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lunes, 21 de junio de 2021

Expediente Warren: Obligado Por el Demonio




Título Original The Conjuring: The Devil Made Me Do It (2021)
Director Michael Chaves
Guion James Wan, David Leslie Johnson-McGoldrick
Reparto Vera Farmiga, Patrick Wilson, Ruairi O’Connor, Sarah Catherine Hook, Julian Hilliard, John Noble, Eugenie Bondurant, Shannon Kook, Ronnie Gene Blevins, Keith Arthur Bolden, Steve Coulter, Vince Pisani, Ingrid Bisu




Personalidades capitales dentro del mundo del ocultismo y lo esotérico para unos, charlatanes vendehumos que se dedicaron a engañar a ciudadanos desaprensivos para otros, el matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren se ha convertido en parte de la cultura del terror contemporáneo desde que el director James Wan y los guionistas Chad y Carey Hayes pusieron sus ojos en ellos hace ocho años. Aquel 2013 se estrenó The Conjuring, conocida como Expediente Warren en España, la primera película centrada en las andaduras supuestamente sobrenaturales de tan peculiar pareja, demonólogo él y clarividente ella, nacida a la estela del éxito de Insidious, otra saga de terror auspiciada por James Wan en colaboración con Blumhouse Productions. Vera Farmiga y Patrick Wilson daban vida a los Warren viéndose inmersos en un caso de casa maldita y posesión demoníaca con el que el cineasta australiano de origen malasio desplegaba su brillante puesta en escena alimentándose de todos los tópicos de género de terror para alumbrar una poderosa maquinaria cinematográfica. Dos años después de la primera entrega y uno del primer spin off de la franquicia, centrado en la muñeca Annabelle, llegaba a carteleras de todo el mundo The Conjuring 2 o Expediente Warren: El Caso Enfield, secuela que superaba a su predecesora centrándose en el caso del célebre poltergeist del barrio londinense y presentando al personaje de la Monja que, como sabemos, también protagonizaría su propia película.




Cuando se conoció que la apretada agenda de James Wan le impediría dirigir la tercera entrega de Expediente Warren, recordemos que sigue implicado en el futuro próximo del DCEU con la muy esperada Aquaman And The Lost Kingdom, saltaron todas las alarmas. Más todavía cuando Warner Bros y Atomic Monster confirmaron que el lugar del creador de Saw lo ocuparía Michael Chaves, director de la que podemos considerar película más floja de lo que se conoce como el “Warrenverso”, la mediocre The Curse of la Llorona (2019). Un servidor, precavido a la hora de dictar sentencia con este tipo de cambios antes de consumir el producto, recordó dos factores que podrían jugar a favor de esta The Conjuring: The Devil Made Me Do It. El primero es que cuando Leigh Whannell tomó el relevo de James Wan para rodar Insidious: Capítulo 3 el resultado quedaba lejos de las anteriores cintas, pero se antojó bastante satisfactorio. El segundo es que si bien La Llorona era una obra poco rescatable, precisamente la labor de Michael Chaves, mucho mejor que el material puesto en sus manos por los guionistas Mikki Daughtry y Tobias Iaconis, sobresalía en el conjunto de aquel innecesario y desubicado tercer spin off.




El nuevo caso en el que se ven envueltos las contrapartidas cinematográficas de Ed y Lorraine Warren fue uno que en 1981 focalizó las portadas de los medios de comunicación estadounidenses e internacionales de la época y en el que ambos se vieron estrechamente implicados. Se trata del juicio al joven Arne Cheyenne Johnson, que supuso el primer caso de un tribunal de Estados Unidos en el que se alegaba posesión demoníaca como defensa para declarar la inocencia del acusado. Los hechos relacionados con Cheyenne Johnson y sus allegados ya fueron llevados a la pequeña pantalla en 1983 con un tv movie titulada The Demon Murder Case, conocida en nuestro idioma como Asesinato Diabólico o Poseídos, dirigida por William Hale y con un jovencísimo Kevin Bacon dando vida a la versión ficcional del procesado. En esta Expediente Warren: Obligado Por el Demonio del guion se ocupa el mismo James Wan con la ayuda de David Leslie Johnson-McGoldrick que ya colaboró con el director de Silencio Desde el Mal (Dead Silence, 2007) escribiendo los libretos de Expediente Warren: El Caso Enfield y Aquaman (2018).




Con Expediente Warren: Obligado Por El Demonio pareciera como si Michael Chaves supiera que sustituir a James Wan detrás de las cámaras no fuera a ser una tarea fácil y por ello decide descubrir casi todas sus cartas desde el mismo arranque del largometraje. Aunque es algo que ya se ha comentado hasta la saciedad es ineludible que el prólogo de diez minutos que abre el largometraje es el mejor pasaje de cuantos conforman la obra. Ese homenaje explícito a El Exorcista, con algunos planos idénticos a los de la obra maestra de William Friedkin y William Peter Blatty, en el que se practica un visceral exorcismo con el poseído retorciéndose hasta lo inhumano, de hecho en las secuencias más crudas al pequeño Julian Hilliard (La Maldición de Hill House, WandaVision) le sustituye un contorsionista profesional, no sólo marca el tono de la propuesta cinematográfica, también se muestra continuista con respecto a las dos entregas anteriores de la franquicia. Un fuerte puñetazo en la mesa por parte de un Michael Chaves que intenta en todo momento estar a la altura de una serie de películas que se han convertido en iconos del género de terror contemporáneo.




Contra todo pronóstico los hacedores de esta tercera entrega eluden la autocomplacencia y eligen reinventar de alguna manera la saga experimentando con la mixtura de géneros. Si los dos primeros films se adherían a un terror más ortodoxo con apuntes de drama, terreno en el que también ha demostrado moverse con soltura Mike Flanagan, The Conjuring: The Devil Made Me Do It hibrida dicha característica con el thriller de investigación y misterio casi adentrándose en terrenos del policíaco. Por eso son bastante atinadas aquellas voces que en redes sociales y distintos medios han afirmado que hay en el último trabajo de Michael Chaves una clara influencia de productos catódicos como Kolchak: The Night Stalker (Jeff Rice, 1974-1975), Expediente X (Chirs Carter 1993-2002, 2016-2018) o True Detective (Nic Pizzolatto, 2014-). De esta manera Expediente Warren: Obligado Por El Demonio destila un mestizaje que enriquece en cierto modo el microcosmos ficcional de los Warren cinematográficos transitando nuevas perspectivas de su universo, pero siendo siempre fieles a sus raíces.




El director sabe mantener la compostura en todo momento y su buen hacer no queda reducido al ya mencionado prólogo. Aunque nos encontramos con un producto alejado de la resolutividad de James Wan en las dos entregas previas es ineludible percibir un notable salto cualitativo en las aptitudes como realizador de Michael Chaves de The Curse Of La Llorona a esta The Conjuring: The Devil Made Me Do It. El estadounidense está posibilitado para crear atmósferas, dosificar la información en pantalla para que los jump scares no se apoderen de los pasajes de terror y sustentar su puesta en escena en un tenebrismo siempre amenazante y mórbido jugando en todo momento a favor de la propuesta gracias al diseño de producción, la fotografía y la labor actoral. Aunque como ya ha pasado en otros de los proyectos de esta u otras franquicias impulsadas por James Wan en más de un momento no podemos evitar pensar que su influencia no se redujo a co escribir y producir, cabiendo la posibilidad de haberse marcado un “Poltergeist” fagocitando la labor de su pupilo, algo a lo que también apuntaba la muy resuelta Annabelle Vuelve a Casa (Gary Dauberman, 2019).




Más allá de aspectos técnicos es una verdad irrefutable que el Warrenverso se sustenta principalmente en los dos actores que interpretan a Lorraine y Ed Warren. Desde la primera The Conjuring Vera Farmiga y Patrick Wilson han demostrado una química impecable a la hora de dar vida al matrimonio de parapsicólogos ayudando a construir el lore que puso sus primeras piedras en 2013 y les ha acompañado desde entonces. Nuevamente los dos intérpretes, caracterizados para aparentar el lógico paso de los años, acometen con profesionalidad dos roles que conocen perfectamente y se han convertido en indivisibles dentro de sus respectivas filmografías. La dinámica entre ambos, su relación interpersonal y cómo consiguen transmitir al espectador sus sentimientos y determinación a la hora de ejecutar sus labores paranormales siguen muy presentes en Expediente Warren: Obligado Por El Diablo. El problema es, y ya es algo a lo que apuntaba El Caso Enfield, que los guionistas cargan más las tintas con respecto a la sensiblería, la religiosidad y el tratamiento simplista de todo aquel personaje secundario que osa poner en entredicho los especiales dones de la pareja.




Como ya hemos afirmado Expediente Warren: Obligado Por El Demonio queda unos peldaños por debajo de los dos trabajos que le preceden, pero a pesar de la ausencia de James Wan como maestro de ceremonias el resultado es más que satisfactorio, convirtiéndose en el tercer mejor largometraje del Warrenverso y una pieza muy superior a cualquiera de los spin off diseñados para explotar la muy rentable gallina de los huevos de oro amparada por Warner Bros. Michael Chaves consigue llevar por buen camino el universo ficcional de los Warren heredando muchas de las virtudes de su jefe en pasajes memorables como el de la morgue o todo el clímax final, ese que parece homenajear incluso a la miniserie de El Resplandor escrita por Stephen King y dirigida por Mick Garris en 1997. Están por venir más entregas de Annabelle y la Monja, pero ahora nos quedamos con la buena noticia de los números de taquilla de esta The Conjuring: The Devil Mad Me Do It que junto a la también exitosa Un Lugar Tranquilo 2 confirman que el cine de terror no sólo es rentable y apreciado por el gran público, sino también el mejor para ayudar a las multisalas a salir de la crisis en la que se han visto abocadas durante más de un año por culpa de la pandemia.


lunes, 30 de julio de 2018

Hereditary



Título Original Hereditary (2018)
Director Ari Aster
Guión Ari Aster
Reparto Toni Collette, Gabriel Byrne, Alex Wolff, Milly Shapiro, Ann Dowd




Desde hace tiempo los aficionados al cine de terror nos encontramos una o dos veces al año con un largometraje vendido por ciertos sectores del público y la prensa especializada como la enésima “reinvención del género”. Supuestas obras maestras que por su originalidad, planteamiento y hallazgos visuales o narrativos merecen ese pintoresco y exagerado apelativo que en no pocas ocasiones es concedido con una ligereza del todo contraproducente. Por regla general los resultados no suelen ser para tanto y a veces llegan incluso a decepcionar como le sucedió a un servidor con La Bruja, el debut de Robert Eggers del que hablé por estos lares en su época de estreno. Pero también es cierto que piezas como las adscritas a las sagas Insidious, Expediente Warren (The Conjuring), muestras independientes controvertidas como The Lords of Salem o la más reciente Un Lugar Tranquilo han deparado más de una sorpresa a los amantes de esta clase de celuloide. Desde que tuviera su puesta de largo internacional en el Festival de Sundance del presente año, Hereditary, la ópera prima del cineasta estadounidense Ari Aster, pasó a engrosar las filas de estas supuestas producciones magistrales llegadas para cambiar los preceptos del tipo de films al que se adscriben gracias a la excelente acogida recibida en el certamen creado por Robert Redford y la efectiva publicidad vendiéndola como una película tan terrorífica como insoportable para cierto tipo de espectadores.




Vaya por delante que Hereditary no va a cambiar el futuro del cine de terror, no por su falta de virtudes, que sí las tiene y en grandes cantidades, sino por no descubrir nada nuevo y transitar lugares comunes reconocibles para el fandom tanto en los clásicos, como en muchas de las mejores muestras recientes, del género. De esta manera Ari Aster se alimenta de obras maestras como El Exorcista o La Semilla del Diablo (Rosemary’s Baby) así como de piezas contemporáneas del estilo de Babadook o las ya citadas The Lords of Salem y La Bruja diseñando un producto multirreferencial que a pesar de todo trata de buscar su propia voz. La trama del largometraje está protagonizada por la familia Graham, formada por un matrimonio y dos hijos, tomando como punto de partida el funeral de la abuela materna. Tras la defunción de la anciana iremos descubriendo la personalidad de estas cuatro personas entre las que encontramos a la matriarca Annie (Toni Collete) mujer con problemas psicológicos y aficionada a construir casas de muñecas, Steve (Gabriel Byrne) marido cariñoso y padre abnegado, Peter (Alex Wolff) hijo adolescente con largo historial de desencuentros con su madre y finalmente Charlie (Milly Shapiro) hija pequeña callada, taciturna y sombría, además de la única persona que echa de menos a la fallecida por haber compartido con ella estrechos lazos afectivos.




Más allá de este punto de partida y el perfil de los personajes adjuntado es conveniente no saber nada más de una obra como Hereditary poseedora de algunos giros de guión bestiales, sobre todo el que cambia radicalmente el tono de la propuesta de Ari Aster, tan efectistas como necesarios para que el guionista y director pueda fertilizar el terreno en el que trabajará después del ecuador del metraje. Con respecto a su labor detrás de las cámaras se antoja inconcebible un debutante con su soltura y control férreo de una puesta en escena brillante aprovechando todos los medios audiovisuales a su alcance para dar una factura bordeante en lo virtuoso a su ópera prima. El posicionamiento y los movimientos de la cámara, la cadencia de los encuadres, la pericia a la hora de construir escenas de verdadero terror sin necesidad de recurrir a los inefables jump scares y una utilización virtuosa de las maquetas construidas por Annie con la doble intención de ejecutar algunos planos vibrantes y dar forma a una alegoría que enfatiza los roles de “muñecos controlados por una fuerza mayor” en los que se convierten los protagonistas del largometraje son la demostración clara del talento de un muy prometedor artesano. De esta manera la labor como jefe de ceremonias de Ari Aster se revela como uno de los puntos más fuertes de Hereditary gracias a su talento para diseñar atmósferas transmisoras de genuino pavor sin la necesidad de caer en trucos de barraca de feria o efectismos reprobables.




En cuanto al guión de Hereditary, escrito íntegramente por su también director, ya hemos mencionado su escasa originalidad a la hora de buscar inspiración para construir una historia diferente sin adentrarse en caminos mil veces transitados. Todos los pecados cometidos por Ari Aster a la hora de ejecutar una amalgama de referencias con las que construir su relato sin dejar mucho espacio a la inventiva son perdonados el revelarse esa mixtura de homenajes sólo como la parte de un todo narrativo mucho más cohesionado y profundo con el que consigue equilibrar un cuento de terror mórbido, enfermizo y perverso por medio de la perfecta unión entre los resortes adscritos al género en el que se enmarca el largometraje y el drama más desgarrador encontrando a sus máximos valedores en los personajes que pueblan el mismo. Con más de una semejanza con la ya citada Babadook la ópera prima de Ari Aster utiliza su naturaleza genérica para ejecutar un retrato brillante sobre cómo la pérdida puede destruir desde dentro un núcleo familiar que sólo necesitaba un catalizador para desmoronarse como un castillo de naipes. Por medio de la alegoría y el omnipresente simbolismo el guionista y director recurre a la vertiente sobrenatural de su pieza para sustentar un tratado sobre la depresión y los trastornos mentales digno de elogio y estudio.




Aunque el trabajo de escritura y realización de Ari Aster es uno de los pilares maestros sobre el que se sustenta Hereditary es su reparto el encargado de elevar a la excelencia el conjunto de la obra gracias a su labor delante de las cámaras. Jamás hubiera imaginado un servidor después de haberla visto en decenas de películas que la australiana Toni Collette, no sólo podría dar vida a un papel tan extremo como el de Annie Graham, adentrándose con él en la tragedia más desgarrada aderezada con incómodos pasajes de humor negrísimo, sino ofrecer una mirada tan abrasiva y diabólica como para deparar a más de un espectador impresionable unas cuantas noches de insomnio. No le va a la zaga el animal herido al que da vida un superlativo Alex Wolff elaborando una criatura poliédrica, doliente, abordándola con una profesionalidad intachable y una intensidad no menos cruenta, haciendo saltar chispas en cada encuadre compartido con su progenitora en la ficción. Gabriel Byrne es nuestro ancla con la realidad, el personaje equivalente al raciocinio y la coherencia dentro de Hereditary acometido por el intérprete irlandés con una contención en las antípodas de sus dos citados compañeros de reparto. Finalmente mención especial para Milly Shapiro, actriz adolescente de físico peculiar, padece el Sídrome Treacher Collins, cuyos silencios, miradas y molesto sonido bucal se convierten en el alma de la película gracias a su entrega para ofrecer a la platea el miembro más importante de la familia Graham desde una perspectiva tanto terrenal como sobrenatural.




Hereditary está lejos de ser la “mejor película de terror de todos los tiempos” y ni siquiera alcanza a ser la obra maestra promulgada por unos cuantos, etiqueta esta que ha jugado en contra de sus humildes intenciones como pieza de género. Como producto cinematográfico no ha conectado con el público generalista que la ha recibido entre extrañado, confundido y decepcionado, pero para la prensa especializada y el aficionado al género en el que se enclava se revela brillante en muchos aspectos, suponiendo la recuperación de los mejores preceptos dentro de un celuloide de posesiones, casas encantadas y brujería viviendo actualmente una nueva edad de oro gracias a productoras como A24 o Blumhouse Productions, factorías preocupadas por ofrecer la perfecta combinación entre calidad y comercialidad para saciar el apetito goloso del fandom. El joven Ari Aster ha dado un fuerte puñetazo sobre la mesa con su debut detrás de las cámaras y ya prepara su nuevo proyecto como director, un film titulado Midsommer cuyo rodaje comenzará el ¡próximo mes de agosto centrándose en el folklore escandinavo (como sucedía en The Ritual, otra de las mejores horror movies del 2018) con una pareja de protagonistas viviendo unas peculiares y nada inofensivas vacaciones en Suecia. Esperemos que su olfato para elegir proyectos esté a la altura de su talento como narrador y no caiga en la trampa de convertirse en un engranaje más de la maquinaría hollywoodiense.



jueves, 30 de noviembre de 2017

Pesadilla Diabólica (Burnt Offerings), house of dark shadows



Título Original Burnt Offerings (1976)
Director Dan Curtis
Guión William F. Nolan y Dan Curtis, basado en la novela de Robert Marasco
Reparto Karen Black, Oliver Reed,  Bette Davis, Burgess Meredith,  Eileen Heckart, Lee Montgomery,  Dub Taylor





Aunque en España es poco conocido Dan Curtis fue uno de los profesionales más famosos de la televisión estadounidense, sobre todo, durante los años 60 y 70. Ideólogo detrás de la mítica soap opera Dark Shadows en la que mezcló drama y terror con el vampiro Bárnabas Collins y su familia como núcleo central del relato Curtis nunca paró de trabajar en el tubo catódico con productos como Trilogía del Terror, Kolchack, Las Cintas de Norliss, El Estrangulador de la Noche o sus propias versiones para la pequeña pantalla de Drácula u Otra Vuelta de Tuerca. Pero Curtis también coqueteó en tres ocasiones con el mundo del largometraje adaptando a la pantalla grande su propia Dark Shadows con las muy reivindicables Sombras en la Oscuridad (House of Dark Shadows) y Una Luz en la Oscuridad (Night of Dark Shadows) o con la producción que se convertiría en una de las más famosas de toda su carrera y de la que hablaremos a continuación.




Burnt Offerings o Pesadilla Diabólica, como se la conoció en España, estaba basada en la novela homónima de Robert Marasco y se estrenó en 1976, tres años después de que el libro viera la luz. Dan Curtis ejerció de director y co guionista acompañado de su habitual colaborador William F. Nolan y el reparto del largometraje estaba formado por Karen Black y Oliver Reed como el matrimonio formado por Marian y Ben Rolf, Lee Montgomery en la piel de Davey, el hijo de la pareja, Bette Davis dando vida Elizabeth Rolf, la anciana tía de Ben, o Burgess Meredith y  Eileen Heckart interpretando a los hermanos Arnold y Roz Allardyce, los inquietantes dueños de la lujosa casa en la que los Rolf pasarán el verano por un alquiler inusualmente bajo y con la única condición de llevar tres comidas diarias al ático de la mansión en el que se encuentra recluida la impedida matriarca de los Allardyce, tarea de la que se ocupará Marian en exclusividad por su propia voluntad.




Aunque es poco conocida fuera de las fronteras americanas Pesadilla Diabólica asentó muchas de las bases de la renovación del subgénero de casas encantadas que en años posteriores construirían producciones que se harían considerablemente más famosas que ella como Terror en Amityville, Al Final de la Escalera (The Changeling) o El Resplandor, la adaptación que Stanley Kubrick realizó de la novela de un Stephen King que seguramente tomó más de una seña de identidad, si no de la película de Dan Curtis, seguramente sí del libro de Robert Marasco, para escribir su icónica historia de la familia Torrance en el Hotel Overlook. Lo que sí es cierto es que este largometraje de 1976 abordó la temática de inmuebles malditos con una intencionalidad atípica, apelando a la sabia idea de que es mucho mejor sugerir que mostrar, eludiendo en todo momento la presencia a lo largo del metraje de fantasmas o entidades extracorporeas para asustar de manera pueril al público, revelándose así como una pieza ejemplar de terror psicológico.




De esta manera Dan Curtis consigue un logro mayúsculo, ir más allá de la idea de convertir la casa de los Allardyce en un personaje más, que ha sido usada en incontables producciones de terror,  convirtiéndola en una entidad viviente, orgánica, que se alimenta de la energía vital de los que en ella habitan haciéndolos enfermar, el caso de la tía Elizabeth, adentrarse en la locura, como sucede con Ben, o ser poseídos, Marion y su obsesión por la mansión y los cuidados de la Señora Allardyce. Curtis y su co guionista William F. Nolan desarrollan con tanta maestría esta conceptualidad narrativa que cuando vemos al personaje de Oliver Reed aterrorizado mientras el edificio "muda su piel" para ir poco a poco convirtiéndose en un emplazamiento cada ves más moderno el espectador no lo percibe como una idea inverosímil o ridícula, sino como una evolución lógica del devenir de acontecimientos de la trama y una muestra más del peligro que los Rolf corren dentro de dicha fortaleza demoníaca.




Como no recurre a ninguna criatura sobrenatural para infundir miedo en el espectador, más allá del perturbador chófer interpretado por Anthony James que atormenta a Ben en sus sueños por culpa de los recuerdos de la muerte de su madre, Dan Curtis construye por medio de su brillante puesta en escena el in crescendo de terror y opresión de Burnt Offerings. Su nunca suficientemente reivindicado uso de la cámara como si de un diabólico demiurgo se tratara, su control de la dirección de fotografía y el diseño de producción para explotar minuciosamente las exiguas pero agradecidas localizaciones de las que dispone y la implicación de un soberbio reparto que lo dio todo para mimetizarse con la historia enfermiza y mórbida que se narraba en el film ayudaron al cineasta a ejecutar secuencias brillantes como la de la piscina entre Ben y Davey, de un impacto físico y psicológico demoledor, la última en la que está implicada el personaje de Bette Davis o esa revelación final con homenaje a Psicosis (Psycho).




Evidentemente todas esas secuencias ejecutadas por el director de Invasores o Dead of Night quedarían reducidas al 20% de su eficacia si no estuvieran interpretadas por un reparto mastodóntico que realiza uno de los trabajos conjuntos más logrados que se ha visto en una película de terror, consiguiendo de este modo una empatía brutal con el espectador que incita a este a implicarse totalmente con las desgracias de los Rolf. Oliver Reed volvía a demostrar en Burnt Offerings que era un animal interpretativo, con una naturalidad que atravesaba la pantalla cuando tenía que interactuar con el resto de personajes y realizando un soberbio trabajo de composición cuando su rol debía adentrarse poco a poco en la locura, dejando grabada a fuego en la retina del que esto firma la aterradora mirada que lanza a su hijo después de agredirlo en la anteriormente citada secuencia de la piscina y en la que la sangre corriendo por su rostro juega un papel vital para añadir más crudeza a dicho pasaje.




Una impresionante Karen Black también sabe externalizar con maestría el influjo al que le somete la casa de los Allardyce, mostrándose como un personaje que se mueve con facilidad entre la ingenuidad, la enfermedad mental y la obsesión malsana a la hora de cuidar de un edificio que poco a poco está acabando con la vida de sus seres más queridos, evitando así asumir la realidad de lo que está aconteciendo delante de sus propios ojos. Pero si el matrimonio Rolf se encuentra en estado de gracia lo que hace una veterana como Bette Davis con su papel de tía vivaracha y de espíritu joven que va enfermando poco a poco hasta convertirse en poco más que un muerto viviente (la escena en la que se le rompen los huesos mientras se retuerce en la cama es bestial) es merecedora de todos los elogios posibles respaldando la teoría de que la actriz de Eva al Desnudo fue una de las mejores, o puede que la mejor, de toda la historia del séptimo arte hasta el final de sus días. 





Un adolescente Lee Montgomery en la piel de Davy, que ya poseía por aquel entonces un extenso bagaje interpretativo en el mundo de la televisión, está a la altura de las circunstancias dando la réplica a los actores de renombre con los que se encontró en Pesadilla Diabólica, destilando una especial química con Oliver Reed (del que tiene muy buen recuerdo, como afirma él mismo en uno de los extras de la excelente edición británica en bluray del film) que se deja notar en no pocas escenas durante el primer tercio de metraje y que se torna en terror mutuo después de que Ben comience a perder la cordura. Por otro lado Burgess Meredith y Eileen Heckart aprovechan al máximo los pocos minutos de metraje que tienen para plantar la semilla de la desconfianza en la platea dando vida a los hermanos Allardyce y por último especial mención a Athony James como el chófer del coche fúnebre, un personaje que debería haberse convertido ya en un icono del cine de terror de los 70 por derecho propio.




Realización técnica, dirección de actores, guión, labor del reparto, decorados, fotografía, todos los apartados de Burnt Offerings bordean la excelencia y aunque en su momento ganó merecidamente en el festival de Sitges del año 1977 los premios a mejor director, actriz y actor para Dan Curtis, Karen Black y Burgess Meredith respectivamente, fue recibida con disparidad de opiniones por la crítica y no mucho entusiasmo por la taquilla en su época de estreno, Por suerte las distintas ediciones en formato doméstico de la obra y su cada vez más amplia horda de fansm entre los que se incluye un servidor, están luchando por hacer justicia para esta Pesadilla Diabólica que al igual que otras piezas de naturaleza similar como La Centinela, de Michael Winner, merece un lugar de honor dentro del mejor cine de terror de la década de los 70 junto a otros clásicos del género a los que la producción de Dan Curtis poco tiene que envidiar.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Verónica



Título Original Verónica (2017)
Director Paco Plaza
Guión Fernando Navarro y Paco Plaza
Reparto Sandra Escacena, Bruna González, Claudia Placer, Iván Chavero, Ana Torrent, Consuelo Trujillo, Sonia Almarcha, Maru Valdivielso, Leticia Dolera, Ángela Fabián, Carla Campra, Samuel Romero




Aunque conoció la fama en 2007 junto a su compañero y amigo Jaume Balagueró con la primera entrega de la saga [·REC] que idearon de forma conjunta el cineasta valenciano Paco Plaza ya tenía un considerable bagaje en el medio audiovisual cuando liberó a la Niñea Medeiros en plena ciudad de Barcelona junto al director de Darkness o Frágiles. En 1999 su cortometraje Abuelitos se hizo un nombre en los círculos independientes y su salto al largo tuvo lugar con la estimable El Segundo Nombre, la adaptación de una novela del escritor británico Ramsey Campbell (otro punto en común con Balagueró, que basó su debut detrás de las cámaras en otro libro del mismo autor con Los Sin Nombre) rodada en inglés, con vocación internacional y unos resultados bastante competentes. Más tarde, en 2004, y ya dentro del seno de la añorada Fantastic Factory rodó Romasanta: La Caza de la Bestia, una de las piezas más elaboradas y competentes de la entrañable productora impulsada por el productor Julio Fernández o el director Brian Yuzna y segunda versión (la primera la ofreció Pedro Olea en la muy remarcable El Bosque del Lobo) dentro nuestro celuloide de la historia de Manuel Blanco Romasanta, el llamado “Hombre Lobo de Allariz”. Más tarde colaboró en la antología Películas Para No Dormir con la divertida y negrísima Cuento de Navidad, pieza que tiene algunos puntos en común con la obra que nos ocupa en esta ocasión.




El proyecto de Verónica nació de la mente de Enrique López Lavigne, cabeza visible de la productora Apaches Entertainment y personalidad detrás de grandes éxitos de nuestro cine como Lo Imposible o Un Monstruo Viene a Verme cuando inspirándose en el famoso “Expediente Vallecas” (uno de los supuestos casos paranormales más famosos de España acaecido en 1991 y que, al igual que otros, acabó convirtiéndose en un circo) decidió colaborar de manera conjunta con Paco Plaza para sacar adelante un largometraje inspirado en dichos hechos basándose en un atestado policial que confirmaba la naturaleza sobrenatural de lo sucedido en aquel inmueble localizado en el famoso barrio madrileño. Verónica es el resultado de esa colaboración y con ella podemos hablar claramente de una de las mejores producciones patrias del 2017 y la obra de madurez de su creador ofreciendo pasajes memorables dentro de una pieza ejecutada con una profesionalidad intachable en todos sus apartados.




Verónica narra cómo después de interrumpir abrúptamente el contacto con lo que parece una entidad sobrenatural durante una sesión de tabla Ouija con dos compañeras de clase y coincidiendo con un eclipse solar la adolescente que da nombre al film comienza a experimentar sucesos paranormales dentro de la casa en la que vive con sus tres hermanos pequeños y en la que la figura materna casi siempre está ausente por problemas de trabajo. Los hechos inexplicables van en aumento y las crisis nerviosas de la chica comienzan a sucederse influyendo en el estado de ánimo de su familia, debido a que aparentemente durante la sesión de espiritismo Verónica liberó algo que no ha vuelto a su plano original y ahora la acompaña allá donde va. La protagonista piensa que dicho ser es el espíritu de su padre fallecido, pero la realidad resultará ser mucho más aterradora y la policía nacional de Vallecas será testigo de ello. Con este material, que finalmente se aleja en bastantes aspectos de los supuestos hechos reales, Paco Plaza elabora una pieza del todo estimable con la que no inventa nada, pero sí consigue un tour de force soberbio gracias al buen uso que hace de los lugares comunes de género.




De hecho el trabajo de Paco Plaza en Verónica se emparenta con el de James Wan en las sagas Insidious o The Conjuring: Expediente Warren en que ambos cineastas suplen la falta de originalidad de sus historias con un pulso narrativo, una creación de atmósferas y una dirección de actores de alto nivel. El valenciano construye un relato adherido a todas las señas de identidad del celuloide sobre poltergeists, casas endemoniadas o posesiones, pero su proyecto funciona al 100% de sus posibilidades porque su guión co escrito junto a Fernando Navarro y su excelente reparto consiguen que el contexto espaciotemporal se antoje brutalmente realista y cercano. El film recrea de manera soberbia el Vallecas de 1991 por medio de la decoración, el vestuario, los vehículos, pero en ningún momento se regodea en la nostalgia o da a esta más importancia de la necesaria y hace un uso tan inesperado como brillante del disco Senderos de Traición de Héroes del Silencio (un brutal éxito musical de la época que copa bastan protagonismo en la construcción conceptual de la obra) con temas como Maldito Duende y sobre todo Hechizo, que se convierte en un leit motiv dentro de la obra a la hora de expresar, por medio de su letra, el estado de ánimo y la psicología de la protagonista.




Paco Plaza acomete su labor con una pericia técnica asombrosa, con más mérito si cabe teniendo en cuenta que Verónica no es una gran superproducción dentro de nuestro cine. El director de [Rec]³: Génesis ejecuta algunas secuencias brillantes, dosificando trucajes visuales y movimientos de cámara dignos de ovación cerrada y gracias a su pulso para controlar los resortes narrativos de un género que conoce perfectamente o una dirección de fotografía impresionante a manos de un Pablo Rosso que se hace grande en los espacios pequeños consigue transmitir una atmósfera impía, peligrosa, diabólica, de una naturaleza epidérmica casi palpable que el espectador percibe como real y cercana. Todas las secuencias con apariciones de “entidades” que casi nunca se ven de manera explícita, el excelente uso de los efectos de sonido (esos gemidos que suenan cada vez que el vaso se desliza por el trablero Ouija en la escena desencadenante de todo, los inhumanas voces de los seres que supuestamente habitan el piso) y la enorme dirección de actores hacen que Paco Plaza realice con Verónica su mejor labor detrás de las cámaras hasta el momento.




Con respecto a la citada dirección de actores debemos hacer mención al excelente reparto elegido para dar vida a la familia protagonista de la obra. Sandra Escacena debuta en el mundo del cine teniendo que llevar sobre los hombros un personaje difícil, con una entrega física y psicológica muy exigente que ella aprovecha al máximo para ofrecer un recital interpretativo en el que su abrasiva mirada dice más que veinte líneas de diálogo. Le acompañan tres niños que se revelan como uno de los aciertos mayúsculos de Verónica, ya que junto a la protagonista (y la madre a la que da vida una excelente aunque demasiado dosificada Ana Torrent) Bruna González, Claudia Placer y sobre todo un adorable Iván Chavero como Antoñito (ese estrabismo, esa voz encantadora, esa manera de andar) son el anclaje terrenal no sólo de su hermana mayor en la ficción, sino también del mismo relato que vertebra la película. Su complicidad, las dosificadas escenas de humor (la multifacética Miss Madrid, los comentarios sobre la vecina) y la empatía que experimenta la platea cuando los ve en peligro en el clímax final del largometraje hacen el resto. Enorme trabajo de casting el de los responsables de la obra que se salda con un sobresaliente.




Moviéndose inteligéntemente dentro de la ambigüedad para plantear si todo lo que experimenta la protagonista es pura sugestión, extendida de manera vírica a sus hermanos, por ser asidua lectora de publicaciones sobre ocultismo o parapsicología o si realmente hay una presencia diabólica que la acecha (aunque esta dicotomía desaparece cuando Plaza en la recta final elige una de las dos teorías) añadiendo referencias a clásicos del género a modo de carta de amor (desde La Centinela hasta su propia [·REC] pasando por Al Final de la Escalera o Poltergeist) y regalando a los espectadores algunos de los momentos más intensos vividos en una sala cinematográfica en 2017 Verónica es una muestra más de la buena salud en la que se encuentra el celuloide fantástico y de terror patrio gracias a artesanos como Jaume Balagueró (su nueva cinta, Musa, ya está en postproducción) o el propio Paco Plaza que cogiendo como base una historia de muy dudosa veracidad ha conseguido dar forma al que es hasta ahora el punto más alto de su interesante filmografía, la misma que el que esto firma seguirá de cerca, como hasta ahora estaba haciendo, sobre todo si en un futuro nos depara piezas tan estimulantes como la que nos ocupa.



viernes, 30 de junio de 2017

Sinister 2, it's only teenage wasteland



Título Original Sinsiter 2 (2015)
Director Ciarán Foy
Guión Scott Derrickson, C. Robert Cargill
Reparto James Ransone,  Shannyn Sossamon,  Robert Daniel Sloan,  Dartanian Sloan, Lea Coco, Tate Ellington,  John Beasley,  Lucas Jade Zumann,  Jaden Klein, Laila Haley,  Caden M. Fritz, Olivia Rainey





Desde hace unos años Blumhouse Productions se ha ocupado de dar forma dentro del género de terror tanto a sagas de considerable éxito como Paranormal Activity o Insidious como a producciones más independientes para que autores de cierto renombre realicen piezas cinematográficas con la mayor libertad artística posible, como son los casos de The Lords of Salem, de Rob Zombie o Déjame Salir (Get Out) de Jordan Peele. Dentro del primer grupo, el de las franquicias de éxito, encontramos, si ponemos nuestros ojos en el año 2012, Sinister, un film  dirigido por Scott Derrickson (Líbranos del Mal, Doctor Strange) que hundía sus raíces en la tradición del cine sobre casas encantadas y posesiones demoniacas con ecos que iban desde El Resplandor hasta La Semilla del Diablo (Rosermary's Baby) y un reparto competente encabezado por Ethan Hawke. Aunque no era una gran obra algunos pasajes rodados por Derrickson envueltos en la magnífica banda sonora del siempre potente Christopher Young dejaban un puñado de escenas poderosas localizadas en una pieza que no tenía más aspiraciones que entretener al respetable.




El largometraje funcionó en taquilla, de modo que dicho síntoma ponía rápidamente en funcionamiento la idea de una secuela. Tres años después, en 2015, con Scott Derrickson ya sólo acreditado como guionista y productor debido a sus compromisos con Marvel Studios, la colaboración de su habitual co guionista C. Robert Cargill, un nuevo director como el irlandés Ciarán Foy (Citadel) detrás de las cámaras y un reparto totalmente renovado a excepción de James Ransone que repetía su papel de la primera entrega Sinister 2 llegó a las pantallas de todo el mundo dando lo, no mucho, que se esperaba de ella, una secuela que emulara los aciertos y fallos de su predecesora con la única y humilde misión de ofrecer poco más de hora y media de fruición a la platea. Contra todo pronóstico y a pesar de ir con los consabidos prejuicios a realizar el visionado de esta segunda entrega de Sinister un servidor ha salido más o menos satisfecho tras enfrentarse a este nuevo episodio de la franquicia respaldada por el productor Jason Blum




Sinister 2 sigue los pasos del ex ayudante del sheriff  (James Ransone) que investigó el caso del escritor Ellison Oswalt y la masacre en la que la hija de este, Ashley, asesinó a toda su familia. Una vez regresa al lugar del crimen descubre que en la casa de los Oswalt ahora viven Courtney Collins (Shannyn Sossamon) y sus dos hijos mellizos Dylan (Robert Daniel Sloan) y Zach (Dartanian Sloan) que se han refugiado en dicho emplazamiento huyendo de Clint Collins (Lea Coco) el violento cabeza de familia. Intentando desentrañar qué sucedió con los Oswalt el ex policía encontrará indicios de la presencia de "Bughuul" la entidad diabólica que lleva años poseyendo a niños para convertirlos en parricidas que graban en cámaras Super 8 sus crímenes. El protagonista deberá intentar descubrir qué se esconde detrás de aquel terreno maldito y de paso proteger a Courtney y sus hijos, no sólo del influjo del ser sobrenatural, sino también de la personalidad maltratadora del marido de esta que quiere recuperar a sus vástagos a toda costa.




Si a primera Sinister era, como previamente mencionábamos, hija de El Resplandor o La Semilla del Diablo esta lo es de sagas como las de Terror en AmytivilleLos Chicos del Maiz (la influencia de Stephen King vuelve a hacerse notar) y si en aquella el punto fuerte del proyecto residía en las grabaciones en formato Super 8 con las que los niños grababan los asesinatos de sus familiares y que estaban envueltas en la atmosférica banda sonora de Christopher Young y sus inquietantes sonidos tribales de ultratumba aquí sucede prácticamente lo mismo al darse cuenta los impulsores del proyecto que seguir la senda abierta por Scott Derrickson en la primera entrega es el camino más acertado, y sencillo, por el que puede transitar esta secuela. De modo que Ciarán Foy basa toda su puesta en escena en dar fuerza a esos pasajes, que en esta ocasión son más numerosos que en el anterior film, y el grupo Tomandandy en la banda sonora trata de emular la partitura del autor de Hellraiser o La Mosca con bastante acierto para que la pantalla extrapole la sensación de amenaza y morbidez al patio de butacas.




De este modo el director de Citadel realiza un trabajo bastante competente con los ajustados medios que ponen a su disposición. Por un lado sabe controlar el timing del suspense propio del género, alargando los pasajes en los que el terror se encuentra latente por medio de la colocación de cámara, los juegos de luces y sombras o el montaje y por otro sólo en pocas ocasiones se entrega a los sustos gratuitos a base de jump scares como el ridículo e innecesario que cierra el largometraje y cuyo resultado es bastante deficiente. Pero como previamente mencionamos Ciarán Foy cumple su cometido de mantener el tono que insufló en la primera cinta Scott Derrickson añadiendo algo más de truculencia a los vídeos caseros con los asesinatos a manos de los niños (algunos de ellos muy ingeniosos y originales) y dando más protagonismo a los "niños malditos" cuya efectividad es mayor cuando su presencia es más sugerida que explicitada.




Otra de los logros más interesantes de Sinister 2 y que la aleja como obra de mucho del cine de terror que se cultiva actualmente es su intención por dar entidad a sus personajes principales. James Ransone, ese actor menudo al que hemos podido ver enseñando obsesivamente su miembro en films como Ken Park (aquí con masturbación real, como al tío Larry Clark le gusta) o producciones televisivas de David Simon como The Wire o Generation Kill consigue capacitar a su personaje de una interesante dualidad que se mueve entre sus aptas capacidades como agente de la ley (enorme el pasaje en el que deja en evidencia a los sheriff que vienen junto a Clint para llevarse a los niños) y una timidez que transmite candor y empatía con el espectador. Tampoco le va a la zaga Shannyn Sossamon a la que le queda bien el rol de madre luchadora y maltratada que hará todo lo posible por mantener a salvo a sus hijos de entidades negativas, tanto las terrenas como las que no lo son. Más cuestionable es la labor de los hermanos Dartanian y Robert Daniel Sloan, que a pesar de su esfuerzo dejan evidencia su más que contrastada bisoñez en lides interpretativas.




Al igual que su predecesora de 2012 una película como Sinister 2 es un producto que se deja ver con simpatía, complicidad y ligereza, regalándonos personajes hasta cierto punto cercanos, un guión bastante bien estructurado apelando a extender el microcosmos detrás de su impronta y algunos sustos bien ejecutados, pedirle algo más que eso a la labor de sus autores es una equivocación mayúscula que nos llevará inevitablemente a la insatisfacción. Evidentemente si la comparamos con sagas como su hermana Insidious o la soberbia The Conjuring, también salida de la mente de James Wan, palidece irremisiblemente y deja al descubierto sus carencias, pero eso no es óbice para ser disfrutada como lo que es, la segunda parte de una cinta de género creada con la única intención de entretener al público con poco más y hora y media de cine de género tan disfrutable y accesible como inmediatamente digerible y olvidable



lunes, 20 de junio de 2016

Expediente Warren: El Caso Enfield



Título Original The Conjuring 2 (2016)
Director James Wan
Guión Carey Hayes, Chad Hayes, David Leslie Johnson, James Wan
Actores Vera Farmiga, Patrick Wilson, Frances O’Connor, Madison Wolfe, Lauren Esposito, Patrick McAuley, Benjamin Haigh, Maria Doyle Kennedy, Simon Delaney, Franka Potente, Simon McBurney, Javier Botet





Desde que en el año 2004 adaptara al largo un cortometraje de su propiedad con Saw el cineasta australiano de origen malayo James Wan se ha autoimpuesto reinventar distintas ramas del cine de terror. La primera entrega de la saga del sádico Jigsaw y sus retorcidos juegos mortales adscritos al torture porn fue el primer paso, pero el coqueteo con los films protagonizados por “muñecos diabólicos” de Dead Silence (Silencio Desde el Mal) y su punto de vista sobre cine de casas encantadas y posesiones demoníacas con la franquicia Insidious demostraron que su intención era experimentar con una vertiente del género más adscrita a lo sobrenatural. Ya en 2013 estrenó su, hasta el momento, opus magna, aquella The Conjuring (Expediente Warren en España) protagonizada por Vera Farmiga y Patrick Wilson que se metían en la piel del matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren, una pareja de investigadores de lo paranormal (demonólogo él, clarividente ella) que en esa ocasión investigaban un caso relacionada con una familia numerosa, los Perron, que se habían mudado a una solitaria casa en Rhode Island. Con la ayuda Chad y Carey Hayes al guión y la supervisión de personas relacionadas con los casos supuestamente reales de los Warren James Wan puso todo su talento como narrador, su maestria con la puesta en escena, su inteligencia para transmitir desasosiego al espectador por medio de la atmósfera o el uso de la imagen y el sonido para ofrecer una obra que sin inventar absolutamente nada utilizaba todas las virtudes de las horror movies para potenciarlas exponencialmente y conseguir, no sólo ejecutar una obra cinematográfica brillante en varios aspectos, sino también transmitir en no pocas ocasiones verdadero y puro miedo a la platea, algo poco común en los tiempos que corren. Como era de esperar la cinta fue todo un éxito a nivel internacional, tanto como para dar pie un año después a un competente, pero menor, largometraje a modo de spin off llamado Annabelle protagonizado por la ya icónica muñeca maldita y rodado por John R. Leonetti, director de fotografía de The Cojuring.




Después de su exitoso coqueteo con la saga Fast & Furious de la que rodó su accidentada séptima entrega y de ceder la batuta de director de Insidious: Capítulo 3 a su amigo y colaborador Leigh Whannell (manteniendo este muy bien el tipo como comentamos en la reseña que le dedicamos en su momento al film) James Wan vuelve al género que mejor controla con la segunda entrega de The Conjuring, que en nuestro país se conoce como Expediente Warren: El Caso Enfield. Esta vez el director de Sentencia de Muerte y su grupo de guionistas se han basado en otro de las casos más famosos con los que el matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren tuvieron relación. En el año 1977 en una casa del municipio londinense de Einfield, la familia Hodgson requirió los servicios de la pareja de parapsicólogos cuando Peggy, la madre soltera de cuatro vástagos, descubrió que una presencia sobrenatural estaba acosando a su familia y poniendo sus ojos concretamente en Janet, una de sus dos hijas. Curiosamente antes de que Ed y Lorraine decidieran cruzar el Océano Atlántico para investigar tan peliagudo caso los Hodgson y sus problemas con el “más allá” se convirtieron en la comidilla de los programas, periódicos y revistas sensacionalistas británicos de la época. De aquellos hechos se hicieron fotos y grabaron programas, de hecho no es difícil encontrar en la red material relacionado con lo a acontecido en Enfield y los supuestos poltergeist que habitaron en aquel inmueble. Como comentamos esta es la base sobre la que bascula la trama de The Conjuring 2 y con ella James Wan ha vuelto a dar en el centro de la diana con la que es desde ya una de las mejores películas de lo que llevamos de 2016.




Desde el primer plano el cineasta australiano lo deja claro, estamos en su terreno, nada ha cambiado en los tres años que separan la primera The Conjuring y esta segunda parte y para ello inicia su largometraje con un poderoso prólogo centrado en el famoso caso de Amityville anclando de esta manera las dos vertientes que ya son señas de identidad de la saga. Por un lado una remarcable intención por ceñirse si no a la realidad (permitid a este escéptico redactor seguir creyendo en la no existencia de entidades sobrenaturales o fantasmas de distinto pelaje) sí a unos hechos muy bien documentados para ser fieles al material supuestamente verídico que toma como base narrativa y por otro homenajear a otros films o franquicias (en esta caso la de Terror en Amityville que vio la luz en 1979 alargándose con un buen puñado de secuelas y hasta un remake o algunos proyectos de factura más reciente como Babadook) que sirven como inspiración al director para dar forma a su criatura. Pero lo que también llama la atención en esta ocasión es que The Conjuring 2 deja un poco de lado el tono más clásico de su predecesora, no sólo para entregarse a una puesta en escena más dinámica e inquieta formalmente, sino también para tender en más de una ocasión puentes con su saga hermana Insidious, de hecho en no pocas ocasiones esta Expediente Warren: El Caso Enfield parece tener más hallazgos visuales y resoluciones formales en común con la otra gallina de los huevos de oro de James Wan que con su hermana mayor estrenada en 2013.




Independientemente de este pequeño cambio de tono que le acerca más (puede que de manera intencionada) al cine de terror de los ochenta que al de los setenta del que se alimentaba la primera entrega el trabajo de James Wan en esta secuela vuelve a alcanzar niveles altísimos de calidad. El futuro director de Aquaman se encuentra en pleno uso de sus facultades como narrador y eso se nota tanto en el plano técnico como el artístico a lo hora de guiar adecuadamente a un reparto al que exprime al máximo. The Conjuring 2 una vez más se revela como una producción realizada con un minimalismo desarmante por parte de un autor que ya tiene una impronta reconocible y que sabe hacer uso de la misma para ofrecer momentos que dejan al espectador agarrado a la butaca o soltando las ya clásicas risas nerviosas tras uno de los múltiples sustos que pueblan el metraje. Wan nuevamente se muestra como un maestro a la hora de controlar el timing, con una pericia fuera de lo normal a la hora de sustentar su trabajo en la dirección de fotografía y el estilismo visual de su obra para crear una atmósfera opresiva que crispa los nervios de una platea que siente más miedo cuando imagina lo que va a suceder en pantalla que cuando finalmente ve cuál es el hecho sobrenatural que el director y sus guionistas han pensado para ponernos contra las cuerdas. Al igual que en la primera película las secuencias de terror que pueblan la cinta que nos ocupa no recurren al golpe de banda sonora, no buscan el salto impulsivo del espectador de su asiento, sino por medio del “menos es más”, la sugestión visual y auditiva (una vez más los efectos de sonido son brillantes y ayudan mucho a crear la sensación de amenaza que sobrevuela todo el relato) transmitir una sensación de malestar al que visiona que apele a sus miedos intrínsecos, aquellos que forman parte de la cultura popular y las leyendas urbanas y que aquí Wan vuelve a utilizar con un pulso sencillamente apabullante.




Los pasajes en los que James Wan sabe sacar oro de localizaciones exiguas (la casa de Enfield en la que tiene lugar esta secuela es mucho más pequeña que la de los Perron del primer film y aquí también es expuesta casi en su totalidad por medio de un travelling trucado que contextualiza espacialmente el tablero con el que jugaran los responsables del largometraje) o actores que prefieren abordar sus roles por medio de la sutilidad eludiendo todo tipo de exageración o sobreactuación para con ello mostrar verdadero terror cuando se enfrentan a los entes extraterrenos que les amenazan son continuos a lo largo del metraje, aunque en número no son tantos como los de la primera película que he revisado hoy en pantalla grande junto a la secuela y no daba un minuto de respiro al espectador. Como previamente hemos comentado Wan prefiere recurrir al “sugerir más que mostrar” para construir los momentos más brutales de su último trabajo. Desde ya situaciones como la del sueño de Lorraine, la entrevista con Janet delante de las cámaras, la habitación con las cruces invertidas o la del “Hombre Torcido” (al que da vida nuestro Javier Botet) entre otras, se encuentran entre lo mejor jamás rodado por su realizador. Pero es de recibo destacar dos momentos del metraje que son desde este mismo momento muestras impecables del mejor terror contemporáneo como son todo lo acontecido con el cuadro que pinta Ed y sobre todo el interrogatorio de este último a Janet con la imagen de la niña desenfocada a las espaldas del personaje de Patrick Wilson, un tour de force interpretativo, estético y conceptual que confirma a James Wan como uno de los mejores autores de cine de género del panorama fílmico actual, dos momentos ejecutados con una pericia digna de los más grandes que se quedan grabados en la retina del espectador largo tiempo después de que las luces de la sala se enciendan al finalizar la película.




Un dúo de actores totalmente compenetrados como Patrick Wilson y Vera Farmiga, que en todo momento parecen un matrimonio real, apoyados por un grupo de secundarios que cumplen su cometido de permitirnos empatizar con sus desgracias (enorme trabajo de Madison Wolfe como la sufrida Janet) un guión perfectamente escrito que sabe medir los tiempos y ofrecer una galería de situaciones extremas con las que el espectador nunca baje la guardia y un director fuera de serie que es capaz de transmitir miedo con una tienda de campaña al fondo de un pasillo en penumbras o con un plano subjetivo que nos muestra la miopia momentánea de un personaje que de esta manera no puede percibir la presencia que se encuentra junto a él en ese mismo instante son muchos de los hallazgos de esta Expediente Warren: El Caso Enfield que nos hacen pasar por alto ciertos lugares comunes con respecto al cine de terror como retratar a los “escépticos” como personajes estúpidos, engreídos y unidimensionales (aunque Franka Potente lo haga tan bien como siempre con su breve papel) algún pasaje de terror no del todo bien rematado (la mayoría de los relacionados con Bill Wilkins son geniales, pero un par de ellos no están todo lo bien ejecutados que debieran) o contados momentos renqueantes que lastran la narración cuando hacemos la transición de Estados Unidos a Inglaterra, todos ellos errores nimios que no pueden ensuciar el buen hacer de una producción casi intachable. Aunque queda un peldaño por debajo de la primera entrega The Conjuring 2 es una de las mejores obras cinematográficas de la temporada, la muestra clara de que no hace falta inventar nada para sorprender al espectador mientras el jefe de ceremonias tenga el suficiente talento y el necesario conocimiento con respecto al material de partida con el que va a construir su historia, en este caso una de las más terroríficas de los últimos años.

jueves, 29 de enero de 2015

Babadook



Título Original Babadook (2014)
Director Jennifer Kent
Guión Jennifer Kent
Actores Essie Davis, Noah Wiseman, Daniel Henshall, Hayley McElhinney, Barbara West, Ben Winspear, Tiffany Lyndall-Knight, Tim Purcell, Benjamin Winspear, Cathy Adamek, Carmel Johnson, Adam Morgan, Craig Behenna, Michael Gilmour, Michelle Nightingale, Stephen Sheehan




Babadook, supone el debut en la dirección de la cineasta australiana Jennifer Kent, que también se ocupa de la escritura del guión. Basada en un cortometraje de su propiedad llamado Monster y estrenado en 2005 el largometraje que nos ocupa ha supuesto uno de los sleepers más sonados del pasado año. Ganando varios premios internacionales, entre ellos el especial del jurado y el de mejor actriz del último festival de cine fantástico y de terror de Sitges, la obra ha sido alabada considerablemente por la crítica, aunque no tanto por el público. Hasta William Friedkin, director de El Exorcista, ha dicho de ella que es la película más aterradora que ha visto en su vida, declaraciones un tanto exageradas por su parte.




Porque una vez vista un servidor puede afirmar de manera más o menos rotunda que el resultado no es ni tanto, ni tan poco, ya que Babadook no es ni la obra maestra que se apresuraron a bautizar algunos ni el engendro insalvable que aseguraron otros cuantos. La película de Jennifer Kent está llena de meritorios hallazgos y aciertos que se ven ensombrecidos por su recta final en la que la máquina se desboca en algunos pasajes y sobre todo por la intención de la cineasta por hacer prevalecer el fondo de su propuesta sobre la forma de la misma, algo que se acentúa considerablemente en la ya mencionada media hora final del metraje de la cinta.




Vaya por delante que Babadook es un homenaje confeso al maestro del terror italiano Mario Bava y no sólo porque en un momento del metraje aparezca en la televisión de la casa donde se desarrolla la historia del film una de sus grandes obras maestras como es Las Tres Caras del Terror, sino porque la trama en la que la supuesta presencia del espíritu de un familiar muerto se hace fuerte en un inmueble habitado por dos personas evidencia de una manera bastante clara que la obra que nos ocupa es un tributo o revisión encubierta de la reivindicable, aunque algo dispersa, Shock, una de las últimas obras del ya mencionado autor de films como Semáforo Rojo o La Máscara del Demonio con Daria Nicolodi y John Steiner.




Esa puesta en escena, la atmósfera malsana casi palpable en la que la presencia de una criatura de reminiscencias infantiles y tribales amenaza a una madre y su pobre hijo que todavía no superan la muerte en accidente automovilístico del cabeza de familia seis años antes son los apartados en los que la ópera prima de Jennifer Kent se hace fuerte. Planos fijos que aventuran la presencia de una figura en segundo plano, un soberbio uso de los efectos de sonido (esa voz pronunciando el nombre del monstruo protagonista que se queda grabada en el oído y la mente) en las antípodas de esas producciones que los usan para dar gratuitos golpes de banda sonora con los que asustar a la platea y una delectación enfermiza con los decorados y la profundidad de campo son los que dan pie a que haya momentos en el film que lleguen a helar la sangre.




También sería de recibo destacar la enorme labor de los dos actores principales interpretados por Essie Davis y el debutante Noah Weiseman. Ella se entrega lo indecible para arrancarse de las entrañas una interpretación que resulta brillante en casi todo momento y sólo renqueando a la hora de abordarla cuando se ofrece un poco a la sobreactuación en el clímax final. Él nos hace pasar del rechazo que causa su supuestamente caprichoso comportamiento durante la primera hora de metraje a la complicidad y compasión cuando vamos descubriendo poco a poco su personalidad cándida y generosa con respecto a su progenitora. Ellos llevan casi todo el peso de la trama y su interacción física y psicológica apuntala con fuerza la estructura del relato.




Pero Jennifer Kent comete el pecado de apresurar un clímax final en el que se alternan los momentos ridículos con los que podrían considerarse los mejores de toda la película. Desde el momento en el que el personaje de Amelia "cambia" las escenas físicas llegan a mostrarse tan atropelladas como mal ejecutadas y mientras la presencia de Badabook como mórbida sombra que sobrevuela todas y cada una las habitaciones del hogar cada vez es más potente, los actos llevados a cabo por la protagonista son más cuestionables y en ocasiones estúpidos por mucho que hayan sido previamente profetizados de cara al espectador. Aunque toda esta acumulación de sinsentidos tiene un fin, noble y con muy buenas intenciones, pero con un resultado cuestionable.





Independientemente de sus referentes estilísticos y formales (desde Twin Peaks: Fuego Camina Conmigo, de David Lynch hasta Anticristo, de Lars Von Trier pasando por El Ente de Sidney J, Furie) Babadook es una metáfora de los estragos que la perdida de un ser querido puede producir en sus allegados. Por medio de la simbología Jennifer Kent quiere crear un paralelismo entre los efectos de una grave depresión (compartida por madre e hijo, pero de manera más visceral en la primera) y la temática sobrenatural de la obra, como si la presencia del mismo monstruo sea un representación retorcida y violenta del recuerdo del padre de la familia cuya muerte violenta se refleja en el rechazo que Amelia siente por su hijo Samuel, al que culpa del siniestro, y que está tan bien expuesta en los primeros compases de la obra. Pero esa intención porque todo el conjunto esté cargado e un tono alegórico que forme un todo es la que lastra el remate final que por mucho que simbolice que el recuerdo del padre de familia nunca abandonará a los protagonistas formalmente puede llegar incluso a indignar a distinto tipo de espectador.




Babadook es una obra con muy buenas intenciones y resultados tan meritorios como en cierta manera insuficientes. A Jennifer Kent le podemos aventurar un futuro prometedor como directora, narradora cinematográfica y creadora de atmósferas impías y desasogantes, pero como guionista tendrá que depurar algo más sus libretos para conseguir afianzar la cohesión de la que adolece una obra como su debut detrás de las cámaras. Como producto interesante para pasar un rato de incomodidad sustentada en algunas escenas que ciertamente hacen al espectador retorcerse en la butaca Babadook merece la pena e incluso su debilidad, querer anteponer su mensaje a su estética, puede ofrecernos pasajes interesantes y personajes identificables, pero como conjunto su irregularidad eclipsa bastantes de sus triunfos confirmándola como una buena entrega de género de terror pero una no del todo conseguida obra cinematográfica.