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sábado, 26 de julio de 2014

Californication, Hank Moody y el camino del exceso



“Cena, copas…nunca estoy realmente, pero termino diciéndole lo guapa que es siempre. Porque es verdad, todas las mujeres lo sois de un modo u otro. Ya sabes, cada mujer tiene algo, una sonrisa, una curva, un secreto… Las mujeres sois criaturas increíbles, el trabajo de mi vida. Pero luego, a la mañana siguiente llega la resaca y me doy cuenta de que no estoy tan disponible como pensaba la noche anterior. Después se va y me quedo angustiado porque he perdido otro tren.”

Hank Moody




Durante la segunda mitad de la pasada década David Duchovny ya era un actor internacionalmente conocido por tres motivos. El primero era haber protagonizado (casi) todas las temporadas de la mítica serie Expediente X de Chris Carter, aquel programa en el que los agentes del FBI Fox Mulder (el mismo David Duchovny) y Dana Scully (Gillian Anderson) se enfrentaban a conspiraciones gubernamentales, extrarrestres y un peligroso mundo sobrenatural regido por lo oculto y esotérico, desarrollado a lo largo de diez tandas de episodios y dos films en pantalla grande. El segundo era su famosa inexpresividad facial, esa que pudimos ver en Kalifornia de Dominic West, Jugando Con la Muerte de Andy Wilson o Hechizo del Corazón de Bonnie Hunt, aquella que le dificultaba en demasía transmitir emociones y que lo emparentaba con otros actores de pétreos rostros como Ben Affleck, David Boreanaz, Steven Seagal o Kristen Stewart. Por último el tercero era su no menos famosa adicción al sexo, esa que tras muchas idas y venidas le costó su matrimonio con la actriz Tea Leoni (Deep Impact, Dos Policías Rebeldes) que parece ser que terminó cansándose de las aventuras extramatrimoniales de su cónyuge.




Pero en 2007 un poco conocido guionista norteamericano llamado Tom Kapinos, que hasta ese momento sólo había colaborado como productor ejecutivo y escritor de algunos episodios de la serie juvenil Dawson Crece, creada por Kevin Williamson (Scream, Sé lo Que Hicísteis el Último Verano) y protagonizada por James Van der Beek (Las Reglas del Juego, Mentes Criminales), Katie Holmes (Batman Begins, Jóvenes Prodigiosos), Michelle Williams (Brokeback Mountain, Oz: Un Mundo de Fantasía) y Joshua Jackson (The Skulls, Fringe) decidió aunar esas tres características de David Duchovny para crear una serie llamada Californication que sabiamente supo aprovecharse de la fama del protagonista de Expediente X, utilizar como arma propia sus límitadas dotes interpretativas y llevar a su terreno la fama de sátiro del actor para crear una serie que tenía no poco de biografía del actor que durante años dio vida a un agente del FBI que luchó contra aliens, sectas satánicas, criaturas multiformes y asesinos en serie con poderes extrasensoriales.





El 13 de agosto de 2007 la cadena de televisión por cable norteamericana Showtime (Dexter, Homeland, Penny Dreadful, Shameless) estrenó Californication, la serie resultante de la unión del ya mencionado guionista Tom Kapinos y el también nombrado protagonista David Duchovny a los que se sumó el cineasta jamaicano Stephen Hopkins (Bajo Sospecha, Volar Por los Aires, Los Demonios de la Noche) que se ocupó de rodar el episodio piloto (algo que también hizo en la serie 24 protagonizada por Kiefer Sutherland) y formar parte de la producción ejecutiva del programa. Californication narra la vida del escritor Hank Moody que tras ver como su libro, Dios Nos Odia a Todos, un manuscrito cargado de misantropía, bilis y angustia existencial, es adaptado al cine por Hollywood convertido en una comedia romántica titulada Esa Pequeña Cosa Llamada Amor, protagonizada por Tom Cruise y Katie Holmes, decide mudarse a California con su mujer Karen (Natascha McElhone) con la que ya no comparte vida matrimonial y su hija adolescente Rebecca (Madeleine Martin) para huir de su New York Natal y encontrar en el estado que tuvo a Arnold Schwazzenegger como gobernador las musas que le permitan vencer como escritor a la temida página en blanco, siempre con la ayuda de su editor Charlie Runkle (Evan Handler) y Marcy (Pamela Adlon), la esposa de este último. El problema reside en la pasión de Hank por el sexo, el alcohol y las drogas (compartida al 100% por su amigo Charlie) que lo abocarán a una vida de excesos que repercutirá en su familia y allegados y que le impedirá encontrar la inspiración que le ayude a dar forma a su siguiente libro.




El primer episodio de Californication arranca con su protagonista adentrándose en una iglesia en la que una joven y atractiva monja le practica sexo oral mientras él trata de tapar con la mano la imagen de Cristo crucificado que tiene delante, suponemos que por vergüenza. Seguidamente descubrimos que todo era una fantasía que el personaje que estaba experimentando, precisamente, cuando le practicaban una felación. Esto es Californication y su creador, Tom Kapinos, pone rápido las cartas sobre la mesa, lo tomamos o lo dejamos, no hay lugar para medias tintas ni a engaño alguno. Porque Hank Moody es una especie de versión (más atractiva, qué duda cabe) del escritor norteamericano Charles Bukowski que reflejaba sus propias vivencias por medio de su alter ego literario Henry Chinaski (recordemos que Hank es el apodo del nombre Henry, coincidencia nada arbitraria), un genio de la literatura siempre entregado al alcohol y la prostitución, un hijo de la literatura beat que vive al día dilapidando su dinero en drogas, señoritas de compañía y borracheras varias. Pero a diferencia del autor de Pulp, Factotum o La Máquina de Follar Hank tiene como piedra angular de su vida a su mujer Karen y su hija Rebecca, que son el único anclaje con la vida real y el motivo principal por el que no se ha abocado a una espiral de autodestrucción, con la que siempre coquetea, pero en la que nunca llega a sumergirse del todo. La primera aguanta estoicamente todos los escarceos sexuales de su marido aunque ambos ya no sean pareja y la segunda trata de encontrar (sin éxito) en su progenitor una figura paterna en la que reflejarse, una brújula que la guíe durante una adolescencia complicada. Hank trata de ser un buen marido y padre, pero siempre se interpone en su camino una alocada fan de su prosa deseosa de acostarse con él, algún actor/músico/escritor que lo invita a alguna fiesta repleta de desfase y excesos o su mismo amigo/editor Charlie que comparte su debilidad por la carne y pasión por el hedonismo desenfrenado.




A lo largo de siete temporadas Hank Moody volverá e escribir un libro autobiográfico, se implicara como guionista en el mundo del cine, la música y la televisión, ejercerá de profesor de universidad, se las verá con camellos, prostitutas, míticos rockeros en decadencia, raperos de gatillo fácil con ínfulas de Tony Montana de baratillo, alumnas decididas a llevárselo a la cama y supuestas escritoras noveles que hablarán en sus relatos de aventuras de alcoba compartidas con él en tiempos pretéritos. Por culpa de estas ¿malas compañías? será acusado injustamente de abuso de menores teniendo que declarar en juicio e incluso estará al borde de la muerte en varias ocasiones debido a la ingesta de sustancias ilegales o amenazas de muerte que no se ven ejecutadas por muy poco. Por suerte Tom Kapinos y su equipo de guionistas (aunque en las tres últimas temporadas él escribe en solitario todos y cada uno de los episodios) no quieren dar lecciones ni demonizar la vida desenfrenada de Hank Moody, todas sus aventuras y desventuras, hasta las más excesivas, son siempre retratadas desde un punto de vista de comicidad e ironía extrema, algo que nos permite empatizar con la criaturas que pueblan la serie continuamente a la deriva que sólo piensan en sexo, emborracharse, colocarse fumando maría y por todo ello dejando de lado sus vidas profesionales para entregarse a un libertinaje que no parece tener fin en el que la autosatisfacción física y psicológica no tiene más límites que los que puedan ponerse los personajes y que como es lógico nacen de la pluma de unos escritores que tienen un especial don para explotar hasta lo sobrehumano tramas sobre fiestas interminables, relaciones emocionales regidas por la incorrección política u orgías de todo tipo que llenan decenas de episodios de situaciones alocadas (pero nunca caóticas, irreales o descontroladas) en las que Hank, Charlie o Marcy (y más tarde Stu, Atticus, Richard o Levon) experimentan con sus cuerpos y mentes actos que van desde lo descacharrante hasta lo sonrojante incluso a veces bordeando lo escatológico.




Sexo, sí amigos, el coito, el actor del amor, lo que viene siendo echar un buen polvo (o los que encarten) es uno de núcleos centrales de Californication, la segunda de sus dos razones de ser que mueve la mayoría de las tramas. Puede que no haya en la historia de la televisión un programa que haya tratado con tanta naturalidad la liberación sexual, el disfrute al 100% del acto de fornicar, como la serie de Tom Kapinos, es más, productos catódicos que abordaron con mucha cercanía el tema como Queer As Folk oThe L World (ambos pertenecientes también a la cadena por cable Showtime) podrían tildarse hasta de pacatos al lado de la serie protagonizada por David Duchovny. En Californication podemos ver prácticamente todas las parafilias o variantes sexuales conocidas por el ser humano desde tiempos inmemoriales. Desde el sadomasoquismo hasta la coprofilia, pasando por la ninfomanía o la satiriasis, lluvia dorada, el sexo entre personajes del mismo género (hombres y mujeres), el incesto, la gerontofilia, la zoofilia o todo tipo de tríos (el mejor es aquel en el que Hank y Charlie comparten lecho con una chica con graves problemas de exceso de eyaculación vaginal), camas redondas y bacanales interminables en las que no se deja página del kamasutra sin ejecutar. Ese es uno de los grandes aciertos de la serie, la naturalidad con la que aborda el sexo y aprovechando la manga ancha que proporciona la televisión por cable y riéndose y pisoteando con saña (siempre con ironía) el puritanismo propio de una sociedad como la estadounidense que se escandaliza más por un pecho de Janet Jackson en directo en la televisión que por la matanza perpetrada por dos adolescentes armados hasta los dientes en el interior de un instituto.Tom Kapinos y sus secuaces lo tienen claro, desde su punto de vista están hablando de algo tan natural como el respirar, de modo que su inclusión en la vida diría de los personajes hace que el sano acto de mantener relaciones íntimas llegue a estar tan presente en el exoesqueleto argumental del programa que a veces casi llegamos a olerlo o a percibir los estados pre o post coitales en muchos de los roles que pueblan los episodios transmitiendo una sensación de libertinaje, sexualidad, picaresca (en ocasiones hasta repulsa) que despierta una sonrisa en un espectador que espera con ganas cuál va a ser la próxima locura “eroticofestiva” en la que Hank y sus huestes van a embarcarse. Es más, cuando algunos de los personajes menos dados a este tipo de vida (Karen, la misma Becca) caen en las redes del “follar por follar” la complicidad con el televidente es aún mayor y la fruición más remarcable.




Aunque bien es cierto que sería de necios no admitir que detrás del sexo y el desparrame de excesos etílicos y lisérgicos el motor que mueve a Californication en general y Hank Moody en particular es pura y llanamente el amor. Pero no por ello nos encontramos en este caso con ese tipo de programa en el que bajo su superficie supuestamente lacerante y de tono satírico se esconde un mensaje conservador y recalcitrante sobre reivindicar el american way of life sin miramientos ni cortapisas, porque también es acertado que aún siendo verdad que el show de Tom Kapinos bascula siempre entre los sentimientos de su protagonista hacia las dos verdaderas mujeres de su vida (sus ya mencionadas esposa e hija adolescente) y su bohemia existencia entregada al ombliguismo más egocéntrico, el equilibrio sentimental del escritor borracho y pendenciero lo rigen sus personas más allegadas. Porque al igual que la mítica A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under) de Alan Ball el producto que nos ocupa es una oda al amor familiar, a los lazos fraternales, sanguineos y afectivos, pero no a toda costa y sin rechistar, nada más lejos de la realidad. Porque ese núcleo familiar está del todo desestructurado, en ocasiones hasta se muestra como una institución descompuesta y llena de carencias éticas y morales, pero cuando se aceptan esos (enormes) fallos es cuando sus miembros pueden asimilar que sus parientes, ya sean padres, madres, hijos o hermanos, son piezas indispensables en este, unas veces colectivo y otras baldío, recorrido llamado vida. Tom Kapinos quiere que nunca se nos vaya de la cabeza que aunque salte de cama en cama y juerga en juerga el corazón de Hank Moody siempre pertencerá a Karen, porque realmente siempre ha estado enamorado de ella y nunca dejará de estarlo por muchas mujeres con las que él pase noches de lujuria y por muchos hombres con los que ella intente mantener una relación seria que nunca fructificará porque la sombra del que sigue siendo su marido sobrevuela todos y cada uno de los días de su existencia. Por otro lado ni el más duro puñetazo del novio de turno de Karen o la paliza más brutal del típico macarra con cuya novia ha intentado flirtear el protagonista le duele más que cuando su hija Becca le espeta sin indirectas que es un mal padre y un inútil emocional que no hace más que cagarla un día sí y otro también para dar al traste con una familia qué él debería mantener unida.




Pero si Californication es Hank Moody, Hank Moody no es nadie sin David Duchovny y aquí el protagonista de Evolution ha dado vida al personaje más memorable de su carrera porque como comentábamos previamente tiene mucho de si mismo. Amante de lo ajeno, mujer permisiva que se las perdona todas, vida profesional sepultada por los excesos de la personal, una adicción al sexo que se ve reflejada en la ficción y con la que el actor debe haberse sentido identificado lo suficiente como para haber sido junto a Tom Kapinos y Stephen Hopkins uno de los impulsores de la serie en labores de producción ya desde el mismo episodio piloto, suponemos que a modo de expiación de demonios internos y también para sacar un buen dinero, no eludamos lo evidente. El rostro hierático del actor que diera vida al travestido agente Denise Brison en la impagable Twin Peaks de David Lynch y Mark Frost parece un relfejo exterior de su interna personalidad ácida. Siempre jocosa, socarrona y tierna cuando la situación lo requiere e incisiva, malintencionada y punzante cuando la ocasión lo exige. David Duchovny inyecta carisma, sensualidad, una comicidad en sesión continua (algo se aventuraba en pequeñas dosis en Expediente X cuando su Fox Mulder tenía breves momentos de humor frente a la austeridad de Dana Scully, pero que no dejaban vislumbrar una verdadera vis cómica) desdén, misantropía, nihilismo, pero nunca pesimismo, ya que exprimir hasta el último minuto de su existencia es una de sus principales metas. Despeinado, con sempiterno cigarrillo en la boca, gafas de sol y Porsche 911 Cabriolet con el faro derecho roto, Hank es la viva imagen de la dejadez, del talento desperdiciado, de la promiscuidad como declaración de principios. Pero por debajo sólo tenemos a un animal herido, un hombre que en contadas ocasiones ha conocido lo que es el verdadero amor, un marido y padre que no sabe cómo vencer una batalla en la que él mismo es su mayor enemigo y el que le separa de una vida plena en el campo emocional compartida con las dos personas más importantes de su existencia.




De la Karen de Natascha McElhone (El Show de Truman, Ronin) no es difícil enamorarse. Una mujer entrañable, cercana, preciosa, con carácter y sensual casi sin querer serlo. Ella es la eterna musa de Hank, su razón de ser, el centro de su vida, unas veces como esposa, otras como amiga (en contadas ocasiones como enemiga) y en las mejores como amante, ya que los momentos de cama que comparte con el protagonista son los más sinceros y creíbles de Californication. La actriz del remake de Solaris que dirigió Steve Soderbergh es el catalizador artístico y narrativo que permite que nos creamos que el personaje de David Duchovny realmente beba los vientos por ella o que pierda el culo por los celos cada vez que intenta rehacer su vida con hombres que en apariencia le convienen más que Hank. Esta relación entre ambos es de las más ricas que ha dado la televisión reciente, no hay un sólo momento a lo largo de las siete temporadas que dura la serie de Tom Kapinos en el que no queramos que estos dos individuos acaben sus días juntos, pero esa relación tiene un punto flaco y el mismo lo abordaremos más adelante cuando hablemos de algunas de las debilidades del programa que nos ocupa en la entrada. En el otro lado de personas por las que Hank Moody daría su vida tenemos a la Becca a la que da voz y cuerpo la tierna y melancólica Madaleine Martin, una chica de estética gótica, gusto por el death metal y la letra de Anton Szandor Lavey (creador de la Iglesia de Satán y autor de la Bíblia Satánica) con una inteligencia por encima de su edad, aunque nunca adentrándose en la repulsión que suscitan los típicos niños supuestamente espabilados salidos de series y películas de Hollywood. Becca es el personaje del programa que más evoluciona en pantalla (no sólo porque la veamos crecer temporada a temporada) sino porque poco a poco iremos descubriendo que es una versión femenina y perfeccionada de su propio padre. Su pubertad, el descubrimiento de su sexualidad o sus primeros coqueteos con las drogas darán pie a momentos descacharrantes con Hank, que finalmente se revelará como un padre conservador y bastante egoísta.




Pero si hay que destacar dos secundarios recurrentes en Californication esos son el Charlie Runkle al que da vida Evan Handler (El Ala Oeste de la Casa Blanca, Sexo en New York) y la Marcy a la que ofrece su peculiar y resultón cuerpo Pamela Adlon y que forman un muy pintoresco matrimonio que es el culpable de que, como hemos comentado anteriormente, la serie de Tom Kapinos casi huela a fluidos corporales. El primero es el representante de Hank, su escudero, su Sancho Panza, un hombre menudo, calvo y poco agraciado que no duda en compartir con su cliente sexo, drogas y alcohol. Evan Handler ha cometido un suicidio artístico al dar vida al viejo Runks, un personaje divertido, alocado, pero también con una personalidad que puede causar un más que considerable rechazo. Onanista compulsivo, con parafilias sexuales bastante enfermizas, depravado, con episodios traumáticos con su mismo sexo y tendencia a provecharse de sus clientes, el actor de Perdidos o Asesinos Natos se ha encasillado de por vida como “representante salido” y lo va a tener difícil para quitarse ese sambenito de encima. Por otro lado Pamela Adlon da vida a lo que en Californication vendría a ser la respresentación física de la lujuria, el deseo, el descontrol sexual. Marcy es una mujer menuda, de tosco origen italoamericano (vendría a ser una especie de precedente de los protagonistas del programa Jersey Shore de la MTV) totalmente insaciable en la cama. De la forma, virtudes, sabor y olor de la vagina de Marcy se habla en Californication más que de la obra literaria de Hank. Sus amantes matarían por seguir manteniendo relaciones íntimas con ella y su verborréica lengua no para de mencionar palabras relacionadas con el coito en todo momento sin importarle si al receptor de dichas peripecias horizontales no las recibe con agrado. Charlie y Marcy tienen los momentos más carcajeantes de la serie y son el escape humorístico de una serie de por sí bastante cómica. Dos vividores adictos al sexo y el placer a los que acabamos cogiendo cariño por ser un reflejo desatado de nuestras más bajas pasiones.




También es Californication una fábrica de impagables secundarios ocasionales y muchas veces son ellos los que mueven las tramas de los episodios. El rapero Samurai Apocalypse de RZA de la quinta temporada, el enorme rockero estancado en el pasado Atticus Fetch al que da vida el británico Tim Minchin en la sexta, el productor musical Lew Ashby con el rostro de Callum Keith Rennie de la tercera o el director Peter Berg (Battleship, El Último Superviviente, Very Bad Things) haciendo de sí mismo (mostrando un sentido del humor remarcable) en la cuarta. También tenemos casos como el de Stu Beggs interpretado por Stephen Tobolowsky, el productor cinematográfico (y más tarde de series televisivas) que acaba convirtiéndose en un personaje habitual que encaja perfectamente con la personalidad promiscua de Marcy y Charlie, ofreciendo algunos de los momentos más alocados de la serie junto a ellos y “deleitando” continuamente al público con su ridículo desnudo, Jason Beghe como el inestable Richard que también reincide en distintos capítulos a partir de la quinta temporada o uno de los favoritos del que suscribe, el Eddie Nero de Rob Lowe, personaje que a partir del ecuador de la serie aparece en al menos un episodio de temporada y con el que el protagonista de Apocalipsis o Rebeldes borda a ese actor oscarizado por un papel en una película dirigida por Michael Mann y cuya inclinación por ser “del método” lo lleva a experimentar todo tipo de parafilias escatológicas dentro del plano sexual. El momento en el que describe de la manera más gráfica posible la felación que la practicó al único hombre con el que tuvo relaciones íntimas es uno de los puntos álgidos de la serie, un momento de esos que desatan la carcajada del espectador más reacio. Pero las secundarias no se quedan atrás y todas y cada una de las temporadas nos regalan la presencia de actrices despampanantes como Madeline Zima (culpable de muchos de los quebraderos de cabeza de Hank como Mía, la hijastra de Karen) Eva Amurri (hija de Susan Sarandon) en el rol de una alumna de Hank que se dedica al striptease, Addison Timlin como Sasha, una estrella de cine adolescente, Carla Gugino como Abby, la abogada de Hank, Maggie Grace la (poco creíble) groupie del mundo del rock, Faith, Paula Marshall como la insegura Sonja o Heather Graham, la madre de Levon, el hijo secreto de Hank.




Sólo unos pocos fallos se le pueden achacar al programa que nos ocupa. El primero es que ciertamente se vuelve algo monotemático con tanto dar vueltas sobre los mismos temas, por suerte los guionistas saben introducir contextos diferentes de una temporada a otra para que no parezca que estamos volviendo a degustar un plato que ya conocemos. El segundo es que si bien todas y cada una de las relaciones interpersonales de los personajes son creíbles y cercanas la mayoría de ellas no evolucionan demasiado, tocan techo en la cuarta temporada (el final de aquella, que era una descarada y muy acertada oda en favor de Hank como persona y personaje, hubiera sido un cierre pletórico para la serie, aunque por suerte todavía quedaban tres temporadas magníficas) y a partir de ahí sólo giran sobre sí mismas: Hank y Karen siguen con su juego de amor/odio Charlie y Marcy otro muy parecida a aquel pero de una naturaleza más lúbrica y sólo Becca parece ser un personaje que se desarrolla de manera gradual y continua a lo largo de toda la serie. El tercero es que la séptima y última temporada sin ser ni mucho menos floja o indigna del show sí está un poco descompensada. Por un lado que Tom Kapinos la coja con el mundo de la televisión y no deje títere con cabeza mordiendo la mano que la da de comer (ese Rick Rath de Michael Imperioli no deja muy bien a los productores de televisión por cable, aunque al final resulta ser un buen tipo) es todo un acierto. Pero por otro no sólo se comete el fallo de dejar algo de lado a Karen, también descubrimos que la inclusión del personaje de Levon (Oliver Cooper) y su madre Julia, a la que da vida Heather Graham, aportan poco al argumento central y si se prescindiera de ellos los 12 episodio se resentirían más bien poco. También podríamos hablar sobre el (en cierta manera) autcomplaciente final de la serie, pero sería un ejercicio de futilidad. El cierre de Californication es como el de The Shield de Shawn Ryan o el de The Wire de David Simon y Ed Burns, puede que no el mejor que se le podía haber dado, pero sí el más adecuado y consecuente con la esencia del programa.




No podemos negarlo, el supuesto talento como escritor de Hank Moody es un mero McGuffin para que como rol pueda interactuar con personas de distintos medios como el cine, la televisión, la música o la literatura y con ello moldear las historias que dan forma al programa y que los guionistas dosifican en episodios de poco menos de media a hora que siempre nos dejan con ganas de más. Pero gracias a esa excusa Californication es algo más que la versión masculina de Sexo en New York (aunque también hay algo de eso). Es sexo, drogas y rock’n roll, género musical que por cierto vertebra gran parte de la serie, desde su título que es una canción de Red Hot Chili Peppers, hasta el nombre del libro de Hank (el mismo de un disco de la banda de thrash metal Slayer) o su adaptación cinematográfica (título de un tema de Queen) hasta títulos de muchos episodios (The Unforgiven, The Last Supper, Wish You Where Here) o los cameos de músicos como Zakk Wylde (Black Label Society), Tommy Lee (Mötley Crüe), Steve Jones (Sex Pitols) Sebastian Bach (Skid Row) o un Marilyn Manson interpretándose a sí mismo. Su recorrido ha sido de siete años en los que la calidad se ha mantenido a un nivel siempre bastante alto y sin traicionar su origen o edulcorar su mensaje romántico, siempre rodeándolo de orgasmos y gemidos a plena voz. Un servidor echará de menos al canalla de Hank Moody, se hará raro no tener cita anual con su frenética existencia y la de los que le rodean en la soleada California. Me gusta pensar que el verdadero autor del libro Follando y Pegando seguirá toda su vida siendo un infiel borracho que pasará la noche colocado con sus amigos Charlie y Marcy. Al día siguiente su mujer Karen le abroncará con acusaciones llenas de ironía para finalmente perdonarle su enésimo desliz porque su paciencia (y cariño hacia él) no tiene límites y Becca preguntará a ambos cuándo acabará esa interminable tira y afloja que los convierte en algo parecido a dos críos pequeños. Hank, una vez más caerá en la cuenta de que sin su familia no es nada, que es una carcasa vacía sin la presencia de su mujer y su hija y le entrará la depre. Hasta que por la noche el influjo de California vuelva a llevarlo por el mal camino con sus etílicos y sensuales cantos de sirena abocándolo en una espiral de pasión y excesos que no cesará hasta el fin de sus días puestos hasta el culo de mugre y furia, pero sobre todo amor.


jueves, 10 de octubre de 2013

Dexter, memories of murder



Puedo matar a un hombre, descuartizar su cuerpo y llegar a tiempo para ver el programa de David Letterman. Pero a la hora de saber qué decir cuando mi novia se siente insegura estoy perdido

Dexter Morgan





Duante el año 2006 la cadena de televisión por cable Showtime (Californication, Homeland) comenzó a promocionar una serie que adaptaba una saga de novelas criminales del escritor Jeff Lindsay. El responsable de llevar a imágenes el escrito fue James Manos Jr, que se hizo cargo del guión del episodio piloto que dirigiría Michael Cuesta (True Blood, Elementary) y que estaría protagonizado por Michael C. Hall, actor que venía de saborear las mieles del éxito con ese maravilloso tratado sobre la vida y la muerte titulado A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under) el programa de la HBO creado por el guionista y cineasta Alan Ball. La serie fue un enorme éxito desde su estreno debido principalmente al carisma de su protagonista, pero llegado el ecuador de su recorridocomenzó una decadencia que duró hasta su cierre, hace pocas semanas, con la terrible octava temporada y su indignante final.




Dexter Morgan es un forense especializado en análisis de salpicaduras de sangre que trabaja para la policía de la ciudad de Miami. Un hombre tranquilo que durante el día colabora con su hermana, que al igual que él es una agente de la ley, y cuida de su novia Rita así como de los dos hijos de esta, Astor y Cody. Pero por la noche Dexter es un asesino en serie que se dedica a eliminar a aquellos criminales a los que, según él, el sistema no ha conseguido atrapar o ajusticiar debidamente. Para que el irrefrenable instinto homicida de Dexter (adquirido cuando con sólo tres años vio como asesinaban brutalmente a su madre y al que él llama su "Pasajero Oscuro") se canalizara desde su niñez sólo contra gente "que mereciera morir" su padre, Harry (también policía) le inculcó un código estricto para elegir de manera cuidadosa a sus víctimas. Pero la doble vida de Dexter le causará graves problemas tanto a él como a los que le rodean. A continuación algunos spoilers de todo el recorrido de la serie.




Dexter es la versión oscura (en ocasiones hasta paródica) de ese agotador torrente de series sobre forenses (los distintos C.S.I, Crossing Jordan, Bones) que invadió la televisión americana a finales de la década pasada. Su protagonista es un lobo con piel de cordero, un forense que en su horario de trabajo analiza escenas de crímenes para por la noche, raptar, asesinar y más tarde descuartizar a criminales que según su código de conducta merecen ser eliminados. Ni si quiera su hermana Debra o su novia Rita saben a qué se dedica Dexter por las noches y el hecho de que trabaje para la policía de Miami siempre añade un plus de peligrosidad a sus actividades ilegales porque sus mismos compañeros muchas veces le pisan los talones, de modo que se ve en la obligación de manipular pruebas o hacer desaparecer pistas para no ser descubierto.




El ritual de muerte de Dexter, su modus operandi (aunque con algunas variantes a lo largo de la serie) consiste en investigar a su próxima víctima y asegurarse de que cometió los crímenes de los que se le acusan. Posteriormente se presenta a la misma con un nombre falso y se gana su confianza. Cuando esta ha bajado la guardia le inyecta un tranquilizante para animales por medio de una inyección en el cuello. Mientras permanece inconsciente envuelve en plástico a la susodicha (así como a la habitación donde va a cometer el asesinato) y espera a que recobre la consciencia. Cuando lo ha hecho le habla de sus delitos y le muestra fotografías de los mismos para mermarla psicológicamente en sus últimos momentos. Después le practica un pequeño corte en la mejilla para tomar una muestra de sangre que guarda como trofeo junto a las del resto de sus víctimas y finalmente la apuñala en el pecho con uno de sus cuchillos (el personaje es reacio a usar armas de fuego ya que se considera un artista) para quitarle la vida. Por último descuartiza el cuerpo y lo transporta con su barco (llamado de manera bastante irónica Slice of Life) a la bahía Harbor. Allí arroja los restos desmembrados dentro de bolsas de plástico.




El principal atractivo de una serie como Dexter es sin lugar a dudas el personaje que le da título. A Michael C. Hall le costó quitarse de encima el fantasma del inmenso David Fisher de Six Feet Under, aquel homosexual reprimido y ferviente católico que dirigía junto a su hermano Nate una funeraria familiar. Pero a los pocos episodios el rol de este peculiar asesino le sentaba como un guante y hoy día es su composición interpretativa más famosa (aunque no la mejor, un servidor se queda con David). Dexter desprende carisma y consigue empatizar fácilmente con el espectador. Por medio de la voz en off (que se desvirtuará considerablemente cuando empiece esa decadencia de la serie que más tarde ocupará un espacio notable de esta entrada) conocemos las motivaciones de este elegante, metódico, irónico y mentiroso psicópata.




Dexter es un personaje ambiguo, que nos cae bien aunque sepamos que lo que hace no es lo correcto. Dentro de este resbaladizo terreno (a)moral entra la teoría de que Dexter es una buena persona porque "sólo mata gente que merece morir"y aunque esto en el plano ético pueda dar mucho juego a la piscología del rol en verdad es el típico recurso norteamericano para dar carta blanca al protagonista para que mate a sus víctimas sin que nosotros, los espectadores, sintamos remordimientos de conciencia "porque no son inocentes". En un país en el que la pena de muerte es legal en varios estados no es sorprendente que la ley del "ojo por ojo" esté a la orden del día y el concepto de venganza sea vitoreado por sus ciudadanos. El mismo Michal C. Hall en varias entrevistas justifica los actos de Dexter porque sólo asesina a gente "que lo merece". En un plano moral este es el mayor escollo que un servidor encuentra en una serie como Dexter, ya que mi ideología es totalmente contraria a tomar la justicia por la propia mano y jamás podría apoyar el homicidio frío y calculado de una persona (aún siendo un criminal) habiendo un (imperfecto, sí, pero necesario) sistema legal y judicial que pueda ajusticiarlo y encarcelarlo.




Pero salvando este obstáculo y siempre teniendo en cuenta que hablamos de ficción televisiva no me fue difícil enamorarme, no sólo de Dexter, sino del resto de personajes que pueblan su vida. Porque al enorme trabajo de composición que realiza C. Hall con esa manera de andar, esa rotunda voz y esa cara de entrañable y condescendiente falsedad que regala a sus compañeros de trabajo se contrapone la labor de un reparto que le da maravillosamente la réplica al actor de Gamer. Uno de los roles más interesantes de Dexter y que sirve de magnífico contrapunto a este es el de su hermana Debra Morgan a la que da vida con una convicción cercana y mucha simpatía Jennifer Morrison (El Exorcismo de Emily Rose, Quarentine). Debra es una competente agente de policía que ha heredado mucho del carácter de su padre Harry y que de diez palabras que salen de su boca cinco son "fuck". Como persona admira profundamente a su hermano Dexter, del cual desconoce su doble vida, y la relación entre ambos es de lo mejor de la serie hasta que en la sexta temporada eso cambió, como comentaré más adelante.




Dentro del departamento de policía Miami Metro tenemos a Ángel Batista (David Zayas) el personaje debilidad de un servidor. Batista es un veterano policía de origen portorriqueño de vuelta de todo, amigo de sus amigos, aunque en ocasiones demasiado entregado en su cometido. A lo largo de la serie será uno de los individuos que más fiel será consigo mismo alejándose del desvirtuamiento que experimentarán muchos de sus compañeros por las malas decisiones de guión. Por otro lado tenemos a la teniente María Laguerta (Lauren Vélez), una mujer íntegra que se preocupa por sus subordinados y que trata de mantener en todo momento el orden dentro de su trabajo. Por desgracia Laguerta será uno de los personajes más perjudicados cuando la serie empiece a dar bandazos narrativos, pasando a convertirse de buenas a primeras en la sexta temporada en una arpía y sin un desarrollo adecuado o realista sobre el papel para llegar a serlo. Aunque en la séptima temporada en parte los guionistas llegan a redimir varios de sus pecados, que no son de la misma María, sino de los mismos escritores que deben darle forma adecuadamente y no lo consiguen.




También tenemos la presencia de Vince Masuka (C.S. Lee) ayudante forense de Dexter de origen japonés y principal contrapunto cómico de la serie por ser un pervertido sexual de mucho cuidado (mítica su representación de una "momificación autoerótica" en la escena de un crimen ante la estupefacta mirada de sus compañeros en la quinta temporada). Masuka es un personaje con una personalidad sencilla y escaso desarrollo y por eso el mejor uso que se le puede dar es humorístico, esto funciona perfectamente en las siete primeras temporadas, pero el rol se ve abocado al desastre cuando en la octava le regalan una estúpida subtrama que ciertamente tampoco desentona demasiado con el desfile de disparatas que sobrevuelan los últimos episodios del programa. Otro rol importante es el del sargento James Doakes (Erik King) compañero de Dexter que siempre desconfió de él afirmando que ocultaba algo oscuro, siendo la persona que más quebraderos de cabeza produjo a este por seguirle siempre la pista de cerca. El rol de Doakes será heredado por Joey Quinn (Desmond Harrington) agente que se ocupará de investigar la vida privada de Dexter cuando empiece a sospechar de él.




En el hogar de Dexter tenemos el personaje de su novia Rita (Julie Benz) una dulce madre de dos hijos llamados Astor (Christina Robinson) y Cody (Daniel Goldman) que, por supuesto, desconoce la vida secreta de su pareja y que también arrastra un pasado turbio por culpa de un ex marido que se encuentra cumpliendo condena en prisión. Por otro lado debemos destacar la presencia de Harry Morgan (James Remar) el padre de Dexter que tomando la forma de una especie de aparición (parece que Michal C. Hall está condenado a interpretar a hombres que comparten vida con las presencias de sus progenitores fallecidos) sólo es el reflejo de la conciencia del protagonista y sus dilemas morales. Recurso que, una vez más, será mal utilizado y llevado hasta lo ridículo durante la inefable sexta temporada.




Las cuatro primeras temporadas de la serie son un ejemplo de televisión de alta calidad. Una muestra impresionante de cohesión narrativa, definición de personajes, realización técnica y dirección de actores. En la primera etapa empezaremos a conocer a Dexter y su entorno, su relación con Debra y Rita, cómo debe fingir empatía con sus compañeros de trabajo cuando lo cierto es que no la puede experimentar por culpa de su naturaleza psicópata (uno de los mayores aciertos de la primera mitad de la serie es cómo las personas del entorno del personaje principal toman como cierta frialdad lo que en verdad es una total incapacidad para exteriorizar sentimientos o emociones por parte de este). También tendremos por primera vez la aparición de una de las némesis de Dexter que en cada temporada rivalizará con él. Asesinos en serie a los que llega a admirar y en ocasiones considerar artistas dentro del mundo del homicidio. En esta ocasión lo será Ruddy Cooper que finalmente de revelará como Brian Mosser, hermano natural del protagonista.




En la segunda temporada el tono de morbidez llegó a cotas impresionantes con la presencia del personaje secundario de Lila West (Jamie Murray) a la que Dexter conoce en unas sesiones de desintoxicación y que se convierte a la vez en su rival y confidente al ser una mujer que siente una considerable excitación (incluso en el plano sexual) por el trabajo que este lleva a cabo en la clandestinidad. Por otro lado la policía de Miami ha encontrado los restos de los cuerpos de las víctimas del protagonista al que llaman el Carnicero de la Bahía y una vez más están a punto de desbaratar sus planes. En la tercera temporada Dexter encontrará su reflejo en Miguel Prado (Jimmy Smits) fiscal del distrito que descubrirá el secreto de este y le pedirá que lo inicie en el mundo del asesinato. Por otro lado el caso que los agentes de Miami Metro investigan es el del Despellejador, un asesino que arranca trozos de piel a sus víctimas. Estas dos temporadas muestran un acertadísimo desarrollo de personajes y si bien la segunda analiza temas como el sadismo o la adicción a la unión de sexo y muerte, Eros y Thanatos (Lila es un personaje muy jugoso) la tercera realiza un poco halagüeño retrato del sistema judicial y político de Miami. Pero en la cuarta llegaríamos a la que es sin duda la cumbre de la serie que nos ocupa.




La cuarta temporada de Dexter es una obra maestra por muchos motivos. La presencia de un magnífico secundario como Frank Lundy (Keith Carradine) y la relación sentimental que este mantiene con Debra o que todos los personajes estén en el cénit de sus personalidades una vez han sido debidamente perfiladas a lo largo de cuatro temporadas. Pero sobre todo por la inclusión de, no sólo el mejor villano que ha dado la serie, también uno de los más interesantes y complejos que ha dado la ficción filmada. Trinity es un veterano asesino en serie que elimina a sus víctimas de tres en tres desde hace 30 años y que será el rival de Dexter en esta tanda de episodios. Tras tres intentos de buscar (con más o menos éxito) tres contrincantes que sean dignos de Dexter, con la llegada de Trinity los responsables del programa consiguen crear una criatura que no es que esté a la altura del protagonista, sino que lo devora impunemente a lo largo de la temporada.




Este americano medio, este hombre hogareño de misa de los domingos y barbacoa en el jardín de atrás de su adosado esconde una bestia inhumana en su interior que hace palidecer las técnicas homicidas de Dexter. Hay una escena sencillamente brutal en la que se resume la personalidad de Trinity y es en la que su hijo le responde de manera irrespetuosa y él le parte un dedo mostrando por segundos de manera pública el monstruo que realmente es. Este pasaje es de una violencia psicológica (más que física) sencillamente apabullante y se revela para un servidor como el mejor momento de toda la serie. Para dar vida a esta complejo animal salvaje se necesitaba un actor a la altura y el veterano John Lithgow (En Nombre de Caín, Ricochet) que es un experto en dar vida a perturbados da la talla sobradamente manteniendo un tour de force con Michael C. Hall durante esos episodios que debería pasar a los anales de la mejor televisión jamás filmada. Merecido Globo de Oro para el actor de El origen del Planeta de los Simios por su papel aquí comentado.




Tras esta intachable etapa era prácticamente imposible mantener el nivel con la siguiente. La quinta temporada es conocida de manera más o menos oficial como la que da inicio a la decadencia de la serie. Afirmación que un servidor sólo comparte en parte. Creo que la temporada número cinco de Dexter guarda muy bien el tipo hasta sus dos últimos episodios donde los disparates empiezan a sucederse (el momento cortina de plástico de Debra no se lo cree nadie) ofreciéndonos una adelanto de lo que será la sexta, pero sin llegar a herir de muerte a la serie como si haría aquella. Me gusta como se perfila la personalidad torturada de Lumen, una víctima de actos brutales que no podrá llevar a cabo su acto de venganza contra sus agresores hasta que Dexter haga de catalizador para su creciente instinto homicida. El papel lo borda Julia Stiles, una actriz que me cae rotundamente mal pero que aquí hace un trabajo de nota. No se me va de la cabeza un plano de su rostro tras ser rescatada de su cautiverio por Dexter en el que sus pupilas dilatadas miran hacia todos lados una vez ha salido el exterior mostrando así con acertado realismo los síntomas de una persona traumatizada. También hace un muy buen trabajo Johnny Lee Miller (Trainspotting, Elementary) como Jordan Chase, aunque su rol es el primero en dar síntomas de ser uno de esos villanos deficientes que desfilarán por la serie a partir de la siguiente temporada.




En el primer episodio de la sexta temporada a Dexter como serie le asestan una brutal puñalada y se va desangrando hasta el último episodio de la octava. Por arte de magia el capítulo uno arranca con la mayoría de los personajes descaracterizados, llevando a cabo actos impropios de ellos y dignos de críos sumergidos en la adolescencia. Laguerta pasa de buenas a primeras de mujer responsable a zorra arribista, Quinn se vuelve un borracho insoportable y para colmo se empieza a analizar la psicología de Debra de manera tosca y poco creíble con resultados aberrantes. Pero el que peor parte se lleva en este desastre es el mismo Dexter. Aquel asesino en serie metódico, perfeccionista, meticuloso que todos conocíamos y con el que empatizábamos se convierte en un descuidado y torpe carnicero que se pasa por el forro el código que su padre le inculcó asesinando a quien le viene en gana si investigar su culpabilidad o haciéndolo de manera estúpida y nada creíble.




Por desgracia este caos se extiende por toda la serie. Los criminales dejan de ser elegantes y unos rivales dignos y se convierten en villanos de opereta casi paródicos (por muy bien que actúen Edward James Olmos y Colin Hanks sus personajes son la pena y toda la temática religiosa está pobremente perfilada, tanto la de estos roles como la que involucra al protagonista y sus dilemas (a)teológicos) los miembros de Miami Metro deambulan en la serie sin aportar nada interesante que no sean estupidices que ralentizan la ya de por sí raquitica trama central. Se desvirtúa completamente la presencia de Harry como conciencia de Dexter (en una ocasión hasta lo vemos vitoreándole entre un grupo de personas en una grada durante un  partido de rugby, cuando se supone que sus manifestaciones oníricas sólo tienen lugar cuando el protagonista está en soledad) los minimalistas asesinatos por medio de esterilizados cuchillos dejan paso a arponazos improvisados o golpes en la cabeza de las víctimas por medio de utensilios como extintores de incendios y aquella voz en off que enriquecía la personalidad del personaje principal se vuelve reiterativa, cansina y portadora de obviedades en forma de letanía.




Pero son dos ideas argumentales imperdonables las que hacen que esta temporada sea la peor de la serie. La primera es ese giro tramposo y ruín en el que se nos revela que un personaje que llevábamos viendo toda la temporada resulta ser sólo producto de la imaginación de otro y ya la debacle es que uno de los momentos que deberían ser clave en el programa, un punto de inflexión en el devenir de los personajes, está expuesto con una deficiencia sencillamente ponzoñosa. Hablo, como no puede ser menos, de cuando Debra descubre que Dexter es un asesino en serie en el último episodio. Este pasaje que debería, a partir de ese momento, enriquecer la serie se convierte de manera paradójica en un lastre que se verá revolcado y no solucionado debidamente hasta el cierre del programa. La hemorragia de la serie no ha hecho más que empezar y por mucho que los guionistas intenten curarla no lo llegarán a conseguir nunca.




La séptima trata de encarrilar un poco la cosa y solapar los múltiples y abominables fallos que poblaron la sexta, pero el daño ya está hecho y no hay manera de enderezar el barco que se hunde irremisiblemente. Esta temporada es prácticamente un remake mediocre de la segunda, cambiando a Lila por Hannah y a Doakes por Laguerta. Aquí por fin los personajes parecen volver a ser los de siempre, pero las subtramas insulsas, las elecciones desacertadas por parte del equipo de guionistas y la herencia de la temporada anterior no permite que esta llegue a unas cotas de calidad exigibles. Poco se puede salvar en esta tanda de episodios, si acaso el personaje de Isaac Sirko al que da vida de manera sobresaliente Ray Stevenson (Roma, Punisher: War Zone). Para colmo la relación Debra/Dexter se tambalea brutalmente y cuando algún guionista adicto al LSD decide convertirla a ella en Cersei Lannnister la cagada se revela de proporciones catedralicias. Por suerte los actores siguen dando la talla y Jennifer Carpenter merece todos los premios del mundo por sacar adelante con mucho oficio a un personaje que estaba muerto en vida por culpa de los guiones.




Por fin llegamos a la octava y última temporada que es un "sálvese quien pueda" de manual por parte de los creadores de la serie. No tenemos un villano concreto, porque la investigación del mismo es tan efectista y busca tanto la sorpresa gratuita que hace que saltemos de un sospechoso a otro. Por eso cuando se desvela la personalidad del Neurocirujano (apodo que se le da al asesino) nos importa realmente una mierda quién sea y darle peso a su verdadera representación física sólo en los últimos episodios confirma una vez más la poca profesionalidad y las ganas de acabar de cualquier manera por parte de los guionistas. Por el lado bueno la presencia de una actriz magnífica como Charlotte Rampling dando vida a Evelyn Vogel un rol cuya presencia está cogida con pinzas (supuestamente ayudó a Harry a crear el código de conducta criminal que tomaría Dexter como suyo) pero que está llevado con entereza por la protagonista de El Portero de Noche. También es un acierto que los escritores traten de enderezar en la recta final un poco el rol de Debra que estaba en un momento bajísimo de caracterización, pero todo se va al carajo en el último capítulo.




Por el malo casi todo lo demás, como los guiones inconexos, el argumento central titubeante, las subtramas intragables (la de Masuka es terrible y propia de Dos Hombres y Medio), la aparición gratuita y el peso que se le da a Hannah, el momento cinta andadora que parece salido de una serie española mala de los 90 y sobre todo ese cierre final que deja infinidad de cabos sueltos (los compañeros de trabajo de Dexter nunca llegarán a saber quién era realmente y ese hubiera sido el momento más importante de la serie el mismo que por desgracia no tiene lugar en ningún momento) una resolución vergonzosa para Debra y un destino insatisfactorio para el mismo Dexter. Aparentando todo ser más un final de temporada normal y corriente que el cierre de una serie que merecía más respeto tanto para sí misma como para sus seguidores. Poco me importa si los guionistas ahora acusan de Showtime de haberles inculcado obligatoriamente ese desenlace, ya que ni uno tan glorioso como el de Six Feet Under hubiera arreglado el desaguisado que llevaba siendo la serie desde su segunda mitad.




Lo curioso es que hasta en los momentos más bajos Dexter no dejaba de ser una producción entretenida en la que un magnífico reparto y unos directores muy competentes (entre ellos realizadores con cierto nombre como John Dahl o actores reconvertidos en cineastas como Keith Gordon) conseguían salvar los muebles a un equipo de guionistas en permanente estado de embriaguez o drogadicción. Este desastre que empezó a formarse a finales de la quinta temporada posiblemente tenga que ver con el baile de showrunners que siempre sufrió la serie, ya que hasta cinco llegaron tener los mandos del desarrollo de la misma si mis cálculos no fallan. Mientras otros productos televisivos como como The Wire, The Shield, Breaking Bad o Los Soprano tenían a sus productores ejecutivos fijos (los mismos que en un principio crearon los programas y que nunca dejaron de escribir guiones, dirigir episodios y supervisar la labor del resto de escritores y profesionales técnicos) en Dexter no había una verdadera cabeza pensante, un capitán de barco, detrás del proyecto para controlarlo, mimarlo y que no perdiera su esencia.




Por el camino nos quedamos con una serie con cuatro temporadas de visión obligada y otras cuatro que se mueven entre lo aceptable, lo terrible, lo mediocre y lo desconcertante. Nunca he sido un fan a muerte de Dexter, puede que por los motivos que argumenté anteriormente, pero sí me consideraba un seguidor fiel de este forense de día y asesino de noche que se codeaba con un grupo de personajes muy realistas que le daban caza a él aunque ellos desconocieran tal dato. Un monstruo dentro del cuerpo de un ser humano que se muestra (al igual que el Walter White de Breaking Bad, el Leland Palmer de Twin Peaks o el Vic Mackey de The Shield) como un reflejo deformado y oscuro de nuestra propia personalidad. Un producto de esta calidad no merecía una caída en los abismos tan desalentadora ni un final tan insatisfactorio. Pero bueno, hay casos peores, como series que tras 10 años de gloria catódica deciden continuar otros 15 (y los que queden) siendo poco más que una máquina de hacer dinero mediocre y sin apenas calidad. Si no que se lo digan a Matt Groening y a la montaña de dólares en la que duerme por las noches.