sábado, 30 de abril de 2016

Atracción Diabólica, human nature



Título Original Monkey Shines (1988)
Director George A. Romero
Guión George A. Romero basado en la novela de Michael Stewart
Actores Jason Beghe, John Pankow, Kate McNeil, Joyce Van Patten, Janine Turner, Stanley Tucci





A pocos cinéfilos se les escapará que el cineasta George A. Romero es reconocido mundialmente como el padre del género zombie, ya no sólo por su clásica trilogía formada por la seminal La Noche de los Muertos Vivientes, Zombie (Dawn of the Dead) y El Día de los Muertos, sino también por su meritoria, arriesgada y menos afortunada otra trinidad sobre la misma temática a la que dio forma durante la pasada década con la magnífica La Tierra de los Muertos Vivientes, la interesante pero oportunista El Díario de los Muertos y la tan fallida como endeble La Resistencia de los Muertos (Survival of the Death). Pero también es sabido por muchos que a lo largo de los años también ha abordado otro tipo de celuloide de terror como esa Creepshow que ideó con su amigo Stephen King para homenajear a los cómics de la editorial EC, su personal visión sobre el vampirismo con Martin o más recientemente aquel desastroso thriller criminal llamado El Rostro de la Venganza (Bruiser) que parecía fusilar impunemente Abre los Ojos del español Alejandro Amenábar.




Dentro de ese grueso de su filmografía, no relacionada con los difuntos que vuelven a la vida para sembrar el pánico entre una ciudadanía no menos inhumana, destaca de manera más que notable el que para el que suscribe sigue siendo su mejor largometraje como guionista y realizador, Monkey Shines, titulado Atracción Diabólica en España. Estrenada en el año 1988 y basada en la novela homónima del escritor Michael Stewart esta décima cinta de George A. Romero tuvo un proceso de gestación bastante problemático debido a que Orion Pictures, productora detrás del proyecto, presionó al cineasta para realizar cambios que no le agradaban como incluir un final feliz diametralmente opuesto al que él tenía en mente. La crítica la recibió de manera dispar y la taquilla le dio la espalda pero a pesar de ello ganó varios galardones en festivales cinematográficos de terror y ciencia ficción como los de Avoriaz, Fantasporto o Sitges, todos bien merecidos como trataré de defender a continuación.




La novela en la que se basa el largometraje toma como núcleo central un proyecto real utilizado durante los años 80 en el que primates eran adiestrados para ayudar a discapacitados físicos en las tareas diarias que por su estado no podían realizar personalmente. La trama sigue los pasos de Alan Mann (Jason Beghe) un joven que tras sufrir un terrible accidente de tráfico queda tetraplégico viendo su vida arruinada decide recurrir a uno de estos proyectos que le proporcionará los servicios de Ella, una pequeña mona capuchina que ejercerá de apoyo con las actividades que él ya no puede desarrollar por sí solo. El problema es que Ella ha sido utilizada en un experimento para inyectar tejido neuronal humano en monos y al poco tiempo aumentará exponencialmente su inteligencia y comenzará a actuar como una pareja celosa que tratará de eliminar a toda persona que decida a cercarse al protagonista sin su previo consentimiento. Alan unirá fuerzas con Melanie Parker (Kate McNeil) una adiestradora para intentar comprender qué sucede y cómo detener a Ella.




Aunando distinto tipo de géneros como el terror, el thriller, el drama y hasta algunos apuntes de comedia, pero con un tono de madurez y disección quirúrgica más cercano a David Cronenberg que a su propia impronta como cineasta, George A. Romero ofrece en Monkey Shines un trabajo soberbio de escritura y realización. No sólo da lo mejor de sí mismo con un guión de una solidez intachable, perfecto tanto a la hora de medir los tiempos como cuando debe perfilar personajes tridimensionales que en la mayoría de los casos huyen de la caracterización simplista; sino también en el apartado técnico (ayudado por un magnífico montaje de Pasquale Buba, todo sea dicho) en el que demuestra los años de oficio sabiendo dónde y cuándo colocar la cámara, tensando la sensación de claustrofobia y peligro como un cable de acero, con mucho más mérito si tenemos en cuenta el pequeño tamaño de la amenaza que asedia a los protagonistas, sin olvidar en el proceso cómo guiar a un grupo de actores en estado de gracia que con su buen hacer superan la media de calidad que suelen ofrecer los intérpretes de este tipo de films.




Esa amalgama de géneros permite que Atracción Diabólica muestre sus mejores cartas localizándolas en distintas vertientes genéricas. Sirvan como ejemplo la elegancia con la que está rodado el accidente de tráfico que deja postrado en una silla de ruedas al protagonista, con ese uso simbólico de los ladrillos rompiéndose contra el asfalto; la sutilidad con la que está ejecutada la escena de sexo entre Alan y Melanie, la sordidez que transmite no sólo el personaje de Geoffrey Fisher (John Pankow), sino el laboratorio en el que lleva a cabo sus inhumanos experimentos con los primates; los ecos hitchcockianos a lo Psicósis que refleja la pantalla con la madre castradora a la que da vida Joyce Van Patten o la destacable pericia con la que están rodadas las escenas subjetivas en las que acompañamos a Ella en sus escapadas nocturnas y que el personaje de Alan puede ver en sueños, provocándole esto una alteración de la personalidad que acerca la suya misma a la de la diminuta mona, matiz este de un tono fantástico que por otro lado entronca de manera un tanto abrupta con el tono más realista de la obra y que descompensa un poco el conjunto, aunque sin herirlo de manera grave. Todos estos pasajes acompañados y potenciados por la más que notable banda sonora de David Shire que mezcla melodías melancólicas con inquietantes sonidos tribales en las escenas más viscerales.




La trama dosífica perfectamente las relaciones interpersonales entre los personajes que se antojan creíbles y cercanas a una platea que empatiza con la desdicha del personaje de Jason Beghe, el in crescendo de suspense al que da pie el comportamiento cada vez más peligroso de una Ella, cuya psicología está tan bien perfilada como la de cualquier rol bípedo que habite el largometraje, completamente enamorada de Alan que en todo momento mantiene en tensión al espectador y por otro lado el inteligente y elogiable subtexto sobre la naturaleza egoísta y depredadora del ser humano en contraposición a la más noble y despojada de artificio del animal o la crítica hacia la experimentación científica que utiliza de manera cruel y discriminada a todo tipo de cobayas como carne de cañón. Esta última idea queda perfectamente anclada cuando al final del film, y después de haber asistido a los actos homicidas de la primate, descubrimos que ella no es otra cosa que la víctima de toda esta situación y que la mano humana que la convirtió en una aberración genética será la misma que tratará de destruirla como si de una vertiente primate del monstruo de Frankenstein se tratase.




Todo funciona al máximo nivel en esta Monkey Shines que merece ser reivindicada como una de las mejores películas de género de los 80. Aunque las ya mencionadas La Noche de los Muertos Vivientes o Creepshow son muestras de su filmografía con mucho más nombre, esta producción de 1988 se revela todavía hoy como la obra cumbre de George A. Romero como autor detrás de las cámaras. Tras ella quedó descontento con el trato que le dieron las majors y volvió a su amado cine independente, pero nunca volvió a estar tan atinado como en este dechado de elocuencia conceptual y narrativa, ya no sólo por su parte, sino por la de todos los profesionales que se implicaron en el proyecto haciendo de manera más que sobresaliente su trabajo. La próxima cinta a reivindicar del maestro del terror zombie en Transgresión Continua será aquella La Mitad Oscura con la que adaptó la novela homónima de su colega Stephen King y que tampoco escapó de los problemas de producción y estreno con la ya mencionada Orion Pictures que por aquel 1993 ya daba sus últimos estertores de muerte.



Especial Saga Cloverfield



A lo largo de 2007 un J.J Abrams que se había bajado del carro de la recordada serie Lost, por aquel entonces con su fama por las nubes como programa catódico, en calidad de co productor y co creador comenzó a gestar un proyecto cinematográfico que permaneció bajo el más estricto de los secretos y del que se supo más bien poco hasta el mismo momento de su estreno el 18 de Enero de 2008 en Estados Unidos. Cloverfield, que en España recibió el estúpido título de Monstruoso (el mismo que ha dado pie a que la secuela/spin off que comentaremos más tarde casi no sea reconocida por el público de nuestro país como tal) supuso una nueva entrega de formato found footage (metraje encontrado) en el que un grupo de amigos grababan un vídeo casero de una fiesta en New York que se vería interrumpida por el ataque de un enorme monstruo de origen desconocido a la ciudad. Gracias a una inteligente y potente campaña de marketing centrada en internet con vídeos virales, teaser trailers misteriosos y pósters que incitaban a la especulación continua sobre la naturaleza desconocida del proyecto (se habló de una nueva entrega de Godzilla e incluso de una adaptación a imagen real de los mitos de Cthulhu nacidos de la pluma de H.P. Lovecraft e influncias de ambas había el resultado, para qué negarlo) el film fue todo un éxito a nivel internacional, aumentó el caché del creador de Alias o Felicity en el séptimo arte y dio a conocer a nombres que años después cobrarían considerable importancia en el resurgir del cine comercial de calidad americano como Drew Goddard o Matt Reeves en los que pararemos más tarde.

Ocho años después y de nuevo con un secretismo que poco tenía que envidiar al de su predecesora llegó a Estados Unidos y el resto de la cartelera internacional 10 Cloverfield Lane (Calle Cloverfield 10 en España) una secuela poco ortodoxa (sucede de manera paralela al film original) que narra el confinamiento de tres personajes encerrados en el búnker antinuclear creado por uno de ellos. Dirigida por el debutante Dan Trachtenberg, con un guión ideado a seis manos por Damien Chazelle (la mente detrás de esa obra maestra de reciente factura titulada Whiplash) el habitual asistente de montaje Josh Campbell o el productor Matthew Stuecken y protagonizado por Mary Elizabeth Winstead, John Goodman y John Gallagher Jr esta nueva producción del director de Star Trek: En la Oscuridad o Misión Imposible 3 ha supuesto todo un inesperado éxito, un sleeper de manual que a no pocos a pillado desprevenidos haciendo una muy digna taquilla y recibiendo los parabienes de una prensa especializada que la ha destacado como uno de los mejores thrillers del 2016. A continuación reseñaremos los dos largometrajes, hablaremos de las virtudes y defectos que cada uno de ellos posee, en qué se parecen o qué las diferencia y todo con la intención de discernir si esta segunda entrega tiene el suficiente potencial para dar inicio a una nueva y exitosa saga cinematográfica.


Cloverfield, do not fall in New York


El 18 de Enero de 2008 todo se destapó. El secreto proyecto auspiciado por J.J. Abrams que se había gestado de manera furtiva vio la luz y la taquilla internacional pudo finalmente descubrir de qué se trataba aquella misteriosa cinta. Por mucho que haya quien lo crea el formato found footage (metraje encontrado) o como siempre se ha conocido, falso documental, no nació con El Proyecto de la Bruja de Blair de Eduardo Sánchez y Daniel Miryck en 1999. Obras como la polémica Holocausto Caníbal de Ruggero Deodato en los setenta, la despoliante This is Spinal Tap de Rob Reiner en los ochenta o la brutal Ocurrió Cerca de Su Casa de Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoît Poelvoorde en los 90 dan buena muestra de que este tipo de ficción que emula la realidad por medio de “grabaciones caseras” se lleva utilizando en el séptimo arte desde hace varios decenios. Esta producción se adhiere a ese subgénero ya que la base narrativa de su relato es la grabación de la fiesta de despedida del personaje protagonista que al día siguiente pondrá rumbo a Japón para iniciar una nueva vida personal y profesional. Pero uno de los mayores éxitos de Cloverfield es su mixtura de géneros ya que lo que inicia como si fuera un capítulo de Felicity (serie creada por el mismo J.J. Abrams y en la que colaboraron varios de los profesionales que trabajan en el film que estamos comentando en esta entrada) en el que un grupo de amigos disfrutan de una velada en la que las relaciones sentimentales y los problemas personales de los personajes se convierten en el tema central de la trama durante los primeros quince minutos de metraje a partir de esta ruptura de tono el producto se transforma en una mezcla entre muestra de cine de catástrofes y una peculiar visión de las monster movies típicamente niponas.





Una vez los personajes han sido presentados, sus personalidades levemente definidas con un par de pinceladas que no van más allá de estereotipos reconocibles, que por suerte tampoco convierten sus roles en las típicas víctimas estúpidas por las que no sentimos empatía alguna, la obra se convierte en un artefacto espídico y frenético que se sustenta principalmente en la labor del equipo técnico comandado por un Matt Reeves pletórico en la puesta en escena. A partir de ese giro Cloverfield se convierte en una montaña rusa que no da respiro al espectador revelándose como pieza escrupulósamente fiel a las constantes del formato en el que se sustenta como relato (no más de 90 minutos de duración, licencias narrativas para que uno de los personajes no deje nunca de grabar con su cámara en ningún momento, desarrollo casi totalmente en tiempo real) ofreciendo una visión hasta ese momento poco común del cine protagonizado por monstruos gigantescos que arrasan grandes ciudades. Para que el proyecto salga adelante y consiga condensar en sus exiguos 84 minutos de duración todo el tonelaje que una producción catastrófica puede condensar el film se sustenta, sobre todo, en la pericia como storyteller de un Drew Goddard (que por aquel entonces venía de colaborar con Joss Whedon en Buffy Cazavampiros y Ángel o con el mismo J.J. Abrams en Lost) que ya iba dando muestra de un talento, que se confirmaría en el futuro, poniendo en bandeja de plata a Matt Reeves una serie de escenas de destrucción y peligro tensado como un cable de acero que el director de Mi Desconocido Amigo (The Pallbearer) aprovecha para dar muestras de un ferreo dominio del caos controlado que en todo momento acentúa el tono apocalíptico y aterrador de una obra como Cloverfield.

Cloverfield también es una hija de su tiempo y aunque como obra supuso un soplo de aire fresco dentro del género de cine catastrófico se adscribe al mismo por medio de la metáfora que supuso la situación mundial en general y estadounidense en particular tras los atentados del 11S. El mismo Matt Reeves lo menciona en los audiocomentarios del blu-ray del film, los ecos de la infame destrucción de las Torres Gemelas a manos de Al-Qaeda son notorios a lo largo de la película no sólo por el trasfondo de utilizar algo tan viejo como hacer uso de la figura de una “criatura extraterrestre” como una “amenaza exterior” (en este caso el terrorismo radical islamista, en los años 50 y 60 el comunismo de la U.R.S.S) sino también por emular casi de manera fidedigna algunas de las imágenes que aquella fecha dejó grabada a fuego en el inconsciente colectivo a nivel global como todas esas personas caminando aturdidas con el cuerpo cubierto de polvo blanco o ese enorme edificio que se vuelca sobre otro tras ser derruido. Sirva como ejemplo claro de lo que mencionamos la célebre escena en la que la cabeza decapitada de la Estatua de la Libertad (la misma que copa el protagonismo del cartel oficial de la película) es arrojada en medio de la calle en la que los personajes principales se encuentran tras el inicio del ataque alienígena, un pasaje que no sólo nos remite a otros clásicos de la ciencia ficción como El Planeta de los Simios de Franklin J. Schaffner o 1997: Rescate en New York de John Carpenter sino que también condensa en su claro subtexto los miedos atávicos de América relacionados con la destrucción de su statu quo, de cómo “el enemigo” viene a destruir el “modo de vida americano” aniquilando uno de sus símbolos monumentales más conocidos y representativos a nivel mundial.




Pero no eludamos lo evidente, Cloverfield es cine de evasión, una pieza vibrante y directa sobre el ataque de una criatura de origen extraterrestre que viene a arrasar New York. Abrams, Goddard y Reeves saben condensar con profesionalidad en una sola pieza una inteligente mixtura de géneros que enriquecen el conjunto del producto y que lo convierten en una experiencia sensorial para todo tipo de espectadores que buscen emociones fuertes no sólo bebiendo del séptimo arte sino también de obras literarias como La Guerra de los Mundos de H.G. Welles. El in crescendo de tensión desde el arranque del metraje, el esconder a la criatura entre las sombras para ir gradualmente mostrándola a la platea, el grupo de actores mediocres pero entregados físicamente por la causa y pasajes aterradores como el de la ya mencionada cabeza de la Estatua de la Libertad, el del puente de Brooklin viníendose abajo, el de la caída al vacío del helicóptero militar o el del parque que cierra el film son aciertos que hacen de Cloverfield un excelente producto comercial que entre otras cosas dio a conocer a dos autores que se harían un nombre en Hollywood en años posteriores. Drew Goddard debutó en la dirección, ayudado por su amigo Joss Whedon, con la ya de culto Cabaña en el Bosque, se ocupó de escribir los guiones de The Martian y Guerra Mundial Z que adaptaban dos exitosos best sellers o los primeros episodios de la Daredevil de Netflix y Matt Reeves ejecutó un memorable remake de Déjame Entrar, la brillante cinta sobre vampirismo del sueco Thomas Alfredson, y demostró que era un artesano muy a tener en cuenta con El Amanecer del Planeta de los Simios la colosal secuela de la precuela del film clásico de 1968. En cuanto a Cloverfield su paso por la taquilla mundial fue un éxito y la crítica la recibió bastante bien, pero un J.J Abrams embarcado ya en proyectos como Super 8 o la saga Star Trek no parecía tener intención de continuar inmediatamente la saga, algo que cambió ocho años después en el actual 2016, como veremos a continuación.


Calle Cloverfield 10, gimme shelter


Mientras el estreno de la polémica visión que Zack Snyder, David S. Goyer y Chris Terrio han dado del titánico combate entre el Hombre Murciélago y el Último Hijo de Krypton en Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia acaparaba todos los focos mediáticos un pequeño y secreto proyecto impulsado por el polifacético J.J. Abrams llegaba sin hacer mucho ruído, casi sin molestar, a la cartelera internacional. Se trataba de 10 Cloverfield Lane, Calle Cloverfield 10 en España, una especie de secuela, spin off o historia paralela de aquella exitosa cinta que aunaba el formato found footage con el cine de catástrofes o las monster movies llamado Cloverfield, y como hemos mencionado previamente, terriblemente rebautizada como Monstruoso en España. Mientras los superhéroes de DC intercambiaban hostilidades y polarizaban la opinión de crítica y público la producción del director de Super 8 se ganaba un pequeño pero sólido grupo de seguidores maravillados con la propuesta a los que se sumaron unos críticos que disfrutaron considerablemente con el debut en la dirección del cineasta Dan Trachtenberg cuyo guión está ideado entre otros por Damien Chazelle, escritor y director de la brillante Whiplash. A continuación vamos a hablar de qué funciona y qué no en esta atípica continuación, comentaremos sus distintos apartados y trataremos de afirmar que es una obra meritoria y hasta cierto punto arriesgada pero que no es tan impresionante como se ha afirmado de manera general y reiterada por mucho que pocas carencias podamos echarle en cara como conjunto cinematográfico.


Calle Cloverfield 10 ha visto la luz sin saberse casi nada de su gestación o argumento y ahí reside gran parte de su encanto. Como proyecto corre varios riesgos y el primero y más destacable es que se aleja totalmente del tono y el formato de su predecesora. Dan Trachtenberg, sus guionistas y J.J. Abrams como productor en la sombra abandonan el found footage para narrar una historia del fin del mundo en un tono más intimista no con la personalidad y rotundidad de productos como Melancolía de Lars Von Trier o El Tiempo del Lobo de Michael Haneke, pero sí un poco más cerca de la sensibilidad minimalista de la indie Take Shelter de Jeff Nichols. 10 Cloverfield Lane también es un survivor reducido al mínimo exponente, ya que no más de tres personajes pueblan el film, y en este sentido también es sencillo que al verla rememoremos aquella La Huella (Sleuth) de Joseph L Mankiewicz en la que Lawrence Oliver y Michael Caine daban un recital de interpretación en una exigua localización (la vistosa y siniestra mansión del primero) o incluso al remake dirigido por Kenneth Branagh y que tenía como protagonistas a Jude Law y al ya mencionado actor de Hannah y Sus Hermanas o El Caballero Oscuro. De modo que el largometraje que nos ocupa narra la historia mínima de cómo tras un accidente de tráfico Michelle (Mary Elizabeth Winstead) es secuestrada por Howard (John Goodman) un extraño individuo que se ha recluido en un búnker de su propia creación con Emmeth (John Gallagher Jr) un joven conocido suyo a la espera de que el equipamiento que la localización les permita pasar los años que Howard piensa que serán suficientes para salir al exterior sin sufrir daño físico por la supuesta radiación que ahora recorre Estados Unidos.




Calle Cloverfield 10 no tiene absolutamente nada que ver con Cloverfield en lo que a tono se refiere. Si el film escrito por Drew Goddard y dirigido por Matt Reeves era una historia mastodóntica narrada por medio de un pequeño objetivo (el de una videocámara casera) esta poco ortodoxa continuación es una historia mínima relatada por medio de la enorme visión que proporciona el séptimo arte más ortodoxo y ficcional. Sólo tres actores pueblan el metraje y sobre ellos y su labor recae todo el peso de un entramado que tiene en los miembros de su equipo artístico sus principales valedores. El trabajo de los tres protagonistas es lo mejor del largometraje que nos ocupa, tres roles perfectamente perfilados que en ningún momento abandonan el terreno del naturalismo y en el caso de dos de ellos el da la ambigüedad y el desconcierto. Mary Elizabeth Winstead se introduce perfectamente en su papel de chica en apuros que gradualemente y gracias a su astucia se acaba conviertiendo en una superviviente nata, mantiene una excelente química con ella un magnífico John Gallagher Jr que no sabemos si realmente ha conectado con la chica o si guarda algún interés más oscuro con respecto a ella. Por otro lado John Goodman eclipsa a sus dos compañeros de reparto con un contenido recital de dramatismo adherido a un personaje que el actor de El Gran Lebowski o Red State hace suyo por medio de una tensa calma que nos impide discernir durante los primeros pasos de la obra si nos encontramos ante una amenaza o un aliado para el personaje protagonista al que da vida la actriz de Death Proof o Scott Pilgrim Contra el Mundo.

El guión escrito a seis manos está bien estructurado sabe medir los tiempos o aumentar la sensación de creciente suspense que el encierro al que están sometidos los personajes produce a los mismos y por efecto dominó a la platea. Una vez expuesta la sólida narración del relato el director Dan Trahctenberg tira de minuciosiodad, academicismo bien entendido y un control del timing bastante notable para que en todo momento la sensación de amenaza sea palpable para el espectador. El debutante realizador sabe dónde colocar la cámara para aprovechar la escueta localización en la que narra su historia sacando todo el partido posible a la misma para que la elaboración de la atmósfera de opresión y confinamiento se convierta en una verdad ineludible en el proyecto. El problema es que aunque poco o nada se le puede reprochar a un producto como Calle Cloverfield 10 en ninguno de sus apartados acusa el relato de una casi total falta de imaginación e inventiva, no hay lugar para la duda o el quiebro argumental que nos permita percibir que el film haya jugado con nosotros más allá de hacernos dudar sobre la personalidad de sus personajes, esa sensación de déjà vu conceptual es uno de los lastres más notables de la obra. A esto habría que sumar la ausencia de un mayor nivel de empatía con el espectador que le permita implicarse más con los hechos que captan la cámara y que en pocos momentos consiguen transmitir verdadero desasosiego que le mantenga aferrado a butaca ansioso por discernir que sucederá en la próxima escena. Esto no quiere decir que los protagonistas no nos importen o que sus actos nos transmitan indiferencia pero con un poco más de fuerza podríamos entrar con más de visceralidad en el juego que propone el largometraje.




Cloverfield Lane 10 no se trata de la genialidad que muchos se han aventurado a afirmar que es, pero se antoja como un producto valiente, siempre dentro de los encorsetados estándares de Hollywood, e incluso ese clímax que tanto han criticado hasta los que han disfrutado con él al que suscribe le parece no sólo la necesaria conexión con la Cloverfield original sino el momento culminante perfecto para que el minimalismo y la contención de los que había hecho gala el proyecto exploten por los aires con coherencia y espectacularidad en su recta final. La labor de Dan Trachtenberg en la dirección, Damien Chazelle, Josh Campbell, Matthew Stuecken en el guión y J.J. Abrams en la de productor es lo suficientemente efectiva como para dejarnos con ganas de más y a la espera de una nueva entrega que vuelva a rizar el rizo y ofrecernos algo diferente a estas dos cintas que hemos comentando en la entrada. Cloverfield se ha convertido en una potencial saga, posiblemente ninguna de sus dos partes haya conseguido explotar al 100% todas las posibilidades que ofrece la franquicia, pero la misma va por el buen camino. El hecho de que esta secuela haya despertado el interés del público casi una década después del estreno del primer film es un buen síntoma para que sus creadores se planteen seriamente seguir con este interesante microcosmos que han creado y que pueden explotar adecuadamente si no se entregan a los brazos del éxito fugaz y deciden dedicar el tiempo que sea necesario para sacar adelante próximos capítulos con las que dar una visión lo más poliédrica posible de esta peculiar, y ya de culto, invasión extraterrestre al país de las barras y estrellas que seguiremos de cerca en un futuro no muy lejano.


sábado, 2 de abril de 2016

Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia



Título Original Batman v Superman: Dawn of Justice (2016)
Director Zack Snyder
Guión David S. Goyer y Chris Terrio
Actores Henry Cavill, Ben Affleck, Amy Adams, Laurence Fishburne, Jeremy Irons, Holly Hunter, Diane Lane, Gal Gadot, Jesse Eisenberg, Jena Malone, Lauren Cohan, Callan Mulvey, Tao Okamoto, Ray Fisher, Scoot McNairy, Jason Momoa, Ezra Miller, Demi Kazanis





Tras la controversia que acompañó al estreno de El Hombre de Acero en 2013 DC Cómics y Warner Bros no lo tenían fácil para seguir con el tono de aquella superproducción, que no a todos agradó, y con ello dar forma a una poco ortodoxa, pero muy deseada, secuela en la que Superman se enfrentaría a Batman, el otro personaje capital de la afamada editorial norteamericana. Con Christopher Nolan fuera de la ecuación (aunque en los créditos conste como productor ejecutivo) David S. Goyer y Zack Snyder todavía en el barco y la inclusión al guión de Chris Terrio, Ben Affleck como el nuevo Batman (que estos últimos colaboren juntos no es extraño si recordamos que formaron dupla en la escritura y realización de la oscarizada Argo) y Gal Godot como Wonder Woman, Jesse Esinberg como Lex Luthor y Jeremy Irons en la piel del siempre fiel Alfred Pennyworth, Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia se embarcó en una larguísima gestación abarcando casi tres años que ya han dado su fruto con el estreno internacional de la obra hace poco más de una semana. Yendo directos al grano y sin paños calientes un servidor puede afirmar que la última película de Zack Snyder no merece en absoluto las brutales críticas que le ha dedicado la prensa especializada, pero también está lejos de ser la gran producción a la que aspiraba convertirse amparándose en que su núcleo central estaría basado en ver por primera vez a los dos personajes más relevantes de la historia de DC Cómics enfrentándose en un largometraje.




Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia ha estado ideándose en el seno de Warner Bros la friolera de tres años y debido a ello era lógico que los espectadores en general y el fandom en particular exigieran mucho a un proyecto tan esperado. Evidentemente y como se ha hecho notar a lo largo de los últimos días no han sido pocos los decepcionados con el film y la crítica especializada ha dejado notar, en líneas generales, su descontento con la última película de Zack Snyder. En cambio la taquilla se ha puesto del lado del largometraje dando la razón a los impulsores de la producción y asegurando el futuro del próximo universo cinematográfico de DC que da su pistoletazo de salida aquí. Después de una semana en la que se ha criticado brutalmente a la película un servidor debe afirmar que disfrutó el film el mismo día de su estreno y que sin sentirme ultrajado sí es cierto que salí de los multicines con una mezcolanza de sentimientos que se movían entre la satisfacción y la decepción por haber asistido a un potente y descontrolado producto con tantos aciertos como fallos. Aunque la cinta es una secuela oficial de El Hombre de Acero también sustenta su trama en dos de los cómics más icónicos de la pareja de personajes que lo protagonizan como son El Regreso del Caballero Oscuro de Frank Miller y La Muerte de Superman de Dan Jurgens al que se añaden referencias a otras sagas que pueblan el metraje de agradecidas referencias a la historia secuencial de DC.




Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia muestra rápidamente su naturaleza desdoblada en el prólogo que le da arranque. En esos escasos cinco minutos Zack Snyder da su visión, la enésima en cines, del asesinato de Thomas y Martha Wayne ante la impotente mirada de su pequeño hijo Bruce y en ellos se dan la mano esos efectistas y vacuos planos detalle marca de la casa (lo del collar de perlas es pura pose y regodeo innecesario) con respecto al director de Sucker Punch o El Amanecer de los Muertos y algunas tomas de una extraña belleza visual (esos murciélagos elevando por los aires al único heredero los Wayne) dejando claro que vamos a asistir a un desfile de grandes momentos que tomarán continuamente el relevo de otros considerablemente innecesarios. Por desgracia este resultado no es nuevo ya que la anterior El Hombre de Acero ya sufría este mal ofreciendo a la platea pasajes vibrantes, poderosos, de una epicidad palpable con otros insulsos, forzados y que desdibujaban en muchas ocasiones a los personajes. Por eso podemos afirmar que su sucesora se muestra en pantalla como un producto hipertrófico, grandilocuente, wagneriano, que quiere abarcar más de lo que puede y que desde bien pronto comienza a mostrar sus carencias, sobre todo las narrativas. Como no pocos han sabido vislumbrar el montaje de Batman v Superman deja mucho que desear, pero el que firma piensa que eso se deja notar sobre todo en la primera mdia hora de metraje, cuando Snyder, Goyer, Terrio (¿y Affleck?) comienzan a colocar sus fichas estratégicamente con escenas que pecan de exiguas, deficientemente desarrolladas o que pasan por delante del objetivo de la cámara sin aportar nada sólido para el desarrollo de la trama o su adecuado devenir.





Esto no afecta demasiado a la evolución de los personajes que ya estaban en Man of Steel ni a la presentación de los nuevos que aquí se unen a los de Clark o Martha Kent, Lois Lane o Perry White, pero sí a la adecuada construcción del entramado que vertebrara la obra cinematográfica. En no pocos momentos Batman v Superman transmite la sensación que esa idea de recortar escenas del metraje original para ofrecernos en un futuro un montaje extendido en el que se condense todo lo que Zack Snyder y su equipo de guionistas tenían en mente y que Warner cercenó impunemente (de hecho ya circula por la red una escena eliminada bastante curiosa) es uno de los fallos que ha dado pie a que el largometraje se muestre para algunos espectadores y periodistas especializados como una odisea de ruido y furia que no contiene nada en su interior, algo que, por otro lado, no es cierto en absoluto. El planteamiento principal de BvS es muy interesante con respecto a analizar el peligro que puede suponer tener a personas superpoderosas poblando el planeta tierra por mucho que se muestran como altruistas cuya única misión es ayudar al prójimo. Esa idea de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente que expone Lex Luthor (un Jesse Eisenberg cargante que sí, intimida, no, no es un mal villano y no, no se parece en nada al milimétrico y nihilista Lex de los cómics) no es nuevo, ya lo plantearon muchos guionistas del mundo del cómic y aunque lo más lógico sería que dicha reflexión nos remitiera a la inigualable Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons, más si tenemos en cuenta que Zack Snyder la adaptó al celuloide en el año 2009 con mucho acierto y alguna liciencia estilística bastante reprochable, a un servidor le vinieron a la cabeza con más fuerza las distintas etapas de la colección The Authority, la serie nacida en el seno de la ya extinta editorial Wildstorm creada por Jim Lee y que tuvo a guionistas como Warren Ellis, Mark Millar o Ed Brubaker entre sus escritores y a ilustradores como Bryan Hitch o Frank Quitely en sus apartados artísticos.




Por desgracia este planteamiento tan inteligente no es debidamente desarrollado por el guión, pero sí ofrece material para subsanar algunos errores de Man of Steel como devolver la humanidad a un Superman que nunca debió haber sido expuesto en pantalla como una deidad que “no debe nada a los humanos” ya que muchas de las mejores historias del Hombre del Mañana son en las que se muestra tan o más vulnerable que los terrícolas, un “sí, pero no” para intentar arreglar el desaguisado conceptual y existencial que supuso que el protagonista matara al villano principal de aquella cinta, el Zod al que dio vida un desatado Michael Shannon o un Henry Cavill hace todo lo posible por entregar más material narrativa y artísticamente notable con su rol y aunque no lo consigue al 100% se le agradece el intento. Otro acierto del libreto es cómo está abordado Batman como personaje y con mucho más mérito si tenemos en cuenta que esta nueva visión del Guardián de Gotham debuta en una película en la que él no es el eje central absoluto. Snyder y sus muchachos han tirado del Batman de Frank Miller, pero no del noir de Año Uno, sino del vigilante fascista de la pletórica El Regreso del Caballero Oscuro o del matón perdonavidas de All Star Batman y Robin. Esta versión del alter ego de Bruce Wayne es un cuarentón de vuelta de todo que lleva años efrentándose con unos criminales a los que cada vez se parece más y que sigue utilizando a Alfred Pennyworth, un Jeremy Irons a la altura de la situación, como brújula moral. El cuerpo musculado del actor de Persiguiendo a Amy, su rostro petreo que en esta ocasión juega a su favor y su habilidad con las escenas físicas convierten a su Batman, no sólo en lo mejor de BvS, también en la adaptación más literal que se ha hecho nunca a imagen real de la idea que tiene el autor de Sin City o 300 de lo que tiene que ser el Hombre Murciélago.




Aunque gran parte del fandom está pidiendo la salida de Zack Snyder de la próxima cinta de la Ligua de la Justicia y un servidor comparte dicha idea porque creo que el norteameircano repite su esteticismo de manera harto agotadora y que ya ha ofrecido todo lo que tenía con sus dos films también es de recibo mencionar que el cineasta es un competente artesano (nunca un autor, ni un visionario como algunos afirman) con unas remarcables dotes para rodar pasajes grandilocuentes, mastodónticos y hacer que en pantalla los superhéroes se comparten como tales. Todas las escenas de acción de Batman v Superman son espectaculares, están ejecutadas con una pericia fuera de toda duda y aunque en no pocas ocasiones pecan de aparatosas y toscas sería de necios negar que suben la adrenalina al espectador, sobre todo si se ha criado con los cómics de DC. El efrentamiento entre Batman y Superman es tan brutal como esperábamos y más, pero es que la aparición de la magnífica, aunque de presencia escasa, wonder Woman de Gal Godot para enfrentarse con un desatado Doomsday hace ganar enteros al conjunto del apartado técnico del largometraje, dándonos las primeras pinceladas de lo que en un futuro podrá ser una JLA que deje satisfechos tanto al espectador neófito como al fanboy de toda la vida. En resumidas cuentas, en su faceta más primaria, en la de ofrecer al respetable acción competente BvS muestra su mejor cara y poder ver en pantalla grande a la Trinidad de DC repartir estopa es algo que los lectores de las correrías de los tres protagonistas no podemos pagar con dinero y en ese sentido la satisfacción es prácticamente total.




No amigos, Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia no es ni de lejos tan mala como se ha dicho, es como pensé después de verla “una película que merece la pena, pero que podría haberla merecido mucho más” es un proyecto de proporciones tan enormes que sus creadores han perdido (o han querido perder) el control del mismo. Mi nota de todas formas es provisional, porque hasta que no vea la versión extendida de la cinta no podré hacer una verdadera valoración de todo lo planteado en el proyecto. Por ahora me quedo con los éxitos y fracasos de este montaje cinematográfico, que ofrece de manera descompensada fruición, adrenalina, fanservice y para que negarlo, desconcierto y decepción. Por suerte el futuro del universo cinemático de DC está asegurado tras el magnífico recibimiento del film en la taquilla mundial y esas visiones, algunas desconcertantes (la de Flash) otras brillantes (la de Batman luchando contra el ejército de Superman con una estética que recuerda a Superman: Hijo Rojo de Mark Millar es mi pasaje favorito de la película) ponen las primeras semillas de los que será esa JLA dividida en dos partes con la que Zack Snyder (si no hay cambio de planes) juntará por primera vez en imagen real al grupo de superhéroes más importantes de la editorial estadounidense, aunque siempre nos quedará la espina de saber cómo hubiera sido la visión de este cuando George “Mad Max” Miller estaba implicado en el proyecto. Finalmente recomiendo el visionado de Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia para disfrutarla y refutar qué es aquello que no ha gustado a unos y sí a otros, aunque para el que aquí firma el proyecto más interesante de Warner Bros relacionado con el mundo superheróico de DC sigue siendo ese Escuadrón Suicida que tan bien pinta y al que esperemos que David Ayer haya hecho justicia.


jueves, 31 de marzo de 2016

Big Hero 6



Título Original Big Hero 6 (2014)
Director Chris Williams y Don Hall
Guión Don Hall, Jordan Roberts y Robert L. Baird basado en el cómic  de Duncan Rouleau, Steven T. Seagle






En su afán por comprar hasta las Naciones Unidas en 2009 la productora cinematográfica Disney absorbió la editorial de cómics Marvel y todas sus subdivisiones (cine, mechandising, televisión...) por 2.800 millones de dólares. Después de cinco años de publicaciones con numerosas colecciones de cómics, series de figuras de acción y la producción de blockbusters protagonizados por superhéroes como Iron Man, Capitán América,Thor o los Guardianes de la Galaxia la división animada de la casa creada por Walt Disney toma personajes nacidos de en las viñetas de la Casa de las Ideas y estrena un film en el que por primera vez se cruza en un mismo proyecto Marvel, la productora de El Rey León o Aladdin y el séquito de John Lasseter. líder de Pixar y actual responsable del departamento de animación del hogar del ratón Mickey y el Pato Donald.




Big Hero 6 toma como protagonistas a un grupo nacido de las manos de Duncan Rouleau, y Steven T. Seagle como contrapartida cómica de los Alpha Flight, los superhéroes canadiense creados por el guionista e ilustrador John Byrne. Con no mas de diez números en los que hicieron acto de presencia y un rediseño de los personajes para adaptarlos al estilo Disney el film de Don Hall y Chris Williams confirma que la productora se encuentra en un momento dulce desde que el director de Toy Story o Bichos tomara las riendas de sus proyectos animados, Enredados, Frozen, la reciente Zootrópolis o la obra que nos ocupa han supuesto un soplo de aire fresco para la empresa estadounidense utilizando técnicas de última generación en lo que a cine animado se refiere, pero anclando sus historias en ese clasicismo que llevó durante 70 años a la productora del tío Walt a lo más alto del panorama cinematográfico.




En un futuro no muy lejano en la ciudad de San Fransokyo (unión de la ciudad estadounidense y la capital japonesa) viven con su tía Cass el adolescente Hiro Hamada y su hermano mayor, Tadashi. El primero es un niño inventor que pasa el tiempo participando en combates ilegales de robots manejados por control remoto para conseguir dinero fácil, el segundo pertenece a una prestigiosa universidad en la que colabora con un grupo de amigos y compañeros en la creación de todo tipo de aparatosos utensilios de alta tecnología. Su mayor obra es un robot médico llamado Baymax cuya única misión es velar por la salud de sus pacientes. Unos hechos imprevistos darán pie a que Hiro funde un improbable grupo de superhéroes que deberán enfrentarse un misterioso villano con máscara kabuki que guarda mas de un secreto.




La armónica convivencia de estilos occidental y oriental en la última producción de Disney es todo un hecho y un acierto pleno. Por un lado Japón está presente cuando en no pocos momentos Big Hero 6 nos remite a obras de Osamu Tezuka como Astroboy y en otras varias ocasiones son ilustradores de cómics procedentes de norteamerica (aunque curiosamente influenciados por el manga) como Joe Madureira (Masacre, The Ultimates) o Ed McGuines (Hulk, Superman/Batman) los que dejan notar su influencia en el grueso del acabado técnico y artístico de la obra cinematográfica que nos ocupa. Porque si bien Lasseter y sus muchachos realizan productos cada vez más minuciosos y elaborados en el plano visual es el trasfondo de sus historias el que convierte a las últimas entregas de la mítica productora en largometrajes con potencial para adscribirse a la atemporalidad cinematográfica.




Como afirmamos no sólo de un prodigioso uso de la técnica hace gala una delicia como Big Hero 6, ya que son sus personajes principales y secundarios y lo magníficamente perfilados que están los que hacen grande una película como la de Don Hall y Chris Williams. No encontramos nada novedoso en la exposición y desarrollo de roles del penúltimo film Disney, pero hay cierto poso de veracidad en la relación de hermanos entre Hiro y Tadashi revelándose en pantalla como seres humanos con sus virtudes y carencias apelando a una sana tridimensionalidad, sobre todo el protagonista del largometraje que irá evolucionando y mostrando cada vez más sus debilidades que no llegarán a convertirlo en un antihéroe, pero si coqueteando con la concatenación de situaciones a las que da lugar en una criatura con ciertos claroscuros que muestran un rostro diferente cuando se encuentra en situaciones de presión tras ese importante giro que tiene lugar, más o menos, a la mitad de la cinta.




Si Hiro es el adolescente alienado (que se dedique a construir robots para hacer peleas clandestinas supone un desperdicio de su prematuro talento como inventor) y Tadashi el hermano mayor y carismático, la amalagama perfecta entre responsabilidad y simpatía juvenil, el equipo de este que más tarde dará forma a los Big Hero 6 son el séquito de secundarios robaescenas de toda película Disney (o Pixar) que en no pocas descripciones de sus personalidades nos recuerdan a otros superhéroes (o sus alter egos) en un tono paródico con referencias a iconos del noveno arte (y ya también el séptimo) como Batman. Iron Man, Mariposa Mental  (Psylocke) o Flash y un villano con ambiguas intenciones, identidad oculta y que, paradójicamente, transmite más sensación de amenaza y peligro para los personajes principales que muchos de los que pueblan las películas en imagen real de la productora Marvel Studios que, como hemos mencionado previamente, también es propiedad de Disney desde hace siete años.




Aunque si abordamos el tema de los personajes de Big Hero 6 que deben estar en la estantería del recuerdo ese sería sin lugar a dudas Baymax. El robot médico se convierte indudablemente en el alma de película con su corpulencia redondeada, su cara aniñada enfatizada cuando al "nacer" se va familiarizando con todos los series vivos y objetos que le rodean transmitiendo así una sensación de inocencia y pureza que se suma a su faceta servicial a la hora de atender a sus pacientes. Pero un rol tan efectivo como sencillo gana enteros cuando Hiro lo va moldeando para convertirse en un superhéroe y con ello finalmente, en sus momentos de tristeza y confusión más insondables, utilizarlo para llevar a cabo actos del todo reprobables que se reflejan en pantalla como algunos de los mejores pasajes del film gracias al dramatismo en el que se adentra con ellos y que en ocasiones da la impresión de ser material un tanto duro para el espectador medio infantil.




Finalmente sería destacable mencionar la sólida empresa que forman el guión y la realización de Big Hero 6 y que, una vez más, viene de la influencia que las cabezas pensantes de Pixar están extendiendo al resto de la producción animada de Disney, algo que el largometraje que nos ocupa comparte con el sobresaliente e injustamente infravalorado último trabajo, El Viaje de Arlo (The Good Dinosaur), de la casa co creada por John Lasseter y Steve Jobs y de la que hablaremos aquí próximamente. Un libreto medido milimétricamente con un desarrollo de la trama de acción y thriller high tec añadiendo intriga de fondo se adhiere una realización dinámica, poderosa, que transmite una sensación de mixtura bien entendida entre clasicismo y vanguardia y que eleva hasta la excelencia el proyecto ideado por los cineastas Don Hall y Chris Sarandon que se encuentran aquí con sus facultades como narradores al 100% de eficacia, algo que la pantalla extrapola  a la platea en todo momento,




Big Hero 6 nació como una rara avis en cuanto a su atípica (no)colaboración entre Disney y Marvel para trasladar a imagen en 3D los personajes que toma como epicentro y finalmente se revela como otro de los no pocos, y nada desdeñables, grandes últimos films de la cuasi centenaria factoría de sueños desde que el necesario giro de timón que John Lasseter y sus huestes dieron a la producción animada, que a principios de la década pasada pasaba por uno de sus momentos más bajos, rejuveneció su material de primera línea. Don Hall, Chis Sarandon y su equipo de guinistas ofrecen un producto brillante, apto para infantes y adultos, con algunos momentos de admirable dramatismo y un emocionante final, deudor de aquella obra maestra de Brad Bird llamada El Gigante de Hierro, que cierra con broche de oro el viaje al que nos invita la merecedora ganadora del Óscar a la mejor película animada del año 2014 y de la que un servidor espera con altas expectativas una secuela que nos devuelva a estos memorables personajes que ofrecen una faceta distinta del cine pijamero tan de moda en la actualidad.



domingo, 27 de marzo de 2016

Punisher: Zona de Guerra, no habrá paz para los malvados



Título Original Punisher: War Zone (2008)
Director Lexi Alexander
Guión Nick Santora, Art Marcum, Matt Holloway, basado en los cómics de Gerry Conway, Ross Andru y John Romita Sr
Actores Ray Stevenson, Dominic West, Julie Benz, Dash Mihok, Doug Hutchison, Wayne Knight, Colin Salmon, Keram Malicki-Sánchez, T.J. Storm, Bjanka Murgel, Larry Day, David Vadim, Romano Orzari, Tony Calabretta, Jon Barton





Punisher (o el Castigador como ha sido conocido siempre en España) es un personaje nacido en el seno de Marvel Cómics en 1974 a manos del guionista Gerry Conway y los dibujantes Ross Andru y John Romita Sr. El alter ego de Frank Castle es el antihéroe por antonomasia de la Casa de las Ideas, un ex marine que tras el asesinato de su mujer y sus dos hijos a manos de la mafia decide comenzar una cruzada para eliminar a todos los criminales que, según su estricto código moral, merezcan ser ejecutados a sangre y fuego. Punisher es la antítesis de superhéroes como Spiderman, Capitán América o Daredevil, un vigilante que se toma la justicia por su propia mano afirmando que las fuerzas de la ley de su país no ofrecen a los asesinos, violadores y traficantes un castigo que se ajuste al crimen. Después de años de subidas y bajadas y tras pasar por la mano de guionistas como Steven Grant, Carl Potts o un Garth Ennis que reinventó toda su mitología e idiosincrasia con el paso de sus historias al sello MAX y dibujantes como Jim Lee, Steve Dillon o Leandro Rivera el Castigador se hizo con un nombre dentro de la editorial de Stan Lee.




Como muchos otros personajes de Marvel, Punisher ha probado suerte hasta en tres ocasiones para trasladar sus aventuras en viñetas a la pantalla grande sin los resultados esperados. La primera vez que Frank Castke dio el salto al celuloide fue a manos del habitual montador Mark Goldblatt en labores de director y con el sueco Dolph Lundgren en la piel del personaje protagonista, tinte de pelo mediante para tapar su melena rubia, en The Punisher. El film se estrenó en España con el confuso título Vengador y como en ningún momento el personaje principal lucía la característica calavera blanca en su vestimenta pocos supieron en su momento que se trataba de una adaptación cinematográfica del famoso Castigador, El resultado fue una mediocre cinta de acción cafre y divertida que en poco se diferenciaba de las producciones propias de los action heroes de la era Reagan. Su seca visceralidad, un Dolph Lundgren de impionente fisicidad o la presencia de secundarios como Louis Gosset Jr o Jeroen Krabbé hacen que aún a día de hoy la producción destile cierto encanto demodé propio de los ochenta.




Ya en 2004 y en pleno arranque de la nueva era del cine superheróico con producciones como X-Men de Bryan Singer, Spiderman de Sam Raimi o Batman Begins de Christopher Nolan se estrenó El Castigador (The Punisher, nuevamente en su título original) auspiciada por Artisan Entertainment, en co producción con unos Marvel Studios que todavía no creaban su propio material de manera independiente, dirigida por Jonathan Hensleigh (guionista de productos como Armageddon o La Jungla de Cristal; La Venganza) y protagonizada por Thomas Jane en el papel de Frank Castle y con John Travolta como el villano de la velada. Aunque el film trataba de adaptar la etapa de Garth Ennis y Steve Dillon en el sello Marvel Knights el resultado fue un desastre de inabarcable estupidez, secuencias sonrojantes, violencia light, tramas endebles y secundarios intragables como el Howard Saint del protagonista de Pulp Fiction que no había por donde cogerlo. El proyecto pasó sin pena ni gloria y aunque funcionó bien en taquilla nunca tuvo una continuación e incluso se vio altamente superado por el cortometraje Dirty Laundry en el que el protagonista de La Niebla se metía de nuevo en la piel de Punisher con mucho mejor resultado.




Finalmente hacemos parada en el año 2008 para hablar de la cinta que nos ocupa, esta Punisher War Zone que supuso el tercer y último intento por trasladar los cómics del Castigador a la pantalla grande con los mejores resultados hasta aquel momento, pero no por ello consiguiendo el éxito que Frank Castle merecía. No son pocos los problemas a los que se enfrentó el film, desde el encontronazo de la productora Gale Ann Hurd (Terminator, The Walking Dead) con la directora asignada para sacar el proyecto adelante, la alemana Lexi Alexander que por entonces sólo había rodado la más o menos conocida Green Street Hoolingans, hasta el triste recibimiento que tuvo en la taquilla americana y que lo abocó a ser estrenado en no pocos países (España entre ellos) directamente en el mercado doméstico sin pasar por las carteleras. A continuación vamos a desgranar en la medida de lo posible esta Punisher Zona de Guerra que en nuestro país fue vendida estúpidamente como secuela de la versión de 2004 y que aún siendo un proyecto fallido y que no consigue estar a la altura de lo que se le exigía sí ofreció el mejor retrato que se ha realizado del personaje en el séptimo arte.




En una de sus misiones para eliminar a toda una familia de la mafia italoamericana Frank Castle alias Punisher (Ray Stevenson) acaba asesinando por error a Nicky Donattelli (Romano Orzari) un agente del FBI que se encontraba infiltrado en el submundo del hampa. En el proceso el Castigador también lanza al criminal Billy Russoti (Dominic West) a una máquina trituradora de vidrio deformando su rostro y pasando de este modo a tomar la personalidad del criminal Jigsaw. Mientras el FBI sigue la pista de Castle por medio de la intervención de los agentes Martin Soap (Dash Mihok) y Paul Budianski (Colin Salmon) el vigilante tendrá que hacer lo posible por mantener a salvo a Angela Donnatelli (Julie Benz) y la pequeña Grace (Stephanie Janušauskas) viuda e hija del agente al que ha eliminado por error. Con la ayuda de su compañero Micro (Wayne Knight) Punisher tratará de cumplir su cometido, pero la aparición de "Loony Bin Jim" (Doug Hutchison) el demente y antropófago hermano de Billy Russoti añadirá considerables dificultades para que pueda llevar a cabo su complicada misión.




Punisher: War Zone es la versión estilizada y brutalizada de una película de la Cannon Films de Menahem Golan y Yoram Globus. Aunque su guión esté realizado por Matt Holloway, Art Marcum y Nick Santora fueron la directora Lexi Alexander y el director de fotografía Steve Gainer los que se ocuparon de dar el look a la cinta, para bien y para mal. En este sentido por el lado bueno realizadora y camarógrafo trataron de ceñirse escrupulosamente a la fuente en la que se basaban, la etapa de Garth Ennis en la colección Punisher MAX dirigida a lectores adultos, con la violencia más explícita y brutal jamás vista en una cinta protagonizada por el personaje de Frank Castle y por otro trasladando casi literalmente las viñetas de los cómics ( sirva como ejemplo el arranque en la casa de Gaitano Cesare, que está sacado de el tomo En el Principio) para que el trabajo del creador de Predicador o War Stories y las soberbias ilustraciones del portadista Tim Bradstreet (con homenaje en la película por medio del hotel en el que tiene lugar el clímax final de la trama) fueran extrapoladas a imagen real con la mayor de las fidelidades.




Por el lado malo debemos afirmar que aunque la violencia sea más cruda y visceral que nunca y que en ocasiones el film parezca una serie de ilustraciones de Tim Bradstreet en movimiento Lexi Alexander y Steve Gainer no comprenden lo que supone dar "iluminación de cómic" a su producto. Como ambos autores afirman en el audiocomentario del dvd del largometraje quisieron ser tan fieles a las viñetas que si en las mismas veían que sólo se utilizaba una paleta de tres colores esos serían los que trasladarían literalmente a la pantalla. Esta desnortada decisión convierte la fotografía del largometraje en un desfile interminable de horteras luces de neón que invaden prácticamente todos los encuadres del metraje. El contraste es complicado porque si bien las localizaciones poseen el tono sucio, urbano y oscuro de los cómics es esa innecesaria y deficiente iluminación la que resta naturalismo al conjunto y da testimonio de que tanto Alexander como Gainer demuestran no saber que para dar estética de cómic a una obra cinematográfica no es necesario copiarla descaradamente.




Otro de los defectos de Punisher: Zona de Guerra es su montaje. Como hemos mencionado previamente la directora Lexi Alexander tuvo algunos problemas con los productores y su nombre estuvo apunto de desaparecer de los títulos de crédito por voluntad propia, aunque al final la sangre no llegó al río. En palabras de la propia realizadora se afirma que los jefazos de Lionsgate no le permitieron poner en circulación algunas ideas que tenía para el film y eso creó ciertos roces. Esto que mencionamos se deja ver en pantalla cuando somos testigos de la deficiente edición de la obra, muy tosca y en la que hubo un enorme caos a la hora de alternar metraje rodado por la primera unidad y el que añadió la segunda que era básicamente el más gore y explícito. Todo esto nos hace evidenciar que seguramente exista un director's cut (de hecho la cineasta lo menciona en el ya citado audiocomentario) que daría más empaque al conjunto de la obra si algún día viera la luz (como ya sucedió con otros films del ramo como El Castigador o Daredevil) aunque dicha posibilidad a estas alturas sería considerablemente improbable.




Una vez mencionados los defectos de Punisher: War Zone ya sólo nos queda reivindicarlo como producto de evasión cafre y desprejuiciado. La cinta de Lexi Alexander es un desfile de salvajismo políticamente incorrecto en el que podemos ver a un Frank Castle desatado y sin cortapisas dando matarile a todo tipo de criminales desalmados y en el que asistimos a todo un muestrario de cabezas explotadas, rostros saltando por los aires, mutilaciones con hachas, gargantas atravesadas por distinto tipo de vidrios y cuerpos desmembrados, todo un ejercicio de fruición como celuloide fascistoide y divertido que haría las delicias de Chuck Norris o Charles Bronson con aroma a inflada producción de Serie B reventavideoclubs de los ochenta cuya única aspiración es ofrecer entretenimiento bestia en poco más de noventa minutos de metraje. Lexi Alexander demuestra destreza con las escenas de acción y puebla el film de tiroteos, peleas y pasajes de una estilización pulp que no da un respiro ni hace prisioneros. Una pena, que como hemos mencionado, su trabajo se viera cercenado o al menos debilitado, por un montaje que podría haber sido bastante más efectivo.




Ray Stevenson fue una acertadísima elección de casting. El actor de Roma, Dexter o las dos entregas de Thor es el mejor Frank Castle que se ha visto en pantalla grande hasta el momento. La fisicidad, su altura (más o menos un metro noventa) la presencia física y el dominio que tiene de las armas de fuego (el actor británico recibió entrenamiento militar durante el proceso de creación del film para parecer un verdadero marine) conseguían que en todo momento viéramos en pantalla al Punisher de las, ya mencionadas, ilustraciones de Tim Bradstreet, también estando a la altura en las secuencias dramáticas que tratan de ahondar (sin mucho éxito pero con buenas intenciones) en el drama que siempre supondrá para él la pérdida de su familia a manos de la mafia. En el lado contrario tenemos a unos desatadísimos villanos, uno, Jigsaw (con génesis descaradamente copiada de la del Joker del Batman de Tim Burton) en la piel desfigurada de un Dominic West que poco tiene que ver con su inolvidable y contenido Jimmy McNulty de la mítica The Wire y otro en el enano pero frenético cuerpo de un Doug Hutchison haciendo lo que mejor sabe, de demente con cara de asesino y viceversa. Estos dos personajes que pueden llegar a cargar al espectador no desentonan con el tono exagerado y espídico del film y por descontado que, por lo que se ve en las imágenes, los actores debieron pasarlo de vicio interpretándolos.




Entre los secundarios tenemos a un muy convincente Wayne Knight (Seinfield, Parque Jurásico) dando vida a Micro, el inseparable compañero de Castle que le proporciona su armamento y cuyo físico se adecúa totalmente al del rol de las viñetas, Julie Benz (Dexter, Ángel, John Rambo) y Stephanie Janušauskas dan el tono dramático como la familia Donatelli, por otro lado Colin Salmon (Resident Evil, Alien vs. Predator) y Dash Mihok (El Lado Bueno de las Cosas, La Delgada Línea Roja) son los policías que ayudarán a Frank en su encrucijada contra los criminales de New York. Todos estos se exponen como personajes unidimensionales, algunos con más peso que otros en la trama, pero sólo son comparsas para que Ray Stevenson se luzca como máquina de matar perfectamente engrasada y Dominic West y Doug Hutchison puedan torturarlos y agredirlos para exponer delante de pantalla su perfil de descerebrados villanos de opereta. Por ello poco importa que el casting haga un buen trabajo en líneas generales, son Castle, Jigsaw y Loony Bin Jim los que centran la atención a lo largo del metraje con sus desaforados actos de venganza el primero y sus sádicas pasadas de rosca los segundos.




Desde estas humildes cuatro paredes quiero reivindicar un divertidísimo y vikingo placer culpable a ritmo de nu metal como Punisher: War Zone. Esta producción de 2008 es lo más cerca que ha estado el séptimo arte de realizar una traslación digna del Castigador que fuera fiel a los cómics. Evidentemente se quedó a medio camino ya que nada del nihilismo, la desesperanza y la disección psicológica que Garth Ennis imprimió al personaje en los distintos arcos de la serie MAX encontramos en estos 108 minutos de metraje. Pero por primera vez los productores tuvieron el suficiente valor para exponer en celuloide toda la violencia  y el salvajismo que eran necesarios para adaptar sus correrías. El problema es que las deficiencias del producto, sus carencias y una calificación R que en el género superheróico casi siempre ha sido sinónimo de exigua taquilla (lo de Deadpool casi ha sido un inesperado y existoso oasis en el desierto) dieron al traste con este intento de reboot que finalmente quedó en poco o nada. A falta de ver a Jon Bernthal en la segunda temporada de Daredevil me sigo quedando con Ray Stevenson como el, hasta ahora, mejor Frank Castle en imagen real y es una pena que Marvel no haya confiado en su talento para seguir dando vida al personaje, seguro que le hubiera sacado mucho partido.


¡Ave César!



Título Original Hail, Caesar! (2016)
Director Joel y Ethan Coen
Guión Ethan y Joel Coen
Actores Josh Brolin, George Clooney, Ralph Fiennes, Tilda Swinton, Channing Tatum, Scarlett Johansson, Alden Ehrenreich, Frances McDormand, Jonah Hill, Christopher Lambert, Clancy Brown, Wayne Knight, Dolph Lundgren, Patrick Fischler, Robert Picardo, David Krumholtz, Fisher Stevens, Emily Beecham, Fred Melamed





Alguna vez tenía que pasar, pero un servidor guardaba la esperanza de que el fatídico día no llegara nunca. Por primera vez en mi vida como cinéfilo y fan de los hermanos Coen una de sus películas me decepciona casi en su totalidad. Por desgracia ¡Ave César! se revela para el que suscribe como el trabajo más deficiente de los autores de obras maestras como El Gran LebowskiFargoMuerte Entre las Flores (Miller’s Crossing) o No Es País Para Viejos, algo impensable viniendo de dos de mis autores favoritos dentro de los últimos treinta años del cine estadounidense y que previamente jamás me habían decepcionado tanto con uno de sus proyectos. Una producción que tratando de seguir la estela de otras comedias menores de los guionistas y cineastas de origen judío como Crueldad Intolerable, el remake de Ladykillers de Alexander MacKendrick o Quemar Después de Leer (dejaremos a un lado la atípica Un Tipo Serio, que estaba hecha de otra pasta) se queda a mitad de camino en el proceso fallando en algunos de sus más importantes apartados y exponiendo en pantalla un conjunto cinematográfico indigno del talento de los titanes del séptimo arte que lo han perpetrado. Poco importa que el reparto cuente con nombres capitales del actual Hollywood como Josh Brolin, George Clooney, Scarlett Johansson, Jonah Hill, Ralph Fiennes, Channing Tatum o Tilda Swinton, es la labor de los autores detrás de la propuesta la que se mueve entre lo fallido y lo inesperadamente deficiente. A continuación trataré de incidir en cuáles son los motivos por los que ¡Hail, Caesar! es la película más endeble de toda la copiosa filmografía de la pareja de hermanos ganadores de cuatro premios de la academia.





La última obra de Ethan y Joel Coen sigue los pasos de un personaje que existió realmente, Eddie Mannix (Josh Brolin) el mediador de una gran productora de Hollywood llamada Capitol (en la vida real lo era de la Metro Goldwyn Mayer) que durante los años 50 trabaja para llevar a buen puerto el rodaje de un peplum de temática religiosa titulado ¡Ave César! que protagoniza la estrella Baird Whitlock (George Clooney). Cuando el actor principal es misteriosamente secuestrado los captores piden por el rescate cien mil dólares que Mannix deberá reunir lo antes posible para que la superproducción por la que está velando no acabe en un desastre. Esta trama central es la que vertebra (o eso intenta al menos) el núcleo narrativo de Hail Caesar! y si al mismo le echamos un vistazo rápido podría parecernos un mix entre la visión del Hollywood dorado de la pletórica Barton Fink, la historia sobre secuestros de El Gran Lebowski y el relato conspiranóico y con reparto de relumbrón de la ligera Quemar Después de Leer. El problema es que esta producción de 2016 no llega ni a vislumbrar la magistralidad con la que la cinta de 1991 protagonizada por John Turturro diseccionaba la meca del cine y sus entresijos, carece casi en su totalidad del soberbio humor socarrón del film encabezado por Jeff Bridges y ni siquiera sabe driblar con simpatía con su naturaleza de comedia ligera para el lucimiento de su casting como el largometraje comandado por Frances McDormand, George Clooney, Brad Pitt o John Malkovich entre otros.




Es desconcertante que dos de los mejores guionistas del cine americano actual como los Coen den forma a un libreto tan deficiente en ¡Ave César!. Una trama central que no ancla con solidez el núcleo de la narración, personajes que tienen breves y poco definidas intervenciones (los de Scarlett Johansson y Channing Tatum), gags con un humor impropio de lo autores de comedias brillantes como O Brother! o Arizona Baby siendo alargados hasta lo extenuante (el de Hobie Doyle intentando hacer bien la escena para el director Laurence Lorenz en principio tiene su gracia, pero se extiende tanto en el tiempo que acaba agotando al espectador, al igual que número musical de los marineros protagonizado por un esforzado Burt Gurney que se eterniza hasta lo alarmante) subtramas que no parecen ir a ninguna parte y que aparentan no haber sido pulidas debidamente, el poco aprovechamiento que se hace de secundarios típicamente coenianos (esos comunistas que aunque tienen sus momentos de gloria en pantalla podrían haber dado mucho más de sí) y un desfile de tópicos que convierten la trama de secuestros y rescates en un continuo déjà vu dan al traste con las buenas intenciones del último film de la factoría Coen. En este sentido si la escritura que sirve como base al relato no está bien solidificada la película se entrega a los engorrosos brazos del subrayado, lo plomizo y la impostura. Poco importa que los personajes que hacen acto de presencia sean identificables con la impronta de sus creadores, que los roles protagónicos estén bien perfilados y que la sátira, el grand guiñol y el humor negro marca de la casa haga acto de presencia durante esos 106 minutos de metraje que parecen 180, el barco comienza a hundirse poco después del primer tercio, justo cuando empiezan a notarse las costuras de un guión que más que por sus autores parece escrito por un becario venido a menos que Ethan y Joel han contratado para la ocasión y que malentiende el tono y la conceptualidad narrativa que hizo famosos a estos como cineastas.




Por descontado que no todo son fallos en ¡Ave César!, pero ni siquiera sus virtudes pueden salvar los muebles a los Coen. El reparto está a la altura, destacando sobre el resto un rocoso Josh Brolin com Eddie Mannix y un histriónico George Clooney como Baird Whitlock. A ellos les cubren las espaldas una divertida Scarlett Johansson (que tiene sólo dos míseras escenas en su regreso al mundo de los Coen después de su intervención en la muy superior El Hombre Que Nunca Estuvo Allí) una estirada Tilda Swinton con doble papel, un Channing Tatum bailarín y con tramposa sorpresa final, Ralph Fiennes memorable como director de cine británico, Alden Ehrenreich revelándose como un competente cómico inexpresivo al más puro estilo de Bill Murray y en roles muy episódicos podemos identificar a rostros como los de Jonah Hill o unos Christopher Lambert y Dolph Lundgren que nunca hubiéramos imaginado en una película de los Coen. El problema es que aunque todos los actores hacen una magnífica labor dando vida a sosias de personalidades reconocidas del celuloide americano de aquella época (Esther Williams, Ronald Reagan, Victor Mature, Lawrence Olivier, Carmen Miranda…) sus personajes deambulan perdidos por las inconsistentes tramas que pueblan y que no hacen justicia a la potencialidad humorística que la mayoría de ellos contienen y casi nunca consiguen explotar adecuadamente por culpa de la ya mencionada escritura deficiente del guión. Aunque si una virtud debemos destacar en una pieza como Hail Caesar! esa es indudablemente el acertado e interesante retrato que hace del Hollywood de los años 50. Los autores del remake de Valor de Ley o Un Tipo Serio dan una visión tan desmitificadora (esos representantes religiosos que sólo ponen trabas al retrato de Jesucristo que hace el peplum ficticio que da nombre a la película) como entrañable de la edad de oro del cine ofreciendo su particular mirada hacia representantes, directivos, montadores (grande una también breve Frances McDormand), actores, periodistas, nunca de manera brillante como lo hicieron en la kafkiana y mucho más profunda Barton Fink que también mencioné a inicio de la reseña, pero con el suficiente acierto como para convertirse en uno de los pocos bálsamos que proporciona la cinta.




Después de más de treinta años de carrera por primera vez debo admitir que una obra de los hermanos Coen no merece para mí ni el aprobado, aunque quedándose el borde del mismo. Es una pena que una historia que aunque desde su misma concepción ya apuntaba a ser un producto tan menor como alimenticio para Ethan y Joel haya resultado ser una producción tan decepcionante, autoindulgente y descompensanda a pesar de estar estelarizada por un puñado de actores que revientan taquillas en el Hollywood actual. El problema más grave de ¡Ave César! no es la endeblez de sus distintas tramas, la falta de consistencia a la hora de interconectar las mismas o el desaprovechamiento de lugares, personajes y temas que podrían haber ofrecido pasajes de comedia de alto voltaje, sino que su escueto metraje se hace pesado y considerablemente reiterativo debido a su falta de ritmo y paupérrimo desarrollo. Esta última obra de los Coen no sólo palidece ante otras producciones cómicas de porte liviano dentro de sus filmografía como Crueldad IntolerableLadykillers o aquella Quemar Después de Leer que aún con sus carencias conseguía hacer a todo tipo de espectadores con sus personajes exagerados y su rocambolesca trama de espionaje y servicios secretos, también se presenta como la obra menos conseguida de las diecisiete a las que han dado forma dentro del mundo del largometraje. Con todo una sola mancha no puede ensuciar el soberbio historial de unos cineastas que con las dos piezas inmediatamente anteriores a esta mostraron estar en plena forma después de muchos años de rodaje como cineastas personales e intransferibles en Hollywood, título que esperemos sigan manteniendo gracias a sus próximos proyectos que con toda seguridad volverán a recuperarnos a los genios que nos ofrecieron tratados sobre el miedo a la página en blanco, el honor entre mafiosos, la avaricia del ser humano y de cómo los parias heredarán la tierra entre partidas de bolos y copas de ruso blanco.