domingo, 12 de mayo de 2013

Maniac, into the mind of a serial killer



Título Original Maniac (2012)
Director Franck Khalfoun
Guión Alexandre Aja y Gregory Levasseur basado en personajes creados por C.A. Rosenberg, Joe Spinell y William Lustig
Actores Elijah Wood, Nora Arnezeder, America Olivo, Morgane Slemp, Liane Balaban






Durante la segunda mitad de los 90 cuando el VHS empezaba a dar sus últimos coletazos un servidor empezó a obsesionarse con ver todos los films adscritos a algún tipo determinado de (sub)género. Durante una época me dio fuerte por el gore de todo tipo, desde el americano impulsado por cineastas como Sam Raimi con Posesión Infernal, Brian Yuzna con Society o Stuart Gordon con Re-Animator, el neozelandes de Peter Jackson con Mal Gusto o Braindead, pasando por el ultragore alemán de autores inefables como el divertido Olaf Ittenbach de Premutos o Burning Moon o el pretencioso Jor Buttgereit de Nekronamtik o Schramm llegando a terribles subproductos de serie Z como Darkness, que con su carátula prometían algo que durante el metraje de la película no ofrecián, decepción en toda regla la de esta última.




Entre todas aquellas cintas que me llevaba a puñados se encontraba una títulada Maniac que, una vez más, me entró bien por los ojos gracias a su portada.  La cinta dirigida por William Lustig y protagonizada por un desagradable señor llamado Joe Spinell (también coguionista del producto) con pinta de violador en serie que acojonaba lo suyo no dejaba de ser una cinta mediocre sobre un asesino de mujeres que arrancaba las cabelleras de sus víctmas para más tarde ponerlas en las cabezas de los maniquíes que tenía por toda su casa y con los que estaba obsesionado. Los mayores logros de aquella sobrevalorada obra de culto eran que su carácter de serie B era tan naturalista, su fotografía tan sucia y su puesta en escena tan mórbida que el producto transmitía literalmente "asco", era una cinta tan sucia (en el más amplio sentido de la palabra) que casi podía oler a lascivia y putrefacción. El otro gran logro (el mejor, para qué dudarlo) que poseía era la presencia de aquel monumento de actriz llamada Caroline Munro.




Alexandre Aja y Gregory Levasseur son dos amigos franceses que desde hace unos años están empeñados en hacerse un nombre dentro del cine de terror estadounidense. El primero ejerce como realizador, guionista y productor y el segundo también como guionista y productor e incluso en ocasiones de director de la segunda unidad de los films que realizan conjuntamente. Ambos debutaron en su Francia natal con la tibia Furia, adaptación poco conseguida de un relato corto de Julio Cortázar titulado Graffiti. Después dieron el bombazo con Alta Tensión, mezcla entre brutal slasher y giallo italiano radicalizado que mostró por primera vez a dos autores a seguir de cerca, aunque el tramposo final del film desvirtuaba algunos de sus considerables hallazgos.




Tras el éxito de Haute Tension la llamada de Hollywood no se hizo esperar y el director de culto Wes Craven los eligió para llevar a cabo un remake de una de sus cintas más celebradas, aquella Las Colinas Tienen Ojos que vio la luz y cambió el género en 1975. El resultado fue, no sólo un remake que dejaba totalmente en pañales a la obra original, también una de las mejores cintas de terror americanas de la década pasada. Los dos amigos acentuaron la visceralidad, incluyeron un mensaje de crítica política antimilitarista sencillamente brillante y para colmo fueron coherentemente fieles con el espíritu de la cinta primigenia de Craven. Más no se les podía pedir al producto, ni a sus autores.




Tras ella realizaron Reflejos (Mirrors) remake de un film coreano impulsado por un Kiefer Sutherland productor y protagonista en el que se notaba a unos Aja y Levasseur algo más mitigados, pero escenas como la de la bañera (¿Alguien que la haya presenciado puede mirar a Amy Smart de la misma manera desde entonces?) y la atmósfera hacían que mereciera la pena la velada y siguiéramos viendo parte de la impronta de los autores. Tras ella y ya asentados en el Estados Unidos decidieron realizar otra revisión, esta vez de Piraña la cinta de Joe Dante y escrita por John Sayles en en 1978 que se convirtió en Piraña 3D, un festín de vísceras y desnudos gratuitos con el que nuestros colegas franceses se reían de todos los clichés del cine de terror actual reivindicando el que ellos admiran, el de los años 70.




Pero hay otra faceta que Aja y Levasseur han cultivado en USA, la de productores y guionistas que ofrecen sus proyectos a nuevos realizadores para que los lleven a cabo detrás de las cámaras. En 2007 escribieron para su compatriota Franck Khalfoun Parking 2 (P2) una correcta cinta de 2007 sobre el perturbado guardia de un aparcamiento (Wes Bentley) que capturaba a una pobre chica (Rachel Nichols) y la sometía a incontables torturas. Sin llegar a ser una pieza remarcable tenía buenos momentos y una protagonista con un imposible escote que se convertía en lo mejor de la sesión. Pero esa no sería la última vez que los caminos de estos tres gabachos se cruzarían cinematográficamente hablando.




Año 2012, Alexandre Aja y Grégory Levasseur como guionistas y productores y Franck Khalfoun como director deciden realizar un nuevo remake, esta vez de la ya mencionada Maniac incluso con el beneplácito y dinero del mismo William Lustig que se implica en el proyecto. El resultado es una revisión que supera en casi todos los aspectos a la cinta previa y que se revela como un slasher ejemplar y una de las mejores películas de terror que van a estrenarse en nuestro país (en Julio verá la luz en nuestras carteleras).  El protagonista es Elijah Wood (El Señor de los Anillos, Sin City) y el resultado como ya comento es realmente de nota por llevar mucho más allá el punto de partida del largometraje en el que se basa.




Aunque por el día es el dueño de una tienda de restauración de maniquíes cuando cae la noche Frank (Elijah Wood) se convierte en un brutal asesino en serie que persigue a todo tipo de mujeres a las que primero asedia, luego asesina de manera brutal para después arrancarles su cuero cabelludo a cuchillo. Cuando vuelve a su hogar utiliza sus trofeos para ponérselos en las muñecas que llenan su apartamento y a las que considera como sus parejas o amantes. Un día Anna (Nora Arnezeder) una fotógrafa francesa que se cruza en su camino le hará debatirse entre su obsesión homicida o entregarse como persona al que puede ser el amor que cambie su terrible modo de vida.




Una serie de planos secuencia desde un punto de vista subjetivo (es decir, el espectador es el personaje principal) nos muestran como Frank observa desde su coche a una guapa muchacha. Él la sigue hasta su apartamento, cuando ella se da cuenta de la presencia de su acosador se da la vuelta y en una primerísima toma vemos como la mano del protagonista le clava en la barbilla un enorme cuchillo matándola en el acto. Tras este movimiento le acaricia el rostro y elogia la belleza de la joven. Un segundo después saca el arma blanca del nuevo orificio que ha creado en la parte inferior de la cabeza de la fémina y le corta con suma bestialidad la cabellera dejando al descubierto su cráneo ensangrentado. Cuando el cuerpo inerte de la chica cae al suelo el título del film, en marcado color rojo, ocupa toda la pantalla. Esto es Maniac y esos cinco minutos son esclarecedores, ese es el momento el que el que visiona debe posicionarse. Lo toma o lo deja, no hay medias tintas y las cartas están sobre la mesa.




Esta revisión del largometraje de William Lustig parece llevada a cabo a cuatro manos entre Gaspar Noé (la brutalidad, el uso de planos subjetivos, la inexistencia de elipsis narrativas que nos ahorren escenas impactantes) y el Nicolas Winding Refn de Drive (esa delectación a la hora de retratar la noche urbana, una música de tono ochentero que incluso recuerda a algunas de las partituras que compuso Wendy Carlos para Stanley Kubrick en La Naranja Mecánica y El Resplandor) y logra superar considerablemente a la Maniac original porque no se centra tanto en los crímenes (que también) como en la psicología del protagonista y la naturaleza perturbada de su mente, pero utilizando un acierto narrativo y estilístico magistral, que nosotros mismos como espectadores seamos el mismo Frank.




La idea de que al menos el 95% del largometraje esté rodado en plano subjetivo es el mayor acierto del film. Ya que la perversión llevada a cabo con la empatía con el protagonista es sencillamente total. Al vernos en la piel de Frank y superados los primeros minutos de metraje llegamos a no querer que lo detengan, a padecer con él sus traumas (el que supone la raíz de todo, el de su madre, no justifica nada con respecto a su comportamiento criminal, sólo le da origen) o hasta a desear que elimine a posibles "estorbos" (un servidor estaba deseando que reaccionara "a su manera" en la escena del cuarto de baño con el novio de Anna). Pero donde la cinta da el golpe de gracia al espectador es cuando vemos que Frank (es decir, nosotros) se sale con la suya y no es atrapado durante el aterrador ritual de uno de sus asesinatos Kalhoun saca la cámara de las entrañas de su protagonista la pone delante de su rostro en pleno acto de violencia y nos enseña de primera mano con qué tipo de persona nos estamos identificando.




Pero la realización de Khalfoun es tan sobresaliente que gracias a reflejos en espejos, ventanas o lunas de automóviles podemos ver el rostro del actor protagonista, que es un inspiradísimo Elijah Wood que por mucho que pase a la posteridad siendo para gran parte del público el hobbit Frodo Bolson de la trilogía de Peter Jackson basada en los libros de J.R.R. Tolkien ya dando vida al asesino caníbal Kevin en Sin City de Robert Rodriguez y Frank Miller demostró que tiene un lado oscuro que explotar tras esa mirada aniñada que en Maniac oculta a un asesino psicópata con una mente del todo podrida (grandes los momentos en los que sufre migrañas y comienza a tener visiones) que experimenta una culpabilidad atroz cuando se siente atraído por alguna mujer en el mismo momento en el que el recuerdo de traumático de su madre entra en escena y le impulsa a realizar actos aberrantes con ellas.




Lo que en la cinta de Lustig era mugre, impacto caótico y una psicología absolutamente plana en la obra de trío Khalfoun/Aja/Levasseur es simbología, parafilias (a)sexuales bien definidas y psicoanalizadas, un viaje inteligente y medido a una mente descompuesta, dañada, podrida. Una mirada acertada y llena de aristas sobre la soledad, la destrucción de la infancia y la pureza, de cómo el odio, la misoginia o los traumas casi no se pueden distinguir del verdadero amor cuando la persona que lo experimenta es poco más que una carcasa llena de bilis, rencor e impotencia sexual. Memorables los pasajes en los que Frank trata de limpiarse las manos tras los crímenes a modo de purificación (las mismas, llenas de heridas, son el reflejo de ese rostro que en más bien pocos momentos podemos ver en pantalla) o cuando culpa a esa omnipresente madre fallecida de los delitos que comete a sangre fría.




A pesar de ser una cinta de naturaleza muy epidérmica por la de actos físicos que tienen lugar en ella hay mucho sitio en la misma para la alegoría. El caótico y sucio apartamento de Frank que parece una localización impía estancada en el tiempo de atmósfera irrespirable en contraposición al de Anna, elegante, abierto, moderno e incluso la casa del protagonista también entronca con la galería de arte en la que ella expone los maniquíes que él le presta. Todo es de una marcada simbología en la que el exterior de las zonas que regente el personaje principal representan el interior de su psique torturada y desgajada. Teniendo esta elección estilística y narrativa su culmen en la escena final en la cama con todas "las mujeres de su vida" que finalmente revelan la vacua naturaleza de Frank, clímax de una coherencia brutal con todo lo que hemos ido viendo a lo largo del metraje, o lo que es lo mismo, una escena de impacto brutal con una resolución lúcida que justifica dicha utilización explícita de la visceralidad más cruda.




Porque a parte de la presencia de esos maniquíes que sí, al igual que en la cinta original de 1980 nos recuerdan a la colección que poseía Archibaldo de la Cruz en la memorable producción mexicana Ensayo de Un Crimen de Luis Buñuel, pero también a los que se utilizaban en las pruebas nucleares en el desierto de Arizona en el remake de Las  Colinas Tienen Ojos, la violencia explícita en Maniac es uno de los apuntes que más nos recuerda quienes son los autores que se encuentran detrás de la obra que nos ocupa. Las secuencias de asesinatos en la cinta de Kalhoun son bastante duras y no aptas para todo tipo de público (es comprensible que gran parte del femenino tenga reparos a la hora del ver el film) destacando pasajes como el que he comentado que abre la cinta, el de la habitación de hotel con la representante de Anna (el culmen en la cama es sencillamente una salvajada por cómo está rodado, magistralmente, aunque parezca paradójico) o el del cierre que he comentado en el párrafo anterior. El sello Aja/Levasseur, y también el del realizador del film, que en Parking 2 tampoco se cortaba con la casquería, se deja ver bastante a lo largo del proyecto.




Maniac hará las delicias de los amantes del género y de los fans del film original, porque por un lado como remake se adscribe a los que han triunfado dentro del terror como el de Posesión Infernal, Las Colinas Tienen Ojos, I Spit on Your Grave o La Última Casa a la Izquierda y por otro como obra cinematográfica lo supera con creces en prácticamente todos los aspectos. Pero es que esta versión también funciona como viaje a la mente de un psicópata, como perversión de un tipo de hacer cine y del punto del vista del espectador. Una excelente labor en la dirección, un guión inteligentemente hilado y estar muy bien interpretada por su protagonista y unos secundarios que le dan perfectamente la réplica (todo un descubrimiento Nora Arnezeder) hacen de esta producción un film indispensable para los seguidores de los slasher con mensaje. aunque como obra poco de poco sutil ejecución no será plato del gusto de todo tipo de público, aunque pensándolo bien la versión de 1980 tampoco lo era.


domingo, 5 de mayo de 2013

Los Creyentes, Martin, ¿qué será lo que quiere el negro?





Título Original The Believers (1987)
Director John Schlesinger
Guión Mark Frost basado en la novela de Nicholas Conde
Actores Martin Sheen, Helen Shaver, Robert Loggia, Richard Masur, Harley Cross, Jimmy Smits





John Schlesinger es un director birtánico que tras sus primeros cuatro trabajos en Reino Unido debutó con gran éxito en la meca de Hollywood con aquella ya lejana Cowboy de Medianoche estrenada en 1969 y basada en la novela de James Leo Herlihy sobre Joe Buck (John Voight) un joven tejano que acaba vendiendo su cuerpo a mujeres maduras en las calles de New York y trabando amistad con Rico "Ratso" Rizzo (Dustin Hoffman) un timador de poca monta. El film ganó los Oscar a mejor película, director y guión adaptado, siendo la primera cinta calificada con la antigua X que ganaba el premio de la academia al mejor largometraje del año.




Tras ella llegaron un par de trabajos destacados más para su carrera como Marathon Man (de nuevo con Dustin Hoffman acompañado este por el gran Laurence Oliver) o Sunday, Bloody Sunday y después la decadencia. Schlesinger se convirtió en un artesano al servicio de la industria hollywoodiense que se entregó totalmente al cine comercial ofreciendo su profesionalidad para sacar adelante proyectos que nunca destacaron al mismo nivel que sus mayores éxitos. A finales de los 80 dirigió esta Los Creyentes que nos ocupa, un rutinario thriller de suspense y terror lleno de tópicos y estereotipos que no ofrece nada más que 110 minutos de pasable entretenimiento y alguna idea o concepto aceptable que nos da muestras de que el film podía haber sido más interesante de lo que es, no mucho por desgracia.




Cal Jamison (Martin Sheen) es un psiquiatra de la policía que se muda con su hijo Chris (Harley Cross) a New York tras la muerte por accidente de su esposa. Esperando encontrar algo de tranquilidad en su nuevo hogar unos asesinatos de carácter ritualístico que parecen haber sido llevados por santeros de la zona introduciran a Cal y a sus allegados en un submundo regido por el vudú, las maldiciones y lo sobrenatural. Con la ayuda de su amigo Marty (Richard Masur) su vecina Jessica (Helen Shaver), el agente Tom López (Jimmy Smits) y el teniente McTaggert (Robert Loggia) nuestro protagonista intentará descifrar qué hay detrás de estos crímenes y qué tiene que ver su hijo Chris con los mismos.




Los Creyentes es un desfile de clichés interminable que recurre a situaciones, personajes y resoluciones mil veces vistas. Estereotipos pueriles en los que todos los latinos o negros (normalmente de clase baja) son brujos que se dedican a realizar conjuros de todo tipo (tanto de magia blanca como negra) que se dejan llevar por las supersticiones y lo sobrenatural. Pero claro, es que la cinta de Schlesinger se entrega a esa ola de largometrajes que abogan por la existencia de lo "oculto" y en desacreditar a aquellos personajes que "no creen" como le sucede al rol de Martin Sheen durante la primera mitad del metraje. Pero aunque parezca mentira, y de manera bastante curiosa, este entorno irreal es uno de los pocos aciertos del film.




Porque John Schlesinger a parte de ofrecer al producto su profesionalidad con una dirección adecuada que dosifica la intriga y el in crescendo de tensión (pero viéndose la misma perjudicada por un montaje un tanto deslabazado y algún que otro plano bastante ridículo) sabe captar la atmósfera amenazante de toda la trama con el vudú y la brujería, enfatizándola en la recta final cuando se desvela el secreto principal aunque el clímax se antoja mimético al de cientos de films de la época y por ello muy previsible. También ayuda a ese ambiente de amenaza oscura y pérfidamente tribal la magnética y en ocasiones acojonante presencia del actor Malick Bowens que sólo con su mirada consigue inquietar al espectador, teniendo su personaje algunos de los momentos más logrados de la velada, como su trance durante la fiesta de alta sociedad.




De todas formas los dos logros más interesantes de una cinta como The Believers son por un lado el trabajo de un magnífico Martin Sheen que se entrega a un papel plano y esquemático al que le saca todo el partido posible para que resulte creíble y lo mejor del producto. Y el otro es que el guión, basado en la novela de Nicholas Conde, está escrito por Mark Frost, cocreador junto al célebre David Lynch de la mítica serie Twin Peaks y el mismo demuestra su predilección por rituales sobrenaturales a manos de hermandades secretas (como también se pudo ver en su libro La Lista de los 7) de modo que de esta manera se confirmaría que conceptos argumentales de aquel serial como las Logias blanca y negra o las entidades que las poblaban tendrían mucho que ver con sus dotes como escritor y de esta manera reconocerle el mérito que hace años que va mereciendo a la hora de evaluar su peso en aquel mítico programa de tv que era tan suyo como del director de Cabeza Borradora.




Esta producción de 1987 es la típica cinta que se puede ver si no se tiene nada más interesante a mano un domingo por la tarde. Formalmente correcta pero llena de clichés de la época, algunos efectismos gratuitos, contados momentos inquietantes, unas gotas de sensiblería paternofilial y cierta atmósfera convincente así como un Martin Sheen que con su profesionalidad saca al producto de la mediocridad, no hay más que ver su mirada en el último plano que cierra esa atípico happy end. Es mejor que la mayoría de las cintas de terror de la actualidad por su naturaleza más artesanal, pero hasta en su época otros films de la misma temática como La Serpiente y el Arco Iris de Wes Craven eran muy superiores a ella en prácticamente todos los aspectos.


sábado, 4 de mayo de 2013

La Caza, hijos de los hombres



Título Original Jagten (2012)
Director Thomas Vinterberg
Guión Tobias Lindholm, Thomas Vinterberg
Actores Mads Mikkelsen, Alexandra Rapaport, Thomas Bo Larsen, Annika Wedderkopp, Anne Louise Hassing, Lars Ranthe, Lasse Fogelstrøm, Susse Wold, Ole Dupont, Sebastian Bull Sarning





Thomas Vinterberg, cineasta danés que dio forma al tan interesante, como caprichoso, tratado Dogma 95 con su compatriota y amigo Lars Von Trier. Director de la primigenia Celebración (Festen), autor que se entregaría a la denuncia más chabacana y demagógica con Dear Wendy o se ganara mi perdón al dirigir el videoclip de The Day That Never Comes para la banda norteamericana Metallica, Señor que estrenó en el festival de Cannes de 2012 la que es hasta ahora su última obra, La Caza, Jagten en su título original, sin lugar a dudas la mejor que se ha estrenado en España durante este 2013 y son tantos sus aciertos y hallazgos formales que confirmar su excelencia como producto cinematográfico no le hace justicia del todo.




Lukas, (Mads Mikkelsen) profesor danés que tras un complicado divorcio encuentra un nuevo trabajo como cuidador en una guardería. Cuando su vida empieza a encauzarse, sintiéndose feliz en un trabajo en el que es querido por los niños, empezando una nueva relación sentimental con Nadja (Alexandra Rapaport) y recuperando el contacto con su hijo adolescente Marcus (Lasse Fogelstrøm) una serie de circunstancias fortuitas en apariencia inofensivas desembocan en el inocente comentario de Klara (Annika Wedderkopp) alumna del jardín de infancia e hija del mejor amigo de Lukas, Theo (Thomas Bo Larsen). A partir de ese momento la vida de un hombre honrado, y sobre todo inocente, se convertirá en un infierno para él y sus personas más cercanas. A continuación incluiremos en la entrada varios spoilers.




Ideas, tantas que podían haber salido terriblemente mal en Jagten. Tantos lugares comunes, caminos mil veces transitados, tópicos, clichés, estereotipos, maniqueísmos. Era tan fácil caer en la sensiblería, lo tendencioso, los golpes bajos, el sensacionalismo. Thomas Vinterberg no sólo sabe esquivar absolutamente todas estas minas antipersona, también consigue algo muy complicado y que para un servidor supone un logro al alcance de unos pocos cineastas a lo largo de la historia del séptimo arte. Emocionar, desde la sutilidad, desde la elegancia, sin forzar situaciones o actos por parte de sus personajes, que busquen de manera tramposa y pueril tocar la fibra del espectador para transmitirle sensaciones vívidas y palpables.




Búsqueda, no la hay en La Caza de grandes momentos emocionales. No vemos a personajes romper a llorar a gritos o abrazarse a familiares o amigos para desahogar el mar de dudas, rencores y miedos por el que atraviesan todos ellos, porque como obra cinematográfica no lo necesita, no lo quiere, de hecho lo rechaza de plano. Pero mostrando siempre los sentimientos de sus criaturas a flor de piel, Vinterberg consigue crear una obra que atraviesa la epidermis del que se enfrenta a ella, porque su última pieza expone un enorme abanico de preguntas, planteamientos, ideas interesantes y dilemas morales de variedad casi inabarcable y profundo calado.




Contención, la que destila por completo el largometraje. La que exhalan todos y cada uno de sus fotogramas, la que dosifica y muestra con cuentagotas un Mads Mikkelsen apabullante como Lukas, el protagonista del film. Enorme la cantidad de matices que transmite su rostro cuando la directora de la guardería le comunica el trágico hecho en el que supuestamente se ha visto involucrado. Intentar hacer justicia con palabras a la labor del protagonista de Un Asunto Real en la obra que nos ocupa es un ejercicio de futilidad, hay que verlo para creerlo. Cómo un actor que normalmente ha puesto cara al mal demuestra una humanidad desbordante, confirmándonos aquella sabia teoría de que menos es más y que no se necesitan excesos o sobreinterpretaciones para retratar con certeza la realidad.




Miedo, el que siente un hombre inocente que es acusado del más terrible de los delitos. El que experimenta una pequeña y dulce niña al darse cuenta a duras penas (por amor de dios, tiene menos de un lustro de vida) de que una simple palabra dicha por despecho en el peor momento y lugar ha desatado un infierno. El de un hijo que ve como destrozan la vida de su padre cuando no ha cometido delito alguno y en un terrible efecto domino él también sale perjudicado. El de un cabeza de familia que acusa a su mejor amigo, al que conoce desde la adolescencia, de cometer el más inenarrable de los actos con su hija pequeña. El de unos amigos del protagonista que se dividen entre los que dudan de su inocencia y los que le dan su apoyo sin pensarlo un segundo porque lo saben incapaz de cometer semejante abominación.




Prejuicios, los de un sociedad quebrada, temerosa, sobreprotectora, acomodada, que condena antes de sacar conclusiones, que señala antes de que el acusado pueda defenderse, que da por sentada y extiende como la pólvora una historia que no se sostiene por sí sola. Pero llegamos en parte a comprender a estas gentes, porque compartimos el miedo y el recelo, porque nosotros formamos parte de esta turba enfadada. Porque hablamos de lo inadmisible, lo impío, la corrupción de lo más sagrado y no aceptamos medias tintas. Preferimos prevenir antes que curar sin importarnos las cabezas que rueden por culpa de nuestros actos o si la culpabilidad de nuestro "criminal" no está demostrada.




Impotencia, la que invade al espectador. La que nos hace retorcernos en la butaca, la que nos incita a atravesar la pantalla e intentar coger por la solapa a esa caterva de prejuiciosos (nosotros mismos, todos nosotros, fuera hipocresías) que no son capaces de pararse un sólo instante para abordar fríamente los hechos, de analizar con objetividad un juicio cuya sentencia ha sido dictada antes de tiempo porque buscamos una cabeza de turco, un chivo expiatorio en el que volcar todas nuestras frustraciones diarias, tanto las personales como las profesionales, aquellas que nos asfixian y no nos permiten llevar una existencia próspera en tiempos como los que nos han tocado vivir.




Honor, el de un hombre íntegro, entero, como cualquier otro. El de un profesor, padre, amante y ex marido que no siente la necesidad de defenderse por algo que no ha hecho, que no quiere tener que justificarse por un acto que ni se le pasaría por la cabeza llevar a cabo. Porque no hay mejor modo de demostrar tu propia inocencia que seguir con tu vida, ir a comprar a tu supermercado de siempre, asistir a una concurrida misa de Nochebuena en la que está todo el pueblo en un templo en el que te puedes permitir mirar directamente a los ojos de tu mejor amigo, el padre de la niña núcleo de toda la desgracia, porque no has hecho nada ilegal, porque están destruyendo tu vida y la de los tuyos por una acusación flagrante, falsa, injusta.




Cine, en mayúsculas, en toda su pureza, sin aspavientos, trucos o maniobras burdas. Una puesta en escena áspera, que aún guarda algún coletazo del naturalismo del Dogma 95. Una fotografía adecuada que transmite el frío nórdico y la melancolía de esos días de Navidad que poco tienen de festivos o celebración. Unos actores que se adecúan a sus roles con veracidad, comandados por un protagonista superlativo que guía con su portentosa creación un guión lleno de aciertos (que no todos los amigos le den la espalda al protagonista y lleguen a bromear con él sobre el delito que saben que no ha cometido, un hijo que no duda de su palabra, que su novia lo haga y él por indignación la expulse de su casa) y dos o tres clímax apoteósicos que están entre lo mejor del cine de este 2013, como la ya mencionada escena del centro comercial, en la que Vinterberg podía haberla fastidiado por culpa del exceso con la paliza, pero que luego encumbra con su regreso al local para llevarse "su compra"; la de la iglesia con ese Theo que por fin ve la verdad en los ojos de su amigo o ese tentempié a altas horas de la madrugada que exhala perdón, redención, arrepentimiento y amistad recuperada.




Jagten, la película. La pieza de arte que se lo ha puesto muy difícil a los siguientes estrenos que vengan a este país en lo que queda de año para superarla. Porque es un ejercicio de cinematografía ejemplar, una obra maestra en la que nada falla, nada sobra, todo está justificado, medido y calibrado. Y ese final con la dulce Erika, (el epílogo está bien, es muy simbólico pero no es necesaria su explicitud, en esa última reunión varias furtivas miradas acusadoras nos confirman que para algunos ya nada volverá  a ser igual y que "la caza" nunca terminará para Lukas) en el que el miedo colisiona con la pureza con la resultante victoria de esta última. Una broma, la sonrisa de una niña, un abrazo y unas pequeñas manos que rodean el cuello de un hombre, que nunca volverá a ser el mismo, que estará "roto" hasta el último día de su vida y ese adiós de una inocente criatura justifican que yo tenga el salón y el dormitorio llenos de películas en distintos formatos, de libros sobres géneros y directores, revistas de todo tipo sobre el séptimo arte; que me tenga que tragar sesiones vespertinas en multisalas en las que normalmente estoy solo y me pase horas delante de la pantalla del ordenador hablando de este medio. El cine, un invento que fue creado para regalarnos trozos de vida en imágenes y sonidos como La Caza, de Thomas Vinterberg.



jueves, 2 de mayo de 2013

The Lords of Salem, thy kingdom come, thy will be done



Título Original The Lords of Salem (2012)
Director Rob Zombie
Guión Rob Zombie
Actores Christopher Knight, Sheri Moon Zombie, Dee Wallace, Clint Howard, Udo Kier, Barbara Crampton, Maria Conchita Alonso, Lisa Marie, Sid Haig, Bruce Davison, Michael Berryman, Meg Foster, Billy Drago, Patricia Queen, Ken Foree, Judy Geeson, Bonita Friedericy, Daniel Roebuck, Richard Lynch, Torsten Voges





Tras ser uno de los estandartes del metal industrial con sus compañeros de White Zombie y más tarde en solitario con su propio nombre artístico, Rob Zombie decidió probar suerte en el mundo del séptimo arte, idea nada descabellada si tenemos en cuenta que tanto su música como los videoclips con los que ilustraba muchos de sus temas tenían una fuerte carga cinematográfica, tanto referencial como estilística. No voy a alargarme mucho más, todo lo que yo haya podido decir de la carrera como cineasta de Rob Zombie está en esta entrada que le dediqué hace tiempo a sus tres primeros films y en la crítica que le hice a Halloween II, el cuarto, del que cabe destacar que aún habiéndome decepcionado considerablemente la primera vez que lo vi (como constato en esos mismos párrafos), ganó muchos puntos con la revisión que le hice cuando me compré el dvd de la película por puro completismo.




Hace unos días el director confesaba que aunque se sentía orgulloso del remake que hizo de la obra maestra de John Carpenter, y la secuela que le siguió, el proceso de rodarlas fue del todo humillante. Conociendo un servidor algunas de las andanzas de los hermanos Harvey y Bob Weinstein, esos productores, señores millonarios, influyentes y con muy mal carácter a los que no se les puede echar cara (que se lo digan al pobre Martin Scorsese de de la muy recuperable Gangs of New York) si no te llamas Quentin Tarantino, no me extraña demasiado que el director de La Casa de los 1000 Cadáveres confesara tal sentimiento hacia el proceso de creación de los dos films que realizó sobre la figura de Michael Myers.




Por ello tras esa experiencia con las majors decidió buscar financiación para dar forma a algo diferente, un proyecto más personal e independiente en el que tuviera una considerable libertad para construirlo. Zombie fue contratado por los productores de Insidious, Sinister y la saga Paranormal Activity para iniciar la gestación de su nueva obra, que escribiría, dirigiría y esta vez incluso podría producir para tener el máximo control sobre el montaje final y el proceso creativo del proyecto. El resultado es The Lords of Salem un arriesgadísimo largometraje que se mueve entre lo acertado, lo fallido, lo brutalmente disfrutable y lo indudablemente desconcertante a partes iguales, siendo un producto 100% hijo de su padre con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva.




Heidi (Sheri Moon Zombie) conduce uno de los programas de música rock más exitosos de la ciudad de Salem (Massachusetts). Un día recibe una caja de madera con unos extraños símbolos que dentro contiene un vinilo de un misterioso grupo llamado The Lords. Cuando Heidi y sus colaboradores ponen el disco en el show ella reacciona de manera extraña al igual que todas las mujeres de a localidad que tienen sintonizada la emisora en ese mismo instante. Todo parece tener que ver con el juicio de las ínfames brujas de Salem que se llevó a cabo en 1692 y una maldición que lanzaron contra todas las mujeres del lugar antes de morir calcinadas en la hoguera. Heidi cobrará vital importancia en este macabro ritual que dará inicio a una nueva era a nivel mundial.




The Lords of Salem no es una película fácil ni para todo tipo de público, como obra es el resultado de darle completa libertad a un director que tiene una voz propia dentro del género de terror pero cuya impronta va evolucionando poco a poco, incluso en productos de encargo como los que hemos comentado previamente. La última película de Rob Zombie es sin lugar a dudas la más suya de todas las que ha realizado y como largometraje sirve para vislumbrar sólo el inicio de hacia donde puede encaminarse su discurso autoral si posee carta blanca para abordar sus criaturas, que como es lógico no siempre va a tener, al menos en un mundo como el del Hollywood actual con su naturaleza prefabricada en cadena de montaje.




Si el británico Ken Rusell (Los Demonios, Gothic, Tommy) hubiera dirigido La Semilla del Diablo, Rosemary's Baby en su más sutil título original, (por mucho que el mismo Rob Zombie hable más de El Resplandor de Stanley Kubrick, los ecos a la obra maestra de Roman Polanski son más evidentes) a mediados de la década de los años 70 el resultado hubiera sido algo muy parecido a esta The Lords of Salem. Una revisión bastarda del largometraje protagonizado por una inmensa Mia Farrow en 1968 en el que (como bien sucedía en gran parte del grueso de los ya lejanos grandes films del italiano Dario Argento) la puesta en escena devora casi por completo al argumento que sustenta el relato, que no es nuevo, ni inventa nada, pero de todas formas está ahí y al menos a un servidor no le ha parecido ni difícil de seguir ni ausente en el conjunto del producto, aunque sí es cierto que en la recta final se desdibuja por esa bacanal visual en la que se adentra el realizador.




Primero voy a hablar de lo que no me ha gustado de The Lords of Salem y después destacaré lo que sí, que por suerte es bastante más que lo que me ha causado rechazo. Puede que sea sensación sólo de un servidor y no haya mucha gente que comparta mi opinión, pero estoy harto de ver a Sheri Moon Zombie en todo lo que hace este hombre. Pase que sean matrimonio y que el amor en un sentimiento precioso o que la veamos luciendo su envidiable palmito en todos y cada uno de los videoclips que realiza y que hasta diera vida con convencimiento a esa tan sexy como demencial Baby Firefly en La Casa de los 1000 Cadáveres y Los Renegados del Diablo. Pero ya debería este señor haberse dado cuenta en Halloween: El Origen (y sobre todo su secuela) que dando vida a la madre de Michael Myers a su señora le vino grande el papel (que ojo, tampoco es que lo hubiera escrito Ingmar Bergman) de modo que hacerla la protagonista total de su última cinta es un fallo considerable, porque no tiene las aptitudes necesarias para que su trabajo sea debidamente creíble, por mucho que la mujer se esfuerce, que lo hace.




Tener libertad creativa no es sinónimo de tener que fastidiarla en algunos momentos importantes por estupideces estilísticas mal elegidas o entendidas. La mayor metida de pata para un servidor es cómo un brutal coitus interruptus destroza la escena que podía haber sido la cumbre del film y un clímax de proporciones catredalicias. El personaje de Heidi cierra un ciclo en su trayecto y en un momento dado entra por una puerta que hasta ese momento era un misterio en la historia. La realización en ese pasaje es sencillamente apoteósica (maravillosos grandes angulares), la dirección artística apabulla (imposible no pensar en el perturbador videoclip Long Hard Road Out of Hell de Marilyn Manson) y de fondo sonando el Requiem de Mozart que tiene un sentido desarmante con lo que va a sucederle a la protagonista en ese momento. Uno podría pensar que nada podría estropear un momento de cine diabólicamente puro como este, pero sí, sucede. Y yo me pregunto: ¿No había nadie de confianza que le dijera al director que esa "representación física" del "maligno" transmitía risa y pena en vez de miedo y grandilocuencia?. Parece que no y es una lástima.




Por último debo destacar los sentimientos enfrentados que me transmite esa recta final en la que Zombie se entrega a una orgía visual desatada en la que enfatiza el ya de por si notable tono blasfemo que hasta ese momento destilaba el proyecto. Por un lado la pieza es de un poderoso hipnotismo (ese telón subiendo dejando escapar una luz cegadora, como si asistiéramos a una visión demoníaca del final de Encuentros en la Tercera Fase de Steven Spielberg) volviendo a remitirnos al Ken Russell más herético (el de la infumable pero visualmente descarada La Guarida del Gusano Blanco, por poner un ejemplo) y a escenas sencillamente estúpidas como la de Heidi montada en una cabra de juguete o sentada en un sofá iluminado como si fiera un prostíbulo se contraponen otras como la de ese alumbramiento que tan pronto nos trae a la mente el Aquelarre de las Pinturas Negras de Francisco de Goya como la mítica portada del disco Sabbath Bloody Sabbath de la banda británica comandada por Ozzy Osbourne y Tonny Iommi.





Pero en líneas generales me he enamorado de muchos de los aspectos de esta The Lords of Salem. Para empezar veo que Rob Zombie no es un narrador acomodaticio, que quiere evolucionar y buscar una voz propia, aunque siga bebiendo de muchos referentes cinematográficos (Argento, Carpenter, Craven) , y que poco a poco dará con ella y puede que tras hacerlo nos entregue sus mejores trabajos o los más infumables, el tiempo lo dirá. Sabe crear atmósferas perversas, lascivas, envenenadas, consigue sacar partido de espacios pequeños como un pasillo, el estudio de un programa radiofónico o un apartamento poco iluminado (un par de interesantes sustos tienen lugar en el de la protagonista). Pero lo hace incluso mejor cuando debe driblar con localizaciones de proporciones considerables como ese teatro que parece mostrarse como la boca del mismísimo infierno sin necesidad de entregarse a lo grotesco o lo explícito, hasta la escena del clímax final.





Aunque si hay algo que me ha gustado (y no es que sea un servidor partidario de dicha "religión" ya que en ocasiones me produce tantos momentos cómicos como la cristiana) es la descarada apología al satanismo que hay a lo largo de todo el metraje. Zombie se entrega a una brutal (a veces hasta burda) oda al maligno a su legado y a cómo este satiriza la palabra de Cristo. Momentos como el flashback con las brujas (deudor del Mario Bava de La Máscara del Demonio) el del sacerdote en la iglesia, la música del disco de vinilo que suena a cántico pagano arcaico o momentos como en el que Heidi entra por primera vez en el apartamento Nº 5 con esa cruz de neón de color rojo que la hipnotiza destilan una pasión por la parafernalia demoníaca que el cineasta no se preocupa en disimular. Pero no hablamos de un satanismo cobarde como el de El Exorcista de William Friedkin o The Devil Rides Out de Terence Fisher (ojo, dos de mis films de terror favoritos de todos los tiempos, no tengo nada en contra de ellos) que tiraban la "piedra diabólica" y escondían la "mano cristiana", sino de una obra que apela por el triunfo del mal como concepto y entidad corporea disfrutando con dicha idea.




Al final esa ascensión con impía figura religiosa marca un nuevo punto en el futuro de la humanidad con su reciente descendencia. Porque si en La Semilla del Diablo Polanski nos hablaba de que la maternidad es un sentimiento tan poderoso que aceptaría la maldad con tal de cuidar de su vástago, The Lords of Salem nos cuenta que el mal es una entidad tan inmensa que puede pervertir el instinto maternal sea de la naturaleza que sea. Unos recibirán esa escena entre carcajadass o vergüenza ajena y otros (un servidor entre ellos) lo hace con una sonrisa cómplice y una sensación de haber disfrutado con este viaje psicotrópico y desquiciado al lado más enfermizo del mal en un estado mórbido, pero paradójicamente puro. Esa pureza que se contrapone con la muy distinta de ese último plano a modo de flashback que cierra por completo la obra.






The Lords of Salem es Rob Zombie en su máxima esencia, su película más personal, libre y sí, puede que por ello irregular y no del todo satisfactoria. Es el precio a pagar porque te permitan ser tú mismo dentro del mundo del cine actual, que cabe la posibilidad de que pases del ridículo a la excelencia en un sólo plano. Comprendo la disparidad de opiniones sobre lo que la película transmite como obra cinematográfica y que hayan espectadores que la detesten o se enamoren de ella. Un servidor ha salido satisfecho del visionado, aún siendo consciente de que pudo haber sido considerablemente más grande sin ciertos fallos que la hieren de alguna manera, pero me ha transmitido más sensaciones buenas que malas. Ahora sólo nos queda esperar el próximo proyecto del cineasta, esa eternamente pospuesta Tyrannosaurus Rex que tiene pinta de ser más cafre y desenfadada que la obra que nos ocupa y que si no está protagonizada por Danny Trejo perderá muchos puntos antes incluso de empezar su rodaje.