lunes, 29 de junio de 2009

Ararat, celuloide en pos de la memoria histórica


Título Original: Ararat (2002)
Director: Atom Egoyan
Guión: Atom Egoyan
Actores: Charles Aznavour, Christopher Plummer, Elias Koteas, Eric Bogosian, Arsinée Khanjian, Brent Carver, Marie-Josée Croze, Bruce Greenwood, David Alpay




Ararat
, del director canadiense Atom Egoyan aborda un tema tan espinoso como olvidado, el genocidio del pueblo armenio por parte de los turcos en el año 1915, durante la primera guerra mundial. El realizador de El Viaje de Felicia que nació en El Cairo y es de origen armenio, habla de tal hecho histórico de la manera más inteligente posible, no mostrándolo por medio de una cinta de época, sino utilizando un exquisito juego de espejos argumentales.




Ararat
es un iteligentísimo ejercicio de metalenguaje, Egoyan se sirve del subgénero de cine dentro del cine para mostrar su compleja visión de una barbarie conocida por muy pocos y que se cobró la vida de casi un millón de personas, tomando como inspiración la lírica y gélida belleza que Theo Angelopoulos imprimió a su magistral La Mirada de Ulises, el canadiense construye uno de sus films más personales y profundos.




Egoyan siempre es un maestro a la hora de condensar los sentimientos que transmiten sus films, se pudo ver en esa obra maestra llamada El Dulce Porvenir, que por medio de la contención retrataba almas desgarradas por la mayor de las tragedias, y se vuelve a mostrar en Ararat, se le agradece al cineasta que tocando un tema tan cercano para él no se deje llevar por la lágrima fácil y el sentimentalismo, aunque sí se detecta una aire revanchista y de resentimiento para con el pueblo turco, que en cierto momento descompensa la denuncia del film por no dar una visión objetiva de los hechos, que no necesitan ser subrayados, hablan por sí solos.



El único fallo de la obra es que el director que interpreta el cantante francés Charles Aznavour (un émulo del mismo Egoyan en la ficción), muestra un a altanería y presuntuosidad que producen rechazo, los pocos momentos discursivos del film los protagoniza este personaje que sería una muestra palpable del carácter soberbio que el mismo Egoyan tiene de sí mismo como cieneasta superior, muy comprometido y capaz de mirar por encima del hombro a uno de los actores (el grandísimo Elias Koteas) que trabajan con él por el simple hecho de no comprender el mensaje que su obra trata de transmitir.




Egoyan dio un enorme paso como autor con Ararat, su octavo film posee momentos de gran cine, (la escena en la habitación a oscuras con las bobinas de la película es inolvidable o la última conversación de un impagable Christopher Plummer con su hijo), su mensaje es necesario y de hondo calado. Tristes son aquellos que piensen aún que el cine solo sirve para entretener a las masas, cintas como la que nos ocupa dan voz a los callados, aliento a los maltratados, encumbran el acto de contar historias al nivel del arte, y hacen perdurar esa memoria histórica, que necesitamos tanto como el acto de respirar, por mucho dolor que produzca el rememorar el simple acto de coger las manos de una madre que va a ser inmortalizada en un maravilloso lienzo creado desde la impotencia, el miedo y la perdida.


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