que no es ni más ni menos que unas pocas páginas arrancadas de un diario que habla sobre esa gente de los Estados Unidos que merece realmente el Sueño Americano pero que nunca lo alcanzará.