miércoles, 10 de julio de 2013

Pusher II, northern promises



Título Original Pusher II (2004)
Director Nicolas Winding Refn
Guión Nicolas Winding Refn
Actores Mads Mikkelsen, Jesper Salomonsen, Leif Sylvester, Anne Sørensen, Øyvind Hagen-Traberg, Kurt Nielsen, Dan Dommer, Karsten Schrøder, Maria Erwolter, Zlatko Buric






Ocho años después del estreno de Pusher el cineasta danés Nicolas Winding Refn rodó la segunda entrega de su trilogía sobre el submundo del hampa en la ciudad de Copenhage. En esta ocasión el protagonista del largometraje es Tonny, el amigo y socio de Frank (protagonista del primer film) que tenía un rol secundario pero importante en la producción de 1996. El resultado por desgracia no es el esperado y queda un paso por detrás de la ya mencionada obra primigenia, aunque sigue siendo un trabajo estimable en varios aspectos.




Tonny sale de la cárcel tras pasar 13 meses entre rejas. Cuando vuelve a casa trata de ganarse la confianza de su padre, "El Duque", un mafioso local que está metido en el mundo del robo y venta de automóviles. Tonny, que para su progenitor no es mucho más que un despojo, intentará ser una persona competente dentro del negocio familiar. Pero sus problemas con una inesperada paternidad o su adicción a las drogas, su comportamiento infantil y meterse en una deuda que no podrá pagar con quien menos se espera darán al traste con las intenciones del protagonista.




Pusher II transmite una ligera sensación de decepción a pesar de ser un producto que no falla en ninguno de sus apartados importantes. Su problema radica en que en comparación con la primera entrega adolece casi por completo de interés o empatía con el espectador. Si en la cinta de 1996 la platea se implicaba con las desgraciadas correrías de un Frank (un Kim Bodnia que se echa mucho de menos en el largometraje que nos ocupa) que luchaba contra la muerte a contrarreloj, los intentos de Tonny por formar parte del crimen organizado comandado por su padre causan más bien desdén o indiferencia.




Con el personaje de Tonny (una vez más interpretado por un magnífico Mads Mikkelsen muy físico) se confirma lo que ya vimos en la primera Pusher, que es un niñato metido en el cuerpo de un adulto. Un crío chulo y engreído que sólo busca la aceptación de un padre que lo trata como a basura, posiblemente con motivo por el carácter del propio Tonny, pero con una inquina impropia de un progenitor y más de uno mafioso que supuestamente tiene un concepto diferente y muy comprometido de lo que son los lazos de sangre y la familia.




Toda esta psicología y las reminiscencias freudianas que se plantea el personaje de Tonny no tienen el suficiente interés como para sacar adelante el largo, porque todo suena a ya visto y carece de la profundidad adecuada para plantear verdaderos dilemas morales al espectador. Por otro lado Winding Refn comete el mismo pecado que el Takeshi Kitano de la sobrevaloradísima Sonatine, hablarnos del día a día del mundo del crimen pero sin trazar un argumento sólido. Pusher II sólo nos muestra a Tonny cometiendo fallos, asistiendo a fiestas y celebraciones o realizando chanchullos con socios sin contarnos nada realmente interesante o con un verdadero núcleo argumental.




Sólo en los 20 minutos finales se llama algo la atención del espectador al meterse Tonny en una deuda complicada de pagar, es decir, cuando el film toma (demasiado tarde) la estructura nerviosa y espídica de la primera Pusher. También la trama gana algo de profundidad en el momento en el que el protagonista toma conciencia de la realidad y del futuro que le espera a su hijo (aunque aquí Winding Refn tira un poco de maniqueísmo con esas mujeres, una en su día de boda, que esnifan cocaína hasta del suelo) y decide pasar a la acción encadenado la resolución shakesperiana de la trama del padre con esa huida urbana bañada en luces de neón que recuerda a la pluma literaria de ese Hubert Selby Jr (Last Exit to Brooklin, Requiem for a Dream) al que el cineasta danés dedica la obra en los créditos finales.




Lo mejor de Pusher II es ver como los ocho años que la separan de la primera entrega han hecho efecto en el discurso autoral de Winding Refn. Aquí ya sí podemos ver retazos del director líricamente visual de Drive. Pusher II aún está rodada con cámara al hombro, nervio naturalista y verismo callejero, pero en contadas secuencias ya se puede percibir la delectación cromática (ese uso de colores primarios como el rojo, el verde o el amarillo para señalar alegorías visuales sobre el peligro o la muerte) el esteticismo minimalista (cámaras lentas) y la poderosa conjunción de imagen y música (si en la primera entrega la música metal imperaba aquí la misma queda casi del todo arrinconada en favor de temas electrónicos más de los 80) que nos muestran a un realizador que empezaba a mutar su impronta.




Aunque haya guiños a la primera parte como esa presentación de los personajes en los títulos de crédito iniciales, la breve aparición de Milo, cuando este último pregunta a Tonny cuál es el paradero de Frank (recordemos una vez más, protagonista de la Pusher de 1996) o que el film no falle en el apartado técnico o artístico Pusher II decepciona con respecto su hermana mayor. Vemos ecos de Abel Ferrara, de Coppola o Scorsese, pero si bien en 1996 Winding Refn no nos contaba nada nuevo con su ópera prima aunque lo hacía con oficio, esta secuela tiene como mayor lastre no tener absolutamente nada coherente que relatar con respecto a su protagonista más allá de mostrar algunos fogonazos intensos en su recta final y un desenlace tan pesimista como esperanzador.



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