lunes, 22 de junio de 2009

Frost/Nixon, la implacable justicia de los Mass Media


Título Original: Frost/Nixon (2008)
Director: Ron Howard
Guión: Peter Morgan, basado en su propia obra de teatro
Actores: Michael Sheen, Frank Langella, Kevin Bacon, Rebecca Hall, Sam Rockwell, Toby Jones, Oliver Platt.




Frost/ Nixon es un producto que se adhiere al actual resurgir del cine sobre política, periodismo y televisión que inició George Clooney con la magistral Buenas Noches, y Buena Suerte, tomando las mejores virtudes de este subgénero que se desarrolló en los 60 y consolidó en los 70 con obras como Network de Sidney Lumet o Todos los Hombres del Presidente de Alan J. Pakula, esta última, como es lógico, con muchos puntos en común con la cinta que nos ocupa.




En Frost/Nixon se narran los hechos acontecidos antes, durante y después, de la mítica entrevista por entregas que el periodista británico David Frost le hizo al por entonces ex presidente del gobierno Richard Nixon en Mayo de 1977, el guión está escrito por Peter Morgan, con el mismo adapta su propia obra de teatro homónima y la dirección recae en un irreconocible Ron Howard.



Lo que en su primera mitad se muestra como una visión ácida de la política americana y del mundo de la televisión, se recrudece hacia su ecuador con el inicio de la grabación de las distintas partes de la entrevista que Frost le realizó a Nixon. El duelo dialéctico y psicológico entre los dos personajes es de altos vuelos, no solo en el plató, la magistral escena de la llamada a horas intempestivas es buena muestra de ello, ya que de manera tan engañosa como acertada, ambos se muestran al inicio como lo que no son.



El ex presidente es un buen orador, conocedor de las necesarias artimañas para eludir las preguntas más escabrosas con interminables soliloquios que en realidad no dicen nada, pero se muestra dubitativo en algunos temas, y cae por su propio peso cuando le imterrumpen o contradicen sus argumentos reaccionarios, en este apartado como es lógico trata de evitar en la medida de sus posibilidades todas las preguntas directas referidas al celebérrimo caso Watergate, por otro lado el showman inglés es un lobo con piel de cordero, del afable entrevistador al inquisitivo interrogador hay una delgada línea y cuando Frost lo cruza consigue lo que el tribunal supremo americano no pudo (por mediación del por entonces presidente electo Gerald Ford) llevar a cabo un juicio público contra Nixon y arrancarle una confesión admitiendo lo que era un secreto a voces, que llevó a cabo irregularidades y actos ilegales durante su mandato.




En Frost/Nixon converge una armónica convivencia entre un reparto excelente, un guión perfecto y una dirección de acero. El dúo actoral es impecable, Michael Sheen llena de carisma y personalidad a David Frost, pero lo de Frank Langella está a otro nivel, su recreación del treinta y siete presidente de los Estados Unidos es de un virtuosismo asombroso, superando incluso a la nada desdeñable y muy lograda que realizó Anthony Hopkins en la recuperable y soberbia Nixon de Oliver Stone, la capacidad de mimetismo del protagonista del Drácula de John Badham es espectacular, ambos están respaldados por secundarios de indudable calidad como Sam Rockwell (nunca me cansaré de reivindicar a este gran actor), Toby Jones, Oliver Platt o Kevin Bacon, por otro lado el guión de Peter Morgan, que es de una cohesión intachable, con diálogos mordaces, y un magnífico in crescendo de la tensión entre los dos personajes, y por último la dirección de Ron Howard, me da igual que este hombre haya realizado bastante basura de usar y tirar y que digan que lo único que ha hecho en Frost/Nixon es ponerse detrás de la cámara, yo por mi parte he visto una puesta en escena de alta escuela, un sentido narrativo envidiable, un uso del encuadre y los primeros planos dignos del mejor Sidney Lumet, y unos recursos estilísticos que recuerdan de manera señorial a las cintas que encumbraron este subgenero hace más treinta años. Cuando este señor hace mierda en celuliode soy el primero en admitirlo y hacer mofa de ello, cuando el tipo lo borda y hace, con diferencia, el mejor trabajo de su carrera como director, no me queda más remedio que reconocerlo y he de añadir que con bastante satisfacción.



Los hallazgos de Frost/Nixon (que son muchos) trascienden de los cinematográficos, su estreno en 2008, año electoral, sirvió como una aterradora demostración de que al no recordar la historia, los errores que en tiempos pretéritos se puedan cometer pueden ser repetidos en la actualidad, las similitudes entre el discurso que aquí dicta Richard Nixon y el que titubeaba con menos convicción pero semejante cantidad de mentiras, George W. Bush, y su administración, en los 8 años de mandato en las que estuvo en el poder no son casualidad, son un hecho.



La penúltima cinta de Ron Howard ha supuesto una gratísima sorpresa para el que suscribe, junto a películas tan distintas como Inside Deep Throat de Fenton Bailey y Randy Barbato, Zodiac de David Fincher o la ya mencionada segunda cinta de George Clooney como director, Frost/Nixon es un acertadísimo retrato de una etapa importante de la historia reciente de los Estados Unidos de América, un análisis sobre el poder de la palabra, las virtudes y defectos de la democracia y la necesidad de la libertad de prensa. Pero sobre todo es la confirmación de lo que ya nos sugirió Oliver Stone con su acercamiento a la vida y obra de Richard Nixon, que el mismo fue a parte de un político corrompido, profundamente conservador y belicoso, un gran estadista, un mandatario que rompió barreras al dar pie a un posible aperturismo con China y Rusia y que como todo ser humano cometió errores y de alguna manera pagó por ellos, no de cara a un tribunal, pero sí ante la implacable mirada de los millones de americanos que depositaron su confianza en él y que no recibieron a cambio más que mentiras y corrupción.



domingo, 21 de junio de 2009

Ponyo en el Acantilado


Título Original: Gake no Ue no Ponyo (2008)
Dirección: Hayao Miyazaki
Guión: Hayao Miyazaki




Ya desde el prólogo y los créditos (la voz de una soprano siempre me pone la piel de gallina) Miyazaki nos tiene ganados con esta historia sobre una niña pez que se enamora perdidamente de un muchacho que vive en un puerto con su madre.



Advierto que al final de la entrada destripo el final del film, de modo que cuidado con el SPOILER.

Miyazaki rinde tributo a la naturaleza, al amor, a lo inmaculado, con una atípica y estrictamente artesanal obra de arte que rememora aquellos Marco y Heidi en los que él mismo trabajó, una historia romántica que tiene que ver tanto con La Sirenita como con Romeo & Julieta. Alejada del virtuoso barroquismo de El Viaje De Chihiro, Ponyo en el Acantilado es una historia mucho más sencilla, pero desde mi punto de vista más profunda, deliciosamente infantil y llena de buenas intenciones y cariño.



Uno de los puntos fuertes de la cinta es su humor blanco y del todo cándido, acertadísimo, así como algunos momentos dramáticos perfectamente ensamblados en la trama. Es una obviedad decir que la pequeña Ponyo es deliciosa y que es un personaje precioso que desde el primer momento que asoma la cara en el film, dibuja en la cara del espectador una amplia sonrisa, pero remarcarlo es mi obligación.




El mensaje ecologista que Miyazaki quiere transmitir con Ponyo es bastante simple, pero tal cosa más que una tara, es una virtud que permite que hasta los niños más pequeños puedan entenderlo. El espectador llega a compartir ese cariño y temor hacia el inmenso mar que estamos destruyendo impunenente, su discurso es hasta cierto punto conservador y misántropo, pero expía los pecados del ser humano por medio de la redención y el cariño.




Por ahora, esta oda a la animación tradicional, al planeta tierra y al amor, es mi cinta favorita de Hayao Miyazaki. Ponyo en el Acantilado es un impagable tesoro que transimite unas increíbles ganas de vivir y soñar y que además nos regala la mejor escena cinematográfica, junto a los créditos iniciales y el nacimiento del Dr Manhattan en Watchmen y el final de Gran Torino, del 2009, la pequeña Ponyo corriendo sobre olas de mar, bajo una enorme tormenta, en busca de Sasuke, el niño que convirtió a la princesa pez en un ser humano.



sábado, 20 de junio de 2009

El Más Allá, cuando Lucio Fulci abrió las puertas del infierno



Título Original: L'aldilà (1981)
Director: Lucio Fulci 
Guión: Lucio Fulci, Dardano Sacchetti y Giorgio Mariuzzo 
Actores: Catriona MacColl, David Warbeck, Cinzia Monrale, Veronica Lazar.




 El de Lucio Fulci es un caso curioso. Un autor que consiguió la fama por ser uno de los padres del gore europeo, con grandes dotes para las escenas de vísceras y truculencia, un profesional que no tenía ni idea de lo que es una elipsis narrativa y pasaba totalmente de la sutilidad, siempre ha sido alabada su predilección por lo efectista y lo chabacano en cuanto a escenas sangrientas se refiere. Pero su verdadera virtud, más allá de desmembramientos varios, es una innata capacidad como artesano para crear enrarecidas y muy conseguidas atmósferas asfixiantes en sus obras. El Más Allá es buena muestra de ello, un largometraje donde la forma devora irremediablemente al fondo por la poca consistencia del guión, cosa común en la filmografía del director romano.

 

L'aldilà o The Beyond en su título internacional, siempre ha sido considerada la mejor obra de su autor, su cumbre como cineasta. La cinta es Lucio Fulci 100% indudablemente. Se dan la mano en ella escenas narradas con un malsano ambiente y muestras de una bestial delectación por la hemoglobina y la carne desgarrada, pero algo falta. No he visto aquí la fuerza demente de la magnífica y menos pretenciosa Aquella Casa al Lado del Cementerio, para mí su mejor cinta, ni la amenazante presencia física de La Ciudad de los Muertos Vivientes. Aparte de esto, también mencionar que su final recuerda, demasiado, al de No Profanar el Sueño de los Muertos la mítica cinta del director español Jorge Grau.

 

Podríamos decir que El Más Allá es para Lucio Fulci lo que la magistral Suspiria para su compatriota Dario Argento. Si para este último la cinta protagonizada por Jessica Harper supuso un híbrido entre los giallo que venía haciendo hasta ese momento con un tipo de cine de brujería y alquimia más entregado a lo sobrenatural, The Beyond es para Fulci una mezcla de su habitual cine de zombies con una vertiente de narración ocultista que recuerda mucho al Mario Bava de sus inicios, maestro del que tanto él como al director de Pronfodo Rosso (1975) bebieron desde sus mismos inicios.

 

No pocos fans del género afirman que El Más Allá es como "la capilla sixtina del gore". Una obra repleta de una fuerte carga pictórica. Tall idea escaoa a mi entendimiento, ya que a la presencia de un cuadro que al final de la cinta es copiado en una toma panorámica no se le puede llamar influencia de la pintura, porque la misma estaría planteada con una torpeza alarmante. No soy reticente con respecto al tema de la aplicación del arte en el cine de terror, he mencionado muchas veces las huellas de El Bosco que se dejan ver en cintas tan poco dadas al arte como Society de Brian Yuzna o las de Goya en obras como À L'intérieur de Alexandre Bustillo y Julien Maury, pero en El Más Allá yo no veo un ápice de ese Dalí que proclaman por la red.

 

No me parece la obra maestra que mucha gente afirma, pero sí se muestra como una de las mejores cintas de su director, un ejercicio de terror bien ejecutado con fuerza y algunas imágenes impactantes, como la última escena de la niña, su final abierto bastante conseguido o la del ataque del perro. Una pena que no mucho después tomara forma irremediablemente la decadencia de Fulci, que llegó a regalarnos bazofias tan grandes como esa inenarrable La Sombra de Lester, una cinta de terror que daba risa, con toques de comedia que producían verdadero miedo.


jueves, 18 de junio de 2009

Los Mundos de Coraline



Título Original:
Coraline (2009)
Director: Henry Selick
Guión: Henry Selick, novela Neil Gaiman


Neil Gaiman es un escritor del que me hablan realmente bien, tiene en su haber cómics y novelas tildadas de obras maestras, su mundo me llama mucho la atención, pero pensar que un señor supustamente virtuoso y muy inteligente sea capaz de poner sus guiones de Sandman en manos de un engendro a los lápices como Kelley Jones hace despertar en mí la desconfianza. En 2002 editó una novela titulada Coraline en la que daba rienda suelta a su imaginación mostrándonos el mundo de fantasía en el que se introducía la niña que da título a la obra. Desconozco el relato pero he leído alabanzas hacia él en periódicos o entrevistas y después de ver la magnífica traslación a imágenes que ha hecho Henry Selick de ella no tardaré mucho en degustarla como es debido.




Henry Selick, el olvidado director en la sombra de la maravillosa y manoseada Pesadilla Antes de Navidad, me dejó muy mal sabor de boca con Monkeybone,. Insípida mezcla de stop motion con imagen real de la que solo funcionaban algunos hallazgos visuales, de todas formas sepultados por un Brendan Fraser más cargante que nuncal. De su otra cinta como realizador, aún bajo la batuta de Tim Burton, James y el Melocotón Gigante no puedo hablar, ya que no la he visto.



Los Mundos de Coraline, la película, es una genialidad. Un increíble viaje a un mundo de fantasía con ecos de Alicia en el País de las Maravillas o Los Héroes del Tiempo (entrañable, aunque sobrevalorado film de Terry Gilliam) y muchos puntos en común con aquella horrible cosa de Bernard Rose titulada Paperhouse. Supongo que el germen de tan magnífica historia estará en la novela del escritor inglés, pero a pesar de ello el despliegue visual y narrativo de Selick es abrumador e interminable. Ya desde los extrañamente siniestros títulos de crédito el director y guionista teje una deliciosa puesta en escena con el artesanal stop motion y la ayuda de un no muy abusivo formato en 3D. Aunando ternura y terror a partes iguales con pasajes memorables y florituras visuales que no desentonan potenciando el matiz fantástico de la obra. Sirva como ejemplo la elipsis visual y narrativa del rostro de Coraline con la lluvia y la ventana de la cocina.





Hay personajes estrambóticos, animales entrañables y criaturas terroríficas, comandados todos por una excelente protagonista, que transmite simpatía y carisma por todas sus hebras de hilo y piezas de plástico, y unos padres que son creíbles a la hora de representar a ese tipo de matrimonio absorbido por su trabajo no dando a su hija toda la atención que debieran. Los Mundos de Coraline es, digan lo que digan, una magnífica obra para todos los públicos, un canto en favor de la infancia, una pequeña joya de la animación que junto a El Viaje de Chihiro, Tideland y El Laberinto del Fauno supone un grito contra el irrespirable mundo real en el que nos ha tocado vivir.



martes, 16 de junio de 2009

El Viaje de Chihiro, la niña que nunca olvidó su nombre


Título Original:
Sen to Chihiro no Kamikakushi (2001)
Dirección: Hayao Miyazaki
Guión: Hayao Miyazaki

Es de un merito abrumador ser el autor de cine animado japonés más prestigioso del mundo e ir a contracorriente de las modas que imperan en ese género, ultraviolencia, sexo explícito, pedofilia encubierta, personajes planos y poca profundidad. Ese señor responde al nombre de Hayao Miyazaki y es un maestro, yo nunca había visto una de sus obras hasta ayer.


El Viaje de Chihiro es una maravilla visual y narrativa, un delicioso trayecto vital dede el punto de vista de una niña por un mundo inolvidable, lleno de seres extraños que se mueven entre lo tierno y lo aterrador, un despliegue de imaginación interminable con una animación exquisita y de un detallismo impresionante.

Spirited Away es un tratado sobre la pureza, la experiencia del primer amor, el aprendizaje y transmite los mismos valores familiares que la Disney sin ser una cinta conservadora ni discursiva como sí lo son muchas de la productora americana. Chihiro es un personaje encantador, lleno de vida y la galería de secundarios es memorable, la horrible Yubaba, el genial Kamaji, las bolas de Suie que transportan el carbón (que tienen las escenas más cómicas), Bou el enorme bebé o el misterioso Sin Cara.


De Lewis Carrol a Terry Gilliam, de Michael Ende a Akira Kurosawa, Miyazaki moldea una obra maestra emocionante, inspirada, lúcida y didáctica con momentos de gran fuerza como la caída libre de Chihiro y Haku, una de las escenas más preciosas que he visto en una cinta de animación o ese final, inspirado en Yasujiro Ozu, tan sencillo como logrado.


No han pasado ni 8 años de su estreno y ya es una película que ha dejado estela (Sin Chihiro no hay El Laberinto del Fauno, eso está claro), esta obra de arte ganó el oso de oro en el festival de Berlín (ex aequo con la magnífica Bloody Sunday de Paul Greengrass) y el Oscar a la mejor película de animación en el año 2002, si todo el cine de Miyazaki es así me esperan muchas horas de puro cine clásico en pleno siglo XXI.

jueves, 11 de junio de 2009

Twin Peaks, luz y oscuridad entre dos mundos


"Twin Peaks es diferente... y así es exactamante como nos gusta que sea. Pero tenemos que pagar el precio por ese aislamiento. Hay algún tipo de entidad maligna en esos viejos bosques... Llámelo como quiera, una oscuridad, una presencia. Nos acompaña desde tiempos inmemoriales y siempre hemos luchado contra ella"
Sheriff Harry S. Truman

Corría el año 1989. David Lynch era ya por aquel entonces un reputado director de cine con obras como Cabeza Borradora, El Hombre Elefante, Dune o Terciopelo Azul y Mark Frost un conocido guionista de televisión que incluso ganó un premio Emmy por revitalizar la mítica serie Canción Triste de Hill Street. Ambos se conocieron y congeniaron, tras algunas conversaciones decidieron poner en marcha un proyecto sobre la vida y muerte de Marilyn Monroe que nunca vio la luz. Por suerte para millones de personas en detrimento de este trabajo nació la serie que cambiaría la historia de la televisión para siempre, Twin Peaks. La serie, que en un principio iba a titularse Northwest Passage, fue gestada por la unión de dos mentes totalmente opuestas. La de un cineasta revolucionario, con un mundo onírico, cálido y luminoso en su exterior, pero oscuro y terrorífico en su interior y la de un conocedor del medio televisivo con una profesionalidad intachable. La serie a primera vista parece una sencilla historia de manual. El cadáver de una chica asesinada aparece en el lago de un pequeño pueblo cerca de la frontera con Canadá, la muerte de la misma está relacionada con un crimen anterior investigado por el FBI, de modo que la oficina federal de investigación manda a uno de sus hombres para ocuparse el caso. Hasta aquí todo normal. Pero la cosa cambia desde el principio cuando sabemos que no estamos hablando de un representante de la ley como los demás, sino del agente especial Dale Cooper (Kyle MacLachlan en el papel de su vida) el personaje más carismático que ha dado el tubo catódico en toda su historia. Un detective de una integridad intachable y una personalidad arrolladora, con métodos deductivos cuando menos curiosos, así como poderes premonitorios y extrasensoriales.



Dándole la réplica y encabezando un largo plantel de secundarios nos encontramos con el sheriff Harry S. Truman (Michael Ontkean). Otro personaje inolvidable, tipicamente americano, un buen hombre que desde el principio deposita toda su confianza en Cooper y sus poco ortodoxos métodos de investigación. Ambos son el nucleo central de la serie, al inicio de la misma (sin olvidarnos del cadáver de Laura Palmer, el MaCguffin del relato), el agente del FBI y el representante de la autoridad local serían los equivalentes en la ficción de los mismos Lynch y Frost respectivamente. Una de las grandes virtudes de Twin Peaks es poseer una casi interminable galería de estrambóticos y atípicos secundarios. Lynch y Frost aprovechan este desfile de individuos no solo para convertirlos a todos en sospechosos potenciales del asesinato de la joven Laura Palmer, sino también para parodiar sutilmente culebrones como Falcon Crest, haciendo que practicamente la totalidad de los personajes sean infieles los unos a los otros, matengan relaciones de alcoba con una o más personas o luchen de manera rastrera por los terrenos que dan forma a la ciudad (es inevitable no pensar en Ángela Channing cuando se ven las malas artes de Catherine Martell, el personaje interpretado por Piper Laurie)




El episodio piloto de Twin Peaks, que tiene duración cinematográfica, (90 minutos), es una de las piezas más sólidas que ha dado la televisión mundial y la carrera de David Lynch,. El capítulo está dirigido por el realizador de Carretera Perdida y escrito por él mismo junto a Frost. Tiene una presentación de personajes excelente, asienta magistralmente las bases de la serie y está tan bien realizado que en Europa incluso se proyectó en algunas salas cinematográficas y se editó en vídeo con un final autoconclusivo distinto al de la versión original, con el título de Asesinato en Twin Peaks. La primera temporada de Twin Peaks, que consta de 7 capítulos, más el piloto, es un ejemplo espectacular de cohesión temática y pulso narrativo. Todos los episodios son de sobresaliente, en el tercero (Zen, una habilidad para cazar a un asesino) se nos muestra por primera vez y de manera explícita el corte sobrenatural de la serie, el sueño de Cooper, que se extendería a lo largo del resto del serial.  El octavo, el último del primer arco argumental (El último atardecer) es el único dirigido por Frost, tiene un guión sólido y una de las mejores realizaciones de toda la serie, además, se cierra con un exagerado cliffhanger que no solo deja en vilo la continuidad de casi todos los personajes centrales poniendo en peligro sus vidas, sino que de manera bastante inteligente y acertada (idea del mismo Frost) no desvela en nigún momento quién mató a Laura Palmer, asegurándose los creadores del producto, casi con toda certeza, la producción de una segunda temporada. Para entonces Twin Peaks era un éxito atronador en Estados Unidos.




La serie estaba en boca de todo el mundo al otro lado del charco. Crítica y público conicidían en que suponía un antes y un después en la historia de la pequeña pantalla. Camisetas y tazas con la frase "¿Quién mató a Laura Palmer?", especiales televisivos, incluso aquí en nuestro país José Luis Garci presentó uno cuando se emitió la primera temporada en una por entonces recién nacida cadena llamada Tele 5, clubes de fans, revistas, guías turisticas ficticias de la ciudad, éxitos desorbitados de audiencia, legiones de seguidores idolatrando a los actores del reparto (sobre todo los que daban vida a la juventud local en la serie), Frost siendo asediado en los late night para que desvelara los secretos que daban forma a su gallina de los huevos de oro, David Lynch en la portada de la revista TIME y la inmensa banda sonora, compuesta por el genial Angelo Badalamenti, convertida en un hit de ventas descomunal. Acababa de nacer un éxito sin precedentes y sobre todo, la televisión de autor, el resto, es historia.





Lynch y Frost estaban en lo más alto. La productora que ambos fundaron, Lynch/Frost productions (originales los muchachos con el nombre) para dar forma a la serie, se embarcaba en 1990 en la creación de la que sería la segunda temporada,. Esta vez con el respaldo y la confianza ciega de la cadena que emitía el programa en Estados Unidos (la ABC) y con 22 episodios en su haber para desarrollar debidamente todas las subtramas. Era el principio del fin, pero nadie lo sabía aún. La segunda temporada empezó con uno de los mejores episodios de toda la serie (¿Puede el gigante estar contigo?). Al igual que el piloto su duración fue de 90 minutos y en él, Lynch y Frost, en un giro que les ennoblece como autores, dieron rienda suelta a su universo sobrenatural y con ella la conocida fama que siempre ha acompañado a Twin Peaks de serie extraña e indescifrable. Dejando un poco de lado el crimen de la hija de la familia Palmer los creadores hicieron recaer casi todo el peso de la trama en las premoniciones de Cooper y en los espíritus, mediums y seres extraños que pulalaban por la serie. Destacar de este episodio que iniciaba la segunda y última temporada, su final, con el sueño de Ronnete Pulaski (la única testigo del crimen) en el que se nos muestra por primera vez el asesinato de Laura. La escena más aterradora que jamás he visto en la pequeña pantalla y uno de los momentos cumbre de David Lynch como realizador.




Muchos fueron los motivos que hicieron que Twin Peaks desapareciera prematuramente de nuestras pantallas. El cambio de día de emisión, el matiz surreal que tomó el argumento (con el tiempo todos nos hemos dado cuenta de que ese estilo onírico es lo que ha hecho a la serie ser lo que a día de hoy sigue siendo) y que el público de la época no comprendía, el hecho de que Lynch se desvinculara temporalmente del proyecto, para rodar su película Corazón Salvaje y sobre todo la insistencia de la ABC para que se resolviera de una vez quién fue el asesino de Laura Palmer. El director de Inland Empire quería alargar la trama lo suficiente en el tiempo como para que el espectador llegara a un momento en que se olvidara de Laura Palmer. Había un microcosmos cautivador que explotar, lleno de personajes maravillosos y sus creadores lo sabían. Pero los directivos de la cadena les obligaron a dar fin al enigma sobre el crimen. Todo se desveló en el episodio Almas Solitarias, dirigido por Lynch, la cumbre de la serie y un hito en la historia de la ficción televisiva. El misterio terminaba y por aquel entonces la serie ya estaba muerta en vida.




En esta última temporada se dio la mano lo mejor y peor de la serie. Poco después de que se desvelara quién era el asesino material de Laura Palmer. la serie permaneció un mínimo de 4 episodios en tierra de nadie. En la producción se encontraban personas como los directores de cine James Foley (Glenngarry Glen Ross), Uli Edel (R.A.F. Facción del Ejército Rojo), la imaginativa Lesli Linka Glater (Mad Men), Tim Hunter (Carnivàle) o actrices como Diane Keaton que hicieron una muy buena labor detrás de las cámaras. En los guiones Harley Peyton y Robert Engels, los dos hombres que más sabían del universo twinpeaksiano después de sus creadores. Pero el bajón era un hecho, la descaracteriación de muchos de los personajes era notoria y a veces el espectador parecía estar viendo una serie que poco tenía que ver con Twin Peaks. La audiencia empezó a descender (aunque nunca dejó de ser alta), pero no se puede decir en ninguno de los casos que los episodios fueran fallidos. Siempre había alguna escena con la suficiente fuerza para salvar la velada y la trama detectivesca incluso se acentuó. Cuando parecía que el equipo no sabía por donde dirigir la historia, en la recta final de la serie apareció Windom Earle (Kenneth Welsh). Uno de los villanos más memorables jamás vistos y la antítesis de Cooper, no obstante este último fue aprendiz del primero, entre lo cómico y lo demente. Earle dio un soplo de aire fresco al producto y lo enfiló hacia un final a todas luces memorable.




La serie fue cancelada antes de que se emitiera el último episodio que Lynch y Frost habían realizado para cerrar la el círculo. Pero las protestas de miles de fans que se manifestaban en las puertas de la ABC presionaron lo suficiente como para que la cadena emitiera el resto de episodios y estamos hablando de una época en la que internet aún quedaba lejos, por eso la movilización masiva de seguidores de la serie fue descomunal para aquellos tiempos. El último episodio estaba escrito por Mark Frost, Harley Peyton y Robert Engels. Cuando este llegó a manos de Lynch fue desechado casi en su totalidad, sólo se conservaron del mismo el inicio y el final. Los que han llegado a leer dicho libreto dicen que era horrendo (en parte doy fe de ello, porque conozco la sinopsis detallada del mismo), que el cambio radical que el director de Mulholland Drive le dio fue todo un acierto y gracias a ello el último capítulo de la serie (Más allá de la vida y la muerte) es una obra hija de su director al 100%. Los 45 minutos más desconcertantes, geniales y comentados de la televisión moderna y su final, que cabreó a mucha gente, supuso el broche de oro a una serie que nunca acabó.




Twin Peaks finalizó su andadura televisiva, pero la fiebre por ella se extendió por todo el globo. En España fue un éxito y dio a Tele 5 unas audiencias descomunales. El programa dejó huella en muchos paises como Italia, Inglaterra y sobre todo Japón, donde la devoción por él llegó a ser enfermiza. Un año después de la cancelación, Lynch, asociado con la productora francesa Ciby 2000 y con el respaldo del fallecido Aaron Spelling, dirigió, ya sin Frost que se negó a participar activamante en la cinta apareciendo en los créditos sólo como productor ejecutivo, Twin Peaks, Fuego Camina Conmigo, una película que servía de precuela, narrando los últímos días de vida Laura Palmer y su asesinato y (aunque pocos lo saben) de secuela de la serie televisiva. Su estreno fue un fracaso y su presentación en el festival de Cannes fue recibida entre abucheos, pero no por la falta de calidad del film, sino por que muchos creían que Lynch estaba intentando exprimir hasta el máximo y de manera innecesaria la fama de la serie para hacer caja. Nada más alejado de la realidad. El tiempo les quitó la razón y nos demostró que este filme es clave y necesario para entender en su totalidad el trayecto vital, que no el significado, tanto de Laura Palmer como del agente Cooper en el universo de Twin Peaks.




Twin Peaks marcó un hito, fue una serie adelantada a su época, abrió innumerables puertas para otras que vendrían tras ella, no solo las desarrolladas en pequeños pueblos fronterizos con personajes peculiares y extraños como Doctor en Alaska, Picket Fences o Point Pleasant, sino para todas las que vinieron después y que tenían aportes de fantasía o ciencia ficción en sus tramas, ya sean Carnivàle (genialidad de la HBO gestada por actores, guionistas y directores que participaron activamente en la serie de David Lynch y Mark Frost), Expediente X o Lost. Dejó huella en la cultura popular y fue incluso parodiada y homenajeada por algunas de las mejores series de la mal llamada caja tonta. Todos sabemos que no eres nadie hasta que no te parodian Los SimpsonTwin Peaks, con sus secretos, su simbología llena de enanos, gigantes, anillos, búhos, madera y fuego, nos regaló momentos geniales y personajes impagables que daban forma a un claroscuro americano. Una historia que nos exponía desde el punto de vista de lo inexplicable el lado más oscuro del ser humano y de una tierra milenaria que se perdió hace siglos. No sólo era una dura visión de la interminable lucha entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, lo puro y lo corruputo. También supuso un fresco sobre el lado más oculto y temible de un contradictorio país que nos muestra una amplia sonrisa mientras espera un momento de descuido para corromper lo inmaculado y profanar lo más sagrado. Pero como esta obra de arte nos mostró de manera soberbia, nadie es inocente. ¿Quién mató a Laura Palmer? sin lugar a dudas, todos y cada uno de nosotros.


lunes, 8 de junio de 2009

The Wire, vidas a la deriva en el corazón de Baltimore



"Sigue las drogas y encontrarás adictos y traficantes; sigue el dinero de las drogas y no tienes ni idea de donde te llevará el caso"
Lester Freamon







En el año 2000 el guionista David Simon y su colaborador Ed Burns crearon una miniserie para HBO titulada The Corner sobre el mundo de la droga en la ciudad de Baltimore que supuso el germen de otra posterior que acabó convirtiéndose en historia capital de la televisión estadounidense. The Wire es la serie, el puñetazo, la denuncia, el grito de dos ciudadanos, un ex policía y un ex periodista, cansados de lo que acontece en el estado en el que nacieron. Es la excusa artística de estos dos hombres indignados, enfadados, hartos de un sistema que devora a sus conciudadanos. The Wire es una ficción que rechaza de pleno las frenéticas formas narrativas actuales, una obra que obvia completamente del espectador y es tan consciente de la importancia de lo que narra como para tomarse el tiempo necesario para mostrarnos sus cartas.




The Wire es un producto de tanta calidad que se puede permitir no tener un protagonista absoluto y ser una historia coral, se puede dar el lujo de tener cinco subtramas abiertas durante un mismo episodio con todas y cada una de ellas fluyendo como el agua, de tener un reparto de caras comunes sin una sola estrella de relumbrón, capaz de no abusar del sexo y la violencia explícita si no es necesario siendo un producto de la televisión por cable americana. Valiente al ir a contracorriente y rodar sus capítulos con espíritu clásico, formato televisivo y estilo naturalista, una serie que haciendo oídos sordos de las modas se ve capaz de coger al protagonista y volverlo un secundario con escasas apariciones y por el contrario tomar a aquel tipo que salió cinco minutos contados en la primera temporada y convertirlo en el eje central de una entera si con ello se enriquece la trama y los caracteres que la desarrollan. Se concede coger al policía estúpido que cada vez que sale a la calle la caga y mostrarlo como una pieza clave en la cuarta temporada, convertir en un Robin Hood moderno y un icono para la comunidad negra, e incluso una referencia cultural para el actual presidente de los Estados Unidos al totémico Omar Little; dar a la televisión uno de los personajes más trágicos y entrañables de la historia, Bubbles, o los criminales más elegantes, atípicos y carismáticos jamás vistos, Avon Barksdale y Stringer Bell.




The Wire consta de cinco temporadas, todas con el mismo tema central, pero distintas las unas de las otras en su forma. La primera nos remite inevitablemente (no en lo estético, sino en el trasfondo) a Spike Lee localizando su acción en el gueto en el que los camellos de a pie campan a sus anchas. La segunda centrada en los puertos y el tráfico de personas remite a los mejores trabajos del británico Ken Loach. La tercera bebe del Sidney Lumet de los 70 con los policías que tratan de hacer lo correcto sobrepasando la línea de la legalidad. La cuarta, la mejor y más dura, respira a Charles Dickens por cada uno de sus fotogramas y la quinta es puro cine periodístico y político, el mismo que facturaban Alan J. Pakula, John Frankenheimer o Constantin Costa Gavras.




Pero que nadie se engañe, The Wire es mucho más que todo eso. Los policías imperfectos y humanos que se equivocan, duermen en el trabajo, se emborrachan, no llegan a fin de mes; los críos tirados en las esquinas vendiendo mierda y quitándose la vida los unos a los otros; los narcos con corazón, los asesinatos a pie de calle, los tiroteos en los barrios bajos, las escuchas encubiertas, el tráfico de influencias en las altas esferas, los niños fríos convertidos gélidos cadáveres, los delincuentes reformados o los tipos legales corrompidos son una enorme excusa, el definitivo McGuffin, para que Ed Burns y David Simon nos muestren una ciudad que se derrumba. Poniendo ante nuestros ojos una corrupción de tal envergadura que acaba en las manos del yonki que compra su dosis, pero empieza con el senador de Maryland, pasando por el ayuntamiento de Baltimore, la policía, el vergonzoso sistema educativo, los puertos donde los estibadores se meten en negocios turbios porque cobran una mierda, por ese arma tan poderosa como manipulable llamada prensa escrita o las elecciones municipales con sus candidatos y directores de campaña.




Pero desgraciadamente también hay algo malo con respecto a una pieza magistral como The Wire y tiene que ver con su repercusión y legado. Después de verla nada es igual con respecto al resto de series de televisión policiacas para el espectador que ha entrado de pleno en el juego propuesto por David Simon y Ed Burns. Cuando has visto esta obra de arte, los Jack Bauers, Gil Grissoms o Jason Gideons de 24, C.S.I: Las Vegas o Mentes Criminales respectivamente se revelan maniqueos estereotipos sin profundidad ni sentimiento alguno. Personajes acartonados viviendo incongruentes e idealizadas historias falsarias y autocomplacientes en una especie de desconocida e inalcanzable dimensión paralela, llena de una pueril ideología conservadora, reaccionaria y desfasada con ínfulas de supuesta modernez que no es tal.




Lo que se ve en la considerada obra cumbre de HBO indigna, enfada, entristece. Algo debe ir muy mal en un país como Estados Unidos cuando unos policias tienen que manipular pruebas para que les den equipamiento y personal suficiente para hacer su trabajo, para que el mejor detective de la ciudad sea un irlandés, borracho, infiel y amante de la autodestrucción física y mental; para que un político que quiera hacer las cosas decentemente tenga que lamer culos y luchar contra la corrupción de sus compañeros, para que un crío quiera ir antes a vender heroina jugándose la vida que al colegío, para que una ciudad quede abandonada a su suerte porque el 60% de su población es de color y a nadie la importa una mierda.




En la televisión del siglo XXI están The Wire y el resto de series que le quieren hacer sombra de manera infructuosa. Algunas están casi a su altura (The Shield, Mad Men, Los Soprano, A Dos Metros Bajo Tierra) pero esta que nos ocupa está hecha de un material que no poseen las otras. Un drama policíaco que nace como una excusa para que sus dos máximos responsables puedan colarle a HBO una de las piezas audiovisuales con una carga social y política nunca vista, con anterioridad o posterioirad, dentro de la televisión estadounidense independientemente de si es la generalista o la de pago.  Como es lógico en España no es demasiado conocia por el gran público, pero los pocos que la han degustado no la olvidarán nunca, porque esta genialidad es un arma cargada en forma de sesenta impresionantes episodios que van más allá del puro entretenimiento, mucho más allá.




Gente tan dispar como Alan Moore, Nick Hornby, Carlos Boyero, Hernán Casciari o Maruja Torres la proclaman como la mejor serie de la historia de la televisión, el producto más logrado que ha salido jamás de la pequeña pantalla, el más realista, necesario, nihilista, maduro y triste alegato en contra de lo podrido y lo corrupto. Cada vez estoy más convencido de que en realidad tienen razón, aún no lo sé, es pronto, por ahora me quedo con ese último episodio. Anoche tras verlo, después de sentir la satisfacción, el calor y la despedida, de esos personajes inolvidables y tan cercanos llegó la decepción de saber que nunca volveré a ver un episodio nuevo de este tratado sobre la vida y la muerte en los callejones oscuros y olvidados de Baltimore, la ciudad más triste de los Estados Unidos de América.