Mostrando entradas con la etiqueta John Boorman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta John Boorman. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de mayo de 2021

Excalibur, O fortuna, Velut luna, Statu variabilis, Semper crescis



Título Originales Excalibur (1981)
Director John Boorman
Guion Rospo Pallenberg, John Boorman
Reparto Nicol Williamson, Nigel Terry, Cherie Lunghi, Nicholas Clay, Helen Mirren, Paul Geoffrey, Gabriel Byrne, Robert Addie, Liam Neeson, Patrick Stewart, Clive Swift, Niall O’Brien, Corin Redgrave, Keith Buckley, Charley Boorman, Ciarán Hinds




Nada mejor que aprovechar este día que vamos a dedicar a la Leyenda Artúrica para hablar de la película que posiblemente mejor la ha llevado al medio cinematográfico. Curiosamente este año 2021 se cumplen 40 años de su estreno, por lo que dedicarle una reseña se antoja casi ineludible si queremos que esta jornada dedicada a Arturo, Camelot y los Caballeros de la Mesa Redonda abarque todos los medios posibles. A principios de los 80 John Boorman (1933, Surrey, Inglaterra) ya era un cineasta curtido en mil batallas desarrollando la mayor parte de su carrera en Estados Unidos. A Quemarropa (Point Blank, 1967), Infierno en el Pacífico (1968), Defensa (Deliverance, 1972), Zardoz (1974) o El Exorcista II: El Hereje (1977) engrosaban el currículum de un autor capaz de alternar proyectos muy personales con otros de naturaleza más comercial o alimenticia, aunque siempre con una profesionalidad y afán temerario dignos de elogio. Por eso en 1981 volvió a su Reino Unido natal y allí facturó uno de sus proyectos más ambiciosos, memorables y alabados.





Con guión del mismo John Boorman y su habitual colaborador a la escritura, Rospo Ballenberg, Excalibur se basa en la obra La Muerte del Rey Arturo, escrita por Thomas Malroy en 1485, aunque inspirándose también en otros textos, tomando las consabidas licencias con respecto al escrito del que se eluden, por poner un ejemplo, casi todos los elementos relacionados con el cristianismo. La película fue rodada en Irlanda, cerca del Condado de Wicklow, zona donde el director tiene su residencia, durante 26 semanas del año 1980 y utilizando como algunas de las localizaciones el Castillo de Cahir, el parque nacional de Montañas de Wicklow o la cascada de Powerscourt. Producida por Orion Pictures y distribuida por Warner Bros contó con un presupuesto de más de 11 millones de dólares, recaudando en la taquilla internacional 34 y convirtiéndose así en la decimoctava película más taquillera del año 1981. Su reparto está formado por Nicol Williamson, Nigel Terry, Cherie Lunghi, Nicholas Clay, Helen Mirren, Paul Geoffrey, Gabriel Byrne, Robert Addie, Liam Neeson, Patrick Stewart o Ciarán Hinds entre otros.




El de Excalibur es un caso de casi inexplicable alquimia cinematográfica que pudiera pasar por uno de los conjuros del mismísimo Merlín. Esta afirmación viene dada a que poseyendo poderosas virtudes, que más tarde pasaremos a mencionar y enumerar, tampoco son escasas las carencias o decisiones cuestionables tomadas por John Boorman y sus colaboradores. Los actores sobreactuados declamando más que dialogando sus líneas, que la película fuera doblada en su idioma original tampoco ayuda en este sentido; la exageración teatral de casi todas las situaciones vividas por personajes siempre al límite de la parodia, la condensación de hechos adscritos al mito artúrico resueltos de manera expeditiva o pasajes como el coito entre Uther e Igrayne mientras el primero sigue portando su aparatosa armadura ponen en solfa más de un aspecto del conjunto de la obra. Pero por una extraña alineación planetaria todos los actores exhalan carisma y rotundidad, mientras las intrigas en las que se implican adquieren una naturaleza hipnótica, esa economía en cuanto al desarrollo cronológico fluye de manera orgánica y nunca lastrando el buen discurrir del film y la escena de sexo es una de las más célebres del film.




John Boorman despoja de casi toda lectura romántica o melodramática los escritos de Thomas Malroy e incluso las relaciones pasionales o sentimentales como las de Uther e Igrayne primero y las de Lancelot y Ginebra más tarde destilan una pátina más de perversidad y fatalismo que de amor idealizado. Durante la primera mitad del metraje el tono tenebrista se apodera de la película con un retrato de las Eras Oscuras y el reinado de Uther Pendragon cercano incluso al género de terror gracias a los juegos de luces y sombras por parte de un Alex Thomson epatante con la dirección de fotografía. En la segunda parte, con Arturo portando la corona, la luminosidad, que irradian incluso las armaduras de los Caballeros de la Mesa Redonda, da al largometraje una conceptualidad casi capitular con resminiscencias propias de la literatura. La conjunción plena entre narración y apartado audiovisual desemboca en una propuesta genuina y casi única en su especie dentro del subgénero de la fantasía heróica aplicada al medio cinematográfico.





Posiblemente una obra audiovisual dedicada al Rey Arturo nunca ha alcanzado las cotas de épica que John Boorman imprimió a Excalibur. Pero se trata de una muy particular y nada ortodoxa, la que contextualiza una Edad Media moviéndose entre la ensoñación febril y una realidad áspera, violenta con secuencias de batallas campales salvajes y caóticas representadas por los mismos actores enfundados en las aparatosas armaduras diseñadas por Bob Ringwood. El choque entre el metal refulgente de las corazas con la naturaleza de parajes bucólicos alumbra una amalgama estilística y pictórica de acabado onírico en el que los personajes se mueven como arquetipos adheridos al mito y la leyenda. Todo un compendio de imágenes y sonidos capaces de construir una iconografía que trasciende la pura cinematografía para apelar a la confrontación entre cristianismo y paganismo, monoteismo y politeismo en una batalla de ribetes filosóficos y existencialistas cuya resonancia llega hasta nuestros días.




Ya hemos afirmado que el doblaje y las interpretaciones pretendidamente exageradas parecieran jugar en contra del reparto, pero el resultado, una vez más, no es negativo en manera alguna. Todos y cada uno de los intérpretes parecieran haber nacido para dar vida a sus papeles, desde los más importantes para la trama a los de presencia más testimonial cuya relevancia en el relato es más exigua. Incluso un Nigel Terry aparentemente falto de carisma, fuerza o presencia física como Arturo se gana el favor del espectador con la entrega a un rol cuyo arco dramático gana enteros a pasos agigantados con el paso de los minutos desembocando en el clímax aue supone la recuperación de su salud mediante el Santo Grial. Especial mención para Nicol Williamson ofreciendo una de las versiones más peculiares y tragicómicas de Merlín, una Helen Mirren inolvidable como la maquiavélica Morgana y Nicholas Clay como el íntegro y aguerrido Lancelot. A destacar unos jóvenes Patrick Stewart (Leondegrance), Liam Neeson (Gawain), Gabriel Byrne (Uther Pendragon) e incluso un Ciarán Hinds de 28 años de edad como secundario sin diálogo dando vida a Lot.




Excalibur es una megalómana sinfonía wagneriana de proporciones mastodónticas repleta de ruido y furia, así como un punto de inflexión dentro del subgénero de espada y brujería que la tomaría casi como su epítome más representativo. Tras ella la fantasía heróica conocería una nueva etapa de bonanza con proyectos tan estimulantes y variopintos como Conan el Bárbaro (John Millius, 1982), El Señor de las Bestias (Don Coscarelli, 1982), Lady Halcón (Richard Donner, 1985), Legend (Ridley Scott, 1985), Willow (Ron Howard, 1988) o las incontables variantes y exploits nacidas a rebufo de la versión que el director de Amanecer Rojo (1984) ofreció del cimmerio nacido de la pluma de Robert E. Howard. Aunque su carrera ha sido extensa y llena de altibajos John Boorman nunca volvió a conocer un éxito tan rotundo como el de su octava película detrás de las cámaras. Pero la estela de esta todavía se deja sentir en la actualidad, no sólo en las posteriores adaptaciones de los textos artúricos que languidecen a su lado, sino en otras producciones como la trilogía de El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003) muy en deuda con esta inabarcable versión del reino de Camelot.



 

domingo, 7 de junio de 2015

El Exorcista II: El Hereje, y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos



Título Original Exorcist II: The Heretic (1978)
Director John Boorman
Guión William Goodhart basado en personajes de William Peter Blatty
Actores Linda Blair, Richard Burton, Louise Fletcher, Max von Sydow, Kitty Winn, Paul Henreid, James Earl Jones, Ned Beatty





Pocas personas en el globo terraqueo desconocen la existencia de una película de 1973 dirigida por el realizador norteamericano William Friedkin que adaptaba a imágenes la novela de su compatriota, el escritor William Peter Blatty y que se tituló, al igual que dicho libro, El Exorcista. No es difícil que al preguntar a cualquier ciudadano de bien o cinéfilo curtido cuál es la cinta del género de terror que más miedo le ha producido en su vida ponga a esta producción de la Warner Bros la primera en su lista personal o al menos en un puesto muy destacado de la misma por delante de otros clásicos del género. Porque con El Exorcista hablamos de una obra maestra del cine contemporáneo y una de las experiencias cinematográficas más impactantes e inolvidables del séptimo arte adscrita al celuloide de las horror movies americanas.




Todos los implicados en la gestación del largometraje estaban en los puntos álgidos de sus carreras y eso se dejó notar en pantalla. La novela fue un éxito editorial y el mismo William Peter Blatty se ocupó de adaptar su obra a imágenes, William Friedkin venía de ganar el Oscar por la mítica The French Connection: Contra el Imperio del Crimen y el reparto estaba formado por intérpretes de nivel como Max Von Sydow, Ellen Burstyn o Lee J. Cobb a los que se sumaron la debutante Linda Blair o el tristemente desaparecido Jason Miller que se introdujo en la piel del inolvidable Padre Damien Karras. El éxito de Warner Bros a la hora de gestar, producir y publicitar la película fue total y poco tardó en convertirse en un clásico atemporal que dejaría una huella indeleble en la historia del cine.




Pero hoy toca hablar de la primera de las accidentadas secuelas de la franquicia iniciada con el exorcismo de la pequeña Reagan McNeil a manos de los padres Lancaster Merryn y Damien Karras. Como hemos mencionado el éxito de El Exorcista fue descomunal recibiendo tanto el favor de la crítica como el público y ganando numerosos premios, consiguiendo incluso diez nominaciones a los Oscar, de los que ganó dos, Mejor Guión Adaptado para el mismo William Peter Blatty y Mejor Sonido. Los problemas comenzaron cuando Warner Bros decidió dar continuidad a la saga ya sin Willam Friedkin en la dirección y el ya mencionado novelista en la escritura. El británico John Boorman, que venía de triunfar con Deliverance y darse el batacazo con la posterior Zardoz fue el elegido para sacar adelante tan complicada empresa.




Con el Exorcista II: El Hereje, y esto se convertiría para bien o para mal en la tónica general en lo que respecta a las secuelas del largometraje de William Friedkin, John Boorman quiso alejarse bastante del tono, la estética y las pretensiones artísiticas y cinematográficas de la primera entrega, pero sin traicionar a la esencia de aquella. El director de Excalibur quiso dar una visión introspectiva del mal encarnado en Pazuzu, el rey de los demonios del viento que fue la entidad que poseyó a la pequeña Reagan McNeil en la cinta original de 1973. El resultado es por muchos conocido: decepcionante taquilla, masacre por parte de la crítica, decepción para Warner Bros y considerable dolor de cabeza para Boorman, que vio como su personal visión se veía alarmantemente adulterada por culpa de unos directivos que metieron mano en la producción y la sala de montaje.




El Exorcista II: El Hereje tiene lugar cuatro años después del exorcismo de una Reagan MacNeil (Landa Blair) ya adulta que ahora es paciente en el instituto psiquiátrico en el que la doctora Gene Tuskin (Louise Fletcher) la está tratando. Pero la aparición del padre Phillip Lamont (Richard Burton) antiguo amigo del padre Lankester Merrin (sacerdote que practico junto al fallecido Damian Karras el exorcismo de la niña en Washington DC) dará un vuelco radical a la nueva vida de Reagan cuando la convenza de que la entidad diabólica Pazuzu sigue amenazándola entre las sombras. Para ayudarla el religioso viajará a Africa para conocer el origen de dicho demonio y encontrar a un misterioso hombre llamado Kokumo (James Earle Jones) que dará respuesta a muchas de sus dudas.




Lo cierto es que la secuela del Exorcista fue en bastantes aspectos un proyecto sucidia, no sólo por, como hemos afirmado previamente, alejarse considerablemente del tono y el mensaje de su predecesora sino también porque con ella John Boorman quiso crear un producto de autor dentro de una maquinaria hollywoodiense que no admite una palabra más alta que otra sin su previo consentimiento. Curiosamente correr estos riesgos fue el mayor acierto de una cinta como la de John Boorman. Con una imaginería formal y visual única, absorbente e inquietante el director de The General consigue introducir al espectador en una especie de estado de ensoñación en el que la parafernalia africana relacionada con la demonología que sólo era mostrada de manera tangencial en el prólogo del film primigenio cobra aquí capital importancia narrativa.




Desde el arranque en Perú hasta el viaje del padre Lamont a África en busca del misterioso Kokumo, Boorman apela a una atmósfera bífida, tribal, creando interesantes paralelismos entre insectos y demonios, como esa plaga de langostas de reminiscencias bíblicas que representa la presencia amenazante de un diablo Pazuzu que también cobra gran protagonismo en esta primera secuela. Con una especial delectación en los rituales, invocaciones y exorcismos (los de la chica peruana y el de Kokumo en su niñez tiene una gran fuerza por su malsana plasticidad visual) una mirada que se mueve entre lo entomológico y lo demiúrgico el británico ofrece pasajes de un onirismo intimidante, (reflejándose en más de una ocasión en el Jacques Tourneur de Yo Anduve Con Un Zombie) adheriéndose los mismos, de manera aislada, a los mejores momentos de su carrera cinematográfica como director. Todo acariciado por una siniestra y catárquica banda sonora del gran Ennio Morricone.




Lo más curioso es que si esta subtrama africana protagonizada por el padre Lamont podría adscribirse fácilemtne a la parte más genuinamente John Boorman de El Exorcista II: El Hereje, es en el relato central protagonizado por Reagan donde más reminiscencias a la película de William Friedkin podemos encontrar. Lo curioso es que si bien es cierto que en este núcleo central de la historia es donde más se nota el tira y afloja entre producción y dirección también hay que afirmar que no escasean en el mismo las secuencias más inquietantes del largometraje. La más destacada, y favorita del que suscribe, es la sesión con el "sincronizador" en el que el padre Lamont asiste el exorcismo al que Reagan fue sometida por el padre Merrin y que deja grabada en la retina del espectador ese intento por arrancar el corazón de la doctora Tuskin por medio de una sabia superposición de imagen en la realización transmitiendo a la platea una amalgama blasfema entre tecnología y demonología que se revela como lo mejor del metraje.




Confirmado el talento de Boorman para retratar estas dos vertientes en el largometraje, son el confuso guión de William Goodhart (reescrito hasta la saciedad durante el rodaje por Boorman y su colaborador Rospo Pallenberg) y el poco consistente montaje de Tom Priestley los apartados que transmiten la sensación de que El Exorcista II: El Hereje es una obra hipertrófica, descompensada, mal rematada cuando pasajes tan poderosos como los comentados en los dos párrafos inmediatemante anteriores o la visita a la casa de Georgetown, en la que todavía parece habitar algo satánico entre esos muebles tapados con sábanas, se alternan con otros realmente penosos como el de el ataque de Reagan durante la actuación musical o algunos de los momentos de ese clímax final que se mueve entre lo conseguido formalmente y lo ridículo y ruidoso debido a su realización efectista y coreografía caótica de destrucción decididamente desproporcionada.




La labor del reparto es bastante considerable si tenemos en cuenta que entre los secundarios tenemos nombres de primer nivel como un enorme Richard Burton, una pletórica Louis Fletcher (alejada su preocupada doctora Tuskin de aquella diabólica enfermera Ratchet que le valió un Oscar a la mejor actriz en la inolvidable Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco, de Milos Forman) James Earle Jones insuflando presencia física (y vocal) con Kokumo o Max Von Sydow volviendo a dar vida, brevemente, al padre Merrin. Por otro lado una preciosa Linda Blair lleva magníficamente bien el peso de la cinta con su protagonista, alternando ternura con amenaza cuando su rol impersona a Pazuzu. El problema es que su negativa a dar vida a su alter ego demoniaco (para no sufrir las maratonianas horas de maquillaje del gran Dick Smith) hacen que su trabajo no sea superlativo como en el primer Exorcista, pero la actriz que da vida a la niña cuando está poseída hace un trabajo encomiable después de todo.




El tiempo nos demostró que ninguna de las cuatro secuelas de El Exorcista estuvo a la altura de esta y que la simple existencia de las mismas fue un simple capricho monetario, pero también es cierto en casi todas (la versión de El Exorcista: El Comienzo de Renny Harlin no hay por donde cogerla) hay algo que las hace interesantes como atípicas cintas de género. El Exorcista II: El Hereje pudo ser mucho más de lo que finalmente fue, pero la cinta de John Boorman es de una naturaleza tan mórbida, lacerante y envenenada que merece la pena no ser obviada. Sus momentos remarcables y hallazgos tanto visuales como narrativos solapan sus fallos estructurales y formales, por ello con el tiempo ha ido ganándose a pulso el prostituible pero honroso título de cinta de culto y recibiendo alabanzas de directores como Martin Scorsese, fans declarados de su visión rompedora de aquello que en la primera entrega se abordó de manera más acertada (la cinta de William Friedkin es muy superior, eso es inapelable) pero también conservadora, pudorosa y cobarde.




Cuirosamente no sería esta El Exorcista II: El Hereje la última secuela de la cinta de William Friedkin que se encontraría con problemas de producción. Ya que tanto la meritoria El Exorcista III, con la que William Peter Blatty adaptó su novela Legión, como la interesante El Exorcista: El Comienzo con la que el guionista y cineasta Paul Schrader abordaba los primeros años como exorcista del Padre Merrin se verían mutiladas y remodeladas en el primer caso y totalmente desechadas en el segundo. Pero de estas secuelas que con sus fallos y aciertos merecen ser reseñadas debidamente hablaremos en un futuro próximo en este mismo blog sin olvidarnos, por supuesto, de la cinta original de 1973 que al igual que a millones de espectadores al que suscribe dejó una profunda huella y una pasión descontrolada por el género terrorífico adscrito al séptimo arte.